Cecilia Valdes o la Loma del Angel by Cirilo Villaverde - HTML preview

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—Lo verás. En fin, ¿me dices quién es?

—No lo digo.

—Tú parece que quieres jugar conmigo.

—No juego, hablo de veras.

—Bien. Abre la puerta y déjame entrar, porque me da vergüenza que mevea la gente que pasa. Van a figurarse que estamos peleando.

—Y se figurarán lo cierto.

—Vamos. ¿Te dejas de retrecherías?

—Yo digo lo que siento.

Leonardo la miró un rato con fijeza, como para medir el alcance de suspalabras, y trató luego de cogerla la mano que ella retiró, y después lacara con igual resultado. Cecilia no parecía dispuesta a ceder un puntode la actitud tomada desde el principio. ¿Sería ella capaz de dejarlepor otro hombre? ¿Era el preferido aquél que vio alejarse de la ventana?Tanteemos un poco más, se dijo para sí, y enseguida añadió alto:

—¿Qué tienes tú en realidad? ¿Se puede saber?

—¿Yo? Nada.

—Si te encierras en ese círculo vicioso de: no sé nada, no lo digo,creo que lo mejor será que yo me vaya con la música a otra parte.

—Como Vd. guste.

—Cada vez te entiendo menos, Celia. Sospecho, sin embargo, que no dicesahora lo que sientes, y que si diera ascenso a tus palabras de pocovivir y me marchase, habías de derramar lágrimas de sangre. ¡Cómo! ¿Tequedas callada? ¿Qué dices?

Contesta.

Iba siendo demasiado larga y violenta la posición asumida por Ceciliapara que durase mucho tiempo. Amaba de veras. Si persistía en sudesacostumbrada severidad, tal vez ahuyentaba al amante; fuera de que notenía prueba patente de su inconstancia.

Por todas estas razones, cuandoprecisada a responder categóricamente, inclinó la cabeza y rompió allorar con grandes sollozos.

—¿Lo ves? la dijo él bastante conmovido. Ya sabía yo que en estovendrían a parar tus bravezas. Tu corazón me quiere cuando tus labios medesdeñan. ¡Bah! Se acabó todo. No llores más, mi vida, porque concluirépor llorar contigo. Ahora lo que corresponde es: pelillos a la mar y tanamigos como siempre.

—Sólo bajo una condición haría yo las paces contigo, acertó a decirCecilia entre sollozo y sollozo.

—Admitido. Afuera con esa condición.

—No. Es preciso primero que prometas cumplirla.

—¡Hombre! Eso es mucho pedir. Tal vez no está en mis facultades. Pero,¿quién dijo miedo? Sí, prometo.

—No vayas al campo en las próximas Pascuas...

—¡Celia, por Dios!... ¡qué caprichos tan extraños tienes tú!

¿De quénace tamaña exigencia? Sin duda te figuras que me alejo para siempre oque te he de olvidar. Reflexiona y no me pidas imposibles.

—Lo tengo bien pensado. ¿Te vas o te quedas?

—No me voy, ni me quedo; porque una ausencia de quince días en el campono va a ninguna banda, no es una ida ni una quedada formal.

—Está bien, dijo Cecilia con firmeza, enjugándose las lágrimas. Ve. Yosé lo que he de hacer.

—No tomes resolución que luego te pese. Te ruego de nuevo quereflexiones y veas mi posición tal cual es. ¿Te parece fácil que yopermanezca en La Habana mientras toda mi familia está en el ingenio de La Tinaja cerca del Mariel? Pues no lo es; en primer lugar no habrá encasa sino el mayordomo con algunos criados. En segundo lugar, aunque yopretendiera quedarme, mi madre no lo consentiría, mucho menos mi padre.La marcha será del 20 al 22 para volver después del domingo de NiñoPerdido.

¿Comprendes ahora?

—Lo que comprendo es que vas a divertirte en el campo con una mujer quedetesto sin conocerla a derechas, y que no puedo, no debo, ni quieroconsentirlo.

—Eres muy celosa, Celia. He aquí tu único defecto. Si yo te amo más quea mi vida, más que a todas las mujeres del mundo,

¿no te basta? ¿qué másquieres? Por otra parte, esta corta ausencia nos conviene a los dos,así nos querremos con mayor ternura a mi vuelta. Después, en Abrilentrante me recibiré de Bachiller en derecho y entonces tendré máslibertad para hacer lo que me dé la gana. Ya verás, ya verás cuantovamos a gozar. Yo para ti, tú para mí.

Para este tiempo Cecilia se había puesto en pie, esperando quizás laretirada de su amante, callada y pensativa. Su hermoso busto, sushombros y brazos torneados cual los de una estatua, el estrechísimotalle que casi se podía abarcar con ambas manos lucían a maravilla,alumbrados a medias por la bujía en el interior, en contraste con laoscuridad ya reinante en la calle.

Más enamorado que nunca Leonardo detanta belleza, añadió con la mayor ternura:

—Lo que falta ahora, cielo mío, es que me des un beso en señal de paz yde amor.

Cecilia no respondió palabra ni hizo el menor movimiento.

Parecíatransfigurada.

—¡Vaya con Dios!, dijo el joven desconsolado. ¿Tampoco me darás lamano?

El mismo silencio, igual inmutabilidad. La conversión no podía ser máscompleta, pues si respiraba, no daba señales el redondo y levantadoseno, de agitación ni de perceptible movimiento.

—Tu abuela va a venir, agregó Gamboa. ¿Oyes? Se concluye la salve enSanta Catalina; yo no quiero que me vea. ¡Adiós, pues!... ¡Ah! ¿Me dirásel nombre de la persona que hablaba contigo cuando yo llegué?

—José Dolores Pimienta, contestó Cecilia en tono tan breve comosolemne.

Sintió Leonardo que toda la sangre se le agolpaba al rostro y que lequemaba las mejillas; y como para mejor ocultar la impresión que lehabía causado aquel nombre en boca de Cecilia, se alejó de allí a todaprisa, a la sazón que los fieles salían del convento vecino.

Por su parte Cecilia se dejó caer en la silla y lloró amargamente.

CAPÍTULO XVI

¡Conciencia,

nunca

dormida,

mudo

y

pertinaz

testigo

que

no

deja

sin

castigo

ningún

crimen

en

la

vida!

La

ley

calla,

el

mundo

olvida;

mas

¿quién

sacude

tu

yugo?

Al

Sumo

Hacedor

le

plugo

que

a

solas

con

el

pecado,

fueses

para

el

culpado

delator, juez y verdugo.

NÚÑEZ DE ARCE

Llega una época en la vida de cada hombre culpable de falta grave, enque el arrepentimiento es el tributo forzoso que se paga a la concienciaalarmada; pero la enmienda, como sujeta a otras leyes y dependiente decircunstancias externas, no siempre está el cumplirla en la voluntadhumana. Porque tiene eso de característico la culpa, que, cual ciertasmanchas, mientras más se lavan, más clara presentan la haz.

Bien quisiera don Cándido romper de una vez con el pasado, borrar de sumemoria hasta la huella de ciertos hechos. Pero sin saber cómo, sinpoderlo evitar, cuando más libre se creía, sentía, puede decirse así, ensus carnes el peso de los grillos que le ataban al misterioso poste desu primitiva culpa. Mucha parte tenían en esto los testigos y cómplicesde ella. Recordábansela sin cesar y se la ponían delante a doquiera quetornase los ojos.

Aquí tiene el lector algunas de las razones por qué, a raíz del serioaltercado con doña Rosa, don Cándido se hizo el encontradizo con Montesde Oca. No le riñó por las indiscreciones que había tenido con suesposa. ¡Qué reñirle! Al contrario, nunca le apretó con más efusión lamano. Es que le necesitaba para el arreglo de un proyecto en que veníameditando de

poco

tiempo

a

esta

parte.

Quería

que,

como

médico,certificase que sin riesgo de la vida no era posible la traslación de laenferma en el hospital de Paula, a la nueva casa de locos. Esto, enprimer lugar. En segundo lugar, pretendía que se prestara a servir deconducto por medio del cual seña Josefa, o en su defecto la nieta,recibiera una pensión mensual de veinte y cinco duros y medio por tiempoindefinido.

Estimulada la codicia de Montes de Oca con un espléndido regalo, no hubodificultad en que despachara la certificación, ni en que aceptara elencargo de la mensualidad. Este era un modo, por parte de don Cándido,de hacer del ladrón fiel; fuera de que sería quizás más riesgoso probarla discreción de tercera persona en aquel asunto.

Así cortaba, creía Gamboa, toda directa relación futura con las trescómplices de su grave culpa, sin fallar a los compromisos con ellascontraídos. Pero aún quedaba el rabo por desollar.

