Don Quijote by Miguel de Cervantes Saavedra - HTML preview

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— No ha habido lugar para ello —respondió el captivo— después que salió deArgel, su patria y tierra, y hasta agora no se ha visto en peligro demuerte tan cercana que obligase a baptizalla sin que supiese primero todaslas ceremonias que nuestra Madre la Santa Iglesia manda; pero Dios seráservido que presto se bautice con la decencia que la calidad de su personamerece, que es más de lo que muestra su hábito y el mío.

Con estas razones puso gana en todos los que escuchándole estaban desaber quién fuese la mora y el captivo, pero nadie se lo quiso preguntarpor entonces, por ver que aquella sazón era más para procurarles descansoque para preguntarles sus vidas. Dorotea la tomó por la mano y la llevó asentar junto a sí, y le rogó que se quitase el embozo. Ella miró alcautivo, como si le preguntara le dijese lo que decían y lo que ella haría.Él, en lengua arábiga, le dijo que le pedían se quitase el embozo, y que lohiciese; y así, se lo quitó, y descubrió un rostro tan hermoso que Doroteala tuvo por más hermosa que a Luscinda, y Luscinda por más hermosa que aDorotea, y todos los circustantes conocieron que si alguno se podríaigualar al de las dos, era el de la mora, y aun hubo algunos que leaventajaron en alguna cosa. Y, como la hermosura tenga prerrogativa ygracia de reconciliar los ánimos y atraer las voluntades, luego serindieron todos al deseo de servir y acariciar a la hermosa mora.

Preguntó don Fernando al captivo cómo se llamaba la mora, el cual respondióque lela Zoraida; y, así como esto oyó, ella entendió lo que le habíanpreguntado al cristiano, y dijo con mucha priesa, llena de congoja ydonaire:

— ¡No, no Zoraida: María, María! —dando a entender que se llamaba María y noZoraida.

Estas palabras, el grande afecto con que la mora las dijo, hicieronderramar más de una lágrima a algunos de los que la escucharon,especialmente a las mujeres, que de su naturaleza son tiernas y compasivas.Abrazóla Luscinda con mucho amor, diciéndole:

— Sí, sí: María, María.

A lo cual respondió la mora:

— ¡Sí, sí: María; Zoraida macange! —que quiere decir no.

Ya en esto llegaba la noche, y, por orden de los que venían con donFernando, había el ventero puesto diligencia y cuidado en aderezarles decenar lo mejor que a él le fue posible. Llegada, pues, la hora, sentáronsetodos a una larga mesa, como de tinelo, porque no la había redonda nicuadrada en la venta, y dieron la cabecera y principal asiento, puesto queél lo rehusaba, a don Quijote, el cual quiso que estuviese a su lado laseñora Micomicona, pues él era su aguardador.

Luego se sentaron Luscinda yZoraida, y frontero dellas don Fernando y Cardenio, y luego el cautivo ylos demás caballeros, y, al lado de las señoras, el cura y el barbero. Yasí, cenaron con mucho contento, y acrecentóseles más viendo que, dejandode comer don Quijote, movido de otro semejante espíritu que el que le movióa hablar tanto como habló cuando cenó con los cabreros, comenzó a decir:

— Verdaderamente, si bien se considera, señores míos, grandes e inauditascosas ven los que profesan la orden de la andante caballería. Si no, ¿cuálde los vivientes habrá en el mundo que ahora por la puerta deste castilloentrara, y de la suerte que estamos nos viere, que juzgue y crea quenosotros somos quien somos? ¿Quién podrá decir que esta señora que está ami lado es la gran reina que todos sabemos, y que yo soy aquel Caballero dela Triste Figura que anda por ahí en boca de la fama? Ahora no hay quedudar, sino que esta arte y ejercicio excede a todas aquellas y aquellosque los hombres inventaron, y tanto más se ha de tener en estima cuanto amás peligros está sujeto. Quítenseme delante los que dijeren que las letrashacen ventaja a las armas, que les diré, y sean quien se fueren, que nosaben lo que dicen. Porque la razón que los tales suelen decir, y a lo queellos más se atienen, es que los trabajos del espíritu exceden a los delcuerpo, y que las armas sólo con el cuerpo se ejercitan, como si fuese suejercicio oficio de ganapanes, para el cual no es menester más de buenasfuerzas; o como si en esto que llamamos armas los que las profesamos no seencerrasen los actos de la fortaleza, los cuales piden para ejecutallosmucho entendimiento; o como si no trabajase el ánimo del guerrero que tienea su cargo un ejército, o la defensa de una ciudad sitiada, así con elespíritu como con el cuerpo. Si no, véase si se alcanza con las fuerzascorporales a saber y conjeturar el intento del enemigo, los disignios, lasestratagemas, las dificultades, el prevenir los daños que se temen; quetodas estas cosas son acciones del entendimiento, en quien no tiene partealguna el cuerpo. Siendo pues ansí, que las armas requieren espíritu, comolas letras, veamos ahora cuál de los dos espíritus, el del letrado o el delguerrero, trabaja más. Y esto se vendrá a conocer por el fin y paradero aque cada uno se encamina, porque aquella intención se ha de estimar en másque tiene por objeto más noble fin.

