Don Quijote by Miguel de Cervantes Saavedra - HTML preview

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Pésame, cuanto pesarme puede, que este año no se han cogido bellotas eneste pueblo; con todo eso, envío a vuesa alteza hasta medio celemín, queuna a una las fui yo a coger y a escoger al monte, y no las hallé másmayores; yo quisiera que fueran como huevos de avestruz.

No se le olvide a vuestra pomposidad de escribirme, que yo tendré cuidadode la respuesta, avisando de mi salud y de todo lo que hubiere que avisardeste lugar, donde quedo rogando a Nuestro Señor guarde a vuestra grandeza,y a mí no olvide. Sancha, mi hija, y mi hijo besan a vuestra merced lasmanos.

La que tiene más deseo de ver a vuestra señoría que de escribirla, sucriada, Teresa Panza.

Grande fue el gusto que todos recibieron de oír la carta de Teresa Panza,principalmente los duques, y la duquesa pidió parecer a don Quijote sisería bien abrir la carta que venía para el gobernador, que imaginaba debíade ser bonísima. Don Quijote dijo que él la abriría por darles gusto, y asílo hizo, y vio que decía desta manera:

Carta de Teresa Panza a Sancho Panza su marido

Tu carta recibí, Sancho mío de mi alma, y yo te prometo y juro comocatólica cristiana que no faltaron dos dedos para volverme loca decontento. Mira, hermano: cuando yo llegué a oír que eres gobernador, mepensé allí caer muerta de puro gozo, que ya sabes tú que dicen que así matala alegría súbita como el dolor grande. A Sanchica, tu hija, se le fueronlas aguas sin sentirlo, de puro contento. El vestido que me enviaste teníadelante, y los corales que me envió mi señora la duquesa al cuello, y lascartas en las manos, y el portador dellas allí presente, y, con todo eso,creía y pensaba que era todo sueño lo que veía y lo que tocaba; porque,¿quién podía pensar que un pastor de cabras había de venir a ser gobernadorde ínsulas? Ya sabes tú, amigo, que decía mi madre que era menester vivirmucho para ver mucho: dígolo porque pienso ver más si vivo más; porque nopienso parar hasta verte arrendador o alcabalero, que son oficios que,aunque lleva el diablo a quien mal los usa, en fin en fin, siempre tienen ymanejan dineros. Mi señora la duquesa te dirá el deseo que tengo de ir a lacorte; mírate en ello, y avísame de tu gusto, que yo procuraré honrarte enella andando en coche.

El cura, el barbero, el bachiller y aun el sacristán no pueden creer queeres gobernador, y dicen que todo es embeleco, o cosas de encantamento,como son todas las de don Quijote tu amo; y dice Sansón que ha de ir abuscarte y a sacarte el gobierno de la cabeza, y a don Quijote la locura delos cascos; yo no hago sino reírme, y mirar mi sarta, y dar traza delvestido que tengo de hacer del tuyo a nuestra hija.

Unas bellotas envié a mi señora la duquesa; yo quisiera que fueran de oro.Envíame tú algunas sartas de perlas, si se usan en esa ínsula.

Las nuevas deste lugar son que la Berrueca casó a su hija con un pintor demala mano, que llegó a este pueblo a pintar lo que saliese; mandóle elConcejo pintar las armas de Su Majestad sobre las puertas del Ayuntamiento,pidió dos ducados, diéronselos adelantados, trabajó ocho días, al cabo delos cuales no pintó nada, y dijo que no acertaba a pintar tantas baratijas;volvió el dinero, y, con todo eso, se casó a título de buen oficial; verdades que ya ha dejado el pincel y tomado el azada, y va al campo comogentilhombre. El hijo de Pedro de Lobo se ha ordenado de grados y corona,con intención de hacerse clérigo; súpolo Minguilla, la nieta de MingoSilvato, y hale puesto demanda de que la tiene dada palabra de casamiento;malas lenguas quieren decir que ha estado encinta dél, pero él lo niega apies juntillas.

Hogaño no hay aceitunas, ni se halla una gota de vinagre en todo estepueblo. Por aquí pasó una compañía de soldados; lleváronse de camino tresmozas deste pueblo; no te quiero decir quién son: quizá volverán, y nofaltará quien las tome por mujeres, con sus tachas buenas o malas.

Sanchica hace puntas de randas; gana cada día ocho maravedís horros, quelos va echando en una alcancía para ayuda a su ajuar; pero ahora que eshija de un gobernador, tú le darás la dote sin que ella lo trabaje. Lafuente de la plaza se secó; un rayo cayó en la picota, y allí me las dentodas.

Espero respuesta désta y la resolución de mi ida a la corte; y, con esto,Dios te me guarde más años que a mí o tantos, porque no querría dejarte sinmí en este mundo.

Tu mujer,

Teresa Panza.

Las cartas fueron solenizadas, reídas, estimadas y admiradas; y, paraacabar de echar el sello, llegó el correo, el que traía la que Sanchoenviaba a don Quijote, que asimesmo se leyó públicamente, la cual puso enduda la sandez del gobernador.

Retiróse la duquesa, para saber del paje lo que le había sucedido en ellugar de Sancho, el cual se lo contó muy por estenso, sin dejarcircunstancia que no refiriese; diole las bellotas, y más un queso queTeresa le dio, por ser muy bueno, que se aventajaba a los de TronchónRecibiólo la duquesa con grandísimo gusto, con el cual la dejaremos, porcontar el fin que tuvo el gobierno del gran Sancho Panza, flor y espejo detodos los insulanos gobernadores.

Capítulo LIII. Del fatigado fin y remate que tuvo el gobierno de SanchoPanza

''Pensar que en esta vida las cosas della han de durar siempre en un estadoes pensar en lo escusado; antes parece que ella anda todo en redondo, digo,a la redonda: la primavera sigue al verano, el verano al estío, el estío alotoño, y el otoño al invierno, y el invierno a la primavera, y así torna aandarse el tiempo con esta rueda continua; sola la vida humana corre a sufin ligera más que el tiempo, sin esperar renovarse si no es en la otra,que no tiene términos que la limiten''. Esto dice Cide Hamete, filósofomahomético; porque esto de entender la ligereza e instabilidad de la vidapresente, y de la duración de la eterna que se espera, muchos sin lumbre defe, sino con la luz natural, lo han entendido; pero aquí, nuestro autor lodice por la presteza con que se acabó, se consumió, se deshizo, se fue comoen sombra y humo el gobierno de Sancho.

El cual, estando la séptima noche de los días de su gobierno en su cama, noharto de pan ni de vino, sino de juzgar y dar pareceres y de hacerestatutos y pragmáticas, cuando el sueño, a despecho y pesar de la hambre,le comenzaba a cerrar los párpados, oyó tan gran ruido de campanas y devoces, que no parecía sino que toda la ínsula se hundía. Sentóse en lacama, y estuvo atento y escuchando, por ver si daba en la cuenta de lo quepodía ser la causa de tan grande alboroto; pero no sólo no lo supo, pero,añadiéndose al ruido de voces y campanas el de infinitas trompetas yatambores, quedó más confuso y lleno de temor y espanto; y, levantándose enpie, se puso unas chinelas, por la humedad del suelo, y, sin ponersesobrerropa de levantar, ni cosa que se pareciese, salió a la puerta de suaposento, a tiempo cuando vio venir por unos corredores más de veintepersonas con hachas encendidas en las manos y con las espadasdesenvainadas, gritando todos a grandes voces:

— ¡Arma, arma, señor gobernador, arma!; que han entrado infinitos enemigosen la ínsula, y somos perdidos si vuestra industria y valor no nos socorre.

Con este ruido, furia y alboroto llegaron donde Sancho estaba, atónito yembelesado de lo que oía y veía; y, cuando llegaron a él, uno le dijo:

— ¡Ármese luego vuestra señoría, si no quiere perderse y que toda estaínsula se pierda!

— ¿Qué me tengo de armar —respondió Sancho—, ni qué sé yo de armas ni desocorros? Estas cosas mejor será dejarlas para mi amo don Quijote, que endos paletas las despachará y pondrá en cobro; que yo, pecador fui a Dios,no se me entiende nada destas priesas.

