Cecilia Valdes o la Loma del Angel by Cirilo Villaverde - HTML preview

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CECILIA VALDES

O

LA LOMA DEL ANGEL

NOVELA DE COSTUMBRES CUBANAS

POR

CIRILO VILLAVERDE

Que

también

la

hermosura

tiene

fuerza

de

despertar

la caridad dormida.

CERVANTES

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

PRÓLOGO

PRIMERA PARTE

Capítulo I, Capítulo II, Capítulo III, Capítulo IV, Capítulo

V, Capítulo VI, Capítulo VII, Capítulo VIII, Capítulo IX,

Capítulo X, Capítulo XI, Capítulo XII

SEGUNDA PARTE

Capítulo I, Capítulo II, Capítulo III, Capítulo IV, Capítulo

V, Capítulo VI, Capítulo VII, Capítulo VIII, Capítulo IX,

Capítulo X, Capítulo XI, Capítulo XII, Capítulo XIII,

Capítulo XIV, Capítulo XV, Capítulo XVI, Capítulo XVII

TERCERA PARTE

Capítulo I, Capítulo II, Capítulo III, Capítulo IV, Capítulo

V, Capítulo VI, Capítulo VII, Capítulo VIII, Capítulo IX

CUARTA PARTE

Capítulo I, Capítulo II, Capítulo III, Capítulo IV, Capítulo

V, Capítulo VI, Capítulo VIIConclusión

GLOSARIO

BIBLIOGRAFÍA

NOTAS

INTRODUCCION

Cirilo Villaverde nació el 28 de octubre de 1812 en el ingenio Santiago, cercano al pueblo de San Diego de Núñez (Pinar del Río). Supadre era médico del ingenio y en ese medio pasó sus primeros años.

En 1823 vino a La Habana, donde cursó estudios de pintura, filosofía yderecho. Se recibió de Bachiller en Leyes en 1832, pero apenas ejercióesta profesión. Sus principales actividades fueron la enseñanza y elperiodismo.

Trabajó como maestro en los colegios Buenavista y Real Cubano de lacapital y La Empresa de Matanzas. Publicó para uso de las escuelas unCompendio geográfico de la isla de Cuba (1845), El librito de cuentos ylas conversaciones (1847) y El librito de los cuentos (1857).

Su obra es extensa y variada como periodista y literato.

Colaboró enlas principales publicaciones de la época.

Dio a conocer sus primeras narraciones—El ave muerta, La peña blanca,El perjurio y La cueva de Taganana—en Miscelánea de Útil y AgradableRecreo (1837) y en El Album, Engañar con la verdad, El espetón de oro yla primera parte de Excursión a Vuelta Abajo, todas en 1838. La CarteraCubana insertó en su sección de folletines Amores y contratiempos de unguajiro y Una cruz negra, en 1839. La Siempreviva en ese mismo añopublicó la primera versión de Cecilia Valdés o La loma del Ángel.

Mientras desempeñaba su cátedra en el colegio La Empresa comenzó aescribir para Faro Industrial de La Habana. De regreso a la capital,fue uno de sus principales redactores y condueño junto a Bachiller yMorales. En este diario aparecieron entre 1842 y 1847 la segunda partede Excursión a Vuelta Abajo (1842), El guajiro (1842), La peinetacalada (1843), Dos amores (1843), El penitente (1844), La tejedorade sombreros de Yarey (1844-45) y otras de menor importancia, así comomultitud de notas, crónicas y artículos de crítica literaria y decostumbres calzados con su nombre o con los seudónimos de Sansueña, Yo,El ambulante del oeste, Lola de la Habana y otros.

Villaverde, defensor de los ideales independentistas, participó comopropagandista activísimo en la conspiración de La Mina de la RosaCubana de 1848. Al ser descubierta la misma por delación de unconjurado fue apresado en La Habana y condenado primero a muerte «engarrote vil» y más tarde a diez años de prisión. Escapó el 31 de marzode 1849 con otros presos y escondido en la bodega de una goleta costera,llegó a los Estados Unidos.

En Norteamérica continuó luchando por sus principios políticos. Fue enNueva York secretario de Narciso López, a quien conocía desde 1846, yredactor en jefe de La verdad.

Publicó en Nueva Orleans entre 1853 y1854 el periódico El independiente, etc.

Se trasladó a Filadelfia en 1854, donde vivió como profesor de españoly contrajo matrimonio con Emilia Casanova, una destacada activista de laindependencia cubana.

Regresó a La Habana en 1858, acogido a la amnistía. Aquí trabajó alfrente de la imprenta La Antilla, que publicara algunas obras deinterés para nuestras letras, como los artículos de costumbres deAnselmo Suárez y Romero, y colaboró en el periódico literario La Habana en compañía de Sterling y Calcagno, con importantes juicios críticossobre Betancourt y otros contemporáneos. Volvió poco después a NuevaYork, donde continuó sus labores de maestro y periodista. Fue entoncesredactor de La América (1861-62), La Ilustración Americana (1865-1869),

El

Espejo

y

El

Avisador

Hispanoamericano. En 1864fundó con su mujer un colegio en Wechawken. Durante esta segundaestancia en los Estados Unidos continuó luchando por la independencia deCuba, como muchos otros cubanos de su tiempo. Sólo regresó a la Isla en1888 por dos semanas.

Murió en Nueva York el 20 de octubre de 1894. Su figura al morircontaba con la admiración y el reconocimiento de sus contemporáneos porsu doble condición de patriota y novelista.

La novela que consolidó su fama literaria fue Cecilia Valdés o La lomadel Ángel, publicada en su forma definitiva en Nueva York en 1882.Ninguna de sus obras anteriores respondió a empeño tan elevado nidespertó como ésta el entusiasmo del público y la crítica. En ellaVillaverde recoge el panorama de la vida cubana desde 1812 hasta 1831.Muestra sus categorías políticas, sociales y económicas y las terribleslacras que padecían. La obra, con sus clases poderosas y sus clasesoprimidas, con sus funcionarios venales y su burguesía indolente, consus mulatos discriminados y sus negros esclavos, con sus familiasenriquecidas por el régimen esclavista y sus aristócratas de blasonescomprados a la decrépita monarquía española, sirve de esclarecedorprólogo a nuestra historia republicana.

El ambiente de esta época colonial, trasladado con amplitud yminuciosidad a las abundosas páginas del libro, es lo decisivo en laobra, lo que determina su vigencia en la apreciación de los críticos.Porque Cecilia Valdés está muy lejos de ser una obra perfecta. Elautor explica en el prólogo su proceso de creación; proceso queindudablemente resintió el saldo final del trabajo.

El asuntocentral—drama de amor, celos, venganza y muerte—

apenas difiere de losusuales en los folletines de la época; los personajes en su mayoría notrascienden de los rasgos externos; la acción es desarticulada ydigresiva, hurtada a la historia y los personajes principales porcriaturas y sucesos de menor cuantía; el estilo, híbrido, plagado dedebilidades románticas entre las que alborean atisbos realistas; ellenguaje, oscilante entre el arcaísmo más rebuscando y el espontáneogiro popular nuestro; el desenlace, atropellado, en contradicción conlas dimensiones de la narración.

Pero Cecilia Valdés es en nuestra historia literaria, a pesar de esasabundantes y graves deficiencias, la mejor creación novelística delsiglo XIX.

Muchos cubanos de hoy la conocen a través de la adaptación teatral deAgustín Rodríguez y José Sánchez Arcilla, musicalizada admirablementepor Gonzalo Roig; versión que necesariamente fue vertebrada con lahistoria de los protagonistas. Despojado del lujo descriptivo de suambiente, el asunto

resulta

endeble

y

melodramático.

