Don Quijote by Miguel de Cervantes Saavedra - HTML preview

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— ¿Y cómo se intitula el libro? —preguntó don Quijote.

— La vida de Ginés de Pasamonte —respondió el mismo.

— ¿Y está acabado? —preguntó don Quijote.

— ¿Cómo puede estar acabado —respondió él—, si aún no está acabada mi vida?Lo que está escrito es desde mi nacimiento hasta el punto que esta últimavez me han echado en galeras.

— Luego, ¿otra vez habéis estado en ellas? —dijo don Quijote.

— Para servir a Dios y al rey, otra vez he estado cuatro años, y ya sé a quésabe el bizcocho y el corbacho —respondió Ginés—; y no me pesa mucho de ira ellas, porque allí tendré lugar de acabar mi libro, que me quedan muchascosas que decir, y en las galeras de España hay mas sosiego de aquel quesería menester, aunque no es menester mucho más para lo que yo tengo deescribir, porque me lo sé de coro.

— Hábil pareces —dijo don Quijote.

— Y desdichado —respondió Ginés—; porque siempre las desdichas persiguen albuen ingenio.

— Persiguen a los bellacos —dijo el comisario.

— Ya le he dicho, señor comisario —respondió Pasamonte—, que se vaya poco apoco, que aquellos señores no le dieron esa vara para que maltratase a lospobretes que aquí vamos, sino para que nos guiase y llevase adonde SuMajestad manda. Si no, ¡por vida de...! ¡Basta!, que podría ser quesaliesen algún día en la colada las manchas que se hicieron en la venta; ytodo el mundo calle, y viva bien, y hable mejor y caminemos, que ya esmucho regodeo éste.

Alzó la vara en alto el comisario para dar a Pasamonte en respuesta de susamenazas, mas don Quijote se puso en medio y le rogó que no le maltratase,pues no era mucho que quien llevaba tan atadas las manos tuviese algúntanto suelta la lengua. Y, volviéndose a todos los de la cadena, dijo:— De todo cuanto me habéis dicho, hermanos carísimos, he sacado en limpioque, aunque os han castigado por vuestras culpas, las penas que vais apadecer no os dan mucho gusto, y que vais a ellas muy de mala gana y muycontra vuestra voluntad; y que podría ser que el poco ánimo que aquél tuvoen el tormento, la falta de dineros déste, el poco favor del otro y,finalmente, el torcido juicio del juez, hubiese sido causa de vuestraperdición y de no haber salido con la justicia que de vuestra parteteníades. Todo lo cual se me representa a mí ahora en la memoria de maneraque me está diciendo, persuadiendo y aun forzando que muestre con vosotrosel efeto para que el cielo me arrojó al mundo, y me hizo profesar en él laorden de caballería que profeso, y el voto que en ella hice de favorecer alos menesterosos y opresos de los mayores. Pero, porque sé que una de laspartes de la prudencia es que lo que se puede hacer por bien no se haga pormal, quiero rogar a estos señores guardianes y comisario sean servidos dedesataros y dejaros ir en paz, que no faltarán otros que sirvan al rey enmejores ocasiones; porque me parece duro caso hacer esclavos a los que Diosy naturaleza hizo libres. Cuanto más, señores guardas —añadió don Quijote—,que estos pobres no han cometido nada contra vosotros. Allá se lo haya cadauno con su pecado; Dios hay en el cielo, que no se descuida de castigar almalo ni de premiar al bueno, y no es bien que los hombres honrados seanverdugos de los otros hombres, no yéndoles nada en ello. Pido esto con estamansedumbre y sosiego, porque tenga, si lo cumplís, algo que agradeceros;y, cuando de grado no lo hagáis, esta lanza y esta espada, con el valor demi brazo, harán que lo hagáis por fuerza.

— ¡Donosa majadería! —respondió el comisario— ¡Bueno está el donaire con queha salido a cabo de rato! ¡Los forzados del rey quiere que le dejemos, comosi tuviéramos autoridad para soltarlos o él la tuviera para mandárnoslo!Váyase vuestra merced, señor, norabuena, su camino adelante, y enderéceseese bacín que trae en la cabeza, y no ande buscando tres pies al gato.—

¡Vos sois el gato, y el rato, y el bellaco! —respondió don Quijote.Y, diciendo y haciendo, arremetió con él tan presto que, sin que tuvieselugar de ponerse en defensa, dio con él en el suelo, malherido de unalanzada; y avínole bien, que éste era el de la escopeta. Las demás guardasquedaron atónitas y suspensas del no esperado acontecimiento; pero,volviendo sobre sí, pusieron mano a sus espadas los de a caballo, y los dea pie a sus dardos, y arremetieron a don Quijote, que con mucho sosiego losaguardaba; y, sin duda, lo pasara mal si los galeotes, viendo la ocasiónque se les ofrecía de alcanzar libertad, no la procuraran, procurandoromper la cadena donde venían ensartados. Fue la revuelta de manera que lasguardas, ya por acudir a los galeotes, que se desataban, ya por acometer adon Quijote, que los acometía, no hicieron cosa que fuese de provecho.Ayudó Sancho, por su parte, a la soltura de Ginés de Pasamonte, que fue elprimero que saltó en la campaña libre y desembarazado, y, arremetiendo alcomisario caído, le quitó la espada y la escopeta, con la cual, apuntandoal uno y señalando al otro, sin disparalla jamás, no quedó guarda en todoel campo, porque se fueron huyendo, así de la escopeta de Pasamonte como delas muchas pedradas que los ya sueltos galeotes les tiraban.Entristecióse mucho Sancho deste suceso, porque se le representó que losque iban huyendo habían de dar noticia del caso a la Santa Hermandad, lacual, a campana herida, saldría a buscar los delincuentes, y así se lo dijoa su amo, y le rogó que luego de allí se partiesen y se emboscasen en lasierra, que estaba cerca.

— Bien está eso —dijo don Quijote—, pero yo sé lo que ahora conviene que sehaga.

Y, llamando a todos los galeotes, que andaban alborotados y habíandespojado al comisario hasta dejarle en cueros, se le pusieron todos a laredonda para ver lo que les mandaba, y así les dijo:

— De gente bien nacida es agradecer los beneficios que reciben, y uno de lospecados que más a Dios ofende es la ingratitud. Dígolo porque ya habéisvisto, señores, con manifiesta experiencia, el que de mí habéis recebido;en pago del cual querría, y es mi voluntad, que, cargados de esa cadena quequité de vuestros cuellos, luego os pongáis en camino y vais a la ciudaddel Toboso, y allí os presentéis ante la señora Dulcinea del Toboso y ledigáis que su caballero, el de la Triste Figura, se le envía a encomendar,y le contéis, punto por punto, todos los que ha tenido esta famosa aventurahasta poneros en la deseada libertad; y, hecho esto, os podréis ir dondequisiéredes a la buena ventura.

Respondió por todos Ginés de Pasamonte, y dijo:

— Lo que vuestra merced nos manda, señor y libertador nuestro, es imposiblede toda imposibilidad cumplirlo, porque no podemos ir juntos por loscaminos, sino solos y divididos, y cada uno por su parte, procurandometerse en las entrañas de la tierra, por no ser hallado de la SantaHermandad, que, sin duda alguna, ha de salir en nuestra busca. Lo quevuestra merced puede hacer, y es justo que haga, es mudar ese servicio ymontazgo de la señora Dulcinea del Toboso en alguna cantidad de avemarías ycredos, que nosotros diremos por la intención de vuestra merced; y ésta escosa que se podrá cumplir de noche y de día, huyendo o reposando, en paz oen guerra; pero pensar que hemos de volver ahora a las ollas de Egipto,digo, a tomar nuestra cadena y a ponernos en camino del Toboso, es pensarque es ahora de noche, que aún no son las diez del día, y es pedir anosotros eso como pedir peras al olmo.

— Pues ¡voto a tal! —dijo don Quijote, ya puesto en cólera—, don hijo de laputa, don Ginesillo de Paropillo, o como os llamáis, que habéis de ir vossolo, rabo entre piernas, con toda la cadena a cuestas.

Pasamonte, que no era nada bien sufrido, estando ya enterado que donQuijote no era muy cuerdo, pues tal disparate había cometido como el dequerer darles libertad, viéndose tratar de aquella manera, hizo del ojo alos compañeros, y, apartándose aparte, comenzaron a llover tantas piedrassobre don Quijote, que no se daba manos a cubrirse con la rodela; y elpobre de Rocinante no hacía más caso de la espuela que si fuera hecho debronce. Sancho se puso tras su asno, y con él se defendía de la nube ypedrisco que sobre entrambos llovía. No se pudo escudar tan bien donQuijote que no le acertasen no sé cuántos guijarros en el cuerpo, con tantafuerza que dieron con él en el suelo; y apenas hubo caído, cuando fue sobreél el estudiante y le quitó la bacía de la cabeza, y diole con ella tres ocuatro golpes en las espaldas y otros tantos en la tierra, con que la hizopedazos. Quitáronle una ropilla que traía sobre las armas, y las mediascalzas le querían quitar si las grebas no lo estorbaran. A Sancho lequitaron el gabán, y, dejándole en pelota, repartiendo entre sí los demásdespojos de la batalla, se fueron cada uno por su parte, con más cuidado deescaparse de la Hermandad, que temían, que de cargarse de la cadena e ir apresentarse ante la señora Dulcinea del Toboso.

Solos quedaron jumento y Rocinante, Sancho y Don Quijote; el jumento,cabizbajo y pensativo, sacudiendo de cuando en cuando las orejas, pensandoque aún no había cesado la borrasca de las piedras, que le perseguían losoídos; Rocinante, tendido junto a su amo, que también vino al suelo de otrapedrada; Sancho, en pelota y temeroso de la Santa Hermandad; don Quijote,mohinísimo de verse tan malparado por los mismos a quien tanto bien habíahecho.

Capítulo XXIII. De lo que le aconteció al famoso don Quijote en SierraMorena, que fue una de las más raras aventuras que en esta verdaderahistoria se cuentan Viéndose tan malparado don Quijote, dijo a su escudero:

— Siempre, Sancho, lo he oído decir, que el hacer bien a villanos es echaragua en la mar. Si yo hubiera creído lo que me dijiste, yo hubiera escusadoesta pesadumbre; pero ya está hecho: paciencia, y escarmentar para desdeaquí adelante.

