Bocetos Californianos by Francisco Bret Harte - HTML preview

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BIBLIOTECA DE «LA NACION»

FRANCISCO BRET HARTE

BOCETOS

CALIFORNIANOS

TRADUCIDA POR

RAMÓN VOLART

BUENOS AIRES

1911

Reservados los derechos de traducción.

ÍNDICE

Melisa

El Hijo Pródigo del señor Tomás

Magdalena

El idilio de Red-gulch

De cómo San Nicolás llegó a Bar Sansón

La suerte de Campo Rodrigo

El socio de Tennessee

Un pobre hombre

Los Desterrados de Poker Flat

Una Noche en Wingdam

Moreno De Calaveras

Carolina

De-Hinchú, el idólatra

A principios de 1902 falleció en Londres un americano cuya vida podríaparecer singular aun en su país natal, donde por cierto abundan loshombres que se complacen en desafiar las circunstancias

de

unaexistencia

azarosa

y

llena

de

incertidumbre. Fue sucesivamente minero,maestro de escuela, corrector de pruebas, tipógrafo, editor yúltimamente cónsul de los Estados Unidos en Glasgow y Londres. Quiso lasuerte que le diera por escribir, y entonces este hombre hizo lo quedebieran hacer todos los que se sienten con vocación o que creensentirla: se inspiró en un ambiente donde había vivido por muchos años,y copió, o mejor, idealizó costumbres y figuras de ese ambiente, contanto arte y tanto talento que dejó admirado al mismo Dickens cuandoeste gran novelista inglés leyó por primera vez Los Desterrados dePoker Flat.

El lector habrá ya comprendido que aludimos a FRANCISCO

BRET HARTE, elnovelista americano. No será inútil agregar que la muerte le sorprendióa los 62 años, cuando estaba todavía en la plena actividad de suespíritu, habiendo editado el año anterior Under the Redwoods y otrocuento From Sandhill to Pine.

A los catorce años emigraba de Albany, su ciudad natal, para California,en busca de mejor fortuna. Era en la época de la fiebre del oro, y unaverdadera corriente humana se precipitaba en los valles de esteterritorio en busca de Eldorado con su relativo Pactolo. Era por logeneral la hez del mundo esta que iba a la conquista del Vellocino.Gente de antecedentes ignorados, pero resuelta y hecha como para elgénero de vida que iba a emprender. En unos pocos años aquella sociedad,bizarramente cosmopolita, hizo todo lo que en el resto de la tierra seha organizado poco a poco, a través de los siglos; esto es, se ordenó,se dio una ley y una administración. Pero entretanto, en el comienzo(justamente cuando BRET HARTE se hallaba en California), la única leyfue la del más fuerte y las pendencias acababan a tiros, y quien podíaimponerse tenía razón. De aquí esa vida errabunda de los placers, esosmineros que jugaban en una noche una fortuna ganada en tres meses, esosjuicios sumarios contra los que violaban la ley improvisada de loscampamentos, esos aventureros formidables, héroes de garitos y terriblesDon Juanes en un país y en una época en que los favores de las pocasmujeres que se aventuraban a vivir en un ambiente como aquél, erandisputados con el revólver. ¡Ay de los débiles y de los cobardes! Asínace ese intrépido Oarkust, de una frialdad temeraria, bello como unhéroe griego. Así viven los personajes de BRET HARTE en esa sociedadcaótica, mitad aventureros y mitad hombres de bien, bandidos y mineros,varones de voluntad indomable, duros, ásperos, acerados, dispuestos acualquier cosa en cualquier momento, y hasta a acciones generosas ynobles también, en caso de presentárseles la ocasión.

Porque esto es especialmente digno de notar: una indefinida melancolíase difunde sobre todos los personajes de BRET

HARTE. Esa gente parece,después de tanto roce brutal, y de tanto combate, tener una secretanostalgia de amores más puros y de ideales más elevados. De esa tosca yen ese cieno brotan como pálidas flores del destierro, figurasencantadoras de hombres, mujeres y niños. Hay amores quiméricos,amistades salvajes, una necesidad de querer a alguien que todo uncampamento de mineros siente prepotentemente al adoptar al pequeñoTommy, el hijo de una desgraciada, nacido en el abandono y en la infamiaen el Roaring Camp. Y esta poesía singular os penetra en lo más íntimodel alma, por contraste con la aspereza de esas figuras

endurecidas,como

quien,

ante

vosotros,

inesperadamente, arrancase de un toscoinstrumento las más suaves y tiernas melodías.

Durante muchos años BRET HARTE esparció estas perlas de su talento enlas revistas americanas, especialmente en el Overland Monthly, por élmismo editada. Rimó también con sentimiento exquisito, delicadas poesíascomo los Poemas del Este y el Oeste. Pero a nuestro parecer, la notamás alta y original de su obra son, precisamente, estos cuentos, queconstituyen la cristalización literaria—en el sentidostendhaliano,—de la California de los tiempos heroicos, de la tierradel oro, de la sangre y de las aventuras, que afortunadamente para lacivilización—pero quizá no para el arte,—ha cedido ante otraCalifornia bucólica, comercial, donde se vive tan bien como en todaspartes, y que el corte del istmo de Panamá acercará a Europa de unosveinte días.

MELISA

I

En el lugar en que empieza a ser menor el declive de Sierra Nevada ydonde la corriente de los ríos va siendo menos impetuosa y violenta, selevanta al pie de una gran montaña roja, Smith's-Pocket[1]. Contempladodesde el camino rojizo, a través de la luz roja del crepúsculo y delrojo polvo, sus casas blancas se parecen a cantos de cuarzo desprendidosde aquellos altos peñascos. Seis veces cada día pasa la diligencia roja,coronada de pasajeros, vestidos con camisas rojas, saliendo de improvisopor los sitios más extraños, y desapareciendo por completo a unas cienyardas del pueblo. A este brusco recodo del camino débese tal vez que eladvenimiento de un extranjero a Smith's-Pocket, vaya generalmenteacompañado de una circunstancia bastante especial. Al apearse delvehículo, ante el despacho de la diligencia, el viajero, por demásconfiado, acostumbra salirse del pueblo con la idea de que éste se hallaen una dirección totalmente opuesta a la verdadera. Cuentan que losmineros de a dos millas de la ciudad, encontraron a uno de estosconfiados pasajeros con un saco de noche, un paraguas, un periódico, yotras pruebas de civilización y refinamiento, internándose por el caminoque acababa de pasar en coche, buscando el campamento de Smith's-Pocket,y apurándose en vano para hallarlo.

Tal vez encontraría alguna compensación a su engaño en el fantásticoaspecto de aquella Naturaleza singular. Las enormes grietas de lamontaña y desmontes de rojiza tierra, más parecidos al caos de unlevantamiento primario geológico que a la obra del hombre; a mediabajada, un largo puente rústico parece extender su estrecho cuerpo ypiernas desproporcionadas por encima de un abismo, como el enorme fósilde algún olvidado antediluviano. De tanto en tanto, fosos más pequeñoscruzan el camino, ocultando en sus sucias profundidades feos arroyos quese deslizan hacia una confluencia clandestina con el gran torrenteamarillento que corre más abajo, y acá y acullá vense las ruinas de unacabaña con la piedra del hogar mirando a los cielos y conservando sólointacta la chimenea.

El origen del campamento de Smith's-Pocket se debe al encuentro de unabolsa en su emplazamiento por un cierto Smith.

Este individuo sacó deella cinco mil dóllars, tres mil de los cuales gastaron él y otrosconstruyendo varias minas y trazando un acueducto.

Viose entonces que Smith's-Pocket no era más que una bolsa, expuesta,como otras bolsas, a vaciarse, pues aunque Smith taladró las entrañas dela gran montaña roja, aquellos cinco mil dóllars fueron el primero yúltimo fruto de su labor. Aquella montaña se mostró avara de sus doradossecretos y la mina poco a poco fue tragando el resto de la fortuna deSmith. Dedicose entonces éste a la explotación de cuarzo; después amoler este mineral, luego a la hidráulica y a abrir zanjas, yfinalmente, por grados progresivos, a guardar un establecimiento debebidas.

Luego se cuchicheó que Smith bebía mucho; pronto se supo queSmith era un borracho habitual, y después la gente, según acostumbra,pensó que jamás había sido nada bueno.

Afortunadamente, el porvenir de Smith's-Pocket, como el de la mayorparte de los descubrimientos, no dependía de la suerte de su fundador, yotros siguieron proyectando zanjas y encontrando bolsas, de manera queSmith's-Pocket se convirtió en un campamento con sus dos quincallerías,sus dos hoteles, su casa-correo y sus dos primeras familias. Confrecuencia, su larga y única calle quedábase asombrada por laimportación de las modas de San Francisco, traídas expresamente paraestas primeras familias; esto hacía que la ultrajada naturaleza, en elmiserable lodazal de su surcada superficie, pareciese más fea aún,humillando de este modo a la mayoría de la población para la que eldomingo trajo solamente la necesidad de limpieza, con una muda de ropa ysin el lujo del adorno. Había también una iglesia metodista cerca de unbarranco; un poco más allá, en la falda de la montaña, una reducidaescuela, y, además, un camposanto.

El maestro de la escuela, sentado una noche sólo ante algunos cuadernosabiertos y trazando con cuidado aquellos atrevidos y llenos caracteresque se suponen ser el non plus ultra de la excelencia quirográfica ymoral, había llegado hasta «las riquezas engañan», y estaba floreando elsubstantivo con una falta de sinceridad en el rasgueo, que corríaparejas con el espíritu

del

texto,

cuando

oyó

golpear

débilmente.

Loscarpinteros trabajaban con el martillo, en el techo, durante todo eldía, y el ruido no le había estorbado el trabajo en lo más mínimo; peroel abrir de la puerta y el golpear continuo desde el interior, hizo quelevantase los ojos. Al aparecer la figura de una niña sucia yandrajosamente vestida, sobresaltose algo su espíritu. No obstante, susojazos negros como el azabache, su ordinario y despeinado pelo mate,cayendo sobre una cara tostada por el sol, sus descarnados brazos y piestiznados por el rojizo barro, todo le era conocido. Acababa de llegarMelisa Smith, la niña sin madre, de Smith.

—¿Qué puede querer de mí?—pensó el maestro. Todo el mundo conoce aMelisa, que así se la llamaba por toda la comarca del Red-Mountain;todos la conocían por una chica indómita. Su temperamento díscolo eingobernable, sus locas extravagancias y carácter desordenado, eran tanproverbiales a su manera como la historia de las debilidades de supadre, y eran aceptadas por los vecinos con la misma filosofía. Discutíay luchaba con los escolares con más aguda invectiva y brazo más poderosoque cualquiera de éstos, y el maestro la había encontrado varias veces aalgunas millas de distancia, descalza, sin medias y con la cabezadescubierta, en los senderos de la montaña, siguiendo las pistas con elolfato y maña de un montañés. Los mineros de campamentos situados a lolargo del riachuelo,

proveían

a

su

subsistencia,

durante

estasperegrinaciones voluntarias, por medio de donativos ofrecidos de lamanera más sincera y generosa.

No es porque no se hubiese dispensado previamente a Melisa unaprotección más amplia y decidida. El reputado predicador oficial,reverendo Josué Mac Sangley, la había colocado de criada en un hotel,para que empezara a adiestrarse, presentándola luego a sus discípulos enla clase de los domingos.

Mas el camino que se le había trazado erademasiado estrecho para ella. De vez en cuando tiraba los platos alfondista, respondía prontamente a los insípidos chistes de loshuéspedes, y producía en la clase del domingo una sensación tan enabsoluto contraria

a

la

monotonía

y

placidez

ortodoxa

de

aquellasinstituciones, que por respeto y deferencia a los almidonados delantalesy moral inmaculada de los dos niños de cara sonrosada y blanca de lasprimeras familias, el reverendo señor no tuvo más remedio queexpulsarla.

Así era la figura y antecedentes de Melisa, al encontrarse en piedelante del maestro; mostrábanse aquéllos tanto por el haraposo vestido,el despeinado cabello y los sangrientos pies, que movían a compasión,como por el brillo de sus grandes ojos negros, cuya fijeza producía unaextraña impresión.

—Si he venido aquí esta noche—dijo rápida y atrevidamente, fijando enla de él su dura mirada,—es porque sabía que estaba usted solo; noquería venir cuando estuvieran aquellas chicas.

Las aborrezco y ellas meaborrecen: he aquí la causa. Usted tiene escuela, ¿verdad? ¡Quieroaprender!

El maestro que había escuchado hasta entonces aquellas palabras concierta impasibilidad, hubiera otorgado la indiferente limosna de lacompasión y nada más a aquella criatura desaliñada, si al poco donairede su destrenzado cabello y sucia cara, hubiese añadido la humildad delas lágrimas; pero con el instinto natural aunque ilógico de sussemejantes, su atrevimiento despertó en él algo de aquel respeto quetodas las naturalezas originales se tributan inconscientemente unas aotras, en cualquier posición social, y la contempló con más fijeza amedida que continuaba aún hablando rápidamente, con la mano en la aldabay la mirada fija en él:

—¡Me llamo Melisa, Melisa Smith! Le juro que es así. Mi padre es elviejo Smith, el viejo Bumero Smith, éste es mi padre.

Soy Melisa Smith yme vengo a la escuela.

—¡Bueno! ¿Y qué?—dijo el maestro.

Acostumbrada a ser contrariada y a que se la opusieran a menudo, porquesí y cruelmente, y sin otro fin que el de excitar los vivos impulsos desu naturaleza, la tranquilidad del maestro la sorprendió en gran manera.Callose; principió a retorcer entre los dedos un rizo de sus cabellos, yla rígida línea del labio superior apretado sobre los perversosdientecitos, suavizose, experimentando un ligero temblor. Dirigió lavista al suelo, y sus mejillas se tiñeron de un ligero rubor al travésde las manchas de rojizo barro y de un asoleado cutis. De súbito, seechó hacia adelante invocando a Dios para que la matara en el acto, ydesalentada e inerte cayó de cara contra el pupitre del maestro,llorando y gimiendo, como una Magdalena.

El maestro la alzó suavemente esperando a que se le pasara el paroxismode la primera excitación. Cuando, volviendo aún la cara, repetía entresollozos el «mea culpa» de la penitencia infantil, «que no lo queríahacer», ocurriósele al maestro preguntarle por qué había dejado la clasedominical.

—¿Por qué he dejado la clase del domingo? ¿Por qué? ¡Ah, sí!

¿Quénecesidad tenía él (Mac Sangley) de decirle que era mala?

¿Por qué ledecía que Dios la odiaba? ¿Si esto era verdad, de qué le servía ir a laclase y aprender? Ella no quería deber nada a nadie que la odiase.

Sí; ella le había dicho esto a Mac Sangley.

«Sí, se lo había dicho».

El maestro se rió. Su risa era franca, pero despertó un eco tan extrañoen la pequeña casa escuela y pareció tan inconsecuente y discorde con elgemido de los pinos del exterior, que a ella siguió un suspiro, tansincero, a su manera, como la risa anterior.

Sucediose un momento de grave silencio, que el maestro fue el primero enromper, preguntando a Melisa por su padre.

¿Su padre? ¿Qué padre? ¿El padre de quién? ¿Qué había hecho por ella?¿Por qué la aborrecían las chicas? ¡Vamos! ¿Por qué, cuando pasaba, ledecía la gente: «¡la Melisa del viejo Bumero

Smith!»?

¡Oh,

sí,

quisieraestar

ya

muerta,

completamente muerta, que todo el mundo estuviesemuerto! Y

rompió de nuevo en sollozos.

El maestro, a quien la escena había conmovido algún tanto, inclinadosobre ella, le dijo lo que usted o yo podíamos haber dicho después deoír teorías tan poco naturales en boca infantil; pero, recordando sinduda mejor que usted o yo lo poco naturales que eran también suandrajosa indumentaria, sus sangrientos pies y la omnipresente sombra desu borracho padre. Asiola ligeramente, envolviéndola con su pañuelo. Laencargó que viniera temprano a la mañana siguiente y la acompañó partedel camino dándole las buenas noches.

La luna iluminaba brillantemente ante ellos el estrecho camino. Elmaestro permaneció de pie contemplando la encogida y pequeña figura amedida que se alejaba vacilante por el camino, aguardó hasta que hubopasado el pequeño camposanto y alcanzado la cima de la colina, en dondese volvió y se detuvo un instante como un átomo de sufrimiento perfiladoentre las lejanas y apacibles estrellas que pueblan el infinito.Después, el maestro volvió a su tarea, pero las líneas del cuaderno sedesarrollaban en largas paralelas del interminable camino, sobre el cualparecían pasar, en la noche, figuras infantiles gimiendo y suspirando.Entonces, pareciéndole la pequeña sala de la escuela más lúgubre ycomprimida que antes, cerró la puerta y regresó a su casa.

Al día siguiente, fue Melisa a la escuela. Se había lavado previamentela cara, y su cabello negro y ordinario llevaba trazas de una recientepelea con el peine, en la cual, al parecer, ambos llevaban mala parte.La mirada desafiadora brillaba de cuando en cuando en sus ojos, pero sumanera era más dócil y modesta.

Entonces comenzó una serie de pequeñaspruebas y de sacrificios mutuos, en los cuales maestro y alumnaobtuvieron partes iguales y que aumentaron su mutua simpatía. Aunqueobediente ante la mirada del maestro, a menudo, durante el asueto,contrariada o irritada por un desprecio imaginario, Melisa rabiaba confuria indómita, y más de una vez algún pequeño educando, que habíaquerido igualar con ella sus armas de combate, palpitante, con rasgadachaqueta y arañado rostro, buscaba protección al lado del profesor.

