Cartas de mi Molino by Alphonse Daudet - HTML preview

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BIBLIOTECA DE «LA NACION»

ALFONSO DAUDET

CARTAS DE MI MOLINO

TRADUCCIÓN DE F. CABAÑAS

BUENOS AIRES

1911

Reservados los derechos de traducción.

Imp. de LA NACIÓN.—Buenos Aires

INDICE

Acta notarial

Cartas de mi molino

La Diligencia de Beaucaire

La Mula del Papa

El Faro de las Sanguinarias

La Agonia de la goleta

Los Aduaneros

Los Viejos

El Subprefecto en el campo

El Poeta Mistral

Las Naranjas

En Milianah

La Langosta

En Camargue

o I.—La Partida

o II.—La Cabaña

o III.—¡A la espera!

o IV:—Rojo y blanco

o V.—El Vaccarés

Nostalgia de cuartel

Las Emociones de un perdigón rojo

El Emperador ciego o viaje a Bavaria para buscar

una tragediajaponesa:

o I.— El Señor coronel de Sieboldt

o II.—La Alemania del Sur

o III.—En «Droschke»

o IV.—El País de lo azul

o V.—Paseo sobre el Starnberg

o VI.—La Bavaria

o VII.—El Emperador ciego

ACTA NOTARIAL

«Compareció ante mí, Honorato Grapazi, notarioresidente en Pamperigouste:

»El señor Gaspar Mitifio, esposo de VivetteCornille, avecindado y residente en el lugardenominado Los Cigarrales;

»Quien, por la presente escritura, vende ytransfiere con todas las garantías de hecho yde derecho, y libre completamente de deudas,privilegios e hipotecas,

»Al señor Alfonso Daudet, poeta, que resideen París, aquí presente y aceptante,

»Un molino harinero de viento, situado enel valle del Ródano, en la Provenza, sobre unaladera poblada de pinos y carrascas; cuyomolino está abandonado desde hace más deveinte años e inservible para la molienda acausa de las vides silvestres, musgos, romerosy otras hierbas parásitas que ascienden por élhasta las aspas.

»Sin embargo, a pesar de su estado ruinoso,con su gran rueda rota, y la plataforma llenade hierba nacida entre los ladrillos, el señorAlfonso Daudet declara convenirle el citadomolino y, encontrándolo apto para servir ensus trabajos de poesía, lo toma por su cuentay riesgo, y sin reclamar nada contra el vendedorpor causa de las reformas que necesitaráintroducir en él.

»La venta se hace al contado y mediante elprecio convenido, que el señor Daudet, poeta,ha mostrado y colocado sobre la mesa en dinerocontante y sonante, cuyo precio ha sidocobrado y guardado por el señor Mitifio; todoello a vista del notario y testigos que suscriben,de lo cual se extiende carta de pagocon reserva.

»Contrato elevado en Pamperigouste, en elestudio de Honorato, estando presentes FrancetMamaï, tañedor de pífano, y Luiset, aliasel Quique, portador de la cruz de los penitentesblancos.

»Los cuales firman con las partes y el notario,previa lectura...»

CARTAS DE MI MOLINO

INSTALACIÓN

¡Valiente susto les he dado a los conejos!Acostumbrados a ver durante tanto tiempocerrada la puerta del molino, las paredes y laplataforma invadidas por la hierba, creían yaextinguida la raza de los molineros, y encontrandobuena la plaza, habíanla convertido enuna especie de cuartel general, un centro deoperaciones estratégicas, el molino de Jemmapesde los conejos. Sin exageración,

lo

menosveinte

vi

sentados

alrededor

de

la

plataforma,calentándose las patas delanteras en un rayode luna, la noche en que llegué al molino. Alabrir una ventana, ¡zas! todo el vivac sale deestampía a esconderse en la espesura, enseñandolas blancas posaderas y rabo al aire.

Supongoque volverán.

Otro que también se sorprende mucho al verme,es el vecino del piso primero, un viejobúho, de siniestra catadura y rostro de pensador,el cual reside en el molino hace ya más deveinte años. Lo encontré en la cámara del sobradillo,inmóvil y erguido encima del árbol decama, en medio del cascote y las tejas que sehan desprendido. Sus redondos ojos me miraronun instante, asombrados, y, después, despavoridoal no conocerme, echó a correr chillando.¡Hu, hu! y sacudió trabajosamente lasalas, grises de polvo; ¡qué diablo de pensadores,no se cepillan jamás! No importa, tal comoes, con su parpadeo de ojos y su cara enfurruñada,ese inquilino silencioso me agradamás que cualquiera otro, y no me corre prisadesahuciarlo. Conserva, como antes de habitarioyo, toda la parte alta del molino con una entradapor el tejado; yo me reservo la plantabaja, una piececita enjalbegada con cal, con labóveda rebajada como el refectorio de un convento.

*

* *

Desde ella escribo con la puerta abierta depar en par, y un sol espléndido.

Un hermoso bosque de pinos, chispeante deluces, se extiende ante mí hasta el pie del repecho.En el horizonte destácanse las agudascresterías de los Alpilles. No se percibe el ruidomás insignificante. A lo sumo, de tarde entarde, el sonido de un pífano entre los espliegos,un collarón de mulas en el camino.

Todoese magnífico paisaje provenzal sólo vive porla luz.

Y actualmente, ¿cómo he de echar de menosese París ruidoso y obscuro?

¡Estoy tanbien en mi molino! Este es el rinconcito queyo anhelaba, un rinconcito perfumado y cálido,a mil leguas de los periódicos, de los cochesde alquiler, de la niebla. ¡Y cuántas lindascosas me rodean! No hace más de una semanaque me he instalado aquí, y tengo llenaya la cabeza de impresiones y recuerdos. Ayertarde, por no ir más lejos, presencié el regresode los rebaños a una masía situada al pie dela cuesta, y les juro que no cambiaría ese espectáculopor todos los estrenos que hayan tenidoustedes en esta semana en París. Y si no,juzguen.

Sabrán que en Provenza se acostumbra enviarel ganado a los Alpes cuando llegan los calores.Brutos y personas permanecen allí arribadurante cinco o seis meses, alojados al sereno,con hierba hasta la altura del vientre;después, cuando el otoño empieza a refrescar laatmósfera, vuelven a bajar a la masía, y vueltaa rumiar burguesmentelos grises altozanosperfumados por el romero.

Quedábamos en queayer tarde regresaban los rebaños. Desde porla mañana esperaba el zaguán, de par en parabierto, y el suelo de los apriscos había sidoalfombrado de paja fresca. De hora en hora exclamabala gente: «Ahora están en Eyguières,ahora en el Paradón.» Luego, repentinamente,a la caída de la tarde, un grito general de ¡ahíestán! y allá abajo, en lontananza, veíamosavanzar el rebaño envuelto en una espesa nubede polvo. Todo el camino parece andar con él.Los viejos moruecos vienen a vanguardia, conlos cuernos hacia adelante y aspecto montaraz;sigue a éstos el grueso de los carneros, las ovejasalgo fatigadas y los corderos entre las patasde sus madres, las mulas con perendenguesrojos, llevando en serones los lechales de undía, meciéndolos al andar; en último término,los perros, sudorosos y con la lengua colgantehasta el suelo, y dos rabadanes, grandísimostunos, envueltos en mantas encarnadas, queles caen a modo de capas hasta los pies.

Desfila este cortejo ante nosotros alegrementey se precipita en el zaguán, pateando conun ruido de chaparrón. Es digno de ver elmovimiento de asombro que se produce en todala casa. Los grandes pavos reales de color verdey oro, de cresta de tul, encaramados en susperchas han conocido a los que llegan y los recibencon una estridente trompetería. Las avesde corral, recién dormidas, se despiertan sobresaltadas.Todo el mundo está en pie: palomas,patos, pavos, pintadas. El corral andarevuelto: las gallinas hablan de pasar en velala noche.

Diríase que cada carnero ha traídoentre la lana, juntamente con un silvestre aromade los Alpes, un poco de ese aire vivo delas montañas que embriaga y hace bailar.

En medio de esa algarabía, el rebaño penetraen su yacija. Nada tan hechicero como esainstalación. Los borregos viejos enternécenseal contemplar de nuevo sus pesebres. Los corderos,los lechales, los que nacieron durante elviaje y nunca han visto la granja, miran enderredor con extrañeza.

Pero es mucho más enternecedor el ver losperros, esos valientes perros de pastor, atareadísimostras de sus bestias y sin atender a otracosa más que a ellas en la masía. Aunque elperro de guarda los llama desde el fondo desu nicho, y por más que el cubo del pozo, rebosandode agua fresca, les hace señas, ellos seniegan a ver ni a oír nada, mientras el ganadono esté recogido, pasada la tranca tras de lapuertecilla con postigo, y los pastores sentadosalrededor de la mesa en la sala baja. Sólo entoncesconsienten en irse a la perrera, y allí,mientras lamen su cazuela de sopa, refieren asus compañeros de la granja lo que han hechoen lo alto de la montaña: un paisaje tétricodonde hay lobos y grandes plantas digitalespurpúreas coronadas de fresco rocío hasta elborde de sus corolas.

LA DILIGENCIA DE BEAUCAIRE

En el mismo día de mi llegada aquí, habíatomado la diligencia de Beaucaire, una grancarraca vieja y destartalada que no necesitarecorrer mucho camino para regresar a casa,pero que se pasea con lentitud a todo lo largode la carretera para hacerse, por la noche, lailusión de que viene de muy lejos. Íbamos cincoen la baca, además del conductor.

Un guarda de Camargue, hombrecillo rechonchoy velludo, que trascendía a montaraz,con ojos saltones inyectados de sangre y conaretes de plata en las orejas; después dos boquereuses,un tahonero y su yerno, los dosmuy rojos, con mucho jadeo, pero de magníficosperfiles, dos medallas romanas con la efigiede Vitelio. Finalmente, en la delantera yjunto al conductor, un hombre, o por decir mejor,un gorro, un enorme gorro de piel de conejo,quien no decía nada de particular y mirabael camino con aspecto de tristeza.

Todos aquellos viajeros se conocían unos aotros, y hablaban de sus asuntos en voz alta,con mucha libertad. El camargués refería queregresaba de Nimes, citado por el juez de instruccióncon motivo de un garrotazo que habíadado a un pastor. En Camargue tienensangre viva. ¿Pues y en Beaucaire? ¿No pretendíandegollarse nuestros dos boquereuses apropósito de la Virgen Santísima? Parece serque el tahonero era de una parroquia dedicadade mucho tiempo atrás a Nuestra Señora, a laque los provenzales conocen por el piadoso nombrede la Buena Madre y que lleva en brazos alNiño Jesús; el yerno, por el contrario, cantabaante el facistol de una iglesia recién construiday consagrada a la Inmaculada Concepción,esa hermosa imagen risueña que se representacon los brazos colgantes y despidiendorayos de luz las manos. De ahí procedía lainquina. Merecía verse cómo se trataban esosdos buenos católicos y cómo ponían a sus patronascelestiales.

—¡Está buena tu Inmaculada!

—¡Pues mira que tu Santa Madre!

—¡Buenas las corrió la tuya en Palestina!

—¡Y la tuya, tan horrorosa! ¿Quién sabelo que habrá hecho? Que lo diga si no SanJosé.

Para creerse en el puerto de Nápoles, nofaltaba más que ver relucir las navajas, y a femía, creo que efectivamente la teológica disputahubiera parado en eso, si el conductor nohubiera intervenido.

—Déjennos en paz con sus vírgenes—dijoriéndose a los boquereuses;—todo eso son chismesde mujeres, y en los que los hombres nodeben intervenir.

Cuando concluyó hizo restallar la tralla conun mohín escéptico que afilió a su opinión atodos los viajeros.

*

* *

La discusión estaba terminada, pero, disparadoya el tahonero, necesitaba desahogarsecon alguien, y dirigiéndose al infeliz del gorro,silencioso y triste en un rincón, preguntole conaire picaresco.

—Amolador, ¿y tu mujer? ¿Por qué parroquiaestá?

Es necesario creer que esta frase tendría unaintención muy cómica, puesto que en la bacatodo el mundo se rió a carcajadas. El amoladorno se reía. Al ver esto, el tahonero dirigiosea mí.

