Don Quijote by Miguel de Cervantes Saavedra - HTML preview

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»—Sábete, Anselmo, que ha muchos días que he andado peleando conmigo mesmo,haciéndome fuerza a no decirte lo que ya no es posible ni justo que más teencubra. Sábete que la fortaleza de Camila está ya rendida y sujeta a todoaquello que yo quisiere hacer della; y si he tardado en descubrirte estaverdad, ha sido por ver si era algún liviano antojo suyo, o si lo hacía porprobarme y ver si eran con propósito firme tratados los amores que, con tulicencia, con ella he comenzado.

Creí, ansimismo, que ella, si fuera la quedebía y la que entrambos pensábamos, ya te hubiera dado cuenta de misolicitud, pero, habiendo visto que se tarda, conozco que son verdaderaslas promesas que me ha dado de que, cuando otra vez hagas ausencia de tucasa, me hablará en la recámara, donde está el repuesto de tus alhajas —yera la verdad, que allí le solía hablar Camila—; y no quiero queprecipitosamente corras a hacer alguna venganza, pues no está aún cometidoel pecado sino con pensamiento, y podría ser que, desde éste hasta eltiempo de ponerle por obra, se mudase el de Camila y naciese en su lugar elarrepentimiento. Y así, ya que, en todo o en parte, has seguido siempre misconsejos, sigue y guarda uno que ahora te diré, para que sin engaño y conmedroso advertimento te satisfagas de aquello que más vieres que teconvenga.

Finge que te ausentas por dos o tres días, como otras vecessueles, y haz de manera que te quedes escondido en tu recámara, pues lostapices que allí hay y otras cosas con que te puedas encubrir te ofrecenmucha comodidad, y entonces verás por tus mismos ojos, y yo por los míos,lo que Camila quiere; y si fuere la maldad que se puede temer antes queesperar, con silencio, sagacidad y discreción podrás ser el verdugo de tuagravio.

»Absorto, suspenso y admirado quedó Anselmo con las razones de Lotario,porque le cogieron en tiempo donde menos las esperaba oír, porque ya teníaa Camila por vencedora de los fingidos asaltos de Lotario y comenzaba agozar la gloria del vencimiento. Callando estuvo por un buen espacio,mirando al suelo sin mover pestaña, y al cabo dijo:

»—Tú lo has hecho, Lotario, como yo esperaba de tu amistad; en todo he deseguir tu consejo: haz lo que quisieres y guarda aquel secreto que ves queconviene en caso tan no pensado.

»Prometióselo Lotario, y, en apartándose dél, se arrepintió totalmente decuanto le había dicho, viendo cuán neciamente había andado, pues pudiera élvengarse de Camila, y no por camino tan cruel y tan deshonrado. Maldecía suentendimiento, afeaba su ligera determinación, y no sabía qué medio tomarsepara deshacer lo hecho, o para dalle alguna razonable salida. Al fin,acordó de dar cuenta de todo a Camila; y, como no faltaba lugar parapoderlo hacer, aquel mismo día la halló sola, y ella, así como vio que lepodía hablar, le dijo.

»—Sabed, amigo Lotario, que tengo una pena en el corazón que me le aprietade suerte que parece que quiere reventar en el pecho, y ha de ser maravillasi no lo hace, pues ha llegado la desvergüenza de Leonela a tanto, que cadanoche encierra a un galán suyo en esta casa y se está con él hasta el día,tan a costa de mi crédito cuanto le quedará campo abierto de juzgarlo alque le viere salir a horas tan inusitadas de mi casa. Y lo que me fatiga esque no la puedo castigar ni reñir: que el ser ella secretario de nuestrostratos me ha puesto un freno en la boca para callar los suyos, y temo quede aquí ha de nacer algún mal suceso.

»Al principio que Camila esto decía creyó Lotario que era artificio paradesmentille que el hombre que había visto salir era de Leonela, y no suyo;pero, viéndola llorar y afligirse, y pedirle remedio, vino a creer laverdad, y, en creyéndola, acabó de estar confuso y arrepentido del todo.Pero, con todo esto, respondió a Camila que no tuviese pena, que élordenaría remedio para atajar la insolencia de Leonela. Díjole asimismo loque, instigado de la furiosa rabia de los celos, había dicho a Anselmo, ycómo estaba concertado de esconderse en la recámara, para ver desde allí ala clara la poca lealtad que ella le guardaba. Pidióle perdón desta locura,y consejo para poder remedialla y salir bien de tan revuelto laberinto comosu mal discurso le había puesto.

»Espantada quedó Camila de oír lo que Lotario le decía, y con mucho enojo ymuchas y discretas razones le riñó y afeó su mal pensamiento y la simple ymala determinación que había tenido.

Pero, como naturalmente tiene la mujeringenio presto para el bien y para el mal más que el varón, puesto que leva faltando cuando de propósito se pone a hacer discursos, luego alinstante halló Camila el modo de remediar tan al parecer inremediablenegocio, y dijo a Lotario que procurase que otro día se escondiese Anselmodonde decía, porque ella pensaba sacar de su escondimiento comodidad paraque desde allí en adelante los dos se gozasen sin sobresalto alguno; y, sindeclararle del todo su pensamiento, le advirtió que tuviese cuidado que, enestando Anselmo escondido, él viniese cuando Leonela le llamase, y que acuanto ella le dijese le respondiese como respondiera aunque no supiera queAnselmo le escuchaba. Porfió Lotario que le acabase de declarar suintención, porque con más seguridad y aviso guardase todo lo que viese sernecesario.

»—Digo —dijo Camila— que no hay más que guardar, si no fuere respondermecomo yo os preguntare (no queriendo Camila darle antes cuenta de lo quepensaba hacer, temerosa que no quisiese seguir el parecer que a ella tanbueno le parecía, y siguiese o buscase otros que no podrían ser tanbuenos).

»Con esto, se fue Lotario; y Anselmo, otro día, con la escusa de ir aquellaaldea de su amigo, se partió y volvió a esconderse: que lo pudo hacer concomodidad, porque de industria se la dieron Camila y Leonela.»Escondido, pues, Anselmo, con aquel sobresalto que se puede imaginar quetendría el que esperaba ver por sus ojos hacer notomía de las entrañas desu honra, íbase a pique de perder el sumo bien que él pensaba que tenía ensu querida Camila. Seguras ya y ciertas Camila y Leonela que Anselmo estabaescondido, entraron en la recámara; y apenas hubo puesto los pies en ellaCamilia, cuando, dando un grande suspiro, dijo:

»—¡Ay, Leonela amiga! ¿No sería mejor que, antes que llegase a poner enejecución lo que no quiero que sepas, porque no procures estorbarlo, quetomases la daga de Anselmo, que te he pedido, y pasases con ella esteinfame pecho mío? Pero no hagas tal, que no será razón que yo lleve la penade la ajena culpa. Primero quiero saber qué es lo que vieron en mí losatrevidos y deshonestos ojos de Lotario que fuese causa de darleatrevimiento a descubrirme un tan mal deseo como es el que me hadescubierto, en desprecio de su amigo y en deshonra mía. Ponte, Leonela, aesa ventana y llámale, que, sin duda alguna, él debe de estar en la calle,esperando poner en efeto su mala intención. Pero primero se pondrá la cruelcuanto honrada mía.

»—¡Ay, señora mía! —respondió la sagaz y advertida Leonela—, y ¿qué es loque quieres hacer con esta daga? ¿Quieres por ventura quitarte la vida oquitársela a Lotario? Que cualquiera destas cosas que quieras ha deredundar en pérdida de tu crédito y fama. Mejor es que disimules tuagravio, y no des lugar a que este mal hombre entre ahora en esta casa ynos halle solas. Mira, señora, que somos flacas mujeres, y él es hombre ydeterminado; y, como viene con aquel mal propósito, ciego y apasionado,quizá antes que tú pongas en ejecución el tuyo, hará él lo que te estaríamás mal que quitarte la vida. ¡Mal haya mi señor Anselmo, que tanto mal haquerido dar a este desuellacaras en su casa! Y ya, señora, que le mates,como yo pienso que quieres hacer, ¿qué hemos de hacer dél después demuerto?

»—¿Qué, amiga? —respondió Camila—: dejarémosle para que Anselmo leentierre, pues será justo que tenga por descanso el trabajo que tomare enponer debajo de la tierra su misma infamia.

Llámale, acaba, que todo eltiempo que tardo en tomar la debida venganza de mi agravio parece queofendo a la lealtad que a mi esposo debo.

»Todo esto escuchaba Anselmo, y, a cada palabra que Camila decía, se lemudaban los pensamientos; mas, cuando entendió que estaba resuelta en matara Lotario, quiso salir y descubrirse, porque tal cosa no se hiciese; perodetúvole el deseo de ver en qué paraba tanta gallardía y honestaresolución, con propósito de salir a tiempo que la estorbase.

»Tomóle en esto a Camila un fuerte desmayo, y, arrojándose encima de unacama que allí estaba, comenzó Leonela a llorar muy amargamente y a decir:»—¡Ay, desdichada de mí si fuese tan sin ventura que se me muriese aquíentre mis brazos la flor de la honestidad del mundo, la corona de lasbuenas mujeres, el ejemplo de la castidad...!

»Con otras cosas a éstas semejantes, que ninguno la escuchara que no latuviera por la más lastimada y leal doncella del mundo, y a su señora porotra nueva y perseguida Penélope. Poco tardó en volver de su desmayoCamila; y, al volver en sí, dijo:

»—¿Por qué no vas, Leonela, a llamar al más leal amigo de amigo que vio elsol o cubrió la noche? Acaba, corre, aguija, camina, no se esfogue con latardanza el fuego de la cólera que tengo, y se pase en amenazas ymaldiciones la justa venganza que espero.

»—Ya voy a llamarle, señora mía —dijo Leonela—, mas hasme de dar primeroesa daga, porque no hagas cosa, en tanto que falto, que dejes con ella quellorar toda la vida a todos los que bien te quieren.

»—Ve segura, Leonela amiga, que no haré —respondió Camila—; porque, ya quesea atrevida y simple a tu parecer en volver por mi honra, no lo he de sertanto como aquella Lucrecia de quien dicen que se mató sin haber cometidoerror alguno, y sin haber muerto primero a quien tuvo la causa de sudesgracia. Yo moriré, si muero, pero ha de ser vengada y satisfecha del queme ha dado ocasión de venir a este lugar a llorar sus atrevimientos,nacidos tan sin culpa mía.

»Mucho se hizo de rogar Leonela antes que saliese a llamar a Lotario, pero,en fin, salió; y, entre tanto que volvía, quedó Camilia diciendo, como quehablaba consigo misma:

»—¡Válame Dios! ¿No fuera más acertado haber despedido a Lotario, comootras muchas veces lo he hecho, que no ponerle en condición, como ya le hepuesto, que me tenga por deshonesta y mala, siquiera este tiempo que he detardar en desengañarle? Mejor fuera, sin duda; pero no quedara yo vengada,ni la honra de mi marido satisfecha, si tan a manos lavadas y tan a pasollano se volviera a salir de donde sus malos pensamientos le entraron.Pague el traidor con la vida lo que intentó con tan lascivo deseo: sepa elmundo, si acaso llegare a saberlo, de que Camila no sólo guardó la lealtada su esposo, sino que le dio venganza del que se atrevió a ofendelle.

Mas,con todo, creo que fuera mejor dar cuenta desto a Anselmo, pero ya se laapunté a dar en la carta que le escribí al aldea, y creo que el no acudirél al remedio del daño que allí le señalé, debió de ser que, de puro buenoy confiado, no quiso ni pudo creer que en el pecho de su tan firme amigopudiese caber género de pensamiento que contra su honra fuese; ni aun yo locreí después, por muchos días, ni lo creyera jamás, si su insolencia nollegara a tanto, que las manifiestas dádivas y las largas promesas y lascontinuas lágrimas no me lo manifestaran. Mas,

¿para qué hago yo ahoraestos discursos? ¿Tiene, por ventura, una resulución gallarda necesidad deconsejo alguno? No, por cierto. ¡Afuera, pues, traidores; aquí, venganzas!¡Entre el falso, venga, llegue, muera y acabe, y suceda lo que sucediere!Limpia entré en poder del que el cielo me dio por mío, limpia he de salirdél; y, cuando mucho, saldré bañada en mi casta sangre, y en la impura delmás falso amigo que vio la amistad en el mundo.

»Y, diciendo esto, se paseaba por la sala con la daga desenvainada, dandotan desconcertados y desaforados pasos, y haciendo tales ademanes, que noparecía sino que le faltaba el juicio, y que no era mujer delicada, sino unrufián desesperado.

»Todo lo miraba Anselmo, cubierto detrás de unos tapices donde se habíaescondido, y de todo se admiraba, y ya le parecía que lo que había visto yoído era bastante satisfación para mayores sospechas; y ya quisiera que laprueba de venir Lotario faltara, temeroso de algún mal repentino suceso. Y,estando ya para manifestarse y salir, para abrazar y desengañar a suesposa, se detuvo porque vio que Leonela volvía con Lotario de la mano; y,así como Camila le vio, haciendo con la daga en el suelo una gran rayadelante della, le dijo:

»—Lotario, advierte lo que te digo: si a dicha te atrevieres a pasar destaraya que ves, ni aun llegar a ella, en el punto que viere que lo intentas,en ese mismo me pasaré el pecho con esta daga que en las manos tengo. Y,antes que a esto me respondas palabra, quiero que otras algunas meescuches; que después responderás lo que más te agradare. Lo primero,quiero, Lotario, que me digas si conoces a Anselmo, mi marido, y en quéopinión le tienes; y lo segundo, quiero saber también si me conoces a mí.Respóndeme a esto, y no te turbes, ni pienses mucho lo que has deresponder, pues no son dificultades las que te pregunto.

»No era tan ignorante Lotario que, desde el primer punto que Camila le dijoque hiciese esconder a Anselmo, no hubiese dado en la cuenta de lo que ellapensaba hacer; y así, correspondió con su intención tan discretamente, ytan a tiempo, que hicieran los dos pasar aquella mentira por más que ciertaverdad; y así, respondió a Camila desta manera:

»—No pensé yo, hermosa Camila, que me llamabas para preguntarme cosas tanfuera de la intención con que yo aquí vengo. Si lo haces por dilatarme laprometida merced, desde más lejos pudieras entretenerla, porque tanto másfatiga el bien deseado cuanto la esperanza está más cerca de poseello;pero, porque no digas que no respondo a tus preguntas, digo que conozco atu esposo Anselmo, y nos conocemos los dos desde nuestros más tiernos años;y no quiero decir lo que tú tan bien sabes de nuestra amistad, por no mehacer testigo del agravio que el amor hace que le haga, poderosa disculpade mayores yerros. A ti te conozco y tengo en la misma posesión que él tetiene; que, a no ser así, por menos prendas que las tuyas no había yo de ircontra lo que debo a ser quien soy y contra las santas leyes de laverdadera amistad, ahora por tan poderoso enemigo como el amor por mírompidas y violadas.

»—Si eso confiesas —respondió Camila—, enemigo mortal de todo aquello quejustamente merece ser amado, ¿con qué rostro osas parecer ante quien sabesque es el espejo donde se mira aquel en quien tú te debieras mirar, paraque vieras con cuán poca ocasión le agravias? Pero ya cayo, ¡ay, desdichadade mí!, en la cuenta de quién te ha hecho tener tan poca con lo que a timismo debes, que debe de haber sido alguna desenvoltura mía, que no quierollamarla deshonestidad, pues no habrá procedido de deliberadadeterminación, sino de algún descuido de los que las mujeres que piensanque no tienen de quién recatarse suelen hacer inadvertidamente.

Si no,dime: ¿cuándo, ¡oh traidor!, respondí a tus ruegos con alguna palabra oseñal que pudiese despertar en ti alguna sombra de esperanza de cumplir tusinfames deseos? ¿Cuándo tus amorosas palabras no fueron deshechas yreprehendidas de las mías con rigor y con aspereza? ¿Cuándo tus muchaspromesas y mayores dádivas fueron de mí creídas, ni admitidas? Pero, porparecerme que alguno no puede perseverar en el intento amoroso luengotiempo, si no es sustentado de alguna esperanza, quiero atribuirme a mí laculpa de tu impertinencia, pues, sin duda, algún descuido mío ha sustentadotanto tiempo tu cuidado; y así, quiero castigarme y darme la pena que tuculpa merece. Y, porque vieses que, siendo conmigo tan inhumana, no eraposible dejar de serlo contigo, quise traerte a ser testigo del sacrificioque pienso hacer a la ofendida honra de mi tan honrado marido, agraviado deti con el mayor cuidado que te ha sido posible, y de mí también con el pocorecato que he tenido del huir la ocasión, si alguna te di, para favorecer ycanonizar tus malas intenciones. Torno a decir que la sospecha que tengoque algún descuido mío engendró en ti tan desvariados pensamientos es laque más me fatiga, y la que yo más deseo castigar con mis propias manos,porque, castigándome otro verdugo, quizá sería más pública mi culpa; pero,antes que esto haga, quiero matar muriendo, y llevar conmigo quien me acabede satisfacer el deseo de la venganza que espero y tengo, viendo allá,dondequiera que fuere, la pena que da la justicia desinteresada y que no sedobla al que en términos tan desesperados me ha puesto.

»Y, diciendo estas razones, con una increíble fuerza y ligereza arremetió aLotario con la daga desenvainada, con tales muestras de querer enclavárselaen el pecho, que casi él estuvo en duda si aquellas demostraciones eranfalsas o verdaderas, porque le fue forzoso valerse de su industria y de sufuerza para estorbar que Camila no le diese. La cual tan vivamente fingíaaquel estraño embuste y fealdad que, por dalle color de verdad, la quisomatizar con su misma sangre; porque, viendo que no podía haber a Lotario, ofingiendo que no podía, dijo:

»—Pues la suerte no quiere satisfacer del todo mi tan justo deseo, a lomenos, no será tan poderosa que, en parte, me quite que no le satisfaga.Y, haciendo fuerza para soltar la mano de la daga, que Lotario la teníaasida, la sacó, y, guiando su punta por parte que pudiese herir noprofundamente, se la entró y escondió por más arriba de la islilla del ladoizquierdo, junto al hombro, y luego se dejó caer en el suelo, comodesmayada.

»Estaban Leonela y Lotario suspensos y atónitos de tal suceso, y todavíadudaban de la verdad de aquel hecho, viendo a Camila tendida en tierra ybañada en su sangre. Acudió Lotario con mucha presteza, despavorido y sinaliento, a sacar la daga, y, en ver la pequeña herida, salió del temor quehasta entonces tenía, y de nuevo se admiró de la sagacidad, prudencia ymucha discreción de la hermosa Camila; y, por acudir con lo que a él letocaba, comenzó a hacer una larga y triste lamentación sobre el cuerpo deCamila, como si estuviera difunta, echándose muchas maldiciones, no sólo aél, sino al que había sido causa de habelle puesto en aquel término.

Y,como sabía que le escuchaba su amigo Anselmo, decía cosas que el que leoyera le tuviera mucha más lástima que a Camila, aunque por muerta lajuzgara.

