Don Quijote by Miguel de Cervantes Saavedra - HTML preview

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te

acompañe;

allá

te

avengas.

Seas

tenido

por

falso

desde

Sevilla

a

Marchena,

desde

Granada

hasta

Loja,

de

Londres

a

Inglaterra.

Si

jugares

al

reinado,

los

cientos,

o

la

primera,

los

reyes

huyan

de

ti;

ases

ni

sietes

no

veas.

Si

te

cortares

los

callos,

sangre

las

heridas

viertan,

y

quédente

los

raigones

si

te

sacares

las

muelas.

Cruel

Vireno,

fugitivo

Eneas,

Barrabás te acompañe; allá te avengas.

En tanto que, de la suerte que se ha dicho, se quejaba la lastimadaAltisidora, la estuvo mirando don Quijote, y, sin responderla palabra,volviendo el rostro a Sancho, le dijo:

— Por el siglo de tus pasados, Sancho mío, te conjuro que me digas unaverdad. Dime, ¿llevas por ventura los tres tocadores y las ligas que estaenamorada doncella dice?

A lo que Sancho respondió:

— Los tres tocadores sí llevo; pero las ligas, como por los cerros de Úbeda.

Quedó la duquesa admirada de la desenvoltura de Altisidora, que, aunque latenía por atrevida, graciosa y desenvuelta, no en grado que se atreviera asemejantes desenvolturas; y, como no estaba advertida desta burla, creciómás su admiración. El duque quiso reforzar el donaire, y dijo:

— No me parece bien, señor caballero, que, habiendo recebido en este micastillo el buen acogimiento que en él se os ha hecho, os hayáis atrevido allevaros tres tocadores, por lo menos, si por lo más las ligas de midoncella; indicios son de mal pecho y muestras que no corresponden avuestra fama. Volvedle las ligas; si no, yo os desafío a mortal batalla,sin tener temor que malandrines encantadores me vuelvan ni muden el rostro,como han hecho en el de Tosilos mi lacayo, el que entró con vos en batalla.

— No quiera Dios —respondió don Quijote— que yo desenvaine mi espada contravuestra ilustrísima persona, de quien tantas mercedes he recebido; lostocadores volveré, porque dice Sancho que los tiene; las ligas esimposible, porque ni yo las he recebido ni él tampoco; y si esta vuestradoncella quisiere mirar sus escondrijos, a buen seguro que las halle. Yo,señor duque, jamás he sido ladrón, ni lo pienso ser en toda mi vida, comoDios no me deje de su mano. Esta doncella habla, como ella dice, comoenamorada, de lo que yo no le tengo culpa; y así, no tengo de qué pedirleperdón ni a ella ni a Vuestra Excelencia, a quien suplico me tenga en mejoropinión, y me dé de nuevo licencia para seguir mi camino.

— Déosle Dios tan bueno —dijo la duquesa—, señor don Quijote, que siempreoigamos buenas nuevas de vuestras fechurías. Y andad con Dios; que,mientras más os detenéis, más aumentáis el fuego en los pechos de lasdoncellas que os miran; y a la mía yo la castigaré de modo, que de aquíadelante no se desmande con la vista ni con las palabras.

— Una no más quiero que me escuches, ¡oh valeroso don Quijote! —dijoentonces Altisidora—; y es que te pido perdón del latrocinio de las ligas,porque, en Dios y en mi ánima que las tengo puestas, y he caído en eldescuido del que yendo sobre el asno, le buscaba.

— ¿No lo dije yo? —dijo Sancho—. ¡Bonico soy yo para encubrir hurtos! Pues,a quererlos hacer, de paleta me había venido la ocasión en mi gobierno.

Abajó la cabeza don Quijote y hizo reverencia a los duques y a todos loscircunstantes, y, volviendo las riendas a Rocinante, siguiéndole Sanchosobre el rucio, se salió del castillo, enderezando su camino a Zaragoza.

Capítulo LVIII. Que trata de cómo menudearon sobre don Quijote aventurastantas, que no se daban vagar unas a otras

Cuando don Quijote se vio en la campaña rasa, libre y desembarazado de losrequiebros de Altisidora, le pareció que estaba en su centro, y que losespíritus se le renovaban para proseguir de nuevo el asumpto de suscaballerías, y, volviéndose a Sancho, le dijo:

— La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombresdieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra latierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puedey debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayormal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has vistoel regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido;pues en metad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas denieve, me parecía a mí que estaba metido entre las estrechezas de lahambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos;que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedesrecebidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturosoaquél a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligación deagradecerlo a otro que al mismo cielo!

— Con todo eso —dijo Sancho— que vuesa merced me ha dicho, no es bien que sequede sin agradecimiento de nuestra parte docientos escudos de oro que enuna bolsilla me dio el mayordomo del duque, que como píctima y confortativola llevo puesta sobre el corazón, para lo que se ofreciere; que no siemprehemos de hallar castillos donde nos regalen, que tal vez toparemos conalgunas ventas donde nos apaleen.