—¿No conoce usted, caballero, a la mujerdel amolador? ¡Vaya con la picaruela de lafeligresa! En Beaucaire no existen dos comoella.

Redobláronse las risas. El amolador no semovió, limitándose a decir en voz baja, sin alzarla cabeza:

—Cállate, tahonero.

Pero al demonio del tahonero no le acomodabael callarse, y prosiguió acentuando laburla:

—¡Cáspita! No puede quejarse el camaradade tener una mujer así. No hay medio de aburrirsecon ella un instante. ¡Figúrese usted!Una hermosa que se hace robar cada seis meses,siempre tendrá algo que referir cuandovuelve. Pues es igual. ¡Bonito hogar doméstico!Imagínese usted, señor, que todavía no hacíaun año que estaban casados cuando ¡paf!va la mujer y se larga a España con un vendedorde chocolate. El esposo se queda solitoen la casa gimoteando y bebiendo. Estaba comoloco. Después de algún tiempo regresó alpaís la hermosa, vestida de española, con unapandereta de sonajas. Todos le decíamos:

—Ocúltate, porque te va a matar.

Que si quieres, ¡matar! Volvieron a unirsemuy tranquilos, y ella le ha enseñado a tocar lapandereta.

Hubo una nueva explosión de risas. Sin levantarla cabeza, murmuró de nuevo el amoladordesde su rincón:

—Cállate, tahonero.

Pero éste no hizo caso, y continuó:

—¿Pensará usted, señor, que sin duda alvolver de España permaneció quieta la hermosa?¡Quia! ¡Que si quieres! ¡Su marido habíatomado aquello con tanta calma! Eso laanimó para volver a las andadas. Después delespañol, hubo un oficial, a éste siguió un marinerodel Ródano, más tarde un músico, después,¡qué sé yo! Y lo más notable del casoes que a cada escapatoria se representaba lamisma comedia y con igual aparato. La mujerse marcha, el marido llora que se las pela, vuelveella, consuélase él. Y siempre se la llevan, ysiempre la recobra. ¡Ya ve usted si necesita tenerpaciencia ese marido! Debe también decirseque la amoladora es extraordinariamenteguapa... un verdadero bocado de cardenal, pizpireta,muy mona, bien formada y además tienela piel muy blanca y los ojos de color deavellana que siempre miran a los hombres riéndose.¡Si por casualidad, querido parisiense,llega usted alguna vez a pasar por Beaucaire!...

—¡Oh, calla, tahonero, te lo suplico!—volvióa exclamar el pobre amolador con voz desgarradora.

En ese instante se paró la diligencia. Estábamosen la masía de los Anglores.

Allí se apearonlos dos boquereuses, y juro a ustedes queno hice nada por retenerlos. ¡Tahonero farsante!Estaba ya dentro del patio del cortijo, ytodavía se oían sus carcajadas.

*

* *

Al salir la gente, pareció quedarse vacía labaca. El camargués habíase apeado en Arlés,el conductor marchaba a pie por la carretera,junto a los caballos. El amolador y yo, cada unoen su rincón respectivo, nos quedamos solosallá arriba, sin chistar. Hacía calor, el cuerode la baca echaba chispas. Por momentos sentícerrárseme los ojos y que la cabeza se me poníapesada, pero me fue imposible dormir.Continuaba sin cesar zumbándome en los oídosaquel

«cállate, te lo suplico», tan melancólicoy tan dulce. Tampoco dormía el infeliz.

Situadoyo detrás de él, veíale estremecerse sus cuadradoshombros, y su mano (una mano paliduchay vasta) temblar sobre el respaldo de labanqueta, como si fuera la mano de un viejo.Lloraba.

—Ha llegado usted a su casa, señor parisiense—megritó de repente el conductor de la diligencia,y con la fusta apuntaba a mi verdecolina, con el molino clavado en la cúspide comouna mariposa gigantesca.

Bajé del vehículo apresuradamente. De pasojunto al amolador, intenté mirar más abajo desu gorro, hubiese querido verlo antes de marcharme.Como si hubiera comprendido mi intención,el infeliz levantó bruscamente la cabeza,y clavando la vista en mis ojos, me dijocon voz sorda:

—Míreme bien, amigo, y si oye usted deciralgún día que ha ocurrido una desgracia enBeaucaire, podrá usted afirmar que conoce alautor de ella.

Su rostro estaba apagado y triste, con ojospequeños y mustios.

Si en los ojos tenía lágrimas, en aquella vozhabía odio. El odio es la cólera de los pusilánimes.En el caso de la amoladora, no las tendríayo todas conmigo.

LA MULA DEL PAPA

Entre los innumerables dichos graciosos,proverbios o adagios con que adornan sus discursosnuestros campesinos de Provenza, noconozco ninguno más pintoresco ni extraño queéste. Junto a mi molino y quince leguas en redondo,cuando se habla de un hombre rencorosoy vengativo, suele decirse:

«¡No te fíes de ese hombre, porque es comola mula del Papa, que te guarda la coz sieteaños!»

Durante mucho tiempo he estado investigandoel origen de este proverbio, qué queríadecir aquello de la mula pontificia y esa cozguardada siete años.

Nadie ha podido informarmeaquí acerca del particular, ni siquieraFrancet Mamaï, mi tañedor de pífano, quienconoce de pe a pa las leyendas provenzales.Francet piensa, lo mismo que yo, que debe deser reminiscencia de alguna antigua crónica delpaís de Aviñón, pero no he oído hablar jamásde ella, sino tan sólo por el proverbio.

—Sólo en la biblioteca de las Cigarras puedeusted encontrar algún antecedente—me dijo elanciano pífano, riendo.

No me pareció la idea completamente disparatada,y como la biblioteca de las Cigarrasestá cerca de mi puerta, fui a encerrarme ochodías en ella.