»Leonela la tomó en brazos y la puso en el lecho, suplicando a Lotariofuese a buscar quien secretamente a Camila curase; pedíale asimismo consejoy parecer de lo que dirían a Anselmo de aquella herida de su señora, siacaso viniese antes que estuviese sana. Él respondió que dijesen lo quequisiesen, que él no estaba para dar consejo que de provecho fuese; sólo ledijo que procurase tomarle la sangre, porque él se iba adonde gentes no leviesen. Y, con muestras de mucho dolor y sentimiento, se salió de casa; y,cuando se vio solo y en parte donde nadie le veía, no cesaba de hacersecruces, maravillándose de la industria de Camila y de los ademanes tanproprios de Leonela. Consideraba cuán enterado había de quedar Anselmo deque tenía por mujer a una segunda Porcia, y deseaba verse con él paracelebrar los dos la mentira y la verdad más disimulada que jamás pudieraimaginarse.

»Leonela tomó, como se ha dicho, la sangre a su señora, que no era más deaquello que bastó para acreditar su embuste; y, lavando con un poco de vinola herida, se la ató lo mejor que supo, diciendo tales razones, en tantoque la curaba, que, aunque no hubieran precedido otras, bastaran a hacercreer a Anselmo que tenía en Camila un simulacro de la honestidad.»Juntáronse a las palabras de Leonela otras de Camila, llamándose cobarde yde poco ánimo, pues le había faltado al tiempo que fuera más necesariotenerle, para quitarse la vida, que tan aborrecida tenía. Pedía consejo asu doncella si daría, o no, todo aquel suceso a su querido esposo; la cualle dijo que no se lo dijese, porque le pondría en obligación de vengarse deLotario, lo cual no podría ser sin mucho riesgo suyo, y que la buena mujerestaba obligada a no dar ocasión a su marido a que riñese, sino a quitalletodas aquellas que le fuese posible.

»Respondió Camila que le parecía muy bien su parecer y que ella leseguiría; pero que en todo caso convenía buscar qué decir a Anselmo de lacausa de aquella herida, que él no podría dejar de ver; a lo que Leonelarespondía que ella, ni aun burlando, no sabía mentir.

»—Pues yo, hermana —replicó Camila—, ¿qué tengo de saber, que no meatreveré a forjar ni sustentar una mentira, si me fuese en ello la vida? Ysi es que no hemos de saber dar salida a esto, mejor será decirle la verdaddesnuda, que no que nos alcance en mentirosa cuenta.

»—No tengas pena, señora: de aquí a mañana —respondió Leonela— yo pensaréqué le digamos, y quizá que, por ser la herida donde es, la podrásencubrir sin que él la vea, y el cielo será servido de favorecer a nuestrostan justos y tan honrados pensamientos. Sosiégate, señora mía, y procurasosegar tu alteración, porque mi señor no te halle sobresaltada, y lo demásdéjalo a mi cargo, y al de Dios, que siempre acude a los buenos deseos.»Atentísimo había estado Anselmo a escuchar y a ver representar la tragediade la muerte de su honra; la cual con tan estraños y eficaces afectos larepresentaron los personajes della, que pareció que se habían transformadoen la misma verdad de lo que fingían. Deseaba mucho la noche, y el tenerlugar para salir de su casa, y ir a verse con su buen amigo Lotario,congratulándose con él de la margarita preciosa que había hallado en eldesengaño de la bondad de su esposa. Tuvieron cuidado las dos de darlelugar y comodidad a que saliese, y él, sin perdella, salió y luego fue abuscar a Lotario, el cual hallado, no se puede buenamente contar losabrazos que le dio, las cosas que de su contento le dijo, las alabanzas quedio a Camila. Todo lo cual escuchó Lotario sin poder dar muestras de algunaalegría, porque se le representaba a la memoria cuán engañado estaba suamigo y cuán injustamente él le agraviaba. Y, aunque Anselmo veía queLotario no se alegraba, creía ser la causa por haber dejado a Camila heriday haber él sido la causa; y así, entre otras razones, le dijo que notuviese pena del suceso de Camila, porque, sin duda, la herida era ligera,pues quedaban de concierto de encubrírsela a él; y que, según esto, nohabía de qué temer, sino que de allí adelante se gozase y alegrase con él,pues por su industria y medio él se veía levantado a la más alta felicidadque acertara desearse, y quería que no fuesen otros sus entretenimientosque en hacer versos en alabanza de Camila, que la hiciesen eterna en lamemoria de los siglos venideros.

Lotario alabó su buena determinación ydijo que él, por su parte, ayudaría a levantar tan ilustre edificio.»Con esto quedó Anselmo el hombre más sabrosamente engañado que pudo haberen el mundo: él mismo llevó por la mano a su casa, creyendo que llevaba elinstrumento de su gloria, toda la perdición de su fama. Recebíale Camilacon rostro, al parecer, torcido, aunque con alma risueña. Duró este engañoalgunos días, hasta que, al cabo de pocos meses, volvió Fortuna su rueda ysalió a plaza la maldad con tanto artificio hasta allí cubierta, y aAnselmo le costó la vida su impertinente curiosidad.»

Capítulo XXXV. Donde se da fin a la novela del Curioso impertinente Poco más quedaba por leer de la novela, cuando del caramanchón dondereposaba don Quijote salió Sancho Panza todo alborotado, diciendo a voces:

— Acudid, señores, presto y socorred a mi señor, que anda envuelto en la másreñida y trabada batalla que mis ojos han visto. ¡Vive Dios, que ha dadouna cuchillada al gigante enemigo de la señora princesa Micomicona, que leha tajado la cabeza, cercen a cercen, como si fuera un nabo!

— ¿Qué dices, hermano? —dijo el cura, dejando de leer lo que de la novelaquedaba—. ¿Estáis en vos, Sancho? ¿Cómo diablos puede ser eso que decís,estando el gigante dos mil leguas de aquí?

En esto, oyeron un gran ruido en el aposento, y que don Quijote decía avoces:

— ¡Tente, ladrón, malandrín, follón, que aquí te tengo, y no te ha de valertu cimitarra!

Y parecía que daba grandes cuchilladas por las paredes. Y dijo Sancho:

— No tienen que pararse a escuchar, sino entren a despartir la pelea, o aayudar a mi amo; aunque ya no será menester, porque, sin duda alguna, elgigante está ya muerto, y dando cuenta a Dios de su pasada y mala vida, queyo vi correr la sangre por el suelo, y la cabeza cortada y caída a un lado,que es tamaña como un gran cuero de vino.

— Que me maten —dijo a esta sazón el ventero— si don Quijote, o don diablo,no ha dado alguna cuchillada en alguno de los cueros de vino tinto que a sucabecera estaban llenos, y el vino derramado debe de ser lo que le parecesangre a este buen hombre.

Y, con esto, entró en el aposento, y todos tras él, y hallaron a donQuijote en el más estraño traje del mundo: estaba en camisa, la cual no eratan cumplida que por delante le acabase de cubrir los muslos, y por detrástenía seis dedos menos; las piernas eran muy largas y flacas, llenas devello y no nada limpias; tenía en la cabeza un bonetillo colorado,grasiento, que era del ventero; en el brazo izquierdo tenía revuelta lamanta de la cama, con quien tenía ojeriza Sancho, y él se sabía bien elporqué; y en la derecha, desenvainada la espada, con la cual dabacuchilladas a todas partes, diciendo palabras como si verdaderamenteestuviera peleando con algún gigante. Y es lo bueno que no tenía los ojosabiertos, porque estaba durmiendo y soñando que estaba en batalla con elgigante; que fue tan intensa la imaginación de la aventura que iba afenecer, que le hizo soñar que ya había llegado al reino de Micomicón, yque ya estaba en la pelea con su enemigo. Y

había dado tantas cuchilladasen los cueros, creyendo que las daba en el gigante, que todo el aposentoestaba lleno de vino; lo cual visto por el ventero, tomó tanto enojo quearremetió con don Quijote, y a puño cerrado le comenzó a dar tantos golpesque si Cardenio y el cura no se le quitaran, él acabara la guerra delgigante; y, con todo aquello, no despertaba el pobre caballero, hasta queel barbero trujo un gran caldero de agua fría del pozo y se le echó portodo el cuerpo de golpe, con lo cual despertó don Quijote; mas no con tantoacuerdo que echase de ver de la manera que estaba.

Dorotea, que vio cuán corta y sotilmente estaba vestido, no quiso entrar aver la batalla de su ayudador y de su contrario.

Andaba Sancho buscando la cabeza del gigante por todo el suelo, y, como nola hallaba, dijo:

— Ya yo sé que todo lo desta casa es encantamento; que la otra vez, en estemesmo lugar donde ahora me hallo, me dieron muchos mojicones y porrazos,sin saber quién me los daba, y nunca pude ver a nadie; y ahora no parecepor aquí esta cabeza que vi cortar por mis mismísimos ojos, y la sangrecorría del cuerpo como de una fuente.

— ¿Qué sangre ni qué fuente dices, enemigo de Dios y de sus santos? —dijo elventero—. ¿No vees, ladrón, que la sangre y la fuente no es otra cosa queestos cueros que aquí están horadados y el vino tinto que nada en esteaposento, que nadando vea yo el alma en los infiernos de quien los horadó?— No sé nada —respondió Sancho—; sólo sé que vendré a ser tan desdichadoque, por no hallar esta cabeza, se me ha de deshacer mi condado como la salen el agua.

Y estaba peor Sancho despierto que su amo durmiendo: tal le tenían laspromesas que su amo le había hecho. El ventero se desesperaba de ver laflema del escudero y el maleficio del señor, y juraba que no había de sercomo la vez pasada, que se le fueron sin pagar; y que ahora no le habían devaler los previlegios de su caballería para dejar de pagar lo uno y lootro, aun hasta lo que pudiesen costar las botanas que se habían de echar alos rotos cueros.

