Crónicas de Marianela by Anonymous Author - HTML preview

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CRÓNICAS

DE

MARIANELA

1917.

INDICE

Pag.

Presentación en Sociedad

5

El matrimonio

7

El amor y su apariencia

15

El nó de las niñas

18

El Gancho

23

Las «Planchadoras»

29

La moda y el diablo

33

Los «Tramitadores»

39

Los afeites

45

Las paces

51

Crotalogia

57

Rosalía en «Los Carpinchos»

63

El arte de estar enferma

70

Las inquietudes de Petrona

75

Pequeña defensa de la murmuración

81

Los secretos

84

La desventura de Luisa

89

Desavenencia trascendental

93

Las reinas en la guerra

98

Frivolidad y tilinguismo

100

Inés y los cipreses

110

La fiesta hípica

115

Las angustias de mi protegida

120

La inutilidad de San Juan Bautista

126

Sin presidenta

132

La abuela del rey de los cipreses, o el orgullo ancestral 140

¡¡Desahuciado!!

148

La viuda de Esquilón va a Mar del Plata

154

ADVERTENCIA.

El

interés

que

han

despertado

las

amenas

crónicas

de

"Marianela"publicadas en la página femenina de "LA PRENSA" me ha inducido asolicitar del Director del gran diario, Don Ezequiel P. Paz, el permisopara editarlas.

La benevolencia gentil del señor Paz ha otorgado el consentimiento, yhoy aparecen los chispeantes artículos de la distinguida escritoracompilados en este elegante volumen. Notorio es el éxito creciente quehan logrado estas crónicas; aparte su mérito literario, puesto derelieve en un estilo fácil, terso y armonioso, contienen otra cualidadmás esencial aun, consistente en su sana orientación ética, en unacrítica, suavemente irónica, de nuestros hábitos y costumbres. Trátase,en fin, de un libro interesante, ameno instructivo, en el cual, a labelleza artística, se unen, en consorcio admirable, útiles normas deconducta, expuestas con delicado humorismo y singular gracejo narrativo.

Pedro L. Balza

(Editor)

PRESENTACIÓN EN SOCIEDAD

Su presentación en sociedad es el primer episodio interesante en la vidade la mujer.

Ha terminado la infancia, que acaso sea lo mejor de laexistencia. La trasformación de la niñez en pubertad trae también uncambio completo en la vida del espíritu.

La niña se ha convertido en señorita. Ya la muñeca ha quedadoabandonada. La mamá de la señorita, con dulce melancolía, la recoge y laguarda en un mueble tradicional. La señorita no hace caso de su muñeca:le parece un objeto antediluviano, pues aunque el tiempo pasado es poco,la trasformación es tanta que todo lo de ayer ha adquirido carácterremoto. Ya vendrá un día en que vuelva sus ojos, acaso tristes, acasollorosos, a la muñeca que alborozó sus horas infantiles. Pero ahora, no;ahora ha quedado relegada a completo olvido. Porque la señorita se hallatrémula de emoción.

Se va a presentar en sociedad; está por asomarse almundo. Y un tumulto de ideas, mejor dicho, de imaginaciones—porque,propiamente ideas sobre el mundo, no tiene aun la señorita—asaltan sumente en ligero torbellino, se agitan, bullen, vuelan y revuelan comomariposas en torno del foco luminoso.

¿Cómo será el mundo? He ahí la preocupación de la señorita. Pero estapreocupación está exenta de tristeza, de gravedad, de pesimismo. Porque,en realidad, no se pregunta: «¿cómo será el mundo?», interrogación hartofilosófica para sus años y su inexperiencia. Lo que ella se pregunta es:«¿cómo le pareceré yo al mundo?». Y a medida que se atavía y se adornay se embellece con los mil recursos que la moda inventa, piensa laseñorita, frente al espejo que refleja su figura de mujer en esbozo: «yocreo que le voy a parecer bonita al mundo». Y esta idea optimista,justificada desde luego, porque la señorita es linda, le produce unaalegría exultante, alborozada, llena de íntimo regocijo. En ese momentodel atavío, los detalles adquieren una importancia fundamental; elgracioso lunar, el rizo juguetón, todo aquello que constituye supersonalidad, su diferenciación de las demás señoritas que también sepresentan en sociedad, adquieren un relieve preponderante y definitivo.El lunarcillo y el ricito son invencibles; nada, nada, ¡invencibles!...

Una ligera inquietud invade el espíritu de mamá. Es necesario que lapresentación cause buen efecto. Está en ello comprometido el buen gustoy el tino educador de mamá. La señora ha leído a Carmen Sylva, la buenay discreta reina rumana, y repite a su hija estas palabras que puedenservir de norma en una presentación en sociedad:

«La tontería se colocasiempre en primera fila para ser vista; la inteligencia se coloca detráspara ver». Y luego agrega por cuenta propia: «discreción, hija mía,compostura, sosiego; mide lo que dices; más vale que peques porcortedad».

Papá también está un poco impresionado. Cree, como Terencio, que lasmujeres, igual que los niños, se corrigen con leves sentencias. Y apuntaalgunas apropiadas al caso. «La señorita silenciosa parece mejor que lalocuaz». El discreto señor hace algunas observaciones filosóficas sobrela coquetería. A su juicio la coquetería no tiene más fin que hacersubir las acciones de la belleza. Pero el prudente papá advierte que esnecesario tener sentido de la medida; no hacerlas subir demasiado,porque pueden caer de golpe una vez descubierto que se abusa del recursopara hacerlas subir.

Papá agrega otros razonamientos graves, discretos,oportunos. «No hay que ser criticona», dice. Y volviéndose a la esposa,agrega: «Según Schiller, la mujer tiene ojos de lince para ver losdefectos de las demás mujeres». Y luego agrega por cuenta propia: «Loshombres nos enteramos de los defectos de una dama por otra dama; peroadquirimos mala idea de quien nos suministra la información».

Ya la señorita está ataviada: un traje primoroso realza su figura:primor sobre primor. «Está elegantísima», observa la señora al esposo.«Sí, sí, dice éste, muy elegante, muy linda». Y recordando las palabrasde un pedagogo argentino agrega:

«Pero hay que ser también «paqueta» pordentro: que a la figura elegante no corresponda un espíritu deforme». Laseñora confía en que la niña será siempre muy buena. «Es nuestra hija»,termina. «Es verdad,—asiente el padre conmovido—; será buena, porquees nuestra hija».

Entre observaciones, besos y mimos, la señorita, llena de alegría y deilusiones, se dispone a presentarse en sociedad.

EL MATRIMONIO

Se ha dicho muchas veces que el matrimonio es la tumba del amor. Por esosin duda los diversos poetas que han cantado la vida de Don Juan nocasan nunca a su héroe. No han querido someter a prueba su capacidadamorosa ni la consistencia de su sentimiento.

Y es que Don Juan no es un verdadero enamorado. Balvo, un filósofomodesto, pero muy discreto, destruye con cuatro palabras todas lasapologías rimadas que se han hecho de Don Juan: «quien ama a muchas, noama mucho; quien ama a menudo, no ama largo tiempo; quien ama convariedad, no ama dignamente».

Entre los poetas y este modesto filósofo, la elección no es dudosa paranosotras. La consistencia del amor se prueba en el matrimonio; sólo unalarga convivencia nos demostrará si el corazón está bien puesto, enquicio permanente.

Por lo demás algo hay de cierto en eso de que el matrimonio es la tumbadel amor.

No en balde la frase goza de tanta difusión en el mundo. Peroes porque el amor, en su forma exaltada, sólo es, como dice Voltaire, uncañamazo dado por la naturaleza y bordado por la imaginación. Ahorabien: el cañamazo, la belleza física, no resiste la tiranía del tiempoque imprime las tristes huellas de la decadencia; y la imaginaciónbordadora también acaba por sosegarse y quedar sustituída por una dulcey reflexiva calma.

Entonces el amor no tiene más que una salvación: el cariño. Los poetas,que son los mayores perturbadores del mundo, siempre han desdeñado, porsubalterno, este sentimiento, que es mucho más fundamental y más sólidoque el amor. El amor es la llama; quizá no pase de una fogata fugaz; elcariño es el rescoldo hecho de la buena y diaria lumbre del hogar, de lamutua adhesión, del perdón mutuo, de la recíproca tolerancia, de loscomunes gozos y sufrimientos, de las alegrías conjuntas y de la fusiónde las lágrimas. El amor tiene un enemigo que le vence siempre: eltedio. El cariño no tiene enemigo que le venza, porque está apoyado enel sentimiento de convivencia. Vale más, mucho más, el calor delrescoldo que el de la fogata. Cuando la fogata no se convierte enrescoldo, sólo quedan de ella frías cenizas. Brasa y no pavesa ha de serlo que quede de la juvenil exaltación espiritual y del ardor de lossentidos. «¡Te amo!». Es una frase de novela, excesiva, afectada. «Tequiero», es una frase más sencilla, más grave, más profunda y máshumana. «¡Te amo!», dice Don Juan, que nunca fué un hombre honrado. «Tequiero», dice el hombre de bien, que seguramente cumple lo que dice.

Saber convivir... He ahí el secreto del buen matrimonio. Dar normasfijas es imposible, puesto que hay tanta variedad de caracteres y decircunstancias cuantas parejas constituyen la organización monogámicadel mundo.

