Don Quijote by Miguel de Cervantes Saavedra - HTML preview

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— Cogido le tengo —dijo Sancho—: luego la fama del que resucita muertos, davista a los ciegos, endereza los cojos y da salud a los enfermos, y delantede sus sepulturas arden lámparas, y están llenas sus capillas de gentesdevotas que de rodillas adoran sus reliquias, mejor fama será, para este ypara el otro siglo, que la que dejaron y dejaren cuantos emperadoresgentiles y caballeros andantes ha habido en el mundo.

— También confieso esa verdad —respondió don Quijote.

— Pues esta fama, estas gracias, estas prerrogativas, como llaman a esto— respondió Sancho—, tienen los cuerpos y las reliquias de los santos que,con aprobación y licencia de nuestra santa madre Iglesia, tienen lámparas,velas, mortajas, muletas, pinturas, cabelleras, ojos, piernas, con queaumentan la devoción y engrandecen su cristiana fama. Los cuerpos de lossantos o sus reliquias llevan los reyes sobre sus hombros, besan lospedazos de sus huesos, adornan y enriquecen con ellos sus oratorios y susmás preciados altares...

— ¿Qué quieres que infiera, Sancho, de todo lo que has dicho? —dijo donQuijote.

— Quiero decir —dijo Sancho— que nos demos a ser santos, y alcanzaremos másbrevemente la buena fama que pretendemos; y advierta, señor, que ayer oantes de ayer, que, según ha poco se puede decir desta manera, canonizarono beatificaron dos frailecitos descalzos, cuyas cadenas de hierro con queceñían y atormentaban sus cuerpos se tiene ahora a gran ventura el besarlasy tocarlas, y están en más veneración que está, según dije, la espada deRoldán en la armería del rey, nuestro señor, que Dios guarde. Así que,señor mío, más vale ser humilde frailecito, de cualquier orden que sea,que valiente y andante caballero; mas alcanzan con Dios dos docenas dediciplinas que dos mil lanzadas, ora las den a gigantes, ora a vestiglos oa endrigos.

— Todo eso es así —respondió don Quijote—, pero no todos podemos serfrailes, y muchos son los caminos por donde lleva Dios a los suyos alcielo: religión es la caballería; caballeros santos hay en la gloria.

— Sí —respondió Sancho—, pero yo he oído decir que hay más frailes en elcielo que caballeros andantes.

— Eso es —respondió don Quijote— porque es mayor el número de los religiososque el de los caballeros.

— Muchos son los andantes —dijo Sancho.

— Muchos —respondió don Quijote—, pero pocos los que merecen nombre decaballeros.

En estas y otras semejantes pláticas se les pasó aquella noche y el díasiguiente, sin acontecerles cosa que de contar fuese, de que no poco lepesó a don Quijote. En fin, otro día, al anochecer, descubrieron la granciudad del Toboso, con cuya vista se le alegraron los espíritus a donQuijote y se le entristecieron a Sancho, porque no sabía la casa deDulcinea, ni en su vida la había visto, como no la había visto su señor; demodo que el uno por verla, y el otro por no haberla visto, estabanalborotados, y no imaginaba Sancho qué había de hacer cuando su dueño leenviase al Toboso. Finalmente, ordenó don Quijote entrar en la ciudadentrada la noche, y, en tanto que la hora se llegaba, se quedaron entreunas encinas que cerca del Toboso estaban, y, llegado el determinado punto,entraron en la ciudad, donde les sucedió cosas que a cosas llegan.

Capítulo IX. Donde se cuenta lo que en él se verá

Media noche era por filo, poco más a menos, cuando don Quijote y Sanchodejaron el monte y entraron en el Toboso. Estaba el pueblo en un sosegadosilencio, porque todos sus vecinos dormían y reposaban a pierna tendida,como suele decirse. Era la noche entreclara, puesto que quisiera Sancho quefuera del todo escura, por hallar en su escuridad disculpa de su sandez. Nose oía en todo el lugar sino ladridos de perros, que atronaban los oídos dedon Quijote y turbaban el corazón de Sancho. De cuando en cuando, rebuznabaun jumento, gruñían puercos, mayaban gatos, cuyas voces, de diferentessonidos, se aumentaban con el silencio de la noche, todo lo cual tuvo elenamorado caballero a mal agüero; pero, con todo esto, dijo a Sancho:

— Sancho, hijo, guía al palacio de Dulcinea: quizá podrá ser que la hallemosdespierta.

— ¿A qué palacio tengo de guiar, cuerpo del sol —respondió Sancho—, que enel que yo vi a su grandeza no era sino casa muy pequeña?

— Debía de estar retirada, entonces —respondió don Quijote—, en algúnpequeño apartamiento de su alcázar, solazándose a solas con sus doncellas,como es uso y costumbre de las altas señoras y princesas.

— Señor —dijo Sancho—, ya que vuestra merced quiere, a pesar mío, que seaalcázar la casa de mi señora Dulcinea, ¿es hora ésta por ventura de hallarla puerta abierta? Y ¿será bien que demos aldabazos para que nos oyan y nosabran, metiendo en alboroto y rumor toda la gente? ¿Vamos por dicha allamar a la casa de nuestras mancebas, como hacen los abarraganados, quellegan, y llaman, y entran a cualquier hora, por tarde que sea?

— Hallemos primero una por una el alcázar —replicó don Quijote—, queentonces yo te diré, Sancho, lo que será bien que hagamos. Y advierte,Sancho, que yo veo poco, o que aquel bulto grande y sombra que desde aquíse descubre la debe de hacer el palacio de Dulcinea.

— Pues guíe vuestra merced —respondió Sancho—: quizá será así; aunque yo loveré con los ojos y lo tocaré con las manos, y así lo creeré yo como creerque es ahora de día.

Guió don Quijote, y, habiendo andado como docientos pasos, dio con el bultoque hacía la sombra, y vio una gran torre, y luego conoció que el taledificio no era alcázar, sino la iglesia principal del pueblo. Y dijo:

— Con la iglesia hemos dado, Sancho.

— Ya lo veo —respondió Sancho—; y plega a Dios que no demos con nuestrasepultura, que no es buena señal andar por los cimenterios a tales horas, ymás, habiendo yo dicho a vuestra merced, si mal no me acuerdo, que lacasa desta señora ha de estar en una callejuela sin salida.

— ¡Maldito seas de Dios, mentecato! —dijo don Quijote—. ¿Adónde has túhallado que los alcázares y palacios reales estén edificados en callejuelassin salida?

— Señor —respondió Sancho—, en cada tierra su uso: quizá se usa aquí en elToboso edificar en callejuelas los palacios y edificios grandes; y así,suplico a vuestra merced me deje buscar por estas calles o callejuelas quese me ofrecen: podría ser que en algún rincón topase con ese alcázar, quele vea yo comido de perros, que así nos trae corridos y asendereados.

