Cecilia Valdes o la Loma del Angel by Cirilo Villaverde - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

abrojos,

Pues

que

punza

el

corazón.

Ten

de

un

triste

compasión,

Que

por

tus

ojos

suspira,

Que

por

tus

ojos

delira,

Que

por

tus

ojos

alienta,

Que

por

tus

ojos

sustenta

Esta vida de mentira.

Tras esta improvisación ramplona y de mal gusto, resonaron vivas yaplausos repetidos y estrepitosos, con destemplado golpeo de los platoscon los cuchillos. Y como en recompensa de su poética labor, de éstarecibió una aceituna ensartada en el mismo tenedor con que acababa dellevarse el alimento a la boca, de esotra una tajada de jamón, de la demás allá un pedazo de pavo, de aquélla un caramelo, de su vecina unayema azucarada, hasta

que

la

Ayala

puso

término

al

torrente

de

obsequioslevantándose y pasando su copa, llena de Jerez, a Leonardo para queimprovisara también como lo había hecho el complaciente comisario.Aprovechose éste de la tregua que se le concedía tácitamente, paralevantarse de la mesa, ir derecho, aunque disimuladamente, hasta elbrocal del pozo, donde, introduciéndose dos dedos en la boca, arrojócuanto había comido y bebido, que no había sido poco. Y muy fresco yrepuesto se volvió a la mesa. Merced a un medio tan sencillo comoexpedito, pudo tornar a comer y a beber cual si no hubiera probadobocado ni pasado gota en toda la noche. De los demás hombres que habíanbebido con exceso y no conocían el remedio eficaz de Cantalapiedra, quemás que menos, pocos acertaban a tener firme la cabeza, sin exceptuar almismo joven Leonardo.

A esa lamentable circunstancia debe atribuirse el que un mozo tan finocomo bien educado, se prestara también a hacer coplas y en obsequio deaquella heroína de la fiesta. Pero bien que mal las hizo, siendo nomenos aplaudido y regalado que el anterior coplero, aunque fue denotarse que, lejos Cecilia Valdés de celebrar, como los demás, suesfuerzo poético, se mantuvo callada y visiblemente corrida. Tampocotomó parte Nemesia en la celebración, si bien por causa muy distinta, asaber: por hallarse empeñada en un diálogo rápido y secreto con suhermano José Dolores Pimienta.

—¿Pues no va desocupada la zaga? le decía él.

—Tal vez no, le replicaba ella.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Como sé muchas cosas. ¿Necesito yo tampoco que me den la comida concuchara?

—Ya, pero tú no te explicas.

—Porque no hay tiempo ahora.

—Sobrado, hermana.

—Luego, las paredes oyen.

—¡Vaya! Cuando se grita.

—Vamos, no seas porfiado. Te digo que no lo hagas.

—Yo no pierdo la ocasión.

—Vas a pasar un mal rato.

—¿Qué me importa si hago mi gusto?

—Te repito, José Dolores, no te metas en camisa de once varas. No seascabezadura. Con esa porfía me quitas las ganas de ayudarte. Yo entiendode eso mejor que tú, lo estoy viendo.

Antes que se hubiese calmado el ruido de voces, de palmadas y de golpesen los platos y la mesa, Leonardo le dijo algo en secreto a Cecilia, ysalió a la calle arrastrando a Meneses por el brazo, sin despedirse denadie, a la francesa, como dijo Cantalapiedra cuando los echó de menos.Una vez fuera, a pesar de la lluvia menuda, ambos jóvenes, siempre debrazo, tomaron a pie la calle de La Habana hacia el centro de la ciudad,y en la primera esquina, que era la de San Isidro, Meneses siguióderecho y Leonardo tomó la vuelta del hospital de Paula.

Nubes ligeras, claro oscuras, despedazadas por el viento fresco delnordeste, pasaban unas tras otras en procesión bastante regular pordelante de la luna menguante, que ya traspasaba el cenit, y a vecesdejaba caer rayos de luz blanquecina. La calle traviesa, angosta ytorcida que llevaba el joven Leonardo no se despejó jamás, ni vio él aderechas su camino hasta que llegó a la plazuela del hospital antesdicho, y entonces sólo el lado izquierdo se alumbraba a ratos, pues lasparedes de la iglesia de Paula, elevadas y oscuras, proyectaban unadoble sombra sobre el espacio exento. Arrimado a ellas, sin embargo,pudo distinguir su carruaje, los caballos del cual agachaban la cabeza ylas orejas, en su afán de evitar la lluvia y el viento que les herían defrente. Estaba echado el capacete y no parecía el jinete por ningunaparte, ni en la silla, su puesto acostumbrado, ni en la zaga, ni en elvano de la ancha puerta de la iglesia, que podía servirle de abrigo.Pero a la segunda ojeada comprendió Leonardo dónde estaba. Sentado en elpesebrón del quitrín, le colgaban las piernas cubiertas con las botasde campana, mientras descansaba la cabeza y los brazos, medio vuelto, enlos muelles cojines de marroquí. En el suelo yacía la cuarta que en elsueño se le había desprendido de las manos, la recogió Leonardo alpunto, levantó un canto del capacete y con todas sus fuerzas le pegó doso tres zurriagazos a manteniente, por las espaldas presentadas.

—¡Señor! exclamó el calesero, entre asustado y dolorido, descolgándose.

Ya de pie pudo verse que era un mozo mulato, bastante fornido, ancho dehombros y de cara, más fuerte si no más alto que el que acababa decalentarle las espaldas con el zurriago.

Vestía a la usanza de los de suoficio en la isla de Cuba, chaqueta de paño oscuro, galoneado depasamanería, chaleco de piqué, el cuello de la camisa a la marinera,pantalón de hilo, botas enormes de campana, a guisa de polainas, ysombrero negro redondo, galoneado de oro. Debemos mencionar también,como signos característicos del calesero, las espuelas dobles de plata,que no llevaba a la sazón el mulato de que ahora se habla.

—¡Oiga! le dijo su amo, pues lo era en efecto el joven Leonardo;dormías a pierna suelta, mientras los caballos quedaban a su albedrío.¿Eh? ¿Qué hubiera sucedido si espantados por casualidad, echan a correrpor esas calles de Barrabás?