Desde luego la cualidad esencial de la mujer es la dulzura. La palabrasuave quebranta la ira. Una mujer colérica es el mayor tormento de unhogar. A mí, personalmente, me produce la impresión de un canariohidrófobo; algo, en fin, absurdo y horrible. Cuéntase que uno de lossiete sabios de Grecia (Solón, Bías, Tales, Anacarsis, Pitaco, Quilón,Periandro, no se sabe cuál; lo mismo da, cualquiera....) tenía undiscípulo que estaba enamorado. El novio, lleno de entusiasmo, referíaal maestro las cualidades de su futura. «Es hermosa como el lucero de lamañana»—decía el joven. El filósofo escribía: «cero».—«Es rica, comola heredera de Creso»—añadía el doncel. El genio griego volvía aescribir: «cero». (La dote, pensaría probablemente el filósofo, es lagran virtud de los padres). El enamorado agregó: «Es inteligente». Y

elgran hombre puso otra vez: «cero».—«Es noble»—«Cero».—«Tiene muybuena parentela».—«Cero».—«Buena educación».—«Cero». El enamoradomiraba atónito a su querido maestro. Por último le dijo: «tiene uncarácter dulce». Y entonces el sabio heleno, el más sabio de los sietesabios, estampó la unidad a la izquierda de todos los ceros que habíaido poniendo, para demostrar que sólo así adquirían valor las demáscualidades.

Todo es grato al lado de una mujer dulce: todo es amargo al lado de unairascible.

Seductora es la belleza, atrayentes la espiritualidad y eldonaire; pero es la dulzura la que más retiene al hombre. Y la felicidaddel matrimonio está en retenerse mutuamente. Palabras suaves, conceptosdelicados, ademanes tranquilos forman el mayor encanto de la mujer.Madame Neker, cuyo ingenio lució tanto en los salones de Versalles, enlos momentos precursores de la Revolución, cuando todas las pasionesestaban a punto de estallar, solía decir a sus amigas que las palabrasofenden más que las acciones, el tono más que las palabras y el aire másque el tono. La esposa del famoso hacendista hubiera podido dictar unacátedra de psicología conyugal.

Dulzura, suavidad, amigas mías. Loshombres rompen los eslabones de una cadena de hierro; en cambio hallanagradable la atadura si ella está formada por tenues hilos de seda. Seannuestras palabras como nuestros brazos en las horas de deliquio:suaves, blandas, dóciles. Yo, como mujer, gusto mucho de oir hablar alos maridos de sus respectivas esposas. Y he observado que cuandoelogian el ingenio, la gracia, la belleza, la elegancia o cualquier otracualidad física o moral, lo hacen sin mayor calor.

En cambio, cuandodicen: «mi mujer es una pastaflora», dan a su expresión un tono deíntima ternura que revela cuánto impresiona a su espíritu esta cualidadfemenina.

La popular frase transcripta encierra las principales virtudes de lamujer: la bondad, la resignación, el avenimiento a todas lascircunstancias, la tolerancia, la encantadora docilidad.

Defecto grave en la mujer es tener un espíritu contradictor, unavoluntad terne, un carácter terco. A la mujer no debe costarle ceder. Latestarudez es buena y honrosa en los generales que defienden un fortín.Para la mujer, ceder es conseguir—siempre que el marido sea tierno,delicado y comprensivo. Jamás la mujer—y esto es importantísimo—debeherir al marido en aquello en que cifra su amor propio. Téngase encuenta que el amor propio es más fuerte que el amor; como que muchasveces se ama por amor propio, más aun que por amor a la persona amada.Cuidado, pues, mucho cuidado con herir el amor propio del marido. Yo (yperdonen mis amigas que me ponga como ejemplo; lo haré pocas veces)estoy casada con un estanciero, hombre bonísimo, inteligente, gentil,cordial, que me quiere tanto, tanto... como yo a él, lo que equivale abuscar términos de comparación con lo infinito. Pues bien, mi marido esaficionado a la historia natural y presume de conocer como nadie (yconoce, yo lo afirmo, porque le quiero mucho, y esta es una razóndefinitiva) la fauna argentina y muy especialmente—aquí está su amorpropio—las aves noctívagas que vuelan por nuestros campos al morir eldía. Paseando a esa hora por la estancia, ha confundido alguna vez elcarancho con la lechuza; porque mi marido nunca tuvo buena vista,excepto cuando me eligió a mí. Bueno; pues yo nunca le contradigo,porque, además de herir su amor propio de entendido en aves noctívagas,le molestaría mi advertencia, significándole que tiene malos ojos, y lostiene hermosísimos, aunque ven poco. ¿Para qué contradecirle? ¿Para quéherir su amor propio de naturalista? ¿Para qué recordarle que no vebien? ¿Qué más da que aquello que voló sea lechuza o sea carancho o seachimango? La cuestión es que él sea feliz creyéndose un excelentenaturalista, dotado de buenos ojos. Y si es feliz con mi asentimiento,¿por qué negárselo? Alguna vez él mismo sale de su error, y entonces,enternecido, paga con un beso mudo la intención de mi aquiescencia. Yeste beso de mi marido vale más, mucho más que toda la fauna, incluso lahumana, que puebla la tierra.

He contado esta nimiedad tan íntima, tan personal, a guisa de ejemplo,para demostrar que no debe mantenerse contradicción en cosas sinimportancia. (Y no quiere esto decir que las aves noctívagas carezcan deinterés; lo tienen, y muy grande, desde que le interesan a mi marido).Una herida de amor propio tarda mucho en curarse; quizá no cicatrizabien nunca. Queda siempre un sordo resentimiento. Y el resentimiento—lamisma palabra lo dice—es el sentimiento más terne, más perenne, de mástriste duración.

La incompatibilidad de caracteres es lo más deplorables de la vidaconyugal. Y suele nacer de nimiedades, de intolerancias, de tozudecesinsustanciales. Una mujer díscola es inaguantable. Hay que ser como lacera, dócil al moldeo, que al fin el moldeador suele adquirir elcarácter de lo moldeado. La vida es breve, y pasarla en disputaconstante equivale a cambiar la felicidad relativa por un potro detormento. Y

nada resuelve el divorcio; porque, como ha dicho unfilósofo—claro que un filósofo feminista—el divorcio es la disoluciónde una sociedad en que la mujer ha puesto su capital y el hombresolamente el usufructo. ¿Y adónde va una sin capital? No hay que perderel socio, sino avenirse con él, aunque la sociedad luche con algunostropiezos.

Allanémoslos, en vez de aumentarlos; que al quitar losnuestros, también él—si no es una mala persona—quitará los suyos,despejando así el camino de la dicha. Vivir es ya un milagro; no dependede nuestra voluntad, sino de la Providencia. Saber vivir depende denosotros mismos. No malogremos el don de la vida que Dios quisootorgarnos.

De las condiciones del hombre en el matrimonio no me atrevo a hablar.Siento invencible timidez para tocar este punto, asaz complejo ydifícil. Los místicos, los santos, que todos fueron solteros, aceptandotodas las cruces, menos la del matrimonio—con lo cual su santidaddesmerece un poco por falta de sometimiento a prueba completa—decíanque al matrimonio, como a la muerte, es difícil llegar bien preparados.No se enojarán los hombres, si apoyándonos en el testimonio de lossantos, decimos que la mujer llega al matrimonio en condicionesespirituales superiores. Y así debe ser, porque para el hombre elmatrimonio es un accidente, mientras que para la mujer es el hechofundamental de su vida.

A pesar de mi temor para hablar de esta materia, me atrevo a insinuarque entre los hombres dedicados a la vida intelectual, los mejordispuestos para el matrimonio son los políticos. El literato, el mismofilósofo, el pintor, el músico, los artistas, en general, sonpeligrosos, porque su arte y su filosofía están siempre en primertérmino, antes que la mujer. Además, son un poco raros y no pocoarbitrarios. Y entre los políticos se debe preferir, no a los dogmáticosempecinados, no a los caudillos exaltados, ni a los oradores famosos,que son también, como los artistas, un poco peligrosos, sino a los quetienen aptitudes gobernantes. La razón estriba en que, siendo elgobierno del Estado una serie de concesiones, llegan bien dispuestos almatrimonio, que es igualmente otra serie de concesiones.

Termino. Me he extendido demasiado. Pero téngase en cuenta que lacuestión es ardua y llena todas las bibliotecas del universo, sin que sehaya resuelto satisfactoriamente. Sólo insistiré, para concluir, en queel cariño vale más que el amor, porque es más sostenible, más durable,más permanente. Lope de Vega, voto de calidad, pues fué un Don Juanefectivo, lleno de devaneos y tormentosas pasiones, nos dice en unosversos de su comedia «El mayor imposible», estas palabras razonablessobre la exaltación amorosa:

«Que muchos que se han casado

Forzados de un amor loco,

Suelen después hallar poco,

De lo mucho que han pensado.»

¡Cariño, cariño, dulcísimo y solidísimo sentimiento! En tí reside ladicha duradera.

El cariño surge de convivir. El amor nace de no haberconvivido. Reflexionad sobre esto, amigas mías...

EL AMOR Y SU APARIENCIA

¿Cuál es en la mujer la verdadera edad del amor? Puntualicemos con másprecisión, pues la pregunta formulada es un poco vaga: ¿en qué edad sehalla la mujer en mejor disposición espiritual para enamorarse y, enconsecuencia, para unirse a un hombre, segura de que su sentimiento esfirme, permanente, fijo, como la estrella polar?

Un personaje novelesco de Anatole France (creo que es el bondadosofilósofo señor Bergeret) dice que el amor es como la devoció; llega unpoco tarde: «no se es amorosa ni devota a los 20 años».

La observación es exacta. El amor, en realidad, es un fanatismo, una delas tantas formas de la exaltación fanática. Ahora bien: parafanatizarse es necesario que el espíritu esté formado y que nuestrasideas estén muy hechas, muy elaboradas. Ni el tierno doncel, como sidijéramos el cadete, ni la señorita, la niña, que acaba de asomarse almundo, tienen la aptitud del fanatismo. Es un error creer que los años yla experiencia evitan que nos fanaticemos. Ocurre, precisamente todo locontrario. La experiencia y los años nos aferran a determinadas ideas ydan consistencia definitiva a ciertos sentimientos.

Pero dejemos los demás fanatismos para ocuparnos del fanatismo amoroso,de ese sentimiento de exaltada firmeza, de perennidad indestructible,que nos lleva a entregar a otro corazón el reinado sobre el nuestro.¿Cuándo se produce de modo integral, con las potencias todas de nuestroquerer, con la embriaguez absoluta de nuestro espíritu, esta adoración,en que, usando la pompa verbal de Víctor Hugo, «el amor es laconcentración de todo el universo en un solo ser y la dilatación de estesolo ser hasta Dios»?

Porque es menester no confundir el amor con su apariencia. Al saltar dela niñez a la pubertad, le ocurre a la mujer lo que a la mariposa alsalir de su estado de crisálida.

Sus primeros vuelos son inciertos,aturdidos, inseguros. Las alas son tiernas, débiles, y no han adquiridoaún el sentido de orientación. Y lo mismo para volar que para amar esrequisito indispensable cierto grado de robustez en las alas.

El origen de nuestras desventuras en la vida está en que la sensibilidades más precoz que el entendimiento. Lo que más falta nos hace esprecisamente lo último en formarse. La mente es impotente para regir laconfusión tumultuaria de nuestras primeras emociones en su incierto yatorbellinado vuelo. Y así venimos a ser juguetes, como barquichuelo singobierno, del oleaje de nuestras sensaciones. El naufragar o arribar abuen puerto depende entonces, no de la seguridad de nuestra brújula,sino del hado favorable o adverso, independiente de nuestra voluntad yde nuestra orientación reflexiva.

A los diez y ocho o veinte años la mujer se impresiona fácilmente. Peroesta impresión suele ser fugaz, versátil, inconsciente. El error está entomarla por definitiva, esclavizándose a una emoción pasajera. Elacierto electivo en este caso está librado al azar, a que la casualidadhaya determinado que ésta primera emoción nos haya sido provocada porpersona que realmente lo merezca. Y la elección de marido, como laelección de esposa, no debe ser una lotería. «Saqué novio de tal baile»es una frase corriente entre las muchachas. No, no; no hay que sacarseel novio de una vuelta de vals, sino de muchas vueltas delentendimiento; que el discurrir bien no excluye el sentir profundamente.Son los poetas los que han dicho que el órgano del amor es el corazón.Pero los poetas han llenado el mundo de bellas mentiras, sonorasmetáforas, falsas imágenes y seductoras demencias. El origen del amor yde todas nuestras emociones está en la mente. Ella es el divino crisolen que se fraguan todas las formas de nuestro sentir. El corazón es comola rueda catalina de un reloj, que no tiene, por sí, conciencia de supropio movimiento. De la idea, de nuestra representación mental sobreotra persona, surgen la adhesión y el amor hacia ella. Entonces esimportantísimo que esta idea, punto de arranque de la emoción, seaacertada, no ligera ni superficial; pues sobre pobres, falsos o frágilescimientos, mal se sostendrán las torres y chapiteles de nuestrosensueños.

La elección debe fundarse en múltiples y atentas observaciones delsujeto, en el análisis de sus prendas morales, en la índole de sucarácter, en lo que es ahora (punto de relativa importancia), y en loque puede ser luego (asunto de capitalísima trascendencia). Elsentimiento amoroso asciende y desciende con el conocimiento.

Imaginarno es lo mismo que conocer, y el amor suele confundir estos dos valoresmentales. Con la imaginación creamos sujetos propios, modelos que nadatienen que ver con la realidad ya creada. «Mi tipo» suele diferir deltipo, que tiene su propia alma, su carácter propio y sus propias mañas;alma, mañas y carácter que no corresponden al bello sujeto fraguado pornuestra fantasía en complicidad con los errores de percepción denuestros sentidos. No quiere esto decir que el amor ha de estar exentode imaginación y de fantasía. Una criatura sin imaginación es como unatierra sin sol. Pero siempre conviene que la imaginación inicie su vuelodesde la cúspide del conocimiento y no desde los abismos de laignorancia. Las alas parten más raudas y seguras a hender los espacioscuanto más alta y sólida sea la atalaya de observación desde la cual selanzan a volar.

A la edad de diez y ocho o veinte años la mujer carece de aptitudesanalíticas y de observación. El mundo es para ella una maravilladeslumbrante, en cuya presencia el optimismo toma formas de ceguera. Yel amor tiene mayores garantías de éxito cuando emplea los cien ojos deArgos que cuando elige cubierto con la venda de Cupido. El amigo Cupidoy su venda constituyen un símbolo que no resiste el menor análisis.

Lossímbolos de los griegos, siempre graciosos, no siempre son razonables.

Bella es en el cielo la hora del alba. Bellísima es en el alma la auroradel amor. Pero la hora de la poesía fascinadora no es la hora en que seve con mayor claridad. Según el adagio vulgar, de noche todos los gatosson pardos. Entre dos luces todos los gatos son azules, que es el colorde la ilusión. Acriollando el adagio, bueno será añadir que convienehuir de los «gatos» a toda hora, de noche, de día y entre dos luces.

La mujer, al empezar a vivir, al iniciarse en la sociedad, más queenamorarse, lo que desea es enamorar. La mayor ambición de una señoritaconsiste en inspirar amor. No se resigna a pasar inadvertida. De ahí quetrate más de ser ella interesante que de ver quién podría serinteresante para ella. He ahí un egoísmo que, profundamente analizado,resulta una generosidad. Pero este punto exigiría, para ser bienexplicado, un tomo de psicología femenina.

Una mujer sólo a los 25 años se halla en aptitud mental y espiritualpara elegir o aceptar esposo—porque no siempre se puede elegir. Sólodespués de diez años de frecuentar salones y alternar en el mundo seadquiere cierta experiencia para resolver el gran problema con algunaprobabilidad de acierto. Antes de esa edad corremos el riesgo dedejarnos llevar de impresiones fugaces y transitorias. A los 25 añosnuestro espíritu ha logrado ya cierto grado de serenidad y nuestrossentidos una dulce calma que no conturba nuestros juicios. Antes, todoes emoción indisciplinada, torbellino de sensaciones, exaltación sinfundamento, inconsciencia, capricho, delirio. El discernimiento sólo sealcanza con los años. Y aun es problemático, pues según un ironistafrancés «la mujer sólo se equivoca cuando reflexiona». La frase, aguda yligera, no convencerá a ninguna de mis lectoras. Podríamos devolverla alironista diciendo: «los hombres sólo aciertan cuando se enloquecen».

Así, pues, amigas mías, antes de casarse conviene haber bailado mucho,haber conversado mucho y haber «flirteado» algo—no mucho,—haciendotodo esto con espíritu observador e informativo, con intención fiscal, afin de descubrir en los sujetos aquellas cualidades, dones y tendenciasque más se aproximen a nuestro ideal. Al matrimonio se debe llegar conel sujeto ya bien conocido; no con una máscara.

Asimismo, nunca escompleto este conocimiento, ya que el matrimonio no es, en el fondo,sino un lento y contínuo desenmascaramiento que sólo se hace total conel último abrazo en la hora de la muerte.

Conviene también llegar al matrimonio con una ligera fatiga del mundo yde sus pompas y vanidades. Así encontraremos el hogar propio másagradable que los salones y las tertulias. Fidias, que además de unescultor excelso, era un espíritu filosófico, hizo una vez la estatua deVenus sobre una tortuga, queriendo indicar a las mujeres de su puebloque debían ser lentas para salir de casa. No proclamo con esto elcenobio, el enclaustramiento; pero sí cierto recogimiento que sólo seacepta con gusto cuando conocemos bien la sociedad y todo el tejido demenudas pasiones que en ella bullen y se agitan.

Yo me casé a los 25 años. Antes de conocer a mi marido, aficionado, comosabéis, a la historia natural y, particularmente, a la especialidad delas aves noctívagas pamperas, experimenté muchas impresiones en nuestrogran mundo. Varias veces sentí un principio de amor, un interésrepentino, una relampagueante emoción; pero luego aplicaba serenamentemi juicio a los fundamentos de toda pasión incipiente, hasta que lograbadisiparla. Es axiomático que las mujeres desconfían de los hombres engeneral y confían en ellos en particular. Esto es un poco inexplicable,pero es así. Yo procuré siempre hacer lo contrario. A cada casoparticular apliqué una saludable desconfianza.