Es el fin y paradero de las letras...,y no hablo ahora de las divinas, que tienen por blanco llevar y encaminarlas almas al cielo, que a un fin tan sin fin como éste ninguno otro se lepuede igualar; hablo de las letras humanas, que es su fin poner en su puntola justicia distributiva y dar a cada uno lo que es suyo, entender y hacerque las buenas leyes se guarden. Fin, por cierto, generoso y alto y dignode grande alabanza, pero no de tanta como merece aquel a que las armasatienden, las cuales tienen por objeto y fin la paz, que es el mayor bienque los hombres pueden desear en esta vida. Y así, las primeras buenasnuevas que tuvo el mundo y tuvieron los hombres fueron las que dieron losángeles la noche que fue nuestro día, cuando cantaron en los aires:''Gloria sea en las alturas, y paz en la tierra, a los hombres de buenavoluntad''; y a la salutación que el mejor maestro de la tierra y del cieloenseñó a sus allegados y favoridos, fue decirles que cuando entrasen enalguna casa, dijesen: ''Paz sea en esta casa''; y otras muchas veces lesdijo: ''Mi paz os doy, mi paz os dejo: paz sea con vosotros'', bien comojoya y prenda dada y dejada de tal mano; joya que sin ella, en la tierra nien el cielo puede haber bien alguno. Esta paz es el verdadero fin de laguerra, que lo mesmo es decir armas que guerra. Prosupuesta, pues, estaverdad, que el fin de la guerra es la paz, y que en esto hace ventaja alfin de las letras, vengamos ahora a los trabajos del cuerpo del letrado y alos del profesor de las armas, y véase cuáles son mayores.

De tal manera, y por tan buenos términos, iba prosiguiendo en su pláticadon Quijote que obligó a que, por entonces, ninguno de los que escuchándoleestaban le tuviese por loco; antes, como todos los más eran caballeros, aquien son anejas las armas, le escuchaban de muy buena gana; y él prosiguiódiciendo:

— Digo, pues, que los trabajos del estudiante son éstos: principalmentepobreza (no porque todos sean pobres, sino por poner este caso en todo elestremo que pueda ser); y, en haber dicho que padece pobreza, me parece queno había que decir más de su mala ventura, porque quien es pobre no tienecosa buena. Esta pobreza la padece por sus partes, ya en hambre, ya enfrío, ya en desnudez, ya en todo junto; pero, con todo eso, no es tanta queno coma, aunque sea un poco más tarde de lo que se usa, aunque sea de lassobras de los ricos; que es la mayor miseria del estudiante éste que entreellos llaman andar a la sopa; y no les falta algún ajeno brasero ochimenea, que, si no callenta, a lo menos entibie su frío, y, en fin, lanoche duermen debajo de cubierta. No quiero llegar a otras menudencias,conviene a saber, de la falta de camisas y no sobra de zapatos, la raridady poco pelo del vestido, ni aquel ahitarse con tanto gusto, cuando la buenasuerte les depara algún banquete. Por este camino que he pintado, áspero ydificultoso, tropezando aquí, cayendo allí, levantándose acullá, tornando acaer acá, llegan al grado que desean; el cual alcanzado, a muchos hemosvisto que, habiendo pasado por estas Sirtes y por estas Scilas y Caribdis,como llevados en vuelo de la favorable fortuna, digo que los hemos vistomandar y gobernar el mundo desde una silla, trocada su hambre en hartura,su frío en refrigerio, su desnudez en galas, y su dormir en una estera enreposar en holandas y damascos: premio justamente merecido de su virtud.Pero, contrapuestos y comparados sus trabajos con los del mílite guerrero,se quedan muy atrás en todo, como ahora diré.

Capítulo XXXVIII. Que trata del curioso discurso que hizo don Quijote delas armas y las letras

Prosiguiendo don Quijote, dijo:

— Pues comenzamos en el estudiante por la pobreza y sus partes, veamos si esmás rico el soldado. Y veremos que no hay ninguno más pobre en la mismapobreza, porque está atenido a la miseria de su paga, que viene o tarde onunca, o a lo que garbeare por sus manos, con notable peligro de su vida yde su conciencia. Y a veces suele ser su desnudez tanta, que un coletoacuchillado le sirve de gala y de camisa, y en la mitad del invierno sesuele reparar de las inclemencias del cielo, estando en la campaña rasa,con sólo el aliento de su boca, que, como sale de lugar vacío, tengo poraveriguado que debe de salir frío, contra toda naturaleza. Pues esperad queespere que llegue la noche, para restaurarse de todas estas incomodidades,en la cama que le aguarda, la cual, si no es por su culpa, jamás pecará deestrecha; que bien puede medir en la tierra los pies que quisiere, yrevolverse en ella a su sabor, sin temor que se le encojan las sábanas.Lléguese, pues, a todo esto, el día y la hora de recebir el grado de suejercicio; lléguese un día de batalla, que allí le pondrán la borla en lacabeza, hecha de hilas, para curarle algún balazo, que quizá le habrápasado las sienes, o le dejará estropeado de brazo o pierna. Y, cuando estono suceda, sino que el cielo piadoso le guarde y conserve sano y vivo,podrá ser que se quede en la mesma pobreza que antes estaba, y que seamenester que suceda uno y otro rencuentro, una y otra batalla, y que detodas salga vencedor, para medrar en algo; pero estos milagros vense rarasveces. Pero, decidme, señores, si habéis mirado en ello: ¿cuán menos sonlos premiados por la guerra que los que han perecido en ella? Sin duda,habéis de responder que no tienen comparación, ni se pueden reducir acuenta los muertos, y que se podrán contar los premiados vivos con tresletras de guarismo. Todo esto es al revés en los letrados; porque, defaldas, que no quiero decir de mangas, todos tienen en qué entretenerse.Así que, aunque es mayor el trabajo del soldado, es mucho menor el premio.Pero a esto se puede responder que es más fácil premiar a dos mil letradosque a treinta mil soldados, porque a aquéllos se premian con darlesoficios, que por fuerza se han de dar a los de su profesión, y a éstos nose pueden premiar sino con la mesma hacienda del señor a quien sirven; yesta imposibilidad fortifica más la razón que tengo. Pero dejemos estoaparte, que es laberinto de muy dificultosa salida, sino volvamos a lapreeminencia de las armas contra las letras, materia que hasta ahora estápor averiguar, según son las razones que cada una de su parte alega. Y,entre las que he dicho, dicen las letras que sin ellas no se podríansustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujetaa ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados. Aesto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas,porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos,se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares decosarios; y, finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los reinos,las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetosal rigor y a la confusión que trae consigo la guerra el tiempo que dura ytiene licencia de usar de sus previlegios y de sus fuerzas. Y es razónaveriguada que aquello que más cuesta se estima y debe de estimar en más.Alcanzar alguno a ser eminente en letras le cuesta tiempo, vigilias,hambre, desnudez, váguidos de cabeza, indigestiones de estómago, y otrascosas a éstas adherentes, que, en parte, ya las tengo referidas; mas llegaruno por sus términos a ser buen soldado le cuesta todo lo que a elestudiante, en tanto mayor grado que no tiene comparación, porque a cadapaso está a pique de perder la vida. Y ¿qué temor de necesidad y pobrezapuede llegar ni fatigar al estudiante, que llegue al que tiene un soldado,que, hallándose cercado en alguna fuerza, y estando de posta, o guarda, enalgún revellín o caballero, siente que los enemigos están minando hacia laparte donde él está, y no puede apartarse de allí por ningún caso, ni huirel peligro que de tan cerca le amenaza? Sólo lo que puede hacer es darnoticia a su capitán de lo que pasa, para que lo remedie con algunacontramina, y él estarse quedo, temiendo y esperando cuándo improvisamenteha de subir a las nubes sin alas y bajar al profundo sin su voluntad. Y siéste parece pequeño peligro, veamos si le iguala o hace ventajas el deembestirse dos galeras por las proas en mitad del mar espacioso, las cualesenclavijadas y trabadas, no le queda al soldado más espacio del que concededos pies de tabla del espolón; y, con todo esto, viendo que tiene delantede sí tantos ministros de la muerte que le amenazan cuantos cañones deartillería se asestan de la parte contraria, que no distan de su cuerpo unalanza, y viendo que al primer descuido de los pies iría a visitar losprofundos senos de Neptuno; y, con todo esto, con intrépido corazón,llevado de la honra que le incita, se pone a ser blanco de tantaarcabucería, y procura pasar por tan estrecho paso al bajel contrario. Y loque más es de admirar: que apenas uno ha caído donde no se podrá levantarhasta la fin del mundo, cuando otro ocupa su mesmo lugar; y si éste tambiéncae en el mar, que como a enemigo le aguarda, otro y otro le sucede, sindar tiempo al tiempo de sus muertes: valentía y atrevimiento el mayor quese puede hallar en todos los trances de la guerra. Bien hayan aquellosbenditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestosendemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para míque en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención,con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a unvaleroso caballero, y que, sin saber cómo o por dónde, en la mitad delcoraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega unadesmandada bala, disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandorque hizo el fuego al disparar de la maldita máquina, y corta y acaba en uninstante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos.Y así, considerando esto, estoy por decir que en el alma me pesa de habertomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como esesta en que ahora vivimos; porque, aunque a mí ningún peligro me ponemiedo, todavía me pone recelo pensar si la pólvora y el estaño me han dequitar la ocasión de hacerme famoso y conocido por el valor de mi brazo yfilos de mi espada, por todo lo descubierto de la tierra. Pero haga elcielo lo que fuere servido, que tanto seré más estimado, si salgo con loque pretendo, cuanto a mayores peligros me he puesto que se pusieron loscaballeros andantes de los pasados siglos.

Todo este largo preámbulo dijo don Quijote, en tanto que los demás cenaban,olvidándose de llevar bocado a la boca, puesto que algunas veces le habíadicho Sancho Panza que cenase, que después habría lugar para decir todo loque quisiese. En los que escuchado le habían sobrevino nueva lástima de verque hombre que, al parecer, tenía buen entendimiento y buen discurso entodas las cosas que trataba, le hubiese perdido tan rematadamente, entratándole de su negra y pizmienta caballería. El cura le dijo que teníamucha razón en todo cuanto había dicho en favor de las armas, y que él,aunque letrado y graduado, estaba de su mesmo parecer.

Acabaron de cenar, levantaron los manteles, y, en tanto que la ventera, suhija y Maritornes aderezaban el camaranchón de don Quijote de la Mancha,donde habían determinado que aquella noche las mujeres solas en él serecogiesen, don Fernando rogó al cautivo les contase el discurso de suvida, porque no podría ser sino que fuese peregrino y gustoso, según lasmuestras que había comenzado a dar, viniendo en compañía de Zoraida. A locual respondió el cautivo que de muy buena gana haría lo que se le mandaba,y que sólo temía que el cuento no había de ser tal, que les diese el gustoque él deseaba; pero que, con todo eso, por no faltar en obedecelle, lecontaría. El cura y todos los demás se lo agradecieron, y de nuevo se lorogaron; y él, viéndose rogar de tantos, dijo que no eran menester ruegosadonde el mandar tenía tanta fuerza.

— Y así, estén vuestras mercedes atentos, y oirán un discurso verdadero, aquien podría ser que no llegasen los mentirosos que con curioso y pensadoartificio suelen componerse.

Con esto que dijo, hizo que todos se acomodasen y le prestasen un grandesilencio; y él, viendo que ya callaban y esperaban lo que decir quisiese,con voz agradable y reposada, comenzó a decir desta manera:

Capítulo XXXIX. Donde el cautivo cuenta su vida y sucesos

— «En un lugar de las Montañas de León tuvo principio mi linaje, con quienfue más agradecida y liberal la naturaleza que la fortuna, aunque, en laestrecheza de aquellos pueblos, todavía alcanzaba mi padre fama de rico, yverdaderamente lo fuera si así se diera maña a conservar su hacienda comose la daba en gastalla. Y la condición que tenía de ser liberal y gastadorle procedió de haber sido soldado los años de su joventud, que es escuelala soldadesca donde el mezquino se hace franco, y el franco, pródigo; y sialgunos soldados se hallan miserables, son como monstruos, que se ven rarasveces. Pasaba mi padre los términos de la liberalidad, y rayaba en los deser pródigo: cosa que no le es de ningún provecho al hombre casado, y quetiene hijos que le han de suceder en el nombre y en el ser. Los que mipadre tenía eran tres, todos varones y todos de edad de poder elegirestado. Viendo, pues, mi padre que, según él decía, no podía irse a la manocontra su condición, quiso privarse del instrumento y causa que le hacíagastador y dadivoso, que fue privarse de la hacienda, sin la cual el mismoAlejandro pareciera estrecho.

»Y así, llamándonos un día a todos tres a solas en un aposento, nos dijounas razones semejantes a las que ahora diré: ''Hijos, para deciros que osquiero bien, basta saber y decir que sois mis hijos; y, para entender queos quiero mal, basta saber que no me voy a la mano en lo que toca aconservar vuestra hacienda. Pues, para que entendáis desde aquí adelanteque os quiero como padre, y que no os quiero destruir como padrastro,quiero hacer una cosa con vosotros que ha muchos días que la tengo pensaday con madura consideración dispuesta. Vosotros estáis ya en edad de tomarestado, o, a lo menos, de elegir ejercicio, tal que, cuando mayores, oshonre y aproveche. Y lo que he pensado es hacer de mi hacienda cuatropartes: las tres os daré a vosotros, a cada uno lo que le tocare, sinexceder en cosa alguna, y con la otra me quedaré yo para vivir ysustentarme los días que el cielo fuere servido de darme de vida. Peroquerría que, después que cada uno tuviese en su poder la parte que le tocade su hacienda, siguiese uno de los caminos que le diré. Hay un refrán ennuestra España, a mi parecer muy verdadero, como todos lo son, por sersentencias breves sacadas de la luenga y discreta experiencia; y el que yodigo dice: "Iglesia, o mar, o casa real", como si más claramente dijera:"Quien quisiere valer y ser rico, siga o la Iglesia, o navegue, ejercitandoel arte de la mercancía, o entre a servir a los reyes en sus casas"; porquedicen: "Más vale migaja de rey que merced de señor". Digo esto porquequerría, y es mi voluntad, que uno de vosotros siguiese las letras, el otrola mercancía, y el otro sirviese al rey en la guerra, pues es dificultosoentrar a servirle en su casa; que, ya que la guerra no dé muchas riquezas,suele dar mucho valor y mucha fama. Dentro de ocho días, os daré todavuestra parte en dineros, sin defraudaros en un ardite, como lo veréis porla obra. Decidme ahora si queréis seguir mi parecer y consejo en lo que oshe propuesto''. Y, mandándome a mí, por ser el mayor, que respondiese,después de haberle dicho que no se deshiciese de la hacienda, sino quegastase todo lo que fuese su voluntad, que nosotros éramos mozos para saberganarla, vine a concluir en que cumpliría su gusto, y que el mío era seguirel ejercicio de las armas, sirviendo en él a Dios y a mi rey. El segundohermano hizo los mesmos ofrecimientos, y escogió el irse a las Indias,llevando empleada la hacienda que le cupiese. El menor, y, a lo que yocreo, el más discreto, dijo que quería seguir la Iglesia, o irse a acabarsus comenzados estudios a Salamanca. Así como acabamos de concordarnos yescoger nuestros ejercicios, mi padre nos abrazó a todos, y, con labrevedad que dijo, puso por obra cuanto nos había prometido; y, dando acada uno su parte, que, a lo que se me acuerda, fueron cada tres milducados, en dineros (porque un nuestro tío compró toda la hacienda y lapagó de contado, porque no saliese del tronco de la casa), en un mesmo díanos despedimos todos tres de nuestro buen padre; y, en aquel mesmo,pareciéndome a mí ser inhumanidad que mi padre quedase viejo y con tan pocahacienda, hice con él que de mis tres mil tomase los dos mil ducados,porque a mí me bastaba el resto para acomodarme de lo que había menester unsoldado. Mis dos hermanos, movidos de mi ejemplo, cada uno le dio milducados: de modo que a mi padre le quedaron cuatro mil en dineros, y mástres mil, que, a lo que parece, valía la hacienda que le cupo, que no quisovender, sino quedarse con ella en raíces.

Digo, en fin, que nos despedimosdél y de aquel nuestro tío que he dicho, no sin mucho sentimiento ylágrimas de todos, encargándonos que les hiciésemos saber, todas las vecesque hubiese comodidad para ello, de nuestros sucesos, prósperos o adversos.Prometímosselo, y, abrazándonos y echándonos su bendición, el uno tomó elviaje de Salamanca, el otro de Sevilla y yo el de Alicante, adonde tuvenuevas que había una nave ginovesa que cargaba allí lana para Génova.

»Éste hará veinte y dos años que salí de casa de mi padre, y en todosellos, puesto que he escrito algunas cartas, no he sabido dél ni de mishermanos nueva alguna. Y lo que en este discurso de tiempo he pasado lodiré brevemente. Embarquéme en Alicante, llegué con próspero viaje aGénova, fui desde allí a Milán, donde me acomodé de armas y de algunasgalas de soldado, de donde quise ir a asentar mi plaza al Piamonte; y,estando ya de camino para Alejandría de la Palla, tuve nuevas que el granduque de Alba pasaba a Flandes. Mudé propósito, fuime con él, servíle enlas jornadas que hizo, halléme en la muerte de los condes de Eguemón y deHornos, alcancé a ser alférez de un famoso capitán de Guadalajara, llamadoDiego de Urbina; y, a cabo de algún tiempo que llegué a Flandes, se tuvonuevas de la liga que la Santidad del Papa Pío Quinto, de felicerecordación, había hecho con Venecia y con España, contra el enemigo común,que es el Turco; el cual, en aquel mesmo tiempo, había ganado con su armadala famosa isla de Chipre, que estaba debajo del dominio del veneciano: ypérdida lamentable y desdichada. Súpose cierto que venía por general destaliga el serenísimo don Juan de Austria, hermano natural de nuestro buen reydon Felipe. Divulgóse el grandísimo aparato de guerra que se hacía. Todo locual me incitó y conmovió el ánimo y el deseo de verme en la jornada que seesperaba; y, aunque tenía barruntos, y casi promesas ciertas, de que en laprimera ocasión que se ofreciese sería promovido a capitán, lo quise dejartodo y venirme, como me vine, a Italia. Y quiso mi buena suerte que elseñor don Juan de Austria acababa de llegar a Génova, que pasaba a Nápolesa juntarse con la armada de Venecia, como después lo hizo en Mecina.

»Digo, en fin, que yo me hallé en aquella felicísima jornada, ya hechocapitán de infantería, a cuyo honroso cargo me subió mi buena suerte, másque mis merecimientos. Y aquel día, que fue para la cristiandad tandichoso, porque en él se desengañó el mundo y todas las naciones del erroren que estaban, creyendo que los turcos eran invencibles por la mar: enaquel día, digo, donde quedó el orgullo y soberbia otomana quebrantada,entre tantos venturosos como allí hubo (porque más ventura tuvieron loscristianos que allí murieron que los que vivos y vencedores quedaron), yosolo fui el desdichado, pues, en cambio de que pudiera esperar, si fuera enlos romanos siglos, alguna naval corona, me vi aquella noche que siguió atan famoso día con cadenas a los pies y esposas a las manos.

»Y fue desta suerte: que, habiendo el Uchalí, rey de Argel, atrevido yventuroso cosario, embestido y rendido la capitana de Malta, que solos trescaballeros quedaron vivos en ella, y éstos malheridos, acudió la capitanade Juan Andrea a socorrella, en la cual yo iba con mi compañía; y, haciendolo que debía en ocasión semejante, salté en la galera contraria, la cual,desviándose de la que la había embestido, estorbó que mis soldados mesiguiesen, y así, me hallé solo entre mis enemigos, a quien no puderesistir, por ser tantos; en fin, me rindieron lleno de heridas. Y, como yahabréis, señores, oído decir que el Uchalí se salvó con toda su escuadra,vine yo a quedar cautivo en su poder, y solo fui el triste entre tantosalegres y el cautivo entre tantos libres; porque fueron quince milcristianos los que aquel día alcanzaron la deseada libertad, que todosvenían al remo en la turquesca armada.

»Lleváronme a Costantinopla, donde el Gran Turco Selim hizo general de lamar a mi amo, porque había hecho su deber en la batalla, habiendo llevadopor muestra de su valor el estandarte de la religión de Malta. Halléme elsegundo año, que fue el de setenta y dos, en Navarino, bogando en lacapitana de los tres fanales. Vi y noté la ocasión que allí se perdió de nocoger en el puerto toda el armada turquesca, porque todos los leventes yjenízaros que en ella venían tuvieron por cierto que les habían de embestirdentro del mesmo puerto, y tenían a punto su ropa y pasamaques, que son suszapatos, para huirse luego por tierra, sin esperar ser combatidos: tantoera el miedo que habían cobrado a nuestra armada. Pero el cielo lo ordenóde otra manera, no por culpa ni descuido del general que a los nuestrosregía, sino por los pecados de la cristiandad, y porque quiere y permiteDios que tengamos siempre verdugos que nos castiguen.

»En efeto, el Uchalí se recogió a Modón, que es una isla que está junto aNavarino, y, echando la gente en tierra, fortificó la boca del puerto, yestúvose quedo hasta que el señor don Juan se volvió. En este viaje se tomóla galera que se llamaba La Presa, de quien era capitán un hijo de aquelfamoso cosario Barbarroja. Tomóla la capitana de Nápoles, llamada La Loba,regida por aquel rayo de la guerra, por el padre de los soldados, por aquelventuroso y jamás vencido capitán don Álvaro de Bazán, marqués de SantaCruz. Y no quiero dejar de decir lo que sucedió en la presa de La Presa.Era tan cruel el hijo de Barbarroja, y trataba tan mal a sus cautivos, que,así como los que venían al remo vieron que la galera Loba les iba entrandoy que los alcanzaba, soltaron todos a un tiempo los remos, y asieron de sucapitán, que estaba sobre el estanterol gritando que bogasen apriesa, ypasándole de banco en banco, de popa a proa, le dieron bocados, que a pocomás que pasó del árbol ya había pasado su ánima al infierno: tal era, comohe dicho, la crueldad con que los trataba y el odio que ellos le tenían.

»Volvimos a Constantinopla, y el año siguiente, que fue el de setenta ytres, se supo en ella cómo el señor don Juan había ganado a Túnez, yquitado aquel reino a los turcos y puesto en posesión dél a Muley Hamet,cortando las esperanzas que de volver a reinar en él tenía Muley Hamida, elmoro más cruel y más valiente que tuvo el mundo. Sintió mucho esta pérdidael Gran Turco, y, usando de la sagacidad que todos los de su casa tienen,hizo paz con venecianos, que mucho más que él la deseaban; y el añosiguiente de setenta y cuatro acometió a la Goleta y al fuerte que junto aTúnez había dejado medio levantado el señor don Juan. En todos estostrances andaba yo al remo, sin esperanza de libertad alguna; a lo menos, noesperaba tenerla por rescate, porque tenía determinado de no escribir lasnuevas de mi desgracia a mi padre.

»Perdióse, en fin, la Goleta; perdióse el fuerte, sobre las cuales plazashubo de soldados turcos, pagados, setenta y cinco mil, y de moros, yalárabes de toda la Africa, más de cuatrocientos mil, acompañado este tangran número de gente con tantas municiones y pertrechos de guerra, y contantos gastadores, que con las manos y a puñados de tierra pudieran cubrirla Goleta y el fuerte. Perdióse primero la Goleta, tenida hasta entoncespor inexpugnable; y no se perdió por culpa de sus defensores, los cualeshicieron en su defensa todo aquello que debían y podían, sino porque laexperiencia mostró la facilidad con que se podían levantar trincheas enaquella desierta arena, porque a dos palmos se hallaba agua, y los turcosno la hallaron a dos varas; y así, con muchos sacos de arena levantaron lastrincheas tan altas que sobrepujaban las murallas de la fuerza; y,tirándoles a caballero, ninguno podía parar, ni asistir a la defensa. Fuecomún opinión que no se habían de encerrar los nuestros en la Goleta, sinoesperar en campaña al desembarcadero; y los que esto dicen hablan de lejosy con poca experiencia de casos semejantes, porque si en la Goleta y en elfuerte apenas había siete mil soldados, ¿cómo podía tan poco número, aunquemás esforzados fuesen, salir a la campaña y quedar en las fuerzas, contratanto como era el de los enemigos?; y ¿cómo es posible dejar de perdersefuerza que no es socorrida, y más cuando la cercan enemigos muchos yporfiados, y en su mesma tierra? Pero a muchos les pareció, y así mepareció a mí, que fue particular gracia y merced que el cielo hizo a Españaen permitir que se asolase aquella oficina y capa de maldades, y aquellagomia o esponja y polilla de la infinidad de dineros que allí sin provechose gastaban, sin servir de otra cosa que de conservar la memoria de haberlaganado la felicísima del invictísimo Carlos Quinto; como si fuera menesterpara hacerla eterna, como lo es y será, que aquellas piedras lasustentaran.