— Habla con respeto, Sancho, de las cosas de mi señora —dijo don Quijote—, ytengamos la fiesta en paz, y no arrojemos la soga tras el caldero.

— Yo me reportaré —respondió Sancho—; pero, ¿con qué paciencia podré llevarque quiera vuestra merced que de sola una vez que vi la casa de nuestraama, la haya de saber siempre y hallarla a media noche, no hallándolavuestra merced, que la debe de haber visto millares de veces?

— Tú me harás desesperar, Sancho —dijo don Quijote—. Ven acá, hereje: ¿no tehe dicho mil veces que en todos los días de mi vida no he visto a la sinpar Dulcinea, ni jamás atravesé los umbrales de su palacio, y que sóloestoy enamorado de oídas y de la gran fama que tiene de hermosa y discreta?

— Ahora lo oigo —respondió Sancho—; y digo que, pues vuestra merced no la havisto, ni yo tampoco...

— Eso no puede ser —replicó don Quijote—; que, por lo menos, ya me has dichotú que la viste ahechando trigo, cuando me trujiste la respuesta de lacarta que le envié contigo.

— No se atenga a eso, señor —respondió Sancho—, porque le hago saber quetambién fue de oídas la vista y la respuesta que le truje; porque, así séyo quién es la señora Dulcinea como dar un puño en el cielo.

— Sancho, Sancho —respondió don Quijote—, tiempos hay de burlar, y tiemposdonde caen y parecen mal las burlas. No porque yo diga que ni he visto nihablado a la señora de mi alma has tú de decir también que ni la hashablado ni visto, siendo tan al revés como sabes.

Estando los dos en estas pláticas, vieron que venía a pasar por dondeestaban uno con dos mulas, que, por el ruido que hacía el arado, quearrastraba por el suelo, juzgaron que debía de ser labrador, que habríamadrugado antes del día a ir a su labranza; y así fue la verdad. Venía ellabrador cantando aquel romance que dicen:

Mala la hubistes, franceses,

en esa de Roncesvalles.

— Que me maten, Sancho —dijo, en oyéndole, don Quijote—, si nos ha desuceder cosa buena esta noche. ¿No oyes lo que viene cantando ese villano?

— Sí oigo —respondió Sancho—; pero, ¿qué hace a nuestro propósito la caza deRoncesvalles?

Así pudiera cantar el romance de Calaínos, que todo fuera unopara sucedernos bien o mal en nuestro negocio.

Llegó, en esto, el labrador, a quien don Quijote preguntó:

— ¿Sabréisme decir, buen amigo, que buena ventura os dé Dios, dónde son poraquí los palacios de la sin par princesa doña Dulcinea del Toboso?

— Señor —respondió el mozo—, yo soy forastero y ha pocos días que estoy eneste pueblo, sirviendo a un labrador rico en la labranza del campo; en esacasa frontera viven el cura y el sacristán del lugar; entrambos, ocualquier dellos, sabrá dar a vuestra merced razón desa señora princesa,porque tienen la lista de todos los vecinos del Toboso; aunque para mítengo que en todo él no vive princesa alguna; muchas señoras, sí,principales, que cada una en su casa puede ser princesa.

— Pues entre ésas —dijo don Quijote— debe de estar, amigo, ésta por quien tepregunto.

— Podría ser —respondió el mozo—; y adiós, que ya viene el alba.

Y, dando a sus mulas, no atendió a más preguntas. Sancho, que vio suspensoa su señor y asaz mal contento, le dijo:

— Señor, ya se viene a más andar el día, y no será acertado dejar que noshalle el sol en la calle; mejor será que nos salgamos fuera de la ciudad, yque vuestra merced se embosque en alguna floresta aquí cercana, y yovolveré de día, y no dejaré ostugo en todo este lugar donde no busque lacasa, alcázar o palacio de mi señora, y asaz sería de desdichado si no lehallase; y, hallándole, hablaré con su merced, y le diré dónde y cómo quedavuestra merced esperando que le dé orden y traza para verla, sin menoscabode su honra y fama.

— Has dicho, Sancho —dijo don Quijote—, mil sentencias encerradas en elcírculo de breves palabras: el consejo que ahora me has dado le apetezco yrecibo de bonísima gana. Ven, hijo, y vamos a buscar donde me embosque, quetú volverás, como dices, a buscar, a ver y hablar a mi señora, de cuyadiscreción y cortesía espero más que milagrosos favores.

Rabiaba Sancho por sacar a su amo del pueblo, porque no averiguase lamentira de la respuesta que de parte de Dulcinea le había llevado a SierraMorena; y así, dio priesa a la salida, que fue luego, y a dos millas dellugar hallaron una floresta o bosque, donde don Quijote se emboscó en tantoque Sancho volvía a la ciudad a hablar a Dulcinea; en cuya embajada lesucedieron cosas que piden nueva atención y nuevo crédito.

Capítulo X. Donde se cuenta la industria que Sancho tuvo para encantar a laseñora Dulcinea, y de otros sucesos tan ridículos como verdaderos Llegando el autor desta grande historia a contar lo que en este capítulocuenta, dice que quisiera pasarle en silencio, temeroso de que no había deser creído, porque las locuras de don Quijote llegaron aquí al término yraya de las mayores que pueden imaginarse, y aun pasaron dos tiros deballesta más allá de las mayores. Finalmente, aunque con este miedo yrecelo, las escribió de la misma manera que él las hizo, sin añadir niquitar a la historia un átomo de la verdad, sin dársele nada por lasobjeciones que podían ponerle de mentiroso. Y tuvo razón, porque la verdadadelgaza y no quiebra, y siempre anda sobre la mentira como el aceite sobreel agua.

Y así, prosiguiendo su historia, dice que, así como don Quijote se emboscóen la floresta, encinar o selva junto al gran Toboso, mandó a Sancho volvera la ciudad, y que no volviese a su presencia sin haber primero hablado desu parte a su señora, pidiéndola fuese servida de dejarse ver de su cautivocaballero, y se dignase de echarle su bendición, para que pudiese esperarpor ella felicísimos sucesos de todos sus acometimientos y dificultosasempresas. Encargóse Sancho de hacerlo así como se le mandaba, y de traerletan buena respuesta como le trujo la vez primera.