En estos y otros razonamientos iban los andantes, caballero y escudero,cuando vieron, habiendo andado poco más de una legua, que encima de layerba de un pradillo verde, encima de sus capas, estaban comiendo hasta unadocena de hombres, vestidos de labradores. Junto a sí tenían unas comosábanas blancas, con que cubrían alguna cosa que debajo estaba; estabanempinadas y tendidas, y de trecho a trecho puestas. Llegó don Quijote a losque comían, y, saludándolos primero cortésmente, les preguntó que qué eralo que aquellos lienzos cubrían. Uno dellos le respondió:

— Señor, debajo destos lienzos están unas imágines de relieve y entabladuraque han de servir en un retablo que hacemos en nuestra aldea; llevámoslascubiertas, porque no se desfloren, y en hombros, porque no se quiebren.

— Si sois servidos —respondió don Quijote—, holgaría de verlas, puesimágines que con tanto recato se llevan, sin duda deben de ser buenas.

— Y ¡cómo si lo son! —dijo otro—. Si no, dígalo lo que cuesta: que en verdadque no hay ninguna que no esté en más de cincuenta ducados; y, porque veavuestra merced esta verdad, espere vuestra merced, y verla ha por vista deojos.

Y, levantándose, dejó de comer y fue a quitar la cubierta de la primeraimagen, que mostró ser la de San Jorge puesto a caballo, con una serpienteenroscada a los pies y la lanza atravesada por la boca, con la fiereza quesuele pintarse. Toda la imagen parecía una ascua de oro, como sueledecirse. Viéndola don Quijote, dijo:

— Este caballero fue uno de los mejores andantes que tuvo la milicia divina:llamóse don San Jorge, y fue además defendedor de doncellas. Veamos estaotra.

Descubrióla el hombre, y pareció ser la de San Martín puesto a caballo, quepartía la capa con el pobre; y, apenas la hubo visto don Quijote, cuandodijo:

— Este caballero también fue de los aventureros cristianos, y creo que fuemás liberal que valiente, como lo puedes echar de ver, Sancho, en que estápartiendo la capa con el pobre y le da la mitad; y sin duda debía de serentonces invierno, que, si no, él se la diera toda, según era decaritativo.

— No debió de ser eso —dijo Sancho—, sino que se debió de atener al refránque dicen: que para dar y tener, seso es menester.

Rióse don Quijote y pidió que quitasen otro lienzo, debajo del cual sedescubrió la imagen del Patrón de las Españas a caballo, la espadaensangrentada, atropellando moros y pisando cabezas; y, en viéndola, dijodon Quijote:

— Éste sí que es caballero, y de las escuadras de Cristo; éste se llama donSan Diego Matamoros, uno de los más valientes santos y caballeros que tuvoel mundo y tiene agora el cielo.

Luego descubrieron otro lienzo, y pareció que encubría la caída de SanPablo del caballo abajo, con todas las circunstancias que en el retablo desu conversión suelen pintarse. Cuando le vido tan al vivo, que dijeran queCristo le hablaba y Pablo respondía.

— Éste —dijo don Quijote— fue el mayor enemigo que tuvo la Iglesia de DiosNuestro Señor en su tiempo, y el mayor defensor suyo que tendrá jamás:caballero andante por la vida, y santo a pie quedo por la muerte,trabajador incansable en la viña del Señor, doctor de las gentes, a quiensirvieron de escuelas los cielos y de catedrático y maestro que le enseñaseel mismo Jesucristo.

No había más imágines, y así, mandó don Quijote que las volviesen a cubrir,y dijo a los que las llevaban:

— Por buen agüero he tenido, hermanos, haber visto lo que he visto, porqueestos santos y caballeros profesaron lo que yo profeso, que es el ejerciciode las armas; sino que la diferencia que hay entre mí y ellos es que ellosfueron santos y pelearon a lo divino, y yo soy pecador y peleo a lo humano.Ellos conquistaron el cielo a fuerza de brazos, porque el cielo padecefuerza, y yo hasta agora no sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos;pero si mi Dulcinea del Toboso saliese de los que padece, mejorándose miventura y adobándoseme el juicio, podría ser que encaminase mis pasos pormejor camino del que llevo.

— Dios lo oiga y el pecado sea sordo —dijo Sancho a esta ocasión.

Admiráronse los hombres, así de la figura como de las razones de donQuijote, sin entender la mitad de lo que en ellas decir quería. Acabaron decomer, cargaron con sus imágines, y, despidiéndose de don Quijote,siguieron su viaje.

Quedó Sancho de nuevo como si jamás hubiera conocido a su señor, admiradode lo que sabía, pareciéndole que no debía de haber historia en el mundo nisuceso que no lo tuviese cifrado en la uña y clavado en la memoria, ydíjole:

— En verdad, señor nuestramo, que si esto que nos ha sucedido hoy se puedellamar aventura, ella ha sido de las más suaves y dulces que en todo eldiscurso de nuestra peregrinación nos ha sucedido: della habemos salido sinpalos y sobresalto alguno, ni hemos echado mano a las espadas, ni hemosbatido la tierra con los cuerpos, ni quedamos hambrientos. Bendito seaDios, que tal me ha dejado ver con mis propios ojos.

— Tú dices bien, Sancho —dijo don Quijote—, pero has de advertir que notodos los tiempos son unos, ni corren de una misma suerte, y esto que elvulgo suele llamar comúnmente agüeros, que no se fundan sobre natural razónalguna, del que es discreto han de ser tenidos y juzgar por buenosacontecimientos. Levántase uno destos agoreros por la mañana, sale de sucasa, encuéntrase con un fraile de la orden del bienaventurado SanFrancisco, y, como si hubiera encontrado con un grifo, vuelve las espaldasy vuélvese a su casa. Derrámasele al otro Mendoza la sal encima de la mesa,y derrámasele a él la melancolía por el corazón, como si estuviese obligadala naturaleza a dar señales de las venideras desgracias con cosas tan depoco momento como las referidas. El discreto y cristiano no ha de andar enpuntillos con lo que quiere hacer el cielo. Llega Cipión a África, tropiezaen saltando en tierra, tiénenlo por mal agüero sus soldados; pero él,abrazándose con el suelo, dijo: ' No te me podrás huir, África, porque tetengo asida y entre mis brazos''. Así que, Sancho, el haber encontrado conestas imágines ha sido para mí felicísimo acontecimiento.

— Yo así lo creo —respondió Sancho—, y querría que vuestra merced me dijesequé es la causa por que dicen los españoles cuando quieren dar algunabatalla, invocando aquel San Diego Matamoros: "¡Santiago, y cierra,España!" ¿Está por ventura España abierta, y de modo que es menestercerrarla, o qué ceremonia es ésta?

— Simplicísimo eres, Sancho —respondió don Quijote—; y mira que este grancaballero de la cruz bermeja háselo dado Dios a España por patrón y amparosuyo, especialmente en los rigurosos trances que con los moros losespañoles han tenido; y así, le invocan y llaman como a defensor suyo entodas las batallas que acometen, y muchas veces le han visto visiblementeen ellas, derribando, atropellando, destruyendo y matando los agarenosescuadrones; y desta verdad te pudiera traer muchos ejemplos que en lasverdaderas historias españolas se cuentan.

Mudó Sancho plática, y dijo a su amo:

— Maravillado estoy, señor, de la desenvoltura de Altisidora, la doncella dela duquesa: bravamente la debe de tener herida y traspasada aquel quellaman Amor, que dicen que es un rapaz ceguezuelo que, con estar lagañoso,o, por mejor decir, sin vista, si toma por blanco un corazón, por pequeñoque sea, le acierta y traspasa de parte a parte con sus flechas. He oídodecir también que en la vergüenza y recato de las doncellas se despuntan yembotan las amorosas saetas, pero en esta Altisidora más parece que seaguzan que despuntan.

— Advierte, Sancho —dijo don Quijote—, que el amor ni mira respetos niguarda términos de razón en sus discursos, y tiene la misma condición quela muerte: que así acomete los altos alcázares de los reyes como lashumildes chozas de los pastores, y cuando toma entera posesión de una alma,lo primero que hace es quitarle el temor y la vergüenza; y así, sin elladeclaró Altisidora sus deseos, que engendraron en mi pecho antes confusiónque lástima.

— ¡Crueldad notoria! —dijo Sancho—. ¡Desagradecimiento inaudito! Yo de mí sédecir que me rindiera y avasallara la más mínima razón amorosa suya.¡Hideputa, y qué corazón de mármol, qué entrañas de bronce y qué alma deargamasa! Pero no puedo pensar qué es lo que vio esta doncella en vuestramerced que así la rindiese y avasallase: qué gala, qué brío, qué donaire,qué rostro, que cada cosa por sí déstas, o todas juntas, le enamoraron; queen verdad en verdad que muchas veces me paro a mirar a vuestra merced desdela punta del pie hasta el último cabello de la cabeza, y que veo más cosaspara espantar que para enamorar; y, habiendo yo también oído decir que lahermosura es la primera y principal parte que enamora, no teniendo vuestramerced ninguna, no sé yo de qué se enamoró la pobre.

— Advierte, Sancho —respondió don Quijote—, que hay dos maneras dehermosura: una del alma y otra del cuerpo; la del alma campea y se muestraen el entendimiento, en la honestidad, en el buen proceder, en laliberalidad y en la buena crianza, y todas estas partes caben y puedenestar en un hombre feo; y cuando se pone la mira en esta hermosura, y no enla del cuerpo, suele nacer el amor con ímpetu y con ventajas. Yo, Sancho,bien veo que no soy hermoso, pero también conozco que no soy disforme; ybástale a un hombre de bien no ser monstruo para ser bien querido, comotenga los dotes del alma que te he dicho.

