Cecilia Valdes o la Loma del Angel by Cirilo Villaverde - HTML preview

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—¿Qué hay de mi ropa? ¿Lista?

—Casi concluida, señor don Leonardito.

—Lo temía, lo esperaba, replicó éste impaciente. Un zapatero remendóntiene más palabra que tú, Uribe.

—Pues ¿qué hora es, caballero Gamboa?

—Son las cuatro y más de la tarde; y me prometiste la ropa para ayertarde.

—Perdone el caballero, se la prometí para hoy a las siete de la noche.Es decir, concluida y planchada de un todo. Porque el caballero debeestar enterado que de mi taller no sale pieza sin todos sus periquitos yringo rangos. Cuente el caballero que este pobre sastre no posee otracosa que su reputación, como que viste, hace más de diez años, a lagrandeza de La Habana, y nadie podría decir en justicia que Francisco dePaula Uribe y Robirosa...

—¡Ah! ¡Maestro Uribe! ¡Maestro Uribe! volvió a interrumpirle el jovencon mayor impaciencia. El que no te conozca que te compre. Dale con lapalabra y vuelta con su reputación y pocas veces, si alguna, cumpliendocon exactitud.

Dejemos toda esta palabrería para otra ocasión y vamos alos hechos. Al fin ¿tendré la ropa esta noche, en tiempo para el baile ono? He aquí lo que importa saber.

—La tendrá el caballerito o pierdo el nombre que llevo. Por lo que tocaal chaleco, que es lo único que se hace fuera de casa, lo espero pormomentos. Apuradamente, está en manos de una pardita que se pinta solapara chalecos y es como el reloj. Ya que el caballero ha tenido labondad de honrar mi taller con su presencia, probaremos la casaca,aunque estoy cierto y seguro que el caballero va a confesar que tengobuen ojo, si no otra cosa. Le ruego que no repare en su estado presente,porque sé que para las personas que no son del arte aquí hay trabajo dedos días, cuando para un oficial experto sólo hay trabajo de dos horas.Si alguna vez se me atrasa la obra, no es por culpa mía, ni por falta deoficiales, sino porque me cae mucha de golpe. En el taller sólo tengocinco oficiales, fuera, en sus casas, cuantos quiero, aunque yo prefierotener mi gente siempre a la vista.

Por entonces, plantado Leonardo delante del espejo, se había despojadodel frac con la ayuda del sastre, y mientras le probaban el nuevo, creyóver reflejada en aquél la imagen de alguien que le miraba a hurtadillasdesde atrás de la puerta del comedor. Aunque le pasó por la mente quehabía visto aquella cara en alguna parte, de pronto no pudo recordardónde ni cuándo. En este esfuerzo de imaginación se quedó un ratopensativo, completamente abstraído. Por supuesto, durante ese tiempo novio lo que pasaba, no oyó ni entendió la charla del maestro Uribe.

Acertó a entrar en aquella sazón en la sastrería una muchacha de color,medio cubierta la cabeza en la manta de burato pardo oscuro, a lausanza persa. Dio las buenas tardes, y como si no hubiese reparado en loque allí se hacía, pasó de largo hacia el aposento, por detrás de lamesa de cortar. Pero Uribe la esperaba impaciente y la detuvo antes dealcanzar la puerta, preguntándole:

—¿Traes el chaleco, Nene?

—Sí, señor; contestó ella con voz muy suave y musical, deteniéndose ala cabeza de la mesa, en la cual depositó un lío pequeño que sacó dedebajo de la manta.

El nombre, lo mismo que la voz de la muchacha, sacaron a Leonardo de suabstracción; volvió a ella el rostro y le clavó la vista. Ambos sereconocieron desde luego, y cambiaron una mirada de inteligencia y unasonrisa de cariño, señales que por cierto no se escaparon a lapenetración de Uribe.—Aquí hay gato encerrado, pensó él. ¡Pobremuchacha! ¡la compadezco! ¡En qué garras has caído! Cuando menos ésta esla causa de las quemazones de sangre de Pimienta... Tiene razón,...Perono, debe ser por algo más de eso.

Después sacó el chaleco del pañuelo de seda en que estaba envuelto, ydándole éste a su dueño, añadió hablando con Gamboa.

—¿No se lo dije al caballero? Aquí tiene la prenda. La costurera valeun Potosí.

Era el chaleco de raso negro, sembrado de abejas color verde brillante,entretejidas en la tela. No se lo probó Leonardo, ni lo juzgó necesarioel sastre. Tampoco hubo desde allí tiempo para mucho, porque, cual porcita, acudió la mayor parte de los parroquianos de Uribe. Entre ellos,Fernando O'Reilly, hermano menor del conde de este nombre; elprimogénito de Filomeno, después Marqués de Aguas Claras; el secretarioo confidente del Conde de Peñalver; el joven Marqués de Villalta; elMayordomo del Conde de Lombillo; y uno que le decían Seiso Ferino,protegido por la opulenta familia de Valdés Herrera. Casi todos éstoshabían ordenado piezas de ropa para sí o para sus amos en la sastreríadel maestro Uribe, y, ya de paso para el Paseo de extramuros en suscarruajes, ya ex profeso, entraban en ella y se detenían el tiemponecesario para esa averiguación.

Al entrar el primero de los personajes arriba nombrados, le pusofamiliarmente la mano en el hombro a Leonardo, le llamó por este nombre,y le trató de tú por tú. Habían sido condiscípulos de Filosofía en elColegio de San Carlos desde 1827 a 1828, en cuya última fecha O'Reillyse había separado para ir a España y proseguir sus estudios hastarecibirse de abogado, como se recibió, tornando a los patrios lares sólounos pocos meses antes del día de que aquí hablamos, con el empleo deAlcalde Mayor. Después de dos años de ausencia, aquélla era la primeravez que se veían, no habiendo tenido Leonardo ocasión ni humor de ir asaludarlo, quizás porque, si bien antiguos condiscípulos, no habíadejado él de ser miembro de una familia la más orgullosa de La Habana,de la primera grandeza de España. Por otra parte, partió soltero yvolvió casado con una madrileña, motivo de más para que sus gustos yaficiones ahora fuesen muy distintos de lo que fueron cuando juntosconcurrían a oír las elocuentes lecciones del amable filósofo FranciscoJavier de la Cruz.

La ocasión de aquella afluencia de señores y sus criados no era otra queel baile de tabla que se celebraba por la noche del mismo día, en losaltos del palacio situado en la calle de San Ignacio esquina a la delTeniente Rey, alquilado para sus funciones por la Sociedad Filarmónica,en 1828. Desde los días del carnaval, a fines de febrero, en quecoincidieron los festejos públicos por el casamiento de la princesa deNápoles, doña María Cristina con Fernando VII de España, la Sociedadantes dicha no había vuelto a abrir sus salones. Ahora lo hacía comopara despedir el año de 1830, pues es sabido que la gente principal deLa Habana, única con derecho a concurrir a sus funciones, se marchaba alcampo desde principios de diciembre y no volvía a la ciudad sino hastamucho después de Reyes. En vísperas del sarao, la juventud de ambossexos acudía en tropel a los establecimientos de modas y novedades parahacerse de trajes nuevos, de adornos, joyas y guantes. Las sastreríascomo la de Federico, Turla y Uribe, que eran las favoritas; losalmacenes como los del «Palo Gordo» y de «Maravillas»; las joyerías comolas de Rozan y «La Llave de Oro»; las tiendas de modistas como la demadama Pitaux; las zapaterías como la de Baró, en la calle de O'Reilly yla de «Las Damas» en la calle de la Salud esquina a la de Manrique,extramuros de la ciudad, varios días anteriores al señalado para elbaile se veían asediados a mañana y tarde, por las señoritas y jóvenesmás distinguidos por su elegancia y el lujo de sus trajes. Las primeraspor esa época empezaban a usar los zapatos o escarpines de raso blancoa la China, con cintas para atarlos a la garganta del pie y mostrar lasmedias de seda caladas, siendo así que el vestido se llevaba sobre locorto. Los hombres usaban también escarpines de becerro con hebillita deoro al lado de fuera y calcetas de seda color de carne.

Con los caballeros, Uribe echó el resto de la cortesía y de laamabilidad, de que sabía revestirse cada vez que le convenía; con loscriados, aunque acudían en nombre de personas de elevada posición, fueseco y parco en demostraciones civiles.

