Belarmino y Apolonio by Ramón Pérez de Ayala - HTML preview

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—El bárbaro eres tú—interrumpió Lirio, mirando con ojos desdeñosos aLario—.¿De suerte que, para ti, una ciudad hermosa, una ciudadcivilizada, una ciudad lógica, es una ciudad regular y homogénea?

—Claro está.

—Si el hombre no pudiera dar de sí más que eso, la ciudad homogénea,entonces holgaba que las especies hubieran evolucionado y ascendidohasta fructificar en el género humano. Las abejas y los castoresconstruyen ciudades homogéneas.

—La ciudad de las abejas es la república ideal. Ya te he dicho que elmundo es hermoso, es pulcro, porque es lógico; eso quiere decir la vozmundo,

mundus

, si no me equivoco. Todo en el universo está sujeto amaravillosa ordenación. Lo inorgánico se rige por leyes serenas, nocontingentes. Lo orgánico y zoológico, hasta el hombre, se atiene alinstinto, que procede siempre en derechura y sin dubitaciones. Encambio, el símbolo del hombre fué el jumento de Buridán, que poseía unavislumbre o premonición de inteligencia discursiva, y por esto mismomurió de inanición entre dos montones de heno, dudando por cuáldecidirse. Antes de que las especies evolucionen y produzcan, el génerohumano, antes del orto del hombre con su conciencia, la Naturaleza sedesarrolla en un sentido ideológico de coordinación y finalidad. Seres ycosas ensamblan por algún modo sutil. La jirafa, ese animal que teagrada, por absurdo, no es nada absurdo; tiene el cuello largo, parapoder alcanzar los dátiles de las altas palmeras. El tigre tienechorreada la piel para poder disimularse entre los cañaverales.

—Y las palmeras son altas—cortó Lirio—, porque la jirafa tiene elcuello largo. Los cañaverales existen para que el tigre, confundiéndosecon el medio, adquiera una piel bonita. Esa calle existe para que yo lapinte, porque la juzgo preciosa y porque me da la gana.

—Prosigo sin hacer caso de tus chocarrerías. El advenimiento delhombre, con su inteligencia precaria, en medio de la Naturaleza, traeaparejados el desorden, la discordia, las dudas y confusiones, en cuantoa la finalidad. ¿Qué otra cosa es la inteligencia normal humana sintentación al desorden y torpeza de coordinación? Apenas levanta lacabeza, el hombre trastrueca todo el bien concertado sistema definalidades con que el universo se sustenta en equilibrio, y él mismo seerige centro del universo y foco de todas las finalidades. La finalidadde todas las cosas reside en el hombre, dice el hombre. Pero, y elhombre, ¿qué finalidad tiene? Comienza la era de lo absurdo. La lógicahumana, en su origen, es rudimentaria e ilógica, porque procede portanteos y no en derechura ni con seguridad.

Débese ello a que duranteesta etapa el hombre anda buscando finalidades absolutas, en lugar decoordinaciones experimentales y finalidades relativas; y todo porquetiene miedo a la muerte, pusilanimidad desconocida en la Naturalezahasta el nacimiento de la conciencia humana. Cuando el hombre, por fin,se limpia de niebla metafísica y se libra de superstición (que estapalabra viene de superesse

y

superstare

, sobre ser, sobre estar,sobrevivir, o seguir viviendo, y expresa el desdén irónico que sentíanlos antiguos hacia los cristianos, que creían en la inmortalidad),renuncia a escudriñar finalidades absolutas, confórmase con finalidadesconcretas, naturales, biológicas, se perfecciona, se somete a la lógicacósmica, supera el absurdo, obra con rectitud, simplicidad y eficacia,como un mecanismo perfecto; vuelve a la Naturaleza.

Lirio va a interrumpir. Lario le contiene alargando la mano.

—Aguarda. Concluyo en seguida. ¿Qué es una ciudad, y dentro de unaciudad, una calle? Una finalidad concreta; un lugar donde vivir deasiento, con agrado y comodidad. El hombre ya manumitido desupersticiones y que acepta con buena gracia los postulados biológicos,trazará una vía ancha, en lugar llano, y edificará viviendas holgadas,aireadas, luminosas, higiénicas, conforme a un patrón fijo y que mejorprovea en las necesidades domésticas. El conjunto será una calle lógica,decorosa, bella.

Contempla ahora ese callejón incongruente, hacinamientