Cecilia Valdes o la Loma del Angel by Cirilo Villaverde - HTML preview

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—¡Jesús! ¡Jesús! exclamó seña Josefa persignándose.

—¡Ay! continuó la chica sin parar mientes en la abuela. ¡Qué gente tanpreguntona! ¿Y no sabe su merced cómo una de las muchachas aquellas mequería cortar el pelo para hacer una cachucha? Sí, señor. Pero yo mezafé.

—¡Vea Vd. espíritu maligno y por dónde trepa! volvió a exclamar laabuela como si hablase consigo misma.

—Y si no es por un hombre, prosiguió Cecilia, que estaba acostado en elsofá, y regañó a las muchachas y les dijo que me dejaran quieta y luegose fue para su cuarto bravísimo... ¿Su merced no sabe quién es esehombre, abuelita? Yo lo he visto hablar con su merced algunas veces alláen Paula, cuando vamos a misa. Sí, sí, él es, no me cabe duda. Y ahorarecuerdo que es el mismo que cada vez que me encuentra en la calle medice callejera, perdida, pilluela y muchas cosas. ¡Ah! Y dice quemandará a los soldados que me cojan y me lleven a la cárcel.

¡Qué sé yocuánto más! Le tengo mucho miedo a ese hombre.

¡Debe ser muy regañón!

—¡Niña! ¡Niña! exclamó sordamente la anciana apartándola un poco de supecho y mirándola de un modo extraño y fijo, más enojada quesorprendida. Pero como si le ocurriese un grave pensamiento o undoloroso recuerdo y entre amonestarla y aconsejarla, lo que acasoequivalía a alumbrarle aquello de que debía estar ignorante toda lavida, su ánimo triste luchase en un mar de dudas, con sorpresa de lanieta selló de golpe sus labios.

Poco a poco fue serenándose el piélagoalborotado: se desvanecieron una después de la otra las nubes apiñadasen aquel horizonte naturalmente sombrío; y volviendo a estrechar la niñaen sus desnudos brazos, añadió con toda la dulzura que pudo dar a suvoz, por naturaleza bronca, con toda la calma de que pudo revestir susemblante:

—¡Cecilia! Hija de mi corazón, no vayas más a esa casa.

—¿Por qué, mamita?

—Porque, contestó la abuela como distraída, no sé verdaderamente, mialma, no lo sé, no podría decirlo si quisiera..., pero es claro yconstante, niña, que esa gente es muy mala.

—¡Mala! repitió Cecilia azorada, ¿y me hicieron tantas caricias, y medieron dulces, y raso para zapatos? ¡Si tú supieras lo que mechiquearon...!

—Pues no te fíes, niña. Tú eres muy confiada y eso no está bien. Por lomismo que te chiquearon tanto debías de andar con cuatro ojos. Queríanatraerte para hacerte algún daño. Uno no puede decir de qué son capaceslas gentes. ¡Tantas cosas suceden ahora que no se veían en mi tiempo...!Cuando menos lo que procuraban era que te descuidaras, para coger unastijeras y ¡tris!

tumbarte el pelo. Sería una lástima, porque tú lotienes muy hermoso. Además, que ese pelo no te pertenece, sino a laVirgen, que te salvó de aquella grave enfermedad... ¡Acuérdate! Yo leofrecí que si te ponías buena le daría tu cabellera para adornar suefigie en Santa Catalina. No te fíes te digo.

Esto diciendo, le cogía la cabeza a la nieta entre ambas manos y ledesparramaba los copiosos rizos por la espalda y los hombros.

—Sí, replicó Cecilia apretando los labios y levantando con aire dedesdén la frente, como yo soy tan boba para que me engañen así, así...

—Sin embargo, hija, lo mejor de los dados es no jugarlos. Yo bien séque tú eres una muchacha dócil y entendida; pero estoy cierta que noconoces a esa gente. Mira, no les hagas caso; aunque se les seque elgañote llamándote, no vayas a donde están. Mas ahora que me acuerdo: lomejor es que ni por cien leguas te acerques por su rededores. Luego, esehombre que tú misma dices que donde quiera que te topa te pone malacara.

¡Sabe Dios quién será! Aunque no debemos pensar mal de nadie, contodo, como puede ser un santo puede ser un de... (Y se persignó sinconcluir la palabra.) El Señor sea con nosotras.

Además, Cecilia, túeres muy inocente, algo atolondrada, y en esa casa... ¿Tú no lo sabes?hay una bruja que se roba a las muchachas bonitas. Por milagro de suDivina Majestad has escapado. Tú estuviste allí por la tarde, ¿no?

—Por la tardecita; todavía no habían encendido las luces en las casas.

—¡Ay de ti si llegas a entrar de noche! Vamos, no vayas más en tu vidaa esa casa, ni pases tampoco por la cuadra.

—¡Anjá! Con que allí vive también un muchacho ya grande, que a cadarato lo topo por Santa Teresa con un libro debajo del brazo. Siempre queme ve me quiere coger, me corre detrás y sabe mi nombre...

—Estudiante, perverso, como todos ellos. Cuando menos se le cayó de lasuñas al mismo Barrabás. Pero voy viendo que tú tienes una cabecita duracomo una piedra, y que por más que me afano en aconsejarte no consigonada. En efecto, ¿quién ha visto que una niña tan linda como tú se andeazotando calles, con la chancleta arrastro y el pelo suelto ydesgreñado, hasta las tantas más cuantas de la noche? ¿De quién aprendesestas malas mañas? ¿Por qué no me has de hacer caso?

—Y Nemesia, la hija de seño Pimienta el músico, ¿no se está en lacalle hasta las diez? Antenoche nada menos la topé en la plazuela delCristo jugando a la lunita con una porción de muchachos.

—¿Y tú te quieres comparar con la hija de seño Pimienta, que es unapardita andrajosa, callejera, y mal criada? El día menos pensado traen aesa espiritada, a su casa en una tabla con la cabeza partida en dospedazos. La cabra, hija, siempre tira al monte. Tú eres mejor nacida queella. Tu padre es un caballero blanco, y algún día has de ser rica yandar en carruaje. ¿Quién sabe? Pero Nemesia no será nunca más de lo quees. Se casará, si se casa, con un mulato como ella, porque su padretiene más de negro que de otra cosa. Tú, al contrario, eres casi blancay puedes aspirar a casarte con un blanco. ¿Por qué no? De menos nos hizoDios. Y has de saber que blanco, aunque pobre, sirve para marido; negroo mulato ni el buey de oro. Hablo por experiencia... Como que fui casadados veces... No recordemos cosas pasadas. Si tú supieras lo que lesucedió a una muchachita, cuasi de tu misma edad, por no hacer caso delos consejos de una abuela suya, la cual le pronosticó que si daba enandar por las calles tarde de la noche le iba a suceder una grandesgracia...

—Cuéntemelo, cuéntemelo, Chepilla, repitió la niña con la curiosidad detal.

—Pues, señor: una noche muy escura, en que soplaba el viento recio,por cierto que era día de San Bartolomé, en que, como ya te he dichootras veces, se suelta el diablo desde las tres de la tarde, estaba lamuchacha Narcisa, que éste era su nombre, sentada cantando bajito en elquicio de piedra de su casa, mientras su abuela rezaba arrinconadadetrás de la ventana... Me acuerdo como si fuera ahora mismo. Puesseñor, habían tocado ánimas en el Espíritu Santo, y como el viento habíaapagado los pocos faroles, las calles estaban muy escuras, silenciosasy solitarias, como boca de lobo. Pues según iba diciendo, la muchachitacantaba y la vieja rezaba el rosario, cuando estando así, cate que seoye tocar un violín por allá en vuelta del Ángel.

