Cuenta Conmigo by Raquel Zieleniec y Maite Echartea - HTML preview

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CUENTA CONMIGO

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© Raquel Zieleniec & Maite Echartea

© Yaugurú

ISBN: 978-9974-8033-5-0

YAUGURÚ | 24

Colección dirigida por

Gustavo Wojciechowski

macadg@internet.com.uy

Primera edición: setiembre del año 2007

Se editaron 1000 ejemplares.

Ilustraciones: Candela Echartea

Diseño: Maca

Puesta en página realizada en QXPress 4.1, utilizando las tipografías Sabon y Frutiger.

Fotomecánica: Typeworks.

Impresión: Tradinco [Minas 1367]

Depósito legal: 343.085

Por contacto con los autores:

recoveco23@gmail.com

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(DE CÓMO MAITE Y SU ABUELA SE CUENTAN CUENTOS) RAQUEL ZIELENIEC & MAITE ECHARTEA I L U S T R A C I O N E S : C A N D E L A E C H A R T E A ContaConmigo 21/9/07 09:32 am Página 6

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Le dedicamos este libro a

Federica

Joaquina

Valentín

y todos los papás y mamás

y a la abuela Ita

in memorian

Gracias, especialmente

a Yoselin Frugoni

Profesora en Filosofía de la Educación, quien iluminó conceptualmente este camino.

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Maite: – Abuela, ¿me cuentas un cuento?

Abuela: – ¡Cuenta conmigo…!

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Pre-prólogo

Una abuela empieza como corresponde; imaginando historias para sus adorables descendientes y sorteando las demandas de los consabidos cuentos de siempre.

Una abuela se da cuenta cuando su pequeña receptora –Maite en este caso– hace complicidad con el cuento. Muy bien –se dice– muy bien ¡si los cuentos son para ella!

Una abuela traza un proyecto con su nieta. Editar un libro –con pinturas y dibujos– y ganar mucho dinero viajando y vendiendo libros, compartiéndolos con otros niños.

Maite opina, la abuela toma nota y se van dorando crocantes y calentitos:

CUENTOS CON MAITE.

Fue mientras corregían los detalles que sucedió algo extraordinario.

A Maite le vino el ataque, puso los ojos en rebeldía de tigre y empezó a hacer ella sola cuentos y más cuentos.

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No escuchaba, ni dejaba hablar.

No respetaba límites.

La pobre abuela desconcertada tuvo que sostener a la niña, como si saliera apurada en bicicleta antes de aprender a andar.

La aventura de invertir los papeles y correr detrás de la niña, fue fascinante y agotadora. Todo empezó con el “Cuento encontrado y mejorado” y siguió con “Aberintos de Boimbos y Mascotas”

La abuela no entiende todavía quién le hizo el cuento a quién.

* * *

Publicarlo no ha sido fácil y ha pasado mucho tiempo.

Fue por eso que sucedió otra cosa inefable: la siguiente nieta cre-ció lo suficiente para tomar forma y fuerza. Ella empujó para ser también partícipe del evento.

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Maite dudó un poco -era de esperar, es su hermana- pero una abuela no puede negarle un espacio a la creatividad de otra nieta.

Nunca se sabe de cual futuro una puede ser responsable!

Y así fue como Candela apareció en el libro con sus dibujos.

Nos corrimos un poco y le hicimos lugar. Aquí estamos entonces las tres; Maite, Candela y abuela.

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Prólogo

Estamos recostadas con Maite sin pensar en dormir. Para nada.

Así nos inspiramos. Porque brotan de nuestras cabezas todos los cuentos que se van acumulando. Y Maite descubre que tiene muchos.

El abuelo acaba de salir y volver para preguntar dónde quedó la llave del auto. Le digo pero no estoy segura de haberle indicado bien.

Entonces, decido levantarme un momentito para ver dónde puse las llaves del auto.

De pronto escucho a Maite que se burla de mí.

–Dijiste tu abuelo y no es tu abuelo, es mi abuelo.

–¿Qué dices que dije?

–Dijiste mi abuelo y es mi abuelo.

–Pero yo dije tu abuelo.

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–Dijiste mi abuelo, pero no es tu abuelo.

–Ya, ya veo. Mejor no lo expliques porque lo empeoras.

–Si –Maite se ríe– es peor explicarlo.

* * *

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El país de los pellejitos

Para recostarnos un ratito Maite puso ciertas condiciones:

–Abuela yo no voy a dormir siesta. Y tú tampoco.

–Está bien. Cierro un poquito los ojos, sólo para descansar.

Yo tampoco quiero dormir ¡es horrible dormir!

Maite sonríe.

–Prometiste leerme un cuento.

–¿“Las medias de los flamencos”?

–¿El de Horacio Quiroga?

–Si. O la historia del caballo de Troya.

–¿Cual era?

–Un caballo grandísimo lleno de soldados escondidos...

–¡Ay....!

–¿Qué pasó?

Maite estaba tironeando un pellejito hasta que lo arrancó.

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Ahora hay un hilillo de sangre en el dedo donde estaba el pellejito. Ella mira a la abuela con cara de puchero amargo.

–¡Eps! ¿Se salió el pellejito? –la abuela piensa que si decimos lo que pasó, duele menos.

–Suuu –A Maite la i le salió como una u.

–¿Te duele?

–Suuu

–¿Vas a llorar?

–Nuu –dice la niña con pena.

–¿Y si buscamos a ver dónde está el pellejito y lo volvemos a poner?

–¡Síiii!!!!–dijo ella sorprendida y contenta.

* * *

No era fácil en aquel revoltijo de libros, sábanas y frazadas encontrar un pellejito chiquito y transparente, Maite se puso triste. Cada vez que veía su dedito, sus ojos echaban una mira-da de Auxilio. Tenía miedo de desangrarse.

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–No debe estar acá –sentenció la abuela luego de buscar un rato.

–¿Dónde está? –preguntó Maite con dolor.

–Se fue, los pellejitos suelen irse.

–¿Adónde se van?

–Al país de los pellejitos, claro.

–Abuela loca, ¿qué es eso?

–¿Quieres saber? ¡Vamos a seguirlo!

Maite se arrellana en la almohada y apoya la cabeza en el hombro de la abuela, que le hace un hueco al estirar el brazo.

–Cerramos los ojos. ¿Ta?

–¡Ta!

–Mirá cómo el pequeño baja las escaleras; solito él, se va a buscar un lugar nuevo donde vivir.

–¿Por qué?, ¿no podía quedarse?

–Hasta hace un rato era parte de tu dedo. Ahora que se separó, es otra cosa. ¡Es un pellejo!. Es hora de seguir solo

–se dijo el pellejo y por eso se va. ¡Y se fue!!!

* * *

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Pero Maite no quiere que él se vaya, entonces frunce las cejas y hace trompas. La abuela la hace pensar:

–Él quería hacer su propia vida. Tú lo ayudaste.

–Nació de mi dedito, como un bebito –dijo Maite en versito.

–Y tienes que dejarlo ir.

Maite queda en silencio y para ayudarla, la abuela mira hacia la escalera y le habla al pellejo: ¿vas a extrañar tu casa?

Y con voz de flauta, dice:

–sí, pero también quiero conocer el mundo.