— ¡Ah, señor gobernador! —dijo otro—. ¿Qué relente es ése? Ármese vuesamerced, que aquí le traemos armas ofensivas y defensivas, y salga a esaplaza, y sea nuestra guía y nuestro capitán, pues de derecho le toca elserlo, siendo nuestro gobernador.

— Ármenme norabuena —replicó Sancho.

Y al momento le trujeron dos paveses, que venían proveídos dellos, y lepusieron encima de la camisa, sin dejarle tomar otro vestido, un pavésdelante y otro detrás, y, por unas concavidades que traían hechas, lesacaron los brazos, y le liaron muy bien con unos cordeles, de modo quequedó emparedado y entablado, derecho como un huso, sin poder doblar lasrodillas ni menearse un solo paso. Pusiéronle en las manos una lanza, a lacual se arrimó para poder tenerse en pie. Cuando así le tuvieron, ledijeron que caminase, y los guiase y animase a todos; que, siendo él sunorte, su lanterna y su lucero, tendrían buen fin sus negocios.

— ¿Cómo tengo de caminar, desventurado yo —respondió Sancho—, que no puedojugar las choquezuelas de las rodillas, porque me lo impiden estas tablasque tan cosidas tengo con mis carnes? Lo que han de hacer es llevarme enbrazos y ponerme, atravesado o en pie, en algún postigo, que yo leguardaré, o con esta lanza o con mi cuerpo.

— Ande, señor gobernador —dijo otro—, que más el miedo que las tablas leimpiden el paso; acabe y menéese, que es tarde, y los enemigos crecen, ylas voces se aumentan y el peligro carga.

Por cuyas persuasiones y vituperios probó el pobre gobernador a moverse, yfue dar consigo en el suelo tan gran golpe, que pensó que se había hechopedazos. Quedó como galápago encerrado y cubierto con sus conchas, o comomedio tocino metido entre dos artesas, o bien así como barca que da altravés en la arena; y no por verle caído aquella gente burladora letuvieron compasión alguna; antes, apagando las antorchas, tornaron areforzar las voces, y a reiterar el ¡arma! con tan gran priesa, pasando porencima del pobre Sancho, dándole infinitas cuchilladas sobre los paveses,que si él no se recogiera y encogiera, metiendo la cabeza entre lospaveses, lo pasara muy mal el pobre gobernador, el cual, en aquellaestrecheza recogido, sudaba y trasudaba, y de todo corazón se encomendaba aDios que de aquel peligro le sacase.

Unos tropezaban en él, otros caían, y tal hubo que se puso encima un buenespacio, y desde allí, como desde atalaya, gobernaba los ejércitos, y agrandes voces decía:

— ¡Aquí de los nuestros, que por esta parte cargan más los enemigos! ¡Aquelportillo se guarde, aquella puerta se cierre, aquellas escalas se tranquen!¡Vengan alcancías, pez y resina en calderas de aceite ardiendo!¡Trinchéense las calles con colchones!

En fin, él nombraba con todo ahínco todas las baratijas e instrumentos ypertrechos de guerra con que suele defenderse el asalto de una ciudad, y elmolido Sancho, que lo escuchaba y sufría todo, decía entre sí:

— ¡Oh, si mi Señor fuese servido que se acabase ya de perder esta ínsula, yme viese yo o muerto o fuera desta grande angustia!

Oyó el cielo su petición, y, cuando menos lo esperaba, oyó voces quedecían:

— ¡Vitoria, vitoria! ¡Los enemigos van de vencida! ¡Ea, señor gobernador,levántese vuesa merced y venga a gozar del vencimiento y a repartir losdespojos que se han tomado a los enemigos, por el valor dese invenciblebrazo!

— Levántenme —dijo con voz doliente el dolorido Sancho.

Ayudáronle a levantar, y, puesto en pie, dijo:

— El enemigo que yo hubiere vencido quiero que me le claven en la frente. Yono quiero repartir despojos de enemigos, sino pedir y suplicar a algúnamigo, si es que le tengo, que me dé un trago de vino, que me seco, y meenjugue este sudor, que me hago agua.

Limpiáronle, trujéronle el vino, desliáronle los paveses, sentóse sobre sulecho y desmayóse del temor, del sobresalto y del trabajo. Ya les pesaba alos de la burla de habérsela hecho tan pesada; pero el haber vuelto en síSancho les templó la pena que les había dado su desmayo. Preguntó qué horaera, respondiéronle que ya amanecía. Calló, y, sin decir otra cosa, comenzóa vestirse, todo sepultado en silencio, y todos le miraban y esperaban enqué había de parar la priesa con que se vestía. Vistióse, en fin, y poco apoco, porque estaba molido y no podía ir mucho a mucho, se fue a lacaballeriza, siguiéndole todos los que allí se hallaban, y, llegándose alrucio, le abrazó y le dio un beso de paz en la frente, y, no sin lágrimasen los ojos, le dijo:

— Venid vos acá, compañero mío y amigo mío, y conllevador de mis trabajos ymiserias: cuando yo me avenía con vos y no tenía otros pensamientos que losque me daban los cuidados de remendar vuestros aparejos y de sustentarvuestro corpezuelo, dichosas eran mis horas, mis días y mis años; pero,después que os dejé y me subí sobre las torres de la ambición y de lasoberbia, se me han entrado por el alma adentro mil miserias, mil trabajosy cuatro mil desasosiegos.

Y, en tanto que estas razones iba diciendo, iba asimesmo enalbardando elasno, sin que nadie nada le dijese. Enalbardado, pues, el rucio, con granpena y pesar subió sobre él, y, encaminando sus palabras y razones almayordomo, al secretario, al maestresala y a Pedro Recio el doctor, y aotros muchos que allí presentes estaban, dijo:

— Abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad;dejadme que vaya a buscar la vida pasada, para que me resucite de estamuerte presente. Yo no nací para ser gobernador, ni para defender ínsulasni ciudades de los enemigos que quisieren acometerlas.

Mejor se me entiendea mí de arar y cavar, podar y ensarmentar las viñas, que de dar leyes ni dedefender provincias ni reinos. Bien se está San Pedro en Roma: quierodecir, que bien se está cada uno usando el oficio para que fue nacido.Mejor me está a mí una hoz en la mano que un cetro de gobernador; másquiero hartarme de gazpachos que estar sujeto a la miseria de un médicoimpertinente que me mate de hambre; y más quiero recostarme a la sombra deuna encina en el verano y arroparme con un zamarro de dos pelos en elinvierno, en mi libertad, que acostarme con la sujeción del gobierno entresábanas de holanda y vestirme de martas cebollinas.

Vuestras mercedes sequeden con Dios, y digan al duque mi señor que, desnudo nací, desnudo mehallo: ni pierdo ni gano; quiero decir, que sin blanca entré en estegobierno y sin ella salgo, bien al revés de como suelen salir losgobernadores de otras ínsulas. Y apártense: déjenme ir, que me voy abizmar; que creo que tengo brumadas todas las costillas, merced a losenemigos que esta noche se han paseado sobre mí.

— No ha de ser así, señor gobernador —dijo el doctor Recio—, que yo le daréa vuesa merced una bebida contra caídas y molimientos, que luego le vuelvaen su prístina entereza y vigor; y, en lo de la comida, yo prometo a vuesamerced de enmendarme, dejándole comer abundantemente de todo aquello quequisiere.

— ¡Tarde piache! —respondió Sancho—. Así dejaré de irme como volverme turco.No son estas burlas para dos veces. Por Dios que así me quede en éste, niadmita otro gobierno, aunque me le diesen entre dos platos, como volar alcielo sin alas. Yo soy del linaje de los Panzas, que todos son testarudos,y si una vez dicen nones, nones han de ser, aunque sean pares, a pesar detodo el mundo. Quédense en esta caballeriza las alas de la hormiga, que melevantaron en el aire para que me comiesen vencejos y otros pájaros, yvolvámonos a andar por el suelo con pie llano, que, si no le adornarenzapatos picados de cordobán, no le faltarán alpargatas toscas de cuerda.Cada oveja con su pareja, y nadie tienda más la pierna de cuanto fuerelarga la sábana; y déjenme pasar, que se me hace tarde.

