Crónicas de Marianela by Anonymous Author - HTML preview

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Estoy afligida. La política me ha hecho perder una excelente amiga.Maldigo de la política, y juro que nunca he de volver a meterme en ella.

LA DESVENTURA DE LUISA

Mi amiga Luisa está desconsolada. Ayer estuvo en mi casa, y, al contarmesus cuitas, rompió en llanto. Su gran desconsuelo no está en relacióncon la causa que lo produce. Mi amiga tiene fáciles lágrimas, y no menosfácil tiene la risa. Con esto queda dicho que es muy sensible a todaslas emociones. Se casó hace un año con Daniel; una boda por amor, muy agusto, además, de ambas familias, que pertenecen al cogollito de nuestra«haut». El noviazgo fué un idilio ante el cual palidecen los deliquiosde Romeo y Julieta. En los salones, fiestas y saraos no se separaban uninstante. Un escritor francés, un poco irónico siempre que habla deamor, dice que la causa de que los enamorados no se fastidien de estarjuntos consiste en que siempre están hablando de sí mismos. Luisa yDaniel, en el trascurso de su noviazgo, no lograron agotar el tema. Suadhesión espiritual superaba cuanto ha imaginado el más excelso poetalírico. Pero todo ha terminado, si nos guiamos por las copiosas lágrimasde Luisa.

—¡Ay, Marianela, qué desgraciada soy!

—¿Tanto, tanto?

—¡Mucho, mucho!

—Pues ¿qué te pasa?

—Que Daniel me abandona.

—¡Cómo! ¿Qué dices?

—Sí, me abandona. Ya no soy para él lo que antes era. ¡Así son loshombres!...

—Oye, Luisita; las mujeres hablamos mal de los hombres en general, ylos amamos en particular. Este es nuestro error principal; error alcual se debe nada menos que la vida del universo.

—Bueno, bueno: no me vengas con historias, ni con filosofías. Lo que tedigo es que yo soy muy desgraciada.

—¿Por qué?

—Porque me abandona... ¿no te lo he dicho? ¿no lo has oído? Meabandona, me deja sola. Vuelve a casa a las cinco y a las seis de lamañana; de día casi todos los días.

Y las noches que se queda encasa—muy pocas—yo sé por qué se queda. ¡Ah, le conozco! Pero casisiempre se marcha.

—¿Y a dónde va?

—Dice que al Jockey; pero ¡quién sabe a dónde irá! Y esto es lo que memortifica y me desespera.

—¿Pero tú no tienes medios de saber si realmente va o no va al Jockey?¿Para cuándo está el teléfono? El teléfono es el mejor fiscal de losmaridos distraídos en devaneos.

—Sí, ya pregunto; y, realmente, siempre está allí. En cuanto llamo,viene él mismo al aparato. Me dice unas cuantas tonterías—porque, esosí, es de lo más galante—pero, hijita, se queda allí.

—Entonces, tus celos...

—Tengo celos del Jockey. Porque si el Jockey está antes que yo, ¡que sehubiera casado con el Jockey! ¿No te parece?

—No, no me parece. Es más: yo creo que si no fuera al Jockey, tú no lequerrías tanto. Un marido un poquitín calavera—un poquito nada más¿eh?—es más seductor, tiene más sal. La absoluta santidad masculina nosuele hacernos absolutamente felices a las mujeres. Lossantos—suponiendo que los haya—no están bien más que en el cielo.Aquí, en la tierra, los calaveras—claro, con medida—son más amados quelos ángeles. Un ángel terrestre está un poco fuera de su sitio.

Luisita, inundados sus ojos de lágrimas, se ríe al mismo tiempo, ytraduce así mis argumentos:

—Bueno; yo no querría que mi marido fuera un zonzo...

—No he dicho zonzo; he dicho ángel.

—Sí, sí, ya te comprendo, y tú también a mí. Las noches que se queda encasa, vieras, hijita, ¡qué alegría! Pero ¡se queda tan pocas!...

—Si se quedara muchas, la alegría sería menor. Si estuviera siempre atu lado, quizá te entrara el tedio, que es el mayor enemigo del amor yla verdadera desgracia de las personas felices. Reflexiona sobre tudesazón y verás que no hay motivo para que sea tan grande.

—La verdad es que él es galante, cariñoso, espléndido. Mira qué collarme regaló el día de mi santo.

Luisita me muestra la sarta de perlas que lleva al cuello. «Pero Danielno es bueno—

agrega—porque me abandona».

—¡Magnífico collar!—exclamo.—La mayor parte de los hombres son máscapaces de grandes acciones que de acciones buenas. Este regalo es unagran acción.

Conténtate. Luisita, con tener un marido que, si no hacebuenas acciones yéndose al Jockey todas las noches, hace grandesacciones regalándote collares como éste. Es posible que ambas accionessean malas; pero esto pertenece al dominio de los economistas, donde noquiero meterme.

—Yo no quiero collares, yo no quiero perlas, yo no quiero más regalosque él mismo, su presencia, su compañía, que es para mí el mayor regalo.Pero se va ¡se va todas las noches y me deja sola! ¡Y es que ya no leintereso!

—No, Luisita, no. ¡Cómo no has de interesarle!

—O le interesa más el Jockey.

—Tampoco. El hombre comparte ambas seducciones: tu compañía y el tratode los amigos. Quizá distribuye mal el tiempo. Y el que lo distribuyamejor tiene que ser obra tuya.

—¿Y cómo?

—Disputándoselo al Jockey, procurando sustraerle de ese centro hípico.¿Te enojas mucho cuando llega tarde?

—¿Y cómo no he de enojarme?

—Mal hecho. Es cuando debes ser más amable, más cariñosa. La primera ymás importante cualidad de una mujer es la dulzura, una dulzuraconstante, inalterable, eterna. Oye, Luisita: nada hay más duro que unapiedra; nada hay más blando que una gota de agua; pues bien: la gota deagua acaba por ablandar a la piedra. No seas roca, aunque tengas razónpara ello, sino gota de agua, y acabarás por vencer. Nada de ira, nadade altercados y peleas. No es de hierro la mejor cadena, sino aquellaque forman los blandos eslabones de nuestros brazos. La brusquedad noretiene: ahuyenta. Cuanto más tarde llegue Daniel, más tierna y mássolícita debes ser con él. No hay mejor apoyo para la mujer que lapropia blandura de su corazón. Esto, que parece nuestra debilidad, esnuestra fuerza. Un día Daniel reconocerá que obra mal: le remorderá laconciencia, y el grato recuerdo de tu bondad le arrancará del JockeyClub. Cultiva además tu espíritu y tu ingenio con buenas lecturas, demodo que tu conversación sea más vivaz y entretenida que la de susamigos del Jockey, cosa que no te será muy difícil con poco empeño queen ello pongas. «El arte de la vida es hacer de la vida una obra dearte». Este concepto es de uno de mis poetas predilectos, a quien debo,en buena parte, la formación de mi pobre espíritu. Por lo demás,Luisita, el matrimonio es una serie de concesiones. En él, cada unoquiere, por medio del otro, alcanzar un fin personal; pero siendo elamor y el matrimonio la más espiritual combinación de egoísmos, laexcesiva esclavitud o sometimiento de uno de los dos, refluye sobre elotro, en virtud de la fusión de las almas; de manera que tanto siente laesclavitud la esclava como la esclavizadora. Del conocimiento intuitivode esta condición del amor, nace la tolerancia, el mutuo ceder, hastaque los egoísmos se convierten en recíproca generosidad. Cuando sequiere mucho se transige mucho.

—¡Ay, hijita, le quiero!... ¡tú no sabes cómo le quiero! Y con todotransijo, menos con que se quede toda la noche en el Jockey. Con eso notransijo, ¡no transijo y no transijo!

—Está bien, Luisita. No debes transigir. Pero la transigencia, como laintransigencia, tiene sus métodos. Se puede ser intransigente conbondad, con dulzura, con suavidad.

No te pongas nunca furiosa; no seasagria, díscola, violenta. La cólera es el peor de los métodos.

—Cuando llega estoy lo más enfadada. Pero sólo con verle se me pasa elenojo. Su presencia es para mí lo que para los pájaros la aurora. Luego,ya sabes cómo es de gracioso y ocurrente. Hijita, empieza a hablar y aembromarme y... bueno, al ratito no más, ya me estoy riendo como unaloca. No tengo carácter y, claro, hace lo que quiere.

—Tienes que disputárselo al Jockey.

—Sí, sí; pero, ¿cómo? ¿cómo? El otro día, no sabiendo ya qué hacer, mefuí al Socorro, a pedirle a la Virgen que me ayude a sacarle del club.

—¿Y se lo dijiste luego a él?

—Sí. ¿Y sabes lo que me contestó? Que otro día le pida a la vez quegane el premio internacional Torbellino, un caballo que ha comprado ycon el cual sueña a todas horas. ¡Ay, Marianela, yo no sé qué va a serde mí! ¡Ese Jockey!... ¡Ojalá se hunda!

¡Ojalá se quiebren las patastodos los caballos de carreras!...

Con estas maldiciones hípicas y un abrazo se despide mi amiga Luisita,que tiene fáciles las lágrimas y no menos fácil tiene la risa.