¿Cómo librar aCecilia Valdés de los lazos que la tendía su hijo Leonardo? Ellos seamaban con delirio, se veían a menudo, no bastaban a separarlos losregaños a ella de la abuela, ni las amenazas a él, por medio de doñaRosa, de don Cándido. No había, pues, más remedio que embarcar al galány echarlo del país, o que secuestrar a la dama y ponerla donde no seviese ni se comunicase con él. Lo primero no había que pensarlosiquiera: doña Rosa se opondría con todas sus fuerzas. Lo segundo, erariesgoso en alto grado y estaba I rodeado de dificultades casiinsuperables. Tales eran los pensamientos que más preocupaban el ánimode don Cándido y le hacían sufrir las torturas del infierno por la épocaque vamos historiando.

Ahora bien: ¿convenía proceder desde luego al secuestro de la muchacha?Convenía, mas no era de urgente necesidad en aquel momento, por dosrazones principales, a saber: porque vivía la abuela, aunque achacosa ydecadente; y porque dentro de dos semanas marcharía la familia a pasarlas Pascuas en el ingenio de La Tinaja, y se había acordado queLeonardo fuese de la partida.

Efectivamente: una semana antes despachose al Mariel la goleta Vencedora: su patrón Francisco Sierra con las vituallas, conservas yvinos que no se encontraban por amor ni por dinero en aquellas partes, ycon los criados del servicio particular de la familia de Gamboa, entreellos Tirso y Dolores. También debían ser de la partida la señoritaIlincheta con su tía doña Juana; para lo cual Leonardo y Diego Menesesles darían escolta desde Alquízar.

El motivo de la próxima reunión de las dos familias en el ingenio de LaTinaja, tenía por objeto presenciar el estreno de una máquina de vaporpara auxilio de la molienda de la caña miel, en vez de la potencia desangre con que hasta allí se venía operando el primitivo pesadotrapiche.

No quiso partir Leonardo sin tener una entrevista con Cecilia.

Obtúvolafácilmente, así porque ambos la deseaban como porque a la fecha parecíaque seña Josefa había perdido todo dominio sobre la nieta. Pero denada valieron ruegos, halagos, promesas de mayor ventura ni amenazas derompimiento. Cecilia cerró los oídos a todo eso y se mantuvo firme, cualuna roca, en negar su consentimiento a la partida del amante para elcampo. El corazón leal la anunciaba que él corría a reunirse con sutemible rival; lo que equivalía a perderle para siempre. Otro, que elatolondrado joven habría parado mientes en la actitud y firmeza de lamuchacha, y le habría concedido admiración ya que no simpatía. Mas él,ligero de cascos y soberbio, principió por creer que vencería suresistencia y acabó por darse por ofendido y retirarse despechado.

Esta vez no lloró Cecilia. Con el corazón partido de dolor, en silenciovio alejarse a Leonardo. No abrió los labios para llamarle ni consintióque sus lágrimas, aun ido él, viniesen a revelar la angustia de su alma,dando así, a sus propios ojos, muestra indigna de flaqueza. Antes querendirse al rigor de la suelte, creyó la soberbia muchacha que debíaarmarse de valor a fin de tomar señalada venganza de su ingrato amante.Dicho y hecho, apenas se alejó de su lado, se vistió ella a la carrera,dio un beso a la abuela, que, como solía, se hallaba hundida en el fondode enana butaca de Campeche y salió a la calle. Mas yendo en ladirección de la casa de Nemesia, en el callejón de la Bomba, se encontróen la esquina con Cantalapiedra, a quien no veía desde la noche del 24de Setiembre. No le valió inclinar la cabeza, ni estrechar en torno delrostro los pliegues de la manta de burato. El Comisario la reconoció alpunto, y, quiera que no, la detuvo en medio de la calle diciéndola:

—Alto a la justicia. Date o te va la vida.

—Con su licencia, replicó Cecilia seria, en ademán de seguir camino.

—Date presa, digo, o de lo contrario haré uso de la autoridad que meconcede la ley. Respeta estas borlas (enseñándole las del bastón quellevaba bajo el brazo izquierdo) o le ordeno a Bonora (su esbirro, el delas grandes patillas, que se mantenía a respetable distancia) queproceda a prenderte.

—Como no he cometido ningún delito, contestó Cecilia muy tranquila, esinútil que me enseñe las borlas y me amenace con su teniente. Déjemepasar, que no estoy para bromas.

—Sin ver antes esa carita fuera de la manta, no esperes que te deje darun paso más.

—¿Tengo acaso monos pintados en la cara?

—¡Muchachita! Juégate conmigo y todavía te dan las doce sin campana.

—Yo no me juego, no estoy para juegos. Déjeme ir.

—¿A dónde vas?

—A una parte.

—¿Es cosa de cita?

—Yo no tengo citas con nadie, ni dejaría mi casa por ver al rey de loshombres.