— Anda, hijo —replicó don Quijote—, y no te turbes cuando te vieres ante laluz del sol de hermosura que vas a buscar. ¡Dichoso tú sobre todos losescuderos del mundo! Ten memoria, y no se te pase della cómo te recibe: simuda las colores el tiempo que la estuvieres dando mi embajada; si sedesasosiega y turba oyendo mi nombre; si no cabe en la almohada, si acasola hallas sentada en el estrado rico de su autoridad; y si está en pie,mírala si se pone ahora sobre el uno, ahora sobre el otro pie; si te repitela respuesta que te diere dos o tres veces; si la muda de blanda en áspera,de aceda en amorosa; si levanta la mano al cabello para componerle, aunqueno esté desordenado; finalmente, hijo, mira todas sus acciones ymovimientos; porque si tú me los relatares como ellos fueron, sacaré yo loque ella tiene escondido en lo secreto de su corazón acerca de lo que alfecho de mis amores toca; que has de saber, Sancho, si no lo sabes, queentre los amantes, las acciones y movimientos exteriores que muestran,cuando de sus amores se trata, son certísimos correos que traen las nuevasde lo que allá en lo interior del alma pasa. Ve, amigo, y guíete otra mejorventura que la mía, y vuélvate otro mejor suceso del que yo quedo temiendoy esperando en esta amarga soledad en que me dejas.

— Yo iré y volveré presto —dijo Sancho—; y ensanche vuestra merced, señormío, ese corazoncillo, que le debe de tener agora no mayor que unaavellana, y considere que se suele decir que buen corazón quebranta malaventura, y que donde no hay tocinos, no hay estacas; y también se dice:donde no piensa, salta la liebre. Dígolo porque si esta noche no hallamoslos palacios o alcázares de mi señora, agora que es de día los piensohallar, cuando menos los piense, y hallados, déjenme a mí con ella.

— Por cierto, Sancho —dijo don Quijote—, que siempre traes tus refranes tana pelo de lo que tratamos cuanto me dé Dios mejor ventura en lo que deseo.

Esto dicho, volvió Sancho las espaldas y vareó su rucio, y don Quijote sequedó a caballo, descansando sobre los estribos y sobre el arrimo de sulanza, lleno de tristes y confusas imaginaciones, donde le dejaremos,yéndonos con Sancho Panza, que no menos confuso y pensativo se apartó de suseñor que él quedaba; y tanto, que, apenas hubo salido del bosque, cuando,volviendo la cabeza y viendo que don Quijote no parecía, se apeó deljumento, y, sentándose al pie de un árbol, comenzó a hablar consigo mesmo ya decirse:

— Sepamos agora, Sancho hermano, adónde va vuesa merced. ¿Va a buscar algúnjumento que se le haya perdido? ''No, por cierto''. Pues, ¿qué va a buscar?' Voy a buscar, como quien no dice nada, a una princesa, y en ella al solde la hermosura y a todo el cielo junto''. Y ¿adónde pensáis hallar eso quedecís, Sancho? ' ¿Adónde? En la gran ciudad del Toboso''. Y bien: ¿y departe de quién la vais a buscar? ''De parte del famoso caballero donQuijote de la Mancha, que desface los tuertos, y da de comer al que ha sed,y de beber al que ha hambre''. Todo eso está muy bien. Y

¿sabéis su casa,Sancho? ' Mi amo dice que han de ser unos reales palacios o unos soberbiosalcázares''. Y ¿habéisla visto algún día por ventura? ''Ni yo ni mi amo lahabemos visto jamás''. Y ¿paréceos que fuera acertado y bien hecho que silos del Toboso supiesen que estáis vos aquí con intención de ir asonsacarles sus princesas y a desasosegarles sus damas, viniesen y osmoliesen las costillas a puros palos, y no os dejasen hueso sano? ' Enverdad que tendrían mucha razón, cuando no considerasen que soy mandado, yque mensajero sois, amigo, no merecéis culpa, non''. No os fiéis en eso,Sancho, porque la gente manchega es tan colérica como honrada, y noconsiente cosquillas de nadie. Vive Dios que si os huele, que os mando malaventura. ''¡Oxte, puto! ¡Allá darás, rayo! ¡No, sino ándeme yo buscandotres pies al gato por el gusto ajeno! Y más, que así será buscar a Dulcineapor el Toboso como a Marica por Rávena, o al bachiller en Salamanca. ¡Eldiablo, el diablo me ha metido a mí en esto, que otro no!''

Este soliloquio pasó consigo Sancho, y lo que sacó dél fue que volvió adecirse:

— Ahora bien, todas las cosas tienen remedio, si no es la muerte, debajo decuyo yugo hemos de pasar todos, mal que nos pese, al acabar de la vida.Este mi amo, por mil señales, he visto que es un loco de atar, y auntambién yo no le quedo en zaga, pues soy más mentecato que él, pues le sigoy le sirvo, si es verdadero el refrán que dice: "Dime con quién andas,decirte he quién eres", y el otro de "No con quien naces, sino con quienpaces". Siendo, pues, loco, como lo es, y de locura que las más veces tomaunas cosas por otras, y juzga lo blanco por negro y lo negro por blanco,como se pareció cuando dijo que los molinos de viento eran gigantes, y lasmulas de los religiosos dromedarios, y las manadas de carneros ejércitos deenemigos, y otras muchas cosas a este tono, no será muy difícil hacerlecreer que una labradora, la primera que me topare por aquí, es la señoraDulcinea; y, cuando él no lo crea, juraré yo; y si él jurare, tornaré yo ajurar; y si porfiare, porfiaré yo más, y de manera que tengo de tener lamía siempre sobre el hito, venga lo que viniere. Quizá con esta porfíaacabaré con él que no me envíe otra vez a semejantes mensajerías, viendocuán mal recado le traigo dellas, o quizá pensará, como yo imagino, quealgún mal encantador de estos que él dice que le quieren mal la habrámudado la figura por hacerle mal y daño.

Con esto que pensó Sancho Panza quedó sosegado su espíritu, y tuvo por bienacabado su negocio, y deteniéndose allí hasta la tarde, por dar lugar a quedon Quijote pensase que le había tenido para ir y volver del Toboso; ysucedióle todo tan bien que, cuando se levantó para subir en el rucio, vioque del Toboso hacia donde él estaba venían tres labradoras sobre trespollinos, o pollinas, que el autor no lo declara, aunque más se puede creerque eran borricas, por ser ordinaria caballería de las aldeanas; pero, comono va mucho en esto, no hay para qué detenernos en averiguarlo. Enresolución: así como Sancho vio a las labradoras, a paso tirado volvió abuscar a su señor don Quijote, y hallóle suspirando y diciendo mil amorosaslamentaciones. Como don Quijote le vio, le dijo:

— ¿Qué hay, Sancho amigo? ¿Podré señalar este día con piedra blanca, o connegra?

— Mejor será —respondió Sancho— que vuesa merced le señale con almagre, comorétulos de cátedras, porque le echen bien de ver los que le vieren.

— De ese modo —replicó don Quijote—, buenas nuevas traes.