— Así escarmentará vuestra merced —respondió Sancho— como yo soy turco;pero, pues dice que si me hubiera creído se hubiera escusado este daño,créame ahora y escusará otro mayor; porque le hago saber que con la SantaHermandad no hay usar de caballerías, que no se le da a ella por cuantoscaballeros andantes hay dos maravedís; y sepa que ya me parece que sussaetas me zumban por los oídos.

— Naturalmente eres cobarde, Sancho —dijo don Quijote—, pero, porque nodigas que soy contumaz y que jamás hago lo que me aconsejas, por esta vezquiero tomar tu consejo y apartarme de la furia que tanto temes; mas ha deser con una condición: que jamás, en vida ni en muerte, has de decir anadie que yo me retiré y aparté deste peligro de miedo, sino por complacera tus ruegos; que si otra cosa dijeres, mentirás en ello, y desde ahorapara entonces, y desde entonces para ahora, te desmiento, y digo quemientes y mentirás todas las veces que lo pensares o lo dijeres. Y no merepliques más, que en sólo pensar que me aparto y retiro de algún peligro,especialmente déste, que parece que lleva algún es no es de sombra demiedo, estoy ya para quedarme, y para aguardar aquí solo, no solamente a laSanta Hermandad que dices y temes, sino a los hermanos de los doce tribusde Israel, y a los siete Macabeos, y a Cástor y a Pólux, y aun a todos loshermanos y hermandades que hay en el mundo.

— Señor —respondió Sancho—, que el retirar no es huir, ni el esperar escordura, cuando el peligro sobrepuja a la esperanza, y de sabios esguardarse hoy para mañana y no aventurarse todo en un día. Y sepa que,aunque zafio y villano, todavía se me alcanza algo desto que llaman buengobierno; así que, no se arrepienta de haber tomado mi consejo, sino subaen Rocinante, si puede, o si no yo le ayudaré, y sígame, que el caletre medice que hemos menester ahora más los pies que las manos.

Subió don Quijote, sin replicarle más palabra, y, guiando Sancho sobre suasno, se entraron por una parte de Sierra Morena, que allí junto estaba,llevando Sancho intención de atravesarla toda e ir a salir al Viso, o aAlmodóvar del Campo, y esconderse algunos días por aquellas asperezas, porno ser hallados si la Hermandad los buscase. Animóle a esto haber visto quede la refriega de los galeotes se había escapado libre la despensa quesobre su asno venía, cosa que la juzgó a milagro, según fue lo que llevarony buscaron los galeotes.

Así como don Quijote entró por aquellas montañas, se le alegró el corazón,pareciéndole aquellos lugares acomodados para las aventuras que buscaba.Reducíansele a la memoria los maravillosos acaecimientos que en semejantessoledades y asperezas habían sucedido a caballeros andantes.

Iba pensandoen estas cosas, tan embebecido y trasportado en ellas que de ninguna otrase acordaba. Ni Sancho llevaba otro cuidado —después que le pareció quecaminaba por parte segura— sino de satisfacer su estómago con los relievesque del despojo clerical habían quedado; y así, iba tras su amo sentado ala mujeriega sobre su jumento, sacando de un costal y embaulando en supanza; y no se le diera por hallar otra ventura, entretanto que iba deaquella manera, un ardite.

En esto, alzó los ojos y vio que su amo estaba parado, procurando con lapunta del lanzón alzar no sé qué bulto que estaba caído en el suelo, por locual se dio priesa a llegar a ayudarle si fuese menester; y cuando llegófue a tiempo que alzaba con la punta del lanzón un cojín y una maleta asidaa él, medio podridos, o podridos del todo, y deshechos; mas, pesaba tanto,que fue necesario que Sancho se apease a tomarlos, y mandóle su amo queviese lo que en la maleta venía.

Hízolo con mucha presteza Sancho, y, aunque la maleta venía cerrada con unacadena y su candado, por lo roto y podrido della vio lo que en ella había,que eran cuatro camisas de delgada holanda y otras cosas de lienzo, nomenos curiosas que limpias, y en un pañizuelo halló un buen montoncillo deescudos de oro; y, así como los vio, dijo:

— ¡Bendito sea todo el cielo, que nos ha deparado una aventura que sea deprovecho!

Y buscando más, halló un librillo de memoria, ricamente guarnecido. Éste lepidió don Quijote, y mandóle que guardase el dinero y lo tomase para él.Besóle las manos Sancho por la merced, y, desvalijando a la valija de sulencería, la puso en el costal de la despensa. Todo lo cual visto por donQuijote, dijo:

— Paréceme, Sancho, y no es posible que sea otra cosa, que algún caminantedescaminado debió de pasar por esta sierra, y, salteándole malandrines, ledebieron de matar, y le trujeron a enterrar en esta tan escondida parte.— No puede ser eso —respondió Sancho—, porque si fueran ladrones, no sedejaran aquí este dinero.

— Verdad dices —dijo don Quijote—, y así, no adivino ni doy en lo que estopueda ser; mas, espérate: veremos si en este librillo de memoria hay algunacosa escrita por donde podamos rastrear y venir en conocimiento de lo quedeseamos.

Abrióle, y lo primero que halló en él escrito, como en borrador, aunque demuy buena letra, fue un soneto, que, leyéndole alto porque Sancho tambiénlo oyese, vio que decía desta manera: O le falta al Amor conocimiento,

o le sobra crueldad, o no es mi pena

igual a la ocasión que me condena

al género más duro de tormento.

Pero si Amor es dios, es argumento

que nada ignora, y es razón muy buena

que un dios no sea cruel. Pues, ¿quién ordena

el terrible dolor que adoro y siento?

Si digo que sois vos, Fili, no acierto;

que tanto mal en tanto bien no cabe,

ni me viene del cielo esta rüina.

Presto habré de morir, que es lo más cierto;

que al mal de quien la causa no se sabe

milagro es acertar la medicina.

— Por esa trova —dijo Sancho— no se puede saber nada, si ya no es que porese hilo que está ahí se saque el ovillo de todo.

— ¿Qué hilo está aquí? —dijo don Quijote.

— Paréceme —dijo Sancho— que vuestra merced nombró ahí hilo.

— No dije sino Fili —respondió don Quijote—, y éste, sin duda, es el nombrede la dama de quien se queja el autor deste soneto; y a fe que debe de serrazonable poeta, o yo sé poco del arte.

— Luego, ¿también —dijo Sancho— se le entiende a vuestra merced de trovas?— Y más de lo que tú piensas —respondió don Quijote—, y veráslo cuandolleves una carta, escrita en verso de arriba abajo, a mi señora Dulcineadel Toboso. Porque quiero que sepas, Sancho, que todos o los más caballerosandantes de la edad pasada eran grandes trovadores y grandes músicos; queestas dos habilidades, o gracias, por mejor decir, son anexas a losenamorados andantes. Verdad es que las coplas de los pasados caballerostienen más de espíritu que de primor.

— Lea más vuestra merced —dijo Sancho—, que ya hallará algo que nossatisfaga.

Volvió la hoja don Quijote y dijo:

— Esto es prosa, y parece carta.

— ¿Carta misiva, señor? —preguntó Sancho.

— En el principio no parece sino de amores —respondió don Quijote.— Pues lea vuestra merced alto —dijo Sancho—, que gusto mucho destas cosasde amores.

— Que me place —dijo don Quijote.

Y, leyéndola alto, como Sancho se lo había rogado, vio que decía destamanera: Tu falsa promesa y mi cierta desventura me llevan a parte donde antesvolverán a tus oídos las nuevas de mi muerte que las razones de mis quejas.Desechásteme, ¡oh ingrata!, por quien tiene más, no por quien vale más queyo; mas si la virtud fuera riqueza que se estimara, no envidiara yo dichasajenas ni llorara desdichas propias. Lo que levantó tu hermosura handerribado tus obras: por ella entendí que eras ángel, y por ellas conozcoque eres mujer. Quédate en paz, causadora de mi guerra, y haga el cielo quelos engaños de tu esposo estén siempre encubiertos, porque tú no quedesarrepentida de lo que heciste y yo no tome venganza de lo que no deseo.Acabando de leer la carta, dijo don Quijote:

— Menos por ésta que por los versos se puede sacar más de que quien laescribió es algún desdeñado amante.

Y, hojeando casi todo el librillo, halló otros versos y cartas, que algunospudo leer y otros no; pero lo que todos contenían eran quejas, lamentos,desconfianzas, sabores y sinsabores, favores y desdenes, solenizados losunos y llorados los otros.

En tanto que don Quijote pasaba el libro, pasaba Sancho la maleta, sindejar rincón en toda ella, ni en el cojín, que no buscase, escudriñase einquiriese, ni costura que no deshiciese, ni vedija de lana que noescarmenase, porque no se quedase nada por diligencia ni mal recado: talgolosina habían despertado en él los hallados escudos, que pasaban deciento. Y, aunque no halló mas de lo hallado, dio por bien empleados losvuelos de la manta, el vomitar del brebaje, las bendiciones de las estacas,las puñadas del arriero, la falta de las alforjas, el robo del gabán y todala hambre, sed y cansancio que había pasado en servicio de su buen señor,pareciéndole que estaba más que rebién pagado con la merced recebida de laentrega del hallazgo.

Con gran deseo quedó el Caballero de la Triste Figura de saber quién fueseel dueño de la maleta, conjeturando, por el soneto y carta, por el dineroen oro y por las tan buenas camisas, que debía de ser de algún principalenamorado, a quien desdenes y malos tratamientos de su dama debían de haberconducido a algún desesperado término. Pero, como por aquel lugarinhabitable y escabroso no parecía persona alguna de quien poderinformarse, no se curó de más que de pasar adelante, sin llevar otro caminoque aquel que Rocinante quería, que era por donde él podía caminar, siemprecon imaginación que no podía faltar por aquellas malezas alguna estrañaaventura.

Yendo, pues, con este pensamiento, vio que, por cima de una montañuela quedelante de los ojos se le ofrecía, iba saltando un hombre, de risco enrisco y de mata en mata, con estraña ligereza.

