Cosas Nuevas y Viejas (Apuntes Sevillanos) by Manuel Chaves - HTML preview

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No tardó el conde en fijarse en la linda muchacha, cuyo donaire ygracejo no podía pasar inadvertido, y llamándola aparte le dijo estasmismas palabras:

—¿Qué haces tú aquí?

—Señor, estoy sirviendo de moza.

Y como viera el Asistente que contestaba con turbación, añadióle:

—Mira que soy el conde de Puñonrostro y si no me cuentas la verdadtengo que mandarte dar doscientos azotes...

Entonces ella, viéndose en peligro, contó de pé á pá al conde suhistoria con el canónigo, su nombre y señas, y las de las señoras áquienes servía y en dónde tenía su vivienda, sin olvidar en modo algunode repetir lo de los doscientos ducados prometidos y pintar con negroscolores la situación en que se encontraba.

El conde llamó al mesonero, y como éste confirmase la relación de lajoven, se despidió el Asistente diciendo que ya tomaría providenciasobre aquel caso y se fué á seguir su ronda.

Al día siguiente y á la hora de la siesta mandó el Asistente con granprisa llamar al canónigo á su casa, el cual montó en su mula, como eracostumbre, y con sus criados fué muy orondo á ver lo que se le ofrecía ásu señoría, bien ageno, por cierto, de la sorpresa que le aguardaba.

Recibió Puñonrostro con mucha cortesía y respeto al señor canónigo,hízolo pasar á sus habitaciones, y cuando ya estaban sentados frente áfrente, le dijo de pronto:

—«Vuesa merced ha de saber que cierta mujer se me ha encomendado y meha dicho cómo vuesa merced se aprovechó de ella y que le prometió no séqué dinero para su casamiento y nunca se acordó vuesa merced de cumplirla palabra que dió.»

El canónigo quedóse al oir aquello todo confuso, pero reponiéndosecomenzó á negar muy obstinadamente y tan cerrado, que el conde hubo deamostazarse y amenazarlo con dar cuenta del suceso al arzobispo y alNuncio en Madrid.

En vista de esto, y como no había salida, contó la verdad eleclesiástico, diciendo muy serio que por olvido y no otra cosa, habíadejado de aflojar los cien ducados, pero que los daría al punto encuanto llegase á su casa.

Despidiólo el conde con la misma cortesía y le vió bajar hasta la calle;pero allí, con gran asombro, se encontró el canónigo con que los criadosdel Asistente, por orden de éste, le habían escondido la mula, con locual tomó gran agravio y subió de nuevo, quejándose al de Puñonrostro dela falta de confianza que en él se tenía. El conde le manifestó sinrodeos que mientras no diera el dinero no había de devolverle sucabalgadura, para que no fuese tan flaco de memoria; y al escuchar queel señor canónigo exponía, como razón suprema, que le era imposibleatravesar á aquellas horas de la siesta las calles de Sevilla á pie ysin criados, dijo con mucha flema el conde Asistente:

—«No se le dé nada á vuesa merced ir con la siesta por amor de mí, queyo, por cierto que soy tan regalado como el que más, y ando á pie consol y con agua, de noche y de día, y no es mucho que pase este poco desol hasta su casa por amor á mí.»

Entonces, viendo el canónigo que no había arreglo y que el conde estabaen lo firme, se fué más que de prisa á su casa y entregó corrido ydespechado los cien ducados á los criados del Asistente, el cual contoda formalidad dió la cantidad á la seducida moza.

De la certeza de este hecho atestigua un contemporáneo de él tan puntualy autorizado como D. Francisco Ariño, que lo relata en su obra Sucesosde Sevilla, cuyo manuscrito original existe en la Biblioteca Colombinay fué publicado hace años por los Bibliófilos Andaluces. Y de que elconde de Puñonrostro era capaz de hacer cosas como aquella atestiguanotras muchas que llevó á cabo durante los pocos años que gobernó laciudad, de 1597 á 1599, y de algunas de las cuales algo diré másadelante.

EL VERANEO DE ANTAÑO EN SEVILLA

De cómo veraneaban nuestros antepasados de la capital de Andalucía,curioso es decir algo, pues detalles son estos que pintan las costumbresde épocas cuyo conocimiento nunca deja de ofrecer interés. Hablaré,pues, de aquellos benditos tiempos en que nadie salía de viaje y en quela vida carecía de todas las necesidades y comodidades de hoy.

Escriben algunos autores que don Fernando el Católico solía decir: losveranos se han de tener en Sevilla y los inviernos en Burgos; y es desuponer que esto sólo lo diría, en lo que respecta á nuestra ciudad,refiriéndose á las comodidades de las antiguas casas con sus patios, susfuentes y sus pisos bajos, porque en otro respecto no creemos que dijeraninguna gran cosa su alteza.

La vida moderna ha modificado la fisonomía de Sevilla, que ya ha perdidohace tiempo, en parte, aquel aspecto de población moruna, en donde lascasas estaban construídas con toda seguridad y atención para elinterior, y donde las calles estrechas y tortuosas, las lóbregastravesías y los pesados arcos prestaban frescura y sombra á los cansadostranseuntes en los días caniculares.

Del verano sevillano en el siglo XVI consignó Morgado algunas noticiasque no dejan de ser interesantes, y que me parece de propósito citaraquí:

«Los patios de las casas—dice—(que en casi todos los hay) tienen lossuelos de ladrillo raspado. Y entre la gente más curiosa, de azulejoscon sus pilares de mármol.

Ponen gran cuidado en lavarlos y tenerlossiempre muy limpios, que con esto y con las velas que les ponen por altono hay entrada de sol ni el calor del verano, mayormente por el regalo yfrescura de las muchas fuentes de pie de agua de los caños de Carmona,que hay por muchas de las casas enmedio de los patios.»

Y más adelante, hablando de las costumbres veraniegas de Sevilla y de lasaludable que de bañarse tenían sus habitantes, apunta el mismo Morgadolas siguientes líneas:

«Usan (las mujeres) mucho los baños, como quiera que hay en Sevilla doscasas de ellos. Los unos en la collación de San Ildefonso, junto á suiglesia, y los otros en la collación de San Juan de la Palma, que hanpermanecido en esta ciudad desde el tiempo de los moros... No puedenentrar los hombres en estos baños entre día por ser tiempo diputadosolamente para las mujeres, ni por consiguiente mujer ninguna siendo denoche, que los hombres la tienen toda por suya con la misma franquezaque las mujeres tienen el día por suyo...»

No se olvidó el autor de darnos algunos detalles de cómo estaban lascasas de baños en aquellos días de 1587, en que escribía, y así añadiólo siguiente:

«A las grandes salas donde se bañan salen sus caños que corren de aguacaliente y también fría. Con lo cual, y cierto ungüento que se da,refrescan y limpian sus cuerpos sin que se extrañe en Sevilla el irse ábañar unas y otras damas cuando no quieren ir disimuladas, por ser esteuso en ellas de tiempo inmemorial.»

La casa de baños de San Ildefonso existió hasta 1762, época en que yahabían desaparecido las otras dos que también pertenecían á la épocaárabe y que estaban situadas la primera en la hoy calle de Aposentadoresen San Juan de la Palma, y la segunda en el lugar que ocupa la capillade Jesús en la calle Marqués de Tablantes, antes de los Baños.

Si los establecimientos para remojarse los sevillanos tenían, pues,verdadera importancia, no era menor la que tenían las vallas y cajonesque de antiguo se colocaban en el río y los cuales constituían una delas mayores distracciones de nuestros paisanos en los meses caniculares.

De antiguo cuidaron las autoridades de la ciudad del buen orden ygobierno de estos baños del Guadalquivir, dando multitud deprovidencias, bandos y edictos para evitar abusos, y así en los escritospublicados por el cabildo se hacía constar que: «Aunque no es de esperarque la gente de juicio falte á unas reglas que aspiran á su propiaseguridad y á que se observe el mejor orden de honestidad y decencia...como hay personas que por satisfacer sus caprichos, sus vicios ódiversiones no perdonan medio alguno, aunque sea peligroso paraconseguirlo, se castigará á éstas por la más ligera contravención.»

Los cajones y vallas se situaban en los Humeros, en la Macarena y laBarqueta, al pie del puente de barcas, delante del colegio de San Telmoy en la orilla de Triana, frente al convento de los Remedios.

En el siglo XVIII y principios del XIX, estaban designadas con todaclaridad las horas para remojarse los dos sexos, haciéndolo las mujeres«desde la madrugada hasta las once de la mañana, los hombres hasta eltoque de oraciones, dejando los baños enteramente desocupados para queentraran las mujeres hasta las diez de la noche.»

