Cuentos de Amor de Locura y de Muerte by Horacio Quiroga - HTML preview

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1917

#INDICE#

Una estación de amor

Los ojos sombríos

El solitario

La muerte de Isolda

El infierno artificial

La gallina degollada

Los buques suicidantes

El almohadón de pluma

El perro rabioso

A la deriva

La insolación

El alambre de púa

Los Mensú

Yaguaí

Los pescadores de vigas

La miel silvestre

Nuestro primer cigarro

La meningitis y su sombra

#UNA ESTACION DE AMOR#

#Primavera#

Era el martes de carnaval. Nébel acababa de entrar en el corso, ya aloscurecer, y mientras deshacía un paquete de serpentinas, miró alcarruaje de delante. Extrañado de una cara que no había visto la tardeanterior, preguntó a sus compañeros:

—¿Quién es? No parece fea.

—¡Un demonio! Es lindísima. Creo que sobrina, o cosa así, del doctor Arrizabalaga. Llegó ayer, me parece…

Nébel fijó entonces atentamente los ojos en la hermosa criatura. Erauna chica muy joven aún, acaso no más de catorce años, perocompletamente núbil. Tenía, bajo el cabello muy oscuro, un rostro desuprema blancura, de ese blanco mate y raso que es patrimonioexclusivo de los cutis muy finos. Ojos azules, largos, perdiéndosehacia las sienes en el cerco de sus negras pestañas. Acaso un pocoseparados, lo que da, bajo una frente tersa, aire de mucha nobleza ode gran terquedad. Pero sus ojos, así, llenaban aquel semblante enflor con la luz de su belleza. Y al sentirlos Nébel detenidos unmomento en los suyos, quedó deslumbrado.

—¡Qué encanto!—murmuró, quedando inmóvil con una rodilla sobre alalmohadón del surrey. Un momento después las serpentinas volaban haciala victoria. Ambos carruajes estaban ya enlazados por el puentecolgante de cintas, y la que lo ocasionaba sonreía de vez en cuando algalante muchacho.

Mas aquello llegaba ya a la falta de respeto a personas, cochero y aúncarruaje: sobre el hombro, la cabeza, látigo, guardabarros, lasserpentinas llovían sin cesar. Tanto fué, que las dos personassentadas atrás se volvieron y, bien que sonriendo, examinaronatentamente al derrochador.

—¿Quiénes son?—preguntó Nébel en voz baja.

—El doctor Arrizabalaga; cierto que no lo conoces. La otra es lamadre de tu chica… Es cuñada del doctor.

Como en pos del examen, Arrizabalaga y la señora se sonrieranfrancamente ante aquella exuberancia de juventud, Nébel se creyó en eldeber de saludarlos, a lo que respondió el terceto con jovialcondescencia.

Este fué el principio de un idilio que duró tres meses, y al que Nébelaportó cuanto de adoración cabía en su apasionada adolescencia.Mientras continuó el corso, y en Concordia se prolonga hasta horasincreíbles, Nébel tendió incesantemente su brazo hacia adelante, tanbien, que el puño de su camisa, desprendido, bailaba sobre la mano.

Al día siguiente se reprodujo la escena; y como esta vez el corso sereanudaba de noche con batalla de flores, Nébel agotó en un cuarto dehora cuatro inmensas canastas. Arrizabalaga y la señora se reían,volviéndose a menudo, y la joven no apartaba casi sus ojos de Nébel.Este echó una mirada de desesperación a sus canastas vacías; mas sobreel almohadón del surrey quedaban aún uno, un pobre ramo desiemprevivas y jazmines del país. Nébel saltó con él por sobre larueda del surrey, dislocóse casi un tobillo, y corriendo a lavictoria, jadeante, empapado en sudor y el entusiasmo a flor de ojos,tendió el ramo a la joven. Ella buscó atolondradamente otro, pero nolo tenía. Sus acompañantes se rían.

—¡Pero loca!—le dijo la madre, señalándole el pecho—¡ahí tienesuno!

El carruaje arrancaba al trote. Nébel, que había descendido delestribo, afligido, corrió y alcanzó el ramo que la joven le tendía,con el cuerpo casi fuera del coche.

Nébel había llegado tres días atrás de Buenos Aires, donde concluía subachillerato. Había permanecido allá siete años, de modo que suconocimiento de la sociedad actual de Concordia era mínimo. Debíaquedar aún quince días en su ciudad natal, disfrutados en plenososiego de alma, si no de cuerpo; y he ahí que desde el segundo díaperdía toda su serenidad. Pero en cambio ¡qué encanto!

—¡Qué encanto!—se repetía pensando en aquel rayo de luz, flor ycarne femenina que había llegado a él desde el carruaje. Se reconocíareal y profundamente deslumbrado—y enamorado, desde luego.

¡Y si ella lo quisiera!… ¿Lo querría? Nébel, para dilucidarlo,confiaba mucho más que en el ramo de su pecho, en la precipitaciónaturdida con que la joven había buscado algo para darle. Evocabaclaramente el brillo de sus ojos cuando lo vió llegar corriendo, lainquieta espectativa con que lo esperó, y—en otro orden, la morbidezdel joven pecho, al tenderle el ramo.

¡Y ahora, concluído! Ella se iba al día siguiente a Montevideo. ¿Quéle importaba lo demás, Concordia, sus amigos de antes, su mismo padre?Por lo menos iría con ella hasta Buenos Aires.

Hicieron, efectivamente, el viaje juntos, y durante él, Nébel llegó almás alto grado de pasión que puede alcanzar un romántico muchacho de18 años, que se siente querido. La madre acogió el casi infantilidilio con afable complacencia, y se reía a menudo al verlos, hablandopoco, sonriendo sin cesar, y mirándose infinitamente.

La despedida fué breve, pues Nébel no quiso perder el último vestigiode cordura que le quedaba, cortando su carrera tras ella.

Volverían a Concordia en el invierno, acaso una temporada. ¿Iría él?"¡Oh, no volver yo!" Y mientras Nébel se alejaba, tardo, por elmuelle, volviéndose a cada momento, ella, de pecho sobre la borda, lacabeza un poco baja, lo seguía con los ojos, mientras en la planchadalos marineros levantaban los suyos risueños a aquel idilio—y alvestido, corto aún, de la tiernísima novia.

#Verano#

El 13 de junio Nébel volvió a Concordia, y aunque supo desde el primermomento que Lidia estaba allí, pasó una semana sin inquietarse poco nimucho por ella. Cuatro meses son plazo sobrado para un relámpago depasión, y apenas si en el agua dormida de su alma, el últimoresplandor alcanzaba a rizar su amor propio.

Sentía, sí, curiosidad deverla. Pero un nimio incidente, punzando su vanidad, lo arrastró denuevo. El primer domingo, Nébel, como todo buen chico de pueblo,esperó en la esquina la salida de misa. Al fin, las últimas acaso,erguidas y mirando adelante, Lidia y su madre avanzaron por entre lafila de muchachos.

Nébel, al verla de nuevo, sintió que sus ojos se dilataban para sorberen toda su plenitud la figura bruscamente adorada. Esperó con ansiacasi dolorosa el instante en que los ojos de ella, en un súbitoresplandor de dichosa sorpresa, lo reconocerían entre el grupo.

Pero pasó, con su mirada fría fija adelante.

—Parece que no se acuerda más de ti—le dijo un amigo, que a su ladohabía seguido el incidente.

—¡No mucho!—se sonrió él.—Y es lástima, porque la chica me gustabaen realidad.

Pero cuando estuvo solo se lloró a sí mismo su desgracia. ¡Y ahora quehabía vuelto a verla! ¡Cómo, cómo la había querido siempre, él quecreía no acordarse más! ¡Y acabado! ¡Pum, pum, pum!—repetía sin darsecuenta, con la costumbre del chico.—¡Pum! ¡todo concluído!

