Don Quijote by Miguel de Cervantes Saavedra - HTML preview

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— Esperad —dijo el cocinero—. ¡Pecador de mí, y qué melindroso y para pocodebéis de ser!

Y, diciendo esto, asió de un caldero, y, encajándole en una de las mediastinajas, sacó en él tres gallinas y dos gansos, y dijo a Sancho:

— Comed, amigo, y desayunaos con esta espuma, en tanto que se llega la horadel yantar.

— No tengo en qué echarla —respondió Sancho.

— Pues llevaos —dijo el cocinero— la cuchara y todo, que la riqueza y elcontento de Camacho todo lo suple.

En tanto, pues, que esto pasaba Sancho, estaba don Quijote mirando cómo,por una parte de la enramada, entraban hasta doce labradores sobre docehermosísimas yeguas, con ricos y vistosos jaeces de campo y con muchoscascabeles en los petrales, y todos vestidos de regocijo y fiestas; loscuales, en concertado tropel, corrieron no una, sino muchas carreras por elprado, con regocijada algazara y grita, diciendo:

— ¡Vivan Camacho y Quiteria: él tan rico como ella hermosa, y ella la máshermosa del mundo!

Oyendo lo cual don Quijote, dijo entre sí:

— Bien parece que éstos no han visto a mi Dulcinea del Toboso, que si lahubieran visto, ellos se fueran a la mano en las alabanzas desta suQuiteria.

De allí a poco comenzaron a entrar por diversas partes de la enramadamuchas y diferentes danzas, entre las cuales venía una de espadas, de hastaveinte y cuatro zagales de gallardo parecer y brío, todos vestidos dedelgado y blanquísimo lienzo, con sus paños de tocar, labrados de variascolores de fina seda; y al que los guiaba, que era un ligero mancebo,preguntó uno de los de las yeguas si se había herido alguno de losdanzantes.

— Por ahora, bendito sea Dios, no se ha herido nadie: todos vamos sanos.

Y luego comenzó a enredarse con los demás compañeros, con tantas vueltas ycon tanta destreza que, aunque don Quijote estaba hecho a ver semejantesdanzas, ninguna le había parecido tan bien como aquélla.

También le pareció bien otra que entró de doncellas hermosísimas, tan mozasque, al parecer, ninguna bajaba de catorce ni llegaba a diez y ocho años,vestidas todas de palmilla verde, los cabellos parte tranzados y partesueltos, pero todos tan rubios, que con los del sol podían tenercompetencia, sobre los cuales traían guirnaldas de jazmines, rosas,amaranto y madreselva compuestas. Guiábalas un venerable viejo y unaanciana matrona, pero más ligeros y sueltos que sus años prometían.Hacíales el son una gaita zamorana, y ellas, llevando en los rostros y enlos ojos a la honestidad y en los pies a la ligereza, se mostraban lasmejores bailadoras del mundo.

Tras ésta entró otra danza de artificio y de las que llaman habladas. Erade ocho ninfas, repartidas en dos hileras: de la una hilera era guía eldios Cupido, y de la otra, el Interés; aquél, adornado de alas, arco,aljaba y saetas; éste, vestido de ricas y diversas colores de oro y seda.Las ninfas que al Amor seguían traían a las espaldas, en pargamino blanco yletras grandes, escritos sus nombres: poesía era el título de la primera,el de la segunda discreción, el de la tercera buen linaje, el de la cuartavalentía; del modo mesmo venían señaladas las que al Interés seguían: decíaliberalidad el título de la primera, dádiva el de la segunda, tesoro el dela tercera y el de la cuarta posesión pacífica. Delante de todos venía uncastillo de madera, a quien tiraban cuatro salvajes, todos vestidos deyedra y de cáñamo teñido de verde, tan al natural, que por poco espantarana Sancho.

En la frontera del castillo y en todas cuatro partes de suscuadros traía escrito: castillo del buen recato. Hacíanles el son cuatrodiestros tañedores de tamboril y flauta.

Comenzaba la danza Cupido, y, habiendo hecho dos mudanzas, alzaba los ojosy flechaba el arco contra una doncella que se ponía entre las almenas delcastillo, a la cual desta suerte dijo:

-Yo

soy

el

dios

poderoso

en

el

aire

y

en

la

tierra

y

en

el

ancho

mar

undoso,

y

en

cuanto

el

abismo

encierra

en

su

báratro

espantoso.

Nunca

conocí

qué

es

miedo;

todo

cuanto

quiero

puedo,

aunque

quiera

lo

imposible,

y

en

todo

lo

que

es

posible

mando, quito, pongo y vedo.

Acabó la copla, disparó una flecha por lo alto del castillo y retiróse asu puesto. Salió luego el Interés, y hizo otras dos mudanzas; callaron lostamborinos, y él dijo:

-Soy

quien

puede

más

que

Amor,

y

es

Amor

el

que

me

guía;

soy

de

la

estirpe

mejor

que

el

cielo

en

la

tierra

cría,

más

conocida

y

mayor.

Soy

el

Interés,

en

quien

pocos

suelen

obrar

bien,

y

obrar

sin

es

gran

milagro;

y

cual

soy

te

me

consagro,

por siempre jamás, amén.

Retiróse el Interés, y hízose adelante la Poesía; la cual, después de haberhecho sus mudanzas como los demás, puestos los ojos en la doncella delcastillo, dijo:

-En

dulcísimos

conceptos,

la

dulcísima

Poesía,

altos,

graves

y

discretos,

señora,

el

alma

te

envía

envuelta

entre

mil

sonetos.

Si

acaso

no

te

importuna

mi

porfía,

tu

fortuna,

de

otras

muchas

invidiada,

será

por

levantada

sobre el cerco de la luna.

Desvióse la Poesía, y de la parte del Interés salió la Liberalidad, y,después de hechas sus mudanzas, dijo:

-Llaman

Liberalidad

al

dar

que

el

estremo

huye

de

la

prodigalidad,

y

del

contrario,

que

arguye

tibia

y

floja

voluntad.

Mas

yo,

por

te

engrandecer,

de

hoy

más,

pródiga

he

de

ser;

que,

aunque

es

vicio,

es

vicio

honrado

y

de

pecho

enamorado,

que en el dar se echa de ver.

Deste modo salieron y se retiraron todas las dos figuras de las dosescuadras, y cada uno hizo sus mudanzas y dijo sus versos, algunoselegantes y algunos ridículos, y sólo tomó de memoria don Quijote —que latenía grande— los ya referidos; y luego se mezclaron todos, haciendo ydeshaciendo lazos con gentil donaire y desenvoltura; y cuando pasaba elAmor por delante del castillo, disparaba por alto sus flechas, pero elInterés quebraba en él alcancías doradas.