A lo que el mayordomo dijo:

— Señor gobernador, de muy buena gana dejáramos ir a vuesa merced, puestoque nos pesará mucho de perderle, que su ingenio y su cristiano procederobligan a desearle; pero ya se sabe que todo gobernador está obligado,antes que se ausente de la parte donde ha gobernado, dar primeroresidencia: déla vuesa merced de los diez días que ha que tiene elgobierno, y váyase a la paz de Dios.

— Nadie me la puede pedir —respondió Sancho—, si no es quien ordenare elduque mi señor; yo voy a verme con él, y a él se la daré de molde; cuantomás que, saliendo yo desnudo, como salgo, no es menester otra señal paradar a entender que he gobernado como un ángel.

— Par Dios que tiene razón el gran Sancho —dijo el doctor Recio—, y que soyde parecer que le dejemos ir, porque el duque ha de gustar infinito deverle.

Todos vinieron en ello, y le dejaron ir, ofreciéndole primero compañía ytodo aquello que quisiese para el regalo de su persona y para la comodidadde su viaje. Sancho dijo que no quería más de un poco de cebada para elrucio y medio queso y medio pan para él; que, pues el camino era tan corto,no había menester mayor ni mejor repostería. Abrazáronle todos, y él,llorando, abrazó a todos, y los dejó admirados, así de sus razones como desu determinación tan resoluta y tan discreta.

Capítulo LIV. Que trata de cosas tocantes a esta historia, y no a otraalguna Resolviéronse el duque y la duquesa de que el desafío que don Quijote hizoa su vasallo, por la causa ya referida, pasase adelante; y, puesto que elmozo estaba en Flandes, adonde se había ido huyendo, por no tener porsuegra a doña Rodríguez, ordenaron de poner en su lugar a un lacayo gascón,que se llamaba Tosilos, industriándole primero muy bien de todo lo quehabía de hacer.

De allí a dos días dijo el duque a don Quijote como desde allí a cuatrovendría su contrario, y se presentaría en el campo, armado como caballero,y sustentaría como la doncella mentía por mitad de la barba, y aun por todala barba entera, si se afirmaba que él le hubiese dado palabra decasamiento. Don Quijote recibió mucho gusto con las tales nuevas, y seprometió a sí mismo de hacer maravillas en el caso, y tuvo a gran venturahabérsele ofrecido ocasión donde aquellos señores pudiesen ver hasta dóndese estendía el valor de su poderoso brazo; y así, con alborozo y contento,esperaba los cuatro días, que se le iban haciendo, a la cuenta de su deseo,cuatrocientos siglos.

Dejémoslos pasar nosotros, como dejamos pasar otras cosas, y vamos aacompañar a Sancho, que entre alegre y triste venía caminando sobre elrucio a buscar a su amo, cuya compañía le agradaba más que ser gobernadorde todas las ínsulas del mundo.

Sucedió, pues, que, no habiéndose alongado mucho de la ínsula del sugobierno —que él nunca se puso a averiguar si era ínsula, ciudad, villa olugar la que gobernaba—, vio que por el camino por donde él iba venían seisperegrinos con sus bordones, de estos estranjeros que piden la limosnacantando, los cuales, en llegando a él, se pusieron en ala, y, levantandolas voces todos juntos, comenzaron a cantar en su lengua lo que Sancho nopudo entender, si no fue una palabra que claramente pronunciaba limosna,por donde entendió que era limosna la que en su canto pedían; y como él,según dice Cide Hamete, era caritativo además, sacó de sus alforjas mediopan y medio queso, de que venía proveído, y dióselo, diciéndoles por señasque no tenía otra cosa que darles. Ellos lo recibieron de muy buena gana, ydijeron:

— ¡Guelte! ¡Guelte!

— No entiendo —respondió Sancho— qué es lo que me pedís, buena gente.

Entonces uno de ellos sacó una bolsa del seno y mostrósela a Sancho, pordonde entendió que le pedían dineros; y él, poniéndose el dedo pulgar en lagarganta y estendiendo la mano arriba, les dio a entender que no teníaostugo de moneda, y, picando al rucio, rompió por ellos; y, al pasar,habiéndole estado mirando uno dellos con mucha atención, arremetió a él,echándole los brazos por la cintura; en voz alta y muy castellana, dijo:

— ¡Válame Dios! ¿Qué es lo que veo? ¿Es posible que tengo en mis brazos almi caro amigo, al mi buen vecino Sancho Panza? Sí tengo, sin duda, porqueyo ni duermo, ni estoy ahora borracho.

Admiróse Sancho de verse nombrar por su nombre y de verse abrazar delestranjero peregrino, y, después de haberle estado mirando sin hablarpalabra, con mucha atención, nunca pudo conocerle; pero, viendo sususpensión el peregrino, le dijo:

— ¿Cómo, y es posible, Sancho Panza hermano, que no conoces a tu vecinoRicote el morisco, tendero de tu lugar?

Entonces Sancho le miró con más atención y comenzó a rafigurarle, y ,finalmente, le vino a conocer de todo punto, y, sin apearse del jumento, leechó los brazos al cuello, y le dijo:

— ¿Quién diablos te había de conocer, Ricote, en ese traje de moharracho quetraes? Dime:

¿quién te ha hecho franchote, y cómo tienes atrevimiento devolver a España, donde si te cogen y conocen tendrás harta mala ventura?

— Si tú no me descubres, Sancho —respondió el peregrino—, seguro estoy queen este traje no habrá nadie que me conozca; y apartémonos del camino aaquella alameda que allí parece, donde quieren comer y reposar miscompañeros, y allí comerás con ellos, que son muy apacible gente.

Yo tendrélugar de contarte lo que me ha sucedido después que me partí de nuestrolugar, por obedecer el bando de Su Majestad, que con tanto rigor a losdesdichados de mi nación amenazaba, según oíste.

Hízolo así Sancho, y, hablando Ricote a los demás peregrinos, se apartarona la alameda que se parecía, bien desviados del camino real. Arrojaron losbordones, quitáronse las mucetas o esclavinas y quedaron en pelota, y todosellos eran mozos y muy gentileshombres, excepto Ricote, que ya era hombreentrado en años. Todos traían alforjas, y todas, según pareció, venían bienproveídas, a lo menos, de cosas incitativas y que llaman a la sed de dosleguas.

Tendiéronse en el suelo, y, haciendo manteles de las yerbas, pusieron sobreellas pan, sal, cuchillos, nueces, rajas de queso, huesos mondos de jamón,que si no se dejaban mascar, no defendían el ser chupados. Pusieronasimismo un manjar negro que dicen que se llama cavial, y es hecho dehuevos de pescados, gran despertador de la colambre. No faltaron aceitunas,aunque secas y sin adobo alguno, pero sabrosas y entretenidas. Pero lo quemás campeó en el campo de aquel banquete fueron seis botas de vino, quecada uno sacó la suya de su alforja; hasta el buen Ricote, que se habíatransformado de morisco en alemán o en tudesco, sacó la suya, que engrandeza podía competir con las cinco.

Comenzaron a comer con grandísimo gusto y muy de espacio, saboreándose concada bocado, que le tomaban con la punta del cuchillo, y muy poquito decada cosa, y luego, al punto, todos a una, levantaron los brazos y lasbotas en el aire; puestas las bocas en su boca, clavados los ojos en elcielo, no parecía sino que ponían en él la puntería; y desta manera,meneando las cabezas a un lado y a otro, señales que acreditaban el gustoque recebían, se estuvieron un buen espacio, trasegando en sus estómagoslas entrañas de las vasijas.

Todo lo miraba Sancho, y de ninguna cosa se dolía; antes, por cumplir conel refrán, que él muy bien sabía, de "cuando a Roma fueres, haz comovieres", pidió a Ricote la bota, y tomó su puntería como los demás, y nocon menos gusto que ellos.

Cuatro veces dieron lugar las botas para ser empinadas; pero la quinta nofue posible, porque ya estaban más enjutas y secas que un esparto, cosa quepuso mustia la alegría que hasta allí habían mostrado. De cuando en cuando,juntaba alguno su mano derecha con la de Sancho, y decía:

— Español y tudesqui, tuto uno: bon compaño.

Y Sancho respondía: Bon compaño, jura Di!

Y disparaba con una risa que le duraba un hora, sin acordarse entonces denada de lo que le había sucedido en su gobierno; porque sobre el rato ytiempo cuando se come y bebe, poca jurisdición suelen tener los cuidados.Finalmente, el acabársele el vino fue principio de un sueño que dio atodos, quedándose dormidos sobre las mismas mesas y manteles; solos Ricotey Sancho quedaron alerta, porque habían comido más y bebido menos; y,apartando Ricote a Sancho, se sentaron al pie de una haya, dejando a losperegrinos sepultados en dulce sueño; y Ricote, sin tropezar nada en sulengua morisca, en la pura castellana le dijo las siguientes razones:

— «Bien sabes, ¡oh Sancho Panza, vecino y amigo mío!, como el pregón y bandoque Su Majestad mandó publicar contra los de mi nación puso terror yespanto en todos nosotros; a lo menos, en mí le puso de suerte que meparece que antes del tiempo que se nos concedía para que hiciésemosausencia de España, ya tenía el rigor de la pena ejecutado en mi persona yen la de mis hijos. Ordené, pues, a mi parecer como prudente, bien así comoel que sabe que para tal tiempo le han de quitar la casa donde vive y seprovee de otra donde mudarse; ordené, digo, de salir yo solo, sin mifamilia, de mi pueblo, y ir a buscar donde llevarla con comodidad y sin lapriesa con que los demás salieron; porque bien vi, y vieron todos nuestrosancianos, que aquellos pregones no eran sólo amenazas, como algunos decían,sino verdaderas leyes, que se habían de poner en ejecución a su determinadotiempo; y forzábame a creer esta verdad saber yo los ruines y disparatadosintentos que los nuestros tenían, y tales, que me parece que fueinspiración divina la que movió a Su Majestad a poner en efecto tangallarda resolución, no porque todos fuésemos culpados, que algunos habíacristianos firmes y verdaderos; pero eran tan pocos que no se podían oponera los que no lo eran, y no era bien criar la sierpe en el seno, teniendolos enemigos dentro de casa. Finalmente, con justa razón fuimos castigadoscon la pena del destierro, blanda y suave al parecer de algunos, pero alnuestro, la más terrible que se nos podía dar. Doquiera que estamoslloramos por España, que, en fin, nacimos en ella y es nuestra patrianatural; en ninguna parte hallamos el acogimiento que nuestra desventuradesea, y en Berbería, y en todas las partes de África, donde esperábamosser recebidos, acogidos y regalados, allí es donde más nos ofenden ymaltratan. No hemos conocido el bien hasta que le hemos perdido; y es eldeseo tan grande, que casi todos tenemos de volver a España, que los más deaquellos, y son muchos, que saben la lengua como yo, se vuelven a ella, ydejan allá sus mujeres y sus hijos desamparados: tanto es el amor que latienen; y agora conozco y experimento lo que suele decirse: que es dulce elamor de la patria. Salí, como digo, de nuestro pueblo, entré en Francia, y,aunque allí nos hacían buen acogimiento, quise verlo todo. Pasé a Italia yllegué a Alemania, y allí me pareció que se podía vivir con más libertad,porque sus habitadores no miran en muchas delicadezas: cada uno vive comoquiere, porque en la mayor parte della se vive con libertad de conciencia.Dejé tomada casa en un pueblo junto a Augusta; juntéme con estosperegrinos, que tienen por costumbre de venir a España muchos dellos, cadaaño, a visitar los santuarios della, que los tienen por sus Indias, y porcertísima granjería y conocida ganancia. Ándanla casi toda, y no hay puebloninguno de donde no salgan comidos y bebidos, como suele decirse, y con unreal, por lo menos, en dineros, y al cabo de su viaje salen con más de cienescudos de sobra que, trocados en oro, o ya en el hueco de los bordones, oentre los remiendos de las esclavinas, o con la industria que ellos pueden,los sacan del reino y los pasan a sus tierras, a pesar de las guardas delos puestos y puertos donde se registran. Ahora es mi intención, Sancho,sacar el tesoro que dejé enterrado, que por estar fuera del pueblo lo podréhacer sin peligro y escribir o pasar desde Valencia a mi hija y a mi mujer,que sé que está en Argel, y dar traza como traerlas a algún puerto deFrancia, y desde allí llevarlas a Alemania, donde esperaremos lo que Diosquisiere hacer de nosotros; que, en resolución, Sancho, yo sé cierto que laRicota mi hija y Francisca Ricota, mi mujer, son católicas cristianas, y,aunque yo no lo soy tanto, todavía tengo más de cristiano que de moro, yruego siempre a Dios me abra los ojos del entendimiento y me dé a conocercómo le tengo de servir. Y

lo que me tiene admirado es no saber por qué sefue mi mujer y mi hija antes a Berbería que a Francia, adonde podía vivircomo cristiana.»

A lo que respondió Sancho:

— Mira, Ricote, eso no debió estar en su mano, porque las llevó JuanTiopieyo, el hermano de tu mujer; y, como debe de ser fino moro, fuese a lomás bien parado, y séte decir otra cosa: que creo que vas en balde a buscarlo que dejaste encerrado; porque tuvimos nuevas que habían quitado a tucuñado y tu mujer muchas perlas y mucho dinero en oro que llevaban porregistrar.

— Bien puede ser eso —replicó Ricote—, pero yo sé, Sancho, que no tocaron ami encierro, porque yo no les descubrí dónde estaba, temeroso de algúndesmán; y así, si tú, Sancho, quieres venir conmigo y ayudarme a sacarlo ya encubrirlo, yo te daré docientos escudos, con que podrás remediar tusnecesidades, que ya sabes que sé yo que las tienes muchas.

— Yo lo hiciera —respondió Sancho—, pero no soy nada codicioso; que, aserlo, un oficio dejé yo esta mañana de las manos, donde pudiera hacer lasparedes de mi casa de oro, y comer antes de seis meses en platos de plata;y, así por esto como por parecerme haría traición a mi rey en dar favor asus enemigos, no fuera contigo, si como me prometes docientos escudos, medieras aquí de contado cuatrocientos.

— Y ¿qué oficio es el que has dejado, Sancho? —preguntó Ricote.

— He dejado de ser gobernador de una ínsula —respondió Sancho—, y tal, que abuena fee que no hallen otra como ella a tres tirones.

— ¿Y dónde está esa ínsula? —preguntó Ricote.

— ¿Adónde? —respondió Sancho—. Dos leguas de aquí, y se llama la ínsulaBarataria.

— Calla, Sancho —dijo Ricote—, que las ínsulas están allá dentro de la mar;que no hay ínsulas en la tierra firme.

— ¿Cómo no? —replicó Sancho—. Dígote, Ricote amigo, que esta mañana me partídella, y ayer estuve en ella gobernando a mi placer, como un sagitario;pero, con todo eso, la he dejado, por parecerme oficio peligroso el de losgobernadores.

— Y ¿qué has ganado en el gobierno? —preguntó Ricote.

— He ganado —respondió Sancho— el haber conocido que no soy bueno paragobernar, si no es un hato de ganado, y que las riquezas que se ganan enlos tales gobiernos son a costa de perder el descanso y el sueño, y aun elsustento; porque en las ínsulas deben de comer poco los gobernadores,especialmente si tienen médicos que miren por su salud.

— Yo no te entiendo, Sancho —dijo Ricote—, pero paréceme que todo lo quedices es disparate; que, ¿quién te había de dar a ti ínsulas quegobernases? ¿Faltaban hombres en el mundo más hábiles para gobernadores quetú eres? Calla, Sancho, y vuelve en ti, y mira si quieres venir conmigo,como te he dicho, a ayudarme a sacar el tesoro que dejé escondido; que enverdad que es tanto, que se puede llamar tesoro, y te daré con que vivas,como te he dicho.

