Don Quijote by Miguel de Cervantes Saavedra - HTML preview

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que

por

jamás

un

punto

dél

desdiga.

Si

gustáis

que

callando

mi

fatiga

muera,

contadme

ya

por

acabado:

si

queréis

que

os

la

cuente

en

desusado

modo,

haré

que

el

mesmo

amor

la

diga.

A

prueba

de

contrarios

estoy

hecho,

de

blanda

cera

y

de

diamante

duro,

y

a

las

leyes

de

amor

el

ama

ajusto.

Blando

cual

es,

o

fuerte,

ofrezco

el

pecho:

entallad

o

imprimid

lo

que

os

gusto,

que de guardarlo eternamente juro.

Con un ¡ay!, arrancado, al parecer, de lo íntimo de su corazón, dio fin asu canto el Caballero del Bosque, y, de allí a un poco, con voz doliente ylastimada, dijo:

— ¡Oh la más hermosa y la más ingrata mujer del orbe! ¿Cómo que seráposible, serenísima Casildea de Vandalia, que has de consentir que seconsuma y acabe en continuas peregrinaciones y en ásperos y duros trabajoseste tu cautivo caballero? ¿No basta ya que he hecho que te confiesen porla más hermosa del mundo todos los caballeros de Navarra, todos losleoneses, todos los tartesios, todos los castellanos, y, finalmente, todoslos caballeros de la Mancha?

— Eso no —dijo a esta sazón don Quijote—, que yo soy de la Mancha y nuncatal he confesado, ni podía ni debía confesar una cosa tan perjudicial a labelleza de mi señora; y este tal caballero ya vees tú, Sancho, quedesvaría. Pero, escuchemos: quizá se declarará más.

— Si hará —replicó Sancho—, que término lleva de quejarse un mes arreo.

Pero no fue así, porque, habiendo entreoído el Caballero del Bosque quehablaban cerca dél, sin pasar adelante en su lamentación, se puso en pie, ydijo con voz sonora y comedida:

— ¿Quién va allá? ¿Qué gente? ¿Es por ventura de la del número de loscontentos, o la del de los afligidos?

— De los afligidos —respondió don Quijote.

— Pues lléguese a mí —respondió el del Bosque—, y hará cuenta que se llegaa la mesma tristeza y a la aflición mesma.

Don Quijote, que se vio responder tan tierna y comedidamente, se llegó aél, y Sancho ni más ni menos.

El caballero lamentador asió a don Quijote del brazo, diciendo:

— Sentaos aquí, señor caballero, que para entender que lo sois, y de los queprofesan la andante caballería, bástame el haberos hallado en este lugar,donde la soledad y el sereno os hacen compañía, naturales lechos y propiasestancias de los caballeros andantes.

A lo que respondió don Quijote:

— Caballero soy, y de la profesión que decís; y, aunque en mi alma tienen supropio asiento las tristezas, las desgracias y las desventuras, no por esose ha ahuyentado della la compasión que tengo de las ajenas desdichas. Delo que contaste poco ha, colegí que las vuestras son enamoradas, quierodecir, del amor que tenéis a aquella hermosa ingrata que en vuestraslamentaciones nombrastes.

Ya cuando esto pasaban estaban sentados juntos sobre la dura tierra, enbuena paz y compañía, como si al romper del día no se hubieran de romperlas cabezas.

— Por ventura, señor caballero —preguntó el del Bosque a don Quijote—, ¿soisenamorado?

— Por desventura lo soy —respondió don Quijote—; aunque los daños que nacende los bien colocados pensamientos, antes se deben tener por gracias quepor desdichas.

— Así es la verdad —replicó el del Bosque—, si no nos turbasen la razón y elentendimiento los desdenes, que, siendo muchos, parecen venganzas.

— Nunca fui desdeñado de mi señora —respondió don Quijote.

— No, por cierto —dijo Sancho, que allí junto estaba—, porque es mi señoracomo una borrega mansa: es más blanda que una manteca.

— ¿Es vuestro escudero éste? —preguntó el del Bosque.

— Sí es —respondió don Quijote.

— Nunca he visto yo escudero —replicó el del Bosque— que se atreva a hablardonde habla su señor; a lo menos, ahí está ese mío, que es tan grande comosu padre, y no se probará que haya desplegado el labio donde yo hablo.