— Tan buenas —respondió Sancho—, que no tiene más que hacer vuesa mercedsino picar a Rocinante y salir a lo raso a ver a la señora Dulcinea delToboso, que con otras dos doncellas suyas viene a ver a vuesa merced.

— ¡Santo Dios! ¿Qué es lo que dices, Sancho amigo? —dijo don Quijote—. Mirano me engañes, ni quieras con falsas alegrías alegrar mis verdaderastristezas.

— ¿Qué sacaría yo de engañar a vuesa merced —respondió Sancho—, y másestando tan cerca de descubrir mi verdad? Pique, señor, y venga, y verávenir a la princesa, nuestra ama, vestida y adornada, en fin, como quienella es. Sus doncellas y ella todas son una ascua de oro, todas mazorcas deperlas, todas son diamantes, todas rubíes, todas telas de brocado de más dediez altos; los cabellos, sueltos por las espaldas, que son otros tantosrayos del sol que andan jugando con el viento; y, sobre todo, vienen acaballo sobre tres cananeas remendadas, que no hay más que ver.

— Hacaneas querrás decir, Sancho.

— Poca diferencia hay —respondió Sancho— de cananeas a hacaneas; pero,vengan sobre lo que vinieren, ellas vienen las más galanas señoras que sepuedan desear, especialmente la princesa Dulcinea, mi señora, que pasma lossentidos.

— Vamos, Sancho hijo —respondió don Quijote—; y, en albricias destas noesperadas como buenas nuevas, te mando el mejor despojo que ganare en laprimera aventura que tuviere, y si esto no te contenta, te mando las críasque este año me dieren las tres yeguas mías, que tú sabes que quedan paraparir en el prado concejil de nuestro pueblo.

— A las crías me atengo —respondió Sancho—, porque de ser buenos losdespojos de la primera aventura no está muy cierto.

Ya en esto salieron de la selva, y descubrieron cerca a las tres aldeanas.Tendió don Quijote los ojos por todo el camino del Toboso, y como no viosino a las tres labradoras, turbóse todo, y preguntó a Sancho si las habíadejado fuera de la ciudad.

— ¿Cómo fuera de la ciudad? —respondió—. ¿Por ventura tiene vuesa merced losojos en el colodrillo, que no vee que son éstas, las que aquí vienen,resplandecientes como el mismo sol a mediodía?

— Yo no veo, Sancho —dijo don Quijote—, sino a tres labradoras sobre tresborricos.

— ¡Agora me libre Dios del diablo! —respondió Sancho—. Y ¿es posible quetres hacaneas, o como se llaman, blancas como el ampo de la nieve, leparezcan a vuesa merced borricos? ¡Vive el Señor, que me pele estas barbassi tal fuese verdad!

— Pues yo te digo, Sancho amigo —dijo don Quijote—, que es tan verdad queson borricos, o borricas, como yo soy don Quijote y tú Sancho Panza; a lomenos, a mí tales me parecen.

— Calle, señor —dijo Sancho—, no diga la tal palabra, sino despabile esosojos, y venga a hacer reverencia a la señora de sus pensamientos, que yallega cerca.

Y, diciendo esto, se adelantó a recebir a las tres aldeanas; y, apeándosedel rucio, tuvo del cabestro al jumento de una de las tres labradoras, y,hincando ambas rodillas en el suelo, dijo:

— Reina y princesa y duquesa de la hermosura, vuestra altivez y grandeza seaservida de recebir en su gracia y buen talente al cautivo caballerovuestro, que allí está hecho piedra mármol, todo turbado y sin pulsos deverse ante vuestra magnífica presencia. Yo soy Sancho Panza, su escudero, yél es el asendereado caballero don Quijote de la Mancha, llamado por otronombre el Caballero de la Triste Figura.

A esta sazón, ya se había puesto don Quijote de hinojos junto a Sancho, ymiraba con ojos desencajados y vista turbada a la que Sancho llamaba reinay señora, y, como no descubría en ella sino una moza aldeana, y no de muybuen rostro, porque era carirredonda y chata, estaba suspenso y admirado,sin osar desplegar los labios. Las labradoras estaban asimismo atónitas,viendo aquellos dos hombres tan diferentes hincados de rodillas, que nodejaban pasar adelante a su compañera; pero, rompiendo el silencio ladetenida, toda desgraciada y mohína, dijo:

— Apártense nora en tal del camino, y déjenmos pasar, que vamos de priesa.

A lo que respondió Sancho:

— ¡Oh princesa y señora universal del Toboso! ¿Cómo vuestro magnánimocorazón no se enternece viendo arrodillado ante vuestra sublimada presenciaa la coluna y sustento de la andante caballería?

Oyendo lo cual, otra de las dos dijo:

— Mas, ¡jo, que te estrego, burra de mi suegro! ¡Mirad con qué se vienen losseñoritos ahora a hacer burla de las aldeanas, como si aquí no supiésemosechar pullas como ellos! Vayan su camino, e déjenmos hacer el nueso, yserles ha sano.

— Levántate, Sancho —dijo a este punto don Quijote—, que ya veo que laFortuna, de mi mal no harta, tiene tomados los caminos todos por dondepueda venir algún contento a esta ánima mezquina que tengo en las carnes. Ytú, ¡oh estremo del valor que puede desearse, término de la humanagentileza, único remedio deste afligido corazón que te adora!, ya que elmaligno encantador me persigue, y ha puesto nubes y cataratas en mis ojos,y para sólo ellos y no para otros ha mudado y transformado tu sin igualhermosura y rostro en el de una labradora pobre, si ya también el mío no leha cambiado en el de algún vestiglo, para hacerle aborrecible a tus ojos,no dejes de mirarme blanda y amorosamente, echando de ver en esta sumisióny arrodillamiento que a tu contrahecha hermosura hago, la humildad con quemi alma te adora.

— ¡Tomá que mi agüelo! —respondió la aldeana—. ¡Amiguita soy yo de oírresquebrajos!

Apártense y déjenmos ir, y agradecérselo hemos.

Apartóse Sancho y dejóla ir, contentísimo de haber salido bien de suenredo.

Apenas se vio libre la aldeana que había hecho la figura de Dulcinea,cuando, picando a su cananea con un aguijón que en un palo traía, dio acorrer por el prado adelante. Y, como la borrica sentía la punta delaguijón, que le fatigaba más de lo ordinario, comenzó a dar corcovos, demanera que dio con la señora Dulcinea en tierra; lo cual visto por donQuijote, acudió a levantarla, y Sancho a componer y cinchar el albarda, quetambién vino a la barriga de la pollina.