— Ya te he dicho, Ricote —replicó Sancho—, que no quiero; conténtate que pormí no serás descubierto, y prosigue en buena hora tu camino, y déjameseguir el mío; que yo sé que lo bien ganado se pierde, y lo malo, ello y sudueño.

— No quiero porfiar, Sancho —dijo Ricote—, pero dime: ¿hallástete en nuestrolugar, cuando se partió dél mi mujer, mi hija y mi cuñado?

— Sí hallé —respondió Sancho—, y séte decir que salió tu hija tan hermosaque salieron a verla cuantos había en el pueblo, y todos decían que era lamás bella criatura del mundo. Iba llorando y abrazaba a todas sus amigas yconocidas, y a cuantos llegaban a verla, y a todos pedía la encomendasen aDios y a Nuestra Señora su madre; y esto, con tanto sentimiento, que a míme hizo llorar, que no suelo ser muy llorón. Y a fee que muchos tuvierondeseo de esconderla y salir a quitársela en el camino; pero el miedo de ircontra el mandado del rey los detuvo.

Principalmente se mostró másapasionado don Pedro Gregorio, aquel mancebo mayorazgo rico que tú conoces,que dicen que la quería mucho, y después que ella se partió, nunca más élha parecido en nuestro lugar, y todos pensamos que iba tras ella pararobarla; pero hasta ahora no se ha sabido nada.

— Siempre tuve yo mala sospecha —dijo Ricote— de que ese caballero adamaba ami hija; pero, fiado en el valor de mi Ricota, nunca me dio pesadumbre elsaber que la quería bien; que ya habrás oído decir, Sancho, que lasmoriscas pocas o ninguna vez se mezclaron por amores con cristianos viejos,y mi hija, que, a lo que yo creo, atendía a ser más cristiana queenamorada, no se curaría de las solicitudes de ese señor mayorazgo.

— Dios lo haga —replicó Sancho—, que a entrambos les estaría mal. Y déjamepartir de aquí, Ricote amigo, que quiero llegar esta noche adonde está miseñor don Quijote.

— Dios vaya contigo, Sancho hermano, que ya mis compañeros se rebullen, ytambién es hora que prosigamos nuestro camino.

Y luego se abrazaron los dos, y Sancho subió en su rucio, y Ricote searrimó a su bordón, y se apartaron.

Capítulo LV. De cosas sucedidas a Sancho en el camino, y otras que no haymás que ver

El haberse detenido Sancho con Ricote no le dio lugar a que aquel díallegase al castillo del duque, puesto que llegó media legua dél, donde letomó la noche, algo escura y cerrada; pero, como era verano, no le diomucha pesadumbre; y así, se apartó del camino con intención de esperar lamañana; y quiso su corta y desventurada suerte que, buscando lugar dondemejor acomodarse, cayeron él y el rucio en una honda y escurísima sima queentre unos edificios muy antiguos estaba, y al tiempo del caer, seencomendó a Dios de todo corazón, pensando que no había de parar hasta elprofundo de los abismos. Y no fue así, porque a poco más de tres estadosdio fondo el rucio, y él se halló encima dél, sin haber recebido lisión nidaño alguno.

Tentóse todo el cuerpo, y recogió el aliento, por ver si estaba sano oagujereado por alguna parte; y, viéndose bueno, entero y católico de salud,no se hartaba de dar gracias a Dios Nuestro Señor de la merced que le habíahecho, porque sin duda pensó que estaba hecho mil pedazos. Tentó asimismocon las manos por las paredes de la sima, por ver si sería posible salirdella sin ayuda de nadie; pero todas las halló rasas y sin asidero alguno,de lo que Sancho se congojó mucho, especialmente cuando oyó que el rucio sequejaba tierna y dolorosamente; y no era mucho, ni se lamentaba de vicio,que, a la verdad, no estaba muy bien parado.

— ¡Ay —dijo entonces Sancho Panza—, y cuán no pensados sucesos suelensuceder a cada paso a los que viven en este miserable mundo! ¿Quién dijeraque el que ayer se vio entronizado gobernador de una ínsula, mandando a sussirvientes y a sus vasallos, hoy se había de ver sepultado en una sima, sinhaber persona alguna que le remedie, ni criado ni vasallo que acuda a susocorro? Aquí habremos de perecer de hambre yo y mi jumento, si ya no nosmorimos antes, él de molido y quebrantado, y yo de pesaroso. A lo menos, noseré yo tan venturoso como lo fue mi señor don Quijote de la Mancha cuandodecendió y bajó a la cueva de aquel encantado Montesinos, donde halló quienle regalase mejor que en su casa, que no parece sino que se fue a mesapuesta y a cama hecha. Allí vio él visiones hermosas y apacibles, y yo veréaquí, a lo que creo, sapos y culebras. ¡Desdichado de mí, y en qué hanparado mis locuras y fantasías! De aquí sacarán mis huesos, cuando el cielosea servido que me descubran, mondos, blancos y raídos, y los de mi buenrucio con ellos, por donde quizá se echará de ver quién somos, a lo menosde los que tuvieren noticia que nunca Sancho Panza se apartó de su asno, nisu asno de Sancho Panza.

Otra vez digo: ¡miserables de nosotros, que no haquerido nuestra corta suerte que muriésemos en nuestra patria y entre losnuestros, donde ya que no hallara remedio nuestra desgracia, no faltaraquien dello se doliera, y en la hora última de nuestro pasamiento noscerrara los ojos! ¡Oh compañero y amigo mío, qué mal pago te he dado de tusbuenos servicios! Perdóname y pide a la fortuna, en el mejor modo quesupieres, que nos saque deste miserable trabajo en que estamos puestos losdos; que yo prometo de ponerte una corona de laurel en la cabeza, que noparezcas sino un laureado poeta, y de darte los piensos doblados.

Desta manera se lamentaba Sancho Panza, y su jumento le escuchaba sinresponderle palabra alguna: tal era el aprieto y angustia en que el pobrese hallaba. Finalmente, habiendo pasado toda aquella noche en miserablesquejas y lamentaciones, vino el día, con cuya claridad y resplandor vioSancho que era imposible de toda imposibilidad salir de aquel pozo sin serayudado, y comenzó a lamentarse y dar voces, por ver si alguno le oía; perotodas sus voces eran dadas en desierto, pues por todos aquellos contornosno había persona que pudiese escucharle, y entonces se acabó de dar pormuerto.

Estaba el rucio boca arriba, y Sancho Panza le acomodó de modo que le pusoen pie, que apenas se podía tener; y, sacando de las alforjas, que tambiénhabían corrido la mesma fortuna de la caída, un pedazo de pan, lo dio a sujumento, que no le supo mal, y díjole Sancho, como si lo entendiera:

— Todos los duelos con pan son buenos.

En esto, descubrió a un lado de la sima un agujero, capaz de caber por éluna persona, si se agobiaba y encogía. Acudió a él Sancho Panza, y,agazapándose, se entró por él y vio que por de dentro era espacioso ylargo, y púdolo ver, porque por lo que se podía llamar techo entraba unrayo de sol que lo descubría todo. Vio también que se dilataba y alargabapor otra concavidad espaciosa; viendo lo cual, volvió a salir adonde estabael jumento, y con una piedra comenzó a desmoronar la tierra del agujero, demodo que en poco espacio hizo lugar donde con facilidad pudiese entrar elasno, como lo hizo; y, cogiéndole del cabestro, comenzó a caminar poraquella gruta adelante, por ver si hallaba alguna salida por otra parte. Aveces iba a escuras, y a veces sin luz, pero ninguna vez sin miedo.

— ¡Válame Dios todopoderoso! —decía entre sí—. Esta que para mí esdesventura, mejor fuera para aventura de mi amo don Quijote. Él sí quetuviera estas profundidades y mazmorras por jardines floridos y porpalacios de Galiana, y esperara salir de esta escuridad y estrecheza aalgún florido prado; pero yo, sin ventura, falto de consejo y menoscabadode ánimo, a cada paso pienso que debajo de los pies de improviso se ha deabrir otra sima más profunda que la otra, que acabe de tragarme. ¡Bienvengas mal, si vienes solo!

Desta manera y con estos pensamientos le pareció que habría caminado pocomás de media legua, al cabo de la cual descubrió una confusa claridad, quepareció ser ya de día, y que por alguna parte entraba, que daba indicio detener fin abierto aquel, para él, camino de la otra vida.

Aquí le deja Cide Hamete Benengeli, y vuelve a tratar de don Quijote,que, alborozado y contento, esperaba el plazo de la batalla que había dehacer con el robador de la honra de la hija de doña Rodríguez, a quienpensaba enderezar el tuerto y desaguisado que malamente le tenían fecho.

Sucedió, pues, que, saliéndose una mañana a imponerse y ensayarse en lo quehabía de hacer en el trance en que otro día pensaba verse, dando un repelóno arremetida a Rocinante, llegó a poner los pies tan junto a una cueva,que, a no tirarle fuertemente las riendas, fuera imposible no caer en ella.En fin, le detuvo y no cayó, y, llegándose algo más cerca, sin apearse,miró aquella hondura; y, estándola mirando, oyó grandes voces dentro; y,escuchando atentamente, pudo percebir y entender que el que las daba decía:

— ¡Ah de arriba! ¿Hay algún cristiano que me escuche, o algún caballerocaritativo que se duela de un pecador enterrado en vida, o un desdichadodesgobernado gobernador?

Parecióle a don Quijote que oía la voz de Sancho Panza, de que quedósuspenso y asombrado, y, levantando la voz todo lo que pudo, dijo:

— ¿Quién está allá bajo? ¿Quién se queja?

— ¿Quién puede estar aquí, o quién se ha de quejar —respondieron—, sino elasendereado de Sancho Panza, gobernador, por sus pecados y por su malaandanza, de la ínsula Barataria, escudero que fue del famoso caballero donQuijote de la Mancha?

Oyendo lo cual don Quijote, se le dobló la admiración y se le acrecentó elpasmo, viniéndosele al pensamiento que Sancho Panza debía de ser muerto, yque estaba allí penando su alma, y llevado desta imaginación dijo:

— Conjúrote por todo aquello que puedo conjurarte como católico cristiano,que me digas quién eres; y si eres alma en pena, dime qué quieres que hagapor ti; que, pues es mi profesión favorecer y acorrer a los necesitadosdeste mundo, también lo seré para acorrer y ayudar a los menesterosos delotro mundo, que no pueden ayudarse por sí propios.

— Desa manera —respondieron—, vuestra merced que me habla debe de ser miseñor don Quijote de la Mancha, y aun en el órgano de la voz no es otro,sin duda.

— Don Quijote soy —replicó don Quijote—, el que profeso socorrer y ayudar ensus necesidades a los vivos y a los muertos. Por eso dime quién eres, queme tienes atónito; porque si eres mi escudero Sancho Panza, y te hasmuerto, como no te hayan llevado los diablos, y, por la misericordia deDios, estés en el purgatorio, sufragios tiene nuestra Santa Madre laIglesia Católica Romana bastantes a sacarte de las penas en que estás, yyo, que lo solicitaré con ella, por mi parte, con cuanto mi haciendaalcanzare; por eso, acaba de declararte y dime quién eres.

— ¡Voto a tal! —respondieron—, y por el nacimiento de quien vuesa mercedquisiere, juro, señor don Quijote de la Mancha, que yo soy su escuderoSancho Panza, y que nunca me he muerto en todos los días de mi vida; sinoque, habiendo dejado mi gobierno por cosas y causas que es menester másespacio para decirlas, anoche caí en esta sima donde yago, el rucioconmigo, que no me dejará mentir, pues, por más señas, está aquí conmigo.

Y hay más: que no parece sino que el jumento entendió lo que Sancho dijo,porque al momento comenzó a rebuznar, tan recio, que toda la cuevaretumbaba.

— ¡Famoso testigo! —dijo don Quijote—. El rebuzno conozco como si lepariera, y tu voz oigo, Sancho mío. Espérame; iré al castillo del duque,que está aquí cerca, y traeré quien te saque desta sima, donde tus pecadoste deben de haber puesto.

— Vaya vuesa merced —dijo Sancho—, y vuelva presto, por un solo Dios, que yano lo puedo llevar el estar aquí sepultado en vida, y me estoy muriendo demiedo.

Dejóle don Quijote, y fue al castillo a contar a los duques el suceso deSancho Panza, de que no poco se maravillaron, aunque bien entendieron quedebía de haber caído por la correspondencia de aquella gruta que de tiemposinmemoriales estaba allí hecha; pero no podían pensar cómo había dejado elgobierno sin tener ellos aviso de su venida. Finalmente, como dicen,llevaron sogas y maromas; y, a costa de mucha gente y de mucho trabajo,sacaron al rucio y a Sancho Panza de aquellas tinieblas a la luz del sol.Viole un estudiante, y dijo:

— Desta manera habían de salir de sus gobiernos todos los malosgobernadores, como sale este pecador del profundo del abismo: muerto dehambre, descolorido, y sin blanca, a lo que yo creo.

Oyólo Sancho, y dijo:

— Ocho días o diez ha, hermano murmurador, que entré a gobernar la ínsulaque me dieron, en los cuales no me vi harto de pan siquiera un hora; enellos me han perseguido médicos, y enemigos me han brumado los güesos; nihe tenido lugar de hacer cohechos, ni de cobrar derechos; y, siendo estoasí, como lo es, no merecía yo, a mi parecer, salir de esta manera; pero elhombre pone y Dios dispone, y Dios sabe lo mejor y lo que le está bien acada uno; y cual el tiempo, tal el tiento; y nadie diga "desta agua nobeberé", que adonde se piensa que hay tocinos, no hay estacas; y Dios meentiende, y basta, y no digo más, aunque pudiera.

— No te enojes, Sancho, ni recibas pesadumbre de lo que oyeres, que seránunca acabar: ven tú con segura conciencia, y digan lo que dijeren; y esquerer atar las lenguas de los maldicientes lo mesmo que querer ponerpuertas al campo. Si el gobernador sale rico de su gobierno, dicen dél queha sido un ladrón, y si sale pobre, que ha sido un para poco y unmentecato.

— A buen seguro —respondió Sancho— que por esta vez antes me han de tenerpor tonto que por ladrón.

En estas pláticas llegaron, rodeados de muchachos y de otra mucha gente, alcastillo, adonde en unos corredores estaban ya el duque y la duquesaesperando a don Quijote y a Sancho, el cual no quiso subir a ver al duquesin que primero no hubiese acomodado al rucio en la caballeriza, porquedecía que había pasado muy mala noche en la posada; y luego subió a ver asus señores, ante los cuales, puesto de rodillas, dijo:

— Yo, señores, porque lo quiso así vuestra grandeza, sin ningún merecimientomío, fui a gobernar vuestra ínsula Barataria, en la cual entré desnudo, ydesnudo me hallo: ni pierdo, ni gano. Si he gobernado bien o mal, testigoshe tenido delante, que dirán lo que quisieren. He declarado dudas,sentenciado pleitos, siempre muerto de hambre, por haberlo querido así eldoctor Pedro Recio, natural de Tirteafuera, médico insulano ygobernadoresco. Acometiéronnos enemigos de noche, y, habiéndonos puesto engrande aprieto, dicen los de la ínsula que salieron libres y con vitoriapor el valor de mi brazo, que tal salud les dé Dios como ellos dicenverdad. En resolución, en este tiempo yo he tanteado las cargas que traeconsigo, y las obligaciones, el gobernar, y he hallado por mi cuenta que nolas podrán llevar mis hombros, ni son peso de mis costillas, ni flechas demi aljaba; y así, antes que diese conmigo al través el gobierno, he queridoyo dar con el gobierno al través, y ayer de mañana dejé la ínsula como lahallé: con las mismas calles, casas y tejados que tenía cuando entré enella. No he pedido prestado a nadie, ni metídome en granjerías; y, aunquepensaba hacer algunas ordenanzas provechosas, no hice ninguna, temeroso queno se habían de guardar: que es lo mesmo hacerlas que no hacerlas.

