Cádiz by Benito Pérez Galdós - HTML preview

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—Pues se dice por ahí—indicó Teneyro—que van a procesar al obispo deOrense.

—No se atreverán a ello—repuso Valiente, sacando su caja de tabaco yofreciendo del oloroso polvo a los circunstantes.

—¿A qué no se atreverá, señores... señores, a qué no se atreverá estadesalmada grey de filósofos y ateístas?—exclamé yo mirando al techo.

—Señor oficial—me dijo doña María—, es indudable que ustedes losmilitares tienen la culpa de que los cortesanos... así los llamo yo...estén tan ensoberbecidos. Dicen que la Regencia tanteó a la tropa paradar un golpe, pero la tropa no quiso ponerse de su parte.

—La tropa—dijo Ostolaza—ha cometido la falta de inclinarse alpopulacho.

—Lo que no se ha hecho, señores—dije yo con profético tono—se hará.

Y repetí varias veces, mirando a todos lados, el enérgico «se hará».

—Si todos fueran como tú, Gabriel—me dijo don Diego—

pronto acabaríanlas picardías que estamos viendo.

—¿Durarán las Cortes hasta el mes que viene, señor deValiente?—preguntó la de Rumblar.

—Durarán algo más, señora. A no ser que los franceses envalentonadoscon nuestras discordias, entren en Cádiz, y hagan con todos los que aquíestamos un picadillo. Yo he dicho que la soberanía de la nación por unlado y la libertad de la imprenta por otro, son dos obuses cargados dehorrorosos proyectiles que nos harán más daño que los que ha inventadoVillantroys.

—Caballero—dije yo afeminadamente—, esa comparacioncita es exacta yprocuraré retenerla en la memoria.

—Deploro tantos errores—dijo la dueña de la casa—. Pero aquí, Sr. D.Gabriel, no tomamos a pecho la política, y los que en casa se reúnen nohacen más que departir discretamente sobre el mal gobierno y losfilosofastros. Yo no me ocupo más que del matrimonio de mi querido hijo,que se efectuará en breve, y de completar la educación religiosa de mihija—señaló a Asunción—que debe entrar muy pronto en un convento deRecoletas,

siguiendo

su

decidida

e

inquebrantable

inclinación.Ocupaciones son estas que llenan alegremente mi cansada vida, y a lasque me consagro con el mayor celo.

Asunción había bajado los ojos, y Presentación me miraba, queriendo leeren mi cara el efecto que me producían las palabras de su mamá.

—¿Enviasteis recado a Inés?—preguntó doña María—. Diego, tu futuraesposa estará sin duda enojada contigo, por tu mal comportamiento ydesaplicación. Necesario es que varíes de conducta. Ahora, cuando baje,puedes manifestarle con palabras tiernas tu propósito de no ofenderlamás, como lo has hecho saliendo a la calle por las tardes en la hora quetengo dispuesto hables con ella y le recites alguna fábula bonita opoesía instructiva. Yo, señor D. Gabriel—y se dirigió a mí de nuevo—

,no gusto de tiranizar a la juventud. Conozco que es preciso sertolerante con los muchachos, sobre todo cuando llegan a cierta edad, ysé muy bien que los tiempos presentes exigen algo más de holgura que lospasados en los lazos que atan a los jóvenes con sus familias.

»Con estos principios, permito a mi nuera que baje a la tertulia yplatique con personas finas y juiciosas sobre asuntos profanos, porqueuna muchacha destinada al siglo y a dar lustre a una gran casa como lasuya, no debe ser criada con aquel encogimiento y estrechez que tan biensienta en la que sólo ha de vivir en su casa, bien reducida a undecoroso celibato, bien instruyéndose para servir a Dios en el mejor ymás perfecto de los estados. Mis dos niñas viven aquí gozosas sinapetecer bailes, ni paseos, ni teatros. No soy yo enemiga tampoco de quese diviertan, ni crea usted que estoy siempre con el rosario en la mano,haciéndolas rezar y aburriéndolas con un excesivo manoseo de las cosassantas, no. También aquí se habla de cosas mundanas, siempre con eldebido comedimiento. A veces tengo que imponer silencio, mandando quecesen las controversias sobre teología, porque lord Gray, que viene aquímuy a menudo, gusta de tratar con desenvoltura asuntos muy delicados.

—Como que anoche—dijo D. Paco inoportunísimamente—dio en afirmar queno comprendía el misterio de la Encarnación, para que la señoritaAsunción se lo explicara.

—Estoy hablando yo, Sr. D. Paco—dijo con firmeza y enojo la condesa—.Nada importa ahora lo que lord Gray hiciera o dejase de hacer anoche...Pues como decía, aquí viene lord Gray, un sujeto respetabilísimo y tanformal y circunspecto, que no hay otro que se le iguale. Ellas seentretienen oyéndole contar sus aventuras. ¿Conoce usted a lord Gray?

—Sí, señora. Es un hombre muy digno y temeroso de Dios.

¿Pero no sabenustedes que parece inclinado a convertirse al catolicismo?

—¡Jesús y qué me dice usted!—exclamó con asombro y júbilo doñaMaría—. Aquí se ha tratado algunas veces este punto, y las niñas y yole hemos exhortado a que tome tan saludable determinación.

—Como suelo pasarme las horas muertas en el Carmen Calzado—dije yo—hevisto entrar varias veces a lord Gray en busca del padre Florencio, quees el mejor catequizador de ingleses que hay en todo Cádiz.

—Lord Gray no ha de faltar esta noche—dijo doña María—. Y

usted, Sr.D. Gabriel, ¿no nos acompañará algunos ratitos?

—Señora—respondí-de buen grado lo haría; pero mis ocupacionesmilitares y la necesidad que tengo de despachar de una vez todo elcapítulo de prescientia, que es el más difícil de todos, me retendránen la Isla.

—¿Y qué opina usted de la prescientia?—me preguntó Ostolaza cuandoyo estaba muy lejos de esperar semejante embestida.

—¿Qué opino yo de la prescientia?—dije tratando de no turbarme paracontestar alguna ingeniosa vulgaridad que me sacase del compromiso.

—Opinará lo mismo que San Agustín, secundum Augustinus—indicóoficiosamente D. Paco, que anhelaba mostrar su erudición.

—Ya están las niñas con cada ojo...—dijo doña María observando que sushijas atendían a la planteada discusión con demasiado interés—. Niñas,dejad a los hombres que debatan estas cosas tan intrincadas. Ellos sesabrán lo que se dicen. No abrir tales ojazos, y miren los cuadros y laspinturas del techo, o hablen conmigo, preguntándome si se me alivia eldolor del hombro.

—Lo mismo que San Agustín—indicó don Diego—. Opinará como San Agustíny como yo.

—Según y conforme—dije recapacitando—. ¿Ustedes piensan como SanAgustín?

Ostolaza, Teneyro y D. Paco se desconcertaron.

—Nosotros...

—Supongo que conocerán los nuevos tratados...

A este punto llegaba la controversia, cuando entró lord Gray a sacarmedel apuro. No pudiera llegar en mejor ocasión.

