Cuentos de Amor de Locura y de Muerte by Horacio Quiroga - HTML preview

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El solitario, violentamente arrancado, rodó por el piso.

Kassim, lívido, lo recogió examinándolo, y alzó luego desde el suelola mirada a su mujer.

—Y bueno, ¿por qué me miras así? ¿Se hizo algo tu piedra?

—No—repuso Kassim. Y reanudó en seguida su tarea, aunque las manosle temblaban hasta dar lástima.

Pero tuvo que levantarse al fin a ver a su mujer en el dormitorio, enplena crisis de nervios. El pelo se había soltado y los ojos le salíande las órbitas.

—¡Dame el brillante!—clamó.—¡Dámelo! ¡Nos escaparemos! ¡Para mí!

¡Dámelo!

—María…—tartamudeó Kassim, tratando de desasirse.

—¡Ah!—rugió su mujer enloquecida.—¡Tú eres el ladrón, miserable!¡Me has robado mi vida, ladrón, ladrón! Y creías que no me iba adesquitar… cornudo! ¡Ajá! Mírame… no se te había ocurrido nunca,¿eh?

¡Ah!—y se llevó las dos manos a la garganta ahogada. Pero cuandoKassim se iba, saltó de la cama y cayó, alcanzando a cogerlo deun botín.

—¡No importa! ¡El brillante, dámelo! ¡No quiero más que eso! ¡Es mío, Kassim miserable!

Kassim la ayudó a levantarse, lívido.

—Estás enferma, María. Después hablaremos… acuéstate.

—¡Mi brillante!

—Bueno, veremos si es posible… acuéstate.

—Dámelo!

La bola montó de nuevo a la garganta.

Kassim volvió a trabajar en su solitario. Como sus manos tenían unaseguridad matemática, faltaban pocas horas ya.

María se levantó para comer, y Kassim tuvo la solicitud de siempre conella. Al final de la cena su mujer lo miró de frente.

—Es mentira, Kassim—le dijo.

—¡Oh!—repuso Kassim sonriendo—no es nada.

—¡Te juro que es mentira!—insistió ella.

Kassim sonrió de nuevo, tocándole con torpe cariño la mano.

—¡Loca! Te digo que no me acuerdo de nada.

Y se levantó a proseguir su tarea. Su mujer, con la cara entre lasmanos, lo siguió con la vista.

—Y no me dice más que eso…—murmuró. Y con una honda náusea poraquello pegajoso, fofo e inerte que era su marido, se fué a su cuarto.

No durmió bien. Despertó, tarde ya, y vió luz en el taller; su maridocontinuaba trabajando. Una hora después, éste oyó un alarido.

—¡Dámelo!

—Sí, es para ti; falta poco, María—repuso presuroso, levantándose.Pero su mujer, tras ese grito de pesadilla, dormía de nuevo. A las dosde la mañana Kassim pudo dar por terminada su tarea; el brillanteresplandecía, firme y varonil en su engarce. Con paso silencioso fuéal dormitorio y encendió la veladora. María dormía de espaldas, en lablancura helada de su camisón y de la sábana.

Fué al taller y volvió de nuevo. Contempló un rato el seno casidescubierto, y con una descolorida sonrisa apartó un poco más elcamisón desprendido.

Su mujer no lo sintió.

No había mucha luz. El rostro de Kassim adquirió de pronto una durainmovilidad, y suspendiendo un instante la joya a flor del senodesnudo, hundió, firme y perpendicular como un clavo, el alfilerentero en el corazón de su mujer.

Hubo una brusca apertura de ojos, seguida de una lenta caída depárpados. Los dedos se arqueron, y nada más.

La joya, sacudida por la convulsión del ganglio herido, tembló uninstante desequilibrada. Kassim esperó un momento; y cuando elsolitario quedó por fin perfectamente inmóvil, pudo entoncesretirarse, cerrando tras de sí la puerta sin hacer ruido.

#LA MUERTE DE ISOLDA#

Concluía el primer acto de

Tristán e Isolda

. Cansado de la agitaciónde ese día, me quedé en mi butaca, muy contento con la falta devecinos. Volví la cabeza a la sala, y detuve en seguida los ojos en unpalco balcón.

Evidentemente, un matrimonio. El, un marido cualquiera, y tal vez porsu mercantil vulgaridad y la diferencia de año con su mujer, menos quecualquiera. Ella, joven, pálida, con una de esas profundas bellezasque más que en el rostro, aún bien hermoso, están en la perfectasolidaridad de mirada, boca, cuello, modo de entrecerrar los ojos.Era, sobre todo, una belleza para hombres, sin ser en lo más mínimoprovocativa; y esto es precisamente lo que no entenderán nuncalas mujeres.

La miré largo rato a ojos descubiertos porque la veía muy bien, yporque cuando el hombre está así en tensión de aspirar fijamente uncuerpo hermoso, no recurre al arbitrio femenino de los anteojos.

Comenzó el segundo acto. Volví aún la cabeza al palco, y nuestrasmiradas se cruzaron. Yo, que había apreciado ya el encanto de aquellamirada vagando por uno y otro lado de la sala, viví en un segundo, alsentirla directamente apoyada en mí, el más adorable sueño de amor quehaya tenido nunca.

Fué aquello muy rápido: los ojos huyeron, pero dos o tres veces, en milargo minuto de insistencia, tornaron fugazmente a mí.

Fué asimismo, con la súbita dicha de haberme soñado un instante sumarido, el más rápido desencanto de un idilio. Sus ojos volvieron otravez, pero en ese instante sentí que mi vecino de la izquierda mirabahacia allá, y después de un momento de inmovilidad de ambas partes, sesaludaron.

Así, pues, yo no tenía el más remoto derecho a considerarme un hombrefeliz, y observé a mi compañero.

Era un hombre de más de treinta ycinco años, barba rubia y ojos azules de mirada clara y un poco dura,que expresaba inequívoca voluntad.

—Se conocen—me dije—y no poco.

En efecto, después de la mitad del acto mi vecino, que no había vueltoa apartar los ojos de la escena, los fijó en el palco. Ella, la cabezaun poco echada atrás, y en la penumbra, lo miraba también. Me pareciómás pálida aún. Se miraron fijamente, insistentemente, aislados delmundo en aquella recta paralela de alma a alma que los manteníainmóviles.

Durante el tercero, mi vecino no volvió un instante la cabeza. Peroantes de concluir aquél salió por el pasillo opuesto. Miré al palco, yella también se había retirado.

—Final de idilio—me dije melancólicamente.

El no volvió más y el palco quedó vacío.

* * * * *

—Sí, se repiten—sacudió amargamente la cabeza.—Todas lassituaciones dramáticas pueden repetirse, aún las más inverosímiles, yse repiten. Es menester vivir, y usted es muy muchacho… Y las de su Tristán

también, lo que no obsta para que haya allí el más sostenidoalarido de pasión que haya gritado alma humana… Yo quiero tantocomo usted a esa obra, y acaso más… No me refiero, querrá creer, aldrama de

Tristán

, con las treinta y dos situaciones del dogma, fuerade las cuales todas son repeticiones. No; la escena que vuelve comouna pesadilla, los personajes que sufren la alucinación de una dichamuerta, es otra cosa… Usted asistió al preludio de una de esasrepeticiones… Sí, ya sé que se acuerda… No nos conocíamos conusted entonces… Y precisamente a usted debía de hablarle de esto!Pero juzga mal lo que vió y creyó un acto mío feliz… ¡Feliz!…Oigame. ¡El buque parte dentro de un momento, y esta vez no vuelvomás… Le cuento esto a usted, como si se lo pudiera escribir, pordos razones: Primero, porque usted tiene un parecido pasmoso con loque era yo entonces—en lo bueno únicamente, por suerte.—Y segundo,porque usted, mi joven amigo, es perfectamente incapaz de pretenderla,después de lo que va a oir. Oigame:

La conocí hace diez años, y durante los seis meses que fuí su novio,hice cuanto me fué posible para que fuera mía. La quería mucho, yella, inmensamente a mí. Por esto cedió un día, y desde ese instante,privado de tensión, mi amor se enfrió.

Nuestro ambiente social era distinto, y mientras ella se embriagabacon la dicha de mi nombre—se me consideraba buen mozo entonces—yovivía en una esfera de mundo donde me era inevitable flirtear conmuchachas de apellido, fortuna, y a veces muy lindas.

Una de ellas llevó conmigo el flirteo bajo parasoles de garden party aun extremo tal, que me exasperé y la pretendí seriamente. Pero si mipersona era interesante para esos juegos, mi fortuna no alcanzaba aprometerle el tren necesario, y me lo dió a entender claramente.

Tenía razón, perfecta razón. En consecuencia flirteé con una amigasuya, mucho más fea, pero infinitamente menos hábil para estastorturas del tête-a-tête a diez centímetros, cuya gracia exclusivaconsiste en enloquecer a su flirt, manteniéndose uno dueño de sí. Yesta vez no fuí yo quien se exasperó.