— Pues a fe —dijo Sancho—, que he hablado yo, y puedo hablar delante de otrotan..., y aun quédese aquí, que es peor meneallo.

El escudero del Bosque asió por el brazo a Sancho, diciéndole:

— Vámonos los dos donde podamos hablar escuderilmente todo cuantoquisiéremos, y dejemos a estos señores amos nuestros que se den de lasastas, contándose las historias de sus amores; que a buen seguro que les hade coger el día en ellas y no las han de haber acabado.

— Sea en buena hora —dijo Sancho—; y yo le diré a vuestra merced quién soy,para que vea si puedo entrar en docena con los más hablantes escuderos.

Con esto se apartaron los dos escuderos, entre los cuales pasó un tangracioso coloquio como fue grave el que pasó entre sus señores.

Capítulo XIII. Donde se prosigue la aventura del Caballero del Bosque, conel discreto, nuevo y suave coloquio que pasó entre los dos escuderos Divididos estaban caballeros y escuderos: éstos contándose sus vidas, yaquéllos sus amores; pero la historia cuenta primero el razonamiento de losmozos y luego prosigue el de los amos; y así, dice que, apartándose un pocodellos, el del Bosque dijo a Sancho:

— Trabajosa vida es la que pasamos y vivimos, señor mío, estos que somosescuderos de caballeros andantes: en verdad que comemos el pan en el sudorde nuestros rostros, que es una de las maldiciones que echó Dios a nuestrosprimeros padres.

— También se puede decir —añadió Sancho— que lo comemos en el yelo denuestros cuerpos; porque, ¿quién más calor y más frío que los miserablesescuderos de la andante caballería? Y aun menos mal si comiéramos, pues losduelos, con pan son menos; pero tal vez hay que se nos pasa un día y dossin desayunarnos, si no es del viento que sopla.

— Todo eso se puede llevar y conllevar —dijo el del Bosque—, con laesperanza que tenemos del premio; porque si demasiadamente no esdesgraciado el caballero andante a quien un escudero sirve, por lo menos, apocos lances se verá premiado con un hermoso gobierno de cualque ínsula, ocon un condado de buen parecer.

Yo —replicó Sancho— ya he dicho a mi amo que me contento con el gobierno dealguna ínsula; y él es tan noble y tan liberal, que me le ha prometidomuchas y diversas veces.

Yo —dijo el del Bosque—, con un canonicato quedaré satisfecho de misservicios, y ya me le tiene mandado mi amo, y ¡qué tal!

— Debe de ser —dijo Sancho— su amo de vuesa merced caballero a loeclesiástico, y podrá hacer esas mercedes a sus buenos escuderos; pero elmío es meramente lego, aunque yo me acuerdo cuando le querían aconsejarpersonas discretas, aunque, a mi parecer mal intencionadas, que procuraseser arzobispo; pero él no quiso sino ser emperador, y yo estaba entoncestemblando si le venía en voluntad de ser de la Iglesia, por no hallarmesuficiente de tener beneficios por ella; porque le hago saber a vuesamerced que, aunque parezco hombre, soy una bestia para ser de la Iglesia.

— Pues en verdad que lo yerra vuesa merced —dijo el del Bosque—, a causa quelos gobiernos insulanos no son todos de buena data. Algunos hay torcidos,algunos pobres, algunos malencónicos, y finalmente, el más erguido y biendispuesto trae consigo una pesada carga de pensamientos y de incomodidades,que pone sobre sus hombros el desdichado que le cupo en suerte. Harto mejorsería que los que profesamos esta maldita servidumbre nos retirásemos anuestras casas, y allí nos entretuviésemos en ejercicios más suaves, comosi dijésemos, cazando o pescando; que, ¿qué escudero hay tan pobre en elmundo, a quien le falte un rocín, y un par de galgos, y una caña de pescar,con que entretenerse en su aldea?

— A mí no me falta nada deso —respondió Sancho—: verdad es que no tengorocín, pero tengo un asno que vale dos veces más que el caballo de mi amo.Mala pascua me dé Dios, y sea la primera que viniere, si le trocara por él,aunque me diesen cuatro fanegas de cebada encima. A burla tendrá vuesamerced el valor de mi rucio, que rucio es el color de mi jumento. Puesgalgos no me habían de faltar, habiéndolos sobrados en mi pueblo; y más,que entonces es la caza más gustosa cuando se hace a costa ajena.

