Carlos Broschi by Eugene Scribe - HTML preview

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—»¡Ah!—me dijo.—Fue el día más horrible de mi vida; no habíaexperimentado nunca un dolor semejante.

—»¿Cuándo hirió a usted con su cuchillo?

—»No, cuando creí que iba a abrazar a usted.

»Al pronunciar estas palabras, que parecían escapadas de sus labios,había en su voz, en su mirada, una expresión que no había notado nuncaen él, y que me causó profundo asombro.

—»¡Carlos!—exclamé inclinándome hacia él.

»Lanzó un grito de dolor y su rostro se cubrió de una palidez intensa.Acababa, sin saberlo, de oprimir con fuerza el brazo en que su heridaestaba abierta todavía, y fuera de mí, caí a sus pies para pedirleperdón por el daño que sin querer le había causado; quiso levantarme, ysu cabeza tocó la mía, sus labios rozaron ligeramente los míos, y, enaquel momento, apareció Teobaldo. Nos vio, y una palidez mortal invadiósu rostro, mientras que Carlos y yo nos sonrojamos al darnos cuenta desu presencia.

»Teobaldo se repuso, y nos sonrió con la tristeza que acostumbraba.

—»Amigos míos—nos dijo, sentándose cerca de nosotros.—Se acordaránustedes de la sorpresa que me causó, hace algunos meses, el sueño queCarlos nos contó había tenido. Y esa sorpresa fue tanto mayor, cuantoque hacía muchísimo tiempo que esas mismas ideas eran las mías; fueronlas primeras que yo concebí, y que el tiempo y mi enfermedad hanfortificado. Cuando estaba usted, señora, en peligro de muerte, prometía Dios que si la salvaba, me consagraría a él, abrazaría el estadoeclesiástico.

—»¿Hacerse religioso?—exclamé.

—»¿Y por qué no? ¿Qué destino me espera en el mundo? ¿puedo aspiraracaso a la dicha de tener una familia? ¿qué mujer me aceptaría poresposo? ¿de quién puedo esperar ser amado? La vida religiosa me brindael reposo y la calma; conviene a mi carácter tranquilo y dado alestudio; ella no nos separará. Dios no prohíbe amar a sus amigos; alcontrario, nos manda rogar por ellos, y yo no me ocuparé de otra cosasino de la felicidad de ustedes.

»Carlos, con toda la efusión y el calor de una verdadera amistad,combatió semejante proyecto; pero Teobaldo rechazaba todas susobjeciones con la calma y sangre fría de un hombre cuya resolución esinquebrantable; pero como nosotros insistiésemos, exclamó:

—»¿Dirán ustedes, acaso, que no tomo ese partido por ambición? Carlos,¿no soñaste que yo llegaría a las primeras dignidades de la Iglesia?Déjenme que haga mi fortuna, y entonces se manifestarán celosos másbien que opuestos a mi proyecto.

—»¡No lo consentiremos, de ningún modo!

—»Preciso será que consientan ustedes, pues ya está hecho.

»Ambos lanzamos un grito de dolor y de sorpresa.

—»Sí—prosiguió él;—he pronunciado mis votos.

—»¿Cuándo?

—»Hace pocos días. Había previsto lo difícil que me sería resistir asus instancias, y he querido evitar esta debilidad anteponiéndome aella. No me compadezcan ustedes, amigos míos: estoy contento, soydichoso.

»En efecto, a partir de este día la calma sucedió a las inquietudes queagitaban su alma. La serenidad apareció en su frente, la sonrisa en suslabios; su amistad parecía más intensa, más pura. Aislado del mundo,parecía no tener sobre la tierra más objeto que nosotros, y consagrabaal Cielo y al estudio todos los instantes en que no lo necesitábamos.Tuve el atrevimiento de pedir para él a mi tío el título de capellán delcastillo, que poseía rentas considerables, y el Duque me concedió estefavor.

»Logrado este primer deseo, solicité para Carlos la plaza de secretario,que Teobaldo no podía desempeñar, a lo cual accedió también mi tío sinrepugnancia y sin objeción alguna. Semejante conducta de su parte dejomeprofundamente admirada, y mi alegría rayaba en locura, pensando que laedad había cambiado el carácter del Duque.

»En la entrevista que tuve con él, para pedirle ambos favores, me dijo:

—»A mi vez, tengo también alguna cosa que pedirte.

—»Todo lo que quiera usted, querido tío—le contesté,—se lo concedopor anticipado.

—»Está bien—me dijo abrazándome, favor que nunca me había hecho;—noolvides esta palabra, te la recordaré pasadas algunas semanas.

»Una mañana, en efecto, me hizo llamar a su habitación; me puse a susórdenes, sin saber de lo que se trataba; mi corazón latía con violencia,mis piernas temblaban y tuve necesidad de detenerme algunos instantesantes de entrar en su gabinete, para disimular mi emoción. Mi tío estabasentado cerca de una mesa y leía; al verme, dejó sus anteojos y sulibro.

—»Querida sobrina—comenzó diciéndome;—eres demasiado bella y bieneducada; tienes talento, más sin duda de lo que convendría a la familiade los Arcos; pero el mal, si lo es, no tiene remedio. Además, cuentasdiez y ocho años, y todos los señores de las cercanías solicitan tumano.

—»¡Ah!—exclamé;—no he pensado en casarme...

»Mi tío me miró con sorpresa y prosiguió fríamente:

—»Te he hecho venir, no para pedirte consejo, sino para prevenirte quehe ofrecido tu mano a uno de mis vecinos.