Seguro, pues, del triunfo, pensé entonces en el modo de romper conInés. Continuaba viéndola, y aunque no podía ella engañarse sobre elamortiguamiento de mi pasión, su amor era demasiado grande para noiluminarle los ojos de dicha cada vez que me veía entrar.

La madre nos dejaba solos; y aunque hubiera sabido lo que pasaba,habría cerrado los ojos para no perder la más vaga posibilidad desubir con su hija a una esfera mucho más alta.

Una noche fuí allá dispuesto a romper, con visible malhumor, por lomismo. Inés corrió a abrazarme, pero se detuvo, bruscamente pálida.

—Qué tienes—me dijo.

—Nada—le respondí con sonrisa forzada, acariciándole la frente. Dejóhacer, sin prestar atención a mi mano y mirándome insistemente. Al finapartó los ojos contraídos y entramos.

La madre vino, pero sintiendo cielo de tormenta, estuvo sólo unmomento y desapareció.

Romper, es palabra corta y fácil; pero comenzarlo…

Nos habíamos sentado y no hablábamos. Inés se inclinó, me apartó lamano de la cara y me clavó los ojos, dolorosos de angustioso examen.

—¡Es evidente!…—murmuró.

—Qué—le pregunté fríamente.

La tranquilidad de mi mirada le hizo más daño que mi voz, y su rostrose demudó:

—¡Que ya no me quieres!—articuló en una desesperada y lentaoscilación de cabeza.

—Esta es la quincuagésima vez que dices lo mismo—respondí.

No podía darse respuesta más dura; pero yo tenía ya el comienzo.

Inés me miró un rato casi como a un extraño, y apartando bruscamentemi mano y el cigarro, su voz se rompió:

—¡Esteban!

—Qué—torné a decirle.

Esta vez bastaba. Dejó lentamente mi mano y se reclinó atrás en elsofá, manteniendo fijo en la lámpara su rostro lívido. Pero un momentodespués su cara caía de costado bajo el brazo crispado al respaldo.

Pasó un rato aún. La injusticia de mi actitud—no veía más queinjusticia—acrecentaba el profundo disgusto de mí mismo. Por esocuando oí, o más bien sentí, que las lágrimas salían al fin, melevanté con un violento chasquido de lengua.

—Yo creía que no íbamos a tener más escenas—le dije paseándome.

No me respondió, y agregué:

—Pero que sea ésta la última.

Sentí que las lágrimas se detenían, y bajo ellas me respondió unmomento después:

—Como quieras.

Pero en seguida cayó sollozando sobre el sofá:

—¡Pero qué te hecho! ¡qué te he hecho!

—¡Nada!—le respondí.—Pero yo tampoco te he hecho nada a ti… Creoque estamos en el mismo caso.

Estoy harto de estas cosas!

Mi voz era seguramente mucho más dura que mis palabras. Inés seincorporó, y sosteniéndose en el brazo del sofá, repitió, helada:

—Como quieras.

Era una despedida. Yo iba a romper, y se me adelantaban. El amorpropio, el vil amor propio tocado a vivo, me hizo responder:

—Perfectamente… Me voy. Que seas más feliz… otra vez.

No comprendió, y me miró con extrañeza. Había cometido la primerinfamia; y como en esos casos, sentí el vértigo de enlodarme más aún.

—¡Es claro!—apoyé brutalmente—porque de mí no has tenidoqueja…¿no?

Es decir: te hice el honor de ser tu amante, y debes estarmeagradecida.

Comprendió más mi sonrisa que las palabras, y salí a buscar misombrero en el corredor, mientras que con un ¡ah!, su cuerpo y su almase desplomaban en la sala.

Entonces, en ese instante en que crucé la galería, sentí intensamentecuánto la quería y lo que acababa de hacer. Aspiración de lujo,matrimonio encumbrado, todo me resaltó como una llaga en mi propiaalma. Y yo, que me ofrecía en subasta a las mundanas feas con fortuna,que me ponía en venta, acababa de cometer el acto más ultrajante, conla mujer que nos ha querido demasiado… Flaqueza en el Monte de losOlivos, o momento vil en un hombre que no lo es, llevan al mismo fin:ansia de sacrificio, de reconquista más alta del propio valer. Yluego, la inmensa sed de ternura, de borrar beso tras beso laslágrimas de la mujer adorada, cuya primera sonrisa tras la herida quele hemos causado, es la más bella luz que pueda inundar un corazónde hombre.

¡Y concluído! No me era posible ante mí mismo volver a tomar lo queacababa de ultrajar de ese modo: ya no era digno de ella, ni lamerecía más. Había enlodado en un segundo el amor más puro que hombrealguno haya sentido sobre sí, y acababa de perder con Inés lairreencontrable felicidad de poseer a quien nos ama entrañablemente.

Desesperado, humillado, crucé por delante de la puerta, y la vi echadaen el sofá, sollozando el alma entera sobre sus brazos. ¡Inés!¡Perdida ya! Sentí más honda mi miseria ante su cuerpo, todo amor,sacudido por los sollozos de su dicha muerta. Sin darme cuenta casi,me detuve.

—¡Inés!—llamé.

Mi voz no era ya la de antes. Y ella debió notarlo bien, porque sualma sintió, en aumento de sollozos, el desesperado llamado que lehacía mi amor, esta vez sí, inmenso amor!

—No, no…—me respondió.—¡Es demasiado tarde!

* * * * *

Padilla se detuvo. Pocas veces he visto amargura más agotada ytranquila que la de sus ojos cuando concluyó. Por mi parte, no podíanapartar de los míos aquella adorable belleza del palco, sollozandosobre el sofá…

—Me creerá—reanudó Padilla—si le digo que en mis muchos insomniosde soltero descontento de sí mismo, la tuve así ante mí… Salí deBuenos Aires sin ver casi a nadie, y menos a mi flirt de granfortuna…

Volví a los ocho años, y supe entonces que se habíacasado, a los seis meses de haberme ido yo. Torné a alejarme, y haceun mes regresé, bien tranquilizado ya, y en paz.

No había vuelto a verla. Era para mí como un primer amor, con todo elencanto dignificante que un idilio virginal tiene para el hombrehecho, que después amó cien veces… Si usted es querido alguna vezcomo yo lo fuí, y ultraja como yo lo hice, comprenderá toda la purezaviril que hay en mi recuerdo.

Hasta que una noche tropecé con ella. Sí, esa misma noche en elteatro… Comprendí, al ver a su marido de opulenta fortuna, que sehabía precipitado en el matrimonio, como yo al Ucayali… Pero alverla otra vez, a veinte metros de mí, mirándome, sentí que en mialma, dormida en paz, surgía sangrando la desolación de haberlaperdido, como si no hubiera pasado un solo día de esos diez años.¡Inés! Su hermosura, su mirada, única entre todas las mujeres, habíansido mías bien mías, porque me habían sido entregadas conadoración—también apreciará usted esto algún día.

Hice lo humanamente posible para olvidar, me rompí las muelas tratandode concentrar todo mi pensamiento en la escena. Pero la prodigiosapartitura de Wagner, ese grito de pasión enfermante, encendió en llamaviva lo que quería olvidar. En el segundo o tercer acto no pude más yvolví la cabeza.

Ella también sufría la sugestión de Wagner, y memiraba. ¡Inés, mi vida! Durante medio minuto su boca, sus manos,estuvieron bajo mi boca, mis ojos, y durante ese tiempo ella concentróen su palidez la sensación de esa dicha muerta hacia diez años. ¡Y

Tristán

siempre, sus alaridos de pasión sobrehumana, sobre nuestrafelicidad yerta!

Salí entonces, atravesé las butacas como un sonámbulo, aproximándome aella sin verla, sin que me viera, como si durante diez años no hubierayo sido un miserable…

Y como diez años atrás, sufrí la alucinación de que llevaba misombrero en la mano e iba a pasar delante de ella.

Pasé, la puerta del palco estaba abierta, y me detuve enloquecido.Como diez antes sobre el sofá, ella, Inés, tendida en el diván delantepalco, sollozaba la pasión de Wagner y su dicha deshecha.

¡Inés!… Sentí que el destino me colocaba en un momento decisivo.

¡Diez años!… ¿Pero habían pasado? ¡No, no, Inés mía!

Y como entonces, al ver su cuerpo todo amor, sacudido por lossollozos, murmuré:

—¡Inés!

Y como diez años antes, los sollozos redoblaron, y como entonces merespondió bajo sus brazos:

—No, no…¡Es demasiado tarde!…

#EL INFIERNO ARTIFICIAL#

Las noches en que hay luna, el sepulturero avanza por entre las tumbascon paso singularmente rígido. Va desnudo hasta la cintura y lleva ungran sombrero de paja. Su sonrisa, fija, da la sensación de estarpegada con cola a la cara. Si fuera descalzo, se notaría que caminacon los pulgares del pie doblados hacia abajo.