Figurósele que iba desnudo,la barba negra y espesa, los cabellos muchos y rabultados, los piesdescalzos y las piernas sin cosa alguna; los muslos cubrían unos calzones,al parecer de terciopelo leonado, mas tan hechos pedazos que por muchaspartes se le descubrían las carnes.

Traía la cabeza descubierta, y, aunquepasó con la ligereza que se ha dicho, todas estas menudencias miró y notóel Caballero de la Triste Figura; y, aunque lo procuró, no pudo seguille,porque no era dado a la debilidad de Rocinante andar por aquellasasperezas, y más siendo él de suyo pisacorto y flemático. Luego imaginó donQuijote que aquél era el dueño del cojín y de la maleta, y propuso en sí debuscalle, aunque supiese andar un año por aquellas montañas hasta hallarle;y así, mandó a Sancho que se apease del asno y atajase por la una parte dela montaña, que él iría por la otra y podría ser que topasen, con estadiligencia, con aquel hombre que con tanta priesa se les había quitado dedelante.

— No podré hacer eso —respondió Sancho—, porque, en apartándome de vuestramerced, luego es conmigo el miedo, que me asalta con mil géneros desobresaltos y visiones. Y sírvale esto que digo de aviso, para que de aquíadelante no me aparte un dedo de su presencia.

— Así será —dijo el de la Triste Figura—, y yo estoy muy contento de que tequieras valer de mi ánimo, el cual no te ha de faltar, aunque te falte elánima del cuerpo. Y vente ahora tras mí poco a poco, o como pudieres, y hazde los ojos lanternas; rodearemos esta serrezuela: quizá toparemos conaquel hombre que vimos, el cual, sin duda alguna, no es otro que el dueñode nuestro hallazgo.

A lo que Sancho respondió:

— Harto mejor sería no buscalle, porque si le hallamos y acaso fuese eldueño del dinero, claro está que lo tengo de restituir; y así, fuera mejor,sin hacer esta inútil diligencia, poseerlo yo con buena fe hasta que, porotra vía menos curiosa y diligente, pareciera su verdadero señor; y quizáfuera a tiempo que lo hubiera gastado, y entonces el rey me hacía franco.— Engáñaste en eso, Sancho —respondió don Quijote—; que, ya que hemos caídoen sospecha de quién es el dueño, cuasi delante, estamos obligados abuscarle y volvérselos; y, cuando no le buscásemos, la vehemente sospechaque tenemos de que él lo sea nos pone ya en tanta culpa como si lo fuese.Así que, Sancho amigo, no te dé pena el buscalle, por la que a mí se mequitará si le hallo.

Y así, picó a Rocinante, y siguióle Sancho con su acostumbrado jumento; y,habiendo rodeado parte de la montaña, hallaron en un arroyo, caída, muertay medio comida de perros y picada de grajos, una mula ensillada yenfrenada; todo lo cual confirmó en ellos más la sospecha de que aquel quehuía era el dueño de la mula y del cojín.

Estándola mirando, oyeron un silbo como de pastor que guardaba ganado, y adeshora, a su siniestra mano, parecieron una buena cantidad de cabras, ytras ellas, por cima de la montaña, pareció el cabrero que las guardaba,que era un hombre anciano. Diole voces don Quijote, y rogóle que bajasedonde estaban. Él respondió a gritos que quién les había traído por aquellugar, pocas o ningunas veces pisado sino de pies de cabras o de lobos yotras fieras que por allí andaban. Respondióle Sancho que bajase, que detodo le darían buena cuenta. Bajó el cabrero, y, en llegando adonde donQuijote estaba, dijo:

— Apostaré que está mirando la mula de alquiler que está muerta en esahondonada. Pues a buena fe que ha ya seis meses que está en ese lugar.Díganme: ¿han topado por ahí a su dueño?

— No hemos topado a nadie —respondió don Quijote—, sino a un cojín y a unamaletilla que no lejos deste lugar hallamos.

— También la hallé yo —respondió el cabrero—, mas nunca la quise alzar nillegar a ella, temeroso de algún desmán y de que no me la pidiesen por dehurto; que es el diablo sotil, y debajo de los pies se levanta allombrecosa donde tropiece y caya, sin saber cómo ni cómo no.

— Eso mesmo es lo que yo digo —respondió Sancho—: que también la hallé yo, yno quise llegar a ella con un tiro de piedra; allí la dejé y allí se quedacomo se estaba, que no quiero perro con cencerro.

— Decidme, buen hombre —dijo don Quijote—, ¿sabéis vos quién sea el dueñodestas prendas?

— Lo que sabré yo decir —dijo el cabrero— es que «habrá al pie de seismeses, poco más a menos, que llegó a una majada de pastores, que estarácomo tres leguas deste lugar, un mancebo de gentil talle y apostura,caballero sobre esa mesma mula que ahí está muerta, y con el mesmo cojín ymaleta que decís que hallastes y no tocastes. Preguntónos que cuál partedesta sierra era la más áspera y escondida; dijímosle que era esta dondeahora estamos; y es ansí la verdad, porque si entráis media legua másadentro, quizá no acertaréis a salir; y estoy maravillado de cómo habéispodido llegar aquí, porque no hay camino ni senda que a este lugarencamine. Digo, pues, que, en oyendo nuestra respuesta el mancebo, volviólas riendas y encaminó hacia el lugar donde le señalamos, dejándonos atodos contentos de su buen talle, y admirados de su demanda y de la priesacon que le víamos caminar y volverse hacia la sierra; y desde entoncesnunca más le vimos, hasta que desde allí a algunos días salió al camino auno de nuestros pastores, y, sin decille nada, se llegó a él y le diomuchas puñadas y coces, y luego se fue a la borrica del hato y le quitócuanto pan y queso en ella traía; y, con estraña ligereza, hecho esto, sevolvió a emboscar en la sierra.

Como esto supimos algunos cabreros, leanduvimos a buscar casi dos días por lo más cerrado desta sierra, al cabode los cuales le hallamos metido en el hueco de un grueso y valientealcornoque. Salió a nosotros con mucha mansedumbre, ya roto el vestido, yel rostro disfigurado y tostado del sol, de tal suerte que apenas leconocíamos, sino que los vestidos, aunque rotos, con la noticia que dellosteníamos, nos dieron a entender que era el que buscábamos. Saludónoscortésmente, y en pocas y muy buenas razones nos dijo que no nosmaravillásemos de verle andar de aquella suerte, porque así le conveníapara cumplir cierta penitencia que por sus muchos pecados le había sidoimpuesta. Rogámosle que nos dijese quién era, mas nunca lo pudimos acabarcon él. Pedímosle también que, cuando hubiese menester el sustento, sin elcual no podía pasar, nos dijese dónde le hallaríamos, porque con mucho amory cuidado se lo llevaríamos; y que si esto tampoco fuese de su gusto, que,a lo menos, saliese a pedirlo, y no a quitarlo a los pastores. Agradeciónuestro ofrecimiento, pidió perdón de los asaltos pasados, y ofreció depedillo de allí adelante por amor de Dios, sin dar molestia alguna a nadie.En cuanto lo que tocaba a la estancia de su habitación, dijo que no teníaotra que aquella que le ofrecía la ocasión donde le tomaba la noche; yacabó su plática con un tan tierno llanto, que bien fuéramos de piedra losque escuchado le habíamos, si en él no le acompañáramos, considerándolecómo le habíamos visto la vez primera, y cuál le veíamos entonces. Porque,como tengo dicho, era un muy gentil y agraciado mancebo, y en sus cortesesy concertadas razones mostraba ser bien nacido y muy cortesana persona;que, puesto que éramos rústicos los que le escuchábamos, su gentileza eratanta, que bastaba a darse a conocer a la mesma rusticidad. Y, estando enlo mejor de su plática, paró y enmudecióse; clavó los ojos en el suelo porun buen espacio, en el cual todos estuvimos quedos y suspensos, esperandoen qué había de parar aquel embelesamiento, con no poca lástima de verlo;porque, por lo que hacía de abrir los ojos, estar fijo mirando al suelo sinmover pestaña gran rato, y otras veces cerrarlos, apretando los labios yenarcando las cejas, fácilmente conocimos que algún accidente de locura lehabía sobrevenido.

Mas él nos dio a entender presto ser verdad lo quepensábamos, porque se levantó con gran furia del suelo, donde se habíaechado, y arremetió con el primero que halló junto a sí, con tal denuedo yrabia que, si no se le quitáramos, le matara a puñadas y a bocados; y todoesto hacía, diciendo:

''¡Ah, fementido Fernando! ¡Aquí, aquí me pagarás lasinrazón que me heciste: estas manos te sacarán el corazón, donde albergany tienen manida todas las maldades juntas, principalmente la fraude y elengaño!'' Y a éstas añadía otras razones, que todas se encaminaban a decirmal de aquel Fernando y a tacharle de traidor y fementido. Quitámossele,pues, con no poca pesadumbre, y él, sin decir más palabra, se apartó denosotros y se emboscó corriendo por entre estos jarales y malezas, de modoque nos imposibilitó el seguille. Por esto conjeturamos que la locura levenía a tiempos, y que alguno que se llamaba Fernando le debía de haberhecho alguna mala obra, tan pesada cuanto lo mostraba el término a que lehabía conducido. Todo lo cual se ha confirmado después acá con las veces,que han sido muchas, que él ha salido al camino, unas a pedir a lospastores le den de lo que llevan para comer y otras a quitárselo porfuerza; porque cuando está con el accidente de la locura, aunque lospastores se lo ofrezcan de buen grado, no lo admite, sino que lo toma apuñadas; y cuando está en su seso, lo pide por amor de Dios, cortés ycomedidamente, y rinde por ello muchas gracias, y no con falta de lágrimas.Y en verdad os digo, señores —prosiguió el cabrero—, que ayer determinamosyo y cuatro zagales, los dos criados y los dos amigos míos, de buscarlehasta tanto que le hallemos, y, después de hallado, ya por fuerza ya porgrado, le hemos de llevar a la villa de Almodóvar, que está de aquí ocholeguas, y allí le curaremos, si es que su mal tiene cura, o sabremos quiénes cuando esté en sus seso, y si tiene parientes a quien dar noticia de sudesgracia». Esto es, señores, lo que sabré deciros de lo que me habéispreguntado; y entended que el dueño de las prendas que hallastes es elmesmo que vistes pasar con tanta ligereza como desnudez —que ya le habíadicho don Quijote cómo había visto pasar aquel hombre saltando por lasierra.