—Yo no estaba dormiendo, niño; se atrevió a observar el calesero.

—¿Conque no dormías? Aponte, Aponte, tú parece que no me conoces, o quecrees que yo me mamo el dedo. Mira, monta, que ya ajustaremos cuentas.Lleva el quitrín a la cuna, toma las dos muchachas que trajiste en ély condúcelas a su casa. Yo te espero en el paredón de Santa Clara,esquina a la calle de La Habana.

No consientas que nadie monte a lazaga. ¿Entiendes?

—Sí, señor; contestó Aponte, partiendo en dirección de la garita de SanJosé. En la puerta de la casa del baile, sin desmontarse, dijo a undesconocido que entonces entraba:

—¿Me hace el favor de decirle a la niña Cecilia que aquí está elquitrín?

A pesar del aditamento de niña de que hizo uso el calesero hablando deCecilia, que sólo se aplica en Cuba a las jóvenes de la clase blanca, eldesconocido pasó el recado sin equivocación ni duda. Y ella incontinentese levantó de la mesa y fue a coger su manta, seguida de Nemesia y dela Ayala. Esta última las acompañó hasta la puerta de la calle, en dondeya se habían agrupado los pocos hombres que aún no se habían despedido.Allí, teniendo todavía por la cintura a Cecilia, en señal de amistad ycariño, la dijo:

—No te fíes de los hombres, china, porque llevas la de perder.

—Y ¿yo me he fiado de alguno a estas horas, Merceditas?

repuso Ceciliasorprendida.

—Ya, pero ese quitrín tiene dueño, y nadie da palos de balde.

Tenlo porsabido. Me parece que me explico.

Con esto y con fingir Cantalapiedra que lloraba por la partida deCecilia, cosa que causó mucha risa, ésta y Nemesia subieron al carruajedándoles la mano Pimienta, y de hecho quedó desbaratada la reunión.

Podía ser entonces la una de la madrugada. El viento no había abatido nicesado la llovizna que, de cuando en cuando, arrojaban las voladorasnubes sobre la ciudad dormida y en tinieblas. Conforme reza la expresiónvulgar, la oscuridad era como boca de lobo. No por eso, sin embargo,perdió el joven músico la pista del carruaje que conducía a su hermana ya su amiga, antes por el ruido de las ruedas en el piso pedregoso de lascalles, le fue siguiendo las aguas, primero al paso redoblando y luegoal trote, hasta que le alcanzó cerca de la calle de Acosta.

Puso la manoen la tabla de atrás, se impulsó naturalmente con la carrera quellevaba y quedó montado a la mujeriega. Al punto le sintió el caleseroe hizo alto.—Apéate, le dijo Nemesia por el postigo.—No hay para qué,dijo Cecilia.—Yo les voy guardando las espaldas, dijo Pimienta.—ApéeseVd., dijo en aquella sazón Aponte, que ya había echado pie atierra.—¿No te lo decía?

añadió Nemesia, hablando con su hermano.—Aquídentro va mi hermana y mi amiga, observó el músico dirigiéndose alcalesero.—Será así repuso éste; pero no consiento que nadie se monteatrás de mi quitrín. Se echa a perder, camará; agregó notando que se lashabía con un mulato como él.—Apéate, repitió Nemesia con insistencia.

Obedeció José Dolores Pimienta, conocidamente después de una lucha sorday terrible consigo mismo, en que triunfó la prudencia; pero cediendo ytodo en aquella coyuntura, no renunció a la resolución tomada de seguirel carruaje. Volvió a montar el calesero y continuó la carrera derechohasta desembocar en la calle de Luz, torciendo allí a la izquierda haciala de La Habana. Cerca del cañón de la esquina estaba un hombre de pie,guarecido del viento y de la menuda llovizna, con las elevadas tapiasdel patio perteneciente al monasterio de las monjas Claras. En esepunto, paró Aponte por segunda vez el quitrín, el hombre en silenciosubió a la zaga, diciendo luego a media voz: ¡Arrea! Partió entoncesaquél a escape, pero no sin dar tiempo a que se acercara lo bastante elmúsico, para advertir que el individuo que le reemplazó en la zaga delcarruaje era el mismo joven blanco, Leonardo, que tantos celos le habíainspirado en la cuna.

CAPÍTULO VII

¿Y

qué

modo

de

hombre

es

él,

es

negocio

moscatel,

es

discreto

vergonzoso,

o dulce o acibaroso?

LOPE DE VEGA

La Buscona

En el barrio de San Francisco y en una de las calles menos torcidas, conbanquetas o losas en una o dos cuadras, había, entre otras, una casa deazotea, que se distinguía por el piso alto sobre el arco de la puerta, ybalconcito al poniente. La entrada general, como la de casi todas lascasas del país—para los dueños, criados, bestias y carruajes, dos delos cuales había comúnmente de plantón—era por el zaguán; especie decasapuerta o cochera, que conducía al comedor, patio y cuartosescritorios.

Llamaban bajo este último nombre los que se veían a la derecha, acontinuación del zaguán, ocupados, el primero por una carpeta doble decomerciante, con dos banquillos altos de madera, uno a cada frente, ydebajo una caja pequeña de hierro, cuadrada, que en vez de puerta teníatapa para abrirse o cerrarse, siempre que se guardaban en ella o sesacaban los sacos de dinero. En el lado opuesto de la casa se veía lahilera de cuartos bajos para la familia, con entrada común por la sala,puerta y ventana al comedor y al patio.

Este formaba un cuadrilátero, en cuyo centro sobresalía el brocal depiedra azul de un aljibe o cisterna, donde, por medio de canales de hojade lata y de cañerías enterradas en el suelo, se vertían las aguasllovedizas de los tejados. Una tapia de dos varas de elevación, con unarco hacia el extremo de la derecha, separaba el patio de la cocina,caballeriza, letrina, cuarto de los caleseros y demás dependencias de lacasa.