Salí,como digo, de la ínsula sin otro acompañamiento que el de mi rucio; caí enuna sima, víneme por ella adelante, hasta que, esta mañana, con la luz delsol, vi la salida, pero no tan fácil que, a no depararme el cielo a miseñor don Quijote, allí me quedara hasta la fin del mundo. Así que, misseñores duque y duquesa, aquí está vuestro gobernador Sancho Panza, que hagranjeado en solos diez días que ha tenido el gobierno a conocer que no sele ha de dar nada por ser gobernador, no que de una ínsula, sino de todo elmundo; y, con este presupuesto, besando a vuestras mercedes los pies,imitando al juego de los muchachos, que dicen "Salta tú, y dámela tú", doyun salto del gobierno, y me paso al servicio de mi señor don Quijote; que,en fin, en él, aunque como el pan con sobresalto, hártome, a lo menos, ypara mí, como yo esté harto, eso me hace que sea de zanahorias que deperdices.

Con esto dio fin a su larga plática Sancho, temiendo siempre don Quijoteque había de decir en ella millares de disparates; y, cuando le vio acabarcon tan pocos, dio en su corazón gracias al cielo, y el duque abrazó aSancho, y le dijo que le pesaba en el alma de que hubiese dejado tan prestoel gobierno; pero que él haría de suerte que se le diese en su estado otrooficio de menos carga y de más provecho. Abrazóle la duquesa asimismo, ymandó que le regalasen, porque daba señales de venir mal molido y peorparado.

Capítulo LVI. De la descomunal y nunca vista batalla que pasó entre donQuijote de la Mancha y el lacayo Tosilos, en la defensa de la hija de ladueña doña Rodríguez

No quedaron arrepentidos los duques de la burla hecha a Sancho Panza delgobierno que le dieron; y más, que aquel mismo día vino su mayordomo, y lescontó punto por punto, todas casi, las palabras y acciones que Sancho habíadicho y hecho en aquellos días, y finalmente les encareció el asalto de laínsula, y el miedo de Sancho, y su salida, de que no pequeño gustorecibieron.

Después desto, cuenta la historia que se llegó el día de la batallaaplazada, y, habiendo el duque una y muy muchas veces advertido a su lacayoTosilos cómo se había de avenir con don Quijote para vencerle sin matarleni herirle, ordenó que se quitasen los hierros a las lanzas, diciendo a donQuijote que no permitía la cristiandad, de que él se preciaba, que aquellabatalla fuese con tanto riesgo y peligro de las vidas, y que se contentasecon que le daba campo franco en su tierra, puesto que iba contra el decretodel Santo Concilio, que prohíbe los tales desafíos, y no quisiese llevarpor todo rigor aquel trance tan fuerte.

Don Quijote dijo que Su Excelencia dispusiese las cosas de aquel negociocomo más fuese servido; que él le obedecería en todo. Llegado, pues, eltemeroso día, y habiendo mandado el duque que delante de la plaza delcastillo se hiciese un espacioso cadahalso, donde estuviesen los jueces delcampo y las dueñas, madre y hija, demandantes, había acudido de todos loslugares y aldeas circunvecinas infinita gente, a ver la novedad de aquellabatalla; que nunca otra tal no habían visto, ni oído decir en aquellatierra los que vivían ni los que habían muerto.

El primero que entró en el campo y estacada fue el maestro de lasceremonias, que tanteó el campo, y le paseó todo, porque en él no hubiesealgún engaño, ni cosa encubierta donde se tropezase y cayese; luegoentraron las dueñas y se sentaron en sus asientos, cubiertas con los mantoshasta los ojos y aun hasta los pechos, con muestras de no pequeñosentimiento. Presente don Quijote en la estacada, de allí a poco,acompañado de muchas trompetas, asomó por una parte de la plaza, sobre unpoderoso caballo, hundiéndola toda, el grande lacayo Tosilos, calada lavisera y todo encambronado, con unas fuertes y lucientes armas. El caballomostraba ser frisón, ancho y de color tordillo; de cada mano y pie lependía una arroba de lana.

Venía el valeroso combatiente bien informado del duque su señor de cómo sehabía de portar con el valeroso don Quijote de la Mancha, advertido que enninguna manera le matase, sino que procurase huir el primer encuentro porescusar el peligro de su muerte, que estaba cierto si de lleno en lleno leencontrase. Paseó la plaza, y, llegando donde las dueñas estaban, se pusoalgún tanto a mirar a la que por esposo le pedía. Llamó el maese de campo adon Quijote, que ya se había presentado en la plaza, y junto con Tosiloshabló a las dueñas, preguntándoles si consentían que volviese por suderecho don Quijote de la Mancha. Ellas dijeron que sí, y que todo lo queen aquel caso hiciese lo daban por bien hecho, por firme y por valedero.

Ya en este tiempo estaban el duque y la duquesa puestos en una galería quecaía sobre la estacada, toda la cual estaba coronada de infinita gente, queesperaba ver el riguroso trance nunca visto. Fue condición de loscombatientes que si don Quijote vencía, su contrario se había de casar conla hija de doña Rodríguez; y si él fuese vencido, quedaba libre sucontendor de la palabra que se le pedía, sin dar otra satisfación alguna.

Partióles el maestro de las ceremonias el sol, y puso a los dos cada uno enel puesto donde habían de estar. Sonaron los atambores, llenó el aire elson de las trompetas, temblaba debajo de los pies la tierra; estabansuspensos los corazones de la mirante turba, temiendo unos y esperandootros el bueno o el mal suceso de aquel caso. Finalmente, don Quijote,encomendándose de todo su corazón a Dios Nuestro Señor y a la señoraDulcinea del Toboso, estaba aguardando que se le diese señal precisa de laarremetida; empero, nuestro lacayo tenía diferentes pensamientos: nopensaba él sino en lo que agora diré:

Parece ser que, cuando estuvo mirando a su enemiga, le pareció la máshermosa mujer que había visto en toda su vida, y el niño ceguezuelo, aquien suelen llamar de ordinario Amor por esas calles, no quiso perder laocasión que se le ofreció de triunfar de una alma lacayuna y ponerla en lalista de sus trofeos; y así, llegándose a él bonitamente, sin que nadie leviese, le envasó al pobre lacayo una flecha de dos varas por el ladoizquierdo, y le pasó el corazón de parte a parte; y púdolo hacer bien alseguro, porque el Amor es invisible, y entra y sale por do quiere, sin quenadie le pida cuenta de sus hechos.

Digo, pues, que, cuando dieron la señal de la arremetida, estaba nuestrolacayo transportado, pensando en la hermosura de la que ya había hechoseñora de su libertad, y así, no atendió al son de la trompeta, como hizodon Quijote, que, apenas la hubo oído, cuando arremetió, y, a todo elcorrer que permitía Rocinante, partió contra su enemigo; y, viéndole partirsu buen escudero Sancho, dijo a grandes voces:

— ¡Dios te guíe, nata y flor de los andantes caballeros! ¡Dios te dé lavitoria, pues llevas la razón de tu parte!

Y, aunque Tosilos vio venir contra sí a don Quijote, no se movió un paso desu puesto; antes, con grandes voces, llamó al maese de campo, el cualvenido a ver lo que quería, le dijo:

— Señor, ¿esta batalla no se hace porque yo me case, o no me case, conaquella señora?

— Así es —le fue respondido.

— Pues yo —dijo el lacayo— soy temeroso de mi conciencia, y pondríala engran cargo si pasase adelante en esta batalla; y así, digo que yo me doypor vencido y que quiero casarme luego con aquella señora.

Quedó admirado el maese de campo de las razones de Tosilos; y, como era unode los sabidores de la máquina de aquel caso, no le supo responder palabra.Detúvose don Quijote en la mitad de su carrera, viendo que su enemigo nole acometía. El duque no sabía la ocasión porque no se pasaba adelante enla batalla, pero el maese de campo le fue a declarar lo que Tosilos decía,de lo que quedó suspenso y colérico en estremo.

En tanto que esto pasaba, Tosilos se llegó adonde doña Rodríguez estaba, ydijo a grandes voces:

— Yo, señora, quiero casarme con vuestra hija, y no quiero alcanzar porpleitos ni contiendas lo que puedo alcanzar por paz y sin peligro de lamuerte.

