Cádiz by Benito Pérez Galdós - HTML preview

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gran

rey

de

la

rebelde

gente,

salud,

salud,

Pepillo,

diligente

protector

del

cultivo

de

las

uvas

y catador experto de las cubas».

. . . . . . . . . . . . . . . .

A cada instante era el poeta interrumpido por los aplausos, lasfelicitaciones, las alabanzas, y vierais allí cómo por arte mágicohabíanse confundido todas las opiniones en el unánime sentimiento dedesprecio y burla hacia nuestro rey pegadizo. Por instantes hasta elgran D. Pedro y D. Manuel José Quintana parecieron conformes.

La composición de Pepillo corrió manuscrita por todo Cádiz.

Después larefundió su autor, y fue publicada en 1812.

Dividiose después la tertulia. Los políticos se agruparon a un lado, yel atractivo de las mesas de juego llevó a la sala contigua a una buenaporción de los concurrentes. Amaranta y la condesa permanecieron allí, yD. Pedro, como hombre galante no las dejaba de la mano.

VI

—Gabriel—me dijo Amaranta—es preciso que te decidas a trocar tuuniforme a la francesa por este español que lleva nuestro amigo. Además,la orden de la Cruzada tiene la ventaja de que cada cual se encajaencima el grado que más le cuadra, como por ejemplo D. Pedro, que se hapuesto la faja de capitán general.

En efecto, D. Pedro no se había andado con chiquitas para subirse porsus propios pasos al último escalón de la milicia.

—Es el caso—dijo sin modestia el héroe—que necesita uno condecorarsea sí propio, puesto que nadie se toma el trabajo de hacerlo. En cuanto ala entrada de este caballerito en la orden, venga en buen hora; perosepa que los nuestros hacen vida ascética durmiendo en una tarima yteniendo por almohada una buena piedra. De este modo se fortalece elhombre para las fatigas de la guerra.

—Me parece muy bien—afirmó Amaranta—y si a esto añaden una comidasobria, como por ejemplo, dos raciones de obleas al día, serán losmejores soldados de la tierra. Ánimo, pues, Gabriel, y hazte caballerodel obispado de Cádiz.

—De buena gana lo haría, señores, si me encontrara con fuerzas paracumplir las leyes de un instituto tan riguroso. Para esa Cruzada delobispado se necesitan hombres virtuosísimos y llenos de fe.

—Ha hablado perfectamente—repuso con solemne acento D.

Pedro.

—Disculpas, hijo—añadió Amaranta con malicia—. La verdadera causa dela resistencia de este mozuelo a ingresar en la orden gloriosa es nosólo la holgazanería, sino también que las distracciones de un amor tanviolento como bien correspondido, le tienen embebecido y trastornado. Nose permiten enamorados en la orden, ¿verdad, Sr. D. Pedro?

—Según y conforme—respondió el grave personaje tomándose la barba condos dedos y mirando al techo—. Según y conforme. Si los catecúmenosestán dominados por un amor respetuoso y circunspecto hacia persona depeso y formalidad, lejos de ser rechazados, con más gusto son admitidos.

—Pues el amor de este no tiene nada de respetuoso—dijo Amaranta,mirando con picaresca atención a doña Flora—. Mi amiga, que me estáoyendo, es testigo de la impetuosidad y desconsideración de esteviolento joven.

D. Pedro fijó sus ojos en doña Flora.

—Por Dios, querida condesa—dijo esta—usted con sus imprudencias es laque ha echado a perder a este muchacho, enseñándole cosas que aún noestá en edad de saber. Por mi parte la conciencia no me acusa palabra niacción que haya dado motivo a que un joven apasionado se extralimitasealguna vez.

La juventud, Sr. D. Pedro, tiene arrebatos; pero sondisculpables, porque la juventud...

—En una palabra, amiga mía—dijo Amaranta dirigiéndose a doña Flora—.Ante una persona tan de confianza como el Sr. D.

Pedro, puede usteddejar a un lado el disimulo, confesando que las ternuras y patéticasdeclaraciones de este joven no le causan desagrado.

—Jesús, amiga mía—exclamó mudando de color la dueña de la casa—, ¿quéestá usted diciendo?

—La verdad. ¿A qué andar con tapujos? ¿No es verdad, señor de Congosto,que hago bien en poner las cosas en su verdadero lugar? Si nuestra amigasiente una amorosa inclinación hacia alguien, ¿por qué ocultarlo? ¿Esacaso algún pecado? ¿Es acaso un crimen que dos personas se amen? Yotengo derecho a permitirme estas libertades por la amistad que les tengoa los dos, y porque ha tiempo que les vengo aconsejando se decidan adejar a un lado los misterios, secreticos y trampantojos que a nadaconducen, sí señor, y que por lo general suelen redundar en desdoro dela persona. En cuanto a mi amiga, harto la he exhortado, condenando suinsistente celibato, y se me figura que al fin mis prédicas no seráninútiles. No lo niegue usted. Su voluntad está vacilante, y en aquellode si caigo o no caigo; de modo que si una persona tan respetable comoel Sr. D. Pedro uniera sus amonestaciones a las mías...

D. Pedro estaba verde, amarillo, jaspeado. Yo, sin decir nada, procurabaal mismo tiempo que contenía la risa, corroborar con mis actitudes ymiradas lo que la condesa decía. Doña Flora, confundida entre laturbación y la ira, miraba a Amaranta y al esperpento, y como viera aeste con el color mudado y los ojos chispeantes de enojo, turbose más ydijo:

—Qué bromas tiene la condesa, Sr. D. Pedro ¿quiere usted tomar undulcecito?

—Señora—repuso con iracunda voz el estafermo—, los hombres como yo seendulzan con acíbar la lengua, y el corazón con desengaños.

Doña Flora quiso reír, pero no pudo.

—Con desengaños, sí señora—añadió D. Pedro—, y con agravios recibidosde quien menos debían esperarse. Cada uno es dueño de dirigir susimpulsos amorosos al punto que más le conviene. Yo en edad temprana losdirigí a una ingrata persona, que al fin... mas no quiero afear suconducta, ni pregonar su deslealtad, y guardareme para mí solo las penascomo me guardé las alegrías. Y no se diga para disculpar estaingratitud, que yo falté una sola vez en veinticinco años al respeto, ala circunspección, a la severidad que la cultura y dignidad de entrambosme imponía, pues ni palabra incitativa pronunciaron mis labios, ni gestoindecoroso hicieron mis manos, ni idea impúdica turbó la pureza de mipensamiento, ni nombré la palabra matrimonio, a la cual se asocianimágenes contrarias al pudor, ni miré de mal modo, ni fijé los ojos enlas partes que la moda francesa tenía mal cubiertas, ni hice nada, enfin, que pudiera ofender, rebajar o menoscabar el santo objeto de miculto. Pero ¡ay!, en estos tiempos corrompidos no hay flor que no seaje, ni pureza que no se manche, ni resplandor que no se oscurezca conalguna nubecilla. Está dicho todo, y con esto, señoras, pido a ustedeslicencia para retirarme.