Tenía el cura de las manos a don Quijote, el cual, creyendo que ya habíaacabado la aventura, y que se hallaba delante de la princesa Micomicona, sehincó de rodillas delante del cura, diciendo:

— Bien puede la vuestra grandeza, alta y famosa señora, vivir, de hoy más,segura que le pueda hacer mal esta mal nacida criatura; y yo también, dehoy más, soy quito de la palabra que os di, pues, con el ayuda del altoDios y con el favor de aquella por quien yo vivo y respiro, tan bien la hecumplido.

— ¿No lo dije yo? —dijo oyendo esto Sancho—. Sí que no estaba yo borracho:¡mirad si tiene puesto ya en sal mi amo al gigante! ¡Ciertos son los toros:mi condado está de molde!

¿Quién no había de reír con los disparates de los dos, amo y mozo? Todosreían sino el ventero, que se daba a Satanás. Pero, en fin, tanto hicieronel barbero, Cardenio y el cura que, con no poco trabajo, dieron con donQuijote en la cama, el cual se quedó dormido, con muestras de grandísimocansancio. Dejáronle dormir, y saliéronse al portal de la venta a consolara Sancho Panza de no haber hallado la cabeza del gigante; aunque mástuvieron que hacer en aplacar al ventero, que estaba desesperado por larepentina muerte de sus cueros. Y la ventera decía en voz y en grito:— En mal punto y en hora menguada entró en mi casa este caballero andante,que nunca mis ojos le hubieran visto, que tan caro me cuesta. La vez pasadase fue con el costo de una noche, de cena, cama, paja y cebada, para él ypara su escudero, y un rocín y un jumento, diciendo que era caballeroaventurero (que mala ventura le dé Dios a él y a cuantos aventureros hay enel mundo) y que por esto no estaba obligado a pagar nada, que así estabaescrito en los aranceles de la caballería andantesca. Y ahora, por surespeto, vino estotro señor y me llevó mi cola, y hámela vuelto con más dedos cuartillos de daño, toda pelada, que no puede servir para lo que laquiere mi marido. Y, por fin y remate de todo, romperme mis cueros yderramarme mi vino; que derramada le vea yo su sangre. ¡Pues no se piense;que, por los huesos de mi padre y por el siglo de mi madre, si no me lo hande pagar un cuarto sobre otro, o no me llamaría yo como me llamo ni seríahija de quien soy!

Estas y otras razones tales decía la ventera con grande enojo, y ayudábalasu buena criada Maritornes. La hija callaba, y de cuando en cuando sesonreía. El cura lo sosegó todo, prometiendo de satisfacerles su pérdida lomejor que pudiese, así de los cueros como del vino, y principalmente delmenoscabo de la cola, de quien tanta cuenta hacían. Dorotea consoló aSancho Panza diciéndole que cada y cuando que pareciese haber sido verdadque su amo hubiese descabezado al gigante, le prometía, en viéndosepacífica en su reino, de darle el mejor condado que en él hubiese.Consolóse con esto Sancho, y aseguró a la princesa que tuviese por ciertoque él había visto la cabeza del gigante, y que, por más señas, tenía unabarba que le llegaba a la cintura; y que si no parecía, era porque todocuanto en aquella casa pasaba era por vía de encantamento, como él lo habíaprobado otra vez que había posado en ella. Dorotea dijo que así lo creía, yque no tuviese pena, que todo se haría bien y sucedería a pedir de boca.Sosegados todos, el cura quiso acabar de leer la novela, porque vio quefaltaba poco. Cardenio, Dorotea y todos los demás le rogaron la acabase.Él, que a todos quiso dar gusto, y por el que él tenía de leerla, prosiguióel cuento, que así decía:

«Sucedió, pues, que, por la satisfación que Anselmo tenía de la bondad deCamila, vivía una vida contenta y descuidada, y Camila, de industria, hacíamal rostro a Lotario, porque Anselmo entendiese al revés de la voluntad quele tenía; y, para más confirmación de su hecho, pidió licencia Lotario parano venir a su casa, pues claramente se mostraba la pesadumbre que con suvista Camila recebía; mas el engañado Anselmo le dijo que en ninguna maneratal hiciese. Y, desta manera, por mil maneras era Anselmo el fabricador desu deshonra, creyendo que lo era de su gusto.

»En esto, el que tenía Leonela de verse cualificada, no de con sus amores,llegó a tanto que, sin mirar a otra cosa, se iba tras él a suelta rienda,fiada en que su señora la encubría, y aun la advertía del modo que con pocorecelo pudiese ponerle en ejecución. En fin, una noche sintió Anselmo pasosen el aposento de Leonela, y, queriendo entrar a ver quién los daba, sintióque le detenían la puerta, cosa que le puso más voluntad de abrirla; ytanta fuerza hizo, que la abrió, y entró dentro a tiempo que vio que unhombre saltaba por la ventana a la calle; y, acudiendo con presteza aalcanzarle o conocerle, no pudo conseguir lo uno ni lo otro, porque Leonelase abrazó con él, diciéndole:

»—Sosiégate, señor mío, y no te alborotes, ni sigas al que de aquí saltó;es cosa mía, y tanto, que es mi esposo.

»No lo quiso creer Anselmo; antes, ciego de enojo, sacó la daga y quisoherir a Leonela, diciéndole que le dijese la verdad, si no, que la mataría.Ella, con el miedo, sin saber lo que se decía, le dijo:

»—No me mates, señor, que yo te diré cosas de más importancia de las quepuedes imaginar.

»—Dilas luego —dijo Anselmo—; si no, muerta eres.

»—Por ahora será imposible —dijo Leonela—, según estoy de turbada; déjamehasta mañana, que entonces sabrás de mí lo que te ha de admirar; y estáseguro que el que saltó por esta ventana es un mancebo desta ciudad, que meha dado la mano de ser mi esposo.

»Sosegóse con esto Anselmo y quiso aguardar el término que se le pedía,porque no pensaba oír cosa que contra Camila fuese, por estar de su bondadtan satisfecho y seguro; y así, se salió del aposento y dejó encerrada enél a Leonela, diciéndole que de allí no saldría hasta que le dijese lo quetenía que decirle.

»Fue luego a ver a Camila y a decirle, como le dijo, todo aquello que consu doncella le había pasado, y la palabra que le había dado de decirlegrandes cosas y de importancia. Si se turbó Camila o no, no hay para quédecirlo, porque fue tanto el temor que cobró, creyendo verdaderamente —yera de creer— que Leonela había de decir a Anselmo todo lo que sabía de supoca fe, que no tuvo ánimo para esperar si su sospecha salía falsa o no. Yaquella mesma noche, cuando le pareció que Anselmo dormía, juntó lasmejores joyas que tenía y algunos dineros, y, sin ser de nadie sentida,salió de casa y se fue a la de Lotario, a quien contó lo que pasaba, y lepidió que la pusiese en cobro, o que se ausentasen los dos donde de Anselmopudiesen estar seguros. La confusión en que Camila puso a Lotario fue tal,que no le sabía responder palabra, ni menos sabía resolverse en lo queharía.

»En fin, acordó de llevar a Camila a un monesterio, en quien era priora unasu hermana.

Consintió Camila en ello, y, con la presteza que el caso pedía,la llevó Lotario y la dejó en el monesterio, y él, ansimesmo, se ausentóluego de la ciudad, sin dar parte a nadie de su ausencia.

»Cuando amaneció, sin echar de ver Anselmo que Camila faltaba de su lado,con el deseo que tenía de saber lo que Leonela quería decirle, se levantó yfue adonde la había dejado encerrada.

Abrió y entró en el aposento, pero nohalló en él a Leonela: sólo halló puestas unas sábanas añudadas a laventana, indicio y señal que por allí se había descolgado e ido. Volvióluego muy triste a decírselo a Camila, y, no hallándola en la cama ni entoda la casa, quedó asombrado.Preguntó a los criados de casa por ella, peronadie le supo dar razón de lo que pedía.

»Acertó acaso, andando a buscar a Camila, que vio sus cofres abiertos y quedellos faltaban las más de sus joyas, y con esto acabó de caer en la cuentade su desgracia, y en que no era Leonela la causa de su desventura. Y, ansícomo estaba, sin acabarse de vestir, triste y pensativo, fue a dar cuentade su desdicha a su amigo Lotario. Mas, cuando no le halló, y sus criadosle dijeron que aquella noche había faltado de casa y había llevado consigotodos los dineros que tenía, pensó perder el juicio. Y, para acabar deconcluir con todo, volviéndose a su casa, no halló en ella ninguno decuantos criados ni criadas tenía, sino la casa desierta y sola.

»No sabía qué pensar, qué decir, ni qué hacer, y poco a poco se le ibavolviendo el juicio.

Contemplábase y mirábase en un instante sin mujer, sinamigo y sin criados; desamparado, a su parecer, del cielo que le cubría, ysobre todo sin honra, porque en la falta de Camila vio su perdición.

»Resolvióse, en fin, a cabo de una gran pieza, de irse a la aldea de suamigo, donde había estado cuando dio lugar a que se maquinase toda aquelladesventura. Cerró las puertas de su casa, subió a caballo, y con desmayadoaliento se puso en camino; y, apenas hubo andado la mitad, cuando, acosadode sus pensamientos, le fue forzoso apearse y arrendar su caballo a unárbol, a cuyo tronco se dejó caer, dando tiernos y dolorosos suspiros, yallí se estuvo hasta casi que anochecía; y aquella hora vio que venía unhombre a caballo de la ciudad, y, después de haberle saludado, le preguntóqué nuevas había en Florencia. El ciudadano respondió:

»—Las más estrañas que muchos días ha se han oído en ella; porque se dicepúblicamente que Lotario, aquel grande amigo de Anselmo el rico, que vivíaa San Juan, se llevó esta noche a Camila, mujer de Anselmo, el cual tampocoparece. Todo esto ha dicho una criada de Camila, que anoche la halló elgobernador descolgándose con una sábana por las ventanas de la casa deAnselmo. En efeto, no sé puntualmente cómo pasó el negocio; sólo sé quetoda la ciudad está admirada deste suceso, porque no se podía esperar talhecho de la mucha y familiar amistad de los dos, que dicen que era tanta,que los llamaban los dos amigos.

»—¿Sábese, por ventura —dijo Anselmo—, el camino que llevan Lotario yCamila?

»—Ni por pienso —dijo el ciudadano—, puesto que el gobernador ha usado demucha diligencia en buscarlos

»—A Dios vais, señor —dijo Anselmo.

»—Con Él quedéis —respondió el ciudadano, y fuese.

»Con tan desdichadas nuevas, casi casi llegó a términos Anselmo, no sólo deperder el juicio, sino de acabar la vida. Levantóse como pudo y llegó acasa de su amigo, que aún no sabía su desgracia; mas, como le vio llegaramarillo, consumido y seco, entendió que de algún grave mal venía fatigado.Pidió luego Anselmo que le acostasen, y que le diesen aderezo de escribir.Hízose así, y dejáronle acostado y solo, porque él así lo quiso, y aun quele cerrasen la puerta. Viéndose, pues, solo, comenzó a cargar tanto laimaginación de su desventura, que claramente conoció que se le iba acabandola vida; y así, ordenó de dejar noticia de la causa de su estraña muerte;y, comenzando a escribir, antes que acabase de poner todo lo que quería, lefaltó el aliento y dejó la vida en las manos del dolor que le causó sucuriosidad impertinente.

»Viendo el señor de casa que era ya tarde y que Anselmo no llamaba, acordóde entrar a saber si pasaba adelante su indisposición, y hallóle tendidoboca abajo, la mitad del cuerpo en la cama y la otra mitad sobre el bufete,sobre el cual estaba con el papel escrito y abierto, y él tenía aún lapluma en la mano. Llegóse el huésped a él, habiéndole llamado primero; y,trabándole por la mano, viendo que no le respondía y hallándole frío, vioque estaba muerto. Admiróse y congojóse en gran manera, y llamó a la gentede casa para que viesen la desgracia a Anselmo sucedida; y, finalmente,leyó el papel, que conoció que de su mesma mano estaba escrito, el cualcontenía estas razones:

Un necio e impertinente deseo me quitó la vida. Si las nuevas de mi muertellegaren a los oídos de Camila, sepa que yo la perdono, porque no estabaella obligada a hacer milagros, ni yo tenía necesidad de querer que ellalos hiciese; y, pues yo fui el fabricador de mi deshonra, no hay paraqué...

»Hasta aquí escribió Anselmo, por donde se echó de ver que en aquel punto,sin poder acabar la razón, se le acabó la vida. Otro día dio aviso su amigoa los parientes de Anselmo de su muerte, los cuales ya sabían su desgracia,y el monesterio donde Camila estaba, casi en el término de acompañar a suesposo en aquel forzoso viaje, no por las nuevas del muerto esposo, mas porlas que supo del ausente amigo. Dícese que, aunque se vio viuda, no quisosalir del monesterio, ni, menos, hacer profesión de monja, hasta que, no deallí a muchos días, le vinieron nuevas que Lotario había muerto en unabatalla que en aquel tiempo dio monsiur de Lautrec al Gran Capitán GonzaloFernández de Córdoba en el reino de Nápoles, donde había ido a parar eltarde arrepentido amigo; lo cual sabido por Camila, hizo profesión, y acabóen breves días la vida a las rigurosas manos de tristezas y melancolías.Éste fue el fin que tuvieron todos, nacido de un tan desatinado principio.»

— Bien —dijo el cura— me parece esta novela, pero no me puedo persuadir queesto sea verdad; y si es fingido, fingió mal el autor, porque no se puedeimaginar que haya marido tan necio que quiera hacer tan costosa experienciacomo Anselmo. Si este caso se pusiera entre un galán y una dama, pudiérasellevar, pero entre marido y mujer, algo tiene del imposible; y, en lo quetoca al modo de contarle, no me descontenta.

Capítulo XXXVI. Que trata de la brava y descomunal batalla que don Quijotetuvo con unos cueros de vino tinto, con otros raros sucesos que en la ventale sucedieron

Estando en esto, el ventero, que estaba a la puerta de la venta, dijo:

— Esta que viene es una hermosa tropa de huéspedes: si ellos paran aquí,gaudeamus tenemos.

— ¿Qué gente es? —dijo Cardenio.

— Cuatro hombres —respondió el ventero— vienen a caballo, a la jineta, conlanzas y adargas, y todos con antifaces negros; y junto con ellos viene unamujer vestida de blanco, en un sillón, ansimesmo cubierto el rostro, yotros dos mozos de a pie.

— ¿Vienen muy cerca? —preguntó el cura.

— Tan cerca —respondió el ventero—, que ya llegan.

Oyendo esto Dorotea, se cubrió el rostro, y Cardenio se entró en elaposento de don Quijote; y casi no habían tenido lugar para esto, cuandoentraron en la venta todos los que el ventero había dicho; y, apeándose loscuatro de a caballo, que de muy gentil talle y disposición eran, fueron aapear a la mujer que en el sillón venía; y, tomándola uno dellos en susbrazos, la sentó en una silla que estaba a la entrada del aposento dondeCardenio se había escondido. En todo este tiempo, ni ella ni ellos sehabían quitado los antifaces, ni hablado palabra alguna; sólo que, alsentarse la mujer en la silla, dio un profundo suspiro y dejó caer losbrazos, como persona enferma y desmayada. Los mozos de a pie llevaron loscaballos a la caballeriza.

Viendo esto el cura, deseoso de saber qué gente era aquella que con taltraje y tal silencio estaba, se fue donde estaban los mozos, y a uno dellosle preguntó lo que ya deseaba; el cual le respondió:

— Pardiez, señor, yo no sabré deciros qué gente sea ésta; sólo sé quemuestra ser muy principal, especialmente aquel que llegó a tomar en susbrazos a aquella señora que habéis visto; y esto dígolo porque todos losdemás le tienen respeto, y no se hace otra cosa más de la que él ordena ymanda.

— Y la señora, ¿quién es? —preguntó el cura.

— Tampoco sabré decir eso —respondió el mozo—, porque en todo el camino nola he visto el rostro; suspirar sí la he oído muchas veces, y dar unosgemidos que parece que con cada uno dellos quiere dar el alma. Y no es demaravillar que no sepamos más de lo que habemos dicho, porque mi compañeroy yo no ha más de dos días que los acompañamos; porque, habiéndolosencontrado en el camino, nos rogaron y persuadieron que viniésemos conellos hasta el Andalucía, ofreciéndose a pagárnoslo muy bien.

— ¿Y habéis oído nombrar a alguno dellos? —preguntó el cura.

— No, por cierto —respondió el mozo—, porque todos caminan con tantosilencio que es maravilla, porque no se oye entre ellos otra cosa que lossuspiros y sollozos de la pobre señora, que nos mueven a lástima; y sinduda tenemos creído que ella va forzada dondequiera que va, y, según sepuede colegir por su hábito, ella es monja, o va a serlo, que es lo máscierto, y quizá porque no le debe de nacer de voluntad el monjío, vatriste, como parece.

— Todo podría ser —dijo el cura.

Y, dejándolos, se volvió adonde estaba Dorotea, la cual, como había oídosuspirar a la embozada, movida de natural compasión, se llegó a ella y ledijo:

— ¿Qué mal sentís, señora mía? Mirad si es alguno de quien las mujeressuelen tener uso y experiencia de curarle, que de mi parte os ofrezco unabuena voluntad de serviros.

A todo esto callaba la lastimada señora; y, aunque Dorotea tornó conmayores ofrecimientos, todavía se estaba en su silencio, hasta que llegó elcaballero embozado que dijo el mozo que los demás obedecían, y dijo aDorotea:

— No os canséis, señora, en ofrecer nada a esa mujer, porque tiene porcostumbre de no agradecer cosa que por ella se hace, ni procuréis que osresponda, si no queréis oír alguna mentira de su boca.

— Jamás la dije —dijo a esta sazón la que hasta allí había estado callando—;antes, por ser tan verdadera y tan sin trazas mentirosas, me veo ahora entanta desventura; y desto vos mesmo quiero que seáis el testigo, pues mipura verdad os hace a vos ser falso y mentiroso.

Oyó estas razones Cardenio bien clara y distintamente, como quien estabatan junto de quien las decía que sola la puerta del aposento de don Quijoteestaba en medio; y, así como las oyó, dando una gran voz dijo:

— ¡Válgame Dios! ¿Qué es esto que oigo? ¿Qué voz es esta que ha llegado amis oídos?

Volvió la cabeza a estos gritos aquella señora, toda sobresaltada, y, noviendo quién las daba, se levantó en pie y fuese a entrar en el aposento;lo cual visto por el caballero, la detuvo, sin dejarla mover un paso. Aella, con la turbación y desasosiego, se le cayó el tafetán con que traíacubierto el rostro, y descubrió una hermosura incomparable y un rostromilagroso, aunque descolorido y asombrado, porque con los ojos andabarodeando todos los lugares donde alcanzaba con la vista, con tanto ahínco,que parecía persona fuera de juicio; cuyas señales, sin saber por qué lashacía, pusieron gran lástima en Dorotea y en cuantos la miraban. Teníala elcaballero fuertemente asida por las espaldas, y, por estar tan ocupado entenerla, no pudo acudir a alzarse el embozo, que se le caía, como, enefeto, se le cayó del todo; y, alzando los ojos Dorotea, que abrazada conla señora estaba, vio que el que abrazada ansimesmo la tenía era su esposodon Fernando; y, apenas le hubo conocido, cuando, arrojando de lo íntimo desus entrañas un luengo y tristísimo ' ¡ay!'', se dejó caer de espaldasdesmayada; y, a no hallarse allí junto el barbero, que la recogió en losbrazos, ella diera consigo en el suelo.

Acudió luego el cura a quitarle el embozo, para echarle agua en el rostro,y así como la descubrió la conoció don Fernando, que era el que estabaabrazado con la otra, y quedó como muerto en verla; pero no porque dejase,con todo esto, de tener a Luscinda, que era la que procuraba soltarse desus brazos; la cual había conocido en el suspiro a Cardenio, y él la habíaconocido a ella. Oyó asimesmo Cardenio el ¡ay! que dio Dorotea cuando secayó desmayada, y, creyendo que era su Luscinda, salió del aposentodespavorido, y lo primero que vio fue a don Fernando, que tenía abrazada aLuscinda. También don Fernando conoció luego a Cardenio; y todos tres,Luscinda, Cardenio y Dorotea, quedaron mudos y suspensos, casi sin saber loque les había acontecido.

Callaban todos y mirábanse todos: Dorotea a don Fernando, don Fernando aCardenio, Cardenio a Luscinda y Luscinda a Cardenio. Mas quien primerorompió el silencio fue Luscinda, hablando a don Fernando desta manera:

— Dejadme, señor don Fernando, por lo que debéis a ser quien sois, ya quepor otro respeto no lo hagáis; dejadme llegar al muro de quien yo soyyedra, al arrimo de quien no me han podido apartar vuestrasimportunaciones, vuestras amenazas, vuestras promesas ni vuestras dádivas.Notad cómo el cielo, por desusados y a nosotros encubiertos caminos, me hapuesto a mi verdadero esposo delante. Y bien sabéis por mil costosasexperiencias que sola la muerte fuera bastante para borrarle de mi memoria.Sean, pues, parte tan claros desengaños para que volváis, ya que no podáishacer otra cosa, el amor en rabia, la voluntad en despecho, y acabadme conél la vida; que, como yo la rinda delante de mi buen esposo, la daré porbien empleada: quizá con mi muerte quedará satisfecho de la fe que lemantuve hasta el último trance de la vida.

Había en este entretanto vuelto Dorotea en sí, y había estado escuchandotodas las razones que Luscinda dijo, por las cuales vino en conocimiento dequién ella era; que, viendo que don Fernando aún no la dejaba de losbrazos, ni respondía a sus razones, esforzándose lo más que pudo, selevantó y se fue a hincar de rodillas a sus pies; y, derramando muchacantidad de hermosas y lastimeras lágrimas, así le comenzó a decir:

— Si ya no es, señor mío, que los rayos deste sol que en tus brazoseclipsado tienes te quitan y ofuscan los de tus ojos, ya habrás echado dever que la que a tus pies está arrodillada es la sin ventura, hasta que túquieras, y la desdichada Dorotea. Yo soy aquella labradora humilde a quientú, por tu bondad o por tu gusto, quisiste levantar a la alteza de poderllamarse tuya. Soy la que, encerrada en los límites de la honestidad, vivióvida contenta hasta que, a las voces de tus importunidades, y, al parecer,justos y amorosos sentimientos, abrió las puertas de su recato y te entrególas llaves de su libertad: dádiva de ti tan mal agradecida, cual lo muestrabien claro haber sido forzoso hallarme en el lugar donde me hallas, y verteyo a ti de la manera que te veo. Pero, con todo esto, no querría que cayeseen tu imaginación pensar que he venido aquí con pasos de mi deshonra,habiéndome traído sólo los del dolor y sentimiento de verme de ti olvidada.Tú quisiste que yo fuese tuya, y quisístelo de manera que, aunque ahoraquieras que no lo sea, no será posible que tú dejes de ser mío. Mira, señormío, que puede ser recompensa a la hermosura y nobleza por quien me dejasla incomparable voluntad que te tengo. Tú no puedes ser de la hermosaLuscinda, porque eres mío, ni ella puede ser tuya, porque es de Cardenio; ymás fácil te será, si en ello miras, reducir tu voluntad a querer a quiente adora, que no encaminar la que te aborrece a que bien te quiera. Túsolicitaste mi descuido, tú rogaste a mi entereza, tú no ignoraste micalidad, tú sabes bien de la manera que me entregué a toda tu voluntad: note queda lugar ni acogida de llamarte a engaño. Y si esto es así, como loes, y tú eres tan cristiano como caballero,

¿por qué por tantos rodeosdilatas de hacerme venturosa en los fines, como me heciste en losprincipios? Y si no me quieres por la que soy, que soy tu verdadera ylegítima esposa, quiéreme, a lo menos, y admíteme por tu esclava; que, comoyo esté en tu poder, me tendré por dichosa y bien afortunada. No permitas,con dejarme y desampararme, que se hagan y junten corrillos en mi deshonra;no des tan mala vejez a mis padres, pues no lo merecen los leales serviciosque, como buenos vasallos, a los tuyos siempre han hecho. Y si te pareceque has de aniquilar tu sangre por mezclarla con la mía, considera quepocas o ninguna nobleza hay en el mundo que no haya corrido por estecamino, y que la que se toma de las mujeres no es la que hace al caso enlas ilustres decendencias; cuanto más, que la verdadera nobleza consiste enla virtud, y si ésta a ti te falta, negándome lo que tan justamente medebes, yo quedaré con más ventajas de noble que las que tú tienes. En fin,señor, lo que últimamente te digo es que, quieras o no quieras, yo soy tuesposa: testigos son tus palabras, que no han ni deben ser mentirosas, siya es que te precias de aquello por que me desprecias; testigo será lafirma que hiciste, y testigo el cielo, a quien tú llamaste por testigo delo que me prometías. Y, cuando todo esto falte, tu misma conciencia no hade faltar de dar voces callando en mitad de tus alegrías, volviendo poresta verdad que te he dicho y turbando tus mejores gustos y contentos.

Estas y otras razones dijo la lastimada Dorotea, con tanto sentimiento ylágrimas, que los mismos que acompañaban a don Fernando, y cuantospresentes estaban, la acompañaron en ellas.

Escuchóla don Fernando sinreplicalle palabra, hasta que ella dio fin a las suyas y principio a tantossollozos y suspiros, que bien había de ser corazón de bronce el que conmuestras de tanto dolor no se enterneciera. Mirándola estaba Luscinda, nomenos lastimada de su sentimiento que admirada de su mucha discreción yhermosura; y, aunque quisiera llegarse a ella y decirle algunas palabras deconsuelo, no la dejaban los brazos de don Fernando, que apretada la tenían.El cual, lleno de confusión y espanto, al cabo de un buen espacio queatentamente estuvo mirando a Dorotea, abrió los brazos y, dejando libre aLuscinda, dijo:

— Venciste, hermosa Dorotea, venciste; porque no es posible tener ánimo paranegar tantas verdades juntas.

Con el desmayo que Luscinda había tenido, así como la dejó don Fernando,iba a caer en el suelo; mas, hallándose Cardenio allí junto, que a lasespaldas de don Fernando se había puesto porque no le conociese,prosupuesto todo temor y aventurando a todo riesgo, acudió a sostener aLuscinda, y, cogiéndola entre sus brazos, le dijo:

— Si el piadoso cielo gusta y quiere que ya tengas algún descanso, leal,firme y hermosa señora mía, en ninguna parte creo yo que le tendrás másseguro que en estos brazos que ahora te reciben, y otro tiempo terecibieron, cuando la fortuna quiso que pudiese llamarte mía.

A estas razones, puso Luscinda en Cardenio los ojos, y, habiendo comenzadoa conocerle, primero por la voz, y asegurándose que él era con la vista,casi fuera de sentido y sin tener cuenta a ningún honesto respeto, le echólos brazos al cuello, y, juntando su rostro con el de Cardenio, le dijo:

— Vos sí, señor mío, sois el verdadero dueño desta vuestra captiva, aunquemás lo impida la contraria suerte, y, aunque más amenazas le hagan a estavida que en la vuestra se sustenta.

Estraño espectáculo fue éste para don Fernando y para todos loscircunstantes, admirándose de tan no visto suceso. Parecióle a Dorotea quedon Fernando había perdido la color del rostro y que hacía ademán de querervengarse de Cardenio, porque le vio encaminar la mano a ponella en laespada; y, así como lo pensó, con no vista presteza se abrazó con él porlas rodillas, besándoselas y teniéndole apretado, que no le dejaba mover,y, sin cesar un punto de sus lágrimas, le decía:

— ¿Qué es lo que piensas hacer, único refugio mío, en este tan impensadotrance? Tú tienes a tus pies a tu esposa, y la que quieres que lo sea estáen los brazos de su marido. Mira si te estará bien o te será posibledeshacer lo que el cielo ha hecho, o si te convendrá querer levantar aigualar a ti mismo a la que, pospuesto todo inconveniente, confirmada en suverdad y firmeza, delante de tus ojos tiene los suyos, bañados de licoramoroso el rostro y pecho de su verdadero esposo. Por quien Dios es teruego, y por quien tú eres te suplico, que este tan notorio desengaño nosólo no acreciente tu ira, sino que la mengüe en tal manera, que conquietud y sosiego permitas que estos dos amantes le tengan, sinimpedimiento tuyo, todo el tiempo que el cielo quisiere concedérsele; y enesto mostrarás la generosidad de tu ilustre y noble pecho, y verá el mundoque tiene contigo más fuerza la razón que el apetito.

En tanto que esto decía Dorotea, aunque Cardenio tenía abrazada a Luscinda,no quitaba los ojos de don Fernando, con determinación de que, si le viesehacer algún movimiento en su perjuicio, procurar defenderse y ofender comomejor pudiese a todos aquellos que en su daño se mostrasen, aunque lecostase la vida. Pero a esta sazón acudieron los amigos de don Fernando, yel cura y el barbero, que a todo habían estado presentes, sin que faltaseel bueno de Sancho Panza, y todos rodeaban a don Fernando, suplicándoletuviese por bien de mirar las lágrimas de Dorotea; y que, siendo verdad,como sin duda ellos creían que lo era, lo que en sus razones había dicho,que no permitiese quedase defraudada de sus tan justas esperanzas. Queconsiderase que, no acaso, como parecía, sino con particular providenciadel cielo, se habían todos juntado en lugar donde menos ninguno pensaba; yque advirtiese —dijo el cura— que sola la muerte podía apartar a Luscindade Cardenio; y, aunque los dividiesen filos de alguna espada, ellostendrían por felicísima su muerte; y que en los lazos inremediables erasuma cordura, forzándose y venciéndose a sí mismo, mostrar un generosopecho, permitiendo que por sola su voluntad los dos gozasen el bien que elcielo ya les había concedido; que pusiese los ojos ansimesmo en la beldadde Dorotea, y vería que pocas o ninguna se le podían igualar, cuanto máshacerle ventaja, y que juntase a su hermosura su humildad y el estremo delamor que le tenía; y, sobre todo, advirtiese que si se preciaba decaballero y de cristiano, que no podía hacer otra cosa que cumplille lapalabra dada, y que, cumpliéndosela, cumpliría con Dios y satisfaría a lasgentes discretas, las cuales saben y conocen que es prerrogativa de lahermosura, aunque esté en sujeto humilde, como se acompañe con lahonestidad, poder levantarse e igualarse a cualquiera alteza, sin nota demenoscabo del que la levanta e iguala a sí mismo; y, cuando se cumplen lasfuertes leyes del gusto, como en ello no intervenga pecado, no debe de serculpado el que las sigue.

En efeto, a estas razones añadieron todos otras, tales y tantas, que elvaleroso pecho de don Fernando (en fin, como alimentado con ilustre sangre)se ablandó y se dejó vencer de la verdad, que él no pudiera negar aunquequisiera; y la señal que dio de haberse rendido y entregado al buen parecerque se le había propuesto fue abajarse y abrazar a Dorotea, diciéndole:

— Levantaos, señora mía, que no es justo que esté arrodillada a mis pies laque yo tengo en mi alma; y si hasta aquí no he dado muestras de lo quedigo, quizá ha sido por orden del cielo, para que, viendo yo en vos la fecon que me amáis, os sepa estimar en lo que merecéis. Lo que os ruego esque no me reprehendáis mi mal término y mi mucho descuido, pues la mismaocasión y fuerza que me movió para acetaros por mía, esa misma me impeliópara procurar no ser vuestro.

Y que esto sea verdad, volved y mirad losojos de la ya contenta Luscinda, y en ellos hallaréis disculpa de todos misyerros; y, pues ella halló y alcanzó lo que deseaba, y yo he hallado en voslo que me cumple, viva ella segura y contenta luengos y felices años con suCardenio, que yo rogaré al cielo que me los deje vivir con mi Dorotea.

Y, diciendo esto, la tornó a abrazar y a juntar su rostro con el suyo, contan tierno sentimiento, que le fue necesario tener gran cuenta con que laslágrimas no acabasen de dar indubitables señas de su amor yarrepentimiento. No lo hicieron así las de Luscinda y Cardenio, y aun lasde casi todos los que allí presentes estaban, porque comenzaron a derramartantas, los unos de contento proprio y los otros del ajeno, que no parecíasino que algún grave y mal caso a todos había sucedido. Hasta Sancho Panzalloraba, aunque después dijo que no lloraba él sino por ver que Dorotea noera, como él pensaba, la reina Micomicona, de quien él tantas mercedesesperaba.

Duró algún espacio, junto con el llanto, la admiración en todos,y luego Cardenio y Luscinda se fueron a poner de rodillas ante donFernando, dándole gracias de la merced que les había hecho con tan cortesesrazones, que don Fernando no sabía qué responderles; y así, los levantó yabrazó con muestras de mucho amor y de mucha cortesía.

Preguntó luego a Dorotea le dijese cómo había venido a aquel lugar tanlejos del suyo. Ella, con breves y discretas razones, contó todo lo queantes había contado a Cardenio, de lo cual gustó tanto don Fernando y losque con él venían, que quisieran que durara el cuento más tiempo: tanta erala gracia con que Dorotea contaba sus desventuras. Y, así como huboacabado, dijo don Fernando lo que en la ciudad le había acontecido despuésque halló el papel en el seno de Luscinda, donde declaraba ser esposa deCardenio y no poderlo ser suya. Dijo que la quiso matar, y lo hiciera si desus padres no fuera impedido; y que así, se salió de su casa, despechado ycorrido, con determinación de vengarse con más comodidad; y que otro díasupo como Luscinda había faltado de casa de sus padres, sin que nadiesupiese decir dónde se había ido, y que, en resolución, al cabo de algunosmeses vino a saber como estaba en un monesterio, con voluntad de quedarseen él toda la vida, si no la pudiese pasar con Cardenio; y que, así como losupo, escogiendo para su compañía aquellos tres caballeros, vino al lugardonde estaba, a la cual no había querido hablar, temeroso que, en sabiendoque él estaba allí, había de haber más guarda en el monesterio; y así,aguardando un día a que la portería estuviese abierta, dejó a los dos a laguarda de la puerta, y él, con otro, habían entrado en el monesteriobuscando a Luscinda, la cual hallaron en el claustro hablando con unamonja; y, arrebatándola, sin darle lugar a otra cosa, se habían venido conella a un lugar donde se acomodaron de aquello que hubieron menester paratraella. Todo lo cual habían podido hacer bien a su salvo, por estar elmonesterio en el campo, buen trecho fuera del pueblo. Dijo que, así comoLuscinda se vio en su poder, perdió todos los sentidos; y que, después devuelta en sí, no había hecho otra cosa sino llorar y suspirar, sin hablarpalabra alguna; y que así, acompañados de silencio y de lágrimas, habíanllegado a aquella venta, que para él era haber llegado al cielo, donde serematan y tienen fin todas las desventuras de la tierra.

Capítulo XXXVII. Que prosigue la historia de la famosa infanta Micomicona,con otras graciosas aventuras

Todo esto escuchaba Sancho, no con poco dolor de su ánima, viendo que sele desparecían e iban en humo las esperanzas de su ditado, y que la lindaprincesa Micomicona se le había vuelto en Dorotea, y el gigante en donFernando, y su amo se estaba durmiendo a sueño suelto, bien descuidado detodo lo sucedido. No se podía asegurar Dorotea si era soñado el bien queposeía.

Cardenio estaba en el mismo pensamiento, y el de Luscinda corríapor la misma cuenta. Don Fernando daba gracias al cielo por la mercedrecebida y haberle sacado de aquel intricado laberinto, donde se hallabatan a pique de perder el crédito y el alma; y, finalmente, cuantos en laventa estaban, estaban contentos y gozosos del buen suceso que habíantenido tan trabados y desesperados negocios.

Todo lo ponía en su punto el cura, como discreto, y a cada uno daba elparabién del bien alcanzado; pero quien más jubilaba y se contentaba era laventera, por la promesa que Cardenio y el cura le habían hecho de pagalletodos los daños e intereses que por cuenta de don Quijote le hubiesenvenido. Sólo Sancho, como ya se ha dicho, era el afligido, el desventuradoy el triste; y así, con malencónico semblante, entró a su amo, el cualacababa de despertar, a quien dijo:

— Bien puede vuestra merced, señor Triste Figura, dormir todo lo quequisiere, sin cuidado de matar a ningún gigante, ni de volver a la princesasu reino: que ya todo está hecho y concluido.

— Eso creo yo bien —respondió don Quijote—, porque he tenido con el gigantela más descomunal y desaforada batalla que pienso tener en todos los díasde mi vida; y de un revés,

¡zas!, le derribé la cabeza en el suelo, y fuetanta la sangre que le salió, que los arroyos corrían por la tierra como sifueran de agua.

— Como si fueran de vino tinto, pudiera vuestra merced decir mejor— respondió Sancho—, porque quiero que sepa vuestra merced, si es que no losabe, que el gigante muerto es un cuero horadado, y la sangre, seis arrobasde vino tinto que encerraba en su vientre; y la cabeza cortada es la putaque me parió, y llévelo todo Satanás.

— Y ¿qué es lo que dices, loco? —replicó don Quijote—. ¿Estás en tu seso?

— Levántese vuestra merced —dijo Sancho—, y verá el buen recado que hahecho, y lo que tenemos que pagar; y verá a la reina convertida en una damaparticular, llamada Dorotea, con otros sucesos que, si cae en ellos, le hande admirar.

— No me maravillaría de nada deso —replicó don Quijote—, porque, si bien teacuerdas, la otra vez que aquí estuvimos te dije yo que todo cuanto aquísucedía eran cosas de encantamento, y no sería mucho que ahora fuese lomesmo.

— Todo lo creyera yo —respondió Sancho—, si también mi manteamiento fueracosa dese jaez, mas no lo fue, sino real y verdaderamente; y vi yo que elventero que aquí está hoy día tenía del un cabo de la manta, y me empujabahacia el cielo con mucho donaire y brío, y con tanta risa como fuerza; ydonde interviene conocerse las personas, tengo para mí, aunque simple ypecador, que no hay encantamento alguno, sino mucho molimiento y mucha malaventura.

— Ahora bien, Dios lo remediará —dijo don Quijote—. Dame de vestir y déjamesalir allá fuera, que quiero ver los sucesos y transformaciones que dices.

Diole de vestir Sancho, y, en el entretanto que se vestía, contó el cura adon Fernando y a los demás las locuras de don Quijote, y del artificio quehabían usado para sacarle de la Peña Pobre, donde él se imaginaba estar pordesdenes de su señora. Contóles asimismo casi todas las aventuras queSancho había contado, de que no poco se admiraron y rieron, por parecerleslo que a todos parecía: ser el más estraño género de locura que podía caberen pensamiento desparatado.