De golpe: ¿Y si no me hubiera visto?… ¡Claro! ¡pero claro! Su rostrose animó de nuevo, acogiéndose con plena convicción a una probabilidadcomo esa, profundamente razonable.

A las tres golpeaba en casa del doctor Arrizabalaga. Su idea eraelemental: consultaría con cualquier mísero pretexto al abogado, yentretanto acaso la viera. Una súbita carrera por el patio respondióal timbre, y Lidia, para detener el impulso, tuvo que cogerseviolentamente a la puerta vidriera. Vió a Nébel, lanzó unaexclamación, y ocultando con sus brazos la liviandad doméstica de suropa, huyó más velozmente aún.

Un instante después la madre abría el consultorio, y acogía a suantiguo conocido con más viva complacencia que cuatro meses atrás.Nébel no cabía en sí de gozo, y como la señora no parecía inquietarsepor las preocupaciones jurídicas de Nébel, éste prefirió también unmillón de veces tal presencia a la del abogado.

Con todo, se hallaba sobre ascuas de una felicidad demasiado ardientey, como tenía 18 años, deseaba irse de una vez para gozar a solas, ysin cortedad, su inmensa dicha.

—¡Tan pronto, ya!—le dijo la señora.—Espero que tendremos el gustode verlo otra vez… ¿No es verdad?

—¡Oh, sí, señora!

—En casa todos tendríamos mucho placer… ¡supongo que todos! ¿Quiereque consultemos?—se sonrió con maternal burla.

—¡Oh, con toda el alma!—repuso Nébel.

—¡Lidia! ¡Ven un momento! Hay aquí una persona a quien conoces.

Nébel había sido visto ya por ella; pero no importaba.

Lidia llegó cuando él estaba de pie. Avanzó a su encuentro, los ojoscentelleantes de dicha, y le tendió un gran ramo de violetas, conadorable torpeza.

—Si a usted no le molesta—prosiguió la madre—podría venir todos loslunes… ¿qué le parece?

—¡Que es muy poco, señora!—repuso el muchacho—Los viernestambién… ¿me permite?

La señora se echó a reir.

—¡Qué apurado! Yo no sé… veamos qué dice Lidia. ¿Qué dices, Lidia?

La criatura, que no apartaba sus ojos rientes de Nébel, le dijo ¡

!en pleno rostro, puesto que a él debía su respuesta.

—Muy bien: entonces hasta el lunes, Nébel.

Nébel objetó:

—¿No me permitiría venir esta noche? Hoy es un día extraordinario…

—¡Bueno! ¡Esta noche también! Acompáñalo, Lidia.

Pero Nébel, en loca necesidad de movimiento, se despidió allí mismo, yhuyó con su ramo cuyo cabo había deshecho casi, y con el almaproyectada al último cielo de la felicidad.

II

Durante dos meses, todos los momentos en que se veían, todas las horasque los separaban, Nébel y Lidia se adoraron. Para él, romántico hastasentir el estado de dolorosa melancolía que provoca una simple garúaque agrisa el patio, la criatura aquella, con su cara angelical, susojos azules y su temprana plenitud, debía encarnar la suma posible deideal. Para ella, Nébel era varonil, buen mozo e inteligente.

No habíaen su mutuo amor más nube para el porvenir que la minoría de edad deNébel. El muchacho, dejando de lado estudios, carreras ysuperfluidades por el estilo, quería casarse. Como probado, no habíasino dos cosas: que a él le era

absolutamente

imposible vivir sin suLidia, y que llevaría por delante cuanto se opusiese a ello.Presentía—o más bien dicho, sentía—que iba a escollar rudamente.

Su padre, en efecto, a quien había disgustado profundamente el año queperdía Nébel tras un amorío de carnaval, debía apuntar las íes conterrible vigor. A fines de Agosto, habló un día definitivamente asu hijo:

—Me han dicho que sigues tus visitas a lo de Arrizabalaga. ¿Escierto? Porque tú no te dignas decirme una palabra.

Nébel vió toda la tormenta en esa forma de

dignidad

, y la voz letembló un poco.

—Si no te dije nada, papá, es porque sé que no te gusta que hable deeso.

—¡Bah! cómo gustarme, puedes, en efecto, ahorrarte el trabajo…

Pero quisiera saber en qué estado estás. ¿Vas a esa casa como novio?

—Sí.

—¿Y te reciben formalmente?

—C-creo que sí.

El padre lo miró fijamente y tamborileó sobre la mesa.

—¡Está bueno! ¡Muy bien!… Oyeme, porque tengo el deber de mostrarteel camino. ¿Sabes tú bien lo que haces? ¿Has pensado en lo quepuede pasar?

—¿Pasar?… ¿qué?

—Que te cases con esa muchacha. Pero fíjate: ya tienes edad parareflexionar, al menos. ¿Sabes quién es?

¿De dónde viene? ¿Conoces aalguien que sepa qué vida lleva en Montevideo?

—¡Papá!

—¡Sí, qué hacen allá! ¡Bah! no pongas esa cara… No me refiero a tu…novia. Esa es una criatura, y como tal no sabe lo que hace. ¿Perosabes de qué viven?

—¡No! Ni me importa, porque aunque seas mi padre…

—¡Bah, bah, bah! Deja eso para después. No te hablo como padre sinocomo cualquier hombre honrado pudiera hablarte. Y puesto que teindigna tanto lo que te pregunto, averigua a quien quiera contarte,qué clase de relaciones tiene la madre de tu novia con sucuñado, pregunta!

—¡Sí! Ya sé que ha sido…

—Ah, ¿sabes que ha sido la querida de Arrizabalaga? ¿Y que él u otrosostienen la casa en Montevideo? ¡Y

te quedas tan fresco!

—¡…!

—¡Sí, ya sé, tu novia no tiene nada que ver con esto, ya sé! No hayimpulso más bello que el tuyo… Pero anda con cuidado, porque puedesllegar tarde!… ¡No, no, cálmate! No tengo ninguna idea de ofender atu novia, y creo, como te he dicho, que no está contaminada aún por lapodredumbre que la rodea. Pero si la madre te la quiere vender enmatrimonio, o más bien a la fortuna que vas a heredar cuando yo muera,díle que el viejo Nébel no está dispuesto a esos tráficos, y que antesse lo llevará el diablo que consentir en eso.

Nada más tequería decir.

El muchacho quería mucho a su padre a pesar del carácter duro de éste;salió lleno de rabia por no haber podido desahogar su ira, tanto másviolenta cuanto que él mismo la sabía injusta. Hacía tiempo ya que noignoraba esto: la madre de Lidia había sido querida de Arrizabalaga envida de su marido, y aún cuatro o cinco años después. Se veían aún detarde en tarde, pero el viejo libertino, arrebujado ahora en susartritis de enfermizo solterón, distaba mucho de ser respecto de sucuñada lo que se pretendía; y si mantenía el tren de madre e hija, lohacía por una especie de compasión de ex amante, rayana en vilegoísmo, y sobre todo para autorizar los chismes actuales quehinchaban su vanidad.

Nébel evocaba a la madre; y con un extremecimiento de muchacho locopor las mujeres casadas, recordaba cierta noche en que hojeando juntosy reclinados una Illustration

, había creído sentir sobre sus nerviossúbitamente tensos, un hondo hálito de deseo que surgía del cuerpopleno que rozaba con él. Al levantar los ojos, Nébel había visto lamirada de ella, en lánguida imprecisión de mareo, posarse pesadamentesobre la suya.