DESAVENENCIA TRASCENDENTAL

Alguna vez os he hablado de mi excelente marido y de mi felicidadinalterable desde el día en que el amor nos unió con la bendición delaltar y la sanción de la ley. Por cierto que he recibido algunas cartasen que, si no censura, había cierta extrañeza por hablar yo de mimarido en estas crónicas superficiales, deleznables y pasajeras.

¿Porqué la extrañeza? Falta de costumbre en las lectoras, sin duda. Yo creoque lo que mejor se observa y sobre lo que mejor se discurre no es sobrelo extraño y lejano, sino sobre lo que está más cerca, sobre cuanto nosrodea y nos es propio. Como mejor se ven las cosas no es con telescopioni con microscopio, sino con los ojos de la cara, directamente. Todocristal para prolongar la vista deforma los objetos. Así, pues, estoyconvencida de hablar de mi corazón con más acierto que sobre el corazónde los demás, y tengo también la evidencia de que comprendo y expongomejor lo que pasa en mi recogido hogar que aquello que está sucediendoen los dilatados ámbitos del universo. Creo además que, partiendo de loparticular e inmediato, se ve mejor lo general, mientras que,procediendo a la inversa, quizá no logremos ver ni lo uno ni lo otro, nilo general ni lo particular. Y en último caso procedo así porque mialicorta inteligencia carece de vuelo para generalizar. Mis pequeñasfacultades de observación no pasan del reducido mundo que me rodea, demi casa, de mis amigas y del centro social en que—por dicha mía—me hatocado nacer y vivir. Pero abandonemos este tema. Creo que lo dichobasta como respuesta al punto a que se refieren mis discretas y amablescomunicantes. Y vamos a nuestro asunto.

Jorge, mi marido—lo diré una vez más,—es un hombre adorable. Todapalabra humana es pálida para revelar la intensidad de mi cariño. Antesu presencia mi corazón es un altar encendido para adorar su bondad, sunobleza y su inteligencia. Sin embargo, la otra noche, en la mesa, hemosdisputado por primera vez, amablemente, eso sí, pues no podía esperarseotra cosa de la cultura de Jorge y del respeto que, aun estando endesacuerdo, me inspira siempre la palabra cortés y discreta de mimarido.

La causa de la discusión fué nuestro hijo, Jorgito, un niño de cuatroaños, que es el doble eslabón de nuestra eslabonada vida, un eslabón derulos rubios que nos da la sensación de unir apretadamente nuestroscorazones aquí, en la tierra, mientras dure nuestro aliento mortal, yallá, en el cielo, cuando nuestras almas se desprendan de la materiatransitoria.

Estábamos en los postres. El niño jugaba con una manzana, haciéndolarodar, una vez en dirección hacia su padre, otra vez hacia mí. Ladiversión del chico consistía en engañarnos, amagando hacia mí ydirigiéndola hacia Jorge, o viceversa. Nosotros nos dejábamos engañar,resonando en nuestras almas las risas alborozadas de Jorgito. Mi niño seríe como deben reirse los ángeles cuando salen en el cielo las auroras.De pronto dijo mi marido:

—Se va a parecer a mí, en carácter y en todo.

—No lo creo—respondí.

—¿No lo crees, o no lo quieres?

—Ni lo creo ni lo quiero.

—Entonces quieres decir que no soy yo un modelo digno de seguirse.

—No quiero decir eso. Yo creo que tú eres un modelo; para mí, al menos,lo eres; quizá para otra no lo fueras, a pesar de tu bondad ingénita yde todas las condiciones morales con que prendaste mi corazón. Pero losgustos no son iguales y hasta se dan muchos casos de aberración en elgusto, gustando lo peor. Hay hombres de cualidades detestables que sonmuy amados por mujeres inteligentes. La psicología humana, la femenilsobre todo, es un arcano de complicaciones. Hay mujeres que aman másprofundamente cuanto más irregular es la conducta del marido. Elmartirio es para ellas un estimulante espiritual. La perfección lesproduce tedio. Sólo hallan la felicidad por contraste con los disgustos.Un marido un poco calavera, algo donjuanesco, un poco embrollón en susjustificaciones, tiene para ellas una seducción misteriosa.

Sonimaginaciones perturbadas, una manera de ser que no se vence con laeducación ni con ninguna pedagogía. Ya ves que para una de éstas tú noserías un modelo, aunque para mí lo eres, que es lo principal.

—No comprendo cómo, teniéndome tú por un modelo de hombre, no deseasque nuestro hijo se me parezca.

En este momento Jorgito rompió a llorar, porque no hacíamos caso delrodar de su manzana. Ambos le cubrimos de besos. Luego quiso sentarse enmis rodillas, como de costumbre, después de cenar. Levantó sus ojitoshasta los míos, en una tiernísima mirada de despedida, precursora delsueño, y recostando su cabeza sobre mi pecho, se quedó dormido. Supequeño corazón latía sobre el mío, fundidos ambos en ritmo de amorinefable.

—Es ilusión de todos los padres querer que sus hijos se parezcan aellos. Este deseo lo sienten igualmente los esposos modelos, los padresejemplares, como tú, que aquellos otros que carecen de estas virtudes.Pero esta ilusión sale siempre frustrada, tanto para aquellos quepudieran erigirse en ejemplo, como para los que están muy lejos de sermodelos dignos de imitación. La paternidad, como la maternidad, anhela,no sólo la reproducción de su imagen física, sino también de laespiritual. Ello es una quimera. La Naturaleza no se repite; nada haceigual; la más absoluta variedad es su principio creador. Yo, en miignorancia, no sé dar una explicación científica; posiblemente no habráninguna ciencia que lo explique. Pero sin auxilio alguno de los librossabios, a simple vista no más, podemos ver esta milagrosa variedad delos seres.

Y bastan unos simples rasgos para producirla. El rostrohumano se compone de tres elementos: unos ojos, una nariz y una boca. Ycada ser que integra la humanidad es distinto. No cabe con menosrecursos una diferenciación mayor. Ni con los siete colores del prisma,ni con las siete notas del pentágrama, en sus combinaciones innúmeras,se puede producir en los colores y en los sonidos una variedad tanasombrosa como la existente en las fisonomías humanas. En la mismamanera de andar, en el aire, nos diferenciamos. Las aves de una mismaespecie se diferencian igualmente; cada tero, cada chimango, tienepersonalidad en su vuelo; cortan el aire y cruzan el espacio de unamanera propia, haciendo giros y piruetas que caracterizan laparticularísima idiosincrasia de sus alas y la gracia individual delespíritu que en el ámbito azul las mueve.

Jorge se ríe de este pequeño, empírico y trivial curso de historianatural.

—Pero hablábamos—me dice—del orden moral.

—Ocurre otro tanto. El espíritu y la razón tienen tantos grados ydiferencias como criaturas existen en el mundo. Tampoco hay caracteresiguales, como no hay un timbre de voz igual a otro, ni una mirada iguala otra mirada. Nuestras almas son tan distintas como nuestros rostros.

—Yo no he hablado de una identidad absoluta entre Jorgito y yo, sino deun parecido moral. ¿Por qué no quieres que se me parezca?

—Porque quiero que sea original, único. Yo deseo que sea bueno, tanbueno como tú, pero con una bondad propia, con la suya. Porque así comohay muchas maneras de ser malo, hay también muchas de ser bueno. Entodos los libritos de mística, en todos los devocionarios, leerás estassencillas palabras: «las vías del Señor son innúmeras», queriendoexpresar con ello que los caminos para llegar al cielo son infinitos;que hay, en fin, muchas formas de ser buenos y de practicar el bien. Yyo quiero que Jorgito tenga su camino propio, hecho por la huella de sualma, como deseo que tenga en el mundo un puesto digno, conquistado porsu propio esfuerzo, aunque, claro está, nosotros hemos de ayudarle; peroquiero decir que mi deseo es que en su lucha por la vida tenga armaspropias, suyas, originales, obtenidas por medio de una interpretaciónpersonal del mundo. Y si Dios, en su infinita bondad, se dignaraconcedernos la suprema merced de besarle en la frente e iluminar suinteligencia con los destellos del genio, desearía igualmente que fuerala suya una genialidad única, personal, sin parecido alguno con lasdemás lumbreras que han florecido en la tierra. Quiero, pues, que sea unmodelo, pero no imitado ni imitable.

Deseo para él el don de la máximapersonalidad.

—¿Tú no sabes que los seres muy originales no suelen ser los másfelices?

—Yo creo que lo más desdichado es no tener personalidad.

—Ya que no quieres que se parezca a mí, supongo que, en algo, desearásque se parezca a tí.

—En una sola cosa. Deseo que cuando se case tenga por su compañera laintensidad de amor que yo siento por tí. Es algo difícil...

—No, no; en esto no transijo. Quiero que su amor sea como el mío portí.

—Bueno: arreglemos este punto; que acumule en el suyo el de los dos.¡Vaya una suerte que espera a la futura!...

Jorgito seguía dormido con placidez encantadora. Le llevamos a acostar.Su padre arregló el almohadón de la cuna. La cabecita de rulos rubiosparecía una rosa dorada.

Nos quedamos mirándole, mudos y conmovidos.

