Cádiz by Benito Pérez Galdós - HTML preview

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Cádiz

Benito Pérez Galdós

1878

Capítulos: I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII, XIII,

XIV, XV, XVI, XVII, XVIII, XIX, XX, XXI, XXII, XXIII,

XXIV, XXV, XXVI, XXVII, XXVIII, XXIX, XXX, XXXI,

XXXII, XXXIII, XXXIV, XXXV

I

En una mañana del mes de Febrero de 1810 tuve que salir de la Isla,donde estaba de guarnición, para ir a Cádiz, obedeciendo a un aviso tandiscreto como breve que cierta dama tuvo la bondad de enviarme. El díaera hermoso, claro y alegre cual de Andalucía, y recorrí con otroscompañeros, que hacia el mismo punto si no con igual objeto caminaban,el largo istmo que sirve para que el continente no tenga la desdicha deestar separado de Cádiz; examinamos al paso las obras admirables deTorregorda, la Cortadura y Puntales, charlamos con los frailes ypersonas graves que trabajaban en las fortificaciones; disputamos sobresi se percibían claramente o no las posiciones de los franceses al otrolado de la bahía; echamos unas cañas en el figón de Poenco, junto a laPuerta de Tierra, y finalmente, nos separamos en la plaza de San Juan deDios, para marchar cada cual a su destino.

Repito que era en Febrero, yaunque no puedo precisar el día, sí afirmo que corrían los principios dedicho mes, pues aún estaba calentita la famosa respuesta: «La ciudad deCádiz, fiel a los principios que ha jurado, no reconoce otro rey que alseñor D.

Femando VII. 6 de Febrero de 1810».

Cuando llegué a la calle de la Verónica, y a la casa de doña Flora, estame dijo:

—¡Cuán impaciente está la señora condesa, caballerito, y cómo se conoceque se ha distraído usted mirando a las majas que van a alborotar a casadel señor Poenco en Puerta de Tierra!

—Señora—le respondí—juro a usted que fuera de Pepa Hígados, laChurriana, y María de las Nieves, la de Sevilla, no había moza alguna encasa de Poenco. También pongo a Dios por testigo de que no nos detuvimosmás que una hora y esto porque no nos llamaran descorteses y maloscaballeros.

—Me gusta la frescura con que lo dice—exclamó con enfado doña Flora—.Caballerito, la condesa y yo estamos muy incomodadas con usted, síseñor. Desde el mes pasado en que mi amiga acertó a recoger en el Puertoesta oveja descarriada, no ha venido usted a visitarnos más que dos otres veces, prefiriendo en sus horas de vagar y esparcimiento lacompañía de soldados y mozas alegres, al trato de personas graves ydelicadas que tan necesario es a un jovenzuelo sin experiencia. ¡Quésería de ti—

añadió reblandecida de improviso y en tono de confianza—

,tierna criatura lanzada en tan temprana edad a los torbellinos delmundo, si nosotras, compadecidas de tu orfandad, no te agasajáramos ycuidáramos, fortaleciéndote a la vez el cuerpecito con sanos y gustososplatos, el alma con sabios consejos!

Desgraciado niño... Vaya seacabaron los regaños, picarillo.

Estás perdonado; desde hoy se acabó elmirar a esas desvergonzadas muchachuelas que van a casa de Poenco ycomprenderás todo lo que vale un trato honesto y circunspecto conpersonas de peso y suposición. Vamos, dime lo que quieres almorzar. ¿Tequedarás aquí hasta mañana? ¿Tienes alguna herida, contusión o rasguño,para curártelo en seguida? Si quieres dormir, ya sabes que junto a micuarto hay una alcobita muy linda.

Diciendo esto, doña Flora desarrollaba ante mis ojos en toda sumagnificencia y extensión el panorama de gestos, guiños, saladas muecas,graciosos mohínes, arqueos de ceja, repulgos de labios y demás signosdel lenguaje mudo que en su arrebolado y con cien menjurjes albardadorostro servía para dar mayor fuerza a la palabra. Luego que le di misexcusas, dichas mitad en serio mitad en broma, comenzó a dictar órdenesseveras para la obra de mi almuerzo, atronando la casa, y a este puntosalió conteniendo la risa la señora condesa que había oído la anteriorretahíla.

—Tiene razón—me dijo después que nos saludamos—; el Sr.

D. Gabriel esun chiquilicuatro sin fundamento, y mi amiga haría muy bien en ponerleuna calza al pie. ¿Qué es eso de mirar a las chicas bonitas? ¿Hase vistomayor desvergüenza? Un barbilindo que debiera estar en la escuela ocosido a las faldas de alguna persona sentada y de libras que fuera unalmacén de buenos consejos... ¿cómo se entiende? Doña Flora, siénteleusted la mano,

dirija

su

corazón

por

el

camino

de

los

sentimientoscircunspectos y solemnes, e infúndale el respeto que todo caballero debetener a los venerandos monumentos de la antigüedad.

Mientras esto decía, doña Flora había traído luengas piezas de damascoamarillo y rojo y ayudada de su doncella empezó a cortar unas comodalmáticas o jubones a la antigua, que luego ribeteaban con galón deplata. Como era tan presumida y extravagante en su vestir, creí que doñaFlora preparaba para su propio cuerpo aquellas vestimentas; pero luegoconocí, viendo su gran número, que eran prendas de comparsa de teatro,cabalgata o cosa de este jaez.

—¡Qué holgazana está usted, señora condesa!—dijo doña Flora—, y ¿cómoteniendo tan buena mano para la aguja no me ayuda a hilvanar estosuniformes para la Cruzada del Obispado de Cádiz, que va a ser elterror de la Francia y del Rey José?

—Yo no trabajo en mojigangas, amiguita—repuso mi antigua ama—y depicarme las manos con la aguja, prefiero ocuparme, como me ocupo, en laropa de esos pobrecitos soldados que han venido con Alburquerque deExtremadura, tan destrozados y astrosos que da lástima verlos. Estos yotros como estos, amiga doña Flora, echarán a los franceses, si es queles echan, que no los monigotes de la Cruzada, con su D. Pedro delCongosto a la cabeza, el más loco entre todos los locos de esta tierra,con perdón sea dicho de la que es su tiernísima Filis.

—Niñita mía, no diga usted tales cosas delante de este joven sinexperiencia—indicó con mal disimulada satisfacción doña Flora—; puespodría creer que el ilustre jefe de la Cruzada, para quien doy estospuntos y comas, ha tenido conmigo más relaciones que la de una aficiónpurísima y jamás manchadas con nada de aquello que D. Quijote llamaba incitativo melindre.

Conociome el Sr. D. Pedro en Vejer en casa de miprimo D.

Alonso y desde entonces se prendó de mí de tal modo, que no havuelto a encontrar en toda la Andalucía mujer que le interesara. Ha sidodesde entonces acá su devoción para mí cada vez más fina, espiritada ysublime, en tales términos que jamás me lo ha manifestado sino enpalabras respetuosísimas, temiendo ofenderme; y en los años que nosconocemos ni una sola vez me ha tocado las puntas de los dedos. Mucho hapicoteado por ahí la gente suponiéndonos inclinados a contraermatrimonio; pero sobre que yo he aborrecido siempre todo lo que sea obrade varón, el señor D. Pedro se pone encendido como la grana cuando talle dicen, porque ve en esas habladurías una ofensa directa a su pudor yal mío.

—No es tampoco D. Pedro—dijo Amaranta riendo—con sus sesenta años ala espalda, hombre a propósito para una mujer fresca y lozana comousted, amiga mía. Y ya que de esto se trata, aunque le parezcanirrespetuosas y tal vez impúdicas mis palabras, usted debieraapresurarse a tomar estado para no dejar que se extinga tan buena castacomo es la de los Gutiérrez de Cisniega; y de hacerlo, debe buscar varóna propósito, no por cierto un jamelgo empedernido y seco como D. Pedro,sino un cachorro tiernecito que alegre la casa, un joven, pongo porcaso, como este Gabriel, que nos está oyendo, el cual se daría por muybien servido, si lograra llevar a sus hombros carga tan dulce comousted.

Yo, que almorzaba durante este gracioso diálogo, no pude menos demanifestarme conforme en todo y por todo con las indicaciones deAmaranta; y doña Flora sirviéndome con singular finura y amabilidad,habló así:

—Jesús, amiga, qué malas cosas enseña usted a este pobrecito niño, quetiene la suerte de no saber todavía más que la táctica de cuatro enfondo. ¿A qué viene el levantarle los cascos con...?

Gabriel, no hagascaso. Cuidado con que te desmandes, y mal instruido por esta pícaracondesa, vayas ahora a deshacerte en requiebros, y desbaratarte ensuspiros y fundirte en lágrimas...

Los niños a la escuela. ¡Qué cosastiene esta Amaranta! Criatura,

¿acaso el muchacho es de bronce?... Susuerte consiste en que da con personas de tan buena pasta como yo, quesé comprender los desvaríos propios de la juventud, y estoy prevenidacontra los vehementes arrebatos lo mismo que contra los lazos delenemigo. Calma y sosiego, Gabriel, y esperar con paciencia la suerte queDios destina a las criaturas. Esperar sí, pero sin fogosidades, sinexaltaciones, sin locuras juveniles, pues nada sienta tan bien a unjoven delicado y caballeroso, como la circunspección. Y si no aprende deese Sr. D. Pedro del Congosto, aprende de él; mírate en el espejo de surespetuosidad, de su severidad, de su aplomo, de su impasible y jamásturbado platonismo; observa cómo enfrena sus pasiones; como enfría elardor de los pensamientos con la estudiada urbanidad de las palabras;cómo reconcentra en la idea su afición y pone freno a las manos ymordaza a la lengua y cadenas al corazón que quiere saltársele delpecho.

Amaranta y yo hacíamos esfuerzos por contener la risa. De pronto oyoseruido de pasos, y la doncella entró a anunciar la visita de uncaballero.

—Es el inglés—dijo Amaranta—. Corra usted a recibirle.

—Al instante voy, amiga mía. Veré si puedo averiguar algo de lo queusted desea.

Nos quedamos solos la condesa y yo por largo rato, pudiendo sin testigoshablar tranquilamente lo que verá el lector a continuación si tienepaciencia.

II

—Gabriel—me dijo—, te he llamado para decirte que ayer, en unaembarcación pequeña, venida de Cartagena, ha llegado a Cádiz el sin parD. Diego, conde de Rumblar, hijo de nuestra parienta, la monumental ygrandiosa señora doña María.

—Ya sospechaba—respondí—que ese perdido recalaría por aquí. ¿No traeen su compañía a un majo de las Vistillas o a algún cortesano de los dela tertulia del Sr. Mano de Mortero?

—No sé si viene solo o trae corte. Lo que sé es que su mamá ha recibidomucho gusto con la inesperada aparición del niño, y que mi tía, ya seapor mortificarme, ya porque realmente haya encontrado variación en eljoven, ha dicho ayer delante de toda la familia: «Si el señor conde seporta bien y es hombre formal, obtendrá nuestros parabienes y se haráacreedor a la más dulce recompensa que pueden ofrecerle dos familiasdeseosas de formar una sola».

—Señora condesa, yo a ser usted me reiría de don Diego y de lasmortificaciones de cuantas marquesas impertinentes peinan canas yguardan pergaminos en el mundo.

—¡Ah, Gabriel; eso puede decirse; pero si tú comprendieras bien lo queme pasa!-exclamó con pena—. ¿Creerás que se han empeñado en que mi hijano me tenga amor ni cariño alguno?

Para conseguirlo han principiado porapartarla perpetuamente de mí. Desde hace algunos días han resueltoterminantemente que no venga a las tertulias de esta casa, y tampoco mereciben a mí en la suya. De este modo, mi hija concluirá por no amarme.La infeliz no tiene culpa de esto, ignora que soy su madre, me ve poco,las oye a ellas con más frecuencia que a mí... ¡Sabe Dios lo que ledirán para que me aborrezca! Di si no es esto peor que cuantos castigospueden padecerse en el mundo; di si no tengo razón para estar muerta decelos, sí, y los peores, los más dolorosos y desesperantes que puedendesgarrar el corazón de una mujer. Al ver que personas egoístas quierenarrebatarme lo que es mío, y privarme del único consuelo de mi vida, mesiento tan rabiosa, que sería capaz de acciones indignas de mi categoríay de mi nombre.

—No me parece la situación de usted—le dije—ni tan triste ni tandesesperada como la ha pintado. Usted puede reclamar a su hija,llevándosela para siempre consigo.

—Eso es difícil, muy difícil. ¿No ves que aparentemente y según la leycarezco de derechos para reclamarla y traerla a mi lado? Me han juradouna guerra a muerte. Han hecho los imposibles por desterrarme, novacilando hasta en denunciarme como afrancesada. Hace poco, como sabes,proyectaron marcharse a Portugal sin darme noticia de ello, y si loimpedí presentándome aquella noche en tu compañía, me fue precisoamenazar con un gran escándalo para obligarlas a que se detuvieran. Lade Rumblar me cobró un aborrecimiento profundo, desde que supo mioposición a que Inés se desposase con el tunantuelo de su hijo. Mi tíacon su idea del decoro de la casa y de la honra de la familia memortifica más que la otra con su enojo, que tiene por móvil unadesmedida avaricia. Si me encontrara en Madrid, donde mis muchasrelaciones me ofrecen abundantes recursos para todo, tal vez venceríaestos y otros mayores obstáculos; pero nos hallamos en Cádiz, en unaplaza que casi está rigurosamente sitiada, donde tengo pocos amigos,mientras que mi tía y la de Rumblar, por su exagerado españolismocuentan con el favor de todas las personas de poder.

Suponte que meobliguen a embarcarme, que me destierren, que durante mi forzadaausencia engañen a la pobre muchacha y la casen contra su voluntad;figúrate que esto suceda, y...

—¡Oh!, señora—exclamé con vehemencia—eso no sucederá mientras usted yyo vivamos para impedirlo. Hablemos a Inés, revelémosle lo que yadebiera saber...

—Díselo tú, si te atreves...

—¿Pues no me he de atrever?...

—Debo advertirte otra cosa que ignoras, Gabriel; una cosa que tal vezte cause tristeza; pero que debes saber... ¿Tú crees conservar sobreella el ascendiente que tuviste hace algún tiempo y que conservaste aundespués de haber mudado tan bruscamente de fortuna?

—Señora—repuse—, no puedo concebir que haya perdido ese ascendiente.Perdóneseme la vanidad.

—¡Desgraciado muchacho!-me dijo en tono de dulce compasión—. La vidaconsiste en mil mudanzas dolorosas, y el que confía en la perpetuidad delos sentimientos que le halagan, es como el iluso que viendo las nubesen el horizonte, las cree montañas, hasta que un rayo de luz lasdesfigura o un soplo de viento las desbarata. Hace dos años, mi hija ytú erais dos niños desvalidos y abandonados. El apartamiento en quevivíais y la común desgracia, aumentando la natural inclinación,hicieron que os amarais. Después todo cambió. ¿Para qué repetir lo quesabes tan bien? Inés en su nueva posición no quiso olvidar al fielcompañero de su infortunio. ¡Hermoso sentimiento que nadie más que yosupo apreciar en su valor! Aprovechándome de él, casi llegué hastatolerarle y autorizarle, impulsada por el despecho y por mortificar a miorgullosa parienta; pero yo sabía que aquella corazonada infantilconcluiría con el tiempo y la distancia, como en efecto ha concluido.

Oí con estupor las palabras de la condesa, que iban esparciendo densasoscuridades delante de mis ojos. Pero la razón me indicaba que no debíadar entero crédito a las palabras de mujer tan experta en ingeniososengaños, y esperé aparentando conformarme con su opinión y mi desaire.

—¿Te acuerdas de la noche en que nos presentamos aquí viniendo delPuerto de Santa María? En esta misma sala nos recibió doña Flora.Llamamos a Inés, te vio, le hablaste. La pobrecita estaba tan turbadaque no acertó a contestar derechamente a lo que le dijiste.Indudablemente te conserva un noble y fraternal afecto; pero nada más.¿No lo comprendiste?

¿No se ofreció a tus ojos o a tus oídos algún datopara conocer que ya Inés no te ama?

—Señora—respondí con perplejidad—, aquel instante fue tan breve yusted me suplicó con tanta precipitación que saliese de la casa, quenada observé que me disgustara.

—Pues sí, puedes creerlo. Yo sé que Inés no te ama ya—

afirmó con unaentereza tal que se me hizo aborrecible en un momento mi hermosainterlocutora.

—¿Lo sabe usted?

—Yo lo sé.

—Tal vez se equivoque.

—No: Inés no te ama.

—¿Por qué?-pregunté bruscamente y con desabrimiento.

—Porque ama a otro—me respondió con calma.

—¡A otro!-exclamé tan asombrado que por largo rato no me di cuenta delo que sentía—. ¡A otro! No puede ser, señora condesa. ¿Y quién es eseotro? Sepámoslo.

Diciendo esto, en mi interior se retorcían dolorosamente unas comoculebras, que me estrujaban el corazón mordiéndolo y apretándolo conestrechos nudos. Yo quería aparentar serenidad; pero mis palabrasbalbucientes y cierta invencible sofocación de mi aliento descubrían laflaqueza de mi espíritu caído desde la cumbre de su mayor orgullo.

—¿Quieres saberlo? Pues te lo diré. Es un inglés.

—¿Ese?-pregunté con sobresalto señalando hacia la sala donde resonabalejanamente el eco de las voces de doña Flora y de su visitante.

—¡Ese mismo!

—¡Señora, no puede ser!, usted se equivoca—exclamé sin poder contenerla fogosa cólera que desarrollándose en mí como súbito incendio, noadmitía razón que la refrenara, ni urbanidad que la reprimiera—. Ustedse burla de mí; usted me humilla y me pisotea como siempre lo ha hecho.

—Qué furioso te has puesto—me dijo sonriendo—. Cálmate y no seasloco.

—Perdóneme usted si la he ofendido con mi brusca respuesta—dijereponiéndome—; pero yo no puedo creer eso que he oído. Todo cuanto hayen mí que hable y palpite con señales de vida, protesta contra tal idea.Si ella misma me lo dice, lo creeré; de otro modo no. Soy un ciegoestúpido tal vez, señora mía, pero yo detesto la luz que pueda hacermever la soledad espantosa que usted quiere ponerme delante. Pero no me hadicho usted quién es ese inglés ni en qué se funda para pensar...

—Ese inglés vino aquí hace seis meses, acompañando a otro que se llamalord Byron, el cual partió para Levante al poco tiempo. Este que aquíestá, se llama lord Gray. ¿Quieres saber más? ¿Quieres saber en qué mefundo para pensar que Inés le ama? Hay mil indicios que ni engañan nipueden engañar a una mujer experimentada como yo. ¿Y eso te asombra?Eres un mozo sin experiencia, y crees que el mundo se ha hecho para turegalo y satisfacción. Es todo lo contrario, niño. ¿En qué te fundabaspara esperar que Inés estuviera queriéndote toda la vida, luchando conla ausencia, que en esta edad es lo mismo que el olvido? ¡Pues no pedíaspoco en verdad! ¿Sabes que eres modestito? Que pasaran años y más años,y ella siempre queriéndote... Vamos, pide por esa boca. Es preciso quete acostumbres a creer que hay además de ti, otros hombres en el mundo,y que las muchachas tienen ojos para ver y oídos para escuchar.

Con estas palabras que encerraban profunda verdad, la condesa me estabamatando. Parecíame que mi alma era una hermosa tela, y que ella con susfinas tijeras me la estaba cortando en pedacitos para arrojarla alviento.

—Pues sí. Ha pasado mucho tiempo—continuó—. Ese inglés se apareció enCádiz; nos visitó. Visita hoy con mucha frecuencia la otra casa, y enella es amado... Esto te parece increíble, absurdo. Pues es la cosa mássencilla del mundo.

También creerás que el inglés es un hombreantipático, desabrido, brusco, colorado, tieso y borracho como algunosque viste y trataste en la plaza de San Juan de Dios cuando eras niño.No: lord Gray es un hombre finísimo, de hermosa presencia y vastainstrucción. Pertenece a una de las mejores familias de Inglaterra, y esmás rico que un perulero... Ya... ¡tú creíste que estas y otraseminentes cualidades nadie las poseía más que el Sr. D. Gabriel deTres-al-Cuarto! Lucido estás... Pues oye otra cosa.

»Lord Gray cautiva a las muchachas con su amena conversación. Figúrate,que con ser tan joven, ha tenido ya tiempo para viajar por toda el Asiay parte de América. Sus conocimientos son inmensos; las noticias que dade los muchos y diversos pueblos que ha visto, curiosísimas. Es hombreademás de extraordinario valor; hase visto en mil peligros luchando conla naturaleza y con los hombres, y cuando los relata con tantaelocuencia como modestia, procurando rebajar su propio mérito ydisimular su arrojo, los que le oyen no pueden contener el llanto. Tieneun gran libro lleno de dibujos, representando paisajes, ruinas, trajes,tipos, edificios que ha pintado en esas lejanas tierras; y en variashojas ha escrito en verso y prosa mil hermosos pensamientos,observaciones y descripciones llenas de grandiosa y elocuente poesía.¿Comprendes que pueda y sepa hacerse amar? Llega a la tertulia, lasmuchachas le rodean; él les cuenta sus viajes con tanta verdad yanimación, que vemos las grandes montañas, los inmensos ríos, losenormes árboles de Asia, los bosques llenos de peligros; vemos alintrépido europeo defendiéndose del león que le asalta, del tigre que leacecha; nos describe luego las tempestades del mar de la China, conaquellos vientos que arrastran como pluma la embarcación, y le vemossalvándose de la muerte por un esfuerzo de su naturaleza ágil ypoderosa; nos describe los desiertos de Egipto, con sus noches clarascomo el día, con las pirámides, los templos derribados, el Nilo y lospobres árabes que arrastran miserable vida en aquellas soledades; nospinta luego los lugares santos de Jerusalén y Belén, el sepulcro delSeñor, hablándonos de los millares de peregrinos que le visitan, de losbuenos frailes que dan hospitalidad al europeo; nos dice cómo son losolivares a cuya sombra oraba el Señor cuando fue Judas con los soldadosa prenderle, y nos refiere punto por punto cómo es el monte Calvario yel sitio donde levantaron la santa Cruz.

»Después nos habla de la incomparable Venecia, ciudad fabricada dentrodel mar, de tal modo, que las calles son de agua y los coches unaslanchitas que llaman góndolas; y allí se pasean de noche los amantes,solos en aquella serena laguna, sin ruido y sin testigos. También havisitado la América, donde hay unos salvajes muy mansos que agasajan alos viajeros, y donde los ríos, grandísimos como todo lo de aquel país,se precipitan desde lo alto de una roca formando lo que llamancataratas, es decir, un salto de agua como si medio mar se arrojasesobre el otro medio, formando mundos de espuma y un ruido que se oye amuchísimas leguas de distancia. Todo lo relata, todo lo pinta con tanvivos colores, que parece que lo estamos viendo. Cuenta sus accionesheroicas sin fanfarronería, y jamás ha mortificado el orgullo de loshombres que le oyen con tanta atención, si no con tanta complacenciacomo las mujeres.

»Ahora bien, Gabriel, desgraciado joven, ¿por lo que digo comprendes queese inglés tiene atractivos suficientes para cautivar a una muchacha detanta sensibilidad como imaginación, que instintivamente vuelve los ojoshacia todo lo que se distingue del vulgo enfatuado? Además, lord Gray esriquísimo, y aunque las riquezas no bastan a suplir en los hombres lafalta de ciertas cualidades, cuando estas se poseen, las riquezas lasavaloran y realzan más. Lord Gray viste elegantemente; gasta conprofusión en su persona y en obsequiar dignamente a sus amigos, y suesplendidez no es el derroche del joven calavera y voluntarioso, sino lagala y generosidad del rico de alta cuna, que emplea sabiamente sudinero en alegrar la existencia de cuantos le rodean. Es galante sinafectación, y más bien serio que jovial.

»¡Ay, pobrecito! ¿Lo comprendes ahora? ¿Llegarás a entender que hay enel mundo alguien que puede ponerse en parangón con el Sr. D. GabrielTres-al-Cuarto? Reflexiona bien, hijo; reflexiona bien quién eres tú. Unbuen muchacho y nada más.

Excelente corazón, despejo natural, y aquí pazy después gloria.

En punto a posición oficialito del ejército... bienganado, eso sí...

pero ¿qué vale eso? Figura... no mala; conversación,tolerable; nacimiento humildísimo, aunque bien pudieras figurarlo comode los más alcurniados y coruscantes. Valor, no lo negaré; al contrario,creo que lo tienes en alto grado, pero sin brillo ni lucimiento.Literatura, escasa... cortesía, buena... Pero, hijo, a pesar de tusméritos, que son muchos, dada tu pobreza y humildad, ¿insistirás enhacerte indestronable, como se lo creyó el buen D. Carlos IV que heredóla corona de su padre? No, Gabriel; ten calma y resígnate.

El efecto que me causó la relación de mi antigua ama fue terrible.Figúrense ustedes cómo me habría quedado yo, si Amaranta hubiera cogidoel pico de Mulhacén, es decir, el monte más alto de España... y me lohubiese echado encima.

Pues lo mismo, señores, lo mismo me quedé.

III

¿Qué podía yo decir? Nada. ¿Qué debía hacer? Callarme y sufrir. Pero elhombre aplastado por cualquiera de las diversas montañas que le caenencima en el mundo, aun cuando conozca que hay justicia y lógica en susituación, rara vez se conforma, y elevando las manecitas pugna porquitarse de encima la colosal peña. No sé si fue un sentimiento de nobledignidad, o por el contrario un vano y pueril orgullo, lo que me impulsóa contestar con entereza, afectando no sólo conformidad sinoindiferencia ante el golpe recibido.

—Señora condesa—dije—, comprendo mi inferioridad. Hace tiempo quepensaba en esto, y nada me asombra. Realmente, señora, era unatrevimiento que un pobretón como yo, que jamás he estado en la India nihe visto otras cataratas que las del Tajo en Aranjuez, tengapretensiones nada menos que de ser amado por una mujer de posición. Losque no somos nobles ni ricos,

¿qué hemos de hacer más que ofrecernuestro corazón a las fregatrices y damas del estropajo, no siempre conla seguridad de que se dignen aceptarlo? Por eso nos llenamos deresignación, señora, y cuando recibimos golpes como el que usted se haservido darme, nos encogemos de hombros y decimos:

«paciencia». Luegoseguimos viviendo, y comemos y dormimos tan tranquilos... Es unatontería morirse por quien tan pronto nos olvida.

—Estás hecho un basilisco de rabia—me dijo la condesa en tono deburla—, y quieres aparecer tranquilo. Si despides fuego... toma miabanico y refréscate con él.

Antes que yo lo tomara, la condesa me dio aire con su abanicoprecipitadamente. Sin ninguna gana me reía yo, y ella después de un ratode silencio, me habló así:

—Me falta decirte otra cosa que tal vez te disguste; pero es forzosotener paciencia. Es que estoy contenta de que mi hija corresponda alamor del inglés.

—Lo creo señora—respondí apretando con convulsa fuerza los dientes, nimás ni menos que si entre ellos tuviera toda la Gran Bretaña.

—Sí—prosiguió—, todo suceso que me dé esperanzas de ver a mi hijafuera de la tutela y dirección de la marquesa y la condesa, es para mílisonjero.

—Pero ese inglés será protestante.

—Sí—repuso—, mas no quiero pensar en eso. Puede que se haga católico.De todos modos, ese es punto grave y delicado.

Pero no reparo en nada.Vea yo a mi hija libre, hállese en situación tal que yo pueda verla,hablarla como y cuando se me antoje, y lo demás... ¡Cómo rabiaría doñaMaría si llegara a comprender...! Mucho sigilo, Gabriel; cuento con tudiscreción.

Si lord Gray fuera católico, no creo que mi tía se opusieraa que se casase Inés con él. ¡Ay!, luego nos marcharíamos los tres aInglaterra, lejos, lejos de aquí, a un país donde yo no viera parientede ninguna clase. ¡Qué felicidad tan grande! ¡Ay!

Quisiera ser Papa parapermitir que una mujer católica se casara con un hombre hereje.

—Creo que usted verá satisfechos sus deseos.

—¡Oh!, desconfío mucho. El inglés aparte de su gran mérito es bastanteraro. A nadie ha confiado el secreto de sus amores, y sólo tenemosnoticias de él por indicios primero y después por pruebas irrecusablesobtenidas mediante largo y minucioso espionaje.

—Inés lo habrá revelado a usted.

—No, después de esto, ni una sola vez he conseguido verla.

¡Quédesesperación! Las tres muchachas no salen de casa, sino custodiadas porla autoridad de doña María. Aquí doña Flora y yo hemos trabajado lo queno es decible para que lord Gray se franquease con nosotras, y nos lorevelara; pero es tan prudente y callado, que guarda su secreto como unavaro su tesoro. Lo sabemos por las criadas, por la murmuración dealgunas, muy pocas personas de las que van a la casa. No hay duda de quees cierto, hijo mío. Ten resignación y no nos des un disgusto.

Cuidadocon el suicidio.

—¿Yo?—dije afectando indiferencia.

—Toma, toma aire, que te incendias por todos lados—me dijo agitandodelante de mí su abanico—. Don Rodrigo en la horca no tiene más orgulloque este general en agraz.

Cuando esto decía, sentí la voz de doña Flora y los pasos de un hombre.Doña Flora dijo:

—Pase usted milord, que aquí está la condesa.

—Mírale... verás—me dijo Amaranta con crueldad—y juzgarás por timismo si la niña ha tenido mal gusto.

Entró doña Flora seguida del inglés. Este tenía la más hermosa figura dehombre que he visto en mi vida. Era de alta estatura, con el colorblanquísimo pero tostado que abunda en los marinos y viajeros del Norte.El cabello rubio, desordenadamente peinado y suelto según el gusto de laépoca, le caía en bucles sobre el cuello. Su edad no parecía exceder detreinta o treinta y tres años. Era grave y triste pero sin la pesadezacartonada y tardanza de modales que suelen ser comunes en la genteinglesa. Su rostro estaba bronceado, mejor dicho, dorado por el sol,desde la mitad de la frente hasta el cuello, conservando en la huelladel sombrero y en la garganta una blancura como la de la más pura ydelicada cera. Esmeradamente limpia de pelo la cara, su barba era comola de una mujer, y sus facciones realzadas por la luz del Mediodíadábanle el aspecto de una hermosa estatua de cincelado oro. Yo he vistoen alguna parte un busto del Dios Brahma, que muchos años después mehizo recordar a lord Gray.

Vestía con elegancia y cierta negligencia no estudiada, traje azul depaño muy fino, medio oculto por una prenda que llamaban sortú, yllevaba sombrero redondo, de los primeros que empezaban a usarse.Brillaban sobre su persona algunas joyas de valor, pues los hombresentonces se ensortijaban más que ahora, y lucía además los sellos de dosrelojes. Su figura en general era simpática. Yo le miré y observéávidamente, buscándole imperfecciones por todos lados; pero ¡ay!, no leencontré ninguna. Mas me disgustó oírle hablar con rara corrección elcastellano, cuando yo esperaba que se expresase en términos ridículos ycon yerros de los que desfiguran y afean el lenguaje; pero consolome laesperanza de que soltase algunas tonterías.

Sin embargo no dijo ninguna.

Entabló conversación con Amaranta, procurando esquivar el tema queimpertinentemente había tocado doña Flora al entrar.

—Querida amiga—dijo la vieja—, lord Gray nos va a contar algo de susamores en Cádiz, que es mejor tratado que el de los viajes por Asia yÁfrica.

Amaranta me presentó gravemente a él, diciéndole que yo era un granmilitar, una especie de Julio César por la estrategia y un segundo Cidpor el valor; que había hecho mi carrera de un modo gloriosísimo, y quehabía estado en el sitio de Zaragoza, asombrando con mis hechos heroicosa españoles y franceses. El extranjero pareció oír con suma complacenciami elogio, y me dijo después de hacerme varias preguntas sobre laguerra, que tendría grandísimo contento en ser mi amigo. Sus refinadascortesanías me tenían frita la sangre por la violencia y fingimiento conque me veía precisado a responder a ellas. La maligna Amaranta reíase ahurtadillas de mi embarazo, y más atizaba con sus artificiosas palabrasla inclinación y repentino afecto del inglés hacia mi persona.

—Hoy—dijo lord Gray—hay en Cádiz gran cuestión entre españoles eingleses.

—No sabía nada—exclamó Amaranta—. ¿En esto ha venido a parar laalianza?

—No será nada, señora. Nosotros somos algo rudos, y los españoles unpoco vanagloriosos y excesivamente confiados en sus propias fuerzas,casi siempre con razón.

—Los franceses están sobre Cádiz—dijo doña Flora—, y ahora salimoscon que no hay aquí bastante gente para defender la plaza.

—Así parece. Pero Wellesley—añadió el inglés—ha pedido permiso a laJunta para que desembarque la marinería de nuestros buques y defiendaalgunos castillos.

—Que desembarquen; si vienen, que vengan—exclamó Amaranta—. ¿No creeslo mismo, Gabriel?

—Esa es la cuestión que no se puede resolver—dijo lord Gray—, porquelas autoridades españolas se oponen a que nuestra gente les ayude. Todapersona que conozca la guerra ha de convenir conmigo en que los inglesesdeben desembarcar.

Seguro estoy de que este señor militar que me oye esde la misma opinión.

—Oh, no señor; precisamente soy de la opinión contraria—

repuse con lamayor viveza, anhelando que la disconformidad de pareceres alejase de míla intolerable y odiosísima amistad que quería manifestarme el inglés—.Creo que las autoridades españolas hacen bien en no consentir quedesembarquen los ingleses. En Cádiz hay guarnición suficiente paradefender la plaza.

—¿Lo cree usted?-me preguntó.

—Lo creo—respondí procurando quitar a mis palabras la dureza ysequedad que quería infundirles el corazón—. Nosotros agradecemos elauxilio que nos están dando nuestros aliados, más por odio al comúnenemigo que por amor a nosotros; esa es la verdad. Juntos pelean ambosejércitos; pero si en las acciones campales es necesaria esta alianza,porque carecemos de tropas regulares que oponer a las de Napoleón, en ladefensa de plazas fuertes harto se ha probado que no necesitamos ayuda.Además, las plazas fuertes que como esta son al mismo tiempo magníficasplazas comerciales, no deben entregarse nunca a un aliado por leal quesea; y como los paisanos de usted son tan comerciantes, quizás gustaríandemasiado de esta ciudad, que no es más que un buque anclado a vista detierra. Gibraltar casi nos está oyendo y lo puede decir.

Al decir esto, observaba atentamente al inglés, suponiéndole próximo adar rienda suelta al furor, provocado por mi irreverente censura; perocon gran sorpresa mía, lejos de ver encendida en sus ojos la ira, notéen su sonrisa no sólo benevolencia, sino conformidad con mis opiniones.

—Caballero—dijo tomándome la mano—, ¿me permitirá usted que leimportune repitiéndole que deseo mucho su amistad?

Yo estaba absorto, señores.

—Pero milord—preguntó doña Flora—; ¿en qué consiste que aborreceusted tanto a sus paisanos?

—Señora—dijo lord Gray—, desgraciadamente he nacido con un carácterque si en algunos puntos concuerda con el de la generalidad de miscompatriotas, en otros es tan diferente como lo es un griego de unnoruego. Aborrezco el comercio, aborrezco a Londres, mostradornauseabundo de las drogas de todo el mundo; y cuando oigo decir quetodas las altas instituciones de la vieja Inglaterra, el régimencolonial y nuestra gran marina tienen por objeto el sostenimiento delcomercio y la protección de la sórdida avaricia de los negociantes quebañan sus cabezas redondas como quesos con el agua negra del Támesis,siento un crispamiento de nervios insoportable y me avergüenzo de seringlés.

»El carácter inglés es egoísta, seco, duro como el bronce, formado en elejército del cálculo y refractario a la poesía. La imaginación es enaquellas cabezas una cavidad lóbrega y fría donde jamás entra un rayo deluz ni resuena un eco melodioso.

No comprenden nada que no sea unacuenta, y al que les hable de otra cosa que del precio del cáñamo, lellaman mala cabeza, holgazán y enemigo de la prosperidad de su país. Seprecian mucho de su libertad, pero no les importa que haya millones deesclavos en las colonias. Quieren que el pabellón inglés ondee en todoslos mares, cuidándose mucho de que sea respetado; pero siempre quehablan de la dignidad nacional, debe entenderse que la quincalla inglesaes la mejor del mundo. Cuando sale una expedición diciendo que va avengar un agravio inferido al orgulloso leopardo, es que se quierecastigar a un pueblo asiático o africano que no compra bastante trapo dealgodón.

—¡Jesús, María y José!-exclamó horrorizada doña Flora—. No puedo oír aun hombre de tanto talento como milord hablando así de sus compatriotas.

—Siempre he dicho lo mismo, señora—prosiguió lord Gray—, y no ceso derepetirlo a mis paisanos. Y no digo nada cuando quieren echársela deguerreros y dan al viento el estandarte con el gato montés que ellosllaman leopardo. Aquí en España me ha llenado de asombro el ver que mispaisanos han ganado batallas.

Cuando los comerciantes y mercachifles deLondres sepan por las Gacetas que los ingleses han dado batallas y lashan ganado, bufarán de orgullo creyéndose dueños de la tierra como loson del mar, y empezarán a tomar la medida del planeta para hacerle ungorro de algodón que lo cubra todo. Así son mis paisanos, señoras. Desdeque este caballero evocó el recuerdo de Gibraltar, traidoramente ocupadopara convertirle en almacén de contrabando, vinieron a mi mente estasideas, y concluyo modificando mi primera opinión respecto al desembarcode los ingleses en Cádiz. Señor oficial, opino como usted: que se quedenen los barcos.

—Celebro que al fin concuerden sus ideas con las mías, milord—dijecreyendo haber encontrado la mejor coyuntura para chocar con aquelhombre que me era, sin poderlo remediar, tan aborrecible—. Es ciertoque los ingleses son comerciantes, egoístas, interesados, prosaicos;pero ¿es natural que esto lo diga exagerándolo hasta lo sumo un hombreque ha nacido de mujer inglesa y en tierra inglesa? He oído hablar dehombres que en momentos de extravío o despecho han hecho traición a supatria; pero esos mismos que por interés la vendieron, jamás ladenigraron en presencia de personas extrañas. De buenos hijos es ocultarlos defectos de sus padres.

—No es lo mismo—dijo el inglés—. Yo conceptúo más compatriota mío acualquier español, italiano, griego o francés que muestre aficionesiguales a las mías, sepa interpretar mis sentimientos y corresponder aellos, que a un inglés áspero, seco y con un alma sorda a todo rumor queno sea el son del oro contra la plata, y de la plata contra el cobre.¿Qué me importa que ese hombre hable mi lengua, si por más que charlemosél y yo no podemos comprendernos? ¿Qué me importa que hayamos nacido enun mismo suelo, quizás en una misma calle, si entre los dos haydistancias más enormes que las que separan un polo de otro?

—La patria, señor inglés, es la madre común, que lo mismo cría yagasaja al hijo deforme y feo que al hermoso y robusto.

Olvidarla es deingratos; pero menospreciarla en público indica sentimientos quizáspeores que la ingratitud.

—Esos sentimientos, peores que la ingratitud, los tengo yo, segúnusted—dijo el inglés.

—Antes que pregonar delante de extranjeros los defectos de miscompatriotas, me arrancaría la lengua—afirmé con energía, esperando pormomentos la explosión de la cólera de lord Gray.

Pero este, tan sereno cual si se oyese nombrar en los términos máslisonjeros, me dirigió con gravedad las siguientes palabras:

—Caballero, el carácter de usted y la viveza y espontaneidad de suscontradicciones y réplicas, me seducen de tal manera, que me sientoinclinado hacia usted, no ya por la simpatía, sino por un afectoprofundo.

Amaranta y doña Flora no estaban menos asombradas que yo.

—No acostumbro tolerar que nadie se burle de mí, milord—

dije, creyendoefectivamente que era objeto de burlas.

—Caballero—repuso fríamente el inglés—, no tardaré en probar a ustedque una extraordinaria conformidad entre su carácter y el mío haengendrado en mí vivísimo deseo de entablar con usted sincera amistad.Óigame usted un momento.

Uno de los principales martirios de mi vida, elmayor quizás, es la vana aquiescencia con que se doblegan ante mí todaslas personas que trato. No sé si consistirá en mi posición o en misgrandes riquezas; pero es lo cierto que en donde quiera que me presento,no hallo sino personas que me enfadan con sus degradantes cumplidos.Apenas me permito expresar una opinión cualquiera, todos los que me oyenaseguran ser de igual modo de pensar. Precisamente mi carácter ama lacontroversia y las disputas. Cuando vine a España, hícelo con la ilusiónde encontrar aquí gran número de gente pendenciera, ruda y primitiva,hombres de corazón borrascoso y apasionado, no embadurnados con el vanocharol de la cortesanía.

»Mi sorpresa fue grande al encontrarme atendido y agasajado, cual lopudiera estar en Londres, sin hallar obstáculos a la satisfacción de mivoluntad, en medio de una vida monótona, regular, acompasada, noexpuesto a sensaciones terribles, ni a choques violentos con hombres nicon cosas, mimado, obsequiado, adulado... ¡Oh, amigo mío! Nada aborrezcotanto como la adulación. El que me adula es mi irreconciliable enemigo.Yo gozo extraordinariamente al ver frente a mí los caracteres altivos,que no se doblegan sonriendo cobardemente ante una palabra mía; gusto dever bullir la sangre impetuosa del que no quiere ser domado ni aun porel pensamiento de otro hombre; me cautivan los que hacen alarde de unaindependencia intransigente y enérgica, por lo cual asisto con júbilo ala guerra de España.

»Pienso ahora internarme en el país, y unirme a los guerrilleros. Esosgenerales que no saben leer ni escribir, y que eran ayer arrieros,taberneros y mozos de labranza, exaltan mi admiración hasta lo sumo. Heestado en academias militares y aborrezco a los pedantes que hanprostituido y afeminado el arte salvaje de la guerra, reduciéndolo areglas necias, y decorándose a sí mismos con plumas y colorines paradisimular su nulidad.

¿Ha militado usted a las órdenes de algúnguerrillero? ¿Conoce usted al Empecinado, a Mina, a Tabuenca, a Porlier?¿Cómo son? ¿Cómo visten? Se me figura ver en ellos a los héroes deAtenas y del Lacio.

»Amigo mío, si no recuerdo mal, la señora condesa dijo hace un momentoque usted debía sus rápidos adelantamientos en la carrera de las armas asu propio mérito, pues sin el favor de nadie ha adquirido un honrosopuesto en la milicia. ¡Oh, caballero!, usted me interesa vivamente,usted será mi amigo, quiéralo o no. Adoro a los hombres que no hanrecibido nada de la suerte ni de la cuna, y que luchan contra esteoleaje. Seremos muy amigos. ¿Está usted de guarnición en la Isla? Puesvenga a vivir a mi casa siempre que pase a Cádiz. ¿En dónde reside ustedpara ir a visitarle todos los días...?

Sin atreverme a rechazar tan vehementes pruebas de benevolencia, meexcusé como pude.

—Hoy, caballero—añadió—es preciso que venga usted a comer conmigo. Noadmito excusas. Señora condesa, usted me presentó a este caballero. Sime desaíra, cuente usted como que ha recibido la ofensa.

—Creo—dijo la condesa—que ambos se congratularán bien pronto de haberentablado amistad.

—Milord, estoy a la orden de usted—dije levantándome cuando él sedisponía a partir.

Y después de despedirnos de las dos damas, salí con el inglés.

Parecíaque me llevaba el demonio.

IV

Lord Gray vivía cerca de las Barquillas de Lope. Su casa, demasiadogrande para un hombre solo, estaba en gran parte vacía. Servíanle varioscriados, españoles todos a excepción del ayuda de cámara que era inglés.

Dábase trato de príncipe en la comida, y durante toda ella no tenían unmomento de sosiego los vasos, llenos con la mejor sangre de las cepas deMontilla, Jerez y Sanlúcar.

Durante la comida no hablamos más que de la guerra, y después, cuandolos generosos vinos de Andalucía hicieron su efecto en la insigne cabezadel mister, se empeñó en darme algunas lecciones de esgrima. Era grantirador según observé a los primeros golpes; y como yo no poseía en talalto grado los secretos del arte y él no tenía entonces en su cerebrotodo aquel buen asiento y equilibrio que indican una organizacióneducada en la sobriedad, jugaba con gran pesadez de brazo, haciéndomemás daño del que correspondía a un simple entretenimiento.

—Suplico a milord que no se entusiasme demasiado—dije conteniendo susbríos—. Me ha desarmado ya repetidas veces para gozarse como un niño endarme estocadas a fondo que no puedo parar. ¡Ese botón está mal y puedoser atravesado fácilmente!

—Así es como se aprende—repuso—. O no he de poder nada, o será ustedun consumado tirador.

Después que nos batimos a satisfacción, y cuando se despejaron un tantolas densas nubes que oscurecían y turbaban su entendimiento, me marché ala Isla, a donde me acompañó deseoso, según dijo, de visitar nuestrocampamento. En los días sucesivos casi ninguno dejó de visitarme. Suafectuosidad me contrariaba, y cuanto más le aborrecía, más desarmaba élmi cólera a fuerza de atenciones. Mis respuestas bruscas, mi mal humor,y la terquedad con que le rebatía, lejos de enemistarle conmigo,apretaban más los lazos de aquella simpatía que desde el primer día memanifestó; y al fin no puedo negar que me sentía inclinado hacia hombretan raro, verificándose el fenómeno de considerar en él como dospersonas distintas y un solo lord Gray verdadero, dos personas, sí, unaaborrecida y otra amada; pero de tal manera confundidas, que me eraimposible deslindar dónde empezaba el amigo y dónde acababa el rival.

Érale sumamente agradable estar en mi compañía y en la de los demásoficiales mis camaradas. Durante las operaciones nos seguía armado defusil, sable y pistolas, y en los ratos de vagar iba con nosotros a losventorrillos de Cortadura o Matagorda, donde nos obsequiaba de un modoespléndido con todo lo que podían dar de sí aquellos establecimientos.Más de una vez se hizo acompañar al venir desde Cádiz por dos o trescalesas cargadas con las más ricas provisiones que por entonces traíanlos buques ingleses y los costeros del Condado y Algeciras; y en ciertaocasión en que no podíamos salir de las trincheras del puente Suazo,transportó allá con rapidez parecida a la de los tiempos que después hanvenido, al Sr. Poenco con toda su tienda y bártulos y séquito mujeril yguitarril, para improvisar una fiesta.

A los quince días de estos rumbos y generosidades no había en la Islaquien no conociese a lord Gray; y como entonces estábamos en buenasrelaciones con la Gran Bretaña, y se cantaba aquello de

La

trompeta

de

la

Gloria

dice al mundo Velintón...

(lo mismo que está escrito) nuestro mister era popularísimo en toda laextensión que inunda con sus canales el caño de Sancti-Petri.

Su mayor confianza era conmigo; pero debo indicar aquí unacircunstancia, que a todos llamará la atención, y es que aunquerepetidas veces procuré sondear su ánimo en el asunto que más meinteresaba, jamás pude conseguirlo. Hablábamos de amores, nombraba yo lacasa y la familia de Inés, y él, volviéndose taciturno, mudaba laconversación. Sin embargo, yo sabía que visitaba todas las noches a doñaMaría; pero su reserva en este punto era una reserva sepulcral. Sólo unavez dejó traslucir algo y voy a decir cómo.

Durante muchos días estuve sin poder ir a Cádiz, a causa de lasocupaciones del servicio, y esta esclavitud me daba tanto fastidio comopesadumbre. Recibía algunas esquelas de la condesa suplicándome quepasase a verla, y yo me desesperaba no pudiendo acudir. Al fin logré unalicencia a principios de Marzo y corrí a Cádiz. Lord Gray y yoatravesamos la Cortadura precisamente el día del furioso temporal quepor muchos años dejó memoria en los gaditanos de aquel tiempo. Las olasde fuera, agitadas por el Levante, saltaban por encima del estrechoistmo para abrazarse con las olas de la bahía. Los bancos de arena eranarrastrados y deshechos, desfigurando la angosta playa; el horrorosoviento se llevaba todo en sus alas veloces, y su ruido nos permitíaformar idea de las mil trompetas del Juicio, tocadas por los ángeles dela justicia. Veinte buques mercantes y algunos navíos de guerraespañoles e ingleses estrelláronse aquel día contra la costa dePoniente; y en el placer de Rota, la Puntilla y las rocas donde secimenta el castillo de Santa Catalina aparecieron luego muchos cadáveresy los despojos de los cascos rotos y de las jarcias y árboles deshechos.

Lord Gray, contemplando por el camino tan gran desolación, el furor delviento, los horrores del revuelto cielo, ora negro, ora iluminado por lasiniestra amarillez de los relámpagos, la agitación de las olas verdosasy turbias, en cuyas cúspides, relucientes como filos de cuchillos, sealcanzaban a ver restos de alguna nave que se hundía luego en loscóncavos senos para reaparecer después; contemplando lord Gray, repito,aquel desorden, no menos admirable que la armonía de lo creado, aspirabacon delicia el aire húmedo de la tempestad y me decía:

—¡Cuán grato es a mi alma este espectáculo! Mi vida se centuplica anteesta fiesta sublime de la Naturaleza, y se regocija de haber salido dela nada, tomando la execrable forma que hoy tiene. Para esto te hancriado ¡oh mar! Escupe las naves comerciantes que te profanan, y prohíbela entrada en tus dominios al sórdido mercachifle, ávido de oro,saqueador de los pueblos inocentes que no se han corrompido todavía yadoran a Dios en el ara de los bosques. Este ruido de invisiblesmontañas que ruedan por los espacios, chocándose y redondeándose comolos guijos que arrastra un río; estas lenguazas de fuego que lamen elcielo y llegan a tocar el mar con sus afiladas puntas; este cielo que serevuelca desesperado; este mar que anhela ser cielo, abandonando sulecho eterno para volar; este hálito que nos arrastra, esta confusiónarmoniosa, esta música, amigo, y ritmo sublime que lo llena todo,encontrando eco en nuestra alma, me extasían, me cautivan, y con fuerzairresistible me arrastran a confundirme con lo que veo... Estaalteración se repite en mi alma; esta rabia y desesperado anhelo desalir de su centro, propiedad es también de mi alma; este rumor, dondecaben todos los rumores de cielo y tierra, ha tiempo que tambiénensordece mi alma; este delirio es mi delirio, y este afán con quevuelan nubes y olas hacia un punto a que no llegan nunca, es mi propioafán.

Yo pensé que estaba loco, y cuando le vi bajar del calesín, acercarse ala playa e internarse por ella hasta que el agua le cubrió las botas,corrí tras él lleno de zozobra, temiendo que en su enajenación searrojase, como había dicho, en medio de las olas.

—Milord—le dije—volvámonos al coche, pues no hay para qué convertirseahora en ola ni nube, como usted desea, y sigamos hacia Cádiz, que paraagua bastante tenemos con la que llueve, y para viento, harto nos azotapor el camino.

Pero él no me hacía caso, y empezó a gritar en su lengua. El calesero,que era muy pillo, hizo gestos significativos para indicar que lord Grayhabía abusado del Montilla; pero a mí me constaba que no lo habíaprobado aquel día.

—Quiero nadar—dijo lacónicamente lord Gray, haciendo ademán dedesnudarse.

Y al punto forcejeamos con él el calesero y yo, pues aunque sabíamos queera gran nadador, en aquel sitio y hora no habría vivido diez minutosdentro del agua. Al fin le convencimos de su locura, haciéndole volver ala calesa.

—Contenta se pondría, milord, la señora de sus pensamientos si le vieraa usted con inclinaciones a matarse desde que suena un trueno.

Lord Gray rompió a reír jovialmente, y cambiando de aspecto y tono,dijo:

—Calesero, apresura el paso, que deseo llegar pronto a Cádiz.

—El lamparín no quiere andar.

—¿Qué lamparín?

—El caballo. Le han salido callos en la jerraúra. ¡Ay sé!

Estecaballo es muy respetoso.

—¿Por qué?

—Muy respetoso con los amigos. Cuando se ve con Pelaítas, se hacencortesías y se preguntan cómo ha ido de viaje.

—¿Quién es Pelaítas?

—El violín del Sr. Poenco. ¡Ay sé! Si usted le dice a mi caballo:«vas a descansar en casa de Poenco, mientras tu amo come una aceituna ybebe un par de copas», correrá tanto, que tendremos que darle palos paraque pare, no sea que con la fuerza del golpe abra un boquete en lamuralla de Puerta Tierra.

Gray prometió al calesero refrescarle en casa de Poenco, y al oír esto¡parecía mentira!, el lamparín avivó el paso.

—Pronto llegaremos—dijo el inglés—. No sé por qué el hombre no hainventado algo para correr tanto como el viento.

—En Cádiz le aguarda a usted una muchacha bonita. No una, muchas talvez.

—Una sola. Las demás no valen nada, señor de Araceli... Su alma esgrande como el mar. Nadie lo sabe más que yo, porque en apariencia esuna florecita humilde que vive casi a escondidas dentro del jardín. Yola descubrí y encontré en ella lo que hombre alguno no supo encontrar.Para mí solo, pues, relampaguean los rayos de sus ojos y braman lastempestades de su pecho... Está rodeada de misterios encantadores, y lasimposibilidades que la cercan y guardan como cárceles inaccesibles

másestimulan

mi

amor...

Separados

nos

oscurecemos; pero juntos llenamostodo lo creado con las deslumbradoras claridades de nuestro pensamiento.

Si mi conciencia no dominara casi siempre en mí los arrebatos de lapasión, habría cogido a lord Gray y le habría arrojado al mar... Híceleluego mil preguntas, di vueltas y giros sobre el mismo

tema

paraprovocar

su

locuacidad;

nombré

a

innumerables personas, pero no me fueposible sacarle una palabra más. Después de dejarme entrever un rayo desu felicidad, calló y su boca cerrose como una tumba.

—¿Es usted feliz?-le dije al fin.

—En este momento sí—respondió.

Sentí de nuevo impulsos de arrojarle al mar.

—Lord Gray—exclamé súbitamente—¿vamos a nadar?

—¡Oh! ¿Qué es eso? ¿Usted también?

—¡Sí, arrojémonos al agua! Me pasa a mí algo de lo que a usted pasabaantes. Se me ha antojado nadar.

—Está loco—contestó riendo y abrazándome—. No, no permito yo que tanbuen amigo perezca por una temeridad. La vida es hermosa, y quienpensase lo contrario, es un imbécil. Ya llegamos a Cádiz. Tío Hígados,eche aceite a la lamparilla, que ya estamos cerca de la taberna dePoenco.

Al anochecer llegamos a Cádiz. Lord Gray me llevó a su casa, donde nosmudamos de ropa, y cenamos después. Debíamos ir a la tertulia de doñaFlora, y mientras llegaba la hora, mi amigo, que quise que no, hubo dedarme nuevas lecciones de esgrima.

Con estos juegos iba, sin pensarlo,adiestrándome en un arte en el cual poco antes carecía de habilidadconsumada, y aquella tarde tuve la suerte de probar la sabiduría de mimaestro dándole una estocada a fondo con tan buen empuje y limpieza, quea no tener botón el estoque, hubiéralo atravesado de parte a parte.

—¡Oh, amigo Araceli!-exclamó lord Gray con asombro—.

Usted adelantamucho. Tendremos aquí un espadachín temible.

Luego, tira usted con mucharabia...

En efecto; yo tiraba con rabia, con verdadero afán de acribillarle.

V

Por la noche fuimos a casa de doña Flora; pero lord Gray, a poco dellegar, despidiose diciendo que volvería. La sala estaba bien iluminada,pero aún no muy llena de gente, por ser temprano. En un gabineteinmediato aguardaban las mesas de juego el dinero de los apasionadostertuliantes, y más adentro tres o cuatro desaforadas bandejas llenas dedulces nos prometían agradable refrigerio para cuando todo acabase.Había pocas damas, por ser costumbre en los saraos de doña Flora quedescollasen los hombres, no acompañados por lo general más que de unamedia docena de beldades venerables del siglo anterior, que, cualcastillos gloriosos, pero ya inútiles, no pretendían

ser

conquistablesni

conquistadas.

Amaranta

representaba sola la juventud unida a lahermosura.

Saludaba yo a la condesa, cuando se me acercó doña Flora, ypellizcándome bonitamente con todo disimulo el brazo por punto cercanoal codo, me dijo:

—Se está usted portando, caballerito. Casi un mes sin parecer por aquí.Ya sé que se divirtió usted en el puente de Suazo con las buenas piezasque llevó allí el Sr. Poenco hace ocho días...

¡Bonita conducta! Yoempeñada en apartarle a usted del camino de la perdición, y usted cadavez más inclinado a seguir por él...

Ya se sabe que la juventud ha detener sus trapicheos; pero los muchachos decentes y bien nacidosdesfogan sus pasiones con compostura, antes buscando el trato honesto depersonas graves y juiciosas que el de la gentezuela maja y tabernaria.

La condesa afectó estar conforme con la reprimenda y la repitió, dándolamás fuerza con sus irónicos donaires. Después, ablandándose doña Flora yllevándome adentro, me dio a probar de unos dulces finísimos que no serepartían sino entre los amigos de confianza. Cuando volvimos a la sala,Amaranta me dijo:

—Desde que doña María y la marquesa decidieron que no viniera Inés,parece que falta algo en esta tertulia.

—Aquí no hacen falta niñas, y menos la condesa de Rumblar, que con susremilgos impedía toda diversión. Nadie se había de acercar a la niña, nihablar con la niña, ni bailar con la niña, ni dar un dulce a la niña.Dejémonos de niñas: hombres, hombres quiero en mi tertulia; literatosque lean versos, currutacos que sepan de corrido las modas de París,diaristas que nos cuenten todo lo escrito en tres meses por las Gacetas de Amberes, Londres, Augsburgo y Rotterdam; generales que noshablen de las batallas que se van a ganar; gente alegre que hable mal dela regencia y critique la cosa pública, ensayando discursos para cuandose abran esas saladísimas Cortes que van a venir.

—Yo no creo que haya tales Cortes—dijo Amaranta—porque las Cortes noson más que una cosa de figurón, que hace el rey para cumplir un antiguouso. Como ahora estamos sin rey...

—¿Pues no ha de haber? Nada; vengan esas Cortes. Cortes nos hanprometido, y Cortes nos han de dar. Pues poco bonito será esteespectáculo. Como que es un conjunto de predicadores, y no baja de ochoa diez sermones los que se oyen por día, todos sobre la cosa pública,amiga mía, y criticando, criticando, que es lo que a mí me gusta.

—Habrá Cortes—dije yo—porque en la Isla están pintando y arreglandoel teatro para salón de sesiones.

—¿Pero es en un teatro? Yo pensé que en una iglesia—dijo doña Flora.

—El estamento de próceres y clérigos se reunirá en una iglesia—indicóAmaranta—y el de procuradores en un teatro.

—No, no hay más que un estamento, señoras. Al principio se pensó entres; pero ahora se ha visto que uno solo es más sencillo.

—Será el de la nobleza.

—No, hija, serán todos clérigos. Esto parece lo más propio.

—No hay más estamento que el de procuradores, en que entrarán todas lasclases de la sociedad.

—¿Y dices que están pintando el teatro?

—Sí, señora. Le han puesto unas cenefas amarillas y encarnadas quehacen una vista así como de escenario de titiriteros en feria... En fin,monísimo.

—Para esta festividad quiere sin duda el Sr. D. Pedro los cincuentauniformes amarillos y encarnados que le estamos haciendo, todosgaloneados de plata y cortados en forma que llaman de española antigua.

—Me temo mucho—dijo Amaranta riendo—que D. Pedro y otros tanextravagantes y locos como él, pongan en ridículo a Cortes yprocuradores, pues hay personas que convierten en mojiganga todo aquelloen que ponen la mano.

—Ya principia a venir gente. Aquí está Quintana. También vienen Beña yD. Pablo de Xérica.

Quintana saludó a mis dos amigas. Yo le había visto y oído hablar enMadrid en las tertulias de las librerías, pero sin tener hasta entoncesel placer de tratar a poeta tan insigne. Su fama entonces era grande, yentre los patriotas exaltados gozaba de mucha popularidad, conquistadapor sus artículos políticos y proclamas patrióticas. Era de fisonomíadura y basta, moreno, con vivos ojos y gruesos labios, signo claro esto,así como su frente lobulosa, de la viril energía de su espíritu. Reíapoco, y en sus ademanes y tono, lo mismo que en sus escritos, dominabala severidad. Tal vez esta severidad, más que propia, fuera atribuida ysupuesta por los que conocían sus obras, pues en aquella época ya habíansalido a luz las principales odas, las tragedias y algunas de las Vidas; Píndaro, Tirteo y Plutarco a la vez, estaba orgulloso de supapel, y este orgullo se le conocía en el trato.

Quintana era entusiasta de la causa española y liberal ardiente convislumbres de filósofo francés o ginebrino. Más beneficios recibió de suvaliente pluma la causa liberal que de la espada de otros, y si ladefensa de ciertas ideas, que él enaltecía con todas las galas delestilo y todos los recursos de un talento superior y valiente cualninguno; si la defensa de ciertas ideas, repito, no hubiera corridodespués por cuenta de otras manos y de gárrulas plumas, diferente seríahoy la suerte de España.

Más simpático en el trato que Quintana, por carecer de aquellagrandílocua y solemne severidad, era D. Francisco Martínez de la Rosa,recién llegado entonces de Londres, y que no era célebre todavía más quepor su comedia Lo que puede un empleo, obra muy elogiada en aquellosinocentes tiempos. Las gracias, la finura, la encantadora cortesía, laamabilidad, el talento social sin afectación, amaneramiento ni empalago,nadie lo tenía entonces, ni lo tuvo después, como Martínez de la Rosa.Pero hablo aquí de una persona a quien todos han conocido, y a quienvida tan larga no imprimió gran mudanza en genio y figura. Lo mismo quele vieron ustedes hacia 1857, salvo el detrimento de los años, eraMartínez de la Rosa cuando joven.

Si en sus ideas había algunadiferencia, no así en su carácter, que fue en la forma festivamenteafable hasta la vejez, y en el fondo grave, entero y formal desde lajuventud.

No sé por qué me he ocupado aquí de este eminente hombre, pues la verdades que no concurrió aquella noche a la tertulia de doña Flora, que estoycon mucho gusto describiendo.

Fueron, sí, como he dicho, Xérica y Beña, poetas menores de que meacuerdo poco, sin duda porque su fama problemática y la mediocridad desu mérito hicieron que no fijase mucho en ellos la atención. De quien meacuerdo es de Arriaza, y no porque me fuera muy simpático, pues laíndole adamada y aduladora de sus versos serios y la mordacidad de sussátiras me hacían poca gracia, sino porque siempre le vi en todaspartes, en tertulias, cafés, librerías y reuniones de diversas clases.Este llegó más tarde a la tertulia.

Después de los que he mencionado, vimos aparecer a un hombre como deunos cincuenta años, flaco, alto, desgarbado y tieso. Tenía como D.Quijote los bigotes negros, largos y caídos, los brazos y piernas comopalitroques, el cuerpo enjutísimo, el color moreno, el pelo entrecano,aguileña la nariz, los ojos ya dulces, ya fieros, según a quien miraba,y los ademanes un tanto embarazados y torpes. Pero lo más singular deaquel singularísimo hombre era su vestido, a la manera de los deCarnaval, consistente en pantalones a la turquesca, atacados a larodilla, jubón amarillo y capa corta encarnada o herreruelo, calzasnegras, sombrero de plumas como el de los alguaciles de la plaza detoros y en el cinto un tremendo chafarote, que iba golpeando en elsuelo, y hacía con el ruido de las pisadas un compás triple, cual si elpersonaje anduviese con tres pies.

Parecerá a algunos que es invención mía esto del figurón que pongo a losojos de mis lectores; pero abran la historia, y hallarán más al vivo queyo lo hago pintadas las hazañas de un personaje, a quien llamo D. Pedro,para no ridiculizar como él lo hizo, un título ilustre, que después hanllevado personas muy cuerdas. Sí; vestido estaba como he pintado, y nofue él solo quien dio por aquel tiempo en la manía de vestir y calzar ala antigua; que otro marqués, jerezano por cierto, y el célebre JiménezGuazo y un escocés llamado lord Downie, hicieron lo mismo; pero yo porno aburrir a mis lectores presentándoles uno tras otro a estos tipos tancaracterísticos como extraños, he hecho con las personas lo que hacenlos partidos, es decir, una fusión, y me he permitido recoger lasextravagancias de los tres y engalanar con tales atributos a uno solo deellos, al más gracioso sin disputa, al más célebre de todos.

Al punto que entró D. Pedro, oyéronse estrepitosas risas en la sala;pero doña Flora salió al punto a la defensa de su amigo, diciendo:

—No hay que criticarle, pues hace muy bien en vestirse a la antigua; ysi todos los españoles, como él dice, hicieran lo mismo, con lacostumbre de vestir a la antigua vendría el pensar a la antigua, y conel pensar el obrar, que es lo que hace falta.

D. Pedro hizo profundas reverencias y se sentó junto a las damas, antessatisfecho que corrido por el recibimiento que le hicieron.

—No me importan burlas de gente afrancesada—dijo mirando de soslayo alos que le contemplábamos—ni de filosofillos irreligiosos, ni de ateos,ni de francmasones, ni de democratistas, enemigos encubiertos de lareligión y del rey. Cada uno viste como quiere, y si yo prefiero estetraje a los franceses que venimos usando hace tiempo, y ciño esta espadaque fue la que llevó Francisco Pizarro al Perú, es porque quiero serespañol por los cuatro costados y ataviar mi persona según la usanzaespañola en todo el mundo, antes de que vinieran los franchutes con suscorbatas, chupetines, pelucas, polvos, casacas de cola de abadejo ydemás porquerías que quitan al hombre su natural fiereza. Ya pueden losque me escuchan reírse cuanto quieran del traje, si bien no lo harán dela persona porque saben que no lo tolero.

—Está muy bien—dijo Amaranta—. Está muy bien ese traje, y sólo laspersonas de mal gusto pueden criticarlo. Señores, ¿cómo quieren ustedesser buenos españoles sin vestir a la antigua?

—Pero señor marqués (D. Pedro era marqués, aunque me callo sutítulo)—dijo Quintana con benevolencia—¿por qué un hombre formal yhonrado como usted, se ha de vestir de esta manera, para divertir a loschicos de la calle? ¿Ha de tener el patriotismo por funda un jubón, y noha de poder guarecerse en una chupa?

—Las modas francesas han corrompido las costumbres—

repuso D. Pedroatusándose los bigotes—y con las modas, es decir, con las pelucas y loscolores, han venido la falsedad del trato, la deshonestidad, lairreligión, el descaro de la juventud, la falta de respeto a losmayores, el mucho jurar y votar, el descoco e impudor, el atrevimiento,el robo, la mentira, y con estos males los no menos graves de lafilosofía, el ateísmo, el democratismo, y eso de la soberanía de lanación que ahora han sacado para colmo de la fiesta.

—Pues bien—repuso Quintana—si todos esos males han venido con laspelucas y los polvos, ¿usted cree que los va a echar de aquí vistiéndosede amarillo? Los males se quedarán en casa, y el señor marqués hará reíra las gentes.

—Sr. D. Manolo, si todos fueran como usted que se empeña en combatir alos franceses, imitándolos en usos y costumbres, lucidos estábamos.

—Si las costumbres se han modificado, ellas sabrán por qué lo hanhecho. Se lucha y se puede luchar contra un ejército por grande que sea;pero contra las costumbres hijas del tiempo, no es posible alzar lasmanos, y me dejo cortar las dos que tengo, si hay cuatro personas que leimiten a usted.

—¿Cuatro?-exclamó con orgullo D. Pedro—. Cuatrocientas están yafiliadas en la Cruzada del obispado de Cádiz, y aunque todavía no hayuniformes para todos, ya cuento con cincuenta o sesenta, gracias al celode respetables damas, alguna de las cuales me oye. Y no nos vestimosasí, señores míos, para andar charlando en los cafés y metiendo bullapor las calles, ni imprimiendo

papeles

que

aumenten

la

desvergüenza

eirrespetuosidad del pueblo hacia lo más sagrado, ni para convocar Cortesni cortijos, ni para echar sermones a lo dómine Lucas, sino para salirpor esos campos hendiendo cabezas de filósofos y acuchillando enemigosde la Iglesia y del rey. Ríanse del traje en buena hora, que en cuantosean despachados los mosquitos que zumban más allá del caño deSancti-Petri, volveremos

acá

y

haremos

que

los

redactores

del

SemanarioPatriótico se vistan de papel impreso, que es la moda francesa que másles cuadra.

Dicho esto, D. Pedro celebró mucho con risas su propio chiste, y luegotomó Beña la palabra para sostener la conveniencia de vestir a laantigua. ¿Verdad que era graciosa la manía? Para que no se dude de miveracidad, quiero trasladar aquí un párrafo del Conciso que conservoen la memoria:

«Otro de los medios indirectos—decía—pero muy poderoso, para renovarel entusiasmo, sería volver a usar el antiguo traje español. No esdecible lo que esto podría influir en la felicidad de la nación. ¡Oh,padres de la patria, diputados del augusto congreso! A vosotros dirijomi humilde voz: vosotros podéis renovar los días de nuestra antiguaprosperidad; vestíos con el traje de nuestros padres, y la nación enteraseguirá vuestro ejemplo».

Esto lo escribía poco después aquel mismo Sr. Beña, poeta decircunstancias, a quien yo vi en casa de doña Flora. ¡Y

recomendaba alos padres de la patria que imitasen en su atavío al gran D. Pedro,pasmo de los chicos y alboroto de paseantes!

¡Qué bonitos habrían estadoArgüelles, Muñoz Torrero, García Herreros, Ruiz Padrón, Inguanzo, Mejía,Gallego, Quintana, Toreno y demás insignes varones, vestidos dearlequines!

Y aquel Beña era liberal y pasaba por cuerdo; verdad es que losliberales como los absolutistas, han tenido aquí desde el principio desu aparición en el mundo ocurrencias graciosísimas.

Quintana preguntó a D. Pedro si la Cruzada del obispado de Cádiz pensaba presentarse a las futuras Cortes en aquel talante el día de laapertura.

—Yo no quiero nada con Cortes—repuso—. ¿Pero usted es de los bolosque creen habrá tal novedad? La regencia está decidida a echar la tropaa la calle para hacer polvo a los vocingleros que ahora no puedenpasarse sin Cortes. ¡Angelitos! Déseles la novedad de este juguete paraque se diviertan.

—La regencia—repuso el poeta—hará lo que la manden.

Callará yaguantará. Aunque carezco de la perspicacia que distingue al señor D.Pedro, me parece que la nación es algo más que el señor obispo deOrense.

—Verdaderamente, Sr. D. Manuel—dijo Amaranta—eso de la soberanía dela nación que han inventado ahora... anoche estaban explicándolo en casade la Morlá, y por cierto que nadie lo entendía; eso de la soberanía dela nación si se llega a establecer va a traernos aquí otra revolucióncomo la francesa, con su guillotina y sus atrocidades. ¿No lo creeusted?

—No, señora; no creo ni puedo creer tal cosa.

—Que pongan lo que quieran con tal que sea nuevo—dijo doña Flora—;¿no es verdad, Sr. de Xérica?

—Justo, y afuera religión, afuera rey, afuera todo—vociferó D. Pedro.

—Denme trescientos años de soberanía, de la nación—dijo Quintana—yveremos

si

se

cometen

tantos

excesos,

arbitrariedades y desafueros comoen trescientos años que no la ha habido. ¿Habrá revolución que contengatantas iniquidades e injusticias como el solo período de la privanza deD. Manuel Godoy?

—Nada, nada, señores—dijo D. Pedro con ironía—. Si ahora vamos aestar muy bien; si vamos a ver aquí el siglo de oro; si no va a haberinjusticias, ni crímenes, ni borracheras, ni miserias, ni cosa malaalguna, pues para que nada nos falte, en vez de padres de la Iglesia;tenemos periodistas; en vez de santos, filósofos; en vez de teólogos,ateos.

—Justamente; el Sr. de Congosto tiene razón—replicó Quintana—. Lamaldad no ha existido en el mundo hasta que no la hemos traído nosotroscon nuestros endiablados libros... Pero todo se va a remediar convestirnos de mojiganga.

—Pero en último resultado—preguntó la condesa—¿hay Cortes o no?

—Sí, señora, las habrá.

—Los españoles no sirven para eso.

—Eso no lo hemos probado.

—¡Ay, qué ilusión tiene usted, Sr. D. Manuel! Verá usted qué escenastan graciosas habrá en las sesiones... y digo graciosas por no decirterribles y escandalosas.

—El terror y el escándalo no nos son desconocidos, señora, ni lostraerán por primera vez las Cortes a esta tierra de la paz y de lareligiosidad. La conspiración del Escorial, los tumultos de Aranjuez,las vergonzosas escenas de Bayona, la abdicación de los reyes padres,las torpezas de Godoy, las repugnantes inmoralidades de la última Corte,los tratados con Bonaparte, los convenios indignos que han permitido lainvasión, todo esto, señora amiga mía, que es el colmo del horror y delescándalo, ¿lo han traído por ventura las Cortes?

—Pero el rey gobierna, y las Cortes, según el uso antiguo, votan ycallan.

—Nosotros hemos caído en la cuenta de que el rey existe para la nacióny no la nación para el rey.

—Eso es—dijo D. Pedro—el rey para la nación, y la nación para losfilósofos.

—Si las Cortes no salen adelante—añadió Quintana—lo deberán a laperfidia y mala fe de sus enemigos; pues estas majaderías de vestir a laantigua y convertir en sainete las más respetables cosas, es vicio muycomún en los españoles de uno y otro partido. Ya hay quien dice que losdiputados deben vestirse como los alguaciles en día de pregón de Bula, yno falta quien sostiene que todo cuanto se hable, proponga y discuta enla Asamblea, debe decirse en verso.

—Pues de ese modo sería precioso—afirmó doña Flora.

—En efecto—dijo Amaranta—y como se reúnen en un teatro la ilusiónsería perfecta. Prometo asistir a la inauguración.

—Yo no faltaré. Sr. de Quintana, usted me proporcionará un palco o unpar de lunetas. ¿Y se paga, se paga?

—No, amiga mía—dijo Amaranta burlándose—. La nación enseña y pone alpúblico gratis sus locuras.

—Usted—le dijo Quintana sonriendo—será de nuestro partido.

—¡Ay, no, amigo mío!-repuso la dama—. Prefiero afiliarme a la Cruzadadel obispado. Me espantan los revolucionarios, desde que he leído loque pasó en Francia. ¡Ay, Sr. Quintana! ¡Qué lástima que usted se hayahecho estadista y político! ¿Por qué no hace usted versos?

—No están los tiempos para versos. Sin embargo, ya usted ve cómo loshacen mis amigos; Arriaza, Beña, Xérica, Sánchez Barbero no dejandescansar a las prensas de Cádiz.

Beña y Xérica se habían apartado del grupo.

—¡Ay, amigo mío!, que no oiga yo aquello de

¡Oh!

Velintón,

nombre

amable

grande alumno del dios Marte.

—Es horrible la poesía de estos tiempos, porque los cisnes callan,entristecidos por el luto de la patria, y de su silencio se aprovechanlos grajos para chillar. ¿Y dónde me deja usted aquello de

Resuene

el

tambor;

veloces marchemos...?

—Arriaza—indicó Quintana—ha hecho últimamente una sátira preciosa.Esta noche la leerá aquí.

—Nombren al ruin...—dijo Amaranta, viendo aparecer en el salón alpoeta de los chistes.

—Arriaza, Arriaza—exclamaron diferentes voces salidas de distintoslados de la estancia—. A ver, léanos usted la oda A Pepillo.

—Atención, señores.

—Es de lo más gracioso que se ha escrito en lengua castellana.

—Si el gran Botella la leyera, de puro avergonzado se volvería aFrancia.

Arriaza, hombre de cierta fatuidad, se gallardeaba con la ovación hechaa los productos de su numen. Como su fuerte eran los versos decircunstancias y su popularidad por esta clase de trabajosextraordinaria, no se hizo de rogar, y sacando un largo papel, yponiéndose en medio de la sala, leyó con muchísima gracia aquellosversos célebres que ustedes conocerán y cuyo principio es de este modo:

«Al ínclito Sr. Pepe, Rey (en deseo) de las Españas y (en visión) de susIndias.

Salud,