Dijo más el cura: que, pues ya el buen sucesode la señora Dorotea impidía pasar con su disignio adelante, que eramenester inventar y hallar otro para poderle llevar a su tierra.

OfrecióseCardenio de proseguir lo comenzado, y que Luscinda haría y representaría lapersona de Dorotea.

— No —dijo don Fernando—, no ha de ser así: que yo quiero que Doroteaprosiga su invención; que, como no sea muy lejos de aquí el lugar destebuen caballero, yo holgaré de que se procure su remedio.

— No está más de dos jornadas de aquí.

— Pues, aunque estuviera más, gustara yo de caminallas, a trueco de hacertan buena obra.

Salió, en esto, don Quijote, armado de todos sus pertrechos, con el yelmo,aunque abollado, de Mambrino en la cabeza, embrazado de su rodela yarrimado a su tronco o lanzón. Suspendió a don Fernando y a los demás laestraña presencia de don Quijote, viendo su rostro de media legua deandadura, seco y amarillo, la desigualdad de sus armas y su mesuradocontinente, y estuvieron callando hasta ver lo que él decía, el cual, conmucha gravedad y reposo, puestos los ojos en la hermosa Dorotea, dijo:

— Estoy informado, hermosa señora, deste mi escudero que la vuestra grandezase ha aniquilado, y vuestro ser se ha deshecho, porque de reina y granseñora que solíades ser os habéis vuelto en una particular doncella. Siesto ha sido por orden del rey nigromante de vuestro padre, temeroso que yono os diese la necesaria y debida ayuda, digo que no supo ni sabe de lamisa la media, y que fue poco versado en las historias caballerescas,porque si él las hubiera leído y pasado tan atentamente y con tanto espaciocomo yo las pasé y leí, hallara a cada paso cómo otros caballeros de menorfama que la mía habían acabado cosas más dificultosas, no siéndolo muchomatar a un gigantillo, por arrogante que sea; porque no ha muchas horas queyo me vi con él, y... quiero callar, porque no me digan que miento; pero eltiempo, descubridor de todas las cosas, lo dirá cuando menos lo pensemos.

— Vístesos vos con dos cueros, que no con un gigante —dijo a esta sazón elventero.

Al cual mandó don Fernando que callase y no interrumpiese la plática de donQuijote en ninguna manera; y don Quijote prosiguió diciendo:

— Digo, en fin, alta y desheredada señora, que si por la causa que he dichovuestro padre ha hecho este metamorfóseos en vuestra persona, que no ledeis crédito alguno, porque no hay ningún peligro en la tierra por quien nose abra camino mi espada, con la cual, poniendo la cabeza de vuestroenemigo en tierra, os pondré a vos la corona de la vuestra en la cabeza enbreves días.

No dijo más don Quijote, y esperó a que la princesa le respondiese, lacual, como ya sabía la determinación de don Fernando de que se prosiguieseadelante en el engaño hasta llevar a su tierra a don Quijote, con muchodonaire y gravedad, le respondió:

— Quienquiera que os dijo, valeroso caballero de la Triste Figura, que yo mehabía mudado y trocado de mi ser, no os dijo lo cierto, porque la misma queayer fui me soy hoy. Verdad es que alguna mudanza han hecho en mí ciertosacaecimientos de buena ventura, que me la han dado la mejor que yo pudieradesearme, pero no por eso he dejado de ser la que antes y de tener losmesmos pensamientos de valerme del valor de vuestro valeroso e invenerablebrazo que siempre he tenido. Así que, señor mío, vuestra bondad vuelva lahonra al padre que me engendró, y téngale por hombre advertido y prudente,pues con su ciencia halló camino tan fácil y tan verdadero para remediar midesgracia; que yo creo que si por vos, señor, no fuera, jamás acertara atener la ventura que tengo; y en esto digo tanta verdad como son buenostestigos della los más destos señores que están presentes. Lo que resta esque mañana nos pongamos en camino, porque ya hoy se podrá hacer pocajornada, y en lo demás del buen suceso que espero, lo dejaré a Dios y alvalor de vuestro pecho.

Esto dijo la discreta Dorotea, y, en oyéndolo don Quijote, se volvió aSancho, y, con muestras de mucho enojo, le dijo:

— Ahora te digo, Sanchuelo, que eres el mayor bellacuelo que hay en España.Dime, ladrón vagamundo, ¿no me acabaste de decir ahora que esta princesa sehabía vuelto en una doncella que se llamaba Dorotea, y que la cabeza queentiendo que corté a un gigante era la puta que te parió, con otrosdisparates que me pusieron en la mayor confusión que jamás he estado entodos los días de mi vida? ¡Voto... —y miró al cielo y apretó los dientes—que estoy por hacer un estrago en ti, que ponga sal en la mollera a todoscuantos mentirosos escuderos hubiere de caballeros andantes, de aquíadelante, en el mundo!

— Vuestra merced se sosiegue, señor mío —respondió Sancho—, que bien podríaser que yo me hubiese engañado en lo que toca a la mutación de la señoraprincesa Micomicona; pero, en lo que toca a la cabeza del gigante, o, a lomenos, a la horadación de los cueros y a lo de ser vino tinto la sangre, nome engaño, ¡vive Dios!, porque los cueros allí están heridos, a la cabeceradel lecho de vuestra merced, y el vino tinto tiene hecho un lago elaposento; y si no, al freír de los huevos lo verá; quiero decir que lo verácuando aquí su merced del señor ventero le pida el menoscabo de todo. De lodemás, de que la señora reina se esté como se estaba, me regocijo en elalma, porque me va mi parte, como a cada hijo de vecino.

— Ahora yo te digo, Sancho —dijo don Quijote—, que eres un mentecato; yperdóname, y basta.

— Basta —dijo don Fernando—, y no se hable más en esto; y, pues la señoraprincesa dice que se camine mañana, porque ya hoy es tarde, hágase así, yesta noche la podremos pasar en buena conversación hasta el venidero día,donde todos acompañaremos al señor don Quijote, porque queremos sertestigos de las valerosas e inauditas hazañas que ha de hacer en eldiscurso desta grande empresa que a su cargo lleva.

— Yo soy el que tengo de serviros y acompañaros —respondió don Quijote—, yagradezco mucho la merced que se me hace y la buena opinión que de mí setiene, la cual procuraré que salga verdadera, o me costará la vida, y aunmás, si más costarme puede.

Muchas palabras de comedimiento y muchos ofrecimientos pasaron entre donQuijote y don Fernando; pero a todo puso silencio un pasajero que enaquella sazón entró en la venta, el cual en su traje mostraba ser cristianorecién venido de tierra de moros, porque venía vestido con una casaca depaño azul, corta de faldas, con medias mangas y sin cuello; los calzoneseran asimismo de lienzo azul, con bonete de la misma color; traía unosborceguíes datilados y un alfanje morisco, puesto en un tahelí que leatravesaba el pecho. Entró luego tras él, encima de un jumento, una mujer ala morisca vestida, cubierto el rostro con una toca en la cabeza; traía unbonetillo de brocado, y vestida una almalafa, que desde los hombros a lospies la cubría. Era el hombre de robusto y agraciado talle, de edad de pocomás de cuarenta años, algo moreno de rostro, largo de bigotes y la barbamuy bien puesta. En resolución, él mostraba en su apostura que si estuvierabien vestido, le juzgaran por persona de calidad y bien nacida.

Pidió, en entrando, un aposento, y, como le dijeron que en la venta no lehabía, mostró recebir pesadumbre; y, llegándose a la que en el trajeparecía mora, la apeó en sus brazos. Luscinda, Dorotea, la ventera, su hijay Maritornes, llevadas del nuevo y para ellas nunca visto traje, rodearon ala mora, y Dorotea, que siempre fue agraciada, comedida y discreta,pareciéndole que así ella como el que la traía se congojaban por la faltadel aposento, le dijo:

— No os dé mucha pena, señora mía, la incomodidad de regalo que aquí falta,pues es proprio de ventas no hallarse en ellas; pero, con todo esto, sigustáredes de pasar con nosotras —señalando a Luscinda—, quizá en eldiscurso de este camino habréis hallado otros no tan buenos acogimientos.

No respondió nada a esto la embozada, ni hizo otra cosa que levantarse dedonde sentado se había, y, puestas entrambas manos cruzadas sobre el pecho,inclinada la cabeza, dobló el cuerpo en señal de que lo agradecía. Por susilencio imaginaron que, sin duda alguna, debía de ser mora, y que no sabíahablar cristiano. Llegó, en esto, el cautivo, que entendiendo en otra cosahasta entonces había estado, y, viendo que todas tenían cercada a la quecon él venía, y que ella a cuanto le decían callaba, dijo:

— Señoras mías, esta doncella apenas entiende mi lengua, ni sabe hablar otraninguna sino conforme a su tierra, y por esto no debe de haber respondido,ni responde, a lo que se le ha preguntado.

— No se le pregunta otra cosa ninguna —respondió Luscinda— sino ofrecellepor esta noche nuestra compañía y parte del lugar donde nos acomodáremos,donde se le hará el regalo que la comodidad ofreciere, con la voluntad queobliga a servir a todos los estranjeros que dello tuvieren necesidad,especialmente siendo mujer a quien se sirve.

— Por ella y por mí —respondió el captivo— os beso, señora mía, las manos, yestimo mucho y en lo que es razón la merced ofrecida; que en tal ocasión, yde tales personas como vuestro parecer muestra, bien se echa de ver que hade ser muy grande.

— Decidme, señor —dijo Dorotea—: ¿esta señora es cristiana o mora? Porque eltraje y el silencio nos hace pensar que es lo que no querríamos que fuese.

— Mora es en el traje y en el cuerpo, pero en el alma es muy grandecristiana, porque tiene grandísimos deseos de serlo.

— Luego, ¿no es baptizada? —replicó Luscinda.