Oyó esto el valeroso don Quijote, y dijo:

— Pues esto así es, yo quedo libre y suelto de mi promesa: cásense en horabuena, y, pues Dios Nuestro Señor se la dio, San Pedro se la bendiga.

El duque había bajado a la plaza del castillo, y, llegándose a Tosilos, ledijo:

— ¿Es verdad, caballero, que os dais por vencido, y que, instigado devuestra temerosa conciencia, os queréis casar con esta doncella?

— Sí, señor —respondió Tosilos.

— Él hace muy bien —dijo a esta sazón Sancho Panza—, porque lo que has dedar al mur, dalo al gato, y sacarte ha de cuidado.

Íbase Tosilos desenlazando la celada, y rogaba que apriesa le ayudasen,porque le iban faltando los espíritus del aliento, y no podía verseencerrado tanto tiempo en la estrecheza de aquel aposento. Quitáronselaapriesa, y quedó descubierto y patente su rostro de lacayo. Viendo lo cualdoña Rodríguez y su hija, dando grandes voces, dijeron:

— ¡Éste es engaño, engaño es éste! ¡A Tosilos, el lacayo del duque mi señor,nos han puesto en lugar de mi verdadero esposo! ¡Justicia de Dios y delRey, de tanta malicia, por no decir bellaquería!

— No vos acuitéis, señoras —dijo don Quijote—, que ni ésta es malicia ni esbellaquería; y si la es, y no ha sido la causa el duque, sino los malosencantadores que me persiguen, los cuales, invidiosos de que yo alcanzasela gloria deste vencimiento, han convertido el rostro de vuestro esposo enel de este que decís que es lacayo del duque. Tomad mi consejo, y, a pesarde la malicia de mis enemigos, casaos con él, que sin duda es el mismo quevos deseáis alcanzar por esposo.

El duque, que esto oyó, estuvo por romper en risa toda su cólera, y dijo:

— Son tan extraordinarias las cosas que suceden al señor don Quijote queestoy por creer que este mi lacayo no lo es; pero usemos deste ardid ymaña: dilatemos el casamiento quince días, si quieren, y tengamos encerradoa este personaje que nos tiene dudosos, en los cuales podría ser quevolviese a su prístina figura; que no ha de durar tanto el rancor que losencantadores tienen al señor don Quijote, y más, yéndoles tan poco en usarestos embelecos y transformaciones.

— ¡Oh señor! —dijo Sancho—, que ya tienen estos malandrines por uso ycostumbre de mudar las cosas, de unas en otras, que tocan a mi amo. Uncaballero que venció los días pasados, llamado el de los Espejos, levolvieron en la figura del bachiller Sansón Carrasco, natural de nuestropueblo y grande amigo nuestro, y a mi señora Dulcinea del Toboso la hanvuelto en una rústica labradora; y así, imagino que este lacayo ha de moriry vivir lacayo todos los días de su vida.

A lo que dijo la hija de Rodríguez:

— Séase quien fuere este que me pide por esposa, que yo se lo agradezco; quemás quiero ser mujer legítima de un lacayo que no amiga y burlada de uncaballero, puesto que el que a mí me burló no lo es.

En resolución, todos estos cuentos y sucesos pararon en que Tosilos serecogiese, hasta ver en qué paraba su transformación; aclamaron todos lavitoria por don Quijote, y los más quedaron tristes y melancólicos de verque no se habían hecho pedazos los tan esperados combatientes, bien asícomo los mochachos quedan tristes cuando no sale el ahorcado que esperan,porque le ha perdonado, o la parte, o la justicia. Fuese la gente,volviéronse el duque y don Quijote al castillo, encerraron a Tosilos,quedaron doña Rodríguez y su hija contentísimas de ver que, por una vía opor otra, aquel caso había de parar en casamiento, y Tosilos no esperabamenos.

Capítulo LVII. Que trata de cómo don Quijote se despidió del duque, y de loque le sucedió con la discreta y desenvuelta Altisidora, doncella de laduquesa Ya le pareció a don Quijote que era bien salir de tanta ociosidad como laque en aquel castillo tenía; que se imaginaba ser grande la falta que supersona hacía en dejarse estar encerrado y perezoso entre los infinitosregalos y deleites que como a caballero andante aquellos señores le hacían,y parecíale que había de dar cuenta estrecha al cielo de aquella ociosidady encerramiento; y así, pidió un día licencia a los duques para partirse.Diéronsela, con muestras de que en gran manera les pesaba de que losdejase. Dio la duquesa las cartas de su mujer a Sancho Panza, el cual llorócon ellas, y dijo:

— ¿Quién pensara que esperanzas tan grandes como las que en el pecho de mimujer Teresa Panza engendraron las nuevas de mi gobierno habían de parar envolverme yo agora a las arrastradas aventuras de mi amo don Quijote de laMancha? Con todo esto, me contento de ver que mi Teresa correspondió a serquien es, enviando las bellotas a la duquesa; que, a no habérselas enviado,quedando yo pesaroso, me mostrara ella desagradecida. Lo que me consuela esque esta dádiva no se le puede dar nombre de cohecho, porque ya tenía yo elgobierno cuando ella las envió, y está puesto en razón que los que recibenalgún beneficio, aunque sea con niñerías, se muestren agradecidos. Enefecto, yo entré desnudo en el gobierno y salgo desnudo dél; y así, podrédecir con segura conciencia, que no es poco: "Desnudo nací, desnudo mehallo: ni pierdo ni gano".

Esto pasaba entre sí Sancho el día de la partida; y, saliendo don Quijote,habiéndose despedido la noche antes de los duques, una mañana se presentóarmado en la plaza del castillo. Mirábanle de los corredores toda la gentedel castillo, y asimismo los duques salieron a verle. Estaba Sancho sobresu rucio, con sus alforjas, maleta y repuesto, contentísimo, porque elmayordomo del duque, el que fue la Trifaldi, le había dado un bolsico condocientos escudos de oro, para suplir los menesteres del camino, y esto aúnno lo sabía don Quijote.

Estando, como queda dicho, mirándole todos, a deshora, entre las otrasdueñas y doncellas de la duquesa, que le miraban, alzó la voz ladesenvuelta y discreta Altisidora, y en son lastimero dijo:

-Escucha,

mal

caballero;

detén

un

poco

las

riendas;

no

fatigues

las

ijadas

de

tu

mal

regida

bestia.

Mira,

falso,

que

no

huyas

de

alguna

serpiente

fiera,

sino

de

una

corderilla

que

está

muy

lejos

de

oveja.

has

burlado,

monstruo

horrendo,

la

más

hermosa

doncella

que

Dïana

vio

en

sus

montes,

que

Venus

miró

en

sus

selvas.

Cruel

Vireno,

fugitivo

Eneas,

Barrabás

te

acompañe;

allá

te

avengas.

llevas,

¡llevar

impío!,

en

las

garras

de

tus

cerras

las

entrañas

de

una

humilde,

como

enamorada,

tierna.

Llévaste

tres

tocadores,

y

unas

ligas,

de

unas

piernas

que

al

mármol

puro

se

igualan

en

lisas,

blancas

y

negras.

Llévaste

dos

mil

suspiros,

que,

a

ser

de

fuego,

pudieran

abrasar

a

dos

mil

Troyas,

si

dos

mil

Troyas

hubiera.

Cruel

Vireno,

fugitivo

Eneas,

Barrabás

te

acompañe;

allá

te

avengas.

De

ese

Sancho,

tu

escudero,

las

entrañas

sean

tan

tercas

y

tan

duras,

que

no

salga

de

su

encanto

Dulcinea.

De

la

culpa

que

tienes

lleve

la

triste

la

pena;

que

justos

por

pecadores

tal

vez

pagan

en

mi

tierra.

Tus

más

finas

aventuras

en

desventuras

se

vuelvan,

en

sueños

tus

pasatiempos,

en

olvidos

tus

firmezas.

Cruel

Vireno,

fugitivo

Eneas,

Barrabás