¿Qué se figuró laNarcisa? Que era cosa de baile, y sin pedirle permiso a la abuela, sindecir oste ni moste, echó a correr y no paró hasta la loma. Así que lavieja acabó de rezar, creyendo que su nieta estaba en la cama, según eranatural, cerró la puerta.

—¿Y dejó en la calle a la pobrecita? interrumpió Cecilia a la contadoracon muestras de ansiedad y lástima.

—Ahora verás. La viejecita, antes de acostarse, porque ya era tarde yse caía del sueño, cogió una vela y fue al catre de la nieta para ver sidormía. Figúrate cuál no se quedaría ella que la amaba tanto, alencontrarse con el catre vacío. Corrió a la puerta de la calle, laabrió, llamó a gritos a la nieta: ¡Narcisa! ¡Narcisa!

Pero Narcisa noresponde. Ya se ve, ¿cómo había de responder la infeliz si el diablo sela había llevado?

—¿Cómo fue eso? preguntó azorada la niña.

—Yo te lo contaré, prosiguió seña Chepa con calma, notando queproducía el efecto deseado su cuento de cuentos. Pues, señor, al llegarNarcisa a las cinco esquinas del Ángel, se le apareció un joven muygalán, que le preguntó a dónde iba a aquella hora de la noche.—A ver unbaile, contestó la inocente.—Yo te llevaré, repuso el joven; ycogiéndola por un brazo la sacó a la muralla.

Aunque era muy escuro,reparó Narcisa que según iban andando el desconocido se ponía prieto,muy prieto, como carbón; que los pelos de la cabeza se le enderezabancomo lesnas; que al reír asomaba unos dientes tamaños como de cochinojabalí; que le nacían dos cuernos en la frente; que le arrastraba unrabo peludo por el suelo, vamos, que echaba fuego por la boca como unhorno de hacer pan. Narcisa entonces dio un grito de horror y trató dezafarse, pero la figura prieta le clavó las uñas en la garganta para queno gritara, y, cargando con ella, se subió a la torre del Ángel, que,según habrás reparado, no tiene cruz, y desde allí la arrojó en un pozohondísimo que se abrió y volvió a cerrarse tragándosela en un instante.Pues esto es, hija, lo que le sucede a las niñas que no hacen caso delos consejos de sus mayores.

Dio aquí fin a su cuento seña Chepa y comenzó la admiración, el pavorde Cecilia, la cual se puso a temblar de pies a cabeza y a dar dientecon diente, aunque sin cesar de bostezar, porque más era el sueño que elmiedo; con lo que, dando traspiés, se fue a la cama, que es a lo quetiraba la astuta vieja. Muchos otros cuentos por el estilo le hizo a laandariega muchacha; pero estamos seguros que no sacó otro fruto conellos que llenar su cabeza de supersticiones y amilanar su espíritu.Ello es, que no por eso dejó la chica de hacer su gusto, escapándose aveces por la ventana, aprovechándose otras del momento en que laenviaban a la taberna de la esquina inmediata, para andarse de calle encalle y de plaza en plaza: cuándo en pos de la incitativa música de unbaile; cuándo tras los tambores de los relevos; cuándo de los carruajesdel entierro; cuándo, en fin, de la turba muchachil que arrebata elmedio de plata en el bautizo.

CAPÍTULO IV

Traen

el

pensamiento

Lleno

de

impudicia,

y

lo

derraman

En

torpes

mil

escandalosas

voces,

Que

inficionan

el

viento

Y altamente publican lo que aman.

González Carvajal

Cinco o seis años después de la época a que nos hemos contraído en losdos capítulos anteriores, a fines del mes de setiembre, había dadoprincipio el convento de la Merced a la serie de ferias con que hasta elaño de 1832, acostumbraban a solemnizar en Cuba las fiestas titularesreligiosas, consagradas a los santos patrones de las iglesias yconventos; novenarios coincidentes a veces con el circular delSacramento, introducido en el culto de Cuba desde los primeros años delsiglo por el Señor Obispo Espada y Landa.

El novenario, de paso diremos, comenzaba nueve días anteriores a aquélen que caía el del santo patrono, prolongándose hasta otros nueve, conlo que se completaban dos novenas seguidas. Es decir, dieciocho días defiesta, religiosas y profanas, que tenían más de grotescas y deirreverentes que de devotas y de edificantes. En ese tiempo se decíamisa mayor con sermón por la mañana y se cantaba salve a prima nochedentro de la iglesia, con procesión por la calle el día del santo.

Fuera del templo había lo que se entendía por feria en Cuba, que sereducía a la acumulación en la plazuela o en las calles inmediatas, deinnumerables puestos ambulantes, consistentes en una mesa o tablero detijeras, cubiertos con un toldo y alumbrados por uno o más candiles dequemar grasa, donde se vendía, no ciertamente artículo alguno deindustria o comercio del país, ni producto del suelo, caza, ave niganado, sino meramente baratijas de escasísimo valor, confituras devarias clases, tortas, obra de masa, avellanas, alcorza, agua de Loja yponche de leche. Aquello no era feriar en el sentido recto de lapalabra.

Pero esto no era por cierto el rasgo más notable de nuestras fiestascirculares. Había en el espectáculo algo que se hacía notable pordemasiado grosero y procaz. Nos contraemos ahora a los juegos de envitey de manos que hacían parte de la feria y que provocaban con susestupendas, aunque mentirosas ganancias, la codicia de los incautos. Losdirigían y ejecutaban en su mayoría hombres de color y de la peor ralea.Si bien groseros los artificios, no dejaban de engañar a muchos que sedaban por muy avisados. Estos tenían lugar en la plazuela o en la calle,a la luz mortecina de los candiles o de los faroles de papel, y tomabanen ellos parte gentes de todas clases, condiciones, edades y sexos. Paralas de alta posición social, queremos decir, para los blancos, habíaalgo más decente, había la casa de bailes, donde un Farruco, un Brito,un Illas o un Marqués de Casa Calvo tenían puesta la banca o juego delmonte desde el oscurecer hasta pasada la media noche, mientras durabanlos dieciocho días de la feria.

Procurábase que la casa o casas de bailes estuviesen lo más vecino quese pudiera a la parroquia o convento en que se celebraba el novenario.En la sala se bailaba, en el comedor tocaba la orquesta, y en el patiose jugaba al juego conocido por del monte. La mesa era larga y angosta,para que cupiesen los más de los jugadores sentados a ambos lados, eltallador a una cabeza y en la otra su ayudante, que dicen gurrupié. Parala protección de los jugadores y de los naipes, en caso de lluvia,frecuentes en el otoño, se tendía un toldo del alero de la casa alcaballete de la tapia divisoria de la vecina. No todos los tahures, paravergüenza nuestra sea dicho, eran del sexo fuerte, hombres ya maduros,ni de la clase lega, que en el grupo apiñado y afanoso de los quearriesgaban a la suerte de una carta, quizás el sustento de su familiael día siguiente, o el honor de la esposa, de la hija o de la hermana,podía echarse de ver una dama más ocupada del albur que de su propiodecoro, o un mozo todavía imberbe, o un fraile mercenario en sus hábitosde estameña color de pajuela, con el sombrero de ala ancha encasquetado,las cuentas del largo rosario entre el índice y el pulgar de la manoizquierda, y la derecha ocupada en colocar la moneda de oro o plata enel punto que más se daba, perdiendo o ganando siempre con la mismaserenidad de ánimo que de semblante.