— Real y verdaderamente —respondió el del Bosque—, señor escudero, que tengopropuesto y determinado de dejar estas borracherías destos caballeros, yretirarme a mi aldea, y criar mis hijitos, que tengo tres como tresorientales perlas.

— Dos tengo yo —dijo Sancho—, que se pueden presentar al Papa en persona,especialmente una muchacha a quien crío para condesa, si Dios fuereservido, aunque a pesar de su madre.

— Y ¿qué edad tiene esa señora que se cría para condesa? —preguntó el delBosque.

— Quince años, dos más a menos —respondió Sancho—, pero es tan grande comouna lanza, y tan fresca como una mañana de abril, y tiene una fuerza de unganapán.

— Partes son ésas —respondió el del Bosque— no sólo para ser condesa, sinopara ser ninfa del verde bosque. ¡Oh hideputa, puta, y qué rejo debe detener la bellaca!

A lo que respondió Sancho, algo mohíno:

— Ni ella es puta, ni lo fue su madre, ni lo será ninguna de las dos, Diosquiriendo, mientras yo viviere. Y háblese más comedidamente, que, parahaberse criado vuesa merced entre caballeros andantes, que son la mesmacortesía, no me parecen muy concertadas esas palabras.

— ¡Oh, qué mal se le entiende a vuesa merced —replicó el del Bosque— deachaque de alabanzas, señor escudero! ¿Cómo y no sabe que cuando algúncaballero da una buena lanzada al toro en la plaza, o cuando alguna personahace alguna cosa bien hecha, suele decir el vulgo: "¡Oh hideputa, puto, yqué bien que lo ha hecho!?" Y aquello que parece vituperio, en aqueltérmino, es alabanza notable; y renegad vos, señor, de los hijos o hijasque no hacen obras que merezcan se les den a sus padres loores semejantes.

— Sí reniego —respondió Sancho—, y dese modo y por esa misma razón podíaechar vuestra merced a mí y hijos y a mi mujer toda una putería encima,porque todo cuanto hacen y dicen son estremos dignos de semejantesalabanzas, y para volverlos a ver ruego yo a Dios me saque de pecadomortal, que lo mesmo será si me saca deste peligroso oficio de escudero, enel cual he incurrido segunda vez, cebado y engañado de una bolsa con cienducados que me hallé un día en el corazón de Sierra Morena, y el diablo mepone ante los ojos aquí, allí, acá no, sino acullá, un talego lleno dedoblones, que me parece que a cada paso le toco con la mano, y me abrazocon él, y lo llevo a mi casa, y echo censos, y fundo rentas, y vivo como unpríncipe; y el rato que en esto pienso se me hacen fáciles y llevaderoscuantos trabajos padezco con este mentecato de mi amo, de quien sé quetiene más de loco que de caballero.

— Por eso —respondió el del Bosque— dicen que la codicia rompe el saco; y siva a tratar dellos, no hay otro mayor en el mundo que mi amo, porque es deaquellos que dicen: "Cuidados ajenos matan al asno"; pues, porque cobreotro caballero el juicio que ha perdido, se hace el loco, y anda buscandolo que no sé si después de hallado le ha de salir a los hocicos.

— Y ¿es enamorado, por dicha?

— Sí —dijo el del Bosque—: de una tal Casildea de Vandalia, la más cruda yla más asada señora que en todo el orbe puede hallarse; pero no cojea delpie de la crudeza, que otros mayores embustes le gruñen en las entrañas, yello dirá antes de muchas horas.

— No hay camino tan llano —replicó Sancho— que no tenga algún tropezón obarranco; en otras casas cuecen habas, y en la mía, a calderadas; másacompañados y paniaguados debe de tener la locura que la discreción. Mas sies verdad lo que comúnmente se dice, que el tener compañeros en lostrabajos suele servir de alivio en ellos, con vuestra merced podréconsolarme, pues sirve a otro amo tan tonto como el mío.

— Tonto, pero valiente —respondió el del Bosque—, y más bellaco que tonto yque valiente.

— Eso no es el mío —respondió Sancho—: digo, que no tiene nada de bellaco;antes tiene una alma como un cántaro: no sabe hacer mal a nadie, sino biena todos, ni tiene malicia alguna: un niño le hará entender que es de nocheen la mitad del día; y por esta sencillez le quiero como a las telas de micorazón, y no me amaño a dejarle, por más disparates que haga.