¿Se había equivocado? Era terriblemente histérica, pero con raramanifestación desbordante; los nervios desordenados repiqueteabanhacia adentro, y de aquí la súbita tenacidad en un disparate, elbrusco abandono de una convicción; y en los prodromos de las crisis,la obstinación creciente, convulsiva, edificándose a grandes bloquesde absurdos. Abusaba de la morfina, por angustiosa necesidad y porelegancia. Tenía treinta y siete años; era alta, con labios muygruesos y encendidos, que humedecía sin cesar. Sin ser grandes, losojos lo parecían por un poco hundidos y tener pestañas muy largas;pero eran admirables de sombra y fuego. Se pintaba. Vestía, como lahija, con perfecto buen gusto, y era ésta, sin duda, su mayorseducción.

Debía de haber tenido, como mujer, profundo encanto; ahorala histeria había trabajado mucho su cuerpo—

siendo, desde luego,enferma del vientre. Cuando el latigazo de la morfina pasaba, sus ojosse empañaban, y de la comisura de los labios, del párpado globoso,pendía una fina redecilla de arrugas. Pero a pesar de ello, la mismahisteria que le deshacía los nervios era el alimento, un poco mágico,que sostenía su tonicidad.

Quería entrañablemente a Lidia; y con la moral de las histéricasburguesas, hubiera envilecido a su hija para hacerla feliz—esto es,para proporcionarle aquello que habría hecho su propia felicidad.

Así, la inquietud del padre de Nébel a este respecto tocaba a su hijoen lo más hondo de sus cuerdas de amante. ¿Cómo había escapado Lidia?Porque la limpidez de su cutis, la franqueza de su pasión de chica quesurgía con adorable libertad de sus ojos brillantes, eran, ya noprueba de pureza, sino de escalón de noble gozo por el que Nébelascendía triunfal a arrancar de una manotada a la planta podrida laflor que pedía por él.

Esta convicción era tan intensa, que Nébel jamás la había besado. Unatarde, después de almorzar, en que pasaba por lo de Arrizabalaga,había sentido loco deseo de verla. Su dicha fué completa, pues lahalló sola, en batón, y los rizos sobre las mejillas. Como Nébel laretuvo contra la pared, ella, riendo y cortada, se recostó en el muro.Y el muchacho, a su frente, tocándola casi, sintió en sus manosinertes la alta felicidad de un amor inmaculado, que tan fácil lehabría sido manchar.

¡Pero luego, una vez su mujer! Nébel precipitaba cuanto le era posiblesu casamiento. Su habilitación de edad, obtenida en esos días, lepermitía por su legítima materna afrontar los gastos. Quedaba elconsentimiento del padre, y la madre apremiaba este detalle.

La situación de ella, sobrado equívoca en Concordia, exigía unasanción social que debía comenzar, desde luego, por la del futurosuegro de su hija. Y sobre todo, la sostenía el deseo de humillar, deforzar a la moral burguesa, a doblar las rodillas ante la mismainconveniencia que despreció.

Ya varias veces había tocado el punto con su futuro yerno, conalusiones a "mi suegro"… "mi nueva familia"… "la cuñada de mihija". Nébel se callaba, y los ojos de la madre brillaban entonces conmás fuego.

Hasta que un día la llama se levantó. Nébel había fijado el 18 deoctubre para su casamiento. Faltaba más de un mes aún, pero la madrehizo entender claramente al muchacho que quería la presencia de supadre esa noche.

—Será difícil—dijo Nébel después de un mortificante silencio—. Lecuesta mucho salir de noche… No sale nunca.

—¡Ah!—exclamó sólo la madre, mordiéndose rápidamente el labio. Otrapausa siguió, pero ésta ya de presagio.

—Porque usted no hace un casamiento clandestino ¿verdad?

—¡Oh!—se sonrió difícilmente Nébel—. Mi padre tampoco lo cree.

—¿Y entonces?

Nuevo silencio cada vez más tempestuoso.

—¿Es por mí que su señor padre no quiere asistir?

—¡No, no señora!—exclamó al fin Nébel, impaciente—. Está en su modode ser… Hablaré de nuevo con él, si quiere.

—¿Yo, querer?—se sonrió la madre dilatando las narices—. Haga loque le parezca… ¿Quiere irse, Nébel, ahora? No estoy bien.

Nébel salió, profundamente disgustado. ¿Qué iba a decir a su padre?Éste sostenía siempre su rotunda oposición a tal matrimonio, y ya elhijo había emprendido las gestiones para prescindir de ella.

—Puedes hacer eso, mucho más, y todo lo que te dé la gana. ¡Pero miconsentimiento para que esa entretenida sea tu suegra, ¡jamás!

Después de tres días Nébel decidió aclarar de una vez ese estado decosas, y aprovechó para ello un momento en que Lidia no estaba.

—Hablé con mi padre—comenzó Nébel—y me ha dicho que le serácompletamente imposible asistir.

La madre se puso un poco pálida, mientras sus ojos, en un súbitofulgor, se estiraban hacia las sienes.

—¡Ah! ¿Y por qué?

—No sé—repuso con voz sorda Nébel.

—Es decir… ¿que su señor padre teme mancharse si pone los pies aquí?

—No sé—repitió él con inconsciente obstinación.

—¡Es que es una ofensa gratuita la que nos hace ese señor! ¿Qué se hafigurado?—añadió con voz ya alterada y los labios temblantes.—¿Quiénes él para darse ese tono?

Nébel sintió entonces el fustazo de reacción en la cepa profunda de sufamilia.

—¡Qué es, no sé!—repuso con la voz precipitada a su vez—pero nosólo se niega a asistir, sino que tampoco da su consentimiento.

—¿Qué? ¿qué se niega? ¿Y por qué? ¿Quién es él? ¡El más autorizadopara esto!

Nébel se levantó:

—Señora…

Pero ella se había levantado también.

—¡Sí, él! ¡Usted es una criatura! ¡Pregúntele de dónde ha sacado sufortuna, robada a sus clientes! ¡Y con esos aires! ¡Su familiairreprochable, sin mancha, se llena la boca con eso! ¡Sufamilia!… ¡Dígale que le diga cuántas paredes tenía que saltar parair a dormir con su mujer, antes de casarse! ¡Sí, y me viene con sufamilia!… ¡Muy bien, váyase; estoy hasta aquí de hipocresías! ¡Que lopase bien!

III

Nébel vivió cuatro días vagando en la más honda desesperación. ¿Ouépodía esperar después de lo sucedido? Al quinto, y al anochecer,recibió una esquela:

"Octavio: Lidia está bastante enferma, y sólo su presencia podría calmarla.

María S. de Arrizabalaga."

Era una treta, no tenía duda. Pero si su Lidia en verdad…

Fué esa noche y la madre lo recibió con una discreción que asombró aNébel, sin afabilidad excesiva, ni aire tampoco de pecadora quepide disculpa.

—Si quiere verla…

Nébel entró con la madre, y vió a su amor adorado en la cama, elrostro con esa frescura sin polvos que dan únicamente los 14 años, yel cuerpo recogido bajo las ropas que disimulaban notablemente suplena juventud.

Se sentó a su lado, y en balde la madre esperó a que se dijeran algo:no hacían sino mirarse y reir.

De pronto Nébel sintió que estaban solos, y la imagen de la madresurgió nítida: "se va para que en el transporte de mi amorreconquistado, pierda la cabeza y el matrimonio sea así forzoso". Peroen ese cuarto de hora de goce final que le ofrecían adelantado ygratis a costa de un pagaré de casamiento, el muchacho, de 18 años,sintió—como otra vez contra la pared—el placer sin la más levemancha, de un amor puro en toda su aureola de poético idilio.