Finalmente, después de haber bailado un buen espacio, el Interés sacó unbolsón, que le formaba el pellejo de un gran gato romano, que parecía estarlleno de dineros, y, arrojándole al castillo, con el golpe se desencajaronlas tablas y se cayeron, dejando a la doncella descubierta y sin defensaalguna. Llegó el Interés con las figuras de su valía, y, echándola una grancadena de oro al cuello, mostraron prenderla, rendirla y cautivarla; locual visto por el Amor y sus valedores, hicieron ademán de quitársela; ytodas las demostraciones que hacían eran al son de los tamborinos, bailandoy danzando concertadamente. Pusiéronlos en paz los salvajes, los cuales conmucha presteza volvieron a armar y a encajar las tablas del castillo, y ladoncella se encerró en él como de nuevo, y con esto se acabó la danza congran contento de los que la miraban.

Preguntó don Quijote a una de las ninfas que quién la había compuesto yordenado. Respondióle que un beneficiado de aquel pueblo, que tenía gentilcaletre para semejantes invenciones.

— Yo apostaré —dijo don Quijote— que debe de ser más amigo de Camacho que deBasilio el tal bachiller o beneficiado, y que debe de tener más de satíricoque de vísperas: ¡bien ha encajado en la danza las habilidades de Basilio ylas riquezas de Camacho!

Sancho Panza, que lo escuchaba todo, dijo:

— El rey es mi gallo: a Camacho me atengo.

— En fin —dijo don Quijote—, bien se parece, Sancho, que eres villano y deaquéllos que dicen:

"¡Viva quien vence!"

— No sé de los que soy —respondió Sancho—, pero bien sé que nunca de ollasde Basilio sacaré yo tan elegante espuma como es esta que he sacado de lasde Camacho.

Y enseñóle el caldero lleno de gansos y de gallinas, y, asiendo de una,comenzó a comer con mucho donaire y gana, y dijo:

— ¡A la barba de las habilidades de Basilio!, que tanto vales cuanto tienes,y tanto tienes cuanto vales. Dos linajes solos hay en el mundo, como decíauna agüela mía, que son el tener y el no tener, aunque ella al del tener seatenía; y el día de hoy, mi señor don Quijote, antes se toma el pulso alhaber que al saber: un asno cubierto de oro parece mejor que un caballoenalbardado. Así que vuelvo a decir que a Camacho me atengo, de cuyas ollasson abundantes espumas gansos y gallinas, liebres y conejos; y de las deBasilio serán, si viene a mano, y aunque no venga sino al pie, aguachirle.

— ¿Has acabado tu arenga, Sancho? —dijo don Quijote.

— Habréla acabado —respondió Sancho—, porque veo que vuestra merced recibepesadumbre con ella; que si esto no se pusiera de por medio, obra habíacortada para tres días.

— Plega a Dios, Sancho —replicó don Quijote—, que yo te vea mudo antes queme muera.

— Al paso que llevamos —respondió Sancho—, antes que vuestra merced se mueraestaré yo mascando barro, y entonces podrá ser que esté tan mudo que nohable palabra hasta la fin del mundo, o, por lo menos, hasta el día delJuicio.

— Aunque eso así suceda, ¡oh Sancho! —respondió don Quijote—, nunca llegarátu silencio a do ha llegado lo que has hablado, hablas y tienes de hablaren tu vida; y más, que está muy puesto en razón natural que primero llegueel día de mi muerte que el de la tuya; y así, jamás pienso verte mudo, niaun cuando estés bebiendo o durmiendo, que es lo que puedo encarecer.

— A buena fe, señor —respondió Sancho—, que no hay que fiar en ladescarnada, digo, en la muerte, la cual también come cordero como carnero;y a nuestro cura he oído decir que con igual pie pisaba las altas torres delos reyes como las humildes chozas de los pobres. Tiene esta señora más depoder que de melindre: no es nada asquerosa, de todo come y a todo hace, yde toda suerte de gentes, edades y preeminencias hinche sus alforjas. No essegador que duerme las siestas, que a todas horas siega, y corta así laseca como la verde yerba; y no parece que masca, sino que engulle y tragacuanto se le pone delante, porque tiene hambre canina, que nunca se harta;y, aunque no tiene barriga, da a entender que está hidrópica y sedienta debeber solas las vidas de cuantos viven, como quien se bebe un jarro de aguafría.

— No más, Sancho —dijo a este punto don Quijote—. Tente en buenas, y no tedejes caer; que en verdad que lo que has dicho de la muerte por tusrústicos términos es lo que pudiera decir un buen predicador. Dígote,Sancho que si como tienes buen natural y discreción, pudieras tomar unpúlpito en la mano y irte por ese mundo predicando lindezas...

— Bien predica quien bien vive —respondió Sancho—, y yo no sé otrastologías.

— Ni las has menester —dijo don Quijote—; pero yo no acabo de entender nialcanzar cómo, siendo el principio de la sabiduría el temor de Dios, tú,que temes más a un lagarto que a Él, sabes tanto.

— Juzgue vuesa merced, señor, de sus caballerías —respondió Sancho—, y no semeta en juzgar de los temores o valentías ajenas, que tan gentil temerososoy yo de Dios como cada hijo de vecino; y déjeme vuestra merced despabilaresta espuma, que lo demás todas son palabras ociosas, de que nos han depedir cuenta en la otra vida.

Y, diciendo esto, comenzó de nuevo a dar asalto a su caldero, con tanbuenos alientos que despertó los de don Quijote, y sin duda le ayudara, sino lo impidiera lo que es fuerza se diga adelante.

Capítulo XXI. Donde se prosiguen las bodas de Camacho, con otros gustosossucesos

Cuando estaban don Quijote y Sancho en las razones referidas en el capítuloantecedente, se oyeron grandes voces y gran ruido, y dábanlas y causábanlelos de las yeguas, que con larga carrera y grita iban a recebir a losnovios, que, rodeados de mil géneros de instrumentos y de invenciones,venían acompañados del cura, y de la parentela de entrambos, y de toda lagente más lucida de los lugares circunvecinos, todos vestidos de fiesta. Ycomo Sancho vio a la novia, dijo:

— A buena fe que no viene vestida de labradora, sino de garrida palaciega.¡Pardiez, que según diviso, que las patenas que había de traer son ricoscorales, y la palmilla verde de Cuenca es terciopelo de treinta pelos! ¡Ymontas que la guarnición es de tiras de lienzo, blanca!, ¡voto a mí que esde raso!; pues, ¡tomadme las manos, adornadas con sortijas de azabache!: nomedre yo si no son anillos de oro, y muy de oro, y empedrados con pelrasblancas como una cuajada, que cada una debe de valer un ojo de la cara. ¡Ohhideputa, y qué cabellos; que, si no son postizos, no los he visto masluengos ni más rubios en toda mi vida! ¡No, sino ponedla tacha en el brío yen el talle, y no la comparéis a una palma que se mueve cargada de racimosde dátiles, que lo mesmo parecen los dijes que trae pendientes de loscabellos y de la garganta! Juro en mi ánima que ella es una chapada moza, yque puede pasar por los bancos de Flandes.

Rióse don Quijote de las rústicas alabanzas de Sancho Panza; parecióle que,fuera de su señora Dulcinea del Toboso, no había visto mujer más hermosajamás. Venía la hermosa Quiteria algo descolorida, y debía de ser de lamala noche que siempre pasan las novias en componerse para el día veniderode sus bodas. Íbanse acercando a un teatro que a un lado del prado estaba,adornado de alfombras y ramos, adonde se habían de hacer los desposorios, yde donde habían de mirar las danzas y las invenciones; y, a la sazón quellegaban al puesto, oyeron a sus espaldas grandes voces, y una que decía:

— Esperaos un poco, gente tan inconsiderada como presurosa.