Hubo sobre el asunto una seria división entre los vecinos; muchosamenazaron con retirar a sus hijos de una compañía tan mala, y otros,con el mismo calor, defendieron la conducta del maestro en su obraeducativa.

De este modo, con terca persistencia que más adelante, al considerar lopasado, le pareció firmeza, el maestro sacó poco a poco a Melisa de lastinieblas de su pasada vida, como si no fuese más que su progresonatural en el estrecho sendero por el cual la había encaminado en laestrellada noche de su primitivo encuentro. Teniendo presente laexperiencia del evangélico, Mac Sangley evitó con cuidado y paciencia elescollo sobre el cual, éste, poco adiestrado piloto, había hechonaufragar la fe reciente de la niña. Si en el transcurso de la lecturatropezaba casualmente con aquellas pocas palabras que han levantado asus semejantes sobre el nivel de los más viejos, más sabios y másprudentes, si aprendía algo de una fe que está simbolizada por elsufrimiento, y si la antigua llama se suavizaba en sus ojos, no eranunca bajo la fuerza de una lección. Entre la gente más sencilla deaquellos buenos colonos se reunió una pequeña suma, por medio de la cualla haraposa Melisa pudo vestir la ropa de la decencia y de lacivilización, y con frecuencia un rudo apretón de manos y palabras defranca aprobación y confortamiento de alguna de esas figuras arrugadas,groseras y vestidas con la encarnada camisa, hacían acudir el rubor alas mejillas del joven maestro y le obligaban a pensar si eran del todomerecidos los plácemes y tributos que se le prodigaban.

Unos tres meses habían transcurrido desde la época de su primerencuentro y el maestro estaba entregado una noche a sus copias morales ysentenciosas, cuando se oyó llamar a la puerta y otra vez se vio aMelisa delante de sí. Vestida con cierta extraña pulcritud, tenía lacara limpia, y tal vez nada, excepto el largo cabello negro y losbrillantes ojos, podía recordarle la anterior aparición.

—¿Está usted ocupado?—preguntó.—¿Puede venir conmigo?

Y al significar aquél su asentimiento, con su antigua maneravoluntariosa y decidida, dijo:

—Venga pronto, pues.

Salieron precipitadamente, y penetraron en el oscuro camino.

Al entraren el pueblo, el maestro le preguntó a dónde iban, y ella contestó:

—A ver a mi padre.

Por primera vez oía nombrarle con aquel título filial, o darle otrofuera del de «viejo Smith» o bien de «el Viejo». Por primera vez, tresmeses, hablaba de él, y al maestro le constaba que le había evitadoresueltamente desde el cambio experimentado en la escuela. Peroconvencido por sus ademanes, sería por demás preguntarle suspropósitos, la siguió pasivamente por sitios solitarios, por bajastabernas, restaurants y salones, por casas de juego y de baile; elmaestro, precedido por Melisa, entraba y salía como un autómata. Entreel humo y los reniegos de los antros del vicio, la niña, asida de lamano del maestro, se paraba mirando ansiosamente, tratando de descubrir,al parecer inconsciente de todo, el objeto que buscaba y que absorbíatodos sus sentidos. Algunos bebedores, reconociendo a Melisa, llamaban ala niña para que les cantara y bailara, y la hubieran obligado a beber ano interponer el maestro su respetable autoridad.

Otros,

reconociéndole,les

hicieron

paso

silenciosamente. Así transcurrió bastante tiempo. Laniña le dijo entonces al oído, que del otro lado del torrente,atravesado por una larga palanca, quedaba aún una cabaña donde pensabaque podía estar. Marcharon en aquella dirección, durante media hora defatigosa caminata, pero inútilmente. Volvían ya sobre sus pasos por lazanja, siguiendo el canal y contemplando las luces del pueblo en laorilla opuesta, cuando de pronto sonó agudamente en el fresco aire de lanoche un disparo de arma de fuego, que el eco se encargó de reproducirvarias veces en torno de Red-Mountain, haciendo que los perros ladrarana lo lejos.

Las luces del pueblo parecieron vibrar y moverse rápidamentepor algunos momentos. El riachuelo hirvió a su lado en borbotonestumultuosos; algunas piedras se desprendieron de la cuesta y cayeronruidosamente en el agua; un fuerte viento pareció sacudir las ramas delos fúnebres pinos, y luego el silencio se restableció más de lleno, másprofundo y más lúgubre. Entonces el maestro volviose hacia Melisa con unmovimiento instintivo de protección, pero la niña había desaparecidoentre las sombras. Impulsado por un extraño terror, corrió rápidamentecamino abajo hacia el lecho del río, y saltando de roca en roca, alcanzóla aldea. Una vez en el centro de Red-Mountain y en las cercanías delestribo de la palanca, miró hacia arriba y detuvo el aliento con temor;pues en lo alto, sobre la estrecha tabla, vio la pequeña y aérea figurade su compañera de poco ha, cruzando rápidamente como una aparición.

Subió nuevamente la orilla, y guiado por algunas luces que se movían entorno de un punto fijo de la montaña, encontrose pronto rodeado de unamultitud de hombres sombríos y presa de profundo terror. De en medio dela multitud salió la niña, y tomándole de la mano, le condujosilenciosamente delante de lo que parecía ser un profundo boquete en lamontaña. Melisa tenía la cara lívida, pero su excitación habíadesaparecido y su mirada era como la de una persona a quien algúnsuceso, por largo tiempo esperado, hubiese acontecido; expresión que almaestro, en su atolondramiento, le parecía casi como de alivio.

Allídelante aparecía una cabaña cuyo techo aguantaban dos maderosapolillados. La niña señaló un montón como de vestidos andrajosos,deshechos y echados en el agujero por el último habitante de la misma.El maestro se aproximó y a la luz de una antorcha se inclinó sobreellos. Era el cuerpo inerte de Smith con la pistola en la mano y la balaen el corazón, tendido al lado de su bolsa vacía.

II

El juicio que Mac Sangley aventuró con referencia al cambio desentimientos que supuso haber experimentado Melisa, había ganadoterreno, y muchos pensaron que Melisa había dado con el filón de unabuena conducta. Así es que, cuando se hubo añadido una nueva tumba alpequeño cercado, y a expensas del maestro se colocó en ella una lápidacon su correspondiente inscripción:

« La Bandera de la Red-Mountain»,se portó como buena e hizo lo que debía respecto de la memoria de uno de«nuestros más antiguos zapadores», refiriéndose graciosamente a aquel«tósigo de las más nobles inteligencias», y relegando generosamente alolvido el pasado «de nuestro querido hermano». «Llora hoy su pérdida unahija única, decía La Bandera, que es ahora una alumna ejemplar graciasa los esfuerzos del reverendo Mac Sangley.» En verdad, el reverendo MacSangley hacía gran caso de la conversión de Melisa, y atribuyendoindirectamente a la desgraciada niña el suicidio de su padre, sepermitió intencionadas alusiones a los efectos beneficiosos de la«silenciosa tumba», y en tan alegre contemplación redujo la mayor partede los niños a un estado de horror tan grande que fue causa de que losvástagos de las primeras familias guardasen en clase silencio tal, quebien lo hubiese querido el maestro para todo el año.

El largo y cálido verano no se hizo esperar. A medida que cada ardientedía se consumía en pequeñas neblinas color gris perla en las cimas delas montañas, y la naciente brisa esparramaba rojas cenizas sobre elpanorama, la verde alfombra que la temprana primavera había tendido porencima de la tumba de Smith, se marchitó hasta secarse por completo.Todos los domingos por las tardes, al entrar el maestro por elcamposanto, se sorprendía de encontrar arrojadas allí algunas floressilvestres, tomadas en el húmedo pinar, como también toscas guirnaldasprendidas de la pequeña cruz de madera. Algunas de aquellas guirnaldasestaban formadas de hierbas odoríferas, de esas que las niñas gustan deguardar en su pupitre, aquí y acullá, enlazadas con las plumas del bacaide la vainilla y de la anémona silvestre, el maestro reparó en lacapucha azul oscuro de la adormidera o acónito venenoso. Instintivamentey al asociar la vista de esta planta con aquellos recuerdos, experimentóel maestro una sensación capaz de contrarrestar el efecto estético queprimero había sentido.

Un día, al dar un largo paseo por la silvestre sierra, topó en elcorazón del bosque con Melisa, sentada sobre un derribado pino, comosobre un tronco fantástico formado por los colgantes penachos desiniestras ramas, con la falda llena de hierbas y de piñas, ycanturreando para sí una de las negras melodías que en aquel precisomomento había recordado. Dando muestras de franca simpatía, le hizolugar en su elevado trono, y con aire hospitalario y aun de protección,con ser el maestro tan terriblemente serio, le colmó de piñones y frutassilvestres.

