Cecilia Valdes o la Loma del Angel by Cirilo Villaverde - HTML preview

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—Pues, señor, me parece, sí, me parece que todo ha salido a pedir deboca.

—¡Acabáramos! dijo don Cándido respirando fuerte.

—Allá iba, prosiguió don Melitón, respondiendo antes a la intención quea la palabra de Gamboa. Allá iba, pero Vd. me conoce, señor don Cándido,y sabe que yo no soy escopeta catalana.

—No tiene Vd. que repetirlo, replicó don Cándido con énfasis.

—Al caso, terció doña Rosa en tono blando, pues conoció que iba aarmarse una disputa interminable.

—Al caso, repitió el Mayordomo, entonces más en caja. Pues como decía,ha salido la cosa mejor de lo que esperábamos.

Marché, ¿qué digo? partícomo una saeta para el portal del Rosario y me entré de rondón en elbaratillo de don José a pesar que el mozo de las vidrieras, en elportal, lo mismo que los otros dos detrás de los mostradores dentro,creyendo que iba a comprarles la tienda en peso, me tira éste del brazo,aquél de la chaqueta... Vd. sabe que ellos son bromistas y más pillos,que ya...

—Lo que sé, repuso don Cándido molesto, es que Vd. gasta unapachorra...

—Pues decía, continuó como si no hubiese oído a su amo, que me costóalgún trabajillo deshacerme de esos bellacos. ¿Dónde está don José?pregunté a don Liberato. Quiero ver a don José.

Traigo un recado urgentepara él. ¡Chite! me dijo el mozo; ahora está muy entretenido para queVd. le vea. Venga acá, y me llevó por la mano a la puerta del patio, yagregó:—Véale. En efecto, muy acicalado estaba y arrimadito a la pared,en interesante conversación por señas y medias palabras, con la sombrade una mujer que se entreveía a través de las persianas del balcón en elprincipal de la casa. Sólo vi dos ojazos como dos carbones encendidos yla punta de unos deditos de rosa asomándose de cuando en cuando porentre los listoncillos verdes. ¿Qué significa eso? pregunté a donLiberato. ¿No lo entiende Vd.? me contestó. Nuestro don José que seaprovecha de la ausencia del paisano y amigo en el campo para camelarlela hermosa dama.

Don Cándido y doña Rosa cambiaron una mirada de inteligencia y deasombro, y el primero dijo:

—Don Melitón de mis culpas ¿qué tenemos que hacer nosotros con uncuento con todos los visos de calumnia?

—¡Calumnia! repitió el Mayordomo serio. Pluguiera al cielo.

Nada deeso; ya verá Vd. mis trabajos, ya. No se puede negar que es el más buenmozo que ha salido de Asturias. Y su pico de oro, porque sabe hablar,que ya... Es cosa notoria que ahora años, cuando el sistemaconstitucional, le comparaban con el divino Argüelles, y una vez lepasearon en triunfo en esos mismos portales de la Plaza Vieja. Y, conperdón de la señora doña Rosa, todo eso le peta mucho a las mujeres, yla Gabriela que es joven y bella... ya, ya. La intención, las ausenciasdel marido, las galanterías, el diablo que nunca duerme...

—Don Melitón, saltó otra vez Gamboa muy molesto, ¿de quién nos hablaVd.?

—¡Toma! Pues creía que me estaba Vd. atento. Le hablo de don José, mipaisano, y de la Gabriela Arenas. No parece hija del país por lo blancay rosada.

Doña Rosa, que era criolla y que no lo tenía a menos, se sonrió al oírla grosería de su Mayordomo, el cual prosiguió:

—Pues el señor don José ni me hizo caso, sino que le dijo de muy malhumor a don Liberato:—despache Vd. a ese mozo y no permita que memolesten. Al punto nos pusimos a revolver los entrepaños y las cajas, ycon mucho trabajo conseguimos tres líos de mudas de ropa, de 50 parescada uno. No era bastante.

Corrí al baratillo de Mañero, donde sólohabía 30 mudas. Sabe Vd. que por esta época empiezan las refacciones de los ingenios, según se dice aquí. Los que se proveen por tierra, seadelantan hasta dos meses. Las carretas echan semanas en andar cualquierdistancia, con que escasea la ropa hecha de los esclavos. Pues comodecía, del baratillo de Mañero pasé al del vizcaíno ese... Martiartu,donde Aldama estuvo de mozo. Ahí conseguí 60 mudas más, y por no perdertiempo y porque juzgué que serían suficientes, llamé a un carretonero,cargué con todos los bultos y andando, andando para el muelle deCaballería, hice cinco líos, los até con unos cordeles, y al avío...Pero cate Vd.

que al pasar por delante de la casilla del resguardo, saleel hombre y detiene la mula por la brida.—¿Cómo se entiende?

¿Qué haceVd.? le grité encolerizado.—Se entiende, me dijo él con mucha sorna,que si Vd. no trae guía, para embarcar estos efectos, yo no los dejopasar.—Guía, guía, le dije. ¿Para qué diablos ese requisito? Estos líosno son para embarcar a ninguna parte. Son esquifaciones.—Sean lo quefueren, prosiguió el hombre sin soltar la presa. La guía al canto o nohay paso.—

¿Qué quería Vd. que hiciera en semejante aprieto? Eranpasadas las once. Ya había oído yo el reloj de la Aduana. Me registrélos bolsillos, encontré un dobloncejo de a dos, le saqué, se lo puse enla mano al carabinero, diciéndole: Vaya la guía, hombre; y sin más nimás soltó las bridas y dio paso franco. La cara del rey posee magia.

—Eso es, dijo don Cándido en tono de aprobación.

—Pues es claro, añadió el Mayordomo satisfecho. Para ciertas gentes nohay mejor lenguaje. Mas aquí no pararon mis trabajos.

Llegados almuelle, allí estaba el botero. ¿Sabe Vd. que el hombre es listo? En unsantiamén descargamos el carretón y luego dimos con los líos en el bote.Tomé el timón bajo la carroza, y a viaje. Viramos, y en poco más que locuento nos pusimos en Casa Blanca, a vela y remo. Opuesto estaba elfamoso bergantín sobre las anclas y con la proa para Regla, tan ufano yorgulloso cual si libre cortara las aguas del océano y no se hallaracautivo de los perros ingleses. En la cubierta se paseaban variossoldados de marina; algunos de los cuales me pareció que no era de losnuestros; pero alcancé a ver el cocinero Felipillo hacia popa, quien notardó en conocerme y hacerme señas de que no atracara por el costado deestribor, sino por el de babor, hacia la parte de tierra. Así se hizo,corriendo a un largo la vuelta de Triscornia y luego virando por redondoa ganar la popa del bergantín, bajo la cual nos acoramos, y como quienno quiere la cosa, bonitamente fuimos metiendo lío tras lío por unventanillo, donde el cocinero los recibía con toda seguridad.

—¡Vamos! exclamó don Cándido en un arranque de entusiasmo, rarísimo ensujeto tan grave. Esa sí que estuvo buena. ¡Magnífico!, don Melitón. Yase puede dar por seguro que al menos se salvará una buena parte delcargamento y habrá para cubrir los gastos. No todo se ha perdido. Hecho,hecho.

Bien quisiera doña Rosa participar de la alegría y entusiasmo de sumarido; pero sucedía que ella no entendía jota del bien que pudieratraer a la salvación del cargamento del bergantín Veloz, el hecho dehaber introducido a hurtadillas por un ventanillo de popa, las mudas deropa nueva compradas por don Melitón en los baratillos de los portalesde la Plaza Vieja. Así es que se contentó con mirar primero a uno yluego al otro de sus interlocutores, como si les pidiera unaexplicación. Entendiolo así Gamboa, porque continuó con la mismaanimación:

—Ciego el que no ve en día tan claro. Rosa, ¿no comprendes que sivestimos de limpio los bultos pueden pasar por ladinos, venidos de... dePuerto Rico, de cualquier parte, menos de África? ¿Estás? No todo se hade decir. Estos son secretos...

porque... hecha la ley, hecha la trampa.Reventos, agregó con volubilidad, que le den de almorzar. Rosa, a Tirsoque le sirva el almuerzo... Debe traer hambre canina, y además, quizástenga que volver a salir. Por lo que a mí toca, a la una debo estar encasa de Gómez, quien me espera en compañía de Madrazo, de Mañero... Vaya(empujando suavemente por el hombro a su Mayordomo), despache.

—Corriendito, contestó él. No necesito que me rueguen.

Apuradamente,tengo un hambre que ya... ¿Pues no ando de ceca en meca desde las nuevede la mañana? Ya, ya... Se la doy al más pintado. Lo extraño sería queno sintiese una gazuza, que ya...

Hacia el medio día don Cándido, que había hecho venir al barbero paraque le afeitase, estaba listo para salir, y el quitrín le esperaba a lapuerta. Antonia, su hija mayor, le puso la corbata blanca con puntasbordadas y colgantes, untándole aceite de Macastar, de olor fuerte,especie de esencia de clavo, muy generalizado entonces, y peinándole ala Napoleón, es decir, con la punta del pelo traída sobre la frentehasta tocar casi la unión de las cejas y la nariz. Adela le trajo lacaña de Indias con puño de oro y regatón de plata, y Tirso, que andabapor allí, viéndole desdoblar la gran vejiga de los cigarros, le acercóel braserillo.

De seguidas, medio envuelto en la nube azulosa de suexquisito habano, sin sonreírse ni decir palabra a ninguno de sufamilia, salió con aire majestuoso por el zaguán a la calle y se metióen el carruaje.

—¡A la Punta! fue lo único que dijo en su voz bronca al viejo caleseroPío.

No era un enigma este brevísimo lenguaje para el anciano calesero.Significaba que debía dirigirse al trote a casa de don Joaquín Gómez,que entonces vivía en aquel pedazo de calle frente a una cortina de lamuralla que da hacia la entrada del puerto.

Allí esperaban el amo de la casa, el hacendado Madrazo y el comercianteMañero. Este último era el más inteligente de los cuatro; se ocupaba enimportar géneros y quincalla de Europa, que vendía a plazos a mercaderesde la plaza. Aquel era un medio muy tardío de hacer fortuna, fuera deque los vendedores no siempre cumplían exactamente con sus compromisos,de que resultaban pérdidas en vez de ganancias. Mañero, por esto, comootros muchos paisanos suyos, había emprendido en las expediciones a lacosta de África, hasta allí con mejor suerte que en el comercio degéneros.

Al salir, como salieron a poco para el palacio del Capitán General,Gómez dijo a Mañero que llevara la palabra, cosa que aprobaron de lamejor gana Madrazo y Gamboa, reconociéndose incapaces para desempeñar elpapel de orador siquiera con mediano lucimiento. Las dos de la tardeserían cuando entraban ellos por el ancho y elevadísimo pórtico de eseedificio que, según se sabe, ocupa todo el frente de la Plaza de Armas.A aquella hora estaba lleno de gente no por cierto del mejor pelaje,aunque no podía calificársele, en general, como de la clase del pueblobajo de Cuba. El movimiento era incesante y activo. El rumor de pasos yde voces ruidoso y aún chillón. Unos iban, otros venían, observándoseque los que más agilidad mostraban, mozos en su mayoría y nada atildadosen su porte ni en su traje, llevaban debajo del brazo izquierdo,doblados por la mitad en sentido longitudinal, unos legajos de papelesdel folio español. Por lo común entraban en o salían de los cuartos ocovachuelas, que dicen en Cuba accesorias, cuya única puerta y acasoventana daban al pórtico, al ras del piso de chinas pelonas de queestaba formado. A la primera ojeada, era de advertirse que esa multitudde gente no acudía a solazarse ni por mera curiosidad; porque sedistribuía en grupos y corrillos más o menos numerosos, en los cuales sehablaba a voz en cuello, mejor, a veces se gritaba, acompañando siemprela acción a la palabra como si se discutieran asuntos de granimportancia, o que mucho interesaban a los principales actores. Desdeluego, puede

asegurarse

que

no

se

trataba

de

política;

estabaabsolutamente prohibido, y el derecho de reunión no se practicaba enCuba desde al año de 1824 en que acabó el segundo período del sistemaconstitucional. Y sin embargo, aquel era un Congreso en toda forma.

Mientras esto pasaba en medio del pórtico, arrimado a una de las macizasy gruesas columnas, se veía un grupo compuesto de una negra y cuatroniños de color, el mayor de doce años de edad, la menor una mulatica de7, todos cosidos a la falda de la primera, la cual tenía la cabezadoblada sobre el pecho y cubierto con una manta de algodón. Enfrentede este melancólico grupo se hallaba un negro en mangas de camisa, y asu lado un hombre blanco, vestido decentemente, quien leía en voz bajade un legajo de papeles abiertos, que a guisa de libro sostenía en ambasmanos, y el primero repetía en voz alta, concluyendo siempre con lafórmula:

—Se han de rematar: éste es el último pregón. ¿No hay quien dé más?

Cada una de estas palabras parecía herir, como con un cuchillo, elcorazón de la pobre mujer, porque procuraba ocultar la cabeza más y másbajo los pliegues del pañolón, temblaba toda y se le cosían a la faldalos hermosos niños. Llamó el grupo o la escena aquella la atención deMañero, se la indicó con el dedo a Gómez, y le dijo al paño:—¿Ves?Farsa, farsa. El remate ya está hecho aquí (señalando entonces para unade las covachuelas a su derecha). Pero, tate, agregó dándose una palmadaen la frente y tocándole después en el hombro a Madrazo, que iba pordelante al par de Gamboa, ¿pues no es esa negra la María de la O deMarzán que tú tenías hace tiempo en depósito judicialmente? Yo que tú laremataba con sus cuatro hijos. Dentro de unos pocos años valen elloscuatro tantos lo que te cuesten con la madre ahora.

—¿Qué sabes tú si no la ha rematado ya? observó Gómez con naturalidad.

—¿Interesa a ustedes el asunto? dijo Madrazo desazonado, contestando aGómez y a Mañero.

—Me intereso por ti y por la mulatica, repuso este último con malicia,dándole un buen codazo a su compañero. La madre de los chicos esexcelente cocinera, lo sé por experiencia propia, y luego la chica...Sobre que se me figura mucho a su padre.

—A Marzán querrás decir, dijo Madrazo.

—¡Ba! No. ¿Cuánto tiempo hace del pleito de Marzán con don Diego delRevollar y del depósito de los negros del primero en tu ingenio deManimán? preguntó Mañero con aparente sencillez.

—Cerca de ocho años, dijo Gómez. Marzán es curro y del Revollarmontañés como nosotros, y siempre han vivido como perro y gato en suscafetales del Cuzco.

—No creo que hace tanto tiempo, interpuso Madrazo.

—Sea como fuere, continuó Mañero, el caso es que la chicuela esa depadre blanco y madre negra no tiene arriba de siete años de edad y...

No continuó Mañero, porque en aquel instante se acercó a Madrazo unhombre sin sombrero, le tocó en el brazo, le llamó por su nombre y leatrajo a una de las covachuelas de que antes hemos hablado. Madrazo conla mano abierta indicó a sus amigos que le esperaran, y desaparecióentre la multitud de gente, casi toda a pie, que llenaba la pieza.

—¿No se los decía? añadió Mañero hablando con Gómez y Gamboa. Madrazoha hecho el remate de María de la O con sus cuatro hijos, uno de loscuales, o el diablo me lleve o es la mismísima efigie del rematador, yel pregón no ha sido una farsa para guardar las apariencias y mostrarimparcialidad con el amigo Marzán. Al fin tiene entrañas de padre y seporta como buen amo: no habrá extrañamiento ni dispersión de la familia.

