Cecilia Valdes o la Loma del Angel by Cirilo Villaverde - HTML preview

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—Niña Isabelita, contestó él en lenguaje más inteligente que el de sucompañero: Pajarito y Venao necesitan herraura nueva.

—¿Por qué no me lo habías dicho, Leocadio de mis culpas?

—¿Y yo he tenío tiempo? Hasta anoche no supe na del viaje.

Dispués debañar los caballos iba a decírselo a la niña.

—Pues tienes que ir al pueblo a herrarlos.

—Iré dispués de almuerzo. Deme la niña la papeleta para el herraor.Si no se ha emborrachao, estamos bien.

—Por eso, ve lo más temprano que puedas. Y echa ahora a correr ysofocar los caballos antes de tiempo.

—La niña siempre se figura que uno mata los caballos.

—Debías llamarte mata-caballos, no Leocadio.

No se detuvo Isabel en las otras dependencias de la finca por aquel ladodel batey; mas al cruzar al opuesto, echó de menos a uno de los esclavosde campo y la informó el Contramayoral que por enfermo no se habíapresentado en la fila la noche anterior.

Reprendió a Pedro que no le dioel aviso oportuno, siguiendo derecho a la enfermería. Se hallaba sentadoel enfermo en el suelo, junto a la lumbre, abatido y con un pañueloatado en la cabeza.

Por

pronta

providencia

la

enfermera

le

habíasuministrado sendas jícaras de infusión de corteza de naranja, endulzadacon azúcar de raspaduras. Isabel le tomó el pulso, comprendió quetenía fiebre y dispuso se recogiera entre tanto venía el médico. Devuelta a la casa de vivienda, examinó la caballeriza y el salón en quese escogía el café.

La esperaban en el pórtico los huéspedes, junto con su hermana, su tía ysu padre. Parecía natural que quien tan puntualmente

había

desempeñadolas

obligaciones

de

administradora de la heredad y de las cosas a ellaadscritas, se sintiese satisfecha de sí misma y más dispuesta para eldesempeño de sus deberes como ama de casa. En el semblante risueño yanimado con que tornó al lado de la familia, se echó bien de ver que ladueña cariñosa y blanda de esclavos sumisos, sabía ser amable y atentacon sus iguales y amigos. Desde ese momento se consagró a obsequiarlosy a hacerles cuanto agradable se pudiese su corta estada en el cafetal.

Como la mañana siguiese siendo fresca y de poco sol, propuso Isabel asus amigos una breve visita al jardín fronterizo de la casa. Ese era suEdén. Poca cosa se le alcanzaba del arte de la jardinería, mucho menosde botánica; tampoco se había propagado en Cuba el gusto por lafloricultura, ni Pedregal u otros jardineros franceses habían importadode Francia la gran variedad de rosas que adelante trajeron la invasiónrosada a La Habana. Pero Isabel era florista por instinto y por aficióndecidida, y como había plantado con sus manos, sabía de coro la historiade todas las flores que crecían en su delicioso pensil. Guardóse, noobstante, de mencionar siquiera el rosal de flores pálidas en queLeonardo, hacía un año cabal, había injertado de púa el rosal de floresencarnadas. Vigoroso y lozano se mostraba, ostentando en cada nudo rosasde uno y otro color; remedo fiel y poético de dos seres sensiblesligados por la más humana de las humanas pasiones: el amor.

Más tarde la visita a los jardines la extendió Isabel a una excursión acaballo de los cuatro jóvenes por los cafetales vecinos. Sentía ella lanecesidad de distraerse, más aún, de aturdirse con el continuomovimiento. Aparte de que no la había dejado satisfecha su explicaciónde la víspera con Leonardo, le dolía alejarse del apacible hogar y delamoroso padre, y ya la acometía aquella especie de fiebre, síntomainfalible de la extrema dolencia conocida por nostalgia.

Así cursó el 2 de diciembre y vino la melancólica mañana del 24. Muchoantes de aclarar había partido para Guanajay el postillón con el relevode las tres caballerías. En la silla, y armado al uso general con ellátigo y largo machete de cabo de carey y plata, aguardaba por lasviajeras el apuesto calesero Leocadio. Cerca de allí se veían variasesclavas y algo más distante los otros siervos, aparentementepreparándose para emprender las faenas del nuevo día, en realidad, comodespués se vio, en expectativa de la tristísima escena que allí serepresentaría.

Deseosa Isabel de abreviar el doloroso momento de la separación, abrazóa su padre de carrera, tomó el brazo que le brindaba Gamboa y, con losojos empañados por las lágrimas, salió a la avenida del este para tomarel carruaje. Las señoras iban en el traje riguroso de camino, de sedaoscuro y el sombrerito de paja o gorra al estilo francés. A su apariciónse observó un movimiento general seguido de un murmullo entre losesclavos espectadores, quienes prorrumpieron a una en el clamor o cantomonótono de la víspera: La niña sen va, probe cravo llorá, repetido encoro solemne a la luz matinal del nuevo día, que apenas alumbraba lacúspide de los más empinados árboles.

Este inesperado saludo acabó de desconcertar a Isabel. Flameó el pañuelohacia el grupo de esclavos en señal de despedida y apresuró más el paso.Entonces reparó en el Contramayoral.

A pie firme, callado, la cabeza erguida, dejando ver a través de loscabezones de la camisa el cuello rollizo y parte del membrudo pecho,Espartaco por su varonil musculatura, flaca mujer por la sensibilidad desu inculto espíritu, tenía de la cama del freno de plata el inquietocaballo de Gamboa. Junto a él se hallaba su mujer, también inmóvil ycallada, con un niño en los brazos, hondamente afligida, según lomostraban las gruesas gotas de lágrimas que rodaban por sus mejillas deébano. Tan conmovida como ella, Isabel le puso la mano en el hombro,imprimió un dulce beso en la frente del niño y dijo a su marido:

—¡Pedro, Pedro!, no le olvides de mis encargos.

Sin aguardar respuesta tomó refugio en el carruaje.

En ese asilo comenzaron las que pudieran llamarse cariñosasimportunidades

de

los

esclavos.

Las

negras

especialmente, convencidas deque se marchaba su señorita, rodearon el quitrín y las más expresivasse agolparon al estribo, metían la cabeza por debajo de la cortina ocapacete, y, según su costumbre, clamaban a grito herido:

—¡Adiós, niña! ¡Vuelva pronto, niña! ¡No se quede por allá, niñita mía!¡Dios y la Virgen lleven con bien a la niña!

Acompañando estas frases,que hemos traducido en gracia del lector, con sus extravagantesdemostraciones, como oprimirle suavemente los pies, besárselos cienveces, lo mismo que las manos con que ella quería rechazarlas. Todo estodicho y expresado con verdadero sentimiento, con exquisita ternura, ysin dejar de contemplar su angelical semblante, cual el de un ídolo o deuna imagen sagrada.

Pobres, sensibles, aunque ignorantes y sencillos esclavos, tenían a suama por la más hermosa y buena de las mujeres, por un ser delicado ysobrenatural, y se lo demostraban a su manera ruda e idólatra.

Poco a poco, ya por ruegos, ora por amonestaciones suaves, logró Isabelapartar de sí a las más petulantes, dio la orden de partir, y anegada enllanto exclamó:—Yo no sirvo para estas escenas.

A tiempo de montar echó Gamboa una mirada desdeñosa al espectáculo entorno del carruaje, y dijo alto, de modo que lo oyó Pedro, que le teníael estribo:

—¡Ay! ¡Qué falta hacía aquí un buen cuero!

El calesero llamó la atención hacia las riendas del caballo de fuera, ycuando Isabel pudo tomarlas en la mano ya el quitrín y los viajeroshabían salvado la portada y se hallaban casi en los límites, por eloeste, del cafetal La Luz.

CAPÍTULO III

¡Dulce

Cuba!,

en

tu

seno

se

miran

en

el

grado

más

alto

y

profundo,

las

bellezas

del

físico

mundo,

los horrores del mundo moral.

JOSÉ MARÍA HEREDIA

Llaman Vuelta Abajo o Vuelta Bajo en la isla de Cuba, a aquella regiónque cae a la parte poniente del meridiano de La Habana, y que,principiando en las cercanías de Guanajay, termina en el cabo de SanAntonio. Se ha hecho famosa por el excelente tabaco que se produce enlas fértiles vegas de sus numerosos ríos, principalmente sobre lavertiente meridional de la cordillera de los Organos. Para darlasemejante dictado parece que hay una razón de mucho peso, a saber: labaja nivelación del suelo de ese territorio, comparada con la alta delya descrito.