En estas razones y pláticas se iban entrando por una selva que fuera delcamino estaba, y a deshora, sin pensar en ello, se halló don Quijoteenredado entre unas redes de hilo verde, que desde unos árboles a otrosestaban tendidas; y, sin poder imaginar qué pudiese ser aquello, dijo aSancho:

— Paréceme, Sancho, que esto destas redes debe de ser una de las más nuevasaventuras que pueda imaginar. Que me maten si los encantadores que mepersiguen no quieren enredarme en ellas y detener mi camino, como envenganza de la riguridad que con Altisidora he tenido. Pues mándoles yoque, aunque estas redes, si como son hechas de hilo verde fueran dedurísimos diamantes, o más fuertes que aquélla con que el celoso dios delos herreros enredó a Venus y a Marte, así la rompiera como si fuera dejuncos marinos o de hilachas de algodón.

Y, queriendo pasar adelante y romperlo todo, al improviso se le ofrecierondelante, saliendo de entre unos árboles, dos hermosísimas pastoras; a lomenos, vestidas como pastoras, sino que los pellicos y sayas eran de finobrocado, digo, que las sayas eran riquísimos faldellines de tabí de oro.Traían los cabellos sueltos por las espaldas, que en rubios podían competircon los rayos del mismo sol; los cuales se coronaban con dos guirnaldas deverde laurel y de rojo amaranto tejidas.

La edad, al parecer, ni bajaba delos quince ni pasaba de los diez y ocho.

Vista fue ésta que admiró a Sancho, suspendió a don Quijote, hizo parar alsol en su carrera para verlas, y tuvo en maravilloso silencio a todoscuatro. En fin, quien primero habló fue una de las dos zagalas, que dijo adon Quijote:

— Detened, señor caballero, el paso, y no rompáis las redes, que no paradaño vuestro, sino para nuestro pasatiempo, ahí están tendidas; y, porquesé que nos habéis de preguntar para qué se han puesto y quién somos, os loquiero decir en breves palabras. En una aldea que está hasta dos leguas deaquí, donde hay mucha gente principal y muchos hidalgos y ricos, entremuchos amigos y parientes se concertó que con sus hijos, mujeres y hijas,vecinos, amigos y parientes, nos viniésemos a holgar a este sitio, que esuno de los más agradables de todos estos contornos, formando entre todosuna nueva y pastoril Arcadia, vistiéndonos las doncellas de zagalas y losmancebos de pastores. Traemos estudiadas dos églogas, una del famoso poetaGarcilaso, y otra del excelentísimo Camoes, en su misma lenguaportuguesa, las cuales hasta agora no hemos representado. Ayer fue elprimero día que aquí llegamos; tenemos entre estos ramos plantadas algunastiendas, que dicen se llaman de campaña, en el margen de un abundoso arroyoque todos estos prados fertiliza; tendimos la noche pasada estas redes deestos árboles para engañar los simples pajarillos, que, ojeados con nuestroruido, vinieren a dar en ellas. Si gustáis, señor, de ser nuestro huésped,seréis agasajado liberal y cortésmente; porque por agora en este sitio noha de entrar la pesadumbre ni la melancolía.

Calló y no dijo más. A lo que respondió don Quijote:

— Por cierto, hermosísima señora, que no debió de quedar más suspenso niadmirado Anteón cuando vio al improviso bañarse en las aguas a Diana, comoyo he quedado atónito en ver vuestra belleza. Alabo el asumpto de vuestrosentretenimientos, y el de vuestros ofrecimientos agradezco; y, si os puedoservir, con seguridad de ser obedecidas me lo podéis mandar; porque no esésta la profesión mía, sino de mostrarme agradecido y bienhechor con todogénero de gente, en especial con la principal que vuestras personasrepresenta; y, si como estas redes, que deben de ocupar algún pequeñoespacio, ocuparan toda la redondez de la tierra, buscara yo nuevos mundospor do pasar sin romperlas; y porque deis algún crédito a esta miexageración, ved que os lo promete, por lo menos, don Quijote de la Mancha,si es que ha llegado a vuestros oídos este nombre.

— ¡Ay, amiga de mi alma —dijo entonces la otra zagala—, y qué ventura tangrande nos ha sucedido! ¿Ves este señor que tenemos delante? Pues hágotesaber que es el más valiente, y el más enamorado, y el más comedido quetiene el mundo, si no es que nos miente y nos engaña una historia que desus hazañas anda impresa y yo he leído. Yo apostaré que este buen hombreque viene consigo es un tal Sancho Panza, su escudero, a cuyas gracias nohay ningunas que se le igualen.

— Así es la verdad —dijo Sancho—: que yo soy ese gracioso y ese escudero quevuestra merced dice, y este señor es mi amo, el mismo don Quijote de laMancha historiado y referido.