Según debe haberlo comprendido el lector avisado, aquellas eran lasescribanías públicas de la jurisdicción judicial de La Habana.Componíanse de un saloncito cuadrilongo con puerta al pórtico y ventanade rejas de hierro al patio del palacio de la Capitanía General de Cuba.Eran unas diez o doce al frente, unas tres más había en el costado delnorte o calle de O'Reilly y otras tantas o más en la de Mercaderes,entre éstas la de hipotecas. De medio día a las tres bajaba laaudiencia, como se decía allí, y los oficiales de causa, junto con losprocuradores, que venían a tomar nota de los autos en los pleitos a sucargo, los escribanos que daban fe, uno u otro abogado de poca clientelay aún bachilleres en derecho que comenzaban la práctica de los juiciospor su propia cuenta, llenaban las escribanías hasta el exceso. Fuera deesto, el cuarto no era nada amplio y estaba flanqueado de mesas cargadasde tinta y de papeles o procesos, y detrás de ellas, arrimados a lasparedes, había anchos y altos armarios, con redes de alambre o cuerdapor puertas para que se viesen entre sus entrepaños los numerososprotocolos forrados de pergamino cual códices de antiguas bibliotecas.

El hombre sin sombrero llevó a Madrazo a la derecha de la escribanía,ante la primera mesa, algo más grande y decente que las demás, puestenía barandilla, y el tintero se conocía que era de plomo, es decir,que no estaba tan cargado de tinta. El individuo que ocupaba una sillade vaqueta detrás de dicha mesa, se puso en pie lleno de respeto luegoque vio al hacendado, le saludó con amabilidad y en voz alta pidió losautos de Revollar contra Marzán. Traídos por el hombre del pregón yabiertos por una hoja que estaba doblada longitudinalmente, apuntó conel índice de la mano izquierda para una providencia compuesta de unospocos renglones manuscritos, y dijo a Madrazo que pusiera debajo sufirma. Hízolo así éste, con una pluma de ganso que le alcanzó elescribano, y saludando, fuese enseguida a reunirse con sus compañeros.

CAPÍTULO VIII

Hecha la ley, hecha la trampa.

Proverbio castellano.

Mira, como se sabe, hacia la Plaza de Armas o el Este el frontispiciodel palacio de la Capitanía General de Cuba. La entrada es amplia,especie de zaguán, con cuartos a ambos lados, cuyas puertas abren almismo, y sirven, el de la izquierda para el oficial de guardia, el de laderecha para cuartel del piquete. Los fusiles de los soldadosdescansaban en su astillero, mientras la centinela, con el arma albrazo, se paseaba por delante de la puerta.

Tenía Mañero formas varoniles, maneras distinguidas y vestía traje deetiqueta, como que debía presentarse con decencia ante la primeraautoridad de la Isla. No era, pues, mucho tomarle, a primera vista, porun gran personaje. Además, habiendo servido en la milicia nacionaldurante el sitio de Cádiz por el ejército francés en 1823, habíaadquirido aire militar, al que daba mayor realce el cabo de una cintaroja con crucecita de oro, que solía llevar en el segundo ojal del fracnegro. Luego que Madrazo se reunió con sus amigos, Mañero se volvió depronto y a su cabeza marchó derecho a la entrada del palacio.

Reparó entonces en él la centinela, cuadróse, presentó el arma y gritó:

—¡La guardia! El Excelentísimo Señor Intendente.

Armáronse en un instante los soldados de facción con su caña hueca,púsose a su cabeza el oficial con la espada desnuda, y la caja empezó atocar llamada. El grito de la centinela y el movimiento de los soldadosllamaron la atención de Mañero y de sus amigos, los cuales, a fin dedespejar el campo, apresuraron el paso; pero como les presentasen armasy el oficial hiciese el saludo de ordenanza, comprendieron que uno deellos, el que marchaba delante, había sido tomado por el Superintendentede Hacienda, don Claudio Martínez de Pinillos, con quien, en efecto,tenía alguna semejanza. No tardó, sin embargo, en reconocer el error eloficial de guardia, y en su enojo mandó relevar la centinela y queguardara arresto en el cuartel, por el resto del día.

Los cuatro amigos entonces, reprimiendo la risa para no excitar más lacólera del teniente de facción, emprendieron la subida de la anchaescalera del palacio. Una vez en los espaciosos corredores, a ladesfilada y con sombrero en mano, se dirigieron a la puerta del salónllamado de los Gobernadores. En ella estaba constituido un negro deaspecto respetable, quien a la vista de los extraños que se acercaban,se puso en pie y se les atravesó en el camino, como para pedirles elsanto y seña.

En pocas palabras le manifestó Mañero el objeto de la embajada; peroantes que el negro replicase, se presentó un ayudante del CapitánGeneral, e informó que S. E. no se hallaba en el palacio sino en elpatio de la Fuerza, probando la calidad de un par de gallos finos oingleses que había recibido de regalo de la Vuelta-Abajo recientemente.

—No tengan Vds. reparo en ir a verle allá, si urge el asunto que lestrae a su presencia, añadió el ayudante notando la incertidumbre de losrecienvenidos; porque S. E. suele dar audiencia en medio de sus gallosde pelea, hasta al general de marina, a los cónsules extranjeros...

Aunque la cosa urgía sin duda, pues iba a reunirse pronto la comisiónmixta para dar un fallo decisivo sobre si eran buena presa el bergantín Veloz y su cargamento, o no, gran alivio experimentaron Gómez Madrazoy Gamboa especialmente, así que se convencieron de que podía verificarsela entrevista con el Capitán General algo después y en sitio menosaristocrático e imponente que su palacio. Entre la Fuerza y laIntendencia de Hacienda, detrás de los pabellones en que más adelante seestableció la escribanía de la misma, había y hay un patio o plaza,dependencia del primero de estos edificios, donde el Capitán General donFrancisco Dionisio Vives había hecho construir en toda forma una valla o reñidero de gallos con su piso de serrín, galería de bancos para losespectadores, en suma, una verdadera gallería. Allí se cuidaban y seadestraban hasta dos docenas de gallos ingleses, que son los máspugnaces, producto de crías famosas de la Isla y regalos todos que detiempo en tiempo habían hecho al general Vives individuos particulares,bien conocida como era de todos su afición a las riñas de esa especie. Yallí tenían efecto también éstas de cuando en cuando, sobre todo,siempre que se le antojaba a S. E.

obsequiar a sus amigos y subalternoscon uno de esos espectáculos que, si no bárbaro como el de las corridasde toros, no dejan de ser crueles y sangrientos.

El individuo a cuyo cargo corría el cuidado y doctrina de los gallos delCapitán General de Cuba, era hombre de historia, como suele decirse. Lellamaban Padrón. Había cometido un homicidio alevoso, según decían unos;en defensa propia según otros; lo cierto es que, preso, encausado ycondenado a presidio en La Habana, mediante los ruegos yrepresentaciones de una hermana suya, joven y no mal parecida, y lainfluencia del Marqués don Pedro Calvo, que le abrigaba y protegía,vista su habilidad en el manejo de los gallos finos, Vives le hizoquitar los grillos y le llevó al patio de la Fuerza donde, a tiempo quecuidaba de la gallería de S. E., podía cumplir el término de su condena,sin el mal ejemplo ni los trabajos del presidio.

Quieren decir quePadrón había cometido otras picardihuelas además del homicidio dicho yque los parientes del muerto habían jurado eterna venganza contra elmatador. Pero ¿quién se atrevía a sacarle del patio de la Fuerza, ni delamparo del Capitán General de la Isla? Padrón, pues, el penado Padrón,sin hipérbole, se hallaba allí protegido por una doble fuerza.

En el patio de aquélla de que ahora hablamos, se presentaron sinanunciarse, con sombrero en mano y el cuerpo arqueado, en señal deprofundo respeto, nuestros conocidos, los asendereados tratantes enesclavos, Mañero y amigos. Ya los habían precedido en el mismo sitiovarios personajes de cuenta, entre otros el comandante de marinaLaborde, el mayor de plaza Zurita, el teniente de rey Cadaval, elcoronel del regimiento Fijo de La Habana Córdoba, el castellano delMorro Molina, el célebre médico Montes de Oca, y otros de menor cuantía.Con excepción de Laborde, Cadaval, Molina y un negro joven que ceñíasable y lucía dos charreteras doradas en los hombros de su chaqueta depaño, los demás se mantenían a respetable distancia del Capitán GeneralVives, quien a la sazón se hallaba arrimado a un pilar de madera quesostenía el techo de la valla por la parte de fuera de las graderías.

La atención de este personaje estaba toda concentrada en las carreras yrevuelos de un gallo cobrizo y muy arriscado, al cual Padrón provocabahasta el furor, dejando que otro gallo que tenía por los encuentros enla mano izquierda le pegara de cuando en cuando un picotazo en la cabezarapada y roja como sangre.

Vestía Padrón a la usanza guajira, quieredecirse: de camisa blanca y pantalón de listas azules ceñido a lacintura por detrás con una hebilla de plata, que recogía las dos tirasen que remataba la pretina. No sabemos si por dolencia, por abrigo o porcostumbre, tenía la cabeza envuelta en un pañuelo de hilo a cuadros,cuyas puntas formaban una lazada sobre la nuca. Los zapatos de vaquetaapenas le cubrían los pies pequeños y el empeine arqueado como de mujer,y sin calcetines. Por respeto sin duda al Capitán General, sujetaba elsombrero de paja con la mano derecha, apoyada por el dorso en laespalda. Era de talla mediana, enjuto, musculoso, fuerte, pálido, defacciones menudas, y podía contar 34 años de edad.

No era mucho más aventajada la talla del Capitán General don FranciscoDionisio Vives, el cual vestía frac negro de paño, sobre chaleco blancode piqué, pantalones de mahón o nankín y sombrero redondo de castor,siendo el único distintivo del rango que ocupaba en el ejército españoly en la gobernación político-militar de la colonia, la ancha y pesadafaja de seda roja con que se ceñía el abdomen por encima del chaleco. Nien su aspecto ni en su porte había nada que revelara al militar. En laépoca de que hablamos podía tener él cincuenta años de edad. Era demediana estatura, como ya se ha indicado, bastante enjuto de carnes,aunque de formas redondeadas, como de persona que no había llevado unavida muy activa. Tenía el rostro más largo que ancho, casi cuadrado; lasfacciones regulares, los ojos claros, el cutis fino y blanco, el cabellocrespo y negro todavía, y no llevaba bigote, ni más pie de barba a laclérigo. Sí, aquel hombre no tenía nada de guerrero, y, sin embargo, surey le había confiado el mando en jefe de la mayor de sus coloniasinsulares en América, precisamente cuando parecían más próximos aromperse los tenues y anómalos lazos que aún la tenían sujeta al tronode su metrópolis.

Aunque la traición de don Agustín Ferrety había puesto en manos de Vivessin mayor dificultad los principales caudillos de la conspiraciónconocida por los Soles de Bolívar en 1826, muchos afiliados de menosmetas, si bien no menos audaces, pudieron escapar al Continente y desdeallá, por medio de emisarios celosos, mantenían viva la esperanza de lospartidarios de la independencia en la Isla y llevaban la zozobra alánimo de las autoridades de la misma.

La prensa había enmudecido desde 1824, no existía la milicia ciudadana,los ayuntamientos habían dejado de ser cuerpos populares, y no quedabani la sombra de libertad, pues por decreto de 1825 se declaró el país enestado de sitio, instituyéndose

la

Comisión

Militar

permanente.

El

pasorepentino de las más amplias franquicias a la más opresiva de lastiranías, fue harto rudo para no engendrar, como engendró, un profundodescontento y un malestar general, con tanto más motivo cuanto que enlos dos cortos períodos constitucionales el pueblo se había acostumbradoa las luchas de la vida política.

Privado de esa atmósfera acudió conmás ahinco que antes a las reuniones de las sociedades secretas, muchasde las cuales aún existían a fines del año de 1830, no habiéndolaspodido suprimir el gobierno con la misma facilidad que había suprimidolas garantías constitucionales. La conspiración fue desde allí un estadonormal y permanente de una buena parte de la juventud cubana. Tomabacreces y se extendía a casi todas las clases sociales la agitación másintensa en las grandes poblaciones, tales como La Habana, Matanzas,Puerto Príncipe, Bayamo y Santiago de Cuba.

En todas ellas hubo más o menos alborotos y demostraciones deresistencia, porque tardó algún tiempo antes que el pueblo doblara lacerviz y se sometiera al yugo de la tiranía colonial.

Numerosasprisiones se habían efectuado en todas partes de la Isla, saliendo deellas para el extranjero cuantos pudieron eludir la vigilancia de lapolicía, muy obtusa y de organización deficiente entonces.

A todas éstas la metrópolis no tenía marina de guerra digna de estenombre; se reducía a unos pocos buques de vela viejos, pesados y casipodridos. Con excepción de La Habana, no había verdaderas plazasfortificadas. Muy escasa era la guarnición veterana, y sobre escasahabía cundido en sus filas la insubordinación. Componíase de cumplidos yde capitulados de México y Costa-Firme, y ni todos sus jefes generaleseran españoles; los había también naturales del país o criollos en lastres armas, y éstos nunca podían inspirar confianza al más suspicaz delos gobiernos que ha tenido España, si se exceptúa el de Felipe II.

Por otra parte, el desorden de la administración de la colonia, lapenuria del erario, la venalidad y la corrupción de los jueces y de losempleados, la desmoralización de las costumbres y el atraso general, secombinaban para amenazar de muerte aquella sociedad que ya veníatrabajada por toda suerte de males de muchos años de desgobierno.Durante los seis que duró el mando de Vives, ni la vida, ni la propiedadestaban seguras, así en las poblaciones como en los campos. De éstos seenseñoreaban cuadrillas de bandoleros feroces que todo lo ponían asangre y fuego. En los mares circunvecinos cruzaban triunfantes loscorsarios de las colonias que acababan de emanciparse y destruían elmezquino comercio de Cuba. En las islitas adyacentes se abrigabanpiratas que para ejercer el contrabando apresaban los buques escapadosde los corsarios y, después de robarles, mataban a los tripulantes yhacían desaparecer toda huella del crimen con el fuego.

Tal era, en resumen, el estado de cosas en la isla de Cuba hasta bienentrado el año de 1828. Y es perfectamente claro que, sin la oficiosaintervención de los Estados Unidos en 1826, se habría llevado a efectola invasión de las dos Antillas españolas por las fuerzas combinadas deMéxico y de Colombia, de acuerdo con los planes de Bolívar y los deseosde los cubanos, una diputación de los cuales fue a encontrarle con eseobjeto cuando volvía vencedor de los famosos campos de Ayacucho. Sucesoéste que, realizado, infaliblemente hubiera sido el golpe de gracia aldominio español en el Nuevo Mundo. En tan críticas circunstancias, almenos para neutralizar las maquinaciones de los enemigos de España enel interior de la colonia, se requerían las artimañas de un diplomáticomás bien que la espada de un guerrero; un hombre de astucia y de doblez,más bien que de acción; un hombre de intriga, más bien que de violencia;un gobernante humano por política, más bien que severo por índole; unMaquiavelo, más bien que un duque de Alba, y Vives fue ese hombre:escogido con grande acierto por el más despótico de los gobiernos que hatenido España en lo que va del presente siglo, para la gobernación deCuba.

Mucho se alegró don Cándido Gamboa de encontrarse un conocido en elgrupo de los cortesanos que venían a saludar al Capitán General en sugallería del patio de la Fuerza. El aspecto de ese sujeto no preveníanada en su favor, porque sobre ser de baja estatura y raquítico, llevabala cabeza metida entre los hombros, tenía la cara larga y el coloraceitunado, como la persona muy biliosa, siendo su desaliño general,casi repugnante.

En sus ojos chicos y de hondas cuencas había, sinembargo, bastante para redimir las faltas y las sobras del cuerpo y delsemblante, había fuego e inteligencia. Al saludarle don Cándido, le dioel título de Doctor.

—¿Cómo está Vd.? contestó él en voz chillona y risa que bien pudierallamarse fría.

Para ello tuvo que levantar la cabeza, porque su interlocutor le sacabados palmos, por lo menos, de altura.

—Bien, si no fueran los trotes en que sin quererlo me veo ahora metido.

—Y ¿qué troles son esos? preguntó el Doctor como por mero cumplimiento.

—¡Toma! ¿Pues no sabe Vd. que los perros de los ingleses nos acabande apresar un bergantín bajo los fuegos del torreón del Mariel, comoquien dice en nuestras barbas, so pretexto de que era un buque negrero,procedente de Guinea? Pero esta vez se han llevado solemne chasco: elbergantín no venía de África, sino de Puerto Rico, y no con negrosbozales, sino ladinos.

—¡Qué me dice Vd.! Nada sabía. Bien que con los enfermos, no tengotiempo aun para rascarme la cabeza, cuánto más para averiguar noticiasque no me tocan de cerca. Aunque si he de decir a Vd. la verdad, si aalguno le causa perjuicio el celo exagerado de los ingleses es a mí,pues harta falta me hacen brazos para mi cafetal del Aguacate.

—¿Y a quién no le hacen falta? Eso es lo que todos los hacendadosnecesitamos como el pan. Sin brazos se arruinan nuestros ingenios ycafetales. Y tal parece que es lo que buscan esos judíos ingleses, queDios confunda. ¿No le parece a Vd., Doctor, que el Capitán General,sobre este punto es de la misma opinión que nosotros?

—¡Hombre! Acerca de este particular no le he oído expresarse.

—Ya, pero pudiera ser que Vd. le hubiese oído declamar...

—¿Contra los ingleses? interpuso el Doctor. Mucho que sí.

Por ciertoque Tolmé le carga y a duras penas le sufre sus impertinencias ydesmanes.

—Eso, eso, repitió Gamboa alegre. No en vano se dice que Vd. tiene varaalta con S. E.

—¿Sí? ¿Tal se corre? dijo el Doctor con muestras de que la especiehalagaba no poco su vanidad. Es cierto que le merezco a S. E. una buenavoluntad y aun distinción; pero nada de extraño tiene porque yo soy elmédico de él y de su familia desde que vinieron de España, y por otraparte, es cosa sabida su llaneza.

Me distingue bastante, mucho.

—Lo sé, lo oigo repetir a distintas personas y por lo mismo, estabapensando, me ocurre, mejor dicho, que, como Vd. se prestase a ejercer suinflujo todavía podríamos jugarle una buena pasada a los ingleses ydejarlos con tamaño palmo de narices.

Estoy seguro que tampoco lepesaría a Vd., amigo Doctor, el darnos la mano en este aprieto.

—No lo entiendo. Explíquese Vd., don Cándido.

—Hágase Vd. el cargo, Doctor, que la expedición apresada por losingleses, salvada íntegra, nos vale a nosotros los dueños de ella, porlo bajo dieciocho mil onzas de oro, libres de polvo y paja. En caso deperderse la mitad, todavía nos deja una ganancia líquida de nueve mil,que no es ningún grano de anís. Con que vea Vd. si podemos ser liberalescon el que nos ayude. Escogería Vd. mismo media docena de muleconesentre la partida, que es de lo mejor que viene de la costa de Gallinas,y no le costaría sino el trabajo de...

—Aún no entiendo jota, señor don Cándido.

—Pues me explicaré más. La expedición consta de unos 500

bultos, 300 delos cuales es posible hacerlos pasar por ladinos importados de PuertoRico, habiéndose remitido a bordo, desde esta mañana, sobre 400 mudas deropa de cañamazo. Ahora bien, si S. E. es de parecer que tenemosnecesidad de brazos para cultivar los campos, y que no debe permitirseque los ingleses destruyan nuestra riqueza agrícola, es claro que, comohaya quien le hable y le pinte bien el caso, no podrá menos de ponersede nuestra parte. Una palabra suya al señor don Juan Montalvo, de lacomisión mixta, bastaría a decidir el pleito en favor nuestro; y ya veVd. si nos sería fácil ser liberales con...

Además, cinco o seis bozalesno van a ninguna banda, ni nos harían más ricos ni más pobres a nosotroslos armadores, que por todos somos ocho... ¿Comprende Vd. ahora mi idea?

—Claro que sí. Cuente Vd. con que pondré de mi parte cuanto esté en mimano, aunque no me estimula tanto la oferta de Vd.

como el deseo deservirle y de contribuir al castigo de la ambición y malas intencionesde los ingleses. Supongo que Vd.

viene a hablar con S. E. sobre elasunto.

—Si, vengo a eso con mis amigos Gómez, Mañero y Madrazo.

Creo que Vd.los conoce.

—Conozco de oídas a Madrazo, cuyo ingenio de Manimán está en la mismajurisdicción de Bahía Honda que mi cafetal del Aguacate.

—Pues bien, ellos y los otros interesados estarán y pasarán por todo loque yo acuerde con Vd. Si Vd. cree que S. E. acepte un regalito de unoscuantos centenares de onzas...

—Deje Vd. eso a mi cargo. Yo sé como entrarle a S. E. Le hablaré estanoche misma. Véanle Vds. primero. Y ahora que me acuerdo, ¿qué se hizode la chica aquélla?...

—¿Cuál? No atino, dijo Gamboa poniéndose colorado.

—Pobre memoria tiene Vd., según parece. Bien que de eso hace ya algúntiempo, pero Vd. estaba muy interesado, pues me recomendó mucho laasistencia de la chica.

—Ya ése es otro cantar... En Paula...

—¿Cómo en Paula? ¿Enferma?

—Peor que eso, Doctor. Creo que ha perdido el juicio sin remedio.

—¡Qué me cuenta Vd.! ¿Tan joven?

—No tanto.

—Jovencita, digo. Veamos, ¿qué tiempo hace? Dieciséis o diecisieteaños. Fue en 1812 ó 1813. Sí, estoy seguro. No puede ser más joven.

—¿Pues no se refería Vd. a la madre?

—Pregunto por la chica, la que conocí en la Real Casa Cuna.

Prometíaser un pimpollo cuando grande.

—Ya, acabáramos para mañana. El enredo nace de que tengo por chicacualquier moza, como sea de pocos años, y la madre, en rigor, nopertenece a esa categoría.

—Recordará Vd., dijo el Doctor, que yo no curaba a la mujer que Vd.dice, sino Rosaín, aunque me consultó varias veces el caso. No teníaidea de que la enferma del callejón de San Juan de Dios tuviese nadaque ver con la chica de la Real Casa Cuna.

Ahora me desengaño. Padecíade fiebre puerperal en combinación con una meningitis aguda...

En este punto Gamboa cortó bruscamente la conversación y volvió areunirse con sus amigos, y Mañero le preguntó:

—¿Qué ha sido ello? ¿Gato encerrado?

—No, gata, replicó Gamboa prontamente.

—Lo presumía, dijo Mañero con naturalidad. Tú fuiste siempre aficionadoa las empresas gatunas. Pero ¿quién es con mil de a caballo esehombrecito que llamas Doctor?

—Pues qué, ¿no le conoces, hombre?... El Doctor don Tomás de Montes deOca.

—Le había oído mentar. No le había visto la facha, sin embargo. Figuraasaz ridícula, y ainda mais.. .[37]

—Buen medido y diestra cuchilla.

—Dios me libre de sus manos.

—Es el que cura a la familia del Capitán General.

En este punto se notó un movimiento en el grupo de las personas querodeaban a ese personaje más de cerca, cesando desde luego los diálogosen voz baja de las más distantes. Padrón había llevado los gallos a susrespectivas casillas, y Vives saludaba afectuosamente a Laborde, aCadaval, a Zurita, a Molina y a Córdoba, pasando de uno a otro hasta quellegó al joven negro, arriba mencionado, a quien dijo, sin darle la manoni más saludarle:

—Tondá, preséntate en Secretaría a recibir órdenes.

Tenemos que hacer un paréntesis en este punto, para decir dos palabrasacerca de Tondá. Era el protegido del Capitán General Vives, quien lesacó de la milicia de color donde tenía el grado de teniente, y despuésde ascenderle a capitán, previa la venia de S. E. el rey, de facultarlepara usar el don y ceñir sable, le dio comisión para perseguircriminales de color en las afueras de la ciudad, sin duda por aquello deque no hay peor cuña que la del mismo palo.