—Quien te oye, segurito que se traga que hablas de veras.

—¿Sabe Vd., que yo haya hablado de mentira sobre estas cosas?

—Bien, veremos si eso que dices es verdad.

—¿De qué manera?

—Fácilmente, siguiéndote las aguas.

—¿Está Vd. loco, Capitán?

—No, sino muy cuerdo. Soy el Comisario del barrio y ¿qué se diría de mísi por descuido dejaba que una muchacha tan linda como tú daba un malpaso y luego andábamos de tribunales y pleitos?

—No me doy por ofendida de sus palabras, porque sé que Vd.

es muy jaranero.

—Es que no jaraneo ahora. No deseo ofenderte ni en el negro de una uña;pero, repito, que ni como Comisario, ni como hombre, debo consentir queandes a estas horas por las calles sin galán que te guíe y te defienda.

—No me sucederá nada. Esté Vd. seguro. Voy aquí cerquita.

—Está bien, quiero creerte. Ve con Dios y la Virgen. ¿Mas no me dejarásverte la carita?

—¿No la está Vd. viendo?

—Así no me gusta verla. Echa hacia atrás los malditos pliegues de esamanta.

Hizo Cecilia lo que la dijeron, quizás para verse libre de aquelimpertinente, descubriendo casi todo el busto con sólo dejar caer lamanta sobre los hombros. En ese tiempo Cantalapiedra atizó el cigarropuro que fumaba, y produjo mayor claridad de la que reinaba en torno,puesto que no había faroles por allí, y las estrellas no alumbrabanbastante.

—¡Ah! exclamó el Comisario lleno de entusiasmo. ¿Habrá quien no semuera de amor por ti? ¡Maldito de Dios y de los hombres el que no teadore de rodillas como a los santos del cielo!

Ante el cómico ademán y las exageradas expresiones del Comisario, nopudo menos de sonreírse Cecilia, la cual después continuó derecho a casade Nemesia, sin cuidarse de averiguar si aquél seguía o no sus pasos.Conociendo ella bien las entradas y salidas, no tocó en ninguna puerta,sino que pasó de la calle al cuarto de su amiga, a quien sorprendió muyafanada cosiendo una pieza de sastrería, delante de una mesita de pino,a la luz dudosa de una vela de sebo de Flandes en un candelero de hojade lata.

—¡Qué atareada que está una mujer! dijo entrando.

—¡Hola! exclamó Nemesia soltando la costura y yendo al encuentro deCecilia con los brazos abiertos. ¡Tanto bueno por acá! ¿Quién se querrámorir? Es preciso hacer una raya en el agua.

—¿Estás sola? preguntó Cecilia antes de sentarse en el columpio demadera que le presentó la amiga.

—Solita en alma, aunque José Dolores no tardará mucho.

—No quisiera que me encontrase aquí.

—¿Por qué, china?

—Porque los hombres luego se figuran que una los busca.

—Mi hermano no es de esos, chinita. El te ama, te adora, te idolatra,se le conoce, suspira siempre por ti; pero es tan vergonzoso que no seatrevería a decirte negros ojos tienes, cuanto más a figurarse quevienes por él.

—¡Ay, Nene! continuó Cecilia desentendiéndose de las manifestaciones desu amiga. La otra tarde me encontró Leonardo hablando con José Dolorespor la ventana de casa. En mala hora. Me ha costado una tragedia con él.

—¡No me digas! repuso Nemesia sin poder ocultar del todo su contento.Pero ya habrán hecho las paces. ¿No?

—¡Ojalá! exclamó Cecilia suspirando. Se puso bravo y se ha idopeleado conmigo. ¿Quién sabe cuándo nos Núñez de Arce?

Tal vez... nuncamás. Él es muy perro y yo poco menos.

En diciendo estas palabras, callose por breve rato. Se le habíaatravesado la voz en la garganta, y en sus bellos ojos aparecierongruesas lágrimas.

—¡Cómo! dijo Nemesia sorprendida. ¿De veras tú lloras? ¿No te davergüenza?

—Sí, lloro, repuso Cecilia con visible sentimiento. Lloro, no de dolor,lloro de rabia conmigo misma, porque conozco que he sido una tonta.

—¡Anjá! Me alegro oírte. Ya te lo había dicho yo muchas veces, no debefiarse una de ningún hombre.

—No lo digo por eso, Nene. ¿Llamas tú fiarme de un hombre el amarlomucho? Puede ser; y yo te digo, ¿acaso está en tu mano amar o no amar?¿Conoces algún remedio contra el amor y los celos? Lo mejor sería,china, no tener corazón. Así no sentiríamos cariño por nadie.