Entre el zaguán y los cuartos llamados escritorios, descendía alcomedor, apoyada en la pared divisoria, una escalera de piedra tosca conpasamanos de cedro, sin meseta ni más descanso que la vuelta violentaque hacían los últimos escalones casi al pie. Esa escalera comunicabacon las habitaciones altas, compuestas de dos piezas: la primera quehacía de antesala, tan grande como el zaguán; la segunda, todavía mayor,como que tenía las mismas dimensiones que los escritorios sobre loscuales estaba construida y servía de dormitorio y estudio. Con efecto,los muebles principales que la llenaban casi, eran una cama o catre dearmadura de caoba, cubierto con un mosquitero de rengue azul, un armariode aquella propia madera, un casaquero o percha de lo mismo, un sofánegro de cerda, unas cuantas sillas con asiento de paja, una mesa a modode bufete, y una butaca campechana.[9] Sobre los tales muebles sehallaban varios libros, unos abiertos, otros cerrados o con una o máshojas dobladas por la punta, empastados a la española, con canto rojo,todos al parecer de leyes, según podía notarse, leyendo los letrerosdorados en los lomos de algunos. En el sofá únicamente dos periódicos enforma de folletos: el más voluminoso con un malísimo grabado querepresentaba los figurines de un hombre, una mujer y un niño, y llevabapor título La moda o Recreo Semanal,[10] el otro El Regañón.[11]

Abajo, en el comedor había una mesa de alas de caoba, capaz para docecubiertos, hasta seis butacas en dos hileras frente a la puerta delaposento; en el ángulo el indispensable jarrero, mueble sui generis enel país, y para proporcionar sombrío a la pieza y protegerla contra lareverberación del sol en el patio, había dos grandes cortinas decañamazo, que se arrollaban y desarrollaban lo mismo que los telones deteatro. En la pared medianera entre el zaguán y la sala, había una rejade hierro, y para dar paso a la luz exterior en esta última, dosventanas de lo mismo voladizas, que desde el nivel del piso de la callesubían hasta el alero del techo. De la viga principal colgaba por suscadenas una bomba de cristal; de la pared del costado dos retratos alóleo, representativos de una dama y de un caballero en la flor de suedad, hechos por Escobar;[12] debajo de éstos un sofá, y en direcciónperpendicular al mismo, en dos filas, hasta seis sillones con asiento yrespaldo de marroquí rojo; en los cuatro ángulos, rinconeras de caoba,adornadas con guardabrisas de cristal o con floreros de china. En lapared, entre ventanas, una mesa alta con pies dorados y encima un espejocuadrilongo; llenando los huecos intermedios, sillas con profusión.

Era de notarse la cortina de muselina blanca, con fleco de algodón, quependía de los dinteles de las puertas y ventanas de los cuartos, comopara dar libre paso al aire y ocultar sus interioridades de las miradasde los que pasaban por el comedor y el patio. En resumen, la casaaquella, peculiarmente habanera, según se habrá echado de ver por lamenuda descripción que de ella hemos hecho, respiraba por todas partesaseo; limpieza y...

lujo, porque tal puede llamarse, en efecto, si setiene en cuenta el país, la época de que se habla, el estilo y calidaddel mueblaje, los dos carruajes en el zaguán y la capacidad misma de lamorada. ¿Vivía allí una familia decente, bien educada y feliz?

Vamos averlo en breve.

A la hora en que principia nuestro cuento, entre seis y siete de lamañana de uno de los días de octubre, ocupaba una de las butacas delcomedor un caballero de hasta cincuenta años de edad, alto, robusto,entrecano, nariz grande aguileña, boca pequeña, los ojos pardos y vivos,la color del rostro rubicunda, la cabeza redonda por detrás; signoséstos característicos de pasiones fuertes y firmeza de carácter. Llevabael cabello corto, la barba rasurada completamente; vestía bata talar dezaraza sobre chaleco largo de piqué blanco, pantalones de dril ychinelas de ante. Descansaba los pies en una silla con asiento de paja ycon ambas manos se llevaba a los ojos un periódico impreso en papelespañol de hilo del folio común, titulado El Diario de la Habana.[13]

Mientras leía se le presentó un muchacho como de doce años de edad,vestido de pantalones y camisa de listadillo, que venía del fondo delpatio y traía en la mano derecha una taza de café con leche, puesta enun plato, y en la otra un azucarero de plata.

El caballero, sinenderezarse en la butaca, tomó la taza, endulzó y se puso a sorber yleer con toda calma, mientras el criado, con los brazos cruzados sobreel pecho, se quedó delante de él en pie, conservando en las manosrespectivas el plato y el azucarero.

Concluida la poción de café conleche, no obstante que el muchacho se hallaba a pocos pasos, le dijo entono de voz atronadora:—¡Tabaco y lumbre! Salió aquél de carrera a lacocina y volvió a poco por los cuartos escritorios, trayendo entoncesuna vejiga grande con algunos cigarros[14] arrollados en el fondo y unbraserillo de plata con una brasa de carbón vegetal, medio enterrada enun montón de cenizas. El caballero encendió un cigarro y cuando elmuchacho se disponía a emprender de nuevo la carrera, le gritó:—¡Tirso!

—¡Señor! contestó también en alta voz como si ya estuviera en la cocinao hablara con sordo.

—¿Has estado arriba? le preguntó el amo.

—Sí, señor, dende que llegó de la plaza el cocinero.

—¿Y cómo es que el niño Leonardo no ha bajado todavía?

—Es querer decir a su merced que el niño Leonardo no quiere que lo dispierten cuando ha pasado mala noche.

—¡Mala noche! repitió el caballero mentalmente. Anda (al esclavo),despiértale y que baje.

—Señor, dijo el muchacho titubeando y confuso. Señor, su merced sabe...

—¿Qué sucede? volvió a tronar el amo, luego que echó de ver que elesclavo se estaba parado y no le había obedecido.

—Señor, es querer decir a su merced, que el niño se pone bravo cuandolo dispiertan, y...

—¿Qué? ¿Qué dices? ¡Ah! ¡Perro! Anda, corre si no quieres subir apuntapiés.

Y como el caballero medio se incorporase para ejecutar la amenaza, noesperó a que se la repitieran para obedecer la orden.

En cuatro saltosse puso en lo alto de la escalera, desapareciendo en el dormitorio deljoven Leonardo. A tiempo mismo que el muchacho corría escaleras arriba,asomaba por la puerta del aposento una señora algo gruesa, hermosa, deamabilísimo aspecto, las facciones menudas, con el cabello todavíanegro, aunque pasaba de los cuarenta de edad, vestida de holán clarínblanco, y abrigada con una manta de burato color canario y toda ella muypulcra y de ademán reposado y señoril. Sentose al lado del caballero dela bata, a quien, preguntándole por las noticias del día, dio el nombrede Gamboa. Este le contestó entre dientes que la única importante quetraía El Diario era la aparición del cólera morbus en Varsovia, dondehacía estragos espantosos.

—¿Y dónde es eso? preguntó la señora bostezando.

—¡Toma! contestó Gamboa. Eso es muy lejos. Figúrate, allá, cerca delPolo Norte, en Polonia. Ya tiene que rodar el señor cólera para llegarhasta nosotros, y entonces... ¡quién sabe dónde estaremos tú y yo!

—¡Dios nos libre de horas menguadas, Cándido! volvió a exclamar laseñora con el mismo aire de indolencia de antes.

Bajaba Tirso en este punto los escalones con doble precipitación, sicabe, de aquella con que los había subido; y a no ser porque en tiempoagacha la cabeza, le alcanza en ella un libro que le arrojaron de loalto, el cual, con la violencia del golpe se hizo pedazos en la puertadel escritorio. Don Cándido alzó la cabeza y la señora se levantó y fuehacia el pie de la escalera, preguntando:—¿Qué ha sido eso? Por todarespuesta el muchacho, muy asustado, le indicó con los ojos al jovenLeonardo, que se hallaba en lo alto, envuelto en la sábana, con lospuños apretados en señal de cólera y de amenaza. Pero no bien descubrióa su madre, pues lo era aquella señora, cambió de actitud y desemblante; e iba sin duda a explicarle la ocurrencia, cuando ella lecontuvo haciéndole una seña muy significativa, que equivalía, poco más omenos a decirle:—Calla, que ahí está tu padre. Por lo que él, sin másdemora, dio media vuelta y se volvió al dormitorio.

—¿Viene el niño Leonardo? preguntó Gamboa al esclavo, cual si nohubiera notado la carrera de éste, el librazo contra la puerta delescritorio ni la acción de su esposa.

—Sí, señor, contestó Tirso.

—¿Le diste mi recado? insistió don Cándido en tono de voz más recio yáspero.

—Es querer decir a su merced, repuso el esclavo todo turbado ytembloroso, que... el niño... el niño Leonardo no me dio tiempo.

La señora se había vuelto a sentar, y seguía llena de ansiedad laspalabras y los movimientos del semblante de su marido. Le vio ponerserojo a medida que Tirso soltaba las pocas frases de que en su turbaciónpudo hacer uso; aún le pareció que iba a levantarse, acaso para pegarleal esclavo, o hacer bajar por la fuerza a Leonardo; en cuya confusaalternativa, a fin de ganar tiempo, le dejó caer la mano derecha en elbrazo izquierdo y le dijo en voz muy baja y musical:

—Cándido, Leonardito se viste para bajar.

—Y tú ¿cómo lo sabes? replicó don Cándido con gran viveza, volviéndosepara su esposa.

—Acabo de verle a medio vestir, en lo alto de la escalinata, contestóella con calma.

—Pues tú siempre estás al tanto de cuando Leonardo cumple con su deber,pero eres ciega para sus faltas.

—No sé yo que el porbrecito haya cometido ninguna, al menosrecientemente.

—¡Ya! ¿No lo decía yo? Ciega, cieguecita, Rosa, tus mamanteos van aperder a ese muchacho. ¡Tirso! tronó don Cándido.

Antes que volviese Tirso de la cocina, en donde se había refugiado,luego que sus amos entablaron el anterior, brevísimo diálogo, entró porel zaguán adelante el mulato calesero que ya conocen nuestros lectores,por aquella escena en el barrio de San Isidro y noche del 24 desetiembre. Vestía ahora solamente camisa y pantalones cuyas piernasestaban arremangadas hasta poco más abajo de las rodillas, como paradejar ver el borde de los calzoncillos blancos, que formaba dientes envez de dobladillos. Los zapatos eran de vaqueta muy escotados, conhebilla de plata al lado, y tenía argollas de oro en las orejas, pañueloatado en la cabeza, el sombrero de paja en la mano derecha, y en laizquierda el ronzal de un caballo que traía rabiatado otro del mismocolor y estampa, ambos recién salidos del baño, pues aun escurrían aguao sudor, y el último tenía la cola hecha un nudo. El mulato habíacabalgado en el primero desde la caballeriza al baño, cerca del Muellede Luz, porque todavía llevaba el sudadero, a falta de silla.

—Pero aquí está Aponte, agregó don Cándido viéndole asomar. ¡Aponte!

—No hay necesidad de que preguntes a los criados interpuso doña Rosa.

—Quiero que oigas una de las recientes gracias de tu hijo, insistió elmarido. ¿A qué hora trajiste anoche ( hablando con Aponte) a tu amo?

—A las dos de la madrugá, contestó Aponte.

—¿Dónde pasó tu amo la noche? añadió don Cándido.

—Es inútil que lo diga, interrumpió la señora. Aponte, lleva esoscaballos al pesebre.

—¿Dónde pasó tu amo la noche? repitió don Cándido en voz de trueno,viendo al calesero dispuesto a obedecer la orden de su ama.

—Es dificultoso que yo le diga a su merced mi amo, dónde pasó la nochemi amo el niño Leonardito.

—¡Qué! ¿Cómo se entiende?

—Le digo a su merced, mi amo, que es muy dificultoso, apresuróse Apontea explicar, notando que don Cándido montaba en cólera; porqueprimeramente yo llevé el niño Leonardito a Santa Catarina, dispués lollevé al muelle de Luz, dispués lo estuve esperando en el muelle deLuz hasta las doce de la noche, dispués lo llevé otra vuelta a Santa Catarina, dispués...

—¡Basta! dijo doña Rosa enojada. Quedo enterada.

Aponte se retiró con los caballos, pasando por el comedor y el patio endirección de la caballeriza, y don Cándido, volviéndose para su mujer,le dijo:

—¿Qué te-a-ele-tal? ¿No te parece reciente la de anoche? Yo no sabíanada, sospechaba únicamente, porque conozco a mi hijo mejor que tú, y yahas oído que se ha estado en Regla hasta las doce de la noche. Tal vezno fue solo. ¿Quiéres oír ahora con quiénes y cómo pasó la mitad deltiempo en Regla? ¿No lo adivinas? ¿No lo sospechas?

—Suponiendo que lo adivinase, que lo palpase, observó doña Rosa conligero desdén, ¿qué aprovecharía? ¿Dejaría yo por eso de quererlo comolo quiero?

—Pero si no se trata de quererle ni desquererle, Rosa; saltó impacientedon Cándido. Se trata de poner remedio a sus faltas, que ya rayan en loserio.

—Sus faltas, si las comete, no pasan de calaveradas propias de lajuventud.

—Es que las calaveradas, cuando son repetidas y no se les pone coto atiempo, suelen parar en cosas graves que dan mucho que llorar y quesentir.

—Pues tus calaveradas no te trajeron, que yo sepa, serios ni gravesresultados, y eso que las suyas, comparadas con las tuyas, son merospasatiempos juveniles; dijo doña Rosario con refinado sarcasmo.

—Señora, repuso don Cándido irritado, por más que hiciese esfuerzovisible por ocultarlo: sean cuales fueren las locuras que yo haya podidocometer en mi juventud, ellas no autorizan a Leonardo para que lleve lavida que lleva con... aprobación y aplauso de Vd.

—¡Mi aprobación! ¡mi aplauso! Esa sí que está buena. Nadie mejor que túes testigo de que, lejos de aprobar y aplaudir las locuras deLeonardito, siempre le estoy aconsejando y aún reprendiendo.

—¡Ya! Por un lado le aconsejas y le reprendes, y por otro le dasquitrín y calesero y caballos y media onza de oro todas las tardes paraque se divierta, triunfe y corra la tuna con sus amigos. No apruebas niaplaudes sus locuras, pero le facilitas el modo y medios de cometerlas.

—Eso es, yo facilito el modo y medio cómo se pierda el muchacho. Tú no,tú eres un santo. ¡Oh! Sí, tu vida ha sido ejemplar.

—No sé a qué conduce tan amarga sátira.

—Conduce a que eres muy duro con él, y a que estaría buena tu asperezasi fueses intachable, si no hubieses pecado...

—¿Me tiene él en tan buen concepto como el que la merezco a Vd. señora?¿Sabe que yo haya pecado?

—Tal vez lo sepa.

—Si Vd. no se lo ha contado...

—No hay necesidad de que yo le enseñe cosas malas. Sería madredesnaturalizada si tal hiciera. Pero él no es ningún tonto, y luego fuedemasiado público, escandaloso lo de María de Regla.

—No sería mucho que haya llegado a sus oídos y le provoque a imitarte.El mal ejemplo...

—Basta, señora, dijo don Cándido más desazonado que irritado. Creía,tenía razón para esperar que Vd. hubiese dado eso al olvido.

—Mala creencia, porque hay cosas que no es posible olvidarlas jamás.

—Ya lo veo. Lo que quiere decir eso es, que me he engañado; quieredecir que las mujeres, algunas mujeres, no olvidan ni perdonan ciertasfaltas de los hombres. Pero, Rosa, agregó cambiando de tono, nosotrosvamos fuera del carril y eso no está bien. La verdad es que si yo soymuy duro, como dices, con Leonardo, tú eres muy débil, y no sé yo quéserá peor. El es un loco, voluntarioso y terco, necesita freno más queel pan que come. Advierto, sin embargo, con dolor, que, por pensar en midureza, le llevas sin querer, por supuesto, como por la mano a su prontaperdición. De veras, Rosa, tiempo es ya de que sus locuras y susdebilidades cesen; tiempo es ya de tomar una determinación que le librea él de un presidio y a nosotros de llanto y de infamia eternos.

—¿Y qué remedio adoptar, Cándido? Ya es tarde, ya él es un hombrecito.

—¿Qué remedio? Varios. En los buques de guerra de S. M.

hasta a loshombronazos se les mete en cintura. Pensando estaba que no le vendríamal oler a brea por corto tiempo.

Apuradamente mi amigo Acha, comandantede La Sabina, está empeñado en enseñarle la maniobra. Ayer nada menos medijo que me resolviera y se lo entregara, seguro de que le pondría másderecho que un mastelero de gavia. Sí, ésa fue la expresión de que hizouso. De todos modos, estoy resuelto a poner freno a las demasías de esemozo.

Conmoviose doña Rosa al oír las últimas palabras de su marido, mucho másal notar el tono de firme resolución con que las emitió; y parte paraocultar las lágrimas que le rebosaban en los ojos, parte por variar elobjeto de una conversación que le hería en lo más vivo del alma, selevantó otra vez y se dirigió al patio. En aquel momento mismo bajabaLeonardo la escalera, vestido como para salir a la calle; y ella, quesintió sus pasos, retrocedió al sitio que acababa de dejar al lado de sumarido, y en tono de humilde súplica, con voz temblosa por la emoción,le dijo:

—Por el amor de ese mismo hijo, Gamboa, no le digas nada ahora. Tuseveridad le rebela y me mata a mí.

—¡Rosa! murmuró don Cándido echándole una mirada de reconvención. Tú lepierdes.

—¡Prudencia, Cándido! replicó doña Rosa, respirando más libremente;porque comprendió que su esposo estaba inclinado por entonces a ejerceraquella virtud. Advierte que ya es un hombre y que le tratas como sifuera un niño.

—¡Rosa! repitió don Cándido con otra mirada de reconvención ¿Hastacuándo?

—Será ésta la última vez que interceda por él, se apresuró a decir doñaRosa. Te lo prometo.

En esto acababa de bajar la escalera el joven Gamboa y se encaminóderecho a su madre, la cual le salió al encuentro como para mejorprotegerle del enojo de su padre. Pero éste, silencioso y cabizbajo, yapenetraba en el escritorio y no vio o se hizo que no vio al hijo besar ala madre en la frente, ni la seña con que ella le indicó que debíasaludar también a su padre.

Leonardo no dijo palabra, ni hizo ademán de cumplir con la indicación.Sólo se sonrió, levantó los hombros y se encaminó a la calle, llevandodebajo del brazo izquierdo un libro empastado a la española, con loscantos rojos, y en la mano derecha una caña de Indias cuyo puño de orofiguraba una corona.