Y en este caso, como en otros muchos que pudieran citarse, se echaronbien de ver el tacto y tino con que solía Vives escoger sus hombres.Parece ocioso agregar que el protegido llegó en breve a distinguirse porsu actividad, celo y astucia en la averiguación de los crímenes, lapersecución y captura de los criminales. En estas empresas difícilescuanto riesgosas, le ayudaron mucho su juventud y robustez, supresencia, que era gallarda, su educación regular, sus finas maneras ymodesto porte, en fin, su valor sereno, que a veces llevaba hasta latemeridad; prendas éstas que al paso que le ganaron la admiración de lasmujeres, le dieron ascendencia mágica en el ánimo fantasioso de lasgentes de su raza. Y como a menudo acontece con los personajesnovelescos, el pueblo le compuso y dedicó canciones y danzas alusivas asus hechos más notables, y le dio un apodo que de tal modo haoscurecido, apagado su nombre patronímico, que hoy, al cabo de cuarentaaños, sólo podemos decir que le llamaban Tondá.

Empleado activo y leal, tardó en cumplir la orden recibida lo que tardóen pasar del patio de la Fuerza a los entresuelos del palacio de laCapitanía General. Desempeñaba entonces la secretaría política don JoséM. de la Torre y Cárdenas. Este, aunque recibió a Tondá con semblanterisueño, no le brindó asiento, ni a derechas contestó a su respetuososaludo; sólo se ocupó de decirle que en la noche anterior, por parte delComisario del barrio de Guadalupe, Barredo, se sabía que se habíacometido un crimen atroz en la calle de Manrique esquina a la de laEstrella, y que S. E. deseaba se hiciese la pronta averiguación delhecho, a fin de descubrir el autor o autores, y se pudiera perseguirlossin descanso hasta capturarlos y entregarlos a los tribunales; porqueestaba empeñado en hacer un señalado escarmiento.

Enseguida le llegó su turno a los de la comisión, y Mañero expresó suembajada lisa y llanamente, reducida a decir que no procedía en ley nien justicia se declarase buena presa, si se declaraba por la comisiónmixta, la del bergantín Veloz, ahora mismo en el puerto de La Habana,aunque traía un cargamento de negros, pues como atestaban sus papeles,despachados en toda forma, venía de Puerto Rico y no de las costas deÁfrica directamente; y aun cuando se considerase contrabando el tráficoen esclavos con esta última, no lo era respecto de la primera, que porfortuna aún pertenecía, al par de Cuba, a la corona de S. M. el rey deEspaña e Indias, don Fernando VII, Q.

D. G.

Sonriose el General Vives y dijo al postulante que le presentara unmemorial expresivo de todas las razones y hechos alegados, que él lopasaría a la comisión mixta con los papeles del buque; que ya teníanoticias de lo ocurrido, por boca del mismo cónsul inglés, el cual se lehabía presentado antes de la hora de audiencia en compañía delcomandante del apresador, el Lord Clarence Paget, y añadió con ciertaseveridad de tono y de semblante:

—Reconozco, señores, la injusticia y los daños que nos ocasiona untratado por el cual se concede a Inglaterra, la enemiga natural denuestras colonias, el derecho de visita sobre nuestros buques mercantes;pero los ministros de S. M. en su alta sabiduría tuvieron a bienaprobarlo, y a nosotros, leales súbditos, sólo nos toca acatar yobedecer el mandato del augusto monarca Q. D. G. Y se me figura,señores, que si Vds., están dispuestos a respetar el tratado, no loestán ni poco ni mucho a cumplirlo. En vano me hago de la vista gordarespecto de lo que Vds. hacen día tras día (señores, cuando hablo así nome refiero a Vds., personalmente, sino a todos los que se ocupan en latrata de África), que según va la cosa, no pararán hasta meter susexpediciones en Banes, en Cojímar, en los Arcos de Canasí y aun en estemismo puerto. En vano he hecho cerrar y derribar los barracones delPaseo, que Vds. no escarmientan y siguen introduciendo sus bozales enesta plaza, persuadidos, sin duda, que no hay mejor mercado para esamercancía. En tal momento no se acuerdan Vds., del pobre CapitánGeneral, contra quien el cónsul inglés endereza sus tiros, porque nobien entra aquí un saco de carbón, como Vds. dicen, cuando él lo huele yviene hecho un energúmeno a desahogar conmigo su mal humor.

—¡Ea! Vayan Vds., con Dios y otra vez sean más prudentes. Y

a propósitode prudencia: ayer tarde vino a mí un joven dependiente de una casa decomercio para quejarse de que a la luz del día, en la plaza de SanFrancisco, le habían arrebatado un saco de dinero de su principal. ¿Cabemayor imprudencia que la de ir por la calle enseñando el dinero a todoel mundo y tentando a la gente de mala índole? También se me quejó deque al oscurecer del día de ayer, dos negros con puñal en mano lepararon cerca de la estatua de Carlos III y le desvalijaron de cuantollevaba encima de valor, el reloj, etcétera. Si Vd. hubiera tenido untantico de prudencia, le dije, no se habría expuesto a perder la vidaatravesando sitio tan solitario como ese del Paseo, a la entrada de lanoche, hora que escoge la gente mala para cometer sus fechorías. Aprendade mí que no salgo de noche a la calle. Lo mismo digo a Vds.: no semetan en las garras de los ingleses y salvarán sus expediciones, nicomprometan la honra del Capitán General. La prudencia es la primera delas virtudes en el mundo.

CAPÍTULO IX

En

ti

pensaba

y

en

aquel

instante

Me mandaba llorar naturaleza.

JOSÉ MARÍA HEREDIA

Personaje de más cuenta de lo que nadie puede imaginarse era en casa deGamboa su Mayordomo don Melitón Reventos. Tenía en el manejo generaleconómico más voz que su amo, y a las veces se hombreaba en ese terrenocon doña Rosa.

Pero donde ejercía un poderoso imperio era entre los esclavos.

Corríacon su provisión de vestuario y de alimentos, tanto de los del serviciodoméstico en La Habana, como de los de las fincas rurales. Para con losprimeros, sobre todo, se daba los aires de señor; más que eso, dedéspota. Hacía, sin embargo, respecto de éstos, dos excepciones el ferozMayordomo. En primer lugar, no gustaba de estrechar lance con elcalesero Aponte. No ya sólo era hombre serio y temible sino quepertenecía al hijo mimado de la casa, el cual no quería delegar en nadieel derecho de castigarle.

Tampoco tenía don Melitón malas obras ni malas palabras para Dolores.Lejos de eso, para ella reservaba sus sonrisas, sus agasajos yatenciones. De cuando en cuando la hacía regalos de pañuelos y dijes,que la muchacha aceptaba sin reparo, aunque para usarlos tuviese quementir a sus señoritas; porque, después de todo, no halagaba poco suvanidad el que un hombre blanco emplease con ella tales galanterías.

No tenían origen estas distinciones del Mayordomo en favor de Dolores enla circunstancia de que era la doncella de las señoritas de la casa,tratada por ello con ciertas consideraciones por toda la familia, no;tenían diverso origen, procedían de los méritos de la moza como mujer:joven, bien formada y bonita para negra.

Aquel día en que por llegar tarde de su comisión al bergantín Veloz,almorzaba don Melitón a la cabecera de la mesa en el comedor, con todoslos aires de amo, servido atentamente por Tirso, acertó a pasar Doloresy tropezar con su codo en los momentos en que se llevaba un vaso de vinoa la boca. Fuese aquello por casualidad o de hecho pensado, el Mayordomose aprovechó de la ocasión para pegarle un pellizco en el desnudo y bientorneado brazo.

—¡Ay, don Melitón! exclamó ella sin alzar la voz, aunque llevándose lamano al punto dolorido.

—¡Ay, Dolores! remedó él lleno de risa.

—Eso duele, agregó la muchacha.

—¡Ca! No hagas caso. Si todavía te he de libertar.

Dolores hizo con la boca el ruido onomatopéyico que llaman freír unhuevo, cual si no creyera ni jota en la sinceridad de las últimaspalabras del Mayordomo. No obstante, harto dulce es el nombre de lalibertad para que la joven esclava cerrase el oído a la promesa y elcorazón a la esperanza de verla realizada, fuera el que fuese elsacrificio que la exigiese el donante. De cualquier modo, siguiola élcon la vista hasta que traspasó el arco del patio, y entonces murmuró:

—Esta todavía se casa con el bribón de Aponte. ¡Sería una lástima!