Aprovechó el maestro aquella oportunidad para explicarle laspropiedades nocivas del acónito, cuyos oscuros capullos veía en sufalda, y arrancó de ella la promesa de no tocar flores de aquellaplanta, en tanto que fuese alumna suya. Después, habiendo puesto aprueba su integridad, se quedó satisfecho, desvaneciéndose el extrañosentimiento que antes le había sobrevenido.

De entre los hogares que se le abrieron a Melisa cuando se supo suconversión, el maestro prefirió el de la señora Morfeo, un ejemplarfemenino y bondadoso de la flora del Sudoeste, conocido en su mocedadpor el apodo de «Rosa de la Pradera».

Era la señora Morfeo uno deaquellos seres que luchan resueltamente contra su propia naturaleza, pormedio de una larga

serie

de

actos

de

lucha

y

de

abnegación,

habiendosubyugado, por fin, su disposición, naturalmente descuidada, hasta tenerprincipios de «orden», que, al igual que el señor Pope, consideraba como«la primera ley moral». Pero no podía gobernar del todo las órbitas desus satélites por regulares que fuesen sus propios movimientos, y hastasu mismo «Jaime», tenía a veces con ella frecuentes choques. Su antiguanaturaleza afirmábase de nuevo en su descendencia. Licurgo huroneaba adeshora en la alacena, y Arístides venía de la escuela a casa sinzapatos, dejando tan importantes artículos en el umbral para tener elplacer de hacer un viaje por el légamo de las zanjas a pies desnudos.Octavia y Casandra eran descuidadas en sus vestidos. Así, que, por másque la «Rosa de la Pradera» hubiese espaldado, podado y disciplinado supropio y ya maduro temperamento, los retoños crecieron a porfía, bravíosy desparramados con una sola excepción. Esta única excepción laconstituía Sofía Morfeo, de quince años de edad y que realizaba laconcepción inmaculada de su madre, nítida, ordenada, y de inteligenciacalma y reposada.

La señora Morfeo tenía la amorosa debilidad de imaginarse que Sofía eraun consuelo y un ejemplo para Melisa, y siguiendo esta sofistería, laseñora Morfeo sacaba a Sofía a colación ante Melisa, cuando ésta eramala, presentándola a la niña como modelo reverente en sus momentos decontrición. De modo que no se extrañó el maestro cuando supo que Sofíairía a la escuela evidentemente tan sólo como un favor para el maestro ycomo un ejemplo para Melisa y todos los educandos, pues Sofía era yatoda una señorita, como suele decirse. Como heredera de las cualidadesfísicas de su madre, y en obediencia a las leyes climatológicas de laregión de Red-Mountain, la muchacha entraba en eflorescencia prematura.La juventud de Smith's-Pocket, para quien esta especie de flor eraescasa, suspiraba por ella en abril, languidecía en mayo y la soñabatodo el año. Serios hombrecitos rondaban la escuela a la hora de saliday hasta algunos estaban celosos de Mac Sangley.

Quizá esta última circunstancia fue la que abrió los ojos de éste a unaobservación. No le fue difícil notar que Sofía era romántica; que en laclase necesitaba de mucha atención, que sus plumas eran siempre malas ynecesitaban cortarse; que acompañaba generalmente la súplica con ciertoéxtasis en la mirada,

que

no

guardaba

relación

con

el

servicio

queverbalmente pedía; que a veces toleraba que las curvas de su rollizo ytorneado brazo blanco reposaran sobre el del maestro cuando estabaescribiendo sus muestras, y que cuando tal hacía se ruborizaba y echabahacia atrás los rizos de sus blondos cabellos. No recuerdo si he dichoque el maestro era joven, cosa, de todas maneras, de poca trascendencia.Educado severamente en la escuela en que Sofía dio sus primeraslecciones, a pesar de todo resistió como un hermoso y joven espartano,las flexibles curvas y fascinadoras miradas, en cuyo ascetismo tal vezpudo contribuir lo exiguo de la comida que tomaba. Por lo general,evitaba a Sofía; pero una tarde, cuando ella volvió a la escuela enbusca de algo que había olvidado y no encontró hasta que el maestro seencaminó a su casa con ella, quizá trató de hacerse particularmenteagradable, en parte, según imagino, para que su conducta añadiera hieloy amargura a los ya desbordados corazones de los platónicos admiradoresde Sofía.

A la mañana siguiente de este sentimental episodio, Melisa no fue a laescuela. Llegó el mediodía, pero no Melisa. Interrogada Sofía sobre elasunto, dijo que habían salido juntas hacia la escuela, pero que lavoluntariosa Melisa había tomado otro sendero. Por la tarde el mismomisterio, y al llegar la noche vio el maestro a la señora Morfeo, cuyocorazón maternal estaba realmente sobresaltado. La señora Morfeo habíapasado todo el día buscándola, sin hallar traza que pudiera ayudar aldescubrimiento de la fugitiva. Arístides fue llamado como presuntocómplice, pero aquel honrado muchacho consiguió convencer a la familiade su inmaculada inocencia. La señora Morfeo alimentaba la vivaesperanza de que aún hallaría a la niña ahogada en una zanja, o lo quecasi era tan terrible, cubierta de lodo, manchada y sin esperanza de quepor medio de jabón y agua volviera a su primitivo estado. El maestrovolvió a la escuela con el corazón contristado. Al encender su lámpara ysentarse en el pupitre, encontró ante sí una esquela, a él dirigida. Latomó en sus manos rápidamente, no tardando en reconocer la letra deMelisa. Parecía estar escrita en una hoja arrancada de un viejo libro denotas, y al efecto de evitar alguna indiscreción sacrílega, estabacerrada con seis obleas rotas.

Abriéndola casi tiernamente, el maestroleyó lo siguiente:

«Honorable señor: Cuando lea esto, habré huido, para nunca más volver.¡Jamás, jamás, jamás! Puede usted regalar mis abalorios a María Juanita,y mi Orgullo de América (un cromo pintarrajeado de una caja de tabaco) aFlorinda Flanders. Pero le encomiendo no dé nada a Sofía Morfeo. No lohaga por lo que más quiero. ¿Sabe usted cuál es mi opinión sobeo ella?Pues, ésta: Que es detestable. Esto es todo, y nada más por hoy de surespetuosa servidora,— Melisa Smith

Después de haber leído esta extraña epístola, el maestro quedómeditabundo, hasta que la luna alzó su brillante faz por encima de losmontes e iluminó el camino que conducía a la casa escuela, caminoendurecido con el ir y venir de los menudos pies de los educandos.Enseguida, más satisfecho, hizo trizas la misiva y esparció por el suelolos pequeños pedazos.

Al día siguiente, al amanecer, se levantó rápidamente, abriose camino altravés de los helechos a modo de palmeras, y del espeso matorral delpinar, asustando a la liebre en su madriguera y despertando lamalhumorada protesta de algunos grajos calaveras, que al parecer habíanpasado la noche en orgía; así llegó a la selvática cumbre donde una vezhabía hallado a Melisa. Encontró allí el derribado pino de enlazadasramas, pero el trono estaba vacío. Acercose más, y algo que parecía serun animal asustado, moviose por entre las crujientes ramas del árbol ycorriose hacia arriba de los extendidos brazos del caído monarca, yamparándose en algún follaje amigo. El maestro, subiendo al viejoasiento, encontró el nido caliente aún, y mirando a lo alto hacia lasenlazadas ramas, se halló con los ojos negros de Melisa. Se miraron ensuspenso. Melisa fue la primera en hablar.

—¿Qué quieres?—preguntó secamente.

El maestro se había preparado su plan de batalla.

—Quiero algunas manzanas silvestres—dijo en tono humilde.

—No las tendrás; vete. ¿Por qué no las pides a Sofía?—Y

parecía queMelisa se desahogaba al expresar su desprecio por sílabas adicionales altítulo ya algo dilatado de su tentadora compañera.—¡Eres muy malo!

—Tengo hambre, Melisita. Desde ayer a la hora de comer no he probadobocado. ¡Estoy muerto de hambre!

Y el joven, en un estado de inanición extraordinario, apoyose contra elprimer árbol que encontró delante.

El corazón de Melisa se enterneció. En los días amargos de su vida degitana, había conocido la sensación que él tan mañosamente fingía.

Vencida por su tono acongojado, pero no del todo exenta de sospecha,dijo:

—Cava bajo el árbol, cerca de las raíces, y encontrarás muchas; perocuidado en decirlo.

Melisa tenía, como los ratones y las ardillas, sus escondrijos; pero,naturalmente, el maestro fue incapaz de encontrarlas, probablementeporque los efectos del hambre cegaban sus sentidos. Melisa empezaba ainquietarse. Por fin, le miró de soslayo al través de las hojas, a lamanera de un hada, y preguntó:

—Si bajo y te doy algunas, ¿me prometes mantenerte a distancia?

El maestro asintió.

—¡Así te mueras si lo haces!