El cual quedó admirado de lo que al cabrero había oído, y quedó con másdeseo de saber quién era el desdichado loco; y propuso en sí lo mesmo queya tenía pensado: de buscalle por toda la montaña, sin dejar rincón nicueva en ella que no mirase, hasta hallarle. Pero hízolo mejor la suerte delo que él pensaba ni esperaba, porque en aquel mesmo instante pareció, porentre una quebrada de una sierra que salía donde ellos estaban, el manceboque buscaba, el cual venía hablando entre sí cosas que no podían serentendidas de cerca, cuanto más de lejos. Su traje era cual se ha pintado,sólo que, llegando cerca, vio don Quijote que un coleto hecho pedazos quesobre sí traía era de ámbar; por donde acabó de entender que persona quetales hábitos traía no debía de ser de ínfima calidad.

En llegando el mancebo a ellos, les saludó con una voz desentonada ybronca, pero con mucha cortesía. Don Quijote le volvió las saludes con nomenos comedimiento, y, apeándose de Rocinante, con gentil continente ydonaire, le fue a abrazar y le tuvo un buen espacio estrechamente entre susbrazos, como si de luengos tiempos le hubiera conocido. El otro, a quienpodemos llamar el Roto de la Mala Figura —como a don Quijote el de laTriste—, después de haberse dejado abrazar, le apartó un poco de sí, y,puestas sus manos en los hombros de don Quijote, le estuvo mirando, comoque quería ver si le conocía; no menos admirado quizá de ver la figura,talle y armas de don Quijote, que don Quijote lo estaba de verle a él. Enresolución, el primero que habló después del abrazamiento fue el Roto, ydijo lo que se dirá adelante.

Capítulo XXIV. Donde se prosigue la aventura de la Sierra Morena Dice la historia que era grandísima la atención con que don Quijoteescuchaba al astroso Caballero de la Sierra, el cual, prosiguiendo suplática, dijo:

— Por cierto, señor, quienquiera que seáis, que yo no os conozco, yo osagradezco las muestras y la cortesía que conmigo habéis usado; y quisierayo hallarme en términos que con más que la voluntad pudiera servir la quehabéis mostrado tenerme en el buen acogimiento que me habéis hecho, mas noquiere mi suerte darme otra cosa con que corresponda a las buenas obras queme hacen, que buenos deseos de satisfacerlas.

— Los que yo tengo —respondió don Quijote— son de serviros; tanto, que teníadeterminado de no salir destas sierras hasta hallaros y saber de vos si eldolor que en la estrañeza de vuestra vida mostráis tener se podía hallaralgún género de remedio; y si fuera menester buscarle, buscarle con ladiligencia posible. Y, cuando vuestra desventura fuera de aquellas quetienen cerradas las puertas a todo género de consuelo, pensaba ayudaros allorarla y plañirla como mejor pudiera, que todavía es consuelo en lasdesgracias hallar quien se duela dellas. Y, si es que mi buen intentomerece ser agradecido con algún género de cortesía, yo os suplico, señor,por la mucha que veo que en vos se encierra, y juntamente os conjuro por lacosa que en esta vida más habéis amado o amáis, que me digáis quién sois yla causa que os ha traído a vivir y a morir entre estas soledades comobruto animal, pues moráis entre ellos tan ajeno de vos mismo cual lomuestra vuestro traje y persona. Y juro —añadió don Quijote—, por la ordende caballería que recebí, aunque indigno y pecador, y por la profesión decaballero andante, que si en esto, señor, me complacéis, de serviros conlas veras a que me obliga el ser quien soy: ora remediando vuestradesgracia, si tiene remedio, ora ayudándoos a llorarla, como os lo heprometido.

El Caballero del Bosque, que de tal manera oyó hablar al de la TristeFigura, no hacía sino mirarle, y remirarle y tornarle a mirar de arribaabajo; y, después que le hubo bien mirado, le dijo:

— Si tienen algo que darme a comer, por amor de Dios que me lo den; que,después de haber comido, yo haré todo lo que se me manda, en agradecimientode tan buenos deseos como aquí se me han mostrado.

Luego sacaron, Sancho de su costal y el cabrero de su zurrón, con quesatisfizo el Roto su hambre, comiendo lo que le dieron como personaatontada, tan apriesa que no daba espacio de un bocado al otro, pues anteslos engullía que tragaba; y, en tanto que comía, ni él ni los que lemiraban hablaban palabra. Como acabó de comer, les hizo de señas que lesiguiesen, como lo hicieron, y él los llevó a un verde pradecillo que a lavuelta de una peña poco desviada de allí estaba. En llegando a él se tendióen el suelo, encima de la yerba, y los demás hicieron lo mismo; y todo estosin que ninguno hablase, hasta que el Roto, después de haberse acomodado ensu asiento, dijo:

— Si gustáis, señores, que os diga en breves razones la inmensidad de misdesventuras, habéisme de prometer de que con ninguna pregunta, ni otracosa, no interromperéis el hilo de mi triste historia; porque en el puntoque lo hagáis, en ése se quedará lo que fuere contando.

Estas razones del Roto trujeron a la memoria a don Quijote el cuento que lehabía contado su escudero, cuando no acertó el número de las cabras quehabían pasado el río y se quedó la historia pendiente. Pero, volviendo alRoto, prosiguió diciendo:

— Esta prevención que hago es porque querría pasar brevemente por el cuentode mis desgracias; que el traerlas a la memoria no me sirve de otra cosaque añadir otras de nuevo, y, mientras menos me preguntáredes, más prestoacabaré yo de decillas, puesto que no dejaré por contar cosa alguna que seade importancia para no satisfacer del todo a vuestro deseo.

Don Quijote se lo prometió, en nombre de los demás, y él, con este seguro,comenzó desta manera:

— «Mi nombre es Cardenio; mi patria, una ciudad de las mejores destaAndalucía; mi linaje, noble; mis padres, ricos; mi desventura, tanta que ladeben de haber llorado mis padres y sentido mi linaje, sin poderla aliviarcon su riqueza; que para remediar desdichas del cielo poco suelen valer losbienes de fortuna. Vivía en esta mesma tierra un cielo, donde puso el amortoda la gloria que yo acertara a desearme: tal es la hermosura de Luscinda,doncella tan noble y tan rica como yo, pero de más ventura y de menosfirmeza de la que a mis honrados pensamientos se debía. A esta Luscindaamé, quise y adoré desde mis tiernos y primeros años, y ella me quiso a mícon aquella sencillez y buen ánimo que su poca edad permitía. Sabíannuestros padres nuestros intentos, y no les pesaba dello, porque bien veíanque, cuando pasaran adelante, no podían tener otro fin que el de casarnos,cosa que casi la concertaba la igualdad de nuestro linaje y riquezas.Creció la edad, y con ella el amor de entrambos, que al padre de Luscindale pareció que por buenos respetos estaba obligado a negarme la entrada desu casa, casi imitando en esto a los padres de aquella Tisbe tan decantadade los poetas. Y fue esta negación añadir llama a llama y deseo a deseo,porque, aunque pusieron silencio a las lenguas, no le pudieron poner a lasplumas, las cuales, con más libertad que las lenguas, suelen dar a entendera quien quieren lo que en el alma está encerrado; que muchas veces lapresencia de la cosa amada turba y enmudece la intención más determinada yla lengua más atrevida. ¡Ay cielos, y cuántos billetes le escribí!

¡Cuánregaladas y honestas respuestas tuve! ¡Cuántas canciones compuse y cuántosenamorados versos, donde el alma declaraba y trasladaba sus sentimientos,pintaba sus encendidos deseos, entretenía sus memorias y recreaba suvoluntad!

»En efeto, viéndome apurado, y que mi alma se consumía con el deseo deverla, determiné poner por obra y acabar en un punto lo que me pareció quemás convenía para salir con mi deseado y merecido premio; y fue elpedírsela a su padre por legítima esposa, como lo hice; a lo que él merespondió que me agradecía la voluntad que mostraba de honralle, y dequerer honrarme con prendas suyas, pero que, siendo mi padre vivo, a éltocaba de justo derecho hacer aquella demanda; porque, si no fuese conmucha voluntad y gusto suyo, no era Luscinda mujer para tomarse ni darse ahurto.

»Yo le agradecí su buen intento, pareciéndome que llevaba razón en lo quedecía, y que mi padre vendría en ello como yo se lo dijese; y con esteintento, luego en aquel mismo instante, fui a decirle a mi padre lo quedeseaba. Y, al tiempo que entré en un aposento donde estaba, le hallé conuna carta abierta en la mano, la cual, antes que yo le dijese palabra, mela dio y me dijo: ''Por esa carta verás, Cardenio, la voluntad que el duqueRicardo tiene de hacerte merced''.» Este duque Ricardo, como ya vosotros,señores, debéis de saber, es un grande de España que tiene su estado en lomejor desta Andalucía. «Tomé y leí la carta, la cual venía tan encarecidaque a mí mesmo me pareció mal si mi padre dejaba de cumplir lo que en ellase le pedía, que era que me enviase luego donde él estaba; que quería quefuese compañero, no criado, de su hijo el mayor, y que él tomaba a cargo elponerme en estado que correspondiese a la estimación en que me tenía.

Leíla carta y enmudecí leyéndola, y más cuando oí que mi padre me decía: ''Deaquí a dos días te partirás, Cardenio, a hacer la voluntad del duque; y dagracias a Dios que te va abriendo camino por donde alcances lo que yo séque mereces''. Añadió a éstas otras razones de padre consejero.»Llegóse el término de mi partida, hablé una noche a Luscinda, díjele todolo que pasaba, y lo mesmo hice a su padre, suplicándole se entretuviesealgunos días y dilatase el darle estado hasta que yo viese lo que Ricardome quería. Él me lo prometió y ella me lo confirmó con mil juramentos y mildesmayos. Vine, en fin, donde el duque Ricardo estaba. Fui dél tan bienrecebido y tratado, que desde luego comenzó la envidia a hacer su oficio,teniéndomela los criados antiguos, pareciéndoles que las muestras que elduque daba de hacerme merced habían de ser en perjuicio suyo. Pero el quemás se holgó con mi ida fue un hijo segundo del duque, llamado Fernando,mozo gallardo, gentilhombre, liberal y enamorado, el cual, en poco tiempo,quiso que fuese tan su amigo, que daba que decir a todos; y, aunque elmayor me quería bien y me hacía merced, no llegó al estremo con que donFernando me quería y trataba.

»Es, pues, el caso que, como entre los amigos no hay cosa secreta que no secomunique, y la privanza que yo tenía con don Fernando dejada de serlo porser amistad, todos sus pensamientos me declaraba, especialmente unoenamorado, que le traía con un poco de desasosiego. Quería bien a unalabradora, vasalla de su padre (y ella los tenía muy ricos), y era tanhermosa, recatada, discreta y honesta que nadie que la conocía sedeterminaba en cuál destas cosas tuviese más excelencia ni más seaventajase. Estas tan buenas partes de la hermosa labradora redujeron a taltérmino los deseos de don Fernando, que se determinó, para poder alcanzarloy conquistar la entereza de la labradora, darle palabra de ser su esposo,porque de otra manera era procurar lo imposible. Yo, obligado de suamistad, con las mejores razones que supe y con los más vivos ejemplos quepude, procuré estorbarle y apartarle de tal propósito. Pero, viendo que noaprovechaba, determiné de decirle el caso al duque Ricardo, su padre. Masdon Fernando, como astuto y discreto, se receló y temió desto, porparecerle que estaba yo obligado, en vez de buen criado, no tenerencubierta cosa que tan en perjuicio de la honra de mi señor el duquevenía; y así, por divertirme y engañarme, me dijo que no hallaba otro mejorremedio para poder apartar de la memoria la hermosura que tan sujeto letenía, que el ausentarse por algunos meses; y que quería que el ausenciafuese que los dos nos viniésemos en casa de mi padre, con ocasión quedarían al duque que venía a ver y a feriar unos muy buenos caballos que enmi ciudad había, que es madre de los mejores del mundo.

»Apenas le oí yo decir esto, cuando, movido de mi afición, aunque sudeterminación no fuera tan buena, la aprobara yo por una de las másacertadas que se podían imaginar, por ver cuán buena ocasión y coyuntura seme ofrecía de volver a ver a mi Luscinda. Con este pensamiento y deseo,aprobé su parecer y esforcé su propósito, diciéndole que lo pusiese porobra con la brevedad posible, porque, en efeto, la ausencia hacía suoficio, a pesar de los más firmes pensamientos. Ya cuando él me vino adecir esto, según después se supo, había gozado a la labradora con títulode esposo, y esperaba ocasión de descubrirse a su salvo, temeroso de lo queel duque su padre haría cuando supiese su disparate.

»Sucedió, pues, que, como el amor en los mozos, por la mayor parte, no loes, sino apetito, el cual, como tiene por último fin el deleite, enllegando a alcanzarle se acaba y ha de volver atrás aquello que parecíaamor, porque no puede pasar adelante del término que le puso naturaleza, elcual término no le puso a lo que es verdadero amor...; quiero decir que,así como don Fernando gozó a la labradora, se le aplacaron sus deseos y seresfriaron sus ahíncos; y si primero fingía quererse ausentar, porremediarlos, ahora de veras procuraba irse, por no ponerlos en ejecución.Diole el duque licencia, y mandóme que le acompañase. Venimos a mi ciudad,recibióle mi padre como quien era; vi yo luego a Luscinda, tornaron avivir, aunque no habían estado muertos ni amortiguados, mis deseos, de loscuales di cuenta, por mi mal, a don Fernando, por parecerme que, en la leyde la mucha amistad que mostraba, no le debía encubrir nada. Alabéle lahermosura, donaire y discreción de Luscinda de tal manera, que misalabanzas movieron en él los deseos de querer ver doncella de tantas buenaspartes adornada. Cumplíselos yo, por mi corta suerte, enseñándosela unanoche, a la luz de una vela, por una ventana por donde los dos solíamoshablarnos. Viola en sayo, tal, que todas las bellezas hasta entonces por élvistas las puso en olvido. Enmudeció, perdió el sentido, quedó absorto y,finalmente, tan enamorado cual lo veréis en el discurso del cuento de midesventura. Y, para encenderle más el deseo, que a mí me celaba y al cieloa solas descubría, quiso la fortuna que hallase un día un billete suyopidiéndome que la pidiese a su padre por esposa, tan discreto, tan honestoy tan enamorado que, en leyéndolo, me dijo que en sola Luscinda seencerraban todas las gracias de hermosura y de entendimiento que en lasdemás mujeres del mundo estaban repartidas.

»Bien es verdad que quiero confesar ahora que, puesto que yo veía con cuánjustas causas don Fernando a Luscinda alababa, me pesaba de oír aquellasalabanzas de su boca, y comencé a temer y a recelarme dél, porque no sepasaba momento donde no quisiese que tratásemos de Luscinda, y él movía laplática, aunque la trujese por los cabellos; cosa que despertaba en mí unno sé qué de celos, no porque yo temiese revés alguno de la bondad y de lafe de Luscinda, pero, con todo eso, me hacía temer mi suerte lo mesmo queella me aseguraba. Procuraba siempre don Fernando leer los papeles que yo aLuscinda enviaba y los que ella me respondía, a título que de la discreciónde los dos gustaba mucho. Acaeció, pues, que, habiéndome pedido Luscinda unlibro de caballerías en que leer, de quien era ella muy aficionada, que erael de Amadís de Gaula...»

No hubo bien oído don Quijote nombrar libro de caballerías, cuando dijo:— Con que me dijera vuestra merced, al principio de su historia, que sumerced de la señora Luscinda era aficionada a libros de caballerías, nofuera menester otra exageración para darme a entender la alteza de suentendimiento, porque no le tuviera tan bueno como vos, señor, le habéispintado, si careciera del gusto de tan sabrosa leyenda: así que, paraconmigo, no es menester gastar más palabras en declararme su hermosura,valor y entendimiento; que, con sólo haber entendido su afición, laconfirmo por la más hermosa y más discreta mujer del mundo. Y quisiera yo,señor, que vuestra merced le hubiera enviado junto con Amadís de Gaula albueno de Don Rugel de Grecia, que yo sé que gustara la señora Luscindamucho de Daraida y Geraya, y de las discreciones del pastor Darinel y deaquellos admirables versos de sus bucólicas, cantadas y representadas porél con todo donaire, discreción y desenvoltura. Pero tiempo podrá venir enque se enmiende esa falta, y no dura más en hacerse la enmienda de cuantoquiera vuestra merced ser servido de venirse conmigo a mi aldea, que allíle podré dar más de trecientos libros, que son el regalo de mi alma y elentretenimiento de mi vida; aunque tengo para mí que ya no tengo ninguno,merced a la malicia de malos y envidiosos encantadores. Y perdóneme vuestramerced el haber contravenido a lo que prometimos de no interromper suplática, pues, en oyendo cosas de caballerías y de caballeros andantes, asíes en mi mano dejar de hablar en ellos, como lo es en la de los rayos delsol dejar de calentar, ni humedecer en los de la luna. Así que, perdón yproseguir, que es lo que ahora hace más al caso.

En tanto que don Quijote estaba diciendo lo que queda dicho, se le habíacaído a Cardenio la cabeza sobre el pecho, dando muestras de estarprofundamente pensativo. Y, puesto que dos veces le dijo don Quijote queprosiguiese su historia, ni alzaba la cabeza ni respondía palabra; pero, alcabo de un buen espacio, la levantó y dijo:

— No se me puede quitar del pensamiento, ni habrá quien me lo quite en elmundo, ni quien me dé a entender otra cosa (y sería un majadero el que locontrario entendiese o creyese), sino que aquel bellaconazo del maestroElisabat estaba amancebado con la reina Madésima.

— Eso no, ¡voto a tal! —respondió con mucha cólera don Quijote (y arrojóle,como tenía de costumbre)—; y ésa es una muy gran malicia, o bellaquería,por mejor decir: la reina Madásima fue muy principal señora, y no se ha depresumir que tan alta princesa se había de amancebar con un sacapotras; yquien lo contrario entendiere, miente como muy gran bellaco. Y yo se lodaré a entender, a pie o a caballo, armado o desarmado, de noche o de día,o como más gusto le diere.

Estábale mirando Cardenio muy atentamente, al cual ya había venido elaccidente de su locura y no estaba para proseguir su historia; ni tampocodon Quijote se la oyera, según le había disgustado lo que de Madásima lehabía oído. ¡Estraño caso; que así volvió por ella como si verdaderamentefuera su verdadera y natural señora: tal le tenían sus descomulgadoslibros! Digo, pues, que, como ya Cardenio estaba loco y se oyó tratar dementís y de bellaco, con otros denuestos semejantes, parecióle mal laburla, y alzó un guijarro que halló junto a sí, y dio con él en los pechostal golpe a don Quijote que le hizo caer de espaldas. Sancho Panza, que detal modo vio parar a su señor, arremetió al loco con el puño cerrado; y elRoto le recibió de tal suerte que con una puñada dio con él a sus pies, yluego se subió sobre él y le brumó las costillas muy a su sabor. Elcabrero, que le quiso defender, corrió el mesmo peligro. Y, después que lostuvo a todos rendidos y molidos, los dejó y se fue, con gentil sosiego, aemboscarse en la montaña.

Levantóse Sancho, y, con la rabia que tenía de verse aporreado tan sinmerecerlo, acudió a tomar la venganza del cabrero, diciéndole que él teníala culpa de no haberles avisado que a aquel hombre le tomaba a tiempos lalocura; que, si esto supieran, hubieran estado sobre aviso para poderseguardar. Respondió el cabrero que ya lo había dicho, y que si él no lohabía oído, que no era suya la culpa. Replicó Sancho Panza, y tornó areplicar el cabrero, y fue el fin de las réplicas asirse de las barbas ydarse tales puñadas que, si don Quijote no los pusiera en paz, se hicieranpedazos. Decía Sancho, asido con el cabrero:

— Déjeme vuestra merced, señor Caballero de la Triste Figura, que en éste,que es villano como yo y no está armado caballero, bien puedo a mi salvosatisfacerme del agravio que me ha hecho, peleando con él mano a mano, comohombre honrado.

— Así es —dijo don Quijote—, pero yo sé que él no tiene ninguna culpa de losucedido.

Con esto los apaciguó, y don Quijote volvió a preguntar al cabrero si seríaposible hallar a Cardenio, porque quedaba con grandísimo deseo de saber elfin de su historia. Díjole el cabrero lo que primero le había dicho, queera no saber de cierto su manida; pero que, si anduviese mucho por aquelloscontornos, no dejaría de hallarle, o cuerdo o loco.

Capítulo XXV. Que trata de las estrañas cosas que en Sierra Morenasucedieron al valiente caballero de la Mancha, y de la imitación que hizo ala penitencia de Beltenebros

Despidióse del cabrero don Quijote, y, subiendo otra vez sobre Rocinante,mandó a Sancho que le siguiese, el cual lo hizo, con su jumento, de muymala gana. Íbanse poco a poco entrando en lo más áspero de la montaña, ySancho iba muerto por razonar con su amo, y deseaba que él comenzase laplática, por no contravenir a lo que le tenía mandado; mas, no pudiendosufrir tanto silencio, le dijo:

— Señor don Quijote, vuestra merced me eche su bendición y me dé licencia;que desde aquí me quiero volver a mi casa, y a mi mujer y a mis hijos, conlos cuales, por lo menos, hablaré y departiré todo lo que quisiere; porquequerer vuestra merced que vaya con él por estas soledades, de día y denoche, y que no le hable cuando me diere gusto es enterrarme en vida. Si yaquisiera la suerte que los animales hablaran, como hablaban en tiempos deGuisopete, fuera menos mal, porque departiera yo con mi jumento lo que meviniera en gana, y con esto pasara mi mala ventura; que es recia cosa, yque no se puede llevar en paciencia, andar buscando aventuras toda la viday no hallar sino coces y manteamientos, ladrillazos y puñadas, y, con todoesto, nos hemos de coser la boca, sin osar decir lo que el hombre tiene ensu corazón, como si fuera mudo.

— Ya te entiendo, Sancho —respondió don Quijote—: tú mueres porque te alceel entredicho que te tengo puesto en la lengua. Dale por alzado y di lo quequisieres, con condición que no ha de durar este alzamiento más de encuanto anduviéremos por estas sierras.

— Sea ansí —dijo Sancho—: hable yo ahora, que después Dios sabe lo que será;y, comenzando a gozar de ese salvoconduto, digo que ¿qué le iba a vuestramerced en volver tanto por aquella reina Magimasa, o como se llama? O, ¿quéhacía al caso que aquel abad fuese su amigo o no?

Que, si vuestra mercedpasara con ello, pues no era su juez, bien creo yo que el loco pasaraadelante con su historia, y se hubieran ahorrado el golpe del guijarro, ylas coces, y aun más de seis torniscones.

— A fe, Sancho —respondió don Quijote—, que si tú supieras, como yo lo sé,cuán honrada y cuán principal señora era la reina Madásima, yo sé quedijeras que tuve mucha paciencia, pues no quebré la boca por donde talesblasfemias salieron; porque es muy gran blasfemia decir ni pensar que unareina esté amancebada con un cirujano. La verdad del cuento es que aquelmaestro Elisabat, que el loco dijo, fue un hombre muy prudente y de muysanos consejos, y sirvió de ayo y de médico a la reina; pero pensar queella era su amiga es disparate digno de muy gran castigo.

Y, porque veasque Cardenio no supo lo que dijo, has de advertir que cuando lo dijo yaestaba sin juicio.

— Eso digo yo —dijo Sancho—: que no había para qué hacer cuenta de laspalabras de un loco, porque si la buena suerte no ayudara a vuestra mercedy encaminara el guijarro a la cabeza, como le encaminó al pecho, buenosquedáramos por haber vuelto por aquella mi señora, que Dios cohonda. Pues,¡montas que no se librara Cardenio por loco!

— Contra cuerdos y contra locos está obligado cualquier caballero andante avolver por la honra de las mujeres, cualesquiera que sean, cuanto más porlas reinas de tan alta guisa y pro como fue la reina Madásima, a quien yotengo particular afición por sus buenas partes; porque, fuera de haber sidofermosa, además fue muy prudente y muy sufrida en sus calamidades, que lastuvo muchas; y los consejos y compañía del maestro Elisabat le fue y lefueron de mucho provecho y alivio para poder llevar sus trabajos conprudencia y paciencia. Y de aquí tomó ocasión el vulgo ignorante y malintencionado de decir y pensar que ella era su manceba; y mienten, digootra vez, y mentirán otras docientas, todos los que tal pensaren y dijeren.— Ni yo lo digo ni lo pienso —

respondió Sancho—: allá se lo hayan; con supan se lo coman. Si fueron amancebados, o no, a Dios habrán dado la cuenta.De mis viñas vengo, no sé nada; no soy amigo de saber vidas ajenas; que elque compra y miente, en su bolsa lo siente. Cuanto más, que desnudo nací,desnudo me hallo: ni pierdo ni gano; mas que lo fuesen, ¿qué me va a mí? Ymuchos piensan que hay tocinos y no hay estacas. Mas, ¿quién puede ponerpuertas al campo? Cuanto más, que de Dios dijeron.

— ¡Válame Dios —dijo don Quijote—, y qué de necedades vas, Sancho,ensartando! ¿Qué va de lo que tratamos a los refranes que enhilas? Por tuvida, Sancho, que calles; y de aquí adelante, entremétete en espolear a tuasno, y deja de hacello en lo que no te importa. Y entiende con todos tuscinco sentidos que todo cuanto yo he hecho, hago e hiciere, va muy puestoen razón y muy conforme a las reglas de caballería, que las sé mejor quecuantos caballeros las profesaron en el mundo.

— Señor —respondió Sancho—, y ¿es buena regla de caballería que andemosperdidos por estas montañas, sin senda ni camino, buscando a un loco, elcual, después de hallado, quizá le vendrá en voluntad de acabar lo que dejócomenzado, no de su cuento, sino de la cabeza de vuestra merced y de miscostillas, acabándonoslas de romper de todo punto?

— Calla, te digo otra vez, Sancho —dijo don Quijote—; porque te hago saberque no sólo me trae por estas partes el deseo de hallar al loco, cuanto elque tengo de hacer en ellas una hazaña con que he de ganar perpetuo nombrey fama en todo lo descubierto de la tierra; y será tal, que he de echar conella el sello a todo aquello que puede hacer perfecto y famoso a un andantecaballero.

— Y ¿es de muy gran peligro esa hazaña? —preguntó Sancho Panza.

— No —respondió el de la Triste Figura—, puesto que de tal manera podíacorrer el dado, que echásemos azar en lugar de encuentro; pero todo ha deestar en tu diligencia.

— ¿En mi diligencia? —dijo Sancho.

— Sí —dijo don Quijote—, porque si vuelves presto de adonde pienso enviarte,presto se acabará mi pena y presto comenzará mi gloria. Y, porque no esbien que te tenga más suspenso, esperando en lo que han de parar misrazones, quiero, Sancho, que sepas que el famoso Amadís de Gaula fue uno delos más perfectos caballeros andantes. No he dicho bien fue uno: fue elsolo, el primero, el único, el señor de todos cuantos hubo en su tiempo enel mundo. Mal año y mal mes para don Belianís y para todos aquellos quedijeren que se le igualó en algo, porque se engañan, juro cierto. Digoasimismo que, cuando algún pintor quiere salir famoso en su arte, procuraimitar los originales de los más únicos pintores que sabe; y esta mesmaregla corre por todos los más oficios o ejercicios de cuenta que sirvenpara adorno de las repúblicas. Y así lo ha de hacer y hace el que quierealcanzar nombre de prudente y sufrido, imitando a Ulises, en cuya persona ytrabajos nos pinta Homero un retrato vivo de prudencia y de sufrimiento;como también nos mostró Virgilio, en persona de Eneas, el valor de un hijopiadoso y la sagacidad de un valiente y entendido capitán, no pintándolo nidescubriéndolo como ellos fueron, sino como habían de ser, para quedarejemplo a los venideros hombres de sus virtudes. Desta mesma suerte, Amadísfue el norte, el lucero, el sol de los valientes y enamorados caballeros, aquien debemos de imitar todos aquellos que debajo de la bandera de amor yde la caballería militamos. Siendo, pues, esto ansí, como lo es, hallo yo,Sancho amigo, que el caballero andante que más le imitare estará más cercade alcanzar la perfeción de la caballería. Y una de las cosas en que máseste caballero mostró su prudencia, valor, valentía, sufrimiento, firmeza yamor, fue cuando se retiró, desdeñado de la señora Oriana, a hacerpenitencia en la Peña Pobre, mudado su nombre en el de Beltenebros, nombre,por cierto, significativo y proprio para la vida que él de su voluntadhabía escogido. Ansí que, me es a mí más fácil imitarle en esto que no enhender gigantes, descabezar serpientes, matar endriagos, desbaratarejércitos, fracasar armadas y deshacer encantamentos. Y, pues estos lugaresson tan acomodados para semejantes efectos, no hay para qué se deje pasarla ocasión, que ahora con tanta comodidad me ofrece sus guedejas.

— En efecto —dijo Sancho—, ¿qué es lo que vuestra merced quiere hacer eneste tan remoto lugar?