No tiene esto nada de extraño, porque el sepulturero abusa delcloroformo. Incidencias del oficio lo han llevado a probar elanestésico, y cuando el cloroformo muerde en un hombre, difícilmentesuelta. Nuestro conocido espera la noche para destapar su frasco, ycomo su sensatez es grande, escoge el cementerio para inviolableteatro de sus borracheras.

El cloroformo dilata el pecho a la primera inspiración; la segunda,inunda la boca de saliva; las extremidades hormiguean, a la tercera; ala cuarta, los labios, a la par de las ideas, se hinchan, y luegopasan cosas singulares.

Es así como la fantasía de su paso ha llevado al sepulturero hasta unatumba abierta en que esa tarde ha habido remoción de huesos—inconclusapor falta de tiempo. Un ataúd ha quedado abierto tras la verja, y a sulado, sobre la arena, el esqueleto del hombre que estuvo encerrado enél.

… ¿Ha oído algo, en verdad? Nuestro conocido descorre el cerrojo,entra, y luego de girar suspenso alrededor del hombre de hueso, searrodilla y junta sus ojos a las órbitas de la calavera.

Allí, en el fondo, un poco más arriba de la base del cráneo, sostenidocomo en un pretil en una rugosidad del occipital, está acurrucado unhombrecillo tiritante, amarillo, el rostro cruzado de arrugas. Tienela boca amoratada, los ojos profundamente hundidos, y la miradaenloquecida de ansia.

Es todo cuanto queda de un cocainómano.

—¡Cocaína! ¡Por favor, un poco de cocaína!

El sepulturero, sereno, sabe bien que él mismo llegaría a disolver conla saliva el vidrio de su frasco, para alcanzar el cloroformoprohibido. Es, pues, su deber ayudar al hombrecillo tiritante.

Sale y vuelve con la jeringuilla llena, que el botiquín del cementeriole ha proporcionado. ¿Pero cómo, al hombrecillo diminuto?…

—¡Por las fisuras craneanas!… ¡Pronto!

¡Cierto! ¿Cómo no se le había ocurrido a él? Y el sepulturero, derodillas, inyecta en las fisuras el contenido entero de lajeringuilla, que filtra y desaparece entre las grietas.

Pero seguramente algo ha llegado hasta la fisura a que el hombrecillose adhiere desesperadamente. Después de ocho años de abstinencia, ¿quémolécula de cocaína no enciende un delirio de fuerza, juventud, belleza?

El sepulturero fijó sus ojos a la órbita de la calavera, y noreconoció al hombrecillo moribundo. En el cutis, firme y terso, nohabía el menor rastro de arruga. Los labios, rojos y vitales, seentremordían con perezosa voluptuosidad que no tendría explicaciónviril, si los hipnóticos no fueran casi todos femeninos; y los ojos,sobre todo, antes vidriosos y apagados, brillaban ahora con tal pasiónque el sepulturero tuvo un impulso de envidiosa sorpresa.

—Y eso, así… ¿la cocaína?—murmuró.

La voz de adentro sonó con inefable encanto.

—¡Ah! ¡Preciso es saber lo que son ocho años de agonía! ¡Ocho años,desesperado, helado, prendido a la eternidad por la sola esperanza deuna gota!… Sí, es por la cocaína… ¿Y usted? Yo conozco ese olor…¿cloroformo?

—Sí—repuso el sepulturero avergonzado de la mezquindad de su paraísoartificial. Y agregó en voz baja:—

El cloroformo también… Memataría antes que dejarlo.

La voz sonó un poco burlona.

—¡Matarse! Y concluiría seguramente; sería lo que cualquiera de esosvecinos míos… Se pudriría en tres horas, usted y sus deseos.

—Es cierto;—pensó el sepulturero—acabarían conmigo. Pero el otro nose había rendido. Ardía aún después de ocho años aquella pasión quehabía resistido a la falta misma del vaso de deleite; que ultrapasabala muerte capital del organismo que la creó, la sostuvo, y no fuécapaz de aniquilarla consigo; que sobrevivía monstruosamente de símisma, transmutando el ansia causal en supremo goce final,manteniéndose ante la eternidad en una rugosidad del viejo cráneo.

La voz cálida y arrastrada de voluptuosidad sonaba aún burlona.

—Usted se mataría… ¡Linda cosa! Yo también me maté… ¡Ah, leinteresa! ¿verdad? Pero somos de distinta pasta… Sin embargo,traiga su cloroformo, respire un poco más y óigame. Apreciará entonceslo que va de su droga a la cocaína. Vaya.

El sepulturero volvió, y echándose de pecho en el suelo, apoyado enlos codos y el frasco bajo las narices, esperó.

—¡Su cloro! No es mucho, que digamos. Y aún morfina… ¿Usted conoceel amor por los perfumes? ¿No?

¿Y el Jicky de Guerlain? Oiga,entonces. A los treinta años me casé, y tuve tres hijos. Con fortuna,una mujer adorable y tres criaturas sanas, era perfectamente feliz.Sin embargo, nuestra casa era demasiado grande para nosotros. Usted havisto. Usted no… en fin… ha visto que las salas lujosamentepuestas parecen más solitarias e inútiles. Sobre todo solitarias. Todonuestro palacio vivía así en silencio su estéril y fúnebre lujo.

Un día, en menos de diez y ocho horas, nuestro hijo mayor nos dejó porseguir tras la difteria. A la tarde siguiente el segundo se fué con suhermano, y mi mujer se echó desesperada sobre lo único que nosquedaba: nuestra hija de cuatro meses. ¿Qué nos importaba la difteria,el contagio y todo lo demás? A pesar de la orden del médico, la madredió de mamar a la criatura, y al rato la pequeña se retorcía convulsa,para morir ocho horas después, envenenada por la leche de la madre.

Sume usted: 18, 24, 9. En 51 horas, poco más de dos días, nuestra casaquedó perfectamente silenciosa, pues no había nada que hacer. Mi mujerestaba en su cuarto, y yo me paseaba al lado. Fuera de eso nada, ni unruido. Y dos días antes teníamos tres hijos…

Bueno. Mi mujer pasó cuatro días arañando la sábana, con un ataquecerebral, y yo acudí a la morfina.

—Deje eso—me dijo el médico,—no es para usted.

—¿Qué, entonces?—le respondí. Y señalé el fúnebre lujo de mi casaque continuaba encendiendo lentamente catástrofes, como rubíes.

El hombre se compadeció.

—Prueba sulfonal, cualquier cosa… Pero sus nervios no darán.

Sulfonal, brional, estramonio…¡bah! ¡Ah, la cocaína! Cuánto deinfinito va de la dicha desparramada en cenizas al pie de cada camavacía, al radiante rescate de esa misma felicidad quemada, cabe en unasola gota de cocaína! Asombro de haber sufrido un dolor inmenso,momentos antes; súbita y llana confianza en la vida, ahora;instantáneo rebrote de ilusiones que acercan el porvenir a diezcentímetros del alma abierta, todo esto se precipita en las venas porentre la aguja de platino. ¡Y su cloroformo!… Mi mujer murió.Durante dos años gasté en cocaína muchísimo más de lo que usted puedeimaginarse. ¿Sabe usted algo de tolerancias? Cinco centigramos demorfina acaban fatalmente con un individuo robusto. Quincey llegó atomar durante quince años dos gramos por día; vale decir, cuarentaveces más que la dosis mortal.

Pero eso se paga. En mí, la verdad de las cosas lúgubres, contenida,emborrachada día tras día, comenzó a vengarse, y ya no tuve másnervios retorcidos que echar por delante a las horribles alucinacionesque me asediaban. Hice entonces esfuerzos inauditos para arrojar fuerael demonio, sin resultado. Por tres veces resistí un mes a la cocaína,un mes entero. Y caía otra vez. Y usted no sabe, pero sabrá un día,qué sufrimiento, qué angustia, qué sudor de agonía se siente cuando sepretende suprimir un solo día la droga!

Al fin, envenenado hasta lo más íntimo de mi ser, preñado de torturasy fantasmas, convertido en un tembloroso despojo humano; sin sangre,sin vida—miseria a que la cocaína prestaba diez veces por díaradiante disfraz, para hundirme en seguida en un estupor cada vez máshondo, al fin un resto de dignidad me lanzó a un sanatorio, meentregué atado de pies y manos para la curación.

Allí, bajo el imperio de una voluntad ajena, vigilado constantementepara que no pudiera procurarme el veneno, llegaría forzosamente adescocainizarme.

¿Sabe usted lo que pasó? Que yo, conjuntamente con el heroísmo paraentregarme a la tortura, llevaba bien escondido en el bolsillo unfrasquito con cocaína… Ahora calcule usted lo que es pasión.

Durante un año entero, después de ese fracaso, proseguí inyectándome.Un largo viaje emprendido dióme no sé qué misteriosas fuerzas dereacción, y me enamoré entonces.