—Luego, parece que tú te das por engañada.

—Tal como engañada no. ¡Dios me libre! Leonardo no me ha dejado porotra ni creo que me deje. Si lo sospechase siquiera no estaríadiciéndotelo desde esta silla.

—¿Y qué más quieres, mujer? Mucho temo que ese peje no vuelva a picaren tu anzuelo.

—¿Qué sabes tú? preguntó Cecilia asustada.

—Nada, nada, repitió Nemesia. Mas no puedo olvidar el dicho de seña Clara, la mujer de Uribe: cada uno con su cada uno.

—No entiendo.

—Más claro no puede ser. ¿ Seña Clara no tiene más experiencia quenosotras? Desde luego. Es mayor de edad y ha visto doble mundo que tú yque yo. Pues si a menudo repite ese dicho, razón buena ha de tener.Aquí, inter nos, naiden me lo ha contado, pero yo sé que a seña Clara siempre le gustaron más los blancos que los pardos, y bien duritaya se casó con señó Uribe.

Por supuesto, llevó más quemadas ydesengaños que pelos tiene en la cabeza, y por eso ahora se consuelarepitiendo a las muchachas como tú y como yo: cada uno con su cada uno.¿Entiendes?

—Sí, bastante, sólo que no veo cómo me venga el refrán.

—Te viene pintiparado, chinita; te coge por derecho. ¿Tú no prefiereslos blancos a los pardos, como seña Clara?

—No lo niego, mucho que sí me gustan más los blancos que los pardos. Seme caería la cara de vergüenza si me casara y tuviera un hijo saltoatrás.

—Desengáñate, mujer: bonitura, amor, cariño, constancia, nada sujeta alos blancos. Después, Leonardo no se va a casar tampoco contigo por laiglesia.

—¿Por qué no? replicó Cecilia con vehemencia. El me lo ha prometido ycumplirá su palabra. De otro modo yo no lo querría como lo quiero.

—¡Ay! Me da mucha pena oírte hablar así, mas no quisiera quitarte lailusión. Sólo te digo que abras los ojos, no sea que mal haya venga muytarde. No te fíes, no te fíes, y ten siempre presente que la hormiga pormeterse a volar se quemó las alas.

—El que por su gusto muere, hasta la muerte le sabe.

—Lo comprendo, mas si una muriese de repente, sin dolor, ni trabajos,pase, sea todo por Dios. El caso es, china, que antes de morir se sufremucho. Ven acá, ¿duele tanto cuando un hombre blanco nos deja por unamujer de color, como cuando nos deja por una blanca? ¿A que no? Eso síque duele. Y me se figura que a ti te está pasando eso ahora. Conqueno hables, ni digas de esta agua no beberé.

Disponíase Cecilia a negar la exactitud del símil cuando apareció por lapuerta del patio José Dolores Pimienta, y si ella no pudo o no supodecir lo que pensaba, él se quedó mudo y estático en el quicio delcuarto. No esperaba semejante compañía, mucho menos a aquella hora de lanoche. Repuesto luego de su sorpresa, la manifestó en breves y escogidasfrases cuánto se alegraba de verla. Cecilia dijo que había venidosolamente a darle una caradita a Nemesia, y se puso en pie paramarcharse.

—Tengo una buena noticia que darles, dijo el músico. El baile deetiqueta de la gente de color se ha convenido en darlo la víspera de laNoche buena, en la casa de Soto, esquina a Jesús María. Por supuesto, laseñorita está convidada en primera línea, y se espera que vaya Nemesia y seña Clara, y Mercedita Ayala, y todas las amigas.

Será un baile de ringorrango. Hará raya, yo se lo digo a la señorita.

—Lo más fácil es que yo no pueda asistir, dijo Cecilia.

Chepilla noestá buena y temo dejarla sola.

—Pues si falta la señorita, cuente que no habrá luz para alumbrar elbaile.

—No sabía que Vd. era tan lisonjero, dijo Cecilia sonriendo ymoviéndose hacia la puerta.

—No debe la señorita ir sola, dijo José Dolores.

—Nadie me comerá, pierda Vd. cuidado. No se moleste.

¡Adiós!

No obstante su negativa, el músico y su hermana acompañaron a Ceciliahasta la puerta de la casa en que vivía.

CAPÍTULO XVII

Y

al

punto

que

el

triunfo

creyera

posible

De lúcido acero se vio traspasar.

J. L. LUACES

Dijo José Dolores Pimienta que el baile de la gente de color secelebraría en la casa de Soto. Ocupa la esquina occidental de la callede Jesús María, en su encuentro con la calzada del Monte, opuesta alCampo de Marte.

