Cecilia Valdes o la Loma del Angel by Cirilo Villaverde - HTML preview

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J. PADRÍÑEZ

Llegaba Nemesia a la puerta de su casa, a tiempo que salía de ella suquerido hermano José Dolores con el clarinete en la funda debajo delbrazo y un rollo de papeles de música en la mano.

Según costumbre,caminaba cabizbajo y meditabundo. Por esta razón y por estar muy oscurala calle, no habiendo tampoco luz en la casa, por poco se cruzan loshermanos sin reconocerse, a pesar de la proximidad. Así como así, ellale reconoció primero, se le atravesó en el camino y le preguntórepitiendo dos versos de una canción tan popular entonces como llena demalicia:

«—¿A dónde vas con ese gato y la noche tan oscura?»

—¡Qué! dijo José Dolores sorprendido. ¡Ah! ¿Eres tú? Me cansé deesperarte.

—¿Tan temprano para el baile?

—Pues, ¿qué hora es?

—Tocaban a vísperas ahorita mismo en Santa Catarina, cuando pasé porel costado del convento.

—Te equivocas; debe ser más tarde de lo que tú te figuras.

—Puede ser, porque traigo la cabeza como un güiro, y no sé lo que mepasa.

—¿Pues qué sucede, hermana? Despacha que estoy de prisa.

—Bien. No quiero detenerte mucho. Sin embargo, creo que tenías tiempode tomar un bocado... Una taza de café.

—Ya anduve yo ese camino. Tomé café con leche, pan y queso, y esto mebasta hasta media noche en que haré por tomar gigote o cosa así. Di.

—En la casita a la otra puerta de la taberna de la esquina de la callede O'Reilly, tú me entiendes, ha habido una San Francia esta noche.

—¿Cómo así? Y tú parece que te alegras.

—Hay de todo. Te diré. Pasaba yo por allá... Seña Clara me detuvo másde lo regular en la sastrería. Pues pasaba por allá, aunque era bastantetarde, porque había quedado con Cecilia en que daríamos una vuelta porel Ángel después de la salve. Ella sospechaba que el individuo queestuvo esta tarde en la sastrería a buscar su ropa nueva iba al baile deFarruco para verse con la muchacha del campo del día de San Rafael, y seproponía pillarlo en fragante. Cálculos de mujer celosa. Apenas lleguéa la esquina vi acercarse un hombre a la ventana de la casita y hablarcon una persona que estaba detrás de la cortina. Aquello picó más micuriosidad, y así que se separó el hombre me acerqué yo... Y ¿con quiénte figuras tú que me topé? Con Chepilla. Me hizo entrar. Acababa dehaber allí una de mar y morena. Parece que Cecilia se había vestido parasalir conmigo; y la abuela, en la brega de impedírselo, le rompió eltúnico y la peineta de teja. Todo eso sucedió en un momento.

—¡Pobre muchacha! exclamó el músico compadecido.

—Cecilia es muy cabezadura. Cuando se le pone una cosa, eso ha de ser;de manera que la abuela vio los cielos abiertos luego que yo meaparecí. Ya ella no puede con la nieta. Pues bien, me hizo entrar paraver si entre las dos lográbamos que Cecilia no saliera.

—¿Lo lograron? preguntó José Dolores con muestras de interés.

—Por supuesto, dijo Nemesia con intención. Yo sabía por donde atacarlay no erre el golpe. La abuela no quería que la nieta saliera; yo tampocoquería, y sucedió que el hombre del barrio de San Francisco que lasmantiene, lo había prohibido.

Ese fue, como luego supe, el que estuvopor la ventana hablando con Chepilla antes que yo.

—¿Qué es él de ella? Quisiera saberlo.

—Yo, verdaderamente, no lo sé. A veces me se figura que es muchocuidado el suyo para mero enamorado...

—¡Si será su padre! Señó Uribe cree a puño cerrado que lo es ysostiene que la madre vive. ¿Pero dónde está la madre? ¿Quién la conoce?¿Quién la ha visto?

—Eso es lo que yo digo.

—Ahí tienes. Yo me tengo tragado que el padre y el hijo estánenamorados de Cecilia hasta la punta del pelo.

—Puede ser, hermana, porque se han visto muchos de esos casos en elmundo. Ella preferirá al hijo...

—Se entiende, y ¿quién no preferiría el joven al viejo?

—La hermosura de Cecilia será al fin la causa de su perdición.

¿Quépuede esperar ella de esos dos blancos? ¿El viejo quizás le dé dinero,lujo y cuidados, mas el joven...? Este no es posible que se case conella; gracias si la toma de querida por algún tiempo, se fastidia y ladeja con dos o tres hijos el día menos pensado. Yo no sé qué será de mísi tal cosa sucede. No quiero pensar en eso.

—Ella te tiene voluntad, pero no amor. Bien claro que lo veo.

Sinembargo, si yo pudiera hacer que olvidara a Leonardo, estaba vencida laprincipal dificultad.

—La que bien quiere, tarde o nunca olvida.

—Hay sus excepciones, y Celia, que es muy soberbia, no es imposible quepor lo mismo que quiere mucho olvide pronto. Del amor al odio no hay másque el salto de una pulga.

—Esa, al fin, es una esperanza.

—Te juro que le ha de costar mucho trabajo engañarla y engañarme a mí.Yo conozco mejor que él el flaco de Celia y tengo esta ventaja. Ahorapoco le dije a ella una cosa que la puso como candela. Está que trinacontra el individuo. Ya se le pasará la rabieta, pero volveré a la cargay estoy segura que la haré saltar las trancas... Todo lo que seaalejarla de él, es acercarla a...

No le dejó concluir la frase José Dolores. Se sonrió tristemente, ydiciendo a su hermana que no le esperase, se marchó en dirección de lacalle del Aguacate. Nemesia entró en su cuarto repitiendo cual sihablara con otro:

—¡Cómo que yo me mamo el dedo! No siempre había de trabajar para elinglés. Si no ha de ser para mí, que no sea para ella tampoco. El es muyenamorado y le gustan mucho las pardas. No es tan difícil la cosa comoparece. Veamos si de una vía hago dos mandados. Ella para José Dolores y él para mí. Se puede, se puede...

Ahora corresponde que volvamos al sarao en la Filarmónica donde hemosdejado a Leonardo Gamboa en las filas de la danza con Isabel Ilincheta.Comprendiendo bien ella el carácter de su pareja, no le dio quejaninguna sobre su falta de puntualidad en escribir, ni de su aparentedesvío; le habló, al contrario, de asuntos indiferentes: de los amigosmutuos en el campo; de las ocurrencias en el partido de Alquízar; delrosal rojo que él había injertado en el rosal blanco del jardínfronterizo del cafetal; del naranjo a cuya sombra, las pascuas pasadas,habían comido tantas veces las naranjas más dulces que producía lafinca; de la hija mayor del mayoral de su padre, que, para casarse,como se casó, en la Ceiba del Agua, se había fugado con un joven guajirodel pueblo.

