Confieso by Ramon Cerda - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

PRIMERA PARTE

INTRODUCCIÓN:

En el contenido de esta novela es posible que mucha gente que me conozca quiera ver en el a una especie de biografía, incluso es posible que alguien se sienta mencionado en el a. Nada más lejos de mi intención que la de narrar mi vida ni la de mis al egados. Cuán aburrida resultaría la novela biográfica en ese caso.

Debo utilizar la frase tantas veces utilizada por otros autores que dice algo así como que “Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”.

Si algún día l ego a ser lo suficientemente famoso, quizás sea otro quien se moleste en escribir sobre mi vida.

El autor

CAPÍTULO I

Año 1999

-¿Qué se siente con cuarenta y tres años y treinta novelas de éxito publicadas todas el as en los últimos ocho años? –preguntó la joven entrevistadora al famoso entrevistado Héctor Ramos-Estaban en el salón de su casa, Adolfo, su editor se había empeñado en que atendiera a aquel a joven entrevistadora. Al principio estuvo bastante reacio, aunque cuando la recibió, le gustó lo suficiente como para atenderla gustosamente. Era una joven morena de pelo liso y largo que le l egaba hasta el nacimiento del culo. Era delgada pero con cumplidas caderas y pechos moderados aunque suficientes.

-Cuarenta y cuatro, treinta y cinco y nueve–respondió Héctor sin añadir nada más mientras saboreaba el tabaco de su pipa más vieja, menos adecuada para la vista de las visitas, pero a la vez la más utilizada por él, era como unos zapatos viejos que uno no quiere cambiar porque le resultan cómodos, a pesar de que resulta inútil limpiarlos porque nada puede hacerlos parecer elegantes-

-¿Perdón...? –la inexperta periodista se sintió algo nerviosa por la inesperada respuesta y la mirada penetrante de Héctor que parecía atravesarla y adivinar lo que estaba pensando-

-Que tengo cuarenta y cuatro años y no son treinta, sino treinta y cinco las novelas publicadas, en los últimos nueve y no en los últimos ocho años, sin contar la que escribí a los dieciocho años y que nunca l egué a publicar.

-Caramba, deberé de revisar mis fuentes de información –rió nerviosamente-

¿Qué se siente pues, al haber publicado tantas novelas en tan corto espacio de tiempo?

-Me gusta escribir, posiblemente haya escrito tanto en estos últimos años porque desde que escribí mi primera novela, he pasado casi veinte años sin volver a escribir, y tenía un montón de ideas acumuladas y queriendo salir desordenadamente de mi cabeza.

-Mucho tiempo. ¿No?

-Mucho tiempo para un escritor, pero yo nunca pensé en dedicarme a escribir, y simplemente me he dedicado a mi profesión de abogado durante todo este tiempo.

-¿Qué le impulsó a escribir de nuevo?

-Estaba harto de mi profesión, de mis clientes, y de todas las mentiras que uno se veía obligado a contar para defenderles, y de que discutieran siempre mis honorarios. Siempre me ha molestado la gente desagradecida y no hay nada como un cliente satisfecho que no agradece el esfuerzo de uno y que además le discute el pan que ha ganado.

-¿Se siente ahora mucho mejor?

-Por supuesto, ahora me siento totalmente liberado, hago lo que me gusta, viajo, escribo, medito, y solo tengo que soportar al editor y a la familia, pero me gusta.

-Tengo entendido que el nuevo proyecto no es una novela sino una biografía.

-Así es, l evo el suficiente tiempo alejado de mi antigua profesión, y las cosas ya puedo verlas desde otra perspectiva, creo que ha l egado el momento de escribir una primera autobiografía.

-Una primera, ¿Tiene previsto escribir otras?

Espero vivir lo suficiente como para poder escribir una segunda parte dentro de otros veinte o treinta años.

-¿Qué nos puede anticipar de esta autobiografía?

-Confieso.

-¿Confieso?

-Sí, ese será el título de mi autobiografía. Será novelada, pero cada detal e que aparezca en el a podrá ser fidedigno. Cambiaré algún nombre por pudor, y mezclaré situaciones reales con ficticias.

-¿Cree que producirá ampol as su nuevo proyecto?

-Tampoco será para tanto, salvo algún pequeño secretil o sin importancia.

Tenga en cuenta que el hecho de que haya dejado de ejercer la abogacía no me da derecho a incumplir mi compromiso de guardar el secreto profesional. Será mi biografía, no la de mis clientes, estos pueden dormir tranquilos. –sonrió seductoramente-

-¿Cuándo tiene previsto publicarla?

-Calculo que al menos pasarán un par de años antes de que se publique definitivamente.

-Es más de lo que le dedica a una novela.

-Bueno, tenga en cuenta que no voy a dejar de escribir las novelas que es lo que esperan mis lectores, y las que realmente me dan de comer. La biografía será una publicación extraordinaria ajena a mi ritmo habitual de escritura.

-Tengo la sensación de que con su ritmo, va a seguir escribiendo inmediatamente después de terminar la entrevista.

-Esta noche no, ¿Tiene usted algún compromiso?

Año 1982

Podría decirse que eran una pareja liberada, o al menos les divertía aparentarlo. En realidad es posible que lo único que intentaran era que su matrimonio no naufragara como tantos otros, sobre todo como ocurre cuando uno se casa joven y desoyendo los consejos de los mayores. Ellos lo habían hecho muy jóvenes, él tenía veinte años y el a recién cumplidos veintidós, cuando en una fría, más bien oscura y l uviosa mañana de diciembre salieron felices de una pequeña Iglesia, el a con la barriga l ena desde dos meses atrás, por eso se casaron en diciembre, al fin y al cabo uno siempre se imagina las bodas en pleno verano agobiante, con los novios sudorosos e incómodos. Se habían conocido apenas seis meses antes y lo suyo fue un auténtico flechazo.

Llevaban ya siete años de casados, y el tiempo había pasado a una velocidad de vértigo, casi sin darse cuenta. Pero la química sí que pareció darse cuenta del paso del tiempo, porque el amor es eso, pura química, mera atracción sexual, muchas veces irresistible, en la que la naturaleza nos utiliza a nosotros como marionetas, y una vez cumplida la función de apareamiento y pasado un tiempo prudencial para el cuidado de los posibles retoños fruto del éxtasis sexual, la química va desapareciendo.

Todo se vuelve monótono, los pequeños defectos se convierten en cuestiones insoportables para la pareja, el sexo tantas veces repetido acaba aburriendo por falta de variedad, y tantas y tantas otras cosas que se confabulan para atacar a los matrimonios, y también ahora a las parejas de hecho, porque el no estar casados no es garantía para la pervivencia de la química.

Es por eso que estadísticamente hay tantos problemas matrimoniales a partir del séptimo año de casamiento. Muchos ni siquiera l egan, quizás porque su contenido químico fuera menor, o porque un tercero o tercera más cargado de esa química, acaba con la que queda en la pareja.

Héctor, siempre tan práctico, le había echado el ojo a una joven que trabajaba en su mismo bufete en Valencia, el a era recién licenciada y sin experiencia en la abogacía, pero inteligente, muy inteligente. Sin duda l egaría lejos en la profesión. Héctor se había ido a vivir a Valencia con su esposa Eloísa, un par de años antes. Inés era atractiva, como su esposa, aproximadamente de su edad, como su esposa, delgada, como su esposa, rubia, como cuando a su esposa le daba por tintarse el cabel o, lo cual tenía que admitir que no le favorecía nada en absoluto, y mucho menos cuando se desnudaba y se notaban aquel as incongruencias estéticas provocadas por el hecho de que el color de su pelo no coincidiese en absoluto con el de otras partes menos púdicas de su cuerpo. Lo que tenía Inés que no tenía Eloísa, pero que había tenido, era precisamente esa química, esa química que parecía ya prácticamente agotada en Eloísa, esa química que hace que dos personas queden atraídas. La química y el olor. Sí, el olor, porque los seres humanos l evamos siglos queriendo disimular nuestros olores corporales, cuando son precisamente las feromonas las que tanta importancia tienen en el atractivo sexual. De hecho ahora se venden ciertos perfumes con la promesa de que contienen feromonas que harán irresistibles sexualmente a quienes los utilicen.

A Héctor siempre le habían atraído los olores de cierto tipo de mujeres, para él el olor era muy importante a la hora de juzgar el grado de atracción de una fémina. A pesar de que estas los disfrazaban con todo tipo de desodorantes y pócimas de toda clase, aroma y densidad, cremas, maquil ajes, hidratantes, perfumes, leche corporal y tantos y tantos otros aditivos a los que tan aficionadas son la gran mayoría de las mujeres, siempre quedaba algo de la propia hembra, quizás esas feromonas de las que ahora hablan los perfumistas, que las envolvía y podía hacerlas irresistibles.

Inés tenía dos tetas enormes de las que era difícil apartar la mirada, las de Eloísa eran más discretas, aunque debía de admitir que eran muy bonitas.

