Cuentos y Diálogos by Juan Valera - HTML preview

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Su cabellera le caía en bucles perfumados sobre la espalda, y la barbaformaba menudísimos rizos, artística y simétricamente ordenados. Suvestido y su persona despedían delicada fragancia. A pesar de miseveridad, no pude menos de admirarme de la finura del Rey Nanar, yconfesé, allá en mis adentros, que era la persona más comm'il faut quehabía yo tratado en mi vida.

El Rey me alojó en su alcázar, me dio fiestas espléndidas, y me distrajode tal suerte que casi me hizo olvidar el objeto de mi misión. Yateníamos un concierto, ya un baile, ya una cena por el estilo de la quedio Baltasar muchos años después. Yo no me atrevía a preguntar al Reyqué había hecho de Parsondes. Yo no comprendía que un señor tanexcelente, que agasajaba y regalaba a los huéspedes con aquellaelegancia y cortesanía, hubiese dado muerte o tuviese en duro cautiverioa mi querido maestro.

Por último, una noche me armé de toda mi austeridad y resolución, y dijea Nanar, en nombre del Rey mi amo, que en el momento mismo iba a decirdónde estaba el virtuoso Parsondes, si no quería perder el reino y lavida. Nanar, en vez de contestarme, hizo venir al punto a todas lasbayaderas y cantatrices que había en el alcázar: se entiende que fueradel recinto, harén o como quiera llamarse, reservado a sus mujeres. Lastales sacerdotisas de Milita pasaban de novecientas, y eran de lo másbello y habilidoso que a duras penas pudiera encontrarse en toda elAsia. Las muchachas llegaron bailando, cantando y tocando flautas,crótalos y salterios, que era cosa de gusto el verlas y el oírlas. Yo mequedé absorto. Nanar me dijo, y aquí fue mayor mi estupefacción:

—Ahí tienes al santo Parsondes en medio de esas mujeres. Parsondes,ven acá y saluda a tu antiguo discípulo.

Salió entonces del centro de aquella turba femenina uno que, a no serpor la barba, hubiera podido confundirse con las mujeres. Traía pintadaslas cejas de negro, de azul los párpados, a fin de que brillasen más losojos, y las mejillas cubiertas de colorete. Estaba todo perfumado, sutraje era casi tan rico como el del Rey, su andar afeminado y lánguido;de sus orejas pendían zarcillos primorosos; de su garganta un collar deperlas; ceñía su frente una guirnalda de flores. Era el mismo Parsondes,que me echó los brazos al cuello.

—Yo soy, me dijo, muy otro del que antes era. Vuélvete, si quieres, aSusa, pero no digas que vivo aún, para que no se escandalicen los magos,y para que sigan teniendo un ejemplo reciente de santidad a querecurrir. Nanar se vengó de mi ruda y desaliñada virtud haciéndomeprisionero y mandando que me enjabonasen y fregasen con un estropajo.Después

han

seguido

lavándome

y

perfumándome dos veces al día,regalándome a pedir de boca, y obligándome a estar en compañía de todasestas alegres señoritas, donde he acabado por olvidarme de Zoroastro yde mis austeras predicaciones, y por convencerme de que en esta vida seha de procurar pasarlo lo mejor posible, sin ocuparse en la vida de losotros.

Cuidados agenos matan al asno, y nadie lo es más que quien semezcla en censurar los vicios de los otros, cuando sólo le ha faltado laocasión para caer en ellos, o cuando, si en ellos no ha caído, se lodebe a su ignorancia, mal gusto y rustiqueza.

Las manos me puse en los oídos para no oír semejantes blasfemias en bocade aquel sabio admirable. Desesperado y rabioso estaba yo de verleconvertido en bon vivant, con sus puntas y collar de bribóndesvergonzado; mas para evitar habladurías escandalosas, determinéaconsejar al colegio de los magos que siguiese sosteniendo que Parsondeshabía subido al empíreo, y que siguiese venerando su imagen, sindescubrir nunca, antes negando rotundamente, que Parsondes vivía con lasbailarinas de Babilonia, en el alcázar de Nanar.

En esto desperté de mi sueño y me volví a encontrar en mi pobre casitade esta corte.

—Creo, añadía nuestro amigo al terminar su cuento, que con menosriqueza y a menos costa pueden los Nanares del día seducir a losParsondes que zahieren su inmoralidad y sus vicios, movidos, no de lacaridad, sino de la envidia.

Los que no estén seguros de la propiavirtud y entereza de ánimo han de ser, pues, más indulgentes con losNanares.

¡Desdichado aquel que hace alarde de virtud sin tenerlaprobadísima!

¡Dichoso aquel que la practica y calla!

EL BERMEJINO PREHISTÓRICO

O LAS SALAMANDRAS AZULES

I

Siempre he sido aficionado a las ciencias. Cuando mozo, tenía yo otrasmil aficiones; pero como ya soy viejo, la afición científica prevalece ytriunfa en mi alma. Por desgracia o por fortuna me sucede algo de muysingular.

Las ciencias me gustan en razón inversa delas verdades que vandemostrando con exactitud. Así es que apenas me interesan las cienciasexactas, y las inexactas me enamoran.

De aquí mi inclinación a lafilosofía.

No es la verdad lo que me seduce, sino el esfuerzo de discurso, desutileza y de imaginación que se emplea en descubrir la verdad, aunqueno se descubra. Una vez la verdad descubierta, bien demostrada ypatente, suele dejarme frío. Así, un mancebo galante, cuando va por lacalle en pos de una mujer, cuyo andar airoso y cuyo talle leentusiasman, y luego se adelanta, la mira el rostro, y ve que es vieja,o tuerta, o tiene hocico de mona.

El hombre además sería un mueble si conociera la verdad, aunque laverdad fuese bonita. Se aquietarla en su posesión y goce y se volveríatonto. Mejores, pues, que sepamos pocas cosas. Lo que importa es saberlo bastante para que aparezca o se columbre el misterio, y nunca lobastante para que se explique o se aclare. De esta suerte se excita lacuriosidad, se aviva la fantasía y se inventan teorías, dogmas y otrasingeniosidades, que nos entretienen y consuelan durante nuestraexistencia terrestre; de todo lo cual careceríamos, siendo mil veces másinfelices, si de puro rudos no se nos presentase el misterio, o si depuro hábiles llegásemos a desentrañar su hondo y verdadero significado.

Entre estas ciencias inexactas, que tanto me deleitan, hay una, muy enmoda ahora, que es objeto de mi predilección.

Hablo de la prehistoria.

Yo, sin saber si hago bien, divido en dos partes esta ciencia. Una, queme atrevería a llamar prehistoria geológica, está fundada en eldescubrimiento de calaveras, canillas, flechas y lanzas, pucheretes yotros cacharros, que suponen los sabios que son de una edad remotísima,que llaman de piedra. Esta prehistoria me divierte menos, y tiene, a miver muchísimos menos lances que oirá prehistoria que llamaremosfilológica, fundada en el estudio de los primitivos idiomas y en losdocumentos que en ellos se conservan escritos. Esta es la prehistoriaque a mí me hace más gracia.

¡Qué variedad de opiniones! ¡Qué agudas conjeturas!

¡Con qué arte sedisponen y ordenan los hechos conocidos para que se adapten al sistemaque forja cada sabio! Ya toda la civilización nace de Egipto; ya de losacadies en el centro del Asia; ya viene de la India; ya de un continenteque llaman Lemuria, hundido en el seno del mar, al Sur, entre África yAsia; ya de otro continente, que hubo entre Europa y América, y que sellamó la Atlántida.

Sobre el idioma primitivo, así como sobre la primitiva civilización, sesigue disputando. Hasta se disputa sobre si fue uno o fueron varios losidiomas: esto es, sobre si los hombres empezaron a dispersarse por elmundo alalos, o digamos, sin habla aún, y en manadas, y luego fueroninventando diversos idiomas en diversos puntos, o sobre si antes de ladispersión hablaban ya todos una sola lengua.

Mi prurito de curiosear me induce a leer cuantos libros nuevos vansaliendo sobre esta materia, que no son pocos; y mientras másdesatinados son, miradas las cosas por el vulgo de los timoratos, más medivierten los tales libros.

En estos últimos días los libros que he leído van en contra de losarios, de los egipcios, de los semitas y de otras naciones y castas, queantes pasaban por las civilizadoras en grado superior. Si los librosantiguos han sostenido que la civilización, como la luz solar, sedifundió de Oriente hacia Occidente, estos nuevos libros afirman que sedifundió en sentido inverso, de Occidente hacia Oriente. Todo el saberde los magos de Irán y de Caldea, de los brahmanes de las orillas delGanges, de los sacerdotes de Isis y Osiris, de los iniciados enSamotracia y de los pueblos de Fenicia y Frigia, no vale un pito,comparado al saber de ciertos galos primitivos, cuyo centro de luzestuvo en un París prehistórico.

Los galos y sus bardos y druidas, poetas y sacerdotes, lo enseñarontodo; pero su misma, ciencia era ya reflejo confuso y recuerdo nocompleto de la ciencia que poseyeron, en el centro del país fértil yhermoso que hoy se llama Francia, antes de la venida de los celtas,otros hombres más primitivos y excelentes que llamaremos hiperbóreos oprotoscitas.

Pero ¿qué lengua hablaban estos protoscitas o hiperbóreos, cuyo centro yfoco civilizador fue un París de hace seis o siete mil años lo menos?Hablaban la lengua euskara,

vulgo

vascuence.

¿De

dónde

habían

venido?Habían venido de la Atlántida, que se hundió. ¿Qué conocimientos tenían?Tenían todos los conocimientos que hoy poseemos y muchos más que se hanofuscado por medio de fábulas y de otras niñerías. Así, pues, losarimaspes, que tenían un ojo solo y miraban al cielo, eran losastrónomos de entonces, que ya conocían el telescopio; y la flecha enque Abaris iba cabalgando de un extremo a otro de la tierra, era elglobo aerostático o un artificio para volar con dirección y brújula,etc., etc., etc. Ya se entiende que la época de los arimaspes y la deAbaris son de decadencia para la civilización hiperbórea.

Confieso que todo este sistema me encantó. No es mi propósito exponerleaquí. Paso volando sobre él y voy a mi asunto.

Digo, no obstante, que me encantó por dos razones. Es la primera lomucho que Francia me agrada. ¿Cuanto más natural es que el germen de lacivilización europea haya nacido y florecido, desde antiguo, en aquelferaz y riquísimo jardín, en aquel suelo privilegiado, que no en laMesopotamia o en las orillas del Nilo? Y es la segunda razón, la de quetengo amigos guipuzcoanos, que habrán de alegrarse mucho, si se pruebabien que su lengua y su casta fueron el instrumento de que se valió laProvidencia para acabar con la barbarie, iluminar el mundo y adoctrinara las demás naciones.

¡Cuánto se holgará de esto, si vive aún, como deseo, mi docto y queridoamigo D. Joaquín de Irizar y Moya, que ha escrito obras tan notablessobre la lengua vascuence, echando la zancadilla a los Erros,Larramendis y Astarloas!

Algo aprovechará él de las flamantesinvenciones para dar más vigor a su sistema, arreglándole de suerte quese ajuste y cuadre con la más perfecta ortodoxia católica.

Sea como sea, para mí es evidente que antes de que penetraran en Españalos celtas, los fenicios, los griegos y otras gentes, hubo en España unpueblo civilizado, que llamaremos los iberos. Este pueblo se extendíapor toda nuestra península, y aun tenía colonias en Cerdeña, en Italia yen otras partes, como Guillermo Humbolt lo ha demostrado. Eran vascos yhablaban la lengua euskara. La nación y estado más culto e ilustreentre ellos fue la república de los turdetanos, quienes, segúntestimonio de Estrabon, tuvieron letras y leyes y lindos poemas enverso, que contaban seis mil años de antigüedad. Ahora bien, losalfabetos celtibérico y turdetano, que ha reconstruido y publica donLuis José Velázquez, son muy modernos en comparación de la fechaanteriormente citada. Dichos alfabetos son un trasunto del fenicio o delgriego, y debe suponerse, por lo tanto, que antes de la venida a Españade griegos y de fenicios, los turdetanos tuvieron alfabeto propio, conel cual escribieron sus poemas y demás obras.

A mi ver, el Sr. D. Manuel de Góngora y Martinez ha tenido la gloria dedescubrir este alfabeto. Véanse las inscripciones que Osiris en sus Antigüedades prehistóricas de Andalucía, de la Cueva de los letreros y de otras cuevas y escondites, algunos de los cuales se hallan cercadel lugar de Villabermeja, lugar que yo he tratado de hacer famoso, asícomo a su más conspicuo habitante el Sr. D. Juan Fresco.

A corta distancia de Villabermeja hay un sitio, que apellidan elLaderon, donde cada día se descubren vestigios y reliquias de unaantiquísima y floreciente ciudad.

El erudito y sagaz anticuario D. Aureliano Fernandez Guerra prueba queallí estuvo Favencia, en tiempo de los romanos, ciudad que desde épocamuy anterior se llamaba Vesci.

Don Juan Fresco, excitada su curiosidad y estimulada su actividadinfatigable, desde que el Sr. Góngora, publicando en 1868 sus Antigüedades, le puso sobre la pista, se ha dado a buscar letreros en Cuevas escritas y en otros monumentos que hay cerca de Vesci, y los hahallado y reunido en mucha copia.

Emulo de Champollion Figeac, Anquetil Duperron, Burnouf, Grotefend,Oppert y Lassen, mi referido amigo D.

Juan Fresco cree haber descifradoestos garrapatos ibéricos primitivos, como aquellos otros sabios, loshieroglíficos, la escritura cuneiforme y demás reconditeces.

Yo no intento abogar aquí por el descubrimiento de mi tocayo y paisano ydemostrar que es evidente. Esto ya lo hará él en su día. Yo voy alimitarme a referir una historia que Don Juan Fresco dice haber leído enciertas inscripciones semejantes a las de la Cueva de los letreros.Entendidas las letras, parece que lo demás es llano, pues el idiomaibero primitivo es casi el vascuence de ahora.

Me pesa de no dar aquí la traducción exacta del texto original. DonJuan Fresco no ha querido comunicármela.

Haré, pues, la narración conlas pausas, explicaciones y comentarios intercalados que él la ha hecho.De otro modo no se comprendería.

La historia es relativamente moderna; pues, según mi amigo, todavía hande descubrirse leyendas e historias en lengua proto-ibérica, másantiguas y venerables que el poema egipcio de Pentaur sobre una hazañade Sesóstris o Ransés II, y que los poemas hallados por nuestro conocidoel diplomático Sr. Layard en la biblioteca de Asurbanipal en Nínive:poemas ya arcaicos ocho siglos antes de Cristo, y traducidos los más dela lengua sagrada de los acadies, entonces tan muerta como el latínahora entre nosotros.

Y esto no debe maravillarnos, porque según Roisel, en Los Atlantes,toda cultura viene de éstos, antes de que la hubiera en Caldea, enAsiria, en Egipto o en punto alguno de Oriente.

Es una lástima que no tengamos aún documentos del siglo de oro o de lossiglos de oro de la literatura atlántica parisina, de hará unos ocho milaños, ni de la emanación bética de aquella cultura, implantada a orillasdel Guadalquivir por los turdetanos.

El documento hallado, descifrado, explicado y comentado por Don JuanFresco es de época relativamente fresca: como si dijéramos de ayer demañana. Ya la cultura ibérica indígena había decaído, y España se veíallena de colonias fenicias y aun griegas. Los de Zazinto habían yafundado a Sagunto, y hacía más de un siglo que habían fundado los tiriosa Málaga, Abdera, Hispalis y Gades. Era por los años de 1000, antes denuestra era vulgar, sobre poco más o menos.

II

Vesci era una ciudad importante de la confederación de los túrdulos. Enel tiempo a que nos referimos, los vescianos tenían ya la misma calidadque a sus descendientes del día les ha valido el dictado de bermejinos:casi todos eran rubios como unas candelas.

Descollaba entre todos, asípor lo rubio como por lo buen mozo y gallardo, el elegante y noblemancebo Mutileder.

Disparaba la honda con habilidad extraordinaria ymataba a pedradas los aviones que pasaban volando; montaba bien acaballo; guiaba como pocos un carro de guerra; sabía de memoria losmejores versos turdetanos y los componía también muy regulares; con ungarrote en la poderosa diestra era un hombre tremendo; con las mujeresera más dulce que una arropía y más sin hiel que una paloma; corríacomo un gamo; luchaba a brazo partido como los osos, y poseía otramultitud de prendas que le hacían recomendable. Casi se puede asegurarque su único defecto era el de ser pobre.

Mutileder, huérfano de padre y madre, no tenía predios urbanos nirústicos, vivía como de caridad en casa de unos tíos suyos, y en Vescino sabía en qué emplearse para ganarse la vida. Era un señor, comovulgarmente se dice, sin oficio ni beneficio.

Frisaba ya en los veinticuatro años, y harto de aquella vida, y ansiandover mundo, pidió la bendición a sus tíos, quienes se la dieronacompañada de algún dinero, y tomando además armas y caballo, salió deVesci a buscar aventuras y modo de mejorar de condición.

Como Mutileder tenía tan hermosa presencia, y era además simpático yalegre, por todas partes iba agradando mucho. Los sugetos de suposicióny campanillas le convidaban a bailes y fiestas, y las damas másgraciosas y encopetadas le ponían ojos amorosos; pero él era bueno,pudibundo e inocentón, y nada útil sacaba de todo esto. El dinero que ledieron sus tíos se iba consumiendo, y no acudía nuevo dinero areemplazarle.

Así, deteniéndose en diferentes poblaciones, como, por ejemplo, enIgábron; pasando luego el Síngilis, hoy Genil; entrando en la tierra delos turdetanos, y parando también en Ventipo, llegó a un lugar de losbástulos que se llamaba entonces Aratispi, y que yo sospecho que ha deser la Alora de nuestros tiempos, tan famosa por sus juegos llanos.Allí tenía Mutileder una prima, que era un sol de belleza, con diez yocho años de edad, y más rubia que él, si cabe. Esta prima se llamabaEcheloría. Su padre, viudo y muy rico, la idolatraba.

Mutileder y Echeloría eran de casta ibera purísima, sin mezcla alguna deceltas ni de fenicios. Sus familias, o mejor diré su familia, pues erauna misma la de ambos, se jactaba, no sin fundamento, de descender delos primitivos atlantes, que habían emigrado muchos siglos hacía, cuandose hundió en el mar la Atlántida, y que, yendo unos por mar siempre,habían llevado a Egipto la cultura, mucho antes de la civilizadoraexpedición de Osiris, mientras que otros, conocidos después con elnombre de hiperbóreos, desembarcando en Francia, habían difundido la luzy fundado florecientes Estados, caminando hacia Oriente hasta más alláde las montañas Rifeas, e influyendo, por último, en el despertar a lavida política y culta de los arios y de los semitas.

En suma, Echeloría y Mutileder eran dos personas ilustres y dignas deserlo por su mérito.

Apenas se vieron, se amaron... ¿Qué digo se amaron? Se enamoraronperdidamente el uno de la otra y el otro de la una.

El padre de Echeloría, que no tenía nada de lerdo, notó en seguida elamor de la muchacha y procuró acabar con él, porque el primito no poseíaotro patrimonio que su apasionado corazón; pero Echeloría estabaprendada de veras, y el padre, que en el fondo era un bendito, se avinoy se resignó al cabo a que Mutileder aspirase a ser su yerno.

Ambos amantes se juraron eterna fidelidad. «Antes morir que ser deotro», dijo ella. «Antes morir que ser de otra», respondió él. Y estapromesa se hizo repetidas veces y se solemnizó y corroboró con losjuramentos más terribles.

Después de esto, ¿qué remedio había sino casar cuanto antes a los primosnovios? Así lo resolvió el padre, y se empezaron a hacer lospreparativos para la boda, que debía verificarse en el próximo otoño.

Era ya el fin de la primavera, y en aquellas edades antiquísimassucedía lo propio que ahora que a la primavera seguía el verano.

Aratispi era lugar más bonito que lo es Alora al presente.