—Después de todo lo que hemos hablado—dijo Jorge—quién sabe la suerteque le espera en el mundo.

—¡Ay, sí, quién sabe, quién sabe! ¡Que Dios te proteja, alma de mialma!...

LAS REINAS EN LA GUERRA

En medio de la tragedia de los pueblos, los reyes continúan en perfectasalud. «Y

esto es lo principal», como decían los cortesanos de Versallesen tiempos de Luis XIV.

La salud del rey, en momentos de hondas perturbaciones y cataclismossociales, es de una importancia fundamental. En las guerras, como en elajedrez—que es el remedo más perfecto de las batallas,—el desastredefinitivo está en el jaque-mate al rey.

Mientras no se pierden más quealfiles, peones, caballos, torres, o la dama, la partida, con todos susaccidentes, tropiezos, errores tácticos y estratégicos, no está aúnperdida.

Pero, cuando se pierde el rey, cuando sufre jaque-mate, todo seacabó de una manera irremediable y definitiva.

Después del mate al rey, sigue en importancia desastrosa el jaque a lareina. En la defensa del rey y la reina se cifra, por lo tanto, toda laestrategia del ajedrez. Pero aunque la similitud entre el ajedrez y lasbatallas humanas, político-militares, es muy grande, existe, sinembargo, la radical diferencia que hay entre la vida y el puro mecanismode unos muñecos de madera. Aclaremos un poco el punto. En el ajedrez, elrey y la reina se mueven con el mismo propósito: dar jaque-mate al otroreinado; es la lucha del matrimonio de monarcas blancos contra elmatrimonio de monarcas negros. La lucha es clara, simple, aparte lacomplejidad de los accidentes de la batalla ajedrecista. No ocurre asíen la vida. En una conflagración de muchos tronos y de muchos pueblos,puede ocurrir—ocurre con frecuencia—que los deseos y simpatías del reyy de la reina no sean coincidentes por razones de parentesco, de raza,de educación, hasta de capricho, pues no hay que olvidar que losmonarcas tienen las mismas pasiones que los demás mortales, pequeñodetalle que nos hace dudar de su origen divino. A veces sus pasiones soninferiores a las más comunes y vulgares. Por eso ha dicho un clásicoescritor francés, gran ironista, que es más fácil estar por encima delos reyes que a su altura. Ahora bien: el rey y la reina tienen sucírculo palatino: políticos, militares, gentilhombres, azafatas,cortesanos, etc., los cuales se dividen entre los anhelos de la reina ylos anhelos del rey. He aquí embarullada, confundida, anarquizada lapartida de ajedrez; pues si unos alfiles, caballos, torres y peonestiran para un lado y otros para otro, la batalla ordenada se torna enencrespado bochinche civil. Ya la Santa Biblia, con su gran sabiduría,alude en el Eclesiastés a estas desavenencias reales: «Los pecados yerrores de los príncipes destruyen y trastornan los Estados y los hacenpasar a manos extranjeras». (Perdonadme que mezcle el ajedrez, los reyesy la Biblia. Las personas de poca erudición, como yo, hacemos siempreun pequeño baturrillo con lo poco que sabemos.) Todas las monarquías son de origen cosmopolita. Ningún rey, ningunareina, tienen la sangre pura del pueblo en que reinan. Como se casansolamente entre sí, porque la ley prohibe el matrimonio morganático,resulta que los verdaderos extranjeros en todo pueblo son el rey y lareina. Así, pues, en vez de sangre azul, puramente azul, la tienen detodos los colores. La pureza sanguínea está mejor fijada en los caballosde carreras.

El diverso origen del rey y de la reina hace que sus tendencias, deseos,ideas, gustos, sentimientos, humor y emociones sean distintos. Lospríncipes reinantes de cada país derivan de los diversos tronosconflagrados. Y así, al tratarse de entrar o no entrar en la guerra, lareina puede preferir un grupo de beligerantes y el rey otro. En lascuatro monarquías balkánicas, en ese trágico tute de reyes, ha debidoocurrir algo de esto. La historia lo aclarará, si es que la historiaaclara algo.

Desde luego, el rey manda: pero el rey, al mismo tiempo que rey, esmarido, sujeto, por lo tanto, a las mismas influencias, peripecias ycontingencias, buenas y malas, de todo marido. En los palacios realespasan las mismas cosas que en otra casa cualquiera, y a veces peores.Napoleón, por ejemplo, el único emperador por derecho propio, que pasólos Alpes, los Pirineos, la Selva Negra, las montañas austríacas yrusas, no hubiera podido pasar un túnel. Si entonces hubiesen existidotúneles. El aditamento que sus dos mujeres, Josefina y María Luisa, lepusieron en su cabeza, genial y estratégica, se lo hubiera impedido.

Con estas premisas llegamos al nudo de la cuestión. ¿En qué grado unareina puede cambiar la historia de un pueblo, influyendo sobre el ánimodel monarca? Ello depende de muchas causas. El alcance de estainfluencia se relaciona, en primer término, con el amor. Si el rey estámuy enamorado, la reina hará lo que quiera. Y

reinando sobre el rey, lareina reinará sobre el reino. Porque el hombre, que se cree el rey decreación, no suele ser, cuando está enamorado, más que el esclavo de lamujer.

En la historia universal, desde Troya hasta ahora, el amor hajugado un papel importantísimo, usurpando con frecuencia su lugar a lamajestad de la lógica para llevar por el mundo el soplo de la locura.Los investigadores e intérpretes de la historia antigua y moderna debíanatenerse siempre al popular aforismo francés: «Cherchez la femme».

La influencia de la reina puede estar basada también en que el rey seatonto, cosa muy posible, pues la tontería es muy democrática y se meteen cualquier cabeza, sin respetar jerarquías. Puede suceder asimismo queel monarca sea un ignorante, porque si se reina por derecho divino, nose estudia ni se aprende sino por esfuerzo propio, quemándose laspestañas como cualquier simple mortal. «Un rey ignorante es un asno concorona», según siglos hace dijo uno de ellos, Alfonso V. El estudio esun trabajo plebeyo, y no está bien que los reyes desciendan aocupaciones propias de los vasallos.

Alfonso V merecía, por susentencia, ser destronado.

Pues bien: ya por estar muy enamorado, ya por ser tonto o ignorante, laprerrogativa real cae, de hecho, en manos de la reina. Ella impone susdeseos al rey y, por consecuencia, al pueblo, este colosal organismoinfantil a quien siglos de experiencia tornan cada día más niño. Inútilme parece señalar ejemplos. Bastará decir que no pocos de los grandessucesos que conmovieron al mundo nacieron en las cámaras reales.

Y he aquí cómo las reinas hacen la historia, o, por lo menos, «lashistorias».

Sometido el rey al influjo de la voluntad de la reina, puedeésta llevar al pueblo a un campo guerrero contrario a las convenienciasnacionales, cambiando así el curso de su historia y haciéndole infelizen vez de venturoso, aunque la ventura colectiva quizá no sea más que unpuro sueño abstracto. No quiere esto decir que las reinas yerren conmás frecuencia que los reyes, los cuales, aunque de origen divino, pocasveces tienen la divina gracia del acierto humano. Sólo quiero establecerque el juego de las influencias dentro de los matrimonios, reales oplebeyos, es siempre el mismo, aunque sus consecuencias, claro está, sonmuy distintas en trascendencia histórica. Estos inconvenientes de losreinados no tienen, según mi pobre juicio político (ya sabéis que yo noentiendo de estas cosas), más que un remedio: suprimirlos. En talsentido nuestra América, tan atrasada, según los europeos, ha resueltoel problema en toda su extensión continental. Según Eleuterio, el maridode mi ex amiga Petrona, que es, como sabéis, hombre muy grave yreflexivo, los pueblos europeos acabarán por adoptar las institucionesrepublicanas de los americanos, con las cuales es posible que se matencon más frecuencia, pero será por propia iniciativa y gusto propio, y nopor mandato del rey o por antojo de la reina.

En los magnos sucesos históricos, la reina se diferencia del rey por sumenor sensibilidad ante lo que podemos llamar sentimiento responsable. Ala reina, como mujer, apenas le preocupa la posteridad. El rey, encambio, suele ser muy sensible al juicio de los siglos futuros. A lareina lo que más le importa es el triunfo inmediato de sus ideas ydeseos, sobre todo, de sus deseos. El hombre es un fatuo del porvenir:la mujer rara vez pasa de vanidosa presente. Y quizá la mujer se halleen esto mejor orientada. La posteridad se compone de las gentes que aúnno han nacido. Y

conociendo a las que ahora existen, no es de suponerque sean mejores ni más sensatas las que aparezcan sobre la tierra enlas futuras edades. La reina, más instintiva siempre que el rey, tieneun juicio más exacto de la posteridad.

Resultará un poco extraño a mis habituales lectoras que yo trate estamateria de psicología palatina. Debo sobre este punto una explicaciónreveladora del origen de mis conocimientos. En realidad, yo no he pisadoen mi vida un palacio real ni he conocido nunca a ningún monarca ni aninguna reina. No he estado en Europa.

