Cartas de mi Molino by Alphonse Daudet - HTML preview

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Allá fuera, la obscuridad, el abismo. En elbalconcillo que circunda a la vidriera, el vientocorre aullando como un loco. Cruje el faro,la mar brama. En el extremo de la isla, enlas rompientes, las olas simulan que disparancañonazos. A veces, un dedo invisible toca enlos vidrios: algún ave nocturna atraída por laluz, y que se estrella la cabeza contra el cristal.Dentro de la linterna centelleante y cálida,nada más que el constante chisporroteo de lallama, el ruido del aceite cayendo gota a gota,y el de la cadena que va desenrollándose, y unavoz monótona, que salmodia la vida de Demetriode Falerea.

*

* *

Mediada la noche, levantábase el torrero,examinaba por última vez sus mechas, y bajábamos.En la escalera nos tropezábamos conel colega del segundo cuarto, quien subía restregándoselos ojos; se le entregaba la calabazay el Plutarco. Después, cuando nos íbamosa acostar, entrábamos un momento en la habitacióndel fondo, hecha un revoltijo de cadenas,grandes pesas, depósitos de estaño, calabrotes,y allí, a la luz del candilejo, el torreroescribía en el gran libro del faro, abierto constantemente.

Media noche. Buque a la vista por el horizonte.Mar gruesa. Tempestad.

LA AGONIA DE LA GOLETA «LIGERA»

Puesto que el mistral nos lanzó la otra nochea la costa de Córcega, permítanme ustedesque les refiera una triste historia marítima deque hablan con frecuencia los pescadores depor allá durante la velada, y acerca de la cualme ha suministrado la casualidad datos muyinteresantes.

Hace dos o tres años que ocurrió.

Bogaba por el mar de Cerdeña, acompañadode siete u ocho carabineros de mar. ¡Penosoviaje para un novicio! En todo el mes de marzono habíamos disfrutado de un solo día bueno.El viento del Este nos había combatidocon fiereza y el mar no abonanzaba.

Una tarde, que capeábamos el temporal,nuestra barca se refugió a la entrada del estrechode Bonifacio, en medio de un archipiélagode islillas. Su aspecto era tranquilizador: grandesrocas peladas, pobladas de aves, algunasmatas de ajenjo, espesuras de lentiscos, y acáy acullá entre el fango algunos maderos queempezaban a pudrirse; pero, a fe mía, para pasarla noche eran preferibles esas rocas siniestrasal camarote de una vieja barca a mediocubrir, donde entraba el oleaje como Pedropor su casa, y con ella tuvimos que conformarnos.

Tan pronto como desembarcamos y mientraslos marineros encendían lumbre para guisarla sopa de peces, me llamó el patrón, ymostrándome una pequeña cerca de piedrablanca, perdida entre las brumas en el extremode la isla, me dijo:

—¿Quiere usted venir al cementerio?

—¡Un cementerio, patrón Lionetti! Pues,¿dónde nos encontramos?

—En las islas Lavezzi, señor. Aquí fueronenterrados los seiscientos hombres de la fragata Ligera, en el lugar mismo en que se perdióhace diez años... ¡Pobre gente! No sonmuy visitados y menos mal que llegamos nosotrospara decirles buenos días, puesto que yaestamos en él...

—Con mucho gusto por mi parte, patrón.

*

* *

¡Cuánta tristeza respira el cementerio de la Ligera!... Lo veo todavía, con su bajo tapial,su puerta de hierro oxidada y difícil de abrir,con centenares de cruces negras ocultas por lahierba. ¡Ni una corona de siemprevivas, ni unrecuerdo, nada!... ¡Ah, infelices muertos abandonados,cuánto frío deben sentir en su tumbacasual!

Un momento estuvimos allí arrodillados. Elpatrón rezaba en voz alta.

Enormes goletas,únicos guardianes del cementerio, revoloteabansobre nuestras cabezas confundiendo sus roncosgritos con los lamentos del mar.

Cuando concluimos de rezar, regresamostristemente hacia el rincón donde había sidoamarrada la barca. No perdieron el tiempo losmarineros durante nuestra ausencia. Encontramosuna gran hoguera llameante resguardadapor un peñasco y la marmita que humeaba.Nos sentamos en corro, con los pies juntos ala lumbre, y bien pronto tuvo cada cual sobresus rodillas, dentro de una cazuela de barro colorado,dos rebanadas de pan moreno con muchocaldo.

Nadie habló durante la comida: estábamosmojados, teníamos hambre, y ademásla proximidad del cementerio... A pesar de tododesocupamos las cazuelas, encendimos laspipas y empezamos a charlar un poco. Comoes natural, el tema de nuestra conversación fuela Ligera.

—Pero, dígame, ¿cómo ocurrió la catástrofe?—preguntéal patrón, quien con la cabezaapoyada en las manos, miraba la lumbre conaire pensativo.

—¿Que cómo ocurrió la catástrofe?—respondiomeel bueno de Lionetti, suspirando conamargura.—¡Ah! señor, nadie del mundo pudieradecirlo. Todo lo que sabemos es que la Ligera, llena de tropas para Crimea, había zarpadode Tolón la víspera por la tarde, con maltiempo. De noche todavía, empezó a arreciarel temporal. Viento, lluvia, mar alborotado comonunca. Por la mañana amainó un poco elviento, pero el mar continuaba tan fiero; y atodo esto, una maldita bruma del demonio, queno permitía distinguir un fanal a cuatro pasos.No puede usted formarse idea, señor, delo traidoras que son esas brumas.