CAPÍTULO VIII

¡Para

hacer

bien

por

el

alma

Del que van a ajusticiar!

ESPRONCEDA

El reo de muerte

Tiró el estudiante en dirección de la Plaza Vieja por la calle de SanIgnacio. En la esquina de la de Sol tropezó con otros dos estudiantespoco más o menos de su edad, que en toda apariencia esperaban sullegada. El uno de ellos no es desconocido para el lector, pues le havisto en la cuna de la calle de San José. Nos referimos a DiegoMeneses. Era el otro de figura menos galana y esbelta, agregando a subaja estatura un cuello muy corto y hombros bastante levantados, entrelos cuales llevaba como enterrada una cabeza redonda y chica. Habíacierta confusión en su frente más angosta y levantada; los ojos teníapequeños y penetrantes, la nariz algo arremangada, la barba aguda y laboca fresca y húmeda, por cierto la más expresiva de sus menudasfacciones; el cabello crespo y así en su semblante como en su cuerpo sedescubría desde luego la gran malicia que animaba su travieso espíritu.Junto con una fuerte palmada en el hombro, Leonardo le dio el nombre dePancho Solfa. Este, medio sonreído, medio mal humorado del golpe dijo:

—Cada animal tiene su lenguaje, y el tuyo, Leonardo, es a veces muyexpresivo.

—Porque te quiero te aporreo, Pancho. ¿Quieres otra caricia?

—Basta, chico. Y se desvió, haciendo un movimiento con la manoizquierda.

—¿Qué hora es? preguntó Leonardo. Recuerdo que no le di cuerda anoche ami reloj y se ha parado.

—Las siete acaban de dar en el reloj del Espíritu Santo, respondióDiego. Nos marchábamos sin ti, creyendo que se te habían pegado lassábanas.

—Por poco no me levanto en todo el día. Me acosté tarde y mi padre mehizo llamar al amanecer. Él, como se acuesta con las gallinas, madrugasiempre. ¿No les parece a ustedes que hay tiempo de dar una vueltecitapor la Loma del Ángel?

—Soy de opinión que no, dijo Pancho. A menos que tú, cual otro Josué,tengas la virtud de parar el sol.

—Te pereces por una cita, Pancho, venga o no venga a pelo.

¿Pues nosabes que el sol no camina desde que Josué le mandó parar su carrera? Sihubieses estudiado astronomía sabrías eso.

—Di, más bien, que si hubiera estudiado historia sagrada, dijo Meneses.

—El cuento es, observó Pancho, que sin estudiar a fondo una cosa yotra, sé que el caso participa de ambas y no son ustedes los que mecorrigen la plana.

—A todas éstas, caballeros ¿qué lección tenemos hoy? No concurrí a laclase el viernes, ni he abierto el libro en todo este tiempo.

—Govantes señaló para hoy el título tercero, que trata del derecho delas personas, respondió Diego. Abre el libro y verás.

—Pues no he saludado esa materia siquiera, agregó Leonardo.

Sólo sé quesegún el derecho patrio, hay personas y hay cosas; que muchas de éstas,aunque hablan y piensan, no tienen los mismos derechos que aquéllas. Porejemplo, Pancho, ya que te gustan los símiles, tú a los ojos del Derechono eres persona, sino cosa.

—No veo la similitud, porque no soy esclavo, que es a quien consideracosa el derecho romano.

—Ya. No eres esclavo, pero alguno de tus progenitores lo fue sin duda ytanto vale. Tu pelo al menos es sospechoso.

—Dichoso tú que le tienes flechudo como los indios. Si vamos aexaminar, sin embargo, nuestros árboles genealógicos respectivos,hallaremos que aquéllos que pasan por ingenuos entre nosotros, soncuando menos libertinos.[15]

—Resuellas por la herida, compadre. Vamos, que no es ningún pecadoamarrar la mula tras de la puerta. Mi padre es español y no tiene mula;mi madre sí es criolla y no respondo que sea de sangre pura.

—Es que tu padre por ser español, no está exento de la sospecha detener sangre mezclada, pues supongo que es andaluz, y de Sevillavinieron a América los primeros esclavos negros. Tampoco los árabes, quedominaron en Andalucía más que en otras partes de España, fueron de razapura caucásica, sino africana. Por otra parte, era común ahí, entonces,la unión de blancos y negros, según el testimonio de Cervantes y deotros escritores contemporáneos.

—Ese rasguito histórico, don Pancho, vale un Potosí. Se conoce que lacuestión de razas te ha costado algunos quebraderos de cabeza. No paroyo en eso la atención, ni creo que hace bulto ni peso la sangremezclada. Lo que puedo decir es que, no sé si porque tengo algo demulato me gustan un puñado las mulatas. Lo confieso sin empacho.

—La cabra siempre tira al monte.

—El refrán no viene al caso; mas si lo dices para afirmar que no tegusta la canela, peor para ti, Pancho, porque eso quiere decir que tegusta el carbón, género mucho más inferior.

En este punto de su conversación iban, cuando entraron por los portalesde la Plaza Vieja llamados del Rosario. Estos los forman unas cuatro ocinco casas, pertenecientes a familias nobles o ricas de La Habana, conanchos balcones, apoyados en altos arcos de piedra, cuyas luces cubrendurante el día unas cortinas de cañamazo, a manera de velas mayores debarcos. El piso superior de esas casas lo ocupan los dueños oinquilinos, que viven de sus rentas; pero en los bajos, salones engeneral oscuros y poco ventilados, tienen sus tiendas unos mercaderes alpor menor, que llaman baratilleros, quinquilleros propiamente dichos,los cuales, en absoluto, son españoles, por lo común montañeses. Dentroguardan el acopio de géneros y baratijas, y al frente, bajo los arcos depiedra, exponen lo que se entiende por quincalla en unas vidrieras omuestrarios portátiles, que descansan sobre una especie de tijeras. Porla mañana temprano los exponen y por la noche los guardan.

Poco después de las siete de la mañana se principia generalmente laprimera de las operaciones aquí mencionadas.

Los mercaderes, de dos endos, sacan las vidrieras, sujetando uno por una cabeza, otro por laotra, como si fueran ataúdes o que pesaran mucho para un solo hombre.