El maestro aceptó resignadamente tan terrible maldición.

Melisa se deslizó del árbol, y durante algunos momentos no se oyó másque el mascar de piñones.

—¿Estás mejor?—preguntó con cierto interés.

El maestro, dándole gravemente las gracias, confesó que se ibareanimando, y entonces comenzó a volverse por donde había venido. Comolo esperaba, no se había alejado mucho cuando ella le llamó. Volviose.Ella estaba allí, de pie, pálida, con lágrimas en los ojos.

El maestro comprendió que había llegado el momento oportuno. Acercándosea ella le tomó ambas manos, y contemplando sus húmedas pupilas, dijo entono insinuante al par que grave:

—Melisita, ¿te acuerdas de la primera tarde que fuiste a verme? Mepreguntaste si podías asistir a mi escuela, pues querías aprender algo yser más buena, y yo te dije...

—Ven—dijo la niña con presteza.

—¿Qué dirías si el maestro viniese ahora a buscarte y dijese queestaba triste sin su pequeña alumna, y que estaba deseoso de quevolviera con él para enseñarle a ser más bueno?

Melisa bajó silenciosamente la cabeza por algunos instantes.

El maestroesperaba con impaciencia.

Dando descomunales saltos, una liebre corrió hasta cerca de la pareja, yalzando su brillante mirada y aterciopeladas patas delanteras, se sentóy los contempló. Una bulliciosa ardilla se deslizó por medio de lacorteza resquebrajada de un pino derribado, y se quedó allí parada.

—Te estamos esperando, Melisita—dijo el maestro en voz baja, y la niñase sonrió.

Las cimas de los árboles se balanceaban, movidas por el céfiro, y unlargo rayo de luz se abrió camino entre las enlazadas ramas, dando delleno en la indecisa cara, sorprendiéndola en una mueca de irresolución.De pronto, agarró con su habitual ligereza la mano del maestro. Balbuceóalgunas palabras, apenas perceptibles; pero el maestro, separando de sufrente el negro cabello, la besó, y así, asidos de la mano, salieron delas húmedas y perfumadas bóvedas del bosque por el abierto camino bañadoen la luz matinal.

III

No tan malévola en su trato respecto a los demás alumnos, Melisaconservaba todavía, una actitud ofensiva respecto a Sofía.

Quizá elelemento de los celos no estaba apagado del todo en su apasionado ypequeño corazón. Quizá sería tan sólo que las redondas curvas y larolliza silueta, ofrecen una superficie más extensa y apta para el roce.Pero como que tales efervescencias estaban bajo la autoridad delmaestro, su enemistad a veces tomaba una forma nueva que no se dejabareprender.

Mac Sangley, en su primer juicio del carácter de la niña no pudoconcebir que jamás hubiese poseído una muñeca. Y es que el maestro,parecido a muchos otros perspicaces observadores, estaba más seguro enlos raciocinios a posteriori que en los a priori. Melisa teníamuñeca, pero era propiamente la muñeca de Melisa una reproducción enpequeño de ella misma. Por una casualidad, descubrió la señora Morfeo elsecreto de su poco grata existencia. Como compañera que había sido delas excursiones de Melisa, llevaba señales evidentes de los sufrimientosy peripecias pasadas. La intemperie y el barro pegajoso de las zanjasborraron prematuramente su color primitivo. Era en un todo el retrato deMelisa en pasados tiempos. Su única falda roja, ajada, estaba sucia yharapienta, como lo había sido la de la niña. Jamás se había oído aMelisa aplicarla cualquier término infantil de cariño. Nunca le enseñabaen presencia de otros niños. Severamente acostada en el hueco de unárbol cercano a la escuela, sólo le estaba permitido hacer ejerciciodurante las excursiones de Melisa, quien, cumpliendo para con su muñeca,como lo hacía consigo misma, un severo deber, aquélla no conocía lujode ningún género.

Se le ocurrió a la señora Morfeo, obedeciendo a un laudable impulso,comprar otra muñeca que regaló a Melisa. La niña la recibió curiosa ygravemente. Al contemplarla el maestro un día, creyó notar en susredondas mejillas encarnadas y mansos ojos azules, un ligero parecido aSofía. En seguida se echó de ver que Melisa había reparado también en elmismo parecido; de consiguiente, cuando se veía sola, le golpeaba lacabeza de cera contra las rocas, la arrastraba a veces con una cuerdaatada al cuello, al ir y volver del colegio, y otras, sentándola en supupitre, convertía en acerico su cuerpo paciente e inofensivo.

No me meteré a discutir si hacía aquello en venganza de lo que ellaconsideraba una nueva e imaginaria intrusión de las excelencias deSofía, o porque tuviese como una intuición de los ritos de ciertospaganos, y entregándose a aquella ceremonia fetichista, imaginara que eloriginal de su modelo de cera desfallecería para morirse más tarde. Estosería un arduo problema de metafísica muy difícil de resolver.

El maestro no pudo menos de observar, a pesar de esas incongruenciasmorales, el trabajo de una percepción rápida y vigorosa, propia de unainteligencia sana. Melisa no conocía ni el titubear ni las dudas de laniñez. Las contestaciones en clase estaban ligeramente impregnadas deinsólita audacia. Claro que no era infalible, pero su valor y aplomo enlanzarse en honduras por las que no habrían osado bogar los tímidosnadadores que la rodeaban, suplían los errores del discernimiento. Losniños, por lo visto, en cuanto a esto, no valen más que las personasmayores; pues siempre que la pequeña mano encarnada de la niña se erguíapor encima del pupitre para pedir la palabra, reinaba el silencio de laadmiración, y el mismo maestro estaba a veces oprimido por una duda desu propio criterio y experiencia.

No obstante, ciertas particularidades que en un principio le entreteníany divertían su imaginación, comenzaron a afligirle, y graves dudasasaltaron su conciencia. No podía ocultársele que Melisa era vengativa,irreverente y voluntariosa, que sólo tenía una facultad superior propiade su condición semisalvaje, la facultad del sufrimiento físico y de laabnegación, y otra, aunque no muy constante, atributo de fiera nobleza,la de la verdad.

Melisa era a la vez intrépida y sincera; dos cosas queen aquel carácter venían a reducirse a una sola.

Meditó mucho el maestro sobre este particular y había llegado a laconclusión ordinaria de aquellos que piensan sinceramente, a saber: queél era esclavo de sus propias preocupaciones, cuando determinó visitaral reverendo Mac Sangley para pedirle consejo y parecer. Claro que estadecisión humillaba su orgullo, pues él y Mac Sangley no estaban en muybuena armonía. Pero el pensamiento de Melisa se sobrepuso en él, y en lanoche de su primer encuentro, y tal vez con la superstición perdonablede que la mera casualidad no había guiado sus pies hacia la escuela, ycon la conciencia satisfecha de la rara magnanimidad de su acción,venció su antipatía y se avistó con el reverendo.

Mac Sangley se alegró de la visita en grado sumo. Observó, además, queel maestro tenía buen semblante, y esperaba verle curado de la neuralgiay del reumatismo. También le había molestado a él con un sordo dolor,desde la última entrevista, pero tenía de su parte la resignación y elrezo, y callándose un momento, a fin de que el maestro pudiese escribiren su libro de memorias

una

receta

que

le

dictó

para

curar

la

sordaintermitencia, el señor Mac Sangley acabó por informarse de larespetable señora Morfeo.

—Ornato y prez de la cristiandad es tan buena señora, y su tierna yhermosa familia prospera—añadió el reverendo,—Sofía está perfectamenteeducada, y es tan atenta como cariñosa.

Las buenas prendas y cualidades de Sofía parecían afectarle hasta talextremo, que se extendió en consideraciones sobre ellas un buen lapso detiempo. El maestro viose doblemente confuso.

De un lado, resultaba uncontraste violento para la pobre Melisa, en toda aquella alabanza deSofía, y de otro, este tono confidencial le desagradaba al hablar de laprimogénita de la señora Morfeo; así es que el maestro, después dealgunos esfuerzos fútiles por decir algo natural, creyó conveniente elrecordar otro compromiso y se fue sin pedir los informes, pero en susreflexiones posteriores, daba injustamente la culpa al reverendo señorMac Sangley de no habérselos procurado.

Este hecho colocaba de nuevo al maestro y a la alumna en la estrechacomunión de antes. Melisa pareció reparar el cambio en la conducta delmaestro, forzada desde hacía algún tiempo, y en uno de sus cortos paseosvespertinos, deteniéndose ella de repente, y subiendo sobre un tronco deárbol, le miró de hito en hito con ojos insinuantes y escudriñadores.

—¿No está usted loco?—dijo con un sacudimiento interrogativo de todosu cuerpo.

—No.

—¿Ni fastidiado?

—No.

—¿Ni hambriento? (El hambre era para Melisa una enfermedad que podíaatacarle a uno en cualquier ocasión).

—No.

—¿Ni pensando en ella?

—¿En quién, Melisita?

—En aquella chica blanca. (Este fue el último epíteto inventado porMelisa, que era muy morenita, para indicar a Sofía, cuya blancuracompetía con la de la nieve).

—No.

—¿Me da usted palabra? (frase con que se sustituyó el «así murieses»por sabio consejo del maestro.)

—Sí.

—¿Y por su sagrado honor?

—Sí.

Entonces Melisa le dio un beso salvaje, saltó del árbol y se escapóvolando. En los dos o tres días que siguieron se dignó parecerse más alos niños en general, y llevar más buena conducta.

Habían transcurrido ya dos años desde la llegada del maestro aSmith's-Pocket y como su sueldo no era grande y las perspectivas deSmith's-Pocket, para convertirse eventualmente en capital del Estado, noparecían del todo positivas, hacía tiempo que meditaba un cambio desituación. Privadamente, había descubierto ya sus intenciones a lospatronos de la escuela; pero, siendo en aquel tiempo escasos los jóvenesde un carácter moral intachable, consintió en continuar el curso hastala próxima primavera, pasando así todo el invierno. Nadie conocía suintención excepto su único amigo, un tal doctor Duchesne, joven médicocriollo, conocido de la gente de Wingdam por Duchesny. Jamás locomunicó a la señora Morfeo, ni a Sofía, ni menos a los alumnos queasistían a sus clases. Esta reserva tenía su explicación en la antipatíaconstitucional a enredar, sobre todo en el deseo de ahorrarse laspreguntas y conjeturas de la curiosidad vulgar y de que nunca creía queiba a hacer algo hasta el momento que lo había puesto en práctica.

No le gustaba pensar en Melisa. Quizá por un instinto egoísta seesforzaba en figurarse su sentimiento por la niña como necio, románticoy poco práctico. Incluso quiso convencerse de que sus adelantos seríanmayores bajo la dirección de un maestro más viejo y más riguroso.

Melisa tenía entonces once años, y de allí a pocos más, según las leyesde Red-Mountain, sería una mujer. Después de todo, él había cumplido consu deber. Cuando murió Smith, dirigió cartas a los parientes de éste yrecibió contestación de una hermana de la madre de Melisa; dando lasgracias al maestro, le manifestaba su intención de abandonar con sumarido los Estados del Atlántico en dirección a California, dentro depoco tiempo. El maestro fundó con esto un ligero castillo en el aire,imaginando acaso fundar la casa de Melisa; pues era fácil creer que unamujer cariñosa y simpática podría guiar mejor su caprichosa naturaleza.Pero, cuando el maestro le leyó la carta, Melisa escuchola como quienoye llover, la recibió sumisamente y después recortola con sus tijerasen figuras que representaban a Sofía, rotuladas la niña blanca, paraevitar errores, y que plantó sobre las paredes exteriores del edificio.

El verano tocaba a su fin, y la última cosecha había pasado de loscampos al granero, cuando el maestro pensó también recoger por medio deun examen los maduros frutos de las tiernas inteligencias que se habíanpuesto bajo su cultivo y dirección.

Así es que los sabios y gente deprofesión de Smith's-Pocket se reunieron para sancionar aquellatradicional costumbre de poner a los niños en violenta situación y deatormentarles como a los testigos delante del Tribunal. Como decostumbre, los más audaces y serenos fueron los que lograron obtenerlos honores del triunfo y ver coronada su frente con los laureles de lavictoria. El lector imaginará que Melisa y Sofía alcanzaron lapreeminencia y compartían la atención del público. Melisa, con suclaridad de percepción natural y confianza en sí misma; Sofía, con elplácido aprecio de su persona y la perfecta corrección en todas suscosas. Los otros pequeñuelos eran tímidos y atolondrados. Como era deesperar, la prontitud y el despejo de Melisa, cautivaron al mayor númeroy provocaron el unánime aplauso. La historia de Melisa habíainconscientemente despertado las más vivas simpatías de una clase deindividuos, cuyas formas atléticas se apoyaban contra las paredes ycuyas bellas y barbudas caras atisbaban con inusitada atención.

Sinembargo, la popularidad de Melisa se hundió por una circunstanciainesperada. Mac Sangley se había invitado a sí mismo y disfrutaba laagradable diversión de asustar a los alumnos más tímidos con laspreguntas más vagas y ambiguas, dirigidas en un tono grave e imponente;Melisa se había remontado a la astronomía, y estaba señalando el cursode nuestra manchada bola al través del espacio y llevaba el compás de lamúsica de las esferas describiendo las órbitas entrelazadas de losplanetas, cuando Mac Sangley se levantó y dijo con su voz gutural:

—¡Melisa! Está usted hablando de las revoluciones de esta tierra y delos movimientos del sol y creo ha dicho que esto se efectúa desde lacreación, ¿no es verdad?

Melisa lo afirmó desdeñosamente.

—Bueno, ¿y es esto cierto?—exclamó Mac Sangley, cruzándose de brazos.

—Sí—dijo Melisa, apretando con fuerza sus labios de coral.

Las hermosas figuras de las barandas se inclinaron más hacia la sala, yuna cara de santo de Rafael, con barba rubia y dulces ojos azules,pertenecientes al mayor bribón de las minas, se volvió hacia la niña yle dijo muy quedo:

—¡Mantente firme, Melisa!

Mac Sangley, que hasta aquel momento había tenido fija la mirada enMelisa, dio un profundo suspiro, echó primero al maestro y después a losniños una mirada de compasión, y luego posó su vista sobre Sofía. Laniña levantó nuevamente su regordete y blanco brazo, cuyo seductorcontorno realzaba un brazalete modelo, chillón y macizo regalo de uno desus más humildes admiradores, que llevaba gracias a la solemnidad deldía. Reinó un silencio sepulcral. Las redondas mejillas de Sofía eransonrosadas y suaves, los grandes ojos de Sofía eran muy brillantes yazules, y la muselina blanca del trajo escotado de Sofía descansabamuellemente sobre sus hombros blancos y rollizos. Sofía miró al maestroy el maestro asintió con la cabeza.

Entonces Sofía dijo con dulce voz:

—¡Josué mandó al sol que se parase y le obedeció!

Un sordo murmullo de aplauso se oyó por todos los ámbitos de laescuela, pintose una expresión triunfal en la cara de Sangley, una gravesombra en la del maestro, y una cómica mirada de contrariedad irradió delas ventanas. Melisa hojeó rápidamente su astronomía y cerró el librocon estruendo. Y con un gemido de Mac Sangley, estallaron murmullos deasombro en la clase y un aullido desde las ventanas, cuando Melisadescargó su sonrosado puño sobre el pupitre con esta revolucionariamanifestación:

—¡Es una maldita impostura! ¡No lo creo!

IV

La larga estación de las lluvias tocaba ya a su término.

Bandadas depájaros inundaban los campos, y la primavera mostraba nueva vida en loshinchados capullos, y en los impetuosos arroyos. Los pinares despedíanel más fresco aroma.

Las azaleas brotaban ya y los ceanothus preparabanpara la primavera su librea de color morado. En la ladera meridional delRed-Mountain, la larga espiga del acónito se lanzaba hacia arriba desdesu asiento de anchas hojas y de nuevo sacudía sus campanillas de azuloscuro en el suave declive de las cimas. Una alfombra de verde y mullidahierba, ondulaba sobre la tumba de Smith esmaltada de brillantes botonesde oro, y salpicada por la espuma de un sin fin de margaritas. Elpequeño camposanto había recogido en el pasado año nuevos habitantes, ynuevos montículos se elevaban de dos en dos a lo largo de la bajaempalizada hasta alcanzar la tumba de Smith, dejando junto a ella unespacio. La superstición general la había evitado y el sitio al lado deSmith esperaba morador.

Varios carteles fijados en los muros del pueblo participaban que, dentrode un breve plazo, una célebre compañía dramática representaría, durantealgunos días, una serie de sainetes para desternillar de risa; que,alternando agradablemente con éstos, daríase algún melodrama ydiversiones a granel. Como es natural, estos anuncios ocasionaron ungran movimiento entre la gente menuda y eran tema de agitación y demucho hablar entre los alumnos de la escuela. El maestro había prometidoa Melisa, para quien esta clase de placer era sagrado y raro, que lallevaría, y en la importante noche del estreno el maestro y Melisaasistieron puntualmente.

El estilo dominante de la función era el de la penosa medianía; elmelodrama no fue bastante malo para reír ni bastante bueno para conmoverlos espíritus. Pero, el maestro, volviéndose aburrido hacia la niña,sorprendiose y sintió algo como vergüenza, al reparar en el efectosingular que causaba en aquella naturaleza tan sensible. Sus mejillas seteñían de púrpura a cada pulsación de su palpitante corazoncillo; suspequeños y apasionados labios se abrían ligeramente para dar paso alentrecortado aliento; sus grandes y abiertos ojos se dilataron y searquearon sus cejas frecuentemente. Melisa no rió ante las sosasmamarrachadas del gracioso, pues Melisa raras veces se reía; ni tampocose afectó discretamente, hasta acudir al extremo de hacer uso de supañuelo blanco, como Sofía, la del tierno corazón, que estaba hablandocon su pareja y al mismo tiempo mirando de soslayo al maestro, paraenjugar alguna lágrima. Pero cuando se terminó el espectáculo y elpequeño telón bajó sobre las reducidas tablas, Melisa suspiróprofundamente y se volvió hacia la grave cara del maestro, con unasonrisa apologética y cansado gesto.

—Ahora, vámonos a casa—insinuó.

Y bajó los párpados de sus negros ojos, como para ver una vez más laescena en su imaginación virgen.

Al dirigirse a casa de la señora Morfeo, el maestro creyó prudenteridiculizar la función de arriba abajo.

—No me extrañaría—dijo—que Melisa creyese que la joven que tanbellamente representa lo hace en serio, enamorada del caballero del ricotraje, y aun suponiendo que estuviere enamorada de veras, sería unadesgracia.

—¿Por qué?—dijo Melisa, alzando los caídos párpados.

—¡Oh! Porque con el salario actual no puede mantener a su mujer y pagarsus bonitos vestidos a tanto por semana, y, además, porque, casados, notendrían tanto sueldo por los papeles de amantes. Esto, con tal—añadióel maestro—que no estén ya casados con otras; sospecho que el maridode la bella Condesita recibe los billetes a la entrada, alza el telón, odespavila las luces, o hace alguna otra cosa de igual refinamiento ydistinción. Por lo que respecta al joven del vestido bonito, que lo es,realmente ahora, y debe costar a lo menos de dos y medio a tres pesos nocontando para nada aquel manto de droguete encarnado, del cual conozcoel precio, pues compré de él una vez para mi cuarto; en cuanto a estejoven, Melisa, no es mal chico, y si bien bebe de vez en cuando, creoque la gente no debiera aprovecharlo para criticarlo tan acerbamente yecharlo en el lodo, ¿verdad? Puedes creerme que podría deberme durantemucho tiempo dos pesos y medio, antes no se lo echase en cara como enWingdam lo hizo la otra noche aquel hombre.

Melisa había tomado la mano del maestro entre las suyas, procurandomirarle a los ojos, pero el joven los mantuvo desviados con firmeza.Melisa tenía una vaga idea de la ironía, permitiéndose a veces unaespecie de humor sardónico, que se manifestaba por igual en sus accionesy en su manera de hablar.

Pero el joven continuó de este talante, hastaque hubieron llegado a casa de la señora Morfeo y hubo depositado aMelisa bajo su cuidado maternal. Se le ofreció descanso y un refrescoque rehusó, restregándose los ojos, para evitar las miradas de sirena delos ojos azules de Sofía, excusose y se fue derecho a casa.

Durante los dos o tres días siguientes al arribo de la compañíadramática, Melisa iba tarde a la escuela, y a causa de la ausencia desu constante guía, el paseo usual del maestro la tarde del viernes, fuepor una vez omitido. Al retirar el joven sus libros, preparándose paraabandonar la escuela, sonó a su lado una infantil voz:

—¿Con su permiso?

El maestro se volvió y encontrose con Arístides Morfeo.

—¿Qué ocurre?—dijo el maestro con impaciencia,—¡digan!

¡Pronto!

—Bueno, señor, yo y Hugo creemos que Melisa se va a escapar nuevamente.

—¡Cómo! ¿Qué significa esto, caballerito?—dijo el maestro con elinjusto enojo con que siempre recibía las noticias que no le erangratas.

—Melisa, señor, no se queda nunca en casa, y Hugo y yo la vemos hablarcon uno de aquellos cómicos y en este momento está con él, y, además,ayer nos dijo a Hugo y a mí que podía echar un discurso tan bien como laseñorita Celestina Montemoreno, y se puso a declamar...

Y el niño se calló, como asustado.

—¿Qué cómico?—exclamó el maestro.

—Aquel que lleva el sombrero negro... y cabello largo y alfiler deoro... y cadena de oro—dijo Arístides, poniendo períodos en lugar decomas para poder dar paso a su respiración.

El maestro sintió una opresión desagradable en el pecho y en lagarganta, y tomando maquinalmente los guantes y el sombrero se salió ala calle. Arístides trotaba a su lado, esforzándose en igualar el pasode sus cortas piernas con las zancadas del maestro, cuando éste se paróde repente y Arístides dio con él un fuerte topetazo.

—¿Dónde estaban hablando?—preguntó, como siguiendo la conversación.

—En la Arcada—dijo Arístides.

Cuando hubieron llegado a la calle Mayor, el maestro se detuvo.

—Ve corriendo a casa—dijo al niño.—Si Melisa está allí, ven a laArcada y dímelo, y si no está quédate en ella; ¿oyes?

Y Arístides se escapó al trote de sus cortas piernecillas, desplegandotoda su velocidad.

A pocos pasos del camino estaba la Arcada. Con este nombre era conocidoun largo e irregular edificio, conteniendo taberna, salón de billar yrestaurant. Al cruzar el joven la plaza, observó que dos o trestranseúntes se volvieron y le siguieron con la vista fijamente duranteun buen trecho. Arreglose el vestido, sacó el pañuelo y se enjugó lacara antes de penetrar en el establecimiento. Dentro de la taberna habíasu habitual número de holgazanes, bebiendo y gritando desaforadamente.Una cara le miró tan fijamente y con expresión tan extraña, que elmaestro se paró, encarándose con él, y entonces vio que no era más quesu propia imagen reflejada en un espejo pintarrajeado la cual le hizocreer que tal vez estaba un poco excitado, de manera que tomó de unamesa un número de La Bandera de Red-Mountain, y trató de recobrar suserenidad, leyendo la sección anunciadora.

Atravesó luego la taberna, el restaurant y entró en la sala de billar.Melisa no estaba allí. De pie, al lado de una de las mesas, había unindividuo que llevaba en la cabeza un sombrero de hule con anchas alas,que el maestro reconoció en seguida por el agente de la compañíadramática. Era un hombre eminentemente antipático por la manera dellevar la barba y el pelo. En vista de que el objeto de su cuidado noestuviese allí, se volvió hacia el hombre del sombrero negro. Este habíareparado en el maestro, pero con la astucia común en la cual siempre seestrellan los caracteres vulgares, afectó no verle. Contoneándose con untaco en la mano, aparentaba apuntar a una bola en el centro del billar.El maestro permaneció de pie delante de él, hasta que alzó los ojos. Enel momento que sus miradas se cruzaron, el maestro fuese a su encuentroderechamente.

Cuando principió a hablar, algo se le fue subiendo a la garganta queretardaba su palabra; su propia voz le asustó; tan profunda y vibrantesonaba. Pero moderó sus impulsos pues quería a toda costa evitar unescándalo.

—He sabido—principió,—que Melisa Smith, una huérfana, una de misalumnas, ha estado tratando con usted para seguir su profesión. ¿Es estoexacto?

El hombre del sombrero de azabache se inclinó de nuevo sobre la mesa, ycomo si jugara, de un golpe vigoroso de taco lanzó la bola contra latabla con absoluta falta de lógica. Después, dando la vuelta a la mesa,recogiola y la colocó en su punto primitivo.

Hecho esto, y preparándosepara otra jugada, dijo:

—Supongamos que así sea.

El maestro se atascó de nuevo, pero, haciendo un íntimo esfuerzo quequizá trascendió al exterior, continuó:

—Si es usted caballero, únicamente tengo que decirle que soy su tutor yresponsable de su educación. Usted sabe, tan bien como yo, la clase devida que pretende ofrecer a un corazón virgen y henchido de ilusiones.Por poco que se haya usted enterado, tiene que saber que la he sacado deuna existencia peor que la muerte, la he arrancado del lodo de lascalles y quizá de una futura corrupción. Estoy tratando de hacerlo otravez.

Tenemos que hablar formalmente, pues las circunstancias así loexigen. La niña no tiene padre, ni madre, ni hermana, ni hermano. ¿Esque usted trata de sustituir a alguna de estas personas?

El cómico examinó la punta de su taco y miró después en torno, con airedisplicente, y hasta en sus labios pareció dibujarse una sonrisasardónica.

—Sé que es una niña extraña y voluntariosa—continuó el maestro,—peroes mejor de lo que era. Me parece que aún tengo alguna influencia sobreella. Así es que le ruego y espero que no tome más cartas en esteasunto, sino que, como hombre y como caballero, no ose estorbarla en sucamino. Además, tengo grandes deseos...

Aquí las palabras se atravesaron otra vez en la garganta del maestro, yla frase quedó entrecortada.

El hombre del negro chambergo, interpretando mal el silencio delmaestro, alzó la cabeza con una risa irónica y salvaje y exclamó:

—¿La quiere para usted sólo, verdad? ¡Ni una palabra más!

El tono en que había pronunciado aquellas palabras, la mirada de quehabían ido acompañadas, y, más que todo, la naturaleza del hombre que seatrevía a soltar tamaño insulto, hirieron como una saeta la dignidad deljoven preceptor. La retórica que mejor convence a esta clase deanimales, es un golpe. Poseído el maestro de esta verdad, y encontrandoya sólo de este modo expresiva la acción, hizo acopio de toda su energíapara dar a puño cerrado en el cínico rostro de aquel malvado.

El golpe echó a rodar por un lado el reluciente chambergo y el taco porotro, y arrancó el guante y la piel de la mano del maestro; destrozó losángulos de la boca del patán y echó a perder la forma particular de subarba de un modo lamentable.

Oyose un grito, una imprecación, una pelea,y el pisotear de mucha gente. La muchedumbre penetró apresuradamente enla sala, se separó a derecha e izquierda y sonaron dos tiros que seoyeron casi al mismo tiempo. Se arrojaron todos sobre los contrincantes,y se vio al maestro de pie, sacudiéndose con la mano izquierda los tacosencendidos, de la manga de su chaqué.

Alguien le detenía por la otramano. Mirósela y vio que todavía sangraba del golpe, pero entre susdedos lucía una hoja de acero.

No pudo recordar cuándo ni cómo vino a supoder.

La persona que le sujetaba por la mano, era el señor Morfeo, quearrastró al maestro hacia la puerta, pero éste se resistía y se esforzóen articular el nombre de «Melisa», tan bien como lo permitía su bocacontraída y convulsa.

—Todo va bien, hijo mío—dijo el señor Morfeo.—Está en casa.

Y juntos salieron al camino. Durante el trayecto, el señor Morfeo ledijo que Melisa había entrado corriendo en la casa algunos momentosantes, y le había arrancado de ella, diciendo que mataban al maestro enla Arcada. Con el deseo de estar solo, el maestro prometió al señorMorfeo que no buscaría otra vez aquella noche al agente y se alejó endirección al colegio. Al acercarse a él se asombró de hallar la puertaabierta, y aún más de encontrarse a Melisa acurrucada detrás de unamesa.

El carácter del maestro, como lo he indicado antes, tenía al igual quela mayor parte de las naturalezas de excesiva susceptibilidad, su basede egoísmo. La cínica burla proferida por su reciente adversario, bullíaaún en su espíritu.

Probablemente, pensó, otros darían semejanteinterpretación a su afecto por la niña, tan vivamente demostrado, y queaun sin esto, su acción era necia y quijotesca. Y, además, ¿no habíaella voluntariamente olvidado su autoridad y renunciado a su afecto?

¿Yqué habían dicho todos? ¿Cómo es que sólo él se empeñaba en combatir laopinión de todos para tener finalmente que confesar tácitamente laverdad de cuanto se le había predicho?

Había provocado una ordinariareyerta de taberna, con un quídam soez y villano, y arriesgado su vidapara probar ¿qué?

¿Qué es lo que había probado? ¡Nada! ¿Qué dirían susamigos?

Y, sobre todo, ¿qué diría el reverendo señor Sangley?

La última persona a quien en estas reflexiones hubiera queridoencontrar, era Melisa. Con aire de contrariedad dirigió sus pasos haciasu pupitre, y le dijo en breves y frías palabras, que estaba ocupado yque deseaba estar solo. Levantada, Melisa, tomó la silla abandonada ysentándose a su vez, escondió su cabeza entre las manos. Alzó de nuevola vista, y ella permanecía aún allí, de pie; le estaba mirando a lacara con expresión contristada y pesarosa.

—¿Le has muerto?—exclamó.

—¡No!—dijo el maestro.

—¿Pues no te di yo el cuchillo para eso?—dijo la niña rápidamente.

—Me dio el cuchillo—repitió el maestro maquinalmente.

—Sí, te di el cuchillo. Yo estaba allí debajo del mostrador. Vi cuándocomenzó la lucha y cómo cayeron los dos. Él soltó su viejo cuchillo y yote lo di. ¿Por qué no le mataste?—dijo Melisa, rápidamente, con uncentellear expresivo de sus negros ojos y alzando una mano amenazadora.

El maestro sólo pudo expresar su asombro con la mirada.

—Sí—dijo Melisa,—si lo hubieses preguntado, te hubiera dicho que meiba con la compañía de cómicos. ¿Sabes por qué?

Porque no me quisistedecir que ibas a dejarme tú a mí. Yo lo sabía, te oí decírselo aldoctor. Yo no iba a quedarme aquí sola con los Morfeo, preferiría morir.

Hubo una pequeña pausa y Melisa sacó de su pecho algunas hojas verdes,ya marchitas, y mostrándolas con el brazo tendido, y con su rápido yvívido lenguaje y con la extraña pronunciación de su primitiva infancia,en que reincidía en los momentos de excitación, dijo:

—Ahí tienes la planta venenosa que mata y que tú mismo me enseñaste. Meiré con los actores o comeré esto y moriré aquí.

Todo me es igual. No mequedaré donde me aborrecen y soy despreciada. Tampoco me dejarías, si nome despreciases y aborrecieses.

Y, esto diciendo, su apasionado pecho palpitó con fuerza y dos grandeslágrimas aparecieron en el borde de sus párpados, pero las sacudió conel extremo de su delantal, como si fuesen insectos inoportunos.

—Si me encierras en la cárcel—dijo Melisa fieramente,—para separarmede los actores, me envenenaré. Si mi padre se mató,

¿por qué no puedohacerlo yo también? Dijiste que un bocado de aquella raíz me mataría ysiempre la llevo aquí.

Y golpeó su pecho con fiereza.

Por la imaginación del joven maestro pasó la vista del lugar vacío allado de la tumba de Smith, y el porvenir del débil ser que temblando depasión tenía ante sí, inquietó vivamente su espíritu. Asiole ambas manosentre las suyas, y mirándola de lleno en sus sinceros ojos, le dijo:

—¿Melisita, quieres venirte conmigo?

Melisa le echó los brazos al cuello, y dijo, llena de alegría:

—Sí.

—Pero ahora, ¿esta noche?

—Tanto mejor.

Agarrados de las manos salieron al camino, al estrecho camino por el queuna vez la habían conducido sus cansados pies a la puerta del maestro, yque parecía no deber pisar sola ya más.

Miriadas de estrellascentelleaban sobre sus cabezas. Para el bien o para el mal, la lecciónhabía sido aprovechada, y detrás de ellos la escuela de Red-Mountain secerró para siempre, dejando un rastro imperdurable.

EL HIJO PRÓDIGO DEL SEÑOR TOMÁS

Todo el mundo sabía que el señor Tomás andaba en busca de su hijo, y porcierto que era éste un buen truhán.

Así es que no fue un secreto para sus compañeros de viaje, que venía aCalifornia con el único objeto de efectuar su captura.

Sinceramente ycon toda franqueza, nos puso el padre al corriente así de lasparticularidades físicas, como de las flaquezas morales del ausentehijo.

—¿Relataba usted de un joven que ahorcaron en Red-Dog por robar unfilón?—decía un día el señor Tomás a un pasajero del vapor.—¿Recuerdausted el color de sus ojos?

—Negros—contestó el pasajero.

—¡Ah!—dijo el señor Tomás, como quien consulta un memorándummental,—los ojos de Carlos eran azules.

Y alejábase inmediatamente. Quizá por tan poco simpático sistema depesquisas o por aquella predisposición del Oeste, a tomar en bromacualquier principio o sentimiento que se exhiba con sobradapersistencia, las investigaciones del señor Tomás sobre el particulardespertaron el buen humor de los viajeros del buque.

Circulose privadamente entre ellos un anuncio gratuito sobre el talCarlos, dirigido a Carceleros y Guardianes, y todo el mundo recordóhaber visto a Carlos en circunstancias dolorosas, pero en favor de mispaisanos debo confesar que, cuando se supo que Tomás destinaba unafuerte suma a su justificado proyecto, sólo en voz baja siguieron lasbromas, y nada se dijo, mientras él pudo oírlo, que fuera capaz decontristar el corazón de un padre, o bien de poner en peligro elprovecho que podían esperar los bromistas de toda calaña. La proposiciónde don Adolfo Tibet, hecha en tono jocoso, de constituir una compañía encomandita, con el objeto de encontrar al extraviado joven, obtuvo, enprincipio, favorable acogida.

Psicológicamente considerado, el carácter de el señor Tomás no eraamable ni digno de atención. Sus antecedentes, tal como él mismo loscomunicó un día en la mesa, denotaban un temperamento práctico, aun enmedio de sus extravagancias.

Tuvo una juventud y edad madura ásperas yvoluntariosas, durante las cuales había enterrado a disgustos a suesposa, y obligado a embarcarse a su hijo, experimentó de repente unadecidida vocación para el claustro.