Acomodada, pues, la albarda, yquiriendo don Quijote levantar a su encantada señora en los brazos sobre lajumenta, la señora, levantándose del suelo, le quitó de aquel trabajo,porque, haciéndose algún tanto atrás, tomó una corridica, y, puestas ambasmanos sobre las ancas de la pollina, dio con su cuerpo, más ligero que unhalcón, sobre la albarda, y quedó a horcajadas, como si fuera hombre; yentonces dijo Sancho:

— ¡Vive Roque, que es la señora nuestra ama más ligera que un acotán, y quepuede enseñar a subir a la jineta al más diestro cordobés o mejicano! Elarzón trasero de la silla pasó de un salto, y sin espuelas hace correr lahacanea como una cebra. Y no le van en zaga sus doncellas; que todas correncomo el viento.

Y así era la verdad, porque, en viéndose a caballo Dulcinea, todas picarontras ella y dispararon a correr, sin volver la cabeza atrás por espacio demás de media legua. Siguiólas don Quijote con la vista, y, cuando vio queno parecían, volviéndose a Sancho, le dijo:

— Sancho, ¿qué te parece cuán malquisto soy de encantadores? Y mira hastadónde se estiende su malicia y la ojeriza que me tienen, pues me hanquerido privar del contento que pudiera darme ver en su ser a mi señora. Enefecto, yo nací para ejemplo de desdichados, y para ser blanco y terrerodonde tomen la mira y asiesten las flechas de la mala fortuna. Y hastambién de advertir, Sancho, que no se contentaron estos traidores de habervuelto y transformado a mi Dulcinea, sino que la transformaron y volvieronen una figura tan baja y tan fea como la de aquella aldeana, y juntamentele quitaron lo que es tan suyo de las principales señoras, que es el buenolor, por andar siempre entre ámbares y entre flores. Porque te hago saber,Sancho, que cuando llegé a subir a Dulcinea sobre su hacanea, según túdices, que a mí me pareció borrica, me dio un olor de ajos crudos, que meencalabrinó y atosigó el alma.

— ¡Oh canalla! —gritó a esta sazón Sancho— ¡Oh encantadores aciagos ymalintencionados, y quién os viera a todos ensartados por las agallas, comosardinas en lercha! Mucho sabéis, mucho podéis y mucho más hacéis. Bastarosdebiera, bellacos, haber mudado las perlas de los ojos de mi señora enagallas alcornoqueñas, y sus cabellos de oro purísimo en cerdas de cola debuey bermejo, y, finalmente, todas sus faciones de buenas en malas, sin quele tocárades en el olor; que por él siquiera sacáramos lo que estabaencubierto debajo de aquella fea corteza; aunque, para decir verdad, nuncayo vi su fealdad, sino su hermosura, a la cual subía de punto y quilates unlunar que tenía sobre el labio derecho, a manera de bigote, con siete oocho cabellos rubios como hebras de oro y largos de más de un palmo.

— A ese lunar —dijo don Quijote—, según la correspondencia que tienen entresí los del rostro con los del cuerpo, ha de tener otro Dulcinea en la tabladel muslo que corresponde al lado donde tiene el del rostro, pero muyluengos para lunares son pelos de la grandeza que has significado.

— Pues yo sé decir a vuestra merced —respondió Sancho— que le parecían allícomo nacidos.

— Yo lo creo, amigo —replicó don Quijote—, porque ninguna cosa puso lanaturaleza en Dulcinea que no fuese perfecta y bien acabada; y así, situviera cien lunares como el que dices, en ella no fueran lunares, sinolunas y estrellas resplandecientes. Pero dime, Sancho: aquella que a mí mepareció albarda, que tú aderezaste, ¿era silla rasa o sillón?

— No era —respondió Sancho— sino silla a la jineta, con una cubierta decampo que vale la mitad de un reino, según es de rica.

— ¡Y que no viese yo todo eso, Sancho! —dijo don Quijote—. Ahora torno adecir, y diré mil veces, que soy el más desdichado de los hombres.

Harto tenía que hacer el socarrón de Sancho en disimular la risa, oyendolas sandeces de su amo, tan delicadamente engañado. Finalmente, después deotras muchas razones que entre los dos pasaron, volvieron a subir en susbestias, y siguieron el camino de Zaragoza, adonde pensaban llegar a tiempoque pudiesen hallarse en unas solenes fiestas que en aquella insigne ciudadcada año suelen hacerse. Pero, antes que allá llegasen, les sucedieroncosas que, por muchas, grandes y nuevas, merecen ser escritas y leídas,como se verá adelante.

Capítulo XI. De la estraña aventura que le sucedió al valeroso don Quijotecon el carro, o carreta, de Las Cortes de la Muerte

Pensativo además iba don Quijote por su camino adelante, considerando lamala burla que le habían hecho los encantadores, volviendo a su señoraDulcinea en la mala figura de la aldeana, y no imaginaba qué remediotendría para volverla a su ser primero; y estos pensamientos le llevabantan fuera de sí, que, sin sentirlo, soltó las riendas a Rocinante, el cual,sintiendo la libertad que se le daba, a cada paso se detenía a pacer laverde yerba de que aquellos campos abundaban. De su embelesamiento levolvió Sancho Panza, diciéndole:

— Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para loshombres; pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias:vuestra merced se reporte, y vuelva en sí, y coja las riendas a Rocinante,y avive y despierte, y muestre aquella gallardía que conviene que tenganlos caballeros andantes. ¿Qué diablos es esto? ¿Qué descaecimiento es éste?¿Estamos aquí, o en Francia? Mas que se lleve Satanás a cuantas Dulcineashay en el mundo, pues vale más la salud de un solo caballero andante quetodos los encantos y transformaciones de la tierra.

— Calla, Sancho —respondió don Quijote con voz no muy desmayada—; calla,digo, y no digas blasfemias contra aquella encantada señora, que de sudesgracia y desventura yo solo tengo la culpa: de la invidia que me tienenlos malos ha nacido su mala andanza.

— Así lo digo yo —respondió Sancho—: quien la vido y la vee ahora, ¿cuál esel corazón que no llora?

— Eso puedes tú decir bien, Sancho —replicó don Quijote—, pues la viste enla entereza cabal de su hermosura, que el encanto no se estendió a turbartela vista ni a encubrirte su belleza: contra mí solo y contra mis ojos seendereza la fuerza de su veneno. Mas, con todo esto, he caído, Sancho, enuna cosa, y es que me pintaste mal su hermosura, porque, si mal no meacuerdo, dijiste que tenía los ojos de perlas, y los ojos que parecen deperlas antes son de besugo que de dama; y, a lo que yo creo, los deDulcinea deben ser de verdes esmeraldas, rasgados, con dos celestialesarcos que les sirven de cejas; y esas perlas quítalas de los ojos y pásalasa los dientes, que sin duda te trocaste, Sancho, tomando los ojos por losdientes.

— Todo puede ser —respondió Sancho—, porque también me turbó a mí suhermosura como a vuesa merced su fealdad. Pero encomendémoslo todo a Dios,que Él es el sabidor de las cosas que han de suceder en este valle delágrimas, en este mal mundo que tenemos, donde apenas se halla cosa queesté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería. De una cosa me pesa,señor mío, más que de otras; que es pensar qué medio se ha de tener cuandovuesa merced venza a algún gigante o otro caballero, y le mande que se vayaa presentar ante la hermosura de la señora Dulcinea: ¿adónde la ha dehallar este pobre gigante, o este pobre y mísero caballero vencido?Paréceme que los veo andar por el Toboso hechos unos bausanes, buscando ami señora Dulcinea, y, aunque la encuentren en mitad de la calle, no laconocerán más que a mi padre.

— Quizá, Sancho —respondió don Quijote—, no se estenderá el encantamento aquitar el conocimiento de Dulcinea a los vencidos y presentados gigantes ycaballeros; y, en uno o dos de los primeros que yo venza y le envíe,haremos la experiencia si la ven o no, mandándoles que vuelvan a darmerelación de lo que acerca desto les hubiere sucedido.

— Digo, señor —replicó Sancho—, que me ha parecido bien lo que vuesa mercedha dicho, y que con ese artificio vendremos en conocimiento de lo quedeseamos; y si es que ella a solo vuesa merced se encubre, la desgracia másserá de vuesa merced que suya; pero, como la señora Dulcinea tenga salud ycontento, nosotros por acá nos avendremos y lo pasaremos lo mejor quepudiéremos, buscando nuestras aventuras y dejando al tiempo que haga de lassuyas, que él es el mejor médico destas y de otras mayores enfermedades.

Responder quería don Quijote a Sancho Panza, pero estorbóselo una carretaque salió al través del camino, cargada de los más diversos y estrañospersonajes y figuras que pudieron imaginarse.

El que guiaba las mulas yservía de carretero era un feo demonio. Venía la carreta descubierta alcielo abierto, sin toldo ni zarzo. La primera figura que se ofreció a losojos de don Quijote fue la de la misma Muerte, con rostro humano; junto aella venía un ángel con unas grandes y pintadas alas; al un lado estaba unemperador con una corona, al parecer de oro, en la cabeza; a los pies de laMuerte estaba el dios que llaman Cupido, sin venda en los ojos, pero con suarco, carcaj y saetas. Venía también un caballero armado de punta enblanco, excepto que no traía morrión, ni celada, sino un sombrero lleno deplumas de diversas colores; con éstas venían otras personas de diferentestrajes y rostros. Todo lo cual visto de improviso, en alguna maneraalborotó a don Quijote y puso miedo en el corazón de Sancho; mas luego sealegró don Quijote, creyendo que se le ofrecía alguna nueva y peligrosaaventura, y con este pensamiento, y con ánimo dispuesto de acometercualquier peligro, se puso delante de la carreta, y, con voz alta yamenazadora, dijo:

— Carretero, cochero, o diablo, o lo que eres, no tardes en decirme quiéneres, a dó vas y quién es la gente que llevas en tu carricoche, que másparece la barca de Carón que carreta de las que se usan.

A lo cual, mansamente, deteniendo el Diablo la carreta, respondió:

— Señor, nosotros somos recitantes de la compañía de Angulo el Malo; hemoshecho en un lugar que está detrás de aquella loma, esta mañana, que es laoctava del Corpus, el auto de Las Cortes de la Muerte, y hémosle de haceresta tarde en aquel lugar que desde aquí se parece; y, por estar tan cercay escusar el trabajo de desnudarnos y volvernos a vestir, nos vamosvestidos con los mesmos vestidos que representamos. Aquel mancebo va deMuerte; el otro, de Ángel; aquella mujer, que es la del autor, va de Reina;el otro, de Soldado; aquél, de Emperador, y yo, de Demonio, y soy una delas principales figuras del auto, porque hago en esta compañía los primerospapeles. Si otra cosa vuestra merced desea saber de nosotros, pregúntemelo,que yo le sabré responder con toda puntualidad; que, como soy demonio, todose me alcanza.

— Por la fe de caballero andante —respondió don Quijote—, que, así como vieste carro, imaginé que alguna grande aventura se me ofrecía; y ahora digoque es menester tocar las apariencias con la mano para dar lugar aldesengaño. Andad con Dios, buena gente, y haced vuestra fiesta, y mirad simandáis algo en que pueda seros de provecho, que lo haré con buen ánimo ybuen talante, porque desde mochacho fui aficionado a la carátula, y en mimocedad se me iban los ojos tras la farándula.

Estando en estas pláticas, quiso la suerte que llegase uno de la compañía,que venía vestido de bojiganga, con muchos cascabeles, y en la punta de unpalo traía tres vejigas de vaca hinchadas; el cual moharracho, llegándose adon Quijote, comenzó a esgrimir el palo y a sacudir el suelo con lasvejigas, y a dar grandes saltos, sonando los cascabeles, cuya mala visiónasí alborotó a Rocinante, que, sin ser poderoso a detenerle don Quijote,tomando el freno entre los dientes, dio a correr por el campo con másligereza que jamás prometieron los huesos de su notomía. Sancho, queconsideró el peligro en que iba su amo de ser derribado, saltó del rucio,y a toda priesa fue a valerle; pero, cuando a él llegó, ya estaba entierra, y junto a él, Rocinante, que, con su amo, vino al suelo: ordinariofin y paradero de las lozanías de Rocinante y de sus atrevimientos.

Mas, apenas hubo dejado su caballería Sancho por acudir a don Quijote,cuando el demonio bailador de las vejigas saltó sobre el rucio, y,sacudiéndole con ellas, el miedo y ruido, más que el dolor de los golpes,le hizo volar por la campaña hacia el lugar donde iban a hacer la fiesta.Miraba Sancho la carrera de su rucio y la caída de su amo, y no sabía acuál de las dos necesidades acudiría primero; pero, en efecto, como buenescudero y como buen criado, pudo más con él el amor de su señor que elcariño de su jumento, puesto que cada vez que veía levantar las vejigas enel aire y caer sobre las ancas de su rucio eran para él tártagos y sustosde muerte, y antes quisiera que aquellos golpes se los dieran a él en lasniñas de los ojos que en el más mínimo pelo de la cola de su asno. Con estaperpleja tribulación llegó donde estaba don Quijote, harto más maltrecho delo que él quisiera, y, ayudándole a subir sobre Rocinante, le dijo:

— Señor, el Diablo se ha llevado al rucio.

— ¿Qué diablo? —preguntó don Quijote.

— El de las vejigas —respondió Sancho.

— Pues yo le cobraré —replicó don Quijote—, si bien se encerrase con él enlos más hondos y escuros calabozos del infierno. Sígueme, Sancho, que lacarreta va despacio, y con las mulas della satisfaré la pérdida del rucio.

— No hay para qué hacer esa diligencia, señor —respondió Sancho—: vuestramerced temple su cólera, que, según me parece, ya el Diablo ha dejado elrucio, y vuelve a la querencia.

Y así era la verdad; porque, habiendo caído el Diablo con el rucio, porimitar a don Quijote y a Rocinante, el Diablo se fue a pie al pueblo, y eljumento se volvió a su amo.

— Con todo eso —dijo don Quijote—, será bien castigar el descomedimiento deaquel demonio en alguno de los de la carreta, aunque sea el mesmoemperador.

— Quítesele a vuestra merced eso de la imaginación —replicó Sancho—, y tomemi consejo, que es que nunca se tome con farsantes, que es gentefavorecida. Recitante he visto yo estar preso por dos muertes y salirlibre y sin costas. Sepa vuesa merced que, como son gentes alegres y deplacer, todos los favorecen, todos los amparan, ayudan y estiman, y mássiendo de aquellos de las compañías reales y de título, que todos, o losmás, en sus trajes y compostura parecen unos príncipes.

— Pues con todo —respondió don Quijote—, no se me ha de ir el demoniofarsante alabando, aunque le favorezca todo el género humano.

Y, diciendo esto, volvió a la carreta, que ya estaba bien cerca del pueblo.Iba dando voces, diciendo:

— Deteneos, esperad, turba alegre y regocijada, que os quiero dar a entendercómo se han de tratar los jumentos y alimañas que sirven de caballería alos escuderos de los caballeros andantes.

Tan altos eran los gritos de don Quijote, que los oyeron y entendieron losde la carreta; y, juzgando por las palabras la intención del que las decía,en un instante saltó la Muerte de la carreta, y tras ella, el Emperador, elDiablo carretero y el Ángel, sin quedarse la Reina ni el dios Cupido; ytodos se cargaron de piedras y se pusieron en ala, esperando recebir a donQuijote en las puntas de sus guijarros. Don Quijote, que los vio puestos entan gallardo escuadrón, los brazos levantados con ademán de despedirpoderosamente las piedras, detuvo las riendas a Rocinante y púsose a pensarde qué modo los acometería con menos peligro de su persona. En esto que sedetuvo, llegó Sancho, y, viéndole en talle de acometer al bien formadoescuadrón, le dijo:

— Asaz de locura sería intentar tal empresa: considere vuesa merced, señormío, que para sopa de arroyo y tente bonete, no hay arma defensiva en elmundo, si no es embutirse y encerrarse en una campana de bronce; y tambiénse ha de considerar que es más temeridad que valentía acometer un hombresolo a un ejército donde está la Muerte, y pelean en persona emperadores, ya quien ayudan los buenos y los malos ángeles; y si esta consideración nole mueve a estarse quedo, muévale saber de cierto que, entre todos los queallí están, aunque parecen reyes, príncipes y emperadores, no hay ningúncaballero andante.

— Ahora sí —dijo don Quijote— has dado, Sancho, en el punto que puede y debemudarme de mi ya determinado intento. Yo no puedo ni debo sacar la espada,como otras veces muchas te he dicho, contra quien no fuere armadocaballero. A ti, Sancho, toca, si quieres tomar la venganza del agravio quea tu rucio se le ha hecho, que yo desde aquí te ayudaré con voces yadvertimientos saludables.

— No hay para qué, señor —respondió Sancho—, tomar venganza de nadie, puesno es de buenos cristianos tomarla de los agravios; cuanto más, que yoacabaré con mi asno que ponga su ofensa en las manos de mi voluntad, lacual es de vivir pacíficamente los días que los cielos me dieren de vida.

— Pues ésa es tu determinación —replicó don Quijote—, Sancho bueno, Sanchodiscreto, Sancho cristiano y Sancho sincero, dejemos estas fantasmas yvolvamos a buscar mejores y más calificadas aventuras; que yo veo estatierra de talle, que no han de faltar en ella muchas y muy milagrosas.

Volvió las riendas luego, Sancho fue a tomar su rucio, la Muerte con todosu escuadrón volante volvieron a su carreta y prosiguieron su viaje, y estefelice fin tuvo la temerosa aventura de la carreta de la Muerte, graciassean dadas al saludable consejo que Sancho Panza dio a su amo; al cual, eldía siguiente, le sucedió otra con un enamorado y andante caballero, de nomenos suspensión que la pasada.

Capítulo XII. De la estraña aventura que le sucedió al valeroso donQuijote con el bravo Caballero de los Espejos

La noche que siguió al día del rencuentro de la Muerte la pasaron donQuijote y su escudero debajo de unos altos y sombrosos árboles, habiendo, apersuasión de Sancho, comido don Quijote de lo que venía en el repuesto delrucio, y entre la cena dijo Sancho a su señor:

— Señor, ¡qué tonto hubiera andado yo si hubiera escogido en albricias losdespojos de la primera aventura que vuestra merced acabara, antes que lascrías de las tres yeguas! En efecto, en efecto, más vale pájaro en mano quebuitre volando.

— Todavía —respondió don Quijote—, si tú, Sancho, me dejaras acometer, comoyo quería, te hubieran cabido en despojos, por lo menos, la corona de orode la Emperatriz y las pintadas alas de Cupido, que yo se las quitara alredropelo y te las pusiera en las manos.

— Nunca los cetros y coronas de los emperadores farsantes —respondióSancho Panza— fueron de oro puro, sino de oropel o hoja de lata.

— Así es verdad —replicó don Quijote—, porque no fuera acertado que losatavíos de la comedia fueran finos, sino fingidos y aparentes, como lo esla mesma comedia, con la cual quiero, Sancho, que estés bien, teniéndola entu gracia, y por el mismo consiguiente a los que las representan y a losque las componen, porque todos son instrumentos de hacer un gran bien a larepública, poniéndonos un espejo a cada paso delante, donde se veen al vivolas acciones de la vida humana, y ninguna comparación hay que más al vivonos represente lo que somos y lo que habemos de ser como la comedia y loscomediantes. Si no, dime: ¿no has visto tú representar alguna comediaadonde se introducen reyes, emperadores y pontífices, caballeros, damas yotros diversos personajes? Uno hace el rufián, otro el embustero, éste elmercader, aquél el soldado, otro el simple discreto, otro el enamoradosimple; y, acabada la comedia y desnudándose de los vestidos della, quedantodos los recitantes iguales.

— Sí he visto —respondió Sancho.

— Pues lo mesmo —dijo don Quijote— acontece en la comedia y trato destemundo, donde unos hacen los emperadores, otros los pontífices, y,finalmente, todas cuantas figuras se pueden introducir en una comedia;pero, en llegando al fin, que es cuando se acaba la vida, a todos les quitala muerte las ropas que los diferenciaban, y quedan iguales en lasepultura.

— ¡Brava comparación! —dijo Sancho—, aunque no tan nueva que yo no la hayaoído muchas y diversas veces, como aquella del juego del ajedrez, que,mientras dura el juego, cada pieza tiene su particular oficio; y, enacabándose el juego, todas se mezclan, juntan y barajan, y dan con ellas enuna bolsa, que es como dar con la vida en la sepultura.

— Cada día, Sancho —dijo don Quijote—, te vas haciendo menos simple y másdiscreto.

— Sí, que algo se me ha de pegar de la discreción de vuestra merced— respondió Sancho—; que las tierras que de suyo son estériles y secas,estercolándolas y cultivándolas, vienen a dar buenos frutos: quiero decirque la conversación de vuestra merced ha sido el estiércol que sobre laestéril tierra de mi seco ingenio ha caído; la cultivación, el tiempo queha que le sirvo y comunico; y con esto espero de dar frutos de mí que seande bendición, tales, que no desdigan ni deslicen de los senderos de labuena crianza que vuesa merced ha hecho en el agostado entendimiento mío.

Rióse don Quijote de las afectadas razones de Sancho, y parecióle serverdad lo que decía de su emienda, porque de cuando en cuando hablaba demanera que le admiraba; puesto que todas o las más veces que Sancho queríahablar de oposición y a lo cortesano, acababa su razón con despeñarse delmonte de su simplicidad al profundo de su ignorancia; y en lo que él semostraba más elegante y memorioso era en traer refranes, viniesen o noviniesen a pelo de lo que trataba, como se habrá visto y se habrá notado enel discurso desta historia.

En estas y en otras pláticas se les pasó gran parte de la noche, y a Sanchole vino en voluntad de dejar caer las compuertas de los ojos, como él decíacuando quería dormir, y, desaliñando al rucio, le dio pasto abundoso ylibre. No quitó la silla a Rocinante, por ser expreso mandamiento de suseñor que, en el tiempo que anduviesen en campaña, o no durmiesen debajo detechado, no desaliñase a Rocinante: antigua usanza establecida y guardadade los andantes caballeros, quitar el freno y colgarle del arzón de lasilla; pero, ¿quitar la silla al caballo?, ¡guarda!; y así lo hizo Sancho,y le dio la misma libertad que al rucio, cuya amistad dél y de Rocinantefue tan única y tan trabada, que hay fama, por tradición de padres a hijos,que el autor desta verdadera historia hizo particulares capítulos della;mas que, por guardar la decencia y decoro que a tan heroica historia sedebe, no los puso en ella, puesto que algunas veces se descuida deste suprosupuesto, y escribe que, así como las dos bestias se juntaban, acudían arascarse el uno al otro, y que, después de cansados y satisfechos, cruzabaRocinante el pescuezo sobre el cuello del rucio (que le sobraba de la otraparte más de media vara), y, mirando los dos atentamente al suelo, sesolían estar de aquella manera tres días; a lo menos, todo el tiempo queles dejaban, o no les compelía la hambre a buscar sustento.

Digo que dicen que dejó el autor escrito que los había comparado en laamistad a la que tuvieron Niso y Euríalo, y Pílades y Orestes; y si esto esasí, se podía echar de ver, para universal admiración, cuán firme debió serla amistad destos dos pacíficos animales, y para confusión de los hombres,que tan mal saben guardarse amistad los unos a los otros. Por esto se dijo: No hay amigo para amigo:

las cañas se vuelven lanzas;

y el otro que cantó:

De amigo a amigo la chinche, etc.

Y no le parezca a alguno que anduvo el autor algo fuera de camino en habercomparado la amistad destos animales a la de los hombres, que de lasbestias han recebido muchos advertimientos los hombres y aprendido muchascosas de importancia, como son: de las cigüeñas, el cristel; de los perros,el vómito y el agradecimiento; de las grullas, la vigilancia; de lashormigas, la providencia; de los elefantes, la honestidad, y la lealtad,del caballo.

Finalmente, Sancho se quedó dormido al pie de un alcornoque, y don Quijotedormitando al de una robusta encina; pero, poco espacio de tiempo habíapasado, cuando le despertó un ruido que sintió a sus espaldas, y,levantándose con sobresalto, se puso a mirar y a escuchar de dónde el ruidoprocedía, y vio que eran dos hombres a caballo, y que el uno, dejándosederribar de la silla, dijo al otro:

— Apéate, amigo, y quita los frenos a los caballos, que, a mi parecer, estesitio abunda de yerba para ellos, y del silencio y soledad que han menestermis amorosos pensamientos.

El decir esto y el tenderse en el suelo todo fue a un mesmo tiempo; y, alarrojarse, hicieron ruido las armas de que venía armado, manifiesta señalpor donde conoció don Quijote que debía de ser caballero andante; y,llegándose a Sancho, que dormía, le trabó del brazo, y con no pequeñotrabajo le volvió en su acuerdo, y con voz baja le dijo:

— Hermano Sancho, aventura tenemos.

— Dios nos la dé buena —respondió Sancho—; y ¿adónde está, señor mío, sumerced de esa señora aventura?

— ¿Adónde, Sancho? —replicó don Quijote—; vuelve los ojos y mira, y verásallí tendido un andante caballero, que, a lo que a mí se me trasluce, nodebe de estar demasiadamente alegre, porque le vi arrojar del caballo ytenderse en el suelo con algunas muestras de despecho, y al caer lecrujieron las armas.

— Pues ¿en qué halla vuesa merced —dijo Sancho— que ésta sea aventura?

— No quiero yo decir —respondió don Quijote— que ésta sea aventura del todo,sino principio della; que por aquí se comienzan las aventuras. Peroescucha, que, a lo que parece, templando está un laúd o vigüela, y, segúnescupe y se desembaraza el pecho, debe de prepararse para cantar algo.

— A buena fe que es así —respondió Sancho—, y que debe de ser caballeroenamorado.

— No hay ninguno de los andantes que no lo sea —dijo don Quijote—. Yescuchémosle, que por el hilo sacaremos el ovillo de sus pensamientos, sies que canta; que de la abundancia del corazón habla la lengua.

Replicar quería Sancho a su amo, pero la voz del Caballero del Bosque, queno era muy mala mi muy buena, lo estorbó; y, estando los dos atónitos,oyeron que lo que cantó fue este soneto:

Dadme,

señora,

un

término

que

siga,

conforme

a

vuestra

voluntad

cortado;

que

será

de

la

mía

así

estimado,