El banquero, para llamarle por su nombre más decente, era quien hacía elgasto del alquiler de la casa, el de la música y el de las velas deesperma con que se alumbraban la sala de baile, el comedor y la mesa deljuego. Todo esto se hacía para atraer a los jugadores. La entrada, porsupuesto, era libre, aunque el bastonero, que también tiraba sueldo, noadmitía toda clase de persona. En aquella época corría mucho la monedafuerte, los duros españoles y las onzas de oro. La plata menudaescaseaba, y era cosa de oír el continuo retintín de los pesotescolumnarios y sonoras onzas, que maquinalmente dejaban caer los tahuresde una mano a otra o sobre la mesa, como para distraer el pensamiento yde algún modo interrumpir el solemne silencio del azaroso juego.

Que nada de lo que aquí se traza a grandes rasgos estaba prohibido o nomás que tolerado por las autoridades constituidas, se desprendeclaramente del hecho de que los garitos en Cuba pagaban unacontribución al gobierno para supuestos objetos de caridad. ¿Qué más? Lapublicidad con que se jugaba al monte en todas partes de la Islaprincipalmente durante la última época del mando del capitán general donFrancisco Dionisio Vives, anunciaba, a no dejar duda, que la política deéste o de su gobierno se basaba en el principio maquiavélico decorromper para dominar, copiando el otro célebre del estadista romano: divide et impera. Porque equivalía a dividir los ánimos, elcorromperlos, cosa que no viese el pueblo su propia miseria y sudegradación.

Pero esta digresión, por más necesaria que fuese, nos ha desviado untanto del punto objetivo de la presente historia.

Nuestra atención laatraía por completo un baile de la clase baja que se daba en el recintode la ciudad por la parte que mira al Sur. La casa donde tenía efecto,ofrecía ruín apariencia, no ya por su fachada gacha y sucia, como por elsitio en que se hallaba, el cual no era otro que el de la garita de SanJosé, opuesto a la muralla, en una calle honda y pedregosa. Aunque depuerta ancha con postigo, no formaba lo que se entiende en Cuba porzaguán, pues abría derecho a la sala. Tras ésta venía el comedor con elcorrespondiente tinajero, armazón piramidal de cedro, en que persianasmenudas encerraban la piedra de filtrar, la tinaja colorada barrigona,los búcaros, de una especie de terra cotta y las pálidas alcarrazas deValencia, en España. Al comedor dicho daba la puerta lateral del primeraposento, ocupado en su mayor parte por dos órdenes de sillones devaqueta colorada, una cama con colgaduras de muselina blanca y unarmario, al que dicen en La Habana escaparate.

Otros cuartos seguían aése, atestados de muebles ordinarios, y paralelo a ellos un patio largoy angosto, también obstruido en parte por el brocal alto de un pozocuyas aguas salobres dividía con la casa contigua, terminando cuartos ypatio en una saleta atravesada y exenta.

En esta última se hallaba una mesa de regular tamaño, ya vestida ypreparada con cubiertos como para hasta diez personas; algunos refrescosy manjares, agua de Loja, limonada, vinos dulces, confituras, panetelascubiertas, suspiros, merengues, un jamón adornado con lazos de cintas ypapel picado, y un gran pescado, nadando casi en una salsa espesa defuerte condimento.

En la sala había muchas sillas ordinarias de maderaarrimadas a las paredes, y a la derecha, como se entra de la calle, uncanapé, con varios atriles de pie derecho por delante. Aquél, a la sazónque principia nuestro cuento, le ocupaban hasta siete negros y mulatosmúsicos, tres violines, un contrabajo, un flautín, un par de timbales yun clarinete. El último de los instrumentos aquí mencionados se hallabaa cargo de un mulato joven, bien plantado y no mal parecido de rostro,quien, no obstante sus pocos años, dirigía aquella pequeña orquesta.

Ese se veía de pie a la cabeza del canapé por el lado de la calle. Suscompañeros, casi todos mayores que él, le decían Pimienta, y ya fuese unsobrenombre, ya su verdadero apellido, por éste lo designaremos de aquíadelante. Su mirada distraída y aun sombría, no se apartaba de la puertade la calle, como si esperase algo o a alguien, en los momentos de quehablamos ahora.

Pero aquella puerta, lo mismo que la ventana de bastidor cuadrado, seveía asediada de una multitud de curiosos de todas edades y condiciones,que apenas permitían acceso a la sala a las mujeres y hombres conderecho o voluntad de entrar. Y decimos con derecho o voluntad porquenadie presentaba papeleta, ni había bastonero que recibiese oaposentase. El baile, conocidamente era uno de los que, sin que sepamossu origen, llamaban cuna en La Habana. Sólo sabemos que se daban entiempo de ferias, que en ellos tenían entrada franca los individuos deambos sexos de la clase de color, sin que se le negase tampoco a losjóvenes blancos que solían honrarlos con su presencia. El hecho, sinembargo, de tenerse preparado en el interior un buen refresco, prueba,que si aquella era una cuna en el sentido lato de la palabra, parte almenos de la concurrencia había recibido previa invitación o esperaba serbien recibida. Así era en efecto la verdad. La ama de la casa, mulatarica y rumbosa, llamada Mercedes, celebraba su santo en unión de susamigos particulares, y abría las puertas para que disfrutaran del bailelos aficionados a esta diversión y contribuyeran con su presencia almayor lustre e interés de la reunión.

Serían las ocho de la noche. Desde por la tarde habían estado cayendolos primeros chubascos de otoño, y aunque habían suspendido hacia eloscurecer, tras haber empapado el suelo, dejando las callesintransitables, no habían refrescado la atmósfera. Lejos de ello, habíaquedado tan saturada de humedad, que se adhería a la piel y hervía enlos poros. Pero no eran estos inconvenientes para los curiosos que,según hemos dicho antes, asediaban la puerta y la ventana, hasta llenarcasi la mitad de la angosta y torcida calle; ni para los concurrentes albaile, que a medida que avanzaba la noche llegaban en mayor número, unosa pie, otros en carruaje. Cosa de las nueve la sala de baile era unhervidero de cabezas humanas; las mujeres sentadas en las sillas delrededor y los hombres de pie en medio, formando grupo compacto, todoscon los sombreros puestos; por lo cual la cabeza que sobresalía, deseguro que tropezaba con la bomba de cristal, suspendida de una viguetapor tres cadenas de cobre, en que ardía la única vela de esperma paraalumbrar a medias aquella tan extraña como heterogénea multitud.

Bastante era el número de negras y mulatas que habían entrado, en sumayor parte vestidas estrafalariamente. Los hombres de la misma clase,cuya concurrencia superaba a la de las mujeres, no vestían con mejorgusto, aunque casi todos llevaban casaca de paño y chaleco de piqué, losmenos chupa de lienzo, dril o Arabia, que entonces se usabangeneralmente, y sombrero de paño. No escaseaban tampoco los jóvenescriollos de familias decentes y acomodadas, los cuales sin empacho serozaban con la gente de color y tomaban parte en su diversión máscaracterística, unos por mera afición y otros movidos por motivos demenos puro origen. Aparece que algunos de ellos, pocos en verdad, no serecataban de las mujeres de su clase, si hemos de juzgar por eldesembarazo con que se detenían en la sala de baile y dirigían lapalabra a sus conocidas o amigas, a ciencia y presencia de aquéllas que,mudas espectadoras, los veían desde la ventana de la casa.

Distinguíase entre los jóvenes dichos antes, así por su varonil bellezade rostro y formas, como por sus maneras joviales, uno a quien suscompañeros decían Leonardo. Vestía pantalón y chupa de dril crudo conlistas rosadas, chaleco blanco de piqué, corbata de seda ajustada alcuello por un anillo de oro y las puntas sueltas, sombrero de yarey, tanfino que parecía hecho de holán Cambray, calcetín de seda de color decarne y zapato bajo con hebillita de oro al lado. Por debajo delchaleco, asomaba una cinta de aguas rojo y blanco, doblada en dos ysujetas las puntas con una hebilla también de oro. Esta servía de cadenaal reloj en el bolsillo del pantalón. Había allí otro hombre que sedistinguía más si cabe que Leonardo, aunque por distinto camino, estoes, por lo que diferían a su opinión y se reían de sus chocarrerías losnegros y mulatos, y por la familiaridad con que trataba a las mujeres,sobre todas al ama de la casa. Frisaba ya en los cuarenta años de edadese sujeto, no tenía pelo de barba, era blanco de rostro, con ojosgrandes y alocados, la nariz larga, roja hacia la punta, indicio de supoca sobriedad, la boca grande, más expresiva. Portaba siempre debajodel brazo izquierdo una caña de Indias con puño de oro y borlas de sedanegra. Le acompañaba a todas partes, como la sombra al cuerpo, unhombre de facha ordinaria, notable por la estrechez de la frente, porsus movibles y ardientes ojicos, y, sobre todo, por sus enormes patillasnegras, que le daban el aire antes de bandolero que de alguacil; empleoque desempeñaba entonces, pues el otro a quien seguía era nada menos queCantalapiedra, comisario del barrio del Ángel, el cual abandonaba porandarse tras la tentadora cuna.

Rato hacía que la música tocaba las sentimentales y bulliciosascontradanzas cubanas, aunque todavía el baile, para valernos de la frasevulgar, no se había rompido. Acomodaba afanosa el ama de la casa a susamigas particulares y de más edad en los sillones del aposento, para quea salvo de las pisadas y tropiezos pudiesen gozar de la fiesta al mismotiempo que no perder de vista a los objetos o de su cuidado, o de sucariño, que como jóvenes quedaban en la sala. Pimienta, el clarinete, semantenía en pie a la cabeza de la orquesta, tocando su instrumentofavorito, casi de frente para la calle, cual si no hubiese entrado aúnla persona digna de su música, o quisiera ser el primero en verlaentrar. Parecía, sin embargo, inútil este cuidado, por cuanto no entrabahombre ni mujer que no tuviera algo que decirle al paso. A todos estossaludos contestaba él invariablemente con un movimiento de cabeza, si seexceptúa que cuando le tocó su vez al capitán Cantalapiedra, quien consu acostumbrada familiaridad le puso la mano en el hombro y le habló ensecreto, contestó quitándose el instrumento de la boca:—Así parece, micapitán.

Podía advertirse que cada vez que entraba una mujer notable por algunacircunstancia, los violines, sin duda para hacerle honor, apretaban losarcos, el flautín o requinto perforaba los oídos con los sones agudos desu instrumento, el timbalero repiqueteaba que era un primor, elcontrabajo, manejado por el después célebre Brindis,[7] se hacía unarco con su cuerpo y sacaba los bajos más profundos imaginables, y elclarinete ejecutaba las más difíciles y melodiosas variaciones.

Aquelloshombres, es innegable, se inspiraban, y la contradanza cubana, creaciónsuya, aun con tan pequeña orquesta, no perdía un ápice de su graciapicante ni de su carácter profundamente malicioso-sentimental.

CAPÍTULO V

—¿Habéis

visto

en

vuestra

vida

Mujer

más

airosa?

—No.

Ni

al

Parque

jamás

salió

Más aseada y bien prendida

CALDERÓN

Mañanas de Abril y Mayo

Después de dar una vuelta por la sala, el comisario Cantalapiedra seentró de rondón en el aposento, y en son de broma le tapó por detrás losojos al ama de la casa, en los momentos en que ella se inclinaba sobrela cama para depositar la manta de una de sus amigas que acababa deentrar de la calle.

La tal ama de la casa, Mercedes Ayala, era unamulata bastante vivaracha y alegre a pesar de sus treinta y picocumplidos, regordeta, baja de cuerpo y no mal parecida. Atrapada y todopor detrás, no se cortó ni turbó por eso; antes por un movimientonatural acudió con entrambas manos a tentar las del que la impedía ver,y sin más dilación dijo:—Este no puede ser otro que Cantalapiedra.

—¿Cómo me conociste, mulata? preguntó él.

—¡Toma! repuso ella. Por el aquel de algunas gentes.

—¿El aquel mío o tuyo?

—El de los dos, señor, para que no haya disgusto.

Tras lo cual el comisario la atrajo a sí suavemente por la cintura conel brazo derecho y le dijo una cosa al paño que la hizo reír mucho;aunque, apartándole con ambas manos, repuso:

—Quite allá, lisonjero. La que trastorna el juicio está al caer.

Ya yoya... Cátela Vd.

Si con estas últimas palabras aludía la Ayala a una de las dos muchachasque en aquel mismo punto se apearon de un lujoso carruaje a la puerta dela casa, hecho anunciado por el movimiento general de cabezas de dentroy fuera de ella, no cabe duda que tenía sobrada razón. No la había máshermosa ni más capaz de trastornar el juicio de un hombre enamorado. Erala más alta y esbelta de las dos, la que tomó la delantera al descenderdel carruaje lo mismo que al entrar en la sala de baile, de brazo con unmulato que salió a recibirla al estribo, y la que, así por laregularidad de sus facciones y simetría de sus formas, por lo estrechodel talle, en contraste con la anchura de los hombros desnudos, por laexpresión amorosa de su cabeza, como por el color ligeramente bronceado,bien podía pasar por la Venus de la raza híbrida etiópico-caucásica.Vestía traje de punto ilusión sobre viso de raso blanco, mangas cortascon ahuecadores, que las hacían parecer dos globos pequeños, banda decinta ancha encarnada a través del pecho, guantes de seda largos hastael codo, tres sartas de brillantes corales al cuello, y una pluma blancade marabú con flores naturales, las que, con el pelo hecho un rodetebajo y un orden de rizos de sien a sien, por detrás, daban a su cabezael aire de una gorra antigua de terciopelo negro, que es lo que ella osu peluquero se había propuesto contrahacer. La compañera iba vestida ypeinada con poco más o menos como ella, pero no siendo ni con mucho tanesbelta y bella, no atrajo tanto la atención.