A cuyas voces y palabras todos volvieron la cabeza, y vieron que las dabaun hombre vestido, al parecer, de un sayo negro, jironado de carmesí allamas. Venía coronado —como se vio luego—

con una corona de funestociprés; en las manos traía un bastón grande. En llegando más cerca, fueconocido de todos por el gallardo Basilio, y todos estuvieron suspensos,esperando en qué habían de parar sus voces y sus palabras, temiendo algúnmal suceso de su venida en sazón semejante.

Llegó, en fin, cansado y sin aliento, y, puesto delante de los desposados,hincando el bastón en el suelo, que tenía el cuento de una punta de acero,mudada la color, puestos los ojos en Quiteria, con voz tremente y ronca,estas razones dijo:

— Bien sabes, desconocida Quiteria, que conforme a la santa ley queprofesamos, que viviendo yo, tú no puedes tomar esposo; y juntamente noignoras que, por esperar yo que el tiempo y mi diligencia mejorasen losbienes de mi fortuna, no he querido dejar de guardar el decoro que a tuhonra convenía; pero tú, echando a las espaldas todas las obligaciones quedebes a mi buen deseo, quieres hacer señor de lo que es mío a otro, cuyasriquezas le sirven no sólo de buena fortuna, sino de bonísima ventura. Ypara que la tenga colmada, y no como yo pienso que la merece, sino como sela quieren dar los cielos, yo, por mis manos, desharé el imposible o elinconveniente que puede estorbársela, quitándome a mí de por medio. ¡Viva,viva el rico Camacho con la ingrata Quiteria largos y felices siglos, ymuera, muera el pobre Basilio, cuya pobreza cortó las alas de su dicha y lepuso en la sepultura!

Y, diciendo esto, asió del bastón que tenía hincado en el suelo, y,quedándose la mitad dél en la tierra, mostró que servía de vaina a unmediano estoque que en él se ocultaba; y, puesta la que se podía llamarempuñadura en el suelo, con ligero desenfado y determinado propósito searrojó sobre él, y en un punto mostró la punta sangrienta a las espaldas,con la mitad del acerada cuchilla, quedando el triste bañado en su sangre ytendido en el suelo, de sus mismas armas traspasado.

Acudieron luego sus amigos a favorecerle, condolidos de su miseria ylastimosa desgracia; y, dejando don Quijote a Rocinante, acudió afavorecerle y le tomó en sus brazos, y halló que aún no había espirado.Quisiéronle sacar el estoque, pero el cura, que estaba presente, fue deparecer que no se le sacasen antes de confesarle, porque el sacársele y elespirar sería todo a un tiempo.

Pero, volviendo un poco en sí Basilio, convoz doliente y desmayada dijo:

— Si quisieses, cruel Quiteria, darme en este último y forzoso trance lamano de esposa, aún pensaría que mi temeridad tendría desculpa, pues enella alcancé el bien de ser tuyo.

El cura, oyendo lo cual, le dijo que atendiese a la salud del alma antesque a los gustos del cuerpo, y que pidiese muy de veras a Dios perdón desus pecados y de su desesperada determinación. A lo cual replicó Basilioque en ninguna manera se confesaría si primero Quiteria no le daba la manode ser su esposa: que aquel contento le adobaría la voluntad y le daríaaliento para confesarse.

En oyendo don Quijote la petición del herido, en altas voces dijo queBasilio pedía una cosa muy justa y puesta en razón, y además, muy hacedera,y que el señor Camacho quedaría tan honrado recibiendo a la señora Quiteriaviuda del valeroso Basilio como si la recibiera del lado de su padre:

— Aquí no ha de haber más de un sí, que no tenga otro efecto que elpronunciarle, pues el tálamo de estas bodas ha de ser la sepultura.

Todo lo oía Camacho, y todo le tenía suspenso y confuso, sin saber quéhacer ni qué decir; pero las voces de los amigos de Basilio fueron tantas,pidiéndole que consintiese que Quiteria le diese la mano de esposa, porquesu alma no se perdiese, partiendo desesperado desta vida, que le movieron,y aun forzaron, a decir que si Quiteria quería dársela, que él secontentaba, pues todo era dilatar por un momento el cumplimiento de susdeseos.

Luego acudieron todos a Quiteria, y unos con ruegos, y otros con lágrimas,y otros con eficaces razones, la persuadían que diese la mano al pobreBasilio; y ella, más dura que un mármol y más sesga que una estatua,mostraba que ni sabía ni podía, ni quería responder palabra; ni larespondiera si el cura no la dijera que se determinase presto en lo quehabía de hacer, porque tenía Basilio ya el alma en los dientes, y no dabalugar a esperar inresolutas determinaciones.

Entonces la hermosa Quiteria, sin responder palabra alguna, turbada, alparecer triste y pesarosa, llegó donde Basilio estaba, ya los ojos vueltos,el aliento corto y apresurado, murmurando entre los dientes el nombre deQuiteria, dando muestras de morir como gentil, y no como cristiano.

Llegó,en fin, Quiteria, y, puesta de rodillas, le pidió la mano por señas, y nopor palabras.

Desencajó los ojos Basilio, y, mirándola atentamente, ledijo:

— ¡Oh Quiteria, que has venido a ser piadosa a tiempo cuando tu piedad ha deservir de cuchillo que me acabe de quitar la vida, pues ya no tengo fuerzaspara llevar la gloria que me das en escogerme por tuyo, ni para suspenderel dolor que tan apriesa me va cubriendo los ojos con la espantosa sombrade la muerte! Lo que te suplico es, ¡oh fatal estrella mía!, que la manoque me pides y quieres darme no sea por cumplimiento, ni para engañarme denuevo, sino que confieses y digas que, sin hacer fuerza a tu voluntad, mela entregas y me la das como a tu legítimo esposo; pues no es razón que enun trance como éste me engañes, ni uses de fingimientos con quien tantasverdades ha tratado contigo.

Entre estas razones, se desmayaba, de modo que todos los presentes pensabanque cada desmayo se había de llevar el alma consigo. Quiteria, toda honestay toda vergonzosa, asiendo con su derecha mano la de Basilio, le dijo:

— Ninguna fuerza fuera bastante a torcer mi voluntad; y así, con la máslibre que tengo te doy la mano de legítima esposa, y recibo la tuya, si esque me la das de tu libre albedrío, sin que la turbe ni contraste lacalamidad en que tu discurso acelerado te ha puesto.

— Sí doy —respondió Basilio—, no turbado ni confuso, sino con el claroentendimiento que el cielo quiso darme; y así, me doy y me entrego por tuesposo.

— Y yo por tu esposa —respondió Quiteria—, ahora vivas largos años, ahora telleven de mis brazos a la sepultura.