Eso nada importa;nadie me quita de la cabeza que la Ligera debió perder el timón de madrugada;porque, por muy densa que fuera la bruma, sinuna avería, el capitán no hubiese venido a estrellarseaquí. Era un experto marino, a quientodos conocíamos. Había mandado la estaciónnaval de Córcega durante tres años y conocíala costa tan bien como yo, que no conozco otracosa.

—¿Y a qué hora se supone que se estrelló la Ligera?

—Debió ser a mediodía; sí, señor, en plenomediodía... Pero, ¡cáspita! con la bruma demar, ese pleno mediodía no era más claro queuna noche obscura como boca de lobo... Unaduanero de la costa me refirió que aquel día,habiendo salido de su caseta para sujetar lospostigos, próximamente a las once y media,una racha de viento le llevó la gorra, y exponiéndosea ser llevado él mismo por la resaca,empezó a correr tras de aquélla a cuatro patas,a lo largo de la playa. Comprenderá usted quea los carabineros no les sobra la plata y unagorra cuesta cara. Pues bien, parece ser queal levantar un momento la cabeza nuestro hombre,vio, muy cerca de él, entre la bruma, unbuque de alto bordo que huía a palo seco, sotaventeandolas islas Lavezzi. Este buque marchabacon tanta velocidad, que el aduaneroapenas tuvo tiempo de verlo bien. Sin embargo,todo hace suponer que sería la Ligera,puesto que media hora más tarde el pastor delas islas oyó en estas rocas... Pero justamenteviene aquí el pastor de que le hablo a usted;él mismo podrá contarle el suceso... ¡Buenosdías, Palombo!... Ven a calentarte un poco;no temas, hombre.

Acercose a nosotros tímidamente un hombreencapuchado, a quien veía yo desde pocoantes rondar alrededor de nuestra hoguera, y alcual había tomado por uno de los tripulantes,pues no sabía que hubiese pastor alguno en laisla.

Era un viejo leproso, casi completamenteidiota, atacado por no sé qué enfermedad escorbúticaque convertía sus labios en un granmorro, que no podía mirarse sin repugnancia.Costó gran trabajo hacerle entender de quése trataba.

Entonces, levantándose con un dedoel labio enfermo, el viejo nos contó que, enefecto, desde su choza oyó aquel día, alrededorde las doce, un horrible crujido en las peñas.Como toda la isla estaba cubierta por el agua,no había podido salir, y sólo al siguiente día fuecuando, al abrir la puerta, pudo ver la costallena de restos y cadáveres arrastrados hastaallí por el mar. Espantado, huyó a toda prisahacia su barca, para ir a Bonifacio a buscargente.

Tomó asiento el pastor, rendido de haber habladotanto, y el patrón reanudó su discurso:

—Sí, señor; este pobre viejo fue quien nosavisó. Estaba casi loco de miedo, y desde entoncestiene la cabeza a pájaros. Lo cierto esque había motivo para ello... Figúrese ustedseiscientos cadáveres amontonados sobre laarena, revueltos con astillas de madera y jironesde lona... ¡Pobre Ligera!... El mar lahabía molido de golpe y hecho trizas en talforma, que el pastor Palombo apenas ha podidoencontrar entre todos sus residuos con quéhacer una empalizada para su choza... Encuanto a los hombres, desfigurados casi todos,espantosamente mutilados... inspiraba compasiónel verlos asidos unos a otros, en racimos...Allí estaban el capitán con uniforme de gala,el capellán con la estola al cuello; en un rincón,entre dos peñascos, un grumete con losojos abiertos... parecía vivo todavía; ¡pero, no!Era cosa decidida que nadie se librara...

Al llegar a este punto, el patrón se interrumpió,gritando:

—¡Ten cuidado, Nardi, que se apaga la lumbre!

Nardi arrojó en el brasero dos o tres pedazosde tablones embreados, que se inflamaron,y Lionetti prosiguió:

—Lo más triste de esta historia es esto:Tres semanas antes de la catástrofe, una pequeñacorbeta, que iba a Crimea, lo mismo quela Ligera, naufragó del mismo modo y casi enel mismo sitio; sólo que aquella vez pudimossalvar la tripulación y veinte soldados de ingenierosque iban a bordo... ¡Es claro, esospobres tiralíneas no estaban en su elemento!Se les condujo a Bonifacio y permanecierondos días con nosotros en la marina... Despuésque se secaron bien y se pusieron en pie, ¡buenasnoches, buena suerte! ¡Regresaron a Tolón,donde volvieron a ser embarcados para Crimea!...¿A que usted no adivina en qué buque?...¡En la Ligera, señor!... Los vimos atodos veinte, tumbados entre los muertos, enel sitio donde nos encontramos ahora...

Yomismo conocí a un lindo sargento de finos bigotes,un pisaverde de París, a quien habíahospedado en mi casa y que nos había hechoreír todo el tiempo con sus historias... Al encontrarloallí, se me partió el corazón... ¡Ah,Santa Madre!...

Y, al decir esto, el honrado Lionetti sacudió,conmovido, la ceniza de su pipa y se arrebujóen su capotón, dándome las buenas noches...Durante algún tiempo, continuaron hablando amedia voz los marineros... Después, una trasotra, se apagaron las pipas... No se pronuncióuna palabra más... Marchose el pastor viejo...Y yo me quedé solo soñando despierto, en mediode la tripulación dormida.

*

* *

Impresionado por el lúgubre relato que acababade oír, intenté reconstruir con la imaginaciónel pobre buque difunto y la historia deesta agonía cuyos únicos testigos fueron lasaves goletas. Algunos detalles que me llamaronla atención, el capitán con uniforme degala, la estola del capellán, los veinte soldadosde ingenieros, ayudáronme a adivinar todos losdetalles del drama... Veía zarpar de Tolón lafragata, al obscurecer... Sale del puerto. Haymar de fondo y un viento huracanado; pero elcapitán es un valiente marino, y todo el mundoestá tranquilo a bordo...

A la madrugada, se levanta la bruma de mar.Comienzan todos a inquietarse.

Toda la tripulaciónestá sobre cubierta. El capitán no abandonala toldilla... En el entrepuente, dondevan metidos los soldados, la obscuridad es completa;la atmósfera está calurosa. Algunos estánenfermos, tendidos sobre sus petates.

Elbuque cabecea horriblemente; no se puede permanecerde pie. Hablan sentados en corrillosen el suelo, abrazándose a los bancos; es necesariogritar para oírse. Algunos empiezan aatemorizarse... ¡No es para menos el caso!Son frecuentes los naufragios en estos parajes;si no, que lo digan los «tiralíneas», y lo queéstos refieren es para asustar a cualquiera.

Especialmente, su sargento primero, un parisienseque siempre está de broma, pone lacarne de gallina con sus chanzonetas.

—¡Un naufragio!... Pues, si es la cosa másdivertida un naufragio. Salimos del paso conun baño frío, y después nos conducen a Bonifacio,a comer mirlos en casa del patrón Lionetti.

Y los «tiralíneas» ríe que te reirás...

De repente se oye un crujido... ¿Qué es eso?¿Qué pasa?...

—El timón se ha ido—dice un marinero caladode agua, el cual cruza corriendo el entrepuente.

—¡Buen viaje!—grita ese loco de sargento;pero esto ya no hace excitar la risa.

Gran barullo sobre el puente. La bruma impideverse. Los marineros van de un lado parael otro horrorizados, a tientas... ¡Ya no haytimón! No se puede maniobrar... La Ligera,perdido el rumbo, corre con tanta velocidadcomo el viento... Entonces es cuando la ve pasarel aduanero; son las once y media. A proade la fragata suena un cañonazo... ¡Las rompientes,las rompientes!... Todo concluyó: nohay más esperanza, va derecha a la costa...El capitán desciende a su camarote... Al cabode un momento, ocupa nuevamente su puestoen la toldilla con uniforme de gala... Ha queridoengalanarse para morir.

En el entrepuente se contemplan ansiososlos soldados, sin rechistar... Los enfermos pretendenlevantarse... el sargentito ya no se ríe...

Entonces se abre la puerta y aparece en elumbral el capellán con su estola, diciendo:

—¡De rodillas, hijos míos!

Todos obedecen. Con voz atronadora, el sacerdotecomienza las preces por los agonizantes.

Sobreviene de pronto un choque formidable,un grito, uno solo, una gritería inmensa, brazostendidos, manos que se entrelazan, ojos extraviadosen los que se refleja con la rapidez delrelámpago la trágica visión de la muerte...

¡Misericordia!

Toda la noche la pasé lo mismo: soñando,evocando, a los diez años del suceso, el almadel pobre buque cuyos restos me circundaban.A lo lejos, en el estrecho, rugía la tempestad,la tempestad; la llama de la hoguera inclinábasea uno y otro lado con las rachas de viento,y oía danzar a nuestra barca junto a lasrocas, haciendo crujir las amarras.

LOS ADUANEROS

Una vieja embarcación de la Aduana, semicubierta,era la Emilia, de Porto-Vecchio, abordo de la cual hice aquel viaje lúgubre a lasislas Lavezzi. Para resguardarse en ella delviento, de las olas y de la lluvia, sólo había unpequeño pabellón embreado, lo suficientementeamplio para contener escasamente una mesa ydos literas. Con tan pobres recursos, merecíanverse nuestros marineros con el mal cariz deltiempo. Chorreaban los rostros, las blusas caladasde agua humeaban como ropa blanca puestaa secar en estufa, y en pleno invierno losinfelices pasaban así días enteros, hasta las nochesinclusive, acurrucados en sus mojadosasientos, tiritando entre aquella humedad malsana,porque no se podía encender fuego a bordo,y muchas veces era difícil ganar la costa...Pues bien, ni uno de aquellos hombres se quejaba.En los más recios temporales, siemprelos vi con idéntica placidez, del mismo buenhumor. Y, no obstante,

¡qué triste vida la deesos carabineros de mar!

Casados casi todos ellos, con esposa e hijosen tierra, permanecen meses enteros separadosde su familia dando bordadas por aquellas tanpeligrosas costas, alimentándose solamente depan enmohecido y cebollas silvestres.

¡Jamásbeben vino, nunca comen carne, porque la carney el vino cuestan caros, y su sueldo es sóloquinientos francos al año! ¡Figúrense ustedessi habrá obscuridad en la choza de allá abajo,en la marina, y si los niños irán bien calzados!...¡No le hace! Todas esas gentes parecencontentas con su suerte. A popa, delante delcamarote, había un gran balde lleno de aguallovida, donde la tripulación calmaba la sed,y recuerdo que, apurado el último buche, cadauno de esos pobres diablos sacudía su escudillacon un ¡ah! de satisfacción, una expresión debienestar tan cómica como enternecedora.