–Mira, Maite, cómo pasa debajo de la puerta y sale al jardín.

Maite, tan concentrada en la raya de sangre, otra vez pone gesto de puchero disgustado. La abuela se ocupa entonces de la delgada línea roja:

–¿Ves? La piel es muy mimosa y se lastima. Cuando la piel se rompe y un pellejo se arranca ¡qué revuelo se arma! Las células se ponen a tejer y tejer para curar la raya. Es roja,

¿viste? son los glóbulos rojos de la sangre que le avisan a los blancos que hay lastimadura. Y los glóbulos blancos corren y corren hasta el lugar para defenderlo, para que ningún bicho ataque.

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Maite mira atentamente la herida… y espera. La abuela le advierte:

–No, no puede sanar enseguida, necesita más tiempo.

Maite sigue en silencio.

* * *

–Míralo, se va andando, ¿lo ves? por el jardín.

–¡No veo nada, abuela!

–¡Ay!, claro, con los ojos abiertos no puedes verlo. ¡Cierra los ojos! Ahora si, ¿lo ves, en el borde del camino?

–NO –Maite no es fácil

–Va hacia una piedra enorme. Es una piedrita, pero para él es una montaña. ¿La va a subir? No... ¡no puede! Va a dar la vuelta a la piedra, ¡es inteligente!

–Si –Maite ya está riéndose, no sé si del pellejo o de la abuela.

–Ahora se asustó de una hormiga, porque también la ve monstruosa... como para ti, ¿qué sería?

–¡Un elefante!

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–¡Eso! Si anduvieras por la calle y vieras venir un elefante

¿qué harías?

–Me iría corriendo fuerte fuerte para que no me pise con esas patas grandes que parecen árboles.

–Y el pellejo corre rapidísimo a esconderse detrás de una pequeña hoja de árbol caída. La hormiga, ¿lo ve?

–No lo ve.

–Pssh, tiene miedo porque es miedoso, nomás, ¿qué puede hacerle una hormiga!

–¡Comérselo!

–¿Las hormigas comen pellejos?

–¡No! –Maite se ríe–Pero él no lo sabe.

–Eso es verdad. Se imagina mal, por eso se mete debajo de la hoja. Tampoco sabe que las hormigas comen… ¡hojas!

Maite se tapa la boca con la mano y se ríe.

* * *

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La abuela sigue:

–¿Y ahora? ¿Qué va a hacer la hormiga, va a pasar muy oronda?

Maite mira calladita a la abuela. La abuela espera un poco, le mira los ojos a la niña y dice:

–Maitecita, tú no quieres que la hormiga pase tan oronda,

¿verdad? –los ojos de la niña brillan. La abuela entiende que Maite quiere más acción y se pone a hablar con voz de búho sabihondo. La hormiga tiene hambre y se acerca despacio a tomar jugo de hoja verde. Se acerca cada vez más! El que parece aterrorizado es el pellejito, ¿verdad?

La sonrisa pícara de Maite es más grande que su propio ros-tro. La abuela pone voz de bicho peludo y dice con tono grave:

–Y la hormiga apoya su pata peluda… ¡Ay! casi toca al pellejito cuando da vuelta la hoja con la trompa.

El pellejito está tan pero tan asustado que ni se mueve.

Maite pone cara acorde a las circunstancias y asiente sin decir palabra.

–La hormigota chupa la hoja… no sé si lo ve –dice abuela de pronto

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–Sí. Pero no se acerca –dice la niña por fin– no le importa.

Y no sabe qué es un pellejito.

Maite decide alejar el peligro con rapidez e inteligencia.

Pero niña al fin, le cambia el rumbo al cuento. Agrega:

–Se va porque la esperan sus hijitos y les lleva la comida

–dice Maite.

–¿De dónde viene?

–De estudiar.

–Ah, igual que mamá...

* * *

Como la abuela tiene que cuidar que Maite no se salga del cuento, exclama:.

–¿Dónde está el pellejito? Ahí va, rengueando, ¿no lo ves un poco preocupado?

–Sí, busca el País de los pellejitos –dice Maite– No sabe cómo llegar.

–Todavía no sabe muchas cosas.

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–Porque es bebito...

–No podemos ayudarlo porque no sabemos a quién preguntar –dice la abuela.

–Y no sabemos dónde está el País de los pellejitos.

–¿Qué podemos hacer?

–Lo seguimos, lo acompañamos y vemos cómo se las arregla.

–Porque él quiso seguir solito –razona Maite.

–Sin ninguna duda –reafirma la abuela.

–Pero está perdido –Maite se preocupa.

–Nosotras también. A veces hay que tener paciencia.

* * *

–¿Quieres ponerle nombre al pellejito?

Maite y la abuela piensan un nombre que lleve todos los nombres; el de Maite, el de la abuela que se llama Raquel y algo de él también. Por fin Maite arma el puzzle y dice.

–Se va a llamar... Ra ma jito.

–¡Me gusta! Entonces Ramajito, de nuevo en el camino, 27

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–viste que se le fue el susto–, va contento y canta. ¿Qué canta que no escucho bien?

E l t r e n c i t o d e l o e s t e v a c o r r i e n d o p o r e l r i e l e s c r i b i e n d o c o n e l h u m o e n u n c i e l o d e p a p e l

* * *

–Aahhíííí baja en picada a toda velocidad un mosquito baru-llento –la abuela interrumpe.

–¿Lo va a comer?–pregunta Maite.

–¿Los mosquitos comen pellejitos?

–No sé –se ríe Maite.

–Creo que no –dice la abuela– pero puede saber dónde está el país de los pellejitos y le va a decir… –la abuela quiere llegar.

–Ay, se fue, abuela, se voló de vuelta –Maite no quiere.

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–Sí, qué loco. Quizás no sabe o no quiere decirle o tuvo miedo y se escapó.

–Abuela, ¿no ves que vino el viento y se lo llevó?

–Ay, no me di cuenta que el viento era tan fuerte. ¿Y si se lleva también a Ramajito?

– No se lo va a llevar –asegura Maite.

–¿Cómo estás tan segura?

–¡Ya no hay viento!

–Ramajito está cansado, tiene hambre y sed. ¿Lo dejamos descansar o lo apuramos para que llegue? –insiste la abuela.

–Lo dejamos descansar, porque no sabemos cuándo va a encontrar el camino.

–A ver... ¿te gusta esa flor amarilla con antenas, curvas y el huequito para hamacarse? Ese hibisco doble…

–¿Cómo el de mi casa?

–Ese mismo. La flor le va a dar agua, porque el sol reseca y da sed. Hay gotitas de agua en los pétalos, ¿ves?

¡Señora lluvia, dame un charquito… –canta Maite.

–Y la flor le va a dar de comer…

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–…polen, igual que a las abejas -completa Maite.

–Y va a echar un sueño, un ratito, cerrando los ojos... –dice la abuela mientras acomoda las almohadas.

–Abuela, no duermas, no quiero que duermas.

–Nooo, ni pienso, es Ramajito que tiene sueño.

* * *

–Escucha, escucha ese ruido finito... Maite, ¡es una ambulancia!

–No escucho nada –Maite mira el pozo que dejó Ramajito y hace pucheros.

–Ya no sangra, ¿ves? –tranquiliza la abuela– Los tejidos de la piel preparan la llegada del nuevo…

–¿Un pellejito nuevo?, ¿cómo viene uno nuevo? –Maite quiere saber.

–Cuando lleguemos al País de los pellejitos nos vamos a enterar. ¿Ves a Ramajito?

–Ya se fue y la flor no le dijo.

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–Quién podrá saber... Ay, ese arbusto se sacude –la niña se asusta y se acerca rápida a la abuela– No tengas miedo Maite, es un pequeño pájaro que hace tiquitiqui con las alas.

–¿Es una golondrina?

–Más diminuto todavía. Es un co-li-

–flor! –la abuela suelta una carcajada.

–Una coliflor no vuela, es verdura y no pájaro. Este es un co-li-

–brí.

–¿Te acuerdas que vimos su nido?

–Tenía dos pichones chiquitititos. El tío quería romperlo

–recuerda Maite

–Pero no lo dejamos.

–No –piensa un momento y agrega– él no iba a romperlo,

¿verdad?

–Nooo -dice la abuela– era broma. Mira, Ramajito llama al colibrí que baja haciendo tiquitiqui. Es gracioso verlo volar.

–Le pregunta por el País de los pellejitos –dice Maite.

–El colibrí dice que él viene de allí, que está adentro del arbusto, ¡qué suerte, lo encontramos!, ¡por eso se sacudía 31

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tanto! Hay un pueblo entero ahí adentro.

–¿Quién vive allí? -pregunta la niña.

* * *

–Vamos a cerrar más fuerte los ojos para poder ver una ciudad tan diminuta, (Maite abre los ojos y abuela traduce) chi-

quititita.

–¿Hay pellejitos en la ciudad?

–De todo tamaño. Grandes, más chicos, Ramajito es de los pequeños, ¿ves? Está contento, viene a recibirlo una pelleja gorda que lo abraza, le da la bienvenida. Le dice cosas que no escucho, pero se ve feliz. Le va a mostrar el país, vamos con ellos –la abuela le cuenta: a la ciudad llegan los pellejitos lesio-nados. Se curan y después hacen playa, van al parque, juegan, comen chocolates. Caramelos no, porque les pica los dientes.

Maite queda pensando… ¿tal vez en los chocolates? Antes que los pida, la abuela apura el cuento: 32

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–¿Sabes para qué se curan? –Maite niega. Para cambiar los pellejitos lastimados.

–¿Pero quiénes se lastiman?

–El colibrí que vimos salir de la ciudad se había lastimado y venía con pellejito nuevo. Ahí viene la ambulancia de ruido finito –le recuerda la abuela.

–Trae otro pellejito que se lastimó un poco –se asegura Maite.

–Sí. Viene con pellejitos muy débiles y se lleva cantidad de pellejos contentos a sus nuevos hogares: cuidados, limpios, rosados y muy bien comidos.

–¿Cómo saben adónde ir?

–Porque la piel que se rompió deja una señal, un pocito como el tuyo.

–¿Los pájaros y los mosquitos también se lastiman?

–Si, mosquitos, pájaros, grillos...

–... hormigas, conejos y ositos... ¿me van a dar uno para mí?

–Si, vamos a encargar uno para ti.

–¡Capaz que viene Ramajito! ¿Por qué no lo llevamos ahora?

–Vino a reponerse y a curarse. Viste que la pelleja gorda lo cuida.

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–Quiero llevarlo ahora –Maite se empecina.

–Todos tienen que esperar su turno. –La abuela logra un res-piro a tiempo– El tuyo va a demorar dos o tres días.

–Quiero llevar a Ramajito ¡ahora! –dice Maite mirándose el dedo, a punto de llorar.

–Ramajito ya no puede volver al mismo lugar. Cuando se ponga fuerte y grande, ya no entrará en tu dedo. Va a venir...

¡otro!

* * *

–¿Quién lo va a traer? –inquiere Maite con la curiosidad desbordada.

–Esos son secretos de la pelleja gorda, hay cosas que no dice.

Un día vas a despertar y el pellejito nuevo va a estar ahí. Como Papá Noel. No lo vas a ver llegar. Pero tu dedo va a quedar como antes, sin ninguna lastimadura.

–Abuela, ¿Papá Noel vive en la ciudad de los pellejitos?

–¡Tal vez, tal vez! ¿Quieres visitar el “Parque Pellejero?”

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–¿Qué es eso, abuela?

–Un jardín para jugar, con canciones que vuelan –la abuela se recuesta, hace un hueco en el hombro, Maite apoya la cabecita.

–Estoy cansada, abuela

–¡Ni pienses que voy a dejarte dormir!

–Abuela... no voy a dormir ahora. Y tú tampoco.

–¡Ni soñar! Te voy a contar que en un Parque Pellejero –la abuela baja la voz– la música cura, los jazmines te dejan respirar mejor... bailan los pellejitos... tienen teatro de títeres, es divertido. Ey, Maite… ¿vas a dormir?

–Mmmmmmm

–¿Maite? –la abuela llama despacito para no despertarla.

Maite aún susurra un

–Zzzzzzzzzzzzzzzz

La abuela sonríe, ahora va a poder dormir.

* * *

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Y cuando cierra los ojos... ve pellejitos al sol con walkmans en las orejas... Una nube rosada aterriza. Una pelleja gorda desciende con una enorme bolsa escarlata. Le sonríe a la abuela señalando a Maite dormida. Cuando abre la bolsa saltan pellejitos riendo a carcajadas y lanzando globos de colores y chocolates. En medio de un alboroto de flautas, la nube rosada se eleva hacia el cielo, despacito, como si fuera una calesita.

Fin

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Una canción es más poderosa

que un rugido

–¿Qué fuerza tiene una canción, abuela? –pregunta Maite, desconfiada

La discusión venía porque la abuela había dicho que una canción puede tener más fuerza que una paliza. Puede ser más fuerte que el miedo. Como Maite no lo creía, la abuela no tuvo más remedio que contarle a Maite este cuento.

–Había una vez un corderito que de tanto be-be-bear, aprendió a cantar. Lo hacía con tal entusiasmo que su mamá y su papá decidieron regalarle para su cumpleaños una guitarra.

El corderito vivía junto a un gran lago. Le gustaba acercar-se a mirar el agua verde y soñar que era un marino que nave-39

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gaba alrededor del mundo. En la orilla, algunos chicos cons-truían pequeños barcos con diarios y luego los empujaban al agua. Otros chapoteaban dentro de cubiertas viejas y rotas, que son las más divertidas.

Un día en que el lago estaba muy quieto y solitario el corderito encontró una cámara de camión en la orilla.

–¿Le ponemos nombre al corderito, Maite?

–No. Seguí.

–En puntitas de pezuñas preparó su nuevo botecito, lo llevó al lago y sin pensar nada nada, se echó a navegar. Le pareció tan divertido que venía todos los días a empujar su bote y a darle la vuelta al mundo. Después empezó a traer la guitarra; se reía solo y cantaba en medio del lago. Los pájaros se estaban acostumbrando a escuchar y algunos pececitos lo miraban a través del agua transparente, sin miedo.

Pero había algo que él no sabía. En aquel lago había llegado un monstruo nuevo que había comenzado a asustar a los niños con sus rugidos, por eso ya no venían.

–¡Dijiste que había niños, abuela!