—Tía Juana, añadió Isabel, se empeñó con el padre y lo hizoreconciliarse con la hija. Así es que los novios hoy día están hechoscargo del sitio de papá, en que sabe Vd. se crían gallinas y se cebanalgunos animales. La muchacha se quedó con su marido, y su padre,nuestro mayoral, tuvo que salir. Yo lo sentí por su esposa, porque erauna buena mujer y nos acompañaba bastante; pero, desde que se casó lahija, se le puso el humor atroz: no dejaba resollar a los negros, loscastigaba por cualquier falta, siempre con verdadera sevicia, hasta quepapá le despidió.

Al presente pasamos algunas soledades, y nuestrassalidas en el cafetal se reducen a ir al sitio todas las tardes y volvera las puestas del sol. Cuando hace luna...

—Te acuerdas de mí, ¿no es eso? la interrumpió Leonardo, con indiscretodespecho, al ver su glacial indiferencia.

—Naturalmente, contestó ella, al parecer sin notar lo que pasaba por sucompañero. No puedo olvidar que en tardes divinas, como son todas las deinvierno en el campo, más de una vez hemos hecho juntos ese paseo encompañía de Rosa y de tía Juana.

—Te encuentro algo cambiada, observó el joven después de breve rato desilencio.

—¿Yo cambiada? Pues está buena. Vamos, Vd. se chancea.

—Hasta me tratas de Vd.

—Creo que siempre le he tratado del mismo modo.

—No al pie del naranjo dulce.

Isabel se puso colorada, y luego dijo:

—Es ya una costumbre en mí el tratar de Vd. a todo el mundo.

Aún conmis propios esclavos, si son viejos sobre todo, se me escapa el decirVd. A papá le sucede lo mismo frecuentemente.

—El es más cariñoso.

—¿Lo cree Vd. así? El Vd. es más modesto.

Cortábase a cada paso este chispeante diálogo, es decir, tantas vecescuantas la pareja que bajaba hacía figura con la pareja que subía ladanza. Al fin, hubo de cambiarse del todo el tema de la conversacióncuando Meneses y Solfa, que habían venido saludando a las amigas,llegaron al puesto ocupado por Isabel y Leonardo. Ambos habían visto ala joven aquella misma tarde en casa de las Gámez. Poco tenían quedecirse que de nuevo fuera; Isabel, sin embargo, distinguía a Meneses, yse alegró de volver a verle.

—¿Qué es eso? ¿No baila Vd? le preguntó con interés.

—Casi nunca bailo por mera cortesía.

—¡Ay! Si le oyese Florencia se ofendería.

—Me cae en gracia Florencia, me parece bonita, la quiero, pero sibailase con ella ahora sería por mera galantería. Mi amiga del alma estálejos de aquí, Vd. lo sabe, y es mucha crueldad en Vd. atribuirmeintenciones de galantear a otra.

—Sobre que le voy cogiendo miedo al amigo Solfa, dijo ella volviéndosede repente para éste, con el doble objeto de atender a todos y de noseguir la broma con Meneses.

—¿Qué he hecho para inspirar temor a la impávida Isabelita?

—¿No ve Vd.? Esa es una sátira.

—Lo sería, señorita, repitió Solfa prontamente, si la mía fuese unaopinión aislada, pero no lo es. De ella participan, estoy seguro,Leonardo y Diego, juntamente con cuantos conocen a Vd. ¿Cómo pues, puedoinspirarle temor?

—Porque voy viendo que es Vd. implacable, que no perdona enemigos niamigos.

—¿Esa más? Me aturde Vd. señorita.

—Sí, hágase Vd. ahora el inocentico, el que no quiebra un plato. ¡Cómoque desde que asomó Vd. a la puerta del salón no noto que ha venidohasta mí cortando cada traje que es un primor! Apelo al amigo Meneses;él dirá si me he equivocado o no.

Solfa y Meneses cambiaron una mirada y una sonrisa, con que corroboraronimplícitamente la observación aguda de Isabel, y el primero dijo:

—Ya eso es distinto, lo declaro, me gusta la tijera; mas se me ha hechopedazos entre las manos al llegar a Vd.

En esto cesó la danza, y las diferentes parejas de bailarines,deshaciendo la formación, corrieron las unas a ocupar sus asientos en lasala y cuartos, las otras a respirar el aire libre de los corredores.Los hombres, por la mayor parte, se dividieron en grupos para hablar delas conquistas amorosas de la noche, y casi todos para fumar un cigarropuro o de papel. Leonardo dio un paseo por los corredores con su amablecompañera de baile, la cual, si hemos de juzgar por la frecuencia de sussonrisas, no tuvo a mal que se prolongara la entrevista, aunque habíaterminado el encanto de la música.

Continuando, entretanto, por su parte la revista de la fiesta que sehabían propuesto pasar Meneses y Solfa, se detuvieron por breve ratoante la madre y hermanas de su amigo y condiscípulo Leonardo Gamboa.Hallábanse ellas sentadas en el lado norte del salón, debajo del doseldonde dijimos que se ostentaba el retrato colosal al óleo de FernandoVII de Borbón. Antonia, la mayor, tenía a su derecha a un capitán delejército en completo uniforme, con quien cambiaba en tono bajo frasesbreves de inteligencia; después seguía su madre, y a la izquierda deésta, las dos hermanas Carmen y Adela. Con la primera de estas treshablaba el Mariscal de campo don José Cadaval; con las dos últimas loscurrutacos más célebres que conocía La Habana entonces: Juanito Junco yPepe Montalvo, cadete del regimiento Fijo. Asomó a poco Leonardo Gamboa,y como por magia desapareció el capitán español del lado de Antonia, auna insinuación suya con el codo; Cadaval siguió adelante, y ellechuguino y el cadete hicieron lo mismo con un profundo saludo.

Al descubrir de lejos Leonardo al militar español mano a mano con suhermana, se renovó en su mente la memoria de las escenas de por lamañana, primero al postigo de la ventana y después en la mesa delalmuerzo, sintiendo el mismo rapto de celos y de odio que ya habíaexperimentado. Todo el deseo que tenía de ver y hablar un rato con sumadre y hermanas en el baile, se enfrió y apagó en el instante, y sólopor respeto y cariño a aquélla no les volvió la espalda. A un gestosuyo, Antonia ocupó el asiento que dejó vacante el capitán, y así pudosentarse Leonardo y decir al oído de doña Rosa:

—¿Es posible, mamá, que tú consientas que ese soldado pele la pava conAntonia en tu presencia?

—¡Cállate! replicó doña Rosa seria. Ese caballero ha venido a traernosun recado de tu padre, el cual no puede venir por nosotras hasta la unay creo que tú tendrás que acompañarnos.

De la ocurrencia me alegro condoble motivo; lo uno porque ya podré irme cuando quiera o me dé sueño;lo otro porque no te quedarás tú por detrás, ni me harás pasar otra malanoche.

—Debo acompañar a Isabel Ilincheta y a las Gámez a su casa, pues sucarruaje ha sufrido una avería y no pueden usarlo esta noche.

—¡Cómo! ¿Isabel está aquí y no ha venido a saludarnos?

—No lo extrañes, porque sin duda ella ignoraba que Vds.

hubiesen venidoal baile, y luego ha habido una concurrencia extraordinaria.

—Bien, manda en tu quitrín a tus amigas a su casa.