Pero tuvo habilidad bastantepara dejarlos a todos contentos y satisfechos, como que nada le costabaprodigar promesas a diestro y a siniestro, que es moneda imaginaria conque se pagan la mayor parte de las deudas en sociedad. De esta maneracumplió exactamente con los que le hablaron gordo desde el principio; alos restantes dio un solemne chasco, sin perder por eso su patrocinio. Eidos todos, porque ninguno calentó asiento, se puso desde luego ahabilitar las piezas que se proponía concluir para aquella noche. Nodescuidó, por supuesto, la casaca verde invisible de Gamboa; quien,satisfecho de que no sería chasqueado de nuevo, cedió a las vivasinstancias de su amigo Fernando O'Reilly y le acompañó en el quitrín alpaseo, llamado por imitación del famoso de Madrid, el Prado.

Ocupaba éste, y ocupa en el día, el espacio de terreno que se dilatadesde la calzada del Monte hasta el arrecife de la Punta al Norte, almorir el glacis de los fosos de la ciudad por el lado del oeste.Cienfuegos extendió el paseo de la calzada del Monte hasta el Arsenalhacia el sur; pero jamás se ha usado como tal esa parte sino como calleAncha, cuyo nombre lleva. Entre las obras de adorno que tuvieron origenen el gobierno de don Luis de las Casas, se cuenta el nuevo Prado (elde que hablamos ahora). El Conde de Santa Clara concluyó la primerafuente que dejó en proyecto las Casas, y construyó otra más al norte;nos referimos a la de Neptuno en el promedio del Prado, y la de losLeones al extremo. Ambas se surtían de agua de la Zanja real, queatravesaba el paseo (y aún le atraviesa) por el frente del JardínBotánico, hoy estación principal del ferrocarril de La Habana a Güines,y por la orilla del foso iba a verter sus turbias aguas en el fondo delpuerto, al costado del Arsenal. Mucho después, al extremo meridional delPrado, donde estuvo originalmente la estatua en mármol de Carlos III,que don Miguel Tacón trasladó en 1835 a su paseo Militar, hizo construira su costa en 1837 el Conde de Villanueva la bella fuente de la India ode La Habana.

El nuevo Prado constaba de una milla de extensión, poco más o menos,formando un ángulo casi imperceptible de 80 grados, frente a laplazoleta donde se elevaba la fuente rústica de Neptuno. Le constituíancuatro hileras de árboles comunes del bosque de Cuba, algunos con laedad muy corpulentos, e impropios todos de alamedas. Por la calle delcentro, la más ancha, podían correr cuatro carruajes apareados; las doslaterales, más angostas, con unos pocos asientos de piedra, servían parala gente de a pie, hombres solamente, quienes en los días de gala ofiesta se formaban en filas interminables a lo largo del paseo.

La mayorparte de éstos, especialmente los domingos, se componían de mozosespañoles empleados en el comercio de pormenor de la ciudad, en lasoficinas del gobierno, en la marina de guerra y en el ejército, pues porsu calidad de solteros y por sus ocupaciones, no podían usar carruaje yvisitar el Prado en días comunes. Es de advertirse además, que a la horadel paseo, estaba prohibido atravesar siquiera el Prado en vehículo dealquiler; y si algún extranjero lo hacía por ignorancia de la regla oconsentimiento del sargento del piquete de dragones que daba allí laguardia, llamaba la atención y excitaba la risa general del público.

La juventud cubana o criolla tenía a menos concurrir al Prado a pie;sobre todo el confundirse con los españoles en las filas deespectadores domingueros. De suerte que allí tomaba parte activa en elpaseo sólo la gente principal: las mujeres invariablemente en quitrín,algunas personas de edad en volante y ciertos jóvenes de familias ricas,a caballo. Ninguna otra especie de carruaje se usaba entonces en LaHabana, a excepción del Obispo y del Capitán General que usaban coche.El recreo se reducía a girar en torno de la estatua de Carlos III y lafuente de Neptuno cuando la concurrencia era corta, que cuando eramucha, se extendía hasta la de los Leones u otro cualquier puntointermedio, donde el sargento del piquete calculaba que debía plantaruno de sus dragones, a fin de mantener el orden y de que se guardase ladebida distancia entre carruaje y carruaje.

Mientras mayor era laafluencia de éstos, menor era el paso a que se les permitía moverse; deque resultaba a menudo un ejercicio muy monótono, no desaprovechado enverdad por las señoritas, cuya diversión principal consistía en irreconociendo a sus amigos y conocidos, entre los espectadores de lascalles laterales, y saludarlos con el abanico entreabierto, de la maneragraciosa y elegante que sólo es dado a las habaneras.

Por fortuna la monotonía y la funérea gravedad de tan inocente recreo, aque las autoridades españolas daban el nombre arbitrario de orden,duraban lo que la presencia de los dragones del piquete en la avenidacentral del Prado, es decir, de las cinco a las seis de la tarde. Porquees cosa sabida que, unas veces con la punta de la lanza, otras avarazos, hacían que los caleseros guardasen el paso y la fila. Perodespués de saludar el pabellón español en las fortalezas del contorno,ceremonia previa para arriarlo, lo mismo que las señales del Morro,desfilaba el piquete por la orilla de la Zanja, en dirección de la calley cuartel de su nombre,

y

al

punto

empezaban

las

carreras,

el

verdaderoejercicio, la belleza y novedad de la diversión.

Espectáculo digno decontemplarse era, en efecto, entonces, el paseo en carruaje y a caballo,del nuevo Prado de La Habana, iluminado a medias por los últimos rayosde oro del sol poniente, que en las tardes de otoño o de invierno sedegradan en manojos de plata, antes de confundirse con el azul purísimode la bóveda celeste. Los caleseros expertos se aprovechaban con ganasde la ocasión que se les presentaba para hacer alarde de su habilidad ydestreza, no ya sólo en el regir de los caballos, en el girar violento ycaprichoso de los quitrines, sino en el tino con que los metían por lasestrechuras y la confusión, y los sacaban sin choque ni roce siquiera deunas ruedas con otras. Aún las tímidas señoritas, en el colmo delentusiasmo por el torbellino de las carreras y giros, arrebatadas en susconchas aéreas, con la acción y a veces con la palabra, animaban a losjinetes; con que unos y otros contribuían hasta donde más al peligro ygrandeza del espectáculo.

Poco

a

poco

desaparecía

la

vaporosa

luzcrepuscular; una polvareda sutil y cenicienta se elevaba remolinandohasta las primeras ramas de los copudos árboles y cubría todo el paseo;de manera que, cuando uno tras otro los quitrines, con su carga demujeres jóvenes y bellas, dejaban el estadio en vuelta de la ciudad o delos barrios extramuros, no creía menos el desapercibido espectador sinoque salían de las nubes, cual otras Venus, de la espuma de la mar.

En aquellos tiempos en que la Metrópolis creía que la ciencia degobernar las colonias se encerraba en plantar unos cuantos cañones debatería, se ideó la construcción de las murallas de La Habana, obra quese comenzó a principios del décimo séptimo siglo y se terminó casi alfinalizar el décimo octavo. Las tales murallas eran parte de unafortificación vasta y completa, así por el lado de tierra como por eldel mar o el puerto; no faltándole cuatro puertas hacia el campo,poternas hacia el agua, puentes levadizos, foso ancho y hondo,terraplenes, almacenes, estacadas, aspilleras, y baluartes almenados; demodo que la ciudad más populosa de la Isla quedaba de hecho convertidaen una inmensa ciudadela. Así existieron las cosas hasta la venida delmemorable don Miguel Tacón, quien abrió tres puertas más y sustituyólos puentes levadizos con puentes fijos de piedra. Pero en la época dela historia que vamos refiriendo, esto es, cuando sólo existían lascinco puertas originales, las tres del centro llamadas de Monserrate, dela Muralla y de Tierra, eran para el uso del público en carruaje, acaballo y a pie, y las de los extremos, denominadas de la Punta y de laTenaza estaban destinadas especialmente al tráfico. Por ellas, pues, seacarreaba el azúcar, el café y otros efectos pesados en el único mediode trasporte de entonces, a saber, las enormes primitivas carretas,tiradas por cachazudos bueyes. La guarnición de la plaza, numerosa enlos últimos tiempos, daba la guardia en las puertas y en las poternas,juntamente con el resguardo, constituido en todas ellas; pues nadie ninada entraba ni salía sin estar sujeto a un doble registro, todo segúnse acostumbra en las plazas sitiadas.