Por último me enamoré deveras, con la reflexión y con el sentimiento. La reflexión me decía quemi naturalista era bueno, leal, culto, tierno, muy hombre además paraluchar en la vida. Y a compás de estas ideas el sentimiento se encendíaen amor.

Pero antes de decir «sí» bailamos mucho, conversamos mucho, yyo, por mi parte, traté de verle el alma a la luz de un constanteanálisis. Y cuando vi que era buena y alta y digna y hermosa le di elmás absoluto imperio sobre la mía. Sobre mi persona tenía él también suconcepto. Y ahora y por siempre mi amor me lleva a ser como él meimagina, que es el amor perfecto. Y siendo como él quiere, soy como yoquiero, y cuanto más le gusto más me gusto.

Y así el esquife de nuestro amor marcha por el piélago de la vida,seguro de que nunca zozobrará...

EL NO DE LAS NIÑAS

Facilísimo es dar el «sí»—«el sí de las niñas»—como reza el título dela ingenua y cursililla comedia de Moratín, que hizo las delicias denuestras abuelas. El «sí», a una proposición de matrimonio, cuando elproponente nos agrada, brota espontáneo, casi sin palabras; lo damos conlos ojos, con el movimiento balbuciente de nuestros labios, oprimiendocon el nuestro el brazo del cual vamos asidas en el baile. Esta últimaactitud, oprimir el brazo, asirnos a él, suele ser la más corriente comoreveladora de nuestro gozoso asentimiento. La que para dar el «sí»emplea mucha retórica, muchos requilorios, circunloquios y rodeos,mucha charla alambicada y sutil, es que en realidad no estáverdaderamente enamorada. Acepta por causas ajenas al amor; porque esbuen partido, porque quiere emparentar bien, etc., etc. El amor, comotoda pasión vehemente—y es el amor la más vehemente de todas—esconciso en su expresión, monosilábico, casi mudo. La palabra muere en elnudo que la emoción forma en la garganta. Todas esas escenas de comedia,en prosa y verso; todas las páginas amorosas de las novelas, en quesalen a relucir las flores, los arroyuelos, las estrellas, la luna, losángeles y los serafines, todo, absolutamente todo eso, es mentira,completamente mentira. El amor, el verdadero amor, no halla palabras, noencuentra léxico para expresarse. Por eso el baile es su mejor auxiliar,pues el abrazo—el abrazo danzando, perfectamente admitido—nos ahorrael estudio del diccionario para dar con los términos académicosapropiados al caso. El concurso, la gente de un salón, que ve bailar, noadvierte que cierta pareja abrazada y danzante da a su abrazo, en unmomento determinado, un sentido trascendental, de unidad de vidas, defusión de espíritus, de enlace de corazones. Yo dí el «sí» así,bailando; pero lo dí sin palabras. De pronto, preguntó él: «Bueno,¿y?...» porque él también, como buen enamorado, era monosilábico, casimudo. Mi respuesta fué oprimirle el brazo, latir como nunca he latido ymostrarle mis ojos húmedos. Y el hombre arrancó a valsar con tal furiaque parecía movido por todo el carbón que emplea ahora la escuadrainglesa en el bloqueo. Nos asimos un poco más, porque el baile loexigía. Bueno, amigas mías, entonces supe que es posible no morirse defelicidad. ¡ Ay, Dios mío, qué recuerdos!...

Quedamos, pues, en que dar el «sí» es facilísimo; sale solo; se revelaen la emoción que nos embarga; por muy quedo que se diga, lo expresa muyalto el estado de nuestro ánimo. Lo difícil, lo árduo, es decir «no»,negarse a la relación solicitada. En esta ocasión es cuando ha derevelarse la educación de la mujer, su finura espiritual, los recursosde su ingenio.

El «no» de las niñas requiere, no una comedia como el «sí» de las niñas,sino todo un tratado de psicología femenina. Pero hemos de contraernos aun ligero prontuario sobre la materia. Generalmente, la mujer llega aldifícil trance de tener que decir «no»

por culpa de ella misma. Porquees ella la que alienta las primeras insinuaciones del hombre, aunque sucorazón no esté interesado; unas veces por demostrar a las demás quetiene pretendiente; otras veces por dar celos con el incauto al queverdaderamente ella quiere; no pocas veces también por divertirse, porcoquetería, o por curiosidad. El amor propio adopta muchas veces eldisfraz del amor por pura satisfacción de orgullo.

Y esto lleva a muchasseñoritas a admitir y hasta a estimular las insinuaciones del hombre,que toma por sentimiento real los fingimientos de que es víctima enforma de sonrisas prometedoras, de miradas simulando aquiescencia, degestos y signos, en fin, que expresan lo contrario del verdaderopropósito. Este juego es peligroso y, desde luego, condenable. Cuando unhombre inteligente aventura una declaración es porque le anima a ello elpresentimiento de que será aceptado, presentimiento fundado en ciertosindicios de que es persona grata, como se dice en términos dediplomacia.

Sugerir este presentimiento a un hombre, inducirle en esteerror, significa en la mujer sentimientos aviesos, una travesura de malgusto, pues no se debe jugar con el corazón ni con las ilusiones deningún hombre, cuyo porvenir espiritual, en el resto de su vida, acasodependa de esta burla de la mujer. Porque deplorable es para un hombreque ama profundamente no verse amado por aquella a quien ama. Pero aunes mucho peor hacer escarnio de su afecto, induciéndole en el error deser amado sin serlo; pues, en este caso la herida es doble, en el amor yen el amor propio. Y las heridas de amor propio son aún más difíciles decurar que las heridas de amor. El hombre que nos insinúa su afecto, quecifra la razón de su vida en la correspondencia de nuestro corazón alsuyo, merece por ello mismo nuestra atenta simpatía, pues siempre esconmovedor para una mujer producir en un hombre esta exaltaciónsentimental. Si no nos gusta o no nos conviene—desde luego no nosconviene si no nos gusta—

debemos hacérselo notar desde el principio conpalabras cordiales y cariñosas con cultura exquisita, sin deprimirle enforma alguna, poniendo disculpas que lo eleven a sus propios ojos ymezclando así la desesperanza o desengaño con el consuelo.

Probablementeesta conducta de la mujer, por lo mismo que es una conducta noble,bondadosa, espiritual, exaltará más el amor del hombre, le hará másprofundo y entrañable, desolará más su alma; pero no tendrá derecho asentirse herido en su amor propio con burlas imperdonables. Jamás, enfin, se debe alentar una pasión que no se tiene el propósito decorresponder. De todas las coqueterías ésta es la más condenable, porqueimplica la intención de hacer sufrir, empeño que delata poca reflexión yuna torcida contextura ingénita de nuestro espíritu.

Ya se ve, pues, cómo el «no» es más difícil que el «sí» de las niñas. Yesta dificultad aumenta, según va dicho, cuando con nuestra frivolidad ynuestras vanidades hemos inducido en error al pretendiente. En tal caso,el trance, desagradable siempre, de decir

«no» claramente ha sidobuscado por nosotras mismas. En realidad es una conducta que tiene algode engaño, ya que condujimos nuestro trato con él en forma que supusierauna posibilidad de aceptación, con la reserva mental de una negativa alplantearnos la petición de mano. Lo noble, lo generoso, lo leal, esatajar discretamente desde el comienzo las insinuaciones, a fin de quenunca pueda creerse engañado en sus observaciones respecto al estadoefectivo de nuestro espíritu y de nuestra voluntad.

Pero la especie masculina es muy variada. Hay hombres un poco cegatos enmateria de psicología femenina, para los cuales no basta que la mujerrehuya con discreción sus insinuaciones. Su falta de percepción esdisculpable y justifica el empecinamiento.

En este caso se impone el«no» desde el primer instante, pues al que no entiende de razones conlos ojos, necesario es hacer que las entienda por medio de los oídos.Siempre, claro está, usando palabras corteses; nada de desaires, nada deenojos, nada de sentirse molestada por la pertinacia, pues el ciego noes responsable de no ver, y hasta merece simpatía cuando observamos quela causa de su ceguera está en que el foco del corazón le ofusca lavista de los ojos. ¿No merece un poco de piedad un ciego tan sublime?Hay otros que llamaremos «intrépidos», muy expeditivos en susprocedimientos, que quieren llevar las cosas a paso de carga, hombresimpacientes, exaltados, audaces, de sensibilidad tormentosa y hastahuracanada. El «no» a un hombre así ha de ser gradual, no repentino, nobrusco, pues nuestra negativa seca y rápida pudiera llevarlo a laexasperación y hasta ser causa del encarecimiento del plomo troquelado.Existe el hombre que presume de irresistible, el que tiene de sí mismoun concepto tan optimista que no admite haya mujer que renuncie a lagloria de unirse a él. La vanidad es un lente que aumenta las cosas máspequeñas. Con éste conviene envolver el «no» en un ligero «titeo»educador. Se le hace con ello un servicio, induciéndole a moderar elconcepto fantástico fraguado por su insensatez.