Sólo Nébel pudo decir cuán grande fué su dicha recuperada en pos delnaufragio. El también olvidaba lo que fuera en la madre explosión decalumnia, ansia rabiosa de insultar a los que no lo merecen. Perotenía la más fría decisión de apartar a la madre de su vida una vezcasados. El recuerdo de su tierna novia, pura y riente en la cama deque se había destendido una punta para él, encendía la promesa de unavoluptuosidad íntegra, a la que no había robado ni el máspequeño diamante.

A la noche siguiente, al llegar a lo de Arrizabalaga, Nébel halló elzaguán oscuro. Después de largo rato, la sirvienta entreabrióla vidriera:

—No están las señoras.

—¿Han salido?—preguntó extrañado.

—No, se van a Montevideo… Han ido al Salto a dormir abordo.

—¡Ah!—murmuró Nébel aterrado. Tenía una esperanza aún.

—¿El doctor? ¿Puedo hablar con él?

—No está, se ha ido al club después de comer…

Una vez solo en la calle oscura, Nébel levantó y dejó caer los brazoscon mortal desaliento: ¡Se acabó todo!

Su felicidad, su dichareconquistada un día antes, perdida de nuevo y para siempre! Presentíaque esta vez no había redención posible. Los nervios de la madrehabían saltado a la loca, como teclas, y él no podía hacer yanada más.

Comenzaba a lloviznar. Caminó hasta la esquina, y desde allí, inmóvilbajo el farol, contempló con estúpida fijeza la casa rosada. Dió unavuelta a la manzana, y tornó a detenerse bajo el farol. ¡Nunca, nunca!

Hasta las once y media hizo lo mismo. Al fin se fué a su casa y cargó elrevólver. Pero un recuerdo lo detuvo: meses atrás había prometido a undibujante alemán que antes de suicidarse—Nébel era adolescente—iría averlo. Uníalo con el viejo militar de Guillermo una viva amistad,cimentada sobre largas charlas filosóficas.

A la mañana siguiente, muy temprano, Nébel llamaba al pobre cuarto deaquél. La expresión de su rostro era sobrado explícita.

—¿Es ahora?—le preguntó el paternal amigo, estrechándole con fuerzala mano.

—¡Pst! ¡De todos modos!…—repuso el muchacho, mirando a otro lado.

El dibujante, con gran calma, le contó entonces su propio drama deamor.

—Vaya a su casa—concluyó—y si a las once no ha cambiado de idea,vuelva a almorzar conmigo, si es que tenemos qué. Después hará lo quequiera. ¿Me lo jura?

—Se lo juro—contestó Nébel, devolviéndole su estrecho apretón congrandes ganas de llorar.

En su casa lo esperaba una tarjeta de Lidia:

"Idolatrado Octavio: Mi desesperación no puede ser más grande, pero mamá ha visto que si me casaba con usted me estaban reservados grandes dolores, he comprendido como ella que lo mejor era separarnos y le jura no olvidarlo nunca

tu Lidia."

—¡Ah, tenía que ser así!—clamó el muchacho, viendo al mismo tiempocon espanto su rostro demudado en el espejo.—¡La madre era quienhabía inspirado la carta, ella y su maldita locura! Lidia no habíapodido menos que escribir, y la pobre chica, trastornada, lloraba todosu amor en la redacción. ¡Ah! ¡Si pudiera verla algún día, decirle dequé modo la he querido, cuánto la quiero ahora, adorada del alma!

Temblando fué hasta el velador y cogió el revólver, pero recordó sunueva promesa, y durante un rato permaneció inmóvil, limpiandoobstinadamente con la uña una mancha del tambor.

#Otoño#

Una tarde, en Buenos Aires, acababa Nébel de subir al tramway, cuandoel coche se detuvo un momento más del conveniente, y aquél, que leía,volvió al fin la cabeza. Una mujer con lento y difícil paso avanzaba.Tras una rápida ojeada a la incómoda persona, reanudó la lectura. Ladama se sentó a su lado, y al hacerlo miró atentamente a Nébel. Este,aunque sentía de vez en cuando la mirada extranjera posada sobre él,prosiguió su lectura; pero al fin se cansó y levantó el rostroextrañado.

—Ya me parecía que era usted—exclamó la dama—aunque dudaba aún…

No me recuerda, ¿no es cierto?

—Sí—repuso Nébel abriendo los ojos—la señora de Arrizabalaga…

Ella vió la sorpresa de Nébel, y sonrió con aire de vieja cortesanaque trata aún de parecer bien a un muchacho.

De ella, cuando Nébel la conoció once años atrás, sólo quedaban losojos, aunque más hundidos, y apagados ya. El cutis amarillo, con tonosverdosos en las sombras, se resquebrajaba en polvorientos surcos. Lospómulos saltaban ahora, y los labios, siempre gruesos, pretendíanocultar una dentadura del todo cariada. Bajo el cuerpo demacrado seveía viva a la morfina corriendo por entre los nervios agotados y lasarterias acuosas, hasta haber convertido en aquel esqueleto, a laelegante mujer que un día hojeó la

Illustration

a su lado.

—Sí, estoy muy envejecida… y enferma; he tenido ya ataques a losriñones… y usted—añadió mirándolo con ternura—¡siempre igual!Verdad es que no tiene treinta años aún… Lidia también está igual.

Nébel levantó los ojos:

—¿Soltera?

—Sí… ¡Cuánto se alegrará cuando le cuente! ¿Por qué no le da esegusto a la pobre? ¿No quiere ir a vernos?

—Con mucho gusto—murmuró Nébel.

—Sí, vaya pronto; ya sabe lo que hemos sido para… En fin, Boedo,1483; departamento 14… Nuestra posición es tan mezquina…

—¡Oh!—protestó él, levantándose para irse. Prometió ir muy pronto.

Doce días después Nébel debía volver al ingenio, y antes quiso cumplirsu promesa. Fué allá—un miserable departamento de arrabal.—La señorade Arrizabalaga lo recibió, mientras Lidia se arreglaba un poco.

—¡Conque once años!—observó de nuevo la madre.—¡Cómo pasa eltiempo! ¡Y usted que podría tener una infinidad de hijos con Lidia!

—Seguramente—sonrió Nébel, mirando a su rededor.

—¡Oh! ¡no estamos muy bien! Y sobre todo como debe estar puesta sucasa… Siempre oigo hablar de sus cañaverales… ¿Es ese su únicoestablecimiento?

—Sí,… en Entre Ríos también…

—¡Qué feliz! Si pudiera uno… Siempre deseando ir a pasar unosmeses en el campo, y siempre con el deseo!

Se calló, echando una fugaz mirada a Nébel. Este con el corazónapretado, revivía nítidas las impresiones enterradas once años ensu alma.

—Y todo esto por falta de relaciones… ¡Es tan difícil tener un amigoen esas condiciones!

El corazón de Nébel se contraía cada vez más, y Lidia entró.

Estaba también muy cambiada, porque el encanto de un candor y unafrescura de los catorce años, no se vuelve a hallar más en la mujer deveintiséis. Pero bella siempre. Su olfato masculino sintió en la mansatranquilidad de su mirada, en su cuello mórbido, y en todo loindefinible que denuncia al hombre el amor ya gozado, que debíaguardar velado para siempre, el recuerdo de la Lidia que conoció.

Hablaron de cosas muy triviales, con perfecta discreción de personasmaduras. Cuando ella salió de nuevo un momento, la madre reanudó:

—Sí, está un poco débil… Y cuando pienso que en el campo serepondría en seguida… Vea, Octavio: ¿me permite ser franca conusted? Ya sabe que lo he querido como a un hijo… ¿No podríamos pasaruna temporada en su establecimiento? ¡Cuánto bien le haría a Lidia!

—Soy casado—repuso Nébel.

La señora tuvo un gesto de viva contrariedad, y por un instante sudecepción fué sincera; pero en seguida cruzó sus manos cómicas:

—¡Casado, usted! ¡Oh, qué desgracia, qué desgracia! ¡Perdóneme, yasabe!… No sé lo que digo… ¿Y su señora vive con usted enel ingenio?

—Sí, generalmente… Ahora está en Europa.

—¡Qué desgracia! Es decir… ¡Octavio!—añadió abriendo los brazos conlágrimas en los ojos:—a usted le puedo contar, usted ha sido casi mihijo… ¡Estamos poco menos que en la miseria! ¿Por qué no quiere quevaya con Lidia? Voy a tener con usted una confesión de madre—concluyócon una pastosa sonrisa y bajando la voz:—usted conoce bien elcorazón de Lidia, ¿no es cierto?

Esperó respuesta, pero Nébel permaneció callado.

—¡Sí, usted la conoce! ¿Y cree que Lidia es mujer capaz de olvidarcuando ha querido?

Ahora había reforzado su insinuación con una leve guiñada. Nébelvaloró entonces de golpe el abismo en que pudo haber caído antes. Erasiempre la misma madre, pero ya envilecida por su propia alma vieja,la morfina y la pobreza. Y Lidia… Al verla otra vez había sentidoun brusco golpe de deseo por la mujer actual de garganta llena y yaestremecida. Ante el tratado comercial que le ofrecían, se echó enbrazos de aquella rara conquista que le deparaba el destino.

—¿No sabes, Lidia?—prorrumpió alborozada, al volver su hija—Octavionos invita a pasar una temporada en su establecimiento. ¿Quéte parece?

Lidia tuvo una fugitiva contracción de las cejas y recuperó suserenidad.

—Muy bien, mamá…

—¡Ah! ¿no sabes lo qué dice? Está casado. ¡Tan joven aún! Somos caside su familia…

Lidia volvió entonces los ojos a Nébel, y lo miró un momento condolorosa gravedad.

—¿Hace tiempo?—murmuró.

—Cuatro años—repuso él en voz baja. A pesar de todo, le faltó ánimopara mirarla.

#Invierno#

No hicieron el viaje juntos, por último escrúpulo de casado en unalínea donde era muy conocido; pero al salir de la estación subieron enel brec de la casa. Cuando Nébel quedaba solo en el ingenio, noguardaba a su servicio doméstico más que a una vieja india, pues—amás de su propia frugalidad—su mujer se llevaba consigo toda laservidumbre. De este modo presentó sus acompañantes a la fiel nativacomo una tía anciana y su hija, que venían a recobrar lasalud perdida.

Nada más creíble, por otro lado, pues la señora decaíavertiginosamente. Había llegado deshecha, el pie incierto ypesadísimo, y en su facies angustiosa la morfina, que habíasacrificado cuatro horas seguidas a ruego de Nébel, pedía a gritos unacorrida por dentro de aquel cadáver viviente.

Nébel, que cortara sus estudios a la muerte de su padre, sabía losuficiente para prever una rápida catástrofe; el riñon, íntimamenteatacado, tenía a veces paros peligrosos que la morfina no hacía sinoprecipitar.

Ya en el coche, no pudiendo resistir más, había mirado a Nébel contransida angustia:

—Si me permite, Octavio… ¡no puedo más! Lidia, ponte delante.

La hija, tranquilamente, ocultó un poco a su madre, y Nébel oyó elcrugido de la ropa violentamente recogida para pinchar el muslo.

Súbitamente los ojos se encendieron, y una plenitud de vida cubriócomo una máscara aquella cara agónica.

—Ahora estoy bien… ¡qué dicha! Me siento bien.

—Debería dejar eso—dijo rudamente Nébel, mirándola de costado.—Alllegar, estará peor.

—¡Oh, no! Antes morir aquí mismo.

Nébel pasó todo el día disgustado, y decidido a vivir cuanto le fueraposible sin ver en Lidia y su madre más que dos pobres enfermas. Peroal caer la tarde, y como las fieras que empiezan a esa hora a afilarlas uñas, el celo de varón comenzó a relajarle la cintura en lasosescalofríos.

Comieron temprano, pues la madre, quebrantada, deseaba acostarse deuna vez. No hubo tampoco medio de que tomara exclusivamente leche.

—¡Huy! ¡qué repugnancia! No la puedo pasar. ¿Y quiere que sacrifiquelos últimos años de mi vida, ahora que podría morir contenta?

Lidia no pestañeó. Había hablado con Nébel pocas palabras, y sólo alfin del café la mirada de éste se clavó en la de ella; pero Lidia bajóla suya en seguida.

Cuatro horas después Nébel abría sin ruido la puerta del cuarto de Lidia.

—¡Quién es!—sonó de pronto la voz azorada.

—Soy yo—murmuró Nébel en voz apenas sensible.

Un movimiento de ropas, como el de una persona que se sientabruscamente en la cama, siguió a sus palabras, y el silencio reinó denuevo. Pero cuando la mano de Nébel tocó en la oscuridad un brazotibio, el cuerpo tembló entonces en una honda sacudida.

* * * * *

Luego, inerte al lado de aquella mujer que ya había conocido el amorantes que él llegara, subió de lo más recóndito del alma de Nébel, elsanto orgullo de su adolescencia de no haber tocado jamás, de no haberrobado ni un beso siquiera, a la criatura que lo miraba con radiantecandor. Pensó en las palabras de Dostojewsky, que hasta ese momento nohabía comprendido: "Nada hay más bello y que fortalezca más en lavida, que un puro recuerdo". Nébel lo había guardado, ese recuerdo sinmancha, pureza inmaculada de sus dieciocho años, y que ahora estabaallí, enfangado hasta el cáliz sobre una cama de sirvienta…

Sintió entonces sobre su cuello dos lágrimas pesadas, silenciosas.Ella a su vez recordaría… Y las lágrimas de Lidia continuaban unatras otra, regando como una tumba el abominable fin de su único sueñode felicidad.

II

Durante diez días la vida prosiguió en común, aunque Nébel estaba casitodo el día afuera. Por tácito acuerdo, Lidia y él se encontraban muypocas veces solos, y aunque de noche volvían a verse, pasaban aúnentonces largo tiempo callados.

Lidia tenía ella misma bastante qué hacer cuidando a su madre,postrada al fin. Como no había posibilidad de reconstruir lo yapodrido, y aún a trueque del peligro inmediato que ocasionara, Nébelpensó en suprimir la morfina. Pero se abstuvo una mañana que entróbruscamente en el comedor, al sorprender a Lidia que se bajabaprecipitadamente las faldas. Tenía en la mano la jeringuilla, y fijóen Nébel su mirada espantada.

—¿Hace mucho tiempo que usas eso?—le preguntó él al fin.

—Sí—murmuró Lidia, doblando en una convulsión la aguja.

Nébel la miró aún y se encogió de hombros.

Si embargo, como la madre repetía sus inyecciones con una frecuenciaterrible para ahogar los dolores de su riñón que la morfina concluíade matar, Nébel se decidió a intentar la salvación de aquelladesgraciada, sustrayéndole la droga.

—¡Octavio! ¡me va a matar!—clamó ella con ronca súplica.—¡Mi hijo Octavio! ¡no podría vivir un día!

—¡Es que no vivirá dos horas si le dejo eso!—cortó Nébel.

—¡No importa, mi Octavio! ¡Dame, dame la morfina!

Nébel dejó que los brazos se tendieran inútilmente a él, y salió con Lidia.

—¿Tú sabes la gravedad del estado de tu madre?

—Sí… Los médicos me habían dicho…

El la miró fijamente.

—Es que está mucho peor de lo que imaginas.

Lidia se puso lívida, y mirando afuera entrecerró los ojos y se mordiólos labios en un casi sollozo.

—¿No hay médico aquí?—murmuró.

—Aquí no, ni en diez leguas a la redonda; pero buscaremos.

Esa tarde llegó el correo cuando estaban solos en el comedor, y Nébelabrió una carta.

—¿Noticias?—preguntó Lidia levantando inquieta los ojos a él.

—Sí—repuso Nébel, prosiguiendo la lectura.

—¿Del médico?—volvió Lidia al rato, más ansiosa aún.

—No, de mi mujer—repuso él con la voz dura, sin levantar los ojos.

A las diez de la noche Lidia llegó corriendo a la pieza de Nébel.

—¡Octavio! ¡mamá se muere!…

Corrieron al cuarto de la enferma. Una intensa palidez cadaverizaba yael rostro. Tenía los labios desmesuradamente hinchados y azules, y porentre ellos se escapaba un remedo de palabra, gutural y a boca llena:

—Pla… pla… pla…

Nébel vió en seguida sobre el velador el frasco de morfina, casivacío.

—¡Es claro, se muere! ¿Quién le ha dado esto?—preguntó.

—¡No sé, Octavio! Hace un rato sentí ruido… Seguramente lo fué abuscar a tu cuarto cuando no estabas…

¡Mamá, pobre mamá!—cayósollozando sobre el miserable brazo que pendía hasta el piso.

Nébel la pulsó; el corazón no daba más, y la temperatura caía. Al ratolos labios callaron su pla… pla, y en la piel aparecieron grandesmanchas violeta.

A la una de la mañana murió. Esa tarde, tras el entierro, Nébel esperóque Lidia concluyera de vestirse, mientras los peones cargaban lasvalijas en el carruaje.

—Toma esto—le dijo cuando se aproximó a él, tendiéndole un cheque dediez mil pesos.

Lidia se extremeció violentamente, y sus ojos enrojecidos se fijaronde lleno en los de Nébel. Pero éste sostuvo la mirada.

—¡Toma, pues!—repitió sorprendido.

Lidia lo tomó y se bajó a recoger su valijita. Nébel se inclinó sobreella.

—Perdóname—le dijo.—No me juzgues peor de lo que soy.

En la estación esperaron un rato y sin hablar, junto a la escalerilladel vagón, pues el tren no salía aún.

Cuando la campana sonó, Lidia letendió la mano y se dispuso a subir. Nébel la oprimió, y quedó unlargo rato sin soltarla, mirándola. Luego, avanzando, recogió a Lidiade la cintura y la besó hondamente en la boca.

El tren partió. Inmóvil, Nébel siguió con la vista la ventanilla quese perdía.

Pero Lidia no se asomó.

#LOS OJOS SOMBRIOS#

Después de las primeras semanas de romper con Elena, una noche no pudeevitar asistir a un baile.

Hallábame hacía largo rato sentado yaburrido en exceso, cuando Julio Zapiola, viéndome allí, vino asaludarme. Es un hombre joven, dotado de rara elegancia y virilidad decarácter. Lo había estimado muchos años atrás, y entonces volvía deEuropa, después de larga ausencia.

Así nuestra charla, que en otra ocasión no hubiera pasado de ocho odiez frases, se prolongó esta vez en larga y desahogada sinceridad.Supe que se había casado; su mujer estaba allí mismo esa noche. Por miparte, lo informé de mi noviazgo con Elena—y su reciente ruptura.Posiblemente me quejé de la amarga situación, pues recuerdo haberledicho que creía de todo punto imposible cualquier arreglo.

—No crea en esas sacudidas—me dijo Zapiola con aire tranquilo yserio.—Casi nunca se sabe al principio lo que pasará o se harádespués. Yo tengo en mi matrimonio una novela infinitamente máscomplicada que la suya; lo cual no obsta para que yo sea hoy el maridomás feliz de la tierra. Oigala, porque a usted podrá serle de granprovecho. Hace cinco años me vi con gran frecuencia con Vezzera, unamigo del colegio a quien había querido mucho antes, y sobre todo él amí. Cuanto prometía el muchacho se realizó plenamente en el hombre;era como antes inconstante, apasionado, con depresiones yexaltamientos femeniles. Todas sus ansias y suspicacias eranenfermizas, y usted no ignora de qué modo se sufre y se hace sufrircon este modo de ser.

Un día me dijo que estaba enamorado, y que posiblemente se casaría muypronto. Aunque me habló con loco entusiasmo de la belleza de su novia,esta apreciación suya de la hermosura en cuestión no tenía para míningún valor. Vezzera insistió, irritándose con mi orgullo.

—No sé qué tiene que ver el orgullo con esto—le observé.

—¡Si es eso! Yo soy enfermizo, excitable, expuesto a continuosmirajes y debo equivocarme siempre. ¡Tú, no! ¡Lo que dices es laponderación justa de lo que has visto!

—Te juro…

—¡Bah; déjame en paz!—concluyó cada vez más irritado con mitranquilidad, que era para él otra manifestación de orgullo.

Cada vez que volví a verlo en los días sucesivos, lo hallé másexaltado con su amor. Estaba más delgado, y sus ojos cargados deojeras brillaban de fiebre.

—¿Quiere hacer una cosa? Vamos esta noche a su casa. Ya le he habladode ti. Vas a ver si es o no como te he dicho.

Fuimos. No sé si usted ha sufrido una impresión semejante; pero cuandoella me extendió la mano y nos miramos, sentí que por ese contactotibio, la espléndida belleza de aquellos ojos sombríos y de aquelcuerpo mudo, se infiltraba en una caliente onda en todo mi ser.

Cuando salimos, Vezzera me dijo:

—¿Y?… ¿es como te he dicho?

—Sí—le respondí.

—¿La gente impresionable puede entonces comunicar una impresiónconforme a la realidad?

—Esta vez, sí—no pude menos de reirme.

Vezzera me miró de reojo y se calló por largo rato.

—¡Parece—me dijo de pronto—que no hicieras sino concederme por sumagracia su belleza!

—¿Pero estás loco?—le respondí.

Vezzera se encogió de hombros como si yo hubiera esquivado surespuesta. Siguió sin hablarme, visiblemente disgustado, hasta que alfin volvió otra vez a mí sus ojos de fiebre.

—De veras, de veras me juras que te parece linda?

—¡Pero claro, idiota! Me parece lindísima; ¿quieres más?

Se calmó entonces, y con la reacción inevitable de sus nerviosfemeninos, pasó conmigo una hora de loco entusiasmo, abrasándose alrecuerdo de su novia.

Fuí varias veces más con Vezzera. Una noche, a una nueva invitación,respondí que no me hallaba bien y que lo dejaríamos para otro momento.Diez días más tarde respondí lo mismo, y de igual modo en la siguientesemana. Esta vez Vezzera me miró fijamente a los ojos:

—¿Por qué no quieres ir?

—No es que no quiera ir, sino que me hallo hoy con poco humor paraesas cosas.

—¡No es eso! ¡Es que no quieres ir más!

—¿Yo?

—Sí; y te exijo como a un amigo, o como a ti, que me digas justamenteesto: ¿Por qué no quieres ir más?

—¡No tengo ganas!… ¿Te gusta?

Vezzera me miró como miran los tuberculosos condenados al reposo, a unhombre fuerte que no se jacta de ello. Y en realidad, creo que ya seprecipitaba su tisis.

Se observó en seguida las manos sudorosas, que le temblaban.

—Hace días que las noto más flacas… ¿Sabes por qué no quieres irmás? ¿Quieres que te lo diga?

Tenía las ventanas de la nariz contraídas, y su respiración aceleradale cerraba los labios.

—¡Vamos! No seas… cálmate, que es lo mejor.

—¡Es que te lo voy a decir!

—¿Pero no ves que estás delirando, que estás muerto de fiebre?—leinterrumpí. Por dicha, un violento acceso de tos lo detuvo. Lo empujécariñosamente.

—Acuéstate un momento… estás mal.

Vezzera se recostó en mi cama y cruzó sus dos manos sobre la frente.

Pasó un largo rato en silencio. De pronto me llegó su voz, lenta:

—¿Sabes lo que te iba a decir?… Que no querías que María seenamorara de ti… Por eso no ibas.

—¡Qué estúpido!—me sonreí.

—Sí, estúpido! ¡Todo, todo lo que quieras!

Quedamos mudos otra vez. Al fin me acerqué a él.

—Esta noche vamos—le dije.—¿Quieres?

—Sí, quiero.

Cuatro horas más tarde llegábamos allá. María me saludó como sihubiera dejado de verme el día anterior, sin parecer en lo más mínimopreocupada de mi larga ausencia.

—Pregúntale siquiera—se rió Vezzera con visible afectación—por quéha pasado tanto tiempo sin venir.

María arrugó imperceptiblemente el ceño, y se volvió a mí con risueñasorpresa:

—¡Pero supongo que no tendría deseo de visitarnos!

Aunque el tono de la exclamción no pedía respuesta, María quedó uninstante en suspenso, como si la esperara. Vi que Vezzera me devorabacon los ojos.

—Aunque deba avergonzarme eternamente—repuse—confieso que hay algode verdad…

—¿No es verdad?—se rió ella.

Pero ya en el movimiento de los pies y en la dilatación de las naricesde Vezzera, conocí su tensión de nervios.

—Dile que te diga—se dirigió a María—por qué realmente no queríavenir.

Era tan perverso y cobarde el ataque, que lo miré con verdadera rabia.Vezzera afectó no darse cuenta, y sostuvo la tirante expectativa conel convulsivo golpeteo del pie, mientras María tornaba a contraerlas cejas.

—¿Hay otra cosa?—se sonrió con esfuerzo.

—Sí, Zapiola te va a decir…

—¡Vezzera!—exclamé.

—… Es decir, no el motivo suyo, sino el que yo le atribuía para novenir más aquí… ¿sabes por qué?

—Porque él cree que usted se va a enamorar de mí—me adelanté,dirigiéndome a María.

Ya antes de decir esto, vi bien claro la ridiculez en que iba a caer;pero tuve que hacerlo. María soltó la risa, notándose así mucho más elcansancio de sus ojos.

—¿Sí? ¿Pensabas eso, Antenor?

—No, supondrás… era una broma—se rió él también.

La madre entró de nuevo en la sala, y la conversación cambió de rumbo.

—Eres un canalla—me apresuré a decirle en los ojos a Vezzera, cuandosalimos.

—Sí—me respondió mirándome claramente.—Lo hice a propósito.

—¿Querías ridiculizarme?

—Sí… quería.

—¿Y no te da vergüenza? ¿Pero qué diablos te pasa? ¿Qué tienes contramí?

No me contestó, encogiéndose de hombros.

—¡Anda al demonio!—murmuré. Pero un momento después, al separarme,sentí su mirada cruel y desconfiada fija en la mía.

—¿Me juras por lo que más quieras, por lo que quieras más, que nosabes lo que pienso?

—No—le respondí secamente.

—¡No mientes, no estás mintiendo?

—No miento.

Y mentía profundamente.

—Bueno, me alegro… Dejemos esto. Hasta mañana. ¿Cuándo quieres quevolvamos allá?

—¡Nunca! Se acabó.

Vi que verdadera angustia le dilataba los ojos.

—¿No quieres ir más?—me dijo con voz ronca y extraña.

—No, nunca más.

—Como quieras, mejor… No estás enojado, ¿verdad?

—¡Oh, no seas criatura!—me reí.

Y estaba verdaderamente irritado contra Vezzera, contra mí…

Al día siguiente Vezzera entró al anochecer en mi cuarto. Llovía desdela mañana, con fuerte temporal, y la humedad y el frío me agobiaban.Desde el primer momento noté que Vezzera ardía en fiebre.

—Vengo a pedirte una cosa—comenzó.

—¡Déjate de cosas!—interrumpí.—¿Por qué has salido con esta noche?

¿No ves que estás jugando tu vida con esto?

—La vida no me importa… dentro de unos meses esto se acaba…mejor. Lo que quiero es que vayas otra vez allá.

—¡No! ya te dije.

—¡No, vamos! ¡No quiero que no quieras ir! ¡Me mata esto! ¿Por qué noquieres ir?

—Ya te he dicho: ¡no-qui-e-ro! Ni una palabra más sobre esto, ¿oyes?

La angustia de la noche anterior tornó a desmesurarle los ojos.

—Entonces—articuló con voz profundamente tomada—es lo que pienso,lo que tú sabes que yo pensaba cuando mentiste anoche. De modo…Bueno, dejemos, no es nada. Hasta mañana.

Lo detuve del hombro y se dejó caer en seguida en la silla, con lacabeza sobre sus brazos en la mesa.

—Quédate—le dije.—Vas a dormir aquí conmigo. No estés solo.

Durante un rato nos quedamos en profundo silencio. Al fin articuló sinentonación alguna:

—Es que me dan unas ganas locas de matarme…

—¡Por eso! ¡Quédate aquí!… No estés solo.

Pero no pude contenerlo, y pasé toda la noche inquieto.

Usted sabe qué terrible fuerza de atracción tiene el suicidio, cuandola idea fija se ha enredado en una madeja de nervios enfermos. Habríasido menester que a toda costa Vezzera no estuviera solo en su cuarto.Y aún así, persistía siempre el motivo.

Pasó lo que temía. A las siete de la mañana me trajeron una carta deVezzera, muerto ya desde cuatro horas atrás. Me decía en ella que erademasiado claro que yo estaba enamorado de su novia, y ella de mí. Queen cuanto a María, tenía la más completa certidumbre y que yo no habíahecho sino confirmarle mi amor con mi negativa a ir más allá. Queestuviera yo lejos de creer que se mataba de dolor, absolutamente no.Pero él no era hombre capaz de sacrificar a nadie a su egoístafelicidad, y por eso nos dejaba libre a mí y a ella.

Además, suspulmones no daban más… era cuestión de tiempo. Que hiciera feliz aMaría, como él hubiera deseado…, etc.

Y dos o tres frases más. Inútil que le cuente en detalle mi turbaciónde esos días. Pero lo que resaltaba claro para mí en su carta—para míque lo conocía—era la desesperación de celos que lo llevó alsuicidio. Ese era el único motivo; lo demás: sacrificio y concienciatranquila, no tenía ningún valor.

En medio de todo quedaba vivísima, radiante de brusca felicidad, laimagen de María. Yo sé el esfuerzo que debí hacer, cuando era deVezzera, para dejar de ir a verla. Y había creído adivinar también quealgo semejante pasaba en ella. Y ahora, ¡libres! sí, solos los dos,pero con un cadáver entre nosotros.

Después de quince días fuí a su casa. Hablamos vagamente, evitando lamenor alusión. Apenas me respondía; y aunque se esforzaba en ello, nopodía sostener mi mirada un solo momento.

—Entonces,—le dije al fin levantándome—creo que lo más discreto esque no vuelva más a verla.

—Creo lo mismo—me respondió.

Pero no me moví.

—¿Nunca más?—añadí.

—No, nunca… como usted quiera—rompió en un sollozo, mientras doslágrimas vencidas rodaban por sus mejillas.

Al acercarme se llevó las manos a la cara, y apenas sintió mi contactose estremeció violentamente y rompió en sollozos. Me incliné detrás deella y le abracé la cabeza.

—Sí, mi alma querida…¿quieres? Podremos ser muy felices. Eso noimporta nada…¿quieres?

—¡No, no!—me respondió—no podríamos… no, ¡imposible!