Es

una

biblioteca

maravillosa,

admirablementeorganizada,

abierta

constantemente paralos poetas, y servida por pequeños bibliotecarioscon címbalos que no cesan de dar música.Allí pasé algunos días deliciosos, y despuésde una semana de investigaciones (hechasde espaldas al suelo), descubrí, al fin, lo quedeseaba, es decir, la historia de mi mula y deesa famosa coz guardada siete años. El cuentoes bonito, aunque peque de inocente, y voya tratar de narrarlo como lo leí ayer mañanaen un manuscrito de color del tiempo, que olíamuy bien a alhucema seca y cuyos registroseran largos hilos de la Virgen.

*

* *

No habiendo visto Aviñón en tiempo de losPapas, no se ha visto nada. Jamás existió ciudadalguna tan alegre, viva y animada comoella, en el ardor por los festejos. Desde la mañanaa la noche, todo eran procesiones y peregrinaciones,con las calles alfombradas de flores,empavesadas con tapices, llegadas de cardenalespor el Ródano, ondeando al viento losestandartes, flameantes de gallardetes las galeras,los soldados del Papa entonando por lascalles cánticos en latín, acompañados de lasmatracas de los frailes mendicantes; después, dearriba abajo de las casas que se apiñaban zumbandoalrededor del gran palacio papal comoabejas en torno de su colmena, percibíase tambiénel tic tac de los bolillos que hacían randas,el vaivén de las lanzaderas que confeccionabanlos tisúes de oro para las casullas, los martillitosde los cinceladores de vinajeras, las tablasde armonía ajustadas en los talleres de guitarrero,las canciones de las urdidoras, y sobresaliendoentre todos estos ruidos el tañido delas campanas y algunos sempiternos tamborilesque roncaban allá abajo, hacia el puente.Porque entre nosotros, cuando el pueblo estácontento, necesita estar siempre bailando, ycomo por aquellos tiempos las calles de la ciudaderan excesivamente estrechas para la farándula,pífanos y tamboriles situábanse en elpuente de Aviñón, al viento fresco del Ródano,y día y noche se estaba allí baila que bailarás.¡Ah, qué dichosos tiempos, qué ciudad tan feliz!Alabardas que no cortaban, prisiones deEstado donde se ponía a refrescar el vino. Jamáshambre, nunca guerra. He aquí cómo gobernabana su pueblo los Papas del Condado.¡Tal es la causa de que los eche tanto de menosel pueblo!

*

* *

Entre todos los Papas, merece citarse conespecialidad uno que era un buen viejo, llamadoBonifacio... ¡Oh, qué muerte más lloradala suya! ¡Era un príncipe tan amable, tangracioso! ¡Se reía tan bien desde lo alto desu mula! Y

cuando alguno pasaba cerca deél, así fuese un pobrete hilandero de rubia o elgran Vegner de la ciudad, ¡le daba su bendicióncon tanta cortesía! Un verdadero «Papade Ivetot», pero de un Ivetot de Provenza, conalgo de picaresco en la risa, un tallo de mejoranaen la birreta, y sin el más insignificante trapicheo...La única Juanota que siempre se le conocióa este santo padre era su viña, una viñitaplantada por él mismo a tres leguasde Aviñón, entre los mirtos de Château-Neuf.

Todos los domingos, concluidas las vísperas,el justo varón iba a requebrarla, y cuando estabaallí arriba sentado al grato sol, con su mulacerca, y en rededor suyo sus cardenales tendidosa la bartola, al pie de las cepas, entoncesmandaba destapar un frasco de vino de su cosecha(ese hermoso vino, de color de rubí, conocidodesde entonces acá por el nombre de Château-Neuf de los Papas), y lo saboreaba asorbitos, mirando enternecido a su viña. Consumidoel frasco, al caer de la tarde volvíasealegremente a la ciudad, seguido de toda sucorte, y al atravesar el puente de Aviñón, enmedio de los tamboriles y de las farándulas, sumula, espoleada por la música, emprendía untrotecillo saltarín mientras que él mismo marcabael paso de la danza con la birreta, lo cualera motivo de escándalo para los cardenales,pero hacía exclamar a todo el pueblo: «¡Ah,qué gran príncipe! ¡Ah, valiente Papa!» Despuésde su viña de Château-Neuf, lo que másestimaba en el mundo el Papa era su mula. Elbendito señor se pirraba por aquel cuadrúpedo.Todas las noches, antes de irse a la cama, ibaa ver si estaba cerrada la cuadra, si tenía llenoel pesebre, y jamás abandonaba la mesa sinhacer preparar en su presencia un gran ponchede vino a la francesa, con mucho azúcar yaromas, que él mismo llevaba a su mula, a despechode las observaciones de los cardenales...Es necesario decir también que la bestia valíala pena. Era una hermosa mula negra salpicadade alazán, firme de piernas, de pelo lustroso,grupa ancha y redonda, que llevaba erguidala enjuta cabecita guarnecida toda ellade perendengues, lazos, cascabeles de plata,borlillas; además de estas buenas cualidades,reunía otras que el Papa no apreciaba menos:era dulce como un ángel, de cándido mirar ycon un par de orejas largas en constante bamboleo,que le daban aspecto bonachón... TodoAviñón la respetaba, y cuando pasaba por lascalles no había agasajos que no se le hiciesen,pues todos sabían que ése era el mejor mediode ser bien quisto en la corte, y que con suaire inocente, la mula del Papa había conducidoa más de uno a la fortuna. Prueba de elloTistet Védène y su maravillosa aventura.

Era al principio este Tistet Védène un descaradogranuja, a quien su padre Guy Védène,el escultor en oro, se había visto en la necesidadde arrojar de su casa, porque además deque no quería trabajar, maleaba a los aprendices.Durante seis meses viósele arrastrar susayo por todos los arroyos de las calles deAviñón, pero principalmente hacia la partepróxima al palacio papal; porque el pícaro teníadesde mucho tiempo antes sus ideas respectoa la mula del Papa, y van a ver que noiba descaminado... Un día que Su Santidad sepaseaba a solas bajo las murallas con su bestia,se le acerca de buenas a primeras mi Tistet yle dice, juntando las manos con ademán deasombro:

—¡Ah, Dios mío, gran Padre Santo, hermosamula tiene!... Permítame Vuestra Santidadque la contemple un poco... ¡Ah, Papamío, qué mula tan maravillosa!... El emperadorde Alemania no tiene otra tal.