Hay el hombre que se lasda de zahorí, de sagaz y penetrante para descubrir los sentimientos dela mujer. Suele, en su presunción de psicólogo, hacer análisis que noestán en la persona analizada, sino en él mismo. Ha leído algunasnovelas modernas, probablemente de Bourget, que se ha ocupado mucho depsicología femenina, con sutilezas generalmente exentas de verdad y desencillez. Con este pretendiente, que es un vanidoso cerebral, se debeemplear un «no» oscuro, nebuloso, para aumentar el mar de sus propiasconfusiones. Detesto los noveleros, los hombres que carecen denaturalidad. Son, además, peligrosos, porque siempre andan a caza decomplejidades sentimentales. Hay el hombre que cifra todo su éxito en elapellido heredado y cree que su nombre procérico basta para lograr lamás apetecible conquista. Con éste el

«no» tiene que ser histórico. Lamujer debe decirle, siempre de una manera muy fina, que hubierapreferido a su antepasado. Los hombres que valen no son los que heredanun apellido histórico, sino los que, llevando uno desconocido, logranmeterle en la historia.

¿Para qué seguir presentando más casos? La variedad es tan grande que noacabaríamos nunca. Baste decir que cada uno de ellos requiere unanegativa especial, ajustada a las circunstancias y al tipo moral yespiritual del pretendiente. Y

con esto queda demostrado que el «no» esmucho más difícil que el «sí» de las niñas...

EL GANCHO

Son muchas las personas aficionadas a intervenir en el arreglo ycombinación de las bodas. En lenguaje clásico se les llama casamenterasy han servido muchas veces de tópico a la musa irónica de los escritoresfestivos. Este entrometimiento tiene también un calificativo popular:«hacer el gancho» o «servir de gancho» para que una pareja determinadaconcierte su unión. Por regla general es más frecuente la tendenciacasamentera entre las señoras que entre los hombres. Este género deintervenciones se aviene mejor con el espíritu de la mujer. El hombresiente siempre cierto reparo, cierto rubor, en mezclarse en estasnegociaciones que requieren las delicadezas y sutiles arbitrios de lasdamas. Al hombre le parecen, en fin, afeminadas estas gestiones, y aúncuando él mismo las necesite alguna vez, preferirá recurrir al auxiliode una dama antes que al apoyo de otro hombre.

Han existido y existen, sin embargo, hombres casamenteros que lograronpor ello la cúspide de la gloria y de la proceridad. Hay «ganchos» quehan pasado a la historia. En todas las bodas reales ha intervenido el«gancho» diplomático. Los cancilleres de las cortes europeas hicieron,en el transcurso de los siglos, «ganchos» memorables.

Metternich yTalleyrand, por ejemplo, debieron sus mejores éxitos políticos a estegénero de tramitaciones, manteniendo el equilibrio continental, en unoscasos, y concertando la paz, en otros, por medio de su «gancho» paraunir princesas y reyes.

Las muchedumbres dejaron de matarse y colgaronlas armas gracias a la feliz gestión casamentera de un canciller, queresolvió una vasta y pavorosa tragedia tramando una boda oportuna queacabó con el rencor de dos monarquías y de sus leales súbditos.

Estos«ganchos» trascendentales merecieron la admiración y el aplauso de lospueblos, que siguen venerando la memoria de aquellos insignesdiplomáticos.

El «gancho», tiene, pues, glorioso abolengo histórico, y no debedesdeñarse mi entrometimiento que ocupa tantas y tan sublimes páginas enlos anales de la humanidad.

Pero descendiendo de la historia a la vida corriente, mortal y vulgar,discurramos un poco, aunque sea muy someramente, sobre la intromisióncasamentera. Bien está ella cuando se pide, cuando, a fin de allanaralgunos obstáculos, se solicita el patrocinio de una dama para que venzalas resistencias que se oponen al anhelo del pretendiente. El aunar lasvoluntades familiares, cuando ya los novios están de acuerdo, es obrabuena y simpática, pues tiende a proteger un amor concertado.

Pero la verdadera casamentera no es la que ejerce este género degestiones pedidas, sino aquella que, sin pedírselo nadie, se pone aconcertar bodas y a tramar enlaces, usurpando su papel al azar o a losdesignios providenciales que rigen el nacimiento del amor en nuestroespíritu. Porque el amor, como el rayo, surge de una manera instantáneay fulminante, cuando menos lo pensamos. En esta rapidez y en este fulgorde relámpago estriba precisamente el peligro por lo que toca a laduración, pues es difícil mantener la vida en tan fulmínea tensiónespiritual. Por esto en otra crónica hemos defendido las ventajas delrescoldo sobre la llama, o sea del cariño sobre el amor.

La psicología de la casamentera es, en el fondo, sencilla. Su norma esla bondad. La idea de la felicidad ajena guía su intervención. Lacasamentera armoniza a su gusto cualidades, tendencias, fortunas,representación social, etc. «A Fulano le conviene Fulana». «A Fulana leconviene Fulano». Ella, la casamentera, concierta lo que podríamosllamar condiciones externas Combina matrimonios en frío, como unmatemático resuelve una ecuación. No tiene en cuenta el estadoespiritual de los seres que trata de unir, si hay o no correspondenciaentre sus almas, si existe o no existe afinidad, si los corazones latena compás y hay entre ellos mutua resonancia. El amor, en una palabra,nunca es tenido en cuenta por la casamentera. A su juicio, siendoarmónicas las circunstancias—armónicas a su parecer—el amor tiene queproducirse. Todo el error de la casamentera deriva de creer que el amorsurge de la conveniencia y no al contrario, la conveniencia del amor,porque, donde no hay amor, todo es inconveniente.

Generalmente la casamentera no ha tenido grandes pasiones. Ignora lastormentas del corazón. Las solteronas muy metidas en años, cuya juventudno conoció el ardiente sabor de la vida, y las viudas que no quisieronmucho a sus maridos, que se casaron por conveniencia, suelen ser las másinclinadas a ejercer de casamenteras. Como no han usado su corazón,desconocen en los demás la onda emocional que constituye la base de todarelación amorosa.

Las casamenteras ponen mucho empeño y mucha tenacidad en sus empresas.Se parecen en esto al diplomático que realiza un conciertointernacional. Aconsejan, señalan las ventajas de la unión, presentanlas dichas futuras, un porvenir venturoso; hacen grandes apologías de éla ella y de ella a él, atribuyendo a una y otro virtudes sin cuento.Comprometido

su

amor

propio,

la

casamentera

incurre

en

exageracionesgraciosas. Los ángeles son inferiores a la pareja que trata de unir. Yse sorprende de que sus razonamientos no convenzan. No sabe que enmateria de amor, como ha dicho un glorioso padre de la Iglesia, elcorazón tiene sus razones que no conoce la razón.

La elección de consorte es el acto más íntimo, más importante, mástrascendental de nuestra vida. Debe ser también, por lo tanto, el másautónomo, el más libre, el más exento de toda ajena influencia. No hayerror en una elección a gusto. Toda persona es feliz por tener lo que leagrada, no por tener lo que los demás creen que es agradable.

Lafelicidad está en la libre elección, en unirnos al ser que laProvidencia pone en nuestro camino para que encienda en amor nuestroespíritu y colme nuestras esperanzas. Lo razonable en amor es el ensueñopropio y no las lógicas combinaciones de una casamentera.

Lo primero que se debe considerar en todo consejo es la posición dequien lo da. Un consejo no es eficaz ni sirve para nada si la personaque lo ofrece no se coloca en las circunstancias de aquella otra que hade recibirlo. La casamentera nunca se percata de esta condiciónindispensable en todo consejo. Y aun asimismo, aun colocándose en estascircunstancias, es difícil el acierto, pues como dice Byron «rara vezsucede que de un buen consejo resulte algo bueno».

En materia de amor lo principal es el amor, verdad harto inocente quesólo desconoce la casamentera. Todo lo demás es circunstancial yaccesorio. Fortuna, belleza, equivalencia de posición social, todo esinútil si falta lo esencial, la reciprocidad de un intenso afecto, laafinidad de las almas, la adhesión recíproca de los corazones.

Pocas veces la casamentera opera sola, sino en combinación con otras,aficionadas como ella a tramar enlaces y noviazgos. Para hacer el«gancho» recurren a mil arbitrios delicados, procurando que la pareja sehable y se trate, encontrándose de una manera «casual» en todas partes.De estos encuentros nace a veces un principio de simpatía, que lascasamenteras fomentan con elogios hiperbólicos de la futura al futuro yviceversa. Y justo es reconocer que algunas veces salen buenosmatrimonios de estas gestiones de las casamenteras. Pero también esverdad que tales enlaces sólo pueden concertarse entre contrayentes queno tengan un gusto muy personal y definido, una individualidadespiritual muy pronunciada, un concepto propio de la vida.

Lascasamenteras, en fin, sólo pueden lograr su objeto con personas devoluntad blanda, mente vacía y espíritu sugestionable. Tales personas nosuelen ser las más desgraciadas; pues si bien la mente lúcida y elespíritu rico en sensibilidad producen muchos goces, también acarreanestas condiciones grandes tormentos y agobiadoras melancolías. Lamediocridad goza siempre el género de dicha que impera en el Limbo.