— ¿Ya no te he dicho —respondió don Quijote— que quiero imitar a Amadís,haciendo aquí del desesperado, del sandio y del furioso, por imitarjuntamente al valiente don Roldán, cuando halló en una fuente las señalesde que Angélica la Bella había cometido vileza con Medoro, de cuyapesadumbre se volvió loco y arrancó los árboles, enturbió las aguas de lasclaras fuentes, mató pastores, destruyó ganados, abrasó chozas, derribócasas, arrastró yeguas y hizo otras cien mil insolencias, dignas de eternonombre y escritura? Y, puesto que yo no pienso imitar a Roldán, o Orlando,o Rotolando (que todos estos tres nombres tenía), parte por parte en todaslas locuras que hizo, dijo y pensó, haré el bosquejo, como mejor pudiere,en las que me pareciere ser más esenciales. Y podrá ser que viniese acontentarme con sola la imitación de Amadís, que sin hacer locuras de daño,sino de lloros y sentimientos, alcanzó tanta fama como el que más.— Paréceme a mí —dijo Sancho— que los caballeros que lo tal ficieron fueronprovocados y tuvieron causa para hacer esas necedades y penitencias, perovuestra merced, ¿qué causa tiene para volverse loco? ¿Qué dama le hadesdeñado, o qué señales ha hallado que le den a entender que la señoraDulcinea del Toboso ha hecho alguna niñería con moro o cristiano?

— Ahí esta el punto —respondió don Quijote— y ésa es la fineza de minegocio; que volverse loco un caballero andante con causa, ni grado nigracias: el toque está desatinar sin ocasión y dar a entender a mi dama quesi en seco hago esto, ¿qué hiciera en mojado? Cuanto más, que harta ocasióntengo en la larga ausencia que he hecho de la siempre señora mía Dulcineadel Toboso; que, como ya oíste decir a aquel pastor de marras, Ambrosio:quien está ausente todos los males tiene y teme. Así que, Sancho amigo, nogastes tiempo en aconsejarme que deje tan rara, tan felice y tan no vistaimitación. Loco soy, loco he de ser hasta tanto que tú vuelvas con larespuesta de una carta que contigo pienso enviar a mi señora Dulcinea; y sifuere tal cual a mi fe se le debe, acabarse ha mi sandez y mi penitencia; ysi fuere al contrario, seré loco de veras, y, siéndolo, no sentiré nada.Ansí que, de cualquiera manera que responda, saldré del conflito y trabajoen que me dejares, gozando el bien que me trujeres, por cuerdo, o nosintiendo el mal que me aportares, por loco. Pero dime, Sancho, ¿traes bienguardado el yelmo de Mambrino?; que ya vi que le alzaste del suelo cuandoaquel desagradecido le quiso hacer pedazos. Pero no pudo, donde se puedeechar de ver la fineza de su temple.

A lo cual respondió Sancho:

— Vive Dios, señor Caballero de la Triste Figura, que no puedo sufrir nillevar en paciencia algunas cosas que vuestra merced dice, y que por ellasvengo a imaginar que todo cuanto me dice de caballerías y de alcanzarreinos e imperios, de dar ínsulas y de hacer otras mercedes y grandezas,como es uso de caballeros andantes, que todo debe de ser cosa de viento ymentira, y todo pastraña, o patraña, o como lo llamáremos. Porque quienoyere decir a vuestra merced que una bacía de barbero es el yelmo deMambrino, y que no salga de este error en más de cuatro días, ¿qué ha depensar, sino que quien tal dice y afirma debe de tener güero el juicio? Labacía yo la llevo en el costal, toda abollada, y llévola para aderezarla enmi casa y hacerme la barba en ella, si Dios me diere tanta gracia que algúndía me vea con mi mujer y hijos.

— Mira, Sancho, por el mismo que denantes juraste, te juro —dijo donQuijote— que tienes el más corto entendimiento que tiene ni tuvo escuderoen el mundo. ¿Que es posible que en cuanto ha que andas conmigo no hasechado de ver que todas las cosas de los caballeros andantes parecenquimeras, necedades y desatinos, y que son todas hechas al revés? Y noporque sea ello ansí, sino porque andan entre nosotros siempre una catervade encantadores que todas nuestras cosas mudan y truecan y les vuelvensegún su gusto, y según tienen la gana de favorecernos o destruirnos; yasí, eso que a ti te parece bacía de barbero, me parece a mí el yelmo deMambrino, y a otro le parecerá otra cosa. Y fue rara providencia del sabioque es de mi parte hacer que parezca bacía a todos lo que real yverdaderamente es yelmo de Mambrino, a causa que, siendo él de tantaestima, todo el mundo me perseguirá por quitármele; pero, como ven que noes más de un bacín de barbero, no se curan de procuralle, como se mostróbien en el que quiso rompelle y le dejó en el suelo sin llevarle; que a feque si le conociera, que nunca él le dejara. Guárdale, amigo, que por ahorano le he menester; que antes me tengo de quitar todas estas armas y quedardesnudo como cuando nací, si es que me da en voluntad de seguir en mipenitencia más a Roldán que a Amadís.

Llegaron, en estas pláticas, al pie de una alta montaña que, casi comopeñón tajado, estaba sola entre otras muchas que la rodeaban. Corría por sufalda un manso arroyuelo, y hacíase por toda su redondez un prado tan verdey vicioso, que daba contento a los ojos que le miraban. Había por allímuchos árboles silvestres y algunas plantas y flores, que hacían el lugarapacible. Este sitio escogió el Caballero de la Triste Figura para hacer supenitencia; y así, en viéndole, comenzó a decir en voz alta, como siestuviera sin juicio:

— Éste es el lugar, ¡oh cielos!, que diputo y escojo para llorar ladesventura en que vosotros mesmos me habéis puesto. Éste es el sitio dondeel humor de mis ojos acrecentará las aguas deste pequeño arroyo, y miscontinos y profundos sospiros moverán a la contina las hojas destosmontaraces árboles, en testimonio y señal de la pena que mi asendereadocorazón padece.

¡Oh vosotros, quienquiera que seáis, rústicos dioses que eneste inhabitable lugar tenéis vuestra morada, oíd las quejas destedesdichado amante, a quien una luenga ausencia y unos imaginados celos hantraído a lamentarse entre estas asperezas, y a quejarse de la duracondición de aquella ingrata y bella, término y fin de toda humanahermosura! ¡Oh vosotras, napeas y dríadas, que tenéis por costumbre dehabitar en las espesuras de los montes, así los ligeros y lascivos sátiros,de quien sois, aunque en vano, amadas, no perturben jamás vuestro dulcesosiego, que me ayudéis a lamentar mi desventura, o, a lo menos, no oscanséis de oílla! ¡Oh Dulcinea del Toboso, día de mi noche, gloria de mipena, norte de mis caminos, estrella de mi ventura, así el cielo te la débuena en cuanto acertares a pedirle, que consideres el lugar y el estado aque tu ausencia me ha conducido, y que con buen término correspondas al quea mi fe se le debe! ¡Oh solitarios árboles, que desde hoy en adelantehabéis de hacer compañía a mi soledad, dad indicio, con el blandomovimiento de vuestras ramas, que no os desagrade mi presencia! ¡Oh tú,escudero mío, agradable compañero en más prósperos y adversos sucesos, tomabien en la memoria lo que aquí me verás hacer, para que lo cuentes yrecetes a la causa total de todo ello!

Y, diciendo esto, se apeó de Rocinante, y en un momento le quitó el freno yla silla; y, dándole una palmada en las ancas, le dijo:

— Libertad te da el que sin ella queda, ¡oh caballo tan estremado por tusobras cuan desdichado por tu suerte! Vete por do quisieres, que en lafrente llevas escrito que no te igualó en ligereza el Hipogrifo de Astolfo,ni el nombrado Frontino, que tan caro le costó a Bradamante.

Viendo esto Sancho, dijo:

— Bien haya quien nos quitó ahora del trabajo de desenalbardar al rucio; quea fe que no faltaran palmadicas que dalle, ni cosas que decille en sualabanza; pero si él aquí estuviera, no consintiera yo que nadie ledesalbardara, pues no había para qué, que a él no le tocaban las generalesde enamorado ni de desesperado, pues no lo estaba su amo, que era yo,cuando Dios quería. Y en verdad, señor Caballero de la Triste Figura, quesi es que mi partida y su locura de vuestra merced va de veras, que serábien tornar a ensillar a Rocinante, para que supla la falta del rucio,porque será ahorrar tiempo a mi ida y vuelta; que si la hago a pie, no sécuándo llegaré ni cuándo volveré, porque, en resolución, soy mal caminante.— Digo, Sancho —respondió don Quijote—, que sea como tú quisieres, que no meparece mal tu designio; y digo que de aquí a tres días te partirás, porquequiero que en este tiempo veas lo que por ella hago y digo, para que se lodigas.

— Pues, ¿qué más tengo de ver —dijo Sancho— que lo que he visto?

— ¡Bien estás en el cuento! —respondió don Quijote—. Ahora me falta rasgarlas vestiduras, esparcir las armas y darme de calabazadas por estas peñas,con otras cosas deste jaez que te han de admirar.

— Por amor de Dios —dijo Sancho—, que mire vuestra merced cómo se da esascalabazadas; que a tal peña podrá llegar, y en tal punto, que con laprimera se acabase la máquina desta penitencia; y sería yo de parecer que,ya que vuestra merced le parece que son aquí necesarias calabazadas y queno se puede hacer esta obra sin ellas, se contentase, pues todo esto esfingido y cosa contrahecha y de burla, se contentase, digo, con dárselas enel agua, o en alguna cosa blanda, como algodón; y déjeme a mí el cargo, queyo diré a mi señora que vuestra merced se las daba en una punta de peña másdura que la de un diamante.

— Yo agradezco tu buena intención, amigo Sancho —respondió don Quijote—, masquiérote hacer sabidor de que todas estas cosas que hago no son de burlas,sino muy de veras; porque de otra manera, sería contravenir a las órdenesde caballería, que nos mandan que no digamos mentira alguna, pena derelasos, y el hacer una cosa por otra lo mesmo es que mentir. Ansí que, miscalabazadas han de ser verdaderas, firmes y valederas, sin que lleven nadadel sofístico ni del fantástico. Y será necesario que me dejes algunashilas para curarme, pues que la ventura quiso que nos faltase el bálsamoque perdimos.