Y la acariciaba, y le decía dulcemente comoa una señorita:

—Ven acá, alhaja, tesoro, mi perla fina...

Y el bueno del Papa, enternecido, decía parasus adentros:

—¡Qué guapo mozo!... ¡Qué cariñoso estácon mi mula!

¿Y saben ustedes lo que ocurrió al siguientedía? Tistet Védène cambió su viejo tabardoamarillo por una preciosa alba de encajes, unacapa de coro de seda violeta, unos zapatos conhebillas, e ingresó en la escolanía del Papa,donde antes de él no habían podido ingresarmás que los hijos de nobles y sobrinos de cardenales...¡He ahí lo que es la intriga!... PeroTistet no paró ahí.

Protegido ya por el Papa y al servicio de éste,el bribonzuelo continuó la farsa que tanbien le había salido. Insolente con todo el mundo,sólo tenía atenciones y miramientos con lamula, y siempre andaba por los patios del palaciocon un puñado de avena o una gavillade zulla, cuyos rosados racimos sacudía graciosamentemirando al balcón del Padre Santo,como quien dice: «¡Jem!...

¿Para quién esesto?»

Tantas cosas hizo, que a la postre el buenodel Papa, que se sentía envejecer, le confió elcuidado de vigilar la cuadra y llevar a la mulasu ponche de vino a la francesa; lo cual movíaya a risa a los cardenales.

*

* *

Tampoco era esto cosa de risa para la mula.Por entonces, a la hora de su vino, llegabansiempre junto a ella cinco o seis niños de coro,que se metían pronto entre la paja con su capade color de violeta y su alba de encajes; después,al cabo de un momento, un buen olorcaliente de caramelo y de aromas perfumabala cuadra, y aparecía Tistet Védène llevandocon precaución el ponche de vino a la francesa.Allí comenzaba el martirio del pobre animal.

Aquel vino aromoso que tanto le agradaba,que le daba calor, que le ponía alas, cometíanla crueldad de traérselo allí, a su pesebre, yhacérselo respirar; después, cuando tenía impregnadasen el olor las narices, ¡me alegro deverte bueno! ¡El hermoso licor de sonrosadallama era engullido completamente por aquellosgranujas!... Y si no hubieran cometido máscrimen que robarle el vino...

Pero, todos esosseis eran unos diablos, en cuanto bebían... Unole tiraba de las orejas, otro del rabo; Quiquetse le encaramaba en el lomo, Bélugnet le poníasu birrete, y ni uno solo de aquellos pícarospensaba que de una corveta o de una sarta decoces el bueno del animal hubiera podido enviarlosa todos a las nubes y aunque fuese máslejos... ¡Pero, no! Por algo se es la mula delPapa, la mula de las bendiciones y de las indulgencias...Por muchas travesuras que hicieranlos muchachos, ella no se enfadaba, y sóloa Tistet Védène guardaba ojeriza. Y, es claro,cuando sentía a éste detrás de sí, le daba comezónen los cascos, y no le faltaba razón paraello. ¡Ese granujilla de Tistet hacíale unas jugarretastan feas!

¡Eran tan crueles sus invencionesdespués de beber!...

¿A que no imaginan ustedes lo que se le ocurriócierto día? ¡Hacerla subir con él al campanilde la escolanía, allá arriba, arribota, alo más alto de palacio! Y no crean que es mentiralo que cuento; doscientos mil provenzaleslo han visto.

Figúrense el terror de aquellainfortunada mula, cuando después de dar vueltasuna hora a ciegas por una escalera de caracoly haber subido no sé cuántos peldaños, encontrosede pronto en una plataforma deslumbrantede luz, y a mil pies debajo de ella contemplótodo un Aviñón fantástico: las barracasdel mercado tan pequeñas como avellanas, lossoldados del Papa delante de su cuartel comohormigas rojas, y allá abajo, sobre un hilillode plata, un minúsculo puentecito, donde habíabailes y más bailes... ¡Ah, pobre bestia! ¡Quésusto! Del grito que soltó, retemblaron todaslas vidrieras del palacio.

—¿Qué ocurre? ¿Qué sucede?—exclamó elPapa, asomándose al balcón precipitadamente.

Tistet Védène estaba ya en el patio, fingiendoque lloraba y mesándose los cabellos:

—¡Ah, gran Padre Santo, qué pasa! Puespasa que la mula de Su Santidad...

¡Dios mío!¿Qué será de mí?... Pues pasa que la mula deSu Santidad... ¡se ha encaramado al campanario!...

—Pero, ¿ella sola?

—Sí, señor, excelso Padre Santo, ella sola...¡Mire, mire, allá arriba!... ¿Ve Su Beatitudla punta de las orejas asomando?... Parecendos golondrinas...

—¡Misericordia!—exclamó el pobre Papaalzando los ojos.—¿Es que se ha vuelto loca?¡Pero, si se va a matar! ¿Quieres bajarte, desventurada?...

¡Cáspita! Lo que es ella no hubiera deseadootra cosa sino bajarse... Pero,

¿por dónde?Por la escalera, no había ni qué pensarlo: aesas alturas se sube, pero en la bajada hay peligrode perniquebrarse cien veces... Y la pobremula desconsolábase, y dando vueltas porla plataforma con los ojazos presa del vértigo,pensaba en Tistet Védène...

—¡Ah, miserable, si de ésta escapo... menudacoz te suelto mañana tempranito!

Con este propósito de la coz, hacía de tripascorazón; sin eso, no hubiera podido mantenerseen pie... Al fin pudo conseguirse bajarla deallá arriba, pero no costó poco que digamos.Fue necesario descolgarla en unas angarillas,con cuerdas y un gato. Ya comprenderán quéhumillación para la mula de un Papa eso deser suspendida de aquella altura, moviendo laspatas en el aire, como un abejorro al cabo deun hilo. ¡Y todo Aviñón que la miraba!