En tornohabía, como hay aún, fértiles huertas y frondosos y siempre verdesbosques de naranjos y limoneros; pero los cerros que limitaban aquelvalle amenísimo, en vez de estar pelados, como ahora, estaban cubiertosde encinas, alcornoques, algarrobos, castaños y otros árboles, entrecuyos troncos y a cuya sombra crecían brezos, helechos, tomillo,mejorana, mastranzo y otras plantas y hierbas olorosas.

Era tal entonces la generosidad de aquel suelo, que las palmas enanas,que hoy suelen cubrirle y que apenas sirven para más que para hacerescobas y esportillas, se alzaban a grande altura, mientras que lascrestas más empinadas de los montes, calvas ahora, se veían cubiertas deuna verde diadema de abetos, de pinos y de cipreses.

A pesar de todo, fuerza es confesar que en verano hacía entonces enAratispi un calor de todos los demonios.

Echeloría quiso, con razón, tomar algunos baños de mar, y su padre lallevó a un puerto muy bonito, cerca de Málaga, que D. Juan Fresco y yocalculamos que debió de ser Churriana.

Naturalmente Mutileder fue a Churriana también, acompañando a su futura.

Los primos estaban como dos tortolitas, arrullándose siempre. Mientrasmás miraba él a Echeloría, más linda y angelical la encontraba y másmelifluo se ponía con ella. Y

mientras más miraba Echeloría a Mutileder,mayor número de perfecciones y de excelencias hallaba en él.

Pues no digamos nada, porque sería cuento de nunca acabar, de la mutuaadmiración que nacía en ambas almas al considerar el talento o lahabilidad del objeto de su amor.

Cada pedrada que tiraba Mutiledermataba un pajarillo y partía el corazón de Echeloría, a fuerza deentusiasmo. Y

Echeloría, por su parte, a más de encantar a Mutileder conlos cantares que sabía entonar, le había hecho una honda de pita, tanllena de sutiles y primorosas labores, que él se quedaba horas enterasembobado contemplando la honda.

Los dos enamorados gozaban de la más completa libertad y se iban solosde paseo por aquellos vericuetos y andurriales; ya por la orilla delresonante mar; ya por los encinares y olivares que vestían aquellosalcores; ya por los verjeles, sotos y alamedas del valle, regado por unriachuelo cristalino. Pero uno y otro eran tan como Dios manda, que apesar de lo mucho que se querían, no se propasaron nunca a otra cosasino a estrecharse afectuosamente las manos, y una o dos veces a lo más,a consentir ella en recibir un casto beso en la tersa y cándida frente,y a lograr él estamparle.

La suma virtud y exquisita delicadeza de estos primos lo ponía todo enreserva para el día dichoso en que la religión y las leyes consagrasensu unión indisoluble.

Entre tanto se decían doscientas mil ternuras a cada momento. «Tu nombrees un sello que he puesto sobre mi corazón», exclamaba Echeloría. «Micorazón es tuyo para siempre: antes dejará de latir que de amarte a tisola», contestaba Mutileder.

En estos coloquios se pasaban las horas, y de continuo estaban juntosambos amantes, menos cuando Echeloría se retiraba a dormir al lado de suanciana nodriza y en estancia muy resguardada, o bien cuando iba a laplaya a bañarse; pues entonces, a fin de evitar el qué dirán y lasmurmuraciones, Mutileder no se bañaba con ella, tal vez por no usarseaún trajes de baño, tan complicados y encubridores de las formas comolos que se llevan ahora en Biarritz y en otros sitios.

III

Málaga era ciudad fenicia de mucho comercio. Casi competía con Cádiz. Supuerto estaba lleno de naves tirias, pelasgas, griegas y etruscas. Ensus tiendas se vendían mil primores traídos de lejanos países: telas delana, teñidas de púrpura en Tiro; joyas de oro, hechas en Ménfis, enSais y en otras ciudades egipcias; piedras preciosas y tejidos dealgodón del Indostán; alfombras de Persia, y hasta sedería del casiignorado país de los Seras.

Echeloría fue a Málaga varias veces, con su padre y con su novio, arecorrer dichas tiendas y a comprar galas para el suspirado día delcasamiento.

Hallábase a la sazón en Málaga uno de los más audaces y sabios marinosque había entonces en el mundo: el célebre Adherbal.

Acababa de hacer una navegación felicísima, y su nave se parecía,anclada en el puerto, cargada de estaño, ámbar, hierro, pieles dearmiños y de castores, y otros objetos de valor que él había ido abuscar a las costas de Francia, Inglaterra y otras regiones del Norte deEuropa, a donde sólo los fenicios se aventuraban a llegar en aquellaépoca.

Adherbal pensaba volver pronto a Tiro; pero antes debía tomar en Málagacobre, vino, azogue y oro en polvo de las arenas de nuestros ríos,dejando allí en cambio parte de su cargamento.

Paseando un día por el muelle vio Adherbal a Echeloría, y al verla jurópor Melcart y por Astoret, como si dijéramos por Hércules y por Venus,que jamás había visto criatura más linda y salada. Ganas tuvo dellegarse de súbito a la muchacha y de soltarle el pavo, esto es, dedecirle sin ceremonia sus atrevidos pensamientos: pero Mutileder iba allado de ella, mirando receloso a todas partes, con la barba sobre elhombro, en actitud desconfiada y hostil, y blandiendo un enorme y fierogarrote.

La prudencia refrenó los ímpetus del marino fenicio.

Bastaba ver derefilón a Mutileder para hacerse cargo de que era capaz de deslomar acualquiera de un garrotazo, si llegaba a descomponerse un poco con lahermosa y cándida Echeloría.

Adherbal, como queda dicho, era prudente, pero era obstinado también,emprendedor y ladino. Echeloría no produjo en él una impresión fugaz yligera, sino profunda y durable. Así fue que determinó averiguar quiénera y dónde vivía, y lo consiguió con discreción y recato.

Dos o tres veces fue después a caballo a Churriana con disimulo, yvolvió a ver a la niña, quedando cautivo de su singular donaire.

Por último, por medio de personas listas del país, se informó de la vidade Echeloría, supo que iba a casarse con Mutileder, y no quedó pormenorde que no llegase a tener cabal noticia.

Con estos elementos formó Adherbal un plan diabólico, el cual le salióbien, como por desgracia salen bien casi todos los planes diabólicos.

Una mañana muy temprano levó anclas su nave y zarpó del puerto deMálaga, después de despedirse él para Tiro.

Fuera ya la nave del puerto,se quedó, muy cerca de la costa, hacia el Oeste, dando bordeadas comopara ganar mejor viento. Así trascurrieron algunas horas, hasta quellegó aquélla en que la gentil Echeloría bajaba a bañarse en la mar.Entonces saltó Adherbal en una lancha ligerísima con ocho remerospujantes y otros dos hombres de la tripulación, grandes nadadores ybuzos, y de los más ágiles y devotos a su persona. Con la lancha seacercó cautelosamente, ocultándose en las sinuosidades de la costa y alabrigo de las peñas y montecillos, hasta que llegó cerca del lugar dondeEcheloría se bañaba, creyéndose segura y con el más completo descuido.Los nadadores se echaron entonces al agua, zambulleron, surgieron deimproviso donde Echeloría estaba bañándose, se apoderaron de ella apesar de sus gritos, que pronto terminaron en desmayo causado por elsuato, y en aquella disposición, hermosa e interesante como una ondina,se la llevaron a la lancha, donde Adherbal la recibió en sus brazos, yluego la condujo a bordo de su nave. Ésta desplegó al punto todas susvelas, y aprovechándose de un viento fresco de Poniente, que acababa delevantarse, no corría, sino que volaba sobre las ondas azules delMediterráneo.

Varias muchachas, que se bañaban con Echeloría, huyeron con espanto deaquella zalagarda, y, saltando en tierra, alarmaron con sus gemidos ysollozos a la nodriza, que estaba en éxtasis y de nada se habíapercatado. En cambio, apenas se enteró de lo ocurrido, se extremó enhacer muestras de su dolor. Allí fue el mesarse las venerables canas, elrevolcarse por el suelo, y el dar tan formidables chillidos, queMutileder, aunque estaba lejos, acudió al sitio, oyéndolos. El infelizamante supo entonces toda la enormidad de su infortunio, mas demasiadotarde por desgracia. La nave del raptor se percibía aún, pero lejos, ynavegando con tal rapidez que pronto iba a perderse detrás de la combaque forma el mar, marcando una curva de azul profundo en el cielo másclaro.

El furor de Mutileder fue indescriptible, aunque a nada conducía. Nisiquiera supo a punto fijo el infeliz amante quién había sido el raptor,por más que sospechase de aquel marino que en Málaga había puesto enEcheloría los lascivos y codiciosos ojos.

Estos raptos de mujeres eran frecuentísimos en aquellas edades heroicas,y habían dado ya y debían seguir dando ocasión a no pocos disturbios yguerras. Los fenicios habían robado a Io, hija de Inaco; los griegoshabían robado a Europa de Fenicia, a Medea de Coicos, y a Ariadna deCreta; y por último, un príncipe frigio había robado a la bella Helena,mujer del rey de Esparta, Menelao, motivando así una lucha larga ymortífera, y al cabo la destrucción de Troya.

Don Juan Fresco explica, a mi ver, de un modo satisfactorio estos raptosde mujeres. Supone que la mujer, por lo mismo que su belleza es tandelicada, no se cría naturalmente. Lo único que se cría es la hembra delhombre.

La verdadera mujer es producto artificial, que resulta de grandeesmero y cuidado y de exquisito y alambicado cultivo. De aquí la rarezaentonces de la verdadera mujer y el mágico y portentoso efecto queproducía en el alma de guerreros bárbaros y briosos, avezados a verhembras solamente.

Cuando los hombres se recobraban de su pasmo volvían a hacer a la mujerde peor condición que al esclavo más humilde; pero, en ocasiones, unamujer bien lavada, cuidada y compuesta, infundía amor ferviente,frenético entusiasmo y cierta adoración como si fuese algo divino. Deaquí las patrañas o mitos de las hadas y encantadoras como Circe yCalipso, que convertían a los hombres en bestias; la ginecocracia,esto es, el imperio de la mujer, establecido en muchas partes, como enel país de las Amazonas y en la Arabia Feliz; y el omnímodo influjo, orafunesto, ora útil, que ejercieron algunas damas en los varones máscrudos y valerosos, como Onfale en Hércules, Dálila en Sansón, Betzabéen David, Egeria en Numa, y Judit en Holofernes.