— Para estar tan herido este mancebo —dijo a este punto Sancho Panza—, muchohabla; háganle que se deje de requiebros y que atienda a su alma, que, a miparecer, más la tiene en la lengua que en los dientes.

Estando, pues, asidos de las manos Basilio y Quiteria, el cura, tierno ylloroso, los echó la bendición y pidió al cielo diese buen poso al alma delnuevo desposado; el cual, así como recibió la bendición, con prestaligereza se levantó en pie, y con no vista desenvoltura se sacó el estoque,a quien servía de vaina su cuerpo.

Quedaron todos los circunstantes admirados, y algunos dellos, más simplesque curiosos, en altas voces, comenzaron a decir:

— ¡Milagro, milagro!

Pero Basilio replicó:

— ¡No "milagro, milagro", sino industria, industria!

El cura, desatentado y atónito, acudió con ambas manos a tentar la herida,y halló que la cuchilla había pasado, no por la carne y costillas deBasilio, sino por un cañón hueco de hierro que, lleno de sangre, en aquellugar bien acomodado tenía; preparada la sangre, según después se supo, demodo que no se helase.

Finalmente, el cura y Camacho, con todos los más circunstantes, se tuvieronpor burlados y escarnidos. La esposa no dio muestras de pesarle de laburla; antes, oyendo decir que aquel casamiento, por haber sido engañoso,no había de ser valedero, dijo que ella le confirmaba de nuevo; de lo cualcoligieron todos que de consentimiento y sabiduría de los dos se habíatrazado aquel caso, de lo que quedó Camacho y sus valedores tan corridosque remitieron su venganza a las manos, y, desenvainando muchas espadas,arremetieron a Basilio, en cuyo favor en un instante se desenvainaron casiotras tantas. Y, tomando la delantera a caballo don Quijote, con la lanzasobre el brazo y bien cubierto de su escudo, se hacía dar lugar de todos.Sancho, a quien jamás pluguieron ni solazaron semejantes fechurías, seacogió a las tinajas, donde había sacado su agradable espuma, pareciéndoleaquel lugar como sagrado, que había de ser tenido en respeto.

Don Quijote,a grandes voces, decía:

— Teneos, señores, teneos, que no es razón toméis venganza de los agraviosque el amor nos hace; y advertid que el amor y la guerra son una mismacosa, y así como en la guerra es cosa lícita y acostumbrada usar de ardidesy estratagemas para vencer al enemigo, así en las contiendas y competenciasamorosas se tienen por buenos los embustes y marañas que se hacen paraconseguir el fin que se desea, como no sean en menoscabo y deshonra de lacosa amada.

Quiteria era de Basilio, y Basilio de Quiteria, por justa yfavorable disposición de los cielos.

Camacho es rico, y podrá comprar sugusto cuando, donde y como quisiere. Basilio no tiene más desta oveja, y nose la ha de quitar alguno, por poderoso que sea; que a los dos que Diosjunta no podrá separar el hombre; y el que lo intentare, primero ha depasar por la punta desta lanza.

Y, en esto, la blandió tan fuerte y tan diestramente, que puso pavor entodos los que no le conocían, y tan intensamente se fijó en la imaginaciónde Camacho el desdén de Quiteria, que se la borró de la memoria en uninstante; y así, tuvieron lugar con él las persuasiones del cura, que eravarón prudente y bien intencionado, con las cuales quedó Camacho y los desu parcialidad pacíficos y sosegados; en señal de lo cual volvieron lasespadas a sus lugares, culpando más a la facilidad de Quiteria que a laindustria de Basilio; haciendo discurso Camacho que si Quiteria quería biena Basilio doncella, también le quisiera casada, y que debía de dar graciasal cielo, más por habérsela quitado que por habérsela dado.

Consolado, pues, y pacífico Camacho y los de su mesnada, todos los de la deBasilio se sosegaron, y el rico Camacho, por mostrar que no sentía laburla, ni la estimaba en nada, quiso que las fiestas pasasen adelante comosi realmente se desposara; pero no quisieron asistir a ellas Basilio ni suesposa ni secuaces; y así, se fueron a la aldea de Basilio, que también lospobres virtuosos y discretos tienen quien los siga, honre y ampare, comolos ricos tienen quien los lisonjee y acompañe.

Llevarónse consigo a don Quijote, estimándole por hombre de valor y de peloen pecho. A sólo Sancho se le escureció el alma, por verse imposibilitadode aguardar la espléndida comida y fiestas de Camacho, que duraron hasta lanoche; y así, asenderado y triste, siguió a su señor, que con la cuadrillade Basilio iba, y así se dejó atrás las ollas de Egipto, aunque las llevabaen el alma, cuya ya casi consumida y acabada espuma, que en el calderollevaba, le representaba la gloria y la abundancia del bien que perdía; yasí, congojado y pensativo, aunque sin hambre, sin apearse del rucio,siguió las huellas de Rocinante.

Capítulo XXII. Donde se da cuenta de la grande aventura de la cueva deMontesinos, que está en el corazón de la Mancha, a quien dio felice cima elvaleroso don Quijote de la Mancha

Grandes fueron y muchos los regalos que los desposados hicieron a donQuijote, obligados de las muestras que había dado defendiendo su causa, yal par de la valentía le graduaron la discreción, teniéndole por un Cid enlas armas y por un Cicerón en la elocuencia. El buen Sancho se refocilótres días a costa de los novios, de los cuales se supo que no fue trazacomunicada con la hermosa Quiteria el herirse fingidamente, sino industriade Basilio, esperando della el mesmo suceso que se había visto; bien esverdad que confesó que había dado parte de su pensamiento a algunos de susamigos, para que al tiempo necesario favoreciesen su intención y abonasensu engaño.

— No se pueden ni deben llamar engaños —dijo don Quijote— los que ponen lamira en virtuosos fines.

Y que el de casarse los enamorados era el fin de más excelencia,advirtiendo que el mayor contrario que el amor tiene es la hambre y lacontinua necesidad, porque el amor es todo alegría, regocijo y contento, ymás cuando el amante está en posesión de la cosa amada, contra quien sonenemigos opuestos y declarados la necesidad y la pobreza; y que todo estodecía con intención de que se dejase el señor Basilio de ejercitar lashabilidades que sabe, que, aunque le daban fama, no le daban dineros, y queatendiese a granjear hacienda por medios lícitos e industriosos, que nuncafaltan a los prudentes y aplicados.