— ¡Ay! —dijo la otra—. Supliquémosle, amiga, que se quede; que nuestrospadres y nuestros hermanos gustarán infinito dello, que también he oído yodecir de su valor y de sus gracias lo mismo que tú me has dicho, y, sobretodo, dicen dél que es el más firme y más leal enamorado que se sabe, y quesu dama es una tal Dulcinea del Toboso, a quien en toda España la dan lapalma de la hermosura.

— Con razón se la dan —dijo don Quijote—, si ya no lo pone en duda vuestrasin igual belleza.

No os canséis, señoras, en detenerme, porque lasprecisas obligaciones de mi profesión no me dejan reposar en ningún cabo.

Llegó, en esto, adonde los cuatro estaban un hermano de una de las dospastoras, vestido asimismo de pastor, con la riqueza y galas que a las delas zagalas correspondía; contáronle ellas que el que con ellas estaba erael valeroso don Quijote de la Mancha, y el otro, su escudero Sancho, dequien tenía él ya noticia, por haber leído su historia. Ofreciósele elgallardo pastor, pidióle que se viniese con él a sus tiendas; húbolo deconceder don Quijote, y así lo hizo.

Llegó, en esto, el ojeo, llenáronse las redes de pajarillos diferentes que,engañados de la color de las redes, caían en el peligro de que ibanhuyendo. Juntáronse en aquel sitio más de treinta personas, todasbizarramente de pastores y pastoras vestidas, y en un instante quedaronenteradas de quiénes eran don Quijote y su escudero, de que no pococontento recibieron, porque ya tenían dél noticia por su historia.Acudieron a las tiendas, hallaron las mesas puestas, ricas, abundantes ylimpias; honraron a don Quijote dándole el primer lugar en ellas; mirábanletodos, y admirábanse de verle.

Finalmente, alzados los manteles, con gran reposo alzó don Quijote la voz,y dijo:

— Entre los pecados mayores que los hombres cometen, aunque algunos dicenque es la soberbia, yo digo que es el desagradecimiento, ateniéndome a loque suele decirse: que de los desagradecidos está lleno el infierno. Estepecado, en cuanto me ha sido posible, he procurado yo huir desde elinstante que tuve uso de razón; y si no puedo pagar las buenas obras que mehacen con otras obras, pongo en su lugar los deseos de hacerlas, y cuandoéstos no bastan, las publico; porque quien dice y publica las buenas obrasque recibe, también las recompensara con otras, si pudiera; porque, por lamayor parte, los que reciben son inferiores a los que dan; y así, es Diossobre todos, porque es dador sobre todos y no pueden corresponder lasdádivas del hombre a las de Dios con igualdad, por infinita distancia; yesta estrecheza y cortedad, en cierto modo, la suple el agradecimiento. Yo,pues, agradecido a la merced que aquí se me ha hecho, no pudiendocorresponder a la misma medida, conteniéndome en los estrechos límites demi poderío, ofrezco lo que puedo y lo que tengo de mi cosecha; y así, digoque sustentaré dos días naturales en metad de ese camino real que va aZaragoza, que estas señoras zagalas contrahechas que aquí están son las máshermosas doncellas y más corteses que hay en el mundo, excetado sólo a lasin par Dulcinea del Toboso, única señora de mis pensamientos, con paz seadicho de cuantos y cuantas me escuchan.

Oyendo lo cual, Sancho, que con grande atención le había estado escuchando,dando una gran voz, dijo:

— ¿Es posible que haya en el mundo personas que se atrevan a decir y a jurarque este mi señor es loco? Digan vuestras mercedes, señores pastores: ¿haycura de aldea, por discreto y por estudiante que sea, que pueda decir loque mi amo ha dicho, ni hay caballero andante, por más fama que tenga devaliente, que pueda ofrecer lo que mi amo aquí ha ofrecido?

Volvióse don Quijote a Sancho, y, encendido el rostro y colérico, le dijo:

— ¿Es posible, ¡oh Sancho!, que haya en todo el orbe alguna persona que digaque no eres tonto, aforrado de lo mismo, con no sé qué ribetes de maliciosoy de bellaco? ¿Quién te mete a ti en mis cosas, y en averiguar si soydiscreto o majadero? Calla y no me repliques, sino ensilla, si estádesensillado Rocinante: vamos a poner en efecto mi ofrecimiento, que, conla razón que va de mi parte, puedes dar por vencidos a todos cuantosquisieren contradecirla.

Y, con gran furia y muestras de enojo, se levantó de la silla, dejandoadmirados a los circunstantes, haciéndoles dudar si le podían tener porloco o por cuerdo. Finalmente, habiéndole persuadido que no se pusiese ental demanda, que ellos daban por bien conocida su agradecida voluntad y queno eran menester nuevas demostraciones para conocer su ánimo valeroso, puesbastaban las que en la historia de sus hechos se referían, con todo esto,salió don Quijote con su intención; y, puesto sobre Rocinante, embrazandosu escudo y tomando su lanza, se puso en la mitad de un real camino que nolejos del verde prado estaba. Siguióle Sancho sobre su rucio, con toda lagente del pastoral rebaño, deseosos de ver en qué paraba su arrogante ynunca visto ofrecimiento.

Puesto, pues, don Quijote en mitad del camino —como os he dicho—, hirió elaire con semejantes palabras:

— ¡Oh vosotros, pasajeros y viandantes, caballeros, escuderos, gente de apie y de a caballo que por este camino pasáis, o habéis de pasar en estosdos días siguientes! Sabed que don Quijote de la Mancha, caballero andante,está aquí puesto para defender que a todas las hermosuras y cortesías delmundo exceden las que se encierran en las ninfas habitadoras destos pradosy bosques, dejando a un lado a la señora de mi alma Dulcinea del Toboso.Por eso, el que fuere de parecer contrario, acuda, que aquí le espero.

Dos veces repitió estas mismas razones, y dos veces no fueron oídas deningún aventurero; pero la suerte, que sus cosas iba encaminando de mejoren mejor, ordenó que de allí a poco se descubriese por el caminomuchedumbre de hombres de a caballo, y muchos dellos con lanzas en lasmanos, caminando todos apiñados, de tropel y a gran priesa. No los hubieronbien visto los que con don Quijote estaban, cuando, volviendo las espaldas,se apartaron bien lejos del camino, porque conocieron que si esperaban lespodía suceder algún peligro; sólo don Quijote, con intrépido corazón, seestuvo quedo, y Sancho Panza se escudó con las ancas de Rocinante.

Llegó el tropel de los lanceros, y uno dellos, que venía más delante, agrandes voces comenzó a decir a don Quijote:

— ¡Apártate, hombre del diablo, del camino, que te harán pedazos estostoros!

— ¡Ea, canalla —respondió don Quijote—, para mí no hay toros que valgan,aunque sean de los más bravos que cría Jarama en sus riberas! Confesad,malandrines, así a carga cerrada, que es verdad lo que yo aquí hepublicado; si no, conmigo sois en batalla.

No tuvo lugar de responder el vaquero, ni don Quijote le tuvo de desviarse,aunque quisiera; y así, el tropel de los toros bravos y el de los mansoscabestros, con la multitud de los vaqueros y otras gentes que a encerrarlos llevaban a un lugar donde otro día habían de correrse, pasaron sobredon Quijote, y sobre Sancho, Rocinante y el rucio, dando con todos ellos entierra, echándole a rodar por el suelo. Quedó molido Sancho, espantado donQuijote, aporreado el rucio y no muy católico Rocinante; pero, en fin, selevantaron todos, y don Quijote, a gran priesa, tropezando aquí y cayendoallí, comenzó a correr tras la vacada, diciendo a voces:

— ¡Deteneos y esperad, canalla malandrina, que un solo caballero os espera,el cual no tiene condición ni es de parecer de los que dicen que al enemigoque huye, hacerle la puente de plata!

Pero no por eso se detuvieron los apresurados corredores, ni hicieron máscaso de sus amenazas que de las nubes de antaño. Detúvole el cansancio adon Quijote, y, más enojado que vengado, se sentó en el camino, esperando aque Sancho, Rocinante y el rucio llegasen. Llegaron, volvieron a subir amoy mozo, y, sin volver a despedirse de la Arcadia fingida o contrahecha, ycon más vergüenza que gusto, siguieron su camino.

Capítulo LIX. Donde se cuenta del extraordinario suceso, que se puedetener por aventura, que le sucedió a don Quijote

Al polvo y al cansancio que don Quijote y Sancho sacaron deldescomedimiento de los toros, socorrió una fuente clara y limpia que entreuna fresca arboleda hallaron, en el margen de la cual, dejando libres, sinjáquima y freno, al rucio y a Rocinante, los dos asendereados amo y mozo sesentaron. Acudió Sancho a la repostería de su alforjas, y dellas sacó de loque él solía llamar condumio; enjuagóse la boca, lavóse don Quijote elrostro, con cuyo refrigerio cobraron aliento los espíritus desalentados. Nocomía don Quijote, de puro pesaroso, ni Sancho no osaba tocar a losmanjares que delante tenía, de puro comedido, y esperaba a que su señorhiciese la salva; pero, viendo que, llevado de sus imaginaciones, no seacordaba de llevar el pan a la boca, no abrió la suya, y, atropellando portodo género de crianza, comenzó a embaular en el estómago el pan y quesoque se le ofrecía.

— Come, Sancho amigo —dijo don Quijote—, sustenta la vida, que más que a míte importa, y déjame morir a mí a manos de mis pensamientos y a fuerzas demis desgracias. Yo, Sancho, nací para vivir muriendo, y tú para morircomiendo; y, porque veas que te digo verdad en esto, considérame impreso enhistorias, famoso en las armas, comedido en mis acciones, respetado depríncipes, solicitado de doncellas; al cabo al cabo, cuando esperabapalmas, triunfos y coronas, granjeadas y merecidas por mis valerosashazañas, me he visto esta mañana pisado y acoceado y molido de los pies deanimales inmundos y soeces. Esta consideración me embota los dientes,entorpece las muelas, y entomece las manos, y quita de todo en todo lagana del comer, de manera que pienso dejarme morir de hambre: muerte la máscruel de las muertes.