»Me turbé de tal modo, que creí que iba a perder el conocimiento. Mi tíome mostró con el dedo un sillón, y, sin interrumpirse, continuódiciendo:

—»He elegido el más rico y más noble, el hijo del conde de Pópoli.Vendrá mañana; prepárate a recibirle.

»Quise hablar, suplicar; pero aparentando no comprenderme, mi tío tomósus anteojos y su libro y me hizo seña con la mano para que me retirase.

»Como fascinada por aquel dedo demacrado que se extendía hacia mí...obedecí, sin despegar mis labios; salí y me encaminé a mi aposento,donde derramé un mar de lágrimas. ¿Por qué? ¿de dónde provenía midesesperación? Lo ignoraba, nunca me había dado cuenta de lo que podíasuceder en mi corazón. Sólo mis amigos eran capaces de consolarme, y fuien su busca.

—»Amigos míos—les dije llorando;—aconséjenme, sálvenme, me quierencasar.

»Teobaldo se estremeció; luego le vi levantar los ojos al cielo ybrillar en ellos una lágrima.

»Carlos púsose pálido como la muerte, y nada me contestó. Creí que nome había comprendido.

—»¡Me quieren casar!—repetí;—¡díganme algo! ¡contéstenme!... ¿Qué meaconsejan?

—»No consienta usted—exclamó Carlos con alegría.

—»¡Prefiera usted la muerte!—dijo Teobaldo.

»Carlos quiso proseguir, pero no pudo pronunciar una sola palabra...Permaneció algunos instantes con la cabeza entre las manos, comobuscando alguna idea.

—»Si tal es la voluntad del señor Duque—dijo luego,—ni la razón, nilas lágrimas, ni los ruegos conseguirán vencerlo.

»Teobaldo y yo comprendimos que tenía razón, y guardamos silencio.Carlos continuó:

—»Por mi parte, ni aun ensayaría el hacerle cambiar de modo de pensar;sería inútil.

—»¿Qué haría usted?

—»Me dirigiría a un poder superior al suyo. Abandonaría el castillo, eiría a refugiarme en un convento, el della Pietá, donde se encuentrala hermana menor de usted, la señora Isabel.

—»¡Tiene razón!—exclamé;—¡partamos!

—»¡Insensata!—exclamó Teobaldo deteniéndome;—¿Cree usted que laabadesa della Pietá consentiría en recibirla y retenerla contra lavoluntad del señor Duque? A su voz todos los monasterios se cierran; niuno sólo querría excitar su cólera, ni resistiría a sus justasreclamaciones... Porque, sobre todo, él tiene dos derechos sobre usted.Es usted su sobrina... y la ha educado.

»Ni Carlos ni yo encontramos palabras que poder oponer a tan justosrazonamientos.

Teobaldo inclinó la cabeza y prosiguió, al cabo de unmomento:

—»Un solo medio queda, que yo le diré.

—»¿Y cuál es?

—»Lo sabrá usted pasados unos días.

»A

pesar

de

nuestras

instancias,

no

quiso

satisfacer

la

ansiedad

queexperimentábamos.

IV

»La mañana siguiente, el látigo de un postillón resonó en el patio delcastillo, y a poco se vio entrar un magnífico coche precedido y seguidode escuderos y picadores.

Mi tío, de pie y rodeado de todos sus criados,recibió en la escalera a un joven a quien abrazó, conduciéndole luego alsalón principal. En seguida me envió a decir que me esperaba. Creí queno acabaría nunca de bajar la escalera de piedra que desde mi aposentoconducía al salón de ceremonia. Dos veces me vi obligada a apoyarme...En fin, reuniendo todas mis fuerzas, entré con los ojos bajos y sinpoder apenas sostenerme.

»Mi tío se me acercó, y tomándome la mano me presentó al conde dePópoli, que hacía un año había heredado de su padre las más ricaspropiedades de la comarca.

¡Imagínense lo que pasó por mí, gran Dios, alreconocer en mi prometido al rudo y feroz Eduardo, el que dos años antesy en aquella misma habitación me había groseramente insultado, el quetan baja y cobardemente había herido a un hombre desarmado e indefenso!

»El conde de Pópoli me saludó con respeto, y después se volvió a mi tío,el cual, continuando la conversación comenzada, le dijo fríamente:

—»Dentro de quince días y en la capilla del castillo, mi capelláncelebrará el matrimonio.

»A lo que el Conde contestó inclinándose:

—»Como guste, monseñor.

»Indignada de tanta tiranía; convencida que ante tan firme resolución midicha no sería tomada en cuenta para nada, encontré en la convicción demi inevitable desgracia una energía desconocida hasta entonces, y juréque nunca sería la esposa del conde de Pópoli.

»Carlos, por su parte, mostrábase tranquilo y lleno de esperanza en losmedios que había imaginado y sobre los cuales guardaba el más profundosilencio.

»Pero, transcurridos algunos días, toda la confianza de que había hechoalarde le había abandonado; taciturno y silencioso, era presa de unasombría desesperación.

—»No hay salvación para usted—me dijo;—no puedo hacer otra cosa quemorir por mi bienhechora. He ido en busca del conde de Pópoli, y sinnombrarla para nada ni comprometerla, lo he recordado el insulto que lehabía dirigido hace dos años; le he ofrecido y pedido una reparación máscompleta que la que había obtenido. Contaba con que aceptaría, porquedicen que es valiente, y le hubiese muerto o hubiese dejado mi vida ensus manos. Quería por ese medio impedir la desgracia de usted, o no sertestigo de ella. Esto es, señora, todo lo que podía hacer por usted elpobre Carlos.

Pero el Conde ha rehusado altivamente, preguntándome quiénera... ¡Quién era, señora!... ¡cuando se trataba de morir!... ¡Huérfano,bastardo tal vez, no tengo derecho a que me mate un noble, un señor!...el conde de Pópoli. Parece que es un crimen aspirar a este honor, porqueel señor Duque me hizo azotar.

—»¡A usted, Carlos!

—»Sí, azotado...

»En aquel momento llegó Teobaldo, y ambos nos arrojamos a sus brazos...

—»Sí, son ustedes muy desgraciados—nos dijo, procurando darnos unaesperanza que él mismo no tenía, mezclando a los consuelos de la amistadlos de la religión.

»Durante dos días le vi ocupado solamente en calmar la desesperación deCarlos, que, en el colmo de su desventura, nada quería escuchar. Suexasperación cesó de repente; pero sombrío y pensativo, guardaba el másprofundo silencio con Teobaldo y conmigo. Parecía enteramente ocupado deun siniestro proyecto que absorbía toda su atención y le hacía olvidara sus amigos.

»Entretanto pasaban los días, y ya estábamos en la víspera del fijadopara la realización del funesto enlace.

»Teobaldo se presentó delante de mí, pálido y con el semblante demudado.

—»¡Juanita!—me dijo;—es necesario salvar a Carlos, es preciso salvarsu alma.

Esta mañana ha venido a mí, no como a un amigo, sino como alministro del altar; me ha pedido la absolución, que yo le he rehusado,porque está firmemente decidido a cometer un crimen.

—»¡El!—exclamé.

—»Sí... un crimen que lleva consigo la condenación eterna. No lemaldiga usted, señora; no le abrume con su cólera... ¡Hoy mismo quierematarse!

»Yo lancé un grito agudo, y sentí que un frío mortal se apoderaba de mí.

—»¡Matarse!—exclamé;—¿y por qué?

—»¿Por qué?—repitió Teobaldo, estrechando mis manos entre las suyas,frías como el mármol...—No sé cómo decírselo... y no obstante espreciso... es necesario...

»Y al hablar así el sudor corría por su pálida frente.

—»¡Acabe! ¡Acabe!

—»¡Pues bien!—dijo en voz baja y haciendo un esfuerzo sobre símismo:—sólo a mí me ha confiado su secreto, y usted no debería saberlonunca... ¡Ama a usted como un insensato! ¡Vea por lo que se quierematar! ¡Vea por qué la maldición del Cielo caerá sobre él!

—»¡Ah!—exclamé:—también deberá caer sobre mí, porque sus pensamientosson los míos.

—»¡Usted, Juanita! ¡quiere morir!

»Pero, bajando la vista y sin atreverse a mirarme, continuó con voztemblorosa:

—»¿Le ama usted del modo que él la ama?

»Yo nada contesté; pero caí a sus pies. Teobaldo lanzó un grito y guardóel más profundo silencio; después, fijando sobre mí una mirada llena debondad, me dijo:

—»Hija mía (era la primera vez que me daba este nombre, autorizado porlas santas funciones de su ministerio), hija mía, ¡ojalá pueda alejar deusted y que caiga sobre mí la desgracia que ambos se han preparado!Prométame solamente renunciar a esas ideas de muerte, proyecto culpableque le cerraría las puertas del Cielo, de ese Cielo donde espero volvera encontrarla.

—»Pero entonces, ¿qué partido tomaremos?

—»Uno hay—contestó con emoción;—si ama usted a Carlos, si se sientecapaz de arrostrar por él la cólera del señor Duque, el desprecio delmundo, las desgracias, la miseria quizás.

—»Estoy pronta.

—»¡Pues bien! Yo hago mal, sin duda, dándole semejante consejo... Pero,piensa usted en matarse, y es necesario salvar su alma...

»Teobaldo calló por algunos momentos como si le espantase el partido queacababa de tomar.

—»¡Ah! Dios perdonará una falta mejor que un crimen. Cásese con Carlosen secreto y ante el altar.

—»¿Y quién se atreverá a arrostrar la venganza de mi tío, de mifamilia? ¿Quién nos desposará?

—»¡Yo!—repuso Teobaldo.

»No encontrando expresiones con que manifestarle mi gratitud, me arrojéen sus brazos.

—»¿De dónde proviene esa sorpresa?—continuó:—¿no le tengo dicho hacealgunos años que no sería en balde la protección que me dispensaba?

»No teníamos tiempo que perder. A la mañana siguiente debía celebrarsemi matrimonio con el conde de Pópoli, y decidimos que aquella mismanoche Carlos y yo iríamos a la capilla del castillo por caminosdiferentes; que Teobaldo bendeciría nuestra unión, y una vez efectuadonuestro enlace, nos resignaríamos a sufrir la cólera del duque de Arcos,que podría sumirnos en una prisión, arrojarnos del castillo ydesheredarnos, pero no romper nuestra unión!

»Después de la comida nos trasladamos al salón, cuyas puertas vidrierasdaban al parque; el conde de Pópoli, sentado cerca de mí, mostrábase tangalante como se lo permitían sus costumbres de cazador.

»Carlos entró, y en su alegre mirada, llena de dulzura, conocí queTeobaldo le había prevenido. Acababa de despedirse de mi tío, pues debíamarchar a una granja a la mañana siguiente. Pasó por delante del Conde,a quien saludó fríamente, y aproximándose a mí para despedirse, tomó mimano, que llevó respetuosamente a sus labios. Yo le dije en voz baja:

—»Esta noche a las doce.

—»¡A las doce!—repitió estrechando mi mano y dirigiéndome una miradallena de reconocimiento y de ternura.

»En aquel instante le avisaron que un hombre mal vestido deseabahablarle y le esperaba en el parque.

»Algunos momentos después, desde las ventanas del salón los vi pasar poruna calle de árboles de las más lejanas. No pude distinguir el rostrodel extranjero, cuyo porte no me pareció completamente desconocido,agolpándose a mi imaginación ideas y recuerdos confusos.

»Hablaban ambos acaloradamente, y en las gesticulaciones de Carlos, ensu paso incierto y vacilante, notaba una agitación y una inquietud queno podía explicarme, y de la que participé cuando pasó una gran parte dela noche sin verle aparecer en el salón; pero bien pronto, me decía yomirando el reloj, bien pronto sabré lo que significa esa visitaimprevista.

»Al fin, cada cual se retiró a su aposento. Yo quedé en mi habitación ypúseme a orar; cuando dieron las doce en el reloj del castillo, meencaminé hacia la capilla.

Teobaldo me había precedido.

—»¿Eres tú, Carlos?—pregunté.

—»No, hija mía—me contestó una voz temblorosa.

»Era Teobaldo.

»Esperamos inútilmente; permanecimos solos el resto de la noche, ycuando los primeros rayos del día iluminaron las vidrieras de lacapilla, Carlos no había aparecido.

»Pasó el día, pasaron también los siguientes y no volvió a presentarseen el castillo.

V

»La ausencia de Carlos—prosiguió la Condesa,—su desapariciónmisteriosa e imprevista nos habían anonadado. ¿Habría sido víctima dealguna traición? ¿Nuestros proyectos habían sido descubiertos? ¿Surival, celoso, había pagado asesinos que le matasen? ¿La venganza y elpoder del duque de Arcos, le habían privado de su libertad y le habíanrecluido en alguna prisión de Estado?

»Nos perdíamos en conjeturas, y en vano buscábamos la causa de aquelmisterio; toda la solicitud de Teobaldo fue infructuosa y nada pudimossaber. Por otra parte, lo mismo el conde de Pópoli que el duque de Arcosparecían ignorar el suceso; no tenían la menor reserva para conTeobaldo; no nos impedían vernos, y aunque irritados por mi resistencia,atribuían mi obstinación a la repugnancia que sentía al matrimonio másbien que a otra causa extraña. A fuerza de lágrimas y súplicas, habíaobtenido tres meses de tregua, jurando que cumpliría mi palabra llegadoel plazo.

»Cuando transcurrieron los tres meses, pedí de nuevo otra prórroga; peroera necesario ceder a la voluntad del Duque, a mi promesa, a la fejurada... ¡Ay de mí! ¡no hay poder divino ni humano que pueda cambiar eldestino! ¡Mi cabeza estaba trastornada, mi corazón herido; sólo quedabami mano, y el duque de Arcos dispuso de ella!

»¡Era ya condesa de Pópoli!

»Como satisfecho de este postrer acto de tiranía que labraba mi eternadesdicha, y como si hubiese concluido su obra sobre la tierra, mi tíomurió al año de efectuarse mi matrimonio, dejándonos todos sus bienes.Ningún cambio hubo en mi suerte, ninguna nueva de Carlos. Si, comocreíamos, había sido encerrado en alguna prisión a ruegos del duque deArcos, la muerte de éste debía ponerle en libertad. Pero no pareció, yTeobaldo me dijo, desesperado:

—»Está visto; nuestro amigo no existe.

»Ambos le lloramos, y en las calles de árboles del parque donde solíamossentarnos los tres en tiempos más felices, colocamos unas piedras enforma de monumento fúnebre, misterioso como su suerte; no inscribimosnombre alguno, ninguna inscripción; y junto a esta tumba sin despojos,pero animada por nuestros recuerdos, nos reuníamos todas las tardes parahablar de él, para rogar por él y pedir a la Providencia que pusiese fina nuestro dolor y a su ausencia.

»Viví de este modo, cerca de un esposo de pasiones brutales y coléricas,pero cuyo corazón era menos malo de lo que yo creí en un principio.Todos sus defectos provenían de una educación descuidada. Un amor propioexcesivo y un orgullo sin límites eran la consecuencia de su absolutaignorancia; y cuando, con una habilidad y una paciencia infinitas,Teobaldo le hizo comprender poco a poco lo mucho que ignoraba, empezópor confiar menos en sí mismo y más en nosotros. Por mi parte me dediquéa moderar su carácter impetuoso, aunque, con frecuencia, mi dulzura nolograba desarmarle.

»A causa de las escenas violentas a que se entregaba, me compadecíannuestros vecinos. Admiraban mi resignación, que no se debía,seguramente, a la indiferencia.

Era demasiado desgraciada para ocuparmede ciertas pequeñeces.

»La tristeza de Teobaldo aumentaba de día en día. La vista del castillole apenaba profundamente; el aire que respiraba alteraba su salud, y, ano verme sufrir tanto, se hubiese retirado de nuestra morada desde hacíamucho tiempo. Sombrío y taciturno, huía de toda distracción y aun delestudio; entregado a la religión, pasaba día y noche al pie del altar.En los alrededores era tenido por un santo, y hasta mi marido respetabasu virtud.

»Hacía algunos meses que el conde de Pópoli visitaba con frecuencia alos señores de las cercanías, o los recibía en nuestra casa, dondetenían conferencias secretas. En fin, con gran sorpresa mía, llegué aobservar que ya no se dedicaba solamente a la caza. Con frecuencia medaba a traducir o escribir cartas para algunos señores de Alemania;estas cartas eran insignificantes en apariencia; pero tenían un sentidodiferente y misterioso que deseaba conocer, y que no tardé en adivinar.

»El conde de Pópoli parecía satisfecho de sus proyectos; pero, a pesarde esto, en algunos momentos violentábase para aparecer con un aspectotranquilo, y, en ocasiones, surcaban su frente imperceptibles arrugas.Contra su costumbre, parecía preocupado por una idea y semejábase a unhombre sumido en profundas meditaciones. Hice notar mis observaciones aTeobaldo, que me trató de visionaria y no quiso darme crédito.

»No obstante, cierto día entró en mi habitación con aire agitado.

—»Juanita—me dijo:—aquí sucede algo extraordinario. Hay una porciónde armas en los subterráneos del castillo.

—»¿Armas de caza?—le pregunté.

—»No, deben de ser destinadas para otro fin: esta tarde, cuando volvíadel pueblo de suministrar los Sacramentos a una enferma, se me haaproximado, enmedio del bosque, un hombre envuelto en una capa y me hadicho en voz baja:

—»Señor capellán; abandone esta misma noche el castillo en compañía dela Condesa; peligra su libertad y su vida; mañana será demasiado tarde.

»En seguida se alejó precipitadamente.

—»Es alguno—le dije,—que ha querido burlarse de usted.

—»No, no—me contestó haciendo la señal de la cruz;—porque me haparecido oír la voz de Carlos que venía a salvarla.

—»¡Carlos!—exclamé;—es imposible.

—»Sí, eso mismo he pensado yo; pero mi corazón me ha dicho que era él.Cuando se alejaba, después de estrechar mi mano, grité:

—»¡Carlos! ¡Carlos!

»Entonces se detuvo, y creí que se iba a arrojar en mis brazos; pero meequivoqué, pues lanzando un grito de dolor, volvió la cabeza ydesapareció velozmente.

»No podré explicar la turbación que me causó esta sencilla relación.¿Por qué abandonar el castillo donde estábamos seguros, y en el quenuestra numerosa servidumbre podía defendernos? Semejante aviso mepareció absurdo y me hizo dudar de todo.

»Sin embargo, para no tener nada que reprocharme, envié a buscar a miesposo. A pesar de ser ya más de media noche, el Conde estaba fueratodavía. Ordené que me llamasen a su vuelta. Pero el Conde no regresó alcastillo en toda la noche.

»La inquietud se apoderó de mí, y apenas amaneció hice que fueran en subusca.

Pero las puertas del castillo estaban bien guardadas por soldadosespañoles, y no dejaron pasar a mis emisarios. Poco después,presentóseme el oficial que los mandaba, y me dijo respetuosamente:

—»Vengo a cumplir una orden bien sensible para mí. Estoy encargado deprender a usted.

—»A mí, señor oficial?

—»Sí, a la condesa de Pópoli.

—»¿De orden de quién?

—»Del Rey.

»Me vi obligada a obedecer y, un momento después, subía al coche que seme tenía preparado. Llegamos al Castillo-Nuevo, donde fui encerrada. Elconde de Pópoli había sido igualmente arrestado aquella misma noche encasa de un caballero vecino nuestro, que estaba complicado con él en laconspiración que se tramaba.

VI

»El

conde

de

Pópoli,

dueño

de

una

inmensa

fortuna,

que

aumentóconsiderablemente al agregársele la del duque de Arcos, mi tío, creíaque su nombre y sus riquezas le daban derecho para figurar a la cabezadel gobierno. No había pensado nunca que el talento debe tenerse encuenta, y habíase indignado de la poca importancia que siempre leconcedió la corte de España. Soñando con el virreinato de Nápoles, y noescuchando más que la voz de su orgullo y su amor propio herido,concibió el proyecto de hacerse temer de los que le habían despreciado.Quiso librar a los napolitanos del yugo de los españoles e hizo entraren el complot a muchos nobles de los alrededores, de los que se creíajefe, y de los que no era más que el instrumento; porque, en caso detriunfo, hubieran recogido el fruto de una sublevación en la que elconde de Pópoli corría todos los peligros.

»¡La conspiración era evidente, las pruebas numerosas y el parecer delos jueces era unánime!... Pero la opinión pública estaba tanpronunciada, era tan poco dudosa en el modo de juzgar del talento ycapacidad del conde de Pópoli, que nadie dudaba de que tal proyecto nohabía sido concebido por él; a causa de esto, se me creyó el alma deaquel complot. Decíase que mis consejos y mi influencia le habían hechoentrar en esta conspiración, cuyo verdadero jefe era yo. En una palabra,se me concedían los honores de la invención. Debo confesar que lascartas escritas por mí y que obraban en poder de los jueces, constituíanuna prueba más que suficiente en contra mía.

»Supongo que conocerán ustedes los detalles de ese proceso, que tantoruido hizo en España y en Italia. Sabrán también que fuimos condenados amuerte; pero, escuchen lo que tal vez ignoran.

»Mis jueces, compadecidos de mi juventud, habían solicitado gracia de lacorte de Madrid, la que parecía imposible alcanzar porque la poblaciónde Nápoles nos miraba como a héroes, como a mártires de la libertad;había querido derribar las puertas de nuestra prisión, y hasta llegó aintentar una sublevación con el fin de salvarnos; la cual no tuvo otroresultado que asegurar nuestra pérdida.

»La ejecución de la sentencia se había fijado para el día de San Javier,y la víspera solicité que se me concediesen dos favores, los que mefueron otorgados. El primero fue ver y abrazar a mi querida hermana, ala que había sacado del convento un año antes y a quien nuestra prisiónobligó a entrar de nuevo en él; y la segunda, elegir yo misma miconfesor. Se me dijo que un capellán estaba a las puertas de la prisióny que quería hablarme. Debía de ser Teobaldo; no me había engañado, enefecto.

»Entró con la frente erguida, la mirada llena de expresión; ycomprendiendo el santo gozo que le animaba, corrí a él diciéndole:

—»¡Amigo mío! ¡Padre mío! He aquí el día de la libertad: la mirada deusted me lo hace concebir.

—»Aun no—me contestó con una sonrisa triste y expresiva.

»Luego, volviéndose al gobernador de la prisión, que entraba en aquelinstante, le entregó una carta, que leyó vivamente, y, sorprendido enextremo por su contenido, la dejó caer sobre la mesa junto a la cualestaba yo sentada. Fijé en ella una mirada investigadora y me estremecíal ver unos caracteres que no me eran desconocidos.

Sólo contenía estaspalabras:

«Vuestra Majestad me prometió ayer concederme todo lo que le pidiese;pido gracia para la condesa de Pópoli y su esposo.

»CARLOS BROSCHI.»

»Debajo, y escrito por la misma mano del Rey, se leía: «Concedido.

»FERNANDO.»

»Abriéronse las puertas de la prisión; estábamos libres, perodesterrados para siempre del reino de Nápoles, obligándonos a abandonarel territorio en veinticuatro horas, y confiscados todos nuestrosbienes. El Conde se ocupó de nuestro viaje, y yo con el corazón llenode gozo, de temor y de sorpresa, me encerré con Teobaldo.

—»¡Carlos existe!—exclamé:—¡existe!

—»Sí, señora; le he visto, le he abrazado... porque el escrito que lehe entregado en la prisión y que le ha devuelto la libertad, él mismo loha traído, porque no ha cesado de velar por la felicidad de usted.

—»¿Dónde se encuentra? ¿Por qué nos ha abandonado? ¿Por qué esesilencio, ese misterio en su destino?

—»Juanita—respondiome con voz conmovida y estrechando mis manos:—nome lo pregunte, no me pida explicaciones; no le podré satisfacer.

—»Así, pues, ¿conoce usted eso secreto?

—»Sí, me lo ha revelado, pero no como al amigo, sino como al ministrodel Señor...

y bajo el secreto de la confesión.

—»Una sola palabra—le dije:—¿sigue amándome aún?

—»Más que nunca.

—»¿Está libre?

—»Lo estará siempre; no ama, no amará a nadie más que a usted. Esto eslo que tal vez no debería decirle—continuó con voz trémula...—Pero,comprenderá usted que por la dicha de ambos... no debe verla... Le heimpuesto esta ley... Me ha jurado acatarla, y confío en que cumplirá supalabra.

—»¡Tiene razón!

»A pesar mío, mis ojos vertían abundantes lágrimas, y una incertidumbreangustiosa agitaba y oprimía mi corazón.

—»¿La noche que debía usted bendecir nuestra unión—le dije,—se alejóde nosotros voluntariamente o se le obligó a dejarnos?

—»No, lo hizo por sí mismo, obligado solamente por el honor, por eldeber.

—»Una pregunta más, Teobaldo: ¿en su lugar, hubiera usted hecho lomismo?

—»Sí, señora.

—»En eso caso, ¿aprueba usted su conducta de entonces y de ahora?¿aprueba su ausencia, su silencio, y hasta el misterio que le rodea?

—»Sí—repuso con voz firme.

—»¡Ya estoy tranquila!—exclamé tendiéndolo la mano;—como él,Teobaldo, seré digna de usted; como él, permaneceré fiel al deber,aunque sea un sacrificio superior a mis fuerzas.

»En aquel momento se presentó el conde de Pópoli. El buque estaba prontoy era necesario partir; los días del destierro comenzaban para nosotros.

—»¡Adiós, pues, patria mía!—decía llorando.—¡Adiós, hermoso cielo deNápoles!

¡Adiós todo lo que he amado en el mundo!

»Y, entretanto, el navío nos alejaba para siempre de aquellas queridasplayas, pobres, desterrados, sí, ¡desterrados para siempre!... Estapalabra vibraba en mis oídos con una violencia que ni el ruido de lasolas, ni los gritos de los marineros podían ahogar; mientras que a lolejos y de pie en la costa, Teobaldo agitaba todavía en señal dedespedida su pañuelo blanco, que no tardó en desaparecer en laobscuridad. Largo tiempo permanecí sobre cubierta obstinada endistinguirlo, y cuando ya no le vi...

—»Todo ha terminado para mí—dije.

»Y me creí sola en el mundo.

»En la adversidad se tiene fácilmente valor para sufrir, cuando vemosjunto a nosotros las personas a quienes amamos. Pero el infortunio sehace aún más amargo si nos vemos rodeados tan sólo de seresindiferentes. La desgracia es mucho mayor si no amamos a los seres conquienes vivimos; son dos suplicios, y el primero no es el más cruelcomparado con el segundo. Me era necesario sufrir las quejas, el malhumor y hasta los reproches del conde de Pópoli, porque de todo meacusaba, hasta de la miseria que no había conocido, y que en breve llegóa aumentar mis dolores.

»Buscamos un refugio en Inglaterra; habiendo llegado sin recomendaciónalguna, no teníamos conocimiento en el país, y carecíamos de recursos;nuestros bienes confiscados nos privaban de toda esperanza; juzguenustedes, pues, de mi situación, cuando nos pidieron el precio de nuestroalojamiento, que las pocas alhajas que me quedaban no bastaban parapagar... Ibamos a ser despedidos vergonzosamente; estábamos próximos aencontrarnos sin pan, sin asilo... cuando llegó para el conde de Pópoliun paquete de Londres y una letra, por la cual un antiguo deudor delduque de Arcos enviaba a la sobrina de éste diez mil libras esterlinasque le debía hacía mucho tiempo.

»El conde recibió este dinero como llovido del cielo; y yo, que no teníamás que un amigo en el mundo, adiviné fácilmente, por los términos enque estaba escrita la carta en que se me enviaba la letra, al queocultaba una buena acción disfrazándola con el reconocimiento.

»Rehuyendo vivir en la ciudad, resolvimos establecernos en la campiña,cuyo modo de vivir convendría a mi salud, a la sazón bastantequebrantada. El Conde encargó a un individuo que nos proporcionase unaresidencia modesta y conveniente, y se presentó, por fortuna nuestra,una buena ocasión; estaba en venta una encantadora posesión en losalrededores de Londres, situada admirablemente y amueblada con gusto yelegancia; tenía cristalinas aguas, un parque magnífico, y la obtuvimospor un precio módico.

»Mi esposo sentíase encantado de las bellezas de esta modestahabitación, que yo miraba con indiferencia en un principio, y con algode extrañeza más adelante, pues encontré un gabinetito amueblado ydispuesto como tenía el mío en el castillo del duque de Arcos. Allítenía el mismo clavicordio y sobre la mesa mis autores predilectos, loslibros que más me complacía en leer, y que una mano generosa habíarecogido para colocarlos allí a mi disposición; en mi destierroencontraba los recuerdos de mi pasada felicidad y de la patria ausente.

—»Gracias, Carlos, gracias—murmuré interiormente.

VII

»Transcurrieron varias semanas en la mayor tranquilidad, y nuestroaislamiento era completo; tranquilidad y aislamiento que me hacían muchobien, pero que eran insoportables para mi esposo, que echaba de menos supaís y sus partidas de caza. Era valiente, activo; y desterrado parasiempre del suelo que le vio nacer, decidió, pues, entrar al servicio deInglaterra, y presentó al efecto una solicitud a los ministros de JorgeII, que fue desatendida. Pidiome entonces que fuese a hablar a la Reina,la que me recibió con dulzura, pero me manifestó que sentía mucha penapor no poder favorecer a un proscrito por la corte de Madrid.

—»Sería arriesgarse—me dijo,—a recibir las justas reclamaciones delembajador de España.

»En aquel instante anunciaron al Rey, y Jorge II apareció apoyado en elbrazo de un joven de buen aspecto y cuidadosamente vestido. Necesitéhacer un grande esfuerzo para reprimir un grito de sorpresa al reconoceren aquel joven a Carlos, el cual palideció visiblemente y se vioobligado a apoyarse en un sillón. La Reina le tendió la mano y le dijocon bondad:

—»Siéntese, Carlos.

»Se inclinó cortésmente y permaneció de pie, continuando mirándome, conel más profundo silencio. Yo me despedí de SS. MM. y me retiré de supresencia; poco después llegué a mi casa en un estado difícil deexplicar. El conde de Pópoli me aguardaba con impaciencia, y le conté elmal éxito de mis gestiones y la poca esperanza que debía tener; mientrashablaba, entró en el patio un carruaje.

»Las puertas del salón se abrieron, y vi aparecer a Carlos, el cual sepresentó en casa de mi marido, sereno y con la mayor dignidad.

—»Señor—dijo al conde de Pópoli,—debo mi fortuna y mi posición alduque de Arcos y a su sobrina, y mi único deseo es poder recompensarlesun día el bien que de ellos he recibido. Circunstancias favorables mehan hecho tener en la corte y en el ministerio algunos amigos a quieneshe hablado en favor de usted, y he conseguido que se le conceda unempleo de cierta categoría en el ejército inglés, cuyos valientessoldados pertenecen a todos los países, como ha dicho el Rey al firmarel despacho; soy dichoso por ser el portador de tan feliz nueva, ysuplico a usted olvide lo pasado y disponga de mí incondicionalmente.

»Había en su acento tanta lealtad y franqueza, que el Conde, no pudiendocontener su emoción, le tendió espontáneamente la mano, diciéndole:

—»Soy yo, señor, a quien debe culparse de todo lo pasado. Deme sumano... y su amistad, porque en adelante puede usted contar con la mía.

»Desde este día, Carlos frecuentaba nuestra casa.

—»He jurado a Teobaldo—me dijo,—no hablar a usted de mi amor ysostendré este juramento. Pero había ofrecido también velar por usted,protegerla, dedicarle mi vida entera, y cumplo esta promesa. Soy unamigo... un hermano... que nada pide para sí, sólo desea ver a usted...porque vivir sin verla me es imposible, lo he ensayado y no tengo elsuficiente valor para privarme de ello; preferiría morir.

»En efecto, veíamos a Carlos casi diariamente; pero, fiel a su promesa,elegía las horas en que mi esposo estaba en casa; y nadie, excepto yo,podía adivinar lo que sufría su corazón. Nunca me dirigió una palabra,una mirada de amor; pero la intensa emoción que le devoraba poníase demanifiesto en sus ojos, y una mirada mía le decía con frecuencia quecomprendía sus sufrimientos y su abnegación.

»Mostrábase grande, pero no tanto como era en realidad. Después dealgunas palabras que se le habían escapado involuntariamente, y de loque Teobaldo me había dicho, comprendí que en el instante en quedebíamos unirnos para siempre, un deber imperioso, sagrado, un deberque yo no podía explicarme, le había separado de mí...

¡Volvía a mí, meamaba siempre; era libre, y yo estaba unida a otro hombre, estabaencadenada para siempre! Una o dos veces me encontré sola con él, yentonces todo su valor y su resolución le faltaban; su emoción era tangrande, que apenas podía hablar; y yo, más conmovida que él, procuraballevar la conversación a la época de nuestra niñez, a los tiempos denuestra juventud; pero, a pesar mío, e impulsada por una secretacuriosidad, concluía siempre por llegar al día de nuestra separación.

—»¿Aquel hombre—decíale,—aquel extranjero que llegó la misma tardedel día en que nos separamos, y que habló largo tiempo con usted, no fuela causa de su partida?

—»Sí—contestábame en tono sombrío:—él fue la causa de que mifelicidad futura desapareciese... me fue necesario huir de usted... Midolor, mi desesperación... no han encontrado consuelo, ni olvido mismales sano con el estudio, con el trabajo. El talento que debo austed... porque todo se lo debo, me ha abierto una carrera en la cualhasta entonces no había pensado. Ella me ha llevado a la fortuna...¡fortuna honrada, se lo aseguro! Su amigo es el amigo de Teobaldo, y noha dejado de ser hombre de bien; si no lo fuese, no estaría en presenciade usted... no se atrevería a fijar los ojos en el ángel que ama, queadora... No, no—repitió bajando la voz:—¡que reverencia, que respeta,y que le han arrebatado para siempre!

»Cuando acabó de pronunciar estas palabras, ocultó el rostro entre susmanos para ocultar su llanto. Pero comprendí su acción.

—»Carlos—le dijo con dulzura:—hay un secreto que pesa sobre la vidade usted.

—»Sí, un secreto que me matará.

—»¿Ese secreto—proseguí,—que ha revelado usted a Teobaldo, no puedoconocerlo?

»Se estremeció y me miró como espantado.

—»¡Ignora usted, pues—continué,—que le estimo tanto como Teobaldo,que le amo tanto como él!... ¡ah! ¡mil veces más!... La proximidad de lamuerte, la vista del cadalso no me hicieron palidecer; ¡y cree usted queun secreto del que depende su suerte no me podrá ser confiado! ¡Teobaldolo guarda por amor a su Dios! Yo lo guardaré por el amor que profeso austed, y el hierro del verdugo no lograría arrancármelo.

»Carlos me miró algunos instantes con amor y reconocimiento; unaradiante mirada brilló en sus ojos y creí que iba a ceder; pero mecontestó con tristeza:

—»¡Juanita, no desee usted saber ese secreto!... Ignórelo siempre si meama; porque no podré decírselo sin morir: ¡el día que lo conozca habrédejado de existir!

»En aquel instante entró mi esposo, y Carlos, haciendo un esfuerzo sobresí mismo, cambió su tristeza en la conversación viva y mordaz que lecaracterizaba.

»Había en la franqueza de sus modales y en la gracia de sus palabras unatractivo que le hacía simpatizar con todo el que le trataba. El Condecedía con frecuencia a su ascendiente y dejábase arrastrar por él,seducido por lo agradable de la conversación; asombrábase de encontrarun placer que no fuese la caza. Habíase acostumbrado de tal modo a lasvisitas de Carlos, que el día que éste no iba estaba de mal humor yregañaba con todo el mundo, sin exceptuarme a mí.

»Por esta época, deseó pasar a un regimiento que iba a Hannover, y suinstancia fue bien admitida; estaba protegido en la corte por una manoinvisible. Pero lo que más me admiraba era que yo había hablado a muchaspersonas de Londres, de Carlos Broschi, y nadie conocía este nombre nihabían oído hablar de la persona así llamada.

»Cierto día presentose un hombre en mi casa y preguntó a mis criados siel señor Broschi debería ir allá, porque no le había encontrado en sualojamiento, según decía, y le era absolutamente necesario verle. Se medio cuenta de aquella visita, e hice entrar al desconocido, como ésteprobablemente esperaba.

»El extranjero era un anciano de buen aspecto, y cuyos cabellos blancosdábanle un aire respetable; su figura estaba llena de bondad y animadapor unos ojos vivos y que aun tenían algo de brillo de la juventud.

»Le hablé de Carlos, y repentinamente levantó la cabeza con una alegríay un orgullo difíciles de explicar. Carlos, según pude deducir, era sudios, su ídolo; y el anciano no encontraba sobre la tierra persona aquien compararle. Pero de pronto, y como si temiese que su entusiasmo lellevase demasiado lejos, cesó de prodigarle sus elogios.

—»No puedo hablar más—decía:—si le conociese usted como yo; sisupiese todo el bien que hace, el oro que derrama a manos llenas... ¡Esun hombre superior... un hombre tan rico y tan humilde... tan modesto ytan dulce! Es la bondad misma... no causará daño a nadie... exceptuando,tal vez, a una persona.

»El anciano enjugó una lágrima que resbalaba por sus mejillas. En cuantoa mí, escuchábale con atención, porque me parecía que una voz conocidallegaba a mis oídos; el extranjero se preparaba a seguir los elogios deCarlos, cuando éste entró en el salón. Apenas vio al desconocido, Carlosse enrojeció; sus ojos, de ordinario tan dulces, lanzaban miradasardientes, y un temblor nervioso agitó todo su cuerpo.

—»¿Usted aquí?—exclamó:—¿Quién le ha permitido venir? ¿quién le hadado permiso para presentarse delante de mí?

—»Sólo he querido verte un instante, Carlos—contestó el ancianotemblando.—

¡Hace tanto tiempo que no he gozado de esta dicha!...

—»¿Qué desea usted?—continuó Carlos procurando disimular su enojo enmi presencia.—Le he señalado diez mil libras de pensión: ¿quierequince, quiere más todavía?

—»No, bien lo sabes tú... no es esto lo que yo quiero.

—»¿Quiere veinte? Pero con la condición de que partirá al instante, yde que no le volveré a ver.

—»Todo lo rehúso, si no me permites que te vea al menos una vez al año.

—»¡Sea!—repuso Carlos, dominado por un acceso de cólera.—¡Peroparta...

aléjese!