— El pobre honrado, si es que puede ser honrado el pobre, tiene prenda entener mujer hermosa, que, cuando se la quitan, le quitan la honra y se lamatan. La mujer hermosa y honrada, cuyo marido es pobre, merece sercoronada con laureles y palmas de vencimiento y triunfo. La hermosura, porsí sola, atrae las voluntades de cuantos la miran y conocen, y como aseñuelo gustoso se le abaten las águilas reales y los pájaros altaneros;pero si a la tal hermosura se le junta la necesidad y la estrecheza,también la embisten los cuervos, los milanos y las otras aves de rapiña; yla que está a tantos encuentros firme bien merece llamarse corona de sumarido. Mirad, discreto Basilio —añadió don Quijote—: opinión fue de no séqué sabio que no había en todo el mundo sino una sola mujer buena, y dabapor consejo que cada uno pensase y creyese que aquella sola buena era lasuya, y así viviría contento. Yo no soy casado, ni hasta agora me ha venidoen pensamiento serlo; y, con todo esto, me atrevería a dar consejo al queme lo pidiese del modo que había de buscar la mujer con quien se quisiesecasar. Lo primero, le aconsejaría que mirase más a la fama que a lahacienda, porque la buena mujer no alcanza la buena fama solamente con serbuena, sino con parecerlo; que mucho más dañan a las honras de las mujereslas desenvolturas y libertades públicas que las maldades secretas. Si traesbuena mujer a tu casa, fácil cosa sería conservarla, y aun mejorarla, enaquella bondad; pero si la traes mala, en trabajo te pondrá el enmendarla:que no es muy hacedero pasar de un estremo a otro. Yo no digo que seaimposible, pero téngolo por dificultoso.

Oía todo esto Sancho, y dijo entre sí:

— Este mi amo, cuando yo hablo cosas de meollo y de sustancia suele decirque podría yo tomar un púlpito en las manos y irme por ese mundo adelantepredicando lindezas; y yo digo dél que cuando comienza a enhilar sentenciasy a dar consejos, no sólo puede tomar púlpito en las manos, sino dos encada dedo, y andarse por esas plazas a ¿qué quieres boca? ¡Válate el diablopor caballero andante, que tantas cosas sabes! Yo pensaba en mi ánima quesólo podía saber aquello que tocaba a sus caballerías, pero no hay cosadonde no pique y deje de meter su cucharada.

Murmuraba esto algo Sancho, y entreoyóle su señor, y preguntóle:

— ¿Qué murmuras, Sancho?

— No digo nada, ni murmuro de nada —respondió Sancho—; sólo estaba diciendoentre mí que quisiera haber oído lo que vuesa merced aquí ha dicho antesque me casara, que quizá dijera yo agora: "El buey suelto bien se lame".

— ¿Tan mala es tu Teresa, Sancho? —dijo don Quijote.

— No es muy mala —respondió Sancho—, pero no es muy buena; a lo menos, no estan buena como yo quisiera.

— Mal haces, Sancho —dijo don Quijote—, en decir mal de tu mujer, que, enefecto, es madre de tus hijos.

— No nos debemos nada —respondió Sancho—, que también ella dice mal de mícuando se le antoja, especialmente cuando está celosa, que entonces súfralael mesmo Satanás.

Finalmente, tres días estuvieron con los novios, donde fueron regalados yservidos como cuerpos de rey. Pidió don Quijote al diestro licenciado lediese una guía que le encaminase a la cueva de Montesinos, porque teníagran deseo de entrar en ella y ver a ojos vistas si eran verdaderas lasmaravillas que de ella se decían por todos aquellos contornos. Ellicenciado le dijo que le daría a un primo suyo, famoso estudiante y muyaficionado a leer libros de caballerías, el cual con mucha voluntad lepondría a la boca de la mesma cueva, y le enseñaría las lagunas de Ruidera,famosas ansimismo en toda la Mancha, y aun en toda España; y díjole quellevaría con él gustoso entretenimiento, a causa que era mozo que sabíahacer libros para imprimir y para dirigirlos a príncipes. Finalmente, elprimo vino con una pollina preñada, cuya albarda cubría un gayado tapete oarpillera. Ensilló Sancho a Rocinante y aderezó al rucio, proveyó susalforjas, a las cuales acompañaron las del primo, asimismo bien proveídas,y, encomendándose a Dios y despediéndose de todos, se pusieron en camino,tomando la derrota de la famosa cueva de Montesinos.

En el camino preguntó don Quijote al primo de qué género y calidad eran susejercicios, su profesión y estudios; a lo que él respondió que suprofesión era ser humanista; sus ejercicios y estudios, componer librospara dar a la estampa, todos de gran provecho y no menos entretenimientopara la república; que el uno se intitulaba el de las libreas, donde pintasetecientas y tres libreas, con sus colores, motes y cifras, de dondepodían sacar y tomar las que quisiesen en tiempo de fiestas y regocijos loscaballeros cortesanos, sin andarlas mendigando de nadie, ni lambicando,como dicen, el cerbelo, por sacarlas conformes a sus deseos e intenciones.

— Porque doy al celoso, al desdeñado, al olvidado y al ausente las que lesconvienen, que les vendrán más justas que pecadoras. Otro libro tengotambién, a quien he de llamar Metamorfóseos, o Ovidio español, de invenciónnueva y rara; porque en él, imitando a Ovidio a lo burlesco, pinto quiénfue la Giralda de Sevilla y el Ángel de la Madalena, quién el Caño deVecinguerra, de Córdoba, quiénes los Toros de Guisando, la Sierra Morena,las fuentes de Leganitos y Lavapiés, en Madrid, no olvidándome de la delPiojo, de la del Caño Dorado y de la Priora; y esto, con sus alegorías,metáforas y translaciones, de modo que alegran, suspenden y enseñan a unmismo punto. Otro libro tengo, que le llamo Suplemento a Virgilio Polidoro,que trata de la invención de las cosas, que es de grande erudición yestudio, a causa que las cosas que se dejó de decir Polidoro de gransustancia, las averiguo yo, y las declaro por gentil estilo.

Olvidósele aVirgilio de declararnos quién fue el primero que tuvo catarro en el mundo,y el primero que tomó las unciones para curarse del morbo gálico, y yo lodeclaro al pie de la letra, y lo autorizo con más de veinte y cincoautores: porque vea vuesa merced si he trabajado bien y si ha de ser útilel tal libro a todo el mundo.

Sancho, que había estado muy atento a la narración del primo, le dijo:

— Dígame, señor, así Dios le dé buena manderecha en la impresión de suslibros: ¿sabríame decir, que sí sabrá, pues todo lo sabe, quién fue elprimero que se rascó en la cabeza, que yo para mí tengo que debió de sernuestro padre Adán?

— Sí sería —respondió el primo—, porque Adán no hay duda sino que tuvocabeza y cabellos; y, siendo esto así, y siendo el primer hombre del mundo,alguna vez se rascaría.

— Así lo creo yo —respondió Sancho—; pero dígame ahora: ¿quién fue el primervolteador del mundo?

— En verdad, hermano —respondió el primo—, que no me sabré determinar porahora, hasta que lo estudie. Yo lo estudiaré, en volviendo adonde tengo mislibros, y yo os satisfaré cuando otra vez nos veamos, que no ha de ser éstala postrera.

— Pues mire, señor —replicó Sancho—, no tome trabajo en esto, que ahora hecaído en la cuenta de lo que le he preguntado. Sepa que el primer volteadordel mundo fue Lucifer, cuando le echaron o arrojaron del cielo, que vinovolteando hasta los abismos.

— Tienes razón, amigo —dijo el primo.

Y dijo don Quijote:

— Esa pregunta y respuesta no es tuya, Sancho: a alguno las has oído decir.

