Cosas Nuevas y Viejas (Apuntes Sevillanos) by Manuel Chaves - HTML preview

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el

volver

después

á

vellas

con

otras

muchas

que

embarcan.

Por

cuchillos

el

francés

mercerías

y

Ruán,

lleva

aceite;

el

alemán

trae

lienzo,

fustán,

llantés;

carga

vino

de

Alanís;

hierro

trae

el

vizcaino

el

cuartón,

el

tiro,

el

pino,

el

indiano

el

ámbar

gris,

la

perla,

el

oro,

la

plata,

palo

de

campeche,

cueros,

toda

esta

arena

es

dineros.

¡Un mundo en cifras retrata!

En la citada comedia saca á escena Lope los tipos más característicosque entonces frecuentaban el Arenal, y así se ven desfilar por elteatro, tapadas, soldados, mozos de galeras, arraeces, bravos,comerciantes, aguadores, ladrones, criados y forasteros, pudiendoconsiderarse esta obra del Fénix de los ingenios, á más de su méritoindiscutible, como un cuadro de costumbres sevillanas de su tiempo.

El autor acentúa más la nota en elogio de Arenal haciendo decir al Forastero en la escena IX estos versos:

Préciese

de

su

edificio

Zaragoza

enternamente;

Segovia

de

su

gran

puente,

Toledo

de

su

artificio;

Barcelona

del

tesoro,

Valencia

de

su

hermosura,

la

corte

de

su

ventura

y

de

sus

almenas

Toro;

Burgos

del

antigua

espada

del

Cid

por

tantos

escrita,

Córdoba

de

su

Mezquita,

y

de

su

Alhambra,

Granada;

de

sus

sepulcros

León,

Avila

del

fuerte

suelo,

Madrid

de

su

hermoso

cielo,

salud

y

buena

opinión;

y

de

su

hermoso

Arenal

sólo

se

precia

Sevilla,

que

es

vistosa

maravilla

y una plaza universal.

Con el transcurso de los tiempos, habiéndose alzado edificios desde laPuerta de Triana al Postigo del Carbón, y construído de nuevo losMalecones, se formó entre éstos y la orilla del río una alameda en laque se plantaron cuatro filas de álamos, y que tomó el nombre de paseo del Arenal.

Lo agradable de aquel lugar, la hermosa vista que desde él sedisfrutaba, y la animación que allí solía reinar por el movimiento delpuerto, hicieron que el paseo fuese de los predilectos del pueblosevillano y que disfrutara por largos años de gran boga.

En el plano de la ciudad que mandó hacer Olavide siendo Asistente deSevilla, figura ya indicada la Alameda del Arenal, y lo mismo en el queen 1788 se publicó durante el mando de Lerena, pudiendo decirse que porentonces era aquel terreno de los más concurridos de la ciudad.

Don Leandro Fernández de Moratín, que visitó á Sevilla por entonces, asílo consigna, y otros escritores de la localidad hacen memoria endiversos trabajos de lo ameno del paseo y de la multitud que á diario lofrecuentaba.

Por los arrecifes cruzaban por las tardes lujosas carrozas y losmodestos asientos de ladrillo se veían siempre ocupados por un públicoaristocrático que lucía sus más preciadas y ricas galas.

A la entrada del paseo se comenzó á fines del siglo XVIII á construir elmonumento llamado Triunfo de la Trinidad, que se elevó á instancias defray Diego José de Cádiz, y el cual monumento era obra de escasísimomérito, y fué derribada hacia la mitad del pasado siglo, sin habersellegado á terminar por completo.

No lejos del monumento, se encontraba la Cruz de la Charanga, nombreéste que también se daba á uno de los álamos, el más corpulento y quemás sobresalía entre los allí plantados, y alrededor del cual seformaban aquellas tertulias de desocupados de que habla don José Somozaen sus Recuerdos y en el artículo El árbol de la Charanga, dondedice pintando lo agradable de aquel lugar: «...A la izquierda está el Paseo del Arenal, paseo siempre concurrido; á la derecha el puente debarcas y un dilatado horizonte azul, por el que se oculta el sol en suoccidente por entre una multitud de palos y velachos de embarcacionesancladas.»

Hacia 1808 se hicieron algunas reformas en el Arenal, con las queganaron en comodidad los paseantes, habiéndose por entonces llevado ácabo varias obras en el puente allí inmediato, que cubría uno de losbrazos del arroyo Tagarete.

Punto como lo era el paseo del Arenal de amplitud y gran concurrencia,cuando los días de la invasión francesa, lo escogieron las autoridadesimperiales para llevar á cabo no pocos espectáculos públicos, con losque procuraban distraer al pueblo.

Allí el mariscal Soult pasó revista á las tropas, allí se quemaronvistosos castillos de fuegos artificiales; hubo cucañas, carreras ácaballo por diestrísimos ginetes, conciertos de bandas militares,iluminaciones y otros regocijos.

El paseo del Arenal, cuando en 29 de Agosto de 1812 penetraron ennuestra ciudad los soldados españoles, fué teatro de sangrientas escenasy de verdaderos rasgos de heroísmo, y algunos días después se enterró ála entrada del paseo el coronel inglés Alejandro Ducan, que murióviolentamente, y cuyo sepulcro fué destruido por el populacho en 1816.

Volvieron para el paseo del Arenal días de esplendidez, transcurridosaquellos años de la guerra, y en 1823, cuando Fernando VII visitó áSevilla, este monarca paseaba con gran frecuencia en carruaje por laorilla del río, donde era objeto de no pocas manifestaciones de los absolutistas. Y se dió el caso que, saliendo una tarde el rey de lostoros, á causa de haber intervenido en los desahogos de los blancos algunos constitucionales, se promovió un feroz escándalo, en el que hubogarrotazos, carreras y no pocos heridos.

Con motivo de otras visitas de reyes se ha adornado después de 1823 elpaseo del Arenal, alzándose en él graciosos arcos de follajes y vistosostransparentes.

Habiendo el Asistente Arjona derribado el murallón de la Torre del Oro yedificádose el Salón de Cristina, comenzó el público elegante yaristocrático á abandonar el viejo Arenal; llevado de las novedades yatractivos que el nuevo sitio de esparcimiento y recreo le ofrecía.

Este abandono fué en aumento después de 1834, y como quiera que por lasautoridades locales se olvidó por completo el adorno y cuido de aquellaalameda, desaparecieron de ella los antiguos árboles que le prestabanagradable sombra, los primitivos asientos y los aguaduchos donde tananimadas tertulias se formaban.

Por los alrededores del Arenal se veía en los buenos tiempos del paseomuy variados tipos y personajes callejeros, no faltando nunca por lastardes, los chiquillos de la candela que, provistos de mecha, ofrecíanlumbre á los transeúntes fumadores; los viejos que exhibían á golpe detambor las sorprendentes vistas de la máquina óptica, los vendedoresde confites, los maestros de esgrima que acudían á la palestra pública,y para que nada faltase á aquel cuadro, era frecuente ver en losMalecones ó frente á la Resolana de la Caridad ó al pie del Triunfo,algunos frailes misioneros que escogían aquellos puntos para predicar,como ocurría al célebre padre Verita.

Una nota característica ha conservado hasta nuestros días y conservaactualmente el Arenal: refiérome al mercado que allí se establece en elmes de Diciembre y que se ve tan concurrido el día de Nochebuena y lossucesivos de Pascua.

Álzanse entonces, en lo que fué frondosa alameda, puestos de juguetes yde frutas, sin que en manera alguna falten los instrumentos populares,característicos de los citados días, siendo grande el concurso que acudeal Arenal á llevar á cabo las indispensables compras de pavos, nueces,castañas, turrones y todos los comestibles del ritual.

Para concluir, el Arenal en su aspecto más triste, ya que hemosrecorrido á la ligera su historia, es cuando el Guadalquivir se desborday la ciudad se ve amenazada con los peligros de las inundaciones quetantos estragos han causado en todos los tiempos.

Entonces cubren lasaguas el viejo paseo, y aquel lugar tan ameno y agradable presenta uncuadro imponente, cuadro que no es necesario describir, pues hartasveces lo han presenciado por desgracia los sevillanos.