No son pocos los autores que trataron en diferentes ocasiones de ladecidida afición de los sevillanos al baño, y entre ellos recordaré queAgustín de Rojas escribía estas líneas el siglo XVII:

«—¿Y aquella limpieza de los baños?

—Esa es una de las cosas más peregrinas que tiene.

—Mujer conozco yo en Sevilla que todos los sábados por la mañana ha deir al baño, aunque se hunda de agua el cielo.

—Por eso se dijo: la que del baño viene hace lo que quiere.

—Dicen que para cuando salen del baño acostumbran á llevar... unabotella con vino que es el mejor manto para aguantar el frío.»

Si los sevillanos eran en lo antiguo dados al baño, no lo eran menos alhielo, del cual se hacía un extraordinario consumo en la ciudad, queposeía en Constantina gran número de pozos de nieve, suficientes paraatender al consumo público, y á más de esto no faltaban asentistas quepor su cuenta traían el hielo de otros puntos y que realizaban, por logeneral, un buen negocio, como se desprende de las noticias que herecogido respecto á un tal Esteban Monparler, una Teresa Vilches y unFrancisco Candor, que surtieron á Sevilla por largos años del siglo XVIIy XVIII de hielo en las estaciones veraniegas.

Vendíase por los neveros á cinco cuartos la libra de nieve, y á juzgarpor todos los indicios, aquellos sevillanos de antaño sentían másnecesidad que los actuales del consumo del hielo, y así no solamente elvino, los refrescos y otras bebidas las helaban, sino también lasfrutas, las confituras y otros diversos comestibles.

Hasta el siglo XVII no se generalizó en Sevilla el uso del hielo, puesen el XVI todavía no estaba muy extendida esta afición por la nieve ylas bebidas frías, como pasaba en otros puntos, y así se deduce de laspalabras que el médico sevillano Nicolás Monardes consignaba en su librosobre el uso de la nieve, publicado en 1571.

«Una cosa me maravilla mucho: que siendo esta ciudad de Sevilla una delas más insignes del mundo, en la cual siempre ha habido muchos grandesy señores y caballeros muy principales y mucha gente noble, que no hayahabido nieve, etc., etc.»

Las veladas que con motivo de las festividades de determinados santos secelebraban en los diversos barrios y arrabales de la ciudad constituíanuna de las mejores distracciones del veraneo, siendo famosas entre otraslas de San Antonio, las de San Juan y San Pedro, las de Santa Ana ySantiago, la de los Angeles, la de la Virgen de los Reyes, San Roque,San Bernardo, San Bartolomé, San Agustín y los Terceros.

Cada una de estas veladas tenía su fisonomía característica y en casininguna de ellas faltaba su procesión y rosario, arcos de follaje,fuegos de artificio y mucho de baile, cantos, buñuelos y dulces, sin queescaseasen tampoco las broncas y los alborotos para dar más colorido alcuadro.

La gente pacífica y grave, las personas sosegadas y de buenascostumbres, huían de estos regocijos, y así, después de la comida ydespués de la indispensable siesta, cuando ya el sol comenzaba áocultarse, salían de sus casas, limitando su distracción á pasearse porel Arenal, la Alameda ó la Barqueta, donde no podía faltarles su ratitode descanso en algún puesto de agua de los más acreditados, y en elcual, por lo general, se formaba á la misma hora su poquito de tertulia.

Allí los señores consumían su vaso de horchata ó de agua con anises ysus gotas de nitro y al toque de Oraciones se retiraban con igualparsimonia y tranquilidad á sus casas hasta el día siguiente en quehabía de repetirse idéntico ejercicio.

Los sevillanos de antaño, que eran gente de posibles, y á quienes nobastaba el fresco de sus patios entoldados y sus habitaciones del pisobajo, solían trasladarse á muchas de las fincas ó casas de placer quehabía en los alrededores de la ciudad, particularmente próximas á laorilla del río, y en donde, libres de cuidados y con todo sosiego,comían, rezaban, dormían y tomaban el fresco, respirando aire libre ydesembarazado, que les fortificaba el cuerpo y el espíritu.

Otros, por lo general, gente joven y alegre, tampoco dejaban de salirfuera de la población en busca de agradables brisas. Por las tardes y álas primeras horas de la noche, siempre se veían grupos de ellos y deellas que dejando atrás las puertas de la ciudad se dirigían á losmelonares.

Allí se pasaban ratos muy deliciosos, pues nunca faltaba entre raja yraja de melón su poquito de baile y cante, desatándose las lenguas yreinando la algazara y el regocijo.

En las hermosas noches de luna de Agosto, bajo un cielo estrellado,respirando el aire puro del campo, ¡qué gratas resultaban aquellasfiestas de los melonares, y qué grato el regreso con las primeras lucesdel día, navegando en ligeras barquillas que surcaban las aguas del ríotranquilas y serenas y rizadas apenas por las brisas del amanecer...!

Casa sevillana en verano sin gazpacho, sin talla para el agua fresca, nola había, y lo mismo el rico que el pobre consumían gran cantidad delclásico plato andaluz y tenían en lugar preferente el tallero, donde lasalcarrazas limpias y rezumantes conservaban el agua como la propianieve.

Costumbres y usos del verano antiguo sevillano han desaparecido enmucho; únicamente queda el calor sofocante y abrumador, el sol de fuegoque abrasa y del que protestan los que no salen á veranear, comoseguramente protestarían nuestros padres y abuelos.

LUÍS DE VARGAS

Con harta razón se ha escrito que el famoso pintor Luís de Vargasregeneró la escuela sevillana, pues su obra fué de las que másinfluyeron en el siglo XVI en sus contemporáneos, gloria que con élcompartieron Flores y el célebre maese Pedro de Campaña.

En Sevilla nació Luís de Vargas hacia el año de 1506, siendo hijo de unpintor de escaso mérito llamado Juan de Vargas, cuyas obras sondesconocidas. Se dice que Diego de la Barrera fué el primer maestro quetuvo el artista, quien, en un principio, se dedicó á pintar en sarga, ydeseando luego encontrar más ancho campo para realizar sus aspiraciones,y para instruirse bajo la dirección de los grandes maestros delrenacimiento italiano, á la edad de veintiún años partió de Sevilla.

En Roma se encontraba cuando el saqueo de la ciudad en 1527 por lastropas de Borbón, y de allí se trasladó á Pisa, volviendo después á laciudad de los césares, en donde trabajó con verdadero entusiasmo y afán,estudiando las maravillas artísticas.

En Italia—ha escrito un autor—Luís de Vargas «se encontró con un arteexhumado, con un mundo desenterrado. Aquellos mármoles desnudos,aquellas formas tan correctas, eran un ideal que resucitaba, que sehacía necesario, porque la Edad Media había atronado la forma, habíaroto la proporción y este mal tenía que desaparecer.»

Trabajó de continuo y lleno del mayor entusiasmo, vivió Luís de Vargasen Italia unos 28 años, según apuntan sus biógrafos, regresando al caboá Sevilla, donde contrajo matrimonio.

En su ciudad natal comenzó á trabajar Luís de Vargas, llamando bienpronto la atención sus obras ejecutadas al óleo y al fresco, que desdeentonces tuvieron grandes apasionados é imitadores.

A Luís de Vargas acudieron no pocos jóvenes deseosos de recibir suslecciones, teniendo discípulos tan aventajados como Diego de Concha,Lucas Valdivieso, Francisco Venegas y Luís Fernández.

Dice Pacheco en su libro de Verdaderos retratos, que al ver Luís deVargas las obras que por entonces ejecutaba en Sevilla Pedro de Campaña,deseando perfeccionarse más en el arte, tornó á Italia, donde permaneciódos años, al cabo de los cuales volvió á su patria, dando entoncescomienzo la época más fecunda de su vida en producciones artísticas.

Entonces ejecutó en el templo de San Pablo el fresco de la Virgen delRosario (hace mucho tiempo desaparecido), el San Miguel dominando aldemonio y la Virgen, que se encuentra hoy en el Museo de Louvre, yalgunos retratos notables, como el de la duquesa de Alcalá y el delpadre Contrera, que existe en la sacristía de los Cálices.

En 1552 fundó el mercader Francisco Baena la capilla del Nacimiento enla Catedral, pintando para el retablo Luís de Vargas ocho tablas,representando en la principal la Adoración de los pastores, y en lasotras los Evangelistas, la Encarnación, la Circuncisión y la Epifanía.

Al número de veintiocho llegaron las obras que Luís de Vargas dejó á laBasílica sevillana, sobresaliendo de entre todas el cuadro llamado de la Gamba en la capilla de la Concepción.

Esta tabla, verdadera joya de arte, que representa una alegoría de laConcepción, ha sido unánimemente elogiada, y con razón dice de ella uncrítico: «Lo grandioso del dibujo, la valentía de las actitudes y lariqueza del colorido superan á todo encarecimiento.» En el mismo retablose ven, pintados también por Luís de Vargas, los apóstoles San Pedro ySan Pablo, los doctores de la Iglesia y el retrato del Chantre Juan deMedina, fundador de la capilla.

Tuvo el artista de que vamos tratando singular acierto para el dibujo álápiz, y de éstos alcanzó á ver algunos Ceán Bermúdez, y fué muyinteligente en música, tocando con habilidad y destreza el laúd.

En la sacristía de San Lorenzo existía en 1844 una Concepción de Luís deVargas, y de su mano eran dos santos que estaban en un altar delConvento de Madre de Dios, el fresco del Juicio universal en el patiode la Misericordia y los dos cuadros del retablo de Santa María laBlanca, pintados en 1564 y representando el primero á Cristo muerto enlos brazos de la Virgen, con otras figuras, y el segundo la Impresiónde las llagas de San Francisco.

El cabildo catedral pagó á Luís de Vargas en 1563, 4.000 reales por lapintura hecha á «espaldas del Sagrario del Santísimo Sacramento» y otrascantidades por los adornos del monumento, trabajando en los años de 1564y siguientes en los frescos de la Giralda, que representaban apóstoles,evangelistas y santos patronos, cuyas pinturas se encuentran hoy casiperdidas.

Treinta y seis obras, todas de verdadera importancia, llegaron áreunirse en Sevilla de Luís de Vargas, algunas de las cuales handesaparecido ó pasado á enriquecer otros museos y colecciones.

El famoso pintor murió en la ciudad que le vió nacer en 1568, dejando unhijo, de quien habla con elogio Francisco Pacheco en su ya citado librode Retratos.

No hemos de estudiar en estos apuntes la personalidad artística de Luísde Vargas, harto juzgada por la crítica; sus obras, sin llegar al númerode las de otros de sus contemporáneos, le han señalado un puesto entrelos grandes pintores sevillanos, puesto que nadie le disputa ni le haescatimado.

Verdadero reformador de la pintura, en su patria dió á conocer losencantos y bellezas del arte italiano, seduciendo con su colorido, sudibujo y el vigor de sus creaciones.

Fué Vargas de dulce trato y agudo ingenio, según sus coetáneos, loscuales encarecían sus moderadas costumbres y religiosidad, diciendo queá solas se entregaba á muy duras penitencias y largas meditaciones.

El pintor sevillano que con tanto entusiasmo, con tanta constancia yamor estudió aquel espíritu riente y aquella vida exuberante delrenacimiento, no acudió sin embargo á los mitológicos asuntos, ni á losdioses del paganismo, como tantos otros, inspirando todas sus creacionesel sentimiento religioso de su tiempo, del que fué uno de los másacertados intérpretes en el pincel.

Luís de Vargas dejó un nombre ilustre y Sevilla se honra con poderlocontar entre sus más inspirados y geniales artistas.

PROCESIÓN DE VÍA-CRUCIS

El marqués de Tarifa de vuelta de su viaje á Jerusalén, al comenzar lasobras de su palacio, llamado vulgarmente casa de Pilato, estableció un Vía-Crucis que, partiendo del edificio, terminaba en el monumento dela Cruz del Campo, que en el siglo XV

alzó el Asistente don Diego deMerlo.

Esta vía sacra fué famosa en Sevilla por las multitudes que la recorríandurante los siglos XVI y XVII, y durante los viernes de Cuaresma, laSemana Santa y los días 3 de Mayo, 16 de Julio y 14 de Septiembre, enque se hacían fiestas á la Cruz, en todo el largo trayecto que mediadesde la puerta de la casa de Pilato al templete de la Cruz del Campo,

yque

es

á

algo

más

de

997

metros,

se

veían

transitar

procesiones,hermandades, penitentes y numeroso pueblo.

La primera cruz de la vía sacra era de mármol y aún se conserva en lafachada del palacio; las otras seguían por la calle de San Esteban,continuando á distancia conveniente, alzadas entre las filas de álamosque se veían paralelos al antiguo acueducto conocido por Caños deCarmona.

Los días de recorrer la estación, acudían allí gran número de frailesfranciscanos, que eran como los encargados de regular la procesión, yel cordón de gente serpenteaba á lo largo del camino, produciéndose másde una vez bullicio y alborotos, que turbaban la grave seriedad delpiadoso ejercicio.

Cubiertos los rostros y vestidos con túnicas blancas ó negras, ibanmuchos penitentes, llevando á hombros pesadas cruces; otros, desnudaslas espaldas, se iban azotando con la mayor furia que era de ver: estos,traían grillos ó esposas á las manos; aquellos se iban dando martiriocon un cilicio; y como quiera que hombres y mujeres iban rezando en vozalta y entonando fúnebres salmodias, el cuadro presentaba en conjunto unaspecto lúgubre y sombrío, de lo más característico de aquellos tiempos.

Como los devotos sueltos iban también á veces hermandades, que conducíanimágenes sobre andas, y éstas hacían la estación con gran parsimonia,regresando á la ciudad, casi siempre, después de cerrada la noche.

A esto debiéronse no pocos escándalos y abusos, que sabido es que elDiablo no duerme, y así sucedía con frecuencia que el regreso de lospenitentes por aquellos campos, alumbrados sólo por las hachas de cera,era á veces tumultuoso y poco edificante, por manera que Luzbel secomplacía en tentar á la multitud que con tan piadoso fin recorríaaquellos lugares.

En más de una ocasión las autoridades eclesiásticas y civiles tuvieronque intervenir en tales procesiones de penitencia, á las que hubopícaros que acudían con fines no muy santos, aprovechándose de loencubierto de los rostros, la mezcla de sexos, y las obscuridades de lasnoches.

A mediados del siglo XVIII esta procesión de Vía-Crucis comenzó ádecaer de visible manera por muchas y diversas causas, desapareciendoluego muchas de las cruces que se alzaban en el camino en 1816, y otrasposteriormente, cuando ya estaba por completo en desuso la práctica derecorrer esta famosa Vía-sacra.

Las procesiones de penitencia á la Cruz del Campo, nota gráfica de laEspaña de los siglos XVI y XVII, merecían ser descritas muy al pormenor,ya que el pincel de un artista lo trasladó al lienzo en un curioso éinteresante cuadro que conservaba en su palacio de San Telmo el duque deMontpensier.

LAS PRESAS DE LA INQUISICIÓN

La actividad desplegada por el tribunal de la Fe, en Sevilla, en elsiglo XVI, excede á cuanto pueda decirse, siendo continuas lasprisiones, los tormentos y los autos, en los que casi á diario salíaninnumerables víctimas acusadas de herejía luterana, de molinistas, dejudaizantes, de hechiceros, iluminados, etc. etc.

Las cárceles del castillo de Triana estaban repletas de infelices presosque aguardaban la muerte más ó menos próxima, siendo muchas también lasmujeres que allí gemían en los lóbregos calabozos, y las cuales, sinconsideración alguna y contra todo sentimiento de humanidad, erantratadas cruelmente por los negros carceleros.

De la situación de aquellas desgraciadas, muchas de las cuales teníanconsigo á sus hijos, de cierta edad y de pecho algunos, da idea uncuriosísimo documento inédito hasta ahora, prueba irrecusable de lo queera el tribunal de la fe.

Este documento, que lleva la fecha de 1569, es un dato, prueba de las piadosas costumbres de entonces; es con toda su sencillez un grito dedolor de aquellas desventuradas mujeres, á las que no sólo se privaba delibertad, sino de alimento y de lo más necesario para la vida.

El escrito va dirigido al Cabildo de la ciudad y dice así:

«Ilustrísimo señor: Las que estamos en penitencia, presas en esta cárcelperpetua del Santo Oficio de la Inquisición, besamos las manos devuestra señoría ilustrísima, y á ella humildemente suplicamos; diciendoque nosotras somos pobres mujeres y padecemos muchas necesidades, y porser nuestra miseria y pobreza tanta, no podemos mercar trigo, si no esen el Pósito, para sustentarnos. Suplicamos por amor de Dios NuestroSeñor, nos mande vuestra señoría dar dicho trigo del Pósito, con nuestrodinero, y de esta manera podremos sustentar nuestras vidas y hijos, ypara esto al real oficio y á la clemencia de vuestra señoría ilustrísimaimploramos para que se nos haga esta merced y limosna.— Las mujerespresas y reclusas en esta cárcel perpetua en penitencia. »—(ArchivoMunicipal, Escribanías de Cabildo).

Tristes reflexiones se desprenden de la lectura de este documento, alcual cuantos comentarios pudieran hacerse resultarían pálidos.

Algunas de aquellas infelices mujeres fueron ejecutadas poco díasdespués, en 1573, donde salieron en auto público 70 penitenciadas en elmes de Enero y en 25 de Noviembre 60 reconciliadas, y siendo 20quemadas.

EJECUCIONES

Durante los siglos XVI y XVII la pena de muerte en Sevilla se practicabacon tanta frecuencia que como dice muy bien don Aureliano FernándezGuerra, apenas había semana en que no se llevasen á cabo una ó másejecuciones.

El pueblo acudía á presenciar estos actos con gran alboroto y como cosacorriente era el salir á ver los ahorcados, cuyos restos eran luegollevados á la mesa del rey en Tablada, y á fin de año sus huesos seenterraban con cierta solemnidad en el templo de San Miguel.

Las memorias sevillanas y las notas recogidas por diligentes curiosos,consignan entre las muchas ejecuciones algunas que por la calidad de losreos, los delitos que cometieron y otras diversas circunstanciassalieron de lo corriente y llamaron poderosamente la atención.

Tal ocurre con algunos que voy á recordar y que bien merece recogerse enestos apuntes sevillanos.

Cuatro frailes ahorcados no es caso que suele darse con frecuencia; poresto merece citarse la fecha del 26 de Julio de 1536, en que el pueblohispalense presenció tal suceso.

Fray Alonso de Badajoz, prior del convento de San Agustín; fray Andrésde la Cruz, fray Rodrigo de Rocha, prior de Córdoba, y fray José Piloto,doctor en teología, reuniéronse en el día 22 de Julio de 1536, y sedirigieron en busca del Provincial de la orden agustina, fray Juan delas Casas.

Habían los cuatro religiosos fraguado un terrible plan contra el citadoProvincial, y, sorprendiéndolo en una de las celdas del citado convento,le dieron muerte, sin que se pusiera en claro, apesar de las diversasopiniones, el motivo del crimen.

Huyeron los autores de él, procurando ocultarse; mas descubiertos ypresos en la misma Sevilla, se les degradó públicamente y fueron despuéscolgados de la horca de Buenavista, ante inmensa muchedumbre.

Los cuatro frailes criminales fueron recogidos luego por los agustinos,que depositaron sus cadáveres en las bóvedas de una capilla de laiglesia, conservándose el enterramiento hasta los últimos tiempos en queel templo estuvo abierto al público.

Otra muy comentada ejecución, fué la de don Pedro Vallecillo, y que sellevó á cabo en Marzo de 1554.

Era don Pedro un presbítero natural de Ecija, que vivía en Sevilla yhombre de no muy buenos instintos y peores mañas, cuyo fin fué al cabolamentable.

Tenía el mal clérigo, entre otros grandes vicios, el del robo, y aunquecometió algunos en pequeño, en el mes de Marzo de 1552 acechó á cuatrohombres que dormían la siesta, y armado de una daga les dió muerte,despojándolos de cuanto dinero y objetos llevaban consigo.

Al poco tiempo fué preso, y en el manuscrito de Efemérides sevillanas,de donde tomo esta noticia, se lee:

«Al cabo de veintiún meses de prisión en el castillo de Triana, lodegollaron y dieron garrote en el mármol de la Cuadra, y pasadas doshoras lo enterraron en el Sagrario, acompañándole más de quinientosclérigos y muchos religiosos de todas órdenes, y un grandeacompañamiento del cuerpo.»

Persona principal y de noble linaje fué la que subió al patíbulo en 24de Enero de 1580.

Llamábase don Fernando de Saavedra, y estaba emparentado con muchasfamilias de alta posición social.

Este don Fernando tenía una cuñada, mujer que había sido de don SanchoPonce, la cual gozaba de un mayorazgo que excitó en mal hora la codiciade Saavedra. Y llegó á tanto su mal pensamiento, que mandó matar á doñaMaría, su cuñada, pagando á los asesinos y tomando él parte material enel delito.

Como persona noble que era don Fernando Saavedra, fué degollado con unaespada y su cadáver estuvo expuesto en el tablado hasta la tarde en quese le dió enterramiento.

Horrible fué otro crimen cometido por un berberisco y su manceba en lapersona del marido de ésta, pero el castigo no lo fué menos. Las Efemérides sevillanas que figuran en la colección de papeles del condedel Aguila relatan con breve concisión el caso, expresándose de estemodo:

«En 9 de Marzo de 1788 atenacearon y dieron garrote é hicieron cuartos áun berberisco, y pusieron la mano en la esquina del Baño de la Palma yquemaron en la chamiza, á la morisca bañera, porque ella y él (queestaban amancebados) mataron al marido y lo echaron á cocer, porque nohediese, en el caldero en que se calienta el agua; y unas mujeres,queriendo por una ventanilla sacar una poca de agua caliente, lo vieronmuerto.»

Por último, para terminar, citaré estas dos ejecuciones que ocurrieronentrado ya el siglo XVII, en que tantas hubo, á alguna de las cuales,más adelante dedicaré especial lugar.

D. Diego de Ulloa de la Chica, presbítero y fraile carmelita que vivíaya en Sevilla en 1590, fué expulsado de la orden por su mala conducta,en la que, lejos de enmendarse, se aferró más y más, llegando hasta elpunto de que, impulsado por el robo, asesinó en 1622 á un vecino delArquillo Las Roelas, llamado don Juan González, el cual era sacerdote ycapellán de la parroquia de San Lorenzo.

Tuvo por cómplice en su crimen á un corchete llamado Andrés, del que nosólo se sirvió para asesinar al capellán, sino á otro hermano suyo quecon él vivía.

Ulloa de la Chica fué degradado públicamente por el obispo auxiliar donJuan de la Sal, y el día 20 de Mayo de 1623, fué arrastrado, ahorcándolefrente al citado arquillo de Roelas, en unión del corchete Andrés, «áquien se le cortó la cabeza y la mano derecha, que se pusieron poralgunos días en un árbol de la vecina Alameda.»

En 1633 y el día 15 de Julio ahorcaron y cortaron la mano derecha á unjoven hijo del carnicero de los Abades, mozo de vida licenciosa yaficionado á lo ajeno y que, para su mal, cometió un sacrílego robo queprodujo gran escándalo.

El erudito don Diego Ignacio de Góngora consigna el caso brevemente enun manuscrito, y de él se viene en conocimiento de que el hijo delcarnicero, favorecido por las sombras de la noche, penetró en la iglesiade San Roque con los más perversos instintos.

Ya en el templo, dirigióse á uno de los altares, y cogió una custodia,que era de plata y de gran mérito, dejando la Sagrada Forma sobre lamesa del altar, y huyendo luego, sin ser visto de quienes pudierancapturarlo.

Al día siguiente, cuando fué conocido el robo, promovióse gran alborotoen el barrio, poniéndose en aquel punto en movimiento la justicia, lacual tuvo la suerte de dar, de allí á pocos días, con el ladrónsacrílego, que, encerrado en la Cárcel Real, fué condenado á muerte muyluego.

La custodia se rescató con gran contento de los feligreses, los cualescostearon después una solemne función religiosa de desagravios.

El ladrón no fué solo á cometer su delito, sino que tuvo dos cómplices,como así lo consigna Góngora, el cual dice:

«Ayudóle en el sacrílego robo un clérigo, que había sido fraile, y unamozuela. A ésta diéronla, el mismo día de la ejecución del reo,doscientos azotes. El clérigo huyó, con que no lo prendieron.»

EL SALVADOR

Los paseos y jardines públicos de Sevilla no dejan de ofrecer materiaabundante para ocuparse de ellos, por su historia, su importancia local,las transformaciones que han tenido y los sucesos más ó menosinteresantes que en ellos se han desarrollado. Tal ocurre, por ejemplo,con el paseo llamado del Salvador.

Dice Cervantes en Rinconete y Cortadillo: «Avisólos su adalid (elasturiano) de los puestos donde habrían de acudir: por la mañana á lacarnicería y á la plaza de San Salvador...» y más adelante, añade:«Todas estas liciones tomaron bien de memoria, y otro día bien de mañanase plantaron en la plaza de San Salvador

Esta era entonces centro de gran movimiento y tránsito y mercado de lafruta, que por estar enclavado en barrio tan céntrico y rico é inmediataá otros puntos de venta como los del pan y las pescaderías, acudía granconcurrencia á ella y atronaban de continuo toda la collación los gritosy el vocerío de vendedores esportilleros, mozos, criados, justicias,etc. etc.

En aquellos tiempos se alzaban en la plaza dos cruces, una de piedra yotra de hierro, y desde 1574, el hospital de San Juan de Dios, que aúnexiste, y la colegial del Salvador, cuyo edificio se comenzó áreedificar en 1671.

La plaza del Salvador era teatro con frecuencia, en el siglo XVII, demuy variadas escenas; allí se celebraron más de una vez fiestas de torosy cañas, para solaz de los canónigos de la Colegiata, y á las que acudíasiempre el pueblo con gran regocijo y alboroto.

Desapareció el mercado de fruta en los años de la invasión francesa, yentonces se construyó el paseo, habiéndose, hacia 1816, edificado lacapilla que existe en las gradas del templo del Salvador, y á la cualtrasladóse la imagen de la Virgen del Carmen, que estuvo hasta entoncesen un retablo de la calle de las Sierpes, según escriben veracesautores.

El paseo se construyó con regular elevación, subiendo á él porconvenientes escalinatas, plantándose en él árboles y colocándoseasientos de piedra, tal y conforme aparece en láminas de la época, comola que figura en el libro de Alvarez Miranda, Glorias de Sevilla.

Desde poco después de 1817, comenzó á celebrarse en esta plaza unavelada á la Virgen del Carmen, la cual tuvo años de no poco esplendor,viéndose entonces adornada la capilla con vasos de colores y conbanderas y arcos el paseo, alrededor del cual se instalaban puestos deavellanas, de turrones, de garbanzos y de los célebres alfajores quevendían las serranas de enaguas rayadas, chaquetas de paño y sombrerosde castor.

De estas veladas aún queda hoy algo, si bien de nota incolora, sin aquelsabor característico, pues ya no se ven allí ni los majos decidores, nilas majas desenvueltas, ni todos aquellos tipos sevillanos que con tantaexactitud retrataba don José Bécquer en sus acuarelas y lienzos.

La solemnidad del Corpus era también de gran resonancia para la plazadel Salvador, como lo sigue siendo hoy, y desde antiguo se entolda granparte de ella para el tránsito de la procesión y se coloca en la puertadel Salvador la imagen de la Virgen de las Aguas, que compartió su famapopular con la de los Reyes, y sobre la que corren, como sabido es detodos, las más peregrinas tradiciones.

Días del año en que ofrece gran animación el paseo que es objeto deestas líneas, son los de Semana Santa, pues por el recinto cruzan casitodas las cofradías que hacen estación á la Catedral, y es de ver enaquellas tardes y noches y en la madrugada del Viernes Santo, el aspectodel Salvador (como los sevillanos le dicen) donde se apiña la multitudbulliciosa y poco devotamente, desarrollándose escenas que no es cosa dedetenerse en describir ni enumerar siquiera.

Las noches de estío, esas noches de Julio y Agosto en Sevilla, en que elcalor es sofocante, acude un público bastante numeroso al paseo delSalvador en busca de alguna agradable brisa; allí se pasa las horastranquilamente el desocupado, viendo á los corros de niños que juegan, ála gente joven que pasea, á los viejos que dormitan ó á los que tomansorbetes y refrescos en los puestos de agua, siendo aquel, campo muyaproposito para conquistas de niñeras y criadas de servicio queincautamente creen en las promesas de chicucos domingueros y militares sin graduación.

Diversas modificaciones ha sufrido el paseo del Salvador desde queestaba elevado y tenía sus escalinatas por los años de 1840,desapareciendo el alto hacia 1860, y, motivado por recientes sucesos,desaparecieron aquellos asientos de piedra que desde tiempo primitivotuvo, sustituyéndose por los de hierro que tiene en la actualidad y queinvitan al descanso al transeunte.

Para concluir, diremos que el paseo del Salvador sería susceptible hoyde algunas mejoras importantes, que contribuirían á su embellecimiento ycomodidad, para llevar á cabo las cuales, sería necesario efectuar elderribo de algunos edificios, con lo que ganaría, ensanchándose, lugartan céntrico y concurrido como lo es aquél y tan predilecto de muchossevillanos.

JUAN DE LAS ROELAS

Pertenece el licenciado Roelas al número de aquellos grandes pintoresque florecieron en Sevilla en los siglos XVI y XVII, y que tanta honradieron á su patria y tan apreciables obras legaron á la posteridad.

Como ocurre con otros artistas y escritores de aquellas centurias, noson muchas las noticias biográficas que de Roelas se conservan, ydespués de las que apuntaron Arana de Varflora y Ceán Bermúdez, apartede algunos documentos sueltos, no se han podido ampliar gran cosa, nihan sido por cierto muchos los datos encontrados que dieran luz sobre lavida de aquel famoso maestro, pudiéndose sólo, como lo hago, reuniralgunos detalles desperdigados en otros textos.

Nació en la capital de Andalucía hacia 1560, y se dedicó de muy joven álos estudios, obteniendo el grado de licenciado, y más tarde se ordenóde sacerdote, por lo que vulgarmente es conocido por el clérigoRoelas.

Sin embargo, la verdadera profesión de aquel sevillano había de quedarolvidada, por ser lo que, empezando en él como mera afición, vino con eltiempo á darle legítimo renombre.

Inclinado desde mozo al dibujo, estudió éste en su patria, siendodiscípulo de Antonio Arfián, ignorándose en qué fecha, y con el deseo deperfeccionarse en el arte, abandonó España.

Roelas trasladóse á Italia y allí estudió, especialmente, las obras deTiciano, haciendo verdaderos y notables progresos, que se pusieron biende manifiesto en cuantas obras llevó entonces á cabo.

Regresó después de algunos años á Sevilla, donde ya pintaban no pocosfamosos artistas, y en 1603 obtuvo una prebenda en la capilla deOlivares, pueblo de la provincia, y capilla que más tarde fué elevada ácolegiata, pintando allí, entre otros lienzos, dos cuadros muy notablescon asuntos de la vida de la Virgen, y en 1606 otros dos para elconvento de Santa Isabel, de Sevilla.

En 1607 contaba ya Roelas con no pocos discípulos que se apresuraron árecibir sus lecciones, viéndose siempre muy concurrida su academia, dela cual salieron, andando el tiempo, pintores como Juan de UcedaCastroverde, Varela y el gran Zurbarán.

Pintó Roelas en 1609 el cuadro de Santiago que existe en la capilla dela Catedral, donde llegaron á reunirse hasta ocho lienzos suyos, entrelos que se citan con elogio el retablo de la capilla de los Jácomes,hoy muy restaurado.

Para el convento de la Encarnación y el de san Agustín, pintó cincograndes cuadros y nueve para la Merced, pero casi todas estas obras sonhoy desconocidas y habían desaparecido ya de dichos templos muchas en1844.

Encontrábase Roelas en Madrid en 1616, y allí no pudo conseguir comodeseaba la plaza de pintor de cámara de Felipe III, que se dió áBartolomé Gómez, pero ejecutó diversas obras para el palacio real, queya no existen, pintando por aquellos años el cuadro de Moisés que hoy seve en el Museo del Prado, los que estaban en la Merced Calzada y unaConcepción que en 1800 existía en la Academia de San Fernando.

En Madrid y Sevilla residió el clérigo Roelas indistintamente largastemporadas, ejecutando para su patria obras como la Muerte de sanIsidoro que existe en el altar mayor de dicho templo, el San Pedrolibertado de la prisión que se encuentra en la capilla de la iglesiadel mismo nombre, el Martirio de santa Lucía de la iglesia dedicada áesta santa, y el Martirio de san Andrés que estuvo en la capilla delos Flamencos en santo Tomás y hoy se admira en el Museo provincial,donde se guardan además una Santa Ana con la Virgen, un San Ignacio y una Concepción.

Nueve cuadros existían en el Hospital del Cardenal hechos por Roelas,(tales como el de la Muerte de San Hermenegildo y varios martirios defrailes) y uno en el Hospital de los Viejos que desapareció el sigloXVIII, sustituyéndose por otro lienzo de pésima ejecución y oscura mano.

En 1624 fué Roelas nombrado canónigo de la colegiata de Olivares, á cuyopunto se trasladó en definitiva el artista, que ya en distintas épocashabía allí residido.

Tranquilo y sosegado y sin dejar el cultivo del arte, continuó Roelasen Olivares, donde falleció en 23 de Abril de 1625, siendo enterrado enaquel pueblo.

El licenciado Juan de las Roelas es uno de los grandes maestrossevillanos que á tan alto lugar llevaron la pintura de nuestra patria.

Notabilísimo dibujante fué aquel hombre y así lo demostró en todas susobras, donde á más se admira un bellísimo colorido, que pone bien demanifiesto la influencia que en el artista ejerció la escuela veneciana,cuando la estudió detenidamente durante su permanencia en Italia.

Muchos son los cuadros que se han perdido del clérigo Roelas, pues enSevilla llegaron á reunirse en diversos templos hasta cuarenta y sietegrandes pinturas de este artista, siendo no pocas de ellas las quepasaron á poder de particulares, y por desgracia salieron después denuestra ciudad y de la península.

Aún existen no pocas de verdadera importancia para admiración de losinteligentes, y entre ellas merecen especial mención las que seencuentran en el templo de la Universidad, de la Sacra Familia; ElNacimiento y la Adoración de los Reyes, en Santa Isabel; el Bautista y Evangelista, en San Lorenzo; la Virgen del Rosario, enSanta Ana (que fué restaurado muy torpemente); El martirio de sanAndrés, en el Museo, el San Pedro y el Santiago ya citados; el devarios santos en San Juan de la Palma, y otros que dan bien acabadaspruebas del indiscutible mérito de su autor.

Con razón dice de él un crítico que «fué gran artista y produjo muchas ymuy grandiosas obras, todas ellas de superior mérito». No entraré ádetenerme en ellas, particularmente, pero sí diré que cuantos críticos,propios y extraños, se han ocupado de las obras de este autor, estánconformes en tributarle los mayores elogios.

Pacheco, Ceán Bermúez, Arana de Varflora, Pons, Madrazo, Gestoso, etc.,etc., que analizaron con detenimiento las creaciones del clérigo-pintor,han hecho justicia á sus méritos, que fueron reconocidos por suscoetáneos.

Hay en las obras de Roelas, á más del conocimiento profundo del dibujo,un acertadísimo buen gusto para la composición de las figuras, siendo delos artistas de su tiempo uno de los que con más exactitud copiaron dela realidad, tan falseada por algunos con verdadero propósito.

Roelas, trasladando al lienzo el modelo tal cual lo veían sus ojos, nodejó por eso de imprimir un verdadero sentimiento de gran artista á suscreaciones, en las que han podido estudiar muchos la belleza de lo realsin acudir á lo mentido y artificioso.

En cuanto al hombre, dejó gratísima memoria por sus bellas prendas; «lapiedad—

dice Arana—formó el carácter de Roelas, y esta virtud le hizodar muchas limosnas y no desdeñarse de hacer pinturas gratuitamentecuando algunos pobres se las pedían.»

Dejó un nombre ilustre como artista y un nombre honrado como hombre:¿qué mejor elogio puede hacerse del pintor sevillano?

LAS DOS AMIGAS

Los vecinos del barrio de la Feria presenciaron en Diciembre de 1574

unespectáculo que les entretuvo bastante y fué objeto de los más sabrososy varios comentarios.

A la puerta de la iglesia de Omnium Sanctorum se colocaron, de orden dela justicia, dos altas escaleras de mano; y en cada una de ellaspusieron á dos jóvenes y no mal parecidas mujeres, siendo tambiéncurioso el que una de las tales estaba vestida en traje masculino congregüescos y calzas.

Antes de exponer á las dos mozas á la pública vergüenza, fueron paseadaspor la ciudad montadas en dos pollinos, desnudas las espaldas y lospechos y seguidas del verdugo, que propinó á cada una cien azotes, conarreglo á la sentencia que se les había impuesto.

Permanecieron encaramadas en la escalera un día entero las dos hembras,siendo la causa de aquel castigo el hecho siguiente:

Una de las mujeres tenía grandes ansias por cobrar un dote de 100ducados que le correspondía si se casaba, mas ella no demostraba ningunaafición al casamiento, y sí muy grande al dinero y á una su íntimaamiga, con la cual convino un ingenioso plan que, al ser malogrado, lapuso en aquella triste situación.

Trató con la amiga que se disfrazase con traje de varón, el cual nodebía sentarle mal, y que, como tal varón, la galanteara y pidiera encasamiento, llevando las cosas tan adelante que, con la complicidad deun sujeto de la curia eclesiástica, comenzaron á sacar los papeles parair al altar, recibir las bendiciones y cobrar los apetecidos ducados.

En estos pasos estaban, cuando la superchería fué descubierta ycondenadas más tarde... ¡Los 100 ducados del dote se convirtieron en 100azotes y en pasar la vergüenza de la exhibición, si es que las dos mozasla tenían!

LOS VALENTONES

Uno de los más temidos valentones que á fines del siglo XVI había enSevilla, donde tantos se encontraban, era Gonzalo Xeniz, cuya vidaaventurera y ladronesca pudiera ser objeto de un libro.

Hablan de este mozo de chapa algunos autores contemporáneos, y la famade sus fechorías ha llegado hasta nosotros, presentándolo como tipoacabado de aquellos bravucones que tan admirablemente pintaba Cervantesen Rinconete y Cortadillo, Quevedo en el Buscón y Cristóbal deChaves en La cárcel de Sevilla.

Huyendo de las garras de la justicia andaba el ínclito Xeniz en 1595,cuando el 26 de Julio acudió á un ventorrillo de la Puerta de laBarqueta, en el cual se juntaron gran número de rufianes y mujeres devida airada á divertirse alegremente, como gente de ancha conciencia queera.

Allí estaba toda la taifa picaresca, comiendo, bebiendo, cantando yentregándose á desahogos no muy honestos, cuando fué cercado elventorrillo por gran número de alguaciles que llevaban á la cabeza nadamenos que al Asistente de Sevilla, don Pedro Carrillo de Mendoza, condede Priego.

Enterados los valentones de lo que pasaba, salieron armados ádefenderse, trabándose entonces una formal batalla en la cual GonzaloXeniz, que hizo varios disparos con un pistolete, logró escaparse,dejando burlados á los que ansiaban cogerlo.

Pero si aquella vez estuvo afortunado, no lo estuvo en otro encuentroque al poco tiempo tuvo, y fué preso, mandándosele á la galera de Málagacomo cabo de escuadra, de donde volvió en Agosto de 1596, siendoentonces puesto en libertad porque al mozo no le faltaban amigos.

Mas apenas se vió en la calle, reanudó sus fechorías, por lo cual elconde de Priego mandó prenderle de nuevo. Y hé aquí que el 4 de Octubredel citado año, Xeniz, viéndose en el apurado trance de que iba á sercapturado por los alguaciles que le habían sorprendido en unión delAsistente, disparó contra éste un pistoletazo, que por gran casualidadno acabó con la vida del conde.

Y aquí tuvo término la existencia del valentón, pues el 17 de Octubre de1596 fué ahorcado en la Plaza de San Francisco, y su cadáver, hechocuartos, se puso en el lugar del ventorrillo de la Puerta de laBarqueta, como consigna Ariño en los Sucesos de Sevilla.

Digno émulo de Gonzalo Xeniz fué otro matón coetáneo suyo y el cualcompartió con él las hazañosas empresas, viniendo á la postre á tenertambién desgraciado fin poco tiempo antes que el intrépido compañero.

Juan García, llamado también El Bravo de las Galeras, era un mozofiero y atrevido, soldado y terror de los vecinos de Triana en 1593.

Continuas pendencias, alborotos y escándalos promovía el bravucón y susamigos, y en uno de aquellos lances acudió en mal hora á poner paz uncorchete llamado Gordillo, que ya era bien conocido de García, el cualfué lo mismo verle que arremeterle armado de una daga.

Con ella le infirió multitud de heridas, y dejándole ya muerto, huyó áesconderse en alguno de los rincones de Triana, donde tenía gentes quepor miedo le favorecían.

Al poco tiempo un alcalde de corte y un alguacil acudieron á Triana conobjeto de capturar al bravo, empresa que era más difícil de lo que elloscreían.

Era esto el día 2 de Julio del citado año de 1593, y con motivo de lacaptura se produjo en Triana un verdadero motín, que las crónicassevillanas registran y que apunta Ariño en su libro de Sucesos.

Como quiera que la fuerza dispuesta para prender al bravucón erainsuficiente, hubo que reclamarla mayor, llegando el caso á tener quedar el toque de rebato en la iglesia de Santa Ana, á fin de que acudieragente que auxiliara á la justicia.

Con ella fué tropa y hasta el marqués de Peñafiel tuvo que intervenircon su autoridad personalmente, llegando á tomar tales proporciones elescándalo, que puso en alarma á Triana y á Sevilla entera: tal fué laheróica defensa que de su persona hizo el valentón.

Fué preso al cabo, y al siguiente día, 3 de Julio, le ahorcaron en laorilla del río, quedando con aquella ejecución en tranquilidad muchosvecinos de Triana, que durante largo tiempo anduvieron siempreamenazados con los desmanes y excesos de furor del Bravo de lasGaleras, cuyo recuerdo duró largo tiempo entre la gente de su laya quetanto abundaba en Sevilla en los siglos XVI y XVII.

EL ASISTENTE Y LAS FRUTERAS

El señor don Fernando Arias de Bobadilla, conde de Puñonrostro, fuéAsistente de la capital de Andalucía y se hizo célebre, como ya dije,por los actos que cometió y por sus justicias, que tenía singular manerade ejecutarlas.

Cuéntanse de él infinitas cosas que son dignas, por cierto, de serrecordadas, y como su autoridad era poderosa y su carácter en extremoduro, llegó á ser el terror de la gente de los barrios, en particularde los comerciantes y vendedores de artículos de primera necesidad.

El año 1597, en que tomó posesión de su cargo el conde, mandó pregonarun bando, por el cual se condenaba en la pena de doscientos azotes á losque vendiesen los artículos á más precio que el señalado ya de antemano;y como quiera que el cumplimiento de la orden no fué guardado ni muchomenos como debiera, el conde empezó á llevar á cabo los castigos conextraño rigor y sin que por un momento dejase pasar la más leve falta.

Diariamente salían por las calles de la ciudad comerciantes montados enburros, recibiendo los golpes de la penca, y panaderos, hortelanos,pescaderos, carniceros, etc., etc., veíanse á cada momento sorprendidospor la visita del conde en persona, que era implacable en susresoluciones.

Llegó en éstas á la barbarie, pues como no tenía nadie que le pusiesecoto y en Madrid se le habían confirmado plenos poderes para ejercercomo juez absoluto, se despachaba á su gusto de una manera brutal ycruel.

Tal sucedió con una pobre mujer, que fué víctima de su señoría, y por undelito harto insignificante para la pena que sufrió.

La tal mujer tenía por las mañanas su puesto de frutas en el barrio dela Feria, y para su desgracia el día 6 de Mayo de 1597, sorprendióla elconde vendiendo ciruelas y cerezas á más alto precio que el señalado.

Al punto la mandó prender y aquella misma tarde fué azotadapúblicamente, llevando colgadas al cuello, para mayor vergüenza, lasfrutas, pero tan tremendos resultaron los golpes que sobre la infelizcayeron, que enfermó de gravedad y el día 9

del mismo mes de Mayo espiróla infeliz, según consigna el diario de Ariño.

El mismo autor añade: «Seis días después á otra mujer, porque vendíapepinos á más de la postura, la pasearon por las calles con los pepinosal pescuezo y le dieron doscientos azotes.»

Como estos dos, pudiera citar infinidad de casos que prueban la maneracon que Puñonrostro hacía justicia, y lo que era en el siglo XVI unAsistente de Sevilla.

HERRERA "EL VIEJO"

Las obras del pintor Francisco de Herrera, á quien generalmente seconoce por Herrera El Viejo, para diferenciarlo de su hijo, del mismonombre y también artista, son universalmente celebradas, y el título desu autor es de los que gozan en justicia un puesto de preferencia entrelos antiguos pintores sevillanos.

Por otra parte, es Herrera una persona digna de estudio; en su vida haydiversos incidentes que merecen ser recordados; y aunque estos apuntesno permiten gran extensión, he de procurar condensar cuanto seanecesario para dar á conocer al artista sevillano.

Nació éste, según se cree, en 1576, y fué su maestro en el arte LuísFernández, que lo fué también de Pacheco, quien á la par de Herreraaprendió el dibujo y las primeras lecciones de pintura.

Herrera comenzó de joven á llamar la atención de las personasinteligentes de Sevilla con sus lienzos, y se dice que los primeros quepresentó al público fueron los cuatro que figuran en el altar mayor dela iglesia de San Martín, representando pasajes de la vida de estesanto.

Instruído también en el grabado en cobre, ejecutó no pocos trabajos poreste procedimiento, mereciendo citarse la portada del libro publicado enSevilla en 1610

por Estupiñán y en el que se relatan las fiestasllevadas á cabo para la beatificación de san Ignacio.

Por entonces tenía taller abierto Herrera y contaba con frecuentesencargos, habiendo hacia 1613 acudido á recibir sus lecciones don DiegoVelázquez de Silva, que á la sazón contaba catorce años, pero que prontotuvo que separarse de tal maestro, dicen, por la violencia de sucarácter, poco apropósito para dedicarse á la enseñanza.

De este natural poco sufrido, huraño y dado á la cólera, vinieron nopocos disgustos y sinsabores á Herrera, quien con frecuencia se veíasolo y sin que ninguno de los muchos jóvenes aventajados que entonceshabía en Sevilla, quisiese acudir á su casa.

«He oído muchas veces—diceCeán—decirlo á pintores viejos de Sevilla: que cuando no tenía Herreradiscípulos y esto era muy frecuente, mandaba á su criada bosquejase loslienzos, y antes que se secasen los colores formaba él con una brochalas figuras y ropajes.»

Por los años á que me voy refiriendo pintó Herrera para san Agustín la Asunción y Coronación de la Virgen; para san Antonio dos Apóstoles; para la ermita de la Encarnación en Triana, siete cuadroscon pasajes de la vida de la Virgen, obras todas que se han perdido, yel Triunfo de san Hermenegildo, que estaba en el altar mayor de dichotemplo y que hoy se conserva en el Museo provincial.

Hacia 1619 fué acusado Herrera de monedero falso, y como quiera que elartista considerábase perdido y próximo á caer en las garras de lajusticia, huyó á buscar asilo en el convento de san Hermenegildo.

Allí estaba cuando en 1623 visitó Sevilla Felipe IV, y se cuenta portradición que habiendo admirado mucho el rey el citado cuadro, que es degran tamaño, y en el que aparece el santo con san Leandro y san Isidoro,preguntó quién lo había ejecutado.

Presentáronle entonces á Herrera,diciéndole cuál era su situación y los motivos por que se le perseguía.El monarca le dejó libre, diciéndole que quien sabía ejecutar obras comoaquella, no había menester el oro ni la plata.

Vuelto Herrera á su casa, continuó trabajando, pero siempre apartado deltrato de las gentes, siempre solitario y siempre mal humorado.

Una nube negra pesaba sobre el alma del artista, de quien, no pudiendoresistirlo ni aun los miembros de su familia, una su hermana, que con élvivía, se apartó para entrar en un convento. Más tarde, su hijoFrancisco le robó mil pesos que tenía ahorrados y se huyó á Italia,donde siguió aprendiendo la pintura, que ya había comenzado, y de dondeno regresó hasta que murió su padre.

Ejecutó éste dos cuadros para el convento de Santa Inés, representandola Sacra Familia y el Espíritu Santo, otro para el altar mayor delHospital establecido en la calle Colcheros, que se conservaba en 1836, yel magnífico retablo del Juicio final que existe en san Bernardo y delque dice un crítico «que es tal vez la más grandiosa obra que brotó desus afamados pinceles.»

Herrera pintaba también con mucha destreza al fresco, ejecutando nopocas obras por este procedimiento, y entre las cuales cita Varflora las ejecutadas en los conventos de la Merced y de san Pablo y sanBuenaventura.

En 1633, pagóle el cabildo de la ciudad ciertas cantidades por lailuminación de una estampa de san Fernando y terminó algunas pinturaspara san José, siendo en gran número los cuadros de Bodegones quehizo, los cuales estaban en poder de particulares y ya en tiempo de Ceánhabían casi todos desaparecido de Sevilla para ir á parar á los museosextranjeros.

En el Louvre se conserva hoy un cuadro que representa á san Bernardodictando las reglas de la Orden, que es una de las más acabadas obrasde Herrera.

Este, muy anciano ya, marchó á Madrid en 1650, donde se estableció yejecutó algunas obras al fresco y no pocos grabados, impresos endiversas obras.

El año 1656 falleció Francisco Herrera en la córte, siendo enterrado sucadáver en el templo de san Ginés.

A más de los cuadros que pintó el maestro sevillano para los templos deesta ciudad que he citado, se encuentran hoy en el Museo provincial lassiguientes obras: Visión de san Basilio, dos santos de la ordenfranciscana, Un santo obispo, san Gregorio, san Demetrio, sanAntonio, san Pedro, Sebaste, santa Dorotea, santa Gertrudis, Un santo religioso bernardino y la Apoteosis de san Hermenegildo, yacitada. A más existen algunos originales en poder de particulares, talescomo un san Nicolás de Bari, que posee el señor Gestoso y que estáejecutado con mucha valentía.

De las cuarenta y siete grandes obras que de la mano de Herrera había enSevilla hacia 1830 se han perdido muchas, pero sin duda las que quedanson las más importantes y las más apropósito para estudiar por completoá este artista, que fué de los primeros en apartarse de las reglas delos antiguos maestros, ejecutando libre, espontáneamente y conatrevimiento y valentía.

Distinguíase poderosamente en el claro-obscuro y en el conocimiento dela anatomía, y todas sus producciones, por la manera especial de hacer yla rudeza de los rasgos, parece que retratan su carácter.

De éste se ha escrito mucho, tachándosele, como ya dije, de violento ydesabrido en extremo. Tal vez por esto en vida no fué muy elogiadoHerrera de sus coetáneos que le miraron con prevención, y únicamenteLope de Vega le dedicó algunos versos en el libro segundo de su famoso Laurel de Apolo.

Del maestro sevillano se dice que «dibujaba con cañas y manejaba elcolor con gruesas brochas», teniendo singular destreza para ello, yterminando su obra con una rapidez que pasmaba.

Triste y abandonado, falleció el notable artista á solas con lasnegruras de sus pensamientos y la melancolía de su espíritu, y si dejó álas generaciones futuras obras hermosas, no tuvo el consuelo de que nisus amigos y discípulos recordasen su nombre con ternura y derramasenlágrimas por su memoria.

LOPE DE VEGA EN SEVILLA

El Fénix de los ingenios españoles, aquel que se alzó con el cetro dela monarquía cómica, visitó á Sevilla en los primeros años del sigloXVII, y si bien de su estancia en nuestra población no son hasta ahoramuy detalladas y completas las noticias que existen, pueden, sinembargo, servir para dar asunto á uno de estos apuntes históricos.

El año 1600 llegó á esta capital de Andalucía el gran poeta, que sehallaba entonces en toda la fuerza de su juventud y con toda la lozaníade su portentoso ingenio, y no vino solo, pues le acompañaba doña Maríade Luján, hermosa mujer, con quien tenía hacía tiempo amorosasrelaciones, de las cuales eran fruto dos niñas, á la sazón de cortaedad, y de nombres Mariana y Angela.

La amante del poeta acompañóle durante todo el tiempo de su estancia enSevilla, y aquí quedó, cuando Lope, en 1601, emprendió un viaje á Madridy Toledo para evacuar algunos negocios particulares, viaje del que notardó en regresar al lado de aquella mujer á quien cantaba en suspoesías con el nombre de Lucinda.

Por cierto que á su regreso corrió entre los literatos sevillanos unsoneto contra Lope, el cual algunos han atribuido á Cervantes, que á lasazón también residía en nuestra ciudad, y cuya enemistad con el Fénix de los ingenios es bien conocida, no estando tampoco éste tardo enatacar al autor del Quijote en varios de sus escritos.

La pluma de Lope, jamás ociosa, no podía estarlo en Sevilla, y así fué;aquí escribió varias comedias, entre las que se cuentan La coronamerecida, y algunos autos, como El hijo pródigo y El viaje delalma, representándose durante aquellos años por las compañías deVergara y Villalva, algunas obras de Lope, que aunque ya conocidas enotras partes no lo eran aún del público sevillano.

El cuadro de costumbres que relata en El Fénix de Sevilla, de que yame ocupé, es buena prueba de que aquel gran hombre supo identificarse enel ambiente de las costumbres sevillanas.

Poesías escribió también Lope muchas en Sevilla, y de ellas merecerecordarse la carta que dirigió en 1603 á un amigo, y en la cual dice:

«...Pan

de

Sevilla

regalado

y

tierno,

masado

con

la

blanca

y

limpia

mano

de

alguna

que

os

quisiera

para

yerno.

Jamón

presunto

de

español

marrano

de

la

sierra

famosa

de

Aracena,

á

donde

huyó

del

mundo

Arias

Montano.

Vino

aromatizado

que

sin

pena

beberse

puede

siendo

de

Cazalla,

y

que

ningún

cristiano

lo

condena.

Agua

de

la

Alameda

en

blanca

talla,

¿dejáis

por

el

bizcocho

de

galera

y la zupia que embarca la canalla,» etc. etc.

En Diciembre de 1603 terminó Lope de Vega su obra El peregrino en supatria, que fué impresa en Sevilla, y de la cual tanto se han ocupadolos críticos y los biógrafos del fecundísimo autor.

Acompañado de su amante, joven y hermosa, á quien adoraba y queprocuraba hacerle dichoso, considerado y tenido en alto aprecio portodos y agasajado por cuantos hombres de letras había en la capital deAndalucía, la estancia de Lope en nuestra ciudad debió serle en extremoagradable, y de ella conservó siempre gratísimos recuerdos, como sedesprende de algunos pasajes de sus obras.

A fines de 1604, Lope marchó de Sevilla, dirigiéndose primero á Madrid ydespués á Toledo, donde tuvieron fin sus relaciones amorosas con Lucinda(á lo menos públicamente), pues algún tiempo después, el poeta contrajomatrimonio con doña Juana de Guardo...

D. Cayetano Alberto de la Barrera, Hartzenbusch, Asensio, y don JoséSánchez Arjona últimamente en sus Anales del teatro en Sevilla, alilustrar la vida de Lope de Vega, se han ocupado de su estancia ennuestra población, á la cual he dedicado un recuerdo en las anterioreslíneas, como he de hacerlo á otros hombres ilustres por cualquierconcepto que visitaron nuestra ciudad.

CONFITEROS Y CONFITERÍAS

Esto de la afición á los dulces ha sido cosa antigua en nuestra ciudad,como así lo prueba la importancia que siempre tuvo el gremio deconfiteros y lo numerosos que ya en el siglo XVI eran losestablecimientos dedicados á la venta y fabricación de dulces de lasclases más variadas.

Esto movió á no pocos de los confiteros, para mejor orden y disposición,á nombrar examinadores del gremio y formar ordenanzas, las cualesfueron aprobadas por el rey Felipe III en 20 de Mayo de 1606, el cualencarecía la utilidad, expresando: «Nos fué hecha relación que el tratoy confituría en ella (en Sevilla) era muy grueso, por ser muygrande..... Porque siendo las conservas y confituras, regalos deenfermos y para personas ricas, convenía que la dicha obra fuese buena yque fuese y se hiciese con buenos azúcares, y no echando otras mezclas,para que se supiese y se entendiese cómo se había de hacer cada cosa, yno se vendiesen cosas malas y falsas.....»

Las tales ordenanzas no dejan de ser curiosas y contienen algunosdetalles de interés para el conocimiento de cómo estaba constituido elgremio, y de sus artículos hemos de dar una idea, teniendo á la vista eltexto, que consta de veintiuna disposiciones, haciendo muyespecialmente constar en la primera que de allí en adelante«... ninguna persona, de cualquier estado ó condición que sea, puedatener tienda pública ni secreta sin que primero haya de preceder ypreceda examen de dicho oficio, el cual examen se ha de hacer ante losveedores del dicho oficio de confiteros...»

En las ordenanzas se manda que el que tuviera tienda y no fueraexaminado, se le castigaría con multas y otras penas, que se formase unlibro con las denuncias y que en la elección de veedores se tuviese lamayor justicia y sinceridad.

Que ya la gente del gremio estaba en el secreto de adulterar losconfites y engañar al pueblo se ve que no era cosa nueva, pues así sedesprende de los capítulos 30 y 31, que dicen:

«Item ordenamos que ningún oficial de confituría sea osado á mezclar laconfitura que hiciese con almidón, harina, ni otras misturas, so pena deperdida la dicha colación y de seis mil maravedís por la primera vez,y por la segunda sea privado del dicho oficio de confitero por seismeses y no tenga más tienda, y por la tercera que la justiciaordinaria proceda á hacerle conforme la calidad y gravedad deldelito—31.

Item ordenamos que los canelones de sidra, ó canela,avellanas ó anís liso ó labrado, culantro liso ó labrado, almendrapelada ó raída y entera, y piñones y grajeas, á todo esto sea y se hagade un azúcar blanco, de arriba á bajo, sin otra mistura, so pena de dosmil maravedís por la primera vez, y por la segunda pena doblada, ypor la tercera vez sea perdida la dicha colación y no tenga tienda porseis meses.»

En los artículos 12, 13 y 14, se especifican algunas de las confiturasmás en boga de entonces, con indicaciones de las materias de mejorcalidad de que habían de confeccionarse, recomendando con insistencia«que el azúcar rosado y los bocadillos sean conservados con azúcar,fresco y blanco, y el azahar cubierto, confitado y en conserva, sea debuen azúcar, blanco de remate, etc.» no dejando de estar especificadosotros

particulares

en

los

cuales

se

recomendaba

el

más

exactocumplimiento.