—Antes, sin embargo, es preciso que Vds. vean a Isabel, o que Isabelsalude a Vds.

—¿Ya te has enamorado de ella? Eres un veleta. No pienses en burlartede esa muchacha también. Tráela aquí y la veremos.

—No. He pensado que debemos tomar algo y en la mesa nos reuniremostodos. El ambigú dicen que no es menos abundante que exquisito. ¿Qué teparece, Adela?

—Aprobado, contestó ésta alegre.

—Pero es el caso, dijo Leonardo, que si alguna de Vds. no me saca deapuros, no tendré con qué cubrir el gasto.

—Pues, ¿y las dos onzas de oro que te puse en el chaleco por la tardecuando dormías la siesta? preguntó doña Rosa con seriedad.

—No he visto semejante dinero, mamá. Bien que si lo pusiste en lafaltriquera del chaleco de esta mañana, allá en mi cuarto se quedó.Apenas tengo tres o cuatro pesos en este chaleco que me puse a la vueltadel paseo para venir al baile.

No hizo Leonardo esta explicación con la franqueza que solía; se pusocolorado y titubeó varias veces. Lo advirtió su madre y le preguntó:

—¿Por qué te has aparecido en el baile tan tarde? Creí que ya novenías, y eso que tú saliste de casa antes que nosotras. Quién sabe pordonde has andado.

—Había reunión y piano en casa de las Gámez con motivo de ser el santode Florencia...

—Ellas no vinieron contigo, que yo sepa. Tú no dices la verdad,Leonardo, lo conozco y de veras te digo que haces mal, muy mal. Yo soytu mejor amiga, hijo, y tengo el desconsuelo de ver que cada día eresmenos franco conmigo. Vamos al ambigú, añadió no poco desazonada; yopago los costos y aquí tienes mi bolsa, que contiene unas seis onzas deoro.

Era de punto de seda roja, formando dos senos separados por un nudo olazada en el medio, para dividir el oro entero del menudo y la plata. Sela sacó del seno, porque las señoras en esa época no usaban bolsillos enlas faldas como al presente, sino que se colgaban la bolsa del cinto ocordón del traje casero.

Leonardo recibió el dinero con las mejillasencendidas de la vergüenza, porque a la humillación de recibir dos vecesla suma que había perdido al juego, se agregaban las mentiras conquehabía pretendido encubrir su falta. La madre, tal vez sin quererlo nisaberlo tampoco, había leído en el fondo de su alma como a través de uncristal. ¿Le servió eso de correctivo? No es tiempo todavía deexaminarlo. Pero aquel incidente había pasado para el hijo y la madre nomás, para la última ciertamente no en toda su genuina deformidad, puespuede decirse que sin conciencia de ello había puesto el dedo en lallaga. Del choque recibido trabajo le costó reponerse a Leonardo, quiendijo a su madre luego que se puso en pie y le tomó el brazo paraconducirla a la sala del ambigú:

—¿Y dónde quedaba papá?

—Quedaba en casa de don Joaquín Gómez, a donde han concurrido variosotros hacendados; entre ellos Samá, Martiartu, Mañero, Suárez Argudín,Lombillo, Laza...

—¿No se sabe cuál es el objeto de semejante junta?

—El capitán Miranda no ha podido explicarlo, sin duda porque él mismolo ignora; pero por lo poco que me dijo tu padre cuando salió de casa,saco en consecuencia que va a tratarse de las expediciones a la costa deÁfrica. Vives está ya cansado de las quejas de Tolmé y de lasimpertinencias de los jueces de la maldita comisión mixta, y ha hechodecir a Gómez por trasmano que procuren que las expediciones de bozalesno desembarquen por los alrededores de La Habana. También llegó unexpreso del Mariel, participando que se ha presentado un bergantínparecido al Veloz, que se esperaba con un buen cargamento, perseguidopor un buque inglés.

—Tal vez lo ha apresado.

—¿A la vista del torreón del Mariel? Sería demasiado atrevimiento. Contodo, esos ingleses protestantes se figuran que el mundo entero lespertenece, y no lo extrañaría. Si la expedición se pierde, tu padrepierde un pico regular. Es la primera que él emprende en sociedad consus amigos de aquí por ser muy costosa. Cuando menos trae quinientosnegros.

—¿Quién mete a papá en tales trotes, al cabo de sus años?

—¡Ay, hijo! ¿Echarías tú tanto lujo, ni gozarías de tantas comodidades,si tu padre dejase de trabajar? Las tablas y las tejas no hacían rico anadie. ¿Qué negocio deja más ganancias que el de la trata? Di tú que silos egoístas ingleses no dieran en perseguirla como la persiguen en eldía, por pura maldad, se entiende, pues ellos tienen muy pocos esclavosy cada vez tendrán menos, no había negocio mejor ni más bonito en quéemprender.

—Convenido, mas son tantos los riesgos, que quitan las ganas deemprender.

—¿Los riesgos? No son muchos comparados con las ganancias que seobtienen. El costo total de la expedición del bergantín Veloz, porejemplo, según me dijo tu padre, no ha pasado de 30,000 pesos, y como laempresa es de varios, su cuota fue de algunos miles de pesos solamente.Ahora bien, si se salva la expedición, ¿cuánto no le tocará?... Saca lacuenta. Pero aquí está Isabel.

Doña Rosa la recibió con los brazos abiertos; excepto Antonia, lashermanas de Leonardo con sinceras demostraciones de cariño; sobre todas.Adela la abrazó y besó repetidas veces. Era ésta la más joven,entusiasta y franca e Isabel la preferida de su hermano querido. Despuésde los saludos de costumbre y las quejas mutuas, juntas todas con lasGámez, llevando Leonardo, Meneses y Solfa cada uno dos mujeres delbrazo, pasaron a la sala del ambigú, espléndidamente iluminada, al fondodel palacio. Eran muchos y no cabían en una sola mesa, por cuya razónocuparon dos, aunque inmediata una de otra.

Señoras y caballeros tomaron gigote de pechuga de pavo, fiambre de estaave, con rico jamón de Westfalia, algunos arroz y frijoles negros,ninguno vinos ni espíritus, todos café con leche para terminación decena. Esta, conforme al precio usual de los platos pedidos en funcionessemejantes, calculó Leonardo que no bajaría el costo de onza y media deoro, o veinticinco y medio duros, cuando menos. Deseoso de hacer alardedel dinero, sacando la bolsa de seda roja, preguntó al mozo blanco, queservía ambas mesas con destreza imponderable:

—¿Cuánto es?

—Nada, contestó el hombre con la misma brevedad, a tiempo que formabaen el brazo izquierdo una torre de porcelana con los platos y tazas.

—¿Cómo se entiende? repuso el joven asombrado. Pues

¿quién ha pagadopor mí?

—Se conoce que Vd. no pertenece a la junta directiva, dijo el mozo concierta impertinencia. La sociedad costea el ambigú de esta noche, y siyo fuese uno como hay muchos le hacía pasar a Vd. plaza de primo.

—¡Ah! exclamó Leonardo, corrido como una mona y no poco mortificado.

Se puso en pie murmurando:

—Estos mozos españoles son a veces demasiado

impertinentes.

Si él oyó o no, es cosa que no se sabe, aunque por la mirada de travésque le echó al joven, parece que resonó en sus oídos lo de español eimpertinente. Bien quisieran Adela y Florencia Gámez tomar parte en lasiguiente danza, la primera hasta se lo indicó a su hermano; mas él sesonrió distraídamente y no contestó palabra.

Entre tanto doña Rosa dispuso que las niñas, según se expresó, pasaranal camarín a recoger sus mantas de seda. Al mismo tiempo los tresjóvenes bajaron al entresuelo a reclamar sus sombreros y bastonesrespectivos; pero tanto aquí como en el camarín, ya se habían adelantadootras muchas personas en demanda de sus prendas; de suerte que antes queobtuvieran las suyas nuestros conocidos, se pasó algún tiempo. Despuésbajó Leonardo al portal para prevenir a su calesero que estuviese listo.

De este intervalo se aprovecharon las más jóvenes de las señoritas paraacercarse a los sitios en que se había armado la danza última, que dicenes la que mejor acompañan los músicos.

No faltó quien las invitara, yellas, en son de marcha, se pusieron a bailar con más gusto que nunca.Doña Rosa, Isabel, Antonia, la señora de Gámez y la mayor de sus hijasse sentaron en grupo a esperar la hora de la partida.

Pasada era la una de la madrugada. Cuando Leonardo descendía lasescaleras de piedra del palacio de la Filarmónica, lo primero que hiriósus oídos fue el repiqueteo de las espuelas de plata de los caleseros enlas sonoras piedras del portal, bailando el zapateo al son del tiplecubano. Tocaba uno, bailaban dos, haciendo uno de ellos de mujer; y delos demás, quiénes batían las palmas de las manos, quiénes golpeaban ladura losa con los puños de plata de los látigos, sin perder el compás nicometer la más mínima disonancia. Algunos de ellos cantaban las décimasde los campesinos, anunciando por esto, por el baile y por el tiple quetodos ellos eran criollos.

Aún aquí se habían adelantado muchas familias que se retiraban del bailelo más temprano posible; y eran de oírse los apellidos de las másdistinguidas de La Habana repetidos de boca en boca, como ecos enescala, por todos los caleseros:—

¡Montalvo! gritaba una voz y Montalvorepetían veinte sucesivamente, hasta que se perdía a lo lejos ocontestaba el llamado acercando el carruaje; en cuyo acto ocurríanalgunos choques, no pocas peloteras entre los esclavos, más de unvarapalo asestado por el dragón que mantenía el orden en la calle, todoesto acompañado del estallido de los látigos, del ruido de las ruedas,cual truenos lejanos, y de las patadas de los caballos en las chinaspelonas del pavimento. En medio de toda aquella batahola, no cesaba elclamor de los caleseros por el nombre de las familias a que pertenecían.A saber: ¡Peñalver!

¡Cárdenas! ¡O'Farril! ¡Fernandina! ¡Arcos! ¡Chacón!¡Calvo!

¡Herrera! ¡Cadaval! repetido tantas veces cuantas era necesariopara que llegara la palabra al calesero que se quería; el cual, despuésde todo, si no estaba a la cabeza de la fila que rodeaba la manzana,tenía que esperar a que le tocara su turno para mover el carruaje si noquería que el dragón de guardia le midiera las costillas con la vara desu lanza.

Apenas se pronunció el apellido de Gamboa, cesó el baile del zapateo,porque el tocador del agudo tiple no era otro que nuestro antiguoconocido Aponte. El triste esclavo se divertía al parecer

con

todasveras,

o

punteaba

el

instrumento

primorosamente para distracción suya yde sus compañeros, porque pesaban sobre su espíritu, nada obtuso porcierto, dos amenazas terribles, la de su señorita por la tarde y la desu joven amo a las diez y media de la noche; y sabía, bien a su pesar,que ellos no olvidaban ni perdonaban faltas de sus esclavos. Pero siaquella era su suerte y no había remedio, ¿a qué apurarse ni afligirseanticipadamente? Así reflexionaba él, y así poco más o menosreflexionanban todos sus compañeros, a quienes Dios, en su santa merced,no había negado un alma pensante.

Acabada la junta de hacendados, don Joaquín Gómez puso su carruaje a ladisposición de don Cándido Gamboa, para retirarse a su casa, como lohizo, poco después de la media noche; con lo que éste pudo despachar elsuyo a la familia en la Filarmónica, para que hiciera lo mismo cuando lotuviera por conveniente.

Mediante aquel refuerzo inesperado, las Gámez ysu amiga Isabel pudieron trasladarse de una sola vez desde el baile a sumorada a espaldas del convento de Santa Teresa, y enseguida la familiade Gamboa.

Metieron los caleseros sus respectivos quitrines en el zaguán, llevaronlos caballos a la caballeriza en el traspatio, pusieron las monturas ensus burros, colgaron los arreos, libreas y sombreros en clavos fijos enla pared de un cuartucho; y por lo que hace a Aponte, acabado eltrabajo, con la tarima a la espalda, cual Cristo con la cruz, volvía alzaguán para ver de descansar de las fatigas del día, durmiendo las pocashoras de la madrugada. Por entonces habían sonado las dos hacía rato enel reloj de la parroquia del Espíritu Santo. La luna menguante trasponíael tejado de la casa por el lado de la calle, cuya sombra ganaba laaltura de la tapia divisoria entre ambos patios, de modo que reinabaoscuridad en el primero, aunque no tanta que no se viesen los bultos nise reconociesen los rostros. De repente un hombre interceptó el paso deAponte, quien levantó los ojos y vio que agitaba el látigo en la manoderecha. Se paró al instante, porque reconoció a su amo, el jovenGamboa.

—Suelta la tarima, le ordenó éste con voz bronca por la cólera;arrodíllate y quítate la camisa.

—Niño, ¿su merced me va a castigar? dijo el atribulado esclavo,ejecutando por parte lo que se le había ordenado.

—Vamos, despacha, agregó el amo acompañando a la vez el golpe, por lavía de apremio.

—Espere su merced, niño. ¿En qué le he faltado yo?

—¡Ah! ¡Perro! ¿Y me lo preguntas? ¿No te dije que te iba a castigarporque no me esperaste como te mandé, en la esquina del convento?

—Sí, señor, niño; pero yo no tuve la culpa.

—¿Pues quién la tuvo? Yo le probaré que cuando te mando una cosa la hasde hacer o reventar.

Y sin más ni más empezaron a llover zurriagazos en las espaldas desnudasdel infeliz esclavo. Se retorcía, porque los golpes los descargaba unbrazo vigoroso, y decía:—Bueno está, mi amo (por basta). Por la niñaAdela, mi amo. Por Señorita (como llamaban los criados a doña RosaSandoval de Gamboa), mi amito. Si yo pudiera decir la verdad, niño, sumerced vería que no tuve yo la culpa. ¡Bueno está ya, niño Leonardito!

Pero aquella boca había callado, embargada por la cólera; aquel corazónse había vuelto de piedra; aquella alma había perdido el sentimiento;aquel brazo sólo parecía animado, de hierro, no se cansaba de descargargolpes. ¡Qué cansarse! los menudeaba cada vez con más furor, si no conmás fuerza.

Dormía ya don Cándido, cuando le despertaron asustados losestallidos del látigo y los lamentos del calesero.

—¿Qué es eso? preguntó a su esposa.

—Nada, Leonardo que castiga a Aponte.

—Pero ¡qué escándalo! ¿Qué horas son éstas de castigar a los criados?Di a ese muchacho de Barrabás que pare la mano, o por Dios bendito...

—Acuéstate y duerme, repitió la mujer. Aponte está muy perro y necesitaun buen castigo.

—Sí, mas estoy seguro que esta vez no ha cometido falta.

Véase quépasada le han jugado a tu hijo y ahora se la paga el pobre mulato.

—Tú no sabes lo que hizo por la tarde a las muchachas en la calle de laMuralla.

—Será así, pero que pare el muchacho la mano o me levanto y le rompouna costilla como me llamo Cándido. ¿Hase visto mayor desvergüenza?

Claro vio doña Rosa que por poco que continuasen el vapuleo, losclamores y las protestas de inocencia del calesero, se levantaba donCándido y hacía una de las suyas, pues a la natural rudeza de quien nohabía recibido educación, agregaba un carácter violento, se asomó alpostigo de la ventana de su alcoba y dijo:—Leonardo, basta.

Esto fue lo suficiente. Bien que ya era tiempo de que el joven hubiesedesfogado la cólera que le dominaba, o de que se le desmayase el vigor.

Después de eso, ¿cuál de los dos, la víctima o el verdugo, encontróprimero reposo en la cama? Mejor dicho ¿qué pasaba por el alma del amocuando se echó en la suya? ¿Qué por el alma del esclavo cuando sedesplomó en la rígida tarima? Difícil es que lo expliquen los que no hansido una ni otra cosa, e imposible que lo entiendan en toda su fuerza,aquéllos que no han vivido jamás en un país de esclavos.

CAPÍTULO VI

¡Hola!

del

bergantín.

—¿Qué

dirá?—¿Cómo

se

llama?

—El

Condenado.—¿De

dónde

procede?

—De

Sarrapatán.—¿Qué

carga

trae?

—Sacos

vacíos.—¿Cómo

se

llama

el

capitán?

—Don Guindo Cerezo.

Escenas a la vista del Morro de la Habana.

Como es de suponer, a las nueve de la mañana del día después del baileen la Filarmónica, con dos excepciones, todo el mundo dormía en casa deGamboa. Hablamos aquí del mundo de los amos, en cuyo número no entrabanlos ocho o nueve criados de la familia, porque éstos desde el amanecerdebían estar en pie, desempeñando las obligaciones cotidianas, noembargante el cómo habían pasado la noche.

Don Cándido, a pesar del poco dormir y de los graves pensamientos que leocupaban a consecuencia de lo ocurrido en la junta en casa de donJoaquín Gómez, se levantó temprano y salió a la calle a pie, por puraimpaciencia de carácter.

Su esposa, algo más tarde, tomaba café con leche muellemente arrellanadaen uno de los sillones del comedor.

No carecía de objeto el sentarse doña Rosa todas las mañanas en esesitio. Registrábase desde allí el interior de la casa, y se veía si laslavanderas preparaban la lejía para el lavado de la ropa, o el braserocon carbón vegetal para el aplanchado desde temprano; si las costureras,en vez de ponerse a coser las esquifaciones, perdían el tiempo enconversaciones con los otros siervos; si los caleseros lavaban loscarruajes, daban sebo y limpiaban las correas de las monturas; si Apontevolvía temprano o tarde de bañar los caballos, lo que probaba que habíaido al muelle de Luz o a la Punta, más distante; si Pío, el ancianocalesero de Gamboa, hacía zapatos de mujer en el zaguán para uso de lascriadas de la casa y a veces hasta para las amas, al mismo tiempo quedesempeñaba el oficio de portero, cuando no tenía que ponerle elcarruaje a su amo; por último, si el cocinero, negro de airearistocrático, bien hablado y racional, según dicen los esclavistas,había ido o no de madrugada al mercado inmediato de la Plaza Vieja, enbusca de las vituallas y hortalizas que se le habían encargado la nocheanterior.

Era éste el que más madrugaba en la casa. Debía hacer el fuego ypreparar el café con leche, a fin de que Tirso y Dolores pudieranservirlo tan luego como despertaran los amos. No siempre despachaba elcocinero el mercado a la misma hora, ni en breve tiempo, aun cuando laPlaza Vieja distaba poco de la casa de Gamboa. En la madrugada de quehablamos ahora, por ejemplo, salió para allá demasiado temprano. Peroandando en esa dirección con el farolito en una mano, según estabamandado por las Ordenanzas municipales desde los tiempos de Someruelos,y un canasto en la otra, sonó el cañonazo de las cuatro, el capitán dellaves abrió las puertas de la muralla y al silencio mortal de la ciudadse sucedieron el tumulto y toda clase de ruidos tan disonantes comodesapacibles.

A la vuelta del mercado había siempre ajuste de cuentas del cocinero consu ama, regaños y amenazas de castigo por el precio de las carnes, porsu calidad y aun peso; porque en vez de pollos trajo gallinas, por lahortaliza, pues en vez de habichuelas trajo guisantes, y berros porlechuga, o viceversa. Porque es condición del esclavo no acertar nunca acomplacer a sus amos.

Para doña Rosa, en suma, siempre había motivo dequeja; su cocinero pecaba a menudo por torpe, por malicia o pordescuido.

—Dionisio, ¿no te encargué pollos tiernos? decía ella levantando delcanasto el par de aves atadas fuertemente por los pies, ¿por qué me hastraído gallinas? Tu amo no come sino pollos.

—Son pollonas, señorita, contestaba el cocinero; lo que tiene es queestán gordas y parecen gallinas hechas. También no se encuentran pollosen la plaza.

—No me vengas con esas, Dionisio, que no soy boba ni nací ayer. Si túsabes mucho, yo sé más. Vamos, ¿cuánto te costaron?

—Dos pesos, señorita. Las aves están caras ahora.

—¡Ave María Purísima! ¿A que se las compraste a tu carabela, la negralucumí más carera de la plaza?

—No, señorita, se las compré a un placero del campo. Mírelas su mercedbien, todavía tienen las plumas sucias de tierra colorada.

—Esa no es prueba, Dionisio, porque bien pudo tu comadre dejarles latierra para hacer creer que eran frescas del campo, y no de segundamano.

—Señorita, la morena de los pollos no es mi comadre ni mi carabela tampoco. Ella es de nación.

—Yo sé lo que me digo, Dionisio, y no vengas tú a corregirme la plana.Si tú tienes leyes, yo sé a dónde se enderezan a los doctores como tú.Ahí está la maestranza de artillería[33] ahí está el Vedado.[34] Nocuesta nada un curso de derecho en esos lugares.

¡Eh! Conque ande Vd.listo, taita Dionisio. Lo que no quiero es que Vd. se festeje ni festejea sus comadres con mi dinero.

