Bocetos Californianos by Francisco Bret Harte - HTML preview

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—La agarré en Nueva Orleáns el año 59—nos dijo el señor Tomás, comoquien se refiere a una epidemia.—¡Pásenme las chuletas!

Tal vez este temperamento práctico fue el que lo sostuvo en suindagación aparentemente infructuosa. No tenía en su poder indicioalguno del paradero de su fugitivo hijo, ni mucho menos pruebas de suexistencia. Con la confusa y vaga memoria de un niño de doce años,esperaba ahora identificar al hombre adulto.

Sin embargo, lo consiguió. Lo que no dijo jamás es cómo se salió con lasuya. Hay dos versiones del suceso. Según una de ellas, el señor Tomás,visitando un hospital, descubrió a su hijo, gracias a un cantoparticular, que entonaba un enfermo delirante, soñando en su edadinfantil. Esta versión, dando como daba ancho campo a los más delicadossentimientos del corazón, se hizo muy popular, y narrada por elreverendo señor Esperaindeo al regreso de su excursión por California,jamás dejó de satisfacer a los oyentes. La otra, menos sencilla, es laque yo adoptaré aquí, y, por lo tanto, debo relatarla con la detenciónque se merece.

Era después que el señor Tomás desistió de buscar a su hijo entre elnúmero de los vivos y se dedicaba al examen de las necrópolis y ainspeccionar cuidadosamente las frías lápidas de los cementerios. Undía, visitaba con cuidado la Montaña Aislada, lúgubre cima, bastanteárida ya en su aislamiento original, y que parece más árida aún por losblancuzcos mármoles con que San Francisco da asilo a los que fueron susciudadanos, y los protege de un viento furioso y persistente, que seempeña en esparcir sus restos, reteniéndolos bajo la movediza arena queparece rehusar cobijarlos. Contra este viento, el viejo oponía unavoluntad no menos férrea y tenaz.

Todo el día se pasaba con su cabezadura y gris, cubierta por un alto sombrero enlutado, hundido hasta lascejas, leyendo en alta voz las inscripciones funerarias. Las citas delas Santas Escrituras le gustaban y se complacía en corroborarlas conuna Biblia manual.

—Aquélla es de los salmos—dijo un día al cercano enterrador.

El interpelado calló.

Sin inmutarse en lo más mínimo, el señor Tomás se deslizó en la abiertafosa, entablando un interrogatorio más decidido.

—¿Ha tropezado usted alguna vez en su profesión con un tal CarlosTomás?

—¡El diablo se lleve a Tomás!—replicó el enterrador fríamente.

—Si no tenía religión creo que ya lo habrá hecho—respondió el viejo,trepando fuera de la tumba.

Quizá diera esto ocasión a que el señor Tomás tardara más tiempo delordinario en salir del cementerio. Al regresar de frente hacia laciudad, principiaron a brillar ante él las luces, y un viento impetuoso,que la neblina hacía sensible, ya le impelía hacia adelante, ya comopuesto en acecho le atacaba enfadosamente desde las desiertas calles delos suburbios. En uno de estos recodos otra cosa no menos indefinida ymalévola, se arrojó sobre él con una blasfemia, encarándole una pistolay requiriéndole la bolsa o la vida. Pero se encontró con una voluntadde hierro y una muñeca de acero: agresor y agredido rodaron agarradospor el suelo; en el mismo instante, el viejo se irguió, tomando con unamano la pistola que había podido arrebatar y con la otra sujetando conel brazo tendido la garganta de un joven de hosco y salvaje semblante,que pretendía deshacerse con esfuerzos sobrehumanos.

—Joven—dijo el señor Tomás, apretando sus delgados labios.—¿Cómo sellama usted?

—¡Tomás!

La férrea mano del anciano resbaló desde la garganta al brazo de suprisionero, aunque sin disminuir la presión con que le tenía asido.

—Carlos Tomás, ven conmigo—dijo luego.

Y llevose a su cautivo al hotel en que se hospedaba.

Lo que tuvo lugar allí no ha trascendido fuera, pero a la mañanasiguiente se supo que el señor Tomás había dado con el hijo pródigo.

Sin embargo, ni la apariencia de los modales del joven justificaban a unperspicaz observador la anterior narración.

Serio, reservado y digno,entregado en cuerpo y alma a su recién encontrado padre, aceptó losbeneficios y responsabilidades de su nueva condición con cierto aire deformalidad, que se asemejaba al que hacía falta a la sociedad de SanFrancisco y que ella arrojaba de sí. Algunos quisieron despreciar estacualidad como una tendencia a «cantar salmos», otros vieron en esto lascualidades heredadas del padre, y estaban dispuestos a profetizar parael hijo la misma dura vejez; pero todo el mundo convino en que eracompatible con los hábitos de hacer dinero, en los cuales padre e hijohabían coincidido de un modo singular.

Y, no obstante, el anciano parecía que no era feliz.

Quizá porque la realización de sus deseos le había dejado sin una misiónpráctica; tal vez, y esto es lo más probable, sentía poco amor por elhijo que había con tanta fortuna recobrado. La obediencia que de élexigía, le era otorgada de buen grado; la conversión en que había puestosu alma entera, fue completa, y, a pesar de todo, nada de esto lesatisfacía su espíritu. Había cumplido con todos los requisitos de sudeber religioso al redimir a su hijo, y, no obstante, parecíale quefaltaba algo a su brillante acción. En semejante duda, leyose laparábola del Hijo Pródigo, que no había perdido nunca de vista en superegrinación, y observó que había omitido el festín final dereconciliación. No parecía ofrecérsele nada mejor a la deseada cualidaddel ceremonioso sacramento entre él y su hijo; de manera, que un añodespués de la aparición de Carlos, se preparó a darle un banquetesuntuoso.

—Reúne, llama a todo el mundo, Carlos—dijo solemnemente,—para quetodos sepan que te he sacado de los abismos de la iniquidad y de lacompañía de los cerdos y de las mujeres perdidas, y mándales que coman,beban y se regocijen.

No sé si el anciano tenía para esto otro motivo, no analizado todavía.

La hermosa casa que había mandado construir sobre las arenosas colinas,parecíale a veces solitaria y triste. A menudo, sorprendíase a sí mismo,tratando de reconstruir con las graves facciones de Carlos las de aquelniño cuyo vago recuerdo tanto le ocupó en el pasado y que tanto hoy lepreocupaba. Imaginábase que era ésta señal de que se le acercaba lavejez y con ella una nueva infancia.

Un día, en su sala de ceremonias dio de manos a boca con un niño de unode los criados, que se aventuró a llegar hasta allí, y quiso tomarle ensus brazos: pero el niño huyó ante su hosco y arrugado semblante. Portodo esto, pareciole muy pertinente reunir en su casa la buena sociedadde San Francisco, y de entre aquella exposición de doncellas elegir lacompañera de su hijo.

Después tendría un nieto, un niño a quien criardesde el principio y a quien amaría, como no amaba a Carlos.

Inútil es decir que todos fuimos al convite. Aquella distinguidasociedad vino provista de aquella exuberancia de animación, alegría ylocuacidad, sin freno ni respeto alguno para el anfitrión, que la mayorparte distribuyó del modo más generoso posible, principalmente a costade los festejados. La cosa hubiera terminado con escándalo, a nopertenecer los actores a la más alta escala social.

En efecto, el señor Tibet, dotado por naturaleza de ingenioso humorismoy excitado además por los brillantes ojos de las muchachas Jonnes, seportó de una manera tal, que atrajo las serias miradas de don CarlosTomás, quien se le acercó, diciendo casi al oído:

—Parece que se siente usted malo, señor Tibet; permítame que leconduzca a su carruaje. (Resiste, perro, y te echaré por la ventana).Por aquí, si gusta; la habitación está caldeada y quizá podíaperjudicarle.

Inútil es decir que sólo una parte de este discurso fue perceptible parala sociedad y que el resto lo divulgó el señor Tibet, sintiendo en elalma que su repentina indisposición le privase de lo que la másexcéntrica de las señoritas Jonnes, bautizó con el nombre «el ramilletefinal de la fiesta», y que voy a referir.

El acontecimiento se guardaba para el final de la cena.

Probablemente elseñor Tomás hacía la vista gorda ante la desordenada conducta de lagente joven, abstraído en la meditación del efecto dramático que teníaen incubación.

En el momento de levantarse los manteles, púsose de pie y golpeósolemnemente sobre la mesa. Entre las muchachas Jonnes, se inició unatosecita que contagió todo aquel lado de la mesa. Carlos Tomás, desde unextremo de aquélla, alzó la mirada con tierna expectación.

—Va a cantar un himno.

—Va a rezar.

—¡Silencio! ¡que es un discurso!

Estas voces dieron vuelta a la sala.

Y el señor Tomás empezó:

—Hoy hace un año, hermanos y hermanas en Jesucristo—dijo con severapausa,—un año cumple hoy, que mi hijo regresó de correr los lodazalesdel vicio y de gastar su salud con las hijas del pecado.