El viejo Arenal lleva hoy el nombre de Paseo de Colón, nombre que se ledió en 1892, cuando las fiestas del centenario del descubrimiento deAmérica. De su pasado, de sus días de esplendor, no queda ya más que elrecuerdo.

JUANILLO HERNÁNDEZ

La reforma luterana que apareció en Sevilla á mediados del siglo XVIpropagóse en la ciudad de un modo rapidísimo, y tuvo infinitos adictos,personajes, en su mayoría, de posición y de talento, como lo fueronRodrigo de Valer, el doctor Egidio, el doctor Constantino Ponce de laFuente, el prior de San Isidro del Campo, García Arias, el padreArellano, Ponce de León, el médico Losada, fray Casidoro de Reina,Fernando de San Juan y otros cientos, cuya enumeración sería enojosa.

De entre todos aquellos primeros protestantes, he de recordar á uno quetiene no poco relieve y á quien por su actividad y el género depropaganda á que se dedicaba, debióse singularmente la propagación dela doctrina de Lutero.

Llamábase Julián Hernández y se le conocía por Julianillo, era mozoastuto y ardientísimo partidario de la reforma, con lo cual puedesuponerse el contacto frecuentísimo y estrecho en que estaba con todoslos iniciados.

Bien por comisión ó bien de propia iniciación llevó Hernández á cabo unaempresa que, por ser entonces en extremo arriesgada, tal vez se confió áél como más listo y astuto.

Ansiaban los protestantes sevillanos poseer escritos propagadores de lanueva doctrina, que á cientos se publicaban en Alemania y los PaísesBajos; y como la posesión de los tales libros y su introducción enEspaña era dificilísima, pensaban en mil modos para burlar á laInquisición, que tenía puesta toda su atención en la reforma paraaniquilarla.

Julianillo Hernández partió en 1556 de Sevilla y recorrió losprincipales focos del luteranismo, poniéndose en relaciones con losprincipales apóstoles del protestantismo y dirigiéndose después áGinebra, donde residió algunos meses.

En esta ciudad adquirió ejemplares de los libros más famosos que sehabían dado por los reformadores, y ya dueño de ellos, puso en prácticael ingenioso medio que discurrió para introducirlos en España y traerlosá Sevilla.

A este efecto, disfrazóse perfectamente de arriero, y previniendo dosgrandes toneles, fabricados de intento, los llenó con los numerososvolúmenes adquiridos, emprendiendo su viaje de regreso.

En 1557, Julianillo Hernández llegaba á Sevilla: con su carga, habíaatravesado la península entera sin que ni justicia ni persona algunasospechase que en aquellos dos toneles iban las armas más poderosascontra la religión del Estado, y que tanto efecto iban á producir.

Cuando los protestantes sevillanos tuvieron conocimiento de la llegadade Julianillo, inmediatamente acudieron con gran cautela á ocultar elcargamento, siendo repartidos los libros en el monasterio de San Isidrodel Campo, en casa de don Juan Ponce de León y en la de la dama doñaIsabel de Baena, ardiente protestante, en cuyo domicilio se reunían confrecuencia los luteranos.

Merced al ingenio de Julianillo, pudieron los reformadores entregarseá las lecturas que tanto deseaban, comenzando entonces el mozo árepartir volúmenes cautelosamente, siendo menos afortunado en estaempresa, pues por ello vino su perdición y la de infinidad deprotestantes.

Un ejemplar del libro titulado Imagen del Antichristo, lo vío unamujer que tenía algún vago conocimiento de lo que pasaba y denunció á laInquisición el foco protestante, cayendo el tribunal entoncesrápidamente sobre el asunto, y en poco tiempo fueron encerrados en elcastillo de Triana más de 800 luteranos, que no tardaron en perecer enla hoguera y en el garrote.

Sin tiempo para ponerse á salvo, cayó Julianillo también en las garrasdel Santo Oficio, y después de doce meses de prisión, el 22 de Diciembrede 1560 salió con el auto de fe, siendo quemado vivo en unión de 34protestantes más, entre los que se hallaban doña Ana de Rivera, doñaFrancisca Ruíz, doña Francisca de Chaves, monja de Santa Isabel; MaríaGómez, Leonor Núñez, sus tres hijas Elvira, Teresa y Lucía; doñaCatalina Sarmiento, doña María y doña Luisa Manuel, y fray Diego López,fray Barnardino Valdés, fray Domingo Churruca, fray Gaspar de Porres yfray Bernardo de San Jerónimo, de alguno de los cuales haré másadelante especial mención.

SANTA TERESA EN SEVILLA

La célebre abulense doña Teresa Sánchez Cepeda, cuyos escritos místicosson tan famosos y á quien la iglesia colocó en los altares en 1622, bajoel nombre de Santa Teresa de Jesús, visitó durante su vida á Sevilla,para fundar un convento en nuestra población, permaneciendo en éstadesde el 26 de Mayo de 1575 hasta el 4 de Junio de 1576.

Llegó, pues, el citado día la madre Teresa de Jesús, acompañada de seismonjas, sus compañeras, instalándose provisionalmente en una modestacasa de la calle de las Armas, en la cual estuvieron viviendo con granestrechez y miseria, siendo al principio socorridas por una señorallamada doña Leonor de Valera, y más tarde por el prior de la Cartuja,que influyó á favor de las religiosas con otras personas de algúnvalimiento.

Allí pasó la madre Teresa de Jesús algunos meses sin que pudiera, segúneran sus propósitos, adelantar «gran cosa en la fundación del convento,y aunque contó con el apoyo de algunos que le fueron afectos y leauxilió mucho en sus trabajos» D. Lorenzo Sánchez Cepeda, su hermano,que á la sazón vino de Indias, costóle gran trabajo encontrar casa másespaciosa para instalarse.

Dió al fin la fundadora con un edificio en la calle de Pajería, hoyZaragoza, y á propósito de éste escribe en una de sus cartas:

«No se pasó poco para pasarnos á ella (á la nueva casa) porque quien latenía no la quería dejar. Los frailes franciscos, como estaban juntos,vinieron luego á requerirnos que en ninguna manera nos pasásemos éella.»

Ya en la nueva casa, la actividad de la madre Teresa de Jesús, hizo quese habilitase lo mejor que se pudo, contando con algunos fondos yaumentándose la comunidad; pero entonces comenzaron á levantarsecalumnias contra la fundadora, intimándola el padre Salazar para que nohiciese más fundaciones; y denunciándola por entonces á la Inquisicióncomo

sospechosa

de

herejía,

ilusiones,

falsa

devoción

y

revelacionesimaginadas, una beata que había vivido en la recién fundada casareligiosa, ayudada por un clérigo de quien dice fray Diego de Yepes queera

«hombre hipocondríaco, escrupuloso, ignorante y expuesto al error.»

Siguióse el proceso contra la madre Teresa de Jesús, pasando áinterrogarla á su casa los inquisidores, llevando con gran ruído losjueces á caballo, notarios, alguaciles y familiares, y después de largotiempo, la Inquisición mandó que el expediente se suspendiese, quedando,sin embargo, la fundadora obligada á presentarse ante el tribunal deSevilla siempre que éste lo reclamase.

Estando en nuestra población la célebre hija de Avila, fué retratada porel napolitano Juan de Narduck, que había sido discípulo de Coello y queá la sazón era religioso lego conocido con el sobrenombre de fray Juande la Miseria, conservándose hoy este retrato en el convento decarmelitas de San José, y el cual, si no es una perfecta obra de arte,es por lo menos, el más auténtico retrato que existe de la reformadora.

La casa que ésta habitó en Sevilla túvola en gran estima y de ellaescribía que «no la había mejor ni mejor puesta. Paréceme que no se hade sentir en ella el calor. El patio parece hecho de alcorza.»

En 27 de Mayo de 1576 celebróse en aquella casa una gran fiestareligiosa, á la que asistió el arzobispo, fiesta que la misma fundadoradescribió con muchos pormenores, y algunos días después salió de laciudad, dirigiéndose á Castilla, donde prosiguió sus fundaciones.