Al buen callar llaman Sancho, y por dolorosa experiencia de largostreinta años de esclavitud, sabía bien Dionisio que debía guardarsilencio desde el punto en que sus amos empezaban a tratarle de Vd.Aquella era señal segura de que subía la marea de la cólera. Seaproximaba la tempestad y en breve estallaría el rayo. En tal virtud, elcocinero recogió a toda prisa los avíos de la comida y se refugió en sucocina, como buen piloto que busca abrigo temporal en el primer puertoque le depara el cielo.

Este esclavo había nacido y se había criado en Jaruco, en el palacio delos condes de ese título. Sabía leer y escribir casi por intuición,dones adquiridos que le revestían de mérito extraordinario a los ojos desus compañeros de esclavitud, mucho más ignorantes que él, en general,bajo esos respectos.

Era aficionadísimo al baile, gran bailador deminué, que aprendió en las suntuosas fiestas de sus amos, pues en sucalidad de paje, que fue su empleo primitivo, siempre estaba en contactocon ellos; y allí conoció a la después Condesa de Merlín, a variosCapitanes Generales, al primer conde de Barreto y a otras notabilidadesde Cuba, de España y del extranjero, por ejemplo, a Luis Felipe deOrleans, después rey de los franceses.

A poder de tiempo, de industria y de economía, viviendo entre gente ricay rumbosa, que visitaban personajes notables, logró Dionisio reunirdinero suficiente para coartarse, quiere decir, para fijar el precioen que se le vendería, si lo vendían, dando a su amo diez y ocho onzasde oro, o 306 duros. Sacáronle, sin embargo, a remate junto con otrosvarios esclavos, por ante el Escribano público don José Salinas, a lamuerte del Conde, para cubrir las grandes costas que ocasionaron sutestamentaría y división de bienes. La habilidad de Dionisio en lacocina y la repostería, a que le aplicaron apenas llegó a la virilidad,le daba más valor en el mercado que a los otros esclavos sin oficio; deconsiguiente, la coartación sólo le sirvió para que le vendieran en500 pesos, en vez de los 800 en que le estimó el amo cuando le aceptó lasuma arriba mencionada. En el lote, don Cándido le obtuvo por menos delos 500 pesos en que quedó coartado, aunque él no fue el mejor postor;pero supo untarle en tiempo la mano al oficial de causas, y noaparecieron las otras pujas. De dos graves faltas adolecía Dionisio,graves por su triste condición: era la una su afición a las mujeres; laotra ya se ha dicho, su afición al baile propio de los blancos.

Dadas las 9 de la mañana, entró don Cándido Gamboa por el zaguán de sucasa. Parecía cariacontecido, cansado y sudoso, no ya por el calor, queno dejaba de sentirse, aunque estábamos a fines de octubre, sino por laagitación de las primeras horas del día y los pensamientos que ocupabansu espíritu. Sin reparar en su esposa, que inquieta le aguardaba junto ala mesa del comedor, puesta ya para el almuerzo por el ágil Tirso, de lacalle pasó derecho al escritorio, donde estaba el Mayordomo don MelitónReventos encaramado en el banquillo, con la pluma detrás de la oreja yde codos en la carpeta, meditando sobre un pliego de papel español,escrito en renglones desiguales, a manera de versos de arte mayor, quetenía delante.

—¿Qué hace? le preguntó entrando don Cándido, sin darle los buenosdías, acaso porque aquél era uno de los peores de su vida.

—Hacía el apunte de los efectos que ordena el Mayordomo de La Tinaja para la próxima molienda, y miraba si se me había escapado algo. Elpatrón Sierra estuvo aquí y dijo que salía...

—Deje Vd. eso de la mano, que no precisa, y vamos a lo que importa.Reventos, ahora mismo se pone Vd. la chaqueta y se va corriendito albaratillo de Suárez Argudín en el portal del Rosario, y recoge Vd.cuantas camisas de listado y pantalones de rusia tenga hechos, y le diceVd. que los cargue en cuenta.

Probable es que no tenga cuanto senecesita, 400 mudas; pero él puede completar el número en los otrosbaratillos de los paisanos. Mas en caso que ni así se consigan todas,300, 250, 200, las que se puedan... ¿Qué remedio? Si no salvamos tantos,salvamos cuantos.

—¿Cuántos qué? preguntó Reventos, demasiado curioso para dejarlo paraluego.

—Bultos, hombre, bultos, repuso brevente don Cándido. ¿No sabe Vd. queha llegado el Veloz?

—¿Sí? A fe que no lo sabía.

—Pues ha llegado, mejor dicho, lo han traído al puerto. El número fijoa bordo no se sabe todavía. Las escotillas están clavadas, y dice elCapitán Carricarte que, aunque embarcó sobre 500, con el largo viaje yla atroz caza que le han dado los ingleses, se le han muerto algunos ytenido que echar al agua...

muchos, vamos, la broza por fortuna. ¿EstáVd.? Ahora bien, tome las mudas de ropa, forme tres o cuatro líos,según; los conduce Vd. en un carretón al muelle de Caballería, frente aCasa Blanca, y se los entrega al patrón del guadaño Flor de Regla. Vd.le conoce. Bien, le entrega Vd. todo, que él está ya avisado y sabe adónde ha de llevarse eso. Vd. le acompaña, pues que conoce al contador.¡Eh! conque al avío. Se le guardará a Vd. el almuerzo si no da lavuelta en tiempo. De cualquier modo, la ropa debe estar a bordo antes delas once. ¿Lo oye Vd.?

El Mayodomo ido, de seguidas entró doña Rosa en el escritorio. Sepaseaba su marido arriba y abajo agitado; mas al verla se detuvo por uninstante esperando la pregunta, que, en efecto, no tardó ella endirigirle:—¿Qué ocurre, Gamboa? Ahí va Reventos que se desnuca y túaquí inquieto. Di, por caridad, ¿qué pasa?

—Lo de siempre, hija; que si seguimos como vamos, todavía los pícarosde los ingleses han de causar la ruina de este hermoso florón de S. M.C. el rey, que Dios guarde.

—No me digas.

—Como lo oyes, porque si los ingleses no nos dejan importar los brazosque nos hacen tan suma falta, no sé con qué ni cómo vamos a elaborar elazúcar. Sí, esto se lo lleva Barrabás, no me canso de decirlo.

—Tal es mi tema, Cándido; pero al grano.

—Al grano. Esta mañana a las siete señaló el Morro buque inglés deguerra a sotavento. Nos hallábamos en el muelle varios: Gómez, Azopardo,Samá, en fin, casi todos los de la junta de anoche. A poco el Morroseñaló presa y media hora después se presentó en la boca del puerto lacorbeta inglesa Perla, su comandante el Lord Pege o Pegete, según nosdijeron después los que desde la Punta oyeron la contestación que dio elpráctico al vigía de señales.[35] ¿Cuál te figuras que era la presa?

—¿El bergantín Veloz?

—El mismo, Rosa; con casi todo el cargamento a bordo.

—Luego se ha salvado el cargamento. ¡Qué bueno!

—¿Salvado? repitió don Cándido con amargo acento.

Pluguiera a Dios.Desde el punto que nuestro bello bergantín entra aquí como presa...

—Están perdido barco y cargamento, ¿no? ¡Sería una gran desgracia!