No es fácil hacer con discreción el «gancho». En realidad lacasamentera, como el poeta, nace, no se hace. Los procedimientos sonvariadísimos, según las personas que se trate de unir, el medio social ylas circunstancias que las rodean. Empieza la casamentera porconvertirse en confidente de cada una de las personas que trata decoyundar. A la muchacha le comunica todo lo bueno que el mozo diga deella, y aún aumenta algo de su propia cosecha; y al mozo todo lo mejorque de él diga la señorita, y si no dice nada, la casamentera loinventa. Este intercambio de elogios, traídos y llevados incesantemente,va haciendo paulatinamente su obra, predisponiendo los espíritus yencauzándolos en una tibia atracción, cuya mayor temperatura sucesiva seproducirá con el trato y el trabajo continuo y vigilante del «gancho».En el fondo la casamentera viene a ser, con sus repetidas ponderacionesde él a ella y de ella a él, una chismosa del bien, si vale expresarseasí. Con relación a la galería, el procedimiento es más breve ysencillo. La casamentera se limita a decir: «todo está arreglado». Se lepiden informes, detalles, y ella repite impertérrita: «le digo que estáarreglado todo».

En el círculo va pasando la voz: «todo está arreglado».Y aunque, en realidad, nada haya arreglado, acaba todo por arreglarse,debido a esa suave presión del medio, a la atmósfera favorable, alambiente, digamos así, que todo el circulo de relaciones ha creado a laboda. La casamentera ha sabido convertir a todo el círculo encasamentero.

La pareja se encuentra unida sin saber cómo, y aquellaopinión externa, tan unánime, tan complacida en su obra, tan convencidade la feliz armonía existente en la unión fraguada, acaba por ejerceruna decisiva influencia en el espíritu de los futuros contrayentes, queven la intervención providencial, el destino, el hado, donde sólo huboel gancho mortal de la casamentera.

Una vez casada la pareja, la casamentera tiene en el hogar la autoridady el prestigio que le dan su gestión anterior. Arreglará lasdesavenencias que ocurran, los disgustillos transitorios, las pequeñastrifulcas domésticas. Juzgará sin apelación e impondrá la paz, porqueambos cónyuges sienten por ella un respeto afectuoso. La casamenteracasi pertenece al nuevo hogar. De esta manera, si es soltera o viudasolitaria, viene a tener una familia, un poco postiza, es verdad, perocon todas las ventajas y ninguno de los inconvenientes de la verdadera.

¿Salen bien los matrimonios formados así? Habría mucho que hablar sobreeste punto y no nos queda ya espacio para su desarrollo. Agregaremos,pues, muy pocas palabras. La felicidad, según un filósofo francés, no seconjuga en presente, sino en futuro imperfecto. La felicidad, como ladesgracia, se va haciendo, se va tramando en la convivencia, en la vidaíntima y constante. Y así, tanto peligro puede correr un matrimonioformado por un amor enardecido y apasionado, como otro tibio, suave,cordial, sosegado. Todo depende de la hondura con que luego, en la vidadiaria, eche sus raíces el cariño, porque es éste, el santo cariño,lleno del sentimiento del deber y de una rígida y caballeresca lealtad ala fe jurada, el que forma los sólidos vínculos de la vida matrimonial.Y en último término, todas las circunstancias preliminares de un enlacequedan olvidadas ante el aleteo de las nuevas vidas y el pío pío queresuena en nuestro corazón.

LAS «PLANCHADORAS»

Comencemos por desvanecer el error en que el título de esta croniquillapudiera inducir al lector. No se refiere el epígrafe a la respetableclase social que nos aliña las prendas internas, empleando ese productoque es el signo externo de la civilización: el almidón. No creemoshabernos excedido al aplicar a las planchadoras el calificativo derespetable clase social. Su misión no puede ser más importante. Graciasa ellas se produce en la vida cierta nivelación. Al contrario de lossocialistas, que buscan la igualdad haciendo que desciendan las clasesaltas, las planchadoras elevan a las bajas por medio del almidonado.Colocado al alcance de todo el mundo, el almidón es un símboloigualitario por ministerio de las planchadoras.

Pero, como va insinuado, no nos referimos a estas planchadoras, sino alas otras, a las señoritas que, en sentido figurado, se aplica estemismo sustantivo, cuando en los bailes, fiestas y saraos, se venrelegadas o poco atendidas por los caballeros.

Quedarse «planchando»... Nada aflige tanto a una muchacha, ni le da unaimpresión más completa de su poquedad, de su insignificancia en elmundo. Es un poco difícil determinar los orígenes y causas de estadesventura. Por regla general, se debe a que la

«planchadora» no ha sidomuy favorecida por la naturaleza. No pretendemos hacer ningúndescubrimiento que merezca integrar las páginas de un texto desociología, diciendo que suele haber más «planchadoras» entre las feas opoco agraciadas que entre las bonitas. El imperio de la belleza no tienerebeldes. La fea, que «plancha» por serlo, tiene dos causas deaflicción: la primera es una herida de amor propio al verse relegada; lasegunda envuelve una pesadumbre más profunda y definitiva.

Expliquemossu psicología. Ninguna persona, y menos aún una señorita, naturalmenteoptimista, tiene una idea exacta de su fealdad. La naturaleza nunca escruel del todo. A cambio de los pocos encantos físicos que nos concedió,suele otorgarnos un juicio favorable sobre nosotras mismas. Y así, auna despecho de las acusaciones matemáticas del espejo, nos vemos de otramanera muy distinta en el cristal ilusorio de nuestro espíritu. Esteencantamiento o autosugestión desaparecen cuando el juicio ajeno sepronuncia en forma de dejarnos «planchando». Todos nuestros optimismossobre nuestra propia figura se desvanecen ante aquel abandono que nossume en el más completo desaliento y en la más profunda de lastristezas. En tal sentido, «planchar» equivale a morir; y no esexagerada la afirmación, pues en realidad muere aquella favorablerepresentación interna que de nuestra propia figura teníamos. De estaspremisas exactas, nada cuesta deducir—y esto va para los hombres—quees un acto criminal dejar «planchar» a una señorita. Así, pues, unverdadero caballero, un espíritu culto, un hombre distinguido de fracadentro debe ser siempre solícito y obsequioso con las señoritas pocoagraciadas, contribuyendo a mantener en ellas esa deleznable ilusiónsobre sus dones físicos. No confío mucho en ver seguido este piadosoconsejo, pues los hombres siempre fueron y serán humildes esclavos de labelleza.

Pero no todas las feas «planchan». No pocas de ellas se ven tanatendidas y solicitadas en los bailes como las más lindas. Una fea sedefiende de la «plancha» con dos recursos: bailando bien y teniendoingenio y espiritualidad. El bailar bien, con gracia y soltura, es yauna forma de belleza física. Un cuerpo flexible, ágil, con movimientosrítmicos y elegantes, hace olvidar las imperfecciones del rostro. Hay,en fin, feas que tienen diablo, como dicen los franceses, o ángel, segúnel dicho español.

El diablo o el ángel es ese grado de seducción quedimana de la simpatía, ese aire o nimbo de las figuras que es como elaleteo externo del alma. La que tenga ingenio, inteligencia despierta,tampoco «planchará». Una conversación amena, dotada de espíritu deobservación, pronta en sus dichos, ocurrente, estará siempre atendida yse verá solicitada. Pero es necesario tener sentido de la medida, nopasarse de lista, pues no gusta generalmente a los hombres versedominados intelectualmente por la mujer.

De manera que se puede«planchar» tanto por sobra como por ausencia de despejo.

Frecuentemente se ven también algunas muchachas bonitas que «planchan».Son figuras de belleza inerte, como los angelones de retablo. Lahermosura sin gracia, decía Ninón, es como un anzuelo sin cebo. Suespíritu apagado y su inteligencia opaca hacen que su compañía seaaburrida y tediosa.

Las causas por las cuales se queda una «planchando» son muy variadas, yes difícil señalarlas todas. Desde luego, muchas veces tiene la culpa ladueña de casa donde se realiza el baile. La función de la dueña de casarequiere una gran actividad diplomática, a fin de que todas lasseñoritas que asisten a la fiesta sean atendidas y obsequiadas. En estoha de demostrar su habilidad, su fino tacto, sus recursos de dama demundo. El fracaso de una señorita en un baile recae siempre sobre ladama que ofrece la fiesta. A este respecto contaré un triste episodioocurrido no hace muchos años a una amiga mía, perteneciente a una denuestras primeras familias. Mi amiga era linda, inteligente, discreta.Invitada a un baile aristocrático, entró en el salón y se sentó.Lanzáronse todas las parejas a bailar y ella se quedó sola. Su situaciónno podía ser más violenta y desairada. Levantarse e irse, atravesando elsalón, le pareció un acto intempestivo; quedarse allí, sola y abandonadaen medio del baile, no era menos desagradable y molesto. Y en medio deestas vacilaciones, agobiado su espíritu, rompió a llorar con la másprofunda aflicción. Acudieron a ella, vino la dueña de casa, lapreguntaron por la causa de su llanto, y respondió que se había puestoenferma y que deseaba retirarse. Los concurrentes al baile, percatadosde la verdadera causa de aquellas amarguísimas lágrimas, hicieronresponsable del desaire a la dama que ofrecía la fiesta, la cual, apartir de aquel momento, resultó triste, medio aguada y deslucida.Nunca olvidaré el mal rato que sufrí ante la situación desairada einmerecida de mi amiga.

Una dueña de casa, discreta, inteligente, debe evitar estos percances.Lo primero que ha de hacer es darse cuenta de la situación personal delos concurrentes a la fiesta, de la relación entre jóvenes y señoritas,de sus simpatías e inclinaciones, etc. Debe presentar a los que sedesconozcan, intervenir como lazo de relación, procurar, en una palabra,crear un ambiente de familiaridad para que el sarao resulte agradable,cordial y lucido. Y ha de prestar, sobre todo una atención vigilante ysolícita a las que ya tienen cierta reputación de «planchadoras», paraevitar que en su casa se vean en tan triste soledad. Al efecto, la dueñade casa debe contar con un grupo de caballeros que sean amigos deconfianza, a los cuales pueda pedir el servicio de que bailen a las«planchadoras». Pero en esto mismo no hay que abusar; no se debe endosaral mismo caballero una «planchadora» toda la noche. Por eso conviene queel círculo de amigos sea extenso, para repartir equitativamente lacarga. El mayor éxito, en fin, de la dueña de casa está en poner encirculación danzante a las «planchadoras», procurando aliviar ladesventura de las proscriptas del baile.

La «planchadora» ignora siempre las causas de su triste condición. LaProvidencia la libra de este aflictivo conocimiento. Y así, cuando porbondad algún caballero la saca a bailar, se aferra a él, añadiendo a sucondición de «planchadora» la de pelma. Le ocurre lo contrario que a lamuy solicitada, la cual evita bailar muy seguido con el mismo caballero,actitud que podría inducir a la concurrencia en el error de suponer unprincipio de compromiso. La «planchadora», por el contrario, prefiere lamurmuración a la «plancha».

Alguna vez se «plancha» sin ser «planchadora»; un «planchado» fortuito,casual, injustificado; porque, usando el lenguaje corriente, hay bailescon suerte y bailes con desgracia. He aquí un fenómeno superior anuestra capacidad analítica. ¿Por qué en unos bailes tenemos éxito y enotros no lo tenemos? Misterio. Quizá se deba a que la belleza de lamujer tiene ascensos y descensos y momentos de plenitud. De todos modos,voy a permitirme dar a las señoritas un consejo, fruto de miexperiencia. La entrada en un baile tiene singular influencia para elresto de la noche. Es necesario, como vulgarmente se dice, entrar conbuen pie. Al efecto, nunca se debe entrar sola en el salón. Ello es demal agüero. Conviene tener un amigo de confianza que nos acompañe alhacer nuestra aparición en la tertulia o sarao, conduciéndonos desde el«toilette», donde hemos dejado nuestro abrigo. Esto es de un efectoseguro, pues sirve para demostrar que estamos solicitadas desde elinstante de nuestra llegada. Con este y otros pequeños y discretosrecursos nos iremos librando de la «plancha» en las noches de malafortuna.

No creo haber agotado este tema trascendental de las «planchadoras»,cuya psicología es complejísima. Sólo he querido divagar un momentosobre su evidente importancia e insinuar algunas advertencias útiles alas dueñas de casa y a las mismas señoritas que no tienen la suerte deatraer y sugestionar con el encanto de sus dones físicos y el hechizo desus donaires espirituales.

LA MODA Y EL DIABLO

Gracias a Dios y a la actividad inteligente de mi marido gozo la dichadel ocio para poder cultivar un poco mi espíritu con lecturas amenas ydivagaciones estéticas. El ocio es la primera condición para poderdisfrutar de las manifestaciones artísticas. Sin abandonar misobligaciones sociales y mundanas—visitas, tertulias, juntas de caridad,bailes, saraos, funerales, bodas—consagro la mayor parte del tiempo ala lectura.

Mi mayor placer es poner mi pobre espíritu en contacto con los espíritusexcepcionales, sintiendo cómo ellos dotan de alas al mío con sus noblespensamientos y elevada emoción, produciéndome algo así como la gloriadel vuelo y hendiendo con su auxilio las zonas inexploradas de laconciencia y del alma.

El escribir es una actividad reciente en mí. Yalo habréis notado por lo endeble y desmañado de mi estilo, por su faltade elegancia y de precisión, por su pobre ideológica y por esas fallasde sintaxis que se observan siempre en la prosa femenina por esmeradaque haya sido nuestra educación. La sintaxis enseña a coordinar y unirlas palabras para formar oraciones y expresar conceptos. Pero como elespíritu de la mujer es por condición ingénita un poco incoordinable ycaótico, sus maneras de expresión, tendientes al charloteo, a imitacióndel grifo suelto, se rebela a la sintaxis que es la disciplina deldiscurso. Hartas disciplinas de hecho y de derecho tenemos las mujerespara someternos también a ésta de la gramática. Nuestra única libertaden el mundo es la sintáctica. Y conste que no soy feminista. Pero deesto hablaremos otro día.

Decía que mis mayores delectaciones están en la lectura. Mis autorespredilectos son aquellos escritores mixtos de poetas y filósofos, enquienes existe cierta armonía y un ponderado equilibrio entre lasemociones del corazón y el vuelo de la mente. No gusto de losexclusivamente poetas, porque en ellos todo es exageración yfantasmagoría; ni de los exclusivamente filósofos, constructores desistemas, para cuya comprensión, además de carecer de cultura, noalcanzan las débiles luces naturales de mi entendimiento.

¿Y a qué viene todo esto? Todo esto viene a cuento de que el otro díaestaba leyendo una comedia de Shakespeare. Me gusta mucho más leer alglorioso cisne del Avon que oir sus obras en el teatro, pues lasacotaciones del texto suelen tener un interés crítico y poéticoextraordinario. Gústanme también mucho más sus comedias, tan graciosas,tan espirituales, que sus dramas, tan rudos y tan sombríos, con pasionestan violentas y protervas que parece no cupieran en el frágil vaso de lanaturaleza humana. Pues bien: leyendo una comedia de Shakespeare toparonmis ojos con esta frase: «La mujer es un manjar de los dioses cuando nolo adereza el diablo».

Quedéme suspensa y cavilosa. ¿Quién será este diablo aderezador? Yasabéis que el gran poeta inglés se expresa siempre en una forma cortantey misteriosa. Su fuerza, más que en lo que dice, está en lo que sugiere.Sus frases nos sumergen en la meditación y el ensueño; nos llevan lejos,lejos, más allá de todos los horizontes visibles. Bueno; yo no séexpresar bien esto, pues pertenece a honduras de la vida en cuyos bordesmi pobre cabecita sufre vértigos y mareos. Para esclarecer los oscurosconceptos del poeta hay en Londres diversas sociedades y cenáculos quediscuten incesantemente lo que quiso decir en tal o cual pasaje de susobras. Ignoro si los exégetas de Londres habrán logrado averiguar cuáles el diablo aderezador que impide algunas veces el que sea la mujer unmanjar de los dioses.

Pensando, pensando, pensando—no sé si con acierto, pues a veces seacierta menos cuanto más se piensa—yo creo haber llegado a descubrir eldiablo aderezador a que se refiere Shakespeare. Este diablo es la moda.No me cabe duda: la moda surge de las inspiraciones del diablo.

Por lo instable, proteica y multiforme, por su eterna inquietud yconstante mudanza en hechura y colores, la moda es cosa del mismodiablo, personaje igualmente voluble, tornadizo, trasformista,desfigurado y quimérico. ¿Quién sino el diablo pudo inspirar elmiriñaque, el polisón y, últimamente, sin ir más lejos, las faldastrabadas que nos obligaban a un pasito de paloma, menudo, corto, sutil,deslizado? El miriñaque, con su ruedo de ballestas y flejes, con suamplia circunferencia, era un atavío absurdo, es decir, nos parece ahoraextravagante, pues en su época era natural, lógico y aun estético,porque el uso y la costumbre forman una segunda naturaleza. El hábitohace que la locura sea razonable. Dentro del miriñaque el cuerpo ibasuelto, desabrigado, como dentro de una nube. Y nuestras abuelas nosentían los estremecimientos que produce el aire al calar nuestroshuesos.

El diablo de la moda las hacía resistentes al frío, al viento colado, ala intemperie; porque el diablo, junto con un traje para congelarnos,nos da la calefacción del orgullo, de la satisfacción, del íntimocontentamiento de ir peripuestas con arreglo a los últimos cánones ypragmáticas del lujo. Vino después el polisón, ese promontorio colocadodonde

la

espalda

cambia

de

nombre,

aditamento

fantástico,

incómodo,grotesco, ocurrencia, en fin, del mismo demonio, pero que tambiénpareció muy natural, muy lógico y muy estético en su época. Y, sin duda,tanto el miriñaque como el polisón tuvieron en su tiempo algo que loshacía atractivos y graciosos, algo seductor, insinuante, cautivador. Laprueba está en que nuestros abuelos asocian al miriñaque la evocación desu amor; y nuestros padres, al recordar sus cuitas y congojas amatorias,mezclan también a sus memorias el absurdo polisón. Nuestros mismosmaridos guardan la imagen de nuestras faldas trabadas y nuestro pasitode palomas, asociando el aire de nuestras figuras a las horas que conmayor intensidad anhelaron la mirada afectiva de nuestros ojos y loslatidos de nuestro corazón. Y es que, en el fondo, el diablo andasiempre en el atavío femenino; unas veces en forma de falda trabada,otras en forma de polisón y otras en el ruedo del miriñaque. Perosiempre es el mismo diablo; no hace más que trasformarse. Con estastrasformaciones el diablo se divierte y el mundo también. Y, enrealidad, aunque la mudanza sea visible, las modas nunca desaparecen deltodo: unas viven en la memoria de los viejos; otras en el recuerdo delas gentes maduras: las últimas en nuestro gusto. El fin de todas es elmismo: irán a los museos, mientras las generaciones que las usaron yacenen la eternidad, para dejar paso a otros usos, a otras trasformaciones,a otros gustos y a otros atavíos.