Inés hacía varios meses que lo andaba rondando, y él se resistía a iniciar cualquier tipo de relación, más al á de la estrictamente profesional, porque seguía amando a su mujer, y porque en el fondo estaba algo chapado a la antigua. Cuando la atracción se hizo mayor l egó a pensar en pedirle permiso a Eloísa para iniciar una relación sexual con Inés, pero después de analizar la idea durante cierto tiempo, la desestimó por descabel ada. Finalmente no se le ocurrió otra cosa que insinuarle a Eloísa que su relación sexual se estaba enfriando, y que podrían plantearse algún cambio de pareja o algo similar con sus amistades. Durante varias noches hablaron de las personas del sexo contrario que más les gustaban a cada uno de el os y de sus respectivas parejas.

Llegaron a la conclusión de que no había ninguna pareja que conociesen, que además de estar lo suficientemente liberada, coincidiese con los gustos sexuales de ambos, por lo que empezaron a hablar de otros conocidos sin pareja estable, y ahí salió a la conversación un buen día Inés. También salió en esa misma conversación Jacob.

Jacob era un joven, algo mayor que el os, cinco o seis años quizás, encantador, dulce, amable y muy atractivo, todo el o en palabras de la propia Eloísa. Se conocieron unos años antes, cuando aun no se habían trasladado a Valencia. Era un médico naturista, holandés, que atendió en un par de ocasiones a Eloísa de sus trastornos en la regla.

Que supiera, todavía se hacía cargo de la misma consulta y vivía sólo, sin ningún compromiso conocido.

Héctor y Eloísa se divirtieron durante varios días planeando la posibilidad de seducir por separado a Inés y a Jacob. El tema los excitaba, y durante unos días, el mero hecho de hablar de el o los animaba a practicar el sexo, más habitualmente y con mejores resultados que en los últimos meses. Posiblemente ya cada uno de el os pensaba que lo estaba haciendo con quien podría ser su futuro o futura amante, al menos en lo que respecta a Eloísa parecía evidente porque últimamente se empeñaba en hacerlo a oscuras.

-Ha sido una idea genial –le susurraba al oído Eloísa a Héctor mientras este la penetraba- Jacob no tiene desperdicio, anoche estuvimos haciendo el amor hasta las cuatro de la mañana, el tío tiene un aguante enorme. ¿Sabes? Se corrió tres veces dentro de mí. Eloísa comenzó a gemir. Héctor no sabía si porque iba aumentando su placer por el empeño cada vez mayor que él estaba poniendo en el acto, o simplemente porque el a estaba recordando la noche anterior con Jacob. A pesar de todo, la situación lo excitaba sobremanera, tanto el hecho de que la noche anterior hubiera comenzado la aventura de su mujer con Jacob, como el hecho de que ahora el a le estuviera relatando cada detal e. Pensar que el a podría estar excitada solo por pensar en Jacob y no en él, no le importaba demasiado. En cierto modo parecían haber conseguido una variante sexual que les permitía volver a disfrutar juntos.

Ella siguió hablando y gimiendo en su oreja, a la vez que le lamía el lóbulo de la misma, cada vez los jadeos eran más continuados y más profundos, hasta que ambos se corrieron; el a lo hizo antes, mientras gemía y le mordía la oreja, él lo hizo poco después quedando totalmente extenuado.

Héctor no pudo evitar sentirse algo bajo de moral, cuando rebobinó mentalmente y escuchó a Eloísa decir que Jacob se lo había hecho tres veces con el a la misma noche. Él nunca había conseguido nada semejante, a lo sumo, y en contadas ocasiones, había conseguido correrse dos veces en un corto espacio de tiempo. De todos modos pensaba que habiendo iniciado su mujer la relación sexual fuera del matrimonio, él pronto podría hacerlo sin remordimientos con Inés, lo cual lo excitó, aunque no consiguió con el o erección alguna. Eloísa estaba fumando un cigarril o y parecía con ganas de hablar. Él se durmió un par de minutos después.

Se estaban besando en la cal e, recostados ligeramente sobre uno de los coches aparcados. Eran las ocho de la tarde, todavía de día, era verano. Era una cal e bastante concurrida a esas horas en Burjasot, un pueblo cercano a Valencia donde habían ido a tomar unas copas. Parecía no importarles en absoluto que pudieran verlos, a pesar de lo ilícita de su relación. Ambos estaban excitados, aunque el a en especial.

Habían estado tomando unas copas previamente en un par de los lugares de moda del verano. Héctor había estado hablando esa tarde con Inés y se le había insinuado claramente, le dejó entrever su predisposición a entablar una relación con el a distinta a la del trabajo y más íntima que la de simples amigos. Él la invitó a cenar, y el a, que no tenía ningún compromiso, o al menos ningún compromiso no cancelable y sustituible por algo más interesante, aceptó sin hacerse de rogar.

Era viernes por la tarde, terminaron pronto en el bufete y Héctor tenía previsto l evársela a casa después de cenar y pasar una noche de sexo como nunca. Podía disponer de la casa porque ya lo había comentado con Eloísa, y el a la pasaría en casa de Jacob.

Eloísa estaba como una colegiala, encaprichada y entusiasmada con Jacob, situación que de momento beneficiaba también a Héctor porque le dejaba el camino libre con Inés y porque además, mejoraba sus relaciones sexuales con su esposa, cuya relación con Jacob no reducía los encuentros sexuales con su marido, sino todo lo contrario. Se encontraba excitada continuamente, y a lo largo de la semana, cuando no podía estar con Jacob, se desfogaba con Héctor. Era una situación algo extraña, pero en la que posiblemente por su novedad, posiblemente por los buenos resultados aparentes que estaba dando, los dos la estaban disfrutando, sin duda Eloísa más que Héctor. De momento.

Fue frustrante, muy frustrante. Después de pasar toda la tarde con Inés, de copas, hablando de todo tipo de cosas incluyendo amistades y sexo, cenaron íntimamente en un restaurante de la cal e Navarro Reverter de Valencia. Todo fue magnífico. Luego tomaron una última copa en una cafetería cercana y se fueron a casa de él.

Él la desnudó con delicadeza, acariciando y oliendo cada poro de su piel. Se estuvieron besando y acariciando durante casi una hora, y a pesar de la enorme excitación que tenía Héctor, no consiguió la más mínima erección. Inés no era tampoco demasiado hábil en estas situaciones y no supo cómo solucionar aquel problema. Él intentó satisfacerla, al menos haciendo que se corriera entre sus manos, pero después de otra hora de intentos infructuosos, tampoco esto fue posible. Ambos quedaron insatisfechos, pero no se tiraron nada en cara el uno al otro. Se encontraban a gusto y los dos se disculparon y se auto-convencieron de que la próxima vez tendrían más éxito.

Héctor intentó que Inés se quedara con él esa noche, Eloísa no l egaría hasta pasadas las diez de la mañana siguiente. Pero Inés vivía en casa de sus padres y no estaba dispuesta a quedarse.

Héctor la acompañó a casa, pensando en el horrible resultado de su aventura, y en el hecho de que si Inés no quería quedarse, posiblemente fuera por que no le apetecía y no por cuestión de sus padres, al fin y al cabo, ya era lo suficiente mayorcita como para pasar la noche fuera de casa. Tampoco podía evitar pensar en Eloísa y en lo que estaría haciendo en esos momentos con Jacob. Su situación era además de frustrante, ridícula. Él era quien había querido dar solución a aquel matrimonio que parecía a la deriva después de siete años de comunidad, y él fue quien empujó a su mujer a los brazos de otro hombre, otro hombre que a ojos vista la estaba satisfaciendo mucho más de lo que él lo había hecho hasta ahora. Mucho más de lo que él ahora veía que podía satisfacer a Inés.

Llegaron al final de la Cal e de la Paz, cerca de la Plaza de la Reina, y detuvo su coche, un pequeño Mercedes biplaza gris oscuro de segunda o quizás tercera mano.

Inés bajó y con una leve sonrisa se despidió de él. No lo besó.

Héctor volvió a casa, pensando en todo lo ocurrido, pensando en Jacob, pensando en Eloísa, pensando en Inés, y pensando en que en ciertas ocasiones debería de morderse la lengua antes de hablar. Al fin y al cabo, si el matrimonio no funcionaba, pues que no funcionase, ya se arreglaría, y si no se arreglaba, al carajo, para eso se habían inventado los divorcios. Pero no, él siempre tenía ideas bril antes, él siempre sabía lo que tenía que hacer. Cuántas veces se arrepentía de sus ideas bril antes, las ideas son solo para plasmarlas en los libros, no para l evarlas a la realidad, donde se estrel an irremisiblemente.

Llegó a casa y buscó la l ave en el bolsil o derecho de su pantalón, notó que tenía una erección, una buena erección. Entró en el baño y después de orinar se masturbó.

Año 2000

Tasio se había especializado en el espionaje industrial y tenía varios clientes importantes que lo mantenían ocupado gran parte del tiempo. Su carrera profesional la inició como asesor fiscal de empresas alrededor de 1979. Pero después de apenas tres años de profesión, de inspecciones, de trámites administrativos, y de asesorar a clientes que al final hacían lo que les venía en gana desoyendo sus consejos, y que muchas veces sólo buscaban de él su bendición para así tener a alguien a quien echarle la culpa si las cosas iban mal, se cansó, el trabajo que antes le apasionaba, pasó a agobiarle, y cada vez estaba más convencido de que tenía que hacer algo drástico. Fue a principios de 1982, cuando siguiendo el consejo de su íntimo amigo Héctor, cambió de ocupación. El propio Héctor hizo algo parecido unos años después abandonando su carrera profesional como abogado y dedicándose a escribir novelas.