–Pocos, los que no sabían. ¡A veces ni siquiera venía nadie!

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–Seguí.

–El monstruo dormía dentro de una gran cueva en el fondo, allá, un poco más lejos. Roncaba horrible.

–¿Y no lo había visto?

–No, porque el corderito venía a la hora en que el monstruo dormía la siesta, que era a la misma hora de la siesta de su mamá y su papá.

* * *

Una tarde sucedió que el corderito entusiasmado, tocaba la guitarra sin darse cuenta que sus papás estarían muy preocupados buscándole. No tenía reloj, pero como el sol ya se pre-paraba para dormir, se apuró en regresar a casa. Justo en ese momento despertaba el monstruo, escuchando rasguidos de guitarra. Pero cuando salió a buscar quién hacía ese bochinche el corderito ya se había ido.

De todos modos el monstruo quedó desconcertado y en alerta. Al otro día puso el despertador a la hora de la siesta para vigilar.

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–¿Ves que el monstruo cree que el lago es suyo?

–¡Es de todos!

–¡Eso!

Al otro día Corderito volvió a entusiasmarse y otra vez se olvidó de irse. El monstruo se despertó, salió de la cueva y escuchó música y cantos que le parecieron insolentes y muy sinvergüenzas. A los monstruos no les gusta la música. Se fue acercando despacio a aquel ruido espantoso y furioso descubrió a Corderito saliendo del agua.

Se puso a temblar de rabia. Había sido burlado en su buena fe, traicionado, le había invadido su territorio un cordero mal educado. Juró que si volvía a verlo iba a enseñarle a respetar monstruos.

–Imagínate al corderito tan contento hamacándose en la cámara de camión... cómo no olvidarse que el tiempo pasa tan rápido! ¿Tú sabes qué cantaba Corderito?

–Si.

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E l p a y a s o p l i n p l i n –Maite empezó a cantar se p i n c h ó l a n a r i z y a l o s c i n c o m i n u t o s h i z o f u e r t e

a t c h í i i i i s S S S S ! ! ! !

Cuando el monstruo lo vio por tercera vez, se puso más furioso. Los monstruos enseguida se enojan y mucho. Y sucedió lo que tenía que suceder: pegó un salto de araña desde el agua, giró en el aire como un molino loco y escandalizó todo con un rugido antes de caer de nuevo al agua.

Corderito, que cantaba a viva voz, sintió el ruido y el agua le cayó encima. Cuando se dio vuelta el monstruo no estaba a la vista, porque se zambulló muy rápido.

–¿Viste Maite que los monstruos marinos son muy ágiles en el agua?

Pero como corderito no vio nada, siguió cantando.

Pero el monstruo cada vez se enojaba más porque ni siquiera había logrado asustar a ese cordero tonto.

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–A los monstruos les encanta asustar, para eso existen. Y si no asustan a nadie se enojan más todavía.

–Abuela, seguí.

* * *

Monstruo decidió comerse al cordero bobo que ni se asus-taba ni se iba. Abrió su enorme bocota, se acercó en silencio por detrás y con toda su fuerza lo agarró, lo arrastró y rápido rápido tragó cordero, guitarra y goma de camión todo incluido, se tragó todo

a a a a A A H H H J J j j j j u u u u m m m de un sólo bocado.

Corderito creyó que un tornado lo había atrapado. Pero allí seguía, sentado en la goma de camión con la guitarra en la mano. No podemos decir qué veía porque adentro de la barriga de Monstruo no se ve nada. Como no supo qué otra cosa hacer, siguió tocando la guitarra y cantando.

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El monstruo estaba muy desorientado. Seguía oyendo la maldita guitarra y la voz del cordero cantando. Pero ahora no lo veía. Rugía para encontrarlo y devorarlo otra vez, pero no sabía dónde buscar. Cuando se detuvo un poco para pensar

–porque con tanta rabia uno no puede pensar– se dio cuenta que le pasaba algo terrible. Se había tragado al cordero tonto y lo tenía en la barriga, cantando feliz, como si no le importa-ra nada.

–Oh, qué horror, canta la misma canción todo el tiempo, no puedo soportarla más –y de tanto dis-gusto las lágrimas le caían en chorros fuertes. Se miraba la barriga gorda de tanto que se había tragado y, otra vez, escuchaba:

a t c h í í í í í s S S

– El corderito seguía cantando –se ríe Maite.

–¿Tú sabes qué es un cambio ecológico? –Maite niega con la cabeza–

Eso que sucedió en el lago provocó un cambio en la Naturaleza.

–¿Pero qué pasó, abuela?

El monstruo corría de un lado para otro golpeando la cabe-45

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za en el agua para castigarse por lo tonto que había sido y por que no podía soportar más la canción del payaso; entonces las aguas del lago se levantaron en grandes olas, cambiaron de color, se abrieron enormes abismos y hasta el Viento vino a curiosear para ver qué pasaba. La verdad es que Monstruo no sabía cómo sacarse a Cordero de la barriga.

–La rabia del monstruo enchastró todo el lago –dijo Maite

–Tal cual.

–¿Y los niños no vinieron más? –preguntó preocupada

–Claro que volvieron –dijo la abuela– Todos los niños retornaron muy contentos.

❇ ❇ ❇

–¿Pero el monstruo furioso no les daba miedo a los niños?

Cuando se le pasó esa rabia tan destructiva al monstruo, el pobre estaba tan amargado que no tenía ánimo para rugir. No podía asustar a más nadie. Se sentía muy avergonzado. Los 46

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niños volvieron y le tiraron maníes y papas chips. Que le tomen el pelo, es lo peor que puede pasarle a un monstruo, lo hace sentirse como un mono.

Como los niños lo llamaban “monstruito querido” un día decidió recuperar su dignidad de monstruo y quiso volver a asustarlos. Juntó fuerzas y rugió muchas veces. Pero fue peor.

Desde ese día todos los niños se burlaron de él para siempre.

–¿Por qué? –pregunta Maite

–Porque mientras rugía con ese vozarrón áspero y bochin-chero, de su garganta brotaba una voz fina, chiquitita, que cantaba cosas de payasos con una guitarra de juguete.

E l p a y a s o p l í n p l í n s e p i n c h ó l a n a r i z y a l o s c i n c o m i n u t o s h i z o f u e r t e

a t c h í í í í í í í s S S

Para terminar el cuento la abuela dice: Sucedió que los papás buscaron a Corderito sin encontrarlo.

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Pero un día descubrieron que podían escucharlo cantar si se arri-maban al lago. Otro día se dieron cuenta que también podían conversar. Así desde el lago todos charlaban y se contaban cosas.

Corderito estaba feliz: navegaba en monstruo todo el día cantando mientras tocaba la guitarra. ¡Era todo lo que él había soñado!

* * *

–¡Ey, Maite, terminó el cuento! –dijo la abuela porque la niña parecía distraída– ¿Entendiste la fuerza que puede tener una canción?

Maite seguía sin responder con la boca un poco apretada. Había que adivinar…

–¿No te parece bien que el cuento termine aquí?

Ella mira torcido, hamaca la cabeza para un lado y para otro. Por fin, explica:

–¿Y no ve más al papá y a la mamá?