— Desa manera —dijo Sancho, sin dejar de mascar apriesa— no aprobará vuestramerced aquel refrán que dicen: "muera Marta, y muera harta". Yo, a lomenos, no pienso matarme a mí mismo; antes pienso hacer como el zapatero,que tira el cuero con los dientes hasta que le hace llegar donde él quiere;yo tiraré mi vida comiendo hasta que llegue al fin que le tiene determinadoel cielo; y sepa, señor, que no hay mayor locura que la que toca en quererdesesperarse como vuestra merced, y créame, y después de comido, échese adormir un poco sobre los colchones verdes destas yerbas, y verá como cuandodespierte se halla algo más aliviado.

Hízolo así don Quijote, pareciéndole que las razones de Sancho más eran defilósofo que de mentecato, y díjole:

— Si tú, ¡oh Sancho!, quisieses hacer por mí lo que yo ahora te diré, seríanmis alivios más ciertos y mis pesadumbres no tan grandes; y es que,mientras yo duermo, obedeciendo tus consejos, tú te desviases un poco lejosde aquí, y con las riendas de Rocinante, echando al aire tus carnes, tedieses trecientos o cuatrocientos azotes a buena cuenta de los tres mil ytantos que te has de dar por el desencanto de Dulcinea; que es lástima nopequeña que aquella pobre señora esté encantada por tu descuido ynegligencia.

— Hay mucho que decir en eso —dijo Sancho—. Durmamos, por ahora, entrambos,y después, Dios dijo lo que será. Sepa vuestra merced que esto de azotarseun hombre a sangre fría es cosa recia, y más si caen los azotes sobre uncuerpo mal sustentado y peor comido: tenga paciencia mi señora Dulcinea,que, cuando menos se cate, me verá hecho una criba, de azotes; y hasta lamuerte, todo es vida; quiero decir que aún yo la tengo, junto con el deseode cumplir con lo que he prometido.

Agradeciéndoselo don Quijote, comió algo, y Sancho mucho, y echáronse adormir entrambos, dejando a su albedrío y sin orden alguna pacer delabundosa yerba de que aquel prado estaba lleno a los dos continuoscompañeros y amigos Rocinante y el rucio. Despertaron algo tarde, volvierona subir y a seguir su camino, dándose priesa para llegar a una venta que,al parecer, una legua de allí se descubría. Digo que era venta porque donQuijote la llamó así, fuera del uso que tenía de llamar a todas las ventascastillos.

Llegaron, pues, a ella; preguntaron al huésped si había posada. Fuelesrespondido que sí, con toda la comodidad y regalo que pudiera hallar enZaragoza. Apeáronse y recogió Sancho su repostería en un aposento, de quienel huésped le dio la llave; llevó las bestias a la caballeriza, echóles suspiensos, salió a ver lo que don Quijote, que estaba sentado sobre un poyo,le mandaba, dando particulares gracias al cielo de que a su amo no lehubiese parecido castillo aquella venta.

Llegóse la hora del cenar; recogiéronse a su estancia; preguntó Sancho alhuésped que qué tenía para darles de cenar. A lo que el huésped respondióque su boca sería medida; y así, que pidiese lo que quisiese: que de laspajaricas del aire, de las aves de la tierra y de los pescados del marestaba proveída aquella venta.

— No es menester tanto —respondió Sancho—, que con un par de pollos que nosasen tendremos lo suficiente, porque mi señor es delicado y come poco, y yono soy tragantón en demasía.

Respondióle el huésped que no tenía pollos, porque los milanos los teníanasolados.

— Pues mande el señor huésped —dijo Sancho— asar una polla que sea tierna.

— ¿Polla? ¡Mi padre! —respondió el huésped—. En verdad en verdad que enviéayer a la ciudad a vender más de cincuenta; pero, fuera de pollas, pidavuestra merced lo que quisiere.

— Desa manera —dijo Sancho—, no faltará ternera o cabrito.

— En casa, por ahora —respondió el huésped—, no lo hay, porque se haacabado; pero la semana que viene lo habrá de sobra.

— ¡Medrados estamos con eso! —respondió Sancho—. Yo pondré que se vienen aresumirse todas estas faltas en las sobras que debe de haber de tocino yhuevos.

— ¡Por Dios —respondió el huésped—, que es gentil relente el que mi huéspedtiene!, pues hele dicho que ni tengo pollas ni gallinas, y ¿quiere quetenga huevos? Discurra, si quisiere, por otras delicadezas, y déjese depedir gallinas.

— Resolvámonos, cuerpo de mí —dijo Sancho—, y dígame finalmente lo quetiene, y déjese de discurrimientos, señor huésped.