Empieza el descenso a pocas millas al oeste de Guanajay, advirtiéndosedesde luego un cambio brusco en el aspecto del país. El color del suelo,sus elementos componentes, la vegetación, el clima y el género decultivo en general son del todo diferentes. Así es que el rápido decliveconstituye una rampa para el que va y un cerro para el que viene de laVuelta Abajo.

Al borde de esta precipitosa rampa se desplega ante los ojos del viajeroun cuadro inmenso, magnífico, que no hay lienzo que le contenga, ni ojoshumanos que le abarquen en toda su grandeza. Figuraos una aparenteplanicie, limitada al oeste por las brumas del lejano horizonte, alnorte por las colinas peladas que corren a lo largo de la costa, y alsur por las ásperas y alterosas sierras que forman parte de la extensacordillera de montañas de la Vuelta Abajo. Y hemos dicho aparentellanura, porque de hecho es una serie sucesiva de valles transversales,estrechos y hondos, formados por otros tantos riachuelos, arroyos ytorrentes que descienden de las laderas septentrionales de los montes y,después de un curso torcido y manso, se pierden en las grandes einsalubres cuencas paludosas del Mariel y de Cabañas.

A la vista del grandioso cuadro, Isabel, que era artista por sentimientoy que amaba todo lo bueno y bello en la naturaleza, mandó parar loscaballos a los bordes de la rampa y echó pie a tierra, sin aguardar aque se aceptara la proposición por sus compañeros. Serían las ocho de lamañana. Ensanchábase allí el camino, describiendo una zeda paradisminuir en lo posible lo precipitoso de la bajada. Por esta razón,aunque ambas laderas se hallaban cubiertas largo trecho de un arboladocrecido y hojoso, ni sus copas sobresalían mucho del nivel de laplanicie que ocupaban los viajeros, ni obstruían, que digamos, la vistapanorámica de más allá. Asombrosa era la vegetación. A pesar de loavanzado de la estación invernal, parece que había vestido sus mejoresgalas y que orgullosa sonreía a los primeros rayos del almo sol. Doquiera que no había hollado la planta del hombre ni el casco de labestia, allí brotaba, por decirlo así, a raudales el modesto césped orastrera grama, el dulce romerillo, el gracioso arbusto, el serpentinobejuco y el membrudo árbol.

Hasta de las ramas verdes y gajos secos,cual cabelleras de seres invisibles, pendían las parásitas de todasclases y formas, que viven de la humedad de que está constantementesaturada la atmósfera de los trópicos. El suelo y la floresta, en unapalabra, cuajados de flores, ya en ramilletes, ya en festones de variadaapariencia y diversidad de matices, formaban un conjunto tan gallardocomo pintoresco, aun para aquellas personas acostumbradas a la vista delos campos feracísimos de Cuba.

Para mayor novedad y encanto, se ofrecía allí la vida bajo sus formasmás bizarras: bullía materialmente el bosque vecino con todos losinsectos y pájaros casi que cría la prolífica tierra cubana. Todos a unazumbaban, silbaban o trinaban entre el sombrío ramaje o la espesa yerba,y hacían concierto tal y tan armonioso como no podrán jamás hacerlo loshombres con la voz ni los instrumentos músicos. Dichosos ellos que depuro pequeños e inermes no excitaban la codicia del cazador, ni temíanser interrumpidos en sus inocentes correrías y revoloteos mientrasrecogiendo la miel en el cáliz de las flores, o saltando de rama enrama, hacían temblar las hojas, desprendían el rocío cuajado en ellas ylas gotas, al dar en la hojarasca seca del suelo, remendaban una lluviaen que no tenían parte las nubes.

No hay paridad ninguna en la fisonomía del país visto por ambos lados delas montañas. Por el del sur, la llanura con sus cafetales, dehesas yplantaciones de tabaco, continúa casi hasta el extremo de la isla y eslo más ameno y risueño que puede imaginarse. Al contrario por el ladodel Norte, en el mismo paralelo se ofrece tan hondo, áspero y lúgubre alas miradas del viajero que cree pisar otra tierra y otro clima. Niporque está ahora cultivado en su mayor parte hasta más allá de BahíaHonda, se desvanece esa mala impresión. Quizás porque sus labranzas soningenios azucareros, porque el clima es sin duda más húmedo y cálido,porque el suelo es negro y barroso, porque la atmósfera es más pesada,porque el hombre y la bestia se hallan ahí más oprimidos y maltratadosque en otras partes de la Isla, a su aspecto sólo la admiración setrueca luego en disgusto y la alegría en lástima.

Tal, poco más o menos, sintió Isabel en presencia de aquel pedazo de lafamosa Vuelta Abajo. Sus puertas, que eran de hecho las alturas en quese hallaban detenidos los viajeros, no podían ser más espléndidas;podían calificarse de doradas. Pero

¿qué pasaba por allá abajo? ¿Seríaaquélla la morada siquiera de la paz? ¿Habría dicha para el blanco,reposo y contentamiento alguna vez en su vida para el negro, en un paísinsalubre y donde el trabajo recio e incesante se imponía como uncastigo y no como un deber del hombre en sociedad? ¿A qué aspiraba niqué podía esperar tanto ser afanoso cuando pasado el día y venida lanoche se entregaba al sueño que Dios, en su santa merced, concede a lamás miserable de sus criaturas? ¿Ganaba alguno, entre tanto trabajador,el pan libre y honradamente para sostener una familia virtuosa ycristiana? Aquellas fincas colosales que representaban la mayor riquezaen el país, ¿eran los signos del contento y de los puros placeres de susdueños? ¿Habría dicha, tranquilidad de espíritu para quienes a sabiendascristalizaban el jugo de la caña-miel con la sangre de millares deesclavos?

Y la ocurrió naturalmente que si se casaba con Gamboa, tarde quetemprano tendría que residir por más o menos tiempo en el ingenio de LaTinaja, a donde ahora se dirigían en son de paseo.

Naturalmentetambién, se agolparon a su mente, como en procesión fantástica, losrasgos principales de su breve existencia. Recordó su estada en elconvento de las monjas Ursulinas de La Habana, donde en medio delsilencio y de la paz se nutrió su corazón de los principios más sanos devirtud y caridad cristiana. Como en contraste recordó la muerte de supiadosa madre; la orfandad en que quedó sumida; su desolación y hondopesar; los días serenos e iguales que después había venido pasando en elcafetal La Luz, bello jardín, remedo del que perdieron nuestrosprimeros padres, acariciada por sus más allegados e idolatrada por susesclavos como no lo fue reina alguna sobre la tierra. Recordó, en fin,la situación aflictiva en que dejó a su padre, achacoso y ya entrado enaños, el cual no aprobaba del todo aquel viaje, tal vez porque podía serel preludio de separación más grave y prolongada.

Brevísimos fueron el silencio y recogimiento de la joven; pero tanintensa, tan viva su emoción, que no pudo evitar se le llenaran delágrimas los ojos. Leonardo se hallaba a su lado, teniendo por la bridael brioso caballo, y ya por divertirla de sus tristes ideas, ya porecharla de cicerone, comenzó a describir los puntos culminantes delmagnífico panorama que tenían a la vista.

Había pasado él varias vecespor aquellos lugares; conocía a palmos el terreno que pisaba y queríadar muestras a las amigas de su buena memoria. El primer ingenio anuestros pies, dijo, es el de Zayas. Los árboles de esta parte de laloma nos impiden ver las fábricas, pero aquéllos son sus últimoscañaverales. Debe de estar moliendo, porque hasta acá llega el olor delmelado. Muele todavía con trapiche y mulas. Tenemos que pasar por elmismo batey. Después, en el centro de este gran valle, un poco hacianuestra derecha, por junto al tronco de aquella ceiba, pueden verse lastejas coloradas de la casa de calderas del viejísimo ingenio de Escobaro del Mariel. Según me cuenta mamá, fue el primero que se fomentó enesta parte de la Vuelta Abajo. También debe de estar moliendo pues veosalir humo de entre la arboleda del batey. Luego, ¿no ven Vds., una nubeblanca que atraviesa el valle en toda su latitud a la altura de losárboles describiendo una porción de vueltas y revueltas? Un poeta diríaque era un cendal de gasa. A mí me parece la piel de una culebra soltadaen la huida del monstruo de las montañas al mar. Pues no es otra cosa,si bien reparan Vds., que los vapores que van marcando el curso torcidodel río Hondo, notable por lo estrecho de su cause y por las grandesavenidas que hace en tiempo de lluvias. Ahora estará bajo y habrápuentes para pasarlo sin necesidad de mojarnos los pies. Del otro lado,por aquí derecho, en vuelta del noroeste, ¿divisan Vds., un bosque muyverde y tupido del cual asoman unas torres que parecen redondas? Ese esel ingenio Valvanera, de don Claudio Martínez de Pinillos, reciéncreado Conde de Villanueva. A la izquierda, al pie del monte de Rubín oRubí, se ven los cañaverales del ingenio La Begoña, y a la derecha,aún no discernible, La Tinaja, cerca de una legua del pueblo deQuiebra Hacha.