–¡Ah, te preocupa eso! Olvidé decirte que el papá de Corderito le dijo un secreto: cuando quieras salir, le haces cosquillas en la barriga y le rascas la panza. Después aprovechá la tos de monstruo para que te empuje fuerte 48

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fuerte hasta la orilla.

Maite había dulcificado la sonrisa.

–Y que al salir no se olvide de la guitarra – agregó la niña.

-Tú lo has dicho.

Y entonces la abuela abrió los brazos y Maite vino contenta a darle un gran beso porque todo –monstruo, niños, corderito y sus papás– volvía a estar en su lugar.

Fin

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Asunto de piojos

Maite se rasca la cabeza

La abuela se rasca la cabeza

Maite se toca la nariz

La abuela también

Maite se rasca la cabeza otra vez La abuela hace lo mismo Maite saca la lengua

La abuela saca la lengua

Maite se ríe y se ríe la abuela. Y otra vez Maite se rasca la cabeza. Esta vez la abuela se rasca la cabeza con las dos manos.

–¡Abuela, me pica la cabeza de verdad!

–¡Tendrás piojos!

–No, no tengo piojos. Abuela, ¿qué hacen los piojos, te chupan la sangre?

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–Te chupan la sangre, te chupan la inteligencia, te chupan todo lo que aprendiste y te chupan la atención. Por eso estás rascándote...

–¿Y te quedas sin inteligencia?

–No, no. Se llevan una copia de la inteligencia para sus pequeños cerebros. Pero no nos sacan nada que no podamos reponer. Lo llevan y nos avisan así, cuando nos pica la cabeza.

¿Quieres que te cuente lo que pasó una vez, con todos los piojos de la ciudad?

–Sí.

Y la abuela empieza a contar:

–Había una vez dos hermanitos piojos que vivían con su mamá y su papá. Esa mañana se levantaron temprano porque venía la tía Piojamada a buscarlos para ir a la escuela; ella también iba.

Se apuraron, tomaron su desayuno y allá se fueron todos muy contentos. Les gustaba la escuela. Enseguida buscaron un lugar donde instalarse para aprender la lección.

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Piojito Pepe saltó rápido a la cabeza del niño Juan. Su her-manita Chicha saltó con él porque era muy chiquita y todavía tenía miedo de andar sola.

Ese día la maestra enseñaba a los niños a sumar. Los piojitos recostados en la cabeza de Juan, también tomaban sus notas e iban aprendiendo a hacer cuentas. La tía Piojamada se había instalado en la cabeza de la maestra para chupar de manera más directa y rápida, todos los saberes que tenía esa cabeza. ¿Ahora te das cuenta, Maite, qué hacen los piojos?

Maite dice que No y la abuela le explica:

–Uno de los problemas que tiene la población de los piojos es precisamente que no tienen escuela propia, ni maestras. Su única opción para aprender a vivir con inteligencia, es ir a la escuela de la gente. Por eso los piojos aparecen siempre en las escuelas.

–¿Qué quiere decir vivir con inteligencia?

–Si tú piensas que vivir es respirar, comer y dormir, cualquier persona vive y cualquier bicho también, ¿verdad Maite? Pero vivir con inteligencia, es otra cosa. Es saber qué hacer para estar contento con uno mismo.

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–Y ¿cómo...?

Pensar lo que hacemos, saber qué estamos haciendo y ele-gir si queremos o no. La gente puede pensar.

–¿Los piojos no? -pregunta Maite.

–No. Tú estás pensando, ¿ves?

–¿Cómo pienso?

–Con palabras. Pensamos porque tenemos palabras. Es nuestro lenguaje.

–¿Lenguaje qué es?

–Maneras de expresarse.

Pasó la mañana y terminó la clase. Los piojitos seguían sentados en la cabeza de Juan porque querían hacer los deberes con él.

Juan llega a casa y la mamá observa que el niño se rasca y se rasca la cabeza todo el tiempo.

–¿Qué te pasa Juanito, tendrás piojos?

Las mamás siempre sospechan eso cuando los niños vuelven de la escuela y se rascan la cabeza. Y sospechan bien, ¿verdad?

Mientras la mamá se pone a revisar la cabeza del niño, Pepe 56

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se da cuenta del peligro y le dice a su hermana:

–Vamos a escondernos, Chicha, rápido. Las mamás nos encuentran en seguida.

Chicha se metió más adentro de la nuca del niño Juan y Pepe se corrió cerca de la oreja, tratando de llegar al borde para poder saltar por si acaso.

-Ay, Juan, dijo su mamá, me parece que sí, que tienes piojos.

Qué escuela la tuya, los niños siempre tienen piojos. Vamos a lavarte la cabeza.

Y sin más demora la mamá va rumbo al baño donde guar-da el piojicida. Juan refunfuña porque tiene mucha hambre y no quiere lavarse la cabeza antes de comer.

Pepe siente el peligro y pega un salto hasta donde está Chicha y le dice:

–Vámonos, Chicha, nos van a envenenar si nos quedamos acá.

Chicha se asusta. Es la primera vez que sale a estudiar; ella creía que se trataba de jugar y hacer travesuras.

Los piojitos se salieron de la cabeza de Juan y siguieron brincando hasta llegar a su casa donde les contaron a sus papás lo que había pasado.

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Mientras, la mamá de Juan llamó por teléfono a otra mamá, para contarle que Juan tenía piojitos en la cabeza. Esa otra mamá llamó a una tercera mamá para preguntar si su hijo tenía piojos y contarle qué pasaba en la escuela. Por su parte, la maestra estaba llamando a todas las mamás para decirles que ella había encontrado un piojo en su cabeza.

¡Ay! Qué movida tuvo esa escuela. Todas las mamás avisa-ron a otras mamás y corrieron a comprar piojicidas en las farmacias para lavar la cabeza de sus hijos. La noticia saltó de la clase de Juan a las otras clases.

–Mira, abuela, la noticia parecía un piojo saltando para todos lados.

–Es verdad. Las mamás de las otras clases también fueron a comprar piojicidas. El dueño de la farmacia estaba muy contento porque todos compraban y compraban y él ganaba dinero. Además, los niños aprovechaban a pedir chocolates y pastillas. Pero como en la farmacia no habían previsto que se iba a vender tanto, cuando se les terminó tuvieron que llamar urgente al laboratorio y pedir más y más piojicida.

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Maite se estaba agarrando de la cabeza y se reía.

Esa tarde, el informativo de la TV dijo que se habían termi-nado los piojicidas de todas las farmacias y que eso pasaba porque había una epidemia de piojos atacando la ciudad.

La abuela deja de contar. Mira a Maite y le pregunta:

–Maite, ¿había una epidemia de piojos en la ciudad?

–No.

–No, claro. ¿Cuántos piojos había en las cabezas, en total?

–Los hermanitos piojos.

–Y la tía –agrega la abuela.

–Sí, tres.

–Tres piojos no es una epidemia.

–¿Por qué dijeron que había epidemia?

–Porque pensaron, pero mal. No es tan fácil saber pensar bien. Que la gente compre todo el piojicida, no quiere decir que haya epidemia. Quiere decir que se protegen para no tener piojos. Justamente, para que no haya epidemia.

–Si el señor no sabe pensar, es como un piojo.

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–Tú lo has dicho –festeja la abuela.