—Lo que es perderse todo no será si los que estamos interesados en lasalvación de una cosa y otra no nos dormimos en las pajas. Por lopronto, los pasos que se han dado y que se darán más adelante nos hacenabrigar la esperanza de que cuando no todos los bultos, al menos las dosterceras partes lograremos arrancarlos de las garras de los ingleses.¿Has de creer, Rosa, que a veces se me figura que más dolor me causaríala pérdida del bergantín que la del cargamento, aunque es el más valiosode cuantos ha traído del África, según la factura del CapitánCarricarte? Pues no te quepa duda ninguna. Con mi bergantín se puedentraer con seguridad y en corto tiempo no uno, sino varios cargamentos, yno hay muchos como él. Habrá tres años que se lo compré a Didier, deBaltimore, y ya ha dado cuatro viajes felices al África. Este era elquinto viaje y ya me he reembolsado tres veces de su costo. Admírate,Rosa, salió de Casa Blanca... ¿te acuerdas? a mediados de julio y a loscuatro meses no cabales ha dado la vuelta. Eso se llama andar.

¿Quiénnegará ahora que es el más velero de cuantos se emplean en la carrera alpresente? Ahí están el Feliz, de Zuaznávar; la Vencedora, deAbarzusa; la Venus, de Martínez; la Nueva Amable Salomé de Carballo;el Veterano de Gómez, y muchos otros de fama. ¿Qué son en comparaciónde mi Veloz? Potalas, urcas. Sí, sentiría mucho perderlo; no por eldinero, aunque no son un grano de anís los diez mil pesos que di por él,sino porque difícilmente se construye buque de más pies.

—¡Ah! Cándido, no te hagas ilusiones. Tú y tus amigos abriganesperanzas, yo no. Cuando los ingleses agarran, no sueltan, tenlo porseguro. Cada vez me parecen más odiosos esos judíos protestantes. VeaVd. ¿quién los mete en lo que no les va ni les viene? Yo me hago lossesos agua y no atino a comprender por qué se ha de oponer Inglaterra aque nosotros traigamos salvajes de Guinea. ¿Por qué no se opone tambiéna que se traiga de España aceite, pasas y vinos? Pues hallo máshumanitario traer salvajes para convertirlos en cristianos y hombres quevinos y esas cosas que sólo sirven para satisfacer la gula y los vicios.

—Rosa, los enemigos de nuestra prosperidad, quiero decir, los ingleses,no entienden esa filosofía, no la quieren entender tampoco; de otramanera tendrían más miramientos con nosotros los vasallos de una naciónamiga y en otro tiempo aliada de la suya. Pero yo no les echo toda laculpa a ellos, a quienes culpo principalmente es a los que aconsejaron anuestro augusto soberano don Fernando VII celebrar el tratado de 1817con Inglaterra. Aquí está el mal. Por la miserable suma de 500,000libras esterlinas los indiscretos consejeros del mejor de los monarcasconcedieron a la pérfida Albión el derecho de visita de nuestros buquesmercantes y de insultar, como insulta un día con otro, impunemente, elsagrado pabellón de la que no ha mucho fue señora de los mares y dueñade dos mundos. ¡Qué vergüenza! No sé cómo toleramos... Mas al caso,Rosa. Como te decía, la llamada repentina de Gómez ayer tardecita tuvopor objeto oír la historia de lo ocurrido con el Veloz, de boca delcapitán Carricarte, que llegó a revienta cinchas del Mariel, y ver loque se hacía por si era posible jugarle una buena a los ingleses; porquetú sabes que, hecha la ley, hecha la trampa.

Cuando llegué a casa deGómez, que serían cerca de las ocho...

—¿Cómo así? le interrumpió su mujer. Tú saliste de acá antes de lassiete. ¿En qué te demoraste? ¿Cómo echaste más de una hora en ir a casade Gómez?

—No me demoré en ninguna parte, no; repuso el marido, visiblementeembarazado. ¿Dije que serían cerca de las ocho?

Pues cuenta que quisedecir poco después de las siete, a las siete y cuarto, a las siete ymedia... La hora precisa no importa.

Parecía que no importaba; pero no dejó de llamar la atención de doñaRosa, que, yendo en carruaje su marido, para trasladarse de la esquinade la calle de San Ignacio y Luz, donde vivía, al extremo de la de Cuba,hacia el norte, donde se celebró la reunión, echase una hora, cuandoesta distancia puede recorrerse a pie en la mitad de ese tiempodescansadamente. Natural fue que Doña Rosa, que parece no las teníatodas consigo, en tratándose de la lealtad conyugal de su marido, secallase, es cierto, mas a todas luces perdió el entusiasmo, y con ésteel interés en lo que pensaba hacerse para salvar la presa y sucargamento. Advirtiéndolo don Cándido, pues harto conocía a su mujer,diose una palmada en la frente y dijo:

—¡Tate! me dilaté porque tuve que ver si Madrazo, el cual vive frente aSanta Catalina, era o no de la junta o le habían avisado. El CapitánMiranda puede decir la hora a que llegué a casa de Gómez. Esa fue laúnica parada que hice en el camino.

Pío también es testigo. Vamos ahoraal caso. Como te decía, cuando llegué a casa de Gómez, que tú sabes estáallá lejos, frente a la muralla, encontré toda la gente reunida. Madrazofue conmigo, Mañero entró después. Samá, Martiartu, Abrisqueta, SuárezArgudín y La Hera, sobrino de Lombillo, porque el tío había ido decarrera a su cafetal La Tentativa en la Puerta de la Güira; Martínez,Carballo, Azopardo y otros varios que, si bien no inmediatamenteinteresados en el cargamento del Veloz, como principales importadoresque son de esclavos, deseaban informarse a fondo de lo ocurrido en elMariel y de cómo nosotros pensábamos sacar el caballo del atolladero.Carricarte se mudaba de ropa en los entresuelos de la casa de Gómez, ybajó así que todos estábamos reunidos. Formábamos una corte regular enla sala baja. Depositó el Capitán unos papeles en la mesa del centro, yluego, sin más ceremonia, comenzó la relación de lo que le había pasadodesde las costas de África hasta las de nuestra Isla. Dice que desde quesalió de Gallinas, a fines de setiembre, navegó de bolina y marbonancible hasta reconocer a Puerto Rico. Allí, sin embargo, una velasospechosa por sotavento le hizo variar de rumbo. Durante la noche,siempre con viento fresco, volvió a su derrota, esperando avistar el Pan de Matanzas el día siguiente por la tarde. Hacia el oscurecer, enefecto, le avistó; pero la misma vela de antes se le presentó en lo másestrecho del canal de Bahama, empezando desde luego la caza. DiceCarricarte que su primera intención fue entrar en Arcos de Canasí. Nofue posible: el crucero inglés, porque resultó serlo, como que llevabala línea recta y más inmediata a la costa de Cuba, a pesar de los buenospies del bergantín, siempre se presentaba a su costado, mayormente a laaltura de las Tetas de Camarioca. Cerró la noche de nuevo, el Veloz se hizo mar a fuera y luego viró con ánimo de meterse en Cojímar, enJaimanitas, en Banes, en el Mariel, en Cabañas, en el primer puertosobre el cual le amaneciese. Aflojó el viento, por desgracia el terralle fue contrario, así que, cuando tornó a dar vista a la tierra, yaasomaba el sol y el crucero amagaba ganarle el barlovento. Vio entoncesCarricarte que no podía escapar sino a milagros, por lo que resolviójugar el todo por el todo. Dio orden, pues, de despejar el puente, a finde facilitar la maniobra y aligerar el buque lo que se pudiese, y comolo dijo lo hizo. En un santiamén fueron al mar los cascos del agua derepuesto, no poca jarcia y los fardos que había sobre cubierta...

