Don Quijote by Miguel de Cervantes Saavedra - HTML preview

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ciencia

endemoniada

y

torpe,

vengo

a

dar

el

remedio

que

conviene

a

tamaño

dolor,

a

mal

tamaño.

¡Oh

tú,

gloria

y

honor

de

cuantos

visten

las

túnicas

de

acero

y

de

diamante,

luz

y

farol,

sendero,

norte

y

guía

de

aquellos

que,

dejando

el

torpe

sueño

y

las

ociosas

plumas,

se

acomodan

a

usar

el

ejercicio

intolerable

de

las

sangrientas

y

pesadas

armas!

A

ti

digo

¡oh

varón,

como

se

debe

por

jamás

alabado!,

a

ti,

valiente

juntamente

y

discreto

don

Quijote,

de

la

Mancha

esplendor,

de

España

estrella,

que

para

recobrar

su

estado

primo

la

sin

par

Dulcinea

del

Toboso,

es

menester

que

Sancho,

tu

escudero,

se

tres

mil

azotes

y

trecientos

en

ambas

sus

valientes

posaderas,

al

aire

descubiertas,

y

de

modo

que

le

escuezan,

le

amarguen

y

le

enfaden.

Y

en

esto

se

resuelven

todos

cuantos

de

su

desgracia

han

sido

los

autores,

y a esto es mi venida, mis señores.

— ¡Voto a tal! —dijo a esta sazón Sancho—. No digo yo tres mil azotes, peroasí me daré yo tres como tres puñaladas. ¡Válate el diablo por modo dedesencantar! ¡Yo no sé qué tienen que ver mis posas con los encantos! ¡ParDios que si el señor Merlín no ha hallado otra manera como desencantar a laseñora Dulcinea del Toboso, encantada se podrá ir a la sepultura!

— Tomaros he yo —dijo don Quijote—, don villano, harto de ajos, y amarraroshe a un árbol, desnudo como vuestra madre os parió; y no digo yo tres mil ytrecientos, sino seis mil y seiscientos azotes os daré, tan bien pegadosque no se os caigan a tres mil y trecientos tirones. Y

no me repliquéispalabra, que os arrancaré el alma.

Oyendo lo cual Merlín, dijo:

— No ha de ser así, porque los azotes que ha de recebir el buen Sancho hande ser por su voluntad, y no por fuerza, y en el tiempo que él quisiere;que no se le pone término señalado; pero permítesele que si él quisiereredemir su vejación por la mitad de este vapulamiento, puede dejar que selos dé ajena mano, aunque sea algo pesada.

— Ni ajena, ni propia, ni pesada, ni por pesar —replicó Sancho—: a mí no meha de tocar alguna mano. ¿Parí yo, por ventura, a la señora Dulcinea delToboso, para que paguen mis posas lo que pecaron sus ojos? El señor mi amosí, que es parte suya, pues la llama a cada paso mi vida, mi alma, sustentoy arrimo suyo, se puede y debe azotar por ella y hacer todas lasdiligencias necesarias para su desencanto; pero, ¿azotarme yo...?¡Abernuncio!

Apenas acabó de decir esto Sancho, cuando, levantándose en pie la argentadaninfa que junto al espíritu de Merlín venía, quitándose el sutil velo delrostro, le descubrió tal, que a todos pareció mas que demasiadamentehermoso, y, con un desenfado varonil y con una voz no muy adamada, hablandoderechamente con Sancho Panza, dijo:

— ¡Oh malaventurado escudero, alma de cántaro, corazón de alcornoque, deentrañas guijeñas y apedernaladas! Si te mandaran, ladrón desuellacaras,que te arrojaras de una alta torre al suelo; si te pidieran, enemigo delgénero humano, que te comieras una docena de sapos, dos de lagartos y tresde culebras; si te persuadieran a que mataras a tu mujer y a tus hijos conalgún truculento y agudo alfanje, no fuera maravilla que te mostrarasmelindroso y esquivo; pero hacer caso de tres mil y trecientos azotes, queno hay niño de la doctrina, por ruin que sea, que no se los lleve cada mes,admira, adarva, espanta a todas las entrañas piadosas de los que loescuchan, y aun las de todos aquellos que lo vinieren a saber con eldiscurso del tiempo. Pon, ¡oh miserable y endurecido animal!, pon, digo,esos tus ojos de machuelo espantadizo en las niñas destos míos, comparadosa rutilantes estrellas, y veráslos llorar hilo a hilo y madeja a madeja,haciendo surcos, carreras y sendas por los hermosos campos de mis mejillas.Muévate, socarrón y malintencionado monstro, que la edad tan florida mía,que aún se está todavía en el diez y... de los años, pues tengo diez ynueve y no llego a veinte, se consume y marchita debajo de la corteza deuna rústica labradora; y si ahora no lo parezco, es merced particular queme ha hecho el señor Merlín, que está presente, sólo porque te enternezcami belleza; que las lágrimas de una afligida hermosura vuelven en algodónlos riscos, y los tigres en ovejas. Date, date en esas carnazas, bestiónindómito, y saca de harón ese brío, que a sólo comer y más comer teinclina, y pon en libertad la lisura de mis carnes, la mansedumbre de micondición y la belleza de mi faz; y si por mí no quieres ablandarte nireducirte a algún razonable término, hazlo por ese pobre caballero que a tulado tienes; por tu amo, digo, de quien estoy viendo el alma, que la tieneatravesada en la garganta, no diez dedos de los labios, que no espera sinotu rígida o blanda repuesta, o para salirse por la boca, o para volverse alestómago.

Tentóse, oyendo esto, la garganta don Quijote y dijo, volviéndose al duque:

— Por Dios, señor, que Dulcinea ha dicho la verdad, que aquí tengo el almaatravesada en la garganta, como una nuez de ballesta.

— ¿Qué decís vos a esto, Sancho? —preguntó la duquesa.

— Digo, señora —respondió Sancho—, lo que tengo dicho: que de los azotes,abernuncio.

— Abrenuncio habéis de decir, Sancho, y no como decís —dijo el duque.

— Déjeme vuestra grandeza —respondió Sancho—, que no estoy agora para miraren sotilezas ni en letras más a menos; porque me tienen tan turbado estosazotes que me han de dar, o me tengo de dar, que no sé lo que me digo, nilo que me hago. Pero querría yo saber de la señora mi señora doña Dulcinadel Toboso adónde aprendió el modo de rogar que tiene: viene a pedirme queme abra las carnes a azotes, y llámame alma de cántaro y bestión indómito,con una tiramira de malos nombres, que el diablo los sufra. ¿Por venturason mis carnes de bronce, o vame a mí algo en que se desencante o no? ¿Quécanasta de ropa blanca, de camisas, de tocadores y de escarpines, anqueno los gasto, trae delante de sí para ablandarme, sino un vituperio y otro,sabiendo aquel refrán que dicen por ahí, que un asno cargado de oro subeligero por una montaña, y que dádivas quebrantan peñas, y a Dios rogando ycon el mazo dando, y que más vale un "toma" que dos "te daré"? Pues elseñor mi amo, que había de traerme la mano por el cerro y halagarme paraque yo me hiciese de lana y de algodón cardado, dice que si me coge meamarrará desnudo a un árbol y me doblará la parada de los azotes; y habíande considerar estos lastimados señores que no solamente piden que se azoteun escudero, sino un gobernador; como quien dice:

"bebe con guindas".Aprendan, aprendan mucho de enhoramala a saber rogar, y a saber pedir, y atener crianza, que no son todos los tiempos unos, ni están los hombressiempre de un buen humor. Estoy yo ahora reventando de pena por ver mi sayoverde roto, y vienen a pedirme que me azote de mi voluntad, estando ellatan ajena dello como de volverme cacique.

— Pues en verdad, amigo Sancho —dijo el duque—, que si no os ablandáis másque una breva madura, que no habéis de empuñar el gobierno. ¡Bueno seríaque yo enviase a mis insulanos un gobernador cruel, de entrañaspedernalinas, que no se doblega a las lágrimas de las afligidas doncellas,ni a los ruegos de discretos, imperiosos y antiguos encantadores y sabios!En resolución, Sancho, o vos habéis de ser azotado, o os han de azotar, ono habéis de ser gobernador.

— Señor —respondió Sancho—, ¿no se me darían dos días de término para pensarlo que me está mejor?

— No, en ninguna manera —dijo Merlín—; aquí, en este instante y en estelugar, ha de quedar asentado lo que ha de ser deste negocio, o Dulcineavolverá a la cueva de Montesinos y a su prístino estado de labradora, o ya,en el ser que está, será llevada a los Elíseos Campos, donde estaráesperando se cumpla el número del vápulo.

— Ea, buen Sancho —dijo la duquesa—, buen ánimo y buena correspondencia alpan que habéis comido del señor don Quijote, a quien todos debemos servir yagradar, por su buena condición y por sus altas caballerías. Dad el sí,hijo, desta azotaina, y váyase el diablo para diablo y el temor paramezquino; que un buen corazón quebranta mala ventura, como vos bien sabéis.

A estas razones respondió con éstas disparatadas Sancho, que, hablando conMerlín, le preguntó:

— Dígame vuesa merced, señor Merlín: cuando llegó aquí el diablo correo ydio a mi amo un recado del señor Montesinos, mandándole de su parte que leesperase aquí, porque venía a dar orden de que la señora doña Dulcinea delToboso se desencantase, y hasta agora no hemos visto a Montesinos, ni a sussemejas.

A lo cual respondió Merlín:

— El Diablo, amigo Sancho, es un ignorante y un grandísimo bellaco: yo leenvié en busca de vuestro amo, pero no con recado de Montesinos, sino mío,porque Montesinos se está en su cueva entendiendo, o, por mejor decir,esperando su desencanto, que aún le falta la cola por desollar. Si os debealgo, o tenéis alguna cosa que negociar con él, yo os lo traeré y pondrédonde vos más quisiéredes. Y, por agora, acabad de dar el sí destadiciplina, y creedme que os será de mucho provecho, así para el alma comopara el cuerpo: para el alma, por la caridad con que la haréis; para elcuerpo, porque yo sé que sois de complexión sanguínea, y no os podrá hacerdaño sacaros un poco de sangre.

— Muchos médicos hay en el mundo: hasta los encantadores son médicos— replicó Sancho—; pero, pues todos me lo dicen, aunque yo no me lo veo,digo que soy contento de darme los tres mil y trecientos azotes, concondición que me los tengo de dar cada y cuando que yo quisiere, sin que seme ponga tasa en los días ni en el tiempo; y yo procuraré salir de la deudalo más presto que sea posible, porque goce el mundo de la hermosura de laseñora doña Dulcinea del Toboso, pues, según parece, al revés de lo que yopensaba, en efecto es hermosa. Ha de ser también condición que no he deestar obligado a sacarme sangre con la diciplina, y que si algunos azotesfueren de mosqueo, se me han de tomar en cuenta. Iten, que si me errare enel número, el señor Merlín, pues lo sabe todo, ha de tener cuidado decontarlos y de avisarme los que me faltan o los que me sobran.

— De las sobras no habrá que avisar —respondió Merlín—, porque, llegando alcabal número, luego quedará de improviso desencantada la señora Dulcinea, yvendrá a buscar, como agradecida, al buen Sancho, y a darle gracias, y aunpremios, por la buena obra. Así que no hay de qué tener escrúpulo de lassobras ni de las faltas, ni el cielo permita que yo engañe a nadie, aunquesea en un pelo de la cabeza.

— ¡Ea, pues, a la mano de Dios! —dijo Sancho—. Yo consiento en mi malaventura; digo que yo acepto la penitencia con las condiciones apuntadas.

Apenas dijo estas últimas palabras Sancho, cuando volvió a sonar la músicade las chirimías y se volvieron a disparar infinitos arcabuces, y donQuijote se colgó del cuello de Sancho, dándole mil besos en la frente y enlas mejillas. La duquesa y el duque y todos los circunstantes dieronmuestras de haber recebido grandísimo contento, y el carro comenzó acaminar; y, al pasar, la hermosa Dulcinea inclinó la cabeza a los duques yhizo una gran reverencia a Sancho.

Y ya, en esto, se venía a más andar el alba, alegre y risueña: lasflorecillas de los campos se descollaban y erguían, y los líquidoscristales de los arroyuelos, murmurando por entre blancas y pardas guijas,iban a dar tributo a los ríos que los esperaban. La tierra alegre, el cieloclaro, el aire limpio, la luz serena, cada uno por sí y todos juntos, dabanmanifiestas señales que el día, que al aurora venía pisando las faldas,había de ser sereno y claro. Y, satisfechos los duques de la caza y dehaber conseguido su intención tan discreta y felicemente, se volvieron a sucastillo, con prosupuesto de segundar en sus burlas, que para ellos nohabía veras que más gusto les diesen.

Capítulo XXXVI. Donde se cuenta la estraña y jamás imaginada aventura de ladueña Dolorida, alias de la condesa Trifaldi, con una carta que SanchoPanza escribió a su mujer Teresa Panza

Tenía un mayordomo el duque de muy burlesco y desenfadado ingenio, el cualhizo la figura de Merlín y acomodó todo el aparato de la aventura pasada,compuso los versos y hizo que un paje hiciese a Dulcinea. Finalmente, conintervención de sus señores, ordenó otra del más gracioso y estrañoartificio que puede imaginarse.

Preguntó la duquesa a Sancho otro día si había comenzado la tarea de lapenitencia que había de hacer por el desencanto de Dulcinea. Dijo que sí,y que aquella noche se había dado cinco azotes.

Preguntóle la duquesa quecon qué se los había dado. Respondió que con la mano.

— Eso —replicó la duquesa— más es darse de palmadas que de azotes. Yo tengopara mí que el sabio Merlín no estará contento con tanta blandura; menesterserá que el buen Sancho haga alguna diciplina de abrojos, o de las decanelones, que se dejen sentir; porque la letra con sangre entra, y no seha de dar tan barata la libertad de una tan gran señora como lo es Dulcineapor tan poco precio; y advierta Sancho que las obras de caridad que sehacen tibia y flojamente no tienen mérito ni valen nada.

A lo que respondió Sancho:

— Déme vuestra señoría alguna diciplina o ramal conveniente, que yo me darécon él como no me duela demasiado, porque hago saber a vuesa merced que,aunque soy rústico, mis carnes tienen más de algodón que de esparto, y noserá bien que yo me descríe por el provecho ajeno.

— Sea en buena hora —respondió la duquesa—: yo os daré mañana una diciplinaque os venga muy al justo y se acomode con la ternura de vuestras carnes,como si fueran sus hermanas propias.

A lo que dijo Sancho:

— Sepa vuestra alteza, señora mía de mi ánima, que yo tengo escrita unacarta a mi mujer Teresa Panza, dándole cuenta de todo lo que me ha sucedidodespués que me aparté della; aquí la tengo en el seno, que no le falta másde ponerle el sobreescrito; querría que vuestra discreción la leyese,porque me parece que va conforme a lo de gobernador, digo, al modo quedeben de escribir los gobernadores.

— ¿Y quién la notó? —preguntó la duquesa.

— ¿Quién la había de notar sino yo, pecador de mí? —respondió Sancho.

— ¿Y escribístesla vos? —dijo la duquesa.

— Ni por pienso —respondió Sancho—, porque yo no sé leer ni escribir, puestoque sé firmar.

— Veámosla —dijo la duquesa—, que a buen seguro que vos mostréis en ella lacalidad y suficiencia de vuestro ingenio.

Sacó Sancho una carta abierta del seno, y, tomándola la duquesa, vio quedecía desta manera: Carta de Sancho Panza a Teresa Panza, su mujer

Si buenos azotes me daban, bien caballero me iba; si buen gobierno metengo, buenos azotes me cuesta. Esto no lo entenderás tú, Teresa mía, porahora; otra vez lo sabrás. Has de saber, Teresa, que tengo determinado queandes en coche, que es lo que hace al caso, porque todo otro andar es andara gatas. Mujer de un gobernador eres, ¡mira si te roerá nadie los zancajos!Ahí te envío un vestido verde de cazador, que me dio mi señora la duquesa;acomódale en modo que sirva de saya y cuerpos a nuestra hija. Don Quijote,mi amo, según he oído decir en esta tierra, es un loco cuerdo y unmentecato gracioso, y que yo no le voy en zaga. Hemos estado en la cueva deMontesinos, y el sabio Merlín ha echado mano de mí para el desencanto deDulcinea del Toboso, que por allá se llama Aldonza Lorenzo: con tres mil ytrecientos azotes, menos cinco, que me he de dar, quedará desencantada comola madre que la parió. No dirás desto nada a nadie, porque pon lo tuyo enconcejo, y unos dirán que es blanco y otros que es negro. De aquí a pocosdías me partiré al gobierno, adonde voy con grandísimo deseo de hacerdineros, porque me han dicho que todos los gobernadores nuevos van con estemesmo deseo; tomaréle el pulso, y avisaréte si has de venir a estar conmigoo no. El rucio está bueno, y se te encomienda mucho; y no le pienso dejar,aunque me llevaran a ser Gran Turco. La duquesa mi señora te besa mil veceslas manos; vuélvele el retorno con dos mil, que no hay cosa que menoscueste ni valga más barata, según dice mi amo, que los buenoscomedimientos. No ha sido Dios servido de depararme otra maleta con otroscien escudos, como la de marras, pero no te dé pena, Teresa mía, que ensalvo está el que repica, y todo saldrá en la colada del gobierno; sino queme ha dado gran pena que me dicen que si una vez le pruebo, que me tengo decomer las manos tras él; y si así fuese, no me costaría muy barato, aunquelos estropeados y mancos ya se tienen su calonjía en la limosna que piden;así que, por una vía o por otra, tú has de ser rica, de buena ventura. Dioste la dé, como puede, y a mí me guarde para servirte. Deste castillo, aveinte de julio de 1614.

Tu marido el gobernador,

Sancho Panza.

En acabando la duquesa de leer la carta, dijo a Sancho:

— En dos cosas anda un poco descaminado el buen gobernador: la una, en deciro dar a entender que este gobierno se le han dado por los azotes que se hade dar, sabiendo él, que no lo puede negar, que cuando el duque, mi señor,se le prometió, no se soñaba haber azotes en el mundo; la otra es que semuestra en ella muy codicioso, y no querría que orégano fuese, porque lacodicia rompe el saco, y el gobernador codicioso hace la justiciadesgobernada.

— Yo no lo digo por tanto, señora —respondió Sancho—; y si a vuesa merced leparece que la tal carta no va como ha de ir, no hay sino rasgarla y hacerotra nueva, y podría ser que fuese peor si me lo dejan a mi caletre.

— No, no —replicó la duquesa—, buena está ésta, y quiero que el duque lavea.

Con esto se fueron a un jardín, donde habían de comer aquel día. Mostró laduquesa la carta de Sancho al duque, de que recibió grandísimo contento.Comieron, y después de alzado los manteles, y después de haberseentretenido un buen espacio con la sabrosa conversación de Sancho, adeshora se oyó el son tristísimo de un pífaro y el de un ronco ydestemplado tambor.

Todos mostraron alborotarse con la confusa, marcial ytriste armonía, especialmente don Quijote, que no cabía en su asiento depuro alborotado; de Sancho no hay que decir sino que el miedo le llevó a suacostumbrado refugio, que era el lado o faldas de la duquesa, porque real yverdaderamente el son que se escuchaba era tristísimo y malencólico.

Y, estando todos así suspensos, vieron entrar por el jardín adelante doshombres vestidos de luto, tan luego y tendido que les arrastraba por elsuelo; éstos venían tocando dos grandes tambores, asimismo cubiertos denegro. A su lado venía el pífaro, negro y pizmiento como los demás.

Seguíaa los tres un personaje de cuerpo agigantado, amantado, no que vestido, conuna negrísima loba, cuya falda era asimismo desaforada de grande. Porencima de la loba le ceñía y atravesaba un ancho tahelí, también negro, dequien pendía un desmesurado alfanje de guarniciones y vaina negra. Veníacubierto el rostro con un trasparente velo negro, por quien se entreparecíauna longísima barba, blanca como la nieve. Movía el paso al son de lostambores con mucha gravedad y reposo. En fin, su grandeza, su contoneo, sunegrura y su acompañamiento pudiera y pudo suspender a todos aquellos quesin conocerle le miraron.

Llegó, pues, con el espacio y prosopopeya referida a hincarse de rodillasante el duque, que en pie, con los demás que allí estaban, le atendía; peroel duque en ninguna manera le consintió hablar hasta que se levantase.Hízolo así el espantajo prodigioso, y, puesto en pie, alzó el antifaz delrostro y hizo patente la más horrenda, la más larga, la más blanca y máspoblada barba que hasta entonces humanos ojos habían visto, y luegodesencajó y arrancó del ancho y dilatado pecho una voz grave y sonora, y,poniendo los ojos en el duque, dijo:

— Altísimo y poderoso señor, a mí me llaman Trifaldín el de la Barba Blanca;soy escudero de la condesa Trifaldi, por otro nombre llamada la DueñaDolorida, de parte de la cual traigo a vuestra grandeza una embajada, y esque la vuestra magnificencia sea servida de darla facultad y licencia paraentrar a decirle su cuita, que es una de las más nuevas y más admirablesque el más cuitado pensamiento del orbe pueda haber pensado. Y primeroquiere saber si está en este vuestro castillo el valeroso y jamás vencidocaballero don Quijote de la Mancha, en cuya busca viene a pie y sindesayunarse desde el reino de Candaya hasta este vuestro estado, cosa quese puede y debe tener a milagro o a fuerza de encantamento. Ella queda a lapuerta desta fortaleza o casa de campo, y no aguarda para entrar sinovuestro beneplácito. Dije.

Y tosió luego y manoseóse la barba de arriba abajo con entrambas manos, ycon mucho sosiego estuvo atendiendo la respuesta del duque, que fue:

— Ya, buen escudero Trifaldín de la Blanca Barba, ha muchos días que tenemosnoticia de la desgracia de mi señora la condesa Trifaldi, a quien losencantadores la hacen llamar la Dueña Dolorida; bien podéis, estupendoescudero, decirle que entre y que aquí está el valiente caballero donQuijote de la Mancha, de cuya condición generosa puede prometerse conseguridad todo amparo y toda ayuda; y asimismo le podréis decir de mi parteque si mi favor le fuere necesario, no le ha de faltar, pues ya me tieneobligado a dársele el ser caballero, a quien es anejo y concernientefavorecer a toda suerte de mujeres, en especial a las dueñas viudas,menoscabadas y doloridas, cual lo debe estar su señoría.

Oyendo lo cual Trifaldín, inclinó la rodilla hasta el suelo, y, haciendo alpífaro y tambores señal que tocasen, al mismo son y al mismo paso que habíaentrado, se volvió a salir del jardín, dejando a todos admirados de supresencia y compostura. Y, volviéndose el duque a don Quijote, le dijo:

— En fin, famoso caballero, no pueden las tinieblas de malicia ni de laignorancia encubrir y escurecer la luz del valor y de la virtud. Digo estoporque apenas ha seis días que la vuestra bondad está en este castillo,cuando ya os vienen a buscar de lueñas y apartadas tierras, y no encarrozas ni en dromedarios, sino a pie y en ayunas; los tristes, losafligidos, confiados que han de hallar en ese fortísimo brazo el remedio desus cuitas y trabajos, merced a vuestras grandes hazañas, que corren yrodean todo lo descubierto de la tierra.

— Quisiera yo, señor duque —respondió don Quijote—, que estuviera aquípresente aquel bendito religioso que a la mesa el otro día mostró tener tanmal talante y tan mala ojeriza contra los caballeros andantes, para queviera por vista de ojos si los tales caballeros son necesarios en el mundo:tocara, por lo menos, con la mano que los extraordinariamente afligidos ydesconsolados, en casos grandes y en desdichas inormes no van a buscar suremedio a las casas de los letrados, ni a la de los sacristanes de lasaldeas, ni al caballero que nunca ha acertado a salir de los términos de sulugar, ni al perezoso cortesano que antes busca nuevas para referirlas ycontarlas, que procura hacer obras y hazañas para que otros las cuenten ylas escriban; el remedio de las cuitas, el socorro de las necesidades, elamparo de las doncellas, el consuelo de las viudas, en ninguna suerte depersonas se halla mejor que en los caballeros andantes, y de serlo yo doyinfinitas gracias al cielo, y doy por muy bien empleado cualquier desmán ytrabajo que en este tan honroso ejercicio pueda sucederme. Venga esta dueñay pida lo que quisiere, que yo le libraré su remedio en la fuerza de mibrazo y en la intrépida resolución de mi animoso espíritu.

Capítulo XXXVII. Donde se prosigue la famosa aventura de la dueña Dolorida En estremo se holgaron el duque y la duquesa de ver cuán bien ibarespondiendo a su intención don Quijote, y a esta sazón dijo Sancho:

— No querría yo que esta señora dueña pusiese algún tropiezo a la promesa demi gobierno, porque yo he oído decir a un boticario toledano que hablabacomo un silguero que donde interviniesen dueñas no podía suceder cosabuena. ¡Válame Dios, y qué mal estaba con ellas el tal boticario! De lo queyo saco que, pues todas las dueñas son enfadosas e impertinentes, decualquiera calidad y condición que sean, ¿qué serán las que son doloridas,como han dicho que es esta condesa Tres Faldas, o Tres Colas?; que en mitierra faldas y colas, colas y faldas, todo es uno.