La voz calló. El sepulturero, que escuchaba con la babeante sonrisafija siempre en su cara, acercó su ojo y creyó notar un veloligeramente opaco y vidrioso en los de su interlocutor. El cutis, a suvez, se resquebrajaba visiblemente.

—Sí,—prosiguió la voz,—es el principio… Concluiré de una vez. Austed, un colega, le debo toda esta historia.

Los padres hicieron cuanto es posible para resistir: ¡un morfinómano,o cosa así! Para la fatalidad mía, de ella, de todos, había puesto enmi camino a una supernerviosa. ¡Oh, admirablemente bella! No teníasino diez y ocho años. El lujo era para ella lo que el cristal talladopara una esencia: su envase natural.

La primera vez que, habiéndome yo olvidado de darme una nuevainyección antes de entrar, me vió decaer bruscamente en su presencia,idiotizarme, arrugarme, fijó en mí sus ojos inmensamente grandes,bellos y espantados. ¡Curiosamente espantados! Me vió, pálida y sinmoverse, darme la inyección. No cesó un instante en el resto de lanoche de mirarme. Y tras aquellos ojos dilatados que me habían vistoasí, yo veía a mi vez la tara neurótica, al tío internado, y a suhermano menor epiléptico…

Al día siguiente la hallé respirando Jicky, su perfume favorito; habíaleído en veinticuatro horas cuanto es posible sobre hipnóticos.

Ahora bien: basta que dos personas sorban los deleites de la vida deun modo anormal, para que se comprendan tanto más íntimamente, cuantomás extraña es la obtención del goce. Se unirán en seguida, excluyendotoda otra pasión, para aislarse en la dicha alucinada de un paraísoartificial.

En veinte días, aquel encanto de cuerpo, belleza, juventud yelegancia, quedó suspenso del aliento embriagador de los perfumes.Comenzó a vivir, como yo con la cocaína, en el cielo delirante desu Jicky.

Al fin nos pareció peligroso el mutuo sonambulismo en su casa, porfugaz que fuera, y decidimos crear nuestro paraíso. Ninguno mejor quemi propia casa, de la que nada había tocado, y a la que no habíavuelto más. Se llevaron anchos y bajos divanes a la sala; y allí, enel mismo silencio y la misma suntuosidad fúnebre que había incubado lamuerte de mis hijos; en la profunda quietud de la sala, con lámparaencendida a la una de la tarde; bajo la atmósfera pesada de perfumes,vivimos horas y horas nuestro fraternal y taciturno idilio, yo tendidoinmóvil con los ojos abiertos, pálido como la muerte; ella echadasobre el diván, manteniendo bajo las narices, con su mano helada, elfrasco de Jicky.

Porque no había en nosotros el menor rastro de deseo—¡y cuán hermosaestaba con sus profundas ojeras, su peinado descompuesto, y, elardiente lujo de su falda inmaculada!

Durante tres meses consecutivos raras veces faltó, sin llegar yo jamása explicarme qué combinaciones de visitas, casamientos y garden partydebió hacer para no ser sospechada. En aquellas raras ocasionesllegaba al día siguiente ansiosa, entraba sin mirarme, tiraba susombrero con un ademán brusco, para tenderse en seguida, la cabezaechada atrás y los ojos entornados, al sonambulismo de su Jicky.

Abrevio: una tarde, y por una de esas reacciones inexplicables con quelos organismos envenenados lanzan en explosión sus reservas dedefensa—los morfinómanos las conocen bien!—sentí todo el profundogoce que había, no en mi cocaína, sino en aquel cuerpo de diez y ochoaños, admirablemente hecho para ser deseado. Esa tarde, como nunca, subelleza surgía pálida y sensual, de la suntuosa quietud de la salailuminada. Tan brusca fué la sacudida, que me hallé sentado en eldiván, mirándola. ¡Diez y ocho años… y con esa hermosura!

Ella me vió llegar sin hacer un movimiento, y al inclinarme me mirócon fría extrañeza.

—Sí…—murmuré.

—No, no…—repuso ella con la voz blanca, esquivando la boca enpesados movimiento de su cabellera.

Al fin, al fin echó la cabeza atrás y cedió cerrando los ojos.

¡Ah! ¡Para qué haber resucitado un instante, si mi potencia viril, simi orgullo de varón no revivía más!

¡Estaba muerto para siempre,ahogado, disuelto en el mar de cocaína! Caí a su lado, sentado en elsuelo, y hundí la cabeza entre sus faldas, permaneciendo así una horaentera en hondo silencio, mientras ella, muy pálida, se manteníatambién inmóvil, los ojos abiertos fijos en el techo.

Pero ese fustazo de reacción que había encendido un efímero relámpagode ruina sensorial, traía también a flor de conciencia cuanto de honormasculino y vergüenza viril agonizaba en mí. El fracaso de un día enel sanatorio, y el diario ante mi propia dignidad, no eran nada encomparación del de ese momento,

¿comprende usted? ¡Para qué vivir, siel infierno artificial en que me había precipitado y del que no podíasalir, era incapaz de absorberme del todo! ¡Y me había soltado uninstante, para hundirme en ese final!

Me levanté y fuí adentro, a las piezas bien conocidas, donde aúnestaba mi revólver. Cuando volví, ella tenía los párpados cerrados.

—Matémonos—le dije.

Entreabrió los ojos, y durante un minuto no apartó la mirada de mí. Sufrente límpida volvió a tener el mismo movimiento de cansado éxtasis:

—Matémonos—murmuró.

Recorrió en seguida con la vista el fúnebre lujo de la sala, en que lalámpara ardía con alta luz, y contrajo ligeramente el ceño.

—Aquí no—agregó.

Salimos juntos, pesados aún de alucinación, y atravesamos la casaresonante, pieza tras pieza. Al fin ella se apoyó contra una puerta ycerró los ojos. Cayó a lo largo de la pared. Volví el arma contra mímismo, y me maté a mi vez.

Entonces, cuando a la explosión mi mandíbula se descolgó bruscamente,y sentí un inmenso hormigueo en la cabeza; cuando el corazón tuvo doso tres sobresaltos, y se detuvo paralizado; cuando en mi cerebro y enmis nervios y en mi sangre no hubo la más remota probabilidad de quela vida volviera a ellos, sentí que mi deuda con la cocaína estabacumplida. ¡Me había matado, pero yo la había muerto a mi vez!

¡Y me equivoqué! Porque un instante después pude ver, entrandovacilantes y de la mano, por la puerta de la sala, a nuestros cuerposmuertos, que volvían obstinados…

La voz se quebró de golpe.

—¡Cocaína, por favor! ¡Un poco de cocaína!

#LA GALLINA DEGOLLADA#

Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatrohijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entrelos labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con laboca abierta.

El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. Elbanco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se manteníaninmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultabatras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luzenceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojosse animaban, se reían al fin estrepitosamente, congestionados por lamisma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como sifuera comida.

Otras veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitandoal tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia,y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor delpatio.

Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo deidiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernascolgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.

El mayor tenía doce años y el menor, nueve. En todo su aspecto sucio ydesvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.

Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de suspadres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron suestrecho amor de marido y mujer y mujer y marido hacia un porvenirmucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esahonrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de unmutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sinesperanzas posibles de renovación?

Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a loscatorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. Lacriatura creció, bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero enel vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a lamañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó conesa atención profesional que está visiblemente buscando la causa delmal, en las enfermedades de los padres.

Después de algunos días los miembros paralizados recobraron elinstinto; pero la inteligencia, el alma, aún el instinto, se habíanido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante,muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.

—¡Hijo, mi hijo querido!—sollozaba ésta, sobre aquella espantosaruina de su primogénito.

El padre, desolado, acompañó al médico afuera.

—A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrámejorar, educarse en todo lo que permita su idiotismo, pero nomás allá.

—¡Sí!… ¡sí!…—asentía Mazzini.—Pero dígame: ¿Usted cree que esherencia, que…?

—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creí cuando vi asu hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. Noveo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar bien.

Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló su amor a suhijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvoasimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo másprofundo por aquel fracaso de su joven maternidad.

Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza deotro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron elporvenir extinguido. Pero a los diez y ocho meses las convulsiones delprimogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota.

Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre,su amor estaba maldito! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él,veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear unátomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como enel primogénito; pero un hijo, un hijo como todos!

Del nuevo desastre brotaron nuevas llamadaras de dolorido amor, unloco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de suternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse elproceso de los dos mayores.

Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta grancompasión por sus cuatro hijos.

Hubo que arrancar del limbo de la máshonda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido.

Nosabían deglutir, cambiar de sitio, ni aún sentarse. Aprendieron al fina caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de losobstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre elrostro.

Animábanse sólo al comer, cuando veían colores brillantes uoían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba,radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultadimitativa; pero no se pudo obtener nada más.

Con los mellizos pareció haber concluído la aterradora descendencia.Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo,confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a lafatalidad.

No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que seexasperaba, en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta esemomento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondíaen la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante lascuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosanecesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de loscorazones inferiores.

Iniciáronse con el cambio de pronombres:

tus

hijos. Y como a más delinsulto había le insidia, la atmósfera se cargaba.

—Me parece—díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y selavaba las manos—que podrías tener más limpios a los muchachos.

Berta continuó leyendo, como si no hubiera oído.

—Es la primera vez—repuso al rato—que te veo inquietarte por elestado de tus hijos.

Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:

—De nuestros hijos, ¿me parece?

—Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así?—alzó ella los ojos.

Esta vez Mazzini se expresó claramente:

—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?

—¡Ah, no!—se sonrió Berta, muy pálida—¡pero yo tampoco, supongo!…

¡No faltaba más!…—murmuró.

—¿Qué no faltaba más?

—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso eslo que te quería decir.

Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.

—¡Dejemos!—articuló, secándose por fin las manos.

—Como quieras; pero si quieres decir…

—¡Berta!

—¡Como quieras!

Este fué el primer choque y le sucedieron otros. Pero en lasinevitables reconciliciones, sus almas se unían con doble arrebato ylocura por otro hijo.

Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma,esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y lospadres pusieron en ella toda su complacencia, que la pequeña llevaba alos más extremos límites del mimo y la mala crianza.

Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, alnacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo lahorrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. AMazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo.

No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición desu hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencoresde su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo paraque el vaso no quedara distentido, y al menor contacto el veneno severtía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdidoel respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado concruel fricción, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a unapersona. Antes se contenían aún por la común falta de éxito; ahora queéste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayorla infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzadoa crear.

Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayoresafecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, losacostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasabancasi todo el día sentados frente al cerco, abandonados de todaremota caricia.

De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado delas golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, lacriatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir oquedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.

Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fué, como casi siempre,los fuertes pasos de Mazzini.

—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces?…

—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.

Ella se sonrió, desdeñosa:

—¡No, no te creo tanto!

—Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a ti…¡tisiquilla!

—¡Qué! ¿qué dijiste?…

—¡Nada!

—¡Si, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro queprefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!

Mazzini se puso pálido.

—¡Al fin!—murmuró con los dientes apretados.—¡Al fin, víbora, hasdicho lo que querías!

—¡Sí, víbora, sí! ¡Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos!¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como losde todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!

Mazzini explotó a su vez:

—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir!¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de lameningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!

Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido deBertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana laligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente contodos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente, una vezsiquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto hirientefueron los agravios.

Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba, escupiósangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, su granculpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloródesesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a deciruna palabra.

A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas teníantiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.

El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo quemientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolacon parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo deconservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiracióntras ella. Volvióse, y vió a los cuatro idiotas, con los hombrospegados uno a otro, mirando estupefactos la operación. Rojo… rojo…

—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.

Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aún en esas horasde pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esahorrible visión! Porque, naturalmente, cuanto más intensos eran losraptos de amor a su marido e hija, más irritable era su humor con losmonstruos.

—¡Que salgan, María! ¡Echelos! ¡Echelos, le digo!

Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron adar a su banco.

Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fué a Buenos Aires,y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron,pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hijaescapóse en seguida a casa.

Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco.El sol había transpuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y elloscontinuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.

De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana,cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta.Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar,eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, perofaltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instintotopográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.

Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermanalograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pieapoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manostirantes.

Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie paraalzarse más.

Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luzinsistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de suhermana, mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiandocada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. Lapequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar ahorcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse cogida dela pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos ledieron miedo.

—¡Soltáme! ¡dejáme!—gritó sacudiendo la pierna. Pero fué atraída.

—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá!—lloró imperiosamente. Trató aún desujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.

—Mamá, ¡ay! Ma…—No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó elcuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros laarrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana sehabía desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vidasegundo por segundo.

Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oir la voz de su hija.

—Me parece que te llama—le dijo a Berta.

Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momentodespués se despidieron, y mientras Berta iba a dejar su sombrero,Mazzini avanzó en el patio:

—¡Bertita!

Nadie respondió.

—¡Bertita!—alzó más la voz, ya alterada.

Y el silencio fué tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que laespalda se le heló de horrible presentimiento.

—¡Mi hija, mi hija!—corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero alpasar frente a la cocina vió en el piso un mar de sangre. Empujóviolentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.

Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oir el angustiosollamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero alprecipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, seinterpuso, conteniéndola:

—¡No entres! ¡No entres!

Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar susbrazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con unronco suspiro.

#LOS BUQUES SUICIDANTES#

Resulta que hay pocas cosas más terribles que encontrar en el mar unbuque abandonado. Si de día el peligro es menor, de noche no se ven nihay advertencia posible: el choque se lleva a uno y otro.

Estos buques abandonados por a o por b, navegan obstinadamente a favorde las corrientes o del viento, si tienen las velas desplegadas.Recorren así los mares, cambiando caprichosamente de rumbo.

No pocos de los vapores que un buen día no llegaron a puerto, hantropezado en su camino con uno de estos buques silenciosos que viajanpor su cuenta. Siempre hay probabilidad de hallarlos, a cada minuto.Por ventura las corrientes suelen enredarlos en los mares de sargazo.Los buques se detienen, por fin, aquí o allá, inmóviles para siempreen ese desierto de algas. Así, hasta que poco a poco se vandeshaciendo. Pero otros llegan cada día, ocupan su lugar en silencio,de modo que el tranquilo y lúgubre puerto, siempre está frecuentado.

El principal motivo de estos abandonos de buque son sin duda lastempestades y los incendios que dejan a la deriva negros esqueletoserrantes. Pero hay otras causas singulares entre las que se puedeincluir lo acaecido al

María Margarita

, que zarpó de Nueva York el24 de Agosto de 1903, y que el 26 de mañana se puso al habla con unacorbeta, sin acusar novedad alguna. Cuatro horas más tarde, unpaquete, no teniendo respuesta, desprendió una chalupa que abordó al

María Margarita

. En el buque no había nadie. Las camisetas de losmarineros se secaban a proa. La cocina estaba prendida aún. Unamáquina de coser tenía la aguja suspendida sobre la costura, como sihubiera sido dejada un momento antes. No había la menor señal de luchani de pánico, todo en perfecto orden; y faltaban todos. ¿Qué pasó?

La noche que aprendí esto estábamos reunidos en el puente. Ibamos aEuropa, y el capitán nos contaba su historia marina, perfectamentecierta, por otro lado.

La concurrencia femenina, ganada por la sugestión del campo de batallapresente, oía estremecida. Las chicas nerviosas prestaban sin quererinquieto oído a la voz de los marineros en proa. Una señora reciéncasada se atrevió:

—¿No serán águilas?…

El capitán se sonrió bondadosamente:

—¿Qué, señora? ¿Aguilas que se lleven a la tripulación?

Todos se rieron y la joven hizo lo mismo, un poco avergonzada.

Felizmente un pasajero sabía algo de eso. Lo miramos curiosamente.Durante el viaje había sido un excelente compañero, admirando por sucuenta y riesgo, y hablando poco.

—¡Ah! ¡si nos contara, señor!—suplicó la joven de las águilas.

—No tengo inconveniente—asintió el discreto individuo.—En dospalabras—y en los mares del norte, como el

María Margarita

delcapitán—encontramos una vez un barco a vela. Nuestro rumbo—viajábamostambién a vela—nos llevó casi a su lado. El singular aire de abandonoque no engaña en un buque, llamó nuestra atención, y disminuímos lamarcha observándolo. Al fin desprendimos una chalupa; abordo no se hallóa nadie, y todo estaba también en perfecto orden. Pero la últimaanotación del diario databa de cuatro días atrás, de modo que nosentimos mayor impresión. Aún nos reímos un poco de las famosasdesapariciones súbitas.

Ocho de nuestros hombres quedaron abordo para el gobierno del nuevobuque. Viajaríamos de conserva. Al anochecer nos tomó un poco decamino. Al día siguiente lo alcanzamos, pero no vimos a nadie sobre elpuente. Desprendióse de nuevo la chalupa, y los que fueron recorrieronen vano el buque: todos habían desaparecido. Ni un objeto fuera delugar. El mar estaba absolutamente terso en toda su extensión. En lacocina hervía aún una olla con papas.

Como ustedes comprenderán, el terror supersticioso de nuestra gentellegó a su colmo. A la larga, seis se animaron a llenar el vacío, y yofuí con ellos. Apenas abordo, mis nuevos compañeros se decidieron abeber para desterrar toda preocupación. Estaban sentados en rueda y ala hora la mayoría cantaba ya.

Llegó mediodía y pasó la siesta. A las cuatro, la brisa cesó y lasvelas cayeron. Un marinero se acercó a la borda y miró el maraceitoso. Todos se habían levantado, paseándose, sin ganas ya dehablar. Uno se sentó en un cabo y se sacó la camiseta para remendarla.Cosió un rato en silencio. De pronto se levantó y lanzó un largosilbido. Sus compañeros se volvieron. El los miró vagamente,sorprendido también, y se sentó de nuevo. Un momento después dejó lacamiseta en el cabo arrollado, avanzó a la borda y se tiró al agua.