Desciendo de un vasco remoto queen el primer tercio del siglo pasado empezó a apoderarse de la tierrapor centenares de leguas. Por diversos entronques familiares, he venidoa pertenecer, al cabo de un siglo, al patriciado de mi país y a su altasociedad. El nombre y la opulencia—más aun la opulencia—determinaronque fuese elegida de la comisión de damas para recibir y obsequiar,cuando el Centenario, a una altísima dama, nacida en alcázar. Me hicemuy amiga de ella, honrándome mucho con su intimidad. Y en nuestrasconversaciones, a fin de satisfacer mi curiosidad, tuvo la complacenciade hablarme frecuentemente de las cortes europeas que ella conoce tanto,de sus costumbres y hasta de sus secretos. Así, pues, este pequeñoensayo sobre reyes y reinas está hecho con el auxilio de lasreminiscencias de aquellas parlas interesantísimas...

FRIVOLIDAD Y TILINGUISMO

El jueves último dí en mi casa una fiesta sin pretensiones de sarao, unapequeña reunión en obsequio de mis sobrinas, Carmen y Lucía, hijas de mihermana mayor.

Invité a las amigas de las muchachas y a varios jóvenes,pertenecientes, unas y otros, a nuestro gran mundo.

La fiesta tenía por objeto principal presentar a mis sobrinas ensociedad. Debo deciros sobre ellas algunas palabras. Carmen y Lucía sonmellizas, muy lindas ambas y bastante vivaces, sobre todo Lucía, miahijada. Apenas cuentan 16 años. A Estefanía, mi hermana, le urgía muchoesta presentación. Yo la decía con frecuencia que me parecía pronto paralanzar a las niñas al torbellino del mundo. Hícela sobre este puntoalgunas reflexiones, censurando la costumbre, ya tan difundida en BuenosAires, de presentar a las niñas en sociedad cuando apenas han salido dela infancia. Ello me parece un grave error. A esa edad ni el espírituni la mente tienen, no ya madurez, ni siquiera aquel grado de equilibrioelemental que se necesita para frecuentar los salones y actuar en lasociedad. Claro está que la experiencia del mundo sólo se adquiereandando en el mundo. Pero bueno es llegar a él con todas las cautelasque sugiere la razón formada; porque el mundo, al decir de un santo quetengo en gran devoción, «es un pomposo bajel sobre procelosos mares». Aldía siguiente de ponerlas de largo ya se quiere lucirlas en sociedad.Pero, para entrar en los «procelosos mares»

a que alude el santo, nobasta llevar los vestidos de largo; se requiere que sea no menos largoel entendimiento. Para la salud misma no es conveniente experimentar lasimpresiones del mundo cuando apenas se ha iniciado la pubertad. Sucerebro pueril y la infantilidad de su espíritu hacen que se hallencohibidas, llenas de cortedad, incapaces de sostener una conversación,ni siquiera de comprenderla cuando los conceptos son un poco sutiles. Deahí que las pobrecitas, a todo cuanto se les dice, respondanmaquinalmente con esta insustancial muletilla: «¿Ha visto?» ¡qué cosa!¿no?

¡Qué cosa! ¿no? ¿ha visto?...»

Como viera que todas estas razones contrariaban a mi hermana en su prisapor lucir a sus hijas, accedí al punto a sus deseos. No quería yo queella interpretara mis observaciones como disculpa para eludir lasmolestias y aún las críticas a que da ocasión toda fiesta. Mi hermanadeseaba que la presentación tuviera lugar en mi casa, por haber en ellaamplios salones y ser el hogar tradicional de la familia, donde tuvieronlugar memorables fiestas en los antiguos tiempos de la castiza sociedadporteña.

Nosotras,

nuestra

madre,

nuestra

abuela,

tres

generacionesfemeninas, en una palabra, fueron presentadas al mundo en estos vetustossalones. Aunque la casa es mía exclusivamente, por haberla preferido enel reparto de la herencia a otros bienes de mayor valor, siempre creoque pertenece a toda la familia para estos fines de lucimiento común,para mantener el apellido y honrar a nuestra estirpe. Así, pues, estabadescontado que la presentación de Carmen y Lucía tuviera lugar en micasa. Mis reparos se referían solamente a su corta edad. Jorge, mimarido, concluyó por acallar mis escrúpulos. «Tu hermana lo quiere;¡déjala! Hazla el gusto. ¡Qué te vas a meter tú a reformar lascostumbres!» Mi marido dice que el mundo está dirigido por la insensatezy que es inútil oponerse a este hecho evidente.

Como Jorge discurre muybien y sabe mucha filosofía, justifica su aserto con razones que por sermuy atinadas y, sobre todo, por ser suyas, a mí me parecen definitivas.Yo creo a mi marido con amor, que es la forma de credulidad másprofunda.

A las once comenzaron a llegar las amigas de mis sobrinas, un grupo demuchachas presentadas en sociedad este mismo año o el anterior. Muylindas, muy elegantes todas ellas. Notábase que su principalpreocupación era su propio atavío. Poco después llegaron los jóvenes:Pedrito, Carlos, Raúl, Enrique, Evaristo, otros varios. Estos doncelesmerecen párrafo aparte.

Llegaban como recién salidos de la sastrería, planchados, engomados,prensados, rígidos, ¡encorsetados! La raya del pantalón, perfecta, comohecha con tiralíneas. Me han dicho que usan ahora una jareta en eltalle, con cuyos cordones se obtiene esta rigidez del pantalón, como siestuvieran puestos sobre un maniquí de madera. Usan el

«saco» entallado,con vuelo de miriñaque, como nuestras abuelas. Gastan calcetines decolores muy vivos; azul-añil, verde-esmeralda, rojo de aurora, prendas,en fin, propias de las bailarinas de la Opera. Llevan el pantalónremangado, y cuando están en coro con las muchachas, los colores seconfunden, no distinguiéndose los sexos. Entre todos forman un arcoiris. Pero lo interesante es lo externo de la cabeza de estos mozos, supeinado. Parece que es obra lenta y minuciosa el tocado de sus testas.Comienza con un lavatorio con agua de lino; luego se pasan media mañanacon la toalla rodeada a la cabeza, a manera de turbante oriental, hastaque el pelo se seque.

Por ultimo, comienza el peinado: esenciasodoríferas, propias de una odalisca, mucho cosmético. El agua de linoapelmaza el cabello en forma compacta, convirtiéndolo en una pasta comode cemento armado, que defiende el cerebro contra la penetración de todaidea. Si se les toca con los nudillos, su cabeza suena a hueco, como uncoco después de sacarle la pulpa. Todo es liso en la cabeza de estosjóvenes, por dentro y por fuera. Dícenme que es muy elegante llevar asíel cabello, largo y empastado, como una peluca natural, si caben juntoslos dos términos. Para terminar el tocado se ponen una espesa capa devaselina, a fin de que brille mucho el pelo, única cosa brillante en suscerebros. Después, cuando van de visita, dejan en los respaldos de lossillones y almohadillas la huella de sus peinados. Están poniendoperdidos los muebles de todas las casas que frecuentan.

Al poco rato se generalizaba la conversación. Pedrito, uno de losjóvenes, hablaba con una niña, refiriéndose a otra ausente. Comentabanun principio de relación entre esta señorita, llamada Pilar, y un amigode Pedrito, relación que se había cortado apenas iniciada. La niñapreguntó a Pedrito: «¿Y cómo va el «apunte» de Pilar y su amigo?»

—«Forfey»—repuso Pedrito.

Como yo no entendiera, pregunté a mi marido lo que había dicho.

—«Forfey»—me dijo Jorge—es una palabra inglesa para significar que uncaballo se ha retirado de la carrera.

—¡Qué horror! ¡Vaya una manera de hablar con las niñas que tienen estosjóvenes!

En otro grupo se comentaba una gran fiesta dada últimamente. Mi sobrinaLucía preguntó:

—¿Estuvieron las de García Nájera, Clotilde y Sofía?

—No entraron en el marcador—respondió el joven Evaristo.

Aludiendo al noviazgo fracasado de otra señorita, dijo Raúl, uno de losmás frívolos de mis invitados: «Esa carrera no se corre».

Se habló luego de si Clotilde era o no era elegante. «Es cache»—dijoEnriquito, que entiende mucho de modas.

Todos los fragmentos de conversación que escuché eran parecidos. Losjóvenes se expresaban por medio de vocablos hípicos para significarcualidades morales y episodios de los saraos, tertulias y reuniones. Nologré oir una sola frase espiritual, un concepto agudo, una palabraverdaderamente fina y elegante. La función parlante de los mozos erapuro ejercicio de la campanilla y la laringe, sin intervención delespíritu ni del cerebro, cuya masa gris está tan apelmazada, compacta yoscura como el pelo.

Estos pobres mozos de nuestra «haut» desconocen losdeleites que procura una mente docta, nutrida de lectura selecta, unespíritu iniciado en las altas emociones del arte y de la poesía. Parasus ojos mentales el mundo está vacío; no hay en él más que unos cuantoscaballos alígeros, un sastre y un poco de agua de lino para convertir sucabeza en un ciprés.

No es suya toda la culpa. Se han educado en la blandura de nuestrasriquezas improvisadas, repentinas, y son incapaces del menor esfuerzo,de la menor constancia, de la menor fatiga. Y como el ignorar no cuestanada, poseen una necedad que está contentísima de sí misma. El menorestudio les produce neuralgias, y así renuncian los pobrecitos a laadquisición de todo tesoro intelectual, que es el tesoro de los tesoros,prefiriendo el otro, el tesoro amonedado de papá, para derrocharlo enforma dispendiosa en los clubs, en las carreras, en otras cosas peoresaún, y acabar, a la postre, siendo unos desdichados. ¿Qué serán éstosmocitos cuando lleguen a viejos?

Sin hábitos de trabajo, sin capacidadde adquisición, sin habilidad comercial, sin cultura universitaria ni deotro género alguno, ¿qué será de éstos viejecitos?

Felizmente paraellos, pocos llegarán a octogenarios.

¡Qué diferencia con la generación anterior, la de sus padres! Estossabían, y saben trabajar, estudiaban, se afanaban por ser algo en elmundo. Había en ellos energía, vigor, constancia, empeñoso esfuerzo. Yasí, durante su juventud, lo mismo sujetaban un «rodeo» con espírituvaronil que dirigían con sencilla elegancia un cotillón. Bajo el guanteblanco advertíase la vitalidad de las manos dominadoras de toros. Enaquellas manos veía la mujer un firme apoyo y en aquellos corazones unainalterable y noble constancia. Pero de estos «señoritos góticos» comodicen en España, ¿qué apoyo puede esperar una mujer?

Entre las niñas que asistían a la fiesta estaba Inés, hija de miexcelente amiga Clotilde, cuya situación económica es bastante precaria.Inés ha recibido una educación esmerada y es, además, muy inteligente ymuy espiritual. Yo siento por ésta interesante y bella criatura hondoafecto. Desearía hacer por ella lo que haría por una hija. Y así, entodas las fiestas que doy y en todas aquellas en que intervengo o tengoalguna influencia, hago que asista mi protegida. En una palabra: deseocasarla bien. Los jóvenes de cabeza de ciprés que asistían a la fiesta,al saber que Inés era pobre, huían de ella como de la peste. Estostigrecitos buscan, no niñas interesantes, sino estancias y mucha plata.Inés permanecía silenciosa y cohibida entre aquella colección dementecatos y tilingos. La llamé aparte: «Estás triste, hija mía; ¿porqué no te diviertes, por qué no conversas, tú, que eres tan espiritual ytan ingeniosa?»—«No—

me respondió;—no me atrevo, ni me conviene,porque en seguida la hacen a una reputación de sabihonda, demarisabidilla, y la aislan a una más. Hay que ser superficial, frívola,y como a mí no me gusta eso, pues... me callo».—«Bien hecho—

ladije,—no te aflijas, hija mía; yo te buscaré un novio digno de tí. Note aseguro que sea rico; pero sí inteligente y espiritual y culto y muyhombre, merecedor, en una palabra, de los tesoros de tu alma». Inesillase conmovió profundamente. El agua de las lágrimas bailaba en laspupilas de sus ojos azules, en que se mezclan la vivacidad y la ternura.

Aceleré cuanto pude el fin de la fiesta. Quería librar mi casa deaquella atmósfera de majadería. Los cipreses acabaron por sermemolestos. No veía la hora de verlos desfilar a la calle. Todos ellosostentaban apellidos prestigiosos en nuestra historia política o ennuestra breve historia económica. Pero con el linaje de estos mocitosocurre lo que dicen los franceses, refiriéndose a las patatas: «lo buenoestá debajo de tierra». Mi hermana, en cambio, se hallaba encantada conla reunión y le satisfacía mucho el papel que habían hecho las niñas,sobre todo Carmencita, que es la más frívola.

Cuando logré poner punto final a la fiesta, llevé a mis sobrinas a unasalita retirada y les dije: «No busquéis novio, hijas mías, entre estostilingos que tienen la cabeza más vacía que un farol. Estos mocitos dela «haut» bonaerense no valen nada, ni valdrán nunca nada. Fijaros másbien en esos muchachos pobres que llegan del interior, de los rinconesprovincianos, a estudiar en las Facultades de la capital, haciendo sucarrera en medio de las mayores estrecheces, librados exclusivamente asu esfuerzo propio. Esos tienen porvenir; esos serán algo, y podréissentir el orgullo de ir colgadas del brazo de verdaderos hombres. Deaquellos rincones de nuestras provincias salieron los espíritusluminosos que hicieron la patria: Sarmiento, Alberdi, Rawson, los Gallo,Vélez Sársfield, Avellaneda, etc. Llegaron pobres como las ánimasbenditas, y a fuerza de estudio, de virtud, de sobriedad, seconvirtieron en los directores de nuestra sociedad naciente, en losescultores de un nuevo pueblo; y luego, ya muertos, fueron, son y serán,por los siglos infinitos, los dioses penates de la patria. Fijaros enesos provincianitos pobres que estudian, que sufren y se desvelan; queantes de figurar en los salones, prefieren conquistar un puesto en lasactividades intelectuales del país. En sus manos caerán un día lascosas, el mando, el poder, el prestigio, todo lo que tiene un alto ypermanente valor en la vida y en la historia. Estos otros jóvenes quehabéis conocido son ahora ricos en dinero, que no en ideas ni enespiritualidad; tampoco lo serán mañana en dinero, pues su vidadispendiosa y absurda lo hará volar. Junto a tales hombres la vida deuna mujer inteligente es aburrida, tediosa, y su porvenir negro.

Huidde ellos, huid de esas cabecitas de ciprés en que todo es oquedad,insustancia, vacua mentecatez, tilinguismo ¡huid, huid!...»

Mis sobrinas se retiraron cabizbajas y un tanto mohinas. No sé si meharán caso. Lo dudo...

INES Y LOS CIPRESES

Al día siguiente de la fiesta que dí en mi casa para presentar ensociedad a mis sobrinas, vino Inesilla, mi protegida, a visitarme y adarme las gracias por haberla invitado.

—¡Qué dices, muchacha!—exclamé—¡las gracias te las debo a tí porhaber asistido y haber honrado mi casa con tu graciosísima presencia!

Y la di un apretado beso, expresión efusiva de mi hondo cariño.

—No diga usted eso, señora.

—Ya te he dicho muchas veces que no me llames señora; llámameMarianela, con absoluta confianza, como si fuera una hermana mayor. Yocomparto mi cariño entre mi marido, mi hijo y tú. Ya lo sabes.

—Yo también la quiero a usted mu...

La pobrecilla no pudo terminar. Se abrazó a mí, diciéndome con sucongoja lo que no pudieron expresar sus labios.

—Vamos, vamos... siéntate. Hijita, eres sensible como una flor delaire. No se te puede decir nada. Y el caso es que yo también... Bueno,bueno, siéntate. Charlemos alegremente sobre la fiesta de ayer. Vamos amurmurar un poquito. ¿Qué te parecieron los cipreses?

—¿Por qué los llama usted cipreses?

—¿No te parece bien puesto el nombre?

—Sí, muy bien; realmente parecen cipreses: su peinado apelmazado, liso,compacto, pegadito, imita la copa de ese árbol funerario. También separecen a él por el cuerpo rígido, atiesado, derechito. El ciprés noparece una obra de la Naturaleza, sino de la mecánica. Los demásárboles, aunque sean de la misma especie, son variados en sus formas, enla estructura de sus ramas y horcajos. Cada árbol tiene su personalidad,su aire propio, su figura individual. Los cipreses, por el contrario,son todos iguales. Visto uno, vistos todos.

—Como ellos.

—Sí, sí; pero en el orden moral... El ciprés es un árbol triste,melancólico; sugiere ideas de muerte, de tumbas, de soledad; evoca elsentimiento del vacío y de la nada.

—Oye, Inesita: mucho más aún que en lo externo, se parecen esos jóvenesen lo moral a los cipreses. Verás... El ciprés no produce nada, nisiquiera bellotas, que es el fruto de los árboles más humildes en lajerarquía vegetal. Tampoco esos mocitos de la

«haut» producen cosaalguna; por lo tanto el parecido en este punto es idéntico. El ciprés estriste y melancólico; ello proviene, no del lugar en que se halla, sinode su propia forma; puesto en un parque de rosas es igualmente triste.Este carácter lamentable procede de la monotonía de sus líneas,profundamente aburridoras. Lo mismo ocurre con los cipreses humanos,atildados, recortaditos y fililis como los cipreses vegetales. Estosúltimos nos producen el sentimiento del vacío y de la nada.

¿Y acaso losotros, los cipreses humanos, no producen el mismo sentimiento de lavaciedad y de la nada? El árbol simboliza la muerte: junto a él latumba. Esos jóvenes, ayunos de espiritualidad, de cultura, deilustración, sin inquietudes intelectuales, de voluntad desmayada,abúlicos, son, en una misma pieza, tumba y ciprés. Ya ves, pues, que enlo moral se parecen tanto o más que en su forma externa.

La únicadiferencia consiste en que unos son cipreses plantados y los otrossemovientes. Pero hablemos de otra cosa: ¿bailaste mucho?

—Todo lo que quise. Ya advertí que se preocupaba usted de mí. Una vezque me quedé sentada, por cansancio, vi que hablaba usted con Evaristo;el ciprés se dirigió en seguida hacia mí y me invitó a bailar. Yo se loagradezco a usted...

—Estás equivocada. Fue iniciativa suya. Tú no necesitas que la dueña decasa se ocupe de tí, porque siempre estás solicitada.

—Lo dice usted por consolarme.

—Siempre tan suspicaz, hija mía. Tu precoz espíritu crítico no hace másque martirizarte. Este agradecimiento tuyo, injustificado en este caso,me recuerda un gracioso episodio que te voy a contar. Hace dos años diotra fiesta en mi casa. Invité a mi ex amiga Petrona (ya sabes que se haenojado conmigo) y a su cuñada Pepa. Los jóvenes atendían a ésta muypoco. Ello se explica; la pobre está ya muy metida en años (pasa de los35), y no es muy agraciada. Petrona ha hecho cuanto ha podido paracasarla y... nada ¡imposible! La criatura es incolocable. Verdad es quePetrona, con esos humos aristocráticos que tiene, la ha perjudicado másque nadie. Todo le parecía poco. Y ella misma, la misma Pepa, creía quepor ser hermana de un ministro, iba a calzar con un Anchorena, como diceDel Campo en el «Fausto». Ilusiones... Pues bueno: como te digo, losjóvenes no la atendían, no la sacaban a bailar. Para una dueña de casaes un martirio que una señorita planche. Hablé a unos y otros; me ayudótambién Jorge, mi marido, que recurría a su hermano Raúl, cuando ya nosabíamos a quién endosársela. Así logramos que bailara casi toda lanoche. Al día siguiente vino Petrona a visitarme, y como es tan ingenuay tan pintoresco su lenguaje, exclamó, dándome un abrazo: «¡Ay,Marianela, muchas gracias por haber hecho girar a la Pepa!».

Inés se ríe del dicho de Petrona, pero noto que al punto vuelve aquedarse ligeramente triste. Trato de animarla:

—¿Y qué tal la conversación de los cipreses? ¿Muy interesante, eh?...

—Mucho. Pedrito me habló de las carreras; lleva la cuenta de losminutos y segundos que emplea cada caballo en dos mil metros.

—¡Qué interesante! ¿Estarías muy divertida con tal conversación?

—Pues me divertí. Me dió por hacerme la entendida en carreras. Le habléde las teorías de Barey, el célebre cuidador inglés, según el cual unapalabra colérica aumenta el pulso de un caballo en diez pulsaciones porminuto. Luego, ya por mi cuenta, le dije que para correr sus caballosdebe elegir un «jockey» que tenga voz de tenor, porque las vibracionesde este timbre son un estímulo mayor para los animales que la vozbaritonal. No se dió cuenta del titeo. Por el contrario, se quedóasombrado ante mis conocimientos y me comprometió para otras dos piezas.¡Qué galante!...

—¡Graciosísimo, muchacha, graciosísimo!—exclamé, riéndome;—ya notéque te asediaba mucho y que estaba lo más obsequioso contigo.

—Era por los caballos. Les debo el honor de dos valses con Pedrito.

—Y los otros cipreses, ¿qué te dijeron?

—Evaristo me habló también del hipódromo; criticó mucho que la pista dePalermo no tenga césped, como las pistas de París y de Londres. Aseguró,en tono desdeñoso, que aquí estamos muy atrasados en estas cosas, queson tan importantes en todo país civilizado. «Créame, señorita—agregócon gravedad imponente:—después de haber estado en Longchamps y enEpsom, en los grandes hipódromos de París y Londres, no se puede ir aPalermo. Vuelve uno lleno de polvo, hecho un asco ¡impresentable!»

AEvaristo no le llaman la atención los caballos; le interesa la pista, y,sobre todo, el verde. Está deseando que se acabe la guerra para volversea Europa, porque aquí, sin césped en la pista de Palermo, ya no puedevivir.

—Y Enriquito, ¿qué te dijo?

—¡Ay, no me hable! Es el más frívolo y el más insulso de todos.

—Sí, hijita, ese es el arquetipo del tilinguismo.

—No me habló más que de modas femeninas y de si tal muchacha es máselegante que tal otra. Cree que la moda vuelve otra vez a la época de laPompadour. Está conforme «en principio» con la adopción de aquel traje,pero «previas» algunas reformas que me explicó con gran riqueza dedetalles. Hizo la crítica de los vestidos que llevaban varias niñas eldía del premio del «Jockey Club». Parece que Clotilde se presentó con unsombrero un tanto estrambótico. Me preguntó si la había visto. Y

como ledijera que no, exclamó al punto: «Era un sombrero ¡digno! de verse».

—¿Y Carlitos Nuezvana, ¿estuvo muy espiritual?

—Ese me habló de modas masculinas. Estaba muy disgustado porque, debidoa la guerra, no puede hacer venir sus trajes de Londres, de donde los hatraído siempre. En Buenos Aires no hay sastres: «son talabarteros». Sehallaba molestísimo con el traje de frac que le habían hecho aquí. «Veausted este frac; el corte es imposible; las solapas no se plegan, losfaldones son cortos, ¡estoy ridículo!» Le dije que el secreto de laelegancia no está en que lo que uno se pone le mejore a uno, sino enmejorar uno lo que uno se pone. Pero no entendió el sentido de estadefinición de la elegancia.

Entonces le dije que es el aire de lapersona y no el vestido lo que la hace ser naturalmente elegante. Y leagregué que él era muy «airoso», que era todo aire, de pies a cabeza. Medió las gracias. Por último agregó: «Estoy lo más contrariado por estosinconvenientes de la conflagración».

—Y con Ernesto, ¿cómo te fué?

—A Ernesto le da por la aristocracia. Sólo me habló de si eran o noeran conocidas las personas que asistieron a las diversas fiestas dadaseste invierno. La calidad de las gentes que concurren a las reunionesconstituye su preocupación. El hombre es de un aristocratismocompletamente empingorotado. Parece que hubiera nacido en medio de lacorte de la casa de Austria. El pobrecito es más hueco que una caña depescar. Se me ocurrió hablarle de política, preguntándole: «¿Votó ustedpor los radicales?»—«¡Qué esperanza!—me respondió;—no es genteconocida...»

—¿De manera que te aburriste en grande?

—No, eso no. La tontería tiene siempre algo de divertida.

—Tienes razón, hijita. Además la tontería es tan variada como lainteligencia. Hay tontos de muchísimas clases, como hay inteligentes demuchas maneras. Pero el tonto es siempre más perfecto como tonto que elinteligente como inteligente. La Naturaleza, cuando crea un inteligente,le deja siempre alguna falla, alguna tontería. En cambio, cuando crea untonto, la Naturaleza es maestra; lo crea completo, sin pero, perfecto,redondo. Dios te libre, hijita, de uno de éstos.

—Pues hay uno que...

—¿Te persigue? ¡No me digas! ¿Le conozco yo?

—Sí; estaba aquí anoche.

—¡Qué me dices! Cuenta, cuenta...

—Otro día. Ahora tengo que irme. Van a venir a buscarme. Ya le contaré,porque necesito su consejo. Mamá—ya la conoce usted—en siendo rico ypersona conocida...

Pero yo no quiero ¡no quiero! Y habrá lucha. Y tieneusted que ayudarme, porque yo no me caso con un tilingo, por mucha plataque tenga y por muy conocido que sea.

¡Eso no, eso no!...

Vinieron a buscarla y se fué. Pero quedamos en que vendrá a verme uno deestos días y me expondrá su problema. Me ha dejado llena de curiosidad yun poco intranquila.

LA FIESTA HÍPICA

Una tarde clarísima, luminosa, radiante; el cielo azul, altísimo,límpido, traslúcido.

La primavera ha cubierto de verde follaje ladesnuda vegetación invernal. Se oyen entre la enramada píos de amor.Todo es vitalidad, alegría, florescencia.

La muchedumbre urbana invade el hipódromo, a presenciar la gran carreradel año.

La tribuna popular forma una masa compacta, densa, apretada,inmóvil casi por falta de espacio para moverse, rebullendo sobre símisma. En el otro extremo, en la tribuna del «paddock» la clase mediaofrece su nutridísimo concurso a la fiesta. En medio, entre el vastotinglado para el pueblo y el «paddock» de los pudientes, la tribuna delJockey, atestada igualmente de selecto público: aristocracia, altaburguesía,

«sportsmen», «clubmen», «dandys», numerosos «cipreses»,embajadores extranjeros que han venido a presenciar la trasmisión delmando presidencial, los cuales llevarán a sus respectivos países,tendidos a lo largo del Continente, la impresión de la brillante vidabonaerense. De retorno en Lima, Asunción, La Paz, Río, Méjico, etc.,estos embajadores contarán las maravillas de nuestra rápida evoluciónsocial y económica, el refinamiento de nuestra vida, nuestros progresossorprendentes. En los círculos sociales y políticos de sus respectivospaíses—un poco remisos al progreso, lentos en su desarrollo, un pocoestrechos en su economía, trágicos en su política, caóticos y confusosen su total existencia—narrarán lo que vieron en Buenos Aires, dando asus oyentes la sensación de haber contemplado en el Sur el fococivilizador del Continente, un foco en que, por virtud del progreso, dela cultura y de la riqueza colectiva, por la tolerante convivencia detodas las ideas, en sólida y arraigada paz, es ya su luz fija y segura,irradiando sobre todos los pueblos que moran en lamentable turbulenciaentre el mar Caribe y el río de la Plata.

También asisten a las carreras dos miembros de nuestro flamantegobierno, en representación, según me dicen, del excelentísimo señorPresidente de la República, hombre poco dado a lo ostentatorio de losgrandes festivales, sobrio en sus costumbres, un tanto cartujas. Elhecho de esta representación oficial se comenta favorablemente entre lossocios del Jockey, interpretándose como un puente de plata entre lastres tribunas o tinglados que dividen las clases sociales en elhipódromo. El suceso se interpreta como un indicio de que no serámodificado el régimen existente, ni se producirá, como en Babel, unadeplorable confusión de las gentes. La ligera intranquilidad de los«clubmen» ha desaparecido con la presencia de la representación oficial.

Un rumor sordo, de muchedumbre lejana, llega de las tribunas popularesa las del Jockey: un vocerío compacto de emoción, de alegría, deansiedad, al ver cruzar los corceles alígeros, raudos como flechasdisparadas por arcos a máxima tensión.

Los gorriones, tranquilos moradores del tejaroz o alero de las tribunas,han saltado al centro del campo que circunda la pista. Estos animalitos,los más sabios de la fauna volátil, han descubierto el secreto decombinar su libertad salvaje con su integración en la sociedad humana.Son domésticos hasta donde quieren y libres sin limitación. Al pocorato, volando sobre la muchedumbre, vuelven a los aleros, solicitadospor tierna prole, amor que les infunde coraje para cruzar a ras delaliento y de la gritería de cien mil personas. Allá, en el tejado,ágiles y voluptuosos, disponiendo de la casa del hombre y del cieloazul, se ríen de toda aquella muchedumbre pendiente de las patas de loscaballos, inferiores a la ligereza de sus alas.

En la explanada y tribunas del Jockey daban la nota de su gracia y de subelleza numerosas damas y señoritas ataviadas con trajes primaverales,de vistosas muselinas, espumillas y otras telas ligeras. No había lujoexcesivo ni ostentoso. Cierta parquedad en el adorno personal denotaba,al par de un gusto depurado, los efectos de una crisis un tantopertinaz. El buen gusto y la economía tienen íntima relación. Alestrecharse un poco los presupuestos destinados al atavío, la mujeraguza su ingenio para suplir con el arte los adornos costosos. Yentonces está mejor, porque no consiste la elegancia en gastar mucho,sino en gastar bien. El único lujo ostentoso que se veía el domingo erael de los «cipreses». Estos pintureros y pisaverdes examinabanatentamente los trajes de las señoritas. A uno de ellos muy presumido leoí decir, refiriéndose a una niña cuya elegancia no se ajustaba a suscánones: «¡es cache!». El pavipollo revoleó la varita y siguió alencuentro del rey de los cipreses, de Carlitos Nuezvana.

Los dos motivos de conversación general eran las carreras, susaccidentes y sorpresas, y los puestos de significación política que aúnfaltan por llenar. Se hablaba al mismo tiempo de «Vadarkblar» y delfuturo intendente, de «Saint Emilion» y del nuevo jefe de policía, de«Sangre Azul» y del que llenará la vacante de la dirección de Correos.La carrera tras de estos puestos era, según el decir de la gente, tancompetida y disputada como la que dentro de unos momentos se realizaríaen la pista entre los aristócratas de la sangre hípica. En una y otracarrera había favoritos. Pero entre los corceles esta condición defavoritos dimanaba exclusivamente de su valer, demostrado en carrerasanteriores, mientras que en la carrera tras de los puestos no era elvaler demostrado la condición esencial para ser favoritos, sino otrascircunstancias humanas, en que el mérito deriva de los codos paraabrirse camino en las competencias de la política.

Las damas y señoritas ponían gran interés en las carreras, examinando elprograma, las cotizaciones, los dividendos de las ya corridas, ypidiendo y dando «pálpitos» para las que iban a correrse. En un grupo,una señorita muy espiritual ofrecía un «pálpito» a un mozo, ligeramenteatezado, miembro de la embajada del Brasil. «Muito obrigado—

repusoéste, agregando, con el fino y galante romanticismo de su país—; pero aese

«pálpito» prefiero, hermosa señorita, el órgano con que ustedpalpita».—«¡Ay, qué gracioso!»—exclamó la muchacha—«¡Es unadeclaración en toda regla!»—añadieron a coro los del grupo, celebrandoaquel rasgo espiritual.—«¡Aceptado! ¡aceptado!»—

decía ella, riéndose ysiguiendo la broma. El fino y gentil brasileño, dirigiéndosealternativamente a la niña y al grupo, repetía: «Obrigado, muitoobrigado...».

Pasó un señor muy elegante, con traje gris, galera gris, polainasblancas, muy expresivo en sus ademanes y gestos. «¿Quién es?»—preguntéa mi marido.

—El Payo.

—¿El payo Roqué?

—El mismo que viste y calza.

—Viste y calza muy bien.

Evoqué recuerdos de mi infancia, ya un poco lejana. Con todo, el Payoestaba aún resplandeciente, conservando su ingénita gallardía y aquelgarbo propio de los buenos mozos.

Cruzó el Ministro de Agricultura. Y me acordé al punto de mi ex amigaPetrona. Su marido, Eleuterio, se ha quedado sin cartera. Siento ciertoremordimiento pensando en que quizá aquella malhadada croniquilla queescribí, relatando la conversación que tuvo conmigo, haya podido influiren la postergación de un hombre de los méritos agrícolas de Eleuterio.

En el «buffet», Julia Elena, como esposa del presidente del Jockey, hacelos honores de la casa, con la discreción, la finura y el buen gusto enella habituales. Los embajadores y diplomáticos besan su mano al entrar.Esta costumbre, tan arraigada en los altos círculos sociales europeos,es objeto de controversia entre el elemento argentino que circula porlos pasillos. Yo no me atrevo a dar una opinión definitiva sobre estepunto. Me parece, sin embargo, que no arraigará entre nosotros estaforma de rendir homenaje a la mujer.

La gran carrera va a empezar. En el marcador aparece favorito«Vadarkblar». Existe un detalle que hace subir la cotización. Su dueñoha asistido siempre a las carreras con indumentaria democrática, de sacoy sombrero flexible. Hoy ha venido de jaquet y galera, con el empaqueelegante de quien está seguro de concentrar las miradas.

Esta«paquetería» en un hombre habitualmente sencillo y demócrata, aunqueadversario de Lisandro, es objeto de abundantes comentarios. «Vadarkblarganará»—repite todo el mundo;—el jaquet y la galera del propietarioson prendas de seguridad. Corre la voz, y, en vista de estos signosinfalibles, la cotización sube como la espuma. «Es una fija». Yo me fijotambién en el distinguido propietario, y ante su aire de ganador, meanimo con unos boletitos que le hago sacar a mi marido. Siento ciertoremordimiento, pues me parece que los del Jockey jugamos con ventajasobre los de la tribuna popular, porque ellos no han visto, comonosotros, al propietario, y les falta, por lo tanto, este «dato» segurodel jaquet y la galera, infalibles detalles de ganador que nos ofrecenuestro distinguido y simpático consocio. Pero en las carreras, como enlos demás juegos, es difícil no prevalerse de cualquier circunstanciafavorable, de cualquier ventaja más o menos legal. Tiendo mi vista conlástima a toda la colosal muchedumbre de la tribuna popular.¡Pobrecitos, no saben nada! Sólo aquí, en la tribuna del Jockey, estamosen el secreto. Yo acaricio mil boletos entre la mano y el guante.«¡Vamos a ganar, Jorge, vamos a ganar!» Y haciendo una confusiónlamentable entre política y carreras, añado: «¡No hay que hacerle; losradicales se lo llevan todo por delante! ¡No se puede con ellos!»

¡Ay, nuestro favorito derrotado! «Vadarkblar» sólo da que hablar comoperdedor.

He estrujado mis boletitos. ¡Y yo que creía tan seguro el«dato» del jaquet y la galera!...

Al salir para tomar nuestro automóvil nos cruzamos con un amigo. «¿Y...cómo les fué?»

—¡Al tacho!—responde mi marido.

Yo le aprieto el brazo y le digo: «¡Jorge, qué palabra taninelegante!...»

LAS ANGUSTIAS DE MI PROTEGIDA

Mi protegida Inesilla—ya os he hablado varias veces de ella—vino averme la otra tarde. Apenas entró en casa, noté en su gracioso semblantecierta turbación, un estado de inquietud y desasosiego que me alarmaron.

—¡Ay, Marianela, mi buena amiga, mi querida protectora, las cosas que amí me pasan no le pasan a nadie!...

Y rompió a llorar sobre mi hombro en forma acongojada y angustiosa.

—¡Muchacha! ¡Me alarmas! Sosiégate, ¿Qué te pasa?...

—¡Es horrible, horrible! ¡Quisiera no haber nacido!...

—¡No digas eso, criatura! El mundo hubiera perdido la gracia de tupresencia en él.

Pero cálmate, no te sofoques, no te aflijas. Siéntatey... cuenta, cuenta. ¿Qué te sucede?

—Que se me ha declarado... ¡ay de mí!...

—¿Ay de tí? ¡Ay de él, en todo caso!... Pero ¿quién?

—¡Quién ha de ser! ¡¡El rey de los «cipreses»...!!

—¡Hijita!... Me habías asustado. Creí que se trataba de algunadesgracia.

—¿Y le parece a usted poca desgracia?—dijo llorando y riendo a untiempo, momento de transición en que mi protegida se tornaverdaderamente divina.

—No creo que la declaración de un rey, ¡de un rey nada menos! sea causade aflicción. Ninguna mujer llora ante un matrimonio morganático.

—Sí, ríase usted...

—Es un honor que haya descendido un rey hasta tus plantas.

—Gracias, gracias.

—Pero, vamos, cuenta, cuenta, hija mía, con ese graciosísimo pico queDios te ha dado. Me tienes impaciente. ¿Cómo fue la cosa!...

—Pues verá usted. ¿Se acuerda de la conversación que tuvimos al otrodía de la fiesta que dió usted para presentar en sociedad a sus sobrinasCarmen y Lucía?

Hago memoria. Ante la suspensión de mi mente, Inés agrega con verbarápida:

—¿No recuerda usted que, al irme, la dije que había un ciprés que meperseguía y que...?

—¡Sí, hijita! ¿Cómo no? Ahora caigo. Estaba trascordada. Me habíaolvidado, porque creí que era una broma tuya.

—Sí, sí... broma... no está mala broma. Bromazo ha resultado.

—Pero... vamos a ver: ¿Quién es el rey de los cipreses?

—¿No lo sabe usted?...

—¡Hay tantos que pueden aspirar a esa corona!... Entre los cipreses,como todos son iguales, cualquiera puede ser el rey.

—Pues es Carlitos Nuezvana.

—¡No me digas! Está bien puesto el nombre. Merece el cetro. ¿Y se te hadeclarado? ¿Cuándo? ¿Dónde? Cuenta, muchacha, cuenta...

—La cosa empezó la noche de la fiesta que usted dió, dedicada a sussobrinas.

Comenzó por insinuaciones, no muy ingeniosas. Ya sabe ustedque el pobrecito carece de sal en la cabeza.

—Sí, hijita; no tiene más que agua de lino y cosmético, con cuyoselementos se plancha el pelo. Por dentro y por fuera, todo es plancha.Sigue...

—Las insinuaciones fueron muy directas, por dos razones. La primera,porque sus recursos de palabra son muy pobres.

—El mozo «tilinguea» en cuanto abre la boca. Claro; no estudia, no lee,no cultiva su espíritu y...

—Y la segunda... La segunda razón es la que más me hiere. El hombre...

—El ciprés.

—Bueno. El rey de los cipreses no puso cautela ni parsimonia en susinsinuaciones, porque creía... así me pareció a mí... que me hacía unhonor ofreciéndome su amor.

—Y así es, hijita; se trata del rey nada menos, de Nuezvana I...

—Como lleva un apellido tan conocido y es además tan rico, pues...claro... no se imagina que alguien pueda decirle que no, y mucho menosyo, que en apellido le puedo igualar, pero en plata...

—El apellido, hijita, vale cuando se sabe elevarlo. El que no sabeabrillantarlo, o, por lo menos, mantener su brillo, valdría más que nolo hubiera heredado. Y en cuanto a la plata, no se necesitan millonespara ser feliz.

—Tenía la seguridad absoluta de que yo le aceptaría encantada. Y poreso me hablaba con un descaro frío, sin esa emoción que en tales trancesproduce la duda. Sus galanterías, exentas de espiritualidad, meprodujeron un efecto deplorable. Bailábamos un vals, y me pareció queiba enlazada a un muñeco que le habían dado cuerda. Le miraba el pelorenegrido, hecho una pasta, como un casco de alquitrán. No se le movíaun cabello, y no pude menos de pensar que su inteligencia y su espíritueran lo mismo, inmóviles.

—Pero ¿cómo se te declaró? ¿qué te dijo?

—Después de elogiar mi elegancia (ya sabe usted que no habla más que deelegancia) me dijo que él «estaba dispuesto» a iniciar relacionesconmigo. Luego agregó que «se atrevía a suponer» que no sería rechazado.Esto lo dijo con un airecito de seguridad impertinente, en el cualadivinaba yo este pensamiento: «¡qué he de ser rechazado!...»

—Y tú... ¿qué le dijiste?

—Estuve por darle allí mismo unas calabazas más redondas y más durasque su cabeza. Pero me contuve. Me daba cierta lástima apabullarle en sudoble orgullo de rico y de aristócrata. Sólo me limité a decirle: «Nohay atrevimiento en su pretensión».

Y agregué, con cierto retintín queél no podía pescar; «ya que usted «está dispuesto»

(recalqué mucho estafrase) veré si yo me dispongo. En estos casos las disposiciones debenser mutuas. Y aunque usted me honra mucho con su inclinación, necesitopensarlo...»

—Muy bien, hijita, muy bien dicho. ¡ Si eres más viva!... ¿Y él, quédijo ante esa filigrana de respuesta?

—Dijo que él no lo había pensado; que...

—¡Claro! ¡qué va a pensar él!...

—Que yo le había gustado «por mi elegancia y por mi belleza» y que nonecesitaba pensar más. Se me ocurrieron varias respuestas irónicas (¡quésereno y agudo tiene una el entendimiento cuando no ama!); pero melimité a decirle: «pues yo sí, necesito pensarlo, porque es para míasunto de capital importancia».

—¿Y cómo terminó la escena?

—Pues terminó dándome un plazo de ocho días para contestarle.

—¿Así, imperativamente, como un rey, como el rey de los cipreses?

—Así, así... El mozo tiene su arranque, a pesar de su tilinguismo y desu mentecatez.

Mis discretas evasivas enardecían el espíritu del ciprés.En el resto de la noche le eludí por completo. Bailé con el cuñado deusted, con Raúl. ¡Qué diferencia!...

—¿Eh?...

—Pero mi conflicto ahora no es con Carlitos, sino con mi propiafamilia. Mamá lo ha sabido. Y ya la conoce usted... Claro: ella quieremi felicidad. Y mi felicidad la ve en el apellido de Carlitos, en lasestancias de Carlitos, en las casas de Carlitos, en las herencias que levan a caer a Carlitos de su abuela, de sus tías, de sus tíos, de no séquién más... campos aquí y allá, media avenida Alvear, otro tanto enCallao y Florida, cien mil vacas, un millón de ovejas... ¡qué sé yo!Mamá ve la felicidad en los campos y en las estancias y en las casas yen las vacas y en las ovejas; en todo esto ve la felicidad, menos en elpropio Carlitos, es decir, en mi unión con Carlitos. Yo no digo nada porno irritarla; me limito a monosílabos...: sí... no... qué sé yo...

Mishermanas me atosigan: «¿qué más quieres?» Mis cuñadas creen que me hatocado la lotería. Mi hermano es amigo de Carlitos, y se le figura quetengo una suerte loca. Si papá viviera... ¡ah!... él no vería más que micorazón, ¡pobre viejo!...; riquezas, estancias, apellido, todo estaba desobra si mi corazón no era feliz. Era un criollo a la antigua,romántico, bravo, generoso, altivo. ¡Sabía ser pobre. ¡Ay, Marianela, lagran miseria de nuestros días es no saber ser pobres!...

La muchacha rompió a llorar: «¡Si viviera mi viejo!...»

—¡Aquí estoy yo para sustituir a tu viejo! No llores, criatura. Noparece sino que se hubiera desplomado el cielo. Con decirle que no,estamos del otro lado.

—Sí, sí, eso es fácil decirlo. Pero... ¡viera usted cómo están todos encasa! Las tías de Carlitos han rodeado a mamá. No les cabe en la cabezaque su sobrino pueda ser calabaceado. Su amor propio sufriría...¡figúrese usted!... ¡con el orgullo que tienen!

Sería un campanazo entodo Buenos Aires. Además... esto es lo triste... parece que hay pormedio deudas, favores, pagarés, hipotecas... ¡qué sé yo!... Y, claro,con la boda todo se arreglaba.

—¡Naturalmente! Todo, menos lo tuyo.

—Pero, ¿no debo yo sacrificarme por todos?

—No, hijita; ¡eso nunca! Todo se arregla, deudas, hipotecas, pagarés,todo: lo que no tiene arreglo posible es un matrimonio sin amor, adisgusto.

—Y mucho menos aún queriendo a otro. ¡Esto es horrible!...

Inesita volvió a arrojarse en mis brazos, llorando a lágrima viva.

—¿Cómo? ¿qué dices? ¿quieres a otro?

—¡Con toda mi alma!...

—¿Le conozco yo?

—Sí. Es pariente cercano de usted; le ve usted todos los días...

—¿Mi cuñado?... ¿Raúl?

Por toda respuesta, la muchacha me echó los brazos al cuello. No seagarran los náufragos a su leño con mayor firmeza.

—¿Pero él?...