El que mostraba más alegría y satisfacciónentre todos era un natural de Bonifacio, tostado,pequeño y rechoncho, a quien llamabanPalombo. Este pasábase el tiempo cantandoaun en medio de los mayores temporales.

Cuandoel oleaje tomaba el color del plomo, cuandoel cielo obscuro por la cerrazón llenábase demenudo granizo y venteaban todos la borrascaque iba a venir, entonces, entre el silencio absolutoy la ansiedad de a bordo, comenzaba acanturrear la voz reposada de Palombo:

No,

señor,

Es

gran

honor.

Es

honrada

Liseta

y

no

fe...a:

Se queda en la alde...a...

Y por muchas que fueran las rachas que hacíancrujir el velamen, zarandeando e inundandola barca, no dejaba de oírse la canción deladuanero, balanceada cual una gaviota en lacresta de las olas. El viento acompañaba enocasiones con demasiada fuerza, y no se oíanlas palabras; pero después de cada golpe demar, entre el murmullo del agua que chorreaba,oíase constantemente el estribillo de lacanción:

Es

honrada

Liseta

y

no

fe...a:

Se queda en la alde...a...

Pero llegó un día de viento y lluvia muyfuertes, en que ya no lo oí. Era tan extraordinarioel caso, que saqué del camarote la cabeza:

—¡Eh, Palombo! ¿No cantas hoy?

Palombo no respondió. Estaba inmóvil, tendidoen su banco. Me acerqué a él.

Castañeteábanlelos dientes; la fiebre hacía temblar todosu cuerpo.

—Tiene una puntura—me dijeron afligidossus camaradas.

Ellos llaman puntura a una punzada de costado,una pleuresía. Aquella gran cerrazón plomiza,aquella barca chorreando agua, aquel pobrefebricitante arrebujado en un viejo capotede caucho que relucía bajo la lluvia como unapiel de foca: jamás he presenciado nada máslúgubre. El frío, el viento y el vaivén de lasolas no tardaron en agravar en su enfermedadal pobre aduanero. Lo acometió el delirio y fuenecesario atracar.

Después de mucho tiempo y no pequeños esfuerzos,entramos al obscurecer en una ensenaditaárida y silenciosa, animada solamentepor el vuelo circular de algunas aves. Encuanto de la playa alcanzaba la vista, erguíansealtas rocas escarpadas, intrincados laberintosde arbustos verdes, de un verde obscuro y hojasperennes. Abajo, junto al agua, una casitablanca, con postigos grises, era el puesto de laAduana. En medio de ese desierto, aquel edificiodel Estado, con cifras como una gorra deuniforme, producía una impresión desagradablede indecible malestar. El pobre Palombofue desembarcado allí. ¡Triste asilo para unenfermo! Encontramos al aduanero disponiéndosea comer al amor de la lumbre, en compañíade su mujer y sus hijos. Todas aquellasgentes tenían caras pálidas, amarillentas, grandesojos sombreados por la fiebre. La madre,joven todavía, con un niño de pechos en losbrazos, estremecíase de frío cuando hablabacon nosotros.

—Es un puesto mortífero—me dijo en vozbaja el inspector.—Nos vemos en la necesidadde relevar a nuestros aduaneros cada dos años.La fiebre de las marismas los mata.

Sin embargo, se pretendía ir a buscar unmódico. Para encontrar al más próximo era precisoir hasta Sartène, es decir, a seis u ocholeguas de allí.

¿Cómo arreglárselas? Nuestrosmarineros estaban completamente extenuadosde cansancio, y no se podía enviar a uno de losniños tan lejos. Entonces la mujer, inclinándosefuera, llamó:

—¡Cecco!... ¡Cecco!

Y entró un mocetón muy fornido, verdaderotipo de cazador en vedado o de bandito, con sugorro de lana parda y su gabán de pelo de cabra.Al desembarcar ya me había fijado en él,al verle sentado a la puerta, con su pipa rojaentre los dientes y un fusil entre las piernas,pero, ignoro por qué, había huido al aproximarnos.Tal vez creyó que iban gendarmes connosotros. Cuando entró, ruborizose un poco laaduanera.

—Es mi primo—nos dijo.—No hay temorde que éste se pierda entre la espesura.

Díjole después algunas palabras en voz baja,señalándole el enfermo.

Inclinose el hombresin replicar, silbó a su perro y salió corriendoa todo escape, escopeta al hombro, saltando depeña en peña a grandes zancadas.

Durante, ese tiempo, los niños, que parecíanaterrados por la presencia del inspector, concluyeronpronto de comer las castañas y el quesoblanco. ¡Y

siempre agua, sólo agua en lamesa! Sin embargo, ¡hubiera venido tan bienun trago de vino a los pequeños! ¡Ah, miseria!Al fin, la madre subió a acostarlos; el padre,encendiendo el farol, fuese a inspeccionar lacosta, y nosotros continuamos velando a nuestroenfermo, que se revolvía en su camastrocual si aun estuviese en alta mar, zarandeadopor el oleaje. Para calmar un poco su puntura,calentamos guijarros y ladrillos, poniéndoselosen el costado. Una o dos veces, al acercarme asu lecho, el infeliz me conoció, y para darmelas gracias me tendió trabajosamente la mano,una manaza rasposa y tan ardiente como unode aquellos ladrillos sacados del fuego.

¡Triste velada! Fuera habíase recrudecidoel temporal al expirar el día, y era aquello unestrépito, una descarga cerrada, un surgiderode espumarajos, la batalla entre los peñascosy las aguas. Un golpe de viento de alta marpenetraba de vez en cuando en la caleta y envolvíanuestra casa. Conocíase por el repentinoaumento de las llamas, que iluminaban de prontolos mohínos rostros de los marineros, agrupadosen derredor de la chimenea contemplandoel fuego con esa plácida expresión que da elhábito de las hermosas perspectivas y de loshorizontes inmensos. También, a veces, quejábasePalombo con dulzura.

Entonces volvíantodos los ojos hacia el rincón obscuro, dondeel pobre compañero estaba en el trance de lamuerte, lejos de los suyos y sin ayuda, y, acongojadoslos pechos, oíanse grandes suspiros.Eso es todo cuanto inspiraba a aquellos trabajadoresdel mar, pacientes y dulces, el sentimientode su propio infortunio. Nada de sublevacionesni de huelgas.

¡Solamente un suspiro! Sin embargo, meequivoco. Al pasar uno de ellos por delante demí para arrojar un haz de leña al fuego, medijo con voz baja y conmovida:

—¡Ya ve usted, señor, que en nuestro oficiose sufren a veces muchas penas!

LOS VIEJOS

—¿Qué es eso, tío Azam? ¿Una carta?

—Sí, señor... una carta que viene de París.

¡Y poco orgulloso estaba el buen tío Azamcon que la carta viniese de París!

Yo no. Algome decía que aquella parisiense de la calle deJuan Jacobo, al caer en mi mesa tan repentinamentey tan temprano, iba a hacerme perdertoda la mañana. No me había equivocado,como pueden juzgar ustedes mismos. Decía así:

«Amigo mío: Necesito que me hagas un favor.Cierra por un día tu molino, y ve en seguidaa Eyguières, que es un lugarón quedista tres o cuatro leguas de tu residencia, unpaseo, como quien dice. Cuando llegues, preguntapor el convento de las huérfanas. Pasadoel convento, verás una casa de un solopiso, contiene postigos grises y un jardinillodetrás. Entra sin llamar, la puerta estásiempre abierta, y cuando entres da muchasvocea:—¡Buenos días, buena gente!

Soyamigo de Mauricio.—Entonces verás a dosviejecitos, ¡oh! pero viejos, reviejos, archiviejos,tenderte los brazos desde el fondo desus grandes sillones, y los abrazas en mi nombre,de todo corazón, como si fuesen cosa tuya.Después hablarán ustedes; ellos te preguntaránpor mí, y yo seré el único tema desu conversación; te contarán mil chocheces,que debes escuchar sin reírte. ¿No te reirás,eh? Son mis abuelos, dos seres para quienesyo soy toda su vida, y que no me han vistodesde hace diez años. ¡Mira tú que diez añostienen días! Pero,

¿qué quieres? París me hahecho prisionero como a ellos la edad avanzada.Son tan viejos, que si viniesen a verme,se quedarían en el camino.

Afortunadamente,mi querido molinero, andas tú por ahí abajo,y al abrazarte, los pobres creerán en ciertomodo que soy yo a quien abrazan. ¡Les hehablado tantas veces de nosotros y de la buenaamistad que nos une!»

¡Llévese el diablo la buena amistad! Justamenteaquella mañana hacía un tiempo hermoso,pero poco adecuado para rodar por los caminos,demasiado mistral y excesivo sol, unverdadero día de Provenza. Cuando recibí aquellamaldita carta había ya elegido mi abrigoentre dos rocas, y soñaba con pasar allí todoel día como un lagarto, inundándome de luzy oyendo cantar los pinos. En fin, ¿qué vamosa hacerle? Cerré el molino gruñendo y coloquéla llave debajo de la gatera. Tomé el garrote yla pipa, y eché a andar.

Llegué a Eyguières próximamente a las dos.El villorrio estaba desierto, todo el mundo enel campo. En los olmos, junto a la acequia,blancos de polvo, cantaban las cigarras comoen pleno Crau. En la plaza de la Alcaldía, tomandoel sol, un asno, y en la fuente de laiglesia una bandada de palomas, pero ni un almaa quien preguntar por el convento de lashuérfanas. Afortunadamente, aparecióseme depronto una hada vieja, hilando en cuclillas arrimadaal quicio de su puerta, le expuse mi deseo,y como aquella hada era muy poderosa, nonecesitó más que levantar la rueca, y alzose alpunto ante mí, como por arte de magia, el conventode las huérfanas. Era un caserón destartaladoy obscuro, muy satisfecho de lucir sobresu pórtico ojival una vetusta cruz de areniscaroja, con una inscripción latina. Junto a aquellacasa, vi otra más pequeña con postigos grises,y el jardín detrás.

La conocí en seguida y entré sin llamar.

Durante toda mi vida recordaré aquel largocorredor fresco y tranquilo, la pared pintadade color de rosa, el jardinillo que se entreveíaen el fondo a través de una cortina de color,y en todos los tableros flores y violines descoloridos.Prodújome la misma impresión que hubieraexperimentado al entrar en la casa de algúnantiguo bailío de los tiempos de Maricastaña.Al fin del pasillo, a la izquierda, por unapuerta entornada oíase el tic tac de un enormereloj y una voz infantil, pero de niño de laescuela, que leía deteniéndose en cada sílaba:En...ton...ces... San... I...re...ne...o... ex...cla...mó:...Yo... soy...

el... tri...go del... Se...ñor...Es... ne...ce...sa...rio... que... me...tri...tu...ren... las...

mue...las... de... es...tos...a...ni...ma...les... Acerqueme con precaucióna aquella puerta y miré.