Alsentir el ruido, los otros dieron vuelta la cabeza, con el ceñoligeramente fruncido. En seguida se olvidaron, volviendo a laapatía común.

Al rato otro se desperezó, restregóse los ojos caminando, y se tiró alagua. Pasó media hora; el sol iba cayendo. Sentí de pronto que metocaban en el hombro.

—¿Qué hora es?

—Las cinco—respondí. El viejo marinero me miró desconfiado, con lasmanos en los bolsillos, recostándose enfrente de mí. Miró largo ratomi pantalón, distraído. Al fin se tiró al agua.

Los tres que quedaban se acercaron rápidamente y observaron elremolino. Se sentaron en la borda, silbando despacio, con la vistaperdida a lo lejos. Uno se bajó y se tendió en el puente, cansado. Losotros desaparecieron uno tras otro. A las seis, el último se levantó,se compuso la ropa, apartóse el pelo de la frente, caminó con sueñoaún, y se tiró al agua.

Entonces quedé solo, mirando como un idiota el mar desierto. Todos,sin saber lo que hacían, se habían arrojado al mar, envueltos en elsonambulismo moroso que flotaba en el buque. Cuando uno se tiraba alagua, los otros se volvían momentáneamente preocupados, como sirecordaran algo, para olvidarse en seguida. Así habían desaparecidotodos, y supongo que lo mismo los del día anterior, y los otros y losde los demás buques. Esto es todo.

Nos quedamos mirando al raro hombre con excesiva curiosidad.

—¿Y usted no sintió nada?—le preguntó mi vecino de camarote.

—Sí, un gran desgano y obstinación de las mismas ideas, pero nadamás. No sé por qué no sentí nada más. Presumo que el motivo es éste:en vez de agotarme en una defensa angustiosa y a toda costa

contralo que sentía, como deben de haber hecho todos, y aún los marinerossin darse cuenta, acepté sencillamente esa muerte hipnótica, como siestuviese anulado ya. Algo muy semejante ha pasado sin duda a loscentinelas de aquella guardia célebre, que noche a noche se ahorcaban.

Como el comentario era bastante complicado, nadie respondió. Se fué alrato. El capitán lo siguió un rato de reojo.

—¡Farsante!—murmuró.

—Al contrario—dijo un pasajero enfermo, que iba a morir a sutierra.—Si fuera farsante no habría dejado de pensar en eso, y sehubiera tirado al agua.

#EL ALMOHADON DE PLUMA#

Su luna de miel fué un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, elcarácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Loquería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimientocuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtivamirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. El,por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

Durante tres meses—se habían casado en abril—vivieron una dichaespecial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígidocielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasiblesemblante de su marido la contenía en seguida.

La casa en que vivían influía no poco en sus estremecimientos. Lablancura del patio silencioso—frisos, columnas y estatuas demármol—producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, elbrillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altasparedes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar deuna pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si unlargo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante,había concluído por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aúnvivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta quellegaba su marido.

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que searrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Alfin, una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él.

Mirabaindiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, lepasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos,echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espantocallado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luegolos sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida ensu cuello, sin moverse ni decir una palabra.

Fué ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguienteamaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con sumadetención, ordenándole calma y descanso absolutos.

—No sé—le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavíabaja.—Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos,nada… Si mañana se despierta como hoy, llámeme en seguida.

Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemiade marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo másdesmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día eldormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio.Pasábanse horas sin oir el menor ruido. Alicia dormitaba.

Jordán vivíacasi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sincesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombraahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía sumudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez quecaminaba en su dirección.

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes alprincipio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con losojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a unoy otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repentemirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices ylabios se perlaron de sudor.

—¡Jordán! ¡Jordán!—clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar laalfombra.

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dió un alaridode horror.

—¡Soy yo, Alicia, soy yo!

Alicia lo miró con extravío, miró la alfombra, volvió a mirarlo, ydespués de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrióy tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado enla alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.

Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos unavida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saberabsolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupormientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte.La observaron largo rato en silencio y pasaron al comedor.

—Pst…—se encogió de hombros desalentado su médico.—Es un casoserio… poco hay que hacer…

—¡Sólo eso me faltaba!—resopló Jordán. Y tamborileó bruscamentesobre la mesa.

Alicia fué extinguiéndose en subdelirio de anemia, agravado de tarde,pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día noavanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncopecasi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevasolas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estardesplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercerdía este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza.No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran elalmohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruosque se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente porla colcha.

Perdió, luego, el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesara media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en eldormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía másque el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado delos eternos pasos de Jordán.

Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama,sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.

—Señor—llamó a Jordán en voz baja.—En el almohadón hay manchas queparecen de sangre.

Jordán se acercó rápidamente y se dobló a su vez. Efectivamente, sobrela funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza deAlicia, se veían manchas de sangre.

—Parecen picaduras—murmuró la sirvienta después de un rato deinmóvil observación.

—Levántelo a la luz—le dijo Jordán.

La sirvienta lo levantó, pero en seguida lo dejó caer, y se quedómirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintióque los cabellos se le erizaban.

—¿Qué hay?—murmuró con la voz ronca.

—Pesa mucho—articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, ysobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo.Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dió un grito de horrorcon toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a losbandós:—sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente laspatas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente yviscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicadosigilosamente su boca—su trompa, mejor dicho—a las sientes deaquella, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible.

Laremoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo,pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fué vertiginosa.En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.

Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan aadquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humanaparece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en losalmohadones de pluma.

#EL PERRO RABIOSO#

El 20 de marzo de este año, los vecinos de un pueblo del Chacosantafecino persiguieron a un hombre rabioso que en pos de descargarsu escopeta contra su mujer, mató de un tiro a un peón que cruzabadelante de él. Los vecinos, armados, lo rastrearon en el monte como auna fiera, hallándolo por fin trepado en un árbol, con su escopetaaún, y aullando de un modo horrible. Viéronse en la necesidad dematarlo de un tiro.

* * * * *

#Marzo 9—#

Hoy hace treinta y nueve días, hora por hora, que el perro rabiosoentró de noche en nuestro cuarto. Si un recuerdo ha de perdurar en mimemoria, es el de las dos horas que siguieron a aquel momento.

La casa no tenía puertas sino en la pieza que habitaba mamá, pues comohabía dado desde el principio en tener miedo, no hice otra cosa, enlos primeros días de urgente instalación, que aserrar tablas para laspuertas y ventanas de su cuarto. En el nuestro, y a la espera de mayordesahogo de trabajo, mi mujer se había contentado—verdad que bajo unpoco de presión por mi parte—con magníficas puertas de arpillera.Como estábamos en verano, este detalle de riguroso ornamento no dañabanuestra salud ni nuestro miedo. Por una de estas arpilleras, la que daal corredor central, fué por donde entró y me mordió el perro rabioso.

Yo no sé si el alarido de un epiléptico da a los demás la sensación declamor bestial y fuera de toda humanidad que me produce a mí. Peroestoy seguro de que el aullido de un perro rabioso, que se obstina denoche alrededor de nuestra casa, provocará en todos la misma fúnebreangustia. Es un grito corto, metálico, de agonía, como si el animalboqueara ya, y todo él empapado en cuanto de lúgubre sugiere unanimal rabioso.

Era un perro negro, grande, con las orejas cortadas. Y para mayorcontrariedad, desde que llegáramos no había hecho más que llover. Elmonte cerrado por el agua, las tardes rápidas y tristísimas; apenassalíamos de casa, mientras la desolación del campo, en un temporal sintregua, había ensombrecido al exceso el espíritu de mamá.

Con esto, los perros rabiosos. Una mañana el peón nos dijo que por sucasa había andado uno la noche anterior, y que había mordido al suyo.Dos noches antes, un perro barcino había aullado feo

en el monte.Había muchos, según él. Mi mujer y yo no dimos mayor importancia alasunto, pero no así mamá, que comenzó a hallar terriblementedesamparada nuestra casa a medio hacer. A cada momento salía alcorredor para mirar el camino.

Sin embargo, cuando nuestro chico volvió esa mañana del pueblo,confirmó aquello. Había explotado una fulminante epidemia de rabia.Una hora antes acababan de perseguir a un perro en el pueblo. Un peónhabía tenido tiempo de asestarle un machetazo en la oreja, y elanimal, babeando, el hocico en tierra y el rabo entre las patasdelanteras, había cruzado por nuestro camino, mordiendo a un potrilloy un chancho que halló en el trayecto.

Más noticias aún. En la chacra vecina a la nuestra, y esa mismamadrugada, otro perro había tratado inútilmente de saltar el corral delas vacas. Un inmenso perro flaco había corrido a un muchacho acaballo, por la picada del puerto viejo. Todavía de tarde se sentíadentro del monte el aullido agónico del perro.