— Calle, señor —replicó Sancho—, que a buena fe que si me doy a preguntar ya responder, que no acabe de aquí a mañana. Sí, que para preguntarnecedades y responder disparates no he menester yo andar buscando ayuda devecinos.

— Más has dicho, Sancho, de lo que sabes —dijo don Quijote—; que hay algunosque se cansan en saber y averiguar cosas que, después de sabidas yaveriguadas, no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria.

En estas y otras gustosas pláticas se les pasó aquel día, y a la noche sealbergaron en una pequeña aldea, adonde el primo dijo a don Quijote quedesde allí a la cueva de Montesinos no había más de dos leguas, y que sillevaba determinado de entrar en ella, era menester proverse de sogas, paraatarse y descolgarse en su profundidad.

Don Quijote dijo que, aunque llegase al abismo, había de ver dónde paraba;y así, compraron casi cien brazas de soga, y otro día, a las dos de latarde, llegaron a la cueva, cuya boca es espaciosa y ancha, pero llena decambroneras y cabrahígos, de zarzas y malezas, tan espesas y intricadas,que de todo en todo la ciegan y encubren. En viéndola, se apearon el primo,Sancho y don Quijote, al cual los dos le ataron luego fortísimamente conlas sogas; y, en tanto que le fajaban y ceñían, le dijo Sancho:

— Mire vuestra merced, señor mío, lo que hace: no se quiera sepultar envida, ni se ponga adonde parezca frasco que le ponen a enfriar en algúnpozo. Sí, que a vuestra merced no le toca ni atañe ser el escudriñadordesta que debe de ser peor que mazmorra.

— Ata y calla —respondió don Quijote—, que tal empresa como aquésta, Sanchoamigo, para mí estaba guardada.

Y entonces dijo la guía:

— Suplico a vuesa merced, señor don Quijote, que mire bien y especule concien ojos lo que hay allá dentro: quizá habrá cosas que las ponga yo en ellibro de mis Transformaciones.

— En manos está el pandero que le sabrá bien tañer —respondió Sancho Panza.

Dicho esto y acabada la ligadura de don Quijote —que no fue sobre el arnés,sino sobre el jubón de armar—, dijo don Quijote:

— Inadvertidos hemos andado en no habernos proveído de algún esquilónpequeño, que fuera atado junto a mí en esta mesma soga, con cuyo sonido seentendiera que todavía bajaba y estaba vivo; pero, pues ya no es posible, ala mano de Dios, que me guíe.

Y luego se hincó de rodillas y hizo una oración en voz baja al cielo,pidiendo a Dios le ayudase y le diese buen suceso en aquella, al parecer,peligrosa y nueva aventura, y en voz alta dijo luego:

— ¡Oh señora de mis acciones y movimientos, clarísima y sin par Dulcinea delToboso! Si es posible que lleguen a tus oídos las plegarias y rogacionesdeste tu venturoso amante, por tu inaudita belleza te ruego las escuches,que no son otras que rogarte no me niegues tu favor y amparo, ahora quetanto le he menester. Yo voy a despeñarme, a empozarme y a hundirme en elabismo que aquí se me representa, sólo porque conozca el mundo que si tú mefavoreces, no habrá imposible a quien yo no acometa y acabe.

Y, en diciendo esto, se acercó a la sima; vio no ser posible descolgarse,ni hacer lugar a la entrada, si no era a fuerza de brazos, o a cuchilladas,y así, poniendo mano a la espada, comenzó a derribar y a cortar de aquellasmalezas que a la boca de la cueva estaban, por cuyo ruido y estruendosalieron por ella una infinidad de grandísimos cuervos y grajos, tanespesos y con tanta priesa, que dieron con don Quijote en el suelo; y si élfuera tan agorero como católico cristiano, lo tuviera a mala señal yescusara de encerrarse en lugar semejante.

Finalmente se levantó, y, viendo que no salían más cuervos ni otras avesnoturnas, como fueron murciélagos, que asimismo entre los cuervos salieron,dándole soga el primo y Sancho, se dejó calar al fondo de la cavernaespantosa; y, al entrar, echándole Sancho su bendición y haciendo sobre élmil cruces, dijo:

— ¡Dios te guíe y la Peña de Francia, junto con la Trinidad de Gaeta, flor,nata y espuma de los caballeros andantes! ¡Allá vas, valentón del mundo,corazón de acero, brazos de bronce! ¡Dios te guíe, otra vez, y te vuelvalibre, sano y sin cautela a la luz desta vida, que dejas por enterrarte enesta escuridad que buscas!

Casi las mismas plegarias y deprecaciones hizo el primo.

Iba don Quijote dando voces que le diesen soga y más soga, y ellos se ladaban poco a poco; y cuando las voces, que acanaladas por la cueva salían,dejaron de oírse, ya ellos tenían descolgadas las cien brazas de soga, yfueron de parecer de volver a subir a don Quijote, pues no le podían darmás cuerda. Con todo eso, se detuvieron como media hora, al cabo del cualespacio volvieron a recoger la soga con mucha facilidad y sin peso alguno,señal que les hizo imaginar que don Quijote se quedaba dentro; y,creyéndolo así, Sancho lloraba amargamente y tiraba con mucha priesa pordesengañarse, pero, llegando, a su parecer, a poco más de las ochentabrazas, sintieron peso, de que en estremo se alegraron. Finalmente, a lasdiez vieron distintamente a don Quijote, a quien dio voces Sancho,diciéndole:

— Sea vuestra merced muy bien vuelto, señor mío, que ya pensábamos que sequedaba allá para casta.

Pero no respondía palabra don Quijote; y, sacándole del todo, vieron quetraía cerrados los ojos, con muestras de estar dormido. Tendiéronle en elsuelo y desliáronle, y con todo esto no despertaba; pero tanto le volvierony revolvieron, sacudieron y menearon, que al cabo de un buen espacio volvióen sí, desperezándose, bien como si de algún grave y profundo sueñodespertara; y, mirando a una y otra parte, como espantado, dijo:

— Dios os lo perdone, amigos; que me habéis quitado de la más sabrosa yagradable vida y vista que ningún humano ha visto ni pasado. En efecto,ahora acabo de conocer que todos los contentos desta vida pasan como sombray sueño, o se marchitan como la flor del campo. ¡Oh desdichado Montesinos!¡Oh mal ferido Durandarte! ¡Oh sin ventura Belerma! ¡Oh lloroso Guadiana, yvosotras sin dicha ijas de Ruidera, que mostráis en vuestras aguas las quelloraron vuestros hermosos ojos!

Escuchaban el primo y Sancho las palabras de don Quijote, que las decíacomo si con dolor inmenso las sacara de las entrañas. Suplicáronle lesdiese a entender lo que decía, y les dijese lo que en aquel infierno habíavisto.

— ¿Infierno le llamáis? —dijo don Quijote—; pues no le llaméis ansí, porqueno lo merece, como luego veréis.

Pidió que le diesen algo de comer, que traía grandísima hambre. Tendieronla arpillera del primo sobre la verde yerba, acudieron a la despensa de susalforjas, y, sentados todos tres en buen amor y compaña, merendaron ycenaron, todo junto. Levantada la arpillera, dijo don Quijote de la Mancha:

— No se levante nadie, y estadme, hijos, todos atentos.