—¿Los bozales quieres decir? ¡Qué horror! exclamó doña Rosa, llevándoseambas manos a la cabeza.

—Pues es claro, continuó Gamboa imperturbable. ¿Tú no ves que porsalvar 80 ó 100 fardos iba a exponer su libertad el Capitán, la de lamarinería y la del resto del cargamento, que era triple mayor ennúmero? El obró arreglado a sus instrucciones: salvar el barco y lospapeles a toda costa. Además, había que despejar el puente y aligerar,como te he dicho. No había tiempo que perder. ¡Pues no faltaba otracosa! Eso sí, dice Carricarte, y yo lo creo, porque él es mozo honrado ya carta cabal, que en la hora del mayor peligro sólo tenía sobrecubierta los muy enfermos, los enclenques, aquéllos que de todos modosmorirían, mucho más pronto si los volvían al sollado donde estaban comosardinas, porque fue preciso clavar las escotillas.

—¡Las escotillas! repitió doña Rosa. Es decir, las tapas de la bodegadel buque. De manera que los de abajo a estas horas han muertosofocados. ¡Pobrecitos!

—¡Ca! dijo don Cándido con el más exquisito desprecio. Nada de eso,mujer. Sobre que voy creyendo que tú te has figurado que los sacos decarbón sienten y padecen como nosotros. No hay tal.

Vamos, dime, ¿cómoviven allá en su tierra? En cuevas o pantanos. Y ¿qué aire respiran enesos lugares? Ninguno, o aire mefítico. ¿Y sabes cómo vienen? Barajados,quiere decir, sentados uno dentro de las piernas de otro, en dos hilerassucesivas, cosa de dejar calle en el medio y poder pasarles el alimentoy el agua. Y no se mueren por eso. A casi todos hay que ponerlesgrillos, y a no pocos es fuerza meterlos en barras.

—¿Qué son barras, Cándido?

—¡Toma! ¿Ahora te desayunas? El cepo, mujer.

—No me quedaba que oír.

—A todo esto y mucho más da lugar la persecución arbitraria de losingleses. El único sentimiento de Carricarte ahora es que con el afán yla precipitación de limpiar el puente, echaron al agua los marineros unamuleque de 12 años, muy graciosa, que ya repetía palabras en español yque le dio el rey de Gotto a cambio de un cuñete de salchichas de Vich ydos muleques de 7

a 8 años que le regaló la reina del propio lugar porun pan de azúcar y una caja de té para su mesa privada.

—¡Ángeles de Dios! volvió a exclamar doña Rosa sin poder contenerse. Yreflexionando que acaso no estaban bautizados, añadió: de todos modos,esas almas...

—Y dale con creer que los fardos de África tienen alma y que sonángeles. Esas son blasfemias, Rosa; la interrumpió el marido conbrusquedad. Pues de ahí nace el error de ciertas gentes...

Cuando elmundo se persuada que los negros son animales y no hombres, entoncesacabará uno de los motivos que alegan los ingleses para perseguir latrata de África. Cosa semejante ocurre en España con el tabaco: prohíbensu tráfico, y los que viven de eso, cuando se ven apurados por loscarabineros, sueltan la carga y escapan con el pellejo y el caballo.¿Crees tú que el tabaco tiene alma? Hazte cuenta que no hay diferenciaentre un tercio y un negro, al menos en cuanto a sentir.

No había similitud ninguna en el ejemplo aducido, tampoco tiempo paradiscutir, porque en aquella sazón se presentó Tirso en la puerta delescritorio y dijo que el almuerzo estaba listo.

Eran las diez y media dela mañana; por donde se ve claro que la conversación de don Cándido consu mujer había durado largo tiempo; y, sin embargo, no le había dicholos medios de que pensaba valerse para arrancar el Veloz y la mayorparte de la carga, compuesta de seres humanos, diga él lo que quiera, delas garras de los testarudos ingleses.

CAPÍTULO VII

"Por lo cual deberían poner tasa los magistrados, a quien toca, ala codicia de los mercaderes, que ha introducido en Europa, y nomenos en estas Indias, caudalosísimos empleos de esclavos, en tantogrado, que se sustentan de irlos a traer de sus tierras, ya porengaño, ya por fuerza, como quien va a caza de conejos o perdices,y los trajinan de unos puertos a otros como holandas o cariseas."

FR. ALONSO DE SANDOVAL

Paseábase don Cándido Gamboa largo rato hacía en su escritorio, despuésde levantado el mantel del almuerzo, cuando entró su Mayordomo donMelitón Reventos. Venía con la cara hecha un ascua por el calor del día,las carreras desde temprano, y la satisfacción que experimentaba y quese le conocía por encima del pelo de la ropa. De modo que, advirtiéndoloel amo, paró los paseos, se quitó el tabaco de la boca y se apoyó deespaldas contra la carpeta, a fin de escuchar a sus anchas la relaciónde las diligencias practicadas en los baratillos y el puerto. Hasta doñaRosa, cuyo interés en el asunto cedía tan sólo ante el de su marido,acudió ganosa al escritorio; y entre los tres personajes tuvo lugar lasiguiente escena.

No venía, sin embargo, dispuesto don Melitón a satisfacer de plano laansiedad de sus señores. Creía, por el contrario, que acababa de venceruna gran dificultad, mas que había alcanzado una hazaña; y, como hombrede poco seso, se daba importancia inmerecida. Después de ir y venirarriba y abajo del escritorio recogiendo papeles, arreglando las plumasde ave en el tintero, abriendo y cerrando gavetas, se volvió para donCándido y su esposa, que seguían sus movimientos, no poco disgustados, ydijo:

—¡Qué calor! ¿eh?

Ninguno de sus oyentes le replicó palabra, y él continuó muy satisfecho:

—Vea Vd. en Gijón. Por este mismo tiempo empieza a soplar un airecillo,que ya... Es preciso abrigarse, so pena de coger un costipado...peroesta Isla se ha hecho para los negros. Bien pudo el señor don Cristóbalhaberla descubierto en otra parte, donde no hubiese tanto calor. Porque,pongo por caso, llega aquí un mozo de Castilla, o de Santander, llegarobusto, con unos cachetes que parecen dos cerezas, vamos, rozagante,fuerte como un toro, y en menos de seis meses, si escapa con vida delvómito,[36] se queda escueto y desmazalado por el resto de su vida. ¡Quétierra ésta! Sí, ¡digo a Vd. que es ésta mucha tierra!

En estos momentos sus ojos tropezaron con los de don Cándido y doña Rosaque le miraban de hito en hito, y, cual si volviera en su acuerdo,agregó en diferente tono: