Don Quijote by Miguel de Cervantes Saavedra - HTML preview

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— No te maravilles deso, Sancho amigo —respondió don Quijote—, porque tehago saber que los diablos saben mucho, y, puesto que traigan oloresconsigo, ellos no huelen nada, porque son espíritus, y si huelen, no puedenoler cosas buenas, sino malas y hidiondas. Y la razón es que como ellos,dondequiera que están, traen el infierno consigo, y no pueden recebirgénero de alivio alguno en sus tormentos, y el buen olor sea cosa quedeleita y contenta, no es posible que ellos huelan cosa buena. Y si a ti teparece que ese demonio que dices huele a ámbar, o tú te engañas, o élquiere engañarte con hacer que no le tengas por demonio.

Todos estos coloquios pasaron entre amo y criado; y, temiendo don Fernandoy Cardenio que Sancho no viniese a caer del todo en la cuenta de suinvención, a quien andaba ya muy en los alcances, determinaron de abreviarcon la partida; y, llamando aparte al ventero, le ordenaron que ensillase aRocinante y enalbardase el jumento de Sancho; el cual lo hizo con muchapresteza.

Ya en esto, el cura se había concertado con los cuadrilleros que leacompañasen hasta su lugar, dándoles un tanto cada día. Colgó Cardenio delarzón de la silla de Rocinante, del un cabo la adarga y del otro la bacía,y por señas mandó a Sancho que subiese en su asno y tomase de las riendasa Rocinante, y puso a los dos lados del carro a los dos cuadrilleros consus escopetas.

Pero, antes que se moviese el carro, salió la ventera, suhija y Maritornes a despedirse de don Quijote, fingiendo que lloraban dedolor de su desgracia; a quien don Quijote dijo:

— No lloréis, mis buenas señoras, que todas estas desdichas son anexas a losque profesan lo que yo profeso; y si estas calamidades no me acontecieran,no me tuviera yo por famoso caballero andante; porque a los caballeros depoco nombre y fama nunca les suceden semejantes casos, porque no hay en elmundo quien se acuerde dellos. A los valerosos sí, que tienen envidiosos desu virtud y valentía a muchos príncipes y a muchos otros caballeros, queprocuran por malas vías destruir a los buenos. Pero, con todo eso, lavirtud es tan poderosa que, por sí sola, a pesar de toda la nigromancia quesupo su primer inventor, Zoroastes, saldrá vencedora de todo trance, y daráde sí luz en el mundo, como la da el sol en el cielo. Perdonadme, fermosasdamas, si algún desaguisado, por descuido mío, os he fecho, que, devoluntad y a sabiendas, jamás le di a nadie; y rogad a Dios me saque destasprisiones, donde algún mal intencionado encantador me ha puesto; que si deellas me veo libre, no se me caerá de la memoria las mercedes que en estecastillo me habedes fecho, para gratificallas, servillas y recompensallascomo ellas merecen.

En tanto que las damas del castillo esto pasaban con don Quijote, el cura yel barbero se despidieron de don Fernando y sus camaradas, y del capitán yde su hermano y todas aquellas contentas señoras, especialmente de Doroteay Luscinda. Todos se abrazaron y quedaron de darse noticia de sus sucesos,diciendo don Fernando al cura dónde había de escribirle para avisarle en loque paraba don Quijote, asegurándole que no habría cosa que más gusto lediese que saberlo; y que él, asimesmo, le avisaría de todo aquello que élviese que podría darle gusto, así de su casamiento como del bautismo deZoraida, y suceso de don Luis, y vuelta de Luscinda a su casa.

El curaofreció de hacer cuanto se le mandaba, con toda puntualidad. Tornaron aabrazarse otra vez, y otra vez tornaron a nuevos ofrecimientos.

El ventero se llegó al cura y le dio unos papeles, diciéndole que los habíahallado en un aforro de la maleta donde se halló la Novela del curiosoimpertinente, y que, pues su dueño no había vuelto más por allí, que se losllevase todos; que, pues él no sabía leer, no los quería. El cura se loagradeció, y, abriéndolos luego, vio que al principio de lo escrito decía:Novela de Rinconete y Cortadillo, por donde entendió ser alguna novela ycoligió que, pues la del Curioso impertinente había sido buena, que tambiénlo sería aquélla, pues podría ser fuesen todas de un mesmo autor; y así, laguardó, con prosupuesto de leerla cuando tuviese comodidad.

Subió a caballo, y también su amigo el barbero, con sus antifaces, porqueno fuesen luego conocidos de don Quijote, y pusiéronse a caminar tras elcarro. Y la orden que llevaban era ésta: iba primero el carro, guiándole sudueño; a los dos lados iban los cuadrilleros, como se ha dicho, con susescopetas; seguía luego Sancho Panza sobre su asno, llevando de rienda aRocinante.

Detrás de todo esto iban el cura y el barbero sobre suspoderosas mulas, cubiertos los rostros, como se ha dicho, con grave yreposado continente, no caminando más de lo que permitía el paso tardo delos bueyes. Don Quijote iba sentado en la jaula, las manos atadas, tendidoslos pies, y arrimado a las verjas, con tanto silencio y tanta pacienciacomo si no fuera hombre de carne, sino estatua de piedra.

Y así, con aquel espacio y silencio caminaron hasta dos leguas, quellegaron a un valle, donde le pareció al boyero ser lugar acomodado parareposar y dar pasto a los bueyes; y, comunicándolo con el cura, fue deparecer el barbero que caminasen un poco más, porque él sabía, detrás de unrecuesto que cerca de allí se mostraba, había un valle de más yerba y muchomejor que aquel donde parar querían. Tomóse el parecer del barbero, y así,tornaron a proseguir su camino.

En esto, volvió el cura el rostro, y vio que a sus espaldas venían hastaseis o siete hombres de a caballo, bien puestos y aderezados, de los cualesfueron presto alcanzados, porque caminaban no con la flema y reposo de losbueyes, sino como quien iba sobre mulas de canónigos y con deseo de llegarpresto a sestear a la venta, que menos de una legua de allí se parecía.Llegaron los diligentes a los perezosos y saludáronse cortésmente; y uno delos que venían, que, en resolución, era canónigo de Toledo y señor de losdemás que le acompañaban, viendo la concertada procesión del carro,cuadrilleros, Sancho, Rocinante, cura y barbero, y más a don Quijote,enjaulado y aprisionado, no pudo dejar de preguntar qué significaba llevaraquel hombre de aquella manera; aunque ya se había dado a entender, viendolas insignias de los cuadrilleros, que debía de ser algún facinorososalteador, o otro delincuente cuyo castigo tocase a la Santa Hermandad. Unode los cuadrilleros, a quien fue hecha la pregunta, respondió ansí:

— Señor, lo que significa ir este caballero desta manera, dígalo él, porquenosotros no lo sabemos.

Oyó don Quijote la plática, y dijo:

— ¿Por dicha vuestras mercedes, señores caballeros, son versados y perictosen esto de la caballería andante? Porque si lo son, comunicaré con ellosmis desgracias, y si no, no hay para qué me canse en decillas.

Y, a este tiempo, habían ya llegado el cura y el barbero, viendo que loscaminantes estaban en pláticas con don Quijote de la Mancha, para responderde modo que no fuese descubierto su artificio.

El canónigo, a lo que don Quijote dijo, respondió:

— En verdad, hermano, que sé más de libros de caballerías que de las Súmulasde Villalpando.

Ansí que, si no está más que en esto, seguramente podéiscomunicar conmigo lo que quisiéredes.

— A la mano de Dios —replicó don Quijote—. Pues así es, quiero, señorcaballero, que sepades que yo voy encantado en esta jaula, por envidia yfraude de malos encantadores; que la virtud más es perseguida de los malosque amada de los buenos. Caballero andante soy, y no de aquellos de cuyosnombres jamás la Fama se acordó para eternizarlos en su memoria, sino deaquellos que, a despecho y pesar de la mesma envidia, y de cuantos magoscrió Persia, bracmanes la India, ginosofistas la Etiopía, ha de poner sunombre en el templo de la inmortalidad para que sirva de ejemplo y dechadoen los venideros siglos, donde los caballeros andantes vean los pasos quehan de seguir, si quisieren llegar a la cumbre y alteza honrosa de lasarmas.

— Dice verdad el señor don Quijote de la Mancha —dijo a esta sazón el cura—;que él va encantado en esta carreta, no por sus culpas y pecados, sino porla mala intención de aquellos a quien la virtud enfada y la valentía enoja.Éste es, señor, el Caballero de la Triste Figura, si ya le oístes nombraren algún tiempo, cuyas valerosas hazañas y grandes hechos serán escritasen bronces duros y en eternos mármoles, por más que se canse la envidia enescurecerlos y la malicia en ocultarlos.

Cuando el canónigo oyó hablar al preso y al libre en semejante estilo,estuvo por hacerse la cruz, de admirado, y no podía saber lo que le habíaacontencido; y en la mesma admiración cayeron todos los que con él venían.En esto, Sancho Panza, que se había acercado a oír la plática, paraadobarlo todo, dijo:

— Ahora, señores, quiéranme bien o quiéranme mal por lo que dijere, el casode ello es que así va encantado mi señor don Quijote como mi madre; éltiene su entero juicio, él come y bebe y hace sus necesidades como losdemás hombres, y como las hacía ayer, antes que le enjaulasen.

Siendo estoansí, ¿cómo quieren hacerme a mí entender que va encantado? Pues yo he oídodecir a muchas personas que los encantados ni comen, ni duermen, ni hablan,y mi amo, si no le van a la mano, hablará más que treinta procuradores.

Y, volviéndose a mirar al cura, prosiguió diciendo:

— ¡Ah señor cura, señor cura! ¿Pensaba vuestra merced que no le conozco, ypensará que yo no calo y adivino adónde se encaminan estos nuevosencantamentos? Pues sepa que le conozco, por más que se encubra el rostro,y sepa que le entiendo, por más que disimule sus embustes. En fin, dondereina la envidia no puede vivir la virtud, ni adonde hay escaseza laliberalidad. !Mal haya el diablo!; que, si por su reverencia no fuera, éstafuera ya la hora que mi señor estuviera casado con la infanta Micomicona, yyo fuera conde, por lo menos, pues no se podía esperar otra cosa, así de labondad de mi señor el de la Triste Figura como de la grandeza de misservicios. Pero ya veo que es verdad lo que se dice por ahí: que la ruedade la Fortuna anda más lista que una rueda de molino, y que los que ayerestaban en pinganitos hoy están por el suelo. De mis hijos y de mi mujer mepesa, pues cuando podían y debían esperar ver entrar a su padre por suspuertas hecho gobernador o visorrey de alguna ínsula o reino, le veránentrar hecho mozo de caballos. Todo esto que he dicho, señor cura, no esmás de por encarecer a su paternidad haga conciencia del mal tratamientoque a mi señor se le hace, y mire bien no le pida Dios en la otra vida estaprisión de mi amo, y se le haga cargo de todos aquellos socorros y bienesque mi señor don Quijote deja de hacer en este tiempo que está preso.

— ¡Adóbame esos candiles! —dijo a este punto el barbero—. ¿También vos,Sancho, sois de la cofradía de vuestro amo? ¡Vive el Señor, que voy viendoque le habéis de tener compañía en la jaula, y que habéis de quedar tanencantado como él, por lo que os toca de su humor y de su caballería! Enmal punto os empreñastes de sus promesas, y en mal hora se os entró en loscascos la ínsula que tanto deseáis.

— Yo no estoy preñado de nadie —respondió Sancho—, ni soy hombre que medejaría empreñar, del rey que fuese; y, aunque pobre, soy cristiano viejo,y no debo nada a nadie; y si ínsulas deseo, otros desean otras cosaspeores; y cada uno es hijo de sus obras; y, debajo de ser hombre, puedovenir a ser papa, cuanto más gobernador de una ínsula, y más pudiendo ganartantas mi señor que le falte a quien dallas. Vuestra merced mire cómohabla, señor barbero; que no es todo hacer barbas, y algo va de Pedro aPedro. Dígolo porque todos nos conocemos, y a mí no se me ha de echar dadofalso. Y en esto del encanto de mi amo, Dios sabe la verdad; y quédeseaquí, porque es peor meneallo.

No quiso responder el barbero a Sancho, porque no descubriese con sussimplicidades lo que él y el cura tanto procuraban encubrir; y, por estemesmo temor, había el cura dicho al canónigo que caminasen un poco delante:que él le diría el misterio del enjaulado, con otras cosas que le diesengusto. Hízolo así el canónigo, y adelantóse con sus criados y con él:estuvo atento a todo aquello que decirle quiso de la condición, vida,locura y costumbres de don Quijote, contándole brevemente el principio ycausa de su desvarío, y todo el progreso de sus sucesos, hasta haberlopuesto en aquella jaula, y el disignio que llevaban de llevarle a sutierra, para ver si por algún medio hallaban remedio a su locura.Admiráronse de nuevo los criados y el canónigo de oír la peregrina historiade don Quijote, y, en acabándola de oír, dijo:

— Verdaderamente, señor cura, yo hallo por mi cuenta que son perjudicialesen la república estos que llaman libros de caballerías; y, aunque he leído,llevado de un ocioso y falso gusto, casi el principio de todos los más quehay impresos, jamás me he podido acomodar a leer ninguno del principio alcabo, porque me parece que, cuál más, cuál menos, todos ellos son una mesmacosa, y no tiene más éste que aquél, ni estotro que el otro. Y, según a míme parece, este género de escritura y composición cae debajo de aquel delas fábulas que llaman milesias, que son cuentos disparatados, que atiendensolamente a deleitar, y no a enseñar: al contrario de lo que hacen lasfábulas apólogas, que deleitan y enseñan juntamente. Y, puesto que elprincipal intento de semejantes libros sea el deleitar, no sé yo cómopuedan conseguirle, yendo llenos de tantos y tan desaforados disparates;que el deleite que en el alma se concibe ha de ser de la hermosura yconcordancia que vee o contempla en las cosas que la vista o la imaginaciónle ponen delante; y toda cosa que tiene en sí fealdad y descompostura nonos puede causar contento alguno. Pues,

¿qué hermosura puede haber, o quéproporción de partes con el todo y del todo con las partes, en un libro ofábula donde un mozo de diez y seis años da una cuchillada a un gigantecomo una torre, y le divide en dos mitades, como si fuera de alfeñique; yque, cuando nos quieren pintar una batalla, después de haber dicho que hayde la parte de los enemigos un millón de competientes, como sea contraellos el señor del libro, forzosamente, mal que nos pese, habemos deentender que el tal caballero alcanzó la vitoria por solo el valor de sufuerte brazo? Pues, ¿qué diremos de la facilidad con que una reina oemperatriz heredera se conduce en los brazos de un andante y no conocidocaballero? ¿Qué ingenio, si no es del todo bárbaro e inculto, podrácontentarse leyendo que una gran torre llena de caballeros va por la maradelante, como nave con próspero viento, y hoy anochece en Lombardía, ymañana amanezca en tierras del Preste Juan de las Indias, o en otras que nilas descubrió Tolomeo ni las vio Marco Polo? Y, si a esto se me respondieseque los que tales libros componen los escriben como cosas de mentira, y queasí, no están obligados a mirar en delicadezas ni verdades, responderleshía yo que tanto la mentira es mejor cuanto más parece verdadera, y tantomás agrada cuanto tiene más de lo dudoso y posible. Hanse de casar lasfábulas mentirosas con el entendimiento de los que las leyeren,escribiéndose de suerte que, facilitando los imposibles, allanando lasgrandezas, suspendiendo los ánimos, admiren, suspendan, alborocen yentretengan, de modo que anden a un mismo paso la admiración y la alegríajuntas; y todas estas cosas no podrá hacer el que huyere de laverisimilitud y de la imitación, en quien consiste la perfeción de lo quese escribe. No he visto ningún libro de caballerías que haga un cuerpo defábula entero con todos sus miembros, de manera que el medio corresponda alprincipio, y el fin al principio y al medio; sino que los componen contantos miembros, que más parece que llevan intención a formar una quimera oun monstruo que a hacer una figura proporcionada. Fuera desto, son en elestilo duros; en las hazañas, increíbles; en los amores, lascivos; en lascortesías, mal mirados; largos en las batallas, necios en las razones,disparatados en los viajes, y, finalmente, ajenos de todo discretoartificio, y por esto dignos de ser desterrados de la república cristiana,como a gente inútil.

El cura le estuvo escuchando con grande atención, y parecióle hombre debuen entendimiento, y que tenía razón en cuanto decía; y así, le dijo que,por ser él de su mesma opinión y tener ojeriza a los libros de caballerías,había quemado todos los de don Quijote, que eran muchos. Y contóle elescrutinio que dellos había hecho, y los que había condenado al fuego ydejado con vida, de que no poco se rió el canónigo, y dijo que, con todocuanto mal había dicho de tales libros, hallaba en ellos una cosa buena:que era el sujeto que ofrecían para que un buen entendimiento pudiesemostrarse en ellos, porque daban largo y espacioso campo por donde sinempacho alguno pudiese correr la pluma, descubriendo naufragios, tormentas,rencuentros y batallas; pintando un capitán valeroso con todas las partesque para ser tal se requieren, mostrándose prudente previniendo lasastucias de sus enemigos, y elocuente orador persuadiendo o disuadiendo asus soldados, maduro en el consejo, presto en lo determinado, tan valienteen el esperar como en el acometer; pintando ora un lamentable y trágicosuceso, ahora un alegre y no pensado acontecimiento; allí una hermosísimadama, honesta, discreta y recatada; aquí un caballero cristiano, valiente ycomedido; acullá un desaforado bárbaro fanfarrón; acá un príncipe cortés,valeroso y bien mirado; representando bondad y lealtad de vasallos,grandezas y mercedes de señores. Ya puede mostrarse astrólogo, yacosmógrafo excelente, ya músico, ya inteligente en las materias de estado,y tal vez le vendrá ocasión de mostrarse nigromante, si quisiere.

Puedemostrar las astucias de Ulixes, la piedad de Eneas, la valentía de Aquiles,las desgracias de Héctor, las traiciones de Sinón, la amistad de Eurialio,la liberalidad de Alejandro, el valor de César, la clemencia y verdad deTrajano, la fidelidad de Zopiro, la prudencia de Catón; y, finalmente,todas aquellas acciones que pueden hacer perfecto a un varón ilustre, ahoraponiéndolas en uno solo, ahora dividiéndolas en muchos.

— Y, siendo esto hecho con apacibilidad de estilo y con ingeniosa invención,que tire lo más que fuere posible a la verdad, sin duda compondrá una telade varios y hermosos lazos tejida, que, después de acabada, tal perfeción yhermosura muestre, que consiga el fin mejor que se pretende en losescritos, que es enseñar y deleitar juntamente, como ya tengo dicho. Porquela escritura desatada destos libros da lugar a que el autor pueda mostrarseépico, lírico, trágico, cómico, con todas aquellas partes que encierran ensí las dulcísimas y agradables ciencias de la poesía y de la oratoria; quela épica también puede escrebirse en prosa como en verso.