Dijo el ventero:

— Lo que real y verdaderamente tengo son dos uñas de vaca que parecen manosde ternera, o dos manos de ternera que parecen uñas de vaca; están cocidascon sus garbanzos, cebollas y tocino, y la hora de ahora están diciendo:''¡Coméme! ¡Coméme!''

— Por mías las marco desde aquí —dijo Sancho—; y nadie las toque, que yo laspagaré mejor que otro, porque para mí ninguna otra cosa pudiera esperar demás gusto, y no se me daría nada que fuesen manos, como fuesen uñas.

— Nadie las tocará —dijo el ventero—, porque otros huéspedes que tengo, depuro principales, traen consigo cocinero, despensero y repostería.

— Si por principales va —dijo Sancho—, ninguno más que mi amo; pero eloficio que él trae no permite despensas ni botillerías: ahí nos tendemos enmitad de un prado y nos hartamos de bellotas o de nísperos.

Esta fue la plática que Sancho tuvo con el ventero, sin querer Sancho pasaradelante en responderle; que ya le había preguntado qué oficio o quéejercicio era el de su amo.

Llegóse, pues, la hora del cenar, recogióse a su estancia don Quijote,trujo el huésped la olla, así como estaba, y sentóse a cenar muy depropósito. Parece ser que en otro aposento que junto al de don Quijoteestaba, que no le dividía más que un sutil tabique, oyó decir don Quijote:

— Por vida de vuestra merced, señor don Jerónimo, que en tanto que trae lacena leamos otro capítulo de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha.

Apenas oyó su nombre don Quijote, cuando se puso en pie, y con oído alertoescuchó lo que dél trataban, y oyó que el tal don Jerónimo referidorespondió:

— ¿Para qué quiere vuestra merced, señor don Juan, que leamos estosdisparates? Y el que hubiere leído la primera parte de la historia de donQuijote de la Mancha no es posible que pueda tener gusto en leer estasegunda.

— Con todo eso —dijo el don Juan—, será bien leerla, pues no hay libro tanmalo que no tenga alguna cosa buena. Lo que a mí en éste más desplace esque pinta a don Quijote ya desenamorado de Dulcinea del Toboso.

Oyendo lo cual don Quijote, lleno de ira y de despecho, alzó la voz y dijo:

— Quienquiera que dijere que don Quijote de la Mancha ha olvidado, ni puedeolvidar, a Dulcinea del Toboso, yo le haré entender con armas iguales queva muy lejos de la verdad; porque la sin par Dulcinea del Toboso ni puedeser olvidada, ni en don Quijote puede caber olvido: su blasón es lafirmeza, y su profesión, el guardarla con suavidad y sin hacerse fuerzaalguna.

— ¿Quién es el que nos responde? —respondieron del otro aposento.

— ¿Quién ha de ser —respondió Sancho— sino el mismo don Quijote de laMancha, que hará bueno cuanto ha dicho, y aun cuanto dijere?; que al buenpagador no le duelen prendas.

Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando entraron por la puerta de su aposentodos caballeros, que tales lo parecían, y uno dellos echando los brazos alcuello de don Quijote, le dijo:

— Ni vuestra presencia puede desmentir vuestro nombre, ni vuestro nombrepuede no acreditar vuestra presencia: sin duda, vos, señor, sois elverdadero don Quijote de la Mancha, norte y lucero de la andantecaballería, a despecho y pesar del que ha querido usurpar vuestro nombre yaniquilar vuestras hazañas, como lo ha hecho el autor deste libro que aquíos entrego.

Y, poniéndole un libro en las manos, que traía su compañero, le tomó donQuijote, y, sin responder palabra, comenzó a hojearle, y de allí a un pocose le volvió, diciendo:

— En esto poco que he visto he hallado tres cosas en este autor dignas dereprehensión. La primera es algunas palabras que he leído en el prólogo; laotra, que el lenguaje es aragonés, porque tal vez escribe sin artículos, yla tercera, que más le confirma por ignorante, es que yerra y se desvía dela verdad en lo más principal de la historia; porque aquí dice que la mujerde Sancho Panza mi escudero se llama Mari Gutiérrez, y no llama tal, sinoTeresa Panza; y quien en esta parte tan principal yerra, bien se podrátemer que yerra en todas las demás de la historia.

A esto dijo Sancho:

— ¡Donosa cosa de historiador! ¡Por cierto, bien debe de estar en el cuentode nuestros sucesos, pues llama a Teresa Panza, mi mujer, Mari Gutiérrez!Torne a tomar el libro, señor, y mire si ando yo por ahí y si me ha mudadoel nombre.

— Por lo que he oído hablar, amigo —dijo don Jerónimo—, sin duda debéis deser Sancho Panza, el escudero del señor don Quijote.

— Sí soy —respondió Sancho—, y me precio dello.

— Pues a fe —dijo el caballero— que no os trata este autor moderno con lalimpieza que en vuestra persona se muestra: píntaos comedor, y simple, y nonada gracioso, y muy otro del Sancho que en la primera parte de la historiade vuestro amo se describe.