También acertó con el cambio. Tasio había seguido un camino bastante distinto diplomándose como Detective Privado y abandonando la asesoría. En un principio, la idea era la de encargarse solo de unos pocos casos sin importancia que no le complicasen demasiado la vida, como asuntos de divorcios, bajas laborales, y similares, pero fue el propio Héctor el que por un lado se convirtió en un buen cliente, primero por unos asuntos relacionados con su mujer, y años después, porque de forma habitual le solicitaba pequeñas investigaciones –y no tan pequeñas-, que luego utilizaba en sus novelas. Fue precisamente durante la investigación de una gran multinacional para una de las novelas de Héctor, cuando trató de cerca los asuntos de espionaje industrial. Héctor le presentó a unos contactos de su época de abogado, y pronto surgieron asuntos interesantes. De hecho, había abandonado totalmente las pequeñas investigaciones y se dedicaba casi en exclusiva al espionaje e investigación de la propiedad industrial. Claro que a Héctor no le podía decir que no cuando este le solicitaba alguna investigación, además, todo hay que decirlo, Héctor era de los que pagaba bien y rápido, sin discutirle nunca los gastos. Lo cierto es que luego le sacaba un buen rendimiento cuando acababa de publicar la novela, y era de los que publicaban por lo menos cuatro al año, de ese modo, ambos salían siempre beneficiados y mantenían una relación de amistad cordial, juntamente con la profesional. A Tasio siempre le había asombrado la capacidad de escribir de Héctor, no era normal, ni por asomo, publicar cuatro novelas anuales, aunque fuesen de una longitud moderada como solían ser las suyas. Incluso le comentó hace unos meses que estaba pensando en escribir bajo seudónimo para no saturar el mercado con su nombre. Dicen que Stephen King hizo algo similar publicando cinco novelas con el nombre de Richard Bachman. Quien sabe si Héctor l egaría a ser tan famoso como King.

Tasio tenía algo más de cincuenta años, y habiéndose acostumbrado a vestir con traje y corbata siendo asesor fiscal, era una costumbre que todavía conservaba, y raro era el día que no se le veía impecable. Ya había echado algo de barriga con los años, y el traje siempre había sido adecuado para disimular estas cuestiones, motivo adicional para conservar su arraigada costumbre. No se imaginaba con vaqueros y camiseta.

Usaba tirantes de tela, a pesar de lo poco habitual de este tipo de prenda hoy en día, y siempre calzaba buenos zapatos de piel con suela de cuero, generalmente italianos.

Era soltero, y sin duda lo sería por muchos años, le gustaban las mujeres, pero con moderación, y las temía. Ese temor era el motivo de que no alargase nunca ninguna relación, por lo que muchas veces tenía que recurrir al previo pago de honorarios para desahogarse con alguna “mujer de la vida” como él las l amaba cariñosamente.

Cuando era asesor, l egó a tener en Valencia un despacho con seis empleados a pesar del poco tiempo que l evaba dedicándose a la profesión, despacho que en realidad no l egó a cerrar, sino que traspasó a unos colegas que lo fusionaron con otra asesoría ya existente. Ese día fue el más feliz de su vida, y desde entonces su única oficina es un pequeño cuarto en su casa, donde no tiene instalado teléfono porque siempre utiliza el móvil, el cual desconecta a voluntad siempre que no quiere ser molestado. Dispone de un viejo ordenador y de una no menos vieja impresora a color que le basta para la redacción en “Word” de los informes de sus investigaciones.

Cuando necesita conectarse a Internet lo hace desde un pequeño cibercafé que hay instalado en la misma esquina de su casa.

Esa misma mañana había acabado de redactar el informe para una filial de la Bayhar alemana que lo había tenido ocupado los últimos quince días. Estaba decidido a tomarse unos días libres y desconectar el teléfono, el informe le proporcionaría unos buenos honorarios, y sin duda se había ganado el descanso.

Estaba ordenando los papeles impresos para l evarlos a encuadernar, cuando sonó el móvil. Se sacó el Motorola del bolsil o, lo abrió, y en la pantal a leyó “ECTOR”, sin hache. Lo había grabado así por ahorrarse una letra. Era un verdadero coñazo eso de escribir con las teclas del móvil.

-¿Qué vas a escribir ahora? –preguntó sin más prolegómenos-

-Tú siempre al grano.

-El buen uso del tiempo es muy importante y no hay que malgastarlo.

-Oye, necesito que me investigues un asuntil o con total confidencialidad.

-Hombre, me ofendes. ¿Acaso no he sido suficientemente discreto con los asuntos que te he trabajado hasta la fecha.

-Sí, claro, en ningún momento he querido insinuar lo contrario, lo que pasa es que es un tema muy delicado y no quiero tratarlo por teléfono, y menos en el móvil.

¿Quedamos en Cánovas? –Héctor sabía que Tasio solía ir a comer a ese restaurante, bastante céntrico, cercano a su casa, y muy económico en el que se comía bastante bien.-

-Hoy mismo he comido al í. Podemos tomar café a las siete de la tarde. ¿Te viene bien?

-O.K. –colgó-

Tasio acabó de amontonar los papeles del informe y los l evó a que se los encuadernaran en gusanil o que era como solía presentar sus trabajos. Mientras salía de casa iba pensando en que seguramente tendría que olvidarse de esos días de fiesta que se había propuesto coger.

Héctor estaba muy raro últimamente.

CAPÍTULO II

Año 1982

-¿Cómo que en la cal e?, ¿Te da igual que te vean? –le increpó Eloísa-Héctor se ruborizó por la rabia contenida al ser atacado por Eloísa.

-Eloísa, en Burjasot no nos conoce nadie.

-Hablas de Burjasot como si fuese la Alemania del Este antes de que tiraran el dichoso muro ese. Burjasot está a un paso, además, te recuerdo que el hecho de que tú no conozcas, o creas no conocer a nadie en Burjasot, no quiere decir que no te conozcan a tí. Además, pueden conocer a Inés. Hasta es posible que en el bufete tengáis clientes de Burjasot. ¿Me equivoco?

-Está bien, iré con más cuidado, pero a ti también pueden verte. ¿No? –intentó defenderse él como buenamente pudo-.

-Yo no voy por la cal e dándome arrumacos con Jacob.

-Bien, pero Jacob tiene vecinos y os pueden ver, además, te recuerdo que antes vivíamos en Ontinyent. ¿No se mosqueará nadie si te ven deambular por al í?

-No es lo mismo, la gente podrá imaginarse lo que le venga en gana, pero no podrá decir que me han visto en una situación delicada. Además, te recuerdo que todo esto ha sido idea tuya.

-Pues bien que te has acostumbrado enseguida y bien que lo estás disfrutando.

-¿No se trataba de eso? ¿Acaso no tenía que disfrutar? Se supone que esto lo has maquinado para que nuestro matrimonio no naufrague, aunque pienso que tu única finalidad era acostarte con esa zorra y buscabas una excusa para que yo no te dijera nada. Ahora resulta que has tenido un gatil azo y te molesta que Jacob esté disfrutando de tu mujercita mientras tú te tienes que aliviar en el baño.

Héctor no contestó, eso le pasaba por haberle dado tantos detal es a Eloísa, había sido un imbécil y empezaba a estar harto de la situación, cuando aún no habían transcurrido quince días desde que aquel proyecto fantasioso pasó a ser una realidad.

-¿Qué piensas hacer al respecto? –continuó Eloísa mientras Héctor le daba la espalda-

-¿Al respecto de qué?

-De lo que estamos hablando. ¿Te parece bien ir paseándote por ahí tan descuidadamente?

-Ya te he dicho que iré con más cuidado.

-¿Eso es todo?

-¿Qué más quieres que haga? No puedo borrar lo del pasado viernes. Además, sigo convencido de que no nos reconoció nadie.

-¿Y en el bufete?

-¿Qué pasa en el bufete?

-Eso es lo que yo te pregunto, ¿Actúas con discreción al í o pasas de todo?

-Ya está bien. –cada vez le costaba más controlar su rabia-Eloísa no bajaba la guardia y parecía seguir dispuesta a profundizar en la l aga abierta. Héctor intentó ignorarla y se metió en su pequeña biblioteca privada. Era el único lugar de la casa en el que se acostumbraba a respetar mínimamente su intimidad. Eloísa estuvo tentada a seguirle, pero se contuvo. Por ese día era suficiente.

Héctor se sentó en el sil ón de la biblioteca después de coger un libro cualquiera de las estanterías y se puso a ojearlo sin l egar siquiera a concentrarse en el contenido.

Hacía calor, a pesar de que la biblioteca estaba cubierta de corcho que la aislaba algo del exterior. No cabía duda de que tenía que poner aire acondicionado como en el resto de la casa. En invierno aquel reducto se convertía en una nevera y en verano uno empezaba a sudar nada más entrar. En definitiva, que no había cristiano que pudiera leer tranquilamente, salvo unos pocos días al año en los que la temperatura pasaba desapercibida.

Año 2000

Llegó a la Plaza de Cánovas en coche, conducía una berlina de BMW que había sustituido a su viejo Mercedes. Pudo aparcar en la zona azul sin demasiados problemas, a pocos metros del restaurante donde había quedado con su amigo.

Cuando entró en Cánovas, Tasio lo estaba ya esperando en la barra saboreando un café corto y fuerte, sin azúcar. Se acercó y se dieron un fuerte y afable apretón de manos.

-¿Cómo te va? –le preguntó Héctor-

-Ya ves, a tu disposición como siempre.

-Ya será menos.

-¡Te diré!, tenía previsto irme unos días de vacaciones y aquí estoy, a ver qué es eso tan confidencial que quieres contarme.

-Vamos a una de las mesas. –dirigiéndose a uno de los camareros pidió un gin tónic de Larios-

-Es sobre Eloísa –notó como Tasio se sorprendía, aunque no dijo nada-

-¿Tenéis problemas?

-No exactamente, mira... –no sabía como plantearle la situación-. Bueno, el caso es que Eloísa se comporta de una forma algo violenta últimamente, y temo que haga alguna tontería. ¿Recuerdas aquel asunto antiguo que te encargué investigar cuando el a estaba liada con Jacob y yo con Inés?

-Sí, claro, pero aquel o terminó hace varios años. ¿No?

-Hombre, la relación terminó, pero todavía quedan coletazos, y precisamente de el o es de lo que te quería hablar. Temo que Eloísa haga una locura. Además, ahora sabes que estoy escribiendo mi biografía novelada, y creo que ha sido otra tonta idea mía, porque ha resucitado muchas cosas y creo que puede ser el desencadenante de alguna tragedia.

-¿Tan grave es?

-Quizá no, pero puede que sí. Necesito tu ayuda para averiguarlo y si puede ser para evitarlo.

-¿Qué debo hacer entonces?

-Necesito que sigas a Eloisa durante un par de semanas a todas partes. Algo como lo que hiciste en 1982 cuando te encargué aquel primer trabajo, pero más a fondo porque ahora no estamos hablando de sexo sino de cosas más graves. Y por supuesto, además de la discreción que siempre te pido, te pido también un cariño especial en esta investigación. Gástate lo que haga falta y si es necesario, siempre que sea de confianza, búscate ayuda.

-Prefiero trabajar solo y ahora no tengo nada entre manos. ¿Cuándo empiezo?

-Ya mismo, nos veremos los lunes y los jueves a estas horas aquí mismo, salvo que encuentres algo realmente importante, en cuyo caso te ruego que te pongas en contacto conmigo de inmediato.

-Hecho. De todos modos, yo necesitaré más datos por tu parte. Quiero saber qué es lo que temes, qué está ocurriendo en tu casa, si actualmente tenéis algún lío por ahí, o cualquier otra cosa, creas que esté relacionada o no con el asunto.

-Sin problemas, si quieres te puedo hacer ahora mismo un pequeño resumen y conforme vaya avanzando la investigación, profundizamos todo lo que quieras.

Héctor acabó de un solo trago la mitad del gin tónic que le quedaba y dejó un bil ete de mil pesetas sobre la mesa. Salieron sin esperar el cambio.

Héctor subió a su BMW y salió en dirección al puerto. Tasio se fue caminando hasta su casa mientras pensaba en lo que había estado comentando con Héctor. Héctor y Eloísa siempre habían hecho una pareja muy extraña, l evaban ya casados veinticinco años, lo sabía, porque además de que él estuvo en la boda, Héctor le había hablado el otro día de que estaba preparando las bodas de plata, ¿o no eran las de plata? Bueno, el caso es que estaba seguro de que hacía un montón de años que estaban casados.

Tenían un solo hijo que tendría poco menos de esos veinticinco años, porque la pareja se casó de penalti, como entonces se l amaban a estas cuestiones de ir tres a la boda.

El chaval se dejó pronto los estudios y estuvo unos años a la sombra de su padre, el chico prometía, pero evidentemente no le gustaba estudiar. Ahora trabajaba en una empresa relacionada con la informática. La verdad es que el sistema educativo, al menos aquí en España, siempre ha sido muy deficiente, y no se ha sabido adaptar a las distintas necesidades de cada persona. A uno intentan hacerle aprender de memoria una serie de estupideces que no le servirán para nada en un futuro, ni en su vida ni en el mundo laboral, y pocas cosas prácticas se pueden aprender. De ahí que mucha gente termine su carrera con grandes desconocimientos de cosas necesarias por una parte, y con un bagaje de conocimientos inútiles por otra, conocimientos que sin duda irá olvidando poco a poco en el transcurso del tiempo, precisamente por su total inutilidad. Cuántas horas perdidas en los estudios con los codos sobre la mesa con el único fin de aprobar un examen inútil.

Héctor y Eloisa fueron durante un tiempo una pareja envidiada por los demás, a pesar de haberse casado tan jóvenes, la cosa les funcionó bien durante mucho tiempo, luego vino la crisis, la primera de las crisis porque luego vinieron otras. A los seis o siete años de casados se liaron con sus respectivos amantes y ahí empezaron sus problemas, aunque posiblemente, de no haber derivado la cosa por ahí, hubieran acabado separándose como tantas otras parejas a las que se les había agotado la magia del amor. Nunca se sabe qué puede resultar mejor, una vez tomada una decisión que no tiene marcha atrás. Héctor le encomendó entonces una investigación para que siguiese a Eloísa. Fue muy desagradable, porque algunas de las sospechas de Héctor eran ciertas y así se lo tuvo que informar. En realidad, aunque todo había parecido idea de Héctor, Eloísa ya estaba liada con Jacob mucho antes de ocurrir aquel o. Los desenfrenos sexuales con Jacob eran continuos y Eloísa parecía insaciable. Luego apareció en escena Hervé un divorciado más joven que Jacob, de origen francés que acabó liándose con el propio Jacob. Esto enfrió algo la relación de Eloísa con él, aunque no dio fin a la misma. Jacob jugaba a dos barajas y lo mismo se acostaba con uno como con la otra. Finalmente Hervé y Jacob formaron pareja estable y se fueron a vivir juntos. Eloísa acabó con su relación sexual con Jacob, aunque mantuvo su amistad con él, y Héctor siguió liado un tiempo con Inés. Pero claro, aquel o no podía durar. A Eloísa se la comían los celos y todo eran presiones para que Héctor abandonase a Inés. Eloísa lo amenazaba con liarse con el primero que pil ase, aunque a esas alturas a Héctor ya le daba todo igual, o al menos eso era lo que parecía. Eloísa quería saber cada detal e de su relación con Inés, le increpaba cada día, y no lo dejaba dormir hasta que Héctor no le había dado el parte diario. Relación que por otra parte había sido también muy problemática según el propio Héctor le había contado a él. Durante mucho tiempo Héctor e Inés no pudieron hacer el amor porque la erección le era totalmente imposible con el a, a pesar de que con Eloísa seguía funcionando perfectamente. Héctor l egó a pensar que estaba poseído por algo desconocido que le impedía las relaciones fuera del matrimonio. Además, cada vez de forma más inconsciente, deseaba a su mujer de una manera desasosegada y descontrolada, estaba como poseído. Ella hacía con él lo que le venía en gana y finalmente le dio el temido ultimátum. Héctor se lo contó un día entre l antos; Eloísa lo había obligado a abandonar a Inés, sin más explicaciones y finalmente claudicó, no se pudo negar, necesitaba a Eloísa de forma pasional e incontrolada. Eloísa lo había rodeado de algo que él desconocía y que no comprendía, y no podía estar sin el a. A Héctor le costó sincerarse con él, pero finalmente se lo contó todo. De ahí que conociera con tanto detal e las relaciones sexuales de su amigo con Eloísa y con las otras, porque hubo otras después de Inés, pero las cosas fueron de otro modo.

Héctor se había convertido en el perro faldero de Eloísa y sexualmente era un completo esclavo. Lo hacían cuando a el a le venía en gana y como el a quería, y en más de una ocasión compartieron cama con otras personas para satisfacción de las fantasías sexuales de el a. Eloísa, además, tuvo alguna que otra aventura fuera del matrimonio, aventuras que luego le contaba en la cama a Héctor, lo humil aba y a veces incluso lo obligaba a que le hiciese el amor cuando todavía olía a otro hombre.