Recibiéronle doña María ysus tertulios con la mayor cordialidad y agasajo, y él saludó a todoscon afectado encogimiento. Tal vez extrañará alguno de los que me oyen ome leen, que con tan buena amistad fuera recibido un extranjeroprotestante en casa donde imperaban ciertas ideas con absoluto dominio;pero a esto les contestaré que en aquel tiempo eran los ingleses objetode cariñosas atenciones, a causa del auxilio que la nación británica nosdaba en la guerra; y como era opinión o si no opinión, deseo de muchos,que los ingleses, y mayormente los hermanos Wellesley, no veían conbuenos ojos la novedad de la proyectada Constitución, de aquí que lospartidarios del régimen absoluto trajeran y llevaran con palio anuestros aliados. Lord Gray además con su ingeniosísima labia, susimpático carácter, y también

poniendo

en

práctica

estudiadas

artimañasy

mojigaterías, como yo, había conseguido hacerse respetar y querervivamente de doña María. Además solía ridiculizar con gran desenfado lasceremonias protestantes.

Mientras lord Gray respondía a ciertas enfadosas preguntas que le hizoOstolaza, doña María llamó a sus hijas y dijo a Asunción, no tan por lobajo que yo dejase de oírlo:

—Mira, Asunción, habla con lord Gray un ratito; coge con disimulo eltema de la religión y sondéale, a ver si es cierto que está dispuesto aabjurar sus errores, por abrazarse a nuestra santa doctrina.

En aquel instante sentí ruido de pasos y entró Inés. ¡Dios mío, quéguapa estaba, pero qué guapa! No recuerdo si en el libro anterior habléa ustedes de la soltura, de la elegancia, de la armoniosaproporcionalidad que el completo desarrollo había dado a su bellafigura. Además de esto, encontrábale mayor animación en el rostro, y unagrata expresión de conformidad y satisfacción, no menos simpática que suantigua tristeza, resto de la miserable y ruin vida de la infancia.Observándola, consideré cuánto había ganado en encantos y atractivosaquella criatura, añadiendo a sus bellezas naturales, a su discreción eingénito saber, la dulce cortesanía y las gracias que infunde el tratofrecuente con personas distinguidas y superiores. En su cara advertí elextraño realce que da la conciencia del propio mérito, lo cual no es lomismo que vanidad.

No parecía haber perdido la hermosa modestia que la hacía tan simpática;pero sí aquella especie de encogimiento, aquel desmedido amor a laoscuridad, que emanaban del malestar hallado en su repentino cambio defortuna. Había adquirido lo que le faltaba cuando la vi en Córdoba y enel Pardo, el perfecto conocimiento de su posición y las mil menudenciaspersonales, accidentes casi imperceptibles de la voz, del gesto, de lamirada con que el individuo da a entender claramente que se halla dondedebe hallarse. Estaba más alta, un poco más gruesa, con el color menospálido, la boca más risueña, los ojos no menos seductores yarrebatadores que los de su madre, célebres en toda la redondez deEspaña, la voz más segura, sonora y grave, y el conjunto de su personarespirando firmeza, vida, soltura y nobleza. ¡Oh imagen tan perfectavista como soñada! ¿Fue suerte o desgracia haberte conocido?

XI

Inés, no indiferente a mi presencia, según comprendí, pero tampocosorprendida, debía saber que yo estaba allí.

—¡Ah!—exclamé con despecho para mis adentros—. La muy pícara aunquela llamaron, no bajó hasta que vino el maldito inglés.

Doña María me presentó ceremoniosamente a ella diciendo:

—A este caballero le conocimos en nuestra casa de Bailén cuando lacélebre batalla. Es amigo del que va a ser tu marido; allí pelearonjuntos con tan buena suerte, que, según afirma Diego, si no es porellos...

—Gabriel es un gran militar—dijo don Diego—. ¿Pero no le conoces tú?Es amigo de tu prima la condesa.

Doña María frunció el ceño.

—En efecto—dije yo—tuve el honor de conocer en Madrid a la señoracondesa. Ambos teníamos un mismo confesor. Yo solicité de la señoracondesa que me consiguiese una beca en el arzobispado de Toledo; perodespués me vi obligado a servir al rey, y salí de la corte.

—Este joven—añadió doña María—nos acompañará algunas noches, robandotal cual rato a sus estudios religiosos y a las meditaciones místicasque le traen tan absorbido. Hoy el servicio de las armas le obliga asofocar su ardiente vocación; pero cantará misa después de la guerra.¡Noble ejemplo que debieran imitar la mayor parte de los militares! Yome complazco, hija mía, en que se reúnan aquí personas formales y deexcelentes y sólidos principios. Caballero—añadió encarando conmigo—

,esta damisela es mi futura nuera, prometida esposa de este mi amado hijodon Diego.

Inés me hizo una profunda reverencia. Se sonrió al mismo tiempo,comprendiendo el astuto ardid de mi fingida religiosidad.

¿En tanto dónde estaba lord Gray? Extendí la vista y le vi tras elrespaldo del monumental sillón de doña María, muy enfrascado en estrechaplática con Asunción, que sin duda le estaba convenciendo de lasuperioridad del catolicismo con respecto al protestantismo. A cada pasoapartaba él los ojos de su interlocutora para mirar a Inés.

—Bien decía el tunante—observé para mí-que se valía de las discretasamigas. La otra con su santidad es quien les lleva y trae los recaditos.

Inés me dijo con dulce ironía:

—Celebro mucho que esté usted tan decidido a seguir la carreraeclesiástica. Hace usted bien, porque hoy no hacen falta militares, sinobuenos clérigos. El mundo está tan pervertido, que no lo curarán lasespadas sino las oraciones.

—Esta afición la tengo desde muy niño—repuse—y nadie puede apartarlade mí porque sobrevive a todas mis alternativas y desgracias.

Inés miraba a cada instante el grupo formado por el inglés y Asunción.También doña María volvió allá los ojos, y dijo:

—Hija, basta ya. No marees al buen lord Gray. Ven a mi lado.

La muchacha acudió al lado de su madre, y al mismo tiempo Inés, porindicación muda de la condesa, pasó al lado del inglés.

Yo estabaasombrado de aquel ir y venir y del incomprensible diálogo de expresivasmiradas que las muchachas tenían constantemente, trabado entre sí. Mepropuse observar atentamente, para descubrir los misterios que allípudieran existir; pero doña María distrajo mi atención, diciéndome:

—Sr. D. Gabriel, usted, como persona casi divorciada del siglo, aunqueen su continente y rostro no se advierte nada que lo indique,comprenderá que en estas recatadas tertulias de mi casa no se puedetener con las muchachas la licenciosa tolerancia que madres inadvertidasy ciegas tienen con sus hijas en otras familias. Por eso verá usted queapenas permito a mis niñas hablar un poco con Ostolaza, con lord Gray ocon usted, si bien ha habido noches en que les he consentidoconversaciones de quince minutos en distintas horas. Comprendo que misistema, aunque no es riguroso, será criticado por los que dan riendasuelta a los impulsos naturales de la juventud. Pero no me importa.Usted me hace justicia sin duda y alaba la prudencia de mi proceder.

—Seguramente,

señora—respondí

con

afectación

y

pedantería—¿qué cosamás sabia, ni más prudente puede haber que prohibir en absoluto a lasniñas toda conversación, diálogo, mirada o seña con hombre que no sea suconfesor? ¡Oh, señora condesa, parece que ha adivinado usted mipensamiento! Como usted, yo he observado la corrupción de lascostumbres, hija de la desenvoltura francesa; como usted, he observadoel descuido de las madres, la ceguera de los padres, la malicia de lastías, la complicidad de las primas y la debilidad de las abuelas; y hedicho: «orden, rigor, cautela, reclusión, tiranía, o si no dentro depoco la sociedad se precipitará en los abismos del pecado».

Nada, nada,señora condesa, yo lo aconsejo a todas las madres de familia queconozco, y les digo: «mucho cuidado con las niñas mientras seansolteras. Después de casadas, allá se entiendan ellas, y si quierentener dos docenas de cortejos, háganlo».

—En todo estamos de acuerdo—dijo doña María—menos en esto último,pues ni de solteras ni de casadas, les tolero la inmoralidad. ¡Ay, yotengo ideas muy raras, Sr. D. Gabriel! Me asombro de ver por ahí madresmuy cristianas, que celando hasta lo sumo las hijas solteras, ven conindiferencia los pecadillos de las casadas. Yo no soy así; por eso noquiero que se casen mis niñas; no, jamás, jamás. Casadas estarían libresde mi autoridad, y aunque no las creo capaces de nada malo, la idea deque pueden cometer una falta, siéndome imposible castigarla, mehorripila.

—El gran sistema es el mío, señora; este sistema que no ceso derecomendar a todas las madres que conozco. Orden, rigor, silencio,encierro perpetuo y esclavitud constante. Mis lecturas y meditaciones mehan inspirado estas ideas.

—Son también las mías. Mi hija Asunción entrará pronto en un convento,y Presentación está destinada a ser soltera, porque así lo he resueltoyo.

—Cosa justísima y naturalísima que usted haya resuelto eso.

—Siendo el destino de la una el claustro y de la otra el celibato, ¿aqué viene el consentirles conversaciones con los jóvenes?

—Es claro... a qué viene... No aprenderían más que cosas malas,pecados... ¡y qué pecados!

—Pero como es preciso transigir un poquito con las costumbres, queexigen cierta licencia, suele írseme la mano en esto del rigor. Ya veusted, a casa suelen venir algunas personas muy distinguidas, honestas yprudentes, sí, pero de mundo.

Necesito contemporizar con ellas, por noaparecer gazmoña, intolerante y extremada. Felizmente baja todas lasnoches a mi tertulia, Inés, a quien como muy próxima a ser mujer casada,puede permitirse que sostenga coloquios tirados con tal cual personadecente y bien nacida. Si no fuera por ella, lord Gray se aburriríagrandemente en casa. ¿No cree usted, que a una muchacha que va a sermayorazga y que ocupará posición muy encumbrada en la corte, se le debedar cierta libertad?

—Todas las libertades, señora, todas. ¡Una mayorazga! Pues digo; si mela hacen camarista de reina, o dama de honor de emperatrices, ¿qué ha dehacer sin la desenvoltura, el desenfado, la astucia que el buen servicioy concierto de los palacios exige?

—Cierto; a cada cual se le debe educar según su destino. En posicioneselevadísimas no puede sostenerse todo el rigor de los principios, segúndice la gente, aunque ciertas leyes sí deben regir en todas partes. Sinembargo, como así viene de atrás, debemos respetar la obra de nuestrosmayores, quienes harto supieron lo que se hacían.

—Justamente.

—Pero me parece que se prolonga demasiado la conversación de Inés conlord Gray, y voy a hacer que hablen en corrillo donde les oigamos todos.Sr. D. Gabriel, ni un momento debe abandonarse el ejercicio de laprolija autoridad materna. ¡La autoridad! ¿Qué sería del mundo sin laautoridad?

—En efecto, ¿qué sería? ¡El caos, el abismo!

Doña María, que reglamentaba los diálogos de sus tertulias como mueve yordena un general experto los movimientos de una batalla campal, dispusoque Inés continuase hablando con lord Gray, y que Presentación pegase lahebra con Ostolaza. En tanto Asunción charlaba en voz bastante alta consu hermano, diciéndole

cosas

cuyo

sentido

no

pude

entender.

Ostolaza,Teneyro y D. Paco estaban muy metidos en lenguas disertando sobre losgrandes males de la educación a la moderna, y forzosamente me enredaronen su coloquio, teniendo ocasión de lucir mi intolerancia, y un poco decierta erudicioncilla trasnochada que yo tenía para el caso. Pocodespués volví al lado de doña María a punto que don Diego, apartándosede su hermana, hacía lo mismo, y le oí decir:

—Señora madre, a ser usted, yo no permitiría a Inés tantas intimidadescon lord Gray. Francamente, señora, esto no me gusta, y menos cuando veoque la que va a ser mi mujer, se está los minutos de Dios oyéndole ycontestándole sin pestañear.

—Diego—manifestó doña María con severo acento—. Me enfada la bajezade tus conceptos, que indican la ruindad de tus juicios. Si Inés fueratu hermana, podrías tener esos escrúpulos; pero siendo tu futura esposa,cuanto has dicho es ridículo. Una gran señora, ¿ha de ser encogida ycorta de genio como una novicia de convento?

D. Diego, oído esto, se acercó de muy mal talante a sus hermanas.

—Sr. de Araceli—me dijo doña María—la juventud es así.

Comprendo loscelillos de mi hijo. Verdaderamente Inés se alarga demasiado con lordGray. Aunque le supongo a usted poco aficionado a perder el tiempoconversando con muchachas frívolas, hágame el favor de departir un ratocon mi futura nuera.

Doña María miró a Inés con enojo, y dirigiéndose luego a lord Gray, lellamó con afectuosa súplica.

Inés quedó sola y acudí hacia ella. Por primera vez durante la tertuliahallaba ocasión de poderle hablar lejos de los demás, y la aproveché conpresteza. Ella, anticipándose al afán con que yo iba a hablarle, medijo:

—¿Mi prima te ha mandado aquí? ¿Me traes algún recado de ella?

—No—respondí—. No me ha mandado tu prima. No he venido por traerterecado alguno. He venido porque he querido, y por el deseo de verte y desaber por mí mismo que me has olvidado.

—Por Dios—me contestó disimulando su emoción—. Repara dónde estás. Lacondesa no cesa de observarme. Aquí es preciso fingir a todas horas, ydisimular los pensamientos. ¿Por qué no has venido antes? Pero di: ¿miprima no te ha dado ningún recado?

—¿Qué me importa tu prima?—exclamé con enfado—. Tú no sospechabas queviniera a sorprenderte.

—¿Pero estás loco?, doña María no me quita los ojos.

—Vaya al diantre doña María. Respóndeme, Inés, a lo que te pregunto, ogritaré y escandalizaré para que nos oigan hasta los sordos.

—Pero si no me has preguntado nada.

—Sí te he preguntado. Pero tú haces que no oyes, y no quieresresponderme.

—No nos entendemos—repuso llena de confusiones, y mortificada por laobservación tenaz de doña María—. ¿Vendrás todas las noches? Aquí espreciso mucha cautela. Para respirar necesito pedir la venia a laseñora. Ten prudencia, Gabriel; también D. Diego nos mira. Haz de modoque doña María y los murciélagos crean que estamos a hablando dereligión, o de los cuadros de la pared o de esa gran grieta que hay enel techo.

Aquí es preciso hacerlo todo así. No te expreses convehemencia.

Ponte risueño y mira a las paredes diciendo: «¡Qué bonitasláminas! Allí están Dafne y Apolo».

—Pero ¿es preciso ser cómico para entrar aquí?

—Sí; es preciso estar siempre sobre las tablas, Gabriel; fingiendo yenredando. Esto es muy triste.

—Pues lord Gray no disimula.

—¿Eres amigo de lord Gray?

—Sí, y me lo ha contado todo.

—Te lo ha dicho...—exclamó confusa—. ¡Qué hombre tan indiscreto! Y yole había encargado la mayor prudencia... Por Dios, Gabriel, nopronuncies una palabra, ni un gesto que puedan dar a conocer lo que teha contado lord Gray. ¡Qué indiscreción!

Hazme el favor de olvidar loque te ha dicho. ¿Él te ha traído aquí?

—No; he venido con D. Diego. He querido saber por ti misma que ya no meamas.

—¿Qué estás diciendo?

—Lo que oyes. Ya lo sabía; pero a mí me hacía falta oírlo de tuspropios labios.

—Pues no lo oirás.

—Ya lo he oído.

—Por Dios, disimula. Ahora, Gabriel, alza la vista y di: «¡Qué terriblegrieta se ha abierto en el techo!». ¿Con que no te quiero yo? ¿Sabes queno lo había advertido? Y en tanto tiempo ¿qué has hecho tú? ¿Has estadoen el sitio de Zaragoza? Aquello sería un paraíso; no estaba allí doñaMaría.

—No he vivido más que para ti; y si alguna vez he hecho un esfuerzopara subir un peldaño en la escala del mundo, hícelo sólo con el deseode llegar, si no a valer tanto como tú, al menos a ponerme en condicióntal, que no se rieran de mí cuando te miraba.

—Mentiroso, tú también has aprendido a disimular. Ni una sola vez tehas acordado de mí en tanto tiempo... Pero no te acerques tanto.Cuidado, no me tomes la mano. Parece que tienes fuego dentro de losguantes. Doña María nos observa.

—Yo no sé disimular como tú. Te he querido con toda mi alma, Inesilla,y con veinte almas más, porque una sola no basta para quererte como tequiero... Dime con la mano puesta sobre el corazón si lo mereces tú;dímelo.

—Pues no lo he de merecer—me contestó sonriendo—.

Merezco eso y muchomás, porque me lo tengo ganado y pagado con interés y anticipación.¿Pero no ve usted, Sr. D. Gabriel—

añadió alzando la voz—qué hendiduratan grande es esa que hay en el techo?

—Inés, si es verdad lo que me dices, dímelo otra vez, y alza la voz.Quiero que lo oigan doña María, D. Diego y los murciélagos.

—Calla; por haber estado tanto tiempo sin verme, merecerías... a ver,¿que merecerías?

—Bastante castigado estoy por los celos, por unos terribles celos queme han estado mordiendo el corazón, y me lo muerden todavía.

—¡Celos! ¿De quién?

—¿Me lo preguntas tú? De lord Gray.

—Tú has perdido el juicio—dijo con precipitación y atropellándose ensus labios frases rápidas y confusas—. ¡Él lo dice!... Tal vez... Esehombre me causará grandes pesadumbres.

—¿Tú le amas?

—Por Dios, habla bajo, disimula.

—Yo no puedo disimular. Yo no estoy, como tú, educado en esta escuelade los fingimientos. Yo no puedo decir más que la verdad.

—¿Has dicho que yo amo a lord Gray? Jamás he pensado en tal cosa.

—¡Oh! ¿Qué haré para creerlo? Bajo la autoridad de doña María hasaprendido de tal modo a disfrazar los pensamientos, que hasta se ocultana mis ojos, tan acostumbrados, no sólo a leerlos, sino a adivinarlos. Hadesaparecido aquella claridad que te rodeaba, y que te hacía doblementehermosa ante mí. Ya no hablas aquella palabra divina que ningún mortal,y menos yo, podía poner en duda. Ahora, Inés, me asegurarás una cosa, mela jurarás, y... ¿qué quieres tú?, no lo creeré. ¡Maldita sea mil vecesdoña María que te ha enseñado a disimular!

—Si te alteras de ese modo, no podremos hablar—repuso con agitación envoz baja; y luego, en voz alta, añadió—: Sr. D.

Gabriel, estas estampasde Dafne y Apolo, de Júpiter y Europa son indecorosas, y hemos encargadoa Sevilla una colección de santos para sustituirlas. Pero ¿qué has dichode lord Gray?—

prosiguió quedamente—. ¿Que le amo yo? ¡Oh, ese hombreme traerá alguna desgracia! No repara en nada. ¡Qué loca he sido!

¡Meencuentro comprometida! Gabriel, te suplico que olvides lo que te hayadicho lord Gray. Olvídalo, y a nadie, ni a tu confesor, hables de eso.Tú reconocerás que está lleno de seducciones y que no es extraño que sufantasía acalore y agite el alma de una...

Pero no hables de eso. Calla,por favor.

—¿De veras no le amas?

—No.

—¿Ama a alguna otra de esta casa?

—No sé... calla... no, a nadie de esta casa—respondió turbada—. Pero¿no merezco que me creas?

—No, casi no.

—¿Me has conocido mentirosa?

—No sé qué tiene esta casa y todos los que la viven. Me parece que enesta morada del disimulo y la mentira, ninguna cosa es como aparece.Mienten los que aquí moran; mienten los que aquí viven, y hasta yo henecesitado mentir para que me admitieran. Esta atmósfera está formada defalsedad y engaño.

Los corazones, oprimidos por una autoridadinsoportable, necesitan desfigurarse para que se les permita vivir. Estacasa, esta familia, a quien preside desde su sillón doña María, como elgenio de la tristeza, no es para mí. Me ahogo, y deseo huir de estesitio. Veo aquí mil misterios, y sobre todos mis sentimientos dominauno, que es el más antipático y desagradable de todos: la desconfianza.El corazón se me oprime cuando considero que tú, Inesilla, tú me dicesuna cosa, me la juras y yo no la puedo creer.

—Ten calma. Doña María no nos quita los ojos. D. Diego tampoco. Yo memuero de pena... Pero, por Dios, Sr. D.

Gabriel—añadió en voz alta—.Un hombre que va a tomar el hábito cuando acabe la guerra, no debeentusiasmarse tanto al hablar de una batalla.

Doña María, desde su trono, me interpeló pomposísimamente de estamanera:

—Pero, Sr. D. Gabriel, que oigamos todos esas maravillas que está ustedcontando con tanta vehemencia, con tanto ardor.

