Bocetos Californianos by Francisco Bret Harte - HTML preview

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Como la familia del señor Perrín la formaban únicamente damas elegantes,citamos esta observación más para dar una idea de su humor que de susdeberes.

Formando abigarrado conjunto, encontrábanse reunidas aquellas personascon la indiferente apatía que engendra la pereza y el fastidio.

Ni el repentino resonar de los cascos de un caballo a la puerta, leshizo volver en sí.

Sólo Federico Bullen se detuvo en la tarea de vaciar su pipa y alzó lacabeza, pero nadie más del grupo dio a conocer el menor interés hacia elhombre que entraba pausadamente, por cierto.

Era una figura bastante familiar a la sociedad que en Bar Sansón lellamaban «El viejo».

A pesar de esto, parecía aún de complexión fresca y juvenil, y sucabello escaso y entrecano denotaba al hombre de unos cincuenta años. Decara simpática y complaciente, tenía una aptitud así como la delcamaleón para adoptar la sombra y el color de las opiniones y caracteresde los que entraban en su trato.

Acababa de dejar a unos compañeros de diversión, así es que, demomento, no observó la gravedad del grupo, pero golpeó amistosamente porla espalda al hombre más próximo, y se echó en una silla que vio libre.

—¡Acabo de oír la cosa mejor del mundo, muchachos!

¿Conocen ustedes aMelín? ¿El de allá abajo, Joaquín Melín, el hombre más divertido de Bar?Pues Joaquín nos estaba contando el cuento de más chispa que...

—¡Melín es un animal!—interrumpió una voz seca.

—Un cuadrúpedo—añadió otro, en tono sepulcral.

Y el silencio volvió a reinar después de estas declaraciones.

El viejo miró rápidamente en torno al grupo. Luego, su cara setransformó poco a poco.

—Es verdad—dijo, después de un momento de reflexión,—es realmente unaespecie de cuadrúpedo, algo tiene de animal, no puede negarse.

Y frunció el ceño, como en dolorosa meditación de la ignorancia eimbecilidad del impopular Melín.

—Hace un tiempo bien triste, ¿verdad?—añadió, engolfándose en lacorriente del general sentimiento.—Mala la van a pasar los obreros ypoco dinero corre esta temporada... Y mañana es Navidad.

Hubo un movimiento entre los concurrentes al anunciar esto, pero no setraslució claramente si era de satisfacción o de disgusto.

—Sí—continuó el viejo en el tono lúgubre que desde los últimosmomentos involuntariamente adoptara,—esto es... se me ocurrió la idea,¿comprenden? de que tal vez les gustaría venir a mi casa y pasar allíuna Nochebuena. Ahora tal vez no les gustaría... ¿Quizá no están enbuena disposición?—añadió con simpática solicitud, observando las carasde sus oyentes.

—No diré que no—respondió Tomás Flavio, algo más animado.—Puede quesí. ¿Pero y tu mujer, viejo? ¿Qué tal va?

El viejo titubeó.

Todo Bar Sansón sabía que las experiencias conyugales no habían sidofelices para él.

Su primera esposa, una mujercita delicada y bonita, había sufrido lasmás vivas y celosas sospechas de su marido, hasta que un día ésteconvidó a su casa a todo el Bar para que su infidelidad quedaseplenamente probada.

Pero al llegar los de la partida, encontraron a la tímida e inocentecriatura tranquilamente ocupada en sus obligaciones caseras, y tuvieronque retirarse corridos y avergonzados.

La delicada sensitiva no se repuso fácilmente del choque de tanextraordinario ultraje.

Le costó trabajo recobrar el aplomo para dar suelta a su amante, de unarmario en que estaba escondido y escaparse con él. Para consuelo delmarido, le dejó abandonado un niño de tres primaveras.

La actual consorte del viejo había sido su cocinera: mujer corpulenta,de carácter brutal.

Antes que pudiera contestar, Juan Dimas expuso en breves razones que lacasa era del viejo, y que, invocando el poder divino, si estuviera él ensu casa convidaría a quien le pluguiese, aun cuando haciéndolo pusieraen peligro su salvación. Los espíritus malignos, añadió además,lucharían en vano contra él.

Todo esto dicho con una sequedad y vigor perdidos en esta traducciónobligada.

—Naturalmente... seguro... esto es—dijo el viejo frunciendo también elentrecejo.—No hay nada de particular. Es mi casa; yo mismo he levantadotodos sus maderos. No hay por qué temerla.

Tal vez grite un poco, comohacen las mujeres, pero volverá a las buenas.

El viejo fiaba, para sus adentros, en la exaltación del licor y en elpoder de un valeroso ejemplo para sostenerse en semejante situación.

Hasta aquel momento, Federico Bullen, oráculo y cabeza de Bar Sansón, nohabía hablado. Pero se quitó la pipa de los labios y prorrumpió:

—Viejo, ¿y cómo sigue tu niño Juanito? Se me figuró algo enfermizo laúltima vez que lo vi en el camino tirando piedras a los chinos, y noparecía interesarle eso en gran manera. Ayer pasó por aquí una tropa deellos, ahogados en el río, y pensé en Juanito. ¡Oh! ¡cómo los echaría demenos! ¿Tal vez estorbaremos si está enfermo?

Visiblemente afectado, no sólo por este cuadro patético de la privaciónde Juanito, sino también por tan circunspecta delicadeza, se apresuróel padre a asegurarle que Juanito estaba mejor y que un poco de bromaquizá le mejoraría algún tanto.

Entonces Federico se levantó, y desperezose diciendo:

—Ya estoy. Enséñanos el camino. En marcha.

Y con un salto y un aullido característicos, precediolos, saliendo afuera.

Al pasar por delante del hogar agarró un tizón encendido, acción querepitieron los demás de la partida, siguiéndolo de cerca, codeándose, yantes de que Daniel, el asombrado propietario de la droguería, conocierala intención de sus huéspedes, la sala estaba completamente desocupada.

Hacía una noche más oscura que boca de lobo. Las improvisadas antorchasse extinguieron a la primera racha de viento y únicamente los rojostizones oscilando en las tinieblas como fuegos fatuos iluminabanvagamente el estrecho sendero.

Este les conducía por la cañada del Pino arriba, a cuya entrada seescondía en la cuesta una ancha pero baja cabaña con un techo primitivohecho de cañas y cortezas de pino.

Era el hogar del viejo y a la vez entrada de la mina en que trabajabacuando lo hacía.

Una vez allí el acompañamiento, se paró un momento por delicadadeferencia al anfitrión, que llegó de la retaguardia jadeante.

—Quizá hicieran ustedes bien en aguardar un segundo aquí fuera,mientras yo entro y veo si todo está corriente—dijo el viejo con unaindiferencia que estaba muy lejos de su ánimo.

La indicación fue buenamente aceptada; la puerta se abrió y cerró trasdel anfitrión, y sus compañeros, apoyando las espaldas contra la pared ycobijándose bajo el alero del tejado, esperaron con el oído atento.

Por algunos momentos no se oyó más sonido que el gotear del agua delalero y el de las ramas que luchaban contra el viento que las sacudía,crujiendo por encima de sus cabezas.

Los convidados principiaron a inquietarse y cuchichear indicaciones ysospechas que pasaron de boca en boca.

—Sospecho que para empezar ya me le ha roto la crisma.

—Le habrá metido en el túnel y allí le dejará emparedado, seguramente.

—Le tendrá en el suelo y estará sentada encima.

—Probablemente está hirviendo algo para echárnoslo; apartémonos de lapuerta por lo que pudiera ser.

Pero en este momento el pestillo crujió, abriose despacio la puerta, yuna voz dijo:

—Entren a cubierto de la lluvia.

La voz no era la del viejo ni la de su mujer.

Era una voz infantil, cuyo débil timbre quebrantaba aquella ronqueraantinatural, que sólo pueden dar la vagancia y el abuso prematuro delalcohol.

Apareció ante ellos la figura de un niño, cuya cara podía haber sidobonita y aun distinguida a no oscurecerla de por dentro las maldadesaprendidas y a no haber impreso en ella su sello la suciedad y elabandono.

Su cuerpecito estaba envuelto con una manta, y se conocía que acababa delevantarse de la cama.

—Entren—repitió—y no hagan ruido. El viejo está allí hablando conmadre—prosiguió señalando un cuarto adyacente, que parecía ser unacocina, desde la cual la voz del viejo llegaba en tono de clemencia.

—Suéltame—añadió el niño refunfuñando y dirigiéndose a Federico Bullenque le había agarrado envuelto en la manta y fingía quererle echar alfuego del hogar.

—¡Déjame, maldito viejo loco! ¿oyes?

Puesto así a raya Federico Bullen, dejole en el suelo, mientras que loshombres entraron silenciosamente, colocándose en el centro del cuarto yalrededor de una larga mesa de toscas tablas.

Inmediatamente Juanito encaminose con gravedad hacia un armario y sacóvarios objetos que colocó sobre la mesa pausadamente.

—Ahí tienen ustedes aguardiente y bizcochos, arenques ahumados y queso(y en su camino hacia la mesa dio una dentellada a este último). Yazúcar. (Sacó con mano muy sucia un puñado.) Hay también manzanas secasen la alacena; pero no me chocan. Las manzanas hinchan. Helo aquítodo—terminó.—

Olvidábame el tabaco. Ahora a ello y sin temor: no hagocaso de la vieja; al fin y al cabo, no me es nada ¡Ea, pues!

Y se retiró hacia el umbral de un reducido cuarto, apenas mayor que unarmario, separado del cuarto principal por un tabique y que tenía unapequeña cama en su pequeño y oscuro recinto.

Se detuvo allí un momento de pie mirando la compañía, saliéndole losdesnudos pies por debajo de la manta, y se despidió haciendo un ligeromovimiento.

—¡Escucha Juanito! ¿Vas a acostarte otra vez?—dijo Federico.

—Sí, voy—respondió con decisión el interpelado.

—¿Pues qué tienes, vejete?

—No estoy bueno.

—¿Cómo?

—Tengo fiebre. Y sabañones. Y reuma—contestó Juanito.

Y se hundió entre las sábanas. Después de una pausa momentánea, añadiódesde la oscuridad:

—Y el corazón me duele.

Sucediose un silencio embarazoso. Los hombres se miraron entre sí ydespués al fuego.

A pesar del apetitoso banquete que se les presentaba, pareció que caíanotra vez en el desaliento de la droguería de Daniel, cuando la vozquejumbrosa del viejo, incautamente elevada, llegó hasta la reunión deun modo bastante claro para ser oída.

—En esto te sobra la razón... Es mucha verdad... Claro está que loson. ¡Una cuadrilla de borrachos y holgazanes!... y ese Federico Bullenes el peor de todos. ¿Es que no tiene juicio para venirse aquí, habiendoen casa un enfermo y sin que tengamos provisión de ninguna clase?... Yase lo decía yo... Bullen, le he dicho, ¿es que estás borracho o locopara pensar tal cosa?... ¿Y a Conrado? ¿Cómo ha podido ocurrírseteconvertir mi casa en un campo de Agramante, teniendo a mi niño enfermo?Es que quisieron venir, te digo. He aquí lo que debe esperarse de estacanalla del Bar.

Una

carcajada

homérica

siguió

a

esta

desgraciada

manifestación.

En este momento, sea que fuera oída la risa en la cocina, o que lairacunda compañera del viejo hubiese apurado todos los restantes modosde expresar su desprecio e indignación, lo cierto fue que cerraron unapuerta trasera con gran estrépito.

Todos permanecieron suspensos hasta que reapareció el viejo, ignorandopor fortuna la causa del último estallido de hilaridad y sonriendohipócritamente.

—Mi esposa ha tenido la idea de pasar un rato con la señora MacFadden—dijo a modo de explicación y con aire indiferente, al tomarasiento entre los comensales.

Y, cosa singular, se necesitó de este adverso incidente para aliviar elembarazo que la partida comenzaba a sentir, y su audacia natural serecobró con el regreso del anfitrión.

No intentaré contar los chistes del banquete de Nochebuena.

Basta decirque la conversación se caracterizó por la exaltación intelectual, elcauteloso respeto, la meticulosa delicadeza, la precisión retórica y porel mismo discurso lógico y coherente que distinguen a estas varonilesreuniones en localidades más civilizadas y en donde reina el más finotrato social.

No se rompió un solo vaso a causa de no haberlos, ni se derramaroninútilmente licores por el suelo ni sobre la mesa, por la escasez deaquel artículo.

Sería casi media noche cuando fue interrumpida la fiesta.

—Es preciso callar—dijo Federico alzando la mano.

Era la quejumbrosa voz de Juanito, desde su dormitorio inmediato.

—¡Oh, padre!

El viejo se levantó apresuradamente introduciéndose en la habitación delenfermo. Al poco rato reapareció.

—El reuma le vuelve con fuerza—dijo—y necesita unas fricciones.

Tomó de la mesa la damajuana de aguardiente y la sacudió.

Estaba vacíacompletamente.

Federico Bullen dejó su taza de hojadelata con una risa forzada. Losdemás hicieron lo propio.

El viejo examinó el contenido y dijo más animado:

—Me parece que hay bastante. Esperar un momento; vuelvo en seguida.

Y entró de nuevo en el cuartito, llevándose una camisa vieja de franelay el aguardiente.

Como la puerta quedó entreabierta, se oyó distintamente el siguientediálogo:

—Dime, hijo mío, ¿dónde te duele más?

—Me duele todo. Ora aquí y ora ahí debajo; pero es más fuerte de aquí aaquí. Corre, padre, friega fuerte.

Y el silencio parecía indicar una viva fricción. Entonces, Juanito dijo:

—¿Pasas un buen rato allí fuera, padre?

—Sí, hijo mío.

—¿Es Navidad mañana, verdad?

—Sí, hijo mío. ¿Cómo te sientes ahora?

—Mejor, frota un poco más abajo. ¿Y qué es Navidad? Dime:

¿por qué estal fiesta?

—¡Oh, es un día!...

Aquí, al parecer, pudo más el dolor que la infantil curiosidad, pueshubo un silencioso intervalo, durante el cual el viejo continuófrotando. Al poco rato, Juanito continuó:

—Madre dice que en todas partes, menos aquí, todos se dan cosas unos aotros por ese día. Dice que hay un hombre que le llaman San Nicolás,¿comprendes? Pero no un blanco, sino una especie de chino, que baja porla chimenea la noche antes de Navidad, dejando cosas a los niños como yoque han tenido cuidado de dejar allí sus botas. Eso... eso es lo que mequería hacer creer... Vamos, padre, ¿dónde estás frotando? Estás a unkilómetro del sitio... Dime: ¿no habrá inventado esto para hacernosrabiar a ti y a mí?... No frotes ahí... Contesta.

En medio del silencio nocturno que parecía cernerse sobre la casa, seoía claramente el murmullo de los cercanos pinos como arpas eólicastañidas por el viento.

—Vamos, no seas así, padre, pues pronto me voy a poner bueno. ¿Quéhacen esos hombres ahí fuera?

El viejo entreabrió la puerta y miró distraídamente.

Los hombres estaban sentados en buena compañía, con unas cuantas monedasde plata sobre la mesa y una flaca bolsa de piel de gamuza en las manos.

—Están armando... algún juego. Ya se las arreglan—contestó a Juanito yvolvió a sus fricciones.

—Me gustaría ser mano y ganar dinero—dijo reflexivamente Juanito,después de un corto silencio.

Por todo consuelo, el viejo repitió lo que a todas luces era para élestribillo eterno, es decir: que si Juanito quisiera esperar hasta quediesen con el filón, en la mina, tendría mucho dinero, y serían muyricos.

—Sí—dijo Juanito,—pero no lo encuentras. Además, dar con él o que yolo gane, es casi lo mismo. Al fin y al cabo, todo es cuestión de suerte.Pero es muy extraño lo de Navidad, ¿no es cierto? ¿Por qué la llamanNavidad?

Sea por deferencia instintiva a las preocupaciones de sus huéspedes, seapor un vago sentimiento de incongruencia, la contestación del viejo fuetan baja, que quedó aprisionada entre las paredes de la habitación.

—Sí—dijo Juanito, con interés ya algo decaído.—Me han hablado ya de Él. Basta, padre; no me hace, ni con mucho, tanto daño como antes.Ahora cúbreme bien con la manta y—añadió murmurando bajo laropa—siéntate a mi lado, hasta que me duerma. ¿Oyes?

Y se compuso para descansar, no sin antes sacar una mano fuera de lamanta y agarrar fuertemente a su padre por una manga con objeto de queno le burlase en su justa pretensión.

El viejo esperó pacientemente algunos minutos.

La inusitada tranquilidad de la casa excitó su curiosidad; con la manodesasida y sin levantarse, abrió cautelosamente la puerta y atisbó haciala sala.

Con gran extrañeza, la vio oscura y vacía.

Pero en aquel instante un leño que humeaba en el hogar se rompió, y a laluz de su llamarada vio a Federico Bullen sentado junto a losamortiguados tizones.

—¡Hola!

Federico se sobresaltó, púsose de pie y fue hacia él, mediotambaleándose.

—¿Los compañeros dónde han ido?—dijo el viejo.

—Al momento vuelven por aquí. Han salido a fuera a dar un pequeñopaseo. Les estoy esperando. ¿Qué miras tan fijamente, viejo?—añadió conrisa forzada,—¿vas a creer que estoy borracho?

Podía habérsele perdonado al viejo la suposición, pues los ojos deFederico estaban húmedos y su cara como un tomate.

Hízose un poco el remolón, y volvió a la chimenea. Bostezó, desperezose,abrochó su levita, y dijo riendo:

—El vino no anda tan abundante como eso, viejo. No televantes—prosiguió, cuando el viejo hizo un movimiento para librar sumanga de la mano de Juanito.—No hagas cumplidos.

Puedes quedarte ahídonde estás; me voy al instante. Ya están aquí.

Llamaron suavemente a la puerta.

Federico Bullen abriola, con un ademán se despidió del viejo ydesapareció.

El viejo le hubiera seguido a no ser por la mano que aún inerte ledetenía fuertemente, no siendo fácil desprenderse de ella. Era pequeña,débil y flaca; pero quizá por ser pequeña, débil y demacrada cedió a supresión y, aproximando aún más la silla a la cama, apoyó sobre ella lacabeza, sorprendiéndole el sueño en esta actitud.

La habitación osciló y se desvaneció ante sus ojos; reapareció, sedesvaneció de nuevo, oscureciose y le dejó dormido del todo.

En tanto, Federico Bullen cerró la puerta, y se juntó a sus camaradas.

—¿Estás listo?—dijo Conrado.

—¡Listo!—dijo Federico,—¿qué hora es?

—La una—contestó,—¿puedes hacerlo? Son casi cincuenta millas entreida y vuelta.

—Así me parece—contestó Federico brevemente.—¿Está la yegua aquí?

—Bill y Jaime la tienen ya en el pinar.

—Pues que la guarden un momento.

Volviose y entró otra vez cautelosamente en la casa.

Guiado por la débil luz de la vela que se corría y del amortiguadofuego, observó que la puerta del cuartito estaba abierta y se fue haciaella de puntillas.

El viejo roncaba echado en su silla, con las piernas extendidas, lacabeza hacia atrás y el sombrero calado hasta las cejas.

A su lado, sobre una estrecha cama de madera, yacía Juanito envueltoestrechamente como una momia en la manta, que le tapaba todo, exceptouna parte de la frente y una manecita cárdena y estirada que pugnabainútilmente por entrar.

Federico Bullen avanzó un paso, titubeó y miró por encima del hombro ladesierta sala.

Reinaba el silencio más profundo.

Con súbita resolución se inclinó sobre el dormido muchacho, separandocon ambas manos sus grandes bigotes.

Mas, en el instante de hacerlo, un travieso soplo de aire que leacechaba, giró en torbellino por la chimenea abajo, reanimando el hogary despidiendo viva claridad, de la que huyó Federico como asustado.

Sus compañeros le esperaban ya en el pinar.

Dos de ellos luchaban para sujetar en la oscuridad un ser extrañamentedisforme, el cual a medida que Federico se acercaba, fue delineando sufigura. Era la yegua.

El cuadrúpedo no tenía, en realidad, bonita estampa.

Nada notable ofrecía desde su romo hocico hasta sus alzadas ancas, ydesde su arqueado espinazo, oculto por las raídas y tiesas machillas de una silla mejicana, hasta sus gruesas, derechas y huesosas piernas,no tenía una sola línea de la gracia y noble aspecto que distingue a suespecie.

Con los blancos ojos medio ciegos, pero malignos, su labio inferiorcolgante y su monstruoso color, era incapaz de despertar el más levesentimiento estético.

—Bueno—dijo Conrado,—cuidado con las herraduras, muchachos, ¡arriba!Ojo con no descuidarte en agarrar ante todo las crines, y cuida deagarrar en seguida el otro estribo. ¡Arriba!

Montó atropelladamente el jinete, pateó luchando el solípedo,apartáronse con precipitación los espectadores y volaron sacudidas encírculo las herraduras, retemblando la tierra a los saltos del animal.Por último, sonaron las espuelas y partió Jovita. Federico, en lastinieblas, gritó:

—¡Bien va!

—Al volver no tomes el camino de abajo, a no ser que apremie el tiempo.¡No la detengas al bajar la cuesta! A las seis te esperamos en el vado.En marcha. ¡Hop! ¡Adelante!

Y chispearon las piedras, crujió ruidosamente la grava del camino yFederico se hundió en la oscuridad.

. . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . .. .

. . . . . . . . . . .

¡Oh, musa! canta; ¡la cabalgada de Federico Bullen! ¡Oh, musas, venid enmi ayuda para cantar los caballerescos varones, la sagrada empresa, lashazañas, la batida de los patanes malandrines, la terrible cabalgada ytemerosos peligros de la flor de Bar Sansón! ¡Ah, musa mía! ¡Desdeñosaestás!... Nada quiere con este animal coceador y con su andrajosojinete, y fuerza me es seguirlos en simple prosa.

Eran las dos; apenas alcanzara Rattlesnake-Hill, y ya en aquel intervalo Jovita había hecho gala de todos sus vicios, y sacado a relucir todassus habilidades.

Tres veces tropezó. Dos veces alzó el romo hocico en línea recta con lasriendas, y resistiendo el freno y la espuela, echó a correr locamente através de campos y sembrados.

Dos veces se puso de manos, y se dejó caer hacia atrás, y dos veces elágil Federico tuvo que recurrir a todo su ingenio y buena estrella pararecobrar su asiento.

Y una milla más adelante, al pie de una prolongada colina, estabaRattlesnake-Creek.

Federico sabía que allí le esperaba la prueba capital de su habilidad,si quería llegar al término de su jornada. Apretó los dientes, encajósus rodillas en los costados de la yegua y cambió su táctica de defensaen una enérgica ofensiva.

Excitada y enardecida Jovita, emprendió el descenso de la cuesta.

El artificioso Federico fingía detenerla con represión manifiesta, ymentidos gritos de temor.

Inútil es añadir que Jovita en seguida emprendió vertiginosa carrera.Ni es necesario fijar aquí el tiempo empleado en el descenso; estáinscrito en las crónicas de Bar Sansón.

Sólo diré que al cabo de un momento, pareciole a Federico que lesalpicaba el barro de las inundadas orillas de Rattlesnake-Creek.

Conforme a los planes de Federico, el empuje que había adquirido lallevó más allá del margen, y teniéndola a propósito para un gran salto,se lanzaron en medio de la impetuosa corriente del río.

Unos momentos de lucha, coceando y nadando, y Federico respiróruidosamente, después de ganar la orilla opuesta.

El camino desde Rattlesnake-Creek hasta Red-Mountain era bastante bueno.

Sea porque el baño en Rattlesnake-Creek hubiese templado su malignoardor, o bien porque el arte con que Federico la condujo le hubiesedemostrado la superior malicia de su jinete, Jovita ya no malgastabasu energía sobrante en vanos caprichos, y parecía haber adquirido unagrave solemnidad.

Una vez tan sólo coceó con las piernas traseras, pero fue por la fuerzade la costumbre; otra vez se espantó, pero fue por una maldita vieja quese interpuso en el camino con un monumental cesto en la cabeza.

Fosos, montones de grava, trozos que emergían sembrados de frescahierba, volaron bajo sus piernas que parecían infundidas de extrañovigor.

Empezó a resollar; una o dos veces tosió ligeramente, pero nodisminuyeron su fuerza ni la velocidad de su carrera.

A las tres había pasado la Red-Mountain y comenzaba el descenso hacia elllano.

Diez minutos más tarde, el cochero de la rápida diligencia Pionner fuealcanzado y dejado atrás por un «hombre sobre un caballo pinto», segúnexpresión del conductor.

A las tres y media Federico se alzó sobre sus estribos y lanzó unaexclamación.

Al través de rasgadas nubes brillaban las estrellas, y frente a él, másallá de la llanura, se alzaban dos agujas, dos astas de banderas y unasilueta de objetos negros escalonados.

Federico sacudió sus espuelas y blandió su riata.

Precipitose Jovita, y un momento después penetraron a la carrera en Tuttleville, ypararon en la plaza de la Fonda de las Naciones.

Lo que ocurrió aquella noche en Tuttleville no forma, precisamente,parte de esta historia.

Pero sin pecar de prolijo puedo manifestar que, cuando Jovita hubopasado a poder del somnoliento mozo de cuadra, a quien muy pronto lesacudió el sueño con un par de coces, Federico salió con el tabernero adar una vuelta por el pueblo que dormía silencioso.

Las luces de unas pocas tabernas y casas de juego brillaban aún, peroevitando la tentación, pararon delante de varias tiendas cerradas, yllamando repetidamente después del consiguiente griterío, consiguieronhacer levantar de sus camas a los propietarios y obligándoles adesatrancar las puertas de sus almacenes y a exponer sus géneros a losimportunos visitantes.

En algunos puntos no se pudieron librar de ciertas maldiciones, pero lasmás de las veces por interés o por necesidad se mostraron complacientes,y terminando la entrevista del modo más cordial.

Eran las tres cuando acabó esta ruta, y con un pequeño saco de gomaimpermeable, atado con correas a sus espaldas, Federico volvió a laposada.

Pero allí le acechaba la Belleza. La Belleza opulenta en encantos yricos vestidos, persuasiva en el hablar y española en el acento.

En vano repitió la invitación del Excelsior.

El hijo de las sierras rechazó a la Belleza con gallardía, no sinmitigar el desaire con una sonrisa y su última moneda de oro.

Volvió a montar después, y emprendió su camino por la triste calleabajo, y luego por la llanura siempre lúgubre. Muy pronto la negra líneade casas, las aguas y el asta de bandera se perdieron en lontananzadetrás de él, como si la tierra las hubiese tragado.

El tiempo había amainado. El aire era penetrante y frío, las siluetas delos cercanos mojones se percibían ya; eran las cinco y media cuandoFederico alcanzó la iglesia de la Encrucijada en el camino del Estado.

Con objeto de evitar la rápida pendiente había tomado un camino máslargo y de mayor rodeo, en cuyo lodo viscoso Jovita se hundía hastalas orejas a cada paso.

No era muy buena preparación para una seria subida de cinco millas; pero Jovita arremetió con su habitual, ciega e impetuosa furia, y mediahora más tarde alcanzó la extensa llanura que conduce aRattlesnake-Creek: treinta minutos más, y llegaban a la meta.

Federico soltó ligeramente las riendas sobre el cuello de la yegua,excitola con un silbido, y tarareó una canción.

Espantose de pronto Jovita, y dio un salto que hubiera desmontado a unárabe.

Agarrado a las riendas, estaba un hombre que había saltado desde lacuneta y al mismo tiempo se alzaban ante él y en el camino un caballo yotro jinete en la oscuridad.

—¡Afloja tu bolsa, canalla!—dijo en voz de mando y con una blasfemiala segunda fantasma.

Federico sintió a la yegua temblar debajo de sí y como si fuese a caerdesplomada.

Sabía lo que esto significaba, y se preparó.

—Apártate, Simón, te conozco, maldito bandido; déjame pasar o verás...

Dejó la frase sin terminar.

La yegua levantó las patas al aire con un salto terrible, sacudiendo delbocado a la persona que la había agarrado y descargó su mortalmalevolencia contra el obstáculo detentor.

Una blasfemia rasgó los aires, sonó un pistoletazo, caballo y salteadorrodaron por el suelo y un momento después Jovita estaba a cien metrosde aquel funesto lugar.

Pero el brazo derecho del jinete, destrozado por una bala, colgabainerte a su lado. Sin disminuir la velocidad, cambió las riendas a sumano izquierda.

Algunos momentos más tarde viose obligado a parar y a apretar la cincha,que, mal asegurada, podía estúpidamente lograr lo que no habíanconseguido el peligro ni el ataque.

Esta operación requirió unos minutos de suprema angustia.

Sin embargo, no temía la persecución. Mirando al cielo, vio que lasestrellas de oriente palidecían, y que las lejanas cumbres, perdida suespectral blancura, se destacaban ya con sombrías tintas sobre un cielocada vez más argentino. El día se le venía encima.

Haciendo un heroico esfuerzo y completamente absorto en una sola idea,olvidó el dolor de su herida, y montando de nuevo corrió haciaRattlesnake-Creek.

Pero el aliento de Jovita era ya entrecortado, Federico vacilaba en lasilla y el cielo se aclaraba ya del todo.

—¡Adelante! ¡Corre, Jovita! ¡oh, día, si pudiese detenerte con unamano!

En los últimos pasos sentía ya un zumbido en sus oídos.

El brazo del jinete desangraba más y más...

Al atravesar el camino por bajo de la colina, estaba deslumbrado ydesvanecido y no reconoció el terreno que pisaba.

¿Había tomado un mal camino o era aquello Rattlesnake-Creek?

Federico iba por el recto camino.

Pero el alborotado arroyo que algunas horas antes había vadeado, estabadesbordado, y las aguas invadían los campos vecinos, de modo que seinterponía entonces como rápido e irresistible río entre él yRattlesnake-Hill.

Por primera vez en aquella noche, sintió Federico el corazón oprimido.

Todo fluctuaba ante sus ojos, y el río, la montaña y la temprana auroragiraban a su alrededor con velocidad vertiginosa.

Entonces los cerró, concentrándose en sí mismo para recobrar laconciencia que empezaba a vacilar.

En aquel breve intervalo, por algún fantástico procedimiento mental, elcuartito de Bar Sansón y el grupo del padre e hijo dormidos, apareció asu vista.

De repente abriéronse de nuevo sus ojos; tiró su levita, la pistola, lasbotas y la misma silla, ató fuertemente a sus espaldas el precioso lío;con las desnudas rodillas apretó los costados de Jovita, y tendidosobre el lomo del animal la azuzó hacia la corriente.

Un grito se alzó desde la orilla opuesta, mientras que la cabeza de unhombre y de un caballo se mostraban por algunos momentos sobre labatalladora corriente, para ser arrastrados luego fuera del río, porentre descuajados árboles y viscosas masas de lodo.

. . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . .. .

. . . . . . . . . . .

El fuego se había extinguido en el hogar. La vela de la habitacióninterior espiraba, y en la puerta dieron un fuerte aldabonazo.

El viejo despertó sobresaltado.

Descorrió precipitadamente el cerrojo, pero dando un grito retrocedióante la choreante y deshecha figura que vacilaba en el umbral.

—¡Federico!

—¡Silencio! ¿Despertó ya?

—No; ¿pero... Federico?

—¡Calla, animal! Tráeme un poco de aguardiente, vivo.

Federico no se acordaba, por lo visto, de la escena de aquella mismanoche, pues el viejo voló en su busca y volvió con... una botella vacía.

Si sus fuerzas se lo hubieran permitido, Federico hubiera blasfemado.

Titubeó, y agarrándose del tirador de la puerta, llamó con una señal alviejo mientras aseguraba el bulto de la espalda.

—Hay algo aquí en ese lío para Juanito. Quítamelo. A mí me esimposible.

Lleno de turbación, el viejo desató el lío y colocolo ante el pobreFederico que estaba desfalleciendo.

—¡Abrelo, en seguida!

Hízolo con dedos temblorosos.

Contenía tan sólo unos pobres juguetes, bastante baratos y toscos, perorelucientes de pintura y oropel. Inútil es decir que todos llevabanimpresas las huellas de la odisea que habían seguido.

En efecto, uno de ellos estaba roto, otro estropeado por el aguairreparablemente, y sobre el último una mancha de sangre extendía sufatídico contorno.

—No parece gran cosa, en verdad—balbuceó Federico tristemente.—Peroes lo mejor que hemos podido hacer.

Recíbelos, viejo, y pónselos en suszapatos, y dile... dile... dile, sabes... me rueda la cabeza.

El viejo tomolo en sus brazos.

—Dile—añadió Federico sonriendo débilmente,—dile que San Nicolás havenido.

Y de esta manera, manchado de lodo y sangre, casi desnudo, anonadado,andrajoso, con un brazo colgando inerte a su lado, San Nicolás llegó aBar Sansón, y cayó desfallecido en el umbral de una mísera vivienda.

El sol extendía ya por el firmamento sus dorados rayos; elevosedulcemente, y con inefable amor pintó de rosadas tintas los lejanospicachos.

Y el albor de Navidad acarició tan tiernamente a Bar Sansón, que lamontaña entera, como sorprendida en una acción generosa, se sonrojóhasta las nubes.

LA SUERTE DE CAMPO RODRIGO

Agitábase en conmoción Campo Rodrigo. Cuestión de riñas no sería, puesen 1850 no era esta novedad bastante para reunir todo el campamento. Nosolamente quedaron desiertos los fosos, sino que hasta la especería deTut contribuía también con sus jugadores,

quienes,

como

todos

sabían,continuaron

reposadamente su partida el día en que Pedro el francés yKanaka Joe se mataron a tiros por encima del mostrador, frente mismo dela puerta. Formando compactos grupos estaban los vecinos reunidos anteuna tosca cabaña, hacia el lado exterior del campamento. Se cuchicheabacon verdadero interés, y a menudo se repetía el nombre de una mujer,nombre bastante familiar en el campamento: Genoveva Sal.

Hablar de ella prolijamente sería contraproducente. Basta consignar queera una mujer grosera y desgraciadamente muy pecadora, pero al fin y alcabo la única mujer del campamento Rodrigo, que precisamente pasaba lacrisis suprema en que su sexo requiere mayor suma de cuidados yatenciones.

Viciosa, abandonada e incorregible, padecía, sin embargo, un martiriocruel aun cuando lo atienden y dulcifican las compasivas manosfemeninas.

En aquel aislamiento original y terrible, sin duda había caído sobreella la maldición que atrajo Eva en castigo del primer pecado. Tal vezformaba parte de la expiación de sus faltas, que en el momento en quemás falta le hacía la ternura intuitiva y los cuidados de su sexo, sólose encontrara con las caras indiferentes de hombres egoístas. De todosmodos, creo que algunos de los espectadores

se

encontraban

afectadoscompadeciéndola

sinceramente. Alejandro Tipton pensaba que aquello eramuy duro «para Sal», y conmovido con tal reflexión, se hizo por elmomento superior al hecho de tener escondidos en la manga un as y dos detriunfos.

Hay que confesar que el caso no era para menos. No escaseaban en CampoRodrigo los fallecimientos, pero un nacimiento no era cosa conocida.Varias personas habían sido expulsadas del campamento resuelta yterminantemente, y sin ninguna probabilidad de ulterior regreso; peroésta era la primera vez que en él se introducía alguien ab initio. Heaquí la causa de la sensación.

—Oye, Edmundo—dijo un ciudadano prominente, conocido por León,dirigiéndose a uno de los curiosos.—Entra aquí y mira lo que puedashacer, tú que tienes experiencia en estas cosas.

Y a la verdad que la elección no podía ser más acertada.

Edmundo enotros climas había sido la cabeza putativa de dos familias.Precisamente, a alguna informalidad legal en ese proceder, se debió queCampo Rodrigo, pueblo hospitalario, le contase en su seno. Todosaprobaron la elección y Edmundo fue bastante prudente para acomodarse ala voluntad de sus conciudadanos. La puerta se cerró tras delimprovisado cirujano y comadrón, y todo Campo Rodrigo se sentó en losalrededores de la cabaña, fumó su pipa y aguardó el desenlace de latragedia.

La abigarrada asamblea contaba unos cien individuos; uno o dos de éstoseran verdaderos fugitivos de la justicia, otros eran criminales y todosdel «qué se me da a mí». Exteriormente no dejaban traslucir el menorindicio sobre su vida y antecedentes.

El más desalmado tenía una cara deRafael, con profusión de cabellos rubios: Arturo, el jugador, tenía elaire melancólico y el ensimismamiento intelectual de un Hamlet: elhombre más sereno y valiente apenas medía cinco pies de estatura, conuna voz atiplada y maneras afeminadas y tímidas. El término truhanésaplicado a ellos constituía más bien una distinción que una definición.Individualmente considerados, quizá faltaban a muchos los detallesmenores, como dedos de la mano y pies, orejas, etc.; pero estas levesomisiones no le quitaban nada de su fuerza colectiva. El más hábil deentre ellos, no tenía más que tres dedos en la mano derecha; el máscertero tirador era tuerto de solemnidad.

Tal era el aspecto físico de los hombres dispersos en torno de lacabaña. Formaba el campamento de Campo Rodrigo un valle triangular entredos montañas y un río, y era su única salida un escarpado sendero queescalaba la cima de un monte frente a la cabaña, camino iluminadoentonces por los plateados rayos de Diana.

La paciente podía haberlo visto desde el tosco lecho en que yacía. Podíaverlo serpentear como una cinta de plata, hasta expirar en lo altoconfundido con las nubes. Un fuego de ramas de pino carcomidas fomentabala sociabilidad en la reunión.

Lentamente, reapareció la alegría naturalde Campo Rodrigo.

Cambiáronse apuestas a discreción respecto alresultado: Tres contra cinco que Sal saldría con bien de la cosa;además, también apostose que viviría la criatura y se atravesaronapuestas aparte sobre el sexo y complexión del futuro huésped. En lo másrecio de la animada controversia, oyose una exclamación de los queestaban más cercanos a la puerta, y todo el mundo aguzó los oídos.Dominando el rumor del aire entre los pinos que agitaba, el murmullo dela rápida corriente del río y el chisporroteo del fuego, oyose un gritoagudo, quejumbroso, un grito al que no estaban avezados los habitantesdel campamento de Campo Rodrigo. Las hojas cesaron de gemir, el río cesóen su murmullo y el fuego de chisporrotear: parecía como si laNaturaleza hubiese suspendido sus latidos.

El campamento se levantó como un solo hombre. No sé quién propuso volarun barril de pólvora, pero prevalecieron más sanos consejos, y sólo seacordó el disparo de algunos revólvers en consideración al estado de lamadre, la cual, sea debido a la tosca cirugía del campamento, sea poralgún otro motivo, fenecía por momentos. No transcurrió una hora sinque, como ascendiendo por aquel escarpado camino que conducía a lasestrellas, saliese para siempre de Campo Rodrigo, dejando su vergüenza ysu pecado. No creo que tal noticia preocupara a nadie a no ser por lasuerte del recién nacido.

—Pero, ¿podrá vivir ahora?—preguntaron todos a Edmundo.

Su contestación fue dudosa. El único ser del sexo de Genoveva Sal quequedaba en el campamento en condiciones de maternidad, era una borrica.Suscitose breve debate respecto a las cualidades de semejante nodriza,pero se sometió a la prueba, menos problemática que el antiguotratamiento de Rómulo y Remo y al parecer tan satisfactoria.

Disponiendo todos estos adminículos, se pasó todavía otra hora. Porúltimo, se abrió la puerta y la ansiosa muchedumbre de hombres, que yase había formado en cola, desfiló ordenadamente por el interior de lafúnebre cabaña. Inmediato del bajo lecho de tablas, sobre el cual sedibujaba fantásticamente perfilado el cadáver de la madre envuelto en lamanta, había una tosca mesa cuadrada. Encima de esta había una caja develas, y dentro, envuelto en franela de un encarnado chillón, yacía elrecién llegado a Campo Rodrigo. Al lado mismo de la improvisada cuna,había colocado un sombrero; pronto se comprendió su destino.

—Señores—dijo Edmundo con una extraña mezcla de autoridad y decomplacencia ex oficio,—los señores tendrán la bondad de entrar porla puerta principal, dar la vuelta a la mesa y salir por la puertaposterior. Los que deseen contribuir con algo para el huérfano,encontrarán a mano un sombrero que se ha dispuesto para el caso.

El primer visitante entró con la cabeza cubierta, pero al girar unamirada en torno suyo se descubrió, y así, inconscientemente, dio elejemplo a los demás, pues en tal comunidad de gentes, las accionesbuenas y malas tienen efecto contagioso. A medida que desfilaba laprocesión, se dejaban oír los comentarios críticos, dirigidos másparticularmente a Edmundo en su calidad de expositor y cirujano.

—¿Y es eso?

—El ejemplar es verdaderamente minúsculo.

—¡Qué encarnado está!

—¡Si no es más largo que un revólver!

Pero lo verdaderamente característico fueron los donativos: una caja derapé, de plata; un doblón; un revólver de marina, montado en plata; unlingote de oro; un hermoso pañuelo de señora primorosamente bordado (departe de Arturo, el jugador), un prendedor de diamantes; una sortijatambién de diamantes (regalo sugerido por el precedente, con laobservación del dador de que vio aquel alfiler y lo mejoró con dosdiamantes); una honda; una biblia (dador incógnito); una espuela de oro;una cucharita de plata cuyas iniciales no eran precisamente las delgeneroso donante; un par de tijeras de cirujano; una lanceta; un billetede Banco de Inglaterra, de cinco libras, y como unos doscientos pesossueltos, en oro y en monedas de todo cuño.

Mientras duró la ceremonia,Edmundo mantuvo un silencio tan absoluto como el de la muerta que teníaa su izquierda y una gravedad tan indescifrable como la del reciénnacido, que yacía encima de la mesa.

Un ligero incidente rompió la monotonía de aquella extraña procesión.

Al inclinarse León curiosamente sobre la caja de velas, la criatura sevolvió, y en un movimiento de espasmo agarró el errante dedo del mineroy por un momento lo retuvo con fuerza.

León puso la estupefacta cara de un idiota, y algo parecido al rubor seesforzó en asomar a sus mejillas curtidas por el sol.

—¡Maldito bribón!—dijo, retirando su dedo con mayor ternura y cuidadode los que se podrían sospechar de él.

Y al salir, mantenía el dedo algo separado de los demás, examinándolocon extraña atención.

Este examen provocó la misma original observación respecto del angelito.

En efecto, parecía regocijarse al repetirlo.

—¡Ha reñido con mi dedo!—dijo a Alejandro Tipton, mostrando esteórgano privilegiado.

—¡Maldito bribón!

Habían dado las cuatro cuando el campamento se retiró a descansar. En lacabaña, donde alguien velaba, ardían unas luces; Edmundo no se acostóaquella noche ni León tampoco; éste bebió a discreción y relatógustosamente su aventura de un modo invariable, terminándola con lacalificación característica del recién nacido; esto parecía ponerle asalvo de cualquier acusación injusta de sensibilidad, y León no erahombre de debilidades... Después que todos se hubieron acostado, llegosehasta el río, silbando con aire indiferente. Remontó después la cañada,y pasó por delante de la cabaña silbando aún con significativo descuido.Sentose junto a un enorme palo campeche y volvió sobre sus pasos y otravez pasó por la cabaña.

Al llegar allí, encendió pausadamente su pipa, yen un momento de franca resolución llamó a la puerta.

Edmundo la abrió.

—¿Cómo va?—dijo León, mirando por encima de Edmundo, hacia la caja develas.

—Perfectamente—contestó Edmundo.

—¿Ocurre algo?

—Nada.

Sucedió una pausa, una pausa embarazosa. Edmundo continuaba con lapuerta abierta; León recurrió a su dedo, que mostró a Edmundo.

—¡Se peleó con él el maldito bribón!—dijo, y partió en seguida.

Al amanecer del día siguiente, tuvo Genoveva Sal la ruda sepultura quepodía darle Campo Rodrigo; después, cuando su cuerpo hubo sido devueltoal seno del monte, celebrose una reunión formal en el campamento paradiscutir lo que debería hacerse con su hijo, recayendo el acuerdounánime y entusiasta de adoptarlo. Pero a la vez se levantó un animadodebate respecto de la posibilidad y manera de subvenir a los dispendiosde su mantenimiento. Digno de consignarse es que los argumentos noparticiparon de ninguna de aquellas feroces personalidades a queconducían, por lo general, las discusiones en Campo Rodrigo. Elexcirujano propuso enviar la criatura a Red-Dog, a cuarenta millas dedistancia, en donde se le podrían prodigar femeniles cuidados: pero ladesgraciada proposición encontró en seguida la más unánime y ferozoposición.

Indudablemente, no se quería tomar en cuenta plan alguno queencerrase la idea de separarse del recién venido.

Más desconfiado, Tomás Rider observó que aquella gente de Red-Dog podíacambiarlo y endosarles otro, incredulidad respecto a la honradez de losvecinos campamentos que prevalecía en Campo Rodrigo tocante a todos losasuntos.

La proposición de tomar una nodriza encontró también en la asamblea unaoposición formidable. Díjose, en primer lugar, que no se alcanzaría deuna mujer decente el que aceptara como hogar Campo Rodrigo, y añadió elorador que no hacía falta nadie de otra especie. Esta indirecta, pococaritativa para la difunta madre, por dura que pareciese, fue el primersíntoma de regeneración del campamento. Edmundo nada dijo; tal vez pormotivos de delicadeza no quiso meterse en la elección de su posiblesucesor,

pero

cuando

le

preguntaron,

afirmó

resueltamente que él y Jinny, la borrica antes aludida, podían componérselas para criar alpequeñuelo. Algo de original, independiente y heroico había en esteplan, que gustó al campamento, por lo que se ratificó la confianza aEdmundo, enviándose a Sacramento por unos pañales.

—Cuidado—dijo el tesorero poniendo en manos del enviado un saco dearena aurífera que se pudo encontrar;—encajes, trabajos de filigrana yrandas... todo lo que sea menester.

Aunque parece milagro, la criatura salió adelante; tal vez el climavigoroso de la montaña se encargó de subsanar las deficiencias de lacría. La Tierra amamantó con sus ubres a este aventurero. En aquellaatmósfera de las colinas, al pie de la sierra, en aquel aire vivo, deolores balsámicos, encontró cordial a la vez purificante y vivificador,que le servía de alimento, o bien una química sutil que convertía laleche de burra en cal y fósforo y demás nutritivos elementos. Edmundo seinclinaba a creer que era lo último, y su solícita y esmerada atención.

—Yo y la burra—decía—le hemos servido de padre y madre.

Y añadía a menudo, dirigiéndose al envoltorio mal pergeñado que teníadelante:

—Nunca jamás te vuelvas contra nosotros.

Al cabo de treinta días, hízose evidente la necesidad de dar nombre alniño, pues hasta entonces había sido conocido como

«el corderito», «elniño de Edmundo», «el cayote», alusión a sus facultades vocales, y aunpor el tierno diminutivo de «el maldito bribón». Sin embargo, pronto sedijo que esto era vago y poco satisfactorio, y finalmente prevaleció unanueva opinión. Los aventureros y jugadores son supersticiosos: Arturodeclaró un día que la criatura llevaba la suerte a Campo Rodrigo, y ala verdad el

campamento

no

había