Algunos estaban ya expuestos, y los vendedores se paseaban por delantede ellos en mangas de camisa, a pesar del airecillo de la mañana, cuandoentraron en los portales nuestros tres estudiantes.

Llevaban la delantera Leonardo y Diego, riendo y charlando, sin hacercaso de los mozos españoles que iban y venían, afanados en la obra deexponer sus mercancías a tiempo. Detrás, y a paso mesurado, inclinada lacabeza y taciturno, los seguía su condiscípulo Pancho, y ya por esto, yaporque les chocase su facha, la verdad es que el primer buhonero conquien tropezó le echó mano por un brazo y le dijo: ¡Hola, rubio! ¿noquieres comprar un par de navajas de primera? Se desprendió de éste conun esguince y le cogió otro para decirle: Acá, primo, vendo gafasexcelentes. Adelante se le interpuso un tercero para ofrecerle tiranteselásticos; un cuarto para meterle por los ojos cortaplumas vizcaínos,superiores a los ingleses. Rodando de uno para otro, ora sonriéndose,ora haciendo un gesto de enfado, el ya molesto estudiante logróadelantar algunos pasos. Al fin, rodeado por varios baratilleros másdispuestos a la burla que a encarecer sus baratijas, se quedó parado ycruzó los brazos. Por fortuna en aquel momento le echaron de menos suscompañeros, volvieron la cara y notaron el cerco que le habían formado.Ignorando la causa, Leonardo, que era intrépido, retrocedió a lacarrera, penetró por fuerza por el corrillo y sacó a su amigo del apuro.Mas así que se informó por él mismo de lo que había pasado, rió de ganasy le dijo: Te tomaron por montuno, Pancho. Tú también tienes unafigura...

—Mi figura no tiene nada que ver con el asunto, le interrumpió Panchode mal talante; es que estos españoles tienen más de judíos que decaballeros.

Siguiendo la calle de San Ignacio nuestros estudiantes, a poco andardesembocaron en la Plazuela de la Catedral. Cuando llegaban a losportales de la casa conocida por de Filomeno, les llamó la atención ungrupo numeroso y compacto de pueblo que entraba en la misma por el ladoopuesto, es decir, por la calle de Mercaderes y el Boquete. Lavanguardia, compuesta en su mayor parte de gente de color, hombres,mujeres y muchachos sucios, harapientos y descalzos, ya marchaba, yahacía alto, y de cuando en cuando volvía atrás la cabeza, como porresorte. Entre dos filas de soldados equipados a la ligera, pues suuniforme consistía de chaqueta de paño azul, pantalón blanco, cananaatada al cinto por delante, sombrero redondo y carabina corta, queportaban por los tercios, iban hasta doce mulatos y negros vestidos entraje talar de sarga negra, con caperuza de muselina blanca, cuya puntalarga flotaba por detrás de la cabeza, a guisa de gallardete; y cadacual llevaba en la mano derecha una cruz negra de brazo corto y árbollargo. Cuatro de esos lúgubres hombres conducían al hombro, en silla demano, a una

al

parecer

criatura

humana,

cuya

cabeza

y

cuerpodesaparecían bajo los pliegues de un paño negro (manto de estameña),cayendo a plomo por fuera de todo el aparato.

A un lado de este ser misterioso venía un sacerdote con sotana negra deseda, bonete en la cabeza y un crucifijo en ambas manos; al otro unnegro bastante joven, robusto y ágil. Este vestía pantalón blanco,sombrero redondo y chaqueta de paño negro, en cuya espalda se ledescubría una como escalera bordada de seda amarilla. Eso indicaba suoficio, y era nada menos que el verdugo. Andaba a paso medido y nolevantaba los ojos del suelo. Detrás venía un hombre blanco vestido decalzón corto, medias de seda, chupa de paño y sombrero de tres picos,todos de color negro. Este era el escribano. Inmediato a él marchaba unmilitar de alta graduación indicada por los tres entorchados de lacasaca y el sombrero de tres picos galoneado de oro, con pluma blanca deavestruz. Cerraban el cortejo otros negros y mulatos en el traje negrotalar y caperuza blanca, ya descrito, y más pueblo, todos moviéndose ensolemne y silenciosa procesión, pues no se oía otro ruido que los pasosacompasados de la tropa y la voz gangosa del sacerdote recitando lasoraciones de los moribundos.

Por esta rápida descripción advertirá el lector habanero que se tratabade un reo de muerte que conducían al patíbulo, acompañándole loshermanos de la Caridad y de la Fe, institución religiosa compuestaexclusivamente de gente de color que se ocupaba en asistir a losenfermos y moribundos y en enterrar a los muertos, principalmente loscadáveres de los ajusticiados. Es bien sabido que la justicia españolalleva su saña hasta las puertas del sepulcro, y he ahí la necesidad dela institución religiosa dicha, que se encarga de recoger el cadáver delcriminal y de darle sepultura, en vez de los parientes y amigos,privados de esos oficios por la ley o la costumbre.

La tropa que custodiaba al reo en tales circunstancias, en La Habana almenos, era un piquete de la célebre partida de Armona, especie deguardia civil, establecida por Vives, que desempeñaba el papel de lapolicía de otras partes: el militar de alta graduación, el mayor deplaza, a la sazón coronel Molina, después castellano del Morro, en cuyoempleo murió cargado con el odio de aquéllos a quienes había oprimido yexplotado mientras desempeñó el primero de estos cargos: el individuoque conducían al suplicio de la manera referida no era hombre, sinomujer y blanca; la primera tal vez de su clase que ejecutaban en LaHabana.

CAPÍTULO IX

...Esta

es

la

justicia

Que facer el Rey ordena...

EL DUQUE DE RIVAS

D. Alvaro de Luna.

Contarse merece, siquiera sea brevemente, la historia de la mujer cuyodelito se castigaba con la pena de muerte. Casada con un pobrecampesino, vivía en los arrabales de la pequeña población del Mariel, nosabemos cuanto tiempo hacía, ni hace mucho al caso tampoco. Pero sin serjoven ni hermosa, contrajo ella relaciones ilícitas con un hombresoltero del mismo pueblo.

Séase que el marido averiguara lo que pasaba yamenazara tomar venganza, séase que los amantes quisieran librarse deaquel estorbo, el hecho fue que entre los dos concertaron matarle.