Levantábase para partir, cuando doña Flora le detuvo diciendo:

—¿Qué es eso, Sr. D. Pedro? ¿Qué arrebato le ha dado? ¿Hace usted casode las bromas de Amaranta? Es una calumnia, sí señor, una calumnia.

—¿Pero qué es esto?—dijo Amaranta fingiendo la mayor estupefacción—.¿Mis palabras han podido causar el disgusto del Sr. D. Pedro? Jesús,ahora caigo en que he cometido una gran imprudencia. Dios mío, ¡qué dañohe causado! Sr. D. Pedro, yo no sabía nada, yo ignoraba... Desunir poruna palabra indiscreta dos voluntades... Este mozalbete tiene la culpa.Ahora recuerdo que mi amiga le está recomendando siempre que le imite austed en las formas respetuosas para manifestar su amor.

—Y le reprendo sus atrevimientos—dijo doña Flora...

—Y le tira de las orejas cuando se extralimita de palabra u obra, y lepellizca en el brazo cuando salen juntos a paseo.

—Señoras, perdónenme ustedes—dijo don Pedro—pero me retiro.

—¿Tan pronto?

—Amaranta con sus majaderías le ha amoscado a usted.

—Tengo que ir a casa de la señora condesa de Rumblar.

—Eso es un desaire, Sr. D. Pedro. Dejar mi casa por la de otra.

—La condesa es una persona respetabilísima que tiene alta idea deldecoro.

—Pero no hace vestidos para los Cruzados.

—La de Rumblar tiene el buen gusto de no admitir en su casa a lospolitiquillos y diaristas que infestan a Cádiz.

—Ya.

—Allí no se juega tampoco. Allí no van Quintana el fatuo, ni Martínezde la Rosa el pedante, ni Gallego el clerizonte ateo, ni Gallardo eldemonio filosófico, ni Arriaza el relamido, ni Capmany el loco, niArgüelles el jacobino, sino multitud de personas deferentes con lareligión y con el rey.

Y dicho esto, el estafermo hizo una reverencia que medio le descoyuntó,marchándose después con paso reposado y ademán orgulloso.

—Amiga mía—dijo doña Flora—, ¡qué imprudente es usted!

¿No es verdad,Gabriel, que ha sido muy imprudente?

—¡Ya lo creo; contarlo todo en sus propias barbas!

—Yo temblaba por ti, niñito, temiendo que te ensartara con elchafarote.

—La condesa nos ha comprometido—afirmé con afectado enojo.

—Es un diablillo.

—Amiga mía—dijo Amaranta—, lo hice con la mayor inocencia. Después delo que he descubierto, me pongo de parte del desairado don Pedro. Laverdad, señora doña Flora; es una gran picardía lo que ha hecho usted.Trocarle, después de veinticinco años, por este mozuelo sinrespetabilidad...

—Calle usted, calle usted, picaruela—repuso la dueña—. Por mi parteni a uno ni a otro. Si usted no hubiera incitado a este joven con susprovocaciones...

—De aquí en adelante—dije yo—seré respetuoso, comedido ycircunspecto, como don Pedro.

Doña Flora me ofreció un dulce, pero viose obligada a poner punto en lacuestión, porque otras damas, que como ella pertenecían a la clase deplazas desmanteladas y con artillería antigua, intervinieroninoportunamente en nuestro diálogo.

He referido la anterior burlesca escena, que parece insignificante ysólo digna de momentánea atención, porque con ser pura broma, influyómucho en acontecimientos que luego contaré, proporcionándome sinsaboresy contrariedades. De este modo los más frívolos sucesos, que no parecentener fuerza bastante para alterar con su débil paso la serenidad de lavida, la conmueven hondamente de súbito y cuando menos se espera.

VII

Poco después entró en la sala el memorable D. Diego, conde de Rumblar yde Peña Horadada, y con gran sorpresa mía, ni saludó a la condesa, niesta tuvo a bien dirigirle mirada alguna.

Reconociéndome al punto,llegose a mí, y con la mayor afabilidad me saludó y felicitó por mirápido adelantamiento en la carrera de las armas, de que ya teníanoticias. No nos habíamos visto desde mi aventura famosa en el palaciodel Pardo. Yo le encontré bastante desfigurado, sin duda por recientesenfermedades y molestias.

—Aquí serás mi amigo, lo mismo que en Madrid—me dijo entrando juntosen la sala de juego—. Si estás en la Isla, te visitaré. Quiero quevengas a las tertulias de mi casa. Dime, cuando vienes a Cádiz, ¿parasaquí en casa de la condesa?

—Suelo venir aquí.

—¿Sabes que mi parienta aprecia la lealtad de los que fueron suspajes?... Ya sabrás que de esta me caso.

—La condesa me lo ha dicho.

—La condesa ya no priva. Hay divorcio absoluto entre ella y los demásde la familia... ¡oh!, ahora me acuerdo de cuando te encontramos en elPardo... Cuando le preguntaron a Amaranta que qué hacías allí, no supocontestar. Lo que hacías, tú lo podrás decir... ¿Juegas, o no?

—Jugaremos.

—Aquí al menos se respira, chico. Vengo huyendo de las tertulias de micasa, que más que tertulias son un cónclave de clérigos, frailucos yenemigos de la libertad. Allí no se va más que a hablar mal de losperiodistas y de los que quieren Constitución. No se juega, Gabriel, nise baila, ni se refresca, ni se hablan más que sosadas y boberías... Detodos modos, es preciso que vengas a mi casa. Mis hermanas me han dichoque quieren conocerte; sí, me lo han dicho. Las pobres están muyaburridas. Si no fuese porque lord Gray distrae un poco a las tresmuchachas... Vendrás a casa. Pero cuidado con echártela de liberal y dejacobino. No abras la boca sino para decir mil pestes de las futurasCortes, de la libertad de la imprenta, de la revolución francesa, y tencuidado de hacer una reverencia cuando se nombre al rey, y de decir algoen latín al modo de conjuro siempre que citen a Bonaparte, a Robespierreo a otro monstruo cualquiera. Si así no lo haces, mi mamá te echará alpunto a la calle, y mis hermanas no podrán rogarte que vuelvas.

—Muy bien; tendré cuidado de cumplir el programa. ¿En dónde nosveremos?

—Yo iré a la Isla o nos veremos aquí, aunque la verdad... Tal vez novuelva. Mi mamá me tiene prohibido poner los pies en esta casa. Vete ala mía, y pregunta por tu amigo don Diego, el que ganó la batalla deBailén. Yo le he hecho creer a mi mamá que entre tú y yo ganamos aquellacélebre batalla.

—¿Y Santorcaz?

—En Madrid sigue de comisario de policía. Nadie le puede ver; pero élse ríe de todos y cumple con su obligación. Con que juguemos. Yo voy alcaballo.

El juego, antes frío y mal sostenido por personas sin entusiasmo, seanimó con la presencia de Amaranta, que fue a poner su dinero en labalanza de la suerte. Para que todo marchase a pedir de boca, llegó enaquel crítico punto lord Gray, de quien dije había desaparecido alcomienzo de la tertulia.

Como de costumbre, el espléndido inglés reclamópara sí las preeminencias

de

banquero,

y

tallando

él

con

serenidad,apuntando nosotros con zozobra y emoción, le desvalijamos a toda prisa.Sobre todo Amaranta y yo tuvimos una suerte loca. Doña Flora, por elcontrario, veía mermados con rapidez sus exiguos capitales y D. Diego semantuvo en tabla con vaivenes de desgracia y fortuna.

Indiferente a su ruina el inglés, más sacaba cuanto más perdía, y todolo que de sus bolsillos se trasegó al montón, venía después del montón avisitar los míos, que se asombraban de una abundancia jamás por ellosconocida. La función no concluyó sino cuando lord Gray no dio más de sí,acabándose la tertulia.

Los políticos, sin embargo, continuabandisputando en la sala vecina, aun después de retirada la última monedade la mesa de juego.

Cuando salimos para continuar el monte en casa de lord Gray, D. Diego medijo:

—Mi mamá cree a estas horas que duermo como un talego. En casa nosretiramos a las diez. Mi mamá, después de cenar, nos echa la bendición,rezamos varias oraciones y nos manda a la cama. Yo me retiro a laalcoba, fingiendo tener mucho sueño, apago la luz y cuando todo está ensilencio, escápome bonitamente a la calle. Muy de madrugada vuelvo, abromis puertas con llaves a propósito, y me meto en el lecho. Sólo mishermanitas están en el secreto y favorecen la evasión.

Lord Gray nos obsequió en su casa con una espléndida cena; sacamos luegoel libro de las cuarenta hojas y con sus textos pasamos febrilmenteentretenidos la noche. D. Diego en tabla, el inglés perdiendo lasentrañas, y yo ganando hasta que cansados los tres y siempre invariabley terca la fortuna, dimos por terminada la partida. ¡Oh!, en losgloriosos años de 1810, 1811 y 1812 se jugaba mucho, pero mucho.

Desde aquella noche no pude volver a Cádiz hasta la tarde del 28 deMayo, formando parte de las fuerzas que se enviaron para hacer loshonores a la Regencia, que al día siguiente debía instalarse en elpalacio de la Aduana. Esta ceremonia de la instalación fue muy divertiday animada tanto el día 29 como el 30, por ser en este los de nuestroseñor rey D. Fernando VII.

Cuando estábamos en la Aduana, haciendoguardia de honor a la Regencia, reunida dentro en sesión solemne, oímosdecir que en aquel mismo día se presentarían en Cádiz al pie de ciencoraceros a la antigua que querían ofrecer sus respetos al podercentral. Al punto que tal oí, acordeme del insigne D.

Pedro, y no dudéque él fuese autor de la diversión que se nos preparaba.

Las doce serían, cuando una gran turba de chicos desembocando por lascalles de Pedro Conde y de la Manzana, anunció que algo muyextraordinario y divertido se aproximaba; y con efecto, tras el infantilescuadrón, que de mil diversos modos y con variedad de chillidosmanifestaba su regocijo, vierais allí aparecer una falange de cien acaballo vestidos todos con el mismo traje amarillo y rojo que yo habíavisto en las secas carnes del gran D. Pedro. Este venía delante con fajade capitán general sobre el arlequinado traje, y tan estirado,satisfecho y orgulloso,

que

no

se

cambiara

por

Godofredo

de

Bouillónentrando triunfante en Jerusalén.

Ni él ni los demás llevaban corazas, pero sí cruces en el pecho; y encuanto a armas, cuál llevaba sable, cuál espadín de etiqueta.

Comodiversión de Carnestolendas, aquello podía tolerarse; pero como Cruzadadel obispado de Cádiz para acabar con los franceses, era de lo másgrotesco que en los anales de la historia se puede en ningún tiempoencontrar.

La multitud les victoreaba, por la sencilla razón de que se divertía;ellos, con los aplausos, se creían no menos dignos de admiración que lashuestes de César o Aníbal; y por fortuna nuestra, desde el Puerto deSanta María, donde estaban los franceses, no podía verse ni contelescopio semejante fiesta, que si la vieran, de buena gana habríanhecho más ruido las risas que los cañones.

Llegaron a la Aduana, pidió permiso el que los mandaba para entrar asaludar a la Regencia, se lo negamos, creyendo que los de la Junta nohabrían perdido el juicio; insistió D. Pedro, golpeando el suelo con elsable y profiriendo amenazas y bravatas; entramos a notificar a losseñores qué clase de estantiguas querían colarse en el palacio delgobierno, y este al fin consintió en ser felicitado por los caballeros ala antigua, temiendo despopularizarse si no lo hacía. ¡Debilidad propiade autoridades españolas!

Entró, pues, Congosto, seguido de cinco de los suyos, escogidos entrelos más granados, atravesó el salón de corte, y al encarar con los de laRegencia hizo una profunda cortesía, irguiose después, paseó suorgullosa vista de un confín a otro de la sala, metió la mano en elbolsillo de los gregüescos y con gran sorpresa de todos los que leveíamos, sacó unos anteojos de gruesa armadura, que se caló sobre lamartilluda nariz. Tal facha y vestido con anteojos era de lo másridículo que puede imaginarse. Los de la Regencia fluctuaban entre elenojo y la risa, y los extraños que presenciaban aquello, no disimulabansu contento por disfrutar de escena tan chusca.

Luego que se ensartó los espejuelos y los acomodó bien, enganchados enlas orejas y apoyados en la nariz, metió la otra mano en el otrobolsillo y saco un papel, ¡pero qué papel! Lo menos tenía una vara.Todos creímos que sería un discurso; pero no, señores, eran unos versos.Entonces, para hablar al Rey o al público o a las autoridades, privabanlos malos versos sobre la mala prosa. Desdobló, pues, el luengo papel,tosió limpiando el gaznate, se atusó los largos bigotes, y con vozcavernosa y retumbante dio principio a la lectura de una sarta deendecasílabos cojos, mancos y lisiados, tan rematadamente malos comoobra que eran del mismo personaje que los leía.

Siento no poder dar amis amigos una muestra de aquella literatura, porque ni se imprimieronni puedo recordarlos; pero si no la forma, tengo presente el sentido,que se reducía a encomiar la necesidad de que todo el mundo se vistieraa la antigua, único modo de resucitar el ya muerto y enterrado heroísmode los antiguos tiempos.

Durante la lectura había sacado D. Pedro la espada, y todas las frasesfuertes las acompañaba de tajos, mandobles y cuchilladas en el aire,volteando el arma por encima de su cabeza, lo cual remató el grotescopapel que estaba haciendo. Luego que acabara de leer los malhadadosversos, guardó el cartapacio, descolgó de la nariz los anteojos, yenvainando la espada, hizo otra profunda reverencia y salió del salónseguido de los suyos.

¡Señores, que es verdad lo que digo! Me ofenden esas muestras deincredulidad de los que me escuchan. Ábrase la historia, no las queandan en manos de todos, sino otras algo íntimas, y que testigospresenciales dictaron. Pues qué, ¿se ha olvidado ya la condiciónsainetesca y un tanto arlequinada de nuestros partidos políticos en elperíodo de su incubación?

Verdad purísima, santa verdad es lo que hereferido, aunque parece inverosímil, y aún me callo otras cositas por noofender el decoro nacional.

Después, la graciosa procesión recorrió las calles de Cádiz con grandealegría de todo el pueblo, que se regocijaba con tal motivoextraordinariamente, sin decidirse por eso a vestir a la antigua... ¡Tangrande era su buen sentido! Los balcones y miradores se poblaban dedamas, y en la calle la multitud seguía a los cruzados. Sobre todo loschicos tuvieron un día felicísimo.

No faltó más para que aquello separeciese a la entrada de D.

Quijote en Barcelona, sino que losmuchachos aplicaran a ciertas partes del caballo que montaba don Pedrolas célebres aliagas, y aun creo que algo de esto aconteció al fin deltriunfal paseo y cuando se volvían a la Isla.

Después del acontecimiento referido, ciertos sucesos tristísimosdeterminan un paréntesis no corto en esta parte de la historia de mivida que voy refiriendo. El 1º de Junio sentíame enfermo y caí con lafiebre amarilla, cual otros tantos que en aquella temporada fueronvíctimas del terrible tifus, con menos suerte que un servidor deustedes, el cual escapó de las garras de la muerte, después de verse enestado tal que vislumbraba los horizontes del otro mundo.

Mi mal (ya me había atacado en la niñez con distinto carácter) no fuemuy largo. Yo estaba en la Isla. Asistiéronme mis amigos cariñosamente;visitábame lord Gray todos los días, y Amaranta y doña Flora hicieronlargas guardias y vigilias en la cabecera de mi lecho. Cuando me vieronfuera de peligro las dos lloraban de alegría.

Durante la convalecencia, D. Diego fue a visitarme, y me dijo:

—Mañana mismo vendrás a mi casa. Mis hermanas y mi novia me preguntanpor ti todos los días. ¡Qué susto se han llevado!

—Iré mañana—le respondí.

Pero yo estaba muy lejos de esperar la orden militar e inapelable quepor algún tiempo me desterrara de mi ciudad querida. Es el caso que D.Mariano Renovales, aquel soldado atrevido que tan heroicas hazañasrealizó en Zaragoza, fue destinado a mandar una expedición que debíasalir de Cádiz para desembarcar en el Norte. Renovales era un hombre muybravo; pero con esta bravura salvaje de nuestros grandes hombres deguerra: valor desnudo de conocimientos militares y de todos los demástalentos que enaltecen al buen general. Había publicado el guerrillerouna proclama extravagantísima, en cuya cabeza se veía un grabadorepresentando a Pepe Botellas cayéndose de borracho y con un jarro devino en la mano, y el estilo del tal documento correspondía a lo innobley ridículo de la estampa. Sin embargo, por esto mismo le elogiaron muchoy le dieron un mando. ¡Achaques de España! Estos majaderos suelen hacerfortuna.

Pues señor, como decía, diose a Renovales un pequeño cuerpo de ejército,y en este cuerpo de ejército me incluyeron a mí, obligándome, casienfermo todavía, a seguir al loco guerrillero en su más loca expedición.Obedecí y embarqueme con él, despidiéndome de mis amigos. ¡Oh, quéaventura tan penosa, tan desairada, tan funesta, tan estéril! Fiadempresas delicadas a hombres ignorantes y populacheros que no tienen máscualidad que un valor ciego y frenético.

No quiero contar los repetidos desastres de la expedición.

Sufrimostempestades, aguantamos todo género de desdichas, y para colmo dedesgracia, lejos de hacer cosa alguna de provecho, parte de las tropasdesembarcadas en Asturias cayeron en poder de los franceses. Graciasdimos a Dios los pocos que después de tres meses y medio de angustiosaspenas, pudimos regresar a Cádiz, avergonzados por el infausto éxito dela aventura. Yo comparé a mis compañeros de entonces con los individuosde la Cruzada en la falta de sentido común.

Regresamos a Cádiz. Algunos fueron a recibirnos con júbilo creyendo quevolvíamos cubiertos de gloria, y en breves palabras contamos loocurrido. La gente entusiasta y patriotera no quería creer que elvaliente Renovales fuese un majadero. Por desgracia, de esta clase dehéroes hemos tenido muchos.

Luego que descansamos un poco, después de poner el pie en tierra, fuimosa presentarnos a las autoridades de la Isla. Era el 24 de Setiembre.

VIII

Una gran novedad, una hermosa fiesta había aquel día en la Isla.Banderolas y gallardetes adornaban casas particulares y edificiospúblicos, y endomingada la gente, de gala los marinos y la tropa, degala la Naturaleza a causa de la hermosura de la mañana y esplendenteclaridad del sol, todo respiraba alegría.

Por el camino de Cádiz a laIsla no cesaba el paso de diversa gente, en coche y a pie; y en la plazade San Juan de Dios los caleseros gritaban, llamando viajeros:-¡A lasCortes, a las Cortes!

Parecía aquello preliminar de función de toros. Las clases todas de lasociedad concurrían a la fiesta, y los antiguos baúles de la casa delrico y del pobre habíanse quedado casi vacíos.

Vestía el poderosocomerciante su mejor paño, la dama elegante su mejor seda, y losmuchachos artesanos, lo mismo que los hombres del pueblo, ataviados consus pintorescos trajes salpicaban de vivos colores la masa de lamultitud. Movíanse en el aire los abanicos, reflejando en mil rápidosmatices la luz del sol, y los millones de lentejuelas irradiaban susesplendores sobre el negro terciopelo. En los rostros había tantaalegría, que la muchedumbre toda era una sonrisa, y no hacía falta queunos a otros se preguntasen a dónde iban, porque un zumbido perennedecía sin cesar:-¡A las Cortes, a las Cortes!

Las calesas partían a cada instante. Los pobres iban a pie, con susmeriendas a la espalda y la guitarra pendiente del hombro.

Los chicos delas plazuelas, de la Caleta y la Viña, no querían que la ceremoniaestuviese privada del honor de su asistencia, y arreglándose susandrajos, emprendían con sus palitos al hombro el camino de la Isla,dándose aire de un ejército en marcha, y entre sus chillidos y bufidos yalgazara se distinguía claramente el grito general:-¡A las Cortes, a lasCortes!

Tronaban los cañones de los navíos fondeados en la bahía; y entre elblanco humo las mil banderas semejaban fantásticas bandadas de pájarosde colores arremolinándose en torno a los mástiles. Los militares ymarinos en tierra ostentaban plumachos en sus sombreros, cintas yveneras en sus pechos, orgullo y júbilo en los semblantes. Abrazábansepaisanos y militares congratulándose de aquel día, que todos creían elprimero de nuestro bienestar. Los hombres graves, los escritores yperiodistas, rebosaban satisfacción, dando y admitiendo plácemes por laaparición de aquella gran aurora, de aquella luz nueva, de aquellafelicidad desconocida que todos nombraban con el grito placenterode:-¡Las Cortes, las Cortes!

En la taberna del Sr. Poenco no se pensaba más que en libaciones enhonor del gran suceso. Los majos, contrabandistas, matones, chulos,picadores, carniceros y chalanes, habían diferido sus querellas para quela majestad de tan gran día no se turbara con ataques a la paz, a laconcordia y buena armonía entre los ciudadanos. Los mendigos abandonaronsus puestos corriendo hacia la Cortadura que se inundó de mancos, cojosy lisiados, ganosos de recoger abundante cosecha de limosnas entre lamucha gente, y enseñando sus llagas, no pedían en nombre de Dios y lacaridad, sino de aquella otra deidad nueva y santa y sublime,diciendo:-¡Por las Cortes, por las Cortes!

Nobleza, pueblo, comercio, milicia, hombres, mujeres, talento, riqueza,juventud, hermosura, todo, con contadas excepciones, concurrió al granacto, los más por entusiasmo verdadero, algunos por curiosidad, otrosporque habían oído hablar de las Cortes y querían saber lo que eran. Lageneral alegría me recordó la entrada de Fernando VII en Madrid en Abrilde 1808, después de los sucesos de Aranjuez.

Cuando llegué a la Isla, las calles estaban intransitables por la muchagente. En una de ellas la multitud se agolpaba para ver una procesión.En los miradores apenas cabían los ramilletes de señoras; clamaban a vozen grito las campanas y gritaba el pueblo, y se estrujaban hombres ymujeres contra las paredes, y los chiquillos trepaban por las rejas, ylos soldados formados en dos filas pugnaban por dejar el paso franco ala comitiva. Todo el mundo quería ver, y no era posible que vierantodos.

Aquella procesión no era una procesión de santas imágenes, ni de reyesni de príncipes, cosa en verdad muy vista en España para que así llamarala atención: era el sencillo desfile de un centenar de hombres vestidosde negro, jóvenes unos, otros viejos, algunos sacerdotes, seglares losmás. Precedíales el clero con el infante de Borbón de pontifical y losindividuos de la Regencia, y les seguía gran concurso de generales,cortesanos antaño

de

la

corona

y

hoy

del

pueblo,

altos

empleados,consejeros de Castilla, próceres y gentileshombres, muchos de los cualesignoraban qué era aquello.

La procesión venía de la iglesia mayor donde se había dicho solemne misay cantado un Te Deum. El pueblo no cesaba de gritar ¡Viva lanación! , como pudiera gritar ¡viva el rey!, y un coro que se habíacolocado en cierto entarimado detrás de una esquina entonó el himno, muylaudable sin duda, pero muy malo como poesía y música; que decía:

Del

tiempo

borrascoso

que

España

está

sufriendo

va

el

horizonte

viendo

alguna

claridad.

La

aurora

son

las

Cortes

que

con

sabios

vocales

remediarán

los

males

dándonos libertad.

El músico había sido tan inhábil al componer el discurso musical, y tanpoco conocía el arte de las cadencias, que los cantantes se veíanobligados a repetir cuatro veces que con sabios, que con sabios, etc.Pero esto no quita su mérito a la inocente y espontánea alegría popular.

Cuando pasó la comitiva encontré a Andrés Marijuán, el cual me dijo:

—Me han magullado un brazo dentro de la iglesia. ¡Qué gentío! Pero mepropuse ver todo y lo vi. Lindísimo ha estado.

—¿Pero ya empezaron los discursos?

—Hombre no. Dijo una misa muy larga el cardenal narigudo, y luego losregentes tomaron juramento a los procuradores, diciéndoles:-¿Juráisconservar la religión católica? ¿Juráis conservar la integridad de lanación española? ¿Juráis conservar en el trono a nuestro amado rey D.Fernando? ¿Juráis desempeñar

fielmente

este

cargo?,

a

lo

cual

ellos

ibancontestando que sí, que sí y que sí. Después echaron un golpe de órganoy canto llano y se acabó. Gabriel, a ver si podemos entrar en el salónde sesiones.

Yo no creí prudente intentarlo; pero fui hacia allá, codeando a diestroy siniestro, cuando al llegar junto al teatro, ante cuyas puertas seagolpaban masas de gente y no pocos coches, sentí que vivamente mellamaban, diciendo:—Gabriel, Araceli, Gabriel, señor D. Gabriel, Sr. deAraceli.

Miré a todos lados, y entre el gentío vi dos abanicos que me hacíanseñas y dos caras que me sonreían. Eran las de Amaranta y doña Flora. Alpunto me uní a ellas, y después que me saludaron y felicitaroncariñosamente por mi feliz llegada, Amaranta dijo:

—Ven con nosotras, tenemos papeletas para entrar en la galeríareservada.

Subimos todos, y por la escalera pregunté a la condesa si algúnacontecimiento había modificado la situación de nuestros asuntos,durante mi ausencia, a lo que me contestó:

—Todo sigue lo mismo. La única novedad es que mi tía padece ahora unreumatismo que la tiene baldada. Doña María la domina completamente y esquien manda en la casa y quien dispone todo... No he podido ni una vezsola ver a Inés, ni ellas salen a la calle, ni es posible escribirle. Yoesperaba con ansia tu llegada, porque D. Diego prometió llevarte allá.Cuando vayas espero grandes resultados de tu celosa tercería. A lordGray no hay quien le saque una palabra; pero los indicios de lo que tedije aumentan. Por la criada sabemos que doña María está con una orejaalta y otra baja, y que el mismo D. Diego, con ser tan estúpido, lo hadescubierto y rabia de celos. Mañana mismo es preciso que vayas allá,aunque yo dudo mucho que la de Rumblar quiera recibirte.

No hablamos más del asunto porque el Congreso Nacional ocupó todanuestra atención. Estábamos en el palco de un teatro; a nuestro lado enlocalidades iguales veíamos a multitud de señoras y caballeros, a losembajadores y otros personajes. Abajo en lo que llamamos patio, losdiputados ocupaban sus asientos en dos alas de bancos: en el escenariohabía un trono, ocupado por un obispo y cuatro señores más y delante lossecretarios del despacho. Poco habían unos y otros calentado losasientos, cuando los de la Regencia se levantaron y se fueron comodiciendo: «Ahí queda eso».

—Esta pobre gente—me dijo Amaranta—no sabe lo que trae entre manos.Mírales cómo están desconcertados y aturdidos sin saber qué hacer.

—Se ha marchado el venerable obispo de Orense—dijo doña Flora—. Porahí se susurra que no le hacen maldita gracia las dichosas Cortes.

—Por lo que oigo, están eligiendo quien las presida—dije—.

Hay aquíun traer y llevar de papeletas que es señal de votación.

—Buenas cosas vamos a ver hoy aquí—añadió Amaranta con el regocijo queda la esperanza de una diversión.

—Yo lo que quiero es que prediquen pronto—añadió doña Flora—.Prontito, señores. Veo que hay muchos clérigos, lo cual es prueba de queno faltarán picos de oro.

—Pero estos clérigos filósofos son torpes de lengua—afirmó Amaranta—.Aquí hablarán más los seglares, y será tal el barullo, que veremosescenas tan graciosas como las de un concejo de pueblo con fuero. Amiga,preparémonos a reír.

—Ya parece que tienen presidente. Oigamos lo que lee aquel caballeritoque está en el escenario y que parece un mal actor que no sabe el papel.

—Está conmovido por la majestad del acto—repuso Amaranta—. Me pareceque estos señores darían algo ahora porque les mandasen a sus casas.Verdaderamente las fachas no son malas.

—Desde aquí veo al vizconde de Matarrosa—indicó doña Flora—. Es aquelmozalbete rubio. Le he visto en casa de Morlá, y es chico despejado...Como que sabe inglés.

—Ese angelito debiera estar mamando, y le van a dispensar la edad paraque sea diputado—repuso la condesa—. Como que no tiene más años quetú, Gabriel. Vaya unos legisladores que nos hemos echado. Aquí tenemosSolones de veinte abriles.

—Querida condesa—dijo la otra—desde aquí veo todas las narices y todala boca de D. Juan Nicasio Gallego. Está abajo entre los diputados.

—Sí, allí está. De un bocado se tragará Cortes y Regencia. Es el hombrede mejores ocurrencias que he visto en mi vida, y de seguro ha venidoaquí a reírse de sus compañeros de procuraduría. ¿No es aquel que está asu lado D. Antonio Capmany? ¡Miren qué facha! No se puede estar quietoun instante y baila como una ardilla.

—Ese que se sienta en este momento es Mejía.

—También veo la cara seráfica de Agustinito Argüelles. Dicen que estepredica muy bien. ¿Ve usted a Borrull? Cuentan que este no quiereCortes. Pero empiece de una vez la función ¡qué pesados son!

—Aquí como no se paga la entrada, no hay derecho a impacientarse.

—Ya está dispuesta la presidencia. ¿Tocarán un pito para empezar?

—Yo tengo una curiosidad por oír lo que digan...

—Y yo.

—Será un disputar graciosísimo—dijo Amaranta—porque cada cual pediráesto y lo otro y lo de más allá.

—Conque salga uno diciendo: «Yo quiero tal cosa», y otro responda:«Pues no me da la gana», se animará esta desabrida reunión.

—¡Cuándo las habrán visto más gordas! Será gracioso oír a los clérigosgritar: «Fuera los filósofos», y a los seglares: «Fuera los curas». Veocon sorpresa que el presidente no tiene látigo.

—Es que guardarán las formas, amiga mía.

—¿En dónde han aprendido ellos a guardar formas?

—Silencio, que va a hablar un diputado.

—¿Qué dirá? Nadie lo entiende.

—Se vuelve a sentar.

—En el escenario hay uno que lee.

—Se levantarán algunos de sus asientos.

—Ya. Acaban de decir que quedan enterados.

—Nosotros también. Tanto ruido para nada.

—Silencio, señores, que vamos a oír un discurso.

—¡Un discurso! Oigamos. ¡Qué ruido en los palcos!

Si no calla el público, el presidente mandará bajar el telón.

—¿Es aquel clérigo que está allí enfrente quien va a hablar?

—Se ha levantado, se arregla el solideo, echa atrás la capa.

¿Le conoceusted?

—Yo no.

—Ni yo. Oigamos qué dice.

—Dice que sería prudente adoptar una serie de proposiciones que tieneescritas en un papelito.

—Bueno: léanos usted ese papelito, señor cura.

—Parece que hablará primero.

—¿Pero quién es?

—Parece un santo varón.

En los palcos inmediatos corría de boca en boca un nombre que llegóhasta el nuestro. El orador era D. Diego Muñoz Torrero.

Señores oyentes o lectores, estas orejas mías oyeron el primer discursoque se pronunció en asambleas españolas en el siglo XIX. Aún retumba enmi entendimiento aquel preludio, aquella voz inicial de nuestras gloriasparlamentarias, emitida por un clérigo sencillo y apacible, de ánimosereno, talento claro, continente humilde y simpático. Si al principiolos murmullos de arriba y abajo no permitían oír claramente su voz, pocoa poco fueron acallándose los ruidos y siguió claro y solemne eldiscurso. Las palabras se destacaban sobre un silencio religioso,fijándose de tal modo en la mente que parecían esculpirse. La atenciónera profunda, y jamás voz alguna fue oída con más respeto.

—¿Sabe usted, amiga mía—dijo en un momento de descanso doña Flora—queeste cleriguito no lo hace mal?

—Muy bien. Si todos hablaran así, esto no sería malo. Aún no me heenterado bien de lo que propone.

—Pues a mí me parece todo lo que ha dicho muy puesto en razón. Yasigue. Atendamos.

El discurso no fue largo, pero sí sentencioso, elocuente y erudito. Enun cuarto de hora Muñoz Torrero había lanzado a la faz de la nación elprograma del nuevo gobierno, y la esencia de las nuevas ideas. Cuando laúltima palabra expiró en sus labios, y se sentó recibiendo lasfelicitaciones y los aplausos de las tribunas, el siglo décimo octavohabía concluido.

El reloj de la historia señaló con campanada, no por todos oída, suúltima hora, y realizose en España uno de los principales dobleces deltiempo.

IX

—Atención, que van a leer el papelito.

D. Manuel Luxán leyó.

—¿Se ha enterado usted, amiga doña Flora?

—¿Acaso soy sorda? Ha dicho que en las Cortes reside la Soberanía dela Nación.

—Y que reconocen, proclaman y juran por rey a Fernando VII...

—Que quedan separadas las tres potestades... no sé qué terminachos hadicho.

—Que la Regencia que representa al Rey o sea poder ejecutivo prestejuramento.

—Que todos deben mirar por el bien del Estado. Eso es lo mejor, y condecirlo, sobraba lo demás.

—Ahora se levanta gran tumulto entre ellos, amiga mía.

—Van a disputar sobre eso. Pues no levantará mal cisco el cleriguito.¿Cómo se llama?...

—D. Diego Muñoz Torrero.

—Parece que vuelve a hablar.

En efecto, Muñoz Torrero pronunció un segundo discurso en apoyo de susproposiciones.

—Ahora me ha gustado más, mucho más, señora condesa—

dijo la deCisniega—. A este hombre le haría yo obispo. ¿No es justo y razonablelo que ha dicho?

—Sí, que las Cortes mandan y el rey obedece.

—De modo, que según la Soberanía de la Nación, el gobierno del reinoestá dentro de este teatro.

—Ahora le toca a Argüelles, amiga mía. Lo que me gusta es que todosdicen que están de acuerdo. ¿Para cuándo dejan el disputar?

—Al principio todo es mieles. Repare usted que estamos en el primeracto.

—Ahora habla Argüelles.

—¡Oh, qué bien! ¿Ha conocido usted muchos predicadores que se expresencon esa elegancia, esa soltura, esa majestad, ese elevado tono, el cualnos sorprende y embelesa de tal modo que no podemos apartar la atencióndel orador, encantándose igualmente con su presencia y voz, la vista yel oído?

—¡Cosa incomparable es esta!—expresó con entusiasmo doña Flora—. Digausted lo que quiera, han hecho muy bien en traer a España esta novedad.Así todas las picardías que cometan en el gobierno se harán públicas, yel número de los tunantes tendrá que ser menor.

—Sospecho que esto va a ser más brillante que útil—repuso lacondesa—. Oradores creo que no faltarán. Hoy todos han hablado bien;¿pero acaso es tan fácil la obra como la palabra?

Y de este modo iban comentando los discursos que sucedieron al de MuñozTorrero, los cuales alargaban tanto la sesión, que bien pronto se hizode noche y el teatro fue encendido. No por la tardanza se cansaron lasdos damas, quienes, como el resto de la concurrencia, permanecieron ensus asientos hasta entrada la noche, gozando de un espectáculo que hoy apocos cautiva por ser muy común, pero que entonces se presentaba a laimaginación con los mayores atractivos. Los discursos de aquel díamemorable dejaron indeleble impresión en el ánimo de cuantos losescucharon. ¿Quién podría olvidarlos? Aún hoy, después que he vistopasar por la tribuna tantos y tan admirables hombres, me parece que losde aquel día fueron los más elocuentes, los más sublimes, los másseveros, los más superiores entre todos los que han fatigado con suspalabras la atención de la madre España. ¡Qué claridad la de aquel día!¡Qué oscuridades después, dentro y fuera de aquel mismo recinto, unasveces teatro, otras iglesia, otras sala, pues la soberanía de la nacióntardó mucho en tener casa propia! Hermoso fue tu primer día, ¡oh, siglo!Procura que sea lo mismo el último.

Ya avanzada la noche, corrió un rumor por las tribunas. Los regentesiban a jurar, obligados a ello por las Cortes. Era aquello el primergolpe de orgullo de la recién nacida soberanía, anhelosa de que se lehincaran delante los que se conceptuaban reflejo del mismo Rey. En lospalcos unos decían: «Los regentes no juran»: y otros: «Vaya si jurarán».

—Yo creo que unos jurarán y otros no—dijo Amaranta—.

Ellos hanintentado tener de su parte el pueblo y la tropa; pero no han encontradosimpatías en ninguna parte. Los que tengan un poco de valor, mandarán alas Cortes a paseo. Los débiles se arrastrarán en ese escenario, dondeme parece que resuena todavía la voz del gracioso Querol y de laCarambilla, y besarán el escabel donde se sienta ese vejete verde, quees, si no me engaño, don Ramón Lázaro de Dou.

—¡Que juren! Con eso no habrá conflictos. Parece que hay tumulto abajo.

—Y también arriba, en el paraíso. El pueblo cree que está viendorepresentar el sainete de Castillo La casa de vecindad, y quiere tomarparte en la función. ¿No es verdad, Araceli?

—Sí señora. Ese nuevo actor que se mete donde no le llaman, darádisgustos a las Cortes.

—El pueblo quiere que juren—dijo Flora.

—Y querrá también que se les ponga una soga al cuello y se les cuelguede las bambalinas.

—Y fuera también hay marejadita.

—Me parece que esos que han entrado en el escenario son los regentes.

—Los mismos. ¿No ve usted a Castaños, al viejo Saavedra?

—Detrás vienen Escaño y Lardizábal.

—¡Cómo!—exclamó la condesa con asombro—. ¿También jura Lardizábal?Ese es el más orgulloso enemigo de las Cortes, y andaba por ahí diciendoa todo el mundo que él se guardaría las Cortes en el bolsillo.

—Pues parece que jura.

—Ya no hay vergüenza en España... Pero no veo al obispo de Orense.

—El obispo de Orense no jura—murmuraron las tribunas en rumoroso coro.

Y en efecto, el obispo de Orense no juró. Hiciéronlo humildemente losotros cuatro, con mala gana sin duda. La opinión pública en generalestaba muy pronunciada contra ellos.

Levantose la sesión, y salimostodos, oyendo a nuestro paso las opiniones del público sobre el sucesoque había puesto fin al solemne día. Casi todos decían:

—¡Ese testarudo vejete no ha querido jurar! Pero el juramento consangre entra.

—Que lo cuelguen. No acatar el decreto que se llamará de 24

deSetiembre, es dar a entender que las Cortes son cosa de broma.

—Yo me quitaba de cuentos, y al que no bajara la cabeza, le mandaríaprender, y después...

—Si esos señores no quieren más que gobierno absoluto...

En cambio otros, los menos por cierto, se expresaban así:

—¡Magnífico ejemplo de dignidad ha dado el obispo a sus compañeros!Humillar el poder real ante cuatro charlatanes...

—Veremos quién puede más—decían unos.

—Veremos quién más puede—respondían los otros.

Los dos bandos que habían nacido años antes y crecían lentamente, aunquetodavía débiles, torpes y sin brío, iban sacudiendo los andadores,soltaban el pecho y la papilla y se llevaban las manos a la boca,sintiendo que les nacían los dientes.

X

Despedime de Amaranta y su amiga, prometiendo visitarlas al díasiguiente, como en efecto lo hice. En un café de Cádiz juntóseme D.Diego, quien al punto renovó sus promesas de llevarme a la casa materna,en lo cual le di tanta prisa, que fijamos para el próximo día la visita.También hice una a lord Gray, al cual hallé sin variación alguna, y comole dijese que yo pensaba ir a casa de doña María, se sorprendió,asegurándome después que él iba todas las noches.

Cuando llegó el anochecer del día indicado, fuimos Rumblar y yo, previarepetición de las advertencias que el caso requería.

—Ten mucho cuidado—me dijo—de fingirte mojigato, si no quieres que teechen a la calle. Mis hermanas, a quien dije que estabas aquí, deseanque vayas; pero no te la eches de galante con ellas. Mucho cuidado conaludir a mis salidas de noche, porque lo hago a escondidas de mi señoramamá. A los señores que veas allí, trátales cual si fueran lumbreras dela patria y prodigios de talento y virtudes. En fin, confío en tu buensentido.

Llegamos a la casa, que estaba en la calle de la Amargura y era dehermosa apariencia. Vivía en el piso alto la de Leiva y en el principalla de Rumblar, quien por el reciente reumatismo de su ilustre parienta,ejercía el cargo de jefe y director supremo de la familia con toda laextensión propia de su carácter. Al entrar y subir detúvonos un lejano ysolemne rumor de rezos, y D. Diego dijo:

—Aguardemos aquí; que están rezando el rosario con Ostolaza, Tenreyro yD. Paco. A este ya le conoces. Los otros son diputados, que vienen aquítodas las noches.

Mientras aguardábamos observé la casa, que era alegre y bonita comotodas las de Cádiz. Espaciosas vidrieras cerraban el corredor por elpatio, y en las paredes no se veía un palmo de superficie desocupado decuadros al óleo, representando asuntos diversos, y confundidos losreligiosos con los profanos. Al fin, concluido el rezo, tuve el honor deentrar en la sala, donde estaba doña María con sus dos niñas, D. Paco ytres caballeros más que yo no conocía. Recibiome la de Rumblar concierta cortesanía ceremoniosa

y

un

tanto

finchada,

pero

afablemente

ymostrándome benevolencia de alto a bajo, es decir, entre generosa ycompasiva. Las niñas, observando el ritual a que estaban acostumbradas,me hicieron una reverencia, sin desplegar los labios; D. Paco, tanpedante en Cádiz como en Bailén, hízome grandilocuentes cumplidos y losdemás personajes

miráronme

con

recelosa

prevención,

sin

mostrarmeurbanidad más que con algunas rígidas inclinaciones de cabeza.

—Has llegado tarde al rosario—dijo doña María a D. Diego después queme indicó un asiento.

—¿Pero no dije a usted—respondió el joven—que lo rezaba esta tarde enel Carmen Calzado? De allí vengo ahora, junto con Gabriel, que volvía deconfesarse con el padre Pedro Advíncula.

—¡Qué excelente sujeto es el padre Pedro Advíncula!—me dijo en tonosumamente ponderativo doña María.

—No existe otro en toda la redondez de Cádiz—respondí-con especialidadpara lo tocante al confesonario. ¿Pues y en el púlpito? ¿Y quién leechará la zancadilla a cantar una epístola?

—Es verdad.

—A mí me cautiva oírle cantar la epístola—repitió D. Diego.

—Yo celebro mucho—me dijo doña María—los grandes adelantamientos queha hecho usted en su carrera.

Me incliné ante la matrona con el mayor respeto.

—Toda persona de rectitud y caballerosidad, atenta al buen servicio dela religión y del rey—continuó-no puede menos de encontrar premio a sutrabajo. Yo sentí mucho que mi hijo no siguiese en el ejército algúntiempo más...

—Harto trabajamos Gabriel y yo junto al puente de Herrumblar—dijo D.Diego—. Verdaderamente, señora madre, si no es por nosotros... Ello fueque hicimos un movimiento con nuestro escuadrón en tales términos que...¿te acuerdas, Gabriel?

Francamente, si no es por nosotros...

—Calla, vanidoso—dijo doña María—. Más ha hecho el señor que tú y nose alaba de ello. La propia alabanza es cosa ruin e indigna de personasbien nacidas. ¿Estará mucho en Cádiz el Sr.

D. Gabriel?

—Hasta que concluya el sitio, señora. Después pienso dejar las armas yseguir en mi ardiente vocación, que me impele a la carrera de laIglesia.

—Alabo mucho su resolución, y esclarecidos santos tiene el cielo, queprimero fueron valientes soldados, como San Ignacio de Loyola, SanSebastián, San Fernando, San Luis y otros.

—¿Ha estudiado usted teología?—me preguntó un señor de los presentes.

—Mi maleta de campaña no contiene más que libros de teología, y desdeque tengo un rato de vagar, entre batalla y batalla, me harto de leeruna materia que es para mí más grata que las mejores novelas. Lastristes horas de la guardia me dan espacio y tiempo para mismeditaciones.

—Asunción,

Presentación—dijo

doña

María

con

entusiasmo—, aquí tenéisun ejemplo que debe sorprenderos y admiraros.

Asunción y Presentación, al oír que yo era una especie de santo, mecontemplaron con admiradas. Yo las miré también.

Estaban tan bonitas,más bonitas que en Bailén; pero oprimidas bajo la exagerada pesadumbrede la autoridad materna, sus hermosos ojos estaban llenos de tristeza.Sin que su madre lo advirtiera, dijéronse algunas palabras por lo bajo.

—¿Y qué nuevas nos trae usted de la Isla?—me preguntó doña María.

—Señora, ayer se inauguró esa jaula de locos. Ya sabrá usted que elseñor obispo de Orense se ha negado, con pretexto de enfermedad, a jurarante las Cortes.

—Y ha hecho perfectamente. En verdad no se concibe que haya gente tanloca... Antes del rosario nos explicaba el Sr.

Ostolaza lo que entiendenellos por la soberanía de la nación, y nos hemos horripilado. ¿Verdad,niñas?

—¡Dios nos tenga en su mano!—exclamé yo—. Y ahora se susurra que nosvan a dar lo que llaman libertad de la imprenta, que consiste enpermitir a cada uno escribir todas las maldades que quiera.

—Y luego hablan de vencer al francés.

—Los excesos de nuestros políticos—dijo Ostolaza—

excederán con muchoa los de la revolución francesa. Acuérdese usted de lo que le digo.

Observé entonces a aquel hombre, el mismo que tanto figuró después en lacamarilla del rey, durante la segunda época constitucional, y puedodecir que era grueso, de cara redonda, coloradota y reluciente, mirarprovocativo, hablar chillón y ademanes desembarazados y casi siempredescompuestos. Junto a él estaba el llamado Teneyro, diputado también,cura de Algeciras, hombre con pretensiones y fama de gracioso, aunquemás que a la agudeza de los conceptos, debía esta al ceceo con quehablaba; de cuerpo mezquino, de ideas estrafalarias, tan pronto demagogofuribundo, como absolutista rabioso; sin instrucción, sin principios nimás conocimientos que los del toque del órgano, cuyo arte medianamenteposeía. El tercero, D. Pablo Valiente, no era ridículo, ni en el tratoordinario se distinguía por cosa alguna chocante, en maneras o enlenguaje.

Contestando a Ostolaza, dije yo con el acento más grave que me eraposible:

—¡El cielo se apiade de nuestra infortunada nación, y nos traiga prontoa nuestro amado monarca D. Fernando el VII!

El nombre del soberano lo acompañé de una reverencia tan exagerada quecasi hube de besarme las rodillas.