—Me contaba—dijo Inés con una naturalidad que me asombró-que en ciertaocasión, estando él en una casa del arrabal de Zaragoza, los francesesabrieron una mina, pusieron no sé cuántos barriles de pólvora, ¿no fueasí?, y luego pegaron fuego.

—¿Y luego, Sr. D. Gabriel?

—Y luego volamos todos hasta el quinto cielo—repuse—.

Siento queusted no hubiera estado allí... pues... para que lo hubiera visto.

—Gracias.

Los vencejos me tomaron por su cuenta para que les explicase cómo fueaquello de mis vuelos y cabriolas por el aire, y en tanto llegose Inésjunto al sillón de doña María, llamado por esta; y yo con disimulo(también aprendía) presté atención a lo que dijeron.

—Ha sido demasiado larga tu conversación con el militarcito—le dijocon desabrimiento la señora—. ¡Veinte minutos! ¡Has estado en coloquiocon él veinte minutos!

—Señora madre—repuso Inés—si se empeñó en contarme sus hazañas... Yobuscaba ocasión de poner punto; pero él, dale que dale. Me refirió sietesitios, cinco batallas y no sé cuántas escaramuzas.

—¡Cómo finge, cómo miente, cómo engaña!—exclamé para mí ciego derabia—. ¡La ahogaría!

Lord Gray se juntó después con Inés y hablaron largamente.

Mi rabia,motivada por una duda cruel, era tanta, que apenas podía disimularla,hablando pestes de las Cortes ante doña María, Ostolaza y Valiente.

Avanzaba la hora y doña María indicó con majestuosa gravedad el fin dela tertulia. Despedime de Inés, que a hurtadillas me dijo:

—Cuidado con lo que te he encargado.

Y luego tardó en despedirse de lord Gray más de diez minutos.

Por miparte anhelaba salir para no volver más a aquella casa, y saludando a lacondesa, echeme fuera, juntándose conmigo en la escalera lord Gray, quesalió un poco después.

—Amigo—le dije cuando estábamos en la calle—en todas partes es ustedel favorecido de las damas.

No se dignó contestarme. Iba con la cabeza inclinada, fruncido el ceño ymudo como una estatua. Repetidas veces me esforcé por hacerle hablar;pero sus labios no articularon una sílaba, y sólo en la calle Ancha, aldespedirse de mí, me dijo sombríamente:

—El amigo que sorprende un secreto mío y usa de él sin mi licencia, noes mi amigo. ¿Usted me conoce?

—Un poco.

—Pues suelo reñir con los amigos.

—Antes de reñir nosotros, ¿quiere usted acabar de perfeccionarme en laesgrima?

—Con mucho gusto. Adiós.

—Adiós.

XII

Pasaron días, muchos días. Yo tan pronto deseaba volver a casa deRumblar, como hacía intención de no poner más los pies en aquella casa,porque me repugnaban los artificios que hacían de las tertulias unacompleta representación de teatro. Durante algún tiempo no vi a lordGray ni en la Isla ni en Cádiz, y cuando pregunté por él en su casa, elcriado me negó la entrada, diciéndome que su amo no quería recibir anadie.

Ocurrió esto el día de la bomba. ¿Saben ustedes lo que quiero decir?Pues me refiero a un día memorable porque en él cayó sobre Cádiz y juntoa la torre de Tavira la primera bomba que arrojaron contra la plaza losfranceses. Ha de saberse que aquel proyectil, como los que le siguieronen el mismo mes tuvo la singular gracia de no reventar; así es que loque venía a producir dolor; llanto y muertes, produjo risas y burlas.Los muchachos sacaron de la bomba el plomo que contenía y se lorepartían llevándolo a todos lados de la ciudad. Entonces usaban lasmujeres un peinado en forma de saca—corchos, cuyas ensortijadasguedejas se sostenían con plomo, y de esta moda y de las bombasfrancesas que proveían a las muchachas de un artículo de tocador, nacióel famosísimo cantar: Con

las

bombas

que

tiran

los

fanfarrones,

hacen

las

gaditanas

tirabuzones.

Pues como decía, el día de la bomba, después de tocar inútilmente a lapuerta del noble inglés, llevome el destino segunda vez a casa de laseñora doña María, disponiéndose las cosas de modo que cuando meencaminaba a casa de dona Flora, tropezase con el señor D. Diego, elcual me habló así:

—¿Vienes de casa de lord Gray? Dicen que está con la morriña. Nadie leve por ninguna parte. Por fin, he conseguido de mi madre que no lereciba más en casa.

—¿Por qué?

—Porque es muy aficionado a las muchachas, y no me gusta verle hablarcon mi novia. Mamá no quería; pero me planté, chico. «O lord Gray oyo»—dije—y no hubo más remedio.

—Según eso, le han puesto en la puerta de la calle.

—Con cortesía y disimulo. Mi mamá ha dicho que hallándose un pocoenferma, suspende por ahora las tertulias.

—¿Y no salen?

—A misa van las cuatro los domingos muy temprano. Pero puedes ir a casacuando gustes. Mamá te aprecia y siempre está preguntando por ti. Ahoraprecisamente, te ruego vengas conmigo para servirme de testigo.

—¿De testigo?

—Sí. Mi mamá quiere castigarme porque le han dicho que me vieron ayeren un café. Es verdad que estaba, pero yo lo he negado, y para dar másfuerza a mis argumentos he dicho:

«Pregúntele usted al Sr. D. Gabriel, ycomo no diga que estuvimos juntos viendo sacar agua de la noria...».

—Pues vamos allá.

Entramos, pues, y en la reja del patio, el criado nos dijo que la señoradoña María había salido.

—¡Viva la libertad!-exclamó D. Diego haciendo un par de cabriolas—.Gabriel, estamos solos. Hermanillas, alegrémonos y regocijémonos.

La chillona algazara que desde los aposentos vino a mis oídos, indicomeque las hembras estaban libres también de la ominosa esclavitud. Cuandoentramos en la estancia de D. Diego, al punto se nos presentó D. Paco,aturdido, sofocado, balbuciente, con unas disciplinas en la mano, elvestido menos puesto en orden que de ordinario, y ostentando algunasdesgreñaduras en lo alto de su peluquín.

—Señorito D. Diego—exclamó con furia semejante a la de esos perrillosque ladran mucho sin que jamás el transeúnte se detenga a mirarlos—, laseñora mandó que no saliese usted de casa. Se lo diré cuando venga.

El condesito tomó un palo que frontero a la cama y en lugar medio ocultotenía, y esgrimiéndolo de un modo alarmante por las costillas del ayo,gritó:

—Canalla, pedantón... Si dices una palabra... no te dejaré un hueso ensu lugar.

—Esto no puede tolerarse—dijo D. Paco, no ya enfurecido sinolloroso—. ¡Dios eterno, y tú, Virgen Santísima del Carmen, tenedcompasión de mí! Este niño y sus hermanas van a quitarme los pocos díasque me restan de vida. Si les permito hacer su gusto, la señora me riñe,y más quisiera ver al sol apagado que a la señora colérica. Si quierosujetarlos, palos, rasguños, arañazos, tijeretazos y otros mil martiriosespantosos... Pues sí, señor D.

Dieguito: se lo diré a la señora, yo nopuedo aguantar más...

¡Pues no digo nada de lo de las saliditas por lasnoches! Yo no puedo acallar la voz de mi conciencia que me dice:¡Malvado!,

¡servidor desleal!, ¡traidor!... No; se lo diré a la señora,se lo diré al ama, y entre tanto, orden, silencio, obediencia, todo elmundo a su sitio.

D. Diego, ciego de enojo, enarboló el palo, y a compás con losmovimientos de su brazo que apuntaban impíamente a las costillas delpobre ayo, iba diciendo:

—Orden, silencio, obediencia.

Tuve que imponerme para que no acabara con el desdichado perceptor, queaun vapuleado de aquel modo, tenía la prudencia de no gritar, porque nose enterase la vecindad del escándalo, y con voz sofocada decíallorando:

—¡Que me mata este caribe! ¡Favor, señor D. Gabriel, favor!

Huyó D. Paco por el pasillo adelante buscando refugio, y siguiendo trasél, dimos los tres en una gran pieza, desde la cual se pasaba a otra conespaciosas rejas a la calle, donde vimos el espectáculo de la máshorrenda anarquía que pueden ofrecer en el interior de una honesta casalas demasías de la libertad.

Asunción, Presentación, Inés, las tresestaban allí, libres, sueltas, en posesión completa de sus gracias,donaires, iniciativa y travesura. Pero antes de deciros lo que hacíanaquellos pajaritos aprisionados a quienes se permitía por un momento darvueltas holgadamente por la jaula, voy a indicaros cómo era esta.

Varias cestas de labores y algunos bastidores de bordados indicaban queallí tenía la señora condesa el taller de educación y trabajo de susniñas. Una pequeña pero anchísima silla, de fondo hundido por el pesoconstante de corpulenta humanidad, denotaba el lugar de la presidencia.También había una mesilla con libros, al parecer devotos, y en lasparedes no cabían ya más estampas y láminas bordadas, entre las cualesel mayor número era una variada serie de perritos con el rabo tieso ylos ojos de cuentas negras.

Un pequeño altar ostentaba mil figuras de bulto y realce, alternando conestampas que sin duda habían pertenecido a libros, y en la delanteraalgunos pares de candelabros de plata antigua, sostenían velas de picaday filigranada cera, adornadas con papelitos, festones y otros primoresde tijera. Pomposos ramos de flores de trapo, que a cien mil leguasdeclaraban haber sido hechos por manos de monjas, completaban el ajuardel altarejo, juntamente con algunos pequeñísimos objetos de plomo,representando sagrados adminículos, tales como cálices y custodias,lámparas y misales. Estos juguetes los hacían entonces los velonerospara los niños buenos y que no lloraban.

Vi asimismo objetos de un orden enteramente distinto, es decir, trajeshermosísimos de mujer, arrojados en desorden por el suelo, y tambiénescofietas, moños, lazos, abanicos, quirotecas, zapatillas de raso yluengos encajes de aquellos finísimos y hereditarios, que eran, como losdiamantes, orgullo y riqueza de las familias. Los bordados, las cestasde costura, rellenas de fastidiosas telas blancas de indiana y cotonía,pertenecían a Presentación; los libros, el altar con todo lo que en élhabía de místico e infantil, eran de Asunción; y los lujosos trajes yadornos eran de Inés, que los había bajado para que los viesen susprimas.

Estaban las tres vestidas según lo que entonces el vulgo, no menosgalicista que ahora, llamaba un savillé. Con semejante traje, que era,por exigirlo la moda, la menos cantidad posible de traje, y loabsolutamente necesario para que las lindas personas no anduvierandesnudas, ni la madre más tolerante y descuidada habría permitido que sepresentasen delante de un hombre, aunque fuese pariente cercano. Estabanlas tres, como digo, graciosísimas y sin comparación más guapas que enlas tertulias.

La libertad permitiéndoles una alegre y bulliciosaagitación, había impreso en sus mejillas frescos y risueños colores, ylas lenguas charlatanas de las dos hermanitas llenaban con dulce ypicotera música el ámbito de la estancia. La voz de Inés apenas se oía.

Os diré lo que hacían y esto es reservado, reservadísimo, pues si doñaMaría supiese que ojos humanos habían visto a sus niñas en tales arreos,y que orejas de varón habían oído cantar seguidillas a una de ellas,reventara de pesadumbre, o se sepultaría para siempre, antes avergonzadaque muerta en el sarcófago de sus mayores. Pero seamos indiscretos ycontemos lo que vimos, ocultos en la estancia inmediata y sin ser vistospor ellas. Inés, en quien primeramente se fijaron mis ojos desde lapuerta, estaba en la reja, como en acecho, mirando ora a la calle, oraadentro, sin duda para dar la voz de alarma en cuanto el pomposo perfily los pomposos y temidos espejuelos de doña María volviesen la esquinade la calle Ancha. Le oí decir claramente:

—No seáis locas... que va a venir.

Presentación, la más pequeña de las dos hermanas, estaba en medio de lapieza. ¿Creerán ustedes que rezando, cosiendo u ocupada en algún otrograve menester? Nada de eso, pues no estaba sino bailando, sí, señores,bailando. ¡Y qué zorongo, qué zapateado tan hechicero! Quedeme absortoal ver cómo aquella criatura había aprendido a mover caderas, piernas ybrazos con tanta sal y arte tan divino cual las más graciosas majas deTriana.

Agitada por la danza, chasqueando los dedos para imitar el ruidode las castañuelas, su vocecita sonora y dulce decía con lánguida ysoñolienta música:

Toma,

niña,

esta

naranja

que

he

cogido

de

mi

huerto,

no

la

partas

con

cuchillo

que está mi corazón dentro.

Asunción, que era la mayor, de una hermosura menos picante y graciosaque su hermana, pero más acabada, más interesante, más seria, digámosloasí, en una palabra, mucho más hermosa, se había puesto algunas de lasjoyas y preseas de Inés. Cogió una gran rosa de papel de las queadornaban el altar, y púsosela orgullosamente en el moño; tomó despuéstres varas de aquellos encajes finísimos de Brujas, de tan sutilurdimbre que parecen hechos por moscas o arañas, pálidos ya yamarilleados por el tiempo, y agitándolos en las manos, los echó haciaarriba, dejándolos caer sobre su cabeza y hombros, con tanta, contantísima gracia, señores, cual si toda su vida hubiese estado midiendoen las tardes de primavera las baldosas de la calle Ancha, plaza de SanAntonio y alameda del Carmen.

Yo estaba asombrado contemplando tales transformaciones y me sorprendíasu extraordinaria belleza de la muchacha, cuando la vi realzada con losatractivos que el arte presta tan hábilmente a la hermosura. ¡Y qué biensabía ella aplicarlos a su persona!

¡Qué singular talento el suyo paraponer cada objeto en el sitio donde debía estar, y donde las leyes másrigurosas de la estética querían y mandaban que estuviese!

Después de rodear su cabeza con las blondas, colgose de las orejitas losmás hermosos pendientes que creo han salido de manos de artíficeplatero. Luego estuvo mirándose un rato en el vidrio que cubría ciertaestampa del Purgatorio, llena toda de ánimas, diablos, llamas,culebrones, sapos, cocodrilos, ruedas, sartenes, peroles, etc..., ycontempló allí su imagen confusa, por no haber en la estancia espejo, nividrio azogado que hiciese sus veces. Después volvió la cabeza paraverse la caída de faldas por detrás, tomó un abanico, dio el meneo a lasvarillas, que chillaron desarrollando un vasto paisaje poblado deamorcitos, y echándose

aire

con él,

comenzó

a

pasear

por

la

habitación,riéndose de sí misma y de la risa que a las otras dos causaba.

Viendo tal profanación, escándalo y desacato, penetró el insigne D. Pacoen la pieza, y exclamó:

—¿Qué alboroto es este? Asuncioncita, Presentacioncita, todo se locontaré a mamá cuando venga, todo, todito.

Presentación cesó de cantar, y tomando al preceptor por un brazo, ledijo:

—Sr. D. Paquito mío, si no le dices nada a mamá, te doy un beso.

Y en el acto se lo dio en sus secas y arrugadas mejillas.

—A mí no se me seduce con besitos, niñas—repuso el viejo vacilandoentre el rigor y la tolerancia—. Cada una a su puesto, a leer, a coser.Asuncioncita de todos los demonios, ¿qué descaro es ese?

—Calle usted, so bruto—dijo Asunción con muchísima sal.

—Si es un animal—añadió Presentación dándole un sopapo con su suavemanecita.

—Más respeto a mis canas, niñas—exclamó afligido el anciano—. Si nofuera porque las he visto nacer, porque las he criado a mis pechos,porque las he cantado el ro-ro...

Presentación haciendo gestos de delicada urbanidad, remedando a unapersona que durante el paseo encuentra en la calle a un conocido, paroseante D. Paco, hizo una graciosa reverencia y le dijo:

—¡Oh! Sr. D. Protocolo, ¿usted por aquí? ¿Cómo está la señora doñaCircunspecta? ¿Va usted al baile del barón de Simiringande? ¿Qué dicehoy la Gaceta de Pliquisburgo?...

—Eh... eh...-exclamó D. Paco, queriendo contener la risa que leembobaba—. Miren la mocosa cómo habla, haciéndose la señora mayor.Buena pieza tenemos en casa. ¡Qué escándalo, qué profanidad! ¿De dóndehabrá sacado esta niña tales picardías?

Y luego insistiendo ella en llevar adelante el chistoso papel que estabadesempeñando, llegose a Inés, que también se moría de risa, y le dijo:

—¡Ola, madama! ¿Cómo la porta bu...? ¿Ha visto bu a la condesa? ¡Quémagnífico ha estado el concierto y la ópera de Mitrídates! ¡Oh!,madama... andiamo a tocare il forte piano...

Aquí viene il maestro siñorD. Paquitini... tan, taralá, tan tin, tan.

Y se puso a bailar un minueto.

—Vaya—exclamó D. Paco, echándosela de benévolo, pero afectando muchaseriedad—les perdono lo que ha pasado si se acaba este jaleo, y va cadauna a su puesto. La señora viene.

Inés continuaba en la reja atisbando afuera, y también a ratos decía:

—¡Que va a llegar!

Presentación volvió a cantar, y luego dijo:

—Paquito de mi alma, si bailas conmigo te doy otro beso.

Y sin esperar respuesta del anciano, le tomó por los brazos, haciéndoledar rápidas vueltas.

—Que me atonta, que me mata esta condenada—exclamaba el maestro,describiendo curvas sin poderse defender, ni soltar.

—¡Ay, Paquito de mi alma y de mi vida, cuánto te quiero!-

decíaPresentación.

El preceptor, abandonado de los ágiles brazos de su pareja, cayó alsuelo, pidiendo al cielo justicia; la muchacha le enredó una flor entrelas blancas guedejas de su peluca de ala de pichón, y dijo así:

—Toma, amor mío, esta flor en memoria de lo que te quiero.

Quiso levantarse, y empujado por Asunción, cayó al suelo.

Quiso tirar deél Presentación y quedose con un pedazo de solapa en la mano. Levantoseal fin, y persiguiéndole las dos con risas y festejo, trató una de ellasde darle un latigazo con una varita de sacudir telas; mas lo hizo contan mala suerte que dando un cachiporrazo al altar, toda la máquina desantos, velas y juguetes se vino al suelo con estrépito. Mientras acudíaa remediar el desperfecto, D. Paco estaba en tierra de rodillas, con losbrazos en cruz y la mirada fija en el techo y con voz compungida yentrecortada, mientras gruesos lagrimones lustraban sus mejillas, decía:

—¡Señor Omnipotente y Misericordioso: que estas agonías sean endescargo de mis pecados! Mucho padeciste en la cruz;

¿pero y esto,Señor, esto no es cruz, estos no son clavos?, ¿estas no son espinas?,¿estos no son bofetones y hiel y vinagre?

Castigo es este del granpecado que cometí ocultando a mi señora las travesuras de estas niñas, ylas mil picardías que han aprendido sin que nadie se las enseñase; peropor la lanzada que te dieron, Señor, juro que seré leal y fiel con miquerida ama, y que no he de ocultarle ni tanto así de lo que pasa.

D. Diego y yo, que habíamos permanecido observando aquel espectáculo sinser vistos, quisimos entrar; pero vimos que Inés se apartó vivamente dela reja, y en el mismo instante pasó por la calle una figura, unasombra, en quien reconocimos a lord Gray.

Apenas habíamos tenido tiempode reconocerle, cuando un objeto, entrando por la reja, vino a caer enmedio de la sala. Al punto se abalanzó hacia el pequeño bulto D. Paco, yobservándolo y recogiéndolo, dijo:

—¿Una cartita, eh? La ha arrojado un hombre.

Inés, que se acercó de nuevo a la reja, exclamó con terror:

—¡Doña María, doña María viene ya!

XIII

Se quedaron muertas, petrificadas; pero con presteza extraordinaria lastres empezaron a ordenar los objetos, para que cada cosa estuviese en susitio. Arreglaron el altar atropelladamente; despojose la una de losatavíos que se había puesto; compuso la otra su vestido en desorden;pero por más prisa

que

se

daban,

tales

eran

la

confusión

y

desconciertoproducidos allí por la anarquía, que no había medio de volverlo todo asu primitivo estado. D. Diego me dijo, al ver que las muchachas iban aser sorprendidas antes de poder borrar las huellas de su rebelión:

—Amigo, huyamos.

—¿A dónde?

—A la Patagonia, a las Antípodas. ¿Tú no adivinas lo que va a pasaraquí?

—Quedémonos, amigo, y tal vez hagamos una buena obra defendiendo aestas infelices, si el preceptor las delata.

—¿Viste que pasó un hombre y arrojó dentro un billete?

—Era lord Gray. Veamos en qué para esto.

—Pero mi madre viene; y si te ve aquí en acecho...

Ni esta consideración me hizo apartar de la estancia que nos servía deobservatorio; pero afortunadamente doña María no entró por allí, ypasando primero a su alcoba, penetró por esta a la funesta habitacióndonde ocurriera el sainete que iba a terminar en tragedia. Nosotros nospusimos en disposición de poder oírlo todo sin ser vistos, aunquetambién sin ver nada.

Sepulcral silencio reinó por breve tiempo en lapieza, y al fin interrumpiole la condesa, diciendo con la mayorseveridad:

—¿Qué desorden es este? Inés, Asunción, Presentación... ese altardestrozado, esos vestidos por el suelo... Niñas, ¿por qué estáis tansofocadas, por qué tenéis tan encendido el rostro?...

Tembláis... Vamosa ver; Sr. D. Paco, ¿qué ha pasado aquí?...

¿Pero qué veo? Señor D.Paco, señor preceptor, ¿por qué tiene usted destrozada la ropa?... ¡Puesy ese gran cardenal en el carrillo...? ¿Ha estado usted quitandotelarañas con la peluca?

—Se... se... señora doña María de mi alma—dijo el ayo con voz trémulay cierto hipo producido por su gran zozobra y la lucha que diversossentimientos sostenían sin duda entonces en su pobre alma—yo no puedocallar más... Mi conciencia no me lo permite. Yo... hace cuarenta añosque co... co... como el pan de esta casa... y no puedo...

No pudiendo seguir, prorrumpió en llanto copiosísimo.

—Pero ¿a qué vienen esos lloros?... ¿Qué han hecho las niñas?

—Señora—dijo al fin D. Paco entre sollozos, hipidos y babeos—; me hanpegado, me han arrastrado, me han...

Asuncioncita se puso a imitar a lagente de los paseos.

Presentacioncita bailó el zorongo, el bran deInglaterra y la zarabanda... Luego pasó por la calle un caballerito,miró adentro y les arrojó este billete.

Hubo un momento de silencio, de esos silencios angustiosos como el queprecede al cañonazo, después que se ha visto la mecha próxima al cebo.Durante aquel intervalo de mudo terror, que desde la escena donde taldrama pasaba se comunicó a nosotros, haciéndonos temblar como quienaguarda un terremoto, se sintieron los tenues chasquidos de un papel quese desdobla, y luego una exclamación de sorpresa, asombro o no sé si defiereza inaudita, que salió del tempestuoso seno de doña María.

—Esta letra es de lord Gray...—exclamó—. ¡Qué desvergonzadoatrevimiento! ¿A quién de vosotras se dirige la carta? Dice: «Idolatradoamor mío: si tus promesas no son vanas...». ¡Pero una persona como yo nopuede leer tales indecencias!... ¿A quién de vosotras dirige lord Grayesta esquela?

Continuó el silencio, uno de esos silencios que parecen anunciar eldesplome del mundo.

—Presentación, ¿es a ti? Asunción, ¿es a ti? Inés, ¿es a ti?

Respondedal momento. ¡Señor misericordioso! ¡Si alguna de mis hijas, si alguiennacido de mis entrañas ha dado motivo para que un hombre le dirija estaspalabras, prefiero que muera ahora mismo, y yo detrás, antes que tolerartal deshonra!

La imprecación retumbó en la sala como una voz de los pasados siglos queclamaba en defensa de cien generaciones ultrajadas. Oyéronse luegollantos comprimidos y el resoplido de D. Paco, que así desfogaba losardores de su corazón, inflamado ya por nobles impulsos de generosidad.

—Señora—dijo moqueando y babeando—perdone usía a las niñas. Eso nohabrá sido nada. Tal vez un tuno que pasó por la calle. Ellas se hanestado muy calladitas.

—Se me figura—dijo doña María sin perder la dignidad en su cólera—queno tendré que hacer grandes averiguaciones para saber quién ha motivadoesta amorosa epístola. Tú, Inés, tú has sido. Hace tiempo que sospechabaesto...

Nuevo silencio.

—Responde—prosiguió doña María—. Yo tengo derecho a saber en quéemplea su tiempo la que va a casarse con mi hijo.

Entonces oí la voz de Inés, que claramente y no muy turbada respondía:

—Sí, señora doña María. Lord Gray escribió para mí.

Perdóneme usted.

—¡De modo que tú!...

—Yo no tengo culpa... Lord Gray...

—Te ha trastornado el juicio—dijo doña María—. ¡Bonita y ejemplarconducta de una niña de tu condición, que representa una de las másprincipales casas de España! ¡Inés, vuelve en ti, por Dios, repara quiéneres! ¿Es posible que una joven destinada?... Yo he observado que es tunatural de suyo profano a las mundanidades. Ya supieron lo que se hacíandestinándote a ser casada y a ocupar alto puesto en la corte, que si porarte del demonio hubiérante consagrado al claustro o a un decorosocelibato... ¡pobre criatura!, tiemblo de pensarlo.

La ansiedad y zozobra que yo experimentaba no me permitieron reflexionarsobre las peregrinas ideas de doña María.

—No has sido tú educada por mí—prosiguió esta—que de haberlo sido...otra sería tu conducta...

—Señora madre—dijo Asunción llorando—. Inés no volverá a faltar más.

—Calla tú, necia. Después os ajustaré a vosotras dos las cuentas, puesdijo D. Paco que habíais bailado y cantado.

—No, señora, no ha habido nada de baile ni de canto: fue bromamía—exclamó muy sofocado el pobre preceptor, cuyo espíritu se afligíacon los crueles alardes de justicia de su señora.

—¿Y para qué has bajado estas ropas?-preguntó la condesa a Inés.

—Para que ellas las vieran. Las subiré, señora, y no las volveré abajar más—repuso Inés con humildad.

—¡Qué fundamento de niña! ¿No conoces que si a ti te cuadran estostrapos y adornos, a ellas ni aun debe permitírseles el mirarlos? Tuconducta no puede ser más contraria al decoro.

—Señora doña María—dijo D. Paco—permítame usía que la diga que laseñora doña Inesita en lo íntimo de su corazón deplora el disgusto quela ha dado. ¿No es verdad, señora doña Inesita? Vaya, señora doña María,perdón al canto, y todo se acabó.

—No se meta usted en lo que no le importa, Sr. D. Paco—dijo lacondesa—. Y tú, Inés, ten entendido que serás perdonada, si las cosasno siguen adelante. Y no digo más sobre el particular.

Ya saben ustedesque soy benévola hasta la exageración, tolerante hasta la debilidad.Ciérrense esas rejas al punto, y vamos a trabajar y a rezar... Inés, telo repito, respira tranquilamente. Con tal que no vuelva a repetirse...

Oyéronse voces de las muchachas, que si no de alegría y completabonanza, indicaban que el temporal iba pasando.

D. Diego me dijo:

—Vámonos, no sea que mi madre quiera salir por aquí y nos sorprenda.

Nos apartamos de allí.

—¿Qué te parece lo que hemos oído?

—Una infamia, una alevosía, un crimen sin ejemplo—exclamé no pudiendocontener la cólera que me dominaba.

—¿Qué te parece la Inesita?... Buena pieza en verdad...