Volvíanse las mujeres todo ojos para verla, los hombres le abrían paso,le decían alguna lisonja o chocarrería, y en un instante el rumor sordode:—La Virgencita de bronce, la Virgencita de bronce, recorrió de unextremo a otro la casa del baile. Que la reina de éste acababa depresentarse, sin la orquesta, dieron de ello claras muestras laanimación y el movimiento difundidos por todas partes. Al pasar ella porjunto al clarinete Pimienta, le tocó con el abanico en el brazo,acompañando la acción con una sonrisa, que fueron parte para que elartista, que por lo visto esperaba aquel instante con ansia devoradora,sacara de su instrumento las melodías más extrañas y sensibles, cual sila musa de sus sueños platónicos hubiese bajado a la tierra y adoptadola forma de una mujer sólo para inspirarle. Puede decirse en resumen queel golpe del abanico surtió en el músico el efecto de una descargaeléctrica cuya sensación, si es dable expresarlo así, podía leerse lomismo en su rostro que en todo su cuerpo, desde el cabello a la planta.No se cruzaron palabras entre ellos, por supuesto, ni parecíannecesarias tampoco, al menos por lo que a él tocaba, pues el lenguaje desus ojos y de su música era el más elocuente que podía emplear seralguno sensible, para expresar la vehemencia de su amorosa pasión.

También le tocó con su abanico y se sonrió con Pimienta la compañera dela llamada Virgencita de bronce pero el menos observador pudo advertirque el toque y la sonrisa de la una no tuvieron sobre él, ni con mucho,la influencia mágica de los de la otra. Al contrario, sus miradas seencontraron con natural y sereno movimiento, por donde era fácil colegirque había inteligencia entre ella y el músico, pero aquella inteligenciaque tiene por origen la amistad o el parentesco, no el amor. Sea de estolo que se fuere, Pimienta siguió con la vista a las dos muchachas, encuanto se lo permitían las gentes, hasta que entraron en el primeraposento, por la puerta del comedor, entonces cesó de tocar y paró lamúsica.

Los jóvenes blancos, con Cantalapiedra a su cabeza, se habían situado alfin en el comedor, cerca de esa puerta de comunicación, para hallarse ala mira, lo mismo de las mujeres que entraban de la calle, como de lasque salían a bailar en la sala. El que llamaban Leonardo, no bien notóla aproximación del

carruaje

en

que

llegaban

las

dos

muchachas

arribamencionadas, se abrió camino a la calle con alguna dificultad, y sedirigió derecho al calesero, al cual le habló en baja voz. Este, paraoírlo, se inclinó desde la silla del caballo que montaba, se quitó elsombrero en señal de respeto, y diciendo,—

sí, señor,—al punto echó aescape con el carruaje la vuelta del hospital de mujeres de Paula.

Mientras las dos muchachas pasaban del comedor al cuarto, la más hermosapreguntó a su amiga en tono de voz que pudieron oír algunos de loscircunstantes:

—¿Lo has visto, Nene?

—¿Te ciega el amor? contestó la compañera con otra pregunta.

—No es eso, china, sino que no lo he visto. ¿Qué quieres?

—Pues por tu lado pasó como un reguilete, cuando nosotras entrábamos.

Con esto la otra echó una rápida ojeada en torno del grupo de cabezasque la rodeaban y se inclinaban sobre ella, en el afán de verla a susabor y de atraer sus miradas. Pero no cabe duda que sus ojos notropezaron con los del individuo, cuyo nombre ninguna de las dosmencionó, porque torció el ceño y dio claras muestras de su desazón.Cantalapiedra, sin embargo, oyendo sus palabras y observando susemblante, dijo: ¡Cómo! ¿Qué, no me ves? ¡Aquí me tienes, cielo!

La joven hizo un mohín muy sonoro y no replicó palabra. Por elcontrario, Nemesia, que se perecía por los dimes y diretes, contestó conmás viveza que gracia:

—Ahí se podía estar el señor toda la vida. Naide preguntaba por elseñor.

—Ni yo hablaba contigo, poca sal.

—Ni se necesita, cristiano.

—¡Qué lengua, qué lengua! repitió el comisario.

Todo esto pasó en un instante, sin volver atrás la cara las muchachas,ni pararse a conversar, sino el tiempo necesario para que los hombresles abrieran paso. Ya en la puerta del aposento, la Ayala recibió a susamigas con los brazos abiertos y muchas demostraciones de alegría y decariño. Y ya fuese por cumplimiento, ya porque así en efecto lo sentía,dijo casi a gritos:—Por ustedes se aguardaba para romper el baile.¿Cómo está Chepilla? continuó hablando con la más joven. ¿No ha venido?Empezaba a creer que había habido novedad.

—Por poco no vengo, contestó la preguntada. Chepilla no se sentíabuena, y luego se ha puesto tan impertinente. El quitrín esperó pornosotras media hora por lo menos.

—Más vale que no haya venido, continuó la Mercedes. Porque la cosa va adurar hasta el alba y ella no podría resistir. Denme sus mantas.

Tiempo era ya de que la fiesta comenzase. En efecto, no tardó enpresentarse en el aposento ocupado por las matronas un mulato alto,calvo, algo entrado en años, aunque robusto, quien plantándose delantede la Mercedes Ayala, le dijo en voz bronca y con los brazos levantados:

—Vengo por la gracia y la sal para romper el baile.

—Pues, hermano, a la otra puerta, que aquí no es, repuso la Ayala conmucha risa.

—No hay que venirme con ésas, señora, porque yo soy porfiado. Además,que a nadie sino al ama de la casa corresponde el honor de romper elbaile; con más que es su natalicio.

—Eso sería bueno si no hubiera en esta selecta reunión muchachasbonitas, a quienes de derecho corresponde el dominio y la gloria entodas partes.

—Ya se ve, agregó el calvo, que no faltan esta noche en tan selectareunión muchas y muy bonitas muchachas, pero esta circunstancia, queconcurre también en el ama de la casa, no les da derecho a romper elbaile. Hoy en el día de su santo, Merceditas, es Vd. el ama de la casa,donde celebramos tan fausto día, y es Vd. la gracia y la sal del mundo.¿He dicho algo?

concluyó recorriendo con la vista los circunstantes enbusca de su aprobación.

Todos, que más que menos, ya con palabras, ya con la acción,manifestaron su aquiescencia, de manera que la Ayala tuvo que ponerse enpie, y mal su grado seguir al compañero a la sala. Por entonces yahabían despejado los hombres, dejando un buen espacio libre en elcentro. El calvo llevaba de la mano a la Ayala, y con ella se cuadró defrente para la orquesta, a la cual mandó en tono imperioso que tocase unminué de corte. Este baile serio y ceremonioso estaba en desuso en laépoca de que hablamos; pero por ser propio de señores o gente principal,la de color de Cuba le reservaba siempre para dar principio a susfiestas.

Bailaba aquella anticuada pieza con bastante gracia por parte de lamujer y con aire grotesco por la del hombre, saludaron a la primera loscircunstantes con estrepitosos aplausos, y luego, sin más demora,comenzó de veras el baile, es decir, la danza cubana, modificación tanespecial y peregrina de la danza española, que apenas deja descubrir suorigen. Uno de tantos presentes se arrestó a invitar a la joven de lapluma blanca, como si dijéramos, a la musa de aquella fiesta, y ella,sin hacerse de rogar ni poner ningún reparo, aceptó de plano lainvitación.

Cuando pasaba del aposento a la sala, para ocupar su puestoen las filas de la danza, se le escapó a una de las mujeres la siguienteaudible exclamación:

—¡Qué linda! Dios la guarde y la bendiga.

—El mismo retrato de su madre, que santa gloria haya, agregó otra.

—¡Cómo! ¿Que murió la madre de esa niña? preguntó muy azorada unatercera.

—¡Toma! ¿Que ahora se desayuna Vd. de eso? repuso la que habló ensegundo lugar. ¿Pues no oyó Vd. decir que había muerto de resultas dehaber perdido a su hija a los pocos días de nacida?

—No entiendo cómo la perdió si vive.

—No me ha dejado Vd. explicar, seña Caridad. Perdió a su hija a lospocos días de nacida porque se la quitaron cuando menos lo esperaba. Hayquien diga que la abuela, para ponerla en la Real Casa Cuna y hacerlapasar por blanca; hay quien diga que la abuela no fue la ladrona, sinoel padre de la muchacha, que era un caballero de muchas campanillas y yase había arrepentido de sus tratos y contratos con la madre. Esta perdiójunto con la hija el juicio, y cuando le volvieron la hija, por consejode los médicos, ya fue tarde, porque si recobró el juicio, que hay quienlo duda, no recobró la salud, y murió en Paula.

—Ha contado Vd. una historia, seña Trinidad, dijo pasito la Ayala consonrisa de incredulidad a la mulata que acababa de hablar.

—Hija, replicó la Trinidad alto, como me la contaron la cuento; niquito ni pongo de mi caudal.

—Pues según mis informes, que son de buena tinta, continuó la Ayala,Vd. o la que le contó la historia añadió mucho de su propio caudal. Lodigo porque no se sabe de cierto si la madre de la niña ésta vive omuere; lo único que está bien averiguado es que la abuela oculta a lanieta el nombre de su padre, aunque es preciso ser ciega para no verlo oconocerlo. Cuando menos anda ahora mismo por las ventanas, siguiéndolelos pasos a la hija, como que no la pierde de vista un punto. Parece queese hombre ingrato y desnaturalizado, arrepentido de su conducta con lainfeliz Rosarito Alarcón, no halla otro medio de expiar su culpa queseguir a la hija de cuna en cuna y de ponina en ponina, para ver si laliberta de los peligros del mundo. No tenga cuidado. Trabajo le mando.Como que así así se le cortan las alas al pájaro que una vez emprendióel vuelo.

—Pero se puede saber, preguntó la que dijeron Caridad,

¿quién es elseñorón de que se trata? Porque aquí tiene Vd. una persona que no loconoce ni lo ha visto nunca, y no me parece que soy sorda ni ciega.

—Como sé lo que es una curiosidad no satisfecha, seña Caridad, voy asacarla de dudas, dijo la Ayala acercándose. Creo que hablo con unamujer de secreto, y por eso le digo todo lo que hay en el asunto.Apuradamente no tengo por qué andar con tapujos a estas horas. Sepa queel hombre es...; y poniéndole ambas manos en los hombros a la curiosa,le comunicó en secreto

el

nombre

del

individuo.

¿Lo

conoce

Vd.

ahora?concluyó preguntando la Ayala.

—Por supuesto que sí, contestó seña Caridad. Como a mis manos. Lo másque yo conocía. Por cierto que...; pero cállate, lengua.

Serían las diez de la noche y entonces estaba en su punto el baile.Bailábase con furor. Decimos con furor porque no encontramos término quepinte más al vivo aquel mover incesante de pies, arrastrándolosmuellemente junto con el cuerpo al compás de la música; aquel revolversey estrujarse en medio de la apiñada multitud de bailadores y mirones, yaquel subir y bajar la danza sin tregua ni respiro. Por sobre el ruidode la orquesta con sus estrepitosos timbales, podía oírse, en perfectotiempo con la música, el monótono y continuo chis, chas de los pies; sincuyo requisito no cree la gente de color que se puede llevar el compáscon exacta medida en la danza criolla.

En la época a que nos referimos, estaban en boga las contradanzas defiguras, algunas difíciles y complicadas, tanto que era precisoaprenderlas por principio antes de ponerse a ejecutarlas, pues seexponía a la risa del público el que las equivocaba, equivocación a quedecían perderse. Aquel que se colocaba a la cabeza de la danza poníala figura, y las demás parejas debían ejecutarla o retirarse de lasfilas. En todas las cunas generalmente había algún maestro a quiencedían o se tomaba el derecho de poner la figura, la misma que alvolver a la cabeza de la danza la cambiaba a su antojo. El que más rarasy complicadas figuras ponía, más crédito ganaba de excelente bailador, yse tenía a honra entre las mujeres el ser su compañera o pareja. Con elmaestro per se, fuera de esa distinción, que se disputaba a veces,había la seguridad de no perderse, ni verse en la triste necesidad desentarse, sin haber bailado, después de haberse colocado en las filas dela danza.

En la noche en cuestión, bailaba el maestro con Nemesia, la amigapredilecta de la joven de la pluma blanca. Había él puesto muchas y muyraras figuras, dejando conocidamente para lo último la más difícil ycomplicada. La segunda, tercera, cuarta y quinta parejas salieronairosas de la prueba, ejecutando la figura con los mismos enlaces,desenlaces y actitudes del maestro; pero no obstante el espacio que tuvopara estudiarla y aprenderla el compañero de la apellidada Virgencitade bronce, pues ocupaba en las filas el sexto lugar, a medida que seacercaba su turno, crecía su ansiedad y volvía el rostro hacia losmúsicos, en ademán suplicatorio, como esperando que adivinaran suaprieto y parasen la música. Aquella inquietud se comunicó a lamuchacha, la cual conoció que iba a pasar por la vergüenza de tener quesentarse en lo más animado y divertido de la danza. El temor llegó adominar todo su ser, poniéndola pálida y nerviosa.

Lo que pasaba en elánimo de esa pareja no tardó en hacerse visible a los ojos de las demásparejas y de muchos de los espectadores del baile.

La idea no más de que la hasta allí reina de la cuna podía verseobligada a retirarse, antes de tiempo, de las filas, había llenado decruel y envidioso regocijo a las otras muchachas a quienes habíanmortificado sobre manera las preferencias y públicos elogios que deella hacían los hombres desde el momento de su entrada en el baile. Enaquellas críticas circunstancias, Pimienta, que no la había perdidotampoco un punto de vista en medio de sus caprichosos giros y deltumulto de la danza, comprendió al vuelo lo que pasaba, y sin advertir anadie de su intento, paró la música de golpe. Respiró con desahogo elcompañero de la joven, y ésta pagó con una sonrisa celestial aquelsocorro tan a tiempo del director de la orquesta.

CAPÍTULO VI

Y

del

tumulto

indiscreto

Que

ardiente

en

su

torno

gira,

Ninguno

le

dijo:

"mira,

Aquél

te

adora

en

secreto.

Que oyendo y viéndote está".

RAMÓN DE PALMA

Quince de Agosto

Habrá comprendido ya el discreto lector, que la Virgencita de bronce de las anteriores páginas no es otra que Cecilia Valdés, la mismajovenzuela andariega que procuramos darle a conocer al principio de estaverídica historia. Hallábase, pues, en la flor de su juventud y de subelleza, y empezaba a recoger el idólatra tributo que a esas dosdeidades rinde siempre con largueza el pueblo sensual y desmoralizado.Cuando se recuerde la descuidada crianza y se una a esto la soezgalantería que con ella usaban los hombres, por lo mismo que era de laraza híbrida e inferior, se formará cualquier idea aproximada de suorgullo y vanidad, móviles secretos de su carácter imperioso. Así esque, sin vergüenza ni reparo, a menudo manifestaba sus preferencias porlos hombres de la raza blanca y superior, como que de ellos es dequienes podía esperar distinción y goces, con cuyo motivo solía decir aboca llena,—que en verbo de mulato sólo quería las mantas deseda[8], de negro sólo los ojos y el cabello.

Fácil es de creer, que una opinión tan francamente emitida comocontraria a las aspiraciones de los hombres de las dos clasesúltimamente mencionadas, no les haría buena sangre, según suele decirse.Con todo eso, bien porque no se creyese sincera a su autora cuando laexpresaba, bien porque se esperaba que hiciera una excepción, bienporque siendo tan bella era imposible verla sin amarla, lo cierto es quemás de un mulato estaba perdido de amores por ella, sobre todosPimienta, el músico, como habrá podido advertirse. Este tal gozaba lainapreciable ventaja sobre los demás pretendientes, de ser hermano de laamiga íntima y compañera de la infancia de Cecilia, con cuyo motivopodía verla a menudo, tratarla con intimidad, hacérsele necesario yganar tal vez su rebelde corazón a fuerza de devoción y de constancia.¿A quién no ha halagado en su vida esperanza más efímera? De todosmodos, él siempre tenía presente aquel canto popular de los poetasespañoles, que principia:—Labra el agua sin ser dura, un mármolendurecido,—

y puede decirse, en honor de la verdad, que Cecilia ledistinguía entre los hombres de su clase que se le acercaban acelebrarla, si bien semejante distinción, hasta la fecha presente, nohabía pasado de uno que otro rasgo de amabilidad con un hombre por otraparte muy amable, cortés y atento con las mujeres.

Acabada la danza, se inundó de nuevo la sala y comenzaron a formarse losgrupos en torno de la mujer preferida por bella, por amable o porcoqueta. Pero en medio de la aparente confusión que entonces reinaba enaquella casa, podía observar cualquiera que, al menos entre los hombresde color y los blancos, se hallaba establecida una línea divisoria que,tácitamente y al parecer sin esfuerzo, respetaban de una y otra parte.Verdad es que unos y otros se entregaban al goce del momento con talahinco, que no es mucho de extrañar olvidaran por entonces sus mutuoscelos y odio mutuo. Además de eso, los blancos no abandonaron el comedory aposento principal, a cuyas piezas acudían las mulatas que con ellostenían amistad, o cualquier otro género de relación, o deseaban tenerla;lo cual no era ni nuevo ni extraño, atendida su marcada predilección.Cecilia y Nemesia, por uno u otro de estos motivos, o por su estrechaamistad con el ama de la casa, no bien concluyó la danza se fueronderecho al aposento y ocuparon asiento detrás de las matronas hacia elcomedor. Allí, sin más dilación, se formó el grupo de los jóvenesblancos, porque, ya se ha dicho, aquellas dos muchachas eran las másinteresantes del baile. Las personas conspicuas de ese grupo, sindisputa que eran tres: el comisario Cantalapiedra, Diego Meneses y suamigo íntimo el joven conocido por Leonardo. Este último tenía apoyadala mano derecha en el canto del respaldo de la silla ocupada porCecilia, quien, por casualidad o a posta, le estrujó los dedos con laespalda.

—¿Así trata Vd. a sus amigos? Le dijo Leonardo sin retirar la mano,aunque le escocía bastante.

Contentose Cecilia con mirarlo de soslayo y torcerle los ojos cual si lapalabra amigo sonase mal en quien debía saber que era tratado comoenemigo.

—Esa niña está hoy muy desdeñosa, dijo Cantalapiedra, que notó laacción y la mirada.

—¿Y cuándo no? dijo Nemesia sin volver la cara.

—Nadie te ha dado vela en este entierro, repuso el comisario.

—Y al señor ¿quién se la ha dado? agregó Nemesia mirándole entonces dereojo.

—¿A mí? Leonardo.

—Pues a mí, Cecilia.

—No hagas caso, mujer, dijo esta última a su amiga.

—Si no fuera por qué... yo te ponía más suave que un guante, añadióCantalapiedra hablando directamente con Cecilia.

No ha nacido todavía, dijo ella, el que me ha de hacer doblar el cocote.

—Tienes esta noche palabras de poco vivir, le dijo entonces Leonardo,inclinándose hasta ponerle la boca en el oído.

—Me la debe Vd. y me la ha de pagar, le contestó ella en el propio tonoy con gran rapidez.

—Al buen pagador no le duelen prendas, dice a menudo mi padre.

—Yo no entiendo de eso, repuso Cecilia. Sólo sé que Vd. me ha desairadoesta noche.

—¿Yo...? Vida mía...

En aquella misma sazón se acercó Pimienta por la puerta de la salasaludando a un lado y a otro a sus amigas, y cuando se puso al alcancede Cecilia ésta le echó mano del brazo derecho con desacostumbradafamiliaridad, y le dijo, afectando tono y aire volubles:—¡Oiga! ¡Québien cumple un hombre su palabra empeñada!

—Niña—contestó con solemne tono, aunque acaso no era para tanto—JoséDolores Pimienta siempre cumple su palabra.

—Lo cierto es que la contradanza prometida aún no se ha tocado.

—Se tocará, Virgencita, se tocará, porque es preciso que sepa que a sutiempo se maduran las uvas.

—La esperaba en la primera danza.

—Mal hecho. Las contradanzas dedicadas no se tocan en la primera, sinoen la segunda danza, y la mía no debía salir de la regla.

—¿Qué nombre le ha puesto? preguntó Cecilia.

—El que se merece por todos estilos la niña a quien va dedicada: Caramelo vendo.

—¡Ah! Esa no soy yo por cierto, dijo la joven corrida.

—¡Quién sabe, niña! ¡Qué tarde vinieron! agregó hablando con su hermanaNemesia.

—No me digas nada, José Dolores, repuso ésta. Costó Dios y ayudapersuadir a Chepilla el que nos dejase venir solas, porque lo que esella no podía acompañarnos. Consintió a lo último porque vinimos enquitrín. Y aún así, (para añadir estas palabras miró a Cecilia comoconsultando su semblante), si no tomamos la determinación de meternos enél, nos quedamos... Chepilla se puso furiosa en cuanto que se asomó a lapuerta y conoció...

—Chepilla no se puso brava por nada de eso, mujer; interrumpióCecilia con gran viveza a su amiga. No quería que viniésemos porque lanoche estaba muy mala para baile. Y tenía mucha razón, sólo que yo habíadado mi palabra...

Por prudencia o por cualquier otro motivo, Pimienta se alejó de allí sinaguardar a más explicaciones. No sucedió lo mismo con Cantalapiedra, queera hombre curioso si los hay, por lo que con sonrisa maliciosa lepreguntó a Nemesia:—¿Se puede saber por qué la Chepilla se puso furiosaluego que reconoció el quitrín en que ustedes vinieron al baile?

—Como que yo no soy baúl de naiden, contestó la Nemesia prontamente,diré la verdad. (Cecilia le pegó un pellizco, pero ella acabó la frase.)Claro, porque conoció que el quitrín era del caballero Leonardo.

Naturalmente las miradas de Cantalapiedra y de los demás presentes alalcance de las palabras de Nemesia, se concentraron en el individuo queella había nombrado, y aquél, tocándole en el hombro, le dijo:

—Vamos, no se ponga colorado, que el prestar el carruaje a dos realesmozas como éstas en noche tan fea, no es motivo para que nadie sospechemalas intenciones de un caballero.

—Ese quitrín, lo mismo que el corazón de su dueño, repuso Leonardo sincortarse, están siempre a la orden de las bellas.

Salía entonces Pimienta por la puerta del comedor y oyó distintamentelas palabras del joven blanco, convenciéndole, desde luego, de quién erael quitrín en que Cecilia y su hermana Nemesia habían venido al baile.El desengaño le hirió en lo más vivo del alma; por lo que echando unamirada triste al grupo de jóvenes blancos, de seguidas pasó a la saladonde, después de armar el clarinete, tocó algunos registros a fin deque entendieran sus compañeros que era tiempo de que se reuniera denuevo la orquesta. Afinados los instrumentos, sin más dilación rompió lamúsica con una contradanza nueva, que a los pocos compases no pudo menosde llamar la atención general y arrancar una salva de aplausos, no sóloporque la pieza era buena, sino porque los oyentes eran conocedores;aserto éste que creerán sin esfuerzo los que sepan cuán organizada parala música nace la gente de color. Se repitieron los aplausos luego quese dijo el título de la contradanza, Caramelo vendo, y a quién estabadedicada, a la Virgencita de bronce. De paso puede añadirse que lafortuna de aquella pieza fue la más notable de las de su especie yépoca, porque después de recorrer los bailes de las ferias por el restodel año e invierno del subsecuente, pasó a ser el canto popular de todaslas clases de la sociedad.

Excusado parece decir que con una contradanza nueva, guiada por su mismoautor y tocada con mucho sentimiento y gracia, los bailadores echaron elresto, quiere decirse, que llevaron el compás con cuerpo y pies; cuyomonótono rumor en toda apariencia duplicaba el número de la orquesta.Bien claro decía el clarinete en sus argentinas notas: caramelo vendo,vendo caramelo; al paso que los violines y el contrabajo las repetíanen otro tono, y los timbales hacían coro estrepitoso a la vozmelancólica de la vendedora de ese dulce. Pero ¿qué era del autor de lapieza que tanta impresión causaba? En medio del delirio de la danza,¿había quien se acordara de su nombre? ¡Ay!

No. Como la noche avanzabasin señales de bonanza, desde temprano la gente curiosa de la calleempezó a desamparar la puerta y ventanas del baile, y a las once noquedaba en ellas caras blancas, al menos de mujer. De esta circunstanciase aprovecharon los jóvenes de familias decentes, a que nos hemosreferido más arriba, que abrigaban un cierto escrúpulo para ponerse abailar con las mulatas amigas o conocidas.

Cantalapiedra tomó por parejaa la ama de la casa, Mercedes Ayala; Diego Meneses, a Nemesia y Leonardoa Cecilia; y parte por guardar en lo posible la línea de separación,parte por un resto de ese mismo tardío escrúpulo, establecieron la danzaen el comedor, no obstante la estrechez y desaseo de la pieza.

Con semejante ocurrencia puede imaginar cualquiera la agonía de alma dePimienta. Su musa inspiradora, la mujer adorada, se hallaba en brazos deun joven blanco, tal vez del preferido de su corazón; pues como sabemos,no ocultaba ella sus sentimientos, se entregaba toda al delirio delbaile, mientras él, atado a la orquesta cual una roca, la veía gozar ycontribuía a sus goces sin participar de ellos en lo más mínimo. Laturbación de su espíritu no fue, sin embargo, bastante a perjudicar sudirección de la orquesta, ni a influir desfavorablemente en el manejo desu instrumento favorito. Por el contrario, su inquietud y su pasión noparece sino que encontraron desahogo por las llaves del clarinete; seexhalaron, por decirlo así, según lo peregrino y suave de las notas quede él sacaba, esparciendo el encanto y la animación entre losbailadores. Como suele decirse, no quedó títere con cabeza que nobailara, pues se armó la danza en la sala, en el comedor, en el aposentoprincipal y en el angosto y descubierto patio de la casa. ¿Qué mucho,pues, que entonces no pasara siquiera por la mente de los que tanto sedivertían y gozaban, que el autor y el alma de toda aquella alegría yfiesta, José Dolores Pimienta, compositor de la contradanza nueva,agonizaba de amor y de celos?

Pasadas serían las doce de la noche cuando cesó de nuevo la música, conlo que a poco empezaron a retirarse las personas que podíanconsiderarse extrañas para el ama de casa, porque hasta entonces nolevantó ésta la voz diciendo que era hora de cenar. Y

para apresurar lamarcha, agarró ella por el brazo a dos de sus mejores amigas y arrastrocasi las llevó al fondo del patio donde dijimos que estaba puesta lamesa del ambigú. Tras ellas siguieron las demás mujeres y los hombres,entre los segundos Pimienta y Brindis, los músicos; Cantalapiedra y suinseparable corchete, el de las grandes patillas, Leonardo y su amigoDiego Meneses. Tomaron asiento en torno de la mesa las mujeres, únicasque cupieron, aunque eran pocas; los hombres se mantuvieron en pie cadacual detrás de la silla de su amiga o preferida. Quedaron juntos a unade las cabeceras Cantalapiedra y la Ayala, sin que sepamos decir si porcasualidad o por hacer honor al comisario y a su categoría.

No cabe duda sino que el ejercicio del baile había aguzado el apetito delos comensales de ambos sexos, porque apoderándose los unos del jamón,los otros del pescado, aceitunas y demás manjares en algunos minutos,todos comían y habían aliviado la mesa de una buena porción de su peso.Satisfecha la primera necesidad, hubo lugar a los rasgos de galantería ycariño que en todos los países llevarán el sello de la educación quealcanzan las personas que los ejercen. Las de la verídica historia cuyafisonomía trazamos ahora a grandes pinceladas, no eran, en general, dela clase media siquiera, ni de la que mejor educación recibe en Cuba, ypuede creerse sin esfuerzo que sus rasgos de galantería y de cariño enninguna circunstancia tenían nada de delicados ni de finos.

—Que diga algo Cantalapiedra, dijo alguien.

—Cantalapiedra no dice nada cuando come, contestó él mismo mientras roía la pierna del pavo.

—Pues que no coma si ha de callar, saltó otro.

—Eso no, porque comeré y diré hasta el juicio final, repuso elcomisario. ¿Cómo quieren, sin embargo, que diga si aún no he remojado lagarganta?

—¡Ahí va mi copa! ¡Ahí va la mía! ¡Tome ésta! exclamaron diez voces porlo menos, y otros tantos brazos se cruzaron sobre la mesa en direccióndel comisario, quien, empuñando una tras otra copa, cada cual llena deun vino diferente, se las fue echando al coleto, sin presentar másmuestra del efecto que le causaban que ponerse algo rubicundo yaguársele los ojos.

Después, llenando su propia copa de rico champaña,tosió, levantó el pecho, y en voz campanuda, aunque un si es no escarrasposa, dijo:

—¡Bomba! En los felices natales de mi amiga Merceditas Ayala, décima:

Yo

te

digo

en

la

ocasión,

Merceditas

de

mis

ojos,

Que

tu

vista

guarda