Entre la calma y la media luz de un cuartito,un buen anciano de pómulos rojos, arrugadohasta la punta de los dedos, dormía embutidoen un sillón, con la boca abierta y las manosen las rodillas. A sus pies, una niñita con trajeazul, esclavina grande y capillo pequeño, eltraje de las huérfanas, leía la Vida de San Ireneo en un libro más grande que ella. Esta lecturamilagrosa había ejercido notable influenciasobre toda la casa. El viejo dormía en susillón, las moscas en el cielo raso y los pájarosen sus jaulas, allá abajo, en la ventana. El granreloj repetía con insistencia monótona su acompasadotic tac, tic tac. En toda la estancia noestaba despierto nada más que un gran haz deluz que se filtraba derecho y blanco por entrelos postigos cerrados, lleno de chispas vivientesy de valses microscópicos. En medio deaquel general adormecimiento, la niña proseguíasu lectura con aire grave: En... se...gui...da...dos... le...o...nes... se...

lan...za...ron...so...bre... él... y... lo... de...vo...ra...ron... Enese momento entré yo. Los leones de San Ireneo,entrando precipitadamente en la estancia, nohubieran producido allí más asombro del queyo produje. ¡Un verdadero efecto teatral! Lapequeña exhala un grito, cáese el librote, espabílanselos canarios y las moscas, el viejo seyergue sobresaltado, despavorido y turbado yomismo un poco, me paro en el umbral diciendoa voces:

—¡Buenos días, buenas gentes, soy amigode Mauricio!

¡Oh! Entonces, si ustedes hubieran visto alpobre viejo, si le hubiesen visto precipitarse amí, con los brazos extendidos, abrazarme, apretarmelas manos, correr trastornado por la habitación,repitiendo:

—¡Dios mío, Dios mío!

Reíansele todas las arrugas del rostro. Estabarojo. Tartamudeaba.

—¡Ah, caballero! ¡Ah, caballero!

Ibase después al fondo, llamando:

—¡Mamette!

Se abre una puerta, y se oye en el pasilloun trotecito de ratón. Era Mamette.

Nada tanconmovedor como aquella viejecita con su gorrode casco, su hábito carmelita y el pañuelobordado, que por honrarme tenía en la mano,conforme a la usanza antigua. ¡Cosa enternecedora:se parecían! Con papalina y cosas amarillastambién él hubiera podido llamarse Mamette.Pero la verdadera Mamette había debidollorar mucho durante su vida, y estaba aún másarrugada que la otra. También, como la otra,tenía junto a sí una niña del asilo de huérfanas,guardianita con esclavina azul que nunca laabandonaba, y el ver esos viejos amparados poresas huérfanas, era lo más conmovedor que puedeconcebirse.

Mamette, al entrar, había comenzado por hacermeuna gran reverencia; pero el viejo laparalizó con cuatro palabras:

—Es amigo de Mauricio.

Y he aquí que, al punto, tiembla, llora, pierdeel pañuelo, se pone encarnada, muy roja,aún más roja que él. ¡Esos viejos! La únicagota de sangre que tienen en las venas, se lessube a la cara a la más pequeña emoción.

—¡Pronto, pronto, una silla!—grita la viejaa su niña.

—¡Abre los postigos!—dice el viejo a lasuya.

Y agarrándome cada cual por una mano, lleváronmede un trote a la ventana, abierta depar en par, para contemplarme mejor. Acercanlos sillones, me instalo entre ambos en una sillade tijera, colócanse detrás de nosotros las dosniñas de azul, y comienza el interrogatorio.

—¿Cómo está? ¿Qué hace? ¿Por qué no havenido a vernos? ¿Está contento?

Y patatín, y patatán. Todo esto durante doshoras.

Contesté del mejor modo posible a todas laspreguntas, diciendo acerca de mi amigo los detallesque conocía, inventando descaradamentelos que ignoraba, y guardándome, sobre todo,de confesar que jamás había reparado en sicerraban bien sus ventanas, o de qué color erael papel de su cuarto.

—¡El papel de su cuarto! Es azul, señora,azul pálido con guirnaldas.

—¿Verdad?—exclamaba conmovida la pobrevieja.

Y dirigiéndose a su marido, agregaba:

—¡Es tan buen muchacho!...

—¡Oh, sí, es un buen muchacho!—repetíael otro lleno de entusiasmo.

Y mientras que yo hablaba había entre ellosmovimientos de cabeza, sonrisitas maliciosas,guiños de ojos, aires de valor entendido. O bien,el viejo que se aproximaba a mí diciéndome:

—Hable usted más fuerte. Es un poco sorda.

Y ella por su parte:

—Le suplico que hable algo más alto. Es unpoco teniente.

Yo alzaba entonces la voz, y dábanme losdos las gracias con una sonrisa, y entre esaslánguidas sonrisas con que se inclinaban haciamí, pretendiendo ver en el cristal de mis ojosla imagen de su Mauricio, conmovíame el encontraryo mismo aquella imagen, vaga, velada,casi imperceptible, cual si viese a mi amigosonreírseme, entre una bruma, en las lejanías.

*

* *

El viejo yérguese repentinamente en el sillón.

—¿A que no adivinas en qué estoy pensando,Mamette? ¡Quizá no habrá almorzado!

Y Mamette, trastornada, levantando los ojosal cielo, exclama:

—¡Sin almorzar! ¡Santo Dios!

Pensé que hablaban todavía de Mauricio, eiba a responder que ese buen muchacho jamásse ponía a la mesa después del mediodía. Perono, era a mí a quien se referían. Y eran de verlas idas y venidas cuando confesé que todavíano me había desayunado.

—¡En seguida, el cubierto, niñas! La mesaen medio del cuarto, el mantel del domingo,los platos de flores. No se rían tanto, hagan elfavor, y vamos de prisita.

Creo que, efectivamente, se apresuraron.Apenas en el tiempo necesario para romper tresplatos, encontrose servido el almuerzo.

—¡Un buen almuercito!—me decía Mametteal conducirme a la mesa;—pero es sólo parausted, porque nosotros ya comimos esta mañana.

A cualquier hora que se visite a esos pobresviejos, siempre han comido por la mañana.

El buen almuercito de Mamette componíasede dos dedos de leche, unos dátiles y una barquette,una cosa parecida a un pestiño, algocon que alimentarse ella y sus canarios lo menosdurante ocho días. ¡Y decir que yo sólo meengullí todas aquellas provisiones! Así, pues,¡qué indignación alrededor de la mesa!

¡Cómocuchicheaban las niñas vestidas de azul, dándosecon el codo! Y allá abajo, dentro de susjaulas, cómo parecían decirse los canarios:¡Oh! ¿Pues no se come ese señor de una sentadatodo el pestiño?

Efectivamente, me lo comí todo y casi sindarme cuenta de ello, distraído como estabamirando a mi alrededor aquella habitación claray apacible, donde flotaba como un olor acosas antiguas. Lo que más me llamaba la atencióneran dos camitas de las cuales no podíaseparar los ojos. Figurábame esos lechos, casicomo dos cunas, a la hora del alba, cuando estánaún ocultos por sus grandes cortinajes decenefas. Dan las tres de la madrugada. A esahora suelen despertarse todos los viejos.

El pregunta:

—¿Duermes, Mamette?

—No, querido.

—¿Verdad que Mauricio es un buen muchacho?

—¡Oh, sí! Es un buen muchacho.

Y así poco más o menos, imaginábame youna charla completa, sólo con haber visto esasdos camitas de viejo, colocadas una junto aotra.

Durante este tiempo al extremo opuesto dela habitación desarrollábase un drama terribledelante del armario. Tratábase de alcanzar alláarriba, en la última tabla, cierto frasco de cerezasen aguardiente que hacía diez años queaguardaba a Mauricio, y con cuya apertura quisieronobsequiarme. A pesar de los ruegos deMamette, el viejo se había empeñado en ir abuscar él mismo las cerezas, y encaramado sobreuna silla, con gran espanto de su mujer,pretendía alcanzarlo.

Figúrense el cuadro: elviejo temblaba, y empinábase; las niñas vestidasde azul, agarradas a la silla de éste, detrásde él Mamette, jadeante, con los brazostiesos, y dominando todo esto un leve aromade bergamota que despedían grandes pilas deropa blanca amarillenta amontonada en el armarioabierto. Era encantador.

Después de esfuerzos inauditos, consiguiose,por fin, sacar del armario el famoso frasco ycon él un antiguo vasito de plata completamenteabollado, el vaso que Mauricio usaba cuandoera pequeño. Me lo llenaron de cerezas hastael borde, ¡le agradaban tanto a Mauricio lascerezas! Y al servirme el viejo me murmurabaal oído con aire golosón:

—¡Es usted muy dichoso pudiendo comerlas!Mi mujer es quien las ha preparado. Vausted a probar cosa rica.

Su mujer, ¡ah! las había preparado pero sele había olvidado ponerles el azúcar. ¿Qué quieren?La vejez vuelve a uno distraído. ¡PobreMamette mía! sus cerezas eran malísimas, apesar de lo cual yo me las comí todas sin pestañear,no dejando de ellas ni los rabos.

*

* *

Cuando concluí de almorzar, me levanté paradespedirme de mis huéspedes.

Ellos, por sugusto, me hubieran retenido todavía un rato,para hablar de Mauricio, pero iba atardeciendo,estaba lejos el molino, y era necesario emprenderla marcha.

El viejo se había puesto de pie al mismotiempo que yo.

—Mamette, trae mi sobretodo. Voy a acompañarlohasta la plaza.

Mamette en su fuero interno pensaba indudablementeen que hacía ya un poco fresco paraacompañarme hasta la plaza, pero tuvo laprudencia de no exponer su opinión. Unicamente,mientras le ayudaba a meterse las mangasdel sobretodo, un bonito sobretodo de color rapécon botones de nácar, oí a la buena señoraque le decía dulcemente:

—No regresarás muy tarde, ¿verdad?

A lo que él respondió, con aire picaresco:

—¡Jem! ¡Jem! No lo sé. Pudiera ocurrir.

Después contempláronse riendo, y las niñitasvestidas de azul, de verlos reír, reían, y en surincón reíanse también a su manera, los canarios.Dicho sea entre nosotros, creo que el olorde las cerezas las había embriagado a todos unamiajita.

Cuando salimos el abuelo y yo, caía la tarde.La niña del vestido azul nos seguía de lejos,para acompañarlo a la vuelta, pero él no la veía,se enorgullecía de marchar de mi brazo comoun hombre. Mamette, radiante, observaba todoesto desde el quicio de la puerta, y al contemplarnos,movía graciosamente la cabeza comosi nos dijese: «Todavía puede andar mi marido,a pesar de los años que tiene.»