Muy pendiente era la bajada por aquel lado al vastísimo valle de losingenios de azúcar, y aunque trazada en zig zag, todavía trabajabanmucho los caballos para mantener el carruaje en el conveniente nivel.Acortaba el calesero las riendas del de varas, temeroso de un resbalón;y se abatía de nalgas y se deslizaba que no marchaba de firme. Con estocrujían las sopandas de cuero, sobre las cuales se mecía la caja delquitrín a guisa de zaranda, y el sudor empezaba a brotar del tronco delas orejas y de los ijares de las fatigadas bestias.

—Poco a poco, Leocadio, dijo Isabel en llegando a lo más agrio de lacuesta. No había visto yo camino más pendiente.

Cabalgaba Leonardo al estribo derecho del carruaje, y dijo en son debroma:

—¿Es Isabel la que habla? La creía yo más guapa que eso.

—Si se figura Vd. que tengo miedo, repuso ella prontamente, se engañade medio a medio. No temo ni pizca por mí, temo por los caballos. MireVd., el de barras: la carga es mucha y la bajada precipitosa; se habañado en sudor, y estoy esperando verle caer y rodar. Sí, mejor seráapearnos. Para Leocadio.

—No, no se apee, niña, dijo el calesero con instancia, arriesgando unchoque con sus amas. Como su merced se apee en este paraje, tendrá queapearse en todas las lomas. Pajarito es mu resabioso y sabe más quelas bibijaguas. Déjeme su merced darle cuarta y verá cómo no se hacemás el chiquito.

—Eso es lo que tú quisieras, que te dejase maltratar al pobre caballo.¿No sabes que no está acostumbrado a las lomas? De ningún modoconsentiré que le pegues. Para, te digo.

—La niña tiene perdíos los animales y la gente, murmura Leocadiorecogiendo las riendas para parar. Cuando estaba viva la señora estoscaballos volaban como pájaros. A ella sí que le gustaba jarrear deduro.

En este punto intervino Leonardo, oponiéndose al propósito anunciado porsu amiga, no ya sólo porque de hacerlo así el tronco adquiriría el viciode que hablaba el calesero, sino porque de resultas de la sombra delarbolado de la derecha aun no había enjugado el sol la humedad del suelobarroso del camino. Cedió ella con visible repugnancia, y como para notomar parte directa en el martirio, según dijo, de los caballos, entrególos cordones del de la pluma a su hermana Rosa y cerró los ojos mientrasduró la bajada.

No deseaba ésta cosa mejor. Joven y viva de carácter, amaba el peligro yse perecía por manejar, fueran las que fuesen las fatigas queexperimentasen las caballerías en trasportarla por aquellosderrocaderos, como al niño en su cuna de viento.

Molía Zayas en efecto. Las pilas de caña miel recién segada cerrabancasi los costados exentos de la casa de ingenio, pues sólo dejaban unpasaje bastante amplio, eso sí, por el lado del batey, o camino quetraían los viajeros. Notábase allí gran vocerío y movimiento, lo mismodentro que fuera. Dentro, las mulas del trapiche pasaban y repasaban pordelante del espacio abierto en su precipitado giro, azotadasdespiadadamente por los mozos negros que corrían a par de ellas con eseúnico propósito.

Por entre aquel estrépito infernal se oía distintamenteel crujir de los haces de caña que otros esclavos desnudos de mediocuerpo arriba metían de una vez y sin descanso en las masas cilíndricasde hierro. Al otro lado del trapiche, aunque eran mayores si cabe labatahola y la algarabía, por decirlo así, de los ruidos

confusos,

no

seveía

cosa

alguna;

impedíalo

completamente el denso humo revuelto con elvapor que se desprendía de las hirvientes calderas, donde se cocía eldulcísimo jugo de la caña y llenaba con sus inmensas olorosas columnastodo el interior del gran laboratorio.

Afuera, una doble fila de carretas, o se acercaban cargadas a dichacasa, o se alejaban de vacío en dirección del campo o del corte decaña, como se dice; todas tiradas por un par de bueyes no menos flacosque tardos en sus movimientos. Pie a pie de cada yunta marchaba elconductor o carretero esclavo, armado de ahijada larga y pincho agudo dehierro; y a todo lo largo de la doble fila de carretas, ya en unadirección, ya en otra opuesta, cabalgaba en su mula marchadora el boveroblanco, armado también, mas no de vara, sino del indispensable cuero,con el que de cuando en cuando cruzaba las espaldas de aquel negro quecreía remiso en el uso de la férrea ahijada.

La hechura de las carretas era lo más zurdo y primitivo que puedeimaginarse; el engrase de los ejes por darse, con lo que las cargadaschirriaban sin cesar; al paso que las de vacío, con sus desmesuradasruedas y holgura de manga, sobre no guardar jamás la perpendicular,fuera cual fuese la nivelación del piso, hacían un retintíndesagradable, chocando de continuo las sueltas bilortas contra lossotrozos de hierros fijos, y saliéndose de su sitio las tablas de lacama. Por largo trecho en una y otra dirección, el batey y lasguardarrayas desaparecían bajo las hojas pajizas y aun los trozos útilesde caña dejados caer por incuria, por exceso de carga o por defectomaterial de los vehículos empleados en su trasporte. A este lamentabledesperdicio contribuían como los que más los conductores. No bien sealejaba el boyero de un punto dado, se aprovechaba el conductorinmediato para sacar de la carga el trozo de caña que mejor le parecía,en cuyo acto arrastraba otros varios que se caían en el camino y allíquedaban para ser hollados y molidos por las carretas que venían detrás.No se cuidaba de eso, antes se llevaba a la boca por un extremo el trozode caña y le chupaba afanoso,

sin

dejar

de

animar

a

los

bueyes

con

vocesdescompasadas y repetidos pinchazos hasta sacarles sangre: puede ser endesquite por la que el boyero hacía saltar de sus espaldas con la pita,o llámese punta, del terrible látigo.

Tales escenas u otras muy parecidas a éstas se repitieron a la vista delos viajeros, a su paso por los ingenios de Jabaco, Tibotibo, ElMariel o antiguo de Escobar, Ríohondo y Valvanera.

Entre las dos plantaciones últimamente mencionadas, sólo avistaron unapequeña sitiería, a la margen derecha del camino, quiere decir, de ungrupo de cabañas pajizas donde algunas familias pobres cultivaban uncorto paño de tierra y criaban animales domésticos. No podía dárselesiquiera el nombre de aldea, dado que allí, ni en muchas millas a laredonda, había escuela ni iglesia. Los ingenios de fabricar azúcar noconsentían, por lo general, en su inmediata vecindad, esos símbolos delprogreso y de la civilización.

Para librarse de aquellos amargos pensamientos procuraba separar losojos del suelo negro, duro y sin lustre, cual hierro dulce, del camino,y los pasaba por cima de las flores o güines color violado claro, de lascañas en sazón, hasta tropezar en la zona azulosa donde se unía elhorizonte con las cumbres oscurísimas de las distantes montañas.

Pero por más de un motivo poderoso no la era dable a Isabel aquellaconcentración que demandaba el espíritu en su agonía.

Bruscas cuantofrecuentes eran las ondulaciones del terreno; el camino, aunque ancho,necesariamente torcido; las cañadas estrechas y hondas; la mayor partede las cuales había que pasarlas por puentes hechos sin arte nisolidez, con maderos rollizos, o con tablas sacadas de los troncos delas palmas. Tenía que ser la marcha, en consecuencia, lenta y cautelosa,y luego no sabía Rosa regir el caballo de fuera; razón por qué más bienque de ayuda servía de estorbo al de varas, ya atravesándosele delante,ya no tirando a la par, o tirando en dirección opuesta a la delmovimiento del carruaje. Quejose más de una vez el calesero de estostropiezos, hasta que Isabel, para acallarle y evitar un contratiemposerio, reasumió los cordones del caballo de la pluma.