»Perdióse también el fuerte; pero fuéronle ganando los turcos palmo apalmo, porque los soldados que lo defendían pelearon tan valerosa yfuertemente, que pasaron de veinte y cinco mil enemigos los que mataron enveinte y dos asaltos generales que les dieron. Ninguno cautivaron sano detrecientos que quedaron vivos, señal cierta y clara de su esfuerzo y valor,y de lo bien que se habían defendido y guardado sus plazas. Rindióse apartido un pequeño fuerte o torre que estaba en mitad del estaño, a cargode don Juan Zanoguera, caballero valenciano y famoso soldado. Cautivaron adon Pedro Puertocarrero, general de la Goleta, el cual hizo cuanto fueposible por defender su fuerza; y sintió tanto el haberla perdido que depesar murió en el camino de Constantinopla, donde le llevaban cautivo.Cautivaron ansimesmo al general del fuerte, que se llamaba GabrioCervellón, caballero milanés, grande ingeniero y valentísimo soldado.Murieron en estas dos fuerzas muchas personas de cuenta, de las cuales fueuna Pagán de Oria, caballero del hábito de San Juan, de condición generoso,como lo mostró la summa liberalidad que usó con su hermano, el famoso Juande Andrea de Oria; y lo que más hizo lastimosa su muerte fue haber muerto amanos de unos alárabes de quien se fió, viendo ya perdido el fuerte, que seofrecieron de llevarle en hábito de moro a Tabarca, que es un portezuelo ocasa que en aquellas riberas tienen los ginoveses que se ejercitan en lapesquería del coral; los cuales alárabes le cortaron la cabeza y se latrujeron al general de la armada turquesca, el cual cumplió con ellosnuestro refrán castellano: "Que aunque la traición aplace, el traidor seaborrece"; y así, se dice que mandó el general ahorcar a los que letrujeron el presente, porque no se le habían traído vivo.

»Entre los cristianos que en el fuerte se perdieron, fue uno llamado donPedro de Aguilar, natural no sé de qué lugar del Andalucía, el cual habíasido alférez en el fuerte, soldado de mucha cuenta y de raro entendimiento:especialmente tenía particular gracia en lo que llaman poesía.

Dígoloporque su suerte le trujo a mi galera y a mi banco, y a ser esclavo de mimesmo patrón; y, antes que nos partiésemos de aquel puerto, hizo estecaballero dos sonetos, a manera de epitafios, el uno a la Goleta y el otroal fuerte. Y en verdad que los tengo de decir, porque los sé de memoria ycreo que antes causarán gusto que pesadumbre.»

En el punto que el cautivo nombró a don Pedro de Aguilar, don Fernando miróa sus camaradas, y todos tres se sonrieron; y, cuando llegó a decir de lossonetos, dijo el uno:

— Antes que vuestra merced pase adelante, le suplico me diga qué se hizo esedon Pedro de Aguilar que ha dicho.

— Lo que sé es —respondió el cautivo— que, al cabo de dos años que estuvo enConstantinopla, se huyó en traje de arnaúte con un griego espía, y no sé sivino en libertad, puesto que creo que sí, porque de allí a un año vi yo algriego en Constantinopla, y no le pude preguntar el suceso de aquel viaje.

— Pues lo fue —respondió el caballero—, porque ese don Pedro es mi hermano,y está ahora en nuestro lugar, bueno y rico, casado y con tres hijos.

— Gracias sean dadas a Dios —dijo el cautivo— por tantas mercedes como lehizo; porque no hay en la tierra, conforme mi parecer, contento que seiguale a alcanzar la libertad perdida.

— Y más —replicó el caballero—, que yo sé los sonetos que mi hermano hizo.

— Dígalos, pues, vuestra merced —dijo el cautivo—, que los sabrá decir mejorque yo.

— Que me place —respondió el caballero—; y el de la Goleta decía así: Capítulo XL. Donde se prosigue la historia del cautivo

Soneto

Almas

dichosas

que

del

mortal

velo

libres

y

esentas,

por

el

bien

que

obrastes,

desde

la

baja

tierra

os

levantastes

a

lo

más

alto

y

lo

mejor

del

cielo,

y,

ardiendo

en

ira

y

en

honroso

celo,

de

los

cuerpos

la

fuerza

ejercitastes,

que

en

propia

y

sangre

ajena

colorastes

el

mar

vecino

y

arenoso

suelo;

primero

que

el

valor

faltó

la

vida

en

los

cansados

brazos,

que,

muriendo,

con

ser

vencidos,

llevan

la

vitoria.

Y

esta

vuestra

mortal,

triste

caída

entre

el

muro

y

el

hierro,

os

va

adquiriendo

fama que el mundo os da, y el cielo gloria.

— Desa mesma manera le sé yo —dijo el cautivo.

— Pues el del fuerte, si mal no me acuerdo —dijo el caballero—, dice así: Soneto

De

entre

esta

tierra

estéril,

derribada,

destos

terrones

por

el

suelo

echados,

las

almas

santas

de

tres

mil

soldados

subieron

vivas

a

mejor

morada,

siendo

primero,

en

vano,

ejercitada

la

fuerza

de

sus

brazos

esforzados,

hasta

que,

al

fin,

de

pocos

y

cansados,

dieron

la

vida

al

filo

de