EL SUBPREFECTO EN EL CAMPO

El señor subprefecto ha salido de expedición.Con el cochero delante y el lacayo detrás, elcoche de la subprefectura le conduce majestuosamentea la Exposición regional de La-Combe-aux-Fées.El señor subprefecto se pusoen ese día memorable la hermosa casaca bordada,el sombrerito apuntado, el pantalón estrechogaloneado de plata y la espada de galacon empuñadura de nácar.

Descansa sobre susrodillas una gran cartera de piel de zapa conrelieves, y la contempla entristecido.

El señor subprefecto contempla entristecidosu cartera de zapa estampada en hueco; piensaen el famoso discurso que en breve ha de pronunciardelante del vecindario de La-Combe-aux-Fées.

—Señores y queridos administrados.

Pero, aunque se atusa con insistencia las rubiasy sedosas patillas, y repite veinte vecesconsecutivas: Señores y queridos administrados,no acierta a continuar el discurso.

No acierta a continuar el discurso... ¡Estanto el calor que hace dentro de aquel coche!...Hasta que se pierde en lontananza, elcamino de La-Combe-aux-Fées está lleno depolvo, bajo el sol de mediodía. El aire abrasa...y especialmente los olmos de orillas del camino,cubiertos por completo de blanco polvo,millares de cigarras pasan de uno a otro árbol.El señor subprefecto se estremece repentinamente.Allá abajo, junto a una ladera, divisaun verde robledal que parece hacerle señas.

El bosquecillo de carrascas parece hacerleseñas:

—Venga usted aquí, subprefecto; al pie demis árboles estará usted perfectamente y podrácomponer su discurso.

El señor subprefecto queda seducido, apéasedel coche y dice a sus gentes que le esperenmientras él va a componer su discurso en elpequeño robledal.

En el bosquecillo de verdes carrascas haypájaros, flores y fuentes bajo la fina hierba...Al ver al señor subprefecto con sus lindos pantalonesy su cartera de zapa estampada, lasaves se atemorizan y enmudecen; las fuentesno se atreven a meter ruido y las flores ocúltanseentre el césped. Toda esa gentecilla menudajamás ha visto a un subprefecto, e interrógaseen voz baja quién será ese gran señorque se pasea con pantalón de plata.

Bajo el follaje interrógase la gentecilla menudaen voz baja quién es ese señor con pantalónde plata. Mientras tanto el señor subprefecto,encantado con el silencio y la frescuradel bosque, se levanta los faldones de la casaca,coloca sobre la hierba el sombrero apuntadoy se sienta en el musgo junto a una encinajoven. Luego abre en las rodillas la grancartera de piel de zapa con relieves y extraede ella un ancho pliego de papel ministro.

—¡Es un artista!—dice la curruca.

—No—responde un pajarillo,—no es un artista,porque lleva pantalón de plata; pero puedeser un príncipe.

—Puede ser un príncipe—repite otro pajarito.

—Ni un artista, ni un príncipe—interrumpeun viejo ruiseñor, que había cantado duranteuna primavera en los jardines de la subprefectura.—Yolo conozco: es... ¡un subprefecto!

Y por todo el bosquecillo repítese sin cesar:

—¡Es un subprefecto! ¡Un subprefecto!

—¡Está muy calvo!—observa una alondramuy moñuda.

Las flores preguntan:

—¿Es mala persona?

—¿Es mala persona?—preguntan las flores.

El viejo ruiseñor contesta:

—¡No es completamente malo!

Y con esta seguridad, los pájaros reanudansu canto, las fuentes vuelven a correr y lasflores a embalsamar el aire, como si aquel señorno estuviese allí.

Impasible en medio detoda aquella agradable algarabía, el subprefectoinvoca en su corazón a la Musa de los comiciosagrícolas, y lápiz en ristre, declama convoz de ceremonia:

—Señores y queridos administrados...

—Señores y queridos administrados—declamael subprefecto, con su voz ceremoniosa.

Interrumpido por una carcajada, vuelve lacabeza y no ve más que un gran picoverde quelo mira riéndose, de patas en el sombrero apuntado.El subprefecto se encoge de hombros eintenta reanudar su discurso; pero el picoverdelo interrumpe, gritándole desde lejos:

—¿Para qué sirve eso?

—¡Cómo! ¿Para qué sirve eso?—dice elsubprefecto, enrojeciendo y, echando con unademán a aquel pájaro insolente, prosigue amás y mejor:

—Señores y queridos administrados—prosiguea más y mejor el subprefecto.

Y he aquí que en aquel momento se yerguenhacia él las flores desde la punta de sus tallos,y le dicen con dulzura:

—Señor subprefecto, ¿no advierte usted elgratísimo perfume que exhalamos?

Y las fuentes le obsequian bajo el musgo conuna música divina, y entre las ramas, sobre sucabeza, bandadas de currucas le gorjean susnotas más sonoras, y todo el bosquecillo conspirapara impedirle la composición de su discurso.

Todo el bosquecillo conspira para impedirlela composición de su discurso.

El señor subprefecto, embriagado de aromas,ebrio de música, pretende inútilmente resistirel nuevo encanto que le invade. Colócase decodos sobre la hierba, se desabrocha la hermosacasaca, y farfulla otras dos o tres veces:

—Señores y queridos administrados. Señoresy queridos adminis... Señores y queridos...