De aquí, por último,que ganasen tanto crédito las sibilas, las pitonisas y las druidisas;todo ello, sin duda, porque cuidaban más de sus personas, y lograbanpulir y descubrir la escondida hermosura, invisible por lo general en lahembra por falta de pulimento y aseo.

Además, el entender la hermosura y el afanarse por lograrla hacíanhermosa a la mujer. Hoy, mucho de esta cualidad, domeñada ya lanaturaleza rebelde, suele trasmitirse por herencia; pero en los tiemposheroicos, la hermosura era como inspirada creación que la mujer artistarealizaba en su propio cuerpo, a fuerza de esmerarse.

Todavía, cincosiglos después de la época en que ocurre nuestra historia, asombran elestudio, la prolijidad y los preparativos minuciosos de que se valíanlas mujeres para presentarse de una manera digna. A fin de agradar alrey Asnero, que buscaba reina, después de repudiada Vastí, se pasabanlas chicas un año entero frotándose con linimentos y

pomadas,saumándose,

lavándose,

perfilándose

y

acicalándose. En el día, con unahora de preparación bastarla para presentar ante el sibarita másrefinado a la más ruda de las campesinas: prueba irrefragable de que loadquirido por arte y educación se trasmite de madres a hijas. Verdad esque, en cambio, la naturaleza es menos dúctil ahora, y la hotentota,aunque se friegue y se adobe más que las que iban a presentarse aAsuero, hotentota permanece; de donde, sin duda, el refrán que dice:«Aunque la mona se vista de seda mona se queda.»

Dejemos, no obstante, refranes y digresiones a un lado, y prosigamosnuestro cuento.

Echeloría, por naturaleza y por arte, por herencia y por conquista, eraun primor. Y Mutileder, que con razón la adoraba, no la lloró perdida,con femenil amargura, sino que, agitando su garrote y haciendo crujir lahonda con chasquidos estruendosos, juró buscar a su amada, librarla delraptor, y vengarse de éste descalabrándole de una buena pedrada omoliéndole a palos.

Cuenta la historia que Mutileder, en el instante de hacer aqueljuramento, estaba tan hermoso que no podía ser más.

Sus ojos azules,dulces de ordinario, lanzaban centellas luminosas; su afilada y rectanariz, hinchada por la cólera, mostraba

muy

dilatadas

las

ventanillas;las

cejas,

frunciéndose en el centro, daban mayor majestad a su frente;la boca entreabierta dejaba ver unos dientes blancos, iguales y firmes,y sana frescura y vivo color de carmín en encías y lengua. Su cabeza,echada atrás con arrogancia, y destocada, lucía copiosa y rubiacabellera, que flotaba en rizos graciosos a merced de la brisa; suspiernas y sus brazos desnudos, contraída entonces la musculatura por laenergía de la actitud, daban envidia a los de Hércules mancebo. Todo enMutileder era beldad, elegancia, brío y donosura. Su voz, alterada porla pasión, penetraba en los corazones, aunque sus palabras no seentendiesen.

En aquel instante ¡oh fuerza del destino! acertó a pasar por allí lagraciosa y distinguida Chemed, que en fenicio significa belleza, laviuda más coqueta y caprichosa que había en Málaga. Su marido la habíadejado joven y con muchos bienes de fortuna. Ella seguía con la casa decomercio de su marido, bajo la razón insocial de la viuda Chemed. Enaquella ocasión volvía de solazarse de una quinta que tenía enChurriana.

Seis atezados etíopes la llevaban en silla de manos, y dos escuderos,una dueña y cuatro pajecillos egipcios la acompañaban también para másautoridad y decoro.

Chemed oyó a Mutileder, le miró y se maravilló; volvió a mirarle y sequedó más maravillada. Entonces dijo para sí:

«Divinos cielos, ¿qué eslo que miro? ¿Será éste dios o será mortal? ¿Resplandecería más Adoniscuando Astoret se prendó de él?»

Pero, prosiguiendo su soliloquio de preguntas, Chemed prosiguió tambiénsu camino, sin interrogar al mancebo, que parecía estar furioso, y sinatreverse siquiera a pararse y a bajar de la silla de manos, en medio degente extraña, cuya lengua no entendía, porque hablaban el ibero, que,como ya queda dicho, era lo que se llama hoy el vascuence. Si Chemedhubiera sabido que Mutileder hablaba corrientemente el fenicio, como enefecto le hablaba, sin duda que se hubiera detenido; pero, no sabiéndoloni sospechándolo, Chemed pasó de largo.

IV

Luego que Mutileder echó sapos y culebras por la boca y se desahogócuanto pudo, acudió a dar a su presunto suegro la mala noticia delrapto, y a consolarle, si cabía consuelo en tamaño dolor.

Para evitar prolijidad no se ponen aquí las lamentaciones que hicieronambos a dúo. Lo que importa saber es que Mutileder y su suegro, despuésde maduro examen, reconocieron que era inútil quejarse del rapto a lasautoridades de Málaga, las cuales no les harían caso, o si les hacíancaso, nada podrían contra un marino tan mimado en Tiro, como Adherbal loera. A cualquiera exhorto, que los sufetes o jueces de Málaga enviasencontra Adherbal, era evidente que los sufetes tirios habían de darcarpetazo, haciendo la vista gorda. No había más recurso que resignarsey aguantarse, o tomar la venganza y la satisfacción por la propia mano.Esto último fue lo que decidió Mutileder con varonil energía.

Se despidió de su presunto suegro, y sin pensar en recursos pecuniariosni en nada que lo valiese, se fue a Málaga a tomar lenguas, acerciorarse de que era Adherbal el raptor, como ya lo sospechaba, y abuscar modo de irse a Tiro en la primera nave que para Tiro saliese, afin de arrancar a Echeloría del cautiverio o secuestro en que estaba yde hacer en Adherbal un ejemplar y justo castigo.

En medio de todo, Mutileder sentía cierto consuelo.

Pensaba en queEcheloría había jurado serle fiel o morir, y daba por seguro que moriríaantes que faltar a su promesa.

Él mismo había hecho igual juramento, yse sentía con la suficiente firmeza para cumplirle.

Con estas ideas en la mente y con el bizarro propósito de irse a Tirocuanto antes, recorrió Mutileder las calles de Málaga hasta que empezó aanochecer. Todas las noticias que adquirió le confirmaron en que eraAdherbal el raptor de Echeloría. En lo que no adelantó mucho fue enconcertarse con algún patrón de buque que saliese pronto y le llevasepara Fenicia.

Llegó la noche, como queda apuntado, y ya Mutileder se retiraba a suposada, cuando sintió que le tiraban suavemente de la capa por detrás.Volvió el rostro, y vio a un pajecillo egipcio que le dijo:

—Señor Mutileder, sígame vuestra merced, que hay persona que deseahablarle sobre asuntos que le interesan.

—¿Y quién puede ser esa persona? contestó él. Yo, en Málaga, no conozcoa nadie.

Entonces replicó el pajecillo:

—Aunque vuestra merced no conozca a esta persona, esta persona leconoce. Hoy, de mañana, pasó junto al lugar del rapto protervo, y oyó yvio a vuestra merced cuando de él se lamentaba. La persona es compasivay excelente, y se enterneció. Ha tomado informes sobre todo lo ocurrido,y su enternecimiento se ha hecho mayor. Desea remediar el mal de vuestramerced, con quien le importa conferenciar en seguida. ¿Quiere vuestramerced seguirme?

Mutileder no halló motivo razonable para decir que no, y siguió alpajecillo.

Siguiéndole por calles y callejuelas, que atravesaron rápidamente, llegónuestro héroe protobermejino a una puertecilla falsa y cerrada, en elextremo de un callejón sin salida.

El paje aplicó una llave a la cerradura, le dio dos vueltas, y la puertase abrió sin ruido. Entró el paje, y le siguió Mutileder.

Cerró el paje la puerta de nuevo, y quedaron él y nuestro amigo en lamás completa oscuridad. El paje asió de la mano a Mutileder, y le guiópor las tinieblas. Al cabo de poco tiempo vieron luz y una linterna queestaba en el suelo. La tomó el paje, y, ya con ella, alumbró aMutileder, y mostrándole el camino, le dijo que le siguiera.

Subieronambos por una estrecha y larga escalera de caracol: llegaron luego aotra puertecilla; la abrió el paje; levantó un tapiz que había detrás, yél y Mutileder penetraron en una sala espaciosa y bien iluminada.

El paje entonces se escabulló sin saber cómo, y Mutileder se encontrófrente a frente de una anciana y venerable dueña, la cual, con vozmeliflua, le dijo:

—Sígueme, hermoso.

Y Mutileder la siguió, algo ruborizado del intempestivo requiebro.

No refiero aquí, porque estoy de prisa, y no debo ni puedo pararme endibujos, los primores estupendos, las alhajas rarísimas, los lindosobjetos de arte y los cómodos asientos y divanes que había en variassalas por donde iban pasando la dueña y nuestro héroe, que atortoladola seguía.

Baste saber que allí se veía reunido de cuanto había podidoinventar el lujo asiático de entonces y de cuanto la activa solicitud delos navegantes fenicios había podido traer de todas las comarcas a quesolían ellos aportar, desde las bocas del Indo hasta las bocas del Rhin,puntos extremos de sus periplos o navegaciones.

Lo que sí diré, es que si una sala era lujosa, otra lo era más, y que elprimor iba en aumento conforme se pasaban salas. Maravilloso silencio ysosiego apacible reinaban en todas ellas. No se veía ni un alma. Soledady dulce misterio.

Rica y leve fragancia de perfumes sabeos impregnaba eltibio ambiente.

«—¿Qué será esto? decía Mutileder para su coleto.

¿Dónde me llevaráesta buena señora?»

Y la admiración y la duda se pintaban en su candoroso y bello semblante.

Por último, la dueña tocó a una puerta, que no estaba abierta como lasdemás que habían dado paso de un salón a otro salón, sino que estabacerrada. La dueña la abrió un poco, lo suficiente para que cupiese porella una persona, empujó a Mutileder, le hizo entrar, y quedándosefuera, cerró otra vez la puerta, dejándole solo.

Mutileder, que venía de salones donde había mucha luz, nada veía alprincipio, e imaginó que el salón en que acababa de entrar estaba aoscuras; pero sus pupilas se dilataron muy pronto, y notó que una luzvelada y dulce iluminaba aquella estancia, difundiéndose desde el senode tres lámparas de alabastro.

Aun no había tenido vagar para ver todo lo que le circundaba, cuando oyóMutileder una voz blanda y argentina, que parecía salir de una gargantahumana nueva y de una boca fresca, colorada y sana, porque todo esto seconoce en la voz, la cual le decía:

—Perdóname, amigo, que te haya hecho venir hasta aquí, deseosa dehablarte.

Dirigió Mutileder la vista hacia el punto de donde la voz procedía, yvio recostada lánguidamente en un ancho sofá a una dama morena ymajestuosa como una emperatriz, vestida de blanca y flotante vestidura,con una cabellera abundante, lustrosa y negra como la endrina, y conunos ojos que parecían dos soles de luto, así por el fuego y los rayosque despedían, como por su oscuro color y por el color, no menos oscuro,de las cejas, de las largas y rizadas pestañas, y aun de los párpadossuaves, cuyas sombras acrecentaban el resplandor fulmíneo de losreferidos ojos.

En los brazos desnudos, casi junto al hombro, tenía ladama brazaletes de oro de prolija y costosa labor; sobre el pecho y enlas orejas, collar y zarcillos de esmeraldas; y sendas ajorcas, por elestilo de los brazaletes, en las gargantas de sus pequeños pies,calzados por coturnos de seda roja.

Lazos de idéntica seda adornaban lafalda y el corpiño y ceñían el airoso talle. Sobre el negrísimo cabellolucía, prendido con gracia, un ramo de flores de granado.

En todo esto reparó en conjunto Mutileder, pero sin analizar, comonosotros, porque estaba algo cortado y sin saber lo que le sucedía. Lacosa no era para menos; sobre todo, tratándose de un mozuelo que, sibien despejado y audaz, carecía de experiencia y jamás se había visto enlances de aquel género.

Absorto, mudo, con la boca abierta, estaba Mutileder, cuando la dama selevantó y mostró de pié su gallarda estatura, esbelta y cimbreante comolas palmas de Tadmor; y vino a él, y tomándole la mano, en la que élsintió como una conmoción eléctrica, le llevó a sí y le dijo:

—Siéntate. ¿Qué te asusta?

Y Mutileder se sentó, al lado de la dama, en un taburete bajito.

Luego que Mutileder se hubo serenado, oyó a la dama con la debidaatención, y le respondió con concierto.

Ella le dijo que se llamaba Chemed, que era viuda y rica y natural deTiro, que había sabido su dolor, que se interesaba por él, a causa deuna súbita e irresistible simpatía, y que anhelaba dar consuelo yremedio a sus males.

Aunque Chemed lo había averiguado todo, quiso que Mutileder le refiriesesu historia. Mutileder la refirió con elocuencia. Al hablar deEcheloría, aunque era hombre recio, se le saltaron las lágrimas. Con laslágrimas sobre sus mejillas y velando sus ojos azules, estaba elmuchacho lo más bonito que puede imaginarse. Chemed no se hartaba demirarle; pero ¡con qué miradas! Vamos, no es posible explicar cómo eran.

Chemed tenía cerca de treinta y cinco años. Mutileder no había conocidoa su madre. No sabía lo que era la amistad y el cariño de la mujer.

—¡Pobrecito mío! exclamaba Chemed. ¡Pícaro Adherbal!

No paga con lavida el mal que te ha hecho. Haces bien en querer vengarte y salvar aEcheloría de las garras de ese monstruo. Mira, Mutileder: dentro decuatro días debo yo salir para Tiro, donde tengo que arreglar misasuntos, muy desordenados desde que mi marido murió. Tú vendrás en micompañía. Considérame como a tu amiga más leal.

Y sencillamente Chemed tomaba la mano del inocente mozo, y la estrechabaentre las suyas y la retenía en cautividad, equilibrando el calorsuperior que había en las de ella con el calor que él tenía en su mano.

Todavía se puso más interesante y bonito Mutileder cuando habló conefusión del eterno amor y de la fidelidad que él y Echeloría se habíanjurado. Chemed celebraba todo esto, y lo hallaba muy a su gusto.

—Sí, hijo mío, decía a Mutileder, así debe ser. Dichosa Echeloría, queencontró en ti un modelo de amantes. No suelen ser como tú los demáshombres, sino volubles y perjuros. Todas mis riquezas, toda mi posicióndaría yo si hubiese encontrado un amante tan resuelto y fino como tú.

En suma, esta conversación siguió largo rato, y yo tengo notas y apuntesque me ha suministrado D. Juan Fresco y que me harían muy fácilreferirla con todos sus pormenores; pero, como mi historia tiene que iren un ALMANAQUE sin excitar a nadie a que los haga, y no puedeextenderse mucho, sino ser a modo de breve compendio, me limitaré a lomás esencial, deslizándome algunas veces, con rapidez y como quienpatina, en aquellos pasajes que más se presten a ello por loresbaladizos.

V

Cuatro días después de la conferencia primera entre Chemed y Mutileder,salían ambos de Málaga para Tiro en una magnífica nave. Mutileder iba encalidad de secretario privado de la dama para llevarle lacorrespondencia en lengua ibérica.

La amistad de ambos era íntima, y Mutileder, siempre que se veía enpresencia de Chemed, estaba contento y como orgulloso de tener tanelegante y discreta amiga.

Chemed

tenía

además

mucho

chiste

yfelicísimas

ocurrencias: decía mil graciosos disparates; y Mutileder seregocijaba y reía sin poderlo remediar; pero, cuando estaba sólo, amargamelancolía se apoderaba de su alma, pensamientos crueles leatormentaban, y algo parecido a remordimientos le arañaba el corazón,como si fueran las uñas de un gato, o digamos mejor, de un tigre.

Mutileder hablaba entre dientes, lanzaba desconsolados suspiros,manoteaba y hasta se golpeaba y pellizcaba sin compasión, y solíaexclamar:

«¡Qué diablura! ¡Qué diablura!»

En presencia de Chemed o se olvidaba de su dolor o le refrenaba ydisimulaba. Ésta, a no dudarlo, era la diablura, a que su exclamaciónaludía.

Mutileder había tenido ya tiempo para meditar, reflexionar y hacersevero examen de conciencia, y no se absolvía, sino que se condenaba pordébil, perjuro y desleal, en grado superlativo.

A veces quería disculparse consigo mismo, y no lo lograba.

«Yo, decía, sigo amando a Echeloría, y Chemed no obsta para ello. Voy abuscar a Echeloría, a libertarla y a vengarla, y Chemed me ayuda en miempresa. El cariño de Chemed tiene algo de maternal. ¡Es tan buenaconmigo!—

¡Es tan alegre y chistosa! ¡Qué tonterías tan saladas se leocurren! ¿Cómo no he de reírme al oírlas? ¿He de estar siempre llorando?No: no es menester llorar: no es menester negarse a todo consuelo, comouna bestia feroz, para demostrar que es uno fiel y consecuente. Yaveremos cuando me encuentre con Adherbal si amo a Echeloría o si no laamo.»

Estas y otras sutilezas y quintas esencias alambicaba, fraguaba y serepresentaba Mutileder para justificarse; pero, como hemos dicho, no lolograba nunca.

De aquí su pena cuando estaba solo: y no sé de dónde, el olvido de supena cuando de Chemed estaba acompañado.

¡Contradicciones inexplicables,raras antinomias de los corazones de los mortales!

De esta suerte, en soliloquios románticos, acerbos y dignos de Hamlet,siempre que estaba sin Chemed; y en coloquios amenos, en pláticastiernas, y en juegos y risas, cuando Chemed aparecía, vivió Mutileder; yasí se pasó el tiempo, caminó la nave, se detuvo en varios puntos deÁfrica y en algunas islas del archipiélago de Grecia, y llegó al fin aTiro, capital entonces de Fenicia desde la ruina de Sidon, cuando losfilisteos, rubios descendientes de Jafet, vinieron de Creta por mar,mientras que del lado del desierto de Arabia entraban los israelitas enla tierra de Canaan y lo llevaban todo a sangre y fuego. Tiro habíahecho después renacer el poder cananeo o fenicio y estaba en toda sugloria y florecimiento. Sobre el trono de Tiro resplandecía el reyHiram, amigo de Salomón, hijo de David. Israelitas y fenicios eranestrechos y felices aliados.

Muy largo sería describir aquí la grandeza de Tiro.

Dejémoslo para mejorocasión. Lo que importa es decir que Mutileder buscó a Adherbal enseguida y no le halló. Pronto supo con rabia que el infatigable marino,sin reposar casi, se había encargado del mando de la flota, que Hiram ySalomón expedían con frecuencia a la India, desde el puerto deAziongaber en el mar Rojo. Tres días antes de la llegada de Mutileder yde Chemed, Adherbal se había puesto en marcha para tomar el mandoreferido.

Adherbal debía pasar por Jerusalén. Mutileder no pensó más que enperseguirle y alcanzarle, antes de que se embarcara para tan larganavegación, de la que sabe Dios cuándo volvería.

Temiendo que le faltasen las fuerzas y el valor para despedirse deChemed, Mutileder preparó su viaje con el mayor sigilo, aprovechando lasalida de una caravana; y, montado en un ligero dromedario, salió paraJerusalén, cuando Chemed menos lo sospechaba.

Chemed lo supo y lo lloró al leer una carta que él escribió antes departir y que entregó a Chemed una persona de toda confianza. La cartadecía como sigue:

«Mi querida Chemed: Yo soy el más débil y el más malvado de los hombres.Debí huir de ti desde el primer momento y no entregarte nunca un corazónque no te pertenecía, que era de otra mujer y que jamás podía ser tuyo.Todo el afecto, toda la ternura que te he dado, ha sido falsía, perjurioe infamia. Y no porque yo fingiese esa ternura y ese afecto, que alcontrario brotaban a borbotones, con toda sinceridad y con vehementeefusión, del fondo de mi pecho, sino porque, al consagrártelos, faltabaa la fe jurada, rompía el sello de la fidelidad que había puestoEcheloría sobre mi alma, y me rebajaba hasta la vileza. De aquí mi luchainterior; de aquí mis contradicciones y extravagancias. A veces reía yo,jugaba y me deleitaba contigo; pero, cuando más contento estaba, surgíacomo espectro, como aterrador fantasma, de las profundidades de mi ser,el mismo amor ultrajado, el cual me azotaba rudamente con el azote delos remordimientos.

Otros amantes, mientras más aman, se hacen másdignos del amor, porque el amor hermosea y sublima los espíritus; peroyo, amándote, me degradaba en vez de elevarme, porque pisoteabajuramentos y promesas, y no amándote, me degradaba también, porquerecibía de ti inmensos e inestimables tesoros de cariño que no acertabaa pagar. Si olvidaba a Echeloría para amarte era yo un perjuro, y si note amaba, para seguir amando a Echeloría, un falso, un estafador y uningrato. Situación tan horrible y poco digna no podía durar. El cielo haestado benigno conmigo, aunque no lo merezco, proporcionándome ocasiónde dejarte con razonable motivo, sin que puedas tú tildarme de galán sinentrañas. Adherbal no está en Tiro. Mi deber es perseguirle. La ofensaque me ha hecho no puede quedar impune. Tú misma me tendrías por vil ycobarde si yo no me vengara. No extrañes, pues, que te deje para cumplircon esta obligación.—Adiós; adiós para siempre, ¡oh generosa y dulceamiga!»

Tal era la carta que escribió Mutileder, en buen fenicio, sin ningunafalta de gramática ni de ortografía. Chemed la leyó con lágrimas en losojos y haciendo otros mil extremos de amoroso sentimiento.

Mutileder, entre tanto, caballero en su dromedario y lleno deimpaciencia, iba trotando y galopando hacia Jerusalén.

Harto de la pausacon que la caravana marchaba, tomó un guía, poseedor de otro dromedariotan ligero como el suyo, y se adelantó al resto de sus compañeros deviaje. Así llegó en pocas jornadas a la ciudad que casi había creadoDavid, y que Salomón acababa de fortificar y hermosear con admirablesmonumentos. La había ceñido de altas torres almenadas y de fuertes ygruesos muros; había edificado, sobre gigantescos sillares, en la cumbredel monte Moria, donde fue el sacrificio de Abraham, el maravilloso yúnico templo del Dios único, y había coronado las alturas de Sion coninexpugnable ciudadela y con alcázar suntuoso.

Dilatando Salomón sus conquistas al Sur del mar Muerto, domeñando a loshijos de Edom, de Amalec y de Madian, y enseñoreándose de Elath y deAziongaber, abrió puertos para comerciar con el Hadramauth y el Yemen,con el alto Egipto, con la Nubia y con las Indias orientales.

Cortandoluego las corpulentas hayas y los pinos y cedros seculares del Líbano,haciéndolos llevar en hombros de los más robustos varones de lasnaciones vencidas, como de los refaim, por ejemplo, raza descomedidade gigantes, que casi ladraban en vez de hablar; y trabando entre sí losleños con arte y maestría, hizo formar Salomón flotantes castillos queresistiesen el ímpetu de los huracanes y el furor de las olas. En mediodel desierto, Salomón había fundado a Tadmor, célebre después con elnombre de Palmira, en un oasis lleno de palmas, a fin de que fueseemporio riquísimo y lugar de reposo de las caravanas que iban desde lasorillas del Jordan a las del Eufrates y del Tígris; a Damasco, a Nínivey a Babilonia. Estaba, por último, interesado Salomón en el comercio delos fenicios con Társis o Iberia, patria de Mutileder, y aun de másallá, hacia el Occidente y Norte del mundo; bastante más allá, porquelas naves tirias llegaban hasta el Báltico. Por todo lo cual refluíasobre Jerusalén cuanto Dios crió de bienes temporales. La plata era tancomún, que se miraba con desprecio. Todo se fabricaba de oro purísimo,hasta los trastos de cocina. De Arabia venían perfumes; de Egipto, telasde lino, caballos y carros; esclavos negros y marfil, de Nubia; yespecierías y madera de sándalo, y perlas, y diamantes, y papagayos yjimios y pavos reales, y telas de algodón y de seda, de allá de ladesembocadura del Indo. Oro venía de todas partes, ya de Tíbar, ya deOfir; ámbar y estaño, del Norte de Europa; cobre y hierro, de España. Deesta suerte abundaba todo en Jerusalén. La fama del rey volaba por elmundo, porque el rey excedió a los demás reyes, habidos y por haber, enciencia y en riqueza; y no había persona de buen gusto que no deseasever su cara, y sobre todo, los hijos de Israel, a quienes las nacionesextranjeras respetaban y temían, por donde vivieron ellos tranquilos yventurosos, a la sombra de sus parras y de sus higueras, desde Dan hastaBeersebá, durante todos los días de aquel reinado.

Pues, como íbamos diciendo, a esta espléndida ciudad de Jerusalén llegónuestro bermejino prehistórico, acompañado de su guía, pero más confiadoen su fiero garrote y en la primorosa honda que le había regaladoEcheloría, y con la cual, según suele decirse, no se le cocía el panhasta que vengase a su primer amor, descalabrando al raptor injusto deuna violenta y certera pedrada.

Preocupado con estos pensamientos de venganza, y como hombre que va a sunegocio y que no viaja a lo touriste, Mutileder no quiso visitar lascuriosidades de Jerusalén ni enterarse de nada de lo que allí sucedía, ano ser del paradero de Adherbal.

Imagine el pío lector qué desesperación no sería la de Mutileder cuandoen seguida supo de buena tinta que Adherbal, viendo que urgía darse ala vela, y llegar pronto al Océano, para no desperdiciar la monzón,favorable entonces a los que iban a la India, había salido en posta, condromedarios que de trecho en trecho estaban ya preparados y escalonadosen el camino, a fin de verse cuanto antes en el puerto de Aziongaber,orillas del mar Bermejo.

Imposible de toda imposibilidad era ya que Mutileder llegase a dondeestaba el marino fenicio, quien se sustraía así a su venganza. Tiempohabía de pasar, pampanitos había de haber, antes de que dicho marino sepusiese a tiro de su honda o al alcance de su garrote.

Creyó entonces Mutileder que Adherbal se había llevado consigo aEcheloría para que fuese ornamento principal de la nave capitana, desdedonde había de mandar la flota; y su rabia rayó en tal extremo, quepateó, juró, bufó, blasfemó, y hasta hubo de arrancarse a tironesalgunos de los rizos hermosos y rubios que coronaban su cabeza.

En medio de todo, fue grande su consolación cuando logró saber que elpícaro y cortesano marino, rastrero adulador de príncipes, había hechopresente a Salomón de la preciosa Echeloría.

VI

¿Cómo resistir aquí a la tentación de encarecer lo mucho que D. JuanFresco se ensoberbece y ufana, y lo orondo que se pone, y lo por bienpagado que se da de haberse pelado las cejas descifrando y leyendo lasinscripciones y papiros manuscritos de donde está sacada esta historia?Por ella consta que un bermejino, pues al cabo bermejino era Mutileder,ya que Vesci era la Villabermeja de entonces, rivaliza con Salomón yviene a hacer el brillante y extraordinario papel que verá el quesiguiere leyendo.

Mutileder no se amilanó al saber que Echeloría estaba en el harénsalomónico; antes dispuso quedarse en Jerusalén, espiar ocasiónoportuna, y, no bien se presentase, asirla por el copete, arrebatando ala linda moza de entre las manos del Rey Sabio. No por eso pensó enhacer el más leve daño a Salomón. Mutileder era muy monárquico, y elRey, por ser rey y por su ciencia infusa y demás virtudes, le infundíarespeto. Salomón, además, no tenía culpa ninguna ni había ofendido aMutileder. Había aceptado el presente que le habían traído, y había dadoprueba de buen gusto al aceptarle y guardarle.

A veces concebía Mutileder cierta halagüeña esperanza.

Imaginaba queEcheloría había de llorar por él y había de decir a Salomón, con todomiramiento y finura, que no le amaba porque amaba a otro; y daba porcierto que Salomón, que era benigno con las mujeres, y tan galante ycondescendiente que las consentía tener ídolos de la tierra de cada unade ellas no debía de ser feroz con Echeloría, sino que, no bien supieseque su ídolo era Mutileder, había de ceder en sus pretensiones.Mutileder llegaba a columbrar como probable que el Rey le hiciera buscarpara entregarle a la muchacha, y hasta que quizá se allanase a serpadrino de la boda.

La entereza, constancia y resistencia de Echeloría habían de mover atodo esto, y a más, el ánimo generoso de Salomón. ¿Qué le importaba aeste gran Rey una mujer más o menos, cuando tenía en su harénsetecientas reinas, ochocientas concubinas e infinito número deprincesas? Así, pues,

lo

natural

era

que,

viendo

Salomón

a

Echeloríaenamorada de otro, afligida y llorosa, y rechazándole por estilo ariscoy montaraz, había de mostrarse desprendido.

Al hacer esta suposición, muy plausible, Mutileder se ponía colorado devergüenza. Se presentaba en su imaginación lo bien que se portabaEcheloría, huraña como un gato y firme como una roca, veía eldesprendimiento regio y la nobilísima conducta de Salomón, y seconsideraba indigno, y quería, al recordar sus infidelidades con Chemed,que se abriese la tierra y le tragase.

Estos remordimientos, esta compunción y este sonrojo por la culpatenían, sin embargo, bastante de sabroso y de dulce. ¡Ay, cuán pronto setrocó todo ello en amargura cuando oyó Mutileder lo que en Jerusalén sedecía de público en calles y plazas!

Para saber lo que se decía conviene tomar las cosas de atrás y entrar enalgunas explicaciones.

El palacio de Salomón era inmenso, y la sociedad en él muy amena.Multitud de poetas y de tocadores de arpas, tímpanos y salterios, leregocijaban de continuo. Allí había diestras bailarinas, artistasingeniosos que hacían muebles elegantes y otras obras de extremadoprimor, y los mejores cocineros que entonces se conocían. Aquello era,en grado superlativo, en elevación a la quinta potencia, perpetua boda,de Camacho. Salomón y sus mujeres y servidumbre devoraban cada díatreinta bueyes cebados, cien ovejas y multitud de ciervos, búfalos,gacelas y aves. Y no se crea que porque comiesen poco pan. El consumodiario de harina empleada en hacer pan, tortas, bollos y pasta frolla oflora, era de noventa coros, o sea cuarenta y cinco cahíces, de docefanegas se entiende.

Así es que en el palacio de Salomón hasta el último pinche se regalaba apedir de boca y estaba gordo y lucio.

Las mujeres, tanto por naturaleza cuanto por los afeites que usaban,parecían celestiales y de variadísimo mérito. En aquella época nollevaban nombres puestos a la ventura, sino nombres significativos desus más egregias cualidades, por donde sólo con mentarlas se puedecolegir, lo que valían. Entonces no se llamaba Doña Sol una fea, niBlanca una negra, ni Dolores una regocijada, ni Rosa la que olía mal oera áspera como cardo ajonjero.

Las favoritas de Salomón lo habían sido y llevaban los nombres quellevaban porque lo merecían. La hija del Faraón, que fue, a no dudarlo,Meneftá II, se llamaba Uom-anhet, esto es, Destroza-corazones. Ellainspiró a Salomón el primer amor, profundo y suave. Salomón era muymuchacho cuando se casó con ella, y ella le trajo en dote a Gezer y docemil caballos para la remonta de su caballería. Después amó Salomón conlocura a Anahid, Lucero de la mañana, hija del Rey de Armenia. Serefiere que, repudiada ésta, hubo de volver a su patria, donde tuvo unhijo de Salomón, de quien procede el famoso Abagaro, a quien Cristoescribió una carta y envió su efigie. Después amó Salomón con no menorlocura a Leliti, la Noche, princesa de Etiopía. Luego amóapasionadamente a Vahar, a quien trajeron de la India las primeras navestirio-hebreas que fueron por allí. Esta Vahar, o dígase Primavera, erade la familia de los Sakias, reyes de Kapilavastu, y por consiguiente,parienta del ilustre Sakiamúni, que había de ser Buda, y fundar unareligión en que creyese cerca de la mitad del humano linaje.

Por último, pasión más durable que todas había concebido, alimentado yguardado Salomón por la Sulamita, en cuya alabanza dejó compuestas laspoesías amatorias más bellas que habían sonado hasta entonces en lenguahumana.

Pero Salomón, en medio de tantos deleites y triunfos, estaba hastiado.Nada le satisfacía. Todo era para él vanidad de vanidades y aflicción deespíritu. Ni siquiera tenía el goce del amor propio y del orgullo,porque sostenía que su grandeza se debía al acaso y no a su carácter nia su entendimiento y prudencia. Salomón había recapacitado y había vistoque, debajo del sol, ni la carrera era de los ligeros, ni la guerra erade los fuertes, ni el bienestar de los listos, ni de los prudentes lariqueza, ni de los elocuentes el favor, sino que todo era caprichosoresultado de la ciega fortuna.

Y hallándose su alma en tan doloroso estado, fue cuando Adherbal lepresentó a Echeloría.

Y el pueblo de Jerusalén afirmaba que Salomón la había conocido y lahabía amado. Y que la había hallado rosa de Saron y lirio de los valles.Y que había comparado su cabeza rubia, por la majestad, con el Carmelo,y el olor de sus vestidos al olor del almizcle y al de las silvestresflores que crecen en el Líbano.

La ternura de Salomón por Echeloría se aseguraba que excedía a la deJacob por Raquel y a la de Isaac por Rebeca.

Se daba por cierto que laamaba mil veces más que había amado a las otras mujeres: que sentía porella todo género de afecto; que con el espíritu puro la estimaba yquería como su padre David había estimado y querido a Jonatás, muerto enlas alturas de Gelboé por los filisteos; y que de un modo tempestuoso laidolatraba como el príncipe de Siquen había idolatrado a Dina.

Todos estos rumores llegaban cada vez con más consistencia a los oídosde Mutileder y le iban dando mucho que sentir y no poco que sospechar:le iban dando, permítaseme lo vulgar de la frase en gracia de lográfico, muy mala espina.

¿Cómo era posible que Echeloría resistiese a tantas seducciones? ¿Cómohabía de entenderse el amor de Salomón, si la muchacha, en vez de estaramable, estuviese zahareña y cogotuda?

En vista de estas y de otras reflexiones, y de no pocos indicios ypruebas que vinieron después, el pobre Mutileder tuvo al fin que abrirlos ojos, y que reconocer que Echeloría se había dejado querer, y hastaque pagaba a Salomón su cariño, queriéndole y siendo infiel y perjura asu Mutileder y a los juramentos hechos en Aratispi y en Churriana.

Por falta de elocuencia dejo de pintar aquí el furor de Mutileder cuandode esto se hubo cerciorado. Ni Otelo ni el Tetrarca estuvieron despuésmás celosos y furiosos.

Pero nuestro bermejino no se limitaba a lamentos estériles. Siempretomaba resoluciones y procuraba darles cima. La que ahora tomó fue la dematar a puñaladas a Echeloría y matarse él a renglón seguido con elpropio puñal. Lo difícil era ver a Echeloría para matarla.

Chemed, ocupada en Tiro con sus asuntos, se había consolado de laausencia de Mutileder, pero le conservaba buena amistad, y le habíaenviado cartas de recomendación para Adoniram, que era el mayordomo deSalomón, y para otros personajes de la Córte. Con estas cartas y con suhermoso rostro, gentil presencia y gallardo cuerpo, que más que nada lerecomendaban, Mutileder pretendió y consiguió sin dificultad entrar enla guardia personal del rey.

Componíase dicha guardia de sugetos de no poco fuste; de señores y hastade príncipes de las dinastías destronadas, cuyos reinos se habíananexionado Salomón y su padre, y de cuyos bienes habían idoincautándose. Allí había heteos, amorreos y jebuseos; caballeros de lacasa de Abinadab, rey de Kiriath-Yarin; dos sobrinitos de Og, rey deBasan, a quienes apenas apuntaba el bozo y tenían ocho codos deestatura; varios nietos de Hamnon, rey de los Amonitas; y paracomplemento de hermosura, como dice Ezequiel, hablando de los pigmeosde Tiro, una pequeña tropa de idénticos pigmeos, que no se levantaban uncodo de la tierra,

pero

que

eran

certeros

y

terribles

disparandoponzoñosos dardos.

Encubriendo siempre en los abismos oscuros del alma su terriblepropósito de matar a Echeloría y de matarse él, Mutileder se ingenió desuerte que se ganó la voluntad de sus jefes inmediatos y hasta delGeneral Benaya, tan ágil para cortar cabezas, según lo demostró aprincipios de aquel reinado, enviando al otro mundo, a fin de cimentarbien el trono, a Adonia, hermano mayor del rey, y a otros personajes.

Con este favor, pronto subió Mutileder a capitán de una compañía defilisteos, rubios casi tanto como él, y que formaban parte de la guardiareal.

Lo que no pudo conseguir fue ver a Echeloría. Lo que no pudo inspirarfue la absoluta e indispensable confianza para llegar a ser uno deaquellos sesenta valientes, los más probados y selectos, que rodeaban eltálamo de Salomón por la noche (algo parecido a nuestros Monteros deEspinosa), y que andaban siempre con la espada sobre el muslo, por temorde los duendes y vestiglos, que eran traviesos, traían revuelto elalcázar, y no hubieran dejado, sin la citada precaución, un instante desosiego a las reinas y demás señoras.

¿Quién sabe si la misma gentileza de Mutileder sería óbice para queentrase él en el número de los sesenta, no hiciera el diablo queinquietase a las damas en vez de aquietarlas? Lo cierto es que sugentileza ya mencionada, su discreción, despejo y buen trato, sehicieron notorios en Jerusalén, y que las damas le ponían en las nubes.Hasta un no sé qué de torvo, de melancólico y de trágicamente distraído,que había en su lindo semblante, le hacía más grato a las damas.

Así las cosas, cuando ocurrió una novedad grandísima, que contribuyó aglorificar el reinado de Salomón más todavía.

VII

Además de los libros que conocemos, Salomón escribió otros muchos que sehan perdido. Compuso tres mil parábolas y mil y cinco cantares, ydisertó sobre árboles y plantas, desde el cedro hasta el hisopo que naceen la pared, y sobre aves, cuadrúpedos, reptiles y peces. Quieren decirque supo muchas cosas que después se olvidaron; unas han vuelto adescubrirse; otras quizá no se descubran nunca de nuevo. Así, porejemplo, parece que atraía por medio de pinchos de metal los rayos y lascentellas; que entendía la lengua de los pájaros; que conocía la fuerzaoculta de la palabra humana y obraba por ella mil prodigios; que losgenios le obedecían; y que era sabedor de todas las doctrinas mágicas deEnoch y de las que Abraham había aprendido en su patria, Ur de loscaldeos, y de las que estudió Moises en los colegios sacerdotales de lasorillas del Nilo.

Sea de esto lo que se quiera, no puede negarse que su fama de sabio seextendió por todas partes.

La reina de Sabá, cuyo nombre, según hemos llegado a averiguar, eraGuadé, que en el idioma hymiárico, hablado entonces en su reino,equivale a Amor o Amistad, oyó hablar de Salomón y quiso probarlecon preguntas y acertijos.

Embarcóse, pues, esta augusta señora en Aden, que era el mejor puerto desus Estados, y con próspero viento, navegando por el mar Bermejo, aportóa Aziongaber, y desde allí, por Sela, Beersebá y otras poblaciones,llegó hasta Hebron, donde el Rey Sabio salió a recibirla con muchacortesía y aparato.

No entro aquí en descripciones del viaje de esta reina, de la pompa conque venía, de su entrada en Jerusalén, acompañada ya de Salomón, que lahospedó en su palacio, y de las fiestas que hubo con este motivo. Seríamuy largo contar todo esto. Contentémonos con decir que los regalos quedio la reina a Salomón fueron magníficos, y no inferiores los que deSalomón recibió ella; que ella se quedó pasmada del lujo que gastabaSalomón; y que, como Salomón le adivinó de tenazón todos sus másenmarañados acertijos, ella se quedó doblemente pasmada de su sabiduría.

Salomón, que era fino y discreto, creyó que el mayor obsequio que podíahacer a Guadé, mientras morase en su alcázar, y siendo ella de un morenomuy subido de punto, era darle para guardia de su persona a losfilisteos que mandaba Mutileder, todos rubios, blancos y sonrosados.

Enefecto, los filisteos la impresionaron agradablemente; pero Mutileder,su capitán, le pareció una divinidad y no un hombre cualquiera.

Era Guadé tan hermosa como las noches serenas del estío; sus ojosbrillaban como carbunclos, y en oposición a su rostro, algo tostado,relucían como perlas sus dientes blanquísimos. Sabía mucho. Era unSalomón con faldas.

Pronto con sus miradas fulmíneas derritió la tripleplaca de bronce que el empeño de ser consecuente había puesto en tornodel corazón de Mutileder. Y Mutileder y Guadé se amaron, a pesar deChemed y de Echeloría.

Guadé, a quien importaba desengañar por completo a Mutileder, el cual lehabía contado toda su historia, menos su plan de tragedia; Guadé, quehablaba en toda confianza con Salomón y sabía los secretos del harem,reveló y probó a su joven amigo que Echeloría amaba a Salomón condelirio.

Esto indujo más a Mutileder a amar con delirio también a Guadé, no sóloporque ella se lo merecía, sino para no ser menos y tomar represalias ydesquite.

Y sin embargo, y aquí entra lo más patético de mi cuento, si bien eracierto que Echeloría y Mutileder estaban enamorados el uno de su reina yde su rey la otra, ambos sentían, en medio de la embriaguez del nuevoamor, pesar tremendo, torcedor horrible en la conciencia, y pasión deánimo, que amenazaban matarlos.

Las mismas imaginaciones, las mismas ideas acudían al alma de los dos,aunque no se veían ni se hablaban. Se sentían rebajados y humillados.Eran juguetes de la casualidad. La voluntad de ellos carecía de firmeza.¿Había sido ensueño infantil el amor que se tuvieron? ¿Había sido burlaridícula el juramento que se hicieron repetidas veces?

O no había sidosanta y hermosa aquella primera pasión, y entonces lo más poético de lavida de ambos se desvanecía; o si la pasión había sido santa y hermosa,ellos habían sido sacrílegos e infames, profanándola y hollándola.

Mutileder desistió ya de matar a Echeloría y de matarse; pero aqueldolor oculto iba a matar a los dos. Y mientras más notaban ambos que elamor que tenían a Salomón y a Guadé era su encanto y su delicia, másculpados y viles se juzgaban y más ganas tenían de morirse, porque elsonrojo y la humillación destrozaban sus pechos, no bien dejaban deembargarlos y cautivarlos el frenesí y el vivo deleite que nacen de loscoloquios y caricias en el amor bien correspondido.

Salomón advirtió el mal de Echeloría, y Guadé advirtió el mal deMutileder. Conferenciaron sobre ello. Se lo contaron todo. Buscaronremedio y no pudieron hallarle. ¿Qué hierba, qué elixir, qué talismánsería poderoso contra tan rara dolencia, que designaron con el nombre de dolencia de los dos amores?

Presintieron los reyes que iban a perecer sus dulces amigos y sedesconsolaron. Todo era cavilar en balde qué habían de hacer parasalvarlos. Llegaron hasta a ser tan generosos que proyectaron ceder él aEcheloría y ella a Mutileder para que se casasen. Pero luegoconsideraron que esto sería peor. Al verse, se avergonzarían de verse;no dejarían de amar de otro modo a Salomón y a Guadé; no podrían amarseentre sí del mismo amor que los amaban, y morirían más pronto y másdesesperadamente.

El lance no tenía otra solución que la más lúgubre, a no ocurrir algocon visos de milagro, como ocurrió en efecto.

VIII

Años atrás, en los últimos del reinado de David, había venido aJerusalén un príncipe hiperbóreo, a quien de fama conocen sin duda mislectores. Hablo del sapientísimo Abaris, que caminaba montado en unaflecha. Si era la aguja de marear aplicada a la navegación aérea o algopor el mismo orden, no acertaré yo a decirlo en este momento. Lo quehace al caso es saber que Abaris viajaba con facilidad prodigiosa.

David estaba viejísimo, y los sabios de Israel resolvieron que, paraaliviar sus dolencias y hacer menos crueles los postreros años de suvida, era menester casarle con una jovencita bella e inocente; la florde las doce tribus.

Eligieron para esto los sabios a Abisag de Sunam, dequien, por una maldita coincidencia, Abaris, muy joven entonces, andabaperdidamente enamorado.

Abaris hizo esfuerzos inauditos para disuadir a Abisag de sacrificarse aaquel viejo; pero ella, teniéndolo a mucha honra, y creyendo que cumplíacon un deber en ser útil al Rey Profeta, desdeñó a Abaris y se unió conel Rey.

Abaris montó en su flecha y se fue de Jerusalén hecho un veneno. A finde vengarse del desdén de Abisag, ya que no en ella, en otras mujeres,se convirtió en seductor desaforado, en el D. Juan Tenorio o Lovelace deaquel siglo. Los medios de que disponía eran enormes. Era guapísimo,ágil y divertido en la conversación; y desde que, siglos antes, habíavenido su compatriota Olen a civilizar a tracios y pelasgos, no se habíavisto hiperbóreo de más doctrina en el Mediodía de Europa. Con esto, consu astucia, con sus chistes y con su atrevimiento, Abaris iba por todaspartes haciendo estragos en los corazones femeninos.

Entre tanto, murió David, subió Salomón al trono, y Abisag quedó enpalacio como una de las reinas viudas, aunque en realidad no se podíadecir que hubiese sido esposa del Santo Rey.

Sabido es, no obstante, que Salomón quería que la tuviesen por tal y queasimismo viviese ella consagrada sólo a la memoria de David, cuyoúltimo suspiro había recogido.

Por esto se enfadó tanto Salomón cuandoAdonia se atrevió a pedirle por mujer a Abisag. Y habiéndole perdonadoque conspirase contra él, no le perdonó aquella insolencia, e hizo queBenaya le matase sin que pudiera valerle el haberse asido al cuerno delaltar, en el templo mismo.

Abaris, que tuvo noticia de todo esto, y que aun estaba enojado contraAbisag, tardó en volver a Jerusalén; pero volvió al cabo y precisamenteen los días en que Salomón y la reina de Sabá andaban más afligidos conla dolencia de Echeloría y de Mutileder.

Ignorábase qué proyectos traía Abaris, pero Salomón le recibió bien,porque Salomón apreciaba mucho la ciencia.

Además, como Abaris erahombre de mundo, lo que se llama un rodaballo muy corrido, Salomón lepuso al corriente de todo, a ver si él hallaba remedio para aquel mal.

Abaris aseguró que curaría a los dos jóvenes iberos; pero que, encambio, deseaba que Salomón le prometiese que había de otorgarle un donque intentaba pedirle. Salomón se lo prometió.

Pasaron después tres días, durante los cuales Abaris pareció como queestaba estudiando. Al terminar los tres días, fue Abaris al regioalcázar, hizo que Salomón le presentase a Echeloría, y, no bien la hubovisto, Abaris dio un grito y se echó en los brazos de la joven,exclamando:

—¡Gracias, gracias, benignos cielos: al fin he hallado a mi hija!

Explicó entonces Abaris que él había estado en Aratispi; que allí habíatenido amores con la madre de Echeloría, y que Echeloría era el fruto dedichos amores. Añadió luego que como entonces era él tan peregrinoseductor, había tenido también amores en Vesci con la madre deMutileder; y que por lo tanto, Mutileder era su hijo. En prueba de estodio no pocos datos y razones, y la más sorprendente fue la de afirmarque ambos jóvenes iberos estaban sellados por él, en la espalda, desdeel día en que nacieron, con una salamandra azul.

Con la alegría que produjo tan fausto descubrimiento, se prescindió dela etiqueta de palacio. Vino Guadé y trajo consigo a Mutileder.Desnudaron las espaldas de ambos jóvenes y se vieron estampadas en ellaslas salamandras. No cabía

duda;

eran

hijos

de

Abaris,

y

por

consiguientehermanos.

Todo se aclaraba y se justificaba así. El amor que se habían tenido erafraternal: nacido de la fuerza del parentesco. En vez de afligirse dehaber sido ella robada por Adherbal y enamorada luego de Salomón, y élde sus infidelidades con Chemed y con Guadé, dieron gracias a lospropicios hados que de aquella manera y por tan ocultos caminos loshabían salvado de un crimen feísimo, que tal le hubieran cometido sillegan a casarse.

Se disiparon, pues, las melancolías de Echeloría y de Mutileder; seabrazaron fraternalmente y más contentos que unas pascuas, y seencontraron muy a gusto de ser ella favorita de Salomón y él príncipeconsorte en el reino sabeo, para donde se fue con su Guadé, cuatro díasdespués de saber que era hijo de Abaris y de haber descubierto que teníauna salamandra azul en la espalda.

Echeloría se quedó en Jerusalén, ya sin remordimientos y muy alegre.

Abaris fue a ver a Salomón y a pedirle el don que había prometidootorgarle; pero como era hombre de mundo y precavido, llevaba preparadala flecha debajo del manto filosófico, poniéndose cerca del balcónabierto para hacer su petición, no fuera caso que Salomón se enfadase ytuviese él que salir volando, antes de que Benaya le hiciese pasar amejor vida.

La petición no era otra que la mano de Abisag.

Salomón estaba de tan buen talante con la radical curación de Echeloría,que en seguida consintió en que Abisag se casara. Además, Abisag iba yapasando de la juventud a la edad madura, y como la mayoría de lassolteras algo pasadas, estaba tan jaquecosa, que Salomón no la podíaaguantar, y se alegró de salir de ella.

Todos, pues, fueron felices.

Salomón tuvo una curiosidad y quiso que Abaris con el mayor sigilo lasatisficiese.

—¿Hay algo de verdad, le dijo, en lo que afirmas de que eres padre deEcheloría y de Mutileder?