Precede al zaguán o entrada un ancho portal con barandilla de madera.Desde éste, por las alterosas ventanas, enteramente abiertas, pudo elpúblico, sin derecho a entrar, presenciar a su sabor la fiesta. En elcuadrado patio, que se cubrió con un toldo, se pusieron las mesas delambigú; en el comedor tocaba la orquesta; en la amplísima sala sebailaba y en los cuartos se reposaba y tenían las conversaciones íntimasde los amigos o los amantes.

Los adornos de la sala se reducían a unas colgaduras de damasco rojo, elcolor nacional, recogidas con cintas azules en pabellones, a la alturade los dinteles de las puertas y ventanas.

El alumbrado loproporcionaban bujías de pura esperma, ardiendo en grandes arañas decristal, con profusión de prismas de lo mismo que reflejaban la luz, lamultiplicaban y descomponían en todos los colores del iris.

Con la frase baile de etiqueta o de corte, se quiso dar a entender unomuy ceremonioso, de alto tono, y tal, que ya no celebraban los blancos,ni por las piezas bailables, ni por el traje singular de los hombres yde las mujeres. Porque el de éstas debía consistir y consistió en faldade raso blanco, banda azul atravesada por el pecho y pluma de marabú enla cabeza. El de los hombres, en frac de paño negro, chaleco de piqué ycorbata de hilo blanco, calzón corto de Nankín, media de seda color decarne y zapato bajo con hebilla de plata; todo según la moda de CarlosIII, cuya estatua, hecha por Canova,[43] se hallaba al extremo delPrado, donde hoy se ostenta la fuente de la India o de La Habana.

Para entrar y tomar parte en la fiesta no bastaba el traje especial delos hombres; era preciso venir provisto de papeleta, la que debíapresentarse en el zaguán a la comisión allí constituida para recibirla yaposentar a las mujeres. Observose esta medida estrictamente alprincipio; pero tan luego como llegó la hora de bailar, Brindis yPimienta, principales aposentadores, delegaron el encargo en sujetosmenos escrupulosos y rectos. A semejante descuido se debió el que, tardede la noche, penetrasen algunos individuos que, si bien en traje deceremonia, no presentaron papeleta ni eran artesanos tampoco.

De este número fue un negro de talla mediana, algo grueso, de cararedonda y llena, con grandes entradas en ambos lados de la frente, quepor poco que pasase él de los cuarenta años de edad, terminarían en unacalva completa. Aunque se vestía como se había dispuesto, el frac levenía algo estrecho, el chaleco se le quedaba bastante corto, las mediasestaban descoloridas por viejas, carecían de hebillas sus zapatos, notenía vuelos la camisa y el cuello le subía demasiado hasta cubrirlecasi las orejas, tal vez por ser él de pescuezo corto y morrudo.

Sea por estas faltas, o sobras, de que no estamos bien enterados, elnegro de las entradas se hizo el blanco de las miradas de todos desdeque puso el pie en el baile. Advirtiolo él, que no era ningún tonto, ynaturalmente andaba al principio como azorado, esquivando la sala, dondela luz era más profusa y brillante; pero hacia las once de la noche hizopor incorporarse en los corrillos que se formaban en torno de lasmuchachas bonitas, hasta que se atrevió a invitar a una y bailar unminué de corte, con tanto compás y donaire que llamó por ello laatención general. Dos o tres veces se acercó al grupo que galanteaba oadoraba en Cecilia Valdés a la más hermosa de las mujeres de aquellareunión heterogénea; la contempló de reojo largo rato y luego se alejócon visibles muestras de despecho.

En uno de estos momentos, un oficial de la sastrería de Uribe que leobservaba de cerca, le siguió fuera de la sala, le puso la mano en elhombro con alguna familiaridad y le dijo:

—¡Oiga! ¿Estás aquí?

—¿Qué, qué se ofrece? contestó él volviéndose y estremeciéndose de piesa cabeza.

—¿Qué haces por estos barrios, chiquete? le preguntó el oficial conmayor familiaridad.

—Sírvase decirme, señor mío, replicó el de las entradas, enfadado:¿cuándo y dónde le he echado maloja?

—¡Hombre! repuso el oficial bastante mortificado, esas son palabrasmayores.

—Mayores o menores, son las que uso con los importunos como Vd.

—No te vengas haciendo el misterioso y el señorón, que yo sé quién erestú y tú sabes quién soy yo. Apéate, compadre, del tablado. Te se puede desvanecer la cabeza, y si te caes, das en el fogón de la cocina.