La risa cesó de golpe.

—Véanle ahora, ¡Carlos Tomás, levántate!

Carlos Tomás obedeció.

—Hoy hace un año y ahora pueden contemplarle.

A la verdad, era un hermoso hijo pródigo, allí de pie, con su severotraje de última moda. Un pródigo arrepentido, con ojos tristes yobedientes, vueltos hacia la dura y antipática mirada del autor de susdías.

La señorita Smith, un capullo de quince años, sintió en las purasprofundidades de su loquillo corazón un movimiento de involuntariasimpatía hacia él.

—Quince años hace que abandonó mi casa—dijo el señor Tomás,—hecho unpródigo y un libertino. ¡Pero yo mismo era un hombre de pecado!... ¡Oh,amigos en Jesucristo! Un hombre de ira y de rencor.—(«Amén»—añadió lamayor de las Jonnes).

Pero, alabado sea Dios, he huido de mi propiacólera. Cinco años ha que obtuve la paz que supera a la humanacomprensión. ¿La tienen ustedes, amigos?

Un subcoro de «no, no», por parte de las muchachas, y un

«venga el santoy seña» por la del teniente de navío, Coxe, de la corbeta de guerra delos Estados Unidos, El Terror, sirvieron de contestación.

—«Llamad y se os abrirá». Y cuando descubrí lo errado de mi camino yla preciosidad de la gracia—continuó el señor Tomás,—vine a darla a miquerido vástago. Busqué por mar y por tierra sin desmayar. No esperé queél viniera a mí, lo cual podría haber hecho, justificándome con el librode los libros en la mano, sino que le busqué en el cieno, entre loscerdos, y... (el final de la frase se perdió por el roce de los vestidosde las señoras al retirarse). Obras, hermanos en Jesucristo, es midivisa;

«por sus obras los conoceréis» y ahí están las mías, que todospueden juzgar a la luz del día.

Y, al decir esto, el señor Tomás, gesticulando y haciendo extrañasmuecas, miraba fijamente hacia una puerta abierta que daba a la terraza,atestada hacía poco de criados mirones y convertida ahora en escena deun tumulto infernal.

En medio del ruido, cada vez creciente, un hombre, miserablementevestido y borracho como una sopa, se abrió paso por entre los que se leoponían, y penetró en la sala con paso nada seguro. El brusco cambioentre la neblina y la oscuridad de fuera, y el resplandor y el calor dedentro, lo deslumbraron, así es que en su estupor quitose el estropeadosombrero y lo pasó una o dos veces ante sus ojos, mientras se sostenía,aunque con poca seguridad, contra el respaldo de un sofá. De pronto, suerrante mirada cayó sobre la pálida fisonomía de Carlos Tomás, y con undestello de infantil inteligencia y una débil risa de falsete, echosehacia adelante, agarrose a la mesa, hizo caer los vasos, y, finalmente,se dejó caer sobre el pecho del joven.

—¡Carlos! ¡Caramba de truhán! ¿qué tal?

—¡Silencio!

¡Siéntate!

¡Calla!—dijo

Carlos

Tomás,

forcejeandorápidamente por desembarazarse del abrazo de su inoportuna visita.

—¡Mírenlo!—continuó el forastero, sin hacer caso del aviso y con lamayor despreocupación.

Y en tono de amorosa y expresiva admiración, y reteniendo al pobreCarlos con vacilante muñeca, lleno de ternura, prosiguió:

—¡Contemplen, pues, a este pillastre! ¡Carlos, así Dios me condene,estoy orgulloso de ti!

—¡Salga usted de casa!—dijo el señor Tomás, levantándose con laamenazadora y fría mirada de sus ojos grises, y haciendo acopio deautoridad.—Carlos, ¿cómo te atreves?...

—¡Cálmate, vejete! Carlos, ¿quién es ese tío, vamos? ¡Corre!

—¡Cállate, insensato! ¡Vamos, toma esto!—Y con mano nerviosa CarlosTomás llenó de licor una copa.—Bebe y vete, hasta mañana... encualquier parte, pero déjanos; vete en seguida y déjanos en paz.

Pero antes de que el miserable pudiera beber, el anciano, pálido derabia, precipitose sobre el intruso, y asiéndolo con sus poderososbrazos y arrastrándolo a través del grupo de asustados comensales quelos rodeaban, alcanzó la puerta abierta de par en par por los criados,cuando Carlos Tomás exclamó, con un grito angustioso:

—¡Deténgase!

Parose el anciano. A través de la puerta, abierta de par en par, laneblina y el viento llevaron al interior una oleada de frío.

—¿Qué significa esto?—preguntó, volviendo hacia Carlos su coléricorostro.

—¡Nada! Pero, deténgase, se lo suplico... Aguarde hasta mañana, pero noesta noche. No lo haga. Se lo ruego. Por el amor de Dios, no haga ustedeso.

En el tono de la voz del joven, o tal vez en el contacto del miserableque luchaba entre sus poderosos brazos, había un no sé qué indefinible yextraño. Sea como fuere, un terror confuso e indefinible se apoderó delcorazón del anciano, que murmuró con voz salvaje:

—¿Quién es este sujeto?

Carlos no contestó.

—¡Atrás todos!—gritó con voz de trueno el señor Tomás a los convidadosque lo rodeaban.—¡Carlos, ven aquí! Yo te lo mando, yo... yo... yo...yo te ruego... me digas quién es este hombre. Ahora mismo.

Dos personas, tan sólo, oyeron la contestación que salió, débil yquebrantada, de los labios de Carlos Tomás:

—ES SU HIJO.

. . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . .. .

. . . . . . . . . . .

Al día siguiente, cuando el sol había rebasado las áridas colinas dearena, los convidados habían desaparecido de los festivos salones delseñor Tomás. Las luces ardían aún pálidas y tristes en los desiertossalones, y en medio de este abandono, sólo tres personas se acurrucabanapretadas en un ángulo de la fría sala, formando confuso montón. La una,tendida en un canapé, dormía el sueño de la borrachera; sentábase a suspies el que hemos conocido por Carlos Tomás, y junto a ambos, encogida yrebajada a la mitad de su tamaño encorvábase la figura del señor Tomás,la mirada hosca, los codos sobre las rodillas y tapándose con las manoslos oídos, como para evitar la voz triste y suplicante que parecíallenar los ámbitos de la habitación.

—Bien sabe que no empleé voluntariamente artificio alguno para engañara usted. El nombre que di aquella noche fue el primero que me vino a lasmientes; precisamente el nombre de uno a quien creí muerto; el deldisoluto compañero de mi vida de libertino. Cuando más tarde meinterrogó usted, empleé el conocimiento que de él había adquirido, paraenternecer su corazón y ganarlo para una vida honrada. ¡Juro queúnicamente fue por esto! Y cuando me dijo quién era, vi por primera vezabrirse ante mí una nueva vida... entonces... entonces... ¡oh, señor!sí, estaba hambriento, desnudo y sin recurso, cuando iba a robar subolsillo; me sentía solo en el mundo, infeliz y desesperado, cuandoquise robar la ternura de un padre dolorido.

El anciano permanecía imperturbable. Desde su suntuoso lecho, elrecobrado hijo pródigo roncaba confiadamente.

—Yo no tenía padre que pudiese reclamar. Jamás conocí otro hogar que elque he tenido hasta estos momentos. Caí en la tentación. ¡He sido tandichoso... tan dichoso!

Irguiose y permaneció de pie ante el viejo.

—No tema que me interponga entre su hijo y la herencia.

Parto hoy deeste lugar para jamás volver. El mundo es grande, y, gracias a subondad, sé ahora ganarme la vida honradamente.

¡Adiós! ¿No quiere ustedaceptar mi mano?... Sea. ¡Adiós!

Y dio media vuelta para marcharse. Pero, cuando llegó a la puerta,retrocedió de repente, y alzando entre ambas manos la encanecida cabezadel anciano, la besó unas y más veces con efusión.

—¡Carlos!

No hubo contestación.

—¡Carlos!

Incorporose el anciano estremecido y corrió bamboleándose débilmentehacia la puerta. Estaba abierta. Por ella llegaba el tumulto de una granciudad que despierta, y entre este tumulto las pisadas del hijo pródigoque se perdían a lo lejos, para siempre.

MAGDALENA

El coche se deslizaba penosamente por la estrecha carretera, dandofrecuentes sacudidas. En su interior éramos siete personas que nohabíamos despegado los labios desde que uno de aquellos saltos vino adejar sin concluir la última cita poética del juez, mi honorable vecino.El hombre alto sentado junto a éste, dormía con el brazo pasado por lacolgante correa, y apoyada la cabeza en ella, formaba como un objetofofo e indefinible, parecía que se hubiese ahorcado a sí propio, y lehubieran cortado la cuerda que le había servido de instrumento. En elasiento posterior, la señora francesa dormitaba también, conservando unaactitud de estudiado recato, que se echaba de ver en la posición delpañuelo caído sobre la frente ocultando a medias su rubicunda cara.

Otraseñora de Virginia City, que viajaba en compañía de su esposo, yacía enun ángulo, arrebujada en un mar de cintas, pieles y abrigos queinundaban por completo su persona. No se percibía otro ruido que elchirriar de las ruedas y el de la lluvia batiendo el imperial, cuando derepente la diligencia se paró, y oímos unas voces que llegabanconfusamente hasta nosotros. El conductor sostenía un vivo diálogo conalguien en el camino, diálogo que nos pareció debía ser poco halagüeño ajuzgar por las palabras que en medio del furioso viento que soplabapudimos apreciar; «puente arrastrado»,

«camino

inundado», «pasoimposible» y otras por el estilo. El silencio más absoluto reinó unmomento, y después una misteriosa voz lanzó desde el camino esteconsejo:

—Prueba en casa de Magdalena.

Al dar el vehículo una brusca vuelta, alcanzamos a vislumbrar loscaballos delanteros, y luego un jinete que se desvanecía en la bruma.Indudablemente, emprendíamos el camino de la casa de Magdalena.

¿Quién era y dónde estaba Magdalena? El juez, nuestra autoridad, dijo norecordar aquel nombre, y eso que conocía por completo el país; elviajero canadiense opinó que Magdalena tendría alguna posada; pero loúnico que realmente supimos fue que la crecida de las aguas nos habíacortado el camino por el frente y por la espalda, y que Magdalena eranuestra tabla salvadora. Por espacio de diez minutos nos encharcamos porun tortuoso camino, ancho a duras penas para la diligencia, y nosdetuvimos delante de un reja atrancada y aforrada, fija a una extensapared de cerca de unos dos metros de alto. Aquello era, sin dudaalguna, la casa de Magdalena. Pero, sin duda alguna también, aquellamujer no tenía posada. El cochero bajó y tanteó la puerta, que estabasólidamente cerrada.

—¡Magdalena! ¡Magdalena!

Nadie contestó.

—¡Magdalena! ¡Tú, Magdalena!—continuó el cochero con irritación cadavez más patente.

—¡Magdalena!—añadió el correo persuasivamente.—¡Oh, Magdalenita!

Pero la tal Magdalena, al parecer insensible, dio la callada porrespuesta. El juez acababa de bajar el vidrio de la ventanilla, sacófuera la cabeza, y comenzó una serie de preguntas que, a ser contestadassatisfactoriamente, hubieran dilucidado, sin duda alguna, todo aquelmisterio. A todo esto replicó el auriga que si no saltábamos del cochepara ayudarle en llamar a Magdalena quizá tendríamos que permanecer todala noche en él.

Nos levantamos, pues, y llamamos a Magdalena en coro, y luego cada cuala solo, y apenas hubimos acabado, cuando un hibernés, compañero deviaje, gritó desde el imperial:

¡Magdalena! con un acento tan extrañoque todos nos echamos a reír. Mientras nos estábamos riendo, nuestrocochero dijo a voz en grito:

—¡Silencio!

Todos prestamos oído, y con infinita admiración oímos que el coro de¡Magdalena! se repetía a la otra parte de la pared, juntamente con elfinal e infame grito del hibernés.

—¡Extraordinario eco!—dijo el juez.

—¡Extraordinario y remaldito!—exclamó el conductor, condesprecio.—Sal ya de ahí, Magdalena, y muéstrate en persona de una vez.Sé humana. No juegues al escondite; yo no bromearía en tu lugar,Magdalena—continuó Yuba-Bill, que en un exceso de furor daba ya vueltaspateando.

—¡Magdalena!—continuó la voz.—¡Oh, Magdalena!

—¡Mi buen señor!—dijo el juez, en el tono más patético.—

Imagínese loinhospitalario de rehusar un abrigo contra la inclemencia del tiempo, amujeres desamparadas. ¡Señor mío de mi alma! Pensar que...

Una letanía de Magdalena terminando con una carcajada interrumpió superoración.

Yuba-Bill acabó la paciencia; tomando del camino una pesada piedraderribó la verja, y seguido del correo penetró en el cercado: nosotrostomamos la misma dirección. Reinaba la más completa oscuridad, y todocuanto pudimos saber, gracias a los rosales que nos rociaban con suhúmedo follaje a cada ráfaga de viento, fue que estábamos en un jardín ocosa parecida.

—¿Conoce usted al inquilino de esta casa?—preguntó el juez aYuba-Bill.

—No; ni ganas—contestó Yuba-Bill secamente, viendo ofendida en supersona, por tan contumaz individua, a toda la compañía pionera dediligencias.

—¡Pues, sí que la hemos hecho buena!...—replicó el juez, pensando enla verja allanada.

—Mire usted—dijo Yuba-Bill, con delicada ironía,—¿no haría mejor envolverse y tomar asiento en el coche hasta que le avisaran? Yo entro.

Y dicho y hecho, empujó la puerta de la casa.

En apretada haz penetramos todos en una larga sala iluminada únicamentepor el rescoldo de un fuego que se extinguía en un rincón de lachimenea.

La luz vacilante que aquel rescoldo despedía daba relieve al grotescodibujo

de

las

paredes

extrañamente

pintadas.

Distinguíase una personasentada en gran sillón de brazos junto al hogar.

Todo esto lo vimos, apiñados en el umbral detrás del conductor y delcorreo.

—¡Hola! ¿Dónde está Magdalena?—dijo Yuba-Bill, al misteriososolitario.

Aquella figura no habló ni se movió.

El cochero se acercó furiosamente a ella, dirigiendo sobre su rostro elojo de la linterna que llevaba en la mano.

Todos pudimos observar la cara de un hombre envejecido y prematuramentearrugado, con grandes ojos en que se mostraba la solemnidadcaracterística del búho. Los grandes ojos erraron desde la cara deYuba-Bill hasta la linterna y acabaron por fijar sus inconscientesmiradas en aquel objeto deslumbrador.

Bill estaba ciego de coraje.

—Vamos. ¿Es usted sordo? ¡De todas maneras no será mudo!;

¿no esverdad?

Yuba-Bill sacudió por el hombro aquella figura inmóvil.

Con gran sobresalto por parte nuestra, cuando Bill quitó la mano deencima del venerable forastero, éste fue encogiéndose hasta quedarreducido a la mitad de su tamaño y convertirse en un lío informe detrapos viejos.

—¡Maldita sea mi estampa!—dijo Bill, retirándose despechado.

Rehecho de la primera impresión, el juez se adelantó y volvimos aenderezar aquel misterioso invertebrado en su posición primitiva.

Se encargó en seguida a Bill y a su linterna que se dedicasen a explorarel terreno, pues era evidente, dada la impotencia del solitario, quedebía tener a mano sirvientes, y todos nos acercamos al fuego para secarnuestros chorreantes vestidos.

El juez, que había recobrado su autoridad y que no había cesado dedesplegar su talento en la conversación, vuelto hacia nosotros y deespaldas al fuego, nos dirigió la palabra, como a un jurado imaginario,del modo siguiente:

—Ciertamente que nuestro distinguido amigo aquí presente, se encuentraen aquella disposición descripta por Shakespeare, como la de la marchitay amarilla hoja, o bien ha sufrido algún percance que abatió de un modoprematuro sus facultades físicas e intelectuales. Dado que searealmente...

Aquí fue interrumpido por un grito extraño de «¡Magdalena!

¡Oh,Magdalena, Magdalena!» y por todo el coro de Magdalenas en un tonosemejante al que ya conocemos.

Todos nos miramos por un momento, con alguna alarma. Yo en particular,abandoné rápidamente mi posición, pues la voz parecía provenirdirectamente de mi espalda. No tardamos mucho en descubrir la causa: unagran urraca estaba posada sobre la repisa, en la bóveda de la chimenea,sumida en un silencio sepulcral que contrastaba singularmente con suanterior volubilidad. Aquella voz fue la que oímos desde el camino, ynuestro amigo no era responsable de la descortesía. Nuestro auriga,Yuba-Bill, que penetraba en aquel momento de regreso de una pesquisainfructuosa, tuvo que contentarse con la explicación, no sin que elsentado paralítico se librara de una fiera mirada. Como cumple a todobuen cochero, había buscado y encontrado, por fin, un cobertizo en dondeacomodar sus caballos,

pero

regresaba

calado,

y

como

de

costumbre,malhumorado.

—Nadie más que éste hay en diez millas a la redonda de la casucha, y almaldito viejo le consta eso perfectamente.

Pero en seguida se probó que no andábamos equivocados en nuestrasapreciaciones, pues apenas hubo cesado Bill de gruñir, cuando hacia laentrada oímos un paso rápido y el roce de un vestido empapado en agua;la puerta se abrió de par en par, y apareció una joven que, mostrándonoscon su sonrisa los destellos de sus blancos dientes, y el centellear desus ojos negros, con una carencia absoluta de toda ceremonia y timidez,entró, cerró la puerta y apoyose jadeante contra ella.

—Yo soy Magdalena para todo cuanto les plazca.

Y aquella era Magdalena. Aquella joven de ojos vivarachos, de turgentepecho, cuyas faldas, de ordinaria tela azul, no podían ocultar, mojadaspor la lluvia, la belleza de las curvas femeninas a que esculturalmentese adaptaban. Desde su cabello castaño, cubierto por un sombreroimpermeable de hombre, hasta los diminutos pies y tobillos sepultados enlas cavidades de unos zapatos de colosal tamaño, todo era en ellagracioso; así apareció Magdalena riéndose de nosotros de la manera másalegre, franca y bonachona.

—Vean, señores—dijo falta de aliento y apoyando coquetamente supequeña mano contra el costado, sin tener en cuenta nuestra confusión,que no encontraba palabras para expresarse, ni los extraños visajes deYuba-Bill, cuyo rostro había caído en una expresión de extemporánea eimbécil alegría,—vean, como estaba a más de dos millas de distanciacuando les vi pasar por la carretera, pensé que podían detenerse aquí, yhe venido con la mayor prisa, sabiendo que no había en casa nadie másque Juan; no extrañen, pues, que haya llegado echando los bofes.

En esto Magdalena, con un arranque malicioso, que esparció sobrenosotros una lluvia de gotas, quitose el sombrero de hule, se esforzó enechar hacia atrás su cabello, en cuya operación perdió dos horquillas,sonriose y pasó al lado de Yuba-Bill, poniendo airosamente las manosatrás. El juez fue el primero en volver en sí y trató de componer unrequiebro, después de haber torturado en vano su cerebro.

—¿Le molestaré pidiendo a usted aquella horquilla?—dijo gravementeMagdalena.

El juez alargó displicentemente la mano hacia adelante; la horquillaperdida fue devuelta a su dueña, y Magdalena, cruzando el cuarto, mirócon interés la cara del tullido. Los solemnes ojos del enfermo miraronlos de la mujer con una expresión verdaderamente desusada. La vida y lainteligencia parecían luchar para volver a aquella tosca y arrugadacara.

Magdalena volvió otra vez sobre nosotros sus negros ojos y susblancos dientes sonriéndose con una elocuencia singular.

—¿Este pobre impedido es?...—preguntó el juez con indecisión.

—Juan—dijo Magdalena.

—¿Su padre acaso?

—No.

—¿Hermano?

—No.

—¿Esposo?

Magdalena, lanzando una mirada rápida y penetrante sobre las dospasajeras, de quienes había observado que no participaban de laadmiración general de los hombres respecto a ella, dijo con gravedad noexenta de soberbia:

—No; es Juan.

Hubo una enojosa pausa. Aproximáronse entre sí las pasajeras, y elcanadiense miró, abstraído, el fuego. En cuanto al hombre alto aparentóreplegar su mirada sobre sí para poderse sostener en aquel aprieto; perola risa de Magdalena, que era contagiosa, rompió el silencio.

—¡Ea!—dijo vivamente,—deben ustedes tener apetito, ¿no es verdad?¿Quieren ayudarme a preparar la merienda?

No faltó quien de muy buena gana se brindase. A los pocos instantes,Yuba-Bill andaba ya atareado, como Caliban, en llevar trozos de leñapara aquella Miranda; el correo molía café en el mirador; a mí me fueasignada la delicada tarea de cortar tocino, y el juez ayudó a todos consus bienhumoradas y atinadas observaciones. Y cuando Magdalena,eficazmente ayudada por el juez y por nuestro hibernés, pasajero decubierta, puso la mesa con toda la loza disponible, ya habíamosrecobrado todos nuestro buen humor, a pesar de la lluvia que batía lasventanas, del viento que bajaba a bocanadas por la chimenea, de las dosseñoras que cuchicheaban entre sí, en un rincón, y de la urraca quedesde su ennegrecido vasar subrayaba con satíricos graznidos suentretenido diálogo. Mediante la luminosa ayuda del fuego quechisporroteaba ya, pudimos ver un paño de pared empapelado conperiódicos ilustrados, dispuestos con sumo arte y femenina discreción.El improvisado mueblaje estaba compuesto con envases de velas y cajas deembalaje, tapadas con calicó de alegre color, o con pieles de geneta.Una barrica de harina, ingeniosamente transformada, constituía elsillón del paralítico. En conjunto, puede afirmarse que la limpieza másexquisita y el más pintoresco gusto reinaban en los escasos detalles deaquella rústica vivienda.

La merienda fue un triunfo culinario. Pero lo que triunfó en toda lalínea fue nuestra sociabilidad, debido, principalmente, al raro tacto deMagdalena en llevar la conversación, haciendo por sí todas las preguntase imprimiendo en todo una naturalidad que rechazaba cualquier idea dedisimulo, por parte nuestra, de manera que hablamos de nosotros mismos,de nuestras esperanzas, del viaje, del tiempo, y unos de otros; de todo,menos del bueno del paralítico y de nuestra amable patrona. En honor ala verdad, no ocultaré que la conversación de Magdalena no era nuncaelegante, rara vez gramatical y que a veces empleaba expresiones cuyouso está por lo general reservado a nuestro sexo; pero las decía contales destellos de dientes y ojos, e iban, como de costumbre, seguidaspor una risa tan peculiar de unos labios frescos y retozones, que todopodía pasar sin grave quebranto de la moral más frágil.

De repente, durante la comida, oímos un ruido como el roce de un cuerpopesado contra los muros exteriores de la casa; inmediatamente después sesintió rascar y olfatear junto a la puerta del salón.

—Es Joaquín—dijo Magdalena en contestación a nuestras interrogadorasmiradas.—¿Desean verle?

Y apenas habíamos tenido tiempo de contestar, cuando abrió la puerta, ynos dejó ver un lanudo oso a medio crecer que inmediatamente se levantósobre sus patas traseras, mientras las manos colgaban en actitudmendicante, y contempló a Magdalena con una admiración que le dabacierta semejanza con Yuba-Bill (y éste me perdone).

—Miren, ese es mi perro guardián—dijo Magdalena a modo deexordio.—¡Oh, pero no muerde!—añadió al ver la justa alarma de las dospasajeras, que estaban sentadas en un ángulo,—¿verdad, viejo Tofi?

Esta última pregunta iba dirigida al sagaz Joaquín.

—Voy a decirles una cosa, señores—continuó Magdalena, después que hubodado de comer y cerrado la puerta al pequeño plantígrado.—Han tenido lasuerte de que Joaquín no hubiera andado rondando por ahí esta noche.

—¿Dónde estaba?—preguntó el juez.

—Conmigo—contestó Magdalena.—¡Dios me valga! Trota a mi lado, por lanoche, como si fuera un fiel esclavo.

Durante un corto intervalo, guardamos silencio todos y escuchamos elviento; en nuestra imaginación se pintaba Magdalena en camino a travésde los bosques y de la lluvia, escoltada por su feroz guardián. Meparece recordar que el juez dijo algo de «Una y de su león»; peroMagdalena lo recibió como lo hizo con las demás galanterías, con fríaimpasibilidad.

Creo que se dio cuenta de la admiración que excitaba, porlo menos la de Yuba-Bill no podía dejar de observarla; pero su mismafranqueza estableció una perfecta igualdad entre todos, cruel yhumillante para los miembros más jóvenes de nuestra compañía.

La escena del oso nada añadió a favor de Magdalena en la opinión de laspersonas de su sexo que estaban presentes. Así es que, terminada lacomida, se manifestó una frialdad tal en las dos pasajeras, que lasramas de pino traídas por Yuba-Bill y echadas como en sacrificio alhogar, no pudieron contrarrestarla del todo.

Magdalena lo sintió, ydeclarando de repente que era tiempo de retirarse, se levantó paraacompañar a las señoras a un cuarto vecino en donde tenían el lecho quese les había destinado.

—Ustedes, señores, tendrán que acampar por ahí fuera, cerca del fuego,de la mejor manera que puedan—añadió,—pues no hay otra habitación enla casa.

La chismografía, caro lector, no ha sido jamás, según opinióngeneralmente admitida, patrimonio del sexo fuerte, pero, con todo, meveo obligado a declarar que apenas se hubo cerrado la puerta tras deMagdalena, cuando nos apiñamos cuchicheando, sonriéndonos y trocandoentre nosotros sospechas, suposiciones y mil hipótesis respecto denuestra bonita patrona y su extraño huésped: creo que hasta llegamos aempujar a aquel imbécil paralítico, que estaba quieto como una esfinge,sin voz, en medio de nosotros, oyendo con la serena indiferencia delpasado en sus ojos, nuestra charla inacabable. En lo más vivo y animadode la discusión, abriose de nuevo la puerta y entró Magdalena.

Sin embargo, no era ya la misma Magdalena que algunas horas antes habíasurgido ante nuestra vista. Tenía los ojos bajos y titubeó un momento enel umbral; llevaba una manta doblada en el brazo y parecía haber dejadotras sí la franca resolución que horas antes nos había encantado.Entrando en el cuarto, arrastró un banquillo hasta el sillón delparalítico; sentose, y dijo echándose la manta sobre las espaldas:

—Señores, si les es igual, como estamos un poco estrechos, me quedaréaquí esta noche.

Puso en su mano la mano marchita del inválido y volvió la mirada alfuego que se extinguía lentamente.

Nosotros nos mantuvimos silenciosos, tal vez por el sentimientoinstintivo de que esto no era más que un preliminar de relaciones másconfidenciales, y quizá también por cierta vergüenza de nuestra anteriorcuriosidad. La lluvia batía aún sobre el techo: violentas ráfagas deviento removían las pavesas con momentáneos destellos; en un momento desosiego de los elementos, Magdalena levantó de repente la cabeza, yechándose el cabello a la espalda, volviose hacia nuestro grupo yexclamó:

—¿Hay alguno entre ustedes que me conozca?

Nadie contestó.

—¡Piénsenlo otra vez! Yo vivía en Marysville, el 53: todos me conocíanpor cierto con razón. Yo tuve el Salón Polka, hasta que vine a viviraquí con Juan. Como de esto hace seis años, tal vez he cambiado algúntanto.

Quizá la desconcertó el que no la reconociesen; volviose otra vez haciael fuego; transcurrieron algunos momentos en silencio, y continuó:

—Sospeché que alguno de ustedes debía reconocerme; pero, de todasmaneras, no importa; lo que yo iba a decir es que este Juan—y alnombrarlo tomó su mano entre las de ella—me conocía si ustedes no meconocen, y gastó mucho dinero en mi compañía. Calculo que gastó cuantoposeía. Un día, por este invierno hará seis años, Juan vino a mi cuartointerior, se sentó en mi sofá, como lo ven ahora en aquel sillón, yluego ya jamás volvió a moverse por sí mismo, herido como por un rayo ysin darse cuenta de lo que le ocurría. Los médicos dijeron que la causaera su mal modo de vivir, pues Juan fue siempre algo libertino ycalavera, que no curaría, y que, de todas maneras, jamás volvería a serlo que antes. Se me aconsejó que lo mandase a Frisco[2] al hospital,puesto que ya no servía para nada, y que toda la vida sería unacriatura; pero yo, quizá porque había algo en la mirada de Juan, o talvez porque nunca había tenido una criatura, me opuse a ello tenazmente.Yo era rica en aquella ocasión. Mi popularidad era inmensa; hastacaballeros, tales como usted, señor, iban a mi casa; vendí mi comercio ycompré esto que está, como quien dice, en un rincón de mundo.¿Comprenden?

Una intuición poética singular hizo que mientras hablaba cambiase poco apoco de posición, de manera que las mudas ruinas del enfermo seinterpusieran entre ella y sus oyentes.

Oculta en la sombra, ofrecíalascomo una tácita apología de sus acciones. Aquella figura de expresiónenigmática y silenciosa, hablaba aún en favor de ella; anonadada yherida por el rayo divino, extendía aún en torno de ella su invisiblebrazo. Desde la oscuridad, pero estrechando todavía su mano, continuó:

—Transcurrió mucho tiempo antes de que pudiese acostumbrarme a lascosas de por aquí, pues estaba habituada a la sociedad y a sus gustos ycomodidades. Busqué una mujer que pudiera auxiliarme, pero fue en vano,y por otra parte no osaba fiarme de un hombre. Ahora, con los indios delos alrededores que me ayudan de vez en cuando, y con lo que me mandande North Fork, Juan y yo vamos pasando. De tarde en tarde, en tiempo, elmédico subía de Sacramento: preguntaba por la criatura de Magdalena,como llama a Juan, y cuando se marchaba, solía decir: «Magdalena, esusted un portento: Dios la bendiga», y después de esto, no me parecía lavida tan triste y desabrida. Pero la última vez que estuvo aquí, alabrir la puerta para marcharse, dijo:

—Soy de opinión, Magdalena, que su criatura acabará por hacerse hombrey dará honra a su madre. ¡Pero no aquí, Magdalena, no aquí!

Y se me figuró que se iba triste y... y... y...

Al llegar aquí, la voz de Magdalena y su cabeza parecieron perderse porcompleto en la oscuridad.

—La gente de los alrededores es muy buena—dijo Magdalena después deuna pausa, saliendo de la penumbra.—Los hombres de la bifurcación delrío dieron vueltas por aquí, hasta que comprendieron que no me hacíanmaldita la falta, y las mujeres

¡son tan bondadosas!... no han venidouna sola vez. Estuve muy sola hasta que recogí a Joaquín en los bosquescercanos, cuando no era más alto que un gato, y le enseñé a pedir lacomida; pero ahora tengo, además, a Poli, ésta es la urraca, sabeinfinidad de juegos, y por las noches me acompaña con su charla, demanera que se me figura que no soy el único bicho viviente que aquí secobija. Y este Juan—dijo Magdalena con su risa de antes y saliendo deltodo a la claridad del fuego,—este Juan, señores, les maravillaría dever cuánto sabe; a veces, le leo todas aquellas cosas de la pared, y amenudo le traigo flores y las contempla con tanta naturalidad como sileyera algo en su interior. ¡Bendito sea Dios!—dijo Magdalena con sufranca risa,—todo aquel lado de la casa le he leído este invierno. ¡Sisupiesen lo que le entusiasma a Juan la lectura!

—¿Por qué—preguntó el juez—no se casa con la persona a quien haconsagrado toda su juventud?

—Comprenderá usted, amigo—dijo Magdalena,—que esto sería jugarle unamala partida a Juan, abusar de su desamparo, además que, en siendo ambosmarido y mujer, sabría yo que estoy obligada a hacer lo que ahora hagode mi propio sentir y arbitrio.

A lo que replicó el juez, después de haberlo madurado plenamente:

—Sin embargo, todavía es usted joven y tiene atractivos.

—Se hace ya tarde—dijo gravemente Magdalena,—y deberíamos dormir yatodos. Señores, buenas noches.

Y arrebujando su cuerpo con la manta, Magdalena se tendió al lado delsillón de Juan, con la cabeza apoyada contra el taburete donde éstedescansaba los pies y no habló más ya. El fuego se fue extinguiendolentamente en el hogar. Todos echamos mano a nuestras mantas ensilencio, y pronto no se oyó otro ruido que el gotear de la lluvia sobreel techo y la fatigosa respiración de los que uno tras otro se ibandurmiendo.

Despuntaba casi el día, cuando desperté de un sueño agitado.

La pertinazlluvia había cesado, las estrellas centelleaban, y a través de laventana sin postigos, la luna llena, alzándose por encima de losfúnebres pinos, penetraba en el cuarto, bañando con sus rayos de platala solitaria figura del sillón. Pareciome que la onda de luzdeslumbradora inundaba en regenerador bautismo la humilde cabeza de lamujer cuyos cabellos, como en la bella y dulce leyenda del Evangelio,besaba los pies del que amaba: hasta prestó una bondadosa poesía alirregular perfil de Yuba-Bill que con abiertos y pacientes ojos velabaen guardia, medio recostado entre este grupo y los viajeros. Estaimpresión de

encanto

artístico

meció

mi

espíritu

suavemente,contribuyendo quizá a que conciliara de nuevo el sueño, del que nodesperté sino entrado el día al grito de ¡al coche! que, de pie einclinado sobre mí, lanzaba nuestro buen cochero.

El café nos esperaba sobre la mesa, pero Magdalena había desaparecido.Dimos vuelta a toda la casa y aún nos detuvimos mucho tiempo después deenganchados los caballos; pero no volvió; no cabía duda que, evitandouna despedida formal, nos dejaba partir como habíamos venido.

Instaladas en la diligencia las señoras, volvimos a la casa yestrechamos, silenciosos y con solemne gravedad, la mano del paralíticoJuan, reponiéndole en su asiento después de cada apretón de manos.Echamos una última mirada en torno del cuarto, y sobre el taburete dondeMagdalena se había sentado, después de lo cual nos dirigimos al caminopara ocupar con lentitud nuestros asientos en la diligencia que nosaguardaba.

El látigo chasqueó y nos pusimos en marcha, pero cuando llegamos alcamino real, la diestra mano de Yuba-Bill hizo que los seis caballoscayeran sobre sus patas traseras y la diligencia se paró bruscamente:allí, en una pequeña eminencia junto al camino, estaba Magdalena,flotante el cabello, centelleantes los ojos, ondeando el pañuelo yentreabiertos sus labios por un último adiós. Nosotros, en contestación,agitamos nuestros sombreros, las señoras no pudieron contener una últimamirada de curiosidad, y entonces Yuba-Bill, como si temiese una nuevafascinación, azuzó locamente sus caballos, dando el coche tan terriblesacudida que caímos todos sobre las banquetas.

Durante el trayecto hasta el North Fork, no cambiamos una sola palabra;la diligencia paró en el Hotel de la Paz. El juez, tomando la delantera,nos acompañó hasta la sala común y ocupamos gravemente nuestros puestosjunto a la mesa.

—¿Están llenas sus copas, señores?—dijo solemnemente el juezquitándose su blanco sombrero.

—Sí, señor.

—Entonces, a la salud de Magdalena. Que Dios la bendiga.

Y todos apuramos de un sorbo su contenido.

EL IDILIO DE RED-GULCH

Sandy[3] estaba beodo. Bajo una mata de azalea encontrábase en el suelo,tendido, casi en la misma actitud en que había caído hacía algunashoras. El tiempo transcurrido desde que se tendió allí no lo sabía ni leimportaba, y cuánto tiempo continuaría allí tendido era para él cosa queigualmente le tenía sin cuidado. Una filosofía tranquila, nacida de susituación física, se extendía por su ser moral, y lo saturaba porcompleto.

Duéleme tener que confesar que el espectáculo de un hombre borracho, yde este hombre borracho en particular, no constituía en Red-Gulchninguna novedad. Aprovechando la ocasión, un humorista del lugar habíaerigido junto a la cabeza de Sandy un cartel provisional que llevabaesta inscripción: Resultado del aguardiente Mac Corcil; mata a unadistancia de cuarenta varas. Debajo había una mano pintada que señalabala taberna de Mac Corcil. Pero imagino que ésta, como otras muchas delas sátiras locales, era personal, y más bien una reflexión sobre labajeza del medio que sobre la inmoralidad del fin. Fuera de estachistosa excepción, nadie molestó al beodo. Un asno extraviado, sueltode su recua, comiose las escasas hierbas de su alrededor, y limpió depolvo con sus resoplidos el lecho del hombre tendido; un perrovagabundo, con aquella profunda simpatía que siente la especie por losborrachos, después de lamer sus empolvadas botas, se había echado a suspies, y yacía allí guiñando un ojo a la luz del sol; a manera perruna,adulaba con la imitación al humano compañero que había escogido.

Entretanto las sombras de los árboles dieron poco a poco la vuelta hastaganar el camino, y sus troncos cerraban ya el césped de la libre praderaentre paralelos gigantescos de negro y amarillo, y algunas ráfagas depolvo rojizo, levantadas al paso de los caballos de tiro, se dispersabanen dorada lluvia sobre el hombre acostado. Sandy permanecía inmóvil; elsol descendió más y más, y entonces el reposo de este filósofo fueinterrumpido, como otros filósofos lo han sido, por la intrusión de unsexo poco amigo en general de elucubraciones filosóficas.

Doña María, como la llamaban los alumnos que acababa de despedir de lacabaña de madera con pretensiones de colegio, situada al extremo delpinar, daba su paseo vespertino. El magnífico arbusto de azaleas bajo elcual descansaba el bueno de Sandy, ostentaba un racimo de flores deinsólita belleza que atrajeran sus miradas desde el otro lado de lacarretera; ella, que no había reparado en el yacente vecino, cruzolapara arrancarlo, eligiendo su camino por entre el encarnado polvo, nosin sentir cortos y terribles estremecimientos de asco y refunfuñar unpoco entre dientes. De repente tropezó con Sandy.

Un agudo grito de inconsciente terror se escapó de aquel pecho femenino,pero una vez hubo pagado este tributo a la física debilidad, volviosemás que atrevida, y se paró un momento, a seis pies, por lo menos, dedistancia del monstruo tendido, recogiendo con la mano sus blancasfaldas, en actitud de huir. Sin embargo, ni un ruido ni el más tenuemovimiento se produjeron en la mata. Reparando en seguida en el sátirocartelón, derribolo con su menudo pie, murmurando:—

¡Animales!—epítetoque probablemente, en aquel momento, clasificaba con toda oportunidad ensu mente a la población masculina de Red-Gulch; pues doña María, poseídade ciertas maneras rígidas que le eran propias, no apreciaba aúndebidamente la expresiva galantería por la que el californiano es tanjustamente celebrado de sus hermanas californianas, así es que tenía talvez muy bien merecida la reputación de tiesa que gratuitamente lahabían otorgado sus conciudadanos.

En aquella posición, observó también que los inclinados rayos solarescalentaban la cabeza a Sandy más de lo que ella juzgó ser saludable, yque su sombrero estaba echado inútilmente en el suelo en pleno abandonode sus funciones. El levantarlo y colocárselo en la cara, era obra querequería algún valor, sobre todo teniendo como tenía los ojos abiertos.Sin embargo, lo hizo, tomando en seguida las de Villadiego. Pero, almirar hacia atrás, sorprendiose al ver el sombrero fuera de su sitio y aSandy sentado y mirando a todos lados como para orientarse.

La verdad es que Sandy, en las tranquilas profundidades de suconciencia, estaba persuadido de que los rayos del sol le eran benéficosy saludables; además, desde la niñez, se había negado a echarse con elsombrero puesto; sólo los rematadamente locos llevaban siempre sombrero;y, por último, su derecho a prescindir de él cuando le diese la gana leera inalienable. Esa fue la íntima representación de su mente, pero, pordesgracia, su expresión externa era confusa y se limitaba a larepetición de la siguiente incoherencia:

—¡El sol está bien! ¿qué hay? ¿qué hay, sol? ¡Magnífico!

Se detuvo doña María, y sacando nuevo valor de la ventajosa distanciaque le separaba de él, le preguntó si le faltaba algo.

—¿Qué ocurre? ¿qué hay?—continuó Sandy con voz aguardentosa.

—¡Levántese, hombre degenerado!—dijo exasperada.—

¡Levántese y váyasea casa!

Sandy se levantó zigzagueando. Medía seis pies de altura; doña Maríatemblaba. Sandy adelantó con ímpetu algunos pasos y parose de súbito.

—¿Por qué me he de ir a casa?—preguntó de repente con seriedad.

—Para tomar un baño—contestó la maestra lanzando una ojeada a su suciapersona con gran indignación.

De pronto, con infinito contento de doña María, Sandy se quitó la levitay chaleco, tirolos al suelo, se arrancó las botas, y con la cabeza haciaadelante arrojose precipitadamente por la cuesta abajo en dirección altorrente.

—¡Virgen santa! ¡Este hombre va a ahogarse!—dijo doña María.

Y entonces, con femenil inconsecuencia, echó a correr hacia el colegio yse encerró con llave en su cuarto.

Durante la cena, mientras estaba sentada a la mesa con su huéspeda, lamujer del herrero, se le ocurrió a doña María preguntarle con gazmoñeríasi su marido atrapaba curdas con frecuencia.

—Abner—contestó reflexivamente Filomena,—déjeme que lo piense: Abnerno ha estado chispo desde la última elección.

Entonces le hubiese gustado a doña María preguntarle si en talesocasiones prefería tenderse al sol y si un baño frío era perjudicial,pero esto hubiera provocado una explicación a la que no tenía ganas dedar publicidad. De manera que se contentó con abrir sus grandes ojos,sonriendo a la ruborosa mejilla de Filomena, bello ejemplar de laflorescencia del sudoeste, y después dejó a un lado la cuestión. En unasabrosa epístola que escribió a su mejor amiga de Boston podía leerse losiguiente:

«Opino que la parte de esta comunidad que se emborracha, es aún lamenos digna de objeción. Por de contado, querida, me refiero a lamasculina. No sé nada que pueda hacer tolerable a la femenina».

Al cabo de una semana había doña María olvidado ya por completo esteepisodio: pero sus paseos de la tarde tomaron inconscientemente otradirección. Con cierta extrañeza notó que todas las mañanas un frescoramo de flores de azalea aparecía por entre las demás, sobre su pupitre.En un principio, no fue muy grande su extrañeza, puesto que los niñosconocían su cariño para las flores, y mantenían siempre adornado supupitre con

anémonas,

heliotropos

y

lupinos;

pero

al

ser

severamenteinterrogados, cada cual y todos a una manifestaron ignorar lo del ramitode marras.

Una tarde, Juanito, cuyo pupitre estaba próximo a la ventana, fueacometido de repente por una risa espasmódica, al parecer inmotivada yatentatoria a la disciplina escolar. Lo más que doña María pudo sacarlefue que alguien miraba por la ventana, y ofendida e indignada salió desu colmena para librar batalla al impertinente. Al volver la esquina dela escuela, dio con el quídam borracho, a la sazón completamente sereno,corrido a más no poder y con cara suplicante y cariñosa.

Doña María no hubiera dejado de sacar de estos hechos una ventajafemenil, si no se hubiese fijado, algo confusa también, de que el patán,a pesar de algunas leves señales de pasada disipación, tenía agradableaspecto; era una especie de rubio Sansón, cuya sedosa barba, de color detrigo, jamás había conocido el filo de la navaja del barbero, ni de lastijeras de Dalila. Así es que la cáustica frase que bailaba en la puntade su lengua expiró en sus labios y se limitó a recibir una tímidaexcusa con altiva mirada, recogiéndose la falda como para evitar laproximidad de un ser contagioso. De regreso a la sala del colegio, susojos cayeron sobre las azaleas, presintiendo una revelación.Involuntariamente se echó a reír, y toda la gente menuda se rió también,y sin saber por qué se sintieron muy felices.

Unas semanas después de esto, y en un día caluroso, sucedió que a doschicos pernicortos les pasó una desgracia en el umbral de la escuela conun cubo de agua que habían traído laboriosamente desde la fuente, y quela compasiva doña María tomó el cubo para llevarlo a su destino. Al piede la cuesta, una sombra cruzó el camino y un brazo vestido de unacamisa azul, la alivió con destreza de aquella carga, que empezaba aquebrantar sus delicadas articulaciones. Doña María sintiose a la vezenojada y confusa.

Y sin dignarse elevar los ojos hacia el bienhechor, dijo con ciertodespecho:

—Si más a menudo llevases esto por tu cuenta harías mucho mejor.

Arrepintiose luego del discurso, ante el sumiso silencio que siguió, ydio las gracias tan dulcemente en la puerta, que Sandy tropezó, lo cualhizo que los niños riesen otra vez, risa de que participó doña María,hasta el punto de que sus pálidas mejillas se tiñeron débilmente decarmín. Al día siguiente, apareció misteriosamente un barril al lado dela puerta, y con igual misterio cada mañana quedaba lleno de agua frescade la fuente.

Y no sólo eran éstas las únicas delicadas atenciones que recibía estajoven singular.

El cochero Bill de la diligencia Sangulion, famoso entre todas lasaldeas y aldehuelas de la localidad, por su galantería en ofrecersiempre el asiento del pescante al bello sexo, había exceptuado de estaatención a doña María, y bajo el pretexto de que tenía costumbre deblasfemar en las cuestas, ponía la mitad de la diligencia a sudisposición. Jacobo Melín, de oficio jugador, después de un silenciosoviaje en la misma diligencia que la maestra, arrojó una botella a lacabeza de un apreciable colega, por el atrevimiento de mentar su nombreen una taberna.

Y la emperifollada madre de un alumno, cuya paternidadera dudosa, se paraba a menudo frente al templo de esta astuta vestal,contenta con adorar a la sacerdotisa desde lejos y sin atreverse aprofanar su sagrado recinto.

La monótona procesión de cielos azules y soles deslumbradores, de cortoscrepúsculos y noches estrelladas, que se deslizaba sobre Red-Gulch, fueinterrumpida algún tanto por los incidentes que se acaban de relatar.

La maestra se aficionó a pasear por los bosques apacibles y silenciosos;quizá creía con Filomena que los balsámicos olores de los pinos hacíanbien a su pecho, pues lo cierto era que su tosecita iba siendo menosfrecuente y su paso más firme; quizá había aprendido la eterna lecciónque los pacientes pinos nunca se cansan de repetir a oídos ya atentos yaindiferentes; así es que un día dispuso una partida campestre haciaSelva Negra y se llevó a los niños consigo.

¡Cuán infinito desahogo no era el suyo, lejos del empolvado camino, delas esparramadas cabañas, de las amarillas zanjas, del clamoreo delocomotoras impacientes, del abigarrado lujo de los aparadores, delcolor chillón de la pintura y de los vidrios de colores y del ligerobarniz a que el barbarismo se adapta en tales localidades! Pasado elúltimo montón de roca triturada y arcilla, cruzando la última disformehendidura, ¡cómo abrían sus largas filas para recibirles loshospitalarios árboles! ¡Con qué indefinible alegría los niños, nodestetados por completo del pecho de la generosa madre común, se echaronboca abajo sobre su rústico y atezado seno con extrañas caricias,llenando el aire con su risa! y ¡de qué manera doña María, esa personafelinamente desdeñosa y atrincherada siempre en la pureza de su apretadafalda, cuello y puños inmaculados, lo olvidó todo y corrió como unacodorniz, al frente de su nidada hasta que, saltando, riendo ypalpitante, suelta la trenza de cabello castaño, el sombrero colgandodel cuello por una cinta, dio de repente en lo más espeso del bosque conel malaventurado Sandy!

Inútil es indicar aquí las explicaciones, disculpas y no sobradoprudente conversación que allí se sostuvo. Sin embargo, parece que lamaestra había ya entablado algunas relaciones con este ex-borracho. Sólodiré que pronto fue aceptado como uno de la partida; que los niños, conaquella pronta inteligencia que la Providencia da a los inocentes,reconocieron en él un amigo y jugaron con su rubia barba, largo y sedosobigote, y se tomaron otras libertades según su inveterada costumbre.Sobre todo, su admiración no conoció límites, cuando les armó un fuegocontra un árbol y les enseñó otros secretos de la vida de monte. Al cabode dos ociosas y felices horas de locuras, encontrose tendido a los piesde la profesora, contemplando su rostro, mientras ella, sentada en lapendiente de la cuesta, tejía coronas de laurel con el regazo lleno demil variadas flores. Su posición era muy parecida a la que tenía cuandole había encontrado por primera vez. No es aventurada la semejanza.Aquella naturaleza fácil y sensual, a la que la bebida había dado unaexaltación fantástica, era de temer que encontrase en el amor algoparecido al arrebato alcohólico.

Opino que el mismo Sandy estaba vagamente convencido de esta verdad. Suimaginación vagaba con vehemencia para hacer algo, matar un oso, partirel cráneo a un salvaje o sacrificarse de alguna otra manera por aquellaprofesora de rostro pálido y de grises ojos. Como mi gusto sería ahorapresentarle en una situación heroica, con gran dificultad contengo mipluma en este momento,

y

únicamente

me

abstengo

de

introducir

semejanteepisodio con el profundo convencimiento de que generalmente nada de estoocurre en semejantes casos, y tengo la esperanza de que la más bella demis lectoras perdonará la omisión, recordando que en una crisisverdadera, el salvador es siempre algún forastero poco interesante, obien un poco romántico agente de autoridad, y jamás un Adolfo.

Durante un buen rato, permanecieron allí, sentados en plácida calma,mientras los picos carpinteros charlaban sobre sus cabezas y las vocesde los niños jugando a escondite llegaban algo débiles desde lahondonada.

Lo que hablaron, poco importa, y lo que pensaron, que podría serinteresante, no pudo traslucirse.

Los pájaros, siempre curiosos, sólo pudieron saber que la maestra erahuérfana; que salió de la casa de su tío para ir a California en buscade salud e independencia; que Sandy era huérfano también; que llegó aCalifornia en busca de aventuras, que había llevado una vida deagitación desordenada, y que trataba de reformarse, y otros detalles quedesde el punto de vista de aquellos alados seres sin duda debían deparecerles estúpidos y de poca miga. Pero, sea como sea, se pasó latarde, y cuando los niños se reunieron otra vez, y Sandy, con unadelicadeza que la maestra comprendió perfectamente, se despidió de elloscon toda tranquilidad, en los arrabales del pueblo, les pareció a todosaquel día el más corto de su vida.

Conforme el sol del largo y árido verano iba marchitando las plantashasta la raíz, la época de colegio de Red-Gulch, para emplear un modismolocal, se iba secando también. Un día más, y doña María sería libre ya,o, por lo menos, Red-Gulch no la vería en toda una estación. Sola en laescuela y sentada con la mejilla descansando en su mano, los ojos mediocerrados, mecíase en uno de aquellos ensueños a que, con peligro de ladisciplina escolar, se entregaba tan a menudo, desde no hacía muchotiempo. Con la falda llena de musgos, helechos y otros recuerdossilvestres, se encontraba tan preocupada y metida en sus propiospensamientos, que le pasó inadvertido un suave golpear en la puerta, obien lo tradujo por una lejana extraña alucinación. Cuando por fin seafirmaba más claramente en ello, sobresaltose, y con ruborizadasmejillas se dirigió a la puerta, preguntando, ¿quién hay?

En el umbral estaba una mujer cuya audacia y vestidura formaban extrañocontraste con su ademán irresoluto y lleno de timidez.

La maestra reconoció al primer golpe de vista a la dudosa madre de suanónimo discípulo. Contrariada quizá, tal vez enojada, invitolafríamente a entrar; arreglose instintivamente sus blancos puños ycuello, y recogió su corta falda castamente.

Quizá esto fue motivo deque la turbada forastera, después de dudar un momento, dejase al lado dela puerta, plantada en el polvo, su llamativa sombrilla abierta, y sesentara en el extremo opuesto de un banco inconmensurable. Su voz, alcomenzar, era ronca.

—Me han dicho que se va usted mañana a la bahía, y no podía dejarlamarchar sin venir a darle las gracias por su bondad para con miTomasito.

En opinión de doña María, Tomasito era un buen chico y merecía algo másque el pobre cuidado que de ella podía esperar.

—¡Gracias, señora, gracias!—dijo la forastera, sonrojándose aún através de los afeites, que Red-Gulch llamaba maliciosamente su «pinturade batalla», y procurando en su confusión arrastrar el largo banco máscerca de la maestra.—Le doy a usted las más cumplidas gracias. Y, sinánimo de lisonja alguna, no hay muchacho viviente más dócil y cariñoso,ni mejor que él. Y... a pesar de lo poco que soy para decirlo, no existemaestra más paciente, más bondadosa, más angelical que la que él hatenido la feliz estrella de encontrar.

Doña María, sentada muy peripuesta detrás de su pupitre, con una reglaal hombro, abrió a esto sus ojos grises, pero guardó silencio.

—Bastante sé—prosiguió rápidamente aquélla,—que mujeres como yo nopueden halagarla. No debía tampoco entrar aquí en mitad del día, perovengo a pedir un favor, no para mí, señora, no para mí, sino para mipobre hijito.

Gracias al interés que observó en los ojos de la joven maestra, seanimó, y juntando entre las rodillas sus dos manos, enguantadas de colorde lila, continuó en tono confidencial:

—Señora, ya ve usted que nadie más que yo tiene derecho sobre el niño,y, sin embargo, yo no soy la persona que debiera educarle. El año pasadotuve intención de llevarle a la escuela, en Frisco, pero, cuando sehabló de traer aquí una maestra, esperé hasta que la vi a usted yentonces creí la cosa arreglada y que podía guardar a mi hijo algúntiempo más... ¡Si supiese, señora, lo que él la quiere! Si pudiera oírlehablar de usted a su bonita manera, si él pudiera pedirle lo que ahorale pido yo, sería usted incapaz de oponerse a ello. Es natural—continuócon rapidez, con una voz que tembló extrañamente, entre orgullosa yhumilde,—es natural que la ame, señora, pues su padre, cuando leconocí, era un caballero, y es forzoso que el niño me olvide tarde otemprano... así es que no voy a llorar por esto. En una palabra, vengo apedirle que se encargue de Tomasito, y Dios le bendiga como al mejor, almás querido de sus hijos sobre la tierra... vengo a... pedirle que... lelleve en su compañía.

Y, esto diciendo, la forastera se había levantado, y postrándose derodillas a sus pies, tenía agarrada la mano de la joven entre lassuyas.

—Tocante a dinero, tengo mucho, y todo es de usted y de él, para que loponga en un buen colegio, donde pueda verle y ayudarle a... a... aolvidar a su madre. Puede usted hacer con él lo que le parezca; lo peorque haga será bueno, comparado con lo que aprenderá a mi lado. Con talque no hiciese más que sacarle de esta mala vida, de este pueblo, deeste hogar de pena y de vergüenza. ¿Lo hará? ¡Dígame que lo hará! ¿No esverdad? Lo hará; no puede, no debe negármelo. De este modo, mi hijo sehará tan puro, tan dócil como usted misma, y cuando haya crecido le diráel nombre de su padre, el nombre que hace años no han pronunciado mislabios, el nombre de Alejandro Morton, a quien llaman aquí Sandy. ¡DoñaMaría, no retire su mano!

¡Doña María, contésteme! ¿Se llevará a mihijo? ¡No vuelva la cara! ya sé que no debería contemplar a una mujercomo yo.

¡Pero por Dios, señora, sea clemente! ¡Que esta mujer me deja!

Doña María se levantó, y a la luz del expirante crepúsculo tentó sucamino hasta la abierta ventana; allí permaneció en pie, apoyada contrael marco, con los ojos fijos en los últimos rosados matices delcrepúsculo. Quedaba todavía algo de aquella luz en su pura y tersafrente, en su níveo cuello, con sus finas manos entrelazadas; pero tododesapareció lentamente. La suplicante se había arrastrado aún derodillas hasta su lado.

—Ya me hago cargo de que se necesita tiempo para pensarlo.

Aguardaréaquí toda la noche; pero no puedo marcharme sin que haya ustedresuelto. No me lo niegue ahora. ¿Se lo llevará? lo veo en su hermosacara, cara semejante a la que he visto algunas noches, soñando. Lo veoen sus ojos, doña María. Va a llevarse a mi hijo.

El postrer rayo del crepúsculo, que serpenteó hasta el cenit, reflejoseen los ojos de la maestra con algo de su gloria, fluctuó y apagosedesapareciendo en el ocaso. El sol se había puesto en Red-Gulch. En elcrepúsculo y silencio la voz de doña María sonó majestuosamente.

—Me llevaré al niño; envíemelo esta noche.

Las manos de la afortunada madre alzaron hasta sus labios el borde de lafalda de doña María, y de buena gana habría sepultado su ardiente caraen sus virginales pliegues, pero no se atrevió y se puso en pie.

—¿Ese hombre conoce su intención?—preguntó de repente la maestra.

—No; ni le interesa. Ni siquiera ha visto al niño para conocerlo.

—Vaya a verle en seguida, esta noche, ahora mismo.

Comuníquele lo queha hecho. Dígale que me he llevado a su hijo, y hágale saber que jamásdebe ver... ver... otra vez al niño.

Allí donde vaya éste, él no debevenir; dondequiera que me lo lleve, él no debe seguir. Basta, pues.Estoy cansada y... me queda aún mucha tarea.

Y la acompañó hasta la puerta. En el umbral, la mujer se volvió.

—Buenas noches.

Se hubiera echado a los pies de doña María, pero, en el mismo momento,la joven le tendió sus brazos, estrechó por un momento contra su puropecho a la pecadora mujer, y después empujó y cerró la puerta con llave.

Sin poder librarse de un repentino sentimiento de responsabilidad, tomóel hereje Bill a la mañana siguiente las riendas de la diligencia SilioGullon, pues aquel día uno de sus pasajeros era la maestra, doña María.Al enfocar en la carretera, obediente a una agradable voz del interior,refrenó de repente los caballos y esperó respetuosamente mientrasTomasito saltaba del coche por orden de la maestra.

—La otra mata: no aquélla, Tomasito.

El interpelado sacó su cuchillo nuevo, y cortando una rama de una altamata de azalea, volvió con ella hacia doña María.

—¿Adelante?

—Adelante.

Y la portezuela de la diligencia cerrose sobre el Idilio de Red-Gulch.

DE CÓMO SAN NICOLÁS LLEGÓ A BAR SANSÓN

Estaba el tiempo muy metido en aguas en el valle del Sacramento. ElNorth Fork se había salido de madre y la Rattlesnake Creek estabaimpracticable.

Bajo una enorme extensión de agua que alcanzaba la base de las montañasdesaparecían los gruesos cantos rodados que durante el verano habíanseñalado el vado en el cruce de Sansón.

El servicio ascendente de diligencias tuvo que parar en la casa Granger;el último correo fue abandonado en los túneles y su jinete salvó la vidaluchando a brazo partido con la corriente.

Como observaba el Alud de la Sierra con cierto orgullo local,

«unárea» tan grande como el Estado de Massachusetts, está a estas fechasbajo el agua. Y en la sierra el tiempo no se presenta mejor.

El barro era denso en el camino de la montaña. En la carretera, galerasque ni la fuerza física ni el ingenio podían arrancar de los baches enque habían caído, obstruían el paso, y los tiros de caballos rezagados ylas blasfemias mostraban más que otra cosa el camino de Bar Sansón.

A lo lejos, aislado e inaccesible, empapado en agua, azotado por unviento furioso y amenazado por la subida de las aguas, Bar Sansón, en laNochebuena de 1862, colgaba de Table Mountain como el nido de golondrinaque la borrasca sacude en los viejos triglifos de pétreo entablamento.

Mientras la noche descendía sobre el campamento, unas pocas lucesbrillaban, al través de la neblina, desde las ventanas de las cabañas aentrambos lados del camino, surcado a la sazón por riachuelosdesordenados y azotado por violentas ventoleras.

Afortunadamente, la mayoría de los vecinos estaban recogidos en elalmacén de drogas de Daniel, alrededor de una roja estufa, en la cualescupían, silenciosamente con tan ostensible acuerdo de la comunidadsocial, que relevaba a todos de cualquier otra ocupación.

Como la crecida de las aguas había suspendido las faenas de las minas ydel río, hacía ya mucho tiempo que los medios de diversión se habíanagotado en Bar Sansón. Además, la subsiguiente falta de dinero yaguardiente quitaba el gusto hasta la más inocente diversión.

El mismo señor Perrín abandonó el Bar con cincuenta pesos en elbolsillo, única cantidad que alcanzó a realizar de las grandes sumasque llevaba ganadas en el lucrativo y arduo ejercicio de su negocio.

—Si me dijesen otro día, si me dijesen que señalara una bonita aldea endonde un jugador retirado, a quien no le importase mucho el dinero,pudiera divertirse a menudo y alegremente, diría que Bar Sansón; peropara un joven con una numerosa familia que depende de su trabajo, noproduce lo suficiente.