— Con todo eso, hermano y señor —dijo el del Bosque—, si el ciego guía alciego, ambos van a peligro de caer en el hoyo. Mejor es retirarnos con buencompás de pies, y volvernos a nuestras querencias; que los que buscanaventuras no siempre las hallan buenas.

Escupía Sancho a menudo, al parecer, un cierto género de saliva pegajosa yalgo seca; lo cual visto y notado por el caritativo bosqueril escudero,dijo:

— Paréceme que de lo que hemos hablado se nos pegan al paladar las lenguas;pero yo traigo un despegador pendiente del arzón de mi caballo, que es talcomo bueno.

Y, levantándose, volvió desde allí a un poco con una gran bota de vino yuna empanada de media vara; y no es encarecimiento, porque era de un conejoalbar, tan grande que Sancho, al tocarla, entendió ser de algún cabrón, noque de cabrito; lo cual visto por Sancho, dijo:

— Y ¿esto trae vuestra merced consigo, señor?

— Pues, ¿qué se pensaba? —respondió el otro—. ¿Soy yo por ventura algúnescudero de agua y lana? Mejor repuesto traigo yo en las ancas de micaballo que lleva consigo cuando va de camino un general.

Comió Sancho sin hacerse de rogar, y tragaba a escuras bocados de nudos desuelta. Y dijo:

— Vuestra merced sí que es escudero fiel y legal, moliente y corriente,magnífico y grande, como lo muestra este banquete, que si no ha venido aquípor arte de encantamento, parécelo, a lo menos; y no como yo, mezquino ymalaventurado, que sólo traigo en mis alforjas un poco de queso, tan duroque pueden descalabrar con ello a un gigante, a quien hacen compañía cuatrodocenas de algarrobas y otras tantas de avellanas y nueces, mercedes a laestrecheza de mi dueño, y a la opinión que tiene y orden que guarda de quelos caballeros andantes no se han de mantener y sustentar sino con frutassecas y con las yerbas del campo.

— Por mi fe, hermano —replicó el del Bosque—, que yo no tengo hecho elestómago a tagarninas, ni a piruétanos, ni a raíces de los montes. Allá selo hayan con sus opiniones y leyes caballerescas nuestros amos, y coman loque ellos mandaren. Fiambreras traigo, y esta bota colgando del arzón de lasilla, por sí o por no; y es tan devota mía y quiérola tanto, que pocosratos se pasan sin que la dé mil besos y mil abrazos.

Y, diciendo esto, se la puso en las manos a Sancho, el cual, empinándola,puesta a la boca, estuvo mirando las estrellas un cuarto de hora, y, enacabando de beber, dejó caer la cabeza a un lado, y, dando un gran suspiro,dijo:

— ¡Oh hideputa bellaco, y cómo es católico!

— ¿Veis ahí —dijo el del Bosque, en oyendo el hideputa de Sancho—, cómohabéis alabado este vino llamándole hideputa?

— Digo —respondió Sancho—, que confieso que conozco que no es deshonrallamar hijo de puta a nadie, cuando cae debajo del entendimiento dealabarle. Pero dígame, señor, por el siglo de lo que más quiere: ¿este vinoes de Ciudad Real?

— ¡Bravo mojón! —respondió el del Bosque—. En verdad que no es de otraparte, y que tiene algunos años de ancianidad.

— ¡A mí con eso! —dijo Sancho—. No toméis menos, sino que se me fuera a mípor alto dar alcance a su conocimiento. ¿No será bueno, señor escudero, quetenga yo un instinto tan grande y tan natural, en esto de conocer vinos,que, en dándome a oler cualquiera, acierto la patria, el linaje, el sabor,y la dura, y las vueltas que ha de dar, con todas las circunstancias alvino atañederas? Pero no hay de qué maravillarse, si tuve en mi linaje porparte de mi padre los dos más excelentes mojones que en luengos añosconoció la Mancha; para prueba de lo cual les sucedió lo que ahora diré:«Diéronles a los dos a probar del vino de una cuba, pidiéndoles su parecerdel estado, cualidad, bondad o malicia del vino. El uno lo probó con lapunta de la lengua, el otro no hizo más de llegarlo a las narices. Elprimero dijo que aquel vino sabía a hierro, el segundo dijo que más sabía acordobán. El dueño dijo que la cuba estaba limpia, y que el tal vino notenía adobo alguno por donde hubiese tomado sabor de hierro ni de cordobán.Con todo eso, los dos famosos mojones se afirmaron en lo que habían dicho.Anduvo el tiempo, vendióse el vino, y al limpiar de la cuba hallaron enella una llave pequeña, pendiente de una correa de cordobán.» Porque veavuestra merced si quien viene desta ralea podrá dar su parecer ensemejantes causas.

— Por eso digo —dijo el del Bosque— que nos dejemos de andar buscandoaventuras; y, pues tenemos hogazas, no busquemos tortas, y volvámonos anuestras chozas, que allí nos hallará Dios, si Él quiere.

— Hasta que mi amo llegue a Zaragoza, le serviré; que después todos nosentenderemos.

Finalmente, tanto hablaron y tanto bebieron los dos buenos escuderos, quetuvo necesidad el sueño de atarles las lenguas y templarles la sed, quequitársela fuera imposible; y así, asidos entrambos de la ya casi vacíabota, con los bocados a medio mascar en la boca, se quedaron dormidos,donde los dejaremos por ahora, por contar lo que el Caballero del Bosquepasó con el de la Triste Figura.

Capítulo XIV. Donde se prosigue la aventura del Caballero del Bosque Entre muchas razones que pasaron don Quijote y el Caballero de la Selva,dice la historia que el del Bosque dijo a don Quijote:

— Finalmente, señor caballero, quiero que sepáis que mi destino, o, pormejor decir, mi elección, me trujo a enamorar de la sin par Casildea deVandalia. Llámola sin par porque no le tiene, así en la grandeza del cuerpocomo en el estremo del estado y de la hermosura. Esta tal Casildea, pues,que voy contando, pagó mis buenos pensamientos y comedidos deseos conhacerme ocupar, como su madrina a Hércules, en muchos y diversos peligros,prometiéndome al fin de cada uno que en el fin del otro llegaría el de miesperanza; pero así se han ido eslabonando mis trabajos, que no tienencuento, ni yo sé cuál ha de ser el último que dé principio al cumplimientode mis buenos deseos. Una vez me mandó que fuese a desafiar a aquellafamosa giganta de Sevilla llamada la Giralda, que es tan valiente y fuertecomo hecha de bronce, y, sin mudarse de un lugar, es la más movible yvoltaria mujer del mundo. Llegué, vila, y vencíla, y hícela estar queda y araya, porque en más de una semana no soplaron sino vientos nortes. Veztambién hubo que me mandó fuese a tomar en peso las antiguas piedras de losvalientes Toros de Guisando, empresa más para encomendarse a ganapanes quea caballeros. Otra vez me mandó que me precipitase y sumiese en la sima deCabra, peligro inaudito y temeroso, y que le trujese particular relación delo que en aquella escura profundidad se encierra. Detuve el movimiento a laGiralda, pesé los Toros de Guisando, despeñéme en la sima y saqué a luz loescondido de su abismo, y mis esperanzas, muertas que muertas, y susmandamientos y desdenes, vivos que vivos. En resolución, últimamente me hamandado que discurra por todas las provincias de España y haga confesar atodos los andantes caballeros que por ellas vagaren que ella sola es la másaventajada en hermosura de cuantas hoy viven, y que yo soy el más valientey el más bien enamorado caballero del orbe; en cuya demanda he andado ya lamayor parte de España, y en ella he vencido muchos caballeros que se hanatrevido a contradecirme. Pero de lo que yo más me precio y ufano es dehaber vencido, en singular batalla, a aquel tan famoso caballero donQuijote de la Mancha, y héchole confesar que es más hermosa mi Casildea quesu Dulcinea; y en solo este vencimiento hago cuenta que he vencido todoslos caballeros del mundo, porque el tal don Quijote que digo los ha vencidoa todos; y, habiéndole yo vencido a él, su gloria, su fama y su honra se hatransferido y pasado a mi persona;

y tanto el vencedor es más honrado,

cuanto más el vencido es reputado;

así que, ya corren por mi cuenta y son mías las inumerables hazañas del yareferido don Quijote.

Admirado quedó don Quijote de oír al Caballero del Bosque, y estuvo milveces por decirle que mentía, y ya tuvo el mentís en el pico de la lengua;pero reportóse lo mejor que pudo, por hacerle confesar por su propia bocasu mentira; y así, sosegadamente le dijo:

— De que vuesa merced, señor caballero, haya vencido a los más caballerosandantes de España, y aun de todo el mundo, no digo nada; pero de que hayavencido a don Quijote de la Mancha, póngolo en duda. Podría ser que fueseotro que le pareciese, aunque hay pocos que le parezcan.