Aquel edificio que la mística escritora habitó en Sevilla en la callePajería, fué convento hasta 1588, y el año 1882 el edificio, que sehabía conservado casi como estuvo en el siglo XVI, fué derribado,colocándose después en el que se levantó sobre su área, una lápida en lafachada que recuerda la fundación de la madre Teresa de Jesús y suestancia en nuestra ciudad.

UN PONCE DE LEÓN

El noble caballero sevillano don Juan Ponce de León, hijo de donRodrigo, conde de Bailén, fué, como ya he indicado anteriormente, uno delos más decididos y ardientes partidarios que la reforma luterana tuvoen Sevilla en el siglo XVI, y predilecto discípulo del doctor Egidio.

Su elevada posición social, su ilustración y el importante papel quehacía en la sociedad sevillana, contribuyeron poderosamente á que supropaganda en favor del protestantismo le diera muchos resultados,logrando, durante bastante tiempo, que ni á las autoridadeseclesiásticas ni á las seculares trascendiera su conducta, apesar de laactividad que éstas desplegaban para destruir y aniquilar cuanto enSevilla tuviera sospecha siquiera de luteranismo.

Fué al fin descubierto en 1558, con otras muchas importantes personas,que pagaron con sus vidas en las hogueras, y permaneció antes largosmeses preso, siendo al fin condenado por el tribunal odioso.

La sentencia dada contra Ponce de León es un documento bastante curioso,del cual existe una copia manuscrita en la Colección de Papeles delconde del Aguila del Archivo municipal, y de ella reproduciré la partemás interesante, que dice así:

«... Atentos los autos y méritos de este proceso, que dicho fiscal probóbien y cumplidamente su acusación y querella: damos y pronunciamos suintención por bien probada, y que el dicho don Juan Ponce de León noprobó cosa alguna que le pudiese relevar. Por ende: debemos declarar ydeclaramos al dicho Juan Ponce, haber sido y ser hereje, apóstata,luterano, dogmatizador y enseñador de la dicha secta de Lutero y sussecuaces: hallándose en algunos ayuntamientos y conventículos con otraspersonas secretamente, á donde se trataba de la dicha maldita secta ysus errores, en grandísima ofensa de Dios Nuestro Señor y de su Santa Fecatólica y Ley evangélica, y haber sido justo y disimulado confitente, yque las confesiones que hizo fueron más por reservar la vida que porsalvar el alma, y por ello haber caído é incurrido en la Sentencia deExcomunión mayor, y estar ligado de ella y en todas las otras penas enque caen é incurren los tales herejes, luteranos, dogmatizadores yenseñadores de nueva secta y errores que, á título de cristianos, haceny cometen semejantes delitos; y en confiscación y perdimiento de todossus bienes, en los cuales le condenamos y aplicamos á la Cámara y Fiscode S. M. desde el tiempo que cometió dichos delitos á esta parte, cuyadeclaración en nos reservamos. Otrosí: relajamos la persona de dicho Don Juan Ponce de León á la Justicia y Brazo seglar, y especialmenteal muy magnífico señor Licenciado Lope de León, Asistente por S. M. enesta ciudad y á sus lugares tenientes en el dicho oficio, á los cualesmuy afectuosamente rogamos que se hagan benigna y piadosamente con eldicho don Juan, y porque el delito de la heregía es tan gravísimo queno se puede buenamente punir ni castigar en las personas que lo cometen,y las penas se extienden á sus descendientes: por ende declaramos sus hijos y nietos de dicho don Juan Ponce por línea masculina sean inhábiles para poder tener cualquier oficio público, ó de honra, óbeneficios eclesiásticos, y que no pueden usar de las otras cosasprohibidas á los hijos y nietos de los semejantes condenados así pordicho común, Leyes y Pragmáticas de estos Reinos como por institucióndel Santo Oficio, las cuales habemos aquí por expresadas: y por estanuestra sentencia juzgando así lo pronunciamos y mandamos en estosescritos y por ellos.— El Obispo de Tarazona.==El Licenciado AndrésGasco.==El Licenciado Carpio.==El Licenciado Juan Obando. »

El 24 de Septiembre de 1559 se celebró el auto de fe en que salió donJuan Ponce de León: después de relajado y entregado al brazo secular, sele dió garrote y se consumió su cuerpo en el Quemadero del prado deSan Sebastián, con otros de los más señalados protestantes sevillanos.

JUAN DEL CASTILLO

El haber sido el pintor sevillano Juan del Castillo maestro de artistasque tanto renombre y gloria alcanzaron, como Murillo, Zurbarán, AlonsoCano y Pedro de Moya, ha hecho que su nombre sea por esto citado más quepor las obras que dejó á la posteridad, dignas de elogio, ciertamente,no pocas de ellas.

Hermano de otro pintor también, Agustín del Castillo (1565-1626), nacióJuan en el año de 1584, siendo desde muy joven manifiesta su inclinaciónpor el dibujo, que aprendió bajo la dirección de Luis Fernández, encuyos lienzos censúrase la escasa frescura y la pobreza de colorido.

Juan del Castillo pintó multitud de cuadros en su juventud, la mayoríade los cuales se han perdido hoy, y que le atrajeron general estimación,pues apartándose de las reglas que su maestro le indicara, dió un granpaso para destacar su personalidad.

Demostrando grandes condiciones para la enseñanza, á Castillo acudieronno pocos discípulos, siendo su academia la que más frutos obtuvo para elarte, de aquellas otras que tenían en sus talleres el clérigo Roelas,Herrera el Viejo y Francisco Pacheco.

A la academia de Castillo acudió cuando contaba doce años, en 1630,Bartolomé Murillo, llevado al estudio por cercano pariente, no faltandoalgunos autores que apunten que el luego celebérrimo artista sevillanoera sobrino de su maestro.

En abril de 1611, Castillo, vecino á la sazón del Salvador, se recibióde hermano de la Doctrina Cristiana, como hombre devoto que era,habiendo noticias de que en años después hizo un viaje á Granada, donde,según Arana de Varflora, «hizo algunas pinturas y en ellas se conocesu manera de pintar, que era fresca y pastosa.»

Para el convento de Monte Sión ejecutó Castillo, de vuelta en su ciudadnatal, catorce lienzos, siendo este templo el que llegó á reunir másproducciones del pintor objeto de estas líneas.

En el altar mayor dejó una Asunción, La Visitación de Santa Isabel ála Virgen, La Encarnación, El Nacimiento de Jesús, La Adoración delos Reyes, los cuatro doctores de la Iglesia, San Buenaventura y uncrucificado, y en otros retablos las imágenes de Santo Domingo, SantoTomás y San Vicente Ferrer.

De estos cuadros, que permanecieron en dicho convento hasta 1810, fueronalgunos, tras bastante tiempo, llevados al Museo Provincial, donde en laactualidad se encuentran, á más de dos medios puntos en tabla querepresentan á San José y el Niño trabajando, y la muerte del mismosanto.

Estos citados son los más notables cuadros de Juan del Castillo, y enlos que pueden apreciarse por completo sus méritos y su estilo depintura, debiendo citar aquí también otras obras como las siguientes,que conservaron varios particulares y elogió Amador de los Ríos en 1844cuando dió á luz su libro Sevilla pintoresca.

D. Manuel López Cepero poseía una Asunción y una Sagrada Familia;don Pedro García, un lienzo de los Desposorios de la Virgen, enfiguras de tamaño natural, un San Miguel y un Ángel de la Guarda, yel señor Suárez de Urbina un San Pedro y un San José con Jesús,cuadro este último de pequeñas dimensiones.

De otras pinturas de Juan del Castillo se han perdido no pocas, quefueron celebradas en su tiempo y de las cuales sólo la memoria queda.

Con su academia muy concurrida de discípulos, continuó el maestroresidiendo en Sevilla hasta 1639, año en que, por motivos que ignoro, setrasladó á Cádiz, donde fijó su residencia.

Allí ejecutó también algunos lienzos, pero la vida del artista tuvopronto término, falleciendo á mediados del año 1640, según apuntan losmás autorizados biógrafos.