Después de entrado el carruaje en que iban O'Reilly y Gamboa, en elrastrillo interior, donde se hallaba la garita del resguardo, asomó, porla parte opuesta del puente levadizo, un caballo tan cargado de forrajeverde de maíz, a que llaman vulgarmente maloja, que no se veían másque los pies y la cabeza, la cual procuraba alzar cuanto podía, a causasin duda del demasiado peso. Sobre aquella montaña de hierba veníamontado a la mujeriega, mejor dicho, recostado a la grupa el conductor omalojero, mozo natural de Islas Canarias, vestido a la usanza de loscampesinos cubanos. El centinela español, que se paseaba entre las dospuertas con el fusil al brazo, miró primero hacia el puente, luego haciael rastrillo, y se plantó en medio de la vía en señal de que ambosdebían pararse, hasta que se resolviera cuál de los dos tenía que ciar odesviarse. Pararse el caballo del forraje equivaldría a obstruir elpaso; volverse en el estrecho puente era imposible sin exponerse a unacaída; en tanto que al carruaje le era fácil arrendar los caballos sobreel cuartel del cuerpo de guardia y dejar expedito el camino. A pesar desu natural torpeza, esto lo vio claro, desde luego, el centinela; asíque ordenó con la mano al malojero que se parase y avanzó a paso decarga al carruaje y gritó:—¡Atrás!

Pero orgulloso el calesero de la nobleza y autoridad de su amo,envanecido de los escudos de arma bordados en su librea, lo mismo que desus espuelas de plata, metal de que estaban sobrecargadas lasguarniciones, aún el mismo carruaje, en vez de obedecer la orden delcentinela, plantó los caballos delante de la puerta interior, y miró demedio lado a su amo. Venía éste muy embebecido contándole a Gamboa lospeligros que había corrido en su ascención al monte Etna en Sicilia, yhasta la parada repentina del carruaje no echó de ver que se habíapresentado un obstáculo. Naturalmente los ojos del amo se encontraroncon los del esclavo que le pedía órdenes:—¡Arrea! le dijo, y como sinada ocurriese, continuó la íntima conversación que traía con sucondiscípulo y amigo.

Moviéronse los caballos y entonces el centinela repitió la vozde:—¡Atrás! presentando la bayoneta a sus pechos; a cuya vistaO'Reilly, que era soberbio, se puso rojo de la indignación.

Medio seincorporó en el asiento, como para mostrar mejor la cruz roja deCalatrava que llevaba bordada en la solapa de la casaca, y gritó:—¡Cabode guardia! Y luego que éste se le presentó con la mano derecha abiertasobre la frente, agregó:—

¡Haga Vd. despejar el paso!

Informose el cabo en un instante de lo que pasaba, y aunque no conocíael sujeto que le había hablado, por el tono imperioso que usó y por lacruz roja, supuso que era un señor principal, jefe, o cosa parecida, yle contestó, siempre con la mano abierta, a la altura de la frente:—Elmalojero no puede retroceder.

—¿Cómo es eso? exclamó Fernando en el colmo de la cólera.

¿Sabe Vd. conquien habla? Llame al oficial de guardia.

—No hay para qué, repuso el cabo. Ya veremos modo de arreglarlo. No seincomode V. E.

—Haga ciar ese caballo de la maloja... Pronto.

A las voces, acudieron el oficial de guardia, que se entretenía en jugara los naipes con unos cuantos amigos, y los soldados de facción, loscuales esperaban órdenes sentados en un banco sin respaldo a la puertadel cuartel, mientras los demás dormían a pierna suelta en las tarimasfijas del interior. Aquel militar, que debíamos suponer más enterado queel cabo de la noción de lo justo y de lo injusto, no vio más sino que uncaballero cruzado no podía proseguir su paseo porque se lo impedía unpaisano con su caballo cargado de forraje. Así que dio la ordenperentoria de despejar el puente. Ejecutada en un dos por tres, el montede forraje verde quedó montado en la barandilla del puente levadizo,única cosa que ocurrió a los soldados hacederos en aquellacircunstancias. En efecto, así pudo pasar el carruaje, aunque llevándoseen el bocín del cubo parte de la maloja. Todo aquello sucedió tanrepentina como inesperadamente para el mozo conductor, que sólo tuvotiempo de echarse al suelo, no para resistir el atropello, sino para noser lanzado al foso.

Expresó su sorpresa con algunos juramentos, y suenojo con mudas demostraciones; mas nadie le hizo caso. Por elcontrario, temeroso de mayor violencia, se apresuró a descargar parte dela hierba, a fin de que el caballo pudiera enderezarse y seguir camino ala ciudad.

En saliendo de la cabeza del puente para coger el estrecho rastrillo dela estacada, había que orillar el foso por corto trecho, pasar porencima de la esclusa de la Zanja, parte de cuyas aguas se vertía enaquél, formando un charco de regulares dimensiones.

Pues en el borde delalto terraplén, en el instante en que hablamos, había un grupo dehombres y muchachos en observación de algo que ocurría abajo, en elcharco.

—¿Qué es ello? preguntó O'Reilly.

—No sé, contestó su amigo; supongo que gentes que se bañan.

Preguntado el calesero, informó a su amo sin titubear, que eran elmulato Polanco y el negro Tondá, célebres nadadores, riñendo azapatazos. En efecto, desnudos completamente, cual salvajes del África,zambullían, giraban bajo del agua, y luego procuraban hacerse daño,descargándose tremendos golpes con las piernas, al modo como dicen quehace el cocodrilo cuando ataca la presa. Esto llamaban en Cuba tirarzapatazos. Parece que el inmoral espectáculo se repetía a menudo,supuesto que el calesero de O'Reilly desde luego dijo los nombres de losbañistas y lo que hacían en el agua. El primero más de una vez habíaacometido a un tiburón en el puerto y le había rendido a puñaladas;además de excelente nadador el segundo, era bien conocido en toda laciudad por su valor heroico y actividad desplegada en la persecución delos malhechores de su propia raza, con autoridad especial del mismocapitán general don Francisco Dionisio Vives.

El fácil triunfo obtenido sobre el mozo del forraje en la puerta de laMuralla, había envalentonado al calesero, el cual quiso entrar en elpaseo por la orilla de la Zanja; pero se lo impidió el dragón con lanzaen ristre. A pesar de las protestas de O'Reilly, quien invocó sucarácter de Alcalde Mayor, hubo que dar la vuelta a la estatua de CarlosIII y esperar allí un claro para incorporarse en la fila. Este fue elprimer motivo de mortificación para tan orgulloso joven; el segundo leaguardaba en el punto donde la calle de San Rafael corta el Prado.Desembocaban por ella el coche del general Vives con su escolta de acaballo, todos a galope tendido; y mientras, para abrir campo, losdragones del piquete interrumpían el movimiento de los quitrines deambas filas, en el paseo, entre los cuales se hallaba el de O'Reilly;dos flanqueadores con sable desnudo detenían y arrollaban a los quepretendían entrar o salir por la puerta del Monserrate, antes que suexcelencia el Capitán General.

Probaba esto que había en La Habana alguien superior y más privilegiadoque un segundo génito de conde, aunque Grande de España de primeraclase. En la acepción recta de la palabra, no era demócrata Leonardo,mas le disgustó mucho el atropello del malojero y casi se alegró de lasmortificaciones que experimentó su amigo en el paseo, cual si hubiesenquerido humillarle el orgullo. Evidente, pues, aparecía que lasdistinciones sociales del país, sólo aprovechaban en todascircunstancias a la autoridad militar, ante la cual nobles y plebeyosdebían doblar la cerviz.

CAPÍTULO III

Y

al

compás

se

agitaban

mil

bellezas

Que

ropajes

fantásticos

vestían,

Y

a

cual

las

visiones

se

ofrecían

De un poeta oriental.

R. PALMA

Aquella noche[30] el teatro de la elegancia habanera sentó sus reales enla Sociedad Filarmónica. Brillaron allí con todo su esplendor el gusto yla finura de las señoras, lo mismo que el porte decente de loscaballeros. Además de los socios y convidados de costumbre, asistieronlos señores cónsules de las naciones extranjeras, los oficiales de laguarnición y de la real Marina, los ayudantes del Capitán General yalgunos otros personajes notables por su carácter y circunstancias, comofueron el hijo del célebre Mariscal Ney, que estaba viajando, y elcónsul de Holanda en Nueva York.

Hiciéronse notables los vestidos de tul bordados de plata y oro sobrefondo de raso blanco, por ser de última moda e iguales al que Mme.Minette hizo en París para la actual soberana de España. Las mangas deeste traje conocidas con el nombre de a la Cristina, eran cortas,abobadas y guarnecidas su parte inferior con encaje muy ancho. Tambiénse vieron otros de tul bordados con muchísima delicadeza, sobre fondoceleste. Llamaron así mismo la atención general los vestidos de tulsobre raso blanco con guarnición en puntas encontradas, adornadas éstasde encaje estrecho y mangas a la Cristina. Otros iguales a estosúltimos, pero con diferentes guarniciones, pudieron señalarse, sin quedejase de haber muchos más cuya elegancia y gusto en nada desmerecían delos ya descritos.

Los peinados armonizaban con los vestidos. Llevaban unas turbantesegipcios, otras plumas blancas puestas con mucho donaire; las más,jirafas de todos tamaños, adornadas con flores azules o blancas,guardando unión con el color del traje, y algunas tenían lazos de orograciosamente colocados. Era grandioso y bello el efecto que producía lareunión de tantas y tan hermosas lechuguinas. Animaba la concurrenciauna completa alegría, y rebosaba la sonrisa en los labios de todos.

Laetiqueta, que generalmente caracteriza a los bailes de la Sociedad, nose vio más que en los vestidos de las señoras y en los trajes de loshombres, los cuales lucieron a porfía sus recamados uniformes degentiles-hombres, de generales, de brigadieres, de coroneles, de altosempleados, Cadaval y Lemaur sus fajas rojas de seda, al paso que los queno poseían título ni condecoraciones se contentaron con la última modade París en semejantes reuniones.

Adornaba la testera principal de la sala el magnífico dosel, cuyo centroocupaba el retrato del rey Fernando VII. Los paños de la pared sosteníancuadros históricos y de las cornisas pendía una colgadura de damascoazul con pabellones blancos guarnecidos de vistosos flecos de seda,sostenida por adornos dorados y clavos romanos, de los cuales caían congracia cordones y borlones de seda. El cielo raso de la sala estabavestido de damasco del mismo color de la colgadura.

Cosa de las diez empezó el baile y a las once el salón principal estabacompletamente lleno. En los intermedios servían sorbetes y refrescos detodas clases en grandes bandejas de plata sostenidas por lacayos. Lasseñoras que preferían tomarlos fuera del salón tenían preparada paraeste efecto una sala alumbrada perfectamente, en donde estaba larepostería y criados prontos para servirlas; pero la política y laurbanidad de los socios y convidados les ahorró un trabajo que para loscaballeros se convierte en placer cuando se emplea en servicio de lasdamas.

La cena se principió entre doce y una de la madrugada, y consistía enpavo fiambre, jamón de Westfalia, queso, gigote excelente, ropa-vieja,dulces secos, conservas, vinos generosos de España y extranjeros,chocolate suculento, café y frutas de todos los países en comercio conla isla de Cuba. Y fue lo más notable que, compitiendo la esplendidez dela mesa con su pródiga abundancia, los manjares no costaban sino eltrabajo de pedirlos.

Puede afirmarse sin temor de ser desmentidos que la elegancia y labelleza de La Habana se habían dado cita aquella noche en la SociedadFilarmónica. Porque allí estaba la marquesa de Arcos, hija del famosomarqués Pedro Calvo, con Luisa, su hija mayor, entonces de quince añosde edad. Por ésta había improvisado Plácido aquellos versos que dicen:

Andaba

revoloteando

En

el

ambiente

exquisito,

Muerto

de

sed

un

mosquito,

Jugo

de

flores

buscando;

Llegó

a

tu

boca,

y

pensando

Que

era

una

rosa

o

clavel,

Introduciéndose

en

él,

Porque

allí

el

placer

le

encanta

Murió

en

tu

dulce

garganta,

Como en un vaso de miel.

Allí las hermanas Chacón, que merecieron por su hermosura figurar en elgran lienzo pintado por Vermay[31] para perpetuar la memoria de la misaque se celebró en la inauguración del Templete de la Plaza de Armas.Allí las Montalvo, de tipo teutónico, una de las cuales fue declaradareina de la belleza, cuando la corrida de cañas el año anterior, en laantigua plaza de Toros del Campo de Marte; allí la Arango, célebre porhaber contribuido a la evasión del poeta Heredia, y que después se casócon un Ayudante de campo del Capitán General Ricafort; allí las hermanasAceval, Venus de Milo en las formas, tan distinguidas por su talentocomo desdichadas por sus pasiones; allí las hermanas Alcázar, modelos deperfección, así por la simetría de sus menudas facciones, como por lasrosas de sus mejillas y el color negro de sus cabellos; allí las Junco ylas Lamar, de Matanzas, conocidas bajo el poético vocativo de las Ninfasdel Yumurí; allí las tres hermanas de Gamboa, las cuales ya hemos tenidoocasión de describir; allí la Topete, hija del Comandante general delApostadero de La Habana, que más adelante inspiró a Palma su inmortal« Quince de Agosto», allí la menor de las Gámez, Venus de Belvedere,cuyo cabello castaño, ondulante y copioso, llevaba suelto sembrado deestrellas de oro; allí, en fin, entre otras muchas que sería prolijoenumerar, Isabel Ilincheta, hija del que había sido asesor del CapitánGeneral Someruelos, quien poseía los rasgos principales del tipo severoy modesto celtíbero, a que debía su origen.

Como modelos de varonil belleza, entre los jóvenes concurrentes al bailede la Sociedad aquella noche, pudiera hacerse mención del Tenientecoronel de Lanceros del Rey, Rafael de la Torre, quien unos días despuésmurió estrellado contra las ruedas de los quitrines en el Paseo, juntoa la estatua de Carlos III, víctima de la fogosidad de su caballo;Bernardo Echeverría y O'Gabán, que en los días de gala gustaba vestir eluniforme de gentil-hombre de Cámara con entrada, por cuanto podía lucirlas bien hechas y rollizas piernas; Ramón Montalvo, en la flor de suedad, bello como un inglés de la más pura sangre; José Gastón, elverdadero Apolo de Cuba; Dionisio Mantilla, recién llegado de Francia,que venía hecho un cumplido parisiense; Diego Duarte, el feliz campeónde las corridas de cañas celebradas el año anterior, con motivo de lasnupcias de Fernando VII con María Cristina de Nápoles; varios oficialesde la marina y del ejército español en sus vistosos uniformes, máspropios de una parada que de un baile particular.

También contribuyó al lustre de la fiesta la presencia de algunosjóvenes que empezaban a distinguirse en el cultivo de las letras, asaber: Palma, que había sido uno de los competidores en la corrida decañas; Echeverría empleado en la Hacienda, que el año siguiente alcanzóel premio en el concurso poético abierto por la Comisión de Literatura,con objeto de celebrar el nacimiento de la Infanta de Castilla, Isabelde Borbón; Valdés Machuca, conocido por Desval en la república de lasletras; Policarpo Valdés, que se firmaba Polidoro; Anacleto Bermúdez,que solía publicar versos bajo el nombre de Delicio; Manuel Garay yHeredia, que imprimía sus versos en La Aurora de Matanzas; VélezHerrera, el autor del romance cubano Elvira de Oquendo; Delio, elcantor de las ruinas del Alhambra; Domingo André, joven abogado,elocuente y amable; Domingo del Monte, que introdujo el romance cubano,de variados conocimientos y muy distinguido porte.

Diego Meneses, Francisco Solfa, Leonardo Gamboa y otros varios, quetambién se hallaban en el baile, si se exceptúan el segundo que era dadoa los estudios filosóficos, y el tercero que entraba ya en la claserica, no se hacían notables por su talento, aunque los tres solíanescribir en los periódicos literarios; y el último pasaba, además, pormozo de buen parecer y varoniles formas. Los literatos, mejor dicho, losaficionados a las letras, sobre todo los que cultivaban la poesía,empezaban a tener entrada con la gente que podía tenerse por noble enCuba, o que aspiraba, por su caudal, a la nobleza y alternaba con ella.Mostraban al menos distinción por ellos algunas familias tituladas de LaHabana y los atraían a sus fiestas y reuniones, entre otras, porejemplo, los condes de Fernandina, los de Casa Bayona, los de CasaPeñalver, los marqueses de Montehermoso y los de Arco. Dichas fiestas yreuniones en los días de pascuas de navidad se trasladaban a loslindísimos cafetales de San Antonio, de Alquízar, de San Andrés y de laArtemisa, que pertenecían a la gente rica.

No se presentaron en los salones de la Sociedad nuestros amigos Gamboa,Meneses y Solfa, sino hasta cerca de las once de la noche. Durante lasprimeras horas habían estado visitando los bailes de la feria del Ángel,el de Farruco y el de Brito, sin olvidar la cuna de la gente de color,en la calle del Empedrado, entre Compostela y Aguacate. En ninguno deesos sitios habían tomado ellos parte activa, si se exceptúa el primero,quien al juego del monte perdió en un instante las dos onzas de oro queaquella misma tarde le había metido su madre en el bolsillo del chaleco.No conocía el valor del dinero, ni jugaba por amor a la ganancia, sinopor el placer de la excitación del momento; pero sucedió que los bailesno le prestaron atractivo ninguno, desertados de las muchachas bonitas;que no logró ver a Cecilia Valdés en la ventana de la casa, ni en la cuna, cosas todas que se conspiraron para ponerle de malísimo humor.Para remate de desdichas, cuando perdidoso y disgustado volvía con susamigos en busca del quitrín, que había dejado apostado en la calle delAguacate al abrigo de las altas paredes del convento de Santa Catalina,descubrió que no estaba allí, ni fue posible encontrarle sino media horadespués y en punto opuesto y distante.