Capítulo XXIII. De las admirables cosas que el estremado don Quijote contóque había visto en la profunda cueva de Montesinos, cuya imposibilidad ygrandeza hace que se tenga esta aventura por apócrifa

Las cuatro de la tarde serían cuando el sol, entre nubes cubierto, con luzescasa y templados rayos, dio lugar a don Quijote para que, sin calor ypesadumbre, contase a sus dos clarísimos oyentes lo que en la cueva deMontesinos había visto. Y comenzó en el modo siguiente:

— A obra de doce o catorce estados de la profundidad desta mazmorra, a laderecha mano, se hace una concavidad y espacio capaz de poder caber en ellaun gran carro con sus mulas. Éntrale una pequeña luz por unos resquicios oagujeros, que lejos le responden, abiertos en la superficie de la tierra.Esta concavidad y espacio vi yo a tiempo cuando ya iba cansado y mohíno deverme, pendiente y colgado de la soga, caminar por aquella escura regiónabajo, sin llevar cierto ni determinado camino; y así, determiné entrarmeen ella y descansar un poco. Di voces, pidiéndoos que no descolgásedes mássoga hasta que yo os lo dijese, pero no debistes de oírme. Fui recogiendola soga que enviábades, y, haciendo della una rosca o rimero, me sentésobre él, pensativo además, considerando lo que hacer debía para calar alfondo, no teniendo quién me sustentase; y, estando en este pensamiento yconfusión, de repente y sin procurarlo, me salteó un sueño profundísimo; y,cuando menos lo pensaba, sin saber cómo ni cómo no, desperté dél y me halléen la mitad del más bello, ameno y deleitoso prado que puede criar lanaturaleza ni imaginar la más discreta imaginación humana. Despabilé losojos, limpiémelos, y vi que no dormía, sino que realmente estaba despierto;con todo esto, me tenté la cabeza y los pechos, por certificarme si era yomismo el que allí estaba, o alguna fantasma vana y contrahecha; pero eltacto, el sentimiento, los discursos concertados que entre mí hacía, mecertificaron que yo era allí entonces el que soy aquí ahora. Ofreciósemeluego a la vista un real y suntuoso palacio o alcázar, cuyos muros yparedes parecían de transparente y claro cristal fabricados; del cualabriéndose dos grandes puertas, vi que por ellas salía y hacía mí se veníaun venerable anciano, vestido con un capuz de bayeta morada, que por elsuelo le arrastraba: ceñíale los hombros y los pechos una beca de colegial,de raso verde; cubríale la cabeza una gorra milanesa negra, y la barba,canísima, le pasaba de la cintura; no traía arma ninguna, sino un rosariode cuentas en la mano, mayores que medianas nueces, y los dieces asimismocomo huevos medianos de avestruz; el continente, el paso, la gravedad y laanchísima presencia, cada cosa de por sí y todas juntas, me suspendieron yadmiraron. Llegóse a mí, y lo primero que hizo fue abrazarme estrechamente,y luego decirme:

''Luengos tiempos ha, valeroso caballero don Quijote de laMancha, que los que estamos en estas soledades encantados esperamos verte,para que des noticia al mundo de lo que encierra y cubre la profunda cuevapor donde has entrado, llamada la cueva de Montesinos: hazaña sólo guardadapara ser acometida de tu invencible corazón y de tu ánimo stupendo. Venconmigo, señor clarísimo, que te quiero mostrar las maravillas que estetransparente alcázar solapa, de quien yo soy alcaide y guarda mayorperpetua, porque soy el mismo Montesinos, de quien la cueva toma nombre''.Apenas me dijo que era Montesinos, cuando le pregunté si fue verdad lo queen el mundo de acá arriba se contaba: que él había sacado de la mitad delpecho, con una pequeña daga, el corazón de su grande amigo Durandarte yllevádole a la Señora Belerma, como él se lo mandó al punto de su muerte.Respondióme que en todo decían verdad, sino en la daga, porque no fue daga,ni pequeña, sino un puñal buido, más agudo que una lezna.

— Debía de ser —dijo a este punto Sancho— el tal puñal de Ramón de Hoces, elsevillano.

— No sé —prosiguió don Quijote—, pero no sería dese puñalero, porque Ramónde Hoces fue ayer, y lo de Roncesvalles, donde aconteció esta desgracia, hamuchos años; y esta averiguación no es de importancia, ni turba ni alterala verdad y contesto de la historia.

— Así es —respondió el primo—; prosiga vuestra merced, señor don Quijote,que le escucho con el mayor gusto del mundo.

— No con menor lo cuento yo —respondió don Quijote—; y así, digo que elvenerable Montesinos me metió en el cristalino palacio, donde en una salabaja, fresquísima sobremodo y toda de alabastro, estaba un sepulcro demármol, con gran maestría fabricado, sobre el cual vi a un caballerotendido de largo a largo, no de bronce, ni de mármol, ni de jaspe hecho,como los suele haber en otros sepulcros, sino de pura carne y de puroshuesos. Tenía la mano derecha (que, a mi parecer, es algo peluda y nervosa,señal de tener muchas fuerzas su dueño) puesta sobre el lado del corazón,y, antes que preguntase nada a Montesinos, viéndome suspenso mirando al delsepulcro, me dijo: ''Éste es mi amigo Durandarte, flor y espejo de loscaballeros enamorados y valientes de su tiempo; tiénele aquí encantado,como me tiene a mí y a otros muchos y muchas, Merlín, aquel francésencantador que dicen que fue hijo del diablo; y lo que yo creo es que nofue hijo del diablo, sino que supo, como dicen, un punto más que el diablo.El cómo o para qué nos encantó nadie lo sabe, y ello dirá andando lostiempos, que no están muy lejos, según imagino.

Lo que a mí me admira esque sé, tan cierto como ahora es de día, que Durandarte acabó los de suvida en mis brazos, y que después de muerto le saqué el corazón con mispropias manos; y en verdad que debía de pesar dos libras, porque, según losnaturales, el que tiene mayor corazón es dotado de mayor valentía del quele tiene pequeño. Pues siendo esto así, y que realmente murió estecaballero, ¿cómo ahora se queja y sospira de cuando en cuando, como siestuviese vivo?''

Esto dicho, el mísero Durandarte, dando una gran voz,dijo:

''¡Oh,

mi

primo

Montesinos!

Lo

postrero

que

os

rogaba,

que

cuando

yo

fuere

muerto,

y

mi

ánima

arrancada,

que

llevéis

mi

corazón

adonde

Belerma

estaba,

sacándomele

del

pecho,

ya con puñal, ya con daga.''