Todo esto, en vez de repugnarle a Héctor, lo excitaba, hacía que cada vez deseara más a Eloísa, y el a se aprovechaba de la situación, hacía lo que le venía en gana y utilizaba sexualmente a su marido como le apetecía. Muy complicada, cuanto más lo pensaba Tasio, más complicada le parecía la extraña pareja. Y ahí estaban, veinticinco años después felizmente casados, al menos en apariencia. Ahora le había pedido que la siguiera de nuevo, pero se notaba preocupación en la voz de Héctor, en realidad, Tasio había adivinado y sabía que no se equivocaba, que lo que pretendía Héctor era proteger a su mujer, no sabía bien de qué, pero era evidente que quería protegerla de algo. Héctor seguía enamorado y encoñado con Eloísa. Tasio prefirió iniciar la investigación sin ideas preconcebidas, por lo que de momento no le preguntó nada más a Héctor, quería seguirla un par de días, y luego ya preguntaría más cosas, era su forma de actuar, sabía que cuando empezaba una investigación con alguna idea preconcebida, inconscientemente dejaba de lado senderos importantes y se cegaba por lo que creía que era el centro de la investigación, cuando en realidad no era más que un faro fantasma que lo hacía apartarse de la realidad. ¿Qué le preocuparía a Héctor? ¿Podría estar relacionado con el contenido de su autobiografía? Sabía que Héctor nunca daba sus libros a leer a nadie antes de publicarlos, salvo a Eloísa que leía cada día lo que Héctor había escrito. Eloísa era su musa y su mayor seguidora, y según muchas veces le había confesado a Tasio, sus novelas cambiaban de rumbo cada día por los comentarios que le hacía Eloísa. Algunas novelas eran más de el a que de él. Es cierto que él era quien sabía plasmar las ideas sobre el papel de forma que les daba un encanto y una coherencia que sus lectores adoraban, pero no era menos cierto que muchas ideas eran de el a, y que muchas de las novelas que había iniciado con ideas de él mismo, acababan convirtiéndose en algo totalmente distinto a lo que había pensado inicialmente conforme se acercaban al desenlace, pero eso no lo sabía nadie. Según le dijo Héctor, estas cosas solo se las contaba a su mejor amigo, y Tasio era su mejor amigo, y Tasio desde luego no se lo contaba a nadie.

¿Qué contendría la autobiografía que leída por Eloísa hubiera podido provocar alguna situación alarmante? Conociendo la vida que habían tenido, no era de extrañar que si Héctor había sido demasiado sincero en algunas cuestiones, la imagen de Eloísa podía quedar dañada, aunque por otra parte, la dependencia de Héctor era tal, que Tasio no imaginaba posible que pusiera en la autobiografía algo que pudiera perjudicarla a el a. La autobiografía era novelada y simplemente estaba basada muy ligeramente en la realidad, o al menos eso era lo que Héctor le había dicho, pero en el fondo estaba convencido de que en ese maldito libro se encontraba la clave de todo.

Ya lo tenía planeado, seguiría a Eloísa un par de días para hacerse una primera visión de conjunto, y luego le pediría a Héctor que le dejase leer lo que había escrito hasta la fecha, de aquel libro. No aceptaría un no por respuesta, al fin y al cabo, aquel o estaba relacionado con la investigación, y Héctor no podía negarse a darle facilidades en beneficio de lo que pudiera averiguar.

Eloísa estaba en el baño, con la bañera l ena de agua cuasi hirviendo y con cuatro dedos de espuma provocada por una mezcla de gel, sales de baño, champú y depilador. Eloísa pasaba horas dentro de la bañera, la relajaba, podía soportar temperaturas que a otras personas les parecían abrasadoras, de hecho nunca podía bañarse con Héctor porque a él le gustaba el agua más bien fría, o al menos no tan enormemente caliente como a el a. Los poros se le abrían y limpiaba su piel con profundidad, cada centímetro, depilándose las piernas, los brazos y los sobacos, y aquel a línea de pelos que le bajaban desde la parte inferior del ombligo hasta el comienzo del pubis. Una línea de pelos que parecía una fila de hormigas que se dirigían al hormiguero que era la misma zona umbilical. Eloísa odiaba esos pelos, por lo que continuamente los estaba eliminando, pero estos se empecinaban en su intento por volver a aparecer, cada vez más lustrosos y con mejor cara. También tenía pelos en la espalda, encima del culo, en el pequeño hueco que se formaba en el centro de la espalda. Estos eran más finos y suaves, pero eran los más molestos porque le costaba quitárselos por su posición de retaguardia. Se la veía feliz, el cuarto de baño parecía el centro de Londres en un día de niebla intensa, al espejo le costaría recuperar su propiedad reflejante, cubierto como estaba de una espesa capa de vaho húmedo.

Eloísa a veces se depilaba también el pubis y con su pequeño cuerpo parecía una niña, aunque esta operación no la hacía muy a menudo porque cuando volvían a salirle los pelos se pasaba varios días rascándose y además algunos de el os le pinchaban entre las piernas.

Cuando salía del baño se secaba con cuidado todo el cuerpo y se ponía sus cremas de rejuvenecimiento en la cara y en las tetas, y leche hidratante en todo el cuerpo, se pintaba las uñas de las manos con esmalte rojo, y cuando estaba inspirada hacía lo mismo con las uñas de los pies. Tenía unos pies griegos que no le gustaban, el dedo índice sobresalía de forma exagerada sobre los demás. A el a le hubiera gustado tener unos pies egipcios, más armónicos, con el dedo pulgar más largo y los otros en orden descendente. Aunque en realidad era más cómodo tener pies griegos que egipcios porque la mayoría del calzado estaba diseñado para este tipo de pies, a pesar de que había leído en alguna parte que estadísticamente solo un 12’5 por ciento de la población tenía los pies griegos.

Se pintó las uñas de los pies, sí, hoy se las iba a pintar. Con una piedra pómez se limó unas pequeñas impurezas de los talones, y se retocó con una maquinil a de afeitar de Héctor los bordes del pubis, perfilándolos y convirtiéndolo en un perfecto triángulo isósceles. Se puso un poco de desodorante en los sobacos que le escocieron, miró la etiqueta y efectivamente era de los que contenían alcohol, nunca se acordaba de mirar que no tuvieran alcohol cuando los compraba.

Se puso unas braguitas blancas tipo tanga, con encajes delicados en su parte delantera, y decidió no ponerse sujetador. Tenía unos pechos pequeños que le permitían poder hacer eso de vez en cuando sin que peligrase demasiado su estabilidad, aunque con la edad ya habían empezado a caérsele ligeramente. Se miró en el espejo y no vio nada más que vaho. Salió del cuarto de baño y se miró en el espejo del dormitorio, un espejo de cuerpo entero. Se bajó delicadamente las bragas para comprobar el acabado de su depilación y se las volvió a poner. Estaba satisfecha.

Tenía cuarenta y seis años, pero seguía teniendo un cuerpo de niña ya adolescente, pequeño pero bien formado, con cuarenta y pocos kilos. Todavía podía ponerse el traje de boda, después de veinticinco años, apenas había engordado un par de kilos.

Estaba satisfecha consigo misma.

CAPÍTULO III

Tasio esperaba verla con cara de preocupación o de pocos amigos, quizás enfadada, pero se sorprendió al verla salir de casa rebosante de felicidad, estaba muy guapa, siempre solía estar guapa, pero se podía decir que lo estaba más de lo normal. Su andar era enormemente elegante, con sus zapatos de tacón de aguja sus pasos eran cortos, y movía cadenciosamente su pequeño culo de forma muy sensual. Tenía el culo en forma de manzana, como a él le gustaban, nunca le habían gustado las mujeres con el culo en forma de pera, ni las que tenían enormes masas de celulitis alrededor del mismo, tampoco le gustaban las mujeres grandotas, aunque tuvieran buenas tetas, en definitiva, tenía que admitir que Eloísa era su tipo de mujer, además era encantadora en el trato, sensual y morbosa, muy morbosa. Era difícil mantener una conversación con el a y no pensar en el sexo al menos una docena de veces. Los zapatos eran abiertos por delante y dejaban ver unas uñas recién pintadas. Las uñas de las manos, larguísimas, también estaban pintadas del mismo color fuego. Llevaba una falda muy corta y unas medias grises. La falda era negra y contrastaba con una blusa blanca. Se le adivinaban los pezones y los pechos pequeños pero cimbreantes evidenciaban la carencia de sujetador. Llevaba colgando del hombro un pequeño bolso negro que Tasio se imaginó l eno de pequeños trastos inútiles. Siempre que había tenido ocasión de ver el contenido del bolso de una mujer, bien por curiosidad o bien en el desarrol o de alguna de sus investigaciones, se había encontrado con toda clase de sorpresas y cosas inesperadas, además de totalmente inútiles desde su punto de vista masculino. Además, había mujeres que lo usaban de papelera, y mantenían en su interior paquetes de tabaco terminados, envoltorios de chicles y caramelos, alguna servil eta con anotaciones a lápiz, y todo el o mezclado y enrevesado con un par de juegos de l aves que luego nunca encontraban cuando las necesitaban, clínex, algún pintalabios, condones, encendedores, las más precavidas l evaban algún par de medias de repuesto, también se podían encontrar entradas de cine o de teatro de meses atrás y un sinfín de cosas inidentificables.

La había estado esperando en el interior del coche durante un par de horas, después de asegurarse de que estaba en casa mediante una l amada telefónica que cortó cuando el a cogió el teléfono. No sabía si tenía servicio para controlar quien l amaba, por lo que tuvo la precaución de l amar desde una cabina cercana. Su teléfono móvil tenía la opción de realizar la l amada de forma anónima, pero no se fiaba de sus habilidades de programación y temía meter la pata.