Las obras de Juan del Castillo han sido estudiadas por los críticos conatención é imparcialidad, diciendo uno de ellos, juzgando los méritosdel artista, que apesar del estilo que en la enseñanza recibiera,«guiado por favorable inclinación, dióse á copiar el modelo vivo y áestudiar la realidad, con lo cual mejoró su arte y dictó provechosasreglas, siempre más á lo tocante al dibujo que al color, á susdiscípulos.»

En la historia de la pintura sevillana indica Castillo un gran paso deadelanto, y puede decirse que dejó muy atrás á su hermano Agustín y auná su sobrino Antonio, también artista.

Contemplando los lienzos de Juan del Castillo y viendo aquel modo deejecutar un tanto frío y académico, viene enseguida á la memoria laenseñanza que dió á Murillo, resaltando al punto cómo éste nada conservóde su maestro, y haciéndose de un estilo propio, con el cual fundó unaescuela y del que tuvo tantos fervorosos admiradores.

El lienzo de la Visitación, el del Nacimiento y los restantes que seencuentran hoy en el Museo provincial, son, como ya indiqué, lasprincipales obras de Castillo, y aunque á ellas no dejan de ponerreparos los críticos, todos reconocen los méritos que indudablementetuvo su autor.

«No podemos llamar reaccionario en arte á Castillo—escribeSentenach—antes bien, dejándonos arrastrar con las corrientes que seiniciaban, abandona el neo-clasicismo: pierde, inspirado por Herrera,algo de la tirante corrección greco-romana; observa la naturaleza yaunque con pocas fuerzas para elevarse á grandes alturas, desvía á susdiscípulos de los senderos trillados y los encamina por el que ha deconducirlos á nuevas y encantadas regiones.»

Para terminar: el pintor sevillano no llegó á escalar la regiónreservada á los genios; faltóle en primer lugar hondo sentimiento yespíritu para sus obras; pero fué un artista en conjunto bien digno deelogio por su obra general, y la dulce memoria que dejó como maestro deZurbarán, de Alonso Cano, de Murillo y de tantos otros hará siempre quesu nombre viva unido al de aquellos grandes hombres y la posteridad lorespete.

UN ZAPATERO DE ANTAÑO

La Santa Hermandad, instituída por los Reyes Católicos con el objeto deperseguir y castigar á los ladrones y malhechores, puede decirse queestaba en todo su esplendor durante el siglo XVI, siendo sus individuosmuy numerosos, y como quiera que los cargos de cuadrilleros, secutores,etc., traían consigo ciertos privilegios y fueros, eran éstos muysolicitados.

Para ejercer dichos cargos hacíase requisito indispensable, á más detener harto probada la buena conducta moral, ser persona de algunasignificancia y prestigio, pertenecer á hidalga familia y no ejercerciertos oficios ó cargos incompatibles con la justicia de que habían deinvestirse.

Ninguna de estas cualidades parece que tuvo en cuenta, en 1587, unzapatero que había en Sevilla, llamado Luís Sánchez, el cual era popularentre la gente de baja ralea, y valiéndose de resortes que supohábilmente tocar y de la influencia del canónigo y arcediano don AlonsoFajardo de Villalobos, obispo titular de Esquilache, consiguió que elProvincial de la Santa Hermandad le diese el cargo de secutor, el cualera provechoso por las ganancias y gajes varios que traía consigo.

Revestido el zapatero de su autoridad, comenzó á ejercerla tan ufano yorondo; pero el hombre no contaba con la huéspeda, y ésta fué un suenemigo llamado Juan Pérez, que se propuso amargar la satisfacción delflamante secutor, presentando al cabildo de la ciudad un escrito contraSánchez, el cual no deja de ser curioso, y que por esto y por serinédito hasta ahora, lo copio de su original, que dice así:

« Muy ilustres señores. —Juan Pérez de esta ciudad, como uno delpueblo, y para el bien público, digo que el Provincial de la Hermandad,ha nombrado por secutor de hermandad á un hombre llamado Luis Sánchez elcual es hombre infame y es zapatero que usa dicho oficio con delantaldelante de los pechos y golpeando con un box, llamando la gente ycalzando zapatos á negros y blancos y limpiándoles los pies, y además deesto, sirve al obispo Esquilache en lo que le manda. Asimismo el dichoLuís Sánchez, suele cometer delitos crímenes, especialmente elsusodicho estuvo preso en la cárcel real de esta ciudad por mandado delalcalde Bonifacio, por haber vendido mucha cantidad de trigo, y fuésentenciado á graves penas é destierro, que pasó la causa ante Juan deCastro, escribano. Por todo lo cual el dicho Luís Sánchez no puede nidebe ser recibido al dicho oficio de secutor, porque lo pretende parahacer cosas no debidas é cometer delitos. Por tanto, pido y suplico ávuestra señoría no sea admitido ni recibido al dicho oficio de secutor,y que vuestra señoría mande dar y dé por ninguno el dicho nombramiento,é no haber lugar de se hacer el nombramiento é en todo haga se provea loque más convenga á su servicio, por lo cual etc. etc.— Juan Pérez. »( Archivo municipal: Varios, Antiguo.) Esta solicitud pasó á cabildo, y habiendo tenido conocimiento de ella elzapatero, furioso de ver cuán mal quedaba su persona, buscó á suenemigo y le dió una monumental paliza, con lo que parece quedóvengado... y sin que nadie le despojase del cargo de secutor, apesar delo de los delitos crímenes.

LA PUERTA DE TRIANA

La más notable y acabada de cuantas puertas tuvo en lo antiguo Sevilla,fué la de Triana, cuya traza se debió, según las opiniones másautorizadas, al notable arquitecto Juan de Herrera. Fué concluídaaquella puerta, verdaderamente monumental, á fines de 1588, derribándosepara hacerla otra primitiva que estaba á la entrada del barrio de laCestería.

Constaba la puerta de Triana de un solo cuerpo de arquitectura, deestilo dórico, y presentaba dos fachadas de gran elevación y magníficoaspecto. A ambos lados de sus arcos, existían cuatro colosales columnasque descansaban en sólidos pedestales y sostenían una gran cornisa, enla que se hallaba un espacioso balcón de largo barandal, rematando elmonumento con un ático triangular adornado de pirámides.

Sobre el balcón existía una lápida cuya inscripción latina decía losiguiente, según la traducción castellana de un autor, muy versado ennuestras antigüedades: Siendo poderosísimo rey de las Españas y de muchas provincias por laparte del orbe Felipe II, el amplísimo regimiento de Sevilla juzgó deberser adornada esta nueva puerta de Triana, puesta en nuevo sitio,favoreciendo la obra y asistiendo á su perfección don Juan Hurtado deMendoza, conde de Orgáz, superior vigilantísimo de la misma florecienteciudad en el año de la salud cristiana de 1588.

A un lado de esta puerta estaba uno de los husillos del río, cuya obrala conmemoraba otra lápida de pomposa y larga inscripción, colocada en1633, siendo asistente el conde de la Corzana, y sobre el arco estaba elllamado Castillo, en el que se hallaban varias celdas, que servían deprisión á los nobles y caballeros de importancia.

Era esta puerta la más adornada en las festividades públicas; sus dosportillos laterales eran los que más tarde se cerraban, y por su arcoprincipal entraron los monarcas Felipe V, en 1729; Carlos IV, en 1796;José I, en 1810; Fernando VII, en 1823, y la reina Isabel II, en 1862.

Cerca de la puerta se encontraba á principios del siglo XIX, en un huecode la pared, el célebre cafetín llamado de Julio César, donde sereunía por la noche gente maleante, que tenía siempre cuentas pendientescon la justicia.

Las más importantes obras efectuadas en la puerta de Triana fueron lasque se llevaron á cabo en 1787, siendo Asistente don José Ábalos.Entonces se renovaron las dos fachadas, «restituyéndose—como dice unhistoriador—á sus columnas la altura que correspondía, pues antes subasamento subía hasta el tercio de las columnas, quizá para afianzar enél los tablones con que se calafateaba la puerta en las ocasiones deriadas.»