Por otra parte, preguntado el calesero sobre el motivo que le indujo adesobedecer una orden terminante de su joven amo, dio al principiorespuestas evasivas, y al fin, apretado, dijo que un desconocido, mediocubierto el rostro con un pañuelo, le había forzado a abandonar elpuesto y fingir que se volvía a casa, valiéndose de amenazas terribles.No parecía creíble el cuento: hubo empero que aceptarlo como bueno yverídico; lo que, si cabe, aumentó el mal humor de Leonardo, porque encaso de ser cierta la relación del calesero, ¿quién podía ser esesujeto, ni qué interés tener en que el carruaje aguardase en una u otraesquina de la calle? ¿Por qué emplear amenazas? ¿Qué autoridad teníapara ello? Aponte no pudo decir si el desconocido era militar o paisano,comisario de barrio o magistrado, hombre blanco o de color. Tal vez eraun inesperado y desconocido rival que de aquel modo se preparaba adisputarle el cariño de Cecilia Valdés.

Corroboraba tan desagradable sospecha, el hecho de que ni ella, ni suamiga Nemesia se habían presentado en parte alguna de la feria delÁngel. Además de eso, la circunstancia de no haber abierto la ventana,aún cuando Gamboa hizo la señal convenida pasando la punta del bastónpor los pocos balaustres que aún le quedaban, casi no dejaba duda de quealgo extraordinario había ocurrido en el humilde y oscuro hogar.

Mas sea de esto lo que se fuere, que no hay tiempo de verificarlo ahora,Leonardo Gamboa entró en el baile de la Filarmónica preocupado y de muymal talante. Armada sin embargo la danza, en la sala principal y elaposento del palacio, bastante espaciosos por cierto, según dice elpoeta:

Una noche por fin: entre cristales

La luz reverberaba en los salones;

Y la sangre inflamaba con sus sones,

La danza tropical;

no pudo nuestro héroe sustraerse a su arrobadora influencia.

Laorquesta, que dirigía el célebre violinista Ulpiano, ocupaba elanchísimo corredor sobre la mano izquierda, como se sube de la regiaescalera de piedra oscura. Luego, a la derecha, estaba la puerta delsalón, enfrente de otra que daba sobre los más amplios balcones, queformaban los portales llamados del Rosario.

Dejados los sombreros y losbastones en manos de un lacayo negro, a la puerta de un cuartoentresuelo que abría al descanso de la escalera de doble tramo, ytendiendo la vista por el soberbio salón, que podía tener «la carrera deun caballo», si se nos permite la exageración, descubrieron losestudiantes que las animadas parejas le llenaban de extremo a extremo.Recibían los hombres de espalda, y las mujeres de frente, mientrasesperaban su turno para hacer cedazo, el aire fresco de la media noche,que entraba por las puertas y ventanas abiertas de par en par.

Como hemos dicho antes, allí se hallaba reunido lo más granado y floridode la juventud cubana de ambos sexos, entregada, por el momento almenos, con alma y cuerpo a su diversión favorita. Y a la luzdeslumbrante de las arañas de cristal, en olas de una música tanplañidera como voluptuosa, pues que procede del corazón de un puebloesclavizado, al través de la nube sutil de polvo que levantaban losbailarines con los pies, las mujeres parecían más hermosas, los hombresmás bizarros. ¿Podía, pues, entregarse el ánimo de la juventud a otrospensamientos que los que le sugerían los halagadores objetos que teníadelante? No es posible.

Gamboa se ocupó, desde luego, en buscar compañera para tomar parte en elbaile, aunque no le gustaba mucho; pero Meneses, que rara vez bailaba, ySolfa, que no bailaba nunca, se quedaron de espectadores en el medio delsalón, observando el último, con sonrisa amarga, que mientras aquellaloca juventud gozaba a sus anchas de los placeres del momento, el másestúpido y brutal de los reyes de España parecía contemplarla con airede profundo desprecio desde el dorado dosel donde se veía pintada suimagen odiosa.

Andando con algún trabajo entre las apiñadas filas de espectadores ybailarines, tropezó Gamboa con la más joven de las señoritas Gámez, cuyoretrato hemos hecho arriba a vuela pluma, en lo más empeñado de ladanza. Por todo saludo, sin dejar de girar, como una sílfide, en brazosde su pareja, le dijo ella antes con los ojos que con la lengua:—Ahíestá Isabel.

—¿Bailando? preguntó el joven.

—¡Qué bailar! Esperando por Vd.

—¿Por mí? Qué descanso el suyo. Pues por un tris no vengo al baile estanoche.

En efecto, aquella señorita se hallaba a la sazón en toda aparienciacomiendo pavo, según reza la frase vulgar en Cuba, es decir, sentada ala izquierda, cerca de la puerta del aposento entre una señora demediana edad y el culto abogado Domingo André, con quien sosteníaanimada conversación. No obstante su natural despreocupación, sintióGamboa un arranque de celos que le fue imposible reprimir, no ya porqueestuviese de veras enamorado, sino porque el caballero en cuya compañíala encontraba, era asaz galán y sabía insinuarse en el ánimo de lasmujeres discretas. De paso debemos decir, sin embargo, que el norte delas galanterías de André por aquella época, se dirigían a otra beldadmuy distinta de Isabel Ilincheta, la misma que perdió por tímido y queganó por osado el literato dominicano Domingo del Monte, si no estamosmuy equivocados, en la noche de que estamos hablando. Por lo que hace aIsabel, recibió a Leonardo con una sonrisa adorable, lo cual, lejos detranquilizarle, fue parte a causarle mayor desazón. Cambiados lossaludos de costumbre, pues la compañera de Isabel, madre de las Gámez,era amiga del joven estudiante, lo mismo que André, en prueba de que notenía nada de coqueta, tampoco de vengativa, dijo muy risueña:

—Decía a este caballero poco hace, que tenía comprometida esta danza, yno me quiere creer.

—Es que Vd. no ha bailado ninguna todavía, que yo sepa, repuso André.

—Cierto que dos se han bailado solamente, replicó Isabel sin cortarse,pero hasta ahora que se baila la tercera, no ha venido Vd. a invitarme.

—Lo que quiere decir en sustancia, continuó André, que he llegado enhora menguada. ¡Cómo ha de ser!

—Esta señorita tiene razón, interpuso Leonardo repuesto de su embarazo.Por compromiso anterior, en cualquier baile donde nos encontremos, mereserva ella la tercera danza. No he podido llegar, pues, a mejor horasegún veo. Por eso se dice que más vale llegar a tiempo que rondar unaño.

—Ya, exclamó el galante abogado, el caso es que con las buenas mozaspocos somos los que llegamos a tiempo.

André saludó y fue a formar coro a las dos hijas del potentado Aldama,de las cuales la menor, de nombre Lola, cedía a muy pocas aquella nochela palma codiciada de la belleza. Entretanto Leonardo e Isabel, cogidospor la mano, se metieron en las filas de la danza, no distante de lacabecera, mediante el favor de amigos mutuos, que, aunque llegarontarde, no les dejaron incorporarse a la cola, como era de rigor. Lacubana danza sin duda que se inventó para hacerse la corte losenamorados. En sí el baile es muy sencillo, los movimientos cómodos yfáciles, siendo su objeto primordial la aproximación de los sexos, en unpaís donde las costumbres moriscas tienden a su separación; en unapalabra, la comunión de las almas. Porque el caballero lleva a la damacasi siempre como en vilo, pues que mientras con el brazo derecho larodea el talle, con la mano izquierda la comprime la suya blandamente.No es aquello bailar, puesto que el cuerpo sigue meramente los compases;es mecerse como en sueños, al son de una música gemidora y voluptuosa,es conversar íntimamente dos personas queridas, es acariciarse dos seresque se atraen mutuamente, y que el tiempo, el espacio, el estado, lacostumbre ha mantenido alejados. El estilo es el hombre, ha dichoalguien oportunamente; el baile es un pueblo, decimos nosotros, y no hayninguno como la danza que pinte más al vivo el carácter, los hábitos, elestado social y político de los cubanos, ni que esté en más armonía conel clima de la Isla.

La noche en cuestión lucía Isabel Ilincheta a maravilla las graciasnaturales de que la había dotado el cielo. Era alta, bien formada,esbelta, y vestía elegantemente, conque siendo muy discreta y amable,está dicho que debía llamar la atención de la gente culta. Hasta lasuave palidez de su rostro, la expresión lánguida de sus claros ojos yfinos labios, contribuía a hacer atractiva a una joven que, por otraparte, no tenía nada de hermosa. Su encanto consistía en su palabra y ensus modos.