—¡Después, sí, mi amor!… ¿Sí, después?

—¡No, no, no!—redobló aún sus sollozos.

Entonces salí desesperado, y pensando con rabiosa amargura que aquelimbécil, al matarse, nos había muerto también a nosotros dos.

Aquí termina mi novela. Ahora, ¿quiere verla?

—¡María!—se dirigió a una joven que pasaba del brazo.—Es hora ya;son las tres.

—¿Ya? ¿las tres?—se volvió ella.—No hubiera creído. Bueno, vamos.

Un momentito.

Zapiola me dijo entonces:

—Ya ve, amigo mío, como se puede ser feliz después de lo que le hecontado. Y su caso… Espere un segundo.

Y mientras me presentaba a su mujer:

—Le contaba a X cómo estuvimos nosotros a punto de no ser felices.

La joven sonrió a su marido, y reconocí aquellos ojos sombríos de queél me había hablado, y que como todos los de ese carácter, al reirdestellan felicidad.

—Sí,—repuso sencillamente—sufrimos un poco…

—¡Ya ve!—se rió Zapiola despidiéndose.—Yo en lugar suyo volvería alsalón.

Me quedé solo. El pensamiento de Elena volvió otra vez; pero en mediode mi disgusto me acordaba a cada instante de la impresión que recibióZapiola al ver por primera vez los ojos de María.

Y yo no hacía sino recordarlos.

#EL SOLITARIO#

Kassim era un hombre enfermizo, joyero de profesión, bien que notuviera tienda establecida. Trabajaba para las grandes casas, siendosu especialidad el montaje de las piedras preciosas. Pocas manos comolas suyas para los engarces delicados. Con más arranque y habilidadcomercial, hubiera sido rico. Pero a los treinta y cinco añosproseguía en su pieza, aderezada en taller bajo la ventana.

Kassim, de cuerpo mezquino, rostro exangüe sombreado por rala barbanegra, tenía una mujer hermosa y fuertemente apasionada. La joven, deorigen callejero, había aspirado con su hermosura a un más altoenlace.

Esperó hasta los veinte años, provocando a los hombres y a susvecinas con su cuerpo. Temerosa al fin, aceptó nerviosamente a Kassim.

No más sueños de lujo, sin embargo. Su marido, hábil—artistaaún,—carecía completamente de carácter para hacer una fortuna. Por locual, mientras el joyero trabajaba doblado sobre sus pinzas, ella, decodos, sostenía sobre su marido una lenta y pesada mirada, paraarrancarse luego bruscamente y seguir con la vista tras los vidrios altranseunte de posición que podía haber sido su marido.

Cuanto ganaba Kassim, no obstante, era para ella. Los domingostrabajaba también a fin de poderle ofrecer un suplemento. Cuando Maríadeseaba una joya—¡y con cuánta pasión deseaba ella!—trabajaba denoche.

Después había tos y puntadas al costado; pero María tenía suschispas de brillante.

Poco a poco el trato diario con las gemas llegó a hacerle amar lastareas del artífice, y seguía con ardor las íntimas delicadezas delengarce. Pero cuando la joya estaba concluída—debía partir, no erapara ella,—caía más hondamente en la decepción de su matrimonio. Seprobaba la alhaja, deteniéndose ante el espejo. Al fin la dejaba porahí, y se iba a su cuarto. Kassim se levantaba al oir sus sollozos, yla hallaba en la cama, sin querer escucharlo.

—Hago, sin embargo, cuanto puedo por ti,—decía él al fin,tristemente.

Los sollozos subían con esto, y el joyero se reinstalaba lentamente ensu banco.

Estas cosas se repitieron, tanto que Kassim no se levantaba ya aconsolarla. ¡Consolarla! ¿de qué? Lo cual no obstaba para que Kassimprolongara más sus veladas a fin de un mayor suplemento.

Era un hombre indeciso, irresoluto y callado. Las miradas de su mujerse detenían ahora con más pesada fijeza sobre aquella mudatranquilidad.

—¡Y eres un hombre, tú!—murmuraba.

Kassim, sobre sus engarces, no cesaba de mover los dedos.

—No eres feliz conmigo, María—expresaba al rato.

—¡Feliz! ¡Y tienes el valor de decirlo! ¿Quién puede ser felizcontigo? ¡Ni la última de las mujeres!…

¡Pobre diablo!—concluía conrisa nerviosa, yéndose.

Kassim trabajaba esa noche hasta las tres de la mañana, y su mujertenía luego nuevas chispas que ella consideraba un instante con loslabios apretados.

—Sí… ¡no es una diadema sorprendente!… ¿cuando la hiciste?

—Desde el martes—mirábala él con descolorida ternura—dormías denoche…

—¡Oh, podías haberte acostado!… ¡Inmensos, los brillantes!

Porque su pasión eran las voluminosas piedras que Kassim montaba.Seguía el trabajo con loca hambre de que concluyera de una vez, yapenas aderezada la alhaja, corría con ella al espejo. Luego, unataque de sollozos.

—¡Todos, cualquier marido, el último, haría un sacrificio parahalagar a su mujer! Y tú… y tú… ni un miserable vestido queponerme, tengo!

Cuando se franquea cierto límite de respeto al varón, la mujer puedellegar a decir a su marido cosas increíbles.

La mujer de Kassim franqueó ese límite con una pasión igual por lomenos a la que sentía por los brillantes.

Una tarde, al guardar susjoyas, Kassim notó la falta de un prendedor—cinco mil pesos en dossolitarios.—

Buscó en sus cajones de nuevo.

—¿No has visto el prendedor, María? Lo dejé aquí.

—Sí, lo he visto.

—¿Dónde está?—se volvió extrañado.

—¡Aquí!

Su mujer, los ojos encendidos y la boca burlona, se erguía con elprendedor puesto.

—Te queda muy bien—dijo Kassim al rato.—Guardémoslo.

María se rió.

—Oh, no! es mío.

—Broma?…

—Sí, es broma! ¡es broma, sí! ¡Cómo te duele pensar que podría sermío… Mañana te lo doy. Hoy voy al teatro con él.

Kassim se demudó.

—Haces mal… podrían verte. Perderían toda confianza en mí.

—¡Oh!—cerró ella con rabioso fastidio, golpeando violentamente lapuerta.

Vuelta del teatro, colocó la joya sobre el velador. Kassim se levantóy la guardó en su taller bajo llave. Al volver, su mujer estabasentada en la cama.

—¡Es decir, que temes que te la robe! ¡Qué soy una ladrona!

—No mires así… Has sido imprudente, nada más.

—¡Ah! ¡Y a ti te lo confían! ¡A ti, a ti! ¡Y cuando tu mujer te pideun poco de halago, y quiere… me llamas ladrona a mí! ¡Infame!

Se durmió al fin. Pero Kassim no durmió.

Entregaron luego a Kassim para montar, un solitario, el brillante másadmirable que hubiera pasado por sus manos.

—Mira, María, qué piedra. No he visto otra igual.

Su mujer no dijo nada; pero Kassim la sintió respirar hondamente sobreel solitario.

—Una agua admirable…—prosiguió él—costará nueve o diez mil pesos.

—Un anillo!—murmuró María al fin.

—No, es de hombre… Un alfiler.

A compás del montaje del solitario, Kassim recibió sobre su espaldatrabajadora cuanto ardía de rencor y cocotaje frustrado en su mujer.Diez veces por día interrumpía a su marido para ir con el brillanteante el espejo. Después se lo probaba con diferentes vestidos.

—Si quieres hacerlo después…—se atrevió Kassim.—Es un trabajourgente.

Esperó respuesta en vano; su mujer abría el balcón.

—María, te pueden ver!

—Toma! ¡ahí está tu piedra!