Como dato final, a lasnueve llegaron al galope dos agentes a darnos la filiación de losperros rabiosos vistos, y a recomendarnos sumo cuidado.

Había de sobra para que mamá perdiera el resto de animación que lequedaba. Aunque de una serenidad a toda prueba, tiene terror a losperros rabiosos, a causa de cierta cosa horrible que presenció en suniñez. Sus nervios, ya enfermos por el cielo constantemente encapotadoy lluvioso, provocáronle verdaderas alucinaciones de perros queentraban al trote por la portera.

Había un motivo real para este temor. Aquí, como en todas partes dondela gente pobre tiene muchos más perros de los que puede mantener, lascasas son todas las noches merodeadas por perros hambrientos, a quelos peligros del oficio—un tiro o una mala pedrada—han dadoverdadero proceder de fieras. Avanzan al paso, agachados, los músculosflojos. No se siente jamás su marcha. Roban—si la palabra tienesentido aquí—cuánto les exige su atroz hambre. Al menor rumor—nohuyen porque esto haría ruido, sino se alejan al paso, doblando laspatas. Al llegar al pasto se agazapan, y esperan así, tranquilamente,media o una hora, para avanzar de nuevo.

De aquí la ansiedad de mamá, pues siendo nuestra casa una de lastantas merodeadas, estábamos desde luego amenazados por la visita delos perros rabiosos, que recordarían el camino nocturno.

En efecto, esa misma tarde, mientras mamá, un poco olvidada, ibacaminando despacio hacia la portera, oí su grito:

—Federico! ¡Un perro rabioso!

Un perro barcino, con el lomo arqueado, avanzaba al trote en ciegalínea recta. Al verme llegar se detuvo, erizando el lomo. Retrocedí,sin volver el cuerpo, para descolgar la escopeta, pero el animal sefué. Recorrí inútilmente el camino, sin volverlo a hallar.

Pasaron dos días. El campo continuaba desolado de lluvia y tristeza,mientras el número de perros rabiosos aumentaba. Como no se podíaexponer a los chicos a un terrible tropiezo en los caminos infestados,la escuela se cerró, y la carretera, ya sin tráfico, privada de estemodo de la bulla escolar que animaba su desamparo, a las siete y a lasdoce, adquirió lúgubre silencio.

Mamá no se atrevía a dar un paso fuera del patio. Al menor ladridomiraba sobresaltada hacia la portera, y apenas anochecía, veía avanzarpor entre el pasto ojos fosforescentes. Concluída la cena se encerrabaen su cuarto, el oído atento al más hipotético aullido.

Hasta que la tercera noche me desperté, muy tarde ya: tenía laimpresión de haber oído un grito, pero no podía precisar la sensación.Esperé un rato. Y de pronto un aullido corto, metálico, de atrozsufrimiento, tembló bajo el corredor.

—¡Federico!—oí la voz traspasada de emoción de mamá—¿sentiste?

—Sí—respondí, deslizándome de la cama. Pero ella oyó el ruido.

—¡Por Dios, es un perro rabioso! ¡Federico, no salgas, por Dios!¡Juana! ¡Dile a tu marido que no salga!—

clamó desesperada,dirigiéndose a mi mujer.

Otro aullido explotó, esta vez en el corredor central, delante de lapuerta. Una finísima lluvia de escalofríos me bañó la médula hasta lacintura. No creo que haya nada más profundamente lúgubre que unaullido de perro rabioso a esa hora. Subía tras él la vozdesesperada de mamá.

—¡Federico! ¡Va a entrar en tu cuarto! ¡No salgas, mi Dios, nosalgas! ¡Juana! ¡Dile a tu marido!…

—¡Federico!—se cogió mi mujer a mi brazo.

Pero la situación podía tornarse muy crítica si esperaba a que elanimal entrara, y encendiendo la lámpara descolgué la escopeta.Levanté de lado la arpillera de la puerta, y no vi más que el negrotriángulo de la profunda tiniebla de afuera. Tuve apenas tiempo deasomar el cuerpo, cuando sentí que algo firme y tibio me rozaba elmuslo; el perro rabioso se entraba en nuestro cuarto. Le echéviolentamente atrás la cabeza con un golpe de rodilla, y súbitamenteme lanzó un mordisco, que falló en un claro golpe de dientes. Pero uninstante después sentí un dolor agudo.

Ni mi mujer ni mi madre se dieron cuenta de que me había mordido.

—¡Federico! ¿Qué fué eso?—gritó mamá que había oído mi detención yla dentellada al aire.

—Nada: quería entrar.

—¡Oh!…

De nuevo, y esta vez detrás del cuarto de mamá, el fatídico aullidoexplotó.

—¡Federico! ¡Está rabioso! ¡Está rabioso! ¡No salgas!—clamóenloquecida, sintiendo el animal a un metro de ella.

Hay cosas absurdas que tienen toda la apariencia de un legítimorazonamiento: Salí afuera con la lámpara en una mano y la escopeta enla otra, exactamente como para buscar a una rata aterrorizada, que medaría perfecta holgura para colocar la luz en el suelo y matarla en elextremo de un horcón.

Recorrí los corredores. No se oía un rumor, pero de dentro de laspiezas me seguía la tremenda angustia de mamá y mi mujer que esperabanel estampido.

El perro se había ido.

—¡Federico!—exclamó mamá al sentirme volver por fin.—¿Se fué elperro?

—Creo que sí; no lo veo. Me parece haber oído un trote cuando salí.

—Sí, yo también sentí… Federico: ¿no estará en tu cuarto?… ¡Notiene puerta, mi Dios! ¡Quédate adentro!

¡Puede volver!

En efecto, podía volver. Eran las dos y veinte de la mañana. Y juroque fueron fuertes las dos horas que pasamos mi mujer y yo, con la luzprendida hasta que amaneció, ella acostada, yo sentado en la cama,vigilando sin cesar la arpillera flotante.

Antes me había curado. La mordedura era nítida, dos agujeros violeta,que oprimí con todas mis fuerzas, y lavé con permanganato.

Yo creía muy restrictivamente en la rabia del animal. Desde el díaanterior se había empezado a envenenar perros, y algo en la actitudabrumada del nuestro me prevenía en pro de la estricnina. Quedaban elfúnebre aullido y el mordisco; pero de todos modos me inclinaba a loprimero. De aquí, seguramente, mi relativo descuido con la herida.

Llegó por fin el día. A las ocho, y a cuatro cuadras de casa, untranseunte mató de un tiro de revólver al perro negro que trotaba eninequívoco estado de rabia. En seguida lo supimos, teniendo de miparte que librar una verdadera batalla contra mamá y mi mujer para nobajar a Buenos Aires a darme inyecciones. La herida, franca, habíasido bien oprimida, y lavada con mordiente lujo de permanganato. Todoesto, a los cinco minutos de la mordedura. ¿Qué demonios podía temertras esa correción higiénica? En casa concluyeron por tranquilizarse,y como la epidemia—provocada seguramente por una crisis de llover sintregua como jamás se viera aquí—había cesado casi de golpe, la vidarecobró su línea habitual.

Pero no por ello mamá y mi mujer dejaron ni dejan de llevar cuentaexacta del tiempo. Los clásicos cuarenta días pesan fuertemente, sobretodo en mamá, y aún hoy, con treinta y nueve transcurridos sin el másleve trastorno, ella espera el día de mañana para echar de suespíritu, en un inmenso suspiro, el terror siempre vivo que guarda deaquella noche.

El único fastidio, acaso, que para mí ha tenido esto, es recordarpunto por punto lo que ha pasado. Confío en que mañana de nocheconcluya, con la cuarentena, esta historia, que mantiene fijos en mílos ojos de mi mujer y de mi madre, como si buscaran en mi expresiónel primer indicio de enfermedad.

* * * * *

#Marzo 10—#

¡Por fin! Espero que de aquí en adelante podré vivir como un hombrecualquiera, que no tiene suspendidas sobre su cabeza coronas demuerte. Ya han pasado los famosos cuarenta días, y la ansiedad, lamanía de persecuciones y los horribles gritos que esperaban de mí,pasaron también para siempre.

Mi mujer y mi madre han festejado el fausto acontecimiento de un modoparticular: contándome, punto por punto, todos los terrores que hansufrido sin hacérmelo ver. El más insignificante desgano mío las sumíaen mortal angustia: ¡Es la rabia que comienza!—gemían. Si algunamañana me levanté tarde, durante horas no vivieron, esperando otrosíntoma. La fastidiosa infección en un dedo que me tuvo tres díasfebril e impaciente, fué para ellas una absoluta prueba de la rabiaque comenzaba, de donde su consternación, más angustiosa por furtiva.

Y así el menor cambio de humor, el más leve abatimiento,provocáronles, durante cuarenta días, otras tantas horas de inquietud.