— ¿Cómo no? —replicó el del Bosque—. Por el cielo que nos cubre, que peleécon don Quijote, y le vencí y rendí; y es un hombre alto de cuerpo, seco derostro, estirado y avellanado de miembros, entrecano, la nariz aguileña yalgo corva, de bigotes grandes, negros y caídos. Campea debajo del nombredel Caballero de la Triste Figura, y trae por escudero a un labradorllamado Sancho Panza; oprime el lomo y rige el freno de un famoso caballollamado Rocinante, y, finalmente, tiene por señora de su voluntad a una talDulcinea del Toboso, llamada un tiempo Aldonza Lorenzo; como la mía, que,por llamarse Casilda y ser de la Andalucía, yo la llamo Casildea deVandalia. Si todas estas señas no bastan para acreditar mi verdad, aquíestá mi espada, que la hará dar crédito a la mesma incredulidad.

— Sosegaos, señor caballero —dijo don Quijote—, y escuchad lo que decir osquiero. Habéis de saber que ese don Quijote que decís es el mayor amigo queen este mundo tengo, y tanto, que podré decir que le tengo en lugar de mimisma persona, y que por las señas que dél me habéis dado, tan puntuales yciertas, no puedo pensar sino que sea el mismo que habéis vencido. Por otraparte, veo con los ojos y toco con las manos no ser posible ser el mesmo,si ya no fuese que como él tiene muchos enemigos encantadores,especialmente uno que de ordinario le persigue, no haya alguno dellostomado su figura para dejarse vencer, por defraudarle de la fama que susaltas caballerías le tienen granjeada y adquirida por todo lo descubiertode la tierra. Y, para confirmación desto, quiero también que sepáis que lostales encantadores sus contrarios no ha más de dos días que transformaronla figura y persona de la hermosa Dulcinea del Toboso en una aldeana soez ybaja, y desta manera habrán transformado a don Quijote; y si todo esto nobasta para enteraros en esta verdad que digo, aquí está el mesmo donQuijote, que la sustentará con sus armas a pie, o a caballo, o decualquiera suerte que os agradare.

Y, diciendo esto, se levantó en pie y se empuñó en la espada, esperando quéresolución tomaría el Caballero del Bosque; el cual, con voz asimismososegada, respondió y dijo:

— Al buen pagador no le duelen prendas: el que una vez, señor don Quijote,pudo venceros transformado, bien podrá tener esperanza de rendiros envuestro propio ser. Mas, porque no es bien que los caballeros hagan susfechos de armas ascuras, como los salteadores y rufianes, esperemos el día,para que el sol vea nuestras obras. Y ha de ser condición de nuestrabatalla que el vencido ha de quedar a la voluntad del vencedor, para quehaga dél todo lo que quisiere, con tal que sea decente a caballero lo quese le ordenare.

— Soy más que contento desa condición y convenencia —respondió don Quijote.

Y, en diciendo esto, se fueron donde estaban sus escuderos, y los hallaronroncando y en la misma forma que estaban cuando les salteó el sueño.Despertáronlos y mandáronles que tuviesen a punto los caballos, porque, ensaliendo el sol, habían de hacer los dos una sangrienta, singular ydesigual batalla; a cuyas nuevas quedó Sancho atónito y pasmado, temerosode la salud de su amo, por las valentías que había oído decir del suyo alescudero del Bosque; pero, sin hablar palabra, se fueron los dos escuderosa buscar su ganado, que ya todos tres caballos y el rucio se habían olido,y estaban todos juntos.

En el camino dijo el del Bosque a Sancho:

— Ha de saber, hermano, que tienen por costumbre los peleantes de laAndalucía, cuando son padrinos de alguna pendencia, no estarse ociosos manosobre mano en tanto que sus ahijados riñen. Dígolo porque esté advertidoque mientras nuestros dueños riñeren, nosotros también hemos de pelear yhacernos astillas.

