Don Quijote by Miguel de Cervantes Saavedra - HTML preview

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navego

confuso,

el

alma

a

mirarla

atenta,

cuidadosa

y

con

descuido.

Recatos

impertinentes,

honestidad

contra

el

uso,

son

nubes

que

me

la

encubren

cuando

más

verla

procuro.

¡Oh

clara

y

luciente

estrella,

en

cuya

lumbre

me

apuro!;

al

punto

que

te

me

encubras,

será de mi muerte el punto.

Llegando el que cantaba a este punto, le pareció a Dorotea que no seríabien que dejase Clara de oír una tan buena voz; y así, moviéndola a una y aotra parte, la despertó diciéndole:

— Perdóname, niña, que te despierto, pues lo hago porque gustes de oír lamejor voz que quizá habrás oído en toda tu vida.

Clara despertó toda soñolienta, y de la primera vez no entendió lo queDorotea le decía; y, volviéndoselo a preguntar, ella se lo volvió a decir,por lo cual estuvo atenta Clara. Pero, apenas hubo oído dos versos que elque cantaba iba prosiguiendo, cuando le tomó un temblor tan estraño como side algún grave accidente de cuartana estuviera enferma, y, abrazándoseestrechamente con Teodora, le dijo:

— ¡Ay señora de mi alma y de mi vida!, ¿para qué me despertastes?; que elmayor bien que la fortuna me podía hacer por ahora era tenerme cerrados losojos y los oídos, para no ver ni oír a ese desdichado músico.

— ¿Qué es lo que dices, niña?; mira que dicen que el que canta es un mozo demulas.

— No es sino señor de lugares —respondió Clara—, y el que le tiene en mialma con tanta seguridad que si él no quiere dejalle, no le será quitadoeternamente.

Admirada quedó Dorotea de las sentidas razones de la muchacha, pareciéndoleque se aventajaban en mucho a la discreción que sus pocos años prometían; yasí, le dijo:

— Habláis de modo, señora Clara, que no puedo entenderos: declaraos más ydecidme qué es lo que decís de alma y de lugares, y deste músico, cuya voztan inquieta os tiene. Pero no me digáis nada por ahora, que no quieroperder, por acudir a vuestro sobresalto, el gusto que recibo de oír al quecanta; que me parece que con nuevos versos y nuevo tono torna a su canto.

— Sea en buen hora —respondió Clara.

Y, por no oílle, se tapó con las manos entrambos oídos, de lo que tambiénse admiró Dorotea; la cual, estando atenta a lo que se cantaba, vio queproseguían en esta manera:

-Dulce

esperanza

mía,

que,

rompiendo

imposibles

y

malezas,

sigues

firme

la

vía

que

mesma

te

finges

y

aderezas:

no

te

desmaye

el

verte

a

cada

paso

junto

al

de

tu

muerte.

No

alcanzan

perezosos

honrados

triunfos

ni

vitoria

alguna,

ni

pueden

ser

dichosos

los

que,

no

contrastando

a

la

fortuna,

entregan,

desvalidos,

al

ocio

blando

todos

los

sentidos.

Que

amor

sus

glorias

venda

caras,

es

gran

razón,

y

es

trato

justo,

pues

no

hay

más

rica

prenda

que

la

que

se

quilata

por

su

gusto;

y

es

cosa

manifiesta

que

no

es

de

estima

lo

que

poco

cuesta.

Amorosas

porfías

tal

vez

alcanzan

imposibles

cosas;

y

ansí,

aunque

con

las

mías

sigo

de

amor

las

más

dificultosas,

no

por

eso

recelo

de no alcanzar desde la tierra el cielo.

Aquí dio fin la voz, y principio a nuevos sollozos Clara. Todo lo cualencendía el deseo de Dorotea, que deseaba saber la causa de tan suave cantoy de tan triste lloro. Y así, le volvió a preguntar qué era lo que lequería decir denantes. Entonces Clara, temerosa de que Luscinda no laoyese, abrazando estrechamente a Dorotea, puso su boca tan junto del oídode Dorotea, que seguramente podía hablar sin ser de otro sentida, y así ledijo:

— Este que canta, señora mía, es un hijo de un caballero natural del reinode Aragón, señor de dos lugares, el cual vivía frontero de la casa de mipadre en la Corte; y, aunque mi padre tenía las ventanas de su casa conlienzos en el invierno y celosías en el verano, yo no sé lo que fue, ni loque no, que este caballero, que andaba al estudio, me vio, ni sé si en laiglesia o en otra parte.

Finalmente, él se enamoró de mí, y me lo dio aentender desde las ventanas de su casa con tantas señas y con tantaslágrimas, que yo le hube de creer, y aun querer, sin saber lo que mequería.

Entre las señas que me hacía, era una de juntarse la una mano conla otra, dándome a entender que se casaría conmigo; y, aunque yo meholgaría mucho de que ansí fuera, como sola y sin madre, no sabía con quiéncomunicallo, y así, lo dejé estar sin dalle otro favor si no era, cuandoestaba mi padre fuera de casa y el suyo también, alzar un poco el lienzo ola celosía y dejarme ver toda, de lo que él hacía tanta fiesta, que dabaseñales de volverse loco. Llegóse en esto el tiempo de la partida de mipadre, la cual él supo, y no de mí, pues nunca pude decírselo.

Cayó malo, alo que yo entiendo, de pesadumbre; y así, el día que nos partimos nuncapude verle para despedirme dél, siquiera con los ojos. Pero, a cabo de dosdías que caminábamos, al entrar de una posada, en un lugar una jornada deaquí, le vi a la puerta del mesón, puesto en hábito de mozo de mulas, tanal natural que si yo no le trujera tan retratado en mi alma fuera imposibleconocelle. Conocíle, admiréme y alegréme; él me miró a hurto de mi padre,de quien él siempre se esconde cuando atraviesa por delante de mí en loscaminos y en las posadas do llegamos; y, como yo sé quién es, y consideroque por amor de mí viene a pie y con tanto trabajo, muérome de pesadumbre,y adonde él pone los pies pongo yo los ojos. No sé con qué intención viene,ni cómo ha podido escaparse de su padre, que le quiere estraordinariamente,porque no tiene otro heredero, y porque él lo merece, como lo verá vuestramerced cuando le vea. Y más le sé decir: que todo aquello que canta lo sacade su cabeza; que he oído decir que es muy gran estudiante y poeta. Y haymás: que cada vez que le veo o le oigo cantar, tiemblo toda y mesobresalto, temerosa de que mi padre le conozca y venga en conocimiento denuestros deseos.

En mi vida le he hablado palabra, y, con todo eso, lequiero de manera que no he de poder vivir sin él. Esto es, señora mía, todolo que os puedo decir deste músico, cuya voz tanto os ha contentado; que ensola ella echaréis bien de ver que no es mozo de mulas, como decís, sinoseñor de almas y lugares, como yo os he dicho.

— No digáis más, señora doña Clara —dijo a esta sazón Dorotea, y esto,besándola mil veces—; no digáis más, digo, y esperad que venga el nuevodía, que yo espero en Dios de encaminar de manera vuestros negocios, quetengan el felice fin que tan honestos principios merecen.

— ¡Ay señora! —dijo doña Clara—, ¿qué fin se puede esperar, si su padre estan principal y tan rico que le parecerá que aun yo no puedo ser criada desu hijo, cuanto más esposa? Pues casarme yo a hurto de mi padre, no lo harépor cuanto hay en el mundo. No querría sino que este mozo se volviese y medejase; quizá con no velle y con la gran distancia del camino que llevamosse me aliviaría la pena que ahora llevo, aunque sé decir que este remedioque me imagino me ha de aprovechar bien poco. No sé qué diablos ha sidoesto, ni por dónde se ha entrado este amor que le tengo, siendo yo tanmuchacha y él tan muchacho, que en verdad que creo que somos de una edadmesma, y que yo no tengo cumplidos diez y seis años; que para el día de SanMiguel que vendrá dice mi padre que los cumplo.

No pudo dejar de reírse Dorotea, oyendo cuán como niña hablaba doña Clara,a quien dijo:

— Reposemos, señora, lo poco que creo queda de la noche, y amanecerá Dios ymedraremos, o mal me andarán las manos.

Sosegáronse con esto, y en toda la venta se guardaba un grande silencio;solamente no dormían la hija de la ventera y Maritornes, su criada, lascuales, como ya sabían el humor de que pecaba don Quijote, y que estabafuera de la venta armado y a caballo haciendo la guarda, determinaron lasdos de hacelle alguna burla, o, a lo menos, de pasar un poco el tiempooyéndole sus disparates.