Capítulo XLVIII. Donde prosigue el canónigo la materia de los libros decaballerías, con otras cosas dignas de su ingenio

— Así es como vuestra merced dice, señor canónigo —dijo el cura—, y por estacausa son más dignos de reprehensión los que hasta aquí han compuestosemejantes libros sin tener advertencia a ningún buen discurso, ni al artey reglas por donde pudieran guiarse y hacerse famosos en prosa, como lo sonen verso los dos príncipes de la poesía griega y latina.

— Yo, a lo menos —replicó el canónigo—, he tenido cierta tentación de hacerun libro de caballerías, guardando en él todos los puntos que hesignificado; y si he de confesar la verdad, tengo escritas más de cienhojas. Y para hacer la experiencia de si correspondían a mi estimación, lashe comunicado con hombres apasionados desta leyenda, dotos y discretos, ycon otros ignorantes, que sólo atienden al gusto de oír disparates, y detodos he hallado una agradable aprobación; pero, con todo esto, no heproseguido adelante, así por parecerme que hago cosa ajena de mi profesión,como por ver que es más el número de los simples que de los prudentes; yque, puesto que es mejor ser loado de los pocos sabios que burlado de losmuchos necios, no quiero sujetarme al confuso juicio del desvanecido vulgo,a quien por la mayor parte toca leer semejantes libros. Pero lo que más mele quitó de las manos, y aun del pensamiento, de acabarle, fue un argumentoque hice conmigo mesmo, sacado de las comedias que ahora se representa,diciendo: ''Si estas que ahora se usan, así las imaginadas como las dehistoria, todas o las más son conocidos disparates y cosas que no llevanpies ni cabeza, y, con todo eso, el vulgo las oye con gusto, y las tiene ylas aprueba por buenas, estando tan lejos de serlo, y los autores que lascomponen y los actores que las representan dicen que así han de ser, porqueasí las quiere el vulgo, y no de otra manera; y que las que llevan traza ysiguen la fábula como el arte pide, no sirven sino para cuatro discretosque las entienden, y todos los demás se quedan ayunos de entender suartificio, y que a ellos les está mejor ganar de comer con los muchos, queno opinión con los pocos, deste modo vendrá a ser un libro, al cabo dehaberme quemado las cejas por guardar los preceptos referidos, y vendré aser el sastre del cantillo''. Y, aunque algunas veces he procuradopersuadir a los actores que se engañan en tener la opinión que tienen, yque más gente atraerán y más fama cobrarán representando comedias que haganel arte que no con las disparatadas, y están tan asidos y encorporados ensu parecer, que no hay razón ni evidencia que dél los saque. Acuérdome queun día dije a uno destos pertinaces: ''Decidme, ¿no os acordáis que hapocos años que se representaron en España tres tragedias que compuso unfamoso poeta destos reinos, las cuales fueron tales, que admiraron,alegraron y suspendieron a todos cuantos las oyeron, así simples comoprudentes, así del vulgo como de los escogidos, y dieron más dineros a losrepresentantes ellas tres solas que treinta de las mejores que después acáse han hecho?'' ''Sin duda —respondió el autor que digo—, que debe de decirvuestra merced por La Isabela, La Filis y La Alejandra''. ''Por ésas digo— le repliqué yo—; y mirad si guardaban bien los preceptos del arte, y sipor guardarlos dejaron de parecer lo que eran y de agradar a todo el mundo.Así que no está la falta en el vulgo, que pide disparates, sino en aquellosque no saben representar otra cosa.

Sí, que no fue disparate La ingratitudvengada, ni le tuvo La Numancia, ni se le halló en la del Mercader amante,ni menos en La enemiga favorable, ni en otras algunas que de algunosentendidos poetas han sido compuestas, para fama y renombre suyo, y paraganancia de los que las han representado''. Y otras cosas añadí a éstas,con que, a mi parecer, le dejé algo confuso, pero no satisfecho niconvencido para sacarle de su errado pensamiento.

— En materia ha tocado vuestra merced, señor canónigo —dijo a esta sazón elcura—, que ha despertado en mí un antiguo rancor que tengo con las comediasque agora se usan, tal, que iguala al que tengo con los libros decaballerías; porque, habiendo de ser la comedia, según le parece a Tulio,espejo de la vida humana, ejemplo de las costumbres y imagen de la verdad,las que ahora se representan son espejos de disparates, ejemplos denecedades e imágenes de lascivia. Porque,