Llevaba un Opel Corsa de alquiler porque Eloísa conocía su Ford Escort ranchera, la verdad es que siempre había pensado que tenía que cambiar de coche porque había muy pocos Escorts ranchera y acababa l amando la atención si tenía que seguir a alguien. Imaginaba que el a cogería su Citroën Xsara que tenía aparcado en la puerta, pero se volvió a equivocar, vio que pasó de largo y siguió a pie cal e abajo. Si la seguía en el coche se iba a dar cuenta de inmediato, si la seguía a pie y el a se subía al coche de otra persona, no iba a poder seguirla. Mientras pensaba si la seguía de un modo u otro, vio como entraba en la peluquería que había en la misma esquina. No haría falta moverse de momento, la esperaría en el coche. La verdad es que odiaba aquel as largas esperas. Las odiaba porque aunque le gustaba leer, no podía hacerlo porque si leía no controlaba nada a su alrededor, a veces se entretenía escuchando la radio, aunque en una ocasión, después de pasarse una noche en vela oyéndola, cuando intentó poner en marcha el coche para seguir a la persona que estaba vigilando, la batería hizo un sonido sordo y ahogado que acabó muriendo sin que el coche arrancara. Desde entonces, oía pocas veces la radio con el motor parado. Es cierto que aprovechaba las esperas para pensar, pensar en la investigación, y pensar en sus problemas personales, cotidianos, pensar en lo que había sido su vida hasta el momento, pensar en los motivos que tenía, o quería tener para no casarse, pensar en sus necesidades sexuales que tenía que atender. Muchas veces, las largas esperas acababan en una especie de depresión producida por malos y repetitivos pensamientos. Llevaba ya casi veinte años de detective, y lo cierto es que no se podía quejar, vivía bien y no le faltaba de nada, incluso tenía ahorrados algunos mil ones para cuando decidiera retirarse. Vivía en un lugar pequeño pero céntrico y cómodo, y no necesitaba nada más, pero se sentía solo, muchas, demasiadas veces, se sentía solo. La soledad le gustaba, pero le gustaba mientras podía controlarla, mientras era él quien decidía aislarse y mantenerse a solas del mundo, pero cuando necesitaba compañía se daba cuenta de que vivir solo resultaba triste, reconfortante a veces, pero triste las más de las ocasiones. Quizás algún día encontrara a una mujer a quien no temiera, alguna mujer que le transmitiera seguridad, alguna mujer con la que compartirlo todo, lo bueno, lo malo, y lo ni bueno ni malo. Pero tenía casi cincuenta años y no había conocido ninguna mujer con la que compartir su vida más al á de un par de meses. Por otra parte, su trabajo tenía horarios extraños, o mejor dicho, no tenía horarios, y lo mismo tenía que pasar una noche en casa que en el coche, o en el banco de algún aeropuerto, y eso era difícil de compartir, era difícil encontrar una pareja que se acostumbrara a ese tipo de vida, aunque posiblemente, dentro de cinco o seis años, si decidía retirarse y vivir de sus ahorros, entonces, posiblemente sería más fácil encontrar a alguien con quien compartir lo que le quedara de vida, pero entonces tendría ya cincuenta y cinco o más años. ¿De vedad podría creer que sería más fácil encontrar a alguien a esa edad? Quien sabe.

Eloísa l evaba ya más de dos horas en el interior de la peluquería, a Tasio le dolía todo, al í embutido en el interior de aquel minúsculo coche. ¿Cómo podían estar tanto tiempo las mujeres en la peluquería? Cuando él iba al peluquero acababa en veinte minutos. Las mujeres, entre los tintes, las mascaril as, las “permanentes”, las mechas, el secador, que si un lavado, que si otro lavado, un retoque, otro retoque, córtame un poco más del flequil o, este tinte me ha quedado un poco más claro que el del mes pasado, otra capa de tinte, otro lavado, otro secado, y las conversaciones de la peluquería, las interminables e insulsas conversaciones de peluquería, solo comparables con el montón de revistas inútiles que su peluquero decía que eran de medicina, por aquel o del corazón. Tasio iba a una peluquería mixta, donde lo mismo iban mujeres que hombres, y los veinte minutos que pasaba aseándose el pelo, eran una tortura, el peluquero acababa siguiéndole la corriente a todas las mujeres, parecía disfrutar con el o, Tasio estaba convencido de que su peluquero era incluso más maruja que la más recalcitrante de sus clientas, y por eso le resultaba fácil sonsacarles hasta lo más íntimo. En la peluquería se hablaba de todo aquel y aquel a que no estaba presente, del vecindario y de los famosos, de las suegras y de los artistas de cine, de los cuernos y de los embarazos sospechosos. La peluquería ha sido siempre un nido de chismes de todo tipo. Lo que l ega a la peluquería acaba expandiéndose y propagándose hasta el infinito, seguro que el famoso Big Bang que dio origen al universo comenzó en el interior de la peluquería de alguna lejana galaxia.

Eloísa salió de la peluquería, Tasio cesó en sus pensamientos inconexos y volvió a observarla desde el interior del coche, había entrado guapa, pero tenía que admitir que había salido despampanante, la larga incubación en la peluquería había valido la pena. Su larga cabel era estaba como rejuvenecida y sus ondulaciones eran más elásticas, con más movimiento, más vida. Eloisa subió al Xsara, Tasio puso en marcha el Corsa y la radio.

Julio tenía treinta y cinco años, se había independizado recientemente de sus padres, con los que había estado viviendo hasta el verano pasado. Nunca había sido mujeriego, aunque era guapo y resultaba bastante atractivo para aquel as mujeres que buscan alguien delicado y sensible, y no al típico macho hispano. Era casi barbilampiño, posiblemente por su lejano origen indio. Su tatarabuela dicen que era india americana. No era ni rubio ni moreno, tenía una tonalidad de pelo poco común, muy liso, melena corta, ojos ligeramente, muy ligeramente oblicuos, y grandes, curiosos, delgado, un metro ochenta. Julio siempre había sido muy tímido, y después de tantos años viviendo con sus padres, había decidido irse a vivir solo, porque entre otras cosas, se avergonzaba de seguir como mantenido de sus progenitores, aunque colaboraba en el sostenimiento familiar con parte de su sueldo de cajero de supermercado. No era virgen, pero casi, a sus treinta y cinco años, apenas había tenido un par de breves encuentros sexuales con mujeres, y un intento frustrado con un compañero de colegio. Siempre se había sentido como un bicho raro, y las mujeres no lo habían atraído nunca excesivamente. Tampoco los hombres, en realidad, su instinto sexual parecía bastante apagado. Ese estar en medio de todo y no acabar de tener las cosas claras, fue lo que en el instituto, con apenas diecisiete años, lo l evó a una primera experiencia sexual con un compañero suyo, mucho más espabilado y avezado en las lides sexuales, que vio en él un homosexual en potencia. Se hicieron amigos, fueron un par de veces al cine, y en plena GUERRA DE LAS GALAXIAS, mientras escuchaba aquel a famosa frase de “que la fuerza te acompañe”, notó que la mano de su amigo se posaba encima de su paquete. No supo qué hacer, y ante la duda y la sorpresa, decidió no hacer nada, mientras Luke Skywalker seguía con sus aventuras espaciales. Poco después, y sin soltar la mano de donde la tenía, Juan, que así se l amaba su compañero, lo cogió de la parte de atrás del cuel o con la otra mano, y le dio un profundo y apasionado beso, introduciéndole la lengua hasta casi rozarle las amigdalas. De fondo se oían los disparos de los láseres de las naves en forma de

“X” y de “Y”, aunque dicen que en el espacio, debido al vacío, o a la ausencia de gravedad, en realidad no podrían oírse. Julio se excitó a la vez que sintió unas fuertes ganas de vomitar. Salió corriendo de la sala del cine y tuvo que volver otro día para ver como terminaba la película. Nunca más se volvieron a dirigir la palabra Juan y Julio.

Tampoco volvieron juntos al cine.

Unos pocos años después tuvo un par de encuentros con dos hermanas, por separado, primero con la mayor. La relación no tuvo un gran éxito, aunque la chica, prendada del tamaño de aquel o que tenía él entre las piernas, no pudo resistir contárselo a su hermana pequeña, quien no paró de acosarle hasta que no tuvo más remedio que enseñárselo. Lo hizo en el patio del instituto, detrás de los cuartos de baño. La chica alargó la mano y le tocó el miembro tímidamente y cuando notó aquel calor y vio que aquel o parecía querer crecer más en su dirección, dio media vuelta y salió corriendo. Sexualmente no había tenido ninguna otra experiencia hasta que el otro día, mientras atendía la caja del supermercado, una mujer, algunos años mayor que él, después de pagar la cuenta con la VISA, lo miró a los ojos y le preguntó a qué hora terminaba. Entre balbuceos le dijo que acababa su turno a las ocho.

-Te espero fuera –le dijo el a-

Fueron a casa de él, estaba ordenada y limpia, aunque la cama estaba sin hacer, sólo la hacía los domingos por la tarde, y era jueves. No importó mucho porque de todos modos hubiera acabado deshecha. Aquel a mujer tenía una gran experiencia y consiguió hacer con él lo que nunca había soñado ni después de ver una película porno de aquel as que alquilaba de vez en cuando en el videoclub de al lado del supermercado. Recordaba que el a había murmurado cuando le bajó los pantalones y los calzoncil os: “Esto es todo un descubrimiento”. Pero esta no salió corriendo. Nada de eso. Él apenas hizo nada, fue el a la que lo estuvo cabalgando durante más de dos horas. Cuando el se corrió por segunda vez, y cuando todavía su miembro estaba dentro de la mujer, el a se acarició el clítoris y las tetas hasta correrse salvajemente encima de él, retorciendo el pene de Julio en su interior.

-Volveré otro día –le dijo el a al oído.-

El no tuvo fuerzas para contestar, estaba como flotando. Ella se marchó. Ni siquiera se habían presentado, aunque el a sabía que él se l amaba Julio porque l evaba el nombre en una plaquita de plástico sobre el corazón, como todos los empleados del supermercado, y él sabía que el a se l amaba Eloísa porque lo vio en su VISA. Nada más sabían la una del otro ni el uno de la otra, pero era suficiente.

Eloísa salió de la peluquería eufórica, se sentía l ena de vida, olía a limpio. Subió al Xsara, arrancó el motor y miró por el retrovisor, no venía nadie y salió en dirección a Capitanía. Iba pensando en Julio, el chico que había conocido la semana pasada.

Cuando estuvo en el supermercado sintió algo extraño al ser atendida por él. Hubiera jurado que era virgen a pesar de que ya era mayorcito. ¡Qué tímido era!. Apenas si habían cruzado una docena de palabras desde el supermercado hasta su casa, y quizás otra docena en su casa. Estaba segura de que el chico, que en realidad ya no era tan chico, la estaba esperando cada día desde entonces, sabía que había causado en él la suficiente impresión como para estar pendiente de la puerta cada día, cada momento. Ella sonreía de satisfacción. Hoy se había estado bañando y depilando con esmero, y hasta había ido a la peluquería. Estaba excitada y quería sexo, pero no con Héctor, o mejor dicho, no solo con Héctor, quería algo más. Había descubierto en aquel hombre, bastante más joven que el a y Héctor, una vitalidad sexual latente increíble. Estaba dispuesta a volver a verlo, y de hecho se dirigió a su casa sin avisar.

Eran las ocho treinta, l amó a su puerta. Julio abrió, estaba en calzoncil os. Ella sonrió.

Tasio la siguió hasta un parking cerca de Capitanía, aparcó su Corsa a unos cien metros del Xsara de el a. La siguió con mucha precaución, se había puesto un pequeño bigote postizo por si se giraba y lo veía de lejos, que no pudiera reconocerlo a la primera. Las precauciones apenas fueron necesarias porque el a parecía no percatarse de lo que ocurría alrededor.

Entró en un portal y pudo ver que subía a un tercer piso por el indicador del ascensor.

Él subió a pie al tercer piso, había dos puertas. En una de el as vivía un matrimonio, según se deducía de una pequeña placa metálica, en la otra no ponía nada. Tasio supuso que Eloísa había entrado en esta segunda. La luz del pasil o se apagó, Tasio no la volvió a encender, se sentó en los escalones dispuesto a esperar unos minutos.

Volvió a pensar en su jubilación y en su soledad, volvió a pensar en lo difícil que sería encontrar a alguna mujer que se interesara por un viejo gordo sin demasiado dinero.

Oyó unos gemidos y ruido de cama, el ruido característico de cuando no se usa para dormir. Los gemidos y los ruidos de cama siguieron durante un buen rato, de pronto el silencio. Tasio se levantó y bajó por las escaleras, se fue hasta la otra esquina y esperó intentando pasar desapercibido. Debía averiguar quien vivía en aquel a casa y no estaría de más poner algún micrófono, e incluso alguna microcámara por si se repetía la ocasión. Eloísa tardó casi otra hora en bajar a la cal e, se la veía igual de guapa, aunque ligeramente más despeinada, sólo ligeramente. La siguió hasta el parking, y luego hasta su casa. Dejó el coche en la cal e y subió. Tasio decidió esperar un rato más, aunque había visto luz en casa de Héctor y supuso que estaba en casa.

No creía que fuera necesaria más vigilancia esa noche.

Héctor estaba haciendo la cena, le gustaba cocinar. Esa noche no estaba haciendo nada especial, simplemente una patatas fritas, eso sí, con aceite de oliva, y unos filetes de ternera, todo acompañado con una ensalada aliñada con un buen vinagre.

Su hijo estaba en casa de un amigo, esa noche cenaría a solas con Eloísa. Seguía preocupado por su comportamiento, temía que hiciera alguna barbaridad, y esperaba que su amigo lo avisase rápidamente si veía alguna actuación peligrosa en el a.

Eloísa entró en casa sonriente, le dio un pequeño beso en la boca.

-Tengo una sorpresa para ti esta noche.

-¿Ah si? ¿De qué se trata?

-Si te lo digo no hay sorpresa.

-¿Has estado en la peluquería?

-Me alegro de que se note. ¿Te gusta?

-Estas muy guapa, aunque siempre estas muy guapa. –era sincero-.

-Tú siempre tan cumplidor.

Cenaron mientras veían en la televisión una de esos horribles telefilms de extraterrestres sin ningún sentido, al cual no le prestaron la menor atención, al menos él.

Se fueron temprano a la cama.

Eloísa se fue al cuarto de baño después de cenar y se limpió los dientes, pero no se lavó, sabía que olía a sexo y a Julio, pero conscientemente no eliminó esos rastros de su cuerpo.

Se desnudó y se metió en la cama con Héctor. Héctor l evaba todavía los calzoncil os.

Eloisa cambió el tono suave de su voz por otro más severo, más duro, y le espetó, más que le dijo, que se quitara los calzoncil os. Eloisa apagó la luz, Héctor sintió una fuerte excitación, como siempre le ocurría cuando el a le hablaba en la cama en ese tono. Era síntoma de que tendrían un encuentro sexual.

-Ven aquí encima.

Él la obedeció y se puso encima de el a, a horcajadas.

-¡Huéleme!. Toda.

Héctor se puso a olerla. La olía sonoramente mientras arrastraba su nariz y sus labios por todo el cuerpo de el a. Olió cada rincón de su cuerpo, principalmente debajo de las axilas que era lo que más lo excitaba. Le olió también las ingles y el sexo, volviendo hacia arriba oliéndole el ombligo y los pechos. Ella le había cogido el pelo y le dirigió la cabeza de nuevo hacia su sexo, para que él siguiera oliendo, luego tiró de él y lo besó.

Después de besarlo acercó sus labios mojados al oído de él y comenzó a susurrarle.

-Vengo de fol ar con otro tío -el cuerpo de él se tensaba mientras dejaba escapar un ligero gemido contenido-

-No me he lavado para que puedas sentir su olor, su olor mezclado con el mío...

Estaba tomando un café en Cánovas, mientras esperaba a Héctor. Era pronto todavía, pero así se relajaba un poco. Se relajaba y pensaba en cómo contarle a Héctor lo que había averiguado hasta la fecha. Lo había l amado por teléfono y le había dicho que necesitaba una copia de lo que tenía escrito hasta hoy de la biografía, y luego quería todo lo nuevo que fuese escribiendo o modificando. Héctor se mostró reacio, pero finalmente aceptó su petición y suponía que se la traería ahora mismo. Esperaba que Héctor no se tomara demasiado a mal el comportamiento licencioso de su esposa, aunque después de aquel a noche, ya todo fue más bien normal, normal y aburrido.

Tasio averiguó que aquel hombre se l amaba Julio Vargas y que trabajaba en un supermercado atendiendo una de las cajas. También averiguó que era soltero y vivía solo. No se le conocía ninguna relación estable, ni ningún vicio además del de fumar pitil os.

Tasio había ido a La Tienda del Espía, en una de las esquinas de la cal e del Antiguo Reino de Valencia y había comprado una cámara vía radio V4111, como otra que ya había utilizado en su última investigación para la Bayhar. La otra la perdió, o mejor dicho, no pudo recuperarla de donde la había instalado, pero no tenía excesiva importancia porque su precio no l egaba a las 60.000 pesetas. La cámara le permitía grabar incluso prácticamente sin luz y utilizaba como receptor un ordenador portátil que le había dejado un amigo suyo, también del oficio. La cámara no necesitaba cableado, esa era su principal ventaja, y la calidad de transmisión era aceptable. Lo complicado fue encontrar un lugar apropiado donde esconderla de manera que se pudiera grabar la cama. Entrar en la casa, curiosamente fue mucho más fácil. Julio nunca daba la vuelta a la l ave, y era una vieja puerta de las de pestil o corriente, la pudo abrir con una VISA antigua que guardaba en la cartera para esos casos, aunque normalmente resultaba más complicado entrar en algún domicilio ajeno. A Tasio tampoco le preocupaban las cuestiones morales de entrar a casas ajenas y grabar conversaciones o imágenes, intervenir los teléfonos y cosas así, sin ningún tipo de autorización judicial. En realidad le divertía poder informar a sus clientes de estas cuestiones, aunque muchas cosas no las podía poner por escrito para evitarse problemas con la Ley. Encontró primero un sitio apropiado fuera de la habitación, pero tenía el inconveniente de que si cerraban la puerta, se iba a quedar a dos velas.

Finalmente encontró un lugar en una de las esquinas del armario. Era un armario grande y viejo, muy recargado, cuestión que ayudó a disimular la cámara. Aun así, estaba convencido de que la descubrirían si la dejaba mucho tiempo. Eloísa no volvió desde aquel día, pero Tasio pudo comprobar el buen funcionamiento de la cámara.