María de Regla, mencionada al principio de esta historia, tuvo Doloresde su unión legítima con Dionisio el cocinero, quince años antes de laépoca actual. Contemporáneamente tuvo doña Rosa a Adela, su hija menor,la cual entregó a María de Regla para que se la lactase, por no sentirseella en condiciones para desempeñar por entonces aquél, el más dulce delos deberes de madre. Por supuesto, para llenar encargo tan delicado,necesario se hizo destetar a Dolores y criarla con leche de cabra o devaca, aparte enteramente de la hija de su señora y ama.

Prohibiósele explícitamente a María de Regla el dividir sus caricias yel tesoro de su seno entre las dos niñas, siquiera el tomarlas juntas enbrazos. Pero aunque esclava, temerosa del castigo con que la habíanamenazado, era madre, quería a su propia hija entrañablemente, quizásmás por lo mismo que no la permitían criarla; así que siempre que lasotras esclavas le proporcionaban la ocasión, tarde de la noche y fueradel alcance de la vista de los amos, se ponía ambas niñas a los pechos ylas amamantaba con imponderable delicia. La robustez de la nodriza, alparecer sin detrimento ni desmedro, proveía ampliamente a aquella doblelactancia. Criábanse las dos hermanas de leche sanas y fuertes. María deRegla no hacía diferencia entre ellas, y así en la mayor armonía habríacorrido su infancia si tan luego como empezó a disminuir el sustento notrataran de disputárselo y armar llanto, en especial la blanca, noacostumbrada a semejante división.

Al cabo, atraída una noche doña Rosa por el llanto de su hija,sorprendió a la nodriza dormida entre las dos niñas, que, con ambosbrazos extendidos, se impedían el mutuo goce del delicioso líquido. ¿Quéhacer en aquellas circunstancias?

¿Castigar a la esclava en el acto porsu desobediencia? ¿Cambiar de nodriza? Tan malo sería lo uno como lootro, pensó doña Rosa. Lo primero, porque el castigo envenenaría laleche de la esclava; y lo segundo, porque en el octavo mes de lalactancia, el cambio repentino produciría resultados no menos fatales ala salud y tal vez a la existencia de Adela. Tan perpleja estaba queconsultó a su marido, quien, hombre violento si los hay, aconsejó laprudencia y el disimulo hasta ocasión más oportuna.

Descubierta suprimera falta, dijo él, no es probable que María de Regla reincida. Decualquier modo, así continuaron las cosas por un año y medio más, alcabo de cuyo tiempo, el día menos pensado, se le ordenó al Mayordomoechara por delante a la criandera y la embarcara a bordo de una goletaque hacía viajes de La Habana al Mariel, dejándola en el ingenio de LaTinaja, bien recomendada al Mayoral. Allí se hallaba de enfermera elaño de 1830, es decir, purgando la culpa de ser madre amorosa, cometidatrece años antes de esa fecha.

Que la esclavitud tiene fuerza de trastornar la noción de lo justo y delo injusto en el espíritu del amo; que embota la sensibilidad humana;que afloja los lazos sociales más estrechos; que debilita el sentimientode la propia dignidad y aun oscurece las ideas del honor, se comprende;pero que cierre el corazón al amor de padres o de hermanos a la simpatíaespontánea de las almas tiernas, he aquí lo que no se ve a menudo. Noes, pues, extraño que María de Regla sintiese en lo profundo del pechosu separación a un tiempo de la hija, del padre de ésta y de Adelamisma, para pasar el resto de sus días en el destierro del ingenio LaTinaja.

En el código no escrito de los amos de esclavos no se reconoceproporción ni medida entre los delitos y las penas. Es que no se castigapor corregir, sino por desfogar la pasión del momento; de que resultaque casi siempre se le apliquen al esclavo varias penas por un solodelito. Luego, llovía sobre mojado, como vulgarmente se dice, en el casode María de Regla. Su destierro de La Habana, la separación de la hija ydel marido, quizás para no verlos más en la vida, el cambio de ocupaciónde ama de leche en la ciudad por el de enfermera en el campo, eltraspaso de dependencia bajo el capricho del Mayordomo en aquélla, aldel Mayoral en el ingenio, en concepto de doña Rosa no bastaban a purgarla culpa de su triste esclava.

No había logrado averiguar esa señora a ciencia cierta de quién era laniña que había estado lactando María de Regla, cosa de año y medio antesde haber dado a luz a Dolores. Lo único que pudo sacar de don Cándidofue que el médico Montes de Oca la había contratado para lactar a lahija ilegítima de un amigo, cuyo nombre no debía revelarse. El preciodel alquiler, dos onzas de oro, las recibió doña Rosa mes tras mes, conla mayor puntualidad mientras duró la lactancia, por mano de donCándido. Esto poco no pudo bastar a satisfacer sus celos, antes fue asembrar fuertes sospechas en su ánimo, siendo el misterio motivoconstante de quejas y disgustos entre ella y su marido, y, por rechazo,de gran preocupación, que a veces rayaba en odio, contra María de Regla.

Por fortuna, tales ejemplos de injusticia y de crueldad ocurrieroncuando ambas niñas no tenían uso de razón, y como crecieran juntas, comoen realidad mamaran una misma leche, no obstante su opuesta condición yraza, se amaron con amor de hermanas. Adela entró en años y concurrió auna escuela de niñas poco distante de su casa en compañía de su hermanaCarmen, a donde Dolores les llevaba los libros junto con la fruta y elrefresco a medio día, y a las tres de la tarde las acompañaba en suvuelta a la casa. Carmen y Adela alcanzaron la edad de la pubertad,Dolores antes que ellas, y en dejando la escuela no se les separaba éstani de día ni de noche. Las vestía, las peinaba, les lavaba los pies a lahora de acostarse; durante el día cosía al lado de sus señoritas, y denoche, bien dormía en el duro suelo al lado de la cama de Adela, bien enel cuarto inmediato sobre la rígida tarima, a la vista de otra criada,la más anciana de la servidumbre.

Dolores y Tirso eran hermanos uterinos. La primera, nacida en La Habana,salió negra, porque a esa raza pertenecía su padre; el segundo, nacidodespués en el ingenio La Tinaja, salió mulato, porque su padre, fuera elque fuese, era de la raza blanca. De aquí provenía el que ellos no seviesen como tales hermanos, y que María de Regla quisiese más a Tirso,que mejoraba la condición, que a Dolores, la cual perpetuaba el odiosocolor, causa

aparente

y

principal,

creía

ella,

de

su

inacabableesclavitud. Pero aun en este particular estaba María de Regla condenadaa ver defraudadas sus más risueñas ilusiones de madre. Tirso, supreferido, no la quería, mas se avergonzaba de haber nacido de negra,enfermera del ingenio por añadidura.

Al contrario, Dolores adoraba en sumadre. Cada vez que llegaba a sus oídos la noticia del mal trato que ledaban en La Tinaja, era motivo de amargo llanto para ella y parasuplicar a Adela la hiciese venir a La Habana y la sacase de aquelpurgatorio donde la tenían penando, hacía tanto tiempo, sólo por haberdado de mamar a la vez a su propia hija y a la hija de sus amos.

SentíaAdela la fuerza de estas dolorosas quejas, y, no obstante sus pocos añosy muchas distracciones, oyendo continuamente, en el silencio de lanoche, ella acostada y Dolores de rodillas junto a su cama, la tristehistoria de los trabajos y padecimientos de María de Regla en elingenio, se conmovía hasta verter lágrimas, y entre bostezo y bostezo laprometía que al día siguiente hablaría a doña Rosa sobre el asunto. Asíse quedaban dormidas muchas veces aquellas hermanas de leche, casisiempre con las mejillas aún húmedas del llanto.

Mas sucedía que al día siguiente no encontraba Adela ocasión favorablepara hablarle a su madre, señora algo seria con sus hijos, con la solaexcepción de Leonardo, el niño mimado de la casa, y harto severa con losesclavos. De esta manera se pasaba el tiempo. Una tarde, al fin,mientras se hallaba Adela recostada en el sofá de la sala por un ligerodolor de cabeza, como se le acercase la madre, se le sentase al lado yempezase a pasarle la mano por la frente, en son de acariciarla o pormera distracción, cobró ánimo la joven, y agarró la ocasión por loscabellos, cual suele decirse:

—Quisiera pedirte un favor, mamá; dijo con voz trémula por la emoción oel temor.