¿qué mayor disparate puede ser enel sujeto que tratamos que salir un niño en mantillas en la primera cenadel primer acto, y en la segunda salir ya hecho hombre barbado? Y ¿quémayor que pintarnos un viejo valiente y un mozo cobarde, un lacayorectórico, un paje consejero, un rey ganapán y una princesa fregona? ¿Quédiré, pues, de la observancia que guardan en los tiempos en que pueden opodían suceder las acciones que representan, sino que he visto comedia quela primera jornada comenzó en Europa, la segunda en Asia, la tercera seacabó en Africa, y ansí fuera de cuatro jornadas, la cuarta acababa enAmérica, y así se hubiera hecho en todas las cuatro partes del mundo? Y sies que la imitación es lo principal que ha de tener la comedia, ¿cómo esposible que satisfaga a ningún mediano entendimiento que, fingiendo unaacción que pasa en tiempo del rey Pepino y Carlomagno, el mismo que en ellahace la persona principal le atribuyan que fue el emperador Heraclio, queentró con la Cruz en Jerusalén, y el que ganó la Casa Santa, como Godofrede Bullón, habiendo infinitos años de lo uno a lo otro; y fundándose lacomedia sobre cosa fingida, atribuirle verdades de historia, y mezclarlepedazos de otras sucedidas a diferentes personas y tiempos, y esto, no contrazas verisímiles, sino con patentes errores de todo punto inexcusables? Yes lo malo que hay ignorantes que digan que esto es lo perfecto, y que lodemás es buscar gullurías. Pues, ¿qué si venimos a las comedias divinas?:¡qué de milagros falsos fingen en ellas, qué de cosas apócrifas y malentendidas, atribuyendo a un santo los milagros de otro! Y aun en lashumanas se atreven a hacer milagros, sin más respeto ni consideración queparecerles que allí estará bien el tal milagro y apariencia, como ellosllaman, para que gente ignorante se admire y venga a la comedia; que todoesto es en perjuicio de la verdad y en menoscabo de las historias, y aun enoprobrio de los ingenios españoles; porque los estranjeros, que con muchapuntualidad guardan las leyes de la comedia, nos tienen por bárbaros eignorantes, viendo los absurdos y disparates de las que hacemos. Y no seríabastante disculpa desto decir que el principal intento que las repúblicasbien ordenadas tienen, permitiendo que se hagan públicas comedias, es paraentretener la comunidad con alguna honesta recreación, y divertirla a vecesde los malos humores que suele engendrar la ociosidad; y que, pues éste seconsigue con cualquier comedia, buena o mala, no hay para qué poner leyes,ni estrechar a los que las componen y representan a que las hagan comodebían hacerse, pues, como he dicho, con cualquiera se consigue lo que conellas se pretende. A lo cual respondería yo que este fin se conseguiríamucho mejor, sin comparación alguna, con las comedias buenas que con las notales; porque, de haber oído la comedia artificiosa y bien ordenada,saldría el oyente alegre con las burlas, enseñado con las veras, admiradode los sucesos, discreto con las razones, advertido con los embustes, sagazcon los ejemplos, airado contra el vicio y enamorado de la virtud; quetodos estos afectos ha de despertar la buena comedia en el ánimo del que laescuchare, por rústico y torpe que sea; y de toda imposibilidad esimposible dejar de alegrar y entretener, satisfacer y contentar, la comediaque todas estas partes tuviere mucho más que aquella que careciere dellas,como por la mayor parte carecen estas que de ordinario agora serepresentan. Y no tienen la culpa desto los poetas que las componen, porquealgunos hay dellos que conocen muy bien en lo que yerran, y sabenestremadamente lo que deben hacer; pero, como las comedias se han hechomercadería vendible, dicen, y dicen verdad, que los representantes no selas comprarían si no fuesen de aquel jaez; y así, el poeta procuraacomodarse con lo que el representante que le ha de pagar su obra le pide.Y que esto sea verdad véase por muchas e infinitas comedias que hacompuesto un felicísimo ingenio destos reinos, con tanta gala, con tantodonaire, con tan elegante verso, con tan buenas razones, con tan gravessentencias y, finalmente, tan llenas de elocución y alteza de estilo, quetiene lleno el mundo de su fama. Y, por querer acomodarse al gusto de losrepresentantes, no han llegado todas, como han llegado algunas, al punto dela perfección que requieren. Otros las componen tan sin mirar lo que hacen,que después de representadas tienen necesidad los recitantes de huirse yausentarse, temerosos de ser castigados, como lo han sido muchas veces, porhaber representado cosas en perjuicio de algunos reyes y en deshonra dealgunos linajes. Y todos estos inconvinientes cesarían, y aun otros muchosmás que no digo, con que hubiese en la Corte una persona inteligente ydiscreta que examinase todas las comedias antes que se representasen (nosólo aquellas que se hiciesen en la Corte, sino todas las que se quisiesenrepresentar en España), sin la cual aprobación, sello y firma, ningunajusticia en su lugar dejase representar comedia alguna; y, desta manera,los comediantes tendrían cuidado de enviar las comedias a la Corte, y conseguridad podrían representallas, y aquellos que las componen mirarían conmás cuidado y estudio lo que hacían, temorosos de haber de pasar sus obraspor el riguroso examen de quien lo entiende; y desta manera se haríanbuenas comedias y se conseguiría felicísimamente lo que en ellas sepretende: así el entretenimiento del pueblo, como la opinión de losingenios de España, el interés y seguridad de los recitantes y el ahorrodel cuidado de castigallos. Y si diese cargo a otro, o a este mismo, queexaminase los libros de caballerías que de nuevo se compusiesen, sin dudapodrían salir algunos con la perfección que vuestra merced ha dicho,enriqueciendo nuestra lengua del agradable y precioso tesoro de laelocuencia, dando ocasión que los libros viejos se escureciesen a la luz delos nuevos que saliesen, para honesto pasatiempo, no solamente de losociosos, sino de los más ocupados; pues no es posible que esté continuo elarco armado, ni la condición y flaqueza humana se pueda sustentar sinalguna lícita recreación.

A este punto de su coloquio llegaban el canónigo y el cura, cuando,adelantándose el barbero, llegó a ellos, y dijo al cura:

— Aquí, señor licenciado, es el lugar que yo dije que era bueno para que,sesteando nosotros, tuviesen los bueyes fresco y abundoso pasto.

— Así me lo parece a mí —respondió el cura.

Y, diciéndole al canónigo lo que pensaba hacer, él también quiso quedarsecon ellos, convidado del sitio de un hermoso valle que a la vista se lesofrecía. Y, así por gozar dél como de la conversación del cura, de quien yaiba aficionado, y por saber más por menudo las hazañas de don Quijote,mandó a algunos de sus criados que se fuesen a la venta, que no lejos deallí estaba, y trujesen della lo que hubiese de comer, para todos, porqueél determinaba de sestear en aquel lugar aquella tarde; a lo cual uno desus criados respondió que el acémila del repuesto, que ya debía de estar enla venta, traía recado bastante para no obligar a no tomar de la venta másque cebada.

— Pues así es —dijo el canónigo—, llévense allá todas las cabalgaduras, yhaced volver la acémila.

En tanto que esto pasaba, viendo Sancho que podía hablar a su amo sin lacontinua asistencia del cura y el barbero, que tenía por sospechosos, sellegó a la jaula donde iba su amo, y le dijo:

— Señor, para descargo de mi conciencia, le quiero decir lo que pasa cercade su encantamento; y es que aquestos dos que vienen aquí cubiertos losrostros son el cura de nuestro lugar y el barbero; y imagino han dado estatraza de llevalle desta manera, de pura envidia que tienen como vuestramerced se les adelanta en hacer famosos hechos. Presupuesta, pues, estaverdad, síguese que no va encantado, sino embaído y tonto. Para prueba delo cual le quiero preguntar una cosa; y si me responde como creo que me hade responder, tocará con la mano este engaño y verá como no va encantado,sino trastornado el juicio.

— Pregunta lo que quisieres, hijo Sancho —respondió don Quijote—, que yo tesatisfaré y responderé a toda tu voluntad. Y en lo que dices que aquellosque allí van y vienen con nosotros son el cura y el barbero, nuestroscompatriotos y conocidos, bien podrá ser que parezca que son ellos mesmos;pero que lo sean realmente y en efeto, eso no lo creas en ninguna manera.Lo que has de creer y entender es que si ellos se les parecen, como dices,debe de ser que los que me han encantado habrán tomado esa apariencia ysemejanza; porque es fácil a los encantadores tomar la figura que se lesantoja, y habrán tomado las destos nuestros amigos, para darte a ti ocasiónde que pienses lo que piensas, y ponerte en un laberinto de imaginaciones,que no aciertes a salir dél, aunque tuvieses la soga de Teseo. Y también lohabrán hecho para que yo vacile en mi entendimiento, y no sepa atinar dedónde me viene este daño; porque si, por una parte, tú me dices que meacompañan el barbero y el cura de nuestro pueblo, y, por otra, yo me veoenjaulado, y sé de mí que fuerzas humanas, como no fueran sobrenaturales,no fueran bastantes para enjaularme, ¿qué quieres que diga o piense sinoque la manera de mi encantamento excede a cuantas yo he leído en todaslas historias que tratan de caballeros andantes que han sido encantados?Ansí que, bien puedes darte paz y sosiego en esto de creer que son los quedices, porque así son ellos como yo soy turco. Y, en lo que toca a quererpreguntarme algo, di, que yo te responderé, aunque me preguntes de aquí amañana.

— ¡Válame Nuestra Señora! —respondió Sancho, dando una gran voz—. Y ¿esposible que sea vuestra merced tan duro de celebro, y tan falto de meollo,que no eche de ver que es pura verdad la que le digo, y que en esta suprisión y desgracia tiene más parte la malicia que el encanto?

Pero, puesasí es, yo le quiero probar evidentemente como no va encantado. Si no,dígame, así Dios le saque desta tormenta, y así se vea en los brazos de miseñora Dulcinea cuando menos se piense...

— Acaba de conjurarme —dijo don Quijote—, y pregunta lo que quisieres; queya te he dicho que te responderé con toda puntualidad.

— Eso pido —replicó Sancho—; y lo que quiero saber es que me diga, sinañadir ni quitar cosa ninguna, sino con toda verdad, como se espera que lahan de decir y la dicen todos aquellos que profesan las armas, como vuestramerced las profesa, debajo de título de caballeros andantes...

— Digo que no mentiré en cosa alguna —respondió don Quijote—. Acaba ya depreguntar, que en verdad que me cansas con tantas salvas, plegarias yprevenciones, Sancho.

— Digo que yo estoy seguro de la bondad y verdad de mi amo; y así, porquehace al caso a nuestro cuento, pregunto, hablando con acatamiento, si acasodespués que vuestra merced va enjaulado y, a su parecer, encantado en estajaula, le ha venido gana y voluntad de hacer aguas mayores o menores, comosuele decirse.

— No entiendo eso de hacer aguas, Sancho; aclárate más, si quieres que teresponda derechamente.

— ¿Es posible que no entiende vuestra merced de hacer aguas menores omayores? Pues en la escuela destetan a los muchachos con ello. Pues sepaque quiero decir si le ha venido gana de hacer lo que no se escusa.

— ¡Ya, ya te entiendo, Sancho! Y muchas veces; y aun agora la tengo. ¡Sácamedeste peligro, que no anda todo limpio!

Capítulo XLIX. Donde se trata del discreto coloquio que Sancho Panza tuvocon su señor don Quijote

— ¡Ah —dijo Sancho—; cogido le tengo! Esto es lo que yo deseaba saber, comoal alma y como a la vida. Venga acá, señor: ¿podría negar lo que comúnmentesuele decirse por ahí cuando una persona está de mala voluntad: "No sé quétiene fulano, que ni come, ni bebe, ni duerme, ni responde a propósito a loque le preguntan, que no parece sino que está encantado"? De donde se vienea sacar que los que no comen, ni beben, ni duermen, ni hacen las obrasnaturales que yo digo, estos tales están encantados; pero no aquellos quetienen la gana que vuestra merced tiene y que bebe cuando se lo dan, y comecuando lo tiene, y responde a todo aquello que le preguntan.

— Verdad dices, Sancho —respondió don Quijote—, pero ya te he dicho que haymuchas maneras de encantamentos, y podría ser que con el tiempo se hubiesenmudado de unos en otros, y que agora se use que los encantados hagan todolo que yo hago, aunque antes no lo hacían. De manera que contra el uso delos tiempos no hay que argüir ni de qué hacer consecuencias. Yo sé y tengopara mí que voy encantado, y esto me basta para la seguridad de miconciencia; que la formaría muy grande si yo pensase que no estabaencantado y me dejase estar en esta jaula, perezoso y cobarde, defraudandoel socorro que podría dar a muchos menesterosos y necesitados que de miayuda y amparo deben tener a la hora de ahora precisa y estrema necesidad.

— Pues, con todo eso —replicó Sancho—, digo que, para mayor abundancia ysatisfación, sería bien que vuestra merced probase a salir desta cárcel,que yo me obligo con todo mi poder a facilitarlo, y aun a sacarle della, yprobase de nuevo a subir sobre su buen Rocinante, que también parece que vaencantado, según va de malencólico y triste; y, hecho esto, probásemos otravez la suerte de buscar más aventuras; y si no nos sucediese bien, tiemponos queda para volvernos a la jaula, en la cual prometo, a ley de buen yleal escudero, de encerrarme juntamente con vuestra merced, si acaso fuerevuestra merced tan desdichado, o yo tan simple, que no acierte a salir conlo que digo.

— Yo soy contento de hacer lo que dices, Sancho hermano —replicó donQuijote—; y cuando tú veas coyuntura de poner en obra mi libertad, yo teobedeceré en todo y por todo; pero tú, Sancho, verás como te engañas en elconocimiento de mi desgracia.

En estas pláticas se entretuvieron el caballero andante y el mal andanteescudero, hasta que llegaron donde, ya apeados, los aguardaban el cura, elcanónigo y el barbero. Desunció luego los bueyes de la carreta el boyero, ydejólos andar a sus anchuras por aquel verde y apacible sitio, cuyafrescura convidaba a quererla gozar, no a las personas tan encantadas comodon Quijote, sino a los tan advertidos y discretos como su escudero; elcual rogó al cura que permitiese que su señor saliese por un rato de lajaula, porque si no le dejaban salir, no iría tan limpia aquella prisióncomo requiría la decencia de un tal caballero como su amo. Entendióle elcura, y dijo que de muy buena gana haría lo que le pedía si no temiera que,en viéndose su señor en libertad, había de hacer de las suyas, y irse dondejamás gentes le viesen.

— Yo le fío de la fuga —respondió Sancho.

— Y yo y todo —dijo el canónigo—; y más si él me da la palabra, comocaballero, de no apartarse de nosotros hasta que sea nuestra voluntad.

— Sí doy —respondió don Quijote, que todo lo estaba escuchando—; cuanto más,que el que está encantado, como yo, no tiene libertad para hacer de supersona lo que quisiere, porque el que le encantó le puede hacer que no semueva de un lugar en tres siglos; y si hubiere huido, le hará volver envolandas. —Y que, pues esto era así, bien podían soltalle, y más, siendotan en provecho de todos; y del no soltalle les protestaba que no podíadejar de fatigalles el olfato, si de allí no se desviaban.

Tomóle la mano el canónigo, aunque las tenía atadas, y, debajo de su buenafe y palabra, le desenjaularon, de que él se alegró infinito y en grandemanera de verse fuera de la jaula. Y lo primero que hizo fue estirarse todoel cuerpo, y luego se fue donde estaba Rocinante, y, dándole dos palmadasen las ancas, dijo:

— Aún espero en Dios y en su bendita Madre, flor y espejo de los caballos,que presto nos hemos de ver los dos cual deseamos; tú, con tu señor acuestas; y yo, encima de ti, ejercitando el oficio para que Dios me echó almundo.

Y, diciendo esto, don Quijote se apartó con Sancho en remota parte, dedonde vino más aliviado y con más deseos de poner en obra lo que suescudero ordenase.

Mirábalo el canónigo, y admirábase de ver la estrañeza de su grande locura,y de que, en cuanto hablaba y respondía, mostraba tener bonísimoentendimiento: solamente venía a perder los estribos, como otras veces seha dicho, en tratándole de caballería. Y así, movido de compasión, despuésde haberse sentado todos en la verde yerba, para esperar el repuesto delcanónigo, le dijo:

— ¿Es posible, señor hidalgo, que haya podido tanto con vuestra merced laamarga y ociosa letura de los libros de caballerías, que le hayan vuelto eljuicio de modo que venga a creer que va encantado, con otras cosas destejaez, tan lejos de ser verdaderas como lo está la mesma mentira de laverdad? Y ¿cómo es posible que haya entendimiento humano que se dé aentender que ha habido en el mundo aquella infinidad de Amadises, y aquellaturbamulta de tanto famoso caballero, tanto emperador de Trapisonda, tantoFelixmarte de Hircania, tanto palafrén, tanta doncella andante, tantassierpes, tantos endriagos, tantos gigantes, tantas inauditas aventuras,tanto género de encantamentos, tantas batallas, tantos desaforadosencuentros, tanta bizarría de trajes, tantas princesas enamoradas, tantosescuderos condes, tantos enanos graciosos, tanto billete, tanto requiebro,tantas mujeres valientes; y, finalmente, tantos y tan disparatados casoscomo los libros de caballerías contienen? De mí sé decir que, cuando losleo, en tanto que no pongo la imaginación en pensar que son todos mentira yliviandad, me dan algún contento; pero, cuando caigo en la cuenta de lo queson, doy con el mejor dellos en la pared, y aun diera con él en el fuego sicerca o presente le tuviera, bien como a merecedores de tal pena, por serfalsos y embusteros, y fuera del trato que pide la común naturaleza, y comoa inventores de nuevas sectas y de nuevo modo de vida, y como a quien daocasión que el vulgo ignorante venga a creer y a tener por verdaderastantas necedades como contienen. Y aun tienen tanto atrevimiento, que seatreven a turbar los ingenios de los discretos y bien nacidos hidalgos,como se echa bien de ver por lo que con vuestra merced han hecho, pues lehan traído a términos que sea forzoso encerrarle en una jaula, y traerlesobre un carro de bueyes, como quien trae o lleva algún león o algún tigre,de lugar en lugar, para ganar con él dejando que le vean. ¡Ea, señor donQuijote, duélase de sí mismo, y redúzgase al gremio de la discreción, ysepa usar de la mucha que el cielo fue servido de darle, empleando elfelicísimo talento de su ingenio en otra letura que redunde enaprovechamiento de su conciencia y en aumento de su honra! Y si todavía,llevado de su natural inclinación, quisiere leer libros de hazañas y decaballerías, lea en la Sacra Escritura el de los Jueces; que allí hallaráverdades grandiosas y hechos tan verdaderos como valientes. Un Viriato tuvoLusitania; un César, Roma; un Anibal, Cartago; un Alejandro, Grecia; unconde Fernán González, Castilla; un Cid, Valencia; un Gonzalo Fernández,Andalucía; un Diego García de Paredes, Estremadura; un Garci Pérez deVargas, Jerez; un Garcilaso, Toledo; un don Manuel de León, Sevilla, cuyaleción de sus valerosos hechos puede entretener, enseñar, deleitar yadmirar a los más altos ingenios que los leyeren. Ésta sí será letura dignadel buen entendimiento de vuestra merced, señor don Quijote mío, de la cualsaldrá erudito en la historia, enamorado de la virtud, enseñado en labondad, mejorado en las costumbres, valiente sin temeridad, osado sincobardía, y todo esto, para honra de Dios, provecho suyo y fama de laMancha; do, según he sabido, trae vuestra merced su principio y origen.

Atentísimamente estuvo don Quijote escuchando las razones del canónigo; y,cuando vio que ya había puesto fin a ellas, después de haberle estado unbuen espacio mirando, le dijo:

— Paréceme, señor hidalgo, que la plática de vuestra merced se ha encaminadoa querer darme a entender que no ha habido caballeros andantes en el mundo,y que todos los libros de caballerías son falsos, mentirosos, dañadores einútiles para la república; y que yo he hecho mal en leerlos, y peor encreerlos, y más mal en imitarlos, habiéndome puesto a seguir la durísimaprofesión de la caballería andante, que ellos enseñan, negándome que no hahabido en el mundo Amadises, ni de Gaula ni de Grecia, ni todos los otroscaballeros de que las escrituras están llenas.

— Todo es al pie de la letra como vuestra merced lo va relatando —dijo aestá sazón el canónigo.

A lo cual respondió don Quijote:

— Añadió también vuestra merced, diciendo que me habían hecho mucho dañotales libros, pues me habían vuelto el juicio y puéstome en una jaula, yque me sería mejor hacer la enmienda y mudar de letura, leyendo otros másverdaderos y que mejor deleitan y enseñan.

— Así es —dijo el canónigo.

— Pues yo —replicó don Quijote— hallo por mi cuenta que el sin juicio y elencantado es vuestra merced, pues se ha puesto a decir tantas blasfemiascontra una cosa tan recebida en el mundo, y tenida por tan verdadera, queel que la negase, como vuestra merced la niega, merecía la mesma pena quevuestra merced dice que da a los libros cuando los lee y le enfadan.

Porquequerer dar a entender a nadie que Amadís no fue en el mundo, ni todos losotros caballeros aventureros de que están colmadas las historias, seráquerer persuadir que el sol no alumbra, ni el yelo enfría, ni la tierrasustenta; porque, ¿qué ingenio puede haber en el mundo que pueda persuadira otro que no fue verdad lo de la infanta Floripes y Guy de Borgoña, y lode Fierabrás con la puente de Mantible, que sucedió en el tiempo deCarlomagno; que voto a tal que es tanta verdad como es ahora de día? Y sies mentira, también lo debe de ser que no hubo Héctor, ni Aquiles, ni laguerra de Troya, ni los Doce Pares de Francia, ni el rey Artús deIngalaterra, que anda hasta ahora convertido en cuervo y le esperan en sureino por momentos. Y también se atreverán a decir que es mentirosa lahistoria de Guarino Mezquino, y la de la demanda del Santo Grial, y que sonapócrifos los amores de don Tristán y la reina Iseo, como los de Ginebra yLanzarote, habiendo personas que casi se acuerdan de haber visto a la dueñaQuintañona, que fue la mejor escanciadora de vino que tuvo la Gran Bretaña.Y es esto tan ansí, que me acuerdo yo que me decía una mi agüela de partesde mi padre, cuando veía alguna dueña con tocas reverendas: ''Aquélla,nieto, se parece a la dueña Quintañona''; de donde arguyo yo que la debióde conocer ella o, por lo menos, debió de alcanzar a ver algún retratosuyo. Pues, ¿quién podrá negar no ser verdadera la historia de Pierres y lalinda Magalona, pues aun hasta hoy día se vee en la armería de los reyes laclavija con que volvía al caballo de madera, sobre quien iba el valientePierres por los aires, que es un poco mayor que un timón de carreta? Yjunto a la clavija está la silla de Babieca, y en Roncesvalles está elcuerno de Roldán, tamaño como una grande viga: de donde se infiere que huboDoce Pares, que hubo Pierres, que hubo Cides, y otros caballerossemejantes,

déstos

que

dicen

las

gentes

que a sus aventuras van.

Si no, díganme también que no es verdad que fue caballero andante elvaliente lusitano Juan de Merlo, que fue a Borgoña y se combatió en laciudad de Ras con el famoso señor de Charní, llamado mosén Pierres, ydespués, en la ciudad de Basilea, con mosén Enrique de Remestán, saliendode entrambas empresas vencedor y lleno de honrosa fama; y las aventuras ydesafíos que también acabaron en Borgoña los valientes españoles PedroBarba y Gutierre Quijada (de cuya alcurnia yo deciendo por línea recta devarón), venciendo a los hijos del conde de San Polo.

Niéguenme, asimesmo,que no fue a buscar las aventuras a Alemania don Fernando de Guevara, dondese combatió con micer Jorge, caballero de la casa del duque de Austria;digan que fueron burla las justas de Suero de Quiñones, del Paso; lasempresas de mosén Luis de Falces contra don Gonzalo de Guzmán, caballerocastellano, con otras muchas hazañas hechas por caballeros cristianos,déstos y de los reinos estranjeros, tan auténticas y verdaderas, que tornoa decir que el que las negase carecería de toda razón y buen discurso.

Admirado quedó el canónigo de oír la mezcla que don Quijote hacía deverdades y mentiras, y de ver la noticia que tenía de todas aquellas cosastocantes y concernientes a los hechos de su andante caballería; y así, lerespondió:

— No puedo yo negar, señor don Quijote, que no sea verdad algo de lo quevuestra merced ha dicho, especialmente en lo que toca a los caballerosandantes españoles; y, asimesmo, quiero conceder que hubo Doce Pares deFrancia, pero no quiero creer que hicieron todas aquellas cosas que elarzobispo Turpín dellos escribe; porque la verdad dello es que fueroncaballeros escogidos por los reyes de Francia, a quien llamaron pares porser todos iguales en valor, en calidad y en valentía; a lo menos, si no loeran, era razón que lo fuesen y era como una religión de las que ahora seusan de Santiago o de Calatrava, que se presupone que los que la profesanhan de ser, o deben ser, caballeros valerosos, valientes y bien nacidos; y,como ahora dicen caballero de San Juan, o de Alcántara, decían en aqueltiempo caballero de los Doce Pares, porque no fueron doce iguales los quepara esta religión militar se escogieron. En lo de que hubo Cid no hayduda, ni menos Bernardo del Carpio, pero de que hicieron las hazañas quedicen, creo que la hay muy grande. En lo otro de la clavija que vuestramerced dice del conde Pierres, y que está junto a la silla de Babieca en laarmería de los reyes, confieso mi pecado; que soy tan ignorante, o tancorto de vista, que, aunque he visto la silla, no he echado de ver laclavija, y más siendo tan grande como vuestra merced ha dicho.

— Pues allí está, sin duda alguna —replicó don Quijote—; y, por más señas,dicen que está metida en una funda de vaqueta, porque no se tome de moho.

— Todo puede ser —respondió el canónigo—; pero, por las órdenes que recebí,que no me acuerdo haberla visto. Mas, puesto que conceda que está allí, nopor eso me obligo a creer las historias de tantos Amadises, ni las de tantaturbamulta de caballeros como por ahí nos cuentan; ni es razón que unhombre como vuestra merced, tan honrado y de tan buenas partes, y dotado detan buen entendimiento, se dé a entender que son verdaderas tantas y tanestrañas locuras como las que están escritas en los disparatados libros decaballerías.

Capítulo L. De las discretas altercaciones que don Quijote y el canónigotuvieron, con otros sucesos