Si Rosa supiera, no habría podido manejar mejor en aquella alegre mañanade viaje. A la izquierda del quitrín, donde lo permitía la amplitud delcamino, iba Diego Meneses, tan galán a caballo como decidor y amable apie y entonces inspirado y elocuente, dispuesto más que otras veces aver las escenas que recorrían sólo por su lado poético y brillante. Acada paso hallaba motivo para empeñar la atención de su entusiastaamiga, ya indicándole los festones de aguinaldos blancos o campanillaspendientes de todos los arbustos a orillas de los cañaverales, ya losgüines de las cañas, que comparaba con las garzotas de innumerablesguerreros en marcial arreo, mecidos blandamente por la gentil brisa dela mañana; ora los grupos de tomeguines que con rumor sordo, cual deviento rastrero y en gran tropel, seguían por algún trecho la direcciónde los viajeros, rozando con las yerbas y luego desapareciendo por entrelos troncos de las cañas; o el vivaracho sabanero de tardo vuelo, quesalía con estrépito del espeso matorral y se posaba con mucha dificultaden la primer hoja de caña con que tropezaba en su desatentada fuga; o laesquiva garza blanca que se abría paso por entre las ramas del robleribereño, y con el largo cuello replegado a la espalda y los piescolgando seguía en su huida el curso del arroyo; o la bandada dealborotosas cotorras que cubrían los naranjos silvestres y sólo se veíancuando se aferraban a la dorada fruta para extraerle la simiente; o elgavilán, en fin, águila de Cuba, que daba gritos y gritos penetrantesmientras se cernía por encima de las palmas más alterosas, entre latierra y el cielo.

Finalmente, pasadas las diez de la mañana, atravesaron los viajeros loscañaverales del ingenio Valvanera, a la vista de sus grandes fábricas.Dos millas adelante se acercaron al pueblo de Quiebra Hacha. Aquí sedividía en dos el camino que traían, uno que torcía al oeste y era elcarretero de la Vuelta Abajo, y el otro, el de La Angosta, que servía deentrada a los ingenios de azúcar, ya establecidos en esa región de lacosta. Este tomaron nuestros viajeros. A su paso por el pueblo variaspersonas reconocieron y saludaron con amistoso respeto a LeonardoGamboa.

Presentábase adelante el país tan áspero, desigual y montuoso como elanterior recorrido, aunque el arbolado era más frondoso y lozano, casiprimitivo, y el suelo surcado de arroyos bulliciosos y de limpias aguasque corrían a perderse al fondo de la bahía del Mariel, o en el marabierto al Norte. Tras media hora de camino debajo del bosque, donde nopenetraban los rayos del sol, se avistaron los cañaverales de un ingenioen el repecho de una colina, acotados por una cerca rústica hecha degajos, que mantenían en posición horizontal rajas de leña o estacas conhorquilla hincadas en tierra y atados juntos de trecho en trecho, paramayor seguridad, con un bejuco que, cuando verde, es bastante flexible yelástico, conocido en la Vuelta Abajo con el nombre vulgar de colorado, Bauchinis heterophyllas.

Luego que, siguiendo por breve espacio, paralelo a dicha ruda cerca, encuyo tiempo ganaron los viajeros la altura de la colina, se lesofrecieron en toda su extensión y grandeza los campos de caña y allá, enel centro del cuadro, el variado grupo de sus fábricas, coronando otracolina de mayor planicie y más ancha base. Aquél era el ingenio de LaTinaja, y Leonardo Gamboa, que servía de guía, se las mostró a susamigos con cierto sentimiento de orgullo. Para ello había motivosobrado, no ya sólo por el valor en dinero que representaba la finca, ypor las consideraciones sociales que se les guardaban a sus dueños, mastambién por el cuadro bello y pintoresco del conjunto, contemplado abuena distancia; encubridora eficaz de los lunares y manchas inherentesa casi todas las obras, así humanas como divinas.

El camino por donde se habían internado los viajeros hasta allí era eldenominado de la Playa, porque servía para el acarreo de los azúcares alpueblo del Mariel, desde el cual se embarcaban y conducían en goletas almercado de La Habana. Cruzaba la colina por su cúspide y habíaestablecida en ella una talanquera no menos rústica que la cerca, puesse reducía a unas varas en bruto, metidas por sus cabezas en losorificios de dos largueros paralelos. Arrimada a la cerca, y en suencuentro con la talanquera, se alzaba una cabaña o bohío de los de varaen tierra o de dos aguas, tan gacho que la techumbre se componía dehojas enteras de la palma tendidas en los costados o vertientes, con laspuntas descansando en el suelo.

Adelantose Leonardo para ver por qué no se hallaba en su puesto el negroguardiero y abría la talanquera. Con tal objeto, plantó su caballo antela única entrada del bohío, e inclinando el cuerpo, trató de registrarel interior. Inútil trabajo: la puerta o boca era muy estrecha y baja, ymás allá de dos pies del umbral no podían penetrar ojos humanos, notanto por la viva claridad del día afuera, cuanto por la densa nube dehumo de leña que ardía dentro y no tenía otro medio de escape que ése.

—No veo nada y dudo que haya alma viviente en el bohío, dijo Gamboahablando con las señoras en el quitrín, parado en medio del camino.¡Maldito negro!

—Tal vez duerme, dijo Isabel.

—Si no es el sueño de la muerte, repuso Gamboa, juro que no le salvanadie de un bocabajo.

—¿De qué se trata? preguntó Meneses. ¿De abrir la talanquera? Yo abriréy no perderé el casamiento por eso.

—No harás tal, replicó Leonardo colérico. No lo consiento.

—Bien, sugirió Isabel con su voz argentina y dulce. Abrirá el calesero;los caballos están harto cansados para echar a correr.

Leocadio, apéate.

—No, no, Isabel, replicó Leonardo, cada vez más colérico.

Tampoco puedoconsentir en eso, no debo consentirlo. Si el guardiero está vivo abrirála talanquera, que para eso y para más le han puesto ahí.

Sacó el reloj y añadió enseguida:

—Ya han dado las doce, hora en que sueltan la negrada para que coma. Sihubiéramos llegado aquí un poco antes, habríamos oído la campana delingenio. Apostaría a que el taita guardiero se ha metido en elcañaveral para verse con alguna de sus carabelas. ¡Por Dios vivo que lapaga! Nada, no está en parte alguna. ¡Caimán! ¡Caimán!, gritó a todotorrente.

Los montes del rededor fueron los únicos que le devolvieron el eco desus voces con temblor continuado, hondo y siniestro; y luego empezó aladrar un perrillo dogo dentro del bohío. Ahí está el guardiero, pensóel joven, y se hace el dormido para no tomarse el trabajo de abrir latalanquera. Lo haré salir a patadas, agregó alto, dando un puñetazo enel pomo de la silla. Echó pie a tierra sin más demora y se metió en elbohío, teniendo siempre el caballo de la brida.

Muy mal sonaron estas palabras y aquellos juramentos en los oídos de lamodesta Isabel, aun cuando para no avergonzar a su amigo ni irritarlemás contra el pobre esclavo, se guardó de representarle lo absurdo y aunel riesgo de su final propósito, si a posta éste se escondía por teneroculto algún compañero en el bohío o por otra causa cualquiera.Afortunadamente, nada de eso ocurría. En aquel mismo instante lasseñoras del carruaje, Meneses y el calesero a caballo oyeron un ruido deramas en el bosque vecino, agitadas por una persona o animal que seabría paso con alguna dificultad, y después apareció en la orilla unnegro anciano mal vestido, con un gorro de lana en la cabeza, un palolargo y nudoso en la mano, que le servía de apoyo, tal vez para no besarla tierra con la frente, pues tenía el cuerpo hecho un arco por la edad,por los trabajos o por la costumbre inveterada de vivir en casas detecho bajo. Echó de ver a los viajeros apenas salió del bosque, porquese detuvo un momento indeciso del partido que debía tomar, y en soltandoentre las altas yerbas algo que brillaba a los rayos del sol y parecíabotella u otra vasija por el estilo, después continuó andando derecho alcarruaje por la parte opuesta al bohío.

Esta circunstancia casual le salvó del primer choque de la ira de suamo, el cual, no bien salió del bohío, le reconoció desde lejos y selanzó sobre él a carrera tendida. Pero mientras montó a caballo y salvóla distancia que le separaba de su intentada víctima, dio tiempo paraque éste se pusiera inconscientemente al amparo de las señoras. Loprobable es que el infeliz esclavo no tuviese noticias de que aquellaspersonas eran esperadas en el ingenio, ni que entre ellas vinieseguiándolas su joven amo. A derechas no le conocía tampoco. Pero al notarque se le venía encima a todo correr, y que gritaba:—¡Ah, perro! ¡Ahoralo verás!, no pudo desconocerle ni dejar de caer de rodillas a los piesdel caballo, quien, conteniéndose y todo, le echó a rodar con el solobote del pecho.

El susto de las señoras fue grande. Rosa hizo una exclamación de horror;doña Juana repitió:—¡Jesús! ¡Jesús! e Isabel medio que se incorporó enel asiento, sacó el brazo fuera del carruaje y dijo más indignada queasustada:—¡No le mate, Leonardo!

—Agradecer debe que están Vds. delante, dijo Leonardo; de otro modo meparece que le mataba. Tan indignado me siento contra él.

—¡Ah, mi suamito!, exclamó el viejo incorporándose trabajosamentehasta ponerse otra vez de rodillas, como humildísimo pecador enpresencia de su airado juez.

—¿Dónde te habías metido, perro brujo? le preguntó el joven, y sinaguardar por la respuesta continuó preguntando o diciendo:

¿Qué hacíasen el monte? ¿Por qué no estabas en tu bohío? ¿A que habías ido a cambalachar por aguardiente con el tabernero del pueblo la raspaduraque robas en el ingenio? Sí, sí. Lo juraría.

¡No, mi suamito, no siñó, sumercé! ¡Caimán no roba rapaúra! ¡Caimánno bebe aguaurdiente!

—¡Cállate, perro viejo! Anda, corre a abrir la talanquera. ¿No correstodavía? ¿No sabes correr? Ya haré que el Mayoral te avive un poco conel cuero. ¡Anda! ¡Vuela!... y trató de pegarle (sin alcanzarle porfortuna) un puntapié en la cabeza desde el caballo.

Parecía ser el guardiero hombre de más de sesenta años de edad. Tenía almenos encanecida la cabeza, y aun la escasa barba, que le cubría ellabio superior, señal segura de vejez en las gentes de su raza. A unosbrazos desproporcionadamente largos y huesosos, unía dedos crispados,cual si padeciese lepra; ojos chicos de expresión hosca y triste, nuncamás triste que, cuando después de abierta la talanquera, echó una miradaa las señoras del quitrín y pareció rogarles le protegieran de la cólerade su amo.

Pasado el primer momento de irritación y de ceguedad, comprendió ésteque había mostrado demasiado apasionamiento y bastante grosería delantede señoras que, además de hallarse bajo su protección, iban a disfrutarde su hospitalidad en el ingenio. El caballo había sido más generoso queél puesto que, pudiéndolo, no atropelló al esclavo cuando le hallópostrado en su camino. Tuvo vergüenza Gamboa de su conducta, pero muysoberbio para reconocer su falta y enmendarla con la franqueza quedemandaba el caso, se limitó a referir los rasgos principales de la vidadel guardiero, por supuesto, calumniándole de paso.

—No se figuren Vds., dijo, que el taita Caimán es lo que parece, unviejo inerme y manso o esclavo leal y humilde. Han de saber Vds. que elsobrenombre que lleva no se lo han puesto a humo de paja; es lo másastuto, maligno, con ribetes de taimado que existe; ni tan ignorante queno practique ciertas artes, que le dan importante consideración entrelos suyos. Pasa por brujo y por hacerse invisible cuando le conviene ose halla en peligro.

Construye ídolos y encantos que tienen propiedadesmágicas en ciertos casos. Nadie diría que ve, oye ni entiende, y sinembargo, tanto de día como de noche nada ni nadie se le escapa; y sabe,como el caimán, hacerse el dormido para asegurar mejor la presa. Lajuventud la ha pasado en el monte huido, y en sus repetidas fugas havisitado todos los palenques del Cuzco y hecho amistad con los negroscimarrones más famosos de la Vuelta Abajo. Ahora está muy viejo paratales trotes, y, en consideración a haber sido uno de los fundadores delingenio de La Tinaja, el único que sobrevive de los que tumbaron aquílos primeros palos, mamá hizo que lo pusieran de guardiero, y leconserva en ese puesto contra la opinión de los empleados que conocen suhistoria y sus malas mañas. Cuando quiere o le conviene no le gana avigilante ni el perro más fino. Puede decirse que es libre: críagallinas, engorda todos los años uno o dos cochinos que vende, yentierra el dinero en alguna parte, y posee una yegua, en la cual puededar vueltas de noche a los linderos de la finca. Pero como digo, es muytaimado y maligno y apostaría cualquier cosa a que no se hallaba lejosdel bohío y de su puesto sin algún objeto doloso y reprobado a la mira.Por el cañaveral se ve con sus compañeros del ingenio; por el montesólo con los cimarrones o con los taberneros del pueblo para cambiarazúcar por tabaco, aguardiente u otra cosa por el estilo.

—Así debe de ser, Leonardo, comenzó diciendo Rosa, pues me pareció quetraía una...

La tía y la hermana, más avisadas que ella, no la dejaron terminar lafrase; y nadie más habló en el resto del camino.

Entre la una y las dos de la tarde, bajo un sol de fuego cuyos rayos losreflejaban las hojas de la caña cual si fueran bruñidas espadas, sedesmontaron los viajeros en la gran casa de vivienda de La Tinaja.

CAPÍTULO IV

Lo más negro de la esclavitudno es el negro.

JOSÉ DE LA LUZ Y CABALLERO

Bajo más de un concepto era una finca soberbia el ingenio de LaTinaja, calificativo que tenía bien merecido por sus dilatados ylozanos campos de caña-miel, por los trescientos o más brazos paracultivarlos, por su gran boyada, su numeroso material móvil, su máquinade vapor con hasta veinticinco caballos de fuerza, recién importada dela América del Norte, el costo de veinte y tantos mil pesos, sin contarel trapiche horizontal, también nuevo y que armado allí había costado lamitad de aquella suma.

La casa de calderas o de ingenio era tan fuerte como vasta: edificioexento casi enteramente, cuya armadura se componía de pares rollizos,apoyados en soleras pesadas y éstas en pilares, dichos horcones en elpaís, sin escuadría ninguna ni más pulimento que el que pudo darles conla zuela el vizcaíno carpintero-arquitecto contratado en la finca paraesos trabajos.

Tenía el aire imponente y rústico que parecía demandar sudestino. Debajo de su cubierta de tejas coloradas se abrigaban eltrapiche, la máquina de vapor y el tren Jamaiquino de elaborar elazúcar, montado sobre tres hornos o fornallas. No se hallaban en elmismo nivel todos estos aparatos: el de las calderas era varios pies másbajo; y para pasar de un departamento a otro había que descender dosanchas escalinatas de piedra, flanqueando el plano del trapiche ymáquina de vapor. Esto se hacía así para que tuviese una caída fácil elguarapo, que al salir de las masas corría por una canal de madera a laartesa, llamada allí mansera, donde algo se limpiaba y seguía al tacho opaila para recibir el primer hervor.

Paralelo con este edificio había otro tan grande y más gacho, cerradopor sus costados con paredes de mampostería y una sola entrada, haciendofrente a la parte de las calderas mencionadas.

Este era la casa para lapurga y el secado del azúcar. En otros separados se hallaban lacarpintería, la herrería, la enfermería, y la que puede llamarse casa dematernidad; las habitaciones del mayoral, del boyero, carpintero,mayordomo y maestro de azúcar, quien temporalmente residía también en elingenio. Para el maquinista, cuyo oficio a la sazón desempeñaba un jovenamericano, se había construido una habitación provisional con tablas decedro, cerca de la máquina de vapor; único sitio abrigado en aquel feocaserón. Seguían después, formando grupo, sobre doscientas cabañas obohíos de paja, con sus correspondientes corrales y gallineros adjuntos,para la morada de los trescientos esclavos, o dotación del ingenio. Lasotras casas exentas, a saber: las del bagazo, la de batir el barro parala purificación del azúcar, y otras de menos importancia, se hallabanerigidas en el espacio medianero entre la de calderas y la de purga.

La planta de aquélla, denominada por antonomasia «de vivienda», figurabaen paralelogramo trapezoidad, sentada en el suave declive de una colina,cuya diferencia de nivel se había procurado remediar alzando el piso porel frente. Era de un solo cuerpo de fábrica de manipostería gruesa concubierta de tejas huecas coloradas, amplio pórtico, la sala cuadrada almedio, flanqueada a ambos lados por dos crujías de cuartos, pasadizoscorridos por el interior, patio rectangular en el centro, cerrado poruna tapia alta con caballete de vidrios, y una portada en el lienzo delfondo, que se cerraba con cerrojo y cerradura y servía para lacomunicación interior de la servidumbre de la casa.

En el patio crecíanmuchas flores, algunos naranjos, higueras y parras, que no contribuíanpoco con su verdor y su sombrío a la frescura de los cuartos; aunquepara quebrar la reflexión de los rayos solares en puntos de medio día,habían puesto cortinas de cañamazo en todo el derredor de los pasadizos.Arreglo igual se advertía en el pórtico, que por su elevación yamplitud, se hallaba más expuesto a los embates del viento y a losefectos desagradables de la reflexión solar en el extenso y desoladobatey.

Desde lo alto de la escalinata del pórtico se registraba de un extremo aotro la casa de calderas al frente, la de purga algo más a la derecha,aunque sólo por el lado de las gavetas para secar el azúcar; el barracónde los negros o la estacada que encerraba sus habitaciones rústicas; ensuma, la mayor parte de las que componían la vasta población delingenio; los campos de caña hacia el oeste, los techos pajizos de lascasas del potrero, y más allá un palmar inmenso, un codo del río y luegola selva alterosa y primitiva, que formaba como el fondo oscuro de estevariado cuadro campestre.

Cosa del medio día del 24 de diciembre de 1830, arrellanados en cómodasbutacas de vaqueta, se hallaban los amos del ingenio en cómodas butacasde vaqueta colorada, se hallaban los amos del ingenio La Tinaja, juntocon otras varias personas, al abrigo de la reflexión solar, tras lascortinas de cañamazo. Casi todos los caballeros, don Cándido Valdés,cura de Quiebra Hacha, el capitán del partido y el médico fumabantabaco; doña Rosa, la esposa del capitán antes dicho, la mujer y cuñadadel mayoral del potrero y las señoritas Gamboa, comían unas dulces cañasde la tierra, otras, naranjas de China y guayaba del Perú, etc.,productos éstos de la estancia del ingenio. Por allí andaban nuestrosconocidos de La Habana: Tirso, Aponte, Dolores, junto con otra de lasnegras que habían venido por mar, y dos o tres más de la dotación delingenio, que por criollas y de mejor apariencia las habían destinado alservicio doméstico, todos haciéndose útiles.

De las señoritas Gamboa, Carmen y Adela no calentaban asiento, picabanun pedazo de guayaba o de naranja y emprendían luego largos paseos,enlazadas de las manos, de un extremo a otro del pórtico, conmanifiestas señales de impaciencia por la tardanza, a su juicio, de lasamigas de Alquízar. Adela en particular, cada vez que tocaba en elángulo del sur, levantaba un canto de cortina de cañamazo y echaba unaansiosa mirada por toda la guardarraya maestra adelante hasta suintercepción en el camino de la Playa. Al fin, poco después de la una dela tarde, se oyó a lo lejos ruido de ruedas de un carruaje y la marchaprecipitada de varias caballerías; y Adela, sin ver nada aún, exclamóalegre:—¡Ahí están!

No se engañó esta vez. A poco más llegaron al pie de la escalinata delpórtico las señoritas Ilincheta en su carruaje, el cual, junto con susocupantes, los caballos y los jinetes, venían cubiertos con el polvo dela tierra colorada. Inútil sería detenernos a describir punto por puntolas variadas escenas del encuentro de ambas familias en medio de lassoledades de la Vuelta Abajo. Más de un motivo había para que, al menosalgunos de los presentes, mirasen aquel instante como un eventoverdadero, digno de nota. Sucede, además, que los jóvenes, y también aveces las personas mayores, cuando se reúnen en un sitio de campo conánimo de pasar sólo unos días en franca y cordial sociedad, lejos de loslugares donde se han acostumbrado a vivir y divertirse, se sientenfuertemente atraídos; si son amigos lo son y lo expresan más; siparientes, se persuaden que los unen más estrechos lazos; si amantes,¡ah!, su amor les parece eterno, la dicha de amarse, celestial.

Las mujeres se estrecharon fuertemente entre los brazos. Adela lloró dealegría al apretar entre los suyos a Isabel, por la cual sentía aficiónextraordinaria. Para ella era la más modesta y amorosa de las mujeres.También doña Rosa distinguía a la mayor de las Ilincheta, y en laocasión de que hablamos la mostró señalada cordialidad. Hasta donCándido tan seriote y desmañado, que no tuvo ni una sonrisa para su hijocuando éste se acercó a pedirle la bendición, recibió a las señoritasIlincheta con desusadas demostraciones de cariño, y se las presentó alos caballeros que estaban de visita, diciendo:—También éstas son mishijas. Y hablando con Isabel añadió: He aquí tu casa; espero que goces yte diviertas en ella como en la tuya encantadora de Alquízar.

Ya no duró el recibimiento en el pórtico sino corto rato.

Sobreestropeadas las señoras del viaje, necesitaban algún reposo, asearse,cambiar de traje, antes de sentarse a la mesa.

Doña Rosa, o la mujer delMayoral Moya, que hacía de ama de llaves para ahorrarle trabajo a esaseñora, había hecho preparar alojamientos para las señoritas Ilincheta ypara su tía, inmediatos a los aposentos ocupados por la familia deGamboa en la crujía de la derecha, después de la sala.

Ya de tardecita se sentaron a la mesa en la gran sala de la casa devivienda, entre señoras y caballeros, unas dieciséis personas, atendidaspor la mitad de ese número de siervos. Doña Rosa hizo los honores. Lasecundó cuanto era compatible con su carácter don Cándido, aunque ésteguardó sus cumplimientos para el administrador de Valvanera en primerlugar, en segundo lugar para el cura de Quiebra Hacha, en tercero parael médico de su finca y para el Capitán del partido. Todos debían pasarla noche en el ingenio para tomar parte en las ceremonias que iban acelebrarse al día siguiente, o primero de Pascua de Navidad.

Fuera dela esposa y de la cuñada del Mayoral del potrero, ninguno de losempleados del ingenio fue invitado a comer en la casa de vivienda; y elmismo Moya, que tenía vara alta con los amos actuales de La Tinaja, notomó asiento, aún invitado por don Cándido, so pretexto de haber comido.

Reinaron en el banquete la jovialidad y animación, templadas por lasmaneras decentes propias de la buena crianza, aunque excepto Meneses, eljoven Gamboa y el cura, nadie de los presentes había recibido educaciónesmerada ni frecuentado el trato de la alta sociedad cubana. El últimonombrado, don Cándido Valdés, criollo, se había educado en el Seminariode San Carlos, de La Habana. En materias religiosas era tolerante hastala despreocupación; en política profesaba opiniones liberales que solíallevar hasta la exaltación.[45] El médico Mateu, de Galicia, había hechola práctica de su profesión a bordo de los buques negreros, y ahoracuraba por iguala en varios ingenios de la comarca. Pasaba por buenmozo; pero su bien parecer corría parejas con su necedad y pedantería.Creía que todas las mujeres se enamoraban de él, y desde su puesto en lamesa le lanzaba miradas a hurtadillas a Rosa Ilincheta, cuya graciosafigura, viveza y fogocidad de carácter sobraban para volverle el juicioa hombre de más seso que él. El cura simpatizó desde luego con Isabel,que en todas sus palabras y acciones revelaba las altas prendas de suespíritu. Don Manuel Peña, asturiano, casado con una criolla buena moza,desde el mostrador o taberna del pueblo había ascendido a Capitánpedáneo, especie de Juez de paz, y única circunstancia por la cual losamos del ingenio de La Tinaja le sentaban a su mesa. Don José de Coccoera otra especie de hombre; natural de Cádiz, tenía fina apariencia,los dientes muy blancos y los ojos azules, poca talla, bastante chiste yescasa instrucción.

Este se dedicó a obsequiar a la segunda de las señoritas Gamboa, a cuyolado quedó en la mesa, con la conciencia, sin embargo, de bajo ningunacircunstancia una de las amas del ingenio La Tinaja daría su corazónni su mano al Administrador del ingenio Valvanera. Por lo que toca aAdela, la más linda de todas, su extremada juventud la ponía a cubiertode los galanteos de los hombres allí reunidos.

Circuló entre éstos libremente la copa del vino desde el principio hastael fin de la comida; terminada la cual, se levantaron los manteles paraservir los postres sobre la tabla desnuda, de bruñida caoba. Trájoseenseguida el café puro en tazas de trasluciente China, la espumosachampaña, el coñac francés y el ron de Jamaica. Después don CándidoGamboa sacó a relucir su gran vejiga olorosa y dorada, y repartió sendostabacos, cual brevas, entre el Capitán, el Médico y el Cura, pues Coccono fumaba, tampoco Meneses, y Leonardo no se hubiera atrevido a tocar uncigarro delante de su padre.

Puesto el sol terminó el banquete. Pero pasando la familia y las visitasal amplísimo pórtico donde ya los criados habían enrollado las cortinasde cañamazo, pudo echarse de ver que hacía suficiente claridad en elcampo circunvecino. Era que por un lado surgía la luna creciente deentre el bosque lejano y hería oblicuamente las hojas y flores de lascañas y los troncos blancos de las palmas, al paso que desde lo alto delcielo azul y diáfano como el cristal, vertían innumerables estrellaschispas de plata y oro.

Por sus pasos contados, después del banquete, todas las personasreunidas en la casa de vivienda se dividieron en tres grupos. Doña Rosa,en compañía de doña Juana, la Moya, la mujer del Capitán y Antonia, lamayor de las señoritas Gamboa, volvieron a ocupar los sillones devaqueta colorada. Don Cándido, con el Cura, el Capitán y el Mayoral delpotrero, para digerir mejor la comida y saborear sus olorosos tabacos,daban cortos paseos y conversaban en una cabeza del portal. El primero,sobre todo, aprovechó la ocasión de tomar algunos informes, másimparciales que los de su mayoral, acerca de las ocurrencias en la fincadurante los quince o más días que precedieron al de su llegada a ella.Con este motivo dirigió como de paso varias preguntas a Moya, el cual,honrado con aquella distinción por el amo del ingenio delante del Cura ydel Capitán pedáneo, se apresuró a contestarlas con lisura y no pocasatisfacción. Por ejemplo, preguntado:

—¿No se ha sabido nada, Moya, acerca de los negros que se fugaron lasemana pasada? El Mayodomo me ha dicho que son siete, entre ellos unanegra.

Veríficamente, señor don Cándido, no se ha sabío naitica entre dosplatos, contestó.

—Pero, ¿se ha hecho alguna diligencia?

—¡Pues no, señor don Cándido! Se han registrao los montes de SantoTomás y los montes de La Angosta. En toas partes se han encontrao rastros frescos, mas como los perros de don Liborio Sánchez no son buscaores sino mordeores, anque le tienen gran interés a losnegros no han dao con ellos. Y me se ha puesto que no han salío delos linderos del ingenio, porque no se han juío en denantes y no sabenandar por el monte. Con buenos perros ya se hubieran topao, segurito.¡Ah! Dios me dé perros que huelan un negro dende una legua...

—Por lo que a mí toca, dijo el capitán Peña cortándole la palabra aMoya, debo informar al señor don Cándido que he hecho en su obsequiocuanto cabía en mis facultades. En efecto, apenas tuve aviso de laocurrencia por parte que me dio su mayoral de Vd., don Liborio Sánchez,no perdí tiempo en pasar atento oficio, valiéndome del correo de BahíaHonda, a los señores

don

Lucas

Villaverde

y

don

Máximo

Arosarena,inspectores en San Diego de Núñez, de la partida que capitanea donFrancisco Estévez, que acaba de formarse por disposición de la RealJunta de Fomento, para perseguir negros cimarrones en las jurisdiccionesdesde el muelle de Tablas o el Mariel, Callajabos, Quiebra Hacha, etc.,hasta los límites occidentales de Bahía Honda. Con mi oficio a losseñores inspectores incluí la filiación, edad y naturaleza (poco más omenos, se entiende, pues Vd. sabe que todos los negros se parecen) delos siete que se le han fugado a Vd. Espero, pues, que si tropieza conellos la partida, cosa factible, porque sospecho que han tirado hacialas sierras cercanas del Cuzco, que los capture y... Ni debe extrañar alseñor don Cándido que se le hayan fugado siete negros, cuando por lamisma época se han alzado 12 de Santo Tomás, 8 de Valvanera, 6 de Santa Isabel, 20

de La Begoña, y 40, sí señor, 40, como Vd. lo oye,de La Angosta, el ingenio aquí inmediato, perteneciente al Excmo.Señor Conde de Fernandina. La lista de todos éstos obra ya en poder delos señores inspectores, y, supongo también, del capitán Estévez.

—No me extraña la fuga de mis siervos, dijo don Cándido pensativo. Nison éstos los primeros negros que se me huyen.

Ahí están, si no,Chilala, José, Sixto, Juan, Lino, Nicolás, Picapica, etc., que no medejarán mentir. Esos, cuando no se hallan alzados en los montes, sufren,como ahora, una condena más o menos larga en la finca, y llevan grillosde doble ramal, o arrastran cadena con maza. Goyo, o Caimán, elguardiero de la talanquera en el camino de la Playa, se sabe que hapasado su juventud entre esas serranías que se ven desde aquí... Mastodos ésos son congo real, congo loango o congo musundi, raza humilde,sumisa, leal, la más propia para la esclavitud, que parece su condiciónnatural. Sólo tiene un defecto, eso sí, grave, capital: es la raza másholgazana que sale del África. Si pudieran los congos vivir sin comer,no habría fuerzas humanas que les obligaran a doblar el lomo y trabajar.Serían capaces de pasarse la vida echados panciarriba... Y por notrabajar, a menudo se huyen... Lo que me extraña mucho, lo que noacierto a explicarme es el por qué han seguido el ejemplo de los congosPedro y Pablo carabalí, Julián arará, Andrés bibí, Tomasa suama, Antoniobriche ni Cleto gangá. Estos negros industriosos, incansables para eltrabajo, fuertes, robustos, formales, éstos no se fugan sin causa. No,negros que siempre tienen tiempo para sus amos y para sí, que juntandinero y a menudo se libertan, no se huyen por poca cosa. Son muysoberbios, tal es su único defecto, para alzarse sin causa poderosa.Antes se ahorcan que fugarse al bosque...

Podía echarse de ver por esto poco que algo se le alcanzaba a donCándido Gamboa de achaque de etnología africana. Ya se ve, el tráficoconstante en esclavos por muchos años, la posesión de dos o trescentenas de éstos, le habían enseñado que según su raza eran más sumisoso levantiscos, más o menos a propósito para llevar hasta la muerte elpesado yugo de la esclavitud.

Sucedía, sin embargo, que otra cosa lehabía enseñado a Moya su larga experiencia en el manejo de negros suyosy ajenos, y todo su ser se sublevaba cuando oía decir que los habíabuenos y malos, y que algunos no se huían jamás sin causa poderosa, másbien se quitaban la vida. Por eso Moya, a riesgo de quebrar pajita conel amo, dijo:

—Se conoce que el señor don Cándido ha visto negros y sabe los quesirven pa esto y no sirven pa lo otro. Con permiso del señor donCándido yo digo que toos los negros son lo mesmo cuando la Guinea seles mete en la cabeza. Entonces toos jalan pa atrás como los mulos yes preciso jarrearlos con el cuero.

Vamos a ver. ¿Por qué se han juío los siete de acá? ¿Por falta de comía? ¿Por falta de frasá?¿Por falta de cochino? ¿Por falta de conuco? Naa de eso les hacefalta. Too eso lo tienen ellos a bombón. ¿Por el mucho trabajo? ¿Porel mucho cuero? Ahora no trabajan, como quien dice, y veríficamente don Liborio de Corpus a San Juan da un bocabajo.

—Si me es dado decir lo que pienso, terció en este punto el Curamodestamente, mi opinión es que no debe esperarse de gente tan ignorantecomo son los negros, el que juzguen y actúen cual las criaturasracionales. Sería excusado buscar la razón de sus alzamientos y delitosen los instintos de la justicia y el derecho. No. La causa ha sidoquizás la más quimérica, la más absurda, la menos justificada... Es, sinembargo, coincidencia rara que a un tiempo se hayan alzado tantos negrosy de aquellas fincas precisamente que han cambiado de poco acá susistema de moler caña. ¿Será que esas estúpidas criaturas se hanfigurado que se les aumenta el trabajo porque en vez de moler con bueyeso mulas se muele con máquina de vapor? ¿Qué sabemos?

Vale la penainvestigarlo.

—Ya, dijo don Cándido, siempre pensativo, siguiendo con los ojosentreabiertos las columnas de humo cenizoso que se le escapaban de laboca. El argumento de mi tocayo es bueno tratándose de negros congos,falso, hablándose de negros de otras naciones de África. He observado decerca sus índoles diversas y sé lo que digo. El trato más que otra cosatiene que ver con la conducta de ciertos negros. Todos han nacido parala esclavitud, ésa es su condición natural; en su mismo país no son otracosa que esclavos, o de unos pocos amos o del demonio. Los hay, noobstante, que necesitan rigor, mucho rigor, el látigo siempre encimapara que trabajen; los hay que por las buenas se saca de ellos cuanto sequiere.

Asina es, como dice el señor don Cándido, volvió Moya a meter lacucharada. Mas yo digo que si hay negros que no se pueen quejar deltrato, ésos son los del señor don Cándido. Ellos están como las flores:bien comíos, bien vestíos, ca uno con su conuco y su cochino,muchos casaos, no trabajan más que de sol a sol, y no se les da cueropor náa y náa, como yo he visto que se hace en otros ingenios. Sacan mu poca fajina: dos o tres horas los domingos. Y cuando no se muelecaña casi too el resto del tiempo es suyo para hacer canasta, engordarsus cochinos, guataquear sus conucos... Casi todas las ascuas tienen undía de tambor. ¿Qué más quieren esos endinos? Ni el obispo está mejor.

—Y vuelta a la misma tema, dijo don Cándido molesto. Moya, está bien loque Vd. asegura y repite; pero nada de eso me convence, ni me explica lacausa, la causa real y verdadera de la fuga de mis carabalíes. Lo peores que sospecho que Vd. sabe algo y no quiere decirlo delante del señorCura y del Capitán.

—Pues por toas éstas y por la en que Jesucristo murió, dijo Moya convehemencia besando las cinco cruces que había formado con los diez dedosde las manos enlazadas, que no sé naitica más. Y si dejo algo embuchao, que aquí mesmo me parta un rayo, y ustees perdonen mi moo de hablar.

—No hay que maldecir por tan poca cosa, dijo el Cura.

—Registre Vd. su memoria, Moya, dijo sonriendo don Cándido al ver suapuro.

—El caso es, repuso éste después de breve detención, que yo no sé que puée ser la causa y que no puée ser causa pa que se juya unnegro. El señor don Cándido dice que unos negros se ajorcan y no se juyen; y dispués dice que el mal trato es la causa de loscimarrones. Bueno. También dice el señor don Cándido que los carabalí son mu soberbios. Yo digo que son mu perros y más perros que toos los negros juntos. Pedro briche es el cabecilla de sus carabelas en elingenio. Siempre habla lengua con ellos, y el Mayoral está quemao conél. Yo lo sé; pero no le había puesto nunca la mano encima, ni dende que vino de África creo yo que naiden le sacó sangre con el cuero.Pues, señor, la semana antes pasáa, Pedro briche no se presentó en la jila, ni dormió por la noche en el barracón. ¿Qué querían quehiciera don Liborio? Al día siguiente va y lo coge sotaventao, y le daunos cuerazos por arriba de la camisa, lo puso en el cepo por dos días,le quitó el mando de contramayoral y lo sopló al campo a chapear. Seemperró más. Yo le dije que le diera un buen bocabajo, pero temió que lelevantara toa la negráa. Y ya se ha visto el resultao, se fue almonte con seis compañeros porque no se le castigó bastante.

—¿No lo decía? dijo don Cándido con aire satisfecho. Y

añadió, antesque Moya le quitara la palabra:—¿Y qué dice de todo eso Goyo, elguardiero del camino de la Playa? ¿Sabe Vd. si le han sondeado?

—¿Cómo que no? contestó Moya prontamente. El primerito que se vio pa eso. ¿No ve el señor don Cándido que hasta la puerta mesma de su bujío se encontró rastro fresco de negros que venían del monte, dellado de allá? Pero él juró por toos los santos del cielo que no vio,oyó ni sintió náa en too este tiempo.

Se calentó don Liborio contraél y quiso arrimarle unos cuerazos pa que cantara; mas yo se lo quitéde la cabeza, porque pensé que se iba a poner brava la señora doña Rosaen cuanto que supiera que habían castigao al taita Caimán.

Con esto don Cándido menudeó sus paseos sin curarse de las personas quele hacían compañía, quizás para que no le interrumpieran en susmeditaciones. Luego, volviéndose de improviso para Moya, en tono breve eimperioso le preguntó por el Mayoral.

—Cuando yo venía del potrero, contestó Moya, estaba él con la gente enel corte de caña, enfrente de la tumba nueva. No debe de tardar ya,pues como no hay que cortar yerba de Guinea pa la comía de los caballos,porque hay cojollo, soltará la gente más temprano. Mire, ahí vienenlas carretas con las últimas cañas pa probar la máquina... Allá lejosse ve el boyero en su mula, y más lejos entoavía, por la otraguardarraya, veo ahora a don Liborio.

El cañaveral me tapa sus perros yyo no pueo decir si va solo o con la gente. El viene a caballo.

CAPÍTULO V

9. Limpio soy yo, y sin delito...

10.

Por

cuanto

ha

hallado

achaques

contra

mí,

por

eso

me

ha

tenido

por enemigo suyo.

11.

Ha

puesto

en

un

cepo

mis

pies,

ha guardado todas mis sendas.

JOB, XXXIV

Mientras en un extremo del pórtico ocurría la escena trazada ya, teníalugar en el opuesto otra muy diversa. Formaban allí grupo animado einteresante las señoritas Ilincheta, junto con las dos más jóvenes deGamboa, rodeadas por el medio círculo de los caballeros que lasgalanteaban o admiraban. Todos en pie.

Las señoras apoyadas de espaldasen la barandilla, y los caballeros pendientes de los labios de RosaIlincheta que, en pocas palabras, llenas de gracia y gráfica expresión,describía los pequeños incidentes del viaje, su mal manejo parte delcamino, y sus propias impresiones.

Leonardo se sonreía, Cocco aplaudía, Mateu el médico hacía piruetas degusto, y Meneses se mantenía serio de celos, porque crecían con esto losadmiradores de su linda amante. Adela e Isabel, dadas las manos,escuchaban y callaban. De pronto alguien le tiró de la falda a Adela porel lado de fuera del pórtico.

Volvió ella el rostro con viveza y vio auna negra de buen aspecto, en traje muy diferente del que usaban lasdemás esclavas de la finca.

—¿Qué quieres?—preguntó Adela bastante asustada.

—Su merced me dispense, niña. Venía por el médico. (No le veía por laoscuridad y las faldas de las señoras interpuestas.)

—Y ¿quién eres tú?

—Soy la enfermera, criada de su merced.

—¡La enfermera! repitió Adela sorprendida.

—Sí, niña, la enfermera María Regla. ¿Y su merced no es la niñaAdelita?

—La misma que viste y calza.

—¡Ah! exclamó la esclava, apretándole suavemente los pies a la joven,ya que no podía otra parte de su cuerpo. Me lo decía el corazón. Ayer lavi pasar por el batey desde la ventana de la enfermería. Quedé en dudasde cuál sería mi niña, si la niña Carmen o su merced. ¡Cuánto hacambiado! ¡Qué linda se ha puesto mi hija, Virgen Santa!

—Me lo decía el corazón, linda, mi hija, remedó Adela. Si soy tu hija,si me quieres tanto, ¿por qué no has venido a verme? Te avisé conDolores. ¿Por qué no saliste a hablarme? Me tienes muy brava.

—¡Ay! exclamó la negra. No me diga eso, niña, que me mata... Su mercedno iba sola.

—No. Iba con mamá, Carmen, la mujer de Moya y su cuñada Panchita. ¿Quétenía eso de particular?

—Bastante, niña de mis ojos.

—Habla, explícate.

—No puedo ahora, niña mía.

—¡Qué! ¿Tú no piensas pedirle la bendición a mamá?

—Sí, niña. Debo, lo deseo en el alma, venía... Desde el punto que llegóSeñorita de La Habana, pensé correr y echarme a sus pies...

—¿Por qué no lo has hecho así? ¿Quién te lo ha impedido?

—Señorita misma.