Por breve rato no contestó palabra doña Rosa; sólo miró a su hija, entresorprendida y pensativa. Esto aumentó la turbación de Adela, quien, noembargante, añadió a la carrera:

—Tú no me vas a decir que no.

—Estás enferma, niña, dijo doña Rosa secamente.

Tranquilízate. Y selevantó para marcharse.

—Un favor, mamá. Escucha un momento, prosiguió Adela, ya con los ojoshumedecidos, deteniendo a su madre por la falda.

Esta volvió a sentarse, tal vez porque le llamaron la atención laspalabras, y más la actitud de su hija, indicativas todas deextraordinaria agitación y zozobra.

—Vamos, te escucho. Di.

—Pero tú no te negarás a mi ruego.

—No sé qué quieres de mí; mal puedo decir de antemano si me negaré ono. Supongo, sin embargo, que es una de tus boberías. Acaba.

—¿No crees tú, mamá, que ya María de Regla ha purgado la culpa?...

—¿No lo dije? la interrumpió doña Rosa enojada. ¿Y para esa necesidadme detienes y me ruegas que te oiga? ¿Ni quién te ha dicho que esa negraestá purgando culpa alguna?

—¿Por qué la tienen tanto tiempo en el ingenio?

—¿Y dónde estaría mejor la muy perra?

—¡Jesús, mamá! Me duele que hables así de quien me crió.

—Ojalá que nunca te hubiera dado de mamar. No sabes tú cuánto me hapesado la hora en que te puse en sus manos. Pero bien sabe Dios que lohice a no poder más. No me hables de María de Regla, no quiero saber deella.

—Creía que la habías perdonado.

—¡Perdonado! ¡perdonado! repitió doña Rosa alzando la voz.

¡Jamás! Paramí ya ella ha muerto.

—¿Qué te ha hecho para tanto rigor?

—¿Quién la trata con rigor?

—¿Te parecen pocos los trabajos del ingenio? ¿El maltrato que le dan?

—No sé yo que la maltraten más de lo que ella merece.

—Pues todos dicen que sí.

—¿Quiénes son esos todos?

—Uno de ellos creo que ha sido el patrón Sierra que estuvo aquí lasemana pasada, cuando vino por las esquifaciones para el ingenio.

—Lo que extraño es que el patrón hablase contigo.

—Yo no, mamá, sino otra persona, y como saben lo que quiero a María deRegla, me contaron lo que ella decía. Me han afligido mucho las cosasque allá le pasan, y quisiera, de veras, que tú hicieras algo por ella ypor mí. Me ruega le sirva de madrina y haga que la saquen del ingenio...

—Adela, dijo doña Rosa afectada con el tono de ingenuidad y deexquisita ternura de su hija. Adela, tú no sabes el sacrificio queexiges de mí. Pero se acercan las Pascuas, toda la familia irá alingenio y ya veremos lo que puede hacerse con esa negra de Barrabás.Debo advertirte, sin embargo, que no esperes me ablande de pronto y sinmadura reflexión. Esa negra está perdida y muy sobre sí. Lejos dearrepentirse y enmendarse, como esperaba, para lavarse de la culpa de sudesobediencia a mi expreso mandato, la ha hecho peor desde su llegada a La Tinaja.

Va para doce años que la tengo allá, y cada vez me traenmás quejas de ella y oigo cosas más escandalosas. El Administrador queteníamos allí trinaba con la negra. Yo no te había dicho nada, hija,porque no se había ofrecido la ocasión; pero me parece que ya María deRegla no puede vivir con nosotros. Sería un mal ejemplo para ti, paraCarmen y aun para la misma Dolores. Desde que entró en el ingenio, entróallí la guerra civil; de cuyas resultas ha habido que cambiar a menudode mayordomos, de mayorales, de maestros de azúcar, de carpinteros, enfin, de cuantos tienen la cara blanca, pues no parece sino que lamaldita negra tiene un encanto para los hombres o que todos ellos sonfáciles de infatuarse con cualquiera que lleva túnico. Tirso es unaacusación viva contra la moralidad de María de Regla, pues su padre fueun carpintero vizcaíno que tuvimos hace tiempo en La Tinaja... Los bocabajos que ha llevado no la han corregido...

Las últimas palabras de doña Rosa estremecieron a Adela de pies acabeza, pues a pesar de los lamentos de Dolores, ignoraba que lehubiesen impuesto a su adorada ama de leche otro castigo que el durísimodel destierro de La Habana y de las personas que más quería en el mundo.Pareciole oír el chasquido del látigo, los gritos de la víctima y elcrujido de las carnes; se llenó de horror, se cubrió la cara con ambasmanos, y por entre sus dedos de rosa saltaron dos lágrimas como dosgotas de rocío, y fueron a estrellarse en su casto y agitado seno,exclamando solamente.

—¡Pobrecita!

Conoció entonces doña Rosa que había ido muy lejos, y apresuradamenteañadió:

—¿Lo ves? Tú también estás infatuada con la negra. Por desgracia te diode mamar, debes de tenerle algún cariño, lo comprendo; no obstante, espreciso que reconozcas que es muy mal empleado y ya te convencerás queella no merece tu compasión. Espera: de aquí a Navidad no va mucho. Yaveremos el medio de arreglar lo que haya de hacerse.

De todos modos aquella era una esperanza, que Adela tardó en impartirlea su hermana de leche lo que tardó la madre en alejarse de su lado.Dolores no sabía más que amar a su joven señorita, siendo todavía muyjoven para amar a otra persona de contrario sexo, y hacía esfuerzosconstantes para identificarse con ella, imitar el tono de su voz, susmodos, su aire de andar y de llevar el traje, sus coqueterías; de maneraque los compañeros de esclavitud, cuando querían decirle algo que lacomplaciera mucho, la llamaban allá entre ellos: Niña Adela.

CAPÍTULO X

—Ya

lo

que

me

pides,

Llévate en él mi corazón y... toma.

RAMÓN MAYORGA

Promediaba el mes de noviembre de 1830. Los vientos del norte ya habíanarrojado sobre las playas cubanas las primeras aves de paso de laFlorida, probando así que se había adelantado el invierno en el opuestocontinente. El mar a menudo se hinchaba y con bramidos atronadoresrompía contra los arrecifes de las costas que sembraba por largo trechode blanca espuma, de conchuelas y sedimentos salinos.

A las cuatro de la mañana no había bastante claridad en las calles de LaHabana, ni a cierta distancia se reconocían las personas, exceptoaquéllas, pocas en verdad, que llevaban un farolito encendidobalanceándose en la mano, mientras a paso acelerado se dirigían, bien alos mercados, bien a los templos; en algunos de los cuales se oía amedias el órgano con que las monjas o los frailes acompañaban el cantode los maitines.

Hacía aún noche, decimos, y ya don Cándido Gamboa, en su bata de zarazay gorro de dormir, se hallaba asomado al postigo de la ventana de lacalle, abrigado tras de la cortina de muselina blanca, en espera de ElDiario de la Habana, o para respirar aire más libre que el pesado de laalcoba.

A poco más empezó a oírse el ruido, al principio sordo, después másvivo, de los pasos de alguien que se acercaba de la parte de la PlazaVieja. Hacia allá tornó los ojos don Cándido; mas no vino a salir dedudas hasta que tuvo delante la persona en cuestión. Vestía traje decañamazo, compuesto de una especie de chal para cubrirse la cabeza y dela falda corta que ceñía a la cintura con una correa de cuero larga ynegra. Contribuía además a disfrazarla, el color cobrizo mate delrostro, propio de los mulatos, mayormente cuando van para viejos, que ledaba la apariencia de mujer de la raza india.

—Buenos días, señor don Cándido, le dijo en tono gangoso.

—Téngalos muy buenos la seña Josefa, contestó él procurando bajar lavoz. Temprano ha madrugado.

—¿Qué quiere el señor? Quien tiene cuidados no duerme.