Entraba en la pubertad cuando perdió a su madre, y paraeducarla, lo mismo que para libertarla de los peligros del mundo, supadre la puso al cuidado de las religiosas Ursulinas, venidas de NuevaOrleans y establecidas en su convento de puerta de Tierra desdeprincipios de este siglo. Después de un pupilaje de más de cuatro años,en que recibió una educación antes religiosa que erudita y completa, seretiró al campo, en el cafetal de su padre, cerca de la población deAlquízar, junto con su hermana menor, Rosa y una tía, viuda de uncirujano de marina, de nombre Bohorques. Este individuo había hechovarios viajes a la costa de África en las expediciones despachadas porcuenta de la sociedad de Gamboa y Blanco. Contrajo de esas resultas unaenfermedad terrible, murió en la travesía y le arrojaron al agua, cualotros muchos de los infelices salvajes a quienes había ayudado a plagiarde su nativo suelo. En más de una ocasión fue la viuda, con tal motivo,el objeto de la munificencia de don Cándido Gamboa. Leonardo la visitóen el cafetal de Alquízar, y no pudo menos de enamorarse de la sobrina,cuya modestia y gracias realzaban su clara inteligencia y finadiscreción.

No había nada de redondez femenil, y, por supuesto, ni de voluptuosidad,ya lo hemos indicado, en las formas de Isabel. Y

la razón era obvia: elejercicio a caballo, su diversión favorita en el campo; el nadarfrecuentemente en el río de San Andrés y en el de San Juan de Contreras,donde todos los años pasaba la temporada de baños; las caminatas casidiarias en el cafetal de su padre y en los de los vecinos, su exposiciónfrecuente a las intemperies por gusto y por razón de su vida activa,habían robustecido y desarrollado su constitución física al punto dehacerle perder las formas suaves y redondas de las jóvenes de su edad yestado. Para que nada faltase al aire varonil y resuelto de su persona,debe añadirse que sombreaba su boca expresiva un bozo oscuro y sedoso,al cual sólo faltaba una tonsura frecuente para convertirse en bigotenegro y poblado. Tras ese bozo asomaban a veces unos dientes blancos,chicos y parejos, y he aquí lo que constituía la magia de la sonrisa deIsabel.

No debe extrañarse que, siendo Leonardo un tanto descreído y despegado,sintiese pasión por una joven tal como la que acaba de describirse.Entraba él por las puertas doradas de la vida. A pesar de susconnotaciones y de su riqueza, no había tenido aún trato con las mujeresde su esfera y educación, ni había empezado a buscar en ellas tampoco lacompañera futura de su vida. La aspereza suya no era sino externa,estaba en sus maneras bruscas, porque allá en el fondo de su pecho, comohabrá ocasión de observarlo, había raudal inagotable de generosidad,ternura de sentimientos. Dios, por dicha, no le había negado lacapacidad de amar, sólo que las mujeres con quienes hasta allí habíatropezado, o habían cedido a la fogosidad de sus afectos, a laintrepidez de sus pocos años, o a la influencia de su lluvia de oro.Ninguno de estos móviles podía tener ascendiente en el ánimo de unajoven rica, bien educada, modesta y virtuosa como Isabel Ilincheta.Atraído Leonardo primero por sus prendas físicas, seducido después porsus relevantes dotes morales, comprendió desde luego que para ganar suafecto fuerza era tocar su corazón, hablar a su entendimiento. Por otraparte, aquella mujer que se presentaba a los ojos de Leonardo bajo unnuevo aspecto, habitaba el trasunto del paraíso terrenal cuando la viopor la primera vez.

Si podemos prescindir del esclavo y de sus padecimientos, que son, sinembargo, más llevaderos en los cafetales, se convendrá en que Isabel, suhermana Rosa, su tía doña Juana, su padre y criados, llevaban una vidade paz y quietud, lejos del bullicio de la ciudad, rodeados de olorosasflores, de los cafetos y naranjos siempre verdes, de las airosas palmas,del clásico plátano, embebecidos con el canto perenne de las aves y elsusurro melancólico de la brisa en los campos de Cuba. Hasta la estaciónde los aguinaldos y de los azahares, en que Leonardo conoció a Isabel,contribuyó a rodearla de encanto a sus ojos y a despertar en su pechoalgo que no había sentido nunca a los 21

años de su vida: el amor.

CAPÍTULO IV

Princesa.—Su

nombre

al

menos,

Rey.—Nunca, nunca, nunca.

Sueños de amor y ambición.

El callejón de la Bomba, como el de San Juan de Dios, que parece ser sucontinuación, se compone de dos cuadras. Es, si cabe, más estrecho,hondo y húmedo, aún cuando sus casas son en general más amplias. En unade éstas, inmediato a la calle del Aguacate, vivía Nemesia Pimienta consu hermano José Dolores, ocupando dos cuartos seguidos, cuyo mueblaje sereducía a un par de sillas, un columpio, una mesita de pino y un catrede viento, que se abría de noche y se cerraba de día, a fin de despejarel campo.

Anochecido ya, Nemesia salió de la sastrería de Uribe y se encaminó apaso menudo hacia el barrio del Ángel. Prefirió para ello la calle delAguacate, que si bien más solitaria y oscura, por la ausencia deestablecimientos públicos, conducía derecho a dos puntos en donde depaso quería detenerse. Cuando llegó a las cuatro esquinas formadas porla calle de O'Reilly y la traviesa que llevaba, se detuvo un breve rato,pensativa e indecisa. Miró primero atrás, luego a su derecha, despuésadelante, fijando la mirada en la ventanilla de la casucha inmediata ala taberna de la izquierda, aunque por estar en línea paralela a laobservadora, sólo se distinguían las molduras de los balaustres quesobresalían un poco del plano de la pared. Difícil era, pues, saber sihabía o no persona asomada allí o a la puerta. En consecuencia, lamulata se trasladó a la esquina de abajo y dio un silbido peculiar muyagudo, haciendo pasar el viento con fuerza por entre los dientes delmedio de la mandíbula superior.

Algunos segundos después vio asomar por los balaustres de la ventana uncanto de la cortina blanca; pero al acudir al reclamo, notó quedescendía del terraplén del convento un caballero a paso largo, que sedirigía derecho al punto objetivo de sus miradas. Estúvose a observar loque pasaba. ¿Quién sería ese sujeto? ¿Quién le aguardaba en aquellacasa? Vestía de frac oscuro, pantalón claro y sombrero de ala angosta ycopa desproporcionadamente ancha, sobresaliéndole por detrás el cuelloblanco y recto de la camisa. No era joven, ni anciano, sino de medianaedad. A pesar de la oscuridad, todo eso lo pudo notar Nemesia a la cortadistancia a que se encontraba, que no excedía de treinta pasos. Suporte, sus movimientos acompasados y firmes, no podían confundirse conlos de un mozalbete ni de un viejo.

Se dirigió, sin embargo, con aparente cautela al punto donde se veía elcanto de la cortina blanca, sostuvo un breve diálogo con la persona quese hallaba oculta detrás de sus pliegues, y entonces, a paso largosiguió al abrigo de las altas paredes del convento, la vuelta de laPunta. Nemesia le perdió bien pronto de vista en la oscuridad; pero nole quedó duda de que le esperaba un carruaje a mediados de la cuadra,porque oyó distintamente el ruido de las ruedas en las piedras de lacalle, corriendo en sentido opuesto a aquél en que ella estaba, yfavorable al que seguía el desconocido.

Aguijada por la curiosidad, volvió la muchacha a silbar como lo habíahecho antes; le contestaron desde la ventanilla moviendo la cortinablanca, y acudió al punto; pero en vez de su querida amiga Cecilia,sólo encontró a la abuela. ¿Cuál de las dos mujeres había recibido yhablado con el caballero del frac oscuro y el sombrero de copa abultada?Nuevo motivo de curiosidad y de mayor confusión.

—¡Ah! ¿Era Vd., Chepilla? exclamó Nemesia.

—Entra, le dijo ésta, pasando a la puerta y quitando con la punta delpie la media bala que la aseguraba.

No se hizo de rogar la muchacha. Parecía seria y desazonada la abuela; yla nieta, sentada en un rincón, con el traje flojo, el aspectodesaliñado, la cabeza doblada sobre el pecho, los brazos extendidos ylos dedos cruzados en la falda, era viva imagen del abatimiento y de ladesesperación.

—Entra, hija mía. Seas bienvenida, repitió Chepilla. Entra y siéntate;hazme el favor de sentarte, añadió notando que la moza se mantenía enpie, como azorada y confusa.

—Ya es tarde y estoy de prisa, repuso ésta dejándose caer maquinalmenteen la butaca de cuero delante del nicho en que se veneraba la imagen dela Dolorosa.