Delante del monumento se extendía el espacioso llano, donde después seha construído la calle de Reyes Católicos, y este lugar era en extremoconcurrido por los desocupados y paseantes, que allí acudían á tomar elsol en invierno y á refrescarse en las noches del estío.

La puerta de Triana, que era la más inmediata para dar acceso al puentede barcas y al populoso barrio de la margen derecha del Guadalquivir,era punto de gran tránsito, y por ella se veían casi siempre grupos deviajeros, recuas de los trajinantes, coches de camino, etc., etc.

Cerca del monumento existían dos fuentes, una de las cuales se conservatodavía, aunque muy variada, y se construyó en 1816 por el Asistente donFrancisco Laborda y Pleyler.

Entre muchos recuerdos históricos, que iban unidos á la puerta,mencionaré el de la muerte del conde del Aguila en 1808, el de laentrada de las tropas españolas en 1812

y el del general López Baño, queen 1823 derribó á cañonazos sus hojas para salvar á la ciudad del furorde los absolutistas.

El monumento al fin fué derribado en 1869, sin que bastara á impedir sudestrucción, ni lo magnífico de la obra, ni los recuerdos que tenía.

LA ALAMEDA DE HÉRCULES

Sabido es que la construcción de este paseo se debe al Asistente donFrancisco Zapata, conde de Barajas, el cual, de un lugar tan infecto ymalsano como era aquel, que se llamaba la Laguna por ser punto donde seestancaban las aguas, hizo un hermoso lugar de recreo y esparcimientopara el pueblo sevillano.

Levantado el terreno y nivelado, formadas ocho hileras de árboles hastael prado de Belén, y construídos cómodos asientos y bellas fuentes demármol, el conde de Barajas puso á la entrada del paseo dos magníficascolumnas de granito gris, que medían 8'90

metros y uno de diámetro, lascuales es opinión general que debían pertenecer á algún templo que tuvoSevilla en tiempo de los romanos.

Levantadas las columnas sobre pedestales, se pusieron, como remate deellas, dos estatuas, una de Hércules y otra de Julio César, las cualesdieron nombre al paseo, que el vulgo llamó desde poco después, Alamedade Hércules.

En la actualidad se encuentran casi borradas las inscripciones queentonces se grabaron en los pedestales, y aunque ya son por algunosconocidas, creo de oportunidad copiarlas aquí.

La inscripción de Hércules dice:

«Al Hércules Augusto Emperador, César Carlos quinto, hijo del rey donFilipo, nieto del rey don Fernando, viznieto del rey don Juan, piadoso,feliz, gálico, germánico, túrcico, africano, que mucho más allá de lascolumnas de Hércules, dilatada su gloria por el Nuevo Mundo, terminó suimperio con el Océano, su fama con el Cielo. Al héroe sagrado,meritísimo de la República cristiana, por su eterna piedad y virtud, elSenado y pueblo de Sevilla dedicadísimo á su sagrada memoria ymajestad.»

«Reinando en Castilla el católico y muy alto y poderoso rey don FelipeII, y siendo asistente de esta ciudad el ilustrísimo señor conde deBarajas, mayordomo de la reina nuestra señora: Los ilustrísimos señores,Sevilla, mandaron hacer estas fuentes y alamedas, traer el agua de lafuente del Arzobispo con industria, acuerdo y parecer del dicho señorAsistente, siendo obrero mayor, el magnífico señor Juan Díaz, Jurado,alcalde el año de MDLXXIIII.»

En la de Julio César se contiene todo esto:

«A don Francisco Zapata conde de Barajas, Asistente vigilantísimo deesta Ciudad, mayordomo del rey, y amante muy equitativo de la justicia,por haber limpiado esta antigua y abandonada laguna de las aguasinmundas de toda la ciudad, convirtiéndola en un paseo muy extenso,sembrado de frondosos árboles y regados con fuentes perennes, dando asíá los ciudadanos un cielo más saludable y un viento más fresco en losardores del estío; y por haber restituído á su antiguo origen el arroyode las aguas del Arzobispo, interrumpido por la antigüedad y abandonado,trayendo sus aguas á varias calles de la Ciudad para grande consuelo delpueblo sediento: por haber trasladado aquí las columnas de Hércules,con un trabajo comparable á los del mismo Hércules: por haber hermoseadola Ciudad con puertas magníficamente fabricadas y por haberla gobernadocon suma humanidad, el Senado y Pueblo de Sevilla le consagran estemonumento en testimonio de su amor y gratitud, en el año 1598.»

«A la liberalidad del augusto Felipe segundo hijo del divino Carlos,nieto del gran Felipe, biznieto del divino Maximiliano rebiznieto deldivino Federico, piadoso, fiel, máximo, católico, germánico, francisco,británico, bélgico, índico, africano, túrcico en tierra y mar, emperadorinvictísimo, porque con nuevos ornamentos y prerrogativas confirmadostambién y dadas de nuevo ilustres leyes municipales, ha aumentado yennoblecido esta ciudad como á óptimo príncipe de esta romulense coloniarestaurador amabilísimo el cabildo de los sevillanos.»

En los Libros de Caja del siglo XVI, que se guardan en el ArchivoMunicipal, existen multitud de asientos relativos á las obras deconstrucción de la Alameda, pudiendo verse allí en detalle cuán grandessumas se invirtieron y cuánto interés puso el conde de Barajas enembellecer el paseo.

La Alameda fué durante el siglo XVII, el lugar más concurrido de Sevillapor los paseantes y sitio predilecto de damas y galanes que allí acudíaná entregarse á sus amorosas expansiones, y con razón ha dicho unescritor ilustre que era aquel «el terreno de la belleza y el lujo, y elteatro del trato ameno y conciertos amorosos».

En el siglo XVIII, haciéndose necesarias algunas reformas en el antiguopaseo, las llevó á cabo en 1764 el asistente don Ramón Larumbe; el cualcoronó su obra levantando al final de la Alameda dos ridículascolumnas, parodia de las puestas por el conde de Barajas, las cualesremataron en dos leoncillos de piedra, al pie de los que su señoría,deseando perpetuar la memoria del trabajo, hizo grabar estas líneas, yacasi borradas hoy:

«—NO8DO—Reinando en España la católica magestad de don Carlos III,siendo asistente de esta ciudad el señor don Ramón de Larumbe del ordende Santiago, del consejo de S.M., intendente general del ejército de loscuatro reinos de Andalucía y superintendente general de rentas, se acabóla obra de la cañería de la fuente del Arzobispo en 28 de Enero de 1764y la distribución de su agua consiste en el pilar del arzobispo, la dela fuente de Córdoba, seis pilas de esta Alameda y la de san Vicente yde gracia al convento de esta de capuchinos, hermandad de sanHermenegildo, san Basilio, Belen y san Francisco de Paula y se pone estalápida en virtud de acuerdo del ilustre cabildo de la ciudad, habiendosido diputado de esta obra el señor veinticuatro don Juan Alonso de Lugoy Aranda.»

«—NO8DO—Reinando etc., etc., se construyeron estas dos columnas quecoronan los leones que sostienen las reales armas y las de Sevilla. Sehicieron los asientos, alcantarillas y terraplenes, levantándose lospretiles de las zanjas, se pusieron los pilares para el riego, desagüecompleto de árboles de esta Alameda, todo por dirección de los señoresAsistentes, siendo diputado el señor don Gregorio de Fuentes y Veralt,veinticuatro del Ilmo. Cabildo cuya obra costeó de los propios yarbitrios y se acabó el año de 1765.»

La Alameda continuó todavía durante bastante tiempo disfrutando delfavor de los sevillanos, hasta que, como dice con mucho donaire el duquede Rivas en su bello artículo Los Hercules, «á la margen delGuadalquivir, ya escombrado de mercaderes y mercaderías, apareció entrela puerta de Triana y la Torre del Oro otra Alamedita (el Arenal), queaunque nació enfermiza, empezó á hacer gracias cuando niña y á llamar laatención cuando joven, hasta que desbancó ¡cosa natural! á la Alameda,ya vetusta y provecta, y le echó á cuestas nada menos (¡ánimasbenditas!) el dictado de Vieja, que la desplomó.»

