Candido, o El Optimismo by 1694-1778 Voltaire - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

Cacambo dió parte de su curiosidad á su huésped, y este le dixo: Yosoy un ignorante, y no me arrepiento de serlo; pero en el pueblotenemos á un anciano retirado de la corte, que es el sugeto mas doctodel reyno, y que mas gusta de comunicar con los otros lo que sabe.Dicho esto, llevó á Cacambo á casa del anciano.

Candido representabala segunda persona, y acompañaba á su criado. Entráron ámbos en unacasa sin pompa, porque las puertas no eran mas que de plata, y lostechos de los aposentos de oro, pero con tan fino gusto labrados, quecon los mas ricos techos podian entrar en cetejo; la antesalasolamente en rubíes y esmeraldas estaba embutida, pero el órden conque estaba todo colocado resarcia esta excesiva simplicidad.

Recibió el anciano á los dos extrangeros en un sofá de plumas decolibrí, y les ofreció varios licores en vasos de diamante, y luegosatisfizo su curiosidad en estos términos. Yo tengo ciento setenta ydos años, y mi difunto padre, caballerízo del rey, me contó lasasombrosas revoluciones del Perú, que habia el presenciado. El reynodonde estamos es la antigua patria de los Incas, que cometiéron eldisparate de abandonarla por ir á sojuzgar parte del mundo, y que alfin destruyéron los Españoles.

Mas prudentes fuéron los príncipes de su familia que permaneciéron ensu patria, y por consentimiento de la nacion dispusiéron que nosaliera nunca ningun habitante de nuestro pequeño reyno: lo qual hamantenido intacta nuestra inocencia y felicidad. Los Españoles hantenido una confusa idea de este pais, que han llamado

ElDorado

; y un Inglés, nombrado el caballero Raleigh, llegó aquícerca unos cien años hace; mas como estamos rodeados de intransitablesbreñas y simas espantosas, siempre hemos vivido exentos de larapacidad europea, que con la insaciable sed que los atormenta de laspiedras y el lodo de nuestra tierra, hubieran acabado con todosnosotros sin dexar uno vivo.

Fué larga la conversacion, y se trató en ella de la forma de gobierno,de las costumbres, de las mugeres, de los teatros y de las artes;finalmente Candido, que era muy adicto á la metafísica, preguntó, pormedio de Cacambo, si tenian religion los moradores. Sonrojóse un pocoel anciano, y respondió: ¿Pues cómo lo dudais? ¿creeis que taningratos somos? Preguntó Cacambo con mucha humildad qué religion erala del Dorado. Otra vez se abochornó el viejo, y le replicó: ¿Acasopuede haber dos religiones? Nuestra religion es la de todo el mundo:adoramos á Dios noche y dia. ¿Y no adorais mas que un solo Dios?repuso Cacambo, sirviendo de intérprete á las dudas de Candido. Comosi hubiera dos, ó tres, ó quatro, dixo el anciano: vaya, que laspersonas de vuestro mundo hacen preguntas muy raras. No se hartabaCandido de preguntar al buen viejo, y queria saber qué era lo quepedian á Dios en el Dorado. No le pedimos nada, dixo el respetable ybuen sabio, y nada tenemos que pedirle, pues nos ha dado todo quantonecesitamos; pero le tributamos sin cesar acciones de gracias. ACandido le vino la curiosidad de ver los sacerdotes, y preguntó dondeestaban; y el venerable anciano le dixo sonriéndose: Amigo mio, aquítodos somos sacerdotes; el rey y todas las cabezas de familia cantantodas las mañanas solemnes cánticos de acciones de gracias, queacompañan cinco ó seis mil músicos.—¿Con que no teneis frayles queenseñen, que arguyan, que gobiernen, que enreden, y que quemen á losque no son de su parecer?—Menester seria que estuviéramos locos,respondió el anciano; aquí todos somos de un mismo parecer, y noentendemos que significan esos vuestros frayles. Estaba Candido comoextático oyendo estas razones, y decia para sí: Muy distinto pais esestede la Vesfalia, y de la quinta del señor baron; si hubiera vistonuestroamigo Panglós el Dorado, no diria que la quinta de Tunderten-tronckera lo mejor que habia en la tierra. Cierto que es bueno viajar.

Acabada esta larga conversacion, hizo el buen viejo poner un cochetirado de seis carneros, y dió á los dos caminantes doce de suscriados para que los llevaran á la Corte. Perdonad, les dixo, si mepriva mi edad de la honra de acompañaros; pero el rey os agasajará demodo que quedeis gustosos, y sin duda disculparéis los estilos delpais, si alguno de ellos os desagrada.

Montáron en coche Candido y Cacambo; los seis carneros iban volando, yen ménos de quatro horas llegáron al palacio del rey, situado á unextremo de la capital. La puerta principal tenia doscientos y veintepiés de alto, y ciento de ancho, y no es dable decir de qué materiaera; mas bien se echa de ver quan portentosas ventajas sacaria á lospedruscos y la arena que llamamos nosotros oro y piedras preciosas.Al apearse Candido y Cacambo del coche, fuéron recibidos por veintehermosas doncellas de la guardia real, que los lleváron al baño, y losvistiéron de un ropage de plumion de colibrí; luego los principalesoficiales y oficialas de palacio los conduxéron al aposento de SuMagestad, entre dos filas de mil músicos cada una, como era estilo.Quando estuviéron cerca de la sala del trono, preguntó Cacambo á unode los oficiales principales como habian de saludar á Su Magestad; sihincados de rodillas ó postrados al suelo; si habian de poner lasmanos en la cabeza ó en el trasero; si habian de lamer el polvo de lasala; finalmente quales eran las ceremonias. La práctica, dixo eloficial, es dar un abrazo al rey, y besarle en ámbas mexillas.Abalanzáronse pues Candido y Cacambo al cuello de Su Magestad, el qualcorrespondió con la mayor afabilidad, y los convidó cortesmente ácenar. Entre tanto les enseñáron la ciudad, los edificios públicos queescalaban las nubes, las plazas de mercado ornadas de mil colunas, lasfuentes de agua clara, las de agua rosada, las de licores de caña, quesin parar corrian en vastas plazas empedradas con una especie depiedras preciosas que esparcian un olor parecido al del clavo y lacanela. Quiso Candido ver la sala del crimen y el tribunal, y ledixéron que no los habia, porque ninguno litigaba: se informó si habiacárcel, y le fué dicho que no; pero lo que mas extrañó y massatisfaccion le causó, fué el palacio de las ciencias, donde vió unagalería de dos mil pasos, llena toda de instrumentos de física ymatemáticas.

Habiendo andado en toda aquella tarde como la milésima parte de laciudad, los traxéron de vuelta á palacio. Candido se sentó á la mesaentre Su Magestad, su criado Cacambo, y muchas señoras; y no se puedeponderar lo delicado de los manjares, ni los dichos agudos que de bocadel monarca se oían. Cacambo le explicaba á Candido los donayres delrey, y aunque traducidos todavía eran donayres; y de todo quanto pasmóá Candido, no fué esto lo que le dexó ménos pasmado.

Un mes estuviéron en este hospicio. Candido decia continuamente áCacambo: Ello es cierto, amigo mio, que la quinta donde yo nací no sepuede comparar con el pais donde estamos; pero al cabo mi Cunegunda nohabita en él, y sin duda que tampoco á tí te faltará en Europa una quebien quieras. Si nos quedamos aquí, serémos uno de tantos; y si damosvuelta á nuestro mundo no mas que con una docena de carneros cargadosde piedras del Dorado, serémos mas ricos que todos los monarcasjuntos, no tendrémos que tener miedo á inquisidores, y con facilidadpodrémos cobrar á la baronesita. Este razonamiento petó á Cacambo: tales la manía de correr mundo, de ser tenido entre los suyos, de haceralarde de lo que ha visto uno en sus viages, que los dos afortunadosse determináron á dexarlo de ser, y á despedirse de Su Magestad.

Haceis un disparate, les dixo el rey: bien se que mi pais vale poco;mas quando se halla uno medianamente bien en un sitio, se debe estaren él. Yo no tengo por cierto derecho para detener á los extrangeros,tiranía tan opuesta á nuestra práctica como á nuestras leyes. Todohombre es libre, y os podeis ir quando quisiéreis; pero es muy arduaempresa el salir de este pais: no es posible subir el raudo río por elqual habeis venido por milagro, y que corre baxo bóvedas de peñascos;las montañas que cercan mis dominios tienen quatro mil varas deelevacion, y son derechas como torres; su anchura coge un espacio dediez leguas, y no es posible baxarlas como no sea despeñándose. Pero,pues estais resueltos á iros, voy á dar órden á los intendentes demáquinas para que hagan una que os pueda transportar con comodidad; yquando os hayan conducido al otro lado de las montañas, nadie os podráacompañar; porque tienen hecho voto mis vasallos de no pasar nunca surecinto, y no son tan imprudentes que le hayan de quebrantar: enquanto á lo demás, pedidme lo que mas os acomode. No pedimos queVuestra Magestad nos dé otra cosa, dixo Cacambo, que algunos carneroscargados de víveres, de piedras y barro del pais. Rióse el rey, ydixo: No se qué, pasion es la que tienen vuestros Europeos á nuestrobarro amarillo; llévaos todo el que querais, y buen provecho os haga.

Inmediatamente dió órden á sus ingenieros que hicieran una máquinapara izar fuera del reyno á estos dos hombres extraordinarios: tresmil buenos físicos trabajáron en ella, y se concluyó al cabo de quincedias, sin costar arriba de cien millones de duros, moneda del pais.Metiéron en la máquina á Candido y á Cacambo: dos carneros grandesencarnados tenian puesta la silla y el freno para que montasen enellos así que hubiesen pasado los montes, y los seguian otros veintecargados de víveres, treinta con preseas de las cosas mas curiosas queen el pais habia, y cincuenta con oro, diamantes, y otras piedraspreciosas. El rey dió un cariñoso abrazo á los dos vagamundos. Fuécosa de ver su partida, y el ingenioso modo con que los izáron á ellosy á sus carneros á la cumbre de las montañas. Habiéndolos dexado enparage seguro, se despidiéron de ellos los físicos; y Candido no tuvootro hipo ni otra idea que ir á presentar sus carneros á labaronesita. A bien que llevamos, decia, con que pagar al gobernador deBuenos-Ayres, si es dable poner precio á mi Cuncgunda: vamos á la islade Cayena, embarquémonos, y luego verémos qué reyno habernos de poneren ajuste.

CAPITULO XIX.

De los sucesos de Surinam, y del conocimiento que hizo Candido deMartin.

La primera jornada de nuestros dos caminantes fué bastante agradable,llevados en alas de la idea de encontrarse posesores de mayorestesoros que quantos en Asia, Europa y Africa se podian reunir.

Elenamorado Candido grabó el nombre de Cunegunda en las cortezas de losárboles. A la segunda jornada se atolláron en pantanos dos carneros, ypereciéron con la carga que llevaban; otros dos se muriéron decansancio algunos dias despues; luego pereciéron de hambre de siete áocho en un desierto; de allí á algunos dias se cayéron otros en unassimas: por fin á los cien dias de viage no les quedáron mas que doscarneros. Candido dixo á Cacambo: Ya ves, amigo, que deleznables sonlas riquezas de este mundo; nada hay sólido, como no sea la virtud, yla dicha de volver á ver á Cunegunda. Confiéselo así, dixo Cacambo;pero todavía tenemos dos carneros con mas tesoros que quantos podráposeer el rey de España, y desde aquí columbro una ciudad, que presumoque ha de ser Surinam, colonia holandesa. Al término de nuestrasmiserias tocamos, y al principio de nuestra ventura.

En las inmediaciones del pueblo encontráron á un negro tendido en elsuelo, que no tenia mas que la mitad de su vestido, esto es de unoscalzoncillos de lienzo crudo azul, y al pobre le faltaba la piernaizquierda y la mano derecha. ¡Dios mió! le dixo Candido, ¿qué hacesahí, amigo, en la terrible situacion en que te veo?

Estoy aguardando ámi amo el señor de Vanderdendur, negociante afamado, respondió elnegro. ¿Ha sido por ventura el señor Vanderdendur quien tal te haparado? dixo Candido. Sí, Señor, respondió el negro; así es práctica:nos dan un par de calzoncillos de lienzo dos veces al año para que nosvistamos; quando trabajamos en los ingenios de azúcar, y nos coge undedo la piedra del molino, nos cortan la mano; quando nos queremosescapar, nos cortan una pierna: yo me he visto en ámbos casos, y á eseprecio se come azúcar en Europa; puesto que quando en la costa deGuinea me vendió mi madre por dos escudos patagones, me dixo: Hijoquerido, da gracias á nuestros fetiches, y adóralos sin cesar, paraque vivas feliz; ya logras de ellos la gracia de ser esclavo denuestros señores los blancos, y de hacer afortunados á tu padre y á tumadre.

Yo no se ¡ay! si los he hecho afortunados; lo que se es queellos me han hecho muy desdichado, y que los perros, los monos y lospapagayos lo son mil veces ménos que nosotros. Los fetiches holandesesque me han convertido, dicen que los blancos y los negros somos todoshijos de Adan. Yo no soy genealogista, pero si los predicadores dicenla verdad, todos somos primos hermanos; y cierto que no es posibleportarse de un modo mas horroroso con sus propios parientes.

O Panglós, exclamó Candido, esta abominacion no la habias túadivinado: se acabó, será fuerza que abjure tu optimismo. ¿Qué es eloptimismo? dixo Cacambo. Ha, respondió Candido, es la manía desustentar que todo está bien quando está uno muy mal. Vertia lágrimasal decirlo contemplando al negro, y entró llorando en Surinam.

Lo primero que preguntáron fué si habia en el puerto algun navío quese pudiera fletar para Buenos-Ayres.

El hombre á quien se lopreguntáron era justamente un patron español que les ofrecióajustarse en conciencia con ellos, y les dió cita en una hostería,adonde Candido y Cacambo le fuéron á esperar con sus carneros.

Candido que llevaba siempre el corazon en las manos contó todas susaventuras al Español, y le confesó que queria robar á la baronesitaCunegunda. Ya me guardaré yo, le respondió, de pasarlos á vms. áBuenos-Ayres, porque seria irremisiblemente ahorcado, y vms. ni mas niménos; que la hermosa Cunegunda es la dama en privanza de SuExcelencia. Este dicho fué una puñalada en el corazon de Candido:lloró amalgamente, y despues de su llanto, llamando aparte á Cacambo,le dixo: Escucha, querido amigo, lo que tienes que hacer; cada uno denosotros lleva en el bolsillo uno ó dos millones de pesos endiamantes, y tu eres mas astuto que yo: vete á Buenos-Ayres, en buscade Cunegunda. Si pone el gobernador alguna dificultad, dale cien milduros; si no basta, dale doscientos mil: tu no has muerto á inquisidorninguno, y nadie te perseguirá. Yo fletaré otro navío, y te iré áesperar á Venecia; que es pais libre, donde no hay ni Bulgaros, niAbaros, ni Judíos, ni inquisidores que temer. Parecióle bien áCacambo tan prudente determinacion, puesto que sentia á par de muertehaberse de separar de amo tan bueno; pero la satisfaccion de servirlepudo mas con el que el sentimiento de dexarle. Abrazáronse derramandomuchas lágrimas; Candido le encomendó que no se olvidara de la buenavieja; y Cacambo se partió aquel mismo dia: el tal Cacambo era unexcelente sugeto.

Detúvose algún tiempo Candido en Surinam, esperando á que hubiese otropatron que le llevase á Italia con los dos carneros que le habian,quedado. Tomó criados para su servicio, y compró todo quanto eranecesario para un viage largo; finalmente se le presentó el señorVanderdendur, armador de una gruesa embarcacion.

¿Quanto pide vm., lepreguntó, por llevarme en derechura á Venecia, con mis criados, mibagage, y los dos carneros que vm. ve ? El patron pidió diez mil duros,y Candido se los ofreció sin rebaxa. ¡Hola, hola! dixo entre sí elprudente Vanderdendur, ¿con que esté extrangero da diez mil duros sinregatear? Menester es que sea muy rico. Volvió de allí á un rato, ydixo que no podia hacer el viage por ménos de veinte mil. Veinte mille daré á vm., dixo Candido. Toma, dixo en voz baxa el mercader, ¿conque da veinte mil duros con la misma facilidad que diez mil? Otra vezvolvió, y dixo que no le podia llevar á Venecia si no le daba treintamil duros. Pues treinta mil serán, respondió Candido. Ha, ha, murmuróel holandés, treinta mil duros no le cuestan nada á este hombre; sinduda que en los dos carneros lleva inmensos tesoros: no insistamosmas; hagamos que nos pague los treinta mil duros, y luego verémos.Vendió Candido dos diamantes, que el mas chico valia mas que todoquanto dinero le habia pedido el patron, y le pagó adelantado. Estabanya embarcados los dos carneros, y seguia Candido de léjos en unalancha para ir al navío que estaba en la rada; el patron se aprovechade la ocasion, leva anclas, y sesga el mar llevando el viento en popa.En breve le pierde de vista Candido confuso y desatentado. ¡Ay!exclamaba, esta picardía es digna del antiguo hemisferio. Vuélvese ála playa anegado en su dolor, y habiendo perdido lo que bastaba parahacer ricos á veinte monarcas. Fuera de sí, se va á dar parte al juezholandés, y en el arrebato de su turbacion llama muy recio á lapuerta, entra, cuenta su cuita, y alza la voz algo mas de lo que eraregular. Lo primero que hizo el juez fué condenaile á pagar diez milduros por la bulla que habia metido: oyóle luego con mucha pachorra,le prometió que exâmininaria el asunto así que voliera el mercader, yexîgió otros diez mil duros por los derechos de audiencia.

Esta conducta acabó de desesperar á Candido; y aunque á la verdadhabia padecido otras desgracias mil veces mas crueles, la calma deljuez y del patron que le habia robado le exâltaron la cólera, y leocasionáron una negra melancolía. Presentábase á su mente la maldadhumana con toda su disformidad, y solo pensamientos tristes revolvia.Finalmente estando para salir para Burdeos un navío francés, y noquedándole carneros cargados de diamantes que embarcar, ajustó en loque valia un camarote del navío, y mandó pregonar en la ciudad quepagaba el viage y la manutencion, y daba dos mil duros á un hombre debien que le quisiera acompañar, con la condición de que fuese el masdescontento de su suerte, y el mas desdichado de la provincia.Presentóse una cáfila tal de pretendientes, que no hubieran podidocaber en una esquadra.

Queriendo Candido escoger los que mejoreducados parecian, señaló hasta unos veinte que le parecieron massociables, y todos pretendían que merecían la preferencia. Reuniólosen su posada, y los convidó á cenar, poniendo por condicion quehiciese cada uno de ellos juramento de contar con sinceridad supropia historia, y prometiendo escoger al que mas digno de compasiony mas descontento con justicia de su suerte le pareciese, y dar á losdemas una gratificacion. Duró la sesion hasta las quatro de lamadrugada; y al oir sus aventuras ó desventuras se acordaba Candido delo que le habia dicho la vieja quando iban á Buenos-Ayres, y de laapuesta que habia hecho de que no habia uno en el navío á quien nohubiesen acontecido gravísimas desdichas. A cada lástima que contaban,pensaba en Panglós, y decia: El tal Panglós apurado se habia de verpara demostrar su sistema: yo quisiera que se hallase aquí. Es ciertoque si está todo bien, es en el Dorado, pero no en lo demas de latierra. Finalmente se determinó enfavor de un hombre docto y pobre,que habia trabajado diez años para los libreros de Amsterdan,creyendo que no habia en el mundo oficio que mas aperreado traxese alque le exercitaba. Fuera de eso este docto sugeto, que era hombre demuy buena pasta, habia sido robado por su muger, aporreado por suhijo, y su hija le habia abandonado, y se habia escapado con unPortugués. Le acababan de quitar un miserable empleo con el qualvivia, y le perseguian los predicantes de Surinam, porque le tachabande sociniano. Hase de confesar que los demas eran por lo menós tandesventurados como él; pero Candido esperaba que con el docto seaburriria ménos en el viage. Todos sus competidores se quejáron de lainjusticia manifiesta de Candido; mas este los calmó repartiendo cienduros á cada uno.

CAPITULO XX.

De lo que sucedió á Candido y á Martin durante la navegacion.

Embarcóse pues para Burdeos con Candido el docto anciano, cuyo nombreera Martin. Ambos habian visto y habian padecido mucho; y aun quandoel navío hubiera ido de Surinam al Japon por el cabo de BuenaEsperanza, no les hubiera en todo el viage faltado materia paradiscurrir acerca del mal físico y el mal moral. Verdad es que Candidole sacaba muchas ventajas á Martin, porque llevaba la esperanza dever á su Cunegunda, y Martin no tenia cosa ninguna que esperar: y lequedaba oro y diamantes; de suerte que aunque habia perdido ciencarneros grandes cargados de las mayores riquezas de la tierra, yaunque le escarbaba continuamente la bribonada del patron holandés,todavía quando pensaba en lo que aun llevaba en su bolsillo, y hablabade Cunegunda, con especialidad después de comer, se inclinaba alsistema de Panglós.

Y vm., señor Martín, le dixo al docto, ¿qué piensade todo esto? ¿qué opinion lleva cerca del mal físico y el mal moral?Señor, respondió Martin, los clérigos me han acusado de ser sociniano;pero la verdad es que soy maniquéo. Ese es cuento, replicó Candido,que ya no hay maniquéos en el mundo. Pues yo en el mundo estoy, dixoMartin, y es la realidad que no está en mi creer otra cosa. Menesteres que tenga vm. el diablo en el cuerpo, repuso Candido. Tanto papeleaen este mundo, dixo Martin, que muy bien puede ser que esté en micuerpo lo mismo que en otra parte. Confieso que quando tiendo la vistapor este globo ó glóbulo, se me figura que le ha dexado Dios ádisposicion de un ser maléfico, exceptuando el Dorado. Aun no he vistoun pueblo que no desee la ruina del pueblo inmediato, ni una familiaque no quisiera exterminar otra familia.

En todas partes los menudosexêcran de los grandes, y se postran á sus plantas; y los grandes lostratan como viles rebaños, desollándolos y comiéndoselos. Un millon deasesinos en regimientos andan corriendo la Europa entera, saqueando ymatando con disciplina, porque no saben oficio mas honroso; en lasciudades que en apariencia disfrutan la paz, y en que florecen lasartes, estan roidos los hombres de mas envidia, inquietudes y afanes,que quantas plagas padece una ciudad sitiada. Todavía son mas crueleslos pesares secretòs que las miserias públicas; en una palabra, hevisto tanto y he padecido tanto, que soy maniquéo.

Cosas buenas hay,no obstante, replicó Candido. Podrá ser, decía Martin, mas no hanllegado á mi noticia.

En esta disputa estaban quando se oyéron descargas de artillería. Deuno en otro instante crecia el estruendo, y todos se armáron de unanteojo. Veíanse como á distancia de tres millas dos navios quecombatían, y los traxo el viento tan cerca del navío francés á uno y áotro, que tuviéron el gusto de mirar el combate muy á su sabor. Alcabo uno de los navios descargó una andanada con tanto tino y acierto,y tan á flor de agua, que echó á pique á su contrario. Martin yCandido distinguiéron con mucha claridad en el combes de la nave quezozobraba unos cien hombres que todos alzaban las manos al cielo dandoespantosos gritos; en un punto se los tragó á todos la mar.

Vea vm., dixo Martin, pues así se tratan los hombres unos á otros.Verdad es, dixo Candido, que anda aquí la mano del diablo. Diciendoesto, advirtió cierta cosa de un encarnado muy subido, que nadabajunto al navio; echáron la lancha para ver que era, y era uno de suscarneros. Mas se alegró Candido con haber recobrado este carnero, quelo que habia sentido la pérdida de ciento cargados todos de diamantesgruesos del Dorado.

En breve reconoció el capitán del navío francés que el del navíosumergidor era Español, y el del navío sumergido un pirata holandés,el mismo que habia robado á Candido. Con el pirata se hundiéron en elmar las inmensas riquezas de que se habia apoderado el infame, y solose libertó un carnero. Ya ve vm., dixo Candido á Maitin, que á vecesllevan los delitos su merecido: este pícaro de patrón holandés hasufrido la pena digna de sus maldades. Está bien, dixo Martin, pero¿porqué han muerto los pasageros que venian en su navío? Dios hacastigado al malo, y el diablo ha ahogado á los buenos.

Seguían en tanto su derrota el navío francés y el español, y Candidoen sus conversaciones con Martin.

Quince dias sin parar disputáron, ytan adelantados estaban el último como el primero; pero hablaban, secomunicaban sus ideas, y se consolaban. Candido pasando la mano por ellomo á su carnero le decía: Una vez que te he hallado á tí, tambienpodié hallar á Cunegunda.

CAPITULO XXI.

Donde se da cuenta de la plática de Candido y Martín, al acercarseá las costas de Francia.

Avistaronse al fin las costas de Francia. ¿Ha estado vm. en Francia,señor Martin? dixo Candido. Sí, Señor, respondió Martin, y he corridomuchas provincias: en unas la mitad de los habitantes son locos, enotras muy retrecheros, en estas bastante bonazos y bastante tontos, yen aquellas lo dan por ladinos. En todas la ocupacion principal esenamorar, murmurar la segunda, y la tercera decir majaderías.—¿Y havisto vm. á Paris, señor Martin?—He visto á París, que es unamenestra de páxaros de todas clases, un caos, una prensa, donde todoel mundo anhela por placeres, y casi nadie los halla, á lo ménos segunme ha parecido. Estuve poco tiempo; al llegar, me robáron quanto traíaunos rateros en la plaza de San German; luego me reputáron á mi porladron, y me tuviéron ocho dias en la cárcel; y al salir libre entrécomo corrector en una imprenta, para ganar con que volverme á pié áHolanda. He conocido la canalla escritora, la canalla enredadora, y lacanalla convulsa. Dicen que hay algunas personas muy cultas en estepueblo, y creo que así será.

Yo por mi no tengo hipo ninguno por ver la Francia, dixo Candido; bienpuede vm. considerar que quien ha vivido un mes en el Dorado no secura de ver cosa ninguna de este mundo, como no sea Cunegunda. Voy áesperarla á Venecia, y atravesarémos la Francia para ir á Italia: ¿meacompañará vm.? Con mil amores, respondió Martin; dicen que Veneciasolo para los nobles Venecianos es buena, puesto que hacen muchoagasajo á los extrangeros que llevan mucho dinero: yo no le tengo,pero vm. sí, y le seguiré adonde quiera que fuere. Hablando de otracosa, dixo Candido, ¿cree vm. que la tierra haya sido antiguamentemar, como lo afirma aquel libro gordo que es del capitan del buque? Nopor cierto, replicó Martin, como ni tampoco los demas adefesios quenos quieren hacer tragar de algun tiempo acá. ¿Pues para qué finpiensa vm. que fué criado el mundo? continuó Candido. Para hacernosdar al diablo, respondió Martin. ¿No se pasma vm., siguió Candido, delamor de las dos mozas del pais de los Orejones á los dos ximios, queconté á vm.? Muy léjos de eso, repuso Martin; no veo que tenga nada deextraño esa pasion, y he visto tantas cosas extraordinarias, que nadase me hace extraordinario. ¿Cree vm., le dixo Candido, que en todostiempos se hayan degollado los hombres como hacen hoy, y que siemprehayan sido embusteros, aleves, pérfidos, ingratos, ladrones, flacos,mudables, viles, envidiosos, glotones, borrachos, codiciosos,ambiciosos, sangrientos, calumniadores, disolutos, fanáticos,hipócritas y necios? ¿Cree vm., replicó Martin, que los milanos sehayan, siempre engullido las palomas, quando han podido dar con ellas?Sin duda, dixo Candido.

Pues bien, continuó Martin, si los milanossiempre han tenido las mismas inclinaciones, ¿porqué quiere vm.

quelas de los hombres hayan ariado? No, dixo Candido, eso es muydiferente porque el libre albedrío…..

Así discurrian, quandoaportáron á Burdeos.

CAPITULO XXII.

De los sucesos que en Francia aconteciéron á Candido y áMartin.

No se detuvo Candido en Burdeos mas tiempo que el que le fué necesariopara vender algunos pedernales del Dorado, y comprar una buena sillade posta de dos asientos, porque no podia ya vivir sin su filósofoMartin. Lo único que sintió fué tenerse que separar de su carnero, quedexó á la Academia de ciencias de Burdeos, la qual propuso por asuntodel premio de aquel año determinar porque la lana de aquel carnero eraencarnada; y se le adjudicó á un docto del Norte, que demostró por Amas B, ménos C dividido por Z, que era forzoso que fuera aquel carneroencarnado, y que se muriese de la moniña.

Todos quantos caminantes topaba Candido en los mesones le decian:Vamos á Paris. Este general prurito le inspiró al fin deseos de veresta capital, en lo qual no se desviaba mucho de la dirección deVenecia. Entró por el arrabal de San Marcelo, y creyó que estaba en lamas sucia aldea de Vesfalia. Apénas llegó á la posada, le acometióuna ligera enfermedad originada del cansancio; y como llevaba al dedoun enorme diamante, y habian advertido en su coche una caxa muypesada, al punto se le acercáron dos doctores médicos que no habiamandado llamar, varios íntimos amigos que no se apartaban de él, y dosdevotas mugeres que le hacian caldos. Decia Martin: Bien me acuerdo dehaber estado yo malo en Paris, quando mi primer viage; pero era muypobre, y así ni tuve amigos, ni devotas, ni médicos, y sané muypresto.

Las resultas fuéron que á poder de sangrías, recetas y médicos, seagravó la enfermedad de Candido. Al fin sanó; y miéntras estabaconvaleciente, le visitáron muchos sugetos de trato fino, que cenabancon él. Habia juego fuerte, y Candido se pasmaba de que nunca levenian, buenos naypes; pero Martin no lo extrañaba.

Entre los que mas concurrian á su casa habia un cierto abate, que erade aquellos hombres diligentes, siempre listos para todo quanto lesmandan, serviciales, entremetidos, halagüeños, descarados, buenos paratodo, que atisban á los forasteros que llegan á la capital, lescuentan los sucesos mas escandalosos que acontecen, y les brindan conplaceres á qualquier precio. Lo primero que hizo fué llevar á lacomedia á Martin y á Candido. Representaban una tragedia nueva, yCandido se encontró al lado de unos quantos hypercríticos, lo qual nole quitó que llorase al ver algunas escenas representadas con la mayorperfeccion.

Uno de los hypercríticos que junto á el estaban, le dixoen un entre-acto: Hace vm. muy mal en llorar; esa comedianta esmalísima, y el que representa con ella peor todavía, y peor latragedia que los actores: el autor no sabe palabra de arábigo, y hapuesto la escena en la Arabia; sin contar con que es hombre que creeque no hay ideas innatas: mañana le traeré á vm. veinte folletoscontra él. Caballero, ¿quantas composiciones dramáticas tienen vms. enFrancia? dixo Candido al abate; y este respondió: Cinco o séis mil.Mucho es, dixo Candido; ¿y quantas buenas hay? Quince ó diez y seis,replicó el otro. Mucho es, dixo Martin.

Salió Candido muy satisfecho con una cómica que hacia el papel de lareyna Isabel de Inglaterra, en una tragedia muy insulsa que algunasveces se representa. Mucho me gusta esta actriz, le dixo á Martin,porque se da ayre á Cunegunda; mucho gusto tendria en hacerle unavisita. El abate, se brindó á llevarle á su casa. Candido criado enAlemania preguntó qué ceremonias eran las que se estilaban en Franciapara tratar con las reynas de Inglaterra. Distingo, dixo el abate: enlas provincias las llevan á comer á los mesones, en Paris las respetanquando son bonitas, y las tiran al muladar después de muertas. ¡Almuladar las reynas! dixo Candido. Verdad es, dixo Martin; razon tieneel señor abate: en Paris estaba yo quando la señora Monima pasó, comodicen, de esta á mejor vida, y le negáron lo que esta gente llama

sepultura en tierra santa

, lo qual significa podrirse con todala pobretería de la parroquia en un hediondo cementerio, y laenterráron sola y señera en un rincon de su jardin, lo qual le causósin duda muchísima pesadumbre, porque tenia muy hidalgospensamientos. Accion de mala crianza fué en efecto, dixo Candido.

¿Quéquiere vm., dixo Martin, si estas gentes son así? Imagínese vm. todaslas contradicciones, y todas las incompatibilidades posibles, y lashallará reunidas en el gobierno, en los tribunales, en las iglesias,y en los espectáculos de esta donosa nacion. ¿Y es cierto que en Parisse ríe la gente de todo? Verdad es, dixo el abate, pero se ríendándose al diablo; se lamentan de todo dando careajadas de risa; yriéndose se cometen las mas detestables acciones.

¿Quién es, dixo Candido, aquel marrano que tan mal hablaba de latragedia que tanto me ha hecho llorar, y de los actores que tantogusto me han dado? Un malandrin, respondió el abate, que gana la vidahablando mal de todas las composiciones dramáticas y de todos loslibros que salen; que aborrece á todo aquel que es aplaudido, comoaborrecen los eunucos á los que gozan; una sierpe de la literatura,que vive de ponzoña y cieno; un folletista. ¿Qué llama vm. folletista?dixo Candido. Un compositor de folletos, dixo el abate, un Freron, óun Ostolaza. Así discurrian Candido, Martin y el abate en laescalera del coliseo, miéntras que iba saliendo la gente, concluida lacomedia. Puesto que tengo muchísimos deseos de ver á Cunegunda, dixoCandido, bien quisiera cenar con la primera trágica, que me haparecido un portento. No era hombre el abate que tuviese entrada encasa de la tal primera actriz, que solo recibia sugetos del mas finotrato. Está ocupada esta noche, respondió; pero tendré la honra dellevar á vm. á casa de una señora de circunstancias, y conocerá áParís allí como si hubiera vivido en el muchos años.

Candido, que naturalmente era amigo de saber, se dexó llevar á casa dela tal señora: estaban ocupados los tertulianos en jugar á la banca, ydoce tristes apuntes tenian en la mano cada uno un juego de naypes,archivo de su mala ventura. Reynaba un profundo silencio; teñidoestaba el semblante de los apuntes de una macilenta amarillez, y seleía la zozobra en el del banquero; y la señora de la casa, sentadajunto al despiadado banquero, con ojos de lince anotaba todos losparolis, y todos los sietelevares con que doblaba cada jugador susnaypes, haciéndoselos desdoblar con un cuidado muy escrupuloso, perocon cortesía y sin enfadarse, por temor de perder sus parroquianos.Llamábanla la marquesa de Paroliñac; su hija, muchacha de quince años,era uno de los apúntes, y con un guiñar de ojos advertía á su madrelas picardigüelas de los pobres apuntes que procuraban enmendar losrigores de la mala suerte. Entráron el abate, Candido y Martin, ynadie se levantó á darles las buenas noches, ni los saludó, ni losmiró siquiera; tan ocupados todos estaban en sus naypes. Mas cortésera la señora baronesa de Tunder-tentronck, dixo entre sí Candido.

Acercóse en esto el abate al oido de la marquesa, la qual semedio-levantó de la silla, honró á Candido con una risita agraciada, yáMartin haciéndole cortesía con la cabeza con magestuoso ademan; mandóluego que traxeran á Candido asiento y una baraja, y este perdió endos tallas diez mil duros. Cenaron luego con mucha jovialidad, y todosestaban atónitos de que Candido no sintiese mas lo que perdia. Loslacayos en su idioma lacayuno se decían unos á otros: Preciso es quesea un mylord inglés.

La cena se parecia á casi todas las cenas de Paris; primero muchosilencio, luego un estrépito de palabras que no se entendian, chistesluego, casi todos muy insulsos, noticias falsas, malos raciocinios,algo de política, y mucha murmuracion; despues habláron de obrasnuevas. Pasáron luego á tratar de teatros, y el ama de casa preguntóporque habia ciertas tragedias que se representaban con freqüencia, yque nadie podia leer. Un hombre de fino gusto que habia entre losconvidados, explicó con mucha claridad como podia interesar unatragedia que tuviera poquísimo mérito, probando en breves razones queno bastaba traer por los cabellos una ó dos situacíones de aquellasque tan freqüentes son en las novelas, y siempre embelesan á losoyentes; que es menester novedad sin extravagancia, sublimidad áveces, y naturalidad siempre; conocer el corazon del hombre y elestilo de las pasiones; ser gran poeta, sin que parezca poeta ningunode los interlocutores; saber con perfeccion su idioma, hablarle conpureza, y con harmonía continua, sin sacrificar nunca el sentido alconsonante. Todo aquel que no observare todas estas reglas, añadió,muy bien podrá componer una ó dos tragedias que sean aplaudidas en elteatro, mas nunca pasará plaza de buen escritor.

Poquísimas tragediashay buenas: unas son idylios en coloquios bien escritos y bienversificados; otras disertaciones de política que infunden sueño, óamplificaciones que cansan; otras desatinos de un energúmeno en estilobárbaro, razones cortadas, apóstrofes interminables á los Dioses nosabiendo que decir á los hombres, falsas máxîmas, y lugares comuneshinchados.

Escuchaba con mucha atención Candido este razonamiento, y formó por élaltísima idea del orador; y como había tenido la marquesa la atencionde colocarle á su lado, se tomó la licencia de preguntarle al oidoquien era un hombre que tan de perlas hablaba. Ese es un docto, dixola dama, que nunca apunta, y que me trae á cenar algunas veces elabate, que entiende perfectamente de tragedias y libros, y que hacompuesto una tragedia que silbáron, y un libro del qual un soloexemplar que me dedicó ha salido de la tienda de su librero. ¡Quévaron tan eminente! dixo Candido, es otro Panglós; y volviéndose háciaél le dixo: ¿Sin duda, Caballero, que es vm. de dictámen de que todoestá perfectamente en el mundo físico y en el moral, y de que nadapodia suceder de otra manera? ¡Yo, caballero! le respondió el docto;nada ménos que eso. Todo me parece que va al revés en nuestro pais, yque nadie sabe ni qual es su estado, ni qual su cargo, ni lo que hace,ni lo que debiera hacer; y que excepto la cena que es bastante jovial,y donde la gente está bastante acorde, todo el resto del tiempo seconsume en impertinentes contiendas; de jansenistas con motinistas,de parlamentarios con eclesiásticos, de literatos con literatos, depalaciegos con palaciegos, de alcabaleros y diezmeros con el pueblo,de mugeres con maridos, y de parientes con parientes; por fin unaguerra perdurable.

Replicóle Candido: Cosas peores he visto yo; pero un sabio que despuestuvo la desgracia de ser ahorcado, me enseñó que todas esas cosas sondechado de perfecciones, y sombras de una hermosa pintura.

Eseahorcado se reía de la gente, dixo Martin, y esas sombras sen manchashorrorosas, Los hombres son los que echan esas manchas, dixo Candido,y no pueden hacer ménos. ¿Con que no es culpa de ellos?

replicóMartin. Bebian en tanto la mayor parte de los apuntes, que noentendian una palabra de la materia; Martin discurria con el hombredocto, y Candido contaba parte de sus aventuras al ama de la casa.

Despues de cenar, llevó la marquesa á su retiete á Candido, y le sentóen un canapé. ¿Con que está vm.

enamorado perdido de Cunegunda, labaronesita de Tunder-ten-tronck? Sí, Señora, respondió Candido.Replicóle la marquesa con una amorosa sonrisa: Vm. responde como unmozo de Vesfalia; un Francés me hubiera dicho: Verdad es, Señora, quehe querido á Cunegunda, pero quando la miro á vm., me temo noquererla. Yo, Señora, dixo Candido, responderé como vm. quisiere. Lapasión de vm., dixo la marquesa, empezó alzando un pañuelo, y yoquiero que vm. alce mi liga. Con toda mi alma, dixo Candido, y lalevantó del suelo. Ahora quiero que me la ponga, continuó la dama, yCandido se la puso. Mire vm., repuso la dama, vm. es extrangero: á misamantes de Paris los hago yo penar á veces quince dias seguidos, peroá vm. me rindo desde la primera noche, porque es menester tratarcortesmente á un buen mozo de Vesfalia. La buena caña que habíareparado en dos diamantes enormes de dos sortijas del extrangero buenmozo, tanto se los alabó, que de los dedos de Candido pasáron á los dela marquesa.

Al volverse Candido á su casa con el abate, sintió algunosremordimientos por haber cometido una infidelidad á Cunegunda; y elseñor abate tomó parte en su sentimiento, porque le habia cabido unamuy pequeña en los diez mil duros perdidos por Candido al juego, y enel valor de los dos brillantes, medio-dados y medio-estafados: y erasu ánimo aprovecharse todo quanto pudiese de lo que el trato deCandido le podía valer. Hablábale sin cesar de Cunegunda, y Candidole dixo que quando la viera en Venecia, le pediria perdon de lainfidelidad que acababa de cometer.

Cada dia estaba el abate mas cortés y mas atento, interesándole todoquanto decía Candido, todo quanto hacia, y quanto quería hacer. ¿Conque está vm. aplazado por la baronesita para Venecia? le dixo. Sí,señor abate, respondió Candido, tengo precision de ir allá á buscar áCunegunda. Llevado entónces del gusto de hablar de su amada, le contó,como era su costumbre, parte de sus aventuras con esta ilustreVesfaliana. Bien creo, dixo el abate, que esa señorita tiene muchotalento, y escribe muy bonitas cartas. Nunca me ha escrito, dixoCandido, porque se ha de figurar vm. que quando me echáron de lagranja por amor de ella, no le pude escribir; que poco después supeque era muerta, que despues me la encontré, y la volví á perder, y quele he despachado un mensagero á dos mil y quinientas leguas de aquí,que aguardo con su respuesta.

Escuchóle con mucha atención el abate, se paró algo pensativo, y sedespidió luego de ámbos extrangeros, abrazándolos tiernamente. Al otrodia, ántes de levantarse de la cama, diéron á Candido la esquelasiguiente:

"Muy Señor mió, y mi querido amante: ocho días hace queestoy mala en esta ciudad, y acabo de saber que se encuentra vm. enella. Hubiera ido volando á echarme en sus brazos, si me pudieramenear. He sabido que habia vm. pasado por Burdeos, donde se haquedado el fiel Cacambo y la vieja, que llegarán muy en breve.

Elgobernador de Buenos-Ayres se ha quedado con todo quanto Cacambollevaba; pero el corazón de vm.

me queda. Venga vm. á verme; supresencia me dará la vida, ó hará que me muera de alegría."

Una carta tan tierna, y tan poco esperada, puso á Candido en unaimponderable alegría, pero la enfermedad de su amada Cunegunda letraspasaba de dolor. Fluctuante entre estos dos afectos, agarra ápuñados el oro y los diamantes, y hace que le lleven con Martin á laposada donde estaba Cunegunda alojada: entra temblando con la ternura,latiéndole el corazon, y el habla interrumpida con sollozos; quieredescorrer las coitinas de la cama, y manda que traygan luz. No hagavm. tal, le dixo la criada, la luz le hace mal; y volvió á correr lacortina. Amada Cunegunda, dixo llorando Candido: ¿cómo te hallas? Nopuede hablar, dixo la criada. Entónces la enferma sacó fuera de lacama una mano muy suave que bañó Candido un largo rato con lágrimas, yque llenó lurgo de diamantes, desando un saco de oro encima deltaburete.

En medio de sus arrebatos se aparece un alguacil acompañado del abatey de seis corchetes. ¿Con que estos son, dixo, los dos extrangerossospechosos? y mandó incontinenti que los ataran y los llevaran á lacárcel.

No tratan de esta manera en el Dorado á los forasteros, dixoCandido. Mas maniquéo soy que nunca, replicó Martin. Pero, señor,¿adonde nos lleva vm.? dixo Candido. A un calabozo, respondió elalguacil.

Martin, que se habia recobrado del primer sobresalto, sospechó que laseñora que se decia Cnnegunda era una buscona, el señor abate untunante que habia abusado del candor de Candido, y el alguacil otrotuno de quien no era difícil desprenderse. Por no exponerse á tenerque lidiar con la justicia, y con el hipo que tenia de ver á laverdadera Cunegunda, Candido, por consejo de Maitin, ofreció alalguacil tres diamantillos de tres mil duros cada uno. Ha, señor, ledixo el hombre de vara de justicia, aunque hubiera vm. cometido todoslos delitos imaginables, seria el mas hombre de bien de este mundo.¡Tres diamantes de tres mil duros cada uno! La vida perderia yo porvm., para lue le lleve á un calabozo. Todos los extrangeros sonarrestados, pero déxelo por mi cuenta, que yo tengo mi hermano enDiepe en la Normandía, y le llevaré alla; y si tiene vm. algunosdiamantes que darle, le tratará como yo propio. ¿Y porqué arrestan átodos los extranjeros? dixo Candido. El abate tomando entónces elhilo, respondió: Porque un miserable andrajoso del país de Atrebácia[Footnote: Artois. Daiuieu, el que hirió á Luis XV, era natural deArras, capital del Artois.], que había oido decir disparates, hacometido un parricidio, no como el del mes de Mayo de 1610,

[Footnote:Francisco Kavaillac mató á Henrique IV de una puñalada en Mayo de1610.] sino como el del mes de Diciembre de 1594, [Footnote: JuanClialel, en Diciembre de 1594, hirió á Henrique quarto; pero la heridano fué de peligro.] y como otros muchos cometidos otros años y otrosmeses por andrajosos que habian oido decir disparates.

Entónces explicó el alguacil lo que habia apuntado el abate. ¡Quémonstruos! exclamó Candido. ¿Cómo se cometen tamañas atrocidades enun pueblo que canta y bayla? ¿Quando saldré yo de este pais dondeazuzan ximios á tigres? En mi pais he visto osos; solo en el Dorado hevisto hombres. En nombre de Dios, señor alguacil, lléveme vm. áVenecia, donde aguardo á mi Cunegunda. Donde yo puedo llevar á vm., esá la Normandía baxa, dixo el cabo de ronda. Hízole luego quitar losgrillos, dixo que se habia equivocado, despidió á sus corchetes, y sellevó á Candido y Martin á Diepe, entregándolos á su hermano. Había unbuque holandés pequeño al ancla; y el Normando, que con el cebo deotros tres diamantes era el mas servicial de los mortales, embarcó áCandido y á su familia en el tal navío que iba á dar á la vela paraPortsmúa en Inglaterra. No era camino para Venecia; pero Candido creyóque salía del infierno, y estaba resuelto a dirigirse á Venecia luegoque se le presentase ocasion.

CAPITULO XXIII.

Del arribo de Candido y Martin á la costa de Inglaterra, y de loque allí viéron.

¡Ay Panglós amigo! ¡ay amigo Martin! ¡ay amada Cunegunda! ¡lo que eseste mundo! decia Candido en el navío holandés. Cosa muy desatinada ymuy abominable, respondió Martin.—Vm. ha estado en Inglaterra:

¿sontan locos como en Francia?—Es locura de otra especie, dixo Martin; yasabe vm. que ámbas naciones estan en guerra por algunas aranzadas denieve en el Canadá, y por tan discreta guerra gastan mucho mas que loque todo el Canadá vale. Decir á vm. á punto fixo en qual de los dospaises hay mas locos de atar, mis cortas luces no alcanzan á tanto; loque sí sé, es que en el pais que vamos á ver son locos atrabiliosos.

Diciendo esto aportáron á Portsmúa: la orilla del mar estaba cubiertade gente que miraba con atencion á un hombre gordo [El almiranteByng], hincado de rodillas, y vendados los ojos, en el combes de unode los navíos de la esquadra. Quatro soldados formados en frente letiráron cada uno tres balas á la mollera con el mayor sosiego, y todala asamblea se fué muy satisfecha. ¿Qué quiere decir esto? dixoCandido: ¿qué perverso demonio reyna en todas partes? Preguntó quienera aquel hombre gordo que acababan de matar con tanta solemnidad. Unalmirante, le dixéron.—¿Y porqué han muerto á ese almirante?—Porquenoha hecho matar bastante gente; ha dado una batalla á unalmirante francés, y hemos fallado que no estaba bastante cerca delenemigo. Pues el almirante francés tan léjos estaba del inglés comoeste del francés, replicó Candido. Sin disputa, le dixéron; pero enesta tierra es conveniente matar de quando en quando algun almirantepara dar mas ánimo á los otros.

Tanto se irritó y se pasmó Candido con lo que oía y lo que vía, que noquiso siquiera poner pié en tierra, y se ajustó con el patronholandés, á riesgo de que le robara como el de Surinam, para que leconduxera sin mas tardanza á Venecia. A cabo de dos dias estuvo listoel patrón. Costeáron la Francia, pasáron á vista de Lisboa, y seestremeció Candido; desembocáron por el estrecho en el Mediterráneo,y finalmente aportáron á Venecia. Bendito sea Dios, dixo Candidodando un abrazo á Martin, que aquí veré á la hermosa Cunegunda.

ConCacambo cuento lo mismo que conmigo propio. Todo está bien, todo vabien y lo mejor que es posible.

CAPITULO XXIV.

Que trata de fray Hilarion y de Paquita.

Luego que llegó á Venecia, se echó á buscar á Cacambo en todas lasposadas, en todos los cafés, y en casa de todas las mozas de vidaalegre; pero no le fué posible dar con él. Todos los dias iba áinformarse de todos los navíos y barcos, y nadie sabia de Cacambo.¡Con que he tenido yo lugar, le decía á Martin, para pasar de Surinamá Burdeos, para ir de Burdeos á Paris, de Paris á Diepe, de DiepeáPortsmúa, para costear á Portugal y á España, para atravesar todo elMediterráneo, y pasar algunos meses en Venecia, y aun no ha llegado lahermosa Cunegunda, y en su lugar he topado una buscona y un abate!Sin duda es muerta Cunegunda, y á mi no me queda mas remedio quemorir. ¡Ha, quanto mas hubiera valido quedarme en aquel paraisoterrenal del Dorado, que volver á esta maldita Europa! Razon tienevm., amado Martin; todo es mera ilusion y calamidad.

Acometióle una negra melancolía, y no fué ni á la ópera á la moda, niá las demas diversiones del carnaval, ni hubo dama que le causara lamas leve tentacion. Díxole Martin: ¡Qué sencillo es vm., si se figuraque un criado mestizo, que lleva un millon de duros en la faltriquera,irá á buscar á su amada al fin del mundo, y á traérsela á Venecia; laguardará para sí, si la encuentra, y si no, tomará otra: aconsejo ávm. que se olvide de Cacambo y de su Cunegunda. Martin no era hombreque daba consuelos. Crecia la melancolía de Candido, y Martin no sehartaba de probarle que eran muy raras la virtud y la felicidad sobrela tierra, excepto acaso en el Dorado, donde ninguno podia entrar.

Sobre esta importante materia disputaban, miéntras venia Cunegunda,quando reparó Candido en un frayle Francisco mozo, que se paseaba porla plaza de San Marcos, llevando del brazo á una moza. El Franciscanoera robusto, fuerte, y de buenos colores, los ojos brillantes, lacabeza erguida, el continente reposado, y el paso sereno; la moza, queera muy linda, iba cantando, y miraba con enamorados ojos á sudiaguino, el qual de quando en quando le pasaba la mano por la cara.Me confesará vm. á lo ménos, dixo Candido á Martin, que estos dos sondichosos. Ménos en el Dorado, no he encontrado hasta ahora en el mundohabitable mas que desventurados; pero apuesto á que esa moza y esefrayle son felicísimas criaturas.

Yo apuesto á que no, dixo Martin.Convidémoslos á comer, dixo Candido, y verémos si me equivoco.

Acercóse á ellos, hízoles una reverencia, y los convidó á su posada ácomer macarrones, perdices de Lombardía, huevos de sollo, y á tebervino de Montepulciano y lácrima-cristi