— Más fue perder el asno —respondió Sancho—, pues se perdieron en él lashilas y todo. Y

ruégole a vuestra merced que no se acuerde más de aquelmaldito brebaje; que en sólo oírle mentar se me revuelve el alma, no que elestómago. Y más le ruego: que haga cuenta que son ya pasados los tres díasque me ha dado de término para ver las locuras que hace, que ya las doy porvistas y por pasadas en cosa juzgada, y diré maravillas a mi señora; yescriba la carta y despácheme luego, porque tengo gran deseo de volver asacar a vuestra merced deste purgatorio donde le dejo.

— ¿Purgatorio le llamas, Sancho? —dijo don Quijote—. Mejor hicieras dellamarle infierno, y aun peor, si hay otra cosa que lo sea.

— Quien ha infierno —respondió Sancho—, nula es retencio, según he oídodecir.

— No entiendo qué quiere decir retencio —dijo don Quijote.

— Retencio es —respondió Sancho— que quien está en el infierno nunca saledél, ni puede. Lo cual será al revés en vuestra merced, o a mí me andaránmal los pies, si es que llevo espuelas para avivar a Rocinante; y póngameyo una por una en el Toboso, y delante de mi señora Dulcinea, que yo lediré tales cosas de las necedades y locuras, que todo es uno, que vuestramerced ha hecho y queda haciendo, que la venga a poner más blanda que unguante, aunque la halle más dura que un alcornoque; con cuya respuestadulce y melificada volveré por los aires, como brujo, y sacaré a vuestramerced deste purgatorio, que parece infierno y no lo es, pues hay esperanzade salir dél, la cual, como tengo dicho, no la tienen de salir los queestán en el infierno, ni creo que vuestra merced dirá otra cosa.

— Así es la verdad —dijo el de la Triste Figura—; pero, ¿qué haremos paraescribir la carta?

— Y la libranza pollinesca también —añadió Sancho.

— Todo irá inserto —dijo don Quijote—; y sería bueno, ya que no hay papel,que la escribiésemos, como hacían los antiguos, en hojas de árboles, o enunas tablitas de cera; aunque tan dificultoso será hallarse eso ahora comoel papel. Mas ya me ha venido a la memoria dónde será bien, y aun más quebien, escribilla: que es en el librillo de memoria que fue de Cardenio; ytú tendrás cuidado de hacerla trasladar en papel, de buena letra, en elprimer lugar que hallares, donde haya maestro de escuela de muchachos, o sino, cualquiera sacristán te la trasladará; y no se la des a trasladar aningún escribano, que hacen letra procesada, que no la entenderá Satanás.— Pues, ¿qué se ha de hacer de la firma? —dijo Sancho.

— Nunca las cartas de Amadís se firman —respondió don Quijote.

— Está bien —respondió Sancho—, pero la libranza forzosamente se ha defirmar, y ésa, si se traslada, dirán que la firma es falsa y quedaréme sinpollinos.

— La libranza irá en el mesmo librillo firmada; que, en viéndola, mi sobrinano pondrá dificultad en cumplilla. Y, en lo que toca a la carta de amores,pondrás por firma: "Vuestro hasta la muerte, el Caballero de la TristeFigura". Y hará poco al caso que vaya de mano ajena, porque, a lo que yo mesé acordar, Dulcinea no sabe escribir ni leer, y en toda su vida ha vistoletra mía ni carta mía, porque mis amores y los suyos han sido siempreplatónicos, sin estenderse a más que a un honesto mirar. Y aun esto tan decuando en cuando, que osaré jurar con verdad que en doce años que ha que laquiero más que a la lumbre destos ojos que han de comer la tierra, no la hevisto cuatro veces; y aun podrá ser que destas cuatro veces no hubiese ellaechado de ver la una que la miraba: tal es el recato y encerramiento conque sus padres, Lorenzo Corchuelo, y su madre, Aldonza Nogales, la hancriado.

— ¡Ta, ta! —dijo Sancho—. ¿Que la hija de Lorenzo Corchuelo es la señoraDulcinea del Toboso, llamada por otro nombre Aldonza Lorenzo?

— Ésa es —dijo don Quijote—, y es la que merece ser señora de todo eluniverso.

— Bien la conozco —dijo Sancho—, y sé decir que tira tan bien una barra comoel más forzudo zagal de todo el pueblo. ¡Vive el Dador, que es moza dechapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba dellodo a cualquier caballero andante, o por andar, que la tuviere por señora!¡Oh hideputa, qué rejo que tiene, y qué voz! Sé decir que se puso un díaencima del campanario del aldea a llamar unos zagales suyos que andaban enun barbecho de su padre, y, aunque estaban de allí más de media legua, asíla oyeron como si estuvieran al pie de la torre. Y lo mejor que tiene esque no es nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana: con todos seburla y de todo hace mueca y donaire. Ahora digo, señor Caballero de laTriste Figura, que no solamente puede y debe vuestra merced hacer locuraspor ella, sino que, con justo título, puede desesperarse y ahorcarse; quenadie habrá que lo sepa que no diga que hizo demasiado de bien, puesto quele lleve el diablo. Y querría ya verme en camino, sólo por vella; que hamuchos días que no la veo, y debe de estar ya trocada, porque gasta muchola faz de las mujeres andar siempre al campo, al sol y al aire. Y confiesoa vuestra merced una verdad, señor don Quijote: que hasta aquí he estado enuna grande ignorancia; que pensaba bien y fielmente que la señora Dulcineadebía de ser alguna princesa de quien vuestra merced estaba enamorado, oalguna persona tal, que mereciese los ricos presentes que vuestra merced leha enviado: así el del vizcaíno como el de los galeotes, y otros muchos quedeben ser, según deben de ser muchas las vitorias que vuestra merced haganado y ganó en el tiempo que yo aún no era su escudero. Pero, bienconsiderado, ¿qué se le ha de dar a la señora Aldonza Lorenzo, digo, a laseñora Dulcinea del Toboso, de que se le vayan a hincar de rodillas delantedella los vencidos que vuestra merced le envía y ha de enviar? Porquepodría ser que, al tiempo que ellos llegasen, estuviese ella rastrillandolino, o trillando en las eras, y ellos se corriesen de verla, y ella seriese y enfadase del presente.

— Ya te tengo dicho antes de agora muchas veces, Sancho —dijo don Quijote—,que eres muy grande hablador, y que, aunque de ingenio boto, muchas vecesdespuntas de agudo. Mas, para que veas cuán necio eres tú y cuán discretosoy yo, quiero que me oyas un breve cuento. «Has de saber que una viudahermosa, moza, libre y rica, y, sobre todo, desenfadada, se enamoró de unmozo motilón, rollizo y de buen tomo. Alcanzólo a saber su mayor, y un díadijo a la buena viuda, por vía de fraternal reprehensión: ''Maravilladoestoy, señora, y no sin mucha causa, de que una mujer tan principal, tanhermosa y tan rica como vuestra merced, se haya enamorado de un hombre tansoez, tan bajo y tan idiota como fulano, habiendo en esta casa tantosmaestros, tantos presentados y tantos teólogos, en quien vuestra mercedpudiera escoger como entre peras, y decir:

"Éste quiero, aquéste noquiero"''. Mas ella le respondió, con mucho donaire y desenvoltura:''Vuestra merced, señor mío, está muy engañado, y piensa muy a lo antiguosi piensa que yo he escogido mal en fulano, por idiota que le parece, pues,para lo que yo le quiero, tanta filosofía sabe, y más, que Aristóteles''».Así que, Sancho, por lo que yo quiero a Dulcinea del Toboso, tanto valecomo la más alta princesa de la tierra. Sí, que no todos los poetas quealaban damas, debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, esverdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amariles, las Filis, lasSilvias, las Dianas, las Galateas, las Alidas y otras tales de que loslibros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de lascomedias, están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y deaquéllos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las más selas fingen, por dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamoradosy por hombres que tienen valor para serlo. Y así, bástame a mí pensar ycreer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta; y en lo dellinaje importa poco, que no han de ir a hacer la información dél para darlealgún hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo.Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan aamar más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama; y estas doscosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa ningunale iguala, y en la buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo,yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada; ypíntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en laprincipalidad, y ni la llega Elena, ni la alcanza Lucrecia, ni otra algunade las famosas mujeres de las edades pretéritas, griega, bárbara o latina.Y diga cada uno lo que quisiere; que si por esto fuere reprehendido de losignorantes, no seré castigado de los rigurosos.

— Digo que en todo tiene vuestra merced razón —respondió Sancho—, y que yosoy un asno.

Mas no sé yo para qué nombro asno en mi boca, pues no se ha dementar la soga en casa del ahorcado. Pero venga la carta, y a Dios, que memudo.

Sacó el libro de memoria don Quijote, y, apartándose a una parte, con muchososiego comenzó a escribir la carta; y, en acabándola, llamó a Sancho y ledijo que se la quería leer, porque la tomase de memoria, si acaso se leperdiese por el camino, porque de su desdicha todo se podía temer. A locual respondió Sancho:

— Escríbala vuestra merced dos o tres veces ahí en el libro y démele, que yole llevaré bien guardado, porque pensar que yo la he de tomar en la memoriaes disparate: que la tengo tan mala que muchas veces se me olvida cómo mellamo. Pero, con todo eso, dígamela vuestra merced, que me holgaré mucho deoílla, que debe de ir como de molde.

— Escucha, que así dice —dijo don Quijote:

Carta de don Quijote a Dulcinea del Toboso

Soberana y alta señora:

El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón,dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tufermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son enmi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme enesta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escuderoSancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, delmodo que por tu causa quedo. Si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no,haz lo que te viniere en gusto; que, con acabar mi vida, habré satisfecho atu crueldad y a mi deseo.

Tuyo hasta la muerte,

El Caballero de la Triste Figura.

— Por vida de mi padre —dijo Sancho en oyendo la carta—, que es la más altacosa que jamás he oído. ¡Pesia a mí, y cómo que le dice vuestra merced ahítodo cuanto quiere, y qué bien que encaja en la firma El Caballero de laTriste Figura! Digo de verdad que es vuestra merced el mesmo diablo, y queno haya cosa que no sepa.

— Todo es menester —respondió don Quijote— para el oficio que trayo.— Ea, pues —dijo Sancho—, ponga vuestra merced en esotra vuelta la cédula delos tres pollinos y fírmela con mucha claridad, porque la conozcan enviéndola.