A la infeliz bestia no le fue posible dormiren toda la noche. Parecíale que daba vueltasconstantemente por aquella maldita plataforma,siendo el hazmerreír de toda la ciudad congregadaabajo; luego, pensaba en ese infameTistet Védène y en la bonita coz con queiba a obsequiarle al día siguiente por la mañana.¡Oh, amigos míos, vaya una coz! DesdePamperigouste tenía que verse el humo...Pues bien, mientras en la cuadra le preparabaneste magnífico recibimiento, ¿saben lo que hacíaTistet Védène? Deslizábase por el Ródanocantando en una galera pontificia y se iba a lacorte de Nápoles con la compañía de jóvenesnobles que la ciudad mandaba todos los añosjunto a la reina Juana para ejercitarse en ladiplomacia y en las buenas maneras. Tistet noera noble; pero el Papa deseaba a toda costarecompensarlo por los cuidados que había tenidocon su bestia, y especialmente por la actividadque acababa de desplegar durante la empresade salvamento.

¡Valiente chasco se llevó la mula al día siguiente!

—¡Ah, bandido; algo se ha olido él!—pensaba,mientras sacudía con furia sus cascabeles.—Pero,es lo mismo, ¡anda, pillo! ¡Cuandovuelvas te encontrarás con tu coz... te laguardo!...

Y se la guardó.

Después de la marcha de Tistet, la mula delPapa recobró su vida sosegada y sus aires deotros tiempos. No más Quiquet ni Bélugnet enla cuadra. Llegaron de nuevo los felices díasdel vino a la francesa, y con ellos el buen humor,las largas siestas, y el pasito de gavotaal cruzar el puente de Aviñón. Sin embargo,desde su aventura dábanle muestras constantesde frialdad en la ciudad; los viejos movían lacabeza, los niños se reían señalando al campanario.El bueno del Papa mismo no confiabaya tanto en su amiga, y cuando se dejaba llevaral extremo de echar un sueñecillo sobre loslomos de ella, el domingo a su regreso de la viña,ocurríasele siempre esta consideración:«¡Si fuese a despertarme allá arriba, en la plataforma!»Veía esto la mula, y sufría sin chistar;solamente cuando en presencia de ella sepronunciaba el nombre de Tistet Védène, erguíansesus largas orejas, y afilaba con unarisita el hierro de sus cascos en el pavimento...

Pasaron siete años, al cabo de los cuales, TistetVédène, regresó de la corte de Nápoles. Nohabía concluido todavía el tiempo de su empeñoen ella; pero había sabido que el archipámpanode Sevilla había muerto repentinamente enAviñón, y como el cargo parecíale bueno, habíaregresado muy a prisa para gestionar que se leotorgara.

Cuando ese intrigante de Védène entró en elsalón del palacio, costole trabajo el conocerloal Santo Padre: tanto era lo que había crecidoy engruesado. Preciso es también decir que,por su parte, el Papa se había hecho viejo yno veía bien sin antiparras.

Tistet no se acobardó.

—¡Cómo! Excelso Padre Santo, ¿ya no meconoce Su Beatitud?... Soy yo,

¡Tistet Védène!

—¿Védène?...

—Sí, ya sabe... el que servía el vino francésa la mula.

—¡Ah! Sí... sí... ya recuerdo... ¡Guapo mozo,ese Tistet Védène!... Y ahora,

¿qué pretendes?

—¡Oh! Poca cosa, Excelso Padre Santo...Venía a suplicarle... Y a propósito,

¿conservatodavía Su Beatitud aquella mula? ¿Y estábuena?... ¡Ah! ¡Cuánto me alegro!... Puesbien, venía a solicitar la plaza del archipámpanode Sevilla, quien acaba de morir.

—¡Archipámpano de Sevilla tú!... Pero sieres muy joven. Pues, ¿cuántos años tienes?

—Veinte años y dos meses, ilustre Pontífice;cinco años justos más que la mula de Su Santidad...¡Ah, bendita de Dios la valiente bestia!...¡Si supiese Su Beatitud cuánto amabayo a aquella mula! ¡Y con qué sentimientome acordaba de ella en Italia!... ¿Me permitiráSu Santidad que la visite?

—Sí, hijo mío, la visitarás—dijo el bueno delPapa, emocionado.—Y puesto que tanto amasa aquel bendito animal, no permito que vivaslejos de él. Desde este día quedas afecto a mipersona en calidad de archipámpano...

Miscardenales gritarán, pero, ¡peor para ellos! yaestoy acostumbrado... Vuelve mañana, al salirde vísperas, y Nos te impondremos las insigniasde tu beneficio delante de Nuestro cabildo,y luego... te acompañaré a ver la mula,y vendrás a la viña con nosotros dos... ¿Eh?¡Ja, ja! ¡Anda, vete!...

No es necesario decir lo satisfecho que iríaTistet Védène al salir del salón del Solio, ycon qué impaciencia aguardó la ceremonia delsiguiente día; pero mucho más satisfecha eimpaciente que el bribón estaba la mula. Desdeel regreso de Védène hasta las vísperas del siguientedía, la vengativa bestia no cesó de atiborrarsede avena y cocear la pared con los cascosde atrás. También el animal hacía sus preparativospara la ceremonia...

Al día siguiente, después de haberse cantadovísperas, Tistet Védène hizo su entrada en elpatio del palacio papal. En él estaban todo elalto clero, los cardenales con sus togas rojas, el«abogado del diablo» de terciopelo negro, losabades de conventos con sus pequeñas mitras,los mayordomos de fábrica de San Agrico, lassotanas violetas de la escolanía sin que faltarannumerosos individuos del bajo clero, lossoldados del Papa de gran uniforme de gala,los ermitaños del monte Ventoso con sus carasferoces y el monacillo que los sigue tocandola campanilla, los hermanos disciplinantes desnudosde pecho y espalda, los floridos sacristanescon toga de jueces; todos, toditos, hastalos que hacen las aspersiones de agua bendita,y el que enciende y el que apaga los cirios...nadie faltaba al solemne acto... ¡Ah! ¡Era unahermosa ordenación! Campanas, petardos, sol,música, y siempre esos sonoros tamboriles queguiaban la danza allá abajo, en el puente deAviñón...

Al presentarse Védène en medio de la asamblea,su empaque y su buen talante produjeronun murmullo de admiración. Era un magníficoprovenzal, rubio, con largos cabellos de puntasrizadas y una barbita corta y primeriza queparecía formada por vedijas de metal fino desprendidaspor el buril de su padre, el escultor enoro. Circularon rumores de que los dedos de lareina Juana habían jugado algunas veces conaquella rubia barba, y efectivamente el señorde Védène tenía el glorioso aspecto y el mirarabstraído de los galanes amados por reinas...Aquel día, para honrar a su nación, había sustituidosu vestido napolitano por un capisayobordado de rosas, a la provenzala, y sobre sucapillo temblaba una gran pluma de ibis deCamargue.

Al entrar el archipámpano, saludó galantementea la concurrencia, y dirigiose a la elevadaescalinata, donde le aguardaba Su Santidadpara imponerle las insignias de su grado:la cuchara de boj amarillo y la sotana de colorde azafrán.

Junto a la escalera estaba la mula,enjaezada y dispuesta a partir para la viña...Al pasar cerca de ella, sonriose satisfecho TistetVédène y se detuvo para darle dos o tresgolpecitos cariñosos en la grupa, mirando conel rabillo del ojo si el Papa lo observaba. Laocasión era propicia... La mula tomó impulso...

—¡Toma, allá te va, bandido! ¡Siete añoshacía que te la guardaba!

Y le soltó una coz tan terrible, tan certera,que desde Pamperigouste se vio el humo, unahumareda de polvo rubio en la que revoloteóuna pluma de ibis...

¡Eso fue todo lo que quedódel infortunado Tistet Védène!...

Pocas veces son las coces de mula tan fulminantes.Pero aquélla era una mula papal. Yademás, ¡figúrense ustedes!... ¡Hacía nadamenos que siete años que se la guardaba!...No hay ejemplo de odios eclesiásticos semejanteal mencionado.

EL FARO DE LAS SANGUINARIAS

No me fue posible, por muchos esfuerzos quehice, pegar los ojos aquella noche. El mistralestaba furioso, y el estrépito de sus grandessilbidos me desveló hasta el amanecer. El molinoentero crujía, balanceando pesadamente susaspas mutiladas, que resonaban con el cierzolo mismo que el aparejo de un buque. Volabanlas tejas de su destruida techumbre. En lontananza,los pinos apretados que cubrían la colinase agitaban zumbando entre sombras.

Creyéraseque era el alta mar...

Esto trajo a mi memoria el recuerdo de misgratos insomnios de hace tres años, cuando yovivía en el faro de las Sanguinarias, allá abajo,en la costa de Córcega, a la entrada del golfode Ajaccio, otro hermoso rincón que encontrépara meditar y estar a solas.

Imagínense ustedes una isla rojiza de aspectosalvaje, el faro en una punta, y en la otrauna antigua torre genovesa, donde en mi tiempohabitaba un águila.

Abajo, en la orilla delagua, las ruinas de un lazareto, invadido completamentepor las hierbas; luego barrancos,malezas, rocas enormes, algunas cabras montaraces,caballejos corsos triscando con las crinesal viento; finalmente, allá arriba, en la altura,entre un torbellino de aves marinas, lacasa del faro, con su plataforma de mamposteríablanca, donde paseaban los torreros de unlado a otro, la verde puerta ojival, la torrecillade hierro fundido, y encima la gran linterna,cuyas facetas brillan al sol y despiden luz aunen medio del día... He aquí la isla de las Sanguinarias,tal como la volví a ver en mi imaginaciónesa noche, al oír roncar mis pinos.Antes de poseer un molino, aquella isla encantadaera donde iba yo a retirarme siempreque necesitaba aire libre y soledad.

—¿Qué hacía allí?

Lo mismo que ahora aquí, quizá menos.Cuando soplaban el mistral o la tramontanacon extremada violencia, situábame entredos peñascos al borde del agua, en medio de lasgoletas, de los mirlos, de las golondrinas, yallí permanecía todo el día, en esa especie deestupor y delicioso anonadamiento que la contemplacióndel mar produce. ¿Verdad que conocenustedes esa grata embriaguez del alma?No se piensa, ni se sueña. Todo el ser se escapa,vuela, se evapora. Se es la gaviota que sezambulle, el polvo de espuma que sobrenadaal sol entre dos olas, el blanco humo de aquelvapor-correo que desaparece en la lejanía, esapequeña barca de rojo velamen dedicada a lapesca de corales, aquella perla de agua, esejirón de bruma, todo, menos uno mismo...¡Oh, qué deliciosas horas de semisueño y dedivagaciones las que pasé en mi isla!...

Cuando el viento soplaba con fuerza impidiéndomeestar a orillas del agua, me encerrabaen el patio del lazareto, un patio pequeño ymelancólico, todo él perfumado por el aromadel romero y del ajenjo silvestres, y allí, juntoal lienzo de las vetustas paredes, dejábame invadirpor el vago olor de abandono y de tristezaque envuelto en los rayos del sol flotabaentre los aposentos de piedra, abiertos por todaspartes como tumbas antiguas. Un portazoo un salto ligero entre la hierba interrumpía devez en cuando el silencio monótono que reinabaen aquel solitario lugar: era una cabra, queacudía a rumiar al resguardo del viento. Alverme se detenía absorta, y quedábase plantadaante mí, con aire vivaracho, los cuernosen alto, contemplándome con ojos juveniles...

El portavoz de los torreros me llamaba paracomer a las cinco, y a esa hora, por un senderitoescarpado a pico entre los matorrales, suspensoencima del mar, encaminábame lentamenteal faro, volviendo a cada momento lavista hacia aquel inmenso horizonte de agua yde luz, que parecía ensancharse conforme ascendíayo.

*

* *

El espectáculo era encantador desde la cima.Creo aún ver aquel magnífico comedor, de anchaslosas, paramentos de encina, la sopa depeces humeante en medio, la puerta completamenteabierta al blanco terrado, y los resplandoresdel Poniente que lo inundaban deluz... Allí me aguardaban siempre, para sentarsea la mesa, los torreros. Eran tres: unode Marsella y dos de Córcega; los tres pequeños,barbudos, con igual rostro curtido y resquebrajado,e idéntico gabán de pelo de cabra,pero de aspecto y humor completamentedistintos y aun contrarios.