Iba Chepilla a repetir la instancia, pero visto que la recién llegada sesentaba sin más demora, se quedó parada entre ella y su nieta.

—Decía, agregó Nemesia a poco rato, que es tarde y venía de prisa. Fuia llevar unas costuras al taller de señó Uribe, y me se ha hecho denoche. Porque resulta que Clarita su mujer es muy conservadora, ydespués quiso que la ayudara a cerrar la saya de un túnico que estáhaciendo para la Nochebuena chiquita.[32] José Dolores debe de estaresperándome. El salió del taller mucho antes que yo, pues tenía quetocar en la salve del Santo Ángel Custodio. Por cierto que ha habidomucha gente de fuste esta tarde en la sastrería, todos a buscar ropapara un baile en la Filarmónica, y para las Pascuas de Navidad. A señó Uribe hay que hacerle el encargo con tiempo. Bien que el trabajo lellueve.

Todos dicen que está haciendo mucho dinero, pero es másgastador... Mas ahora que me acuerdo, ¿qué sucede por acá?

Parecen Vds.,muy atribuladas, dijo Nemesia notando que ninguna de las dos mujeres leprestaba atención.

Suspiró Cecilia únicamente y la abuela dijo:

—No es cosa lo que sucede; sólo que esta muchacha (señalando para lanieta con un movimiento de los labios) parece poseída... ¡Dios nosasista! (y se persignó). Iba a decir un disparate. Quiero que seas eljuez y la consejera en este caso, aunque tú puedes ser dos veces mihija. Por eso te he hecho entrar. Vamos, dime, hija mía, ¿qué harías túsi tu protector, tu amigo constante, tu único apoyo en el mundo, como sidijéramos, tu mismo padre, que es verdaderamente un padre para nosotraspobres, desvalidas mujeres, sin otro amparo bajo el cielo, ¿qué haríastú si te aconsejaba, vamos, si te prohibía el que hicieras una cosa? Di,¿tú lo harías? ¿Tú le desobedecerías?

—Mamita, saltó y dijo Cecilia sin poder contenerse; su merced no hapintado el caso como es.

—Cállate, replicó la abuela con imperio. Deja que Nemesia conteste.

—Pero su merced parte de un principio equivocado, y Nene no puedecontestar derecho, aunque quiera. Su merced dice que nuestro amigo,nuestro protector, nuestro apoyo y qué sé yo qué más, ha rogado y haprohibido que hagan y deshagan. Y en primer lugar, la persona a que sumerced se refiere, no creo que es nada de lo que su merced dice paranosotras, al menos para mí. En segundo lugar, por más que me devano lossesos, no veo la razón ni el derecho que tenga para meterse en mis cosasy ver si salgo, o si entro, si me río o si lloro... Voy a acabar,agregó Cecilia de pronto, advirtiendo que la abuela iba a cortarle lapalabra. Sobre todo, su merced no tenía para qué haberme rompido eltúnico de punto de ilusión y la peineta de teja, sólo por darle gusto aun viejo que me tiene ojeriza, y está celoso porque yo no lo quiero nilo querré nunca, así...

—No creas nada de lo que dice esa chica, la interrumpió la anciana.

—¿Pues no me rompió su merced el túnico y la peineta? ¿Por culpa dequién fue? ¿No fue por culpa de ese viejo narizón que Dios...?

—Calla, calla, le atajó la abuela. No blasfemes después de haberrabiado, porque creeré que estás en pecado mortal. Si se rompió el vuelodel vestido ¿no fue porque te propusiste ponértelo contra mi expresavoluntad? ¿Quién tuvo la culpa de que se cayera y se quebrara lapeineta? Tú, nadie más que tú, porque si no tuvieras esos actos desoberbia, nada de eso hubiera sucedido. Sí, sí, es preciso que teconfieses, es preciso que hagas penitencia, que te arrepientas de tuspecados y que te enmiendes.

Estás en pecado mortal, y si sigues así vasa parar en mal. Hay que poner remedio a esto en tiempo.

—¡Esa sí que está mejor! continuó Cecilia a pesar de los ojos que leechaba la abuela. Nunca había oído decir que era pecado no querer aquien no le gusta a uno.

—¿Y quién te dice que le quieras, espiritada? exclamó la Chepilla convehemencia. ¿El te enamora acaso? El pecado consiste en no agradecer losfavores que nos hacen y en morder la mano que nos acaricia.

—Vamos a ver, ¿cuáles son los favores de que habla su merced? ¿Lamesada que nos pasa? ¿Los regalos que me hace de Corpus a San Juan? Diosy él sólo saben el motivo que le guía.

¿No es extraño, muy extraño, quesea tan generoso con nosotras, pobres mujeres de color, un hombreblanco y rico que no es nada de su merced, ni mío tampoco?

—¿Y vuelta, Cecilia? No prosigas ni ensartes más disparates.

El enemigomalo únicamente pudiera inspirarte unas ideas tan contrarias a lahumildad y a la caridad cristianas. ¿Cómo puede ser buena hija, buenaesposa, buena madre, ni buena amiga, la mujer que no agradece favores nipaga beneficios? Por pequeños que sean (que no lo son) los favores quenos hace el caballero dicho, nuestro deber es agradecérselos, ya que nopodemos otra cosa. Es grave pecado pagar bien con mal. Tus murmuracionesy tu ingratitud nos van a costar muy caro.

—No sé cómo su merced entiende mi conducta con él. Apenas le conozco.Ni le doy ni le quito; lo que no quiero es que me mande y se meta en miscosas.

—Es que tú tampoco parece que lo entiendes a él. Si desea que no hagasesto o aquello, ¿es por su bien o por tu bien? Si aprueba o desapruebaalgo de lo que tú dices o haces, ¿qué mejor prueba puede darse de sucariño para contigo, y de su buen corazón?

Figúrate, Nemesia, que elindividuo de que hablamos (bueno es que tú lo sepas) es una dama en sutrato, y su generosidad para nosotras tan grande como desinteresada, ydebe dolerle muchísimo...

—¿Desinteresada? repitió Cecilia. He ahí lo que no puedo...

—No me interrumpas, niña; estoy hablando con Nemesia. Nos da cuantonecesitamos y muchas cosas que apetecemos. Apenas le indico un deseo deesta niña, cuando se apresura a complacerla. Di que no. Preciso es queno tengas conciencia si lo niegas.

—Y no lo niego. Todo eso es muy cierto, pero ¿por qué lo hace?

—Lo mejor de todo, prosiguió la Chepilla, es que de mí no exige nada, yde ti no espera otra cosa que cariño, gratitud, y...

respeto.

—Hete aquí la que me mata, saltó otra vez Cecilia con vehemencia.¿Sabes tú, Nene, de alguna persona que dé palos de balde? Yo no laconozco. Que no exija nada de mamita, se comprende; pero que espere demí sólo cariño, gratitud y respeto, como dice ella, eso que lo crean lostontos. Tú sabes de quién hablamos. ¿No es así? Pues bien, el tal no sepuede tener en rigor por viejo. Le sobra el dinero y ha sido toda suvida, según dice mamita, un correntón y enamorado como hay pocos. Hastaayer, como quien dice, según me ha contado mamita, a pesar de ser casadoy con hijos, mantenía mujeres, con preferencia las de color. Ha perdidomás muchachas que pelos tiene en su cabeza; y mamita parece empeñada enhacerme creer que su generosidad conmigo es inocente y desinteresada.Quien no lo conozca que lo compre.

—Hablas por hablar, niña, dijo la abuela al cabo de un largo espacio demeditación y de silencio. Nada de lo que has dicho viene al caso, ni setrata de eso tampoco. Se trata de que tú no le complaces, ni le tienesvoluntad a una persona que es tan buena contigo y sólo le lleva el bienque te puede resultar de que hagas o no hagas ciertas cosas. Verbigratia: ¿por qué habías de salir esta noche si él no quería quesalieras? Cuando él se oponía, algún motivo tenía. Ese motivo no puedeser otro que tu bien.

Considera, Nene, agregó la anciana en tono másblando, que poco antes de llegar tú estuvo aquí el buen señor... Noentró.

¡Qué! El nunca entra. Lo primero que hizo fue preguntar porCecilia. Siempre pregunta y se ocupa mucho de ella, por supuestodesinteresadamente; quiero decir, sin otra mira que la de saber cómo vade salud. Tú lo sabes, Nemesia; al menos me lo has oído decir muchasveces... Estuvo por la ventana... Sólo un momento. Luego que preguntópor la salud de Cecilia, como te he dicho, con mucho interés, con elinterés de un... Así que le dije que ella se preparaba para ir a la cuna del Ángel, me dijo muy agitado, sí, muy agitado, se le conocía,porque hasta le temblaba la voz:—No la deje ir, seña Chepa, no ladeje ir, deténgala; esa chica busca su perdición... (Ese es su modo dehablar). No la deje ir, deténgala, en otra ocasión le explicaré lo quepasa. Luego se fue, arrimadito a la pared como si temiera de que loviesen. Al irse me puso una onza de oro en la mano para zapatos paraCecilia. ¿Puede darse mayor generosidad ni nobleza de alma? ¿Estaráenamorada una persona que siempre obra así? Vamos. Di. ¿Ves en estointerés malicioso, celos mundanos, amor? ¿De esa manera enamoran loshombres de su edad hoy en día? Bien, ¿qué te parece, Nemesia? ¿Quéopinas?