— Calla, Sancho amigo —dijo don Quijote—, que, pues esta señora dueña de tanlueñes tierras viene a buscarme, no debe ser de aquellas que el boticariotenía en su número, cuanto más que ésta es condesa, y cuando las condesassirven de dueñas, será sirviendo a reinas y a emperatrices, que en suscasas son señorísimas que se sirven de otras dueñas.

A esto respondió doña Rodríguez, que se halló presente:

— Dueñas tiene mi señora la duquesa en su servicio, que pudieran sercondesas si la fortuna quisiera, pero allá van leyes do quieren reyes; ynadie diga mal de las dueñas, y más de las antiguas y doncellas; que,aunque yo no lo soy, bien se me alcanza y se me trasluce la ventaja quehace una dueña doncella a una dueña viuda; y quien a nosotras trasquiló,las tijeras le quedaron en la mano.

— Con todo eso —replicó Sancho—, hay tanto que trasquilar en las dueñas,según mi barbero, cuanto será mejor no menear el arroz, aunque se pegue.

— Siempre los escuderos —respondió doña Rodríguez— son enemigos nuestros;que, como son duendes de las antesalas y nos veen a cada paso, los ratosque no rezan, que son muchos, los gastan en murmurar de nosotras,desenterrándonos los huesos y enterrándonos la fama. Pues mándoles yo a losleños movibles, que, mal que les pese, hemos de vivir en el mundo, y en lascasas principales, aunque muramos de hambre y cubramos con un negro monjilnuestras delicadas o no delicadas carnes, como quien cubre o tapa unmuladar con un tapiz en día de procesión. A fe que si me fuera dado, y eltiempo lo pidiera, que yo diera a entender, no sólo a los presentes, sino atodo el mundo, cómo no hay virtud que no se encierre en una dueña.

— Yo creo —dijo la duquesa— que mi buena doña Rodríguez tiene razón, y muygrande; pero conviene que aguarde tiempo para volver por sí y por las demásdueñas, para confundir la mala opinión de aquel mal boticario, ydesarraigar la que tiene en su pecho el gran Sancho Panza.

A lo que Sancho respondió:

— Después que tengo humos de gobernador se me han quitado los váguidos deescudero, y no se me da por cuantas dueñas hay un cabrahígo.

Adelante pasaran con el coloquio dueñesco, si no oyeran que el pífaro y lostambores volvían a sonar, por donde entendieron que la dueña Doloridaentraba. Preguntó la duquesa al duque si sería bien ir a recebirla, puesera condesa y persona principal.

— Por lo que tiene de condesa —respondió Sancho, antes que el duquerespondiese—, bien estoy en que vuestras grandezas salgan a recebirla; peropor lo de dueña, soy de parecer que no se muevan un paso.

— ¿Quién te mete a ti en esto, Sancho? —dijo don Quijote.

— ¿Quién, señor? —respondió Sancho—. Yo me meto, que puedo meterme, comoescudero que ha aprendido los términos de la cortesía en la escuela devuesa merced, que es el más cortés y bien criado caballero que hay en todala cortesanía; y en estas cosas, según he oído decir a vuesa merced, tantose pierde por carta de más como por carta de menos; y al buen entendedor,pocas palabras.

— Así es, como Sancho dice —dijo el duque—: veremos el talle de la condesa,y por él tantearemos la cortesía que se le debe.

En esto, entraron los tambores y el pífaro, como la vez primera.

Y aquí, con este breve capítulo, dio fin el autor, y comenzó el otro,siguiendo la mesma aventura, que es una de las más notables de la historia.

Capítulo XXXVIII. Donde se cuenta la que dio de su mala andanza la dueñaDolorida

Detrás de los tristes músicos comenzaron a entrar por el jardín adelantehasta cantidad de doce dueñas, repartidas en dos hileras, todas vestidas deunos monjiles anchos, al parecer, de anascote batanado, con unas tocasblancas de delgado canequí, tan luengas que sólo el ribete del monjildescubrían. Tras ellas venía la condesa Trifaldi, a quien traía de la manoel escudero Trifaldín de la Blanca Barba, vestida de finísima y negrabayeta por frisar, que, a venir frisada, descubriera cada grano del grandorde un garbanzo de los buenos de Martos. La cola, o falda, o como llamarlaquisieren, era de tres puntas, las cuales se sustentaban en las manos detres pajes, asimesmo vestidos de luto, haciendo una vistosa y matemáticafigura con aquellos tres ángulos acutos que las tres puntas formaban, porlo cual cayeron todos los que la falda puntiaguda miraron que por ella sedebía llamar la condesa Trifaldi, como si dijésemos la condesa de las TresFaldas; y así dice Benengeli que fue verdad, y que de su propio apellido sellama la condesa Lobuna, a causa que se criaban en su condado muchos lobos,y que si como eran lobos fueran zorras, la llamaran la condesa Zorruna, porser costumbre en aquellas partes tomar los señores la denominación de susnombres de la cosa o cosas en que más sus estados abundan; empero estacondesa, por favorecer la novedad de su falda, dejó el Lobuna y tomó elTrifaldi.

Venían las doce dueñas y la señora a paso de procesión, cubiertos losrostros con unos velos negros y no trasparentes como el de Trifaldín, sinotan apretados que ninguna cosa se traslucían.

Así como acabó de parecer el dueñesco escuadrón, el duque, la duquesa y donQuijote se pusieron en pie, y todos aquellos que la espaciosa procesiónmiraban. Pararon las doce dueñas y hicieron calle, por medio de la cual laDolorida se adelantó, sin dejarla de la mano Trifaldín, viendo lo cual elduque, la duquesa y don Quijote, se adelantaron obra de doce pasos arecebirla.

Ella, puesta las rodillas en el suelo, con voz antes basta yronca que sutil y dilicada, dijo:

— Vuestras grandezas sean servidas de no hacer tanta cortesía a este sucriado; digo, a esta su criada, porque, según soy de dolorida, no acertaréa responder a lo que debo, a causa que mi estraña y jamás vista desdicha meha llevado el entendimiento no sé adónde, y debe de ser muy lejos, puescuanto más le busco menos le hallo.

— Sin él estaría —respondió el duque—, señora condesa, el que no descubriesepor vuestra persona vuestro valor, el cual, sin más ver, es merecedor detoda la nata de la cortesía y de toda la flor de las bien criadasceremonias.

Y, levantándola de la mano, la llevó a asentar en una silla junto a laduquesa, la cual la recibió asimismo con mucho comedimiento.

Don Quijote callaba, y Sancho andaba muerto por ver el rostro de laTrifaldi y de alguna de sus muchas dueñas, pero no fue posible hasta queellas de su grado y voluntad se descubrieron.

Sosegados todos y puestos en silencio, estaban esperando quién le había deromper, y fue la dueña Dolorida con estas palabras:

— Confiada estoy, señor poderosísimo, hermosísima señora y discretísimoscircunstantes, que ha de hallar mi cuitísima en vuestros valerosísimospechos acogimiento no menos plácido que generoso y doloroso, porque ella estal, que es bastante a enternecer los mármoles, y a ablandar los diamantes,y a molificar los aceros de los más endurecidos corazones del mundo; pero,antes que salga a la plaza de vuestros oídos, por no decir orejas, quisieraque me hicieran sabidora si está en este gremio, corro y compañía elacendradísimo caballero don Quijote de la Manchísima y su escuderísimoPanza.

— El Panza —antes que otro respondiese, dijo Sancho— aquí esta, y el donQuijotísimo asimismo; y así, podréis, dolorosísima dueñísima, decir lo quequisieridísimis, que todos estamos prontos y aparejadísimos a ser vuestrosservidorísimos.

En esto se levantó don Quijote, y, encaminando sus razones a la Doloridadueña, dijo:

— Si vuestras cuitas, angustiada señora, se pueden prometer alguna esperanzade remedio por algún valor o fuerzas de algún andante caballero, aquí estánlas mías, que, aunque flacas y breves, todas se emplearán en vuestroservicio. Yo soy don Quijote de la Mancha, cuyo asumpto es acudir a todasuerte de menesterosos, y, siendo esto así, como lo es, no habéis menester,señora, captar benevolencias ni buscar preámbulos, sino, a la llana y sinrodeos, decir vuestros males, que oídos os escuchan que sabrán, si noremediarlos, dolerse dellos.

Oyendo lo cual, la Dolorida dueña hizo señal de querer arrojarse a los piesde don Quijote, y aun se arrojó, y, pugnando por abrazárselos, decía:

— Ante estos pies y piernas me arrojo, ¡oh caballero invicto!, por ser losque son basas y colunas de la andante caballería; estos pies quiero besar,de cuyos pasos pende y cuelga todo el remedio de mi desgracia, ¡oh valerosoandante, cuyas verdaderas fazañas dejan atrás y escurecen las fabulosas delos Amadises, Esplandianes y Belianises!

Y, dejando a don Quijote, se volvió a Sancho Panza, y, asiéndole de lasmanos, le dijo:

— ¡Oh tú, el más leal escudero que jamás sirvió a caballero andante en lospresentes ni en los pasados siglos, más luengo en bondad que la barba deTrifaldín, mi acompañador, que está presente!, bien puedes preciarte que enservir al gran don Quijote sirves en cifra a toda la caterva de caballerosque han tratado las armas en el mundo. Conjúrote, por lo que debes a tubondad fidelísima, me seas buen intercesor con tu dueño, para que luegofavorezca a esta humilísima y desdichadísima condesa.

A lo que respondió Sancho:

— De que sea mi bondad, señoría mía, tan larga y grande como la barba devuestro escudero, a mí me hace muy poco al caso; barbada y con bigotestenga yo mi alma cuando desta vida vaya, que es lo que importa, que de lasbarbas de acá poco o nada me curo; pero, sin esas socaliñas ni plegarias,yo rogaré a mi amo, que sé que me quiere bien, y más agora que me hamenester para cierto negocio, que favorezca y ayude a vuesa merced en todolo que pudiere. Vuesa merced desembaúle su cuita y cuéntenosla, y dejehacer, que todos nos entenderemos.

Reventaban de risa con estas cosas los duques, como aquellos que habíantomado el pulso a la tal aventura, y alababan entre sí la agudeza ydisimulación de la Trifaldi, la cual, volviéndose a sentar, dijo:

— «Del famoso reino de Candaya, que cae entre la gran Trapobana y el mar delSur, dos leguas más allá del cabo Comorín, fue señora la reina doñaMaguncia, viuda del rey Archipiela, su señor y marido, de cuyo matrimoniotuvieron y procrearon a la infanta Antonomasia, heredera del reino, la cualdicha infanta Antonomasia se crió y creció debajo de mi tutela y doctrina,por ser yo la más antigua y la más principal dueña de su madre. Sucedió,pues, que, yendo días y viniendo días, la niña Antonomasia llegó a edad decatorce años, con tan gran perfeción de hermosura, que no la pudo subir másde punto la naturaleza. ¡Pues digamos agora que la discreción era mocosa!Así era discreta como bella, y era la más bella del mundo, y lo es, si yalos hados invidiosos y las parcas endurecidas no la han cortado la estambrede la vida. Pero no habrán, que no han de permitir los cielos que se hagatanto mal a la tierra como sería llevarse en agraz el racimo del máshermoso veduño del suelo. De esta hermosura, y no como se debe encarecidade mi torpe lengua, se enamoró un número infinito de príncipes, asínaturales como estranjeros, entre los cuales osó levantar los pensamientosal cielo de tanta belleza un caballero particular que en la corte estaba,confiado en su mocedad y en su bizarría, y en sus muchas habilidades ygracias, y facilidad y felicidad de ingenio; porque hago saber a vuestrasgrandezas, si no lo tienen por enojo, que tocaba una guitarra que la hacíahablar, y más que era poeta y gran bailarín, y sabía hacer una jaula depájaros, que solamente a hacerlas pudiera ganar la vida cuando se viera enestrema necesidad, que todas estas partes y gracias son bastantes aderribar una montaña, no que una delicada doncella. Pero toda su gentilezay buen donaire y todas sus gracias y habilidades fueran poca o ningunaparte para rendir la fortaleza de mi niña, si el ladrón desuellacaras nousara del remedio de rendirme a mí primero. Primero quiso el malandrín ydesalmado vagamundo granjearme la voluntad y cohecharme el gusto, para queyo, mal alcaide, le entregase las llaves de la fortaleza que guardaba. Enresolución: él me aduló el entendimiento y me rindió la voluntad con no séqué dijes y brincos que me dio, pero lo que más me hizo postrar y darconmigo por el suelo fueron unas coplas que le oí cantar una noche desdeuna reja que caía a una callejuela donde él estaba, que, si mal no meacuerdo, decían:

De

la

dulce

mi

enemiga

nace

un

mal

que

al

alma

hiere,

y,

por

más

tormento,

quiere

que se sienta y no se diga.

Parecióme la trova de perlas, y su voz de almíbar, y después acá, digo,desde entonces, viendo el mal en que caí por estos y otros semejantesversos, he considerado que de las buenas y concertadas repúblicas se habíande desterrar los poetas, como aconsejaba Platón, a lo menos, los lascivos,porque escriben unas coplas, no como las del marqués de Mantua, queentretienen y hacen llorar los niños y a las mujeres, sino unas agudezasque, a modo de blandas espinas, os atraviesan el alma, y como rayos oshieren en ella, dejando sano el vestido. Y otra vez cantó: Ven,

muerte,

tan

escondida

que

no

te

sienta

venir,

porque

el

placer

del

morir

no me torne a dar la vida.

Y deste jaez otras coplitas y estrambotes, que cantados encantan y escritossuspenden. Pues, ¿qué cuando se humillan a componer un género de verso queen Candaya se usaba entonces, a quien ellos llamaban seguidillas? Allí erael brincar de las almas, el retozar de la risa, el desasosiego de loscuerpos y, finalmente, el azogue de todos los sentidos. Y así, digo,señores míos, que los tales trovadores con justo título los debíandesterrar a las islas de los Lagartos. Pero no tienen ellos la culpa, sinolos simples que los alaban y las bobas que los creen; y si yo fuera labuena dueña que debía, no me habían de mover sus trasnochados conceptos, nihabía de creer ser verdad aquel decir: "Vivo muriendo, ardo en el yelo,tiemblo en el fuego, espero sin esperanza, pártome y quédome", con otrosimposibles desta ralea, de que están sus escritos llenos. Pues, ¿qué cuandoprometen el fénix de Arabia, la corona de Aridiana, los caballos del Sol,del Sur las perlas, de Tíbar el oro y de Pancaya el bálsamo? Aquí es dondeellos alargan más la pluma, como les cuesta poco prometer lo que jamáspiensan ni pueden cumplir. Pero, ¿dónde me divierto? ¡Ay de mí, desdichada!¿Qué locura o qué desatino me lleva a contar las ajenas faltas, teniendotanto que decir de las mías? ¡Ay de mí, otra vez, sin ventura!, que no merindieron los versos, sino mi simplicidad; no me ablandaron las músicas,sino mi liviandad: mi mucha ignorancia y mi poco advertimiento abrieron elcamino y desembarazaron la senda a los pasos de don Clavijo, que éste es elnombre del referido caballero; y así, siendo yo la medianera, él se hallóuna y muy muchas veces en la estancia de la por mí, y no por él, engañadaAntonomasia, debajo del título de verdadero esposo; que, aunque pecadora,no consintiera que sin ser su marido la llegara a la vira de la suela desus zapatillas. ¡No, no, eso no: el matrimonio ha de ir adelante encualquier negocio destos que por mí se tratare! Solamente hubo un daño eneste negocio, que fue el de la desigualdad, por ser don Clavijo uncaballero particular, y la infanta Antonomasia heredera, como ya he dicho,del reino. Algunos días estuvo encubierta y solapada en la sagacidad de mirecato esta maraña, hasta que me pareció que la iba descubriendo a másandar no sé qué hinchazón del vientre de Antonomasia, cuyo temor nos hizoentrar en bureo a los tres, y salió dél que, antes que se saliese a luz elmal recado, don Clavijo pidiese ante el vicario por su mujer a Antonomasia,en fe de una cédula que de ser su esposa la infanta le había hecho, notadapor mi ingenio, con tanta fuerza, que las de Sansón no pudieran romperla.Hiciéronse las diligencias, vio el vicario la cédula, tomó el tal vicariola confesión a la señora, confesó de plano, mandóla depositar en casa de unalguacil de corte muy honrado...»

A esta sazón, dijo Sancho:

— También en Candaya hay alguaciles de corte, poetas y seguidillas, por loque puedo jurar que imagino que todo el mundo es uno. Pero dése vuesamerced priesa, señora Trifaldi, que es tarde y ya me muero por saber el findesta tan larga historia.

— Sí haré —respondió la condesa.

Capítulo XXXIX. Donde la Trifaldi prosigue su estupenda y memorablehistoria De cualquiera palabra que Sancho decía, la duquesa gustaba tanto como sedesesperaba don Quijote; y, mandándole que callase, la Dolorida prosiguiódiciendo:

— «En fin, al cabo de muchas demandas y respuestas, como la infanta seestaba siempre en sus trece, sin salir ni variar de la primera declaración,el vicario sentenció en favor de don Clavijo, y se la entregó por sulegítima esposa, de lo que recibió tanto enojo la reina doña Maguncia,madre de la infanta Antonomasia, que dentro de tres días la enterramos.»

— Debió de morir, sin duda —dijo Sancho.

— ¡Claro está! —respondió Trifaldín—, que en Candaya no se entierran laspersonas vivas, sino las muertas.

— Ya se ha visto, señor escudero —replicó Sancho—, enterrar un desmayadocreyendo ser muerto, y parecíame a mí que estaba la reina Maguncia obligadaa desmayarse antes que a morirse; que con la vida muchas cosas se remedian,y no fue tan grande el disparate de la infanta que obligase a sentirletanto. Cuando se hubiera casado esa señora con algún paje suyo, o con otrocriado de su casa, como han hecho otras muchas, según he oído decir, fuerael daño sin remedio; pero el haberse casado con un caballero tangentilhombre y tan entendido como aquí nos le han pintado, en verdad enverdad que, aunque fue necedad, no fue tan grande como se piensa; porque,según las reglas de mi señor, que está presente y no me dejará mentir, asícomo se hacen de los hombres letrados los obispos, se pueden hacer de loscaballeros, y más si son andantes, los reyes y los emperadores.

— Razón tienes, Sancho —dijo don Quijote—, porque un caballero andante, comotenga dos dedos de ventura, está en potencia propincua de ser el mayorseñor del mundo. Pero, pase adelante la señora Dolorida, que a mí se metrasluce que le falta por contar lo amargo desta hasta aquí dulce historia.

— Y ¡cómo si queda lo amargo! —respondió la condesa—, y tan amargo que en sucomparación son dulces las tueras y sabrosas las adelfas. «Muerta, pues, lareina, y no desmayada, la enterramos; y, apenas la cubrimos con la tierray apenas le dimos el último vale, cuando, quis talia fando temperet a lachrymis?,

puesto sobre un caballo de madera, pareció encima de la sepultura de lareina el gigante Malambruno, primo cormano de Maguncia, que junto con sercruel era encantador, el cual con sus artes, en venganza de la muerte de sucormana, y por castigo del atrevimiento de don Clavijo, y por despecho dela demasía de Antonomasia, los dejó encantados sobre la mesma sepultura: aella, convertida en una jimia de bronce, y a él, en un espantoso cocodrilode un metal no conocido, y entre los dos está un padrón, asimismo de metal,y en él escritas en lengua siríaca unas letras que, habiéndose declarado enla candayesca, y ahora en la castellana, encierran esta sentencia: "Nocobrarán su primera forma estos dos atrevidos amantes hasta que el valerosomanchego venga conmigo a las manos en singular batalla, que para solo sugran valor guardan los hados esta nunca vista aventura". Hecho esto, sacóde la vaina un ancho y desmesurado alfanje, y, asiéndome a mí por loscabellos, hizo finta de querer segarme la gola y cortarme cercen la cabeza.Turbéme, pegóseme la voz a la garganta, quedé mohína en todo estremo, pero,con todo, me esforcé lo más que pude, y, con voz tembladora y doliente, ledije tantas y tales cosas, que le hicieron suspender la ejecución de tanriguroso castigo. Finalmente, hizo traer ante sí todas las dueñas depalacio, que fueron estas que están presentes, y, después de haberexagerado nuestra culpa y vituperado las condiciones de las dueñas, susmalas mañas y peores trazas, y cargando a todas la culpa que yo sola tenía,dijo que no quería con pena capital castigarnos, sino con otras penasdilatadas, que nos diesen una muerte civil y continua; y, en aquel mismomomento y punto que acabó de decir esto, sentimos todas que se nos abríanlos poros de la cara, y que por toda ella nos punzaban como con puntas deagujas. Acudimos luego con las manos a los rostros, y hallámonos de lamanera que ahora veréis.»

Y luego la Dolorida y las demás dueñas alzaron los antifaces con quecubiertas venían, y descubrieron los rostros, todos poblados de barbas,cuáles rubias, cuáles negras, cuáles blancas y cuáles albarrazadas, de cuyavista mostraron quedar admirados el duque y la duquesa, pasmados donQuijote y Sancho, y atónitos todos los presentes.

Y la Trifaldi prosiguió:

— «Desta manera nos castigó aquel follón y malintencionado de Malambruno,cubriendo la blandura y morbidez de nuestros rostros con la aspereza destascerdas, que pluguiera al cielo que antes con su desmesurado alfanje noshubiera derribado las testas, que no que nos asombrara la luz de nuestrascaras con esta borra que nos cubre; porque si entramos en cuenta, señoresmíos (y esto que voy a decir agora lo quisiera decir hechos mis ojosfuentes, pero la consideración de nuestra desgracia, y los mares que hastaaquí han llovido, los tienen sin humor y secos como aristas, y así, lo dirésin lágrimas), digo, pues, que ¿adónde podrá ir una dueña con barbas?

¿Quépadre o qué madre se dolerá della? ¿Quién la dará ayuda? Pues, aun cuandotiene la tez lisa y el rostro martirizado con mil suertes de menjurjes ymudas, apenas halla quien bien la quiera,

¿qué hará cuando descubra hechoun bosque su rostro? ¡Oh dueñas y compañeras mías, en desdichado puntonacimos, en hora menguada nuestros padres nos engendraron!»

Y, diciendo esto, dio muestras de desmayarse.

Capítulo XL. De cosas que atañen y tocan a esta aventura y a estamemorable historia

Real y verdaderamente, todos los que gustan de semejantes historias comoésta deben de mostrarse agradecidos a Cide Hamete, su autor primero, por lacuriosidad que tuvo en contarnos las semínimas della, sin dejar cosa, pormenuda que fuese, que no la sacase a luz distintamente: pinta lospensamientos, descubre las imaginaciones, responde a las tácitas, aclaralas dudas, resuelve los argumentos; finalmente, los átomos del más curiosodeseo manifiesta. ¡Oh autor celebérrimo! ¡Oh don Quijote dichoso! ¡OhDulcinea famosa! ¡Oh Sancho Panza gracioso! Todos juntos y cada uno de porsí viváis siglos infinitos, para gusto y general pasatiempo de losvivientes.

Dice, pues, la historia que, así como Sancho vio desmayada a la Dolorida,dijo:

— Por la fe de hombre de bien, juro, y por el siglo de todos mis pasados losPanzas, que jamás he oído ni visto, ni mi amo me ha contado, ni en supensamiento ha cabido, semejante aventura como ésta. Válgate mil satanases,por no maldecirte por encantador y gigante, Malambruno; y

¿no hallaste otrogénero de castigo que dar a estas pecadoras sino el de barbarlas? ¿Cómo yno fuera mejor, y a ellas les estuviera más a cuento, quitarles la mitad delas narices de medio arriba, aunque hablaran gangoso, que no ponerlesbarbas? Apostaré yo que no tienen hacienda para pagar a quien las rape.

— Así es la verdad, señor —respondió una de las doce—, que no tenemoshacienda para mondarnos; y así, hemos tomado algunas de nosotras porremedio ahorrativo de usar de unos pegotes o parches pegajosos, yaplicándolos a los rostros, y tirando de golpe, quedamos rasas y lisas comofondo de mortero de piedra; que, puesto que hay en Candaya mujeres queandan de casa en casa a quitar el vello y a pulir las cejas y hacer otrosmenjurjes tocantes a mujeres, nosotras las dueñas de mi señora por jamásquisimos admitirlas, porque las más oliscan a terceras, habiendo dejado deser primas; y si por el señor don Quijote no somos remediadas, con barbasnos llevarán a la sepultura.

— Yo me pelaría las mías —dijo don Quijote— en tierra de moros, si noremediase las vuestras.

A este punto, volvió de su desmayo la Trifaldi y dijo:

— El retintín desa promesa, valeroso caballero, en medio de mi desmayo llegóa mis oídos, y ha sido parte para que yo dél vuelva y cobre todos missentidos; y así, de nuevo os suplico, andante ínclito y señor indomable,vuestra graciosa promesa se convierta en obra.

— Por mí no quedará —respondió don Quijote—: ved, señora, qué es lo quetengo de hacer, que el ánimo está muy pronto para serviros.

— Es el caso —respondió la Dolorida —que desde aquí al reino de Candaya, sise va por tierra, hay cinco mil leguas, dos más a menos; pero si se va porel aire y por la línea recta, hay tres mil y docientas y veinte y siete. Estambién de saber que Malambruno me dijo que cuando la suerte me deparase alcaballero nuestro libertador, que él le enviaría una cabalgadura hartomejor y con menos malicias que las que son de retorno, porque ha de seraquel mesmo caballo de madera sobre quien llevó el valeroso Pierres robadaa la linda Magalona, el cual caballo se rige por una clavija que tiene enla frente, que le sirve de freno, y vuela por el aire con tanta ligerezaque parece que los mesmos diablos le llevan. Este tal caballo, según estradición antigua, fue compuesto por aquel sabio Merlín; prestósele aPierres, que era su amigo, con el cual hizo grandes viajes, y robó, como seha dicho, a la linda Magalona, llevándola a las ancas por el aire, dejandoembobados a cuantos desde la tierra los miraban; y no le prestaba sino aquien él quería, o mejor se lo pagaba; y desde el gran Pierres hastaahora no sabemos que haya subido alguno en él.

De allí le ha sacadoMalambruno con sus artes, y le tiene en su poder, y se sirve dél en susviajes, que los hace por momentos, por diversas partes del mundo, y hoyestá aquí y mañana en Francia y otro día en Potosí; y es lo bueno que eltal caballo ni come, ni duerme ni gasta herraduras, y lleva un portante porlos aires, sin tener alas, que el que lleva encima puede llevar una tazallena de agua en la mano sin que se le derrame gota, según camina llano yreposado; por lo cual la linda Magalona se holgaba mucho de andar caballeraen él.

A esto dijo Sancho:

— Para andar reposado y llano, mi rucio, puesto que no anda por los aires;pero por la tierra, yo le cutiré con cuantos portantes hay en el mundo.

Riéronse todos, y la Dolorida prosiguió:

— Y este tal caballo, si es que Malambruno quiere dar fin a nuestradesgracia, antes que sea media hora entrada la noche, estará en nuestrapresencia, porque él me significó que la señal que me daría por donde yoentendiese que había hallado el caballero que buscaba, sería enviarme elcaballo, donde fuese con comodidad y presteza.

— Y ¿cuántos caben en ese caballo? —preguntó Sancho.

La Dolorida respondió:

— Dos personas: la una en la silla y la otra en las ancas; y, por la mayorparte, estas tales dos personas son caballero y escudero, cuando faltaalguna robada doncella.

— Querría yo saber, señora Dolorida —dijo Sancho—, qué nombre tiene esecaballo.

— El nombre —respondió la Dolorida— no es como el caballo de Belorofonte,que se llamaba Pegaso, ni como el del Magno Alejandro, llamado Bucéfalo, nicomo el del furioso Orlando, cuyo nombre fue Brilladoro, ni menos Bayarte,que fue el de Reinaldos de Montalbán, ni Frontino, como el de Rugero, niBootes ni Peritoa, como dicen que se llaman los del Sol, ni tampoco sellama Orelia, como el caballo en que el desdichado Rodrigo, último rey delos godos, entró en la batalla donde perdió la vida y el reino.

— Yo apostaré —dijo Sancho— que, pues no le han dado ninguno desos famososnombres de caballos tan conocidos, que tampoco le habrán dado el de mi amo,Rocinante, que en ser propio excede a todos los que se han nombrado.

— Así es —respondió la barbada condesa—, pero todavía le cuadra mucho,porque se llama Clavileño el Alígero, cuyo nombre conviene con el ser deleño, y con la clavija que trae en la frente, y con la ligereza con quecamina; y así, en cuanto al nombre, bien puede competir con el famosoRocinante.

— No me descontenta el nombre —replicó Sancho—, pero ¿con qué freno o conqué jáquima se gobierna?

— Ya he dicho —respondió la Trifaldi— que con la clavija, que, volviéndola auna parte o a otra, el caballero que va encima le hace caminar como quiere,o ya por los aires, o ya rastreando y casi barriendo la tierra, o por elmedio, que es el que se busca y se ha de tener en todas las acciones bienordenadas.

— Ya lo querría ver —respondió Sancho—, pero pensar que tengo de subir enél, ni en la silla ni en las ancas, es pedir peras al olmo. ¡Bueno es queapenas puedo tenerme en mi rucio, y sobre un albarda más blanda que lamesma seda, y querrían ahora que me tuviese en unas ancas de tabla, sincojín ni almohada alguna! Pardiez, yo no me pienso moler por quitar lasbarbas a nadie: cada cual se rape como más le viniere a cuento, que yo nopienso acompañar a mi señor en tan largo viaje. Cuanto más, que yo no debode hacer al caso para el rapamiento destas barbas como lo soy para eldesencanto de mi señora Dulcinea.

— Sí sois, amigo —respondió la Trifaldi—, y tanto, que, sin vuestrapresencia, entiendo que no haremos nada.

— ¡Aquí del rey! —dijo Sancho—: ¿qué tienen que ver los escuderos con lasaventuras de sus señores? ¿Hanse de llevar ellos la fama de las que acaban,y hemos de llevar nosotros el trabajo?

¡Cuerpo de mí! Aun si dijesen loshistoriadores: "El tal caballero acabó la tal y tal aventura, pero conayuda de fulano, su escudero, sin el cual fuera imposible el acabarla".Pero, ¡que escriban a secas: "Don Paralipomenón de las Tres Estrellas acabóla aventura de los seis vestiglos", sin nombrar la persona de suescudero, que se halló presente a todo, como si no fuera en el mundo!Ahora, señores, vuelvo a decir que mi señor se puede ir solo, y buenprovecho le haga, que yo me quedaré aquí, en compañía de la duquesa miseñora, y podría ser que cuando volviese hallase mejorada la causa de laseñora Dulcinea en tercio y quinto; porque pienso, en los ratos ociosos ydesocupados, darme una tanda de azotes que no me la cubra pelo.

— Con todo eso, le habéis de acompañar si fuere necesario, buen Sancho,porque os lo rogarán buenos; que no han de quedar por vuestro inútil temortan poblados los rostros destas señoras; que, cierto, sería mal caso.

— ¡Aquí del rey otra vez! —replicó Sancho—. Cuando esta caridad se hicierapor algunas doncellas recogidas, o por algunas niñas de la doctrina,pudiera el hombre aventurarse a cualquier trabajo, pero que lo sufra porquitar las barbas a dueñas, ¡mal año! Mas que las viese yo a todas conbarbas, desde la mayor hasta la menor, y de la más melindrosa hasta la másrepulgada.

— Mal estáis con las dueñas, Sancho amigo —dijo la duquesa—: mucho os vaistras la opinión del boticario toledano. Pues a fe que no tenéis razón; quedueñas hay en mi casa que pueden ser ejemplo de dueñas, que aquí está midoña Rodríguez, que no me dejará decir otra cosa.

— Mas que la diga vuestra excelencia —dijo Rodríguez—, que Dios sabe laverdad de todo, y buenas o malas, barbadas o lampiñas que seamos lasdueñas, también nos parió nuestra madre como a las otras mujeres; y, puesDios nos echó en el mundo, Él sabe para qué, y a su misericordia me atengo,y no a las barbas de nadie.

— Ahora bien, señora Rodríguez —dijo don Quijote—, y señora Trifaldi ycompañía, yo espero en el cielo que mirará con buenos ojos vuestras cuitas,que Sancho hará lo que yo le mandare, ya viniese Clavileño y ya me viesecon Malambruno; que yo sé que no habría navaja que con más facilidad rapasea vuestras mercedes como mi espada raparía de los hombros la cabeza deMalambruno; que Dios sufre a los malos, pero no para siempre.

— ¡Ay! —dijo a esta sazón la Dolorida—, con benignos ojos miren a vuestragrandeza, valeroso caballero, todas las estrellas de las regiones celestes,e infundan en vuestro ánimo toda prosperidad y valentía para ser escudo yamparo del vituperoso y abatido género dueñesco, abominado de boticarios,murmurado de escuderos y socaliñado de pajes; que mal haya la bellaca queen la flor de su edad no se metió primero a ser monja que a dueña.¡Desdichadas de nosotras las dueñas, que, aunque vengamos por línea recta,de varón en varón, del mismo Héctor el troyano, no dejaran de echaros unvos nuestras señoras, si pensasen por ello ser reinas! ¡Oh giganteMalambruno, que, aunque eres encantador, eres certísimo en tus promesas!,envíanos ya al sin par Clavileño, para que nuestra desdicha se acabe, quesi entra el calor y estas nuestras barbas duran, ¡guay de nuestra ventura!

Dijo esto con tanto sentimiento la Trifaldi, que sacó las lágrimas de losojos de todos los circunstantes, y aun arrasó los de Sancho, y propuso ensu corazón de acompañar a su señor hasta las últimas partes del mundo, sies que en ello consistiese quitar la lana de aquellos venerables rostros.

Capítulo XLI. De la venida de Clavileño, con el fin desta dilatada aventura Llegó en esto la noche, y con ella el punto determinado en que el famosocaballo Clavileño viniese, cuya tardanza fatigaba ya a don Quijote,pareciéndole que, pues Malambruno se detenía en enviarle, o que él no erael caballero para quien estaba guardada aquella aventura, o que Malambrunono osaba venir con él a singular batalla. Pero veis aquí cuando a deshoraentraron por el jardín cuatro salvajes, vestidos todos de verde yedra, quesobre sus hombros traían un gran caballo de madera. Pusiéronle de pies enel suelo, y uno de los salvajes dijo:

— Suba sobre esta máquina el que tuviere ánimo para ello.

— Aquí —dijo Sancho— yo no subo, porque ni tengo ánimo ni soy caballero.

Y el salvaje prosiguió diciendo:

— Y ocupe las ancas el escudero, si es que lo tiene, y fíese del valerosoMalambruno, que si no fuere de su espada, de ninguna otra, ni de otramalicia, será ofendido; y no hay más que torcer esta clavija que sobre elcuello trae puesta, que él los llevará por los aires adonde los atiendeMalambruno; pero, porque la alteza y sublimidad del camino no les causeváguidos, se han de cubrir los ojos hasta que el caballo relinche, que seráseñal de haber dado fin a su viaje.

Esto dicho, dejando a Clavileño, con gentil continente se volvieron pordonde habían venido. La Dolorida, así como vio al caballo, casi conlágrimas dijo a don Quijote:

— Valeroso caballero, las promesas de Malambruno han sido ciertas: elcaballo está en casa, nuestras barbas crecen, y cada una de nosotras y concada pelo dellas te suplicamos nos rapes y tundas, pues no está en más sinoen que subas en él con tu escudero y des felice principio a vuestro nuevoviaje.

— Eso haré yo, señora condesa Trifaldi, de muy buen grado y de mejortalante, sin ponerme a tomar cojín, ni calzarme espuelas, por no detenerme:tanta es la gana que tengo de veros a vos, señora, y a todas estas dueñasrasas y mondas.

— Eso no haré yo —dijo Sancho—, ni de malo ni de buen talante, en ningunamanera; y si es que este rapamiento no se puede hacer sin que yo suba a lasancas, bien puede buscar mi señor otro escudero que le acompañe, y estasseñoras otro modo de alisarse los rostros; que yo no soy brujo, para gustarde andar por los aires. Y ¿qué dirán mis insulanos cuando sepan que sugobernador se anda paseando por los vientos? Y otra cosa más: que habiendotres mil y tantas leguas de aquí a Candaya, si el caballo se cansa o elgigante se enoja, tardaremos en dar la vuelta media docena de años, y ya nihabrá ínsula ni ínsulos en el mundo que me conozan; y, pues se dicecomúnmente que en la tardanza va el peligro, y que cuando te dieren lavaquilla acudas con la soguilla, perdónenme las barbas destas señoras, quebien se está San Pedro en Roma; quiero decir que bien me estoy en estacasa, donde tanta merced se me hace y de cuyo dueño tan gran bien esperocomo es verme gobernador.

A lo que el duque dijo:

— Sancho amigo, la ínsula que yo os he prometido no es movible ni fugitiva:raíces tiene tan hondas, echadas en los abismos de la tierra, que no laarrancarán ni mudarán de donde está a tres tirones; y, pues vos sabéis quesé yo que no hay ninguno género de oficio destos de mayor cantía que no segranjee con alguna suerte de cohecho, cuál más, cuál menos, el que yoquiero llevar por este gobierno es que vais con vuestro señor don Quijote adar cima y cabo a esta memorable aventura; que ahora volváis sobreClavileño con la brevedad que su ligereza promete, ora la contraria fortunaos traiga y vuelva a pie, hecho romero, de mesón en mesón y de venta enventa, siempre que volviéredes hallaréis vuestra ínsula donde la dejáis, ya vuestros insulanos con el mesmo deseo de recebiros por su gobernador quesiempre han tenido, y mi voluntad será la mesma; y no pongáis duda en estaverdad, señor Sancho, que sería hacer notorio agravio al deseo que deserviros tengo.

— No más, señor —dijo Sancho—: yo soy un pobre escudero y no puedo llevar acuestas tantas cortesías; suba mi amo, tápenme estos ojos y encomiéndenme aDios, y avísenme si cuando vamos por esas altanerías podré encomendarme aNuestro Señor o invocar los ángeles que me favorezcan.

A lo que respondió Trifaldi:

— Sancho, bien podéis encomendaros a Dios o a quien quisiéredes, queMalambruno, aunque es encantador, es cristiano, y hace sus encantamentoscon mucha sagacidad y con mucho tiento, sin meterse con nadie.

— ¡Ea, pues —dijo Sancho—, Dios me ayude y la Santísima Trinidad de Gaeta!

— Desde la memorable aventura de los batanes —dijo don Quijote—, nunca hevisto a Sancho con tanto temor como ahora, y si yo fuera tan agorero comootros, su pusilanimidad me hiciera algunas cosquillas en el ánimo. Perollegaos aquí, Sancho, que con licencia destos señores os quiero hablaraparte dos palabras.

Y, apartando a Sancho entre unos árboles del jardín y asiéndole ambas lasmanos, le dijo:

— Ya vees, Sancho hermano, el largo viaje que nos espera, y que sabe Dioscuándo volveremos dél, ni la comodidad y espacio que nos darán losnegocios; así, querría que ahora te retirases en tu aposento, como que vasa buscar alguna cosa necesaria para el camino, y, en un daca las pajas,te dieses, a buena cuenta de los tres mil y trecientos azotes a que estásobligado, siquiera quinientos, que dados te los tendrás, que el comenzarlas cosas es tenerlas medio acabadas.

— ¡Par Dios —dijo Sancho—, que vuestra merced debe de ser menguado! Esto escomo aquello que dicen: "¡en priesa me vees y doncellez me demandas!"¿Ahora que tengo de ir sentado en una tabla rasa, quiere vuestra merced queme lastime las posas? En verdad en verdad que no tiene vuestra mercedrazón. Vamos ahora a rapar estas dueñas, que a la vuelta yo le prometo avuestra merced, como quien soy, de darme tanta priesa a salir de miobligación, que vuestra merced se contente, y no le digo más.

Y don Quijote respondió:

— Pues con esa promesa, buen Sancho, voy consolado, y creo que la cumplirás,porque, en efecto, aunque tonto, eres hombre verídico.

— No soy verde, sino moreno —dijo Sancho—, pero aunque fuera de mezcla,cumpliera mi palabra.

Y con esto se volvieron a subir en Clavileño, y al subir dijo don Quijote:

— Tapaos, Sancho, y subid, Sancho, que quien de tan lueñes tierras envía pornosotros no será para engañarnos, por la poca gloria que le puede redundarde engañar a quien dél se fía; y, puesto que todo sucediese al revés de loque imagino, la gloria de haber emprendido esta hazaña no la podráescurecer malicia alguna.

— Vamos, señor —dijo Sancho—, que las barbas y lágrimas destas señoras lastengo clavadas en el corazón, y no comeré bocado que bien me sepa hastaverlas en su primera lisura. Suba vuesa merced y tápese primero, que si yotengo de ir a las ancas, claro está que primero sube el de la silla.

— Así es la verdad —replicó don Quijote.

Y, sacando un pañuelo de la faldriquera, pidió a la Dolorida que lecubriese muy bien los ojos, y, habiéndoselos cubierto, se volvió adescubrir y dijo:

— Si mal no me acuerdo, yo he leído en Virgilio aquello del Paladión deTroya, que fue un caballo de madera que los griegos presentaron a la diosaPalas, el cual iba preñado de caballeros armados, que después fueron latotal ruina de Troya; y así, será bien ver primero lo que Clavileño trae ensu estómago.

— No hay para qué —dijo la Dolorida—, que yo le fío y sé que Malambruno notiene nada de malicioso ni de traidor; vuesa merced, señor don Quijote,suba sin pavor alguno, y a mi daño si alguno le sucediere.