Es, pues, el caso que en toda la venta no había ventana que saliese alcampo, sino un agujero de un pajar, por donde echaban la paja por defuera.A este agujero se pusieron las dos semidoncellas, y vieron que don Quijoteestaba a caballo, recostado sobre su lanzón, dando de cuando en cuando tandolientes y profundos suspiros que parecía, que con cada uno se learrancaba el alma. Y asimesmo oyeron que decía con voz blanda, regalada yamorosa:

— ¡Oh mi señora Dulcinea del Toboso, estremo de toda hermosura, fin y rematede la discreción, archivo del mejor donaire, depósito de la honestidad, y,ultimadamente, idea de todo lo provechoso, honesto y deleitable que hay enel mundo! Y ¿qué fará agora la tu merced? ¿Si tendrás por ventura lasmientes en tu cautivo caballero, que a tantos peligros, por sólo servirte,de su voluntad ha querido ponerse? Dame tú nuevas della, ¡oh luminaria delas tres caras! Quizá con envidia de la suya la estás ahora mirando; que, opaseándose por alguna galería de sus suntuosos palacios, o ya puesta depechos sobre algún balcón, está considerando cómo, salva su honestidad ygrandeza, ha de amansar la tormenta que por ella este mi cuitado corazónpadece, qué gloria ha de dar a mis penas, qué sosiego a mi cuidado y,finalmente, qué vida a mi muerte y qué premio a mis servicios. Y tú, sol,que ya debes de estar apriesa ensillando tus caballos, por madrugar y salira ver a mi señora, así como la veas, suplícote que de mi parte la saludes;pero guárdate que al verla y saludarla no le des paz en el rostro, quetendré más celos de ti que tú los tuviste de aquella ligera ingrata quetanto te hizo sudar y correr por los llanos de Tesalia, o por las riberasde Peneo, que no me acuerdo bien por dónde corriste entonces celoso yenamorado.

A este punto llegaba entonces don Quijote en su tan lastimerorazonamiento, cuando la hija de la ventera le comenzó a cecear y adecirle:

— Señor mío, lléguese acá la vuestra merced si es servido.

A cuyas señas y voz volvió don Quijote la cabeza, y vio, a la luz de laluna, que entonces estaba en toda su claridad, cómo le llamaban del agujeroque a él le pareció ventana, y aun con rejas doradas, como conviene que lastengan tan ricos castillos como él se imaginaba que era aquella venta; yluego en el instante se le representó en su loca imaginación que otra vez,como la pasada, la doncella fermosa, hija de la señora de aquel castillo,vencida de su amor, tornaba a solicitarle; y con este pensamiento, por nomostrarse descortés y desagradecido, volvió las riendas a Rocinante y sellegó al agujero, y, así como vio a las dos mozas, dijo:

— Lástima os tengo, fermosa señora, de que hayades puesto vuestras amorosasmientes en parte donde no es posible corresponderos conforme merece vuestrogran valor y gentileza; de lo que no debéis dar culpa a este miserableandante caballero, a quien tiene amor imposibilitado de poder entregar suvoluntad a otra que aquella que, en el punto que sus ojos la vieron, lahizo señora absoluta de su alma. Perdonadme, buena señora, y recogeos envuestro aposento, y no queráis, con significarme más vuestros deseos, queyo me muestre más desagradecido; y si del amor que me tenéis halláis en míotra cosa con que satisfaceros, que el mismo amor no sea, pedídmela; que yoos juro, por aquella ausente enemiga dulce mía, de dárosla en continente,si bien me pidiésedes una guedeja de los cabellos de Medusa, que eran todosculebras, o ya los mesmos rayos del sol encerrados en una redoma.

— No ha menester nada deso mi señora, señor caballero —dijo a este puntoMaritornes.

— Pues, ¿qué ha menester, discreta dueña, vuestra señora? —respondió donQuijote.

— Sola una de vuestras hermosas manos —dijo Maritornes—, por poder deshogarcon ella el gran deseo que a este agujero la ha traído, tan a peligro de suhonor que si su señor padre la hubiera sentido, la menor tajada della fuerala oreja.

— ¡Ya quisiera yo ver eso! —respondió don Quijote—; pero él se guardará biendeso, si ya no quiere hacer el más desastrado fin que padre hizo en elmundo, por haber puesto las manos en los delicados miembros de su enamoradahija.

Parecióle a Maritornes que sin duda don Quijote daría la mano que le habíanpedido, y, proponiendo en su pensamiento lo que había de hacer, se bajó delagujero y se fue a la caballeriza, donde tomó el cabestro del jumento deSancho Panza, y con mucha presteza se volvió a su agujero, a tiempo que donQuijote se había puesto de pies sobre la silla de Rocinante, por alcanzar ala ventana enrejada, donde se imaginaba estar la ferida doncella; y, aldarle la mano, dijo:

— Tomad, señora, esa mano, o, por mejor decir, ese verdugo de losmalhechores del mundo; tomad esa mano, digo, a quien no ha tocado otra demujer alguna, ni aun la de aquella que tiene entera posesión de todo micuerpo. No os la doy para que la beséis, sino para que miréis la contesturade sus nervios, la trabazón de sus músculos, la anchura y espaciosidad desus venas; de donde sacaréis qué tal debe de ser la fuerza del brazo quetal mano tiene.

— Ahora lo veremos —dijo Maritornes.

Y, haciendo una lazada corrediza al cabestro, se la echó a la muñeca, y,bajándose del agujero, ató lo que quedaba al cerrojo de la puerta del pajarmuy fuertemente. Don Quijote, que sintió la aspereza del cordel en sumuñeca, dijo:

— Más parece que vuestra merced me ralla que no que me regala la mano; no latratéis tan mal, pues ella no tiene la culpa del mal que mi voluntad oshace, ni es bien que en tan poca parte venguéis el todo de vuestro enojo.Mirad que quien quiere bien no se venga tan mal.

Pero todas estas razones de don Quijote ya no las escuchaba nadie, porque,así como Maritornes le ató, ella y la otra se fueron, muertas de risa, y ledejaron asido de manera que fue imposible soltarse.

Estaba, pues, como se ha dicho, de pies sobre Rocinante, metido todo elbrazo por el agujero y atado de la muñeca, y al cerrojo de la puerta, congrandísimo temor y cuidado, que si Rocinante se desviaba a un cabo o aotro, había de quedar colgado del brazo; y así, no osaba hacer movimientoalguno, puesto que de la paciencia y quietud de Rocinante bien se podíaesperar que estaría sin moverse un siglo entero.

En resolución, viéndose don Quijote atado, y que ya las damas se habíanido, se dio a imaginar que todo aquello se hacía por vía de encantamento,como la vez pasada, cuando en aquel mesmo castillo le molió aquel moroencantado del arriero; y maldecía entre sí su poca discreción y discurso,pues, habiendo salido tan mal la vez primera de aquel castillo, se habíaaventurado a entrar en él la segunda, siendo advertimiento de caballerosandantes que, cuando han probado una aventura y no salido bien con ella, esseñal que no está para ellos guardada, sino para otros; y así, no tienennecesidad de probarla segunda vez. Con todo esto, tiraba de su brazo, porver si podía soltarse; mas él estaba tan bien asido, que todas sus pruebasfueron en vano. Bien es verdad que tiraba con tiento, porque Rocinante nose moviese; y, aunque él quisiera sentarse y ponerse en la silla, no podíasino estar en pie, o arrancarse la mano.

Allí fue el desear de la espada de Amadís, contra quien no tenía fuerza deencantamento alguno; allí fue el maldecir de su fortuna; allí fue elexagerar la falta que haría en el mundo su presencia el tiempo que allíestuviese encantado, que sin duda alguna se había creído que lo estaba;allí el acordarse de nuevo de su querida Dulcinea del Toboso; allí fue elllamar a su buen escudero Sancho Panza, que, sepultado en sueño y tendidosobre el albarda de su jumento, no se acordaba en aquel instante de lamadre que lo había parido; allí llamó a los sabios Lirgandeo y Alquife, quele ayudasen; allí invocó a su buena amiga Urganda, que le socorriese, y,finalmente, allí le tomó la mañana, tan desesperado y confuso que bramabacomo un toro; porque no esperaba él que con el día se remediara su cuita,porque la tenía por eterna, teniéndose por encantado. Y

hacíale creer estover que Rocinante poco ni mucho se movía, y creía que de aquella suerte,sin comer ni beber ni dormir, habían de estar él y su caballo, hasta queaquel mal influjo de las estrellas se pasase, o hasta que otro más sabioencantador le desencantase.

Pero engañóse mucho en su creencia, porque, apenas comenzó a amanecer,cuando llegaron a la venta cuatro hombres de a caballo, muy bien puestos yaderezados, con sus escopetas sobre los arzones. Llamaron a la puerta de laventa, que aún estaba cerrada, con grandes golpes; lo cual, visto por donQuijote desde donde aún no dejaba de hacer la centinela, con voz arrogantey alta dijo:

— Caballeros, o escuderos, o quienquiera que seáis: no tenéis para quéllamar a las puertas deste castillo; que asaz de claro está que a taleshoras, o los que están dentro duermen, o no tienen por costumbre de abrirselas fortalezas hasta que el sol esté tendido por todo el suelo. Desviaosafuera, y esperad que aclare el día, y entonces veremos si será justo o noque os abran.

— ¿Qué diablos de fortaleza o castillo es éste —dijo uno—, para obligarnos aguardar esas ceremonias? Si sois el ventero, mandad que nos abran, quesomos caminantes que no queremos más de dar cebada a nuestras cabalgadurasy pasar adelante, porque vamos de priesa.

— ¿Paréceos, caballeros, que tengo yo talle de ventero? —respondió donQuijote.

— No sé de qué tenéis talle —respondió el otro—, pero sé que decísdisparates en llamar castillo a esta venta.

— Castillo es —replicó don Quijote—, y aun de los mejores de toda estaprovincia; y gente tiene dentro que ha tenido cetro en la mano y corona enla cabeza.

— Mejor fuera al revés —dijo el caminante—: el cetro en la cabeza y lacorona en la mano. Y

será, si a mano viene, que debe de estar dentro algunacompañía de representantes, de los cuales es tener a menudo esas coronas ycetros que decís, porque en una venta tan pequeña, y adonde se guarda tantosilencio como ésta, no creo yo que se alojan personas dignas de corona ycetro.

— Sabéis poco del mundo —replicó don Quijote—, pues ignoráis los casos quesuelen acontecer en la caballería andante.

Cansábanse los compañeros que con el preguntante venían del coloquio quecon don Quijote pasaba, y así, tornaron a llamar con grande furia; y fue demodo que el ventero despertó, y aun todos cuantos en la venta estaban; yasí, se levantó a preguntar quién llamaba. Sucedió en este tiempo que unade las cabalgaduras en que venían los cuatro que llamaban se llegó a oler aRocinante, que, melancólico y triste, con las orejas caídas, sostenía sinmoverse a su estirado señor; y como, en fin, era de carne, aunque parecíade leño, no pudo dejar de resentirse y tornar a oler a quien le llegaba ahacer caricias; y así, no se hubo movido tanto cuanto, cuando se desviaronlos juntos pies de don Quijote, y, resbalando de la silla, dieran con él enel suelo, a no quedar colgado del brazo: cosa que le causó tanto dolor quecreyó o que la muñeca le cortaban, o que el brazo se le arrancaba; porqueél quedó tan cerca del suelo que con los estremos de las puntas de los piesbesaba la tierra, que era en su perjuicio, porque, como sentía lo poco quele faltaba para poner las plantas en la tierra, fatigábase y estirábasecuanto podía por alcanzar al suelo: bien así como los que están en eltormento de la garrucha, puestos a toca, no toca, que ellos mesmos soncausa de acrecentar su dolor, con el ahínco que ponen en estirarse,engañados de la esperanza que se les representa, que con poco más que seestiren llegarán al suelo.

Capítulo XLIV. Donde se prosiguen los inauditos sucesos de la venta En efeto, fueron tantas las voces que don Quijote dio, que, abriendo depresto las puertas de la venta, salió el ventero, despavorido, a ver quiéntales gritos daba, y los que estaban fuera hicieron lo mesmo. Maritornes,que ya había despertado a las mismas voces, imaginando lo que podía ser, sefue al pajar y desató, sin que nadie lo viese, el cabestro que a donQuijote sostenía, y él dio luego en el suelo, a vista del ventero y de loscaminantes, que, llegándose a él, le preguntaron qué tenía, que tales vocesdaba. Él, sin responder palabra, se quitó el cordel de la muñeca, y,levantándose en pie, subió sobre Rocinante, embrazó su adarga, enristró sulanzón, y, tomando buena parte del campo, volvió a medio galope, diciendo:

— Cualquiera que dijere que yo he sido con justo título encantado, como miseñora la princesa Micomicona me dé licencia para ello, yo le desmiento, lerieto y desafío a singular batalla.

Admirados se quedaron los nuevos caminantes de las palabras de don Quijote,pero el ventero les quitó de aquella admiración, diciéndoles que era donQuijote, y que no había que hacer caso dél, porque estaba fuera de juicio.

Preguntáronle al ventero si acaso había llegado a aquella venta un muchachode hasta edad de quince años, que venía vestido como mozo de mulas, detales y tales señas, dando las mesmas que traía el amante de doña Clara. Elventero respondió que había tanta gente en la venta, que no había echado dever en el que preguntaban. Pero, habiendo visto uno dellos el coche dondehabía venido el oidor, dijo:

— Aquí debe de estar sin duda, porque éste es el coche que él dicen quesigue; quédese uno de nosotros a la puerta y entren los demás a buscarle; yaun sería bien que uno de nosotros rodease toda la venta, porque no sefuese por las bardas de los corrales.

— Así se hará —respondió uno dellos.

Y, entrándose los dos dentro, uno se quedó a la puerta y el otro se fue arodear la venta; todo lo cual veía el ventero, y no sabía atinar para quése hacían aquellas diligencias, puesto que bien creyó que buscaban aquelmozo cuyas señas le habían dado.

Ya a esta sazón aclaraba el día; y, así por esto como por el ruido que donQuijote había hecho, estaban todos despiertos y se levantaban,especialmente doña Clara y Dorotea, que la una con sobresalto de tener tancerca a su amante, y la otra con el deseo de verle, habían podido dormirbien mal aquella noche. Don Quijote, que vio que ninguno de los cuatrocaminantes hacía caso dél, ni le respondían a su demanda, moría y rabiabade despecho y saña; y si él hallara en las ordenanzas de su caballería quelícitamente podía el caballero andante tomar y emprender otra empresa,habiendo dado su palabra y fe de no ponerse en ninguna hasta acabar la quehabía prometido, él embistiera con todos, y les hiciera responder mal de sugrado. Pero, por parecerle no convenirle ni estarle bien comenzar nuevaempresa hasta poner a Micomicona en su reino, hubo de callar y estarsequedo, esperando a ver en qué paraban las diligencias de aquelloscaminantes; uno de los cuales halló al mancebo que buscaba, durmiendo allado de un mozo de mulas, bien descuidado de que nadie ni le buscase, nimenos de que le hallase. El hombre le trabó del brazo y le dijo:

— Por cierto, señor don Luis, que responde bien a quien vos sois el hábitoque tenéis, y que dice bien la cama en que os hallo al regalo con quevuestra madre os crió.

Limpióse el mozo los soñolientos ojos y miró de espacio al que le teníaasido, y luego conoció que era criado de su padre, de que recibió talsobresalto, que no acertó o no pudo hablarle palabra por un buen espacio. Yel criado prosiguió diciendo:

— Aquí no hay que hacer otra cosa, señor don Luis, sino prestar paciencia ydar la vuelta a casa, si ya vuestra merced no gusta que su padre y mi señorla dé al otro mundo, porque no se puede esperar otra cosa de la pena conque queda por vuestra ausencia.

— Pues, ¿cómo supo mi padre —dijo don Luis— que yo venía este camino y eneste traje?

— Un estudiante —respondió el criado— a quien distes cuenta de vuestrospensamientos fue el que lo descubrió, movido a lástima de las que vio quehacía vuestro padre al punto que os echó de menos; y así, despachó a cuatrode sus criados en vuestra busca, y todos estamos aquí a vuestro servicio,más contentos de lo que imaginar se puede, por el buen despacho con quetornaremos, llevándoos a los ojos que tanto os quieren.

— Eso será como yo quisiere, o como el cielo lo ordenare —respondió donLuis.

— ¿Qué habéis de querer, o qué ha de ordenar el cielo, fuera de consentir envolveros?; porque no ha de ser posible otra cosa.

Todas estas razones que entre los dos pasaban oyó el mozo de mulas junto aquien don Luis estaba; y, levantándose de allí, fue a decir lo que pasaba adon Fernando y a Cardenio, y a los demás, que ya vestido se habían; a loscuales dijo cómo aquel hombre llamaba de don a aquel muchacho, y lasrazones que pasaban, y cómo le quería volver a casa de su padre, y el mozono quería. Y con esto, y con lo que dél sabían de la buena voz que el cielole había dado, vinieron todos en gran deseo de saber más particularmentequién era, y aun de ayudarle si alguna fuerza le quisiesen hacer; y así, sefueron hacia la parte donde aún estaba hablando y porfiando con su criado.

Salía en esto Dorotea de su aposento, y tras ella doña Clara, toda turbada;y, llamando Dorotea a Cardenio aparte, le contó en breves razones lahistoria del músico y de doña Clara, a quien él también dijo lo que pasabade la venida a buscarle los criados de su padre, y no se lo dijo tancallando que lo dejase de oír Clara; de lo que quedó tan fuera de sí que,si Dorotea no llegara a tenerla, diera consigo en el suelo. Cardenio dijo aDorotea que se volviesen al aposento, que él procuraría poner remedio entodo, y ellas lo hicieron.

Ya estaban todos los cuatro que venían a buscar a don Luis dentro de laventa y rodeados dél, persuadiéndole que luego, sin detenerse un punto,volviese a consolar a su padre. Él respondió que en ninguna manera lo podíahacer hasta dar fin a un negocio en que le iba la vida, la honra y el alma.Apretáronle entonces los criados, diciéndole que en ningún modo volveríansin él, y que le llevarían, quisiese o no quisiese.

— Eso no haréis vosotros —replicó don Luis—, si no es llevándome muerto;aunque, de cualquiera manera que me llevéis, será llevarme sin vida.

Ya a esta sazón habían acudido a la porfía todos los más que en la ventaestaban, especialmente Cardenio, don Fernando, sus camaradas, el oidor, elcura, el barbero y don Quijote, que ya le pareció que no había necesidad deguardar más el castillo. Cardenio, como ya sabía la historia del mozo,preguntó a los que llevarle querían que qué les movía a querer llevarcontra su voluntad aquel muchacho.

— Muévenos —respondió uno de los cuatro— dar la vida a su padre, que por laausencia deste caballero queda a peligro de perderla.

A esto dijo don Luis:

— No hay para qué se dé cuenta aquí de mis cosas: yo soy libre, y volveré sime diere gusto, y si no, ninguno de vosotros me ha de hacer fuerza.

— Harásela a vuestra merced la razón —respondió el hombre—; y, cuando ella no bastare con vuestra merced, bastará con nosotros para hacer a lo quevenimos y lo que somos obligados.

— Sepamos qué es esto de raíz —dijo a este tiempo el oidor.

Pero el hombre, que lo conoció, como vecino de su casa, respondió:

— ¿No conoce vuestra merced, señor oidor, a este caballero, que es el hijode su vecino, el cual se ha ausentado de casa de su padre en el hábito tanindecente a su calidad como vuestra merced puede ver?

Miróle entonces el oidor más atentamente y conocióle; y, abrazándole, dijo:

— ¿Qué niñerías son éstas, señor don Luis, o qué causas tan poderosas, queos hayan movido a venir desta manera, y en este traje, que dice tan mal conla calidad vuestra?

Al mozo se le vinieron las lágrimas a los ojos, y no pudo responderpalabra. El oidor dijo a los cuatro que se sosegasen, que todo se haríabien; y, tomando por la mano a don Luis, le apartó a una parte y lepreguntó qué venida había sido aquélla.

Y, en tanto que le hacía esta y otras preguntas, oyeron grandes voces a lapuerta de la venta, y era la causa dellas que dos huéspedes que aquellanoche habían alojado en ella, viendo a toda la gente ocupada en saber loque los cuatro buscaban, habían intentado a irse sin pagar lo que debían;mas el ventero, que atendía más a su negocio que a los ajenos, les asió alsalir de la puerta y pidió su paga, y les afeó su mala intención con talespalabras, que les movió a que le respondiesen con los puños; y así, lecomenzaron a dar tal mano, que el pobre ventero tuvo necesidad de dar vocesy pedir socorro. La ventera y su hija no vieron a otro más desocupado parapoder socorrerle que a don Quijote, a quien la hija de la ventera dijo:

— Socorra vuestra merced, señor caballero, por la virtud que Dios le dio, ami pobre padre, que dos malos hombres le están moliendo como a cibera.

A lo cual respondió don Quijote, muy de espacio y con mucha flema:

— Fermosa doncella, no ha lugar por ahora vuestra petición, porque estoyimpedido de entremeterme en otra aventura en tanto que no diere cima a unaen que mi palabra me ha puesto.

Mas lo que yo podré hacer por serviros eslo que ahora diré: corred y decid a vuestro padre que se entretenga en esabatalla lo mejor que pudiere, y que no se deje vencer en ningún modo, entanto que yo pido licencia a la princesa Micomicona para poder socorrerleen su cuita; que si ella me la da, tened por cierto que yo le sacaré della.

— ¡Pecadora de mí! —dijo a esto Maritornes, que estaba delante—: primero quevuestra merced alcance esa licencia que dice, estará ya mi señor en el otromundo.

— Dadme vos, señora, que yo alcance la licencia que digo —respondió donQuijote—; que, como yo la tenga, poco hará al caso que él esté en el otromundo; que de allí le sacaré a pesar del mismo mundo que lo contradiga; o,por lo menos, os daré tal venganza de los que allá le hubieren enviado, quequedéis más que medianamente satisfechas.

Y sin decir más se fue a poner de hinojos ante Dorotea, pidiéndole conpalabras caballerescas y andantescas que la su grandeza fuese servida dedarle licencia de acorrer y socorrer al castellano de aquel castillo, queestaba puesto en una grave mengua. La princesa se la dio de buen talante, yél luego, embrazando su adarga y poniendo mano a su espada, acudió a lapuerta de la venta, adonde aún todavía traían los dos huéspedes a mal traeral ventero; pero, así como llegó, embazó y se estuvo quedo, aunqueMaritornes y la ventera le decían que en qué se detenía, que socorriese asu señor y marido.

— Deténgome —dijo don Quijote— porque no me es lícito poner mano a la espadacontra gente escuderil; pero llamadme aquí a mi escudero Sancho, que a éltoca y atañe esta defensa y venganza.

Esto pasaba en la puerta de la venta, y en ella andaban las puñadas ymojicones muy en su punto, todo en daño del ventero y en rabia deMaritornes, la ventera y su hija, que se desesperaban de ver la cobardía dedon Quijote, y de lo mal que lo pasaba su marido, señor y padre.

Pero dejémosle aquí, que no faltará quien le socorra, o si no, sufra ycalle el que se atreve a más de a lo que sus fuerzas le prometen, yvolvámonos atrás cincuenta pasos, a ver qué fue lo que don Luis respondióal oidor, que le dejamos aparte, preguntándole la causa de su venida a piey de tan vil traje vestido. A lo cual el mozo, asiéndole fuertemente de lasmanos, como en señal de que algún gran dolor le apretaba el corazón, yderramando lágrimas en grande abundancia, le dijo:

— Señor mío, yo no sé deciros otra cosa sino que desde el punto que quiso elcielo y facilitó nuestra vecindad que yo viese a mi señora doña Clara, hijavuestra y señora mía, desde aquel instante la hice dueño de mi voluntad; ysi la vuestra, verdadero señor y padre mío, no lo impide, en este mesmo díaha de ser mi esposa. Por ella dejé la casa de mi padre, y por ella me puseen este traje, para seguirla dondequiera que fuese, como la saeta alblanco, o como el marinero al norte. Ella no sabe de mis deseos más de loque ha podido entender de algunas veces que desde lejos ha visto llorar misojos. Ya, señor, sabéis la riqueza y la nobleza de mis padres, y como yosoy su único heredero: si os parece que éstas son partes para que osaventuréis a hacerme en todo venturoso, recebidme luego por vuestro hijo;que si mi padre, llevado de otros disignios suyos, no gustare deste bienque yo supe buscarme, más fuerza tiene el tiempo para deshacer y mudar lascosas que las humanas voluntades.

Calló, en diciendo esto, el enamorado mancebo, y el oidor quedó en oírlesuspenso, confuso y admirado, así de haber oído el modo y la discreción conque don Luis le había descubierto su pensamiento, como de verse en puntoque no sabía el que poder tomar en tan repentino y no esperado negocio; yasí, no respondió otra cosa sino que se sosegase por entonces, yentretuviese a sus criados, que por aquel día no le volviesen, porque setuviese tiempo para considerar lo que mejor a todos estuviese. Besóle lasmanos por fuerza don Luis, y aun se las bañó con lágrimas, cosa que pudieraenternecer un corazón de mármol, no sólo el del oidor, que, como discreto,ya había conocido cuán bien le estaba a su hija aquel matrimonio; puestoque, si fuera posible, lo quisiera efetuar con voluntad del padre de donLuis, del cual sabía que pretendía hacer de título a su hijo.

Ya a esta sazón estaban en paz los huéspedes con el ventero, pues, porpersuasión y buenas razones de don Quijote, más que por amenazas, le habíanpagado todo lo que él quiso, y los criados de don Luis aguardaban el fin dela plática del oidor y la resolución de su amo, cuando el demonio, que noduerme, ordenó que en aquel mesmo punto entró en la venta el barbero aquien don Quijote quitó el yelmo de Mambrino y Sancho Panza los aparejosdel asno, que trocó con los del suyo; el cual barbero, llevando su jumentoa la caballeriza, vio a Sancho Panza que estaba aderezando no sé qué de laalbarda, y así como la vio la conoció, y se atrevió a arremeter a Sancho,diciendo:

— ¡Ah don ladrón, que aquí os tengo! ¡Venga mi bacía y mi albarda, con todosmis aparejos que me robastes!

Sancho, que se vio acometer tan de improviso y oyó los vituperios que ledecían, con la una mano asió de la albarda, y con la otra dio un mojicón albarbero que le bañó los dientes en sangre; pero no por esto dejó el barberola presa que tenía hecha en el albarda; antes, alzó la voz de tal maneraque todos los de la venta acudieron al ruido y pendencia, y decía:

— ¡Aquí del rey y de la justicia, que, sobre cobrar mi hacienda, me quierematar este ladrón salteador de caminos!

— Mentís —respondió Sancho—, que yo no soy salteador de caminos; que enbuena guerra ganó mi señor don Quijote estos despojos.

Ya estaba don Quijote delante, con mucho contento de ver cuán bien sedefendía y ofendía su escudero, y túvole desde allí adelante por hombre depro, y propuso en su corazón de armalle caballero en la primera ocasión quese le ofreciese, por parecerle que sería en él bien empleada la orden de lacaballería. Entre otras cosas que el barbero decía en el discurso de lapendencia, vino a decir:

— Señores, así esta albarda es mía como la muerte que debo a Dios, y así laconozco como si la hubiera parido; y ahí está mi asno en el establo, que nome dejará mentir; si no, pruébensela, y si no le viniere pintiparada, yoquedaré por infame. Y hay más: que el mismo día que ella se me quitó, mequitaron también una bacía de azófar nueva, que no se había estrenado, queera señora de un escudo.

Aquí no se pudo contener don Quijote sin responder: y, poniéndose entre losdos y apartándoles, depositando la albarda en el suelo, que la tuviese demanifiesto hasta que la verdad se aclarase, dijo:

— ¡Porque vean vuestras mercedes clara y manifiestamente el error en queestá este buen escudero, pues llama bacía a lo que fue, es y será yelmo deMambrino, el cual se lo quité yo en buena guerra, y me hice señor dél conligítima y lícita posesión! En lo del albarda no me entremeto, que lo queen ello sabré decir es que mi escudero Sancho me pidió licencia para quitarlos jaeces del caballo deste vencido cobarde, y con ellos adornar el suyo;yo se la di, y él los tomó, y, de haberse convertido de jaez en albarda, nosabré dar otra razón si no es la ordinaria: que como esas transformacionesse ven en los sucesos de la caballería; para confirmación de lo cual,corre, Sancho hijo, y saca aquí el yelmo que este buen hombre dice serbacía.

— ¡Pardiez, señor —dijo Sancho—, si no tenemos otra prueba de nuestraintención que la que vuestra merced dice, tan bacía es el yelmo de Malinocomo el jaez deste buen hombre albarda!

— Haz lo que te mando —replicó don Quijote—, que no todas las cosas destecastillo han de ser guiadas por encantamento.

Sancho fue a do estaba la bacía y la trujo; y, así como don Quijote la vio,la tomó en las manos y dijo:

— Miren vuestras mercedes con qué cara podía decir este escudero que ésta esbacía, y no el yelmo que yo he dicho; y juro por la orden de caballería queprofeso que este yelmo fue el mismo que yo le quité, sin haber añadido enél ni quitado cosa alguna.

— En eso no hay duda —dijo a esta sazón Sancho—, porque desde que mi señorle ganó hasta agora no ha hecho con él más de una batalla, cuando libró alos sin ventura encadenados; y si no fuera por este baciyelmo, no lo pasaraentonces muy bien, porque hubo asaz de pedradas en aquel trance.

Capítulo XLV. Donde se acaba de averiguar la duda del yelmo de Mambrino yde la albarda, y otras aventuras sucedidas, con toda verdad

— ¿Qué les parece a vuestras mercedes, señores —dijo el barbero—, de lo queafirman estos gentiles hombres, pues aún porfían que ésta no es bacía,sino yelmo?

— Y quien lo contrario dijere —dijo don Quijote—, le haré yo conocer quemiente, si fuere caballero, y si escudero, que remiente mil veces.

Nuestro barbero, que a todo estaba presente, como tenía tan bien conocidoel humor de don Quijote, quiso esforzar su desatino y llevar adelante laburla para que todos riesen, y dijo, hablando con el otro barbero:

— Señor barbero, o quien sois, sabed que yo también soy de vuestro oficio, ytengo más ha de veinte años carta de examen, y conozco muy bien de todoslos instrumentos de la barbería, sin que le falte uno; y ni más ni menosfui un tiempo en mi mocedad soldado, y sé también qué es yelmo, y qué esmorrión, y celada de encaje, y otras cosas tocantes a la milicia, digo, alos géneros de armas de los soldados; y digo, salvo mejor parecer,remitiéndome siempre al mejor entendimiento, que esta pieza que está aquídelante y que este buen señor tiene en las manos, no sólo no es bacía debarbero, pero está tan lejos de serlo como está lejos lo blanco de lo negroy la verdad de la mentira; también digo que éste, aunque es yelmo, no esyelmo entero.

— No, por cierto —dijo don Quijote—, porque le falta la mitad, que es lababera.

— Así es —dijo el cura, que ya había entendido la intención de su amigo elbarbero.

Y lo mismo confirmó Cardenio, don Fernando y sus camaradas; y aun el oidor,si no estuviera tan pensativo con el negocio de don Luis, ayudara, por suparte, a la burla; pero las veras de lo que pensaba le tenían tan suspenso,que poco o nada atendía a aquellos donaires.

— ¡Válame Dios! —dijo a esta sazón el barbero burlado—; ¿que es posible quetanta gente honrada diga que ésta no es bacía, sino yelmo? Cosa parece éstaque puede poner en admiración a toda una Universidad, por discreta que sea.Basta: si es que esta bacía es yelmo, también debe de ser esta albarda jaezde caballo, como este señor ha dicho.

— A mí albarda me parece —dijo don Quijote—, pero ya he dicho que en eso nome entremeto.

— De que sea albarda o jaez —dijo el cura— no está en más de decirlo elseñor don Quijote; que en estas cosas de la caballería todos estos señoresy yo le damos la ventaja.

— Por Dios, señores míos —dijo don Quijote—, que son tantas y tan estrañaslas cosas que en este castillo, en dos veces que en él he alojado, me hansucedido, que no me atreva a decir afirmativamente ninguna cosa de lo queacerca de lo que en él se contiene se preguntare, porque imagino que cuantoen él se trata va por vía de encantamento. La primera vez me fatigó muchoun moro encantado que en él hay, y a Sancho no le fue muy bien con otrossus secuaces; y anoche estuve colgado deste brazo casi dos horas, sin sabercómo ni cómo no vine a caer en aquella desgracia. Así que, ponerme yo agoraen cosa de tanta confusión a dar mi parecer, será caer en juicio temerario.En lo que toca a lo que dicen que ésta es bacía, y no yelmo, ya yo tengorespondido; pero, en lo de declarar si ésa es albarda o jaez, no me atrevoa dar sentencia difinitiva: sólo lo dejo al buen parecer de vuestrasmercedes. Quizá por no ser armados caballeros, como yo lo soy, no tendránque ver con vuestras mercedes los encantamentos deste lugar, y tendrán losentendimientos libres, y podrán juzgar de las cosas deste castillo comoellas son real y verdaderamente, y no como a mí me parecían.

— No hay duda —respondió a esto don Fernando—, sino que el señor don Quijoteha dicho muy bien hoy que a nosotros toca la difinición deste caso; y,porque vaya con más fundamento, yo tomaré en secreto los votos destosseñores, y de lo que resultare daré entera y clara noticia.

Para aquellos que la tenían del humor de don Quijote, era todo esto materiade grandísima risa; pero, para los que le ignoraban, les parecía el mayordisparate del mundo, especialmente a los cuatro criados de don Luis, y adon Luis ni más ni menos, y a otros tres pasajeros que acaso habían llegadoa la venta, que tenían parecer de ser cuadrilleros, como, en efeto, loeran. Pero el que más se desesperaba era el barbero, cuya bacía, allídelante de sus ojos, se le había vuelto en yelmo de Mambrino, y cuyaalbarda pensaba sin duda alguna que se le había de volver en jaez rico decaballo; y los unos y los otros se reían de ver cómo andaba don Fernandotomando los votos de unos en otros, hablándolos al oído para que en secretodeclarasen si era albarda o jaez aquella joya sobre quien tanto se habíapeleado. Y, después que hubo tomado los votos de aquellos que a don Quijoteconocían, dijo en alta voz:

— El caso es, buen hombre, que ya yo estoy cansado de tomar tantospareceres, porque veo que a ninguno pregunto lo que deseo saber que no mediga que es disparate el decir que ésta sea albarda de jumento, sino jaezde caballo, y aun de caballo castizo; y así, habréis de tener paciencia,porque, a vuestro pesar y al de vuestro asno, éste es jaez y no albarda, yvos habéis alegado y probado muy mal de vuestra parte.

— No la tenga yo en el cielo —dijo el sobrebarbero— si todos vuestrasmercedes no se engañan, y que así parezca mi ánima ante Dios como ella meparece a mí albarda, y no jaez; pero allá van leyes..., etcétera; y no digomás; y en verdad que no estoy borracho: que no me he desayunado, si depecar no.

No menos causaban risa las necedades que decía el barbero que losdisparates de don Quijote, el cual a esta sazón dijo:

— Aquí no hay más que hacer, sino que cada uno tome lo que es suyo, y aquien Dios se la dio, San Pedro se la bendiga.

Uno de los cuatro dijo:

— Si ya no es que esto sea burla pesada, no me puedo persuadir que hombresde tan buen entendimiento como son, o parecen, todos los que aquí están, seatrevan a decir y afirmar que ésta no es bacía, ni aquélla albarda; mas,como veo que lo afirman y lo dicen, me doy a entender que no carece demisterio el porfiar una cosa tan contraria de lo que nos muestra la mismaverdad y la misma experiencia; porque, ¡voto a tal! —y arrojóle redondo—,que no me den a mí a entender cuantos hoy viven en el mundo al revés de queésta no sea bacía de barbero y ésta albarda de asno.

— Bien podría ser de borrica —dijo el cura.

— Tanto monta —dijo el criado—, que el caso no consiste en eso, sino en sies o no es albarda, como vuestras mercedes dicen.

Oyendo esto uno de los cuadrilleros que habían entrado, que había oído lapendencia y quistión, lleno de cólera y de enfado, dijo:

— Tan albarda es como mi padre; y el que otra cosa ha dicho o dijere debe deestar hecho uva.

— Mentís como bellaco villano —respondió don Quijote.

Y, alzando el lanzón, que nunca le dejaba de las manos, le iba a descargartal golpe sobre la cabeza, que, a no desviarse el cuadrillero, se le dejaraallí tendido. El lanzón se hizo pedazos en el suelo, y los demáscuadrilleros, que vieron tratar mal a su compañero, alzaron la voz pidiendofavor a la Santa Hermandad.

El ventero, que era de la cuadrilla, entró al punto por su varilla y por suespada, y se puso al lado de sus compañeros; los criados de don Luisrodearon a don Luis, porque con el alboroto no se les fuese; el barbero,viendo la casa revuelta, tornó a asir de su albarda, y lo mismo hizoSancho; don Quijote puso mano a su espada y arremetió a los cuadrilleros.Don Luis daba voces a sus criados que le dejasen a él y acorriesen a donQuijote, y a Cardenio, y a don Fernando, que todos favorecían a donQuijote. El cura daba voces, la ventera gritaba, su hija se afligía,Maritornes lloraba, Dorotea estaba confusa, Luscinda suspensa y doña Claradesmayada. El barbero aporreaba a Sancho, Sancho molía al barbero; donLuis, a quien un criado suyo se atrevió a asirle del brazo porque no sefuese, le dio una puñada que le bañó los dientes en sangre; el oidor ledefendía, don Fernando tenía debajo de sus pies a un cuadrillero,midiéndole el cuerpo con ellos muy a su sabor. El ventero tornó a reforzarla voz, pidiendo favor a la Santa Hermandad: de modo que toda la venta erallantos, voces, gritos, confusiones, temores, sobresaltos, desgracias,cuchilladas, mojicones, palos, coces y efusión de sangre. Y, en la mitaddeste caos, máquina y laberinto de cosas, se le representó en la memoria dedon Quijote que se veía metido de hoz y de coz en la discordia del campo deAgramante; y así dijo, con voz que atronaba la venta:

— ¡Ténganse todos; todos envainen; todos se sosieguen; óiganme todos, sitodos quieren quedar con vida!

A cuya gran voz, todos se pararon, y él prosiguió diciendo:

— ¿No os dije yo, señores, que este castillo era encantado, y que algunaregión de demonios debe de habitar en él? En confirmación de lo cual,quiero que veáis por vuestros ojos cómo se ha pasado aquí y trasladadoentre nosotros la discordia del campo de Agramante. Mirad cómo allí sepelea por la espada, aquí por el caballo, acullá por el águila, acá por elyelmo, y todos peleamos, y todos no nos entendemos. Venga, pues, vuestramerced, señor oidor, y vuestra merced, señor cura, y el uno sirva de reyAgramante, y el otro de rey Sobrino, y pónganos en paz; porque por DiosTodopoderoso que es gran bellaquería que tanta gente principal como aquíestamos se mate por causas tan livianas.

Los cuadrilleros, que no entendían el frasis de don Quijote, y se veíanmalparados de don Fernando, Cardenio y sus camaradas, no querían sosegarse;el barbero sí, porque en la pendencia tenía deshechas las barbas y elalbarda; Sancho, a la más mínima voz de su amo, obedeció como buen criado;los cuatro criados de don Luis también se estuvieron quedos, viendo cuánpoco les iba en no estarlo. Sólo el ventero porfiaba que se habían decastigar las insolencias de aquel loco, que a cada paso le alborotaba laventa. Finalmente, el rumor se apaciguó por entonces, la albarda se quedópor jaez hasta el día del juicio, y la bacía por yelmo y la venta porcastillo en la imaginación de don Quijote.

Puestos, pues, ya en sosiego, y hechos amigos todos a persuasión del oidory del cura, volvieron los criados de don Luis a porfiarle que al momento seviniese con ellos; y, en tanto que él con ellos se avenía, el oidorcomunicó con don Fernando, Cardenio y el cura qué debía hacer en aquelcaso, contándoseles con las razones que don Luis le había dicho. En fin,fue acordado que don Fernando dijese a los criados de don Luis quién él eray cómo era su gusto que don Luis se fuese con él al Andalucía, donde de suhermano el marqués sería estimado como el valor de don Luis merecía; porquedesta manera se sabía de la intención de don Luis que no volvería poraquella vez a los ojos de su padre, si le hiciesen pedazos. Entendida,pues, de los cuatro la calidad de don Fernando y la intención de don Luis,determinaron entre ellos que los tres se volviesen a contar lo que pasaba asu padre, y el otro se quedase a servir a don Luis, y a no dejalle hastaque ellos volviesen por él, o viese lo que su padre les ordenaba.

Desta manera se apaciguó aquella máquina de pendencias, por la autoridad deAgramante y prudencia del rey Sobrino; pero, viéndose el enemigo de laconcordia y el émulo de la paz menospreciado y burlado, y el poco fruto quehabía granjeado de haberlos puesto a todos en tan confuso laberinto, acordóde probar otra vez la mano, resucitando nuevas pendencias y desasosiegos.

Es, pues, el caso que los cuadrilleros se sosegaron, por haber entreoído lacalidad de los que con ellos se habían combatido, y se retiraron de lapendencia, por parecerles que, de cualquiera manera que sucediese, habíande llevar lo peor de la batalla; pero uno dellos, que fue el que fue molidoy pateado por don Fernando, le vino a la memoria que, entre algunosmandamientos que traía para prender a algunos delincuentes, traía unocontra don Quijote, a quien la Santa Hermandad había mandado prender, porla libertad que dio a los galeotes, y como Sancho, con mucha razón, habíatemido.

Imaginando, pues, esto, quiso certificarse si las señas que de don Quijotetraía venían bien, y, sacando del seno un pergamino, topó con el quebuscaba; y, poniéndosele a leer de espacio, porque no era buen lector, acada palabra que leía ponía los ojos en don Quijote, y iba cotejando lasseñas del mandamiento con el rostro de don Quijote, y halló que, sin dudaalguna, era el que el mandamiento rezaba. Y, apenas se hubo certificado,cuando, recogiendo su pergamino, en la izquierda tomó el mandamiento, y conla derecha asió a don Quijote del cuello fuertemente, que no le dejabaalentar, y a grandes voces decía:

— ¡Favor a la Santa Hermandad! Y, para que se vea que lo pido de veras,léase este mandamiento, donde se contiene que se prenda a este salteador decaminos.

Tomó el mandamiento el cura, y vio como era verdad cuanto el cuadrillerodecía, y cómo convenía con las señas con don Quijote; el cual, viéndosetratar mal de aquel villano malandrín, puesta la cólera en su punto ycrujiéndole los huesos de su cuerpo, como mejor pudo él, asió alcuadrillero con entrambas manos de la garganta, que, a no ser socorrido desus compañeros, allí dejara la vida antes que don Quijote la presa. Elventero, que por fuerza había de favorecer a los de su oficio, acudió luegoa dalle favor. La ventera, que vio de nuevo a su marido en pendencias, denuevo alzó la voz, cuyo tenor le llevaron luego Maritornes y su hija,pidiendo favor al cielo y a los que allí estaban. Sancho dijo, viendo loque pasaba:

— ¡Vive el Señor, que es verdad cuanto mi amo dice de los encantos destecastillo, pues no es posible vivir una hora con quietud en él!

Don Fernando despartió al cuadrillero y a don Quijote, y, con gusto deentrambos, les desenclavijó las manos, que el uno en el collar del sayo deluno, y el otro en la garganta del otro, bien asidas tenían; pero no poresto cesaban los cuadrilleros de pedir su preso, y que les ayudasen adársele atado y entregado a toda su voluntad, porque así convenía alservicio del rey y de la Santa Hermandad, de cuya parte de nuevo les pedíansocorro y favor para hacer aquella prisión de aquel robador y salteador desendas y de carreras. Reíase de oír decir estas razones don Quijote; y, conmucho sosiego, dijo:

— Venid acá, gente soez y malnacida: ¿saltear de caminos llamáis al darlibertad a los encadenados, soltar los presos, acorrer a los miserables,alzar los caídos, remediar los menesterosos? ¡Ah gente infame, digna porvuestro bajo y vil entendimiento que el cielo no os comunique el valor quese encierra en la caballería andante, ni os dé a entender el pecado eignorancia en que estáis en no reverenciar la sombra, cuanto más laasistencia, de cualquier caballero andante! Venid acá, ladrones encuadrilla, que no cuadrilleros, salteadores de caminos con licencia de laSanta Hermandad; decidme: ¿quién fue el ignorante que firmó mandamiento deprisión contra un tal caballero como yo soy? ¿Quién el que ignoró que sonesentos de todo judicial fuero los caballeros andantes, y que su ley es suespada; sus fueros, sus bríos; sus premáticas, su voluntad? ¿Quién fue elmentecato, vuelvo a decir, que no sabe que no hay secutoria de hidalgo contantas preeminencias, ni esenciones, como la que adquiere un caballeroandante el día que se arma caballero y se entrega al duro ejercicio de lacaballería? ¿Qué caballero andante pagó pecho, alcabala, chapín de lareina, moneda forera, portazgo ni barca?

¿Qué sastre le llevó hechura devestido que le hiciese? ¿Qué castellano le acogió en su castillo que lehiciese pagar el escote? ¿Qué rey no le asentó a su mesa? ¿Qué doncella nose le aficionó y se le entregó rendida, a todo su talante y voluntad? Y,finalmente, ¿qué caballero andante ha habido, hay ni habrá en el mundo, queno tenga bríos para dar él solo cuatrocientos palos a cuatrocientoscuadrilleros que se le pongan delante?

Capítulo XLVI. De la notable aventura de los cuadrilleros, y la granferocidad de nuestro buen caballero don Quijote

En tanto que don Quijote esto decía, estaba persuadiendo el cura a loscuadrilleros como don Quijote era falto de juicio, como lo veían por susobras y por sus palabras, y que no tenían para qué llevar aquel negocioadelante, pues, aunque le prendiesen y llevasen, luego le habían de dejarpor loco; a lo que respondió el del mandamiento que a él no tocaba juzgarde la locura de don Quijote, sino hacer lo que por su mayor le era mandado,y que una vez preso, siquiera le soltasen trecientas.

— Con todo eso —dijo el cura—, por esta vez no le habéis de llevar, ni aunél dejará llevarse, a lo que yo entiendo.

En efeto, tanto les supo el cura decir, y tantas locuras supo don Quijotehacer, que más locos fueran que no él los cuadrilleros si no conocieran lafalta de don Quijote; y así, tuvieron por bien de apaciguarse, y aun de sermedianeros de hacer las paces entre el barbero y Sancho Panza, que todavíaasistían con gran rancor a su pendencia. Finalmente, ellos, como miembrosde justicia, mediaron la causa y fueron árbitros della, de tal modo queambas partes quedaron, si no del todo contentas, a lo menos en algosatisfechas, porque se trocaron las albardas, y no las cinchas y jáquimas;y en lo que tocaba a lo del yelmo de Mambrino, el cura, a socapa y sin quedon Quijote lo entendiese, le dio por la bacía ocho reales, y el barbero lehizo una cédula del recibo y de no llamarse a engaño por entonces, ni porsiempre jamás amén.

Sosegadas, pues, estas dos pendencias, que eran las más principales y demás tomo, restaba que los criados de don Luis se contentasen de volver lostres, y que el uno quedase para acompañarle donde don Fernando le queríallevar; y, como ya la buena suerte y mejor fortuna había comenzado a romperlanzas y a facilitar dificultades en favor de los amantes de la venta y delos valientes della, quiso llevarlo al cabo y dar a todo felice suceso,porque los criados se contentaron de cuanto don Luis quería; de que recibiótanto contento doña Clara, que ninguno en aquella sazón la mirara al rostroque no conociera el regocijo de su alma.

Zoraida, aunque no entendía bien todos los sucesos que había visto, seentristecía y alegraba a bulto, conforme veía y notaba los semblantes acada uno, especialmente de su español, en quien tenía siempre puestos losojos y traía colgada el alma. El ventero, a quien no se le pasó por altola dádiva y recompensa que el cura había hecho al barbero, pidió el escotede don Quijote, con el menoscabo de sus cueros y falta de vino, jurando queno saldría de la venta Rocinante, ni el jumento de Sancho, sin que se lepagase primero hasta el último ardite. Todo lo apaciguó el cura, y lo pagódon Fernando, puesto que el oidor, de muy buena voluntad, había tambiénofrecido la paga; y de tal manera quedaron todos en paz y sosiego, que yano parecía la venta la discordia del campo de Agramante, como don Quijotehabía dicho, sino la misma paz y quietud del tiempo de Otaviano; de todo locual fue común opinión que se debían dar las gracias a la buena intención ymucha elocuencia del señor cura y a la incomparable liberalidad de donFernando.

Viéndose, pues, don Quijote libre y desembarazado de tantas pendencias, asíde su escudero como suyas, le pareció que sería bien seguir su comenzadoviaje y dar fin a aquella grande aventura para que había sido llamado yescogido; y así, con resoluta determinación se fue a poner de hinojos anteDorotea, la cual no le consintió que hablase palabra hasta que selevantase; y él, por obedecella, se puso en pie y le dijo:

— Es común proverbio, fermosa señora, que la diligencia es madre de la buenaventura, y en muchas y graves cosas ha mostrado la experiencia que lasolicitud del negociante trae a buen fin el pleito dudoso; pero en ningunascosas se muestra más esta verdad que en las de la guerra, adonde laceleridad y presteza previene los discursos del enemigo, y alcanza lavitoria antes que el contrario se ponga en defensa. Todo esto digo, alta ypreciosa señora, porque me parece que la estada nuestra en este castillo yaes sin provecho, y podría sernos de tanto daño que lo echásemos de veralgún día; porque, ¿quién sabe si por ocultas espías y diligentes habrásabido ya vuestro enemigo el gigante de que yo voy a destruille?; y,dándole lugar el tiempo, se fortificase en algún inexpugnable castillo ofortaleza contra quien valiesen poco mis diligencias y la fuerza de miincansable brazo. Así que, señora mía, prevengamos, como tengo dicho, connuestra diligencia sus designios, y partámonos luego a la buena ventura;que no está más de tenerla vuestra grandeza como desea, de cuanto yo tardede verme con vuestro contrario.

Calló y no dijo más don Quijote, y esperó con mucho sosiego la respuesta dela fermosa infanta; la cual, con ademán señoril y acomodado al estilo dedon Quijote, le respondió desta manera:

— Yo os agradezco, señor caballero, el deseo que mostráis tener defavorecerme en mi gran cuita, bien así como caballero, a quien es anejo yconcerniente favorecer los huérfanos y menesterosos; y quiera el cielo queel vuestro y mi deseo se cumplan, para que veáis que hay agradecidasmujeres en el mundo. Y en lo de mi partida, sea luego; que yo no tengo másvoluntad que la vuestra: disponed vos de mí a toda vuestra guisa y talante;que la que una vez os entregó la defensa de su persona y puso en vuestrasmanos la restauración de sus señoríos no ha de querer ir contra lo que lavuestra prudencia ordenare.

— A la mano de Dios —dijo don Quijote—; pues así es que una señora se mehumilla, no quiero yo perder la ocasión de levantalla y ponella en suheredado trono. La partida sea luego, porque me va poniendo espuelas aldeseo y al camino lo que suele decirse que en la tardanza está el peligro.Y, pues no ha criado el cielo, ni visto el infierno, ninguno que me espanteni acobarde, ensilla, Sancho, a Rocinante, y apareja tu jumento y elpalafrén de la reina, y despidámonos del castellano y destos señores, yvamos de aquí luego al punto.

Sancho, que a todo estaba presente, dijo, meneando la cabeza a una parte ya otra:

— ¡Ay señor, señor, y cómo hay más mal en el aldegüela que se suena, conperdón sea dicho de las tocadas honradas!

— ¿Qué mal puede haber en ninguna aldea, ni en todas las ciudades del mundo,que pueda sonarse en menoscabo mío, villano?

— Si vuestra merced se enoja —respondió Sancho—, yo callaré, y dejaré dedecir lo que soy obligado como buen escudero, y como debe un buen criadodecir a su señor.

— Di lo que quisieres —replicó don Quijote—, como tus palabras no seencaminen a ponerme miedo; que si tú le tienes, haces como quien eres, y siyo no le tengo, hago como quien soy.

— No es eso, ¡pecador fui yo a Dios! —respondió Sancho—, sino que yo tengopor cierto y por averiguado que esta señora que se dice ser reina del granreino Micomicón no lo es más que mi madre; porque, a ser lo que ella dice,no se anduviera hocicando con alguno de los que están en la rueda, a vueltade cabeza y a cada traspuesta.

Paróse colorada con las razones de Sancho Dorotea, porque era verdad que suesposo don Fernando, alguna vez, a hurto de otros ojos, había cogido conlos labios parte del premio que merecían sus deseos (lo cual había vistoSancho, y pareciéndole que aquella desenvoltura más era de dama cortesanaque de reina de tan gran reino), y no pudo ni quiso responder palabra aSancho, sino dejóle proseguir en su plática, y él fue diciendo:

— Esto digo, señor, porque, si al cabo de haber andado caminos y carreras, ypasado malas noches y peores días, ha de venir a coger el fruto de nuestrostrabajos el que se está holgando en esta venta, no hay para qué darmepriesa a que ensille a Rocinante, albarde el jumento y aderece al palafrén,pues será mejor que nos estemos quedos, y cada puta hile, y comamos.

¡Oh, válame Dios, y cuán grande que fue el enojo que recibió don Quijote,oyendo las descompuestas palabras de su escudero! Digo que fue tanto, que,con voz atropellada y tartamuda lengua, lanzando vivo fuego por los ojos,dijo:

— ¡Oh bellaco villano, mal mirado, descompuesto, ignorante, infacundo,deslenguado, atrevido, murmurador y maldiciente! ¿Tales palabras has osadodecir en mi presencia y en la destas ínclitas señoras, y talesdeshonestidades y atrevimientos osaste poner en tu confusa imaginación?¡Vete de mi presencia, monstruo de naturaleza, depositario de mentiras,almario de embustes, silo de bellaquerías, inventor de maldades, publicadorde sandeces, enemigo del decoro que se debe a las reales personas! ¡Vete;no parezcas delante de mí, so pena de mi ira!

Y, diciendo esto, enarcó las cejas, hinchó los carrillos, miró a todaspartes, y dio con el pie derecho una gran patada en el suelo, señales todasde la ira que encerraba en sus entrañas. A cuyas palabras y furibundosademanes quedó Sancho tan encogido y medroso, que se holgara que en aquelinstante se abriera debajo de sus pies la tierra y le tragara. Y no supoqué hacerse, sino volver las espaldas y quitarse de la enojada presencia desu señor. Pero la discreta Dorotea, que tan entendido tenía ya el humor dedon Quijote, dijo, para templarle la ira:

— No os despechéis, señor Caballero de la Triste Figura, de las sandeces quevuestro buen escudero ha dicho, porque quizá no las debe de decir sinocasión, ni de su buen entendimiento y cristiana conciencia se puedesospechar que levante testimonio a nadie; y así, se ha de creer, sin ponerduda en ello, que, como en este castillo, según vos, señor caballero,decís, todas las cosas van y suceden por modo de encantamento, podría ser,digo, que Sancho hubiese visto por esta diabólica vía lo que él dice quevio, tan en ofensa de mi honestidad.

— Por el omnipotente Dios juro —dijo a esta sazón don Quijote—, que lavuestra grandeza ha dado en el punto, y que alguna mala visión se le pusodelante a este pecador de Sancho, que le hizo ver lo que fuera imposibleverse de otro modo que por el de encantos no fuera; que sé yo bien de labondad e inocencia deste desdichado, que no sabe levantar testimonios anadie.

— Ansí es y ansí será —dijo don Fernando—; por lo cual debe vuestra merced,señor don Quijote, perdonalle y reducille al gremio de su gracia, sicuterat in principio, antes que las tales visiones le sacasen de juicio.

Don Quijote respondió que él le perdonaba, y el cura fue por Sancho, elcual vino muy humilde, y, hincándose de rodillas, pidió la mano a su amo; yél se la dio, y, después de habérsela dejado besar, le echó la bendición,diciendo:

— Agora acabarás de conocer, Sancho hijo, ser verdad lo que yo otras muchasveces te he dicho de que todas las cosas deste castillo son hechas por víade encantamento.

— Así lo creo yo —dijo Sancho—, excepto aquello de la manta, que realmentesucedió por vía ordinaria.

— No lo creas —respondió don Quijote—; que si así fuera, yo te vengaraentonces, y aun agora; pero ni entonces ni agora pude ni vi en quién tomarvenganza de tu agravio.

Desearon saber todos qué era aquello de la manta, y el ventero lo contó,punto por punto: la volatería de Sancho Panza, de que no poco se rierontodos; y de que no menos se corriera Sancho, si de nuevo no le asegurara suamo que era encantamento; puesto que jamás llegó la sandez de Sancho atanto, que creyese no ser verdad pura y averiguada, sin mezcla de engañoalguno, lo de haber sido manteado por personas de carne y hueso, y no porfantasmas soñadas ni imaginadas, como su señor lo creía y lo afirmaba.

Dos días eran ya pasados los que había que toda aquella ilustre compañíaestaba en la venta; y, pareciéndoles que ya era tiempo de partirse, dieronorden para que, sin ponerse al trabajo de volver Dorotea y don Fernando condon Quijote a su aldea, con la invención de la libertad de la reinaMicomicona, pudiesen el cura y el barbero llevársele, como deseaban, yprocurar la cura de su locura en su tierra. Y lo que ordenaron fue que seconcertaron con un carretero de bueyes que acaso acertó a pasar por allí,para que lo llevase en esta forma: hicieron una como jaula de palosenrejados, capaz que pudiese en ella caber holgadamente don Quijote; yluego don Fernando y sus camaradas, con los criados de don Luis y loscuadrilleros, juntamente con el ventero, todos por orden y parecer delcura, se cubrieron los rostros y se disfrazaron, quién de una manera yquién de otra, de modo que a don Quijote le pareciese ser otra gente de laque en aquel castillo había visto.

Hecho esto, con grandísimo silencio se entraron adonde él estaba durmiendoy descansando de las pasadas refriegas. Llegáronse a él, que libre y segurode tal acontecimiento dormía, y, asiéndole fuertemente, le ataron muy bienlas manos y los pies, de modo que, cuando él despertó con sobresalto, nopudo menearse, ni hacer otra cosa más que admirarse y suspenderse de verdelante de sí tan estraños visajes; y luego dio en la cuenta de lo que sucontinua y desvariada imaginación le representaba, y se creyó que todasaquellas figuras eran fantasmas de aquel encantado castillo, y que, sinduda alguna, ya estaba encantado, pues no se podía menear ni defender: todoa punto como había pensado que sucedería el cura, trazador desta máquina.Sólo Sancho, de todos los presentes, estaba en su mesmo juicio y en sumesma figura; el cual, aunque le faltaba bien poco para tener la mesmaenfermedad de su amo, no dejó de conocer quién eran todas aquellascontrahechas figuras; mas no osó descoser su boca, hasta ver en qué parabaaquel asalto y prisión de su amo, el cual tampoco hablaba palabra,atendiendo a ver el paradero de su desgracia; que fue que, trayendo allí lajaula, le encerraron dentro, y le clavaron los maderos tan fuertemente queno se pudieran romper a dos tirones.

Tomáronle luego en hombros, y, al salir del aposento, se oyó una voztemerosa, todo cuanto la supo formar el barbero, no el del albarda, sino elotro, que decía:

— ¡Oh Caballero de la Triste Figura!, no te dé afincamiento la prisión enque vas, porque así conviene para acabar más presto la aventura en que tugran esfuerzo te puso; la cual se acabará cuando el furibundo león manchadocon la blanca paloma tobosina yoguieren en uno, ya después dehumilladas las altas cervices al blando yugo matrimoñesco; de cuyo inauditoconsorcio saldrán a la luz del orbe los bravos cachorros, que imitarán lasrumpantes garras del valeroso padre. Y

esto será antes que el seguidor dela fugitiva ninfa faga dos vegadas la visita de las lucientes imágines consu rápido y natural curso. Y tú, ¡oh, el más noble y obediente escudero quetuvo espada en cinta, barbas en rostro y olfato en las narices!, no tedesmaye ni descontente ver llevar ansí delante de tus ojos mesmos a la florde la caballería andante; que presto, si al plasmador del mundo le place,te verás tan alto y tan sublimado que no te conozcas, y no saldrándefraudadas las promesas que te ha fecho tu buen señor. Y asegúrote, departe de la sabia Mentironiana, que tu salario te sea pagado, como lo veráspor la obra; y sigue las pisadas del valeroso y encantado caballero, queconviene que vayas donde paréis entrambos. Y, porque no me es lícito decirotra cosa, a Dios quedad, que yo me vuelvo adonde yo me sé.

Y, al acabar de la profecía, alzó la voz de punto, y diminuyóla después,con tan tierno acento, que aun los sabidores de la burla estuvieron porcreer que era verdad lo que oían.

Quedó don Quijote consolado con la escuchada profecía, porque luego coligióde todo en todo la significación de ella; y vio que le prometían el verseayuntados en santo y debido matrimonio con su querida Dulcinea del Toboso,de cuyo felice vientre saldrían los cachorros, que eran sus hijos, paragloria perpetua de la Mancha. Y, creyendo esto bien y firmemente, alzó lavoz, y, dando un gran suspiro, dijo:

— ¡Oh tú, quienquiera que seas, que tanto bien me has pronosticado!, ruégoteque pidas de mi parte al sabio encantador que mis cosas tiene a cargo, queno me deje perecer en esta prisión donde agora me llevan, hasta vercumplidas tan alegres e incomparables promesas como son las que aquí se mehan hecho; que, como esto sea, tendré por gloria las penas de mi cárcel, ypor alivio estas cadenas que me ciñen, y no por duro campo de batalla estelecho en que me acuestan, sino por cama blanda y tálamo dichoso. Y, en loque toca a la consolación de Sancho Panza, mi escudero, yo confío de subondad y buen proceder que no me dejará en buena ni en mala suerte; porque,cuando no suceda, por la suya o por mi corta ventura, el poderle yo dar laínsula, o otra cosa equivalente que le tengo prometida, por lo menos susalario no podrá perderse; que en mi testamento, que ya está hecho, dejodeclarado lo que se le ha de dar, no conforme a sus muchos y buenosservicios, sino a la posibilidad mía.

Sancho Panza se le inclinó con mucho comedimiento, y le besó entrambas lasmanos, porque la una no pudiera, por estar atadas entrambas.

Luego tomaron la jaula en hombros aquellas visiones, y la acomodaron en elcarro de los bueyes.

Capítulo XLVII. Del estraño modo con que fue encantado don Quijote de laMancha, con otros famosos sucesos

Cuando don Quijote se vio de aquella manera enjaulado y encima del carro,dijo:

— Muchas y muy graves historias he yo leído de caballeros andantes, perojamás he leído, ni visto, ni oído, que a los caballeros encantados loslleven desta manera y con el espacio que prometen estos perezosos y tardíosanimales; porque siempre los suelen llevar por los aires, con estrañaligereza, encerrados en alguna parda y escura nube, o en algún carro defuego, o ya sobre algún hipogrifo o otra bestia semejante; pero que melleven a mí agora sobre un carro de bueyes,

¡vive Dios que me pone enconfusión! Pero quizá la caballería y los encantos destos nuestros tiemposdeben de seguir otro camino que siguieron los antiguos. Y también podríaser que, como yo soy nuevo caballero en el mundo, y el primero que haresucitado el ya olvidado ejercicio de la caballería aventurera, tambiénnuevamente se hayan inventado otros géneros de encantamentos y otros modosde llevar a los encantados. ¿Qué te parece desto, Sancho hijo?

— No sé yo lo que me parece —respondió Sancho—, por no ser tan leído comovuestra merced en las escrituras andantes; pero, con todo eso, osaríaafirmar y jurar que estas visiones que por aquí andan, que no son del todocatólicas.

— ¿Católicas? ¡Mi padre! —respondió don Quijote—. ¿Cómo han de ser católicassi son todos demonios que han tomado cuerpos fantásticos para venir a haceresto y a ponerme en este estado?

Y si quieres ver esta verdad, tócalos ypálpalos, y verás como no tienen cuerpo sino de aire, y como no consistemás de en la apariencia.

— Par Dios, señor —replicó Sancho—, ya yo los he tocado; y este diablo queaquí anda tan solícito es rollizo de carnes, y tiene otra propiedad muydiferente de la que yo he oído decir que tienen los demonios; porque, segúnse dice, todos huelen a piedra azufre y a otros malos olores; pero éstehuele a ámbar de media legua.

Decía esto Sancho por don Fernando, que, como tan señor, debía de oler a loque Sancho decía.