Pudo comprobar que el tal Julio se empezaba a poner muy nervioso a la hora en que el otro día acudió Eloísa. Empezaba a dar vueltas por la habitación, salía, volvía a entrar, y una hora después, o quizás algo más, se acostaba, apagaba la luz y se masturbaba. Así cada día. El primer día, Tasio se l evó una sorpresa. Cierto que con la luz apagada no se veían las cosas demasiado claras, pero gracias al sistema de infrarrojos la imagen era suficientemente válida. Se veía poco, pero el tamaño de aquel a verga se apreciaba con claridad. En la vida he visto cosa igual, pensó para sí.

Héctor entró por la puerta del restaurante y se acercó a la barra saludando a dos camareros con los que se cruzó. Pidió un gin tónic de Larios.

-Hola, qué tal –saludó a Tasio-

-Bien, aquí, con el cafecito.

-Toma –le acercó un sobre abultado- Ahí tienes lo que tengo escrito hasta ahora. Ojo, es totalmente confidencial, tan pronto lo leas debes de devolvérmelo, y no quiero que hagas copias, sería una putada que alguien se me anticipara y lo registrara en Propiedad Intelectual.

-Puedes estar tranquilo, nadie te va a quitar tus derechos. ¿Lo ha leído Eloísa?

-Sí, cada vez que escribo algo nuevo lo lee, se empeña en que le imprima cada página.

-¿Y te ha hecho algún comentario? Algo en especial que no le guste.

-No, nada. Algunos pequeños cambios sin importancia de nombres y lugares, pero nada más, en realidad, aunque la quiero vender como autobiografía, hay más ficción que realidad, como de hecho advierto en la introducción. Lo monto como autobiografía, simplemente para crear más morbo y más expectación hasta su publicación, creo que puede ser un gran éxito, pero quiero guardar gran parte de mi intimidad, no quiero dar a conocer mis trapos sucios.

-Resultará un poco complicado. ¿No?

-No demasiado, en realidad, la excusa perfecta es la de realizar un entramado policíaco, con algún crimen de por medio, y mencionar alguna de mis otras obras, en fin, convertirme en protagonista de una de mis novelas de ficción. El título quiero que sea comercial, de momento tengo pensado el de CONFIESO, es corto y creo que impacta suficiente. En la campaña de lanzamiento que quiero preparar unos meses antes de la edición será donde mi editor y yo aclararemos que se trata de una más de mis obras de ficción, pero con algunos datos reales mezclados, de manera que nadie sabrá nunca lo que es cierto y lo que no lo es, y se creará con el o la suficiente polémica.

-Yo ya he empezado el trabajo. Como verás, hasta ahora no te he preguntado nada, y lo primero que he hecho hoy ha sido pedirte la novela. He actuado de ese modo porque no quería tener ninguna idea preconcebida, quería simplemente ver qué es lo que pasaba en estos días y luego profundizar. Pero ahora creo que ha l egado el momento de que me cuentes realmente cuales son tus temores, y en qué te basas para creer que tu mujer puede hacer algo inconveniente.

-Tasio –la voz de Héctor se hizo más profunda, a la vez que hablaba con un tono de voz más bajo-. Temo que Eloísa sea capaz de un crimen.

-¿Un crimen?

-Si

-¿A quien se supone que se va a cargar?

-A Inés

-Pero... ¿Por qué? ¿Qué te hace pensar una cosa así?

-No sé, son una mezcla de sentimientos, y por otro lado sus propias palabras.

Como sabes, hace ya varios años que Inés y yo dejamos nuestra relación sexual-amorosa, pero seguíamos siendo amigos y debido a nuestro trabajo, nos veíamos a menudo y mantuvimos algunas conversaciones telefónicas, e incluso algunos e-mail.

Luego dejé el bufete y empecé a escribir, o mejor dicho, empecé a escribir y dejé el bufete. Ello hizo que la relación entre Inés y yo se distanciase todavía algo más, lo cual calmó ligeramente los ánimos de Eloísa, pero no del todo, porque seguimos hablando por teléfono. Cuestiones sin importancia, el a me hacía algunas consultas del trabajo, y aunque yo hace tiempo que lo dejé, la ayudaba en alguna cosil a del bufete. Todo cosas sin importancia. En cierta ocasión Eloísa me acusó de estar viéndome a escondidas con Inés, cosa que naturalmente negué.

-¿Te veías con el a?

-No, en absoluto, en realidad no me atrevía. No me atrevía porque Eloísa tiene un sexto sentido muy desarrol ado y siente vibraciones de todo tipo. Sé que no podría engañarla.

-¿Entonces?

-¿Entonces qué?

-¿Por qué crees que el a sentía eso si no era cierto?

-No lo sé, supongo que tampoco será infalible, quizás lo que sentía era el peligro latente, o mi posible deseo hacia Inés, no lo sé, el caso es que yo no tuve nada que ver sexualmente con Inés desde que la dejé.

-¿La dejaste tú?

-Si, ya te lo conté, me vi obligado a dejarla. Eloísa no estaba dispuesta a que yo continuara con la relación.

-¿Y qué ha ocurrido ahora que te hace temer por Inés?

-No temo por Inés, temo por Eloísa, por lo que pueda hacer y de lo que se pueda arrepentir después. Han sido varias cosas, hace unos meses escuchó un mensaje en el contestador que había dejado Inés, y se mosqueó por el tono de voz de Inés, más que por el contenido del mensaje, según el a, el tono era muy “personal”. En realidad era una tontería, nada serio, pero ya sabes como son las mujeres. Yo no sabía que hacer para evitar tener problemas con Eloísa, estaba harto de que la situación se alargase tanto a pesar de haber terminado oficial y realmente con Inés, así que le propuse que le diría a Inés que ya no la volvería a l amar ni quería que el a lo hiciera.

Así lo hice, y rompí ya de una forma más definitiva si cabe con el a, ni una sola l amada, nada, ausencia total de cualquier tipo de relación. Tuve que renunciar a mi amistad con Inés para salvar de nuevo mi matrimonio.

-¿Valió la pena?

-Por supuesto, sabes que quiero a Eloísa, aunque creo que no es justo lo que he tenido que hacer, pero no me arrepiento de el o y creo que lo volvería a hacer si se presentase la ocasión.

El caso es que hace pocos días, Inés coincidió conmigo en una cafetería. Puedes imaginar quien entró a continuación. Se puso histérica, y bajo mi punto de vista perdió el sentido de la realidad, amenazó con matarla, con eliminarla definitivamente de mi vida, aunque no en ese momento, en público no dijo nada, dio media vuelta y se largó, la película vino después, en casa, me puso verde.

-Sabes que esas cosas se dicen en momentos de furia, pero no se mata por ello.

-Sí lo sé, pero yo también siento cosas, quizás por los muchos años que l evo con Eloísa. Esas sensaciones que el a nota en las personas, yo acabo notándolas también, menos intensamente, menos certeramente, pero las siento, y también siento las que Eloísa produce, y créeme si te digo que no me gustó nada su aura de ese día.

Nada.

-Creo que exageras y que me has puesto a investigar una insensatez.

-Insensatez o no, quiero que sigas investigando y que me informes de todo lo que sepas. Yo sería el primero en alegrarme si estoy equivocado, pero también quiero estar preparado para el caso de que no lo esté.

-Está bien, como quieras, seguiré vigilando, no te preocupes.

-¿Qué tienes que decirme de estos días?

-Nada

-¿Cómo que nada? ¿Qué mierda de detective eres?

-Nada relacionado con el tema de la investigación.

-Oye Tasio, no te quedes conmigo. El tema de la investigación es Eloísa, y por lo tanto, cualquier cosa más importante que una hora en la peluquería, debes de contármela.

-¿Estás seguro de que quieres oírlo?

-Sí, para eso te pago.

-Eloísa tiene un lío.

-Lo sé, me lo dijo el a.

-¿Te lo ha dicho? ¿Y qué piensas hacer?

-Nada.

-Oye tío, de verdad, no te entiendo.

-Mi relación con Eloísa y la forma de l evarla, es cosa mía, sabes que la adoro, que sería capaz de cualquier cosa por el a, y sé lo que debo exigirle y lo que no. Es muy libre de tener alguna aventura si lo cree necesario.

-Ella te obligó a dejar a Inés.

-No hace falta que me lo recuerdes, lo tengo claro.

-Pero moralmente no puede obligarte a eso y luego hacer lo que le venga en gana.

-Eso es cosa mía y de el a. Tú limítate a informarme, no me des consejos.

-Lo hago porque eres mi amigo.

-Y lo agradezco, pero no son necesarios. Si lo necesito te lo pediré. Todo en esta vida es relativo y depende de cómo te lo cojas, todo es importante o no en la medida en que te lo propongas, y nada es lo que parece. La guerra de los cien años duró en realidad 116, los sombreros Panamá se fabrican en Ecuador y no en Panamá, los rusos celebran la revolución de octubre en noviembre, los pinceles de pelo de camel o en realidad se fabrican con pelo de ardil a, Jorge VI en realidad se l amaba Alberto, y las grosel as chinas son de Nueva Zelanda. ¿Quieres que siga?

-No, déjalo estar.

-¿Quién es ese tío? –cambió de tema Héctor-

-Creía que no te importaba.

-Yo no he dicho que no me importe. ¿Quién es? Quiero una foto suya, su nombre, su trabajo y su domicilio.

-¿Quieres ver lo que calza entre las piernas?