—Vamos, ¿y qué quiere Vd. conmigo ahora?

—Nada, no quiero nadita de este mundo. Reparé sólo que le hiciste elfeo a la niña más linda del baile y esto picó mi curiosidad.

—¿Le va o le viene a Vd. algo en este ajiaco?

—Bastante, más de lo que tú te figuras.

—Y Vd. se propone defender a esa niña, ¿no?

—Creo que tú no las has injuriado. Las mujeres no son la cara del reypara agradar a todos. En gustar o disgustar no hay ofensa.

—Bien, entonces déjeme Vd. el alma quieta.

—Eres un mal agradecido, le dijo el oficial, serio. No tienes tú laculpa, sino yo que me ocupo de un individuo inferior a mí, cocinero y...esclavo. Llenose de ira el negro con esto y levantó la mano para pegarleuna bofetada a su contrincante; pero, por razones que él se sabía, nodescargó el golpe. Había penetrado en aquella casa sin papeleta, noconocía a nadie, era un intruso y todo escándalo que se armase debíaredundar en su daño.

Contentóse, pues, con amenazarle y decirle quearreglaría cuentas luego que terminase el baile; volviéndole la espaldacon desprecio. Semejante salida excitó a lo sumo la risa del oficial desastre, y dijo por burla:

—Casaca, suelta a ese hombre.

De seguidas buscó a su amigo José Dolores Pimienta, le contó laocurrencia con el negro de las grandes entradas rieron los dos de laocurrencia y no se ocuparon más del asunto.

Desde temprano el baile estaba lleno, de bote en bote, según reza lafrase familiar. El golpe de gente de todos colores, sexos y condicionesque se apiñaba ante ambas ventanas del ancho portal, presentaba aspectotan animado, como interesante y tumultuoso. En el gran salón no se cabíani de pie, al menos mientras no se bailaba; los hombres se codeaban unoscon otros, y ocultaban casi del todo a las mujeres sentadas alrededor.Cecilia, con Nemesia y seña Clara, la mujer de Uribe, ocupaba unasiento de frente para la calle, en el lienzo de pared medianero entrela puerta del comedor y la del aposento, y siempre que lo permitían losgrupos de hombres que acudían a saludarla, podían oírse lasexclamaciones de admiración que su peregrina belleza excitaba en laspersonas del portal.

A veces, tras las ponderaciones de las gracias de la muchacha, podíanoírse voces de compasión, pues tomándola por una joven de pura sangre,era natural que les chocase de verla allí y que creyesen de bajossentimientos a quien consentía en rozarse tan de cerca con la gente decolor. Cecilia, entretanto, saboreaba a sus anchas el triunfo mayor quejamás alcanzó mujer alguna en la flor de su juventud y de su belleza.Uno tras otro, cuantos hombres de cierto viso llenaban el baile aquellanoche, conociéndola o no, vinieron a saludarla y rendirla homenaje, cualsaben rendirlo los negros criollos de Cuba que han recibido algunaeducación y se precian de finos y atentos con las damas.

Entre éstospodemos citar a Brindis, músico, elegante y bien criado; a Tondáprotegido del Capitán General Vives, negro joven, inteligente y bravocomo un león; a Vargas y a Dodge, ambos de Matanzas, barbero el uno,carpintero el otro, que fueron comprendidos en la supuesta conspiraciónde la gente de color en 1844 y fusilados en el paseo de Versalles de lamisma ciudad; a José de la Concepción Valdés, alias Plácido, el poetade más estro que ha visto Cuba, y que tuvo la misma desastrada suerte delos dos precedentes; a Tomás Vuelta y Flores, insigne violinista ycompositor de notables contradanzas, el cual en dicho año pereció en laEscalera, tormento a que le sometieron sus jueces para arrancarle laconfesión de complicidad en un delito cuya existencia jamás se haprobado lo suficiente; al propio Francisco de Paula Uribe, sastrehabilísimo, que por no correr la suerte del anterior, se quitó la vidacon una navaja de barbear en los momentos que le encerraban en uno delos calabozos de la ciudadela de la Cabaña; a Juan Francisco Manzano,tierno poeta que acababa de recibir la libertad, gracias a lafilantropía de algunos literatos habaneros; a José Dolores Pimienta,sastre y diestro tocador de clarinete, tan agraciado de rostro comomodesto y atildado en su persona.

Con este último y con Vargas se dignó Cecilia bailar danza, minué decorte con Brindis, otro con Dodge; conversó amablemente con Plácido,contestó con un saludo gracioso al que le hizo Tondá, habló decontradanzas con Vuelta y Flores, y celebró mucho el talento músico deUlpiano, que dirigió la orquesta del baile.

Cualquiera mediano observador pudo advertir que, a vueltas de laamabilidad empleada por Cecilia con todos los que se le acercaban, habíamarcada diferencia entre los negros y los mulatos. Con éstos, porejemplo, bailó dos contradanzas, con los primeros sólo minuésceremoniosos. Pero dio amplia rienda a su innato exclusivismo cuando sele presentó el negro de las entradas profundas y la rogó le admitieracomo pareja para una danza o un minué. Eso sí, no llevó su negativahasta el no áspero y seco; le dio sus razones para no bailar con él, quetenía comprometida la siguiente pieza, que se sentía muy cansada, etc.El hombre no se dio por satisfecho, antes se mortificó lo que esindecible y se alejó murmurando frases groseras y amenazantes.

No paró mucho en esto la atención Cecilia; pero cuando poco después sepaseaba con Nemesia y seña Clara en torno de las mesas del ambigú ytropezó con el negro de las entradas, que parecía en acecho reclinado enla jamba de la puerta de uno de los cuartos laterales, tuvo miedo; yapretando el brazo de su amiga la dijo en voz baja y apresurada:—¡Ahíestá!

—¿Quién? preguntó Nemesia volviendo el rostro.

—Mira, agregó Cecilia. Por acá. Ese.

En este momento el hombre se desprendió de la puerta y avanzó hastatocar con la barba en el hombro de Cecilia, a la cual sin más preliminarle dijo:

—¿Conque no me ha creído la niña digno de ser su compañero esta noche?

—¿Qué dice Vd.? preguntó Cecilia más asustada que antes.

—Digo, continuó el negro echando una mirada siniestra a Cecilia, digoque la niña me ha hecho un desaire.

—Si lo cree Vd. así le pido mil perdones, porque no be tenido talintención.

—La niña me dijo que estaba cansada y enseguida salió a bailar conotro. No busque disculpa la niña (añadió de carrera conociendo queCecilia quería replicar), comprendo la razón por qué la niña me hadesairado. La niña me ve prieto, pobremente vestido, sin amigos en estaselecta reunión y se ha figurado que soy un cualquiera, un malcriado, unpelagatos.

—Se equivoca Vd.

—Yo no me equivoco. Sé lo que digo, como sé quién es la niña.

—Señor, Vd. me toma por otra.

—La conozco más de lo que imagina la niña. La conozco desde que la niñamamaba y gateaba. Conocí a su madre, conozco a su padre como a mis manosy tengo muchos motivos para conocer a la mujer que la crió por más de unaño seguido.

—Pues yo no lo conozco a Vd., ni...

—¿Ni le importa tampoco a la niña? Lo comprendo. Debo decirle a laniña, sin embargo, que la niña me desprecia porque se figura que comotiene el pellejo blanco es blanca. La niña no lo es. Si a otros puedeengañar, a mí no.

—¿Me ha detenido Vd. para insultarme?

—No, señorita. Yo no estoy acostumbrado a insultar a las personas quegastan túnico. Si como lleva túnico la niña, lleva calzones, crea queno le hablaría así. Me molesta tanto más el orgullo que la niña gastaconmigo...

—Bastante hemos hablado, le interrumpió Cecilia volviéndole la espalda.

—Como la niña guste, continuó él altamente irritado, mas déjeme decirleque baje un poco el cocote, porque si su padre es blanco, su madre no esmás blanca que yo, y además, la niña es la causa de que me vea separadode mi mujer por más de doce años.

—¿Y yo qué tengo que ver con eso?

—Debía de tener algo, pues mi mujer ha sido la verdadera madre de laniña, como que la crió desde que nació, no pudiendo criar a la niña sumadre por estar loca...

—El loco es Vd., exclamó Cecilia en alta voz.

Nemesia y seña Clara rodearon entonces a su amiga y trataron dellevársela para la sala. Pero se detuvieron al ver a Tondá, a Uribe, aloficial de éste y al mismo José Dolores Pimienta (bajo cuya protecciónimplícita estaba Cecilia), que oyeron el grito y acudieron presurosospara averiguar lo que pasaba. El último nombrado fue el primero apreguntarla.

—Nada. Ese moreno, dijo ella con soberano desprecio, se ha empeñado entener un lance conmigo... como me ve mujer.

—¡Cobarde! gritó Pimienta, convertido de repente en león el modestocordero.

Y se avalanzó al desconocido para castigarle; pero hurtó el cuerpo y sepuso en guardia.