—Yo, en verdad, contestó Nemesia, consultando con la vista el semblantede su amiga, no sé qué decir, ni me atrevo a dar una opinión franca. Sinembargo, añadió luego más animada: yo que Cecilia me reía de todo eso,en vez de ponerme brava. Si el hombre estaba enamorado de veras, porquelo estaba, y si no para burlarse de él y que me pagase por todo lo maloque me hicieran los demás. A mí no me importaría un comino que uno comoése me hiciera la rueda y me celara a todas horas; mientras me dabadinero, le pagaba con sonrisas. Y no se diga que yo procedía mal, nicometía un pecado, porque los hombres son todos falsos, fingen amorcuando no lo sienten, y tienen tantas tretas que es difícil conocercuando quieren de verdad y cuando se proponen engañar a las pobresmujeres. Piensa mal y acertarás, dice el proverbio. ¿Qué daño te puederesultar tampoco, Celia, de no ir esta noche a la cuna?

—Daño ni bien no me podía resultar de ir o no ir esta noche, claroestá, replicó Cecilia. El caso es que el hombre de que habla mamita seha propuesto meterse en mis negocios y gobernarme, por puro capricho opor gana de moler la paciencia, y eso es lo que hallo intolerable.

—Está bien, mujer, observó Nemesia blandamente; mas no veo que te causeninguna extorsión con meterse.

—¿Cómo que no? repuso Cecilia prontamente. Mamita toma su parte desdeluego, y me regaña, y me pelea, y me rompe el túnico para que me quedeen casa y le dé gusto al viejo majadero. ¿Te parece poco?

—Ya, a mí tampoco me gusta que se meta naiden en mis negocios. Contodo, a veces tiene una que hacerse la boba, a fin de sacar mejorpartido de ciertos hombres. A ése se le ha metido en la cabeza mandartey celarte; déjale seguir su capricho, mujer; haz que le das gusto; no ledeseches de una vez; sonríete con él, por lo menos mientras se muestradadivoso, y gozarás y vivirás hasta ponerte vieja.

Por entonces la conversación se concretaba a Nemesia y su amiga, porquela anciana había vuelto a su butaca y a sus cavilaciones.

—Mira, prosiguió aquélla, que el que se apura se muere. Por otra parte,ten por seguro que ningún viejo por marrullero que sea es peligroso parauna muchacha como tú.

—No, yo no lo creo peligroso, no le temo ni un tantico, dijo Cecilia.Yo soy muy independiente y no consentiré jamás que nadie me gobierne,mucho menos un extraño.

—¡Extraño! repitió la abuela para sí, con voz ronca y profunda.

Las dos muchachas se miraron como azoradas, así por el tono como porqueambas la creyeron absorbida completamente en sus tristes pensamientos.

—Su hijo, prosiguió Nemesia en baja voz. Tú me entiendes...

Ese sí quees de temer... Joven, bien plantado, rebosándole la gracia por todaspartes, con mucha labia y dinero para derramarlo como quien derramaagua... No hay mujer de corazón que se resista. ¿Es verdad, china? No esposible verlo y oírlo sin quererlo. Yo me guardaría de un hombre como élcomo del diablo. Ya le ha dado quebraderos de cabeza a más de unamuchacha. Tiene a quien salir.

Continuaba la Chepilla en su abstracción, sin oír ni entender, en laapariencia, las palabras de Nemesia. Cecilia al contrario, desde que suamiga mencionó a su amante, se volvió toda oídos, comprendiendo que ellase proponía comunicarle alguna noticia importante.

—Pues como te iba diciendo, añadió Nemesia, cuando salí de la sastreríade señó Uribe, tomé por la calle del Aguacate, y al enfrentar con lacasa de las Gámez, que sabes tú está detrás del convento de las monjasTeresas, oí música y voces de hombres y mujeres. Me arrimé a una de lasventanas que tiene el poyo alto.

Estaban abiertas las hojas y lascortinas echadas. Había en la sala una gran reunión: tocaban, cantaban ybailaban. ¿Qué día es hoy? ¡Ah! El 27 de Octubre. ¡Toma! ¡Si es el santode la más chica de las Gámez, Florencia! Por eso estaba vestida deblanco y tenía el cabello suelto, y muy crespo para ser de mujer blanca.Cuando menos... Eso sí hermosísimo, porque es largo y abundante, aunqueme gustaría de color más oscuro.

Cecilia dio un suspiro y Nemesia continuó ya sin más rodeos:

—Decía que rodeaban a Florencia delante del piano varias señoritas ycaballeros. ¿Sabes quién estaba allí también? Sí, no me cabe duda, eraella. ¿Te acuerdas de la muchacha alta, pálida, buena moza, que te dijepasó por la Loma del Ángel en el quitrín de las Gámez, la mañana de SanRafael? La misma. Conversaba con Meneses, el amigo de... tú sabes. Porallí estaba el otro también, que siempre anda junto con los dosindividuos... ¿Cómo se llama? Sola, Sofa. ¡Ah! Ya, Solfa. Pero elindividuo no estaba, mencionaron su nombre únicamente. Estoy cierta quelo mencionaron...

—¿Quién lo mencionó? preguntó Cecilia con ansiedad.

—No te pudiera decir lo cierto; mas si no me engaño, entre Meneses y lamuchacha pálida. Ellos hablaban de él. Según entendí, todos iban al granbaile que se da esta noche en la Filarmónica.

—Lo temía, dijo Cecilia.

—¡Ay! exclamó Nemesia. Ahora caigo para quién era el chaleco de sedaque tuve que hacer con tanta premura. ¡Oh! Si lo averiguo antes no meapuro para acabarlo en tiempo. Cosí hasta bien tarde de la noche, porqueme lo dieron ayer tardecita y se quería para hoy a las tres. ¡Quién lohubiera adivinado! Al menos no hubiera ido él al baile de la genteblanca con un chaleco hecho por mí. Para lucírselo a Dios sabe quién.Nadie sabe para quién trabaja. Digo esto por ti, chinita, porque a mí nome va ni me viene. El no me pertenece; sólo me intereso por ti, que haspuesto tu cariño... ¡Cuidado que los hombres son ingratos!

Pero más valecallar y no ponerle más leña al fuego.

Bastaba, en efecto, y sobraba lo dicho para poner en ascuas a una jovenmenos fogosa que Cecilia. A medida que la amiga fue desarrollando supensamiento, pues lo había de seguro en las noticias que comunicó y aúnen el modo de comunicarlas, fue creciendo su cólera y desazón. ¿Quéhacer en aquellas circunstancias a fin de impedir, si era tiempo, que elindividuo, según Nemesia, se viese en la Filarmónica con la señoritadesconocida? Eran celos, rabia, desesperación lo que sentía. No cabía enla silla, cerca de la ventana. Se levantó varias veces en ademán deentrar en el aposento, sin duda para mudarse de traje y salir a lacalle, y otras tantas volvió al asiento. La sangre estaba a punto deahogarla.

La abuela entre tanto seguía como absorbida en devotas oraciones,sobando, al parecer, con el pulgar e índice de la mano derecha, una trasotra, las cuentas negras del rosario que tenía en el regazo, y con losojos cerrados. Nemesia miraba de soslayo a su amiga, leía, como altravés de un cristal purísimo, la fiera batalla que se libraba en supecho, y de cuando en cuando se sonreía ligeramente, cual si hubieraprevisto todo aquello, o no temiese que tuviera un resultadodesagradable. Al cabo Cecilia se desplomó en la silla, exhaló un suspiroprofundo y murmuró:

—Más vale que no; yo sé lo que he de hacer. De mí no se burla nadie...Casi me alegro... No salgo a ninguna parte.

Chepilla alzó entonces la vista y miró a la nieta con cierta alegríamezclada de compasión. Por su parte Nemesia, en toda aparienciasatisfecha, más diremos, orgullosa de que su venida hubiese surtido todoel efecto deseado, se marchó, despidiéndose cariñosamente de susamigas.

CAPÍTULO V

Aún

pienso

estaros

mirando...

La

faz

terrible

y

airada,

La

vista

desencajada,

El látigo vil sonando.