No obstante esas confesiones retrospectivas, desagradables siemprepara el que ha vivido engañado, aún con la más arcangélica buenavoluntad, con todo me he reído buenamente.—¡Ah, mi hijo! ¡No puedesfigurarte lo horrible que es para una madre el pensamiento de que suhijo pueda estar rabioso! Cualquier otra cosa…¡pero rabioso,rabioso!…

Mi mujer, aunque más sensata, ha divagado también bastante más de loque confiesa. ¡Pero ya se acabó, por suerte! Esta situación de mártir,de bebé vigilado segundo a segundo contra tal disparatada amenaza demuerte, no es seductora, a pesar de todo. ¡Por fin, de nuevo!Viviremos en paz, y ojalá que mañana o pasado no amanezca con dolor decabeza, para resurrección de las locuras.

* * * * *

#Marzo 15—#

Hubiera querido estar absolutamente tranquilo, pero es imposible. Nohay ya más, creo, posibilidad de que esto concluya. Miradas de soslayotodo el día, cuchicheos incesantes, que cesan de golpe en cuanto oyenmis pasos, un crispante espionaje de mi expresión cuando estamos en lamesa, todo esto se va haciendo intolerable.—¡Pero qué tienen, porfavor!—acabo de decirles.—¿Me hallan algo anormal, no estoyexactamente como siempre? ¡Ya es un poco cansadora esta historia delperro rabioso!—¡Pero Federico!—me han respondido, mirándome consorpresa.—¡Si no te decimos nada, ni nos hemos acordado de eso!

¡Y no hacen, sin embargo, otra cosa, otra que espiarme noche y día,día y noche, a ver si la estúpida rabia de su perro se hainfiltrado en mí!

* * * * *

#Marzo 18—#

Hace tres días que vivo como debería y desearía hacerlo toda la vida.

¡Me han dejado en paz, por fin, por fin, por fin!

* * * * *

#Marzo 19—#

¡Otra vez! ¡Otra vez han comenzado! Ya no me quitan los ojos deencima, como si sucediera lo que parecen desear: que esté rabioso.¡Cómo es posible tanta estupidez en dos personas sensatas! Ahora nodisimulan más, y hablan precipitadamente en voz alta de mí; pero, nosé por qué, no puedo entender una palabra. En cuanto llego cesan degolpe, y apenas me alejo un paso recomienza el vertiginoso parloteo.No he podido contenerme y me he vuelto con rabia:—¡Pero hablen,hablen delante, que es menos cobarde!

No he querido oir lo que han dicho y me he ido. ¡Ya no es vida la quellevo!

* * * * *

#8 p.m.#

¡Quieren irse! ¡Quieren que nos vayamos! ¡Ah, yo sé por qué quierendejarme!…

* * * * *

#Marzo 20—(6 a.m.)#

¡Aullidos, aullidos! ¡Toda la noche no he oído más que aullidos! ¡Hepasado toda la noche despertándome a cada momento! ¡Perros, nada másque perros ha habido anoche alrededor de casa! ¡Y mi mujer y mi madrehan fingido el más perfecto sueño, para que yo solo absorbiera por losojos los aullidos de todos los perros que me miraban!…

* * * * *

#7 a.m.#

¡No hay más que víboras! ¡Mi casa está llena de víboras! ¡Al lavarmehabía tres enroscadas en la palangana!

¡En el forro del saco habíamuchas! ¡Y hay más! ¡Hay otras cosas! ¡Mi mujer me ha llenado la casade víboras! ¡Ha traído enormes arañas peludas que me persiguen! ¡Ahoracomprendo por qué me espiaba día y noche! ¡Ahora comprendo todo!¡Quería irse por eso!

* * * * *

#7.15 a.m.#

¡El patio está lleno de víboras! ¡No puedo dar un paso! ¡No, no!…

¡Socorro!…

* * * * *

¡Mi mujer se va corriendo! ¡Mi madre se va! ¡Me han asesinado!… ¡Ah,la escopeta!… ¡Maldición! ¡Está cargada con munición! Pero noimporta…

* * * * *

¡Qué grito ha dado! Le erré… ¡Otra vez las víboras! ¡Allí, allí hayuna enorme!… ¡Ay! ¡Socorro, socorro!!

* * * * *

¡Todos me quieren matar! ¡Las han mandado contra mí, todas! ¡El monteestá lleno de arañas! ¡Me han seguido desde casa!…

Ahí viene otro asesino… ¡Las trae en la mano! ¡Viene echando víborasen el suelo! ¡Viene sacando víboras de la boca y las echa en el suelocontra mí! ¡Ah! pero ese no vivirá mucho… ¡Le pegué! ¡Murió contodas las víboras!… ¡Las arañas! ¡Ay! ¡Socorro!!

* * * * *

¡Ahí vienen, vienen todos!… ¡Me buscan, me buscan!… ¡Han lanzadocontra mí un millón de víboras!

¡Todos las ponen en el suelo! ¡Y yo notengo más cartuchos!… ¡Me han visto!… Uno me apunta…

#A LA DERIVA#

El hombre pisó algo blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en elpie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento, vió unayararacusú que arrollada sobre sí misma esperaba otro ataque.

El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangreengrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. Lavíbora vió la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de suespiral; pero el machete cayó de plano, dislocándole las vértebras.

El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, ydurante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dospuntitos violeta, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamentese ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada haciasu rancho.

El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, yde pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que comorelámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de lapantorrilla.

Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad degarganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.

Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de untrapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosahinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto deceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en unronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.

—¡Dorotea!—alcanzó a lanzar en un estertor.—¡Dame caña!

Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en trestragos. Pero no había sentido gusto alguno.

—¡Te pedí caña, no agua!—rugió de nuevo.—¡Dame caña!

—¡Pero es caña, Paulino!—protestó la mujer espantada.

—¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!

La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragóuno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.

—Bueno; esto se pone feo—murmuró entonces, mirando su pie lívido yya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, lacarne desbordaba como una monstruosa morcilla.

Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, yllegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que elaliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendióincorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con lafrente apoyada en la rueda de palo.

Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió asu canoa. Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta el centro delParaná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazúcorre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.

El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta elmedio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en lacanoa, y tras un nuevo vómito—de sangre esta vez—dirigió una miradaal sol que ya trasponía el monte.

La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme ydurísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió elpantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, congrandes manchas lívidas y terriblemente dolorido. El hombre pensó queno podría jamás llegar él solo a Tacurú-

Pucú, y se decidió a pedirayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estabandisgustados.

La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, yel hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuestaarriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.

—¡Alves!—gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.

—¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor!—clamó de nuevo, alzandola cabeza del suelo.—En el silencio de la selva no se oyó un sólorumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y lacorriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.

El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes,altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillasbordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negrotambién. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre,en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantesborbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él unsilencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría ycalma cobra una majestad única.

El sol había caído ya cuando el hombre, semi-tendido en el fondo de lacanoa, tuvo un violento escalofrío. Y

de pronto, con asombro, enderezópesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, lased disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.

El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, yaunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída delrocio para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaríaen Tacurú-Pucú.

El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. Nosentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún sucompadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex-patrónmíster Dougald, y al recibidor del obraje.

¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla deoro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, yaentenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescuracrepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Unapareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.

Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girandoa ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre queiba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en eltiempo justo que había pasado sin ver a su ex-patrón Dougald. ¿Tresaños? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ochomeses y medio? Eso sí, seguramente.

De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y larespiración también…

Al recibidor de maderas de míster Dougald, Lorenzo Cubilla, lo habíaconocido en Puerto Deseado, un viernes santo… ¿Viernes? Sí, ojueves…

El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.

—Un jueves…

Y cesó de respirar.

#LA INSOLACION#

El cachorro Old salió por la puerta y atravesó el patio con paso rectoy perezoso. Se detuvo en la linde del pasto, estiró al monte,entrecerrando los ojos, la nariz vibrátil y, se sentó tranquilo. Veíala monótona llanura del Chaco, con sus alternativas de campo y monte,monte y campo, sin más color que el crema del pasto y el negro delmonte. Este cerraba el horizonte, a doscientros metros, por tres ladosde la chacra. Hacia el oeste, el campo se ensanchaba y extendía enabra, pero que la ineludible línea sombría enmarcaba a lo lejos.

A esa hora temprana, el confín, ofuscante de luz a mediodía, adquiríareposada nitidez. No había una nube ni un soplo de viento. Bajo lacalma del cielo plateado, el campo emanaba tónica frescura que traíaal alma pensativa, ante la certeza de otro día de seca, melancolías demejor compensado trabajo.

Milk, el padre del cachorro, cruzó a su vez el patio y se sentó allado de aquél, con perezoso quejido de bienestar. Permanecíaninmóviles, pues aún no había moscas.

Old, que miraba hacía rato la vera del monte, observó:

—La mañana es fresca.

Milk siguió la mirada del cachorro y quedó con la vista fija,parpadeando distraído. Después de un momento, dijo:

—En aquel árbol hay dos halcones.

Volvieron la vista indiferente a un buey que pasaba, y continuaronmirando por costumbre las cosas.