La moda trata de corregir la naturaleza, de trasformar o desfigurar elcuerpo, que es obra de Dios. He aquí otro indicio de que la moda esinspiración del ángel rebelde, del diablo. Y este empeño luciferino decorregir la obra divina en sus líneas fundamentales es muy antiguo. YaCalderón de la Barca lo advierte en su «Eco y Narciso».

—Pues ¿hay usos en los talles?

—Sí; yo me acuerdo haber visto

Usarse un año a los pechos,

Y otro año a los tobillos;

Y esto no es mucho, que en fin,

Consistía en los vestidos.

¿Qué se propondrá la moda, es decir, el diablo, al descentrar el tallede su sitio natural? De sacrilegio estético puede calificarse estatrasformación de las líneas que el Divino Arquitecto en su concepciónsoberana dió al cuerpo femenino. Con razón decía madame Delepinasse quela mujer se desesperaría si la Naturaleza la hubiera hecho tal como laarregla la moda. Seguramente renunciaríamos al don de la vida sihubiéramos de nacer con miriñaque, polisón o faldas trabadas. Elconcepto estético de la humanidad es que Dios hizo perfecto el cuerpo dela mujer. ¿Por qué consentimos luego que lo vista el diablo, alterandoel orden perfecto y la armonía divina de las líneas? Lo racional ylógico sería que los vestidos se ajustaran dócilmente a este orden y aesta armonía, obra insustituíble del Creador. Pero el diablo, como ángelrebelde, se sirve de la moda para simular que tiene el poder detrasformar los cuerpos, la obra de Dios. Sabido es que la cualidadespecial del diablo es la sofistificación, el enredo, la mentira, laparadoja, el barullo y la confusión. Pero, con todo, no se puede negarque el diablo, por medio de los artificios de la moda, suele agregarnosa las mujeres algo que seduce, que trastorna; vamos, un no sé qué quesólo puede ser obra del diablo. Claro está que ello sucede cuando estáacertado en la moda, lo que es muy raro en él, pues casi siempre eldiablo está dejado de la mano de Dios. Pero lo curioso es que, auncuando desacertadísimo, nos impone su gusto y nos esclavizamos a lasnormas dictadas por su genio maléfico.

Por las modas pasadas, que sólo existen ya en los museos, advertimos queel propósito al implantarlas no fué la perfección, ni la comodidad, nila gracia, sino lo caprichoso, lo mudable, fantástico y extravagante.Sin embargo, la adopción fué general en el mundo femenino. Ello se debea que la moda es para la mujer como una segunda religión. Y el fanatismoen esta segunda religión se manifiesta en llevar la moda a sus términosmás exagerados. Si se trata del miriñaque, darle más ruedo y amplitudque nadie; si del polisón, abultarlo más que las demás; si de la faldatrabada, convertirla en manea. Así la moda va, poco a poco, porcontagio, exagerándose, hasta que muere por sus propios excesos. Lapsicología de estas exageraciones reside en que no queremos pasarinadvertidas. Las mujeres nos ofendemos cuando nos miran mucho; pero nosofendemos mucho más no mirándonos nada. Por aquí también anda el diabloen su doble forma de coquetería y soberbia.

El tema es muy vasto y abarca otros horizontes de crítica, fuera de lacrítica al diablo, que yo no puedo tratar por mi escasez deconocimientos y limitada penetración.

Entre estos aspectos está eleconómico. La constante variación de las modas parece que se relacionacon la crematística o arte de negociar. El otro día, leyendo un libritode anécdotas de Chamfort, referentes casi todas a la vida de Versalles,en los días de mayor esplendor mundano, encontré esta frase: «El cambiode las modas es una contribución que la industria del pobre impone a lavanidad del rico». Despréndese de este concepto que las mutacionescalidoscópicas de la moda están movidas por el anhelo utilitario delpobre. De aquí se deduce también que nuestros atavíos son obra de lafantasía del proletariado de aguja, y no fruto de nuestro propioespíritu creador ni de nuestro gusto estético. Así, pues, laresponsabilidad de los adefesios en los atavíos que cubren a laburguesía femenina corresponde al pueblo que labora en los talleres deconfección y al diablo que anda suelto por muestrarios y escaparates.Bueno es que lo tengan en cuenta los filósofos que tratan el problemasocial.

He consultado con mi marido el concepto económico de Chamfort sobre lasmodas.

Mi marido, especialista, como sabéis, en la ornitología noctívagade nuestras pampas, posee también vasta cultura en otras ramas delconocimiento humano, además de un buen juicio y un equilibrio fuera detoda ponderación. Es una gloria estar unida a un hombre tan inteligente.Quizá sea ministro de Agricultura en la próxima situación. Le sobranméritos para ello. Además, debo recordar aquí, por lo que pueda influir,que estuvo en el Parque. Bueno: pues mi marido me ha dicho que existeotro filósofo (se me ha olvidado el nombre) que retruca a Chamfort,diciendo que «las modas son el medio de que se vale el rico paraalimentar al pobre». El concepto es diametralmente opuesto, y yo no sécuál de los dos será el exacto. Mi marido, que es algo burlón, unironista, un poco dado al titeo filosófico, que es la sal de lareflexión, dice que da lo mismo que tenga razón Chamfort o el otro, oninguno de los dos. Y añade el muy tuno que la cuestión «fundamental» esque yo esté linda, sea cual fuere la filosofía de la moda...

LOS «TRAMITADORES»

Ya hemos hablado de la presentación en sociedad, del amor y suapariencia, del cariño, del espíritu nuevo que forma un largo convivir,del matrimonio, del «gancho», del «sí» y del «no» de las niñas, de las«planchadoras», de la moda y el diablo. Hemos tocado, en fin—tocar nadamás—temas graves y temas ligeros, procurando dar un poco de gravedad alos ligeros y un poco de ligereza a los graves, siguiendo en esto elorden mismo de la vida que mezcla la alegría frívola y la tristezaprofunda, el dolor y el placer, la risa y las lágrimas. Todos estostemas, tratados en forma somera e inhábil, a la buena de Dios, enparloteo superficial, de mujer exenta de ilustración y de lucesliterarias, son temas universales, empequeñecidos, claro está, por mipoquedad reflexiva y lo alicorto de mi espíritu de percepción. Ya sabéisque empiezo a escribir ahora. Y cuando se empieza a escribir, comocuando se comienza a hablar, es inevitable el balbuceo. Me faltan laspalabras, huyen los conceptos, se eclipsan las imágenes y se me enredael discurso. ¡Ay, Dios mío! Sufro lo indecible con este encrespamiento,con esta rebeldía de formas, rasgos, ideas y vocabulario. Y aunque elescribir tiene algo del «crochet»—y yo hago muy bien«crochet»—confieso mi desesperación al ver que el tejido de mi prosa esmuy inferior al tejido de mis manteletas.

Pero, en fin, aunque desmañadamente, vamos entretejiendo estos rebeldesy dispersos hilos prosódicos. Los cuales, mal unidos y tramados, vanformando, como decía, un pequeño tejido de pasiones universales. Ahorabien: anhelo que esta crónica se refiera a una modalidad de nuestra vidasocial, tan original en sus costumbres y rápidas evoluciones. Quierohablar, en fin, de los «tramitadores» gracioso término aplicado a todasaquellas personas de algún viso social y mundano que tratan deintroducir en nuestra aristocracia a personas sin abolengo, sintradición familiar, a jóvenes y señoritas, y aun a familias enteras que,habiendo logrado la riqueza en estos saltos intempestivos, rápidos,insospechables, que aquí se operan en el trasiego de los bienes, desean,una vez opulentos, alternar con lo más dorado—pase el galicismo—

denuestra sociedad.

El tema es difícil, escabroso, complejo, oscuro y hasta un tantolaberíntico. Para exponerlo se requiere proceder con cierto método.

¿Qué es aquí lo aristocrático? Se compone, en primer término, de losapellidos procéricos, de los que figuran en la historia de laindependencia nacional. Pero estos apellidos históricos, si no estánsostenidos por la fortuna, que ejerce una influencia avasalladora, seven relegados al olvido, al ostracismo social. Así, pues, para brillar,no basta el apellido histórico; hace falta el dinero. Constituyentambién aristocracia aquellas familias que, no figurando en la historiapatria, tienen vieja tradición de riqueza y que se han vinculado, porentronques, con familias históricas. Por último, existe el prestigiointelectual y político moderno; nombres que han figurado en nuestraúltima

evolución

republicana,

en

el

ajetreo