Esta

aplaudidaadaptación confirma que lo fundamental en Cecilia Valdés es elambiente. Su costumbrismo, de vigorosa indagación política, social yeconómica, es el que atenúa sus defectos y sitúa a la obra en laspuertas de la novelística realista.

A LAS CUBANAS

Lejos de Cuba y sin esperanza de volver a ver su sol, sus flores, nisus palmas, ¿a quién, sino a vosotras, caras paisanas, reflejo del ladomás bello de la patria, pudiera consagrar, con más justicia, estastristes páginas?

EL AUTOR

PROLOGO

Publiqué el primer tomo de esta novela, en la Imprenta Literaria dedon Lino Valdés a mediados del año de 1839.

Contemporáneamente empecé lacomposición del segundo tomo, que debía completarla; pero no trabajémucho en él, tanto porque me trasladé poco después a Matanzas como unode los maestros del colegio de La Empresa, fundado recientemente endicha ciudad, cuanto porque una vez allí, emprendí la composición deotra novela, La joven de la flecha de oro, que concluí e imprimí en unvolumen el año de 1841.

De vuelta en la capital el año de 1842, sin abandonar el ejercicio delmagisterio, entré a formar parte de la redacción de El FaroIndustrial, al que consagré todos los trabajos literarios y novelescosque se siguieron casi sin interrupción hasta mediados de 1848. En suscolumnas, entre otros muchos escritos de diverso género, aparecieron enla forma de folletines:— El Ciego y su Perro; La Excursión a LaVuelta Bajo; La Peineta Calada; El Guajiro; Dos Amores; ElMisionero del Caroní; El Penitente, etc.

Pasada la media noche del 20 de octubre del último año citado, fuisorprendido en la cama y preso, con gran golpe de soldados y alguacilespor el comisario del barrio de Monserrate, Barreda; y conducido a lacárcel pública, de orden del Capitán General de la Isla, don FedericoRoncaly.

Encerrado cual fiera en una oscura y húmeda bartolina, permanecí seismeses consecutivos, al cabo de los cuales, después de juzgado ycondenado a presidio por la Comisión Militar Permanente como conspiradorcontra los derechos de la corona de España, logré evadirme el 4 de abrilde 1849, en unión de don Vicente Fernández Blanco, reo de delito común ydel llavero de la cárcel García Rey; quien de allí a poco fue causa deuna grave dificultad entre los gobiernos de España y de los EstadosUnidos. Por extraña casualidad los tres salimos juntos en barco de veladel puerto de La Habana; pero nuestra compañía sólo duró hasta la ría deApalachicola, en la costa meridional de Florida, desde donde me encaminépor tierra a Savannah y Nueva York.

Fuera de Cuba, reformé mi género de vida: troqué mis gustos literariospor más altos pensamientos; pasé del mundo de las ilusiones, al mundo delas realidades; abandoné, en fin, las frívolas ocupaciones del esclavoen tierra esclava, para tomar parte en las empresas del hombre libre entierra libre.

Quedáronse allá mis manuscritos y libros, que si bienrecibí algún tiempo después, ya no me fue dado hacer nada con ellos;puesto que primero como redactor de La Verdad, periódico separatistacubano, luego como secretario militar del general Narciso López, llevévida muy activa y agitada, ajena por demás a los estudios y trabajossedentarios.

Con el fracaso de la expedición de Cárdenas en 1850, el desastre de lainvasión de las Pozas y la muerte del ilustre caudillo de nuestraintentona revolucionaria en 1851, no cesaron, antes revivieron nuevosproyectos de libertar a cuba, que venían acariciando los patriotascubanos desde muy al principio del presente siglo. Todos, sin embargo,cual los anteriores terminaron en desastres y desgracias por el año de1854.

En 1858 me hallaba en La Habana tras nueve años de ausencia. Reimpresaentonces mi novela Dos Amores, en la imprenta del señor PrósperoMassana, por consejo suyo acometí la empresa de revisar, mejor todavía,de refundir la otra novela, Cecilia Valdés, de la cual sólo existíaimpreso el primer tomo y manuscrita una pequeña parte del segundo. Habíatrazado el nuevo plan hasta sus más menudos detalles, escrito laadvertencia y procedía al desarrollo de la acción, cuando tuve de nuevoque abandonar la patria.

Las vicisitudes que se siguieron a esta segunda expatriación voluntaria,la necesidad de proveer a la subsistencia de familia en país extranjero,la agitación política que desde 1865 empezó a sentirse en Cuba, lastareas periodísticas que luego emprendí, no me concedieron ánimo nivagar para entregarme a la obra larga, sin expectativa de lucroinmediato, y por lo mismo tediosa—que demandaba el expurgo, ensanche yrefundición de la más voluminosa y complicada de mis obras literarias.

Tras la nueva agitación de 1865 a 1868 vino la revolución del último añonombrado y la guerra sangrienta por una década en Cuba, acompañada delas escenas tumultuosas de los emigrados cubanos en todos los paísescircunvecinos a ella, especialmente en Nueva York. Como antes y comosiempre, troqué las ocupaciones literarias por la política militante,siendo así que acá desplegaban

la

pluma

y

la

palabra

al

menos

la

mismavehemencia que allá el rifle y el machete.

Durante la mayor parte de esa época de delirio y de sueños patrióticos,durmió, por supuesto, el manuscrito de la novela.

¿Qué digo? no progresómás allá de una media decena de capítulos, trazados a ratos perdidos,cuando el recuerdo de la patria empapada en la sangre de sus mejoreshijos, se ofrecía en todo su horror y toda su belleza y parecía quedemandaba de aquéllos que bien y mucho la amaban, la fiel pintura de suexistencia bajo el triple punto de vista físico, moral y social, antesque su muerte o su exaltación a la vida de los pueblos libres, cambiaranenteramente los rasgos característicos de su anterior fisonomía.

De suerte, que en ningún sentido puede decirse con verdad que heempleado cuarenta años (período cursado de 1839 a la fecha) en lacomposición de la novela. Cuando me resolví a concluirla, habrá dos otres años, lo más que he podido hacer ha sido despachar un capítulo, conmuchas interrupciones, cada quince días, a veces cada mes, trabajandoalgunas horas entre semana y todo el día los domingos.

Con esta manera de componer obras de imaginación, no es fácil mantenerconstante el interés de la narrativa, ni siempre animada y unida laacción, ni el estilo parejo y natural, ni el tono templado y sostenidoque exigen las producciones del género novelesco. Y tal es uno de losmotivos que me impelen a hablar de la novela y de mí.

El otro es, que después de todo, me ha salido el cuadro tan sombrío y decarácter tan trágico, que, cubano como soy hasta la médula de los huesosy hombre de moralidad, siento una especie de temor o vergüenzapresentarlo al público sin una palabra explicativa de disculpa. Harto seme alcanza que los extraños, dígase, las personas que no conozcan decerca las costumbres ni la época de la historia de Cuba que he queridopintar, tal vez crean que escogí los colores más oscuros y sobrecarguéde sombras el cuadro por el mero placer de causar efecto a la Rembrandt,o a la Gustavo Doré. Nada más distante de mi mente. Me precio de ser,antes que otra cosa, escritor realista, tomando esta palabra en elsentido artístico que se le da modernamente.

Hace más de treinta años que no leo novela ninguna, siendo Walter Scotty Manzoni los únicos modelos que he podido seguir al trazar los variadoscuadros de Cecilia Valdés. Reconozco que habría sido mejor para miobra que yo hubiese escrito un idilio, un romance pastoril, siquiera uncuento por el estilo de Pablo y Virginia[1] o de Atala y Renato;[2] pero esto, aunque más entretenido y moral, no hubiera sidoel retrato de ningún personaje viviente, ni la descripción de lascostumbres y pasiones de un pueblo de carne y hueso, sometido aespeciales leyes políticas y civiles, imbuido en cierto orden de ideas yrodeado de influencias reales y positivas. Lejos de inventar o de fingircaracteres y escenas fantasiosas e inverosímiles, he llevado elrealismo, según entiendo, hasta el punto de presentar los principalespersonajes de la novela con todos sus pelos y señales, como vulgarmentese dice, vestidos con el traje que llevaron en vida, la mayor parte bajosu nombre y apellido verdaderos, hablando el mismo lenguaje que usaronen las escenas históricas en que figuraron, copiando en lo que cabía, d'après nature,[3] su fisonomía física y moral, a fin de que aquéllosque los conocieron de vista o por tradición, los reconozcan sindificultad y digan cuando menos: el parecido es innegable.

Apenas si he aspirado a otra cosa. Lo único que debo agregar en descargode mi conciencia, por si alguien juzgare que la pintura no tiene nada desanta ni de edificante, es que, al situar la acción de la novela en elteatro habanero y época corrida de 1812

a 1831, no encontré personajesque pudieran representar con mediana fidelidad el papel, por ejemplo,del payo Lorenzo, o el del pacato de don Abundio, o el del enérgicopadre Cristóbal, o el del santo arzobispo Carlos Borromeo; al paso queabundaban los que podían pasar, sin contradicción, por fieles copias delos Canoso, los Tramoya y los don Rodrigo, matones, bravos ylibertinos, cuya generación parece ser de todos los países y de todaslas épocas.

Tampoco ha de achacarse a falta del autor si el cuadro no ilustra, noescarmienta, no enseña deleitando. Lo más que me ha sido dado hacer, esabstenerme de toda pintura impúdica o grosera, falta en que era fácilincurrir, habida consideración a las condiciones, al carácter y a laspasiones de la mayoría de los actores de la novela; porque nunca hecreído que el escritor público, en el afán de parecer fiel y exactopintor de las costumbres, haya de olvidar que le merecen respeto lavirtud y la modestia del lector.

Por lo demás, si la obra que ahora sale a luz completa, no contienetodos los defectos de lenguaje y de estilo que sacó el primer tomoimpreso en La Habana, si hay mayor corrección y verdad en la pintura delos caracteres, si resultan eliminadas ciertas escenas y frases deescasa o dudosa moralidad, si el tono general de la composición es másuniforme y animado, en mucha parte a los consejos de mi esposa, conquien he podido consultar capítulo tras capítulo, a medida que los ibaconcluyendo.

C. Villaverde

Nueva York, mayo, 1879

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO I

Tal

es

el

fruto

de

la

culpa,

Tello, cosecha de dolor.

SOLÍS

Hacia el oscurecer de un día de noviembre del año de 1812, seguía lacalle de Compostela en dirección del norte de la ciudad, una calesatirada por un par de mulas, en una de las cuales, como era de costumbre,cabalgaba el calesero negro. El traje de éste, las guarniciones deaquéllas y los ornamentos de plata maciza, mostraban a las claras queera rica la persona a que pertenecía tan lujoso equipaje. Prendidaestaba de los calamones, no sólo por el frente, sino también por uncostado y hasta la mitad del otro,—la cortina o capacete de paño conbanda de vaqueta. Sea el que fuese quien ocupaba el carruaje a la sazón,no puede negarse que tenía interés en guardar la incógnita, aunqueparecía excusada la precaución, por cuanto no había alma viviente en lascalles, ni se divisaba otra luz que la de las estrellas, o la artificialde algunas casas que se escapaba por las anchas rendijas de las puertascerradas.

Pararon de repente las mulas al trote en la esquina del callejón de SanJuan de Dios y salió a espacio y con no poco trabajo de la calesa uncaballero alto, bien puesto, vestido de frac negro abotonado hasta elcuello, dejando ver por debajo el chaleco o chupa de color claro,pantalones de carranclán de pie, corbatín de cerda y sombrero decastor con copa enorme y ala angosta.

Por lo que podía distinguirse enaquella media luz de las estrellas, las facciones más notables delhombre eran la nariz, que tenía aguileña, los ojos bastante vivos, elrostro ovalado y la barba pequeña. El color de ésta y el del cabello,las sombras del sombrero y de las paredes alterosas del convento vecino,lo oscurecían tal vez sin ser negro.

—Sigue hasta la calle de lo Empedrado—dijo el caballero en tonoimperioso, más bajo, apoyando la mano izquierda en la silla de la mulade varas—y espera inmediato a la esquina. En caso que diese la rondacontigo, di que perteneces a don Joaquín Gómez y que aguardas susórdenes. ¿Entiendes, Pío?

—Sí, señor, contestó el calesero; quien desde que empezó a hablar suamo tenía el sombrero en la mano.

Y siguió al paso de las mulas hasta el punto que le indicó aquél.

El callejón de San Juan de Dios se compone de dos cuadras solamente,cerrado por un extremo en las paredes del convento de Santa Catalina ypor el otro en las casas de la calle de la Habana. El hospital de SanJuan de Dios, que le da nombre, y que por sus altas y cuadradasventanas, siempre deja salir el vaho caliente de los enfermos, ocupatodo un lado de la segunda cuadra y los otros tres, casitas pequeñas detejas coloradas y un solo piso, el de las últimas en particular más altoque el nivel de la calle, con uno y dos escalones de piedra a la puerta.Las de mejor apariencia de ellas eran las de la primera cuadra entrandode la calle de Compostela. Eran todas de un mismo tamaño, poco más omenos, de una sola ventana y puerta, ésta de cedro con clavos de cabezagrande, pintadas de color de ladrillo, aquélla o de espejo o volada[4]yde balaustres de madera gruesa.

El piso de la calle se hallaba en suestado primitivo y natural, pedregoso y sin banquetas.

El caballero desconocido, arrimado a las paredes, debajo de lossalientes aleros de tejas, se detuvo a la puerta de la tercera casita desu derecha y dio dos golpecitos con la punta de los dedos. Allí sin dudale aguardaban, porque tardaron en abrir lo que tardó en pasar de laventana a la puerta la persona que quitó la tranca con que se cerrabapor dentro. Esa resultó ser la ama de la casa; mulata como de 40 años deedad, de estatura mediana, llena de carnes, aunque conservaba el talleestrecho, los hombros redondos y desnudos, la cabeza hermosa, la narizalgo gruesa, la boca expresiva y el cabello espeso y muy crespo. Vestíacamisa fina bordada, de manga corta, y enaguas de sarga sin pliegues niadorno ninguno.

Había pocos muebles en la sala: arrimada a la pared de la derecha unamesa de caoba, sobre la cual ardía una vela de cera, dentro de unaguardabrisa o fanal, y varias sillas pesadas de cedro con asiento yrespaldo de vaqueta, clavados con tachuelas de cobre. En aquella épocaesto se tenía por lujo, mucho más tratándose de una mujer de color, queocupaba aquella habitación como ama y no como criada. El caballero no ledio la mano al entrar, sólo le hizo un saludo grave sin dejar de sergracioso y amable; lo que sin disputa era aún más extraño, pues apartede su diferencia de condición y de raza, la de sus edades respectivasera notable a primera vista y no cabía entre ellos otra relación que lade la amistad, más o menos sincera y desinteresada. Enseguida preguntóen tono triste y acercándose a la mujer cuanto podía, a fin de nolevantar la voz, que la tenía algo bronca:

—¿Y qué tal la enferma?

La mulata sacudió la cabeza con aire todavía más triste y contestó contres monosílabos:

—¡Ah! muy mal.

Algo más animada, aunque sin despejársele el semblante, agregó pocodespués:

—¿No se lo dije al señor? Entodavía ha de acabar con ella el golpe.

—Pues qué, replicó desazonado el caballero, ¿no me dijo Vd.

anoche queestaba mejor y más tranquila?

—Lo estaba, sí, señor; pero la mañana la ha pasado muy desinquieta yagitada. Decía que le daban calor las sábanas, que le ardía la cabeza, yvarias veces ha tratado de salirse de la cama buscando aire. De maneraque fue preciso mandar por el médico.

Vino y recetó un calmante: lotomó, porque la pobrecita toma cuanto le dan. De sus resultas ya seduerme como una piedra, ya dispierta sobresaltada. ¡Ay, señor, susueño se parece tanto a la muerte! Me da miedo, mucho miedo. Yo se lodecía al señor desde un principio, el golpe era demasiado para ella.

Esamuchacha no tiene fuerzas para soportarlo. ¡Ah! mi señor, de esta hechala perdemos, lo estoy mirando; me lo ha dado el corazón.

Y no dijo más, porque la emoción le ahogó la voz en la garganta.

—Veo que Vd. se acobarda, seña Josefa, dijo el desconocido condulzura y sentimiento. ¿Pues no ha tratado Vd. de convencerla de que laseparación es sólo por muy corto tiempo?

No es ella ninguna chiquilla...

—¡Que si no he tratado! El señor parece que no la conoce entodavía.Ella no oye razones. Es la más voluntariosa y cabecidura que ha nacido.Además, dende ese lance no está en su cabal juicio y razón. ¿El señormismo no trató aquella noche fatal de consolarla y tranquilizarla? ¿Yqué sacó? Acuérdese lo que semos: nada. El señor va a ver por suspropios ojos que se escogió mal el momento de someterla a semejanteprueba. No se habían pasado los cuarenta días y luego tenía unacalentura que volaba. Sí, concluyó ya del todo conmovida y llorosa—metengo tragado que de ésta no sale ella con juicio o con vida.

—Dios querrá, seña Josefa, que no se realicen tan funestospronósticos, dijo el caballero preocupado. Después de breve ratoañadió:—Ella es joven y robusta, y todavía la naturaleza triunfará detodos sus males y penas. Fío más en esto que en la ciencia oscura de losmédicos. Aparte de eso, Vd. sabe que se ha hecho lo hecho por el bien detodos, mejor dicho... Más adelante me lo agradecerán, estoy seguro. Yono podía ni debía darla mi nombre. No, no, repitió como azorado del ecode su propia voz. Nadie mejor que Vd. lo sabe. Vd. que es mujer derazón, conocerá y confesará que así tenía que ser. Es preciso que lachica lleve un nombre, nombre de que no tenga que avergonzarse mañana,ni esotro día, el de Valdés, con que quizás haga un buen casamiento.Para ello no había más remedio sino pasar por la Real Casa Cuna. Esto noha podido ser más doloroso para la madre, bien lo sé, que para... todosnosotros. Pero dentro de breves días la habrán bautizado y entonces haréque la traiga aquí María de Regla, mi negra, que tres meses hace perdióun hijo del mal de los siete días, y la está amamantando en la Casa Cunapor orden mía. Ella la devolverá sana, salva y cristiana a los brazos desu madre. Yo tengo arreglado todo eso con Montes de Oca, el médico de laReal Casa, por quien a menudo sé de la chica. Al principio lloraba muchoy se negaba a tomar el pecho de María de Regla, por lo que enflaquecióun poco. Pero ya todo eso ha pasado y ahora está gorda y rozagante, esdecir, según me ha informado Montes de Oca, porque yo no la he vistodesde la noche en que la hice pasar por el torno... Los ojos se mefueron tras ella. Es indecible cuánto me costó ese paso... Pero, a otracosa. Vd. sabe, sin embargo, que no cabe equivocación.

—Demasiado que lo sé—dijo la mulata enjugándose las lágrimas. No puedeequivocarse, no. Por lo tocante a eso estoy tranquila, como que a pesarde sus chillidos, que me partían el alma, le hice la media luna azul enel hombro izquierdo, según el señor me ordenó. Yo no sé a quién ledolería más, si a ella o a mí... La madre, la madre, mi señor, es la queme tiene sin sosiego. Ella no puede resistir. De por fuerza pierde eljuicio o la vida. Yo se lo repito al señor.

Seña Josefa, como la llamó el desconocido, se conocía que era mujerinteligente, si bien por el descuido de su educación incurría a menudoen las faltas de lenguaje comunes al vulgo de las gentes en Cuba. Apesar de la madurez de sus años y de sus pesares, conservaba lasmuestras de una juventud bella y distinguida, buenos ojos, la expresiónamorosa de la boca y la redondez del cuello, de los hombros y de losbrazos. Tenía el color cetrino que resulta de la mezcla de hembra negray varón indio; pero lo crespo del pelo y el óvalo del rostro no admitíanla probabilidad de semejante maridaje, sino el de madre negra y padreblanco. Cuando joven llevó vida acomodada, tuvo goces y se rozó congente bien criada y de buenas maneras. Honda debía de ser la pesadumbreque a la sazón la aquejaba, según eran la frecuencia de sus suspiros, lacontracción repetida de su entrecejo y la abundancia del humor acuoso enque nadaban sus grandes ojos y le empañaban el brillo. Por lo demás,había en su actitud más desesperación que verdadero pesar. En efecto,como luego veremos, tenía razón sobrada para lo uno y no le faltaba paralo otro.

Hacía ratos que ambos personajes estaban callados, cada cual a vueltascon sus propios pensamientos, que de seguro no coincidían en ningúnpunto, a tiempo que se oyeron un lamento y un grito desgarrador salidosdel interior de la casa. La mujer hizo una exclamación dolorosa, sellevó ambas manos a la cabeza y corrió como desalada por el primeraposento al segundo cuarto.

Maquinalmente el caballero hizo con lasmanos el mismo movimiento y siguió sus pasos en silencio, aunque acierta distancia. Allí no había más luz que la mortecina de unalamparita de aceite en una mesa, sobre la cual se veía un nicho oretablo de titiritero, donde se veneraba una figura de talla, con trajetalar o de mujer, que miraba al cielo y tenía clavada en el pecho unaespada, cuya empuñadura parecía de plata. En el lado opuesto había uncatre, con colgaduras de seda, ya ajadas, y a la cabecera una silla decuero, que en el momento que entró allí seña Josefa, la habíadesocupado una anciana negra, escuálida, imagen de la muerte, cuyacabeza blanca contrastaba con el ébano de su cuello largo y huesoso.Tenía en la mano derecha un rosario y varios escapularios al pecho sobrela camisa blanca; ciñéndola el talle de la falda de cañamazo, una correanegra y larga a lo fraile agustino. Estaba como embebida o rezando congran fervor, y al tocarle en el hombro seña Josefa, alzó de repente lacabeza, la volvió hacia la puerta del aposento, vio en ella de pie aldesconocido, hizo un movimiento de horror o de susto y desapareció porla puerta del fondo sin decir palabra.