–¿Qué es epidemia de piojos, abuela?

–Que casi toda la gente de la ciudad puede tener piojos. Y

aunque el señor lo diga por TV, tú ves Maite, que se equivoca y hace que la gente también se equivoque.

–¡Todos se equivocan!

–Y la gente compra lo que no precisa. Las madres se ponen nerviosas, nadie quiere quedarse sin piojicida y toda la ciudad sale a comprar más y más...

La abuela deja un minuto para que Maite organice sus pensamientos.

–Mientras tanto, qué te parece si vamos a ver qué está pasando en la Comunidad de los piojos: Pepe y Chicha habían llegado de vuelta a casa y la mamá les había preparado la comida y la cama, porque se dio cuenta que estaban muy cansados y un poco asustados. Papá piojo vino a comer ese mediodía y les dijo que por unos días no fueran a la escuela.

Esa noche escuchando su propio Informativo de la Comunidad, el piojo que informaba estaba un poco preocupado.

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Dijo haber recibido acusaciones de que los piojos atacan la ciudad y dijo también que la gente se estaba preparando para matar a todos los piojos. Él propuso una Asamblea de Piojos Notables, para llegar entre todos a una conclusión y si era preciso, tomar una decisión en común.

Esa misma noche se reunió la Comunidad de piojos. Y dieron testimonio de cómo la gente corría de una farmacia a otra, juntando piojicidas para matarlos, envenenarlos, hacerlos desaparecer.

Maite estaba tan apabullada que ni preguntaba. Pero la abuela seguía pensando que lo iba a entender después.

–Entonces los piojos pidieron la palabra y dijeron todo lo que pensaban. Porque habían aprendido a pensar como los humanos y a veces hasta mejor. Ellos saben muchas cosas que los humanos no quieren saber.

Te voy a contar alguna de las cosas que dijeron los piojos más inteligentes: 61

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–Los seres humanos son muy difíciles de entender.

Nunca quieren compartir la vida con seres distintos, como nosotros. Ellos creen que son los únicos que tienen derecho a vivir.

–Nunca vamos a entender qué les molesta de nosotros, por qué nos ven como enemigos. Nosotros apenas si les chupamos un poquito de sangre, ¡ellos tienen muchísimo más!

–Queremos aprender aritmética.

–Queremos escribir cuentos sobre ellos, ¿por qué no?, si ellos escriben cuentos sobre nosotros. Son muy egoístas.

–Se asustan de nosotros, como si no vieran el tama-

ño nuestro y el de ellos.

–Nosotros queremos vivir tranquilos, molestamos 62

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apenas lo necesario para existir. Pero ellos no nos quieren dejar vivir. Los humanos son así.

–Están todos preparándose para la guerra.

–Ellos mismos están siempre en guerra, porque unos no quieren que otros existan y ven enemigos en todas partes.

–¿Acaso nosotros tenemos que hacer lo mismo que ellos?, ¿hemos de prepararnos para una guerra que no buscamos y no queremos?

–Sabemos, además, que esa guerra la vamos a perder.

–Nuestra única arma es pasar desapercibidos.

–Yo digo –hermanos piojos– ¡que no presentemos batalla!

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Viendo el cariz que tomaban las cosas, el guía mayor de los piojos, pidió la palabra:

CREO QUE TODOS LOS PIOJOS ESTAMOS DE ACUER-DO. NO VAMOS A DARLES EL GUSTO DE HACER

GUERRA. SE QUEDARÁN CON LOS PIOJICIDAS, PERO

SIN PIOJOS PARA ENVENENAR. NOSOTROS PODEMOS DECIDIR: NO HABRÁ GUERRA. ¿NO QUIEREN

VERNOS? PUES NO PERMANECEREMOS EN UNA CIUDAD TAN HOSTIL COMO ÉSTA. VAMOS A BUSCAR MEJORES LUGARES, VAMOS A MARCHARNOS.

TRASPONDREMOS LOS MUROS DE ESTA TRISTE CIUDAD PARA SIEMPRE.

Toda la asamblea se puso de pie y emitió sonidos agudos aprobando a su guía mayor quien había entendido el sentir de todos.

Mientras se dispersaba la reunión, alguien agregó que deberíamos estarle agradecidos a la gente que nos había enseñado a pensar.

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Todos los piojos volvieron a sus casas, un poco tristes, un poco contentos, pero decididos, empezaron a preparar sus maletas, sus bolsos. Como los piojos suelen tener poco equipa-je porque no necesitan mucha cosa para estar bien, en un ratito tenían todo pronto.

Maite estaba tan absorta escuchando que cuando la abuela interrumpió para mirarla, ella suspiró y apuró:

–Seguí abuela, ¿qué pasó?

–Esa noche la ciudad estaba muy agitada. La gente seguía corriendo y en la TV el señor del informativo, aparecía a cada rato y decía:

“Recomendamos a la población permanecer en alerta.

Una de nuestras escuelas amaneció hoy llena de piojos. La invasión es un hecho lamentable, que nos ha tomado des-prevenidos, porque esta no suele ser época de epidemia de piojos. Algo extraño ha sucedido y mientras investiga-mos, es de desear que estemos precavidos”

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–Y sabes, Maite, ¿qué más decían?

Maite levanta la cabeza e interroga sin palabras. La abuela prosigue:

“Se sugiere a la población desinfectar las casas para evitar que los piojos invadan nuestros domicilios. Se recomienda permanecer alerta ante el ataque a nuestros niños, que son para esos bichos, las víctimas más propicias.

Cuidemos a nuestros hijos...”

En la penumbra de las calles resplandecía la luz de los televisores encen-didos y la voz del informativo repetía:

“se sugiere a la población desinfectar las casas...”

–Maite, si recorres conmigo las últimas calles de la ciudad, vamos a ver muy cerca del camino hacia el bosque, una larguí-

sima fila –no muy derecha– de piojos de todas las edades, car-gando valijas de todos los tamaños y bolsos de todos los colores que se van alejando cada vez más de la ciudad.

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“Se sugiere a la población...”

La abuela levanta los brazos hasta las orejas:

–El informativo no me deja oírlos, Maite, creo que van cantando, tú ¿los escuchas?

–Si, cantan... ¡que lo cumplas feliz!

Fin

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Una gotita de aliento

Para Fefi

Aquella gota era redonda y divertida. Tierna y generosa.

Jugaba en un charco con otras gotitas, nadando y zambulléndose hasta el fondo, porque las mangueras danzarinas habí-

an regado el jardín y estaba lleno de pequeños pozos con agua. Hacía mucho calor y las gotitas reían, saltaban y se tiraban bajo la lluvia de las mangueras.

El sol ardía con entusiasmo cuando Gotita se dio cuenta que se había hecho tarde: su mamá estaría esperándola para almor-zar, preocupada porque tanto calor podía hacerle daño. Se des-pidió de sus amigas y se fue deslizando por un costado del camino para llegar a su casa.

Pasaba por el jardín de su amiga Rosita –una preciosura amarilla y pequeña que siempre estaba contenta y saludaba con alegría– cuando al mirarla, se detuvo. Algo andaba mal.

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Rosita estaba alicaída, su cabeza colgaba casi del tallo y Gotita se acercó a ella muy preocupada:

–Rosita, ¿qué te está pasando?

–Tengo mucha sed –su voz era muy débil y apenas se oía– la niña que nos riega todas las mañanas, hoy no apareció. No tengo fuerzas para levantar la cabeza.

–Oh, Rosita –dijo Gotita sin pensarlo– te voy a dar de mi agua.

–¿Puedes? Es peligroso para ti quedarte sin agua.

–Te voy a dar muy poquito, hasta que la niña vuelva a regarte.

Y así fue. Gotita le puso un poco de su agua a Rosita en medio de su cabellera y ésta empezó a abrir sus pétalos, levantó la cabeza y poco a poco se fue sintiendo mejor. Con una sonrisa emperifollada, suspiró:

–Gracias, gracias, ¡salvaste mi vida!

Contenta de haber podido ayudar a su amiga, Gotita siguió deslizándose hasta su casa donde mamá la esperaba, segura-mente enojada por andar debajo de un sol tan quemante.

Aunque había perdido energía y se había achicado, tenía que ir despacio; ella sabía que podía llegar a casa.

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Sucedió que un poco más lejos, divisó un pájaro pequeño tirado en el suelo. Era Colibrí y Gotita le preguntó qué estaba haciendo allí.

–Gotita, gotita, tengo tanta sed que no puedo moverme, no tengo fuerzas para volar hasta el nido. Y no puedo llegar a ningún charco por más cerca que esté.

–Colibrí –rezongó Gotita– ¿cómo pudo pasarte eso? Rosita no puede moverse, tiene que esperar que le traigan el agua, pero tú puedes ir y venir cuando quieras, puedes llegar al agua que más te guste. Eres muy descuidado.

–Gotita, el sol está tan… tan enojado, me parece… agotó mi agua en seguida… no me di cuenta. Ay, no tengo fuerzas… ni para explicarte.

–Colibrí, no me expliques más, te doy de mi agua para que puedas volar.

–No, Gotita, te vas a desvanecer, no puedes hacer eso.

–Ya estoy cerca de casa, voy a llegar.

* * *

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Y Gotita le puso un poco de su agua en el pico a Colibrí que lo absorbió despacio y con muchas ganas. Luego sacudió sus alas y antes de volar, le dijo algo lindo a Gotita:

–Gracias Gotita, ¡tú salvaste mi vida!!

Y emprendió vuelo muy contento.

Gotita estaba feliz, había ayudado a dos amigos queridos y disfrutaba los giros que Colibrí trazaba en el aire para ella, mientras llegaba al nido allá en la copa alta del árbol.

De pronto, Gotita se sintió muy mal: se desvanecía, se había empequeñecido, no le quedaba energía para avanzar y se des-moronó al primer intento. Quedó tendida, muy pequeña ya, acostada sobre una hoja de árbol caída, que, como ella, también estaba seca.

El sol se volvía más y más implacable.

* * *

Colibrí había llegado a su nido, había tomado agua de su reserva y estaba afuera en la entrada, observando los alrede-74

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dores, desde allá arriba del árbol que había elegido como casa.

Los pájaros son chiquitos pero ven todo y además ven mejor porque miran desde arriba. Así fue que de pronto Colibrí vio a Gotita desmayada y se entristeció. Gotita estaba caída en el mismo lugar en el que le dio a él su agua. Disgustado, pensó cómo ayudar a quien le había salvado la vida tan generosa-mente y que ahora podía morir por eso.

Rápidamente decidió que llevaría a Gotita a casa. Sin pensar mucho bajó en picada a toda velocidad y se posó al lado de ella:

–Gotita te voy a llevar a tu casa.

–¿Cómo…? -ella no podía decir más.

–No puedo llevarte en el pico porque desaparecerías en mi boca. Voy a levantarte con la hoja y te llevo a casa.

Eso hizo. Abrió su pico, levantó la hoja con mucho cuidado para que ella no se cayera y así, así, lentamente, sacudien-do sus alas como si fueran avioncitos, fue volando hasta la casa de Gotita.

La mamá la vio llegar en aquella alfombra mágica que venía del cielo y se asustó. Llamó al papá que salió apuradísimo y 75

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abrazó a Gotita, apenas Colibrí la apoyó en el suelo.

El papá la abrazó todo mojado y Gotita se curó enseguida.

–Colibrí, tú salvaste mi vida ahora -le dijo Gotita con una sonrisa.

Y Colibrí, orgulloso, reflexionó:

–Todos necesitamos de todos. Si no nos ayudamos entre nosotros, ¿cómo vamos a sentir la alegría de vivir?

Fin

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El desafío de la liebre

Para Cande

–Ey, tortuga... ¡te juego una carrera!

–¿Otra vez? ¡Ya sabes que vas a perder!

–No, esta vez no me voy a demorar; ni me voy a dormir, ni me voy a burlar de ti, voy a correr todo seguido y te voy a ganar.

–Si ya te diste cuenta de los errores que cometiste, ¿para qué me precisas?

–Porque quiero cambiar el cuento y no puedo hacerlo sin ti.

–Conmigo tampoco puedes hacerlo, porque el cuento ya lo sabe todo el mundo. Tendrías que hacer otro nuevo.

–Yo no quiero que me recuerden como el arrogante que creyó que sabía y podía todo.

–Lo que puedes cambiar ahora es que te recuerden como el 79

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arrogante que creyó que podía todo hasta que se dio cuenta que era más imbécil que arrogante.

–No es necesario que me ofendas.

–Tú no entiendes. No se trata de ti, sigues siendo el mismo arrogante de siempre. Los que importan son los niños. Ellos tienen que aprender la medida justa entre lo que uno sabe o no, y lo que uno puede o no.

–Sé que puedo ganarte.

–Pero no me ganaste... porque no basta con correr más lige-ro, ¿te das cuenta, cabezota?

–¿Tendría que pedirle perdón a los niños?

–Bueno, me parece que por haber perdido ya les enseñaste.

–¡Jugá conmigo una carrera... dale!

–Está bien. Pero no por ti, lo hago por los niños.

Fin

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Cuento encontrado y mejorado

Había una vez una familia.

Un día el hijo menor salió camino a casa de su abuela. En el bosque se encontró con el lobo que le preguntó:

–¿Adónde vas?

–A la casa de la abuelita que vive cerca de aquí.

–¿Puedo ir contigo?

–No, no puedes.

–¿Por qué? –dijo el lobo.

–Porque sos malo y te vas a comer a la abuela.

–Te prometo que me voy a portar bien.

-Entonces, ¡vamos!

Fin

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Gotita de agua

–¡Mira un charquito, abuela!

–¡Sra. lluvia, gracias por el charquito! –la abuela hace una reverencia.

–Abuela, vamos a casa a comer cookies, antes que nos mojemos.

–¿Cookies?

–¡Son galletitas!

–Ay, qué susto, tengo una amiga que se llama Cucky, creí que nos teníamos que comer a mi amiga.

–Yo también tengo una amiga Cucky.

–¿Y te la comiste?

–Sí.

–¡Oh!

–Era mi galletita. Ella me hablaba y cantaba siempre mi canción.

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–¿Cuál?

–¡¡¡Señora vaca!!!

–¿Cuál vaca, la que se mojó toda en la lluvia?

–No. La que yo canto.

Señora vaca

le doy las gracias

por todo lo que nos da,

nos da la leche, dulce de leche,

–... manteca, yogur... es divertido aprender con canciones, todo lo que se hace con la leche. Porque si te olvidás, te ponés a cantar. Pero ¿te acuerdas que dijimos que este cuento se iba a llamar “gotita de agua”?

–Sí -Maite se ríe.

–¿Cómo vamos a llegar a la gotita ahora?

–Si cantamos sonidos de lluvia, la música va a traer gotitas de agua. Después tú paras la lluvia, abuela.

–Primero tiene que llover.

–Deja de hablar que voy a cantar un ratito. Después viene la lluvia y voy a cantar para que pare la lluvia.

–Ta. Pero a mí…

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–¡¡Abuela cállate!!

–No dije nada.

–¡¡¡¡Abuela te dije que te calles!!!!!!

–Mmm… nu dije nudu.

Señora lluvia dame un charquito –canta Maite.

Para que jueguen mis botecitos... Escribe tú ahora.

–Esa canción la conocen todos los niños, es de María Elena Wash.

–Abuela, escribe igual... ahí no, no hay espacio, ¡más arriba!

–Pero niña, ¿a quien sales tan mandona?

–A ti.

La abuela amenaza con hacerle cosquillas. Maite se ríe y sacude los brazos:

–Lluvia andate que ahora queremos jugar.

–Ah, si tú la diriges, ¿la lluvia se va?

–Ya se fue abuela, ¿viste?

–Tú eres una brujita, Maite. Se fue, pero mira bien, ¡mira bien! Allí en el rinconcito del jardín dejó dos gotas.

–Son dos charquitos, abuela.

–Ay, volvemos al principio. Gotitas, Maite, gotitas. El cuen-89

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to se llama “Gotita de agua”. En algún lugar tenemos que hablar de una gotita de agua. Si no hacemos lo que promete-mos, los niños no van a creernos nunca más. Tú eres un poco indisciplinada, te voy a decir.

–No pongas eso.

–El otro día me contaron que después de llover quedaron muchos charquitos en el jardín. En uno de esos charcos, había una gotita de agua que la habían mandado en misión especial.

Cuando los charcos se secaron, ella se quedó solita en el jardín.

Todas las otras gotitas se habían ido a dormir dentro de las flores. Pero esta gotita tenía que estar bien despierta, te voy a decir que tampoco le gustaba dormir; era un poco indisciplinada, me parece, ¡como tú!

–Abuela, ¿empezamos de vuelta?

–¿No quieres pelear un ratito?

–No.

–Maite, ¿crees que todos los niños tienen abuelas para pelear un ratito?

–No quiero hacer cuentos ahora, quiero que me dejes escribir a mi.

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–Dale. ¿Tú ya sabes escribir?

Maite toma el lápiz con rayitas rojas y verdes y escribe:

–ElAbueloCuandoViene

–Te gusta que todo esté juntito –le dice la abuela.

–No quiero separar las palabras.

–Bueno, te voy a contestar:

Y la abuela escribe ElAbueloYaEstáAcá

–(Maite lee) ela bueloyae Zita ca.

–Tu amiga la vaca te preparó algo antes de irse a mugir un ratito.

Y la abuela le escribe: leche

–No, no quiero. No me gusta la leche...

–Ahora todos saben que no te gusta la leche.

–No me importa.

–¿Ni una gotita?

–Nada.

–¿Qué hacemos con el cuento?

–Lo terminamos.

–¿Sin nada de gotitas?

–¡Y… no!

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–Entonces, ¿qué te parece si cambiamos el título? En lugar de “Gotita de agua” vamos a llamarlo “Ni una gota”

–Ta. El cuento lo seguimos otro día –piensa un ratito, se le arruga la frente y pregunta:

– Abuela... ¿qué es una misión especial?

Fin

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Los remedios de la abuela

–No quiero tomar remedios.

–Si no quieres igual los tienes que tomar.

–No quiero.

–¡¡Aunque no te gusten los tomas igual!!

–No quiero… ¿quién está hablando Maite?

–Las dos.

–¿Y quién es quién?

–Tu tienes que tomar los remedios.

–Bueno, yo. ¡Pero no quiero! –la abuela ya está jugando a los doctores

–Pero el doctor te los mandó.

–No me importa ningún doctor.

–Te va a rezongar.

–No me importa, lo escupo.

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El juego es que Maite se las tiene que ingeniar para que la abuela tome los remedios... y no le es fácil.

–No sé cómo convencerte, abuela –dice Maite. Luego piensa un ratito y se le ocurre– ¿Querés seguir así?

–Así, ¿cómo?

–Enferma...

–No. Pero no quiero tomar remedios

–¿Y cómo te vas a curar?

–Que la enfermedad loca ésta, se vaya sola y chau. Que vaya a molestar a otra abuela porque ésta que soy yo, se aburrió de ella. No la quiero más.

–¿Antes la querías?

–Sí, me gustaba. Todos me venían a atender, me decían pobrecita, me daban chocolate y besos. A mí me gustaba estar enferma. ¿A ti no te gusta?

–No.

–¿Por qué?

–Me hace sentir mal.

–Hay gente que le gusta ¿tú conoces a alguien?

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–No… creo que alguien, sí.

–¿Quién?

–Mi hermana. Pellizca, empuja, pega, te saca los juguetes y hace sentir mal a la gente.

–¿Eso es estar enferma?

–No sé.

* * *

Al otro día el frasco de pastillas antitós se puso a pelear con Maite.

–”Me voy para adentro de tu boca como en un tobogán”.

–No quiero que te metas adentro de mi boca.

–Si no voy yo, le va a tocar a la antifiebre.

–Qué manía de meterse adentro de mi cuerpo si yo no quiero.

–El doctor nos manda.

–El doctor manda en su cuerpo no en el mío. Uds. se abusan de los niños

–Yo qué culpa tengo…

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–Tú eres el representante de los remedios.

–Yo hago mi trabajo.

–Tú no dejas que el cuerpo se acomode solo y se cure. Estás siempre apurándolo.

–¿Yo?

–Sí, eres insistente ¡tú y el doctor juntos!

–A mí me toca actuar y no hablar.

–No molestes. Si te preciso te tomo. Si no, no te tomo nada.

Y si te haces el vivo te tiro a la basura.

–Voy a estar sucio después.

–No me importa. Te prefiero sucio y no insoportable.

–No me voy, me mandó el doctor.

–Te voy a correr, ¡maldito pesado!

–No me voy a ir.

–Te voy a tirar...

–¿A ver, a ver?

Maite no habla más. Agarra el frasco por el cuello, lo aprieta y lo tira a la papelera.

* * *

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Cuando su mamá le pregunta por el remedio, Maite dice:

–No sé, se fue enojado y no me importa, ¡¡¡era un pesado!!!!

–¿Lo tiraste a la basura? ¡Dime la verdad! ¿Cuál es la verdad?

–Ya estoy bien, ¿no ves?

–No, no veo.

–Ponete lentes.

–¿Tomaste el remedio?

–Tocame la frente, se me fue la fiebre, ¿ves?

–Tienes razón, se te fue.

Mamá sale.

Maite va atrás de ella y al pasar junto a la papelera, le echa la lengua.

Fin

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Aberinto de boimbos y mascotas