Oyendo lo cual el venerable Montesinos, se puso de rodillas ante ellastimado caballero, y, con lágrimas en los ojos, le dijo: ' Ya, señorDurandarte, carísimo primo mío, ya hice lo que me mandastes en el aciagodía de nuestra pérdida: yo os saqué el corazón lo mejor que pude, sin queos dejase una mínima parte en el pecho; yo le limpié con un pañizuelo depuntas; yo partí con él de carrera para Francia, habiéndoos primero puestoen el seno de la tierra, con tantas lágrimas, que fueron bastantes alavarme las manos y limpiarme con ellas la sangre que tenían, de haberosandado en las entrañas; y, por más señas, primo de mi alma, en el primerolugar que topé, saliendo de Roncesvalles, eché un poco de sal en vuestrocorazón, porque no oliese mal, y fuese, si no fresco, a lo menos amojamado,a la presencia de la señora Belerma; la cual, con vos, y conmigo, y conGuadiana, vuestro escudero, y con la dueña Ruidera y sus siete hijas y dossobrinas, y con otros muchos de vuestros conocidos y amigos, nos tiene aquíencantados el sabio Merlín ha muchos años; y, aunque pasan de quinientos,no se ha muerto ninguno de nosotros: solamente faltan Ruidera y sus hijas ysobrinas, las cuales llorando, por compasión que debió de tener Merlíndellas, las convirtió en otras tantas lagunas, que ahora, en el mundo delos vivos y en la provincia de la Mancha, las llaman las lagunas deRuidera; las siete son de los reyes de España, y las dos sobrinas, de loscaballeros de una orden santísima, que llaman de San Juan.

Guadiana,vuestro escudero, plañendo asimesmo vuestra desgracia, fue convertido en unrío llamado de su mesmo nombre; el cual, cuando llegó a la superficie de latierra y vio el sol del otro cielo, fue tanto el pesar que sintió de verque os dejaba, que se sumergió en las entrañas de la tierra; pero, como noes posible dejar de acudir a su natural corriente, de cuando en cuando saley se muestra donde el sol y las gentes le vean. Vanle administrando de susaguas las referidas lagunas, con las cuales y con otras muchas que sellegan, entra pomposo y grande en Portugal.

Pero, con todo esto, pordondequiera que va muestra su tristeza y melancolía, y no se precia decriar en sus aguas peces regalados y de estima, sino burdos y desabridos,bien diferentes de los del Tajo dorado; y esto que agora os digo, ¡oh primomío!, os lo he dicho muchas veces; y, como no me respondéis, imagino que nome dais crédito, o no me oís, de lo que yo recibo tanta pena cual Dios losabe. Unas nuevas os quiero dar ahora, las cuales, ya que no sirvan dealivio a vuestro dolor, no os le aumentarán en ninguna manera. Sabed quetenéis aquí en vuestra presencia, y abrid los ojos y veréislo, aquel grancaballero de quien tantas cosas tiene profetizadas el sabio Merlín, aqueldon Quijote de la Mancha, digo, que de nuevo y con mayores ventajas que enlos pasados siglos ha resucitado en los presentes la ya olvidada andantecaballería, por cuyo medio y favor podría ser que nosotros fuésemosdesencantados; que las grandes hazañas para los grandes hombres estánguardadas''. ''Y cuando así no sea —respondió el lastimado Durandarte convoz desmayada y baja—, cuando así no sea, ¡oh primo!, digo, paciencia ybarajar''. Y, volviéndose de lado, tornó a su acostumbrado silencio, sinhablar más palabra. Oyéronse en esto grandes alaridos y llantos,acompañados de profundos gemidos y angustiados sollozos; volví la cabeza, yvi por las paredes de cristal que por otra sala pasaba una procesión de doshileras de hermosísimas doncellas, todas vestidas de luto, con turbantesblancos sobre las cabezas, al modo turquesco. Al cabo y fin de las hilerasvenía una señora, que en la gravedad lo parecía, asimismo vestida de negro,con tocas blancas tan tendidas y largas, que besaban la tierra. Su turbanteera mayor dos veces que el mayor de alguna de las otras; era cejijunta y lanariz algo chata; la boca grande, pero colorados los labios; los dientes,que tal vez los descubría, mostraban ser ralos y no bien puestos, aunqueeran blancos como unas peladas almendras; traía en las manos un lienzodelgado, y entre él, a lo que pude divisar, un corazón de carne momia,según venía seco y amojamado. Díjome Montesinos como toda aquella gente dela procesión eran sirvientes de Durandarte y de Belerma, que allí con susdos señores estaban encantados, y que la última, que traía el corazón entreel lienzo y en las manos, era la señora Belerma, la cual con sus doncellascuatro días en la semana hacían aquella procesión y cantaban, o, por mejordecir, lloraban endechas sobre el cuerpo y sobre el lastimado corazón de suprimo; y que si me había parecido algo fea, o no tan hermosa como tenía lafama, era la causa las malas noches y peores días que en aquel encantamentopasaba, como lo podía ver en sus grandes ojeras y en su color quebradiza.''Y no toma ocasión su amarillez y sus ojeras de estar con el mal mensil,ordinario en las mujeres, porque ha muchos meses, y aun años, que no letiene ni asoma por sus puertas, sino del dolor que siente su corazón por elque de contino tiene en las manos, que le renueva y trae a la memoria ladesgracia de su mal logrado amante; que si esto no fuera, apenas laigualara en hermosura, donaire y brío la gran Dulcinea del Toboso, tancelebrada en todos estos contornos, y aun en todo el mundo''. ''¡Ceposquedos! —dije yo entonces—, señor don Montesinos: cuente vuesa merced suhistoria como debe, que ya sabe que toda comparación es odiosa, y así, nohay para qué comparar a nadie con nadie. La sin par Dulcinea del Toboso esquien es, y la señora doña Belerma es quien es, y quien ha sido, y quédeseaquí''. A lo que él me respondió: ''Señor don Quijote, perdóneme vuesamerced, que yo confieso que anduve mal, y no dije bien en decir que apenasigualara la señora Dulcinea a la señora Belerma, pues me bastaba a mí haberentendido, por no sé qué barruntos, que vuesa merced es su caballero, paraque me mordiera la lengua antes de compararla sino con el mismo cielo''.Con esta satisfación que me dio el gran Montesinos se quietó mi corazón delsobresalto que recebí en oír que a mi señora la comparaban con Belerma.

— Y aun me maravillo yo —dijo Sancho— de cómo vuestra merced no se subiósobre el vejote, y le molió a coces todos los huesos, y le peló las barbas,sin dejarle pelo en ellas.

— No, Sancho amigo —respondió don Quijote—, no me estaba a mí bien hacereso, porque estamos todos obligados a tener respeto a los ancianos, aunqueno sean caballeros, y principalmente a los que lo son y están encantados;yo sé bien que no nos quedamos a deber nada en otras muchas demandas yrespuestas que entre los dos pasamos.

A esta sazón dijo el primo:

— Yo no sé, señor don Quijote, cómo vuestra merced en tan poco espacio detiempo como ha que está allá bajo, haya visto tantas cosas y hablado yrespondido tanto.

— ¿Cuánto ha que bajé? —preguntó don Quijote.

— Poco más de una hora —respondió Sancho.

— Eso no puede ser —replicó don Quijote—, porque allá me anocheció yamaneció, y tornó a anochecer y amanecer tres veces; de modo que, a micuenta, tres días he estado en aquellas partes remotas y escondidas a lavista nuestra.