Ocupó su lugar seña Josefa. Abrió con tiento las cortinas del lecho, ypor señas indicó al caballero que se acercara; lo que hizo éste, alparecer, con repugnancia. Los ojos de ambos se clavaron en el rostropálido de una muchacha de 20 años, yaciente boca arriba y aparentementemuerta. Porque no se movía a la sazón, tenía los ojos hundidos ycerrados los párpados, cuyas pestañas eran tan largas que daban sombra alas mejillas. La cabeza era lo único que tenía fuera de las sábanas, yeso casi enterrada en la almohada, la cual desaparecía bajo una mata depelo negro, undoso y esparcido por todas partes en el mayor desorden. Deen medio de aquel fondo negro se destacaba el rostro ovalado, pálido decera de la enferma, con la barba aguda, la frente cuadrada y alta, laboca pequeña, los labios belfos, y la nariz bastante bien hecha paramujer de raza mezclada, como sin duda era aquélla de que ahora se trata.El conjunto era bueno, femenil; pero había tal expresión de angustia ymelancolía en el semblante marchito por la enfermedad, que daba lástimael contemplarle. Movida por este sentimiento tal vez seña Josefa dijoal oído del caballero:—Se ha dormido.

La contestación del caballero fue sacudir la cabeza negativamente, acasoporque en aquel instante creyó notar un temblor convulsivo que recorríade pies a cabeza todo el cuerpo de la paciente. Tras el temblor empezó alevantársele el pecho, movimiento fácil de percibir por encima de lasábana, como una ola en mar sereno que repunta, de repente, y precursordel suspiro que exhaló enseguida del fondo del corazón, acompañado de ungemido doloroso y agudo. Comprendiendo el caballero lo que debíasobrevenir, sin poderlo remediar, apartó primero la vista y disimulada ypaulatinamente se retiró a los pies de la cama. Incorporada en aquelinstante la enferma, exclamó con aire de espanto:

—¡Mamita! ¿Era su merced?

—¡Hija mía! ¿Qué quieres? ¿Estás mejor?

—¡Ah! ¡Mamita! prosiguió la muchacha en el mismo aire de azorada.—Lahe visto, la acabo de ver. Sí, no me queda duda.

¡Ahí está! agregóseñalando al cielo. ¡Se va! ¡Me la llevan! Debe estar muerta. ¡Ay!—Y sele escapó otro grito desgarrador.

—¡Hija! le observó la madre afligida. Dispierta. Tú estás soñando oesas son ilusiones tuyas.

—Venga acá, mamita, mire su merced misma.

Diciendo esto la atraía a sí por el brazo.

—¡Véala! ¿No es aquella la Virgen Santísima dentro de una nube dorada,con los pies desnudos, apoyados en las alas de infinitos ángeles? Ellaes. ¡Mire! Por aquí. ¡Allá! Vea. ¡Se eleva!

—Visiones, hija mía. No hagas caso. Acuéstate y descansa.

—¿Cómo quiere su merced que me acueste, si veo que se llevan a mi hija,la hija de mis entrañas?

—¿Pero quién se la lleva, mi vida?

—¿Quién se la lleva? ¿Pues no lo ve su merced? La Virgen Santísima. Sela lleva en los brazos. Debe estar muerta. ¡Ah!

—Ella no se ha muerto, no lo creas; le dijo débilmente seña Josefa,pues sobre este punto no estaba más segura que la enferma. Tu niña estáviva y pronto la verás. Esos son sueños tuyos.

—Sueños, sueños, repitió la muchacha, distraída. ¿Yo soñaba?

¿No serámás que un sueño? Pero, ¿y mi hija? ¿Dónde está? ¿Por qué me la hanquitado? Y de que yo la perdiera su merced tiene la culpa, concluyódiciendo con iracundo ademán y acento.

No tuvo valor seña Josefa para replicar palabra, bien por no irritarmás a la enferma con una contradicción poco menos que inútil, bienporque la acusación era directa y fundada. Sólo acertó a volver los ojoshacia su derecha, con lo que los de la enferma naturalmente siguieron lamisma dirección y en consecuencia tropezaron con el bulto oscuro deldesconocido, que hacía por ocultarse tras las colgaduras de la cama.

—¿Quién está ahí? preguntó apuntando con el dedo. ¡Ah! ¡El es, elladrón de mi hija! ¡Mi verdugo! ¿Qué vienes a buscar aquí?

¿Vienes,basilisco, a gozarte en tu obra? A tiempo llegas. Gózate a tus anchas.Mi hija ha volado al cielo, lo sé, de ello estoy convencida, yo laseguiré muy pronto; pero tú, tú, causa de nuestra condenación y muerte,tú bajarás... al infierno.

—¡Jesús! exclamó seña Josefa santiguándose. Tú no sabes lo que dices.Calla.

Y anegada en lágrimas se arrojó sobre su hija con el doble objeto deimpedirle que se levantara y de que siguiera en aquella terribleincrepación contra el caballero desconocido. Por prudencia o porremordimiento, éste callaba e inclinó más la cabeza. El, de todos modos,estaba muy disgustado y luchaba consigo mismo a fin de tomar unaresolución. Porque, previéndolo, había venido a ponerse al alcance delas recriminaciones, al parecer justas, de la enferma, quien aunquedelirante, le echaba en cara la pérdida de su hija y la ruina de surazón. Mas no hizo por defenderse. Se sentía, al contrario, humillado,altamente ofendido por cuanto siendo sus intenciones las más puras,guiadas por el deseo del bien de todos los inmediatamente interesados,las resultas llevaban camino de ser muy desastrosas. A los ojos de supropia conciencia la justificación era fácil; el mundo, sin embargo,debía juzgarle por los hechos. Y a este juicio le tenía él horrorcerval.

Continuaba entre tanto la lucha entre la madre y la hija. Esta, con losojos de espantada, los cabellos desgreñados, la frente cubierta de sudorcopioso, las mejillas encendidas por la fiebre, repelía con ambas manosa la madre y le repetía:—Déjame, mamita, déjame ver esa cara de hereje.Quiero pedirle cuenta de mi hija. El me la ha quitado, él, entrañas defiera. Y la madre, siempre inundada en lágrimas estrechándola en susbrazos, le respondía:—Por el amor de Dios, hija mía, por la PurísimaConcepción de María Santísima, por tu salud, por la de tu hija, que vivey está buena, cállate, tranquilízate. Yo te lo ruego por lo que másquiera.

Pero como se prolongase demasiado aquella lucha, se acercó el caballeroa la cama, tomó en la suya una mano de la enferma, la cual ella norechazó, y con voz grave, mas llena de exquisita ternura, le dijo:

—Charo, óyeme. Te prometo que mañana verás a tu hija.

Vuelve en ti.¡Cálmate! No más locuras.

Séase que de tanto bregar se le agotasen las fuerzas, séase que laimpusiese respeto la voz del desconocido, es lo cierto que la enferma,exhalando un profundo suspiro, cayó repentinamente de espaldas en laalmohada y allí quedó por breve rato sin movimiento. No creyó menos lamadre, al pronto, sino que había expirado. Púsola con ese motivo la manoen el corazón, y como, ya por el susto, ya porque en efecto se le habíaparalizado la sangre en las venas a la paciente, no sintió por unosinstantes las pulsaciones. Así que, grandemente asustada, se volvió parael caballero, que al parecer contemplaba impasible aquella escena muda,y con acento de amarga reconvención le dijo:

—¿Lo ve el señor? Está muerta.

No fue esto parte a hacerle perder al caballero su natural ecuanimidad.Lejos de ello, con mucha calma y deliberación le tomó el pulso a lamuchacha, a guisa de médico, y después dijo:

—Traiga Vd. éter. Se ha desmayado. Esta moza está muy débil, necesitaalimento.

—El médico lo ha prohibido, observó seña Josefa.

—El médico no sabe lo que se pesca. Dela Vd. caldo. Pero despache conel éter.

Traído el álcali volátil, se le aplicaron a la nariz; pero las únicasseñales de vida que dio la muchacha fue un estremecimiento de lospárpados, que no abrió por cierto, y un llorar en silencio, o hilo ahilo, según reza la gráfica expresión vulgar. Mientras esto pasabadelante de la cama de la enferma, asomó la cabeza blanca por entre lapuerta del fondo, medio abierta, la anciana negra antes mencionada; perola retiró de golpe persignándose cual si viese al diablo, sin dudaporque aún estaba allí el caballero desconocido. Al fin, éste se alejóde aquel sitio de dolor y de tribulación, saludó a seña Josefa con unamera inclinación de cabeza, y salió a la calle murmurando en sudespecho:

—¡Y nadie más que yo tiene la culpa!

CAPÍTULO II

Sola

soy,

sola

nací,

Sola

me

tuvo

mi

madre,

Sola

me

tengo

de

andar,

Como la pluma en el aire.

Algunos años adelante, mejor, uno o dos después de la caída del segundobreve período constitucional, en que quedó establecido el estado desitio de la Isla de Cuba y Capitán General de la misma don FranciscoDionisio Vives, solía verse por las calles del barrio del Ángel unamuchacha de unos once a doce años de edad, quien, ya por su hábitoandariego, ya por otras circunstancias de que hablaremos enseguida,llamaba la atención general.

Era su tipo el de las vírgenes de los más célebres pintores.

Porque auna frente alta, coronada de cabellos negros y copiosos, naturalmenteondeados, unía facciones muy regulares, nariz recta que arrancaba desdeel entrecejo, y por quedarse algo corta alzaba un si es no es el labiosuperior, como para dejar ver dos sartas de dientes menudos y blancos.Sus cejas describían un arco y daban mayor sombra a los ojos negros yrasgados, los cuales eran todo movilidad y fuego. La boca tenía chica ylos labios llenos, indicando más voluptuosidad que firmeza de carácter.Las mejillas llenas y redondas y un hoyuelo en medio de la barba,formaban un conjunto bello, que para ser perfecto sólo faltaba que laexpresión fuese menos maliciosa, si no maligna.

De cuerpo era más bien delgada que gruesa, para su edad antes baja quecrecida, y el torso, visto de espaldas, angosto en el cuello y anchohacia los hombros, formaba armonía encantadora, aun bajo sus humildesropas, con el estrecho y flexible talle, que no hay medio de compararlesino con la base de una copa. La complexión podía pasar por saludable,la encarnación viva, hablando en el sentido en que los pintores tomanesta palabra, aunque a poco que se fijaba la atención, se advertía en elcolor del rostro, que sin dejar de ser sanguíneo había demasiado ocre ensu composición, y no resultaba diáfano ni libre. ¿A qué raza, pues,pertenecía esta muchacha? Difícil es decirlo. Sin embargo, a un ojoconocedor no podía esconderse que sus labios rojos tenían un borde ofilete oscuro, y que la iluminación del rostro terminaba en una especiede penumbra hacia el nacimiento del cabello. Su sangre no era pura ybien podía asegurarse que allá en la tercera o cuarta generación estabamezclada con la etíope.

Pero de cualquier manera, tales eran su belleza peregrina, su alegría yvivacidad, que la revestían de una especie de encanto, no dejando alánimo vagar sino para admirarla y pasar de largo por las faltas o porlas sobras de su progenie. Nunca la habían visto triste, nunca de malhumor, nunca reñir con nadie; tampoco podía darse razón dónde moraba nide qué subsistía. ¿Qué hacía, pues, una niña tan linda, azotando lascalles día y noche, como perro hambriento y sin dueño? ¿No había quienpor ella hiciera ni rigiera su índole vagabunda?

Entre tanto la chica crecía gallarda y lozana, sin cuidarse de lasinvestigaciones y murmuraciones de que era objeto, y sin caer en lacuenta de que su vida callejera, que a ella le parecía muy natural,inspiraba sospechas y temores, si no compasión a algunas viejas; que susgracias nacientes y el descuido y libertad con que vivía, alimentabanesperanzas de bastardo linaje en mancebos corazones, que latían al verlaatravesar la plazuela del Cristo, cuando a la carrerita y con lasutileza de la zorra hurtaba un bollo o un chicharrón a las negras quede parte de noche allí se ponen a freírlos; o cuando al descuido metíala pequeña mano en los cajones de pasas de los almacenes de víveres enlas esquinas de las calles; o cuando levantaba el plátano maduro, elmango o la guayaba del tablero de la frutera; o cuando enredaba el perrodel ciego en el cañón de la esquina, o le encaminaba a San Juan de Dios,si iba para Santa Clara:[5] que todas éstas eran travesuras dignas decelebración en una niña de su edad y parecer.

Su traje ordinario, no siempre aseado, consistía en falda de zaraza, sinmás pañizuelo ni otro calzado que unas chancletas, las cuales anunciabande lejos su aproximación, porque sonaban mucho en las banquetas depiedra de las pocas calles que entonces tenían tales adornos. Llevabatambién el cabello siempre suelto y naturalmente rizado. El únicoornamento de su cuello era un rosarito de filigrana, especie degargantilla, con una cruz de coral y oro pendiente, memoria de la madrecara y desconocida.

A pesar de aquella vida suya y de aquel traje, parecía tan pura y linda,que estaba uno tentado a creer que jamás dejaría de ser lo que era,cándida niña en cabello, que se preparaba a entrar en el mundo por unapuerta al parecer de oro, y que vivía sin tener sospecha siquiera de suexistencia. Sin embargo, las calles de la ciudad, las plazas, losestablecimientos públicos, como se apuntó más arriba, fueron su escuela,y en tales sitios, según es de presumir, su tierno corazón, formadoacaso para dar abrigo a las virtudes, que son el más bello encanto delas mujeres, bebió a torrentes las aguas emponzoñadas del vicio, senutrió desde temprano con las escenas de impudicia que ofrecediariamente un pueblo soez y desmoralizado. ¿Y cómo librarse desemejante influjo? ¿Cómo impedir que sus vivarachos ojos no viesen?

¿Quésus orejas siempre alerta no oyesen? ¿Que aquella alma rebosando vida yjuventud no se asomara antes de tiempo a los ojos y a los oídos parajuzgar de cuanto pasaba en su derredor, en vez de dormir el sueño de lainocencia? ¡Bien temprano, a fe, llamó a sus puertas la legión depasiones que gastan el corazón y abaten las frentes más soberbias!

Una tarde, entre otras, pasaba la chica, como de costumbre, a lacarrerita, por cierta calle de que no hay para qué mencionar ahora elnombre. Asomadas a una de las altas y anchas rejas de hierro de lasventanas de una casa de apariencia aristocrática, estaban dos niñas pocomás o menos de su edad y una joven de 14 a 15, las cuales, como viesenpasar aquella exhalación, según se expresó una de ellas mismas, excitadagrandemente la curiosidad de todas, la llamaron con instancia. No sehizo de rogar la mozuela, antes se entró, desde luego por el zaguán, yse presentó con mucho desembarazo a la puerta de la sala, donde ya laesperaba el grupo de las tres jovencitas. Allí, éstas la tomaron por lamano y la llevaron delante de una señora algo gruesa, vestida con muchoaseo, que estaba arrellanada en un ancho sillón y descansaba los pies enun escabel.

—¡Ah! exclamó ésta cuando la hubo visto de cerca. ¡Y qué mona es! Dicholo cual se enderezó en el asiento, operación que le costó un buenesfuerzo, y agregó:

—¿Cómo te llamas?

—Cecilia, respondió vivamente.

—¿Y tu madre?

—Yo no tengo madre.

—¡Pobrecita! ¿Y tu padre?

—Yo soy Valdés, yo no tengo padre.

—Esa está mejor, exclamó la señora recapacitando.

—Papá, papá, dijo la mayor de las señoritas dirigiéndose a un caballeroque estaba recostado en un sofá a la derecha del estrado. Papá, ¿havisto Vd. niña más preciosa?

—Ya, ya, contestó el padre casi sin volver el rostro. Dejadla en paz.Pero apenas salieron esas palabras de sus labios, reparó en él Cecilia,y entre admirada, y reída, dijo:

—¡Ay! Yo conozco a ese hombre que está ahí acostado. Este, por debajode las manos, con que ya se sombreaba la frente, le echó una miradafiera, en que iban pintados su mal humor y disgusto. Enseguida selevantó y dejó la sala, sin decir más palabra. Extraño es en verdad quesólo este hombre no sintiese simpatía por la linda callejera.

—¿Conque no tienes padre ni madre? Tornó a preguntar la buena señora,un si es no es preocupada por la anterior escena.

¿Y cómo vives? ¿Conquién vives? ¿Eres hija de la tierra o del aire?

—¡Ave María Purísima! exclamó la niña doblando la cabeza sobre elhombro derecho y mirando fijamente a sus preguntadoras. ¡Ay, Jesús! ¡Quégente tan curiosa! Yo vivo con mi abuela, que es una viejecita muybuena, que me quiere mucho y que me deja hacer cuanto yo quiero. Mimadre se murió hace mucho tiempo y... mi padre también. No sé más ni mepregunten más.

Bien quisieran las jovencitas hacer más preguntas, e informarse de otrospormenores acerca de la vida y parentela de Cecilia; pero, por unaparte, su padre les había dicho que la dejaran en paz, y, por otra, sumadre, ya incapaz de dominar su desazón, les indicó por un gesto muysignificativo que era tiempo saliese de allí mozuela tan procaz. Colmadade regalos y despedida al fin, Cecilia, pasaba por el zaguán en vueltade la calle, a sazón que bajaba de los altos un jovencito en trajeveraniego, es decir, de chupa y pantalón de Arabia quien apenas la vio,la reconoció y le dijo desde lo alto:

—Cecilia, ¡eh, Cecilia! Oye, mira.

Ella, sin contener el paso, mas sin dejar de mirar al que le daba voces,le decía hasta la puerta de la calle: ¡Cuico! ¡Cuico! Y al mismo tiempoabría la mano derecha, ponía el dedo pulgar en la punta de la nariz ymovía los otros con gran rapidez. Que es una manera de burla que amenudo se hacen los muchachos en nuestras calles, como diciendo: ¡Ah!¡que te engañé! ¡Ah! que me escapé de tus majaderías.

No es para referir aquí la escena que se siguió a la ida de la chica deaquella casa. Del señor y de la señora puede decirse que no volvieron amencionar su nombre. Las señoritas, al contrario, aún cuando tornaron ala ventana para ver y saludar a sus amigas, que de vuelta del paseopasaban en sus lujosas volantas, no cesaron de hablar de Cecilia y derepetir su nombre, ayudándoles entonces el hermano mayor, quien laconocía y a menudo se encontraba con ella cuando iba a la clase de latíndel padre Morales, enfrente del convento de Santa Teresa.

En el medio tiempo la chica, siguiendo por la calle adelante salió a laplazuela de Santa Catalina, cuyo terraplén, que corre por todo elfrente, subió a saltos, y luego bajó a la calle del Aguacate por unaescalera de mampostería. Una vez allí, se dirigió derecho, aunque concierta cautela, a la casita inmediata a la esquina ocupada por unataberna. No tocó ni se detuvo delante de la puerta, sino que empujó consuavidad la hoja de la derecha o macho, la cual estaba sujeta con unamedia bala de hierro en el suelo. Había sido de bermellón la pintura dedicha puerta, pero lavada por las lluvias, el sol y el tiempo, no lequedaban sino manchas oscuras en torno de la cabeza de los clavos y enlas molduras profundas de los tableros. La ventanilla, que era de espejoy alta, sólo tenía tres o cuatro balaustres, había perdido la pinturaprimitiva, quedándole un baño ligero de color de plomo.

Por lo que tocaal interior, su apariencia era más ruin, si cabe, que el exterior. Secomponía de una salita, dividida por un biombo para formar una alcoba,cuya puerta daba precisamente hacia la de la calle, y otra a la derechacon salida al patio angosto y no más largo que el fondo de la casita. Ala izquierda de la entrada y a la altura de una vara, había un hueco enla pared medianera, a modo de nicho, en cuyo fondo se veía una MadreDolorosa de cuerpo entero, aunque muy reducido, con una espada de fuegoque le atravesaba el pecho de parte a parte.

Alumbraban día y noche tanperegrina pintura dos mariposas, es decir, dos hornillas con su pabilocorrespondiente, flotando en tres partes de agua y una de aceite, dentrode vasos ordinarios de vidrio. Una guirnalda de todas floresartificiales y de pedazos de cartulina dorada y plateada, ajadas,descoloridas y polvorosas adornaba el retablo. Y en torno, por lasparedes, en el biombo y detrás de las puertas y ventanas, gran número deletreros, por ejemplo: ¡Ave María Purísima! ¡La Gracia de Dios sea enesta casa! ¡Viva Jesús! ¡Viva María! ¡Viva la Gracia y muera el Pecado!Con otros muchos por el estilo, que no hay para qué repetirlos. Lasestampas, sin cuadro, pegadas a las paredes con obleas o engrudo, eranmás numerosas que los letreros, todas de santos, impresas por elimpresor Boloña[6] en papel común y recogidas de manos de losdemandantes de los conventos a cambio de limosnas, o compradas a lapuerta de las iglesias en los días de fiestas.

Reducíase a bien poco el mueblaje, aunque en su poquedad y ruina seconocía que había visto mejores tiempos cuando nuevo.

El más apeteciblede la casa era una butaca de Campeche, ya coja, con orejas grandes ydesvencijada. Agregábanse tres o cuatro sillas de cedro con asiento yrespaldo de vaqueta, del mismo estilo, fuertes, macizas y antiquísimas.Hacía juego con ellas una rinconera de la propia madera, cuyos piesestaban labrados en forma de pezuña de sátiro, con molduras y hojas deparra.

A pesar de la estrechez de aquel albergue, había un gato dormilón,varias palomas y gallinas, muy familiarizadas sin duda con sus dosúnicos huéspedes humanos, pues que iban y venían, saltaban sobre losrespaldos de las sillas, maullaban, arrullaban y cacareaban sinconsideración ni temor. A un lado de la alcoba había una cama alta,cuadrilonga, que siempre estaba de recibo, como que era de cuero sincurtir, cuya dureza la suavizaba un colchón de plumas, cubiertoperennemente con una colcha de mil y un retazos o taracea. Las columnassalomónicas, en vez de colgaduras, sostenían San Blases, escapularios,cruces de cartón, piedras de vidrio y palmas benditas de los domingos deramos de muchos años atrás.

En realidad aquélla no era casa sino en cuanto daba abrigo a dospersonas, porque, fuera de las dos piezas mencionadas, no teníacomodidad ni más desahogo que el patio dicho, donde estaba la cocina,mejor, fogón, cajoncito de madera lleno de ceniza, montado sobre cuatropies derechos, y protegido de la lluvia por una especie de alero demesilla. Nos hemos detenido tanto en la descripción de la casucha dondeentró Cecilia, porque pare su imaginación el benigno lector en elcontraste que ofrecería una niña tan linda, rebosando vida y juventud,en medio de tanta antigualla, que no parecía sino que el cielo la habíacolocado allí para decirle a cada rato al oído:—Hija, contempla lo queserás y sé más cuerda.

Pero estamos seguros que eso era lo menos en que ella pensaba, yentonces con doble motivo, cuanto que más le importaba que no lasintiese entrar cierta persona que, de espaldas en la butaca, frente alnicho, parecía rezar o dormitar.

Sin embargo, por más tiento que pusiesela picaruela en el modo de asentar la planta, no lo pudo hacer tancallandito que no la oyese y sintiese distintamente la vieja, cuyosoídos eran muy finos, y que entonces no rezaba ni dormía, sino que leía,hecha un arco, en un libro pequeño de oraciones con forro de pergamino.

—¡Hola! le dijo mirándola de soslayo por encima de los arosperfectamente redondos de sus gafas, enhorquilladas en la punta de lanariz, a guisa de muchacho a la grupa de un caballo,

¡Hola señorita!¿Aquí está Vd? ¿Eh? ¡Qué bueno! ¿Son éstas horas de venir a pedir labendición de su abuela? (Porque la chica se acercaba con los brazoscruzados.) ¿Dónde has estado hasta ahora, buena pieza? (Habían tocado yalas oraciones.) ¡Qué linda estabas para ir por los óleos! Y echándolemano de pronto, en cuyo acto se le cayó el libro y se espantaron el gatoque pestañeaba a menudo sentado en una silla, las palomas y lasgallinas. Ven acá, espiritada, añadió; mariposa sin alas, oveja singrey, loca de cepo; ven, que he de averiguar dónde has estado hastaestas horas. ¿Qué, tú no tienes rey ni Roque que te gobierne, ni Papaque te excomulgue? ¿Adónde se ha visto de eso? ¿Tú no tienes más vidaque correr por las calles? ¿No se puede averiguar nadie contigo? Yo teharé entender que hay quien puede. ¡No me quedaba que ver!

Cecilia, lejos de asustarse, ni de huir, con mucha risa se echó enbrazos de la malhumorada y gruñidora abuela, y, como para anudarle lalengua, le entregó cuanto le habían regalado las señoritas donde habíaestado.

CAPÍTULO III

Malditas

viejas,

Que

a

las

mozas

malamente

Enloquecen con consejas.

ZORRILLA

Con más zalamería y astucia de las que cabían en una niña de su edad,Cecilia abrazó y besó a su abuela, a la cual dio el nombre de Chepilla(alteración caprichosa de Josefa), que así generalmente la llamaban.Bastó eso para aplacar su enojo, y nada hay en ello que extrañar,porque, según adelante veremos, había sido tan infeliz aquella mujer,sentía tal necesidad de ser amada por el único ser que la interesaba decerca en el mundo, que mantener seriedad con la nieta, hubiera sido lomismo que prolongar su propio martirio. Por supuesto que selló suslabios de golpe, y no acertó a otra cosa que a contemplarla, bien asícomo momentos antes había estado contemplando el dulce rostro de MaríaSantísima, en fervorosa oración.

Mientras la niña estrechaba por la cintura a la vieja con sus torneadosbrazos y recostaba la hermosa cabeza en su pecho, semejante a la florque brota en un tronco seco y con sus hojas y fragancia ostenta la vidajunto a la misma muerte, la figura de seña Josefa se mostraba másextraña y fea de lo que era naturalmente. Su rostro mismo formabacontraste con lo demás del cuerpo. Ya fuese porque tenía la costumbre dellevarse el cabello atrás, ya porque lo sacó de naturaleza, la verdad esque le lucía la frente demasiado ancha, la nariz grande y roma, la barbaaguda, y la cuenca de los ojos hundida. Esto daba aviesa expresión a susemblante, no muy fácil de pasar por alto al menos avisado observador.Aún había morbidez en sus brazos, y sus manos podían calificarse delindas. Pero lo más notable de su fisonomía eran sus ojos grandes,oscuros y penetrantes, restos de una facciones que habían sidoagradables, desarmonizadas ahora por una vejez prematura.

Mulata de origen, su color era cobrizo, y con los años y las arrugas sele había vuelto atezado, o achinado; para valernos de la expresiónvulgar con que se designa en Cuba al hijo de mulato y negra, o alcontrario. Podía tener 60 años de edad, aunque aparentaba más, porque yaempezaba a blanquearle el cabello, cosa que en las gentes de color suelesuceder más tarde que en las de raza caucásica. Los padecimientos delánimo aniquilan primero el semblante que el cuerpo mortal del hombre.Como veremos después, la resignación cristiana, obra de su fe en Dios,pasto con que al fin alimentaba su espíritu en las largas horasconsagradas al rezo y a la meditación, sólo la hubiera mantenido en piecontra los embates de su miserable suerte. Por otra parte, con el tristeconvencimiento del que de una ojeada midió su pasado y su porvenir, y loque debía y podía esperar de su nieta, hermosa flor arrojada en mitad dela plaza pública, para ser hollada del primer transeúnte, ya en elúltimo tercio de su vida, con los remordimientos de la pasada, antes deairarse, comprendió que le tocaba aplacar la cólera de su juez invisibley procurarse momentos de calma, ínterin sonaba la hora postrimera.

En aquélla en que la sorprende nuestra narración, aunque hubiesecumplido los 80 de su vida, habría creído que había vivido muy pocotiempo si llegaban sus últimos momentos y dejaba tras sí a la nietajoven y desamparada en el mundo, y no le era dado asistir al desenlacede un drama en que ella, bien a su pesar, sin ser la heroína,representaba, hacía tiempo, papel muy importante. Acomodado el carácterde seña Josefa, naturalmente irascible, a la regla de conducta de queantes se ha hablado, como medio de alcanzar el perdón de sus propiasculpas, fácil es comprender por qué, si bien justamente enojada conCecilia porque llegaba tarde, y por otras muchas faltas anteriores, sesentía más bien dispuesta a disculparla que a reñirla. Después, comoella le vino con sus zalamerías, en vez de hurtarle el cuerpo, esto lasirvió de pretexto plausible para confirmarse en su propósito. En suvirtud, cambiando prontamente de tono y aspecto, se contentó conpreguntarle por segunda vez dónde había estado.

—¿Yo? repitió la niña apoyando ambos codos en las rodillas de la abuelay jugando con los escapularios que le pendían del pescuezo. ¿Yo? En casade unas muchachas muy bonitas que me vieron pasar y me llamaron. Allíestaba una señora gorda sentada en un sillón, que me preguntó cómo mellamaba yo, y cómo se llamaba mi madre, y quién era mi padre, y dóndevivía yo...