Yconseguido esto, que no cuesta gran trabajo matar a un hombre, trataronde ocultar las huellas del crimen descuartizando el cadáver y arrojandoa un río inmediato los cuartos ensangrentados, cosidos en un saco. Talesfueron los hechos principales dilucidados en la causa.

Ahora bien, ¿qué papel desempeñó la mujer en el horrible drama? Eso nose puso en claro. En su defensa desplegó tan desinteresada como raraelocuencia el joven y brillante abogado Anacleto Bermúdez,[16] queacababa de llegar de España, en cuyos consejos se había recibido deabogado e hizo en esa causa su estreno como hábil criminalista. El hechoera atroz, sin embargo, y la criminalidad de la mujer quedó probada,pues si no había herido con su propia mano, había tomado parte principalen el asesinato y en la ocultación del cadáver. Se hizo, por tanto,necesaria su condenación a último suplicio, aunque éste fuese el dehorca, pues que entonces sólo se aplicaba el del garrote a la gentenoble, suceso todavía más raro en Cuba que el de ejecutar a una mujerblanca.

La pena de muerte en horca, en los dominios españoles era, si cabe, másterrible que la del garrote, introducida o generalizada algún tiempodespués de aquel a que nos referimos ahora. El verdugo, así que atabados sogas al pescuezo del reo, le lanzaba desde lo alto de la escalera,se le montaba a horcajadas en los hombros, y con los calcañales legolpeaba el estómago para apresurar su fin; deslizándose por los piesdel ajusticiado, cuyo cadáver, dentro de un traje talar, quedabameciéndose al aire libre por ocho horas, a dos varas del suelo.Semejante espectáculo no debía presentarse en La Habana con una mujerblanca, por vulgar que ella fuese u horrible su delito.

En tal situación, y cuando hubo fallado el recurso de una supuestapreñez, Bermúdez solicitó y obtuvo como gracia especial que se lahiciera morir en garrote. Recordará el lector que siete u ocho añosdespués de aquel a que nos contraemos ahora, se abolió el suplicio dehorca en Cuba, y que hallándose la cárcel en el ángulo occidental deledificio conocido por la Casa de Gobierno, donde funcionaba asimismo elAyuntamiento con todas sus dependencias, donde residía el CapitánGeneral con las suyas, y existían las escribanías públicas, tenía elreo que recorrer una larga y angustiosa carrera antes que se pusiera fina su vida en el campo de la Punta, inmediato a la mar. En efecto, por lacalle de Mercaderes pasaba a la plazuela de la Catedral, torcía luego ala de San Ignacio, luego a la de Chacón, luego a la de Cuba, enseguidapor la orilla de la muralla a pasar por debajo de la puerta abovedada yoscura llamada de la Punta, en que había cuerpo de guardia y daba salidaa los cadáveres de la ciudad que llevaban a enterrar en el cementeriogeneral.

Al salir por aquella puerta de plaza sitiada, podía distinguir el reo alo lejos, frente al arrecibe de la costa contra la cual se rompían lasolas del mar en menudos copos de brillante espuma, la máquina terrible,horca, garrote o banquillo en que había de tener fin su vida. Para losde ánimo apocado, la muerte con todos sus horrores era fuerza que se lespresentase mucho antes de recibirla. Por suerte, la mujer de que ahorahablamos, desde el momento que la metieron en capilla perdió lasfuerzas, y con ellas la conciencia de su horrible situación, siendopreciso, como se ha visto, que la condujeran al lugar del suplicio ensilla de mano, sentarla a brazos en el banco del garrote, y, muerta ya,dislocarle la vértebra del cuello para sofocar en su pecho el últimosoplo de vida.

Cinco o seis años después de los sucesos que acaban de referirse, habíacambiado de un todo el aspecto del campo de la Punta. Al yermo desoladoy polvoroso que limitaba al oeste las primeras casas de madera de labarriada de San Lázaro, por el sur rimeros de tablas y alfardasimportadas de los Estados Unidos del Norte de América, por el norte lamar y el castillo de la Punta, que asomaba sus enanas almenas detrás deapiñadas calderas férreas de Carrón para la elaboración del azúcar,sucedió

un

edificio

de

tres

cuerpos,

macizo,

cuadrangular, erigido porel Capitán General don Miguel Tacón para cárcel pública, depósitopresidial y cuartel de infantería.

El espacio descubierto que quedó al lado septentrional de ese edificio,todavía se obstruyó más con la construcción de unos cobertizos de maderapara abrigo de una parte del presidio, empleada en picar piedra menuda amartillo, con destino al empedrado de las calles de la ciudad, según elsistema de McAdam. Pero, de todos modos, así quedó separada la prisiónde la Casa de Gobierno; los presos pasaron a un edificio, aunquedefectuoso en muchos respectos, fabricado expresamente para su desahogoy seguridad; hubo más conveniente separación de sexos y de delitos, y,en especial, se redujo a la tercera parte la via crucis de losinfelices reos de muerte, pues que apenas se cuentan doscientos pasos dela cárcel nueva a la orilla del arrecife, donde se efectuaban lasejecuciones capitales. De allí y de la Punta, a la parte opuesta,salieron a recibir la muerte del patriota y del héroe, años adelante,Montes de Oca y el joven Facciolo; el General López y el español Pintó;el bravo Estrampes; y, en nuestros días, Medina y León y los inocentesestudiantes de la Universidad de La Habana.

Incorporáronse los tres amigos a la lúgubre procesión, y la acompañaronpor el costado de la Catedral hasta la puerta del Seminario, edificioque se extiende por el fondo de ella y da sobre el puerto. No habíanabierto aún la entrada a las aulas, y el golpe como de doscientosestudiantes de derecho, filosofía y latín, la flor de la juventudcubana, se dilataba desde las gradas de piedra de la portería hasta elcuartel de San Telmo por un lado, y por el otro largo trecho hacia lasbocacalles del Tejadillo y de San Ignacio, a causa de la estrechura dela vía. Por un movimiento espontáneo, la muchedumbre estudiantil sedividió en dos filas, dando paso franco por medio de la calle a laextraña comitiva, a la cual precedía un rumor sordo como de enjambre deabejas que busca donde posarse.