Por estos tiempos hacía ya muchos años que se celebraban allí lasclásicas veladas de San Juan y San Pedro, que tan características notasofrecían de nuestras fiestas populares, y las cuales renuncio ádescribir aquí, cómo se verificaban entonces.

En los comienzos del siglo XIX, era ya manifiesta y patente ladecadencia del paseo cuyo aspecto era en verdad poco ameno y agradable,pues con gran detrimento del ornato, había abandonado su cuido elmunicipio.

Entre los episodios dignos de ser recordados que tuvieron lugar en laAlameda en los largos años de nuestras revueltas políticas, citaré ungran banquete que allí se celebró en 1820 á las tropas de Riego, al cualasistió el mismo general, que á la hora de los brindis leyó uno en muymedianos versos que había escrito su hermano el canónigo don Miguel delRiego.

En 1823 y el triste día 13 de Junio, en que tantos excesos cometieronlas turbas absolutistas, al estallar aquella tarde el depósito depólvora que estaba establecido en el edificio de la Inquisición, laAlameda ofreció un triste cuadro, pues en ella cayeron no pocos restoshumanos de los que fueron víctimas de aquella catástrofe.

Pacífico y solitario estuvo el viejo paseo durante muchos años, hastaque hacia 1840

y 1844 empezaron á utilizarlo ciertos elementos parapunto de sus reuniones y aún vive quien recuerda cómo allí se juntabanpor tarde y noche numerosos grupos de exaltados que leían en voz alta El Huracán, El Guirigay y otras publicaciones hostiles al gobierno yaun á las instituciones, dando lugar aquellas lecturas, á que confrecuencia se caldearan los ánimos y tuviera que intervenir la fuerzaarmada, como ocurrió en diversas ocasiones.

No fué sólo entonces la Alameda teatro de escenas semejantes, pues éstasse repitieron en aquellos años de pronunciamiento y motines, llegando,como en 1861 y 1873, á tomar los sucesos verdadera importancia.

Á decir verdad, el paseo de que me voy ocupando es de los que menosreformas han sufrido de todos los de Sevilla, pues las obras que endiversas ocasiones se han llevado allí á cabo han sido, por lo general,de escasa importancia, y sólo secundarias. Después de 1850desaparecieron las fuentes que en el centro de la Alameda existían, yhace años se trasladó al final la pila de la Plaza de San Francisco, serodearon de sencilla verja los Hércules, se reformaron algunos asientosde la entrada, intentándose plantar un jardín en ambos lados, que nollegó á prosperar por descuido.

Si de día era la Alameda punto por lo general sosegado y tranquilo, denoche era peligroso por más de un concepto.

La falta de alumbrado y vigilancia, favorecía mucho á los pájaros decuenta que por allí vagaban entre las sombras, siendo muy frecuente queel incauto transeunte que por necesidad atravesaba dados ya el toque deánimas el paseo, se viera sorprendido por malhechores que lo maltratabany despojaban de cuanto llevase encima.

A más eran aquellas tinieblas muy buscadas por Aspasias y Proserpinas de barrio, que no tenían quien las molestase, siendo losviejos árboles y los asientos, á diario, mudos testigos de escenas quepuede imaginarse el lector.

Como punto de los más bajos de la ciudad la Alameda ha sido siempre delos que primero se inundan, ofreciendo aquella ancha superficie de aguaun cuadro que siempre acuden á contemplar los sevillanos con ciertacuriosidad.

No citaré la fecha de las muchas inundaciones del paseo, pero harémención de la riada de 1796, en que las aguas llegaron hasta cerca delos balcones de algunas casas como indica el azulejo colocado en eledificio que hace esquina á la calle Santa Ana, y de la de 1876, en quese desbordó el Guadalquivir, causando grandes destrozos en todo elbarrio de San Lorenzo y en el de la Feria.

Estas inundaciones dejan siempre al viejo paseo en estado hartodeplorable, y como quiera que pocas veces se trata de acudir comocorresponde á la reparación de los desperfectos ocasionados en laAlameda, ofrece á los paseantes bien pocos atractivos.

Ningún paseo como la Alameda pudiera, por su extensión y suscondiciones, transformarse en uno de los más agradables de la ciudad,levantando el terreno, variando por completo la antigua traza y formandoallí amenos jardines, que serían gala y ornato de la población.

Desde hace pocos años, la Alameda se ve extraordinariamente concurridaen las tardes y noches de estío, habiéndose establecido allí gran númerode puestos de agua, refrescos, helados, etc., alrededor de los cuales seinstalan multitud de mesas y sillas, que se ven ocupadas por laconcurrencia de trasnochadores hasta la salida de la aurora.

Allí se vendurante todas las horas de las calurosas noches, alegres grupos ytertulias de ellos y ellas, y se escuchan cantos flamencos, notasde guitarras, repiqueteo de palillos, risas y vivos diálogos...

Y aquí hago punto en este ligero bosquejo que he intentado trazar de laAlameda Vieja que fundó el conde de Barajas, paseo el más antiguo deSevilla, que es el que más larga historia tiene y por el que tantasgeneraciones pasadas han discurrido.

LA HERMANDAD DE LOS NIÑOS PERDIDOS

Si actualmente son tantos los niños y adolescentes abandonados, que enlas capitales viven entre las mayores privaciones y miserias, puedecalcularse á qué gran número llegarían éstos en los tiempos pasados, ycuán amarga y triste sería su condición en la sociedad.

De aquí nació aquella multitud de vagabundos, de muchachos maleantes queacostumbrados á viciosos hábitos, y en frecuente contacto con gentecorrompida, crecían, se hacían hombres, terminando las más de las vecessu existencia en la horca ó en las galeras del rey.

Sevilla, población importantísima, el siglo XVI, era centro en el que seacogía un mundo de pícaros, como los que tan admirablemente retratóCervantes en Rinconete y Cortadillo, y alrededor de toda aquellahampa, pululaban niños y mozalbetes, de quienes nadie cuidaba y áquienes nadie procuraba apartar de tan extraviados caminos.

Con el laudable intento de protejer á la infancia desvalida y remediarlos males de los adolescentes, reuniéronse unos cuantos hombres de buenavoluntad, y hacia el año de 1589 formaron una hermandad con el nombredel Santo Niño Perdido, la cual, sin el apoyo de las autoridades, ysosteniéndose únicamente con el dinero de los hermanos y las limosnasque recogía, logró bien pronto prestar muy señalados servicios.

Al efecto lograron alquilar una casa modesta, en la cual reunieroncamas, mantas y algunos muebles, nombrando por alcaldes de la cofradía ádon Andrés de Losa y don Cristóbal Pareja; tomaron un administrador, quelo fué el clérigo don José Martín, y alquilaron para el servicio doscriados y una mujer anciana.

Dieron principio los hermanos á su buena obra, redactando los estatutosde la congregación y comenzando á llevar al recién fundado instituto álos niños que encontraban, pues según el mismo alcalde Cristóbal de Losadecía en un documento que tengo á la vista: «...cada uno de los hermanosandaban por las calles de noche, y si en algún portal ó en algún rincónhallábamos algún niño desamparado del trato humano, lo llevábamos ánuestra casa por aquella noche, dándole de cenar y regalándole, y alotro día lo llevábamos á nuestra Casa para que allí se remediase con losdemás...»

Añadiendo también estos párrafos que explican la misión de los hermanos:

«Cuando veíamos alguna mujer ó hombre que andaba pidiendo limosna conmuchachos se los quitábamos, y llevábamos á la casa porque no sequedasen toda la vida pordioseros y los poníamos con amos á suservicio.» «Item, que cuando sabíamos que alguna niña había quedadohuérfana por haberle faltado padre ó madre y no tener de quésustentarse, la llevábamos á Casa y así de ordinario las había en ellade seis y siete años y niños de dos á tres años y lo hacíamos lavar,limpiar y envolver, teniendo para esto una mujer anciana, honrada que lohacía amaneciendo ellos todas las mañanas de tal suerte que era ascollegar á ellos y asi lo lababan y limpiaban y vestian camisa limpia y sila mujer no hiciere esto con caridad como lo hacia con ningun interés sele podía pagar.»

También recogían los hermanos á los mozalbetes raterillos, á los cualestenían algunos días sujetos, procurando corregirlos, y á unos y á otrosbuscaban luego colocación con algún amo, ó les ponían á aprender algúnoficio mecánico, llegando, como la hermandad comprobó por sus libros, áhaber colocado á unos 600 muchachos durante los primeros años delinstituto.

Así iba la hermandad siguiendo su obra meritoria y prestando señaladosservicios, cuando un día de los comienzos de 1591 se presentó en la casade la hermandad el veinticuatro don Juan Pérez de Guzmán y con dos ótres alguaciles se apoderó por fuerza de cuanto allí había, llevándosecuarenta niños que á la sazón estaban recogidos y cargando con lascamas, las mantas y demás menaje, así como con algún trigo, cebada,garbanzos y habas, que había sido adquirido por el administrador.

Los niños, muchos de los cuales estaban leprosos y en situación hartotriste, fueron llevados por orden del veinticuatro á la Casa de laDoctrina, quedando disuelta la Asociación, y á los pocos días elalcalde Losa, se dirigió al Ayuntamiento con una enérgica solicitudclamando contra el atropello que en la benéfica Asociación se habíacometido, y pidiendo que se disolvieran los niños y los objetossecuestrados.

Entonces empezaron los tratos y conferencias de los hermanos con losseñores del cabildo, siguiendo Losa con sus solicitudes, en una de lascuales de 1593 decía pintando el estado en que habían quedado losmuchachos vagabundos: «Andan perdidos por las calles y plazas, y yo,como persona que comenzó esta obra, le deseo remedio, porque veo andanlos niños de siete y ocho años desamparados, rotos y aun encueros porlos rincones y poyos de la ciudad, donde se quedan á dormir, que en estetiempo aun los muy bien arropados y abrigados lo pasan con dificultad ytrabajo; y la semana de Pascua amaneció muerta de frío una mujer, y asílas criaturas tienen mayor peligro.»

Poco después el cabildo nombró una comisión para que informase de sidebía constituirse de nuevo la hermandad, y en este informe se leenpárrafos como el que voy á copiar, bien curioso por cierto, y que pruebaque en aquellos benditos tiempos de prosperidad, bienandanza y riqueza,por los que tanto suspiran los neos, la miseria revestía en las ciudadesmás importantes terribles caracteres.

«... La ciudad, calles y plazas, están llenas de muchachos pequeñosque andan perdidos pidiendo limosna y muriéndose de hambre, y quedándoseá dormir por los poyos y portales desnudos, casi encueros y expuestosá muchos peligros como se ha visto algunas veces por la experiencia, quehan sucedido entre otros pícaros á quien se llegan, y otros amaneciendo muertos del hielo y así mismo se han multiplicado los ladrones porquehay infinitos muchachos que lo son, y los clérigos de San Salvador sequejan que después de que se quitó la casa de los niños hallan en laiglesia detrás de los retablos muchas bolsas de las que quitan los talesladrones muchachos».

Esta pincelada retrata lo que era la ciudad en los tiempos prósperos enque tanto se ha decantado el bienestar y el desahogo de las clasesmenesterosas.

En resumen: como quiera que la comisión informó favorablemente sudictamen, suscrito por don Bartolomé Lope de Mesa, veinticuatro, y donJuan Farfán de los Godos, jurado, porque no sólo debía volverse á formarla hermandad, sino ser protegida por el Ayuntamiento, designándosecaballeros del cabildo que la inspeccionasen, en sesión de 20 de Marzode 1593 se acordó, conforme á lo propuesto, que volviera á establecersela cofradía, la cual terminó en el siglo XVII, en que ya, sin que ningúndon Juan Pérez de Guzmán la hiciera desaparecer, le cogió la reducciónde hospitales que llevó á cabo el arzobispo de Sevilla.

D. LUÍS SUMEÑO DE PORRAS

Para lance pesado, el que le ocurrió á fines del siglo XVI en Sevilla alteniente de asistente D. Luís Sumeño de Porras. Bien merece recordarseen estos apuntes y he de hacerlo así, pues ofrece una gráfica nota deaquellos tiempos.

Al tal D. Luís tocóle para su daño hacia 1591, ser juez en una causa porla cual fué condenado un reo, el cual tenía algunos parientes y amigosque con gran ahinco trabajaron por librarle de la pena, sin que pudieraconseguirlo, pues Sumeño de Porras se mostró inflexible.

Viéndose burlados y llenos de la mayor indignación y odio hacia el juez,acordaron vengarse, y concibieron un plan que no tardaron en llevar ácabo.

A principios de 1593, el tribunal de la Inquisición recibió un largoescrito, en el cual se delataba á D. Luís como culpable del delito de herejía y judeismo, delito que había permanecido oculto é impunehasta entonces, haciéndose la delación tan en forma, tan detallada yminuciosa y con tan marcadas y expresas circunstancias, que los delSanto Oficio tomáronla por buena, y holgándose del servicio que á lareligión iban á prestar, presentáronse en casa del teniente deAsistente, y con gran sorpresa suya, lo arrancaron del lado de suesposa, doña Jerónima Monardes, hija del famoso médico, y dieron con élen las cárceles del castillo de Triana.

Formóse rápidamente el proceso, con todos los requisitos de la leyinquisitorial; mas como Sumeño de Porras negábase en absoluto áconfesarse autor de los crímenes que se le acusaban, fué sometido ácruel tortura en diversas ocasiones, pero, aunque nada dijo, túvoselepor convicto y fué condenado á salir en auto público de fe y llevadoluego al Prado de San Sebastián, en donde había de ser quemado vivo.

«Mas sucedió—escribe don José María Montero de Espinosa en su Relaciónhistórica de la judería de Sevilla—que la víspera del día en que sehabía de ejecutar este espantoso y horroroso castigo venían á estaciudad los malvados delatores con objeto de ver la dicha escena y áholgarse de su indigna venganza, y en una de las posadas de Alcalá deGuadaira estaban todos en un cuarto hablando del caso, y del auto quevenían á presenciar, y unos con otros decían:— Mañana veremos arderaquel pícaro y le oiremos crujir los huesos—y además proferían otrasexpresiones semejantes con las cuales se jactaban y regocijaban de suspérfidos sentimientos, y daban á entender claramente habían sido elloslos autores de aquel horrendo castigo, cuya conversación fué oida deotros pasajeros que la casualidad hizo estar en el cuarto inmediato, losque sospecharon la mucha malicia que el asunto contenía y tomandocautelosamente las señas, nombre, casa y posada donde se dirigían,vinieron aceleradamente y dieron cuenta al tribunal.»

Dudaron al principio los inquisidores, temiendo que se les escapase lapresa que ya tenían tan segura, pero tantas fueron las protestas de losque afirmaban la inocencia, que los del tribunal acordaron suspender laejecución de D. Luís Sumeño de Porras, y buscaron á los delatores, cuyasseñas tenían.

Siguieron entonces largas diligencias y puesta en claro la felonía deque había sido víctima el teniente de asistente le dieron libertad alfin y al cabo, después de tenerle largos meses en las mazmorrasinquisitoriales, con todas las consiguientes molestias y perjuicios.

Los falsos delatores, dicen antiguas memorias que fueron castigados, sinque se especifique el castigo, que tal vez no fuera gran cosa, puesentonces los delitos de delación eran cuestión de poca monta para losinquisidores.

Sumeño de Porras pudo al fin escapar de las garras del tribunal, ¡perocuántos y cuántos inocentes como él perecieron en las garras deltribunal odioso, sin que nadie pudiera salvarlos!

UN ARCEDIANO Y UN CANÓNIGO

D. Diego de Ulloa, canónigo de la catedral sevillana á fines del sigloXVI, era sobrino del cardenal arzobispo D. Rodrigo de Castro, motivo porel cual, el hombre gozaba de gran influencia y vara alta, lo que, unidoá su carácter, un tantico orgulloso y con sus puntos de altanería,hacíanle hombre de trato difícil y poco agradable.

Andaba con frecuencia el señor Ulloa traspunteado con los canónigos, suscompañeros, y aun con otras personas eclesiásticas, y una de las que conquien no estaba muy á derechas por ciertos resentimientos, era con ellicenciado D. Alonso Alvarez Córdoba, arcediano de Niebla, varónprudente y virtuoso, respetado y querido.

El tal arcediano, que frecuentaba mucho la basílica, acudió á ella el 21de Diciembre de 1595 á practicar sus cuotidianas oraciones, y muycontrito y devoto se hallaba arrodillado cerca del coro, mientras secantaban las vísperas, á las que asistían también gran número defieles, cuando héte aquí que cruzó la nave D. Diego de Ulloa, muy orondoy llevando puesta su capa de coro.

Lo mismo fué ver el sobrino del arzobispo al arcediano Alvarez Córdoba,se fué para él y con mal talante le dirigió la palabra. Alzóse del sueloD. Alonso, y allí mismo comenzó un vivo diálogo, en el que se recordaronantiguos resentimientos, se sacaron á relucir actos por una y otraparte y empleándose palabras impropias del lugar y de las personas quelas decían.

De pronto montó en cólera el canónigo Ulloa, y alzando el brazo dió unatremenda bofetada al arcediano, que súbito contestó con otra no menoscontundente y sonora, y al ruído de ellas, cuantos estaban alrededorvolvieron los rostros viendo con asombro y sorpresa á los doseclesiásticos que se acometían furiosamente y luchaban como jayanes ábrazo partido.

Andaba no lejos de allí un hermano de D. Diego de Ulloa, el cual tambiénera canónigo, y al enterarse de la escena acudió en defensa de suhermano, y «viendo trabada la pendencia—dice la historia—arrebató laespada á uno de los criados que le acompañaban, y armado con ella yseguido de los otros sus criados y de los de su hermano, que desnudaronlas suyas, se arrojó sobre el arcediano de Niebla, en cuyo auxiliotuvieron tiempo de llegar algunas de las personas que estaban en laiglesia, y que también espada en mano se opusieron á tan sacrílega ybrutal agresión.»

A esto se había alborotado todo el templo, gritaban las mujeres, serevolvían los hombres, suspendiéronse las vísperas, y en confusotropel salieron los canónigos del coro, llegando á oportuno tiempo, puespor la fuerza se apoderaron de D. Alonso Alvarez Córdoba, que hubieraallí mismo perecido si no lo encierran en la tribuna del órgano.

Los hermanos Ulloa y sus criados fueron obligados á salir del templo, ymás tarde el señor Provisor mandó encarcelar á los primeros, siendoconducido el arcediano de Niebla á su casa, acompañado del Deán y de uncanónigo para mayor seguridad.

Afortunadamente, al cabo de muchos días don Alvaro y don Diego hicieronlas paces, condenándoles á una leve pena y dándoseles licencia «para irel día de año nuevo á la procesión donde se ganan los recles (eltiempo que se permite á los prebendados estar ausentes del coro para sudescanso y recreación) de todo el año», según se lee en el extracto dedonde tomo las noticias de este curioso suceso.

Y por si alguno duda de su veracidad, le diré que todo él consta con másextensión y pormenores con otros casos parecidos, en un Informesecreto que el regente de la Audiencia de Sevilla elevó al monarca sobre diferencias que hubo entre el Arcediano de Niebla y un sobrinodel cardenal Arzobispo de Sevilla, del cual informe existe copia, yque lleva la fecha de 27 de Febrero de 1596.

EL ESCOCÉS HEREJE

Jaime Bolen era escocés y vivía en Sevilla á fines del siglo XVIdedicado al comercio. Fué denunciado á la Inquisición como hereje de lospeores, y preso en el castillo de Triana, se le formó proceso, del cualresultó que el tal Jaime no se contentaba con las herejías propias, queya era bastante, sino que hacía propaganda de ellas, como diríamos hoy,habiendo hecho á muchos partidarios de sus opiniones.

Bolen era hombre de carácter firme, y así, como quiera que desde quecayó en las garras de los del Santo Oficio no pudo hacerse muchasilusiones de su porvenir, se propuso dar muestras de su entereza, y nilas amenazas, ni los sermones, ni el tormento hicieron en él efectoalguno, afirmándose con jactancia reo en las herejías de que se leacusaba, por lo cual fué condenado á ser quemado vivo en el prado de SanSebastián.

Y en efecto, el día 13 de Octubre de 1596 salió en auto público de fe,con sambenito y coroza, sin que por el camino, desde las cárceles á SanPablo, y de allí al Quemadero, diese muestras de abatirse su espírituni hacer caso alguno de las exhortaciones que frailes é inquisidores ledirigieron repetidas veces.

Llegó á la hoguera Jaime con la misma presencia de ánimo, y llamópoderosamente la atención de la inmensa concurrencia, que el reo nohiciera movimiento alguno ni lanzara la menor queja cuando las llamascomenzaron á quemar sus carnes, y que apesar de su horrible muerte, nisu rostro se alteró ni se vieron en él muestra alguna de sufrimientofísico.

La noche de la muerte de Jaime Bolen ocurrió un caso curioso, y fué que,cuando las sombras envolvieron el Prado de San Sebastián, acudieron á éltres hombres, y misteriosamente subieron al Quemadero y recogieron lascenizas de las víctimas, que depositaron con el mayor respeto en unacaja que á prevención traían, retirándose muy luego con igual cautela.

Pero alguien debió presenciar el caso ó tener conocimiento, pues seisdías después, los ministros del Santo Oficio sorprendieron á los treshombres, como así lo consigna el autor de los Sucesos de Sevilla,contemporáneo del caso.

«En viernes 18 de Octubre, día de San LucasEvangelista—dice—prendieron á un maestro y dos marineros de un navíoinglés, porque cogieron las cenizas de Jaime Bolen, escocés hereje,porque decían ellos que había muerto santo, porque no se movió ni dijomandamiento cuando lo quemaron vivo, que fué cosa de ver.»

Los tres marineros también fueron quemados por la Inquisición, pero esfácil suponer que nadie se ocuparía en recoger sus cenizas, que ya sesabía lo caras que costaban.

LA MOZA Y EL ASISTENTE

Aunque las memorias sevillanas no han conservado su nombre, un coetáneodice que era muchacha bonita y muy graciosa y despejada.

A fines del siglo XVI, esta moza estaba al servicio de unas señoras que,aun pasando por recatadas y prudentes, recibían con sospechosa intimidadá un señor canónigo, el cual debía ser persona de ancha conciencia y nomuy apropósito para resistir las tentaciones, pues el enemigo llevóle áponer los ojos en la criada de las señoras, sin andarse con otrosmiramientos.

No debió la sirvienta ser muy sorda á las proposiciones del de loshábitos, por cuanto éste prometióle, en ciertas entrevistas, que si seablandaba le daría cien ducados y le proporcionaría un marido que ni deperlas.

Cayó la inexperta moza en las garras del gavilán, pero apenas éstesatisfizo su capricho, huyó bonitamente el cuerpo, no volviendo ácuidarse más ni de los ducados prometidos ni de la muchacha, que en vanotrató de hacerle cumplir su ofrecimiento.

Viendo la infeliz que todo era inútil y que su desliz estaba á punto dehacerse público en un determinado tiempo, escapó de su casa, dejó á lasseñoras y luego con su crío fué á dar de moza en un mesón de los muchosque existían en la calle de la Albóndiga.

Allí estaba la burlada muchacha el año de 1597, cuando la noche del 15de Mayo, en que se hallaba en el patio de palique con varios trajinantesy huéspedes, llamaron á la puerta con recios golpes, y abierta ésta depronto, penetró en el mesón nada menos que el Asistente don Pedro Ariasde Bobadilla, conde de Puñonrostro, seguido de sus alguaciles, que ibaaquella noche, como otras, de ronda visitando las casas públicas yposadas, para limpiarlas de mala gente.