— Esa costumbre, señor escudero —respondió Sancho—, allá puede correr ypasar con los rufianes y peleantes que dice, pero con los escuderos de loscaballeros andantes, ni por pienso. A lo menos, yo no he oído decir a miamo semejante costumbre, y sabe de memoria todas las ordenanzas de laandante caballería. Cuanto más, que yo quiero que sea verdad y ordenanzaexpresa el pelear los escuderos en tanto que sus señores pelean; pero yo noquiero cumplirla, sino pagar la pena que estuviere puesta a los talespacíficos escuderos, que yo aseguro que no pase de dos libras de cera, ymás quiero pagar las tales libras, que sé que me costarán menos que lashilas que podré gastar en curarme la cabeza, que ya me la cuento porpartida y dividida en dos partes. Hay más: que me imposibilita el reñir elno tener espada, pues en mi vida me la puse.

— Para eso sé yo un buen remedio —dijo el del Bosque—: yo traigo aquí dostalegas de lienzo, de un mesmo tamaño: tomaréis vos la una, y yo la otra, yriñiremos a talegazos, con armas iguales.

— Desa manera, sea en buena hora —respondió Sancho—, porque antes servirá latal pelea de despolvorearnos que de herirnos.

— No ha de ser así —replicó el otro—, porque se han de echar dentro de lastalegas, porque no se las lleve el aire, media docena de guijarros lindos ypelados, que pesen tanto los unos como los otros, y desta manera nospodremos atalegar sin hacernos mal ni daño.

— ¡Mirad, cuerpo de mi padre —respondió Sancho—, qué martas cebollinas, oqué copos de algodón cardado pone en las talegas, para no quedar molidoslos cascos y hechos alheña los huesos! Pero, aunque se llenaran de capullosde seda, sepa, señor mío, que no he de pelear: peleen nuestros amos, y alláse lo hayan, y bebamos y vivamos nosotros, que el tiempo tiene cuidado dequitarnos las vidas, sin que andemos buscando apetites para que se acabenantes de llegar su sazón y término y que se cayan de maduras.

— Con todo —replicó el del Bosque—, hemos de pelear siquiera media hora.

— Eso no —respondió Sancho—: no seré yo tan descortés ni tan desagradecido,que con quien he comido y he bebido trabe cuestión alguna, por mínima quesea; cuanto más que, estando sin cólera y sin enojo, ¿quién diablos se hade amañar a reñir a secas?

— Para eso —dijo el del Bosque— yo daré un suficiente remedio: y es que,antes que comencemos la pelea, yo me llegaré bonitamente a vuestra mercedy le daré tres o cuatro bofetadas, que dé con él a mis pies, con las cualesle haré despertar la cólera, aunque esté con más sueño que un lirón.

— Contra ese corte sé yo otro —respondió Sancho—, que no le va en zaga:cogeré yo un garrote, y, antes que vuestra merced llegue a despertarme lacólera, haré yo dormir a garrotazos de tal suerte la suya, que no despiertesi no fuere en el otro mundo, en el cual se sabe que no soy yo hombre queme dejo manosear el rostro de nadie; y cada uno mire por el virote, aunquelo más acertado sería dejar dormir su cólera a cada uno, que no sabe nadieel alma de nadie, y tal suele venir por lana que vuelve tresquilado; y Diosbendijo la paz y maldijo las riñas, porque si un gato acosado, encerrado yapretado se vuelve en león, yo, que soy hombre, Dios sabe en lo que podrévolverme; y así, desde ahora intimo a vuestra merced, señor escudero, quecorra por su cuenta todo el mal y daño que de nuestra pendencia resultare.

— Está bien —replicó el del Bosque—. Amanecerá Dios y medraremos.

En esto, ya comenzaban a gorjear en los árboles mil suertes de pintadospajarillos, y en sus diversos y alegres cantos parecía que daban lanorabuena y saludaban a la fresca aurora, que ya por las puertas y balconesdel oriente iba descubriendo la hermosura de su rostro, sacudiendo de suscabellos un número infinito de líquidas perlas, en cuyo suave licorbañándose las yerbas, parecía asimesmo que ellas brotaban y llovíanblanco y menudo aljófar; los sauces destilaban maná sabroso, reíanse lasfuentes, murmuraban los arroyos, alegrábanse las selvas y enriquecíanse losprados con su venida. Mas, apenas dio lugar la claridad del día para ver ydiferenciar las cosas, cuando la primera que se ofreció a los ojos deSancho Panza fue la nariz del escudero del Bosque, que era tan grande quecasi le hacía sombra a todo el cuerpo. Cuéntase, en efecto, que era dedemasiada grandeza, corva en la mitad y toda llena de verrugas, de coloramoratado, como de berenjena; bajábale dos dedos más abajo de la boca; cuyagrandeza, color, verrugas y encorvamiento así le afeaban el rostro, que, enviéndole Sancho, comenzó a herir de pie y de mano, como niño con alferecía,y propuso en su corazón de dejarse dar docientas bofetadas antes quedespertar la cólera para reñir con aquel vestiglo.

Don Quijote miró a su contendor, y hallóle ya puesta y calada la celada, demodo que no le pudo ver el rostro, pero notó que era hombre membrudo, y nomuy alto de cuerpo. Sobre las armas traía una sobrevista o casaca de unatela, al parecer, de oro finísimo, sembradas por ella muchas lunas pequeñasde resplandecientes espejos, que le hacían en grandísima manera galán yvistoso; volábanle sobre la celada grande cantidad de plumas verdes,amarillas y blancas; la lanza, que tenía arrimada a un árbol, eragrandísima y gruesa, y de un hierro acerado de más de un palmo.

Todo lo miró y todo lo notó don Quijote, y juzgó de lo visto y mirado queel ya dicho caballero debía de ser de grandes fuerzas; pero no por esotemió, como Sancho Panza; antes, con gentil denuedo, dijo al Caballero delos Espejos:

— Si la mucha gana de pelear, señor caballero, no os gasta la cortesía, porella os pido que alcéis la visera un poco, porque yo vea si la gallardía devuestro rostro responde a la de vuestra disposición.

— O vencido o vencedor que salgáis desta empresa, señor caballero —respondióel de los Espejos—, os quedará tiempo y espacio demasiado para verme; y siahora no satisfago a vuestro deseo, es por parecerme que hago notableagravio a la hermosa Casildea de Vandalia en dilatar el tiempo que tardareen alzarme la visera, sin haceros confesar lo que ya sabéis que pretendo.

— Pues, en tanto que subimos a caballo —dijo don Quijote—, bien podéisdecirme si soy yo aquel don Quijote que dijistes haber vencido.

— A eso vos respondemos —dijo el de los Espejos— que parecéis, como separece un huevo a otro, al mismo caballero que yo vencí; pero, según vosdecís que le persiguen encantadores, no osaré afirmar si sois el contenidoo no.

— Eso me basta a mí —respondió don Quijote— para que crea vuestro engaño;empero, para sacaros dél de todo punto, vengan nuestros caballos; que, enmenos tiempo que el que tardárades en alzaros la visera, si Dios, si miseñora y mi brazo me valen, veré yo vuestro rostro, y vos veréis que no soyyo el vencido don Quijote que pensáis.

Con esto, acortando razones, subieron a caballo, y don Quijote volvió lasriendas a Rocinante para tomar lo que convenía del campo, para volver aencontrar a su contrario, y lo mesmo hizo el de los Espejos. Pero, no sehabía apartado don Quijote veinte pasos, cuando se oyó llamar del de losEspejos, y, partiendo los dos el camino, el de los Espejos le dijo:

— Advertid, señor caballero, que la condición de nuestra batalla es que elvencido, como otra vez he dicho, ha de quedar a discreción del vencedor.

— Ya la sé —respondió don Quijote—; con tal que lo que se le impusiere ymandare al vencido han de ser cosas que no salgan de los límites de lacaballería.

— Así se entiende —respondió el de los Espejos.

Ofreciéronsele en esto a la vista de don Quijote las estrañas narices delescudero, y no se admiró menos de verlas que Sancho; tanto, que le juzgópor algún monstro, o por hombre nuevo y de aquellos que no se usan en elmundo. Sancho, que vio partir a su amo para tomar carrera, no quiso quedarsolo con el narigudo, temiendo que con solo un pasagonzalo con aquellasnarices en las suyas sería acabada la pendencia suya, quedando del golpe, odel miedo, tendido en el suelo, y fuese tras su amo, asido a una acción deRocinante; y, cuando le pareció que ya era tiempo que volviese, le dijo:

— Suplico a vuesa merced, señor mío, que antes que vuelva a encontrarse meayude a subir sobre aquel alcornoque, de donde podré ver más a mi sabor,mejor que desde el suelo, el gallardo encuentro que vuesa merced ha dehacer con este caballero.

— Antes creo, Sancho —dijo don Quijote—, que te quieres encaramar y subir enandamio por ver sin peligro los toros.