De la manera de vivir de aquellas gentes,deducíase al punto la diferencia de ambas razas.El marsellés, industrioso y vivo, siempreatareado, en constante movimiento, recorría laisla desde la mañana a la noche, cultivando,pescando, recogiendo huevos de aves marinas,ocultándose entre los matorrales para ordeñaruna cabra al paso, y siempre dispuesto a hacerun alioli o a guisar alguna sopa de peces.

Los corsos no se ocupaban absolutamentenada más que de su servicio; considerábanse comofuncionarios, y pasaban todo el día en lacocina jugando siempre largas partidas de scopa,sin interrumpirlas más que para volver aencender las pipas con aire grave, y para picaren la palma de las manos grandes hojas de tabacoverde con las tijeras...

Sin embargo, marsellés y corsos eran tresbuenas personas, sencillos, bonachones, y muyconsiderados para con su huésped, aunque enel fondo lo creyeran un señor muy extraordinario.

No les faltaban motivos para opinar así,¡porque eso de encerrarse en el faro!... ¡Yellos, que encuentran tan largos los días, y sontan felices cuando les llega el turno de bajara tierra!... En la buena estación, gozan degran ventura todos los meses. Diez días de tierrafirme por treinta de faro: así lo prescribeel reglamento. Pero en el invierno y durantelos grandes temporales, no hay reglamentosque valgan. Arrecia el vendaval, suben las olas,la espuma blanquea las Sanguinarias, y lostorreros de servicio permanecen bloqueados doso tres meses consecutivos, y no pocas veceshasta con circunstancias aterradoras.

—Oiga usted, señor, lo que me ocurrió hacecinco años—me refería en una ocasión el viejoBartoli, mientras comíamos;—el caso me sucedióen esta misma mesa donde estamos, unatarde de invierno, como ahora. Aquella tardesólo estábamos dos en el faro: un compañerollamado Tchéco y yo... Los demás estaban entierra, enfermos, con licencia, no recuerdobien... Habíamos concluido de comer, muytranquilos... De repente mi camarada deja decomer, me mira un momento con unos ojos pícaros,y ¡cataplum! se cae encima de la mesa,con los brazos adelante. Me acerco a él, lo muevo,lo llamo: «¡Oh, Tché!... ¡Oh, Tché!...»Nada: ¡estaba muerto!... ¡Imagínese ustedqué susto! Más de una hora estuve estupefactoy tembloroso ante aquel cadáver; después,de pronto, me acuerdo del faro. No tuve tiempomás que de subir a la farola y encender. Lanoche estaba ya encima... ¡Qué noche, caballero!El mar y el viento no tenían sus vocesnaturales. Continuamente parecíame que alguienme llamaba en la escalera... Y además,¡una fiebre, una sed! Nadie hubiera sido capazde hacer que yo bajara... ¡Me daba tantomiedo el difunto! Sin embargo, hacia el albame animé un poco. Llevé a mi compañero asu cama, le eché la sábana encima, recé algunasoraciones y en seguida fui a hacer señalesde alarma.

Desgraciadamente había mar gruesa y defondo: por más que llamé y llamé, nadie acudió...Y yo a solas en el faro con mi pobreTchéco, ¡sabe Dios hasta cuándo! Yo confiabapoder tenerlo conmigo hasta la llegada del barco;pero a los tres días era aún completamenteimposible... ¿Cómo arreglármelas?

¿Llevarlefuera? ¿Enterrarlo? La roca era sumamente dura;y hay tantos cuervos en la isla! Me apenabael tener que abandonarles aquel cristiano.Entonces pensé en bajarlo a uno de losdepartamentos del lazareto... Toda una tardeempleé en aquella triste faena, y le respondoa usted de que necesité valor... ¡Mire usted,caballero! Hoy todavía, cuando bajo a estaparte de la isla en una tarde de ventarrón, meparece llevar a cuestas el cadáver...

¡Pobre viejo Bartoli! Sudaba sólo acordándosede ello.

Así pasábamos las horas de la comida, charlandolargo y tendido: el faro, el mar, narracionesde naufragios, historias de bandidos corsos...Luego, al obscurecer, el torrero del primercuarto encendía su candileja, tomaba lapipa, la calabaza, un grueso Plutarco de cantosrojos, único volumen que constituía la bibliotecade las Sanguinarias, y desaparecía por elfondo. Un momento después oíase en todo elfaro un estrépito de cadenas, de poleas, degrandes pesas de reloj a las cuales se dabacuerda.

Yo me sentaba fuera, en la terraza, duranteese tiempo. El sol, muy bajo ya, descendíacada vez con más rapidez hacia el agua, llevándosetras de sí todo el horizonte. Refrescabael viento, la isla teñíase de color violáceo.Por el espacio pasaba junto a mí con perezosovuelo un gran pajarraco: era el águila que acudíaa guarecerse a la torre... Las brumas delmar subían poco a poco. Bien pronto veíase tansólo el blanco festón de la espuma alrededorde la isla... De pronto, por encima de mi cabeza,surgía una gran oleada de plácida luz.

Estabaencendido el faro. Dejando en sombrastoda la isla, el luminoso haz de rayos iba acaer a lo lejos en alta mar, y allí estaba yo rodeadode tinieblas, bajo aquellas grandes ondaslumínicas que apenas me salpicaban al paso...Pero el viento seguía refrescando. Era necesariorecogerse. A tientas cerraba el gruesoportón y corría las barras de hierro; después,y siempre a tientas, subía una escalerilla defundición, que retemblaba y sonaba con mispasos y llegaba a la cúspide del faro. Por supuesto,allá sí que había luz.

Imagínense ustedes una gigantesca lámparaCárcel, de seis filas de mecheros, en torno dela cual giran lentamente las paredes de la linterna,unas cerradas por enorme lente de cristal,otras abiertas a una gran vidriera fija quepreserva del viento a la llama... Al entrar medeslumbraba. Esos cobres, esos estaños, esosreflectores de metal blanco, esas paredes decristal abombado que volteaban con grandescírculos azulados, todo ese espejeo, toda esabalumba de luces, me producían vértigos porun instante.

A pesar de todo, mi vista se acostumbrabapoco a poco a ello, concluyendo yo por sentarmeal pie mismo de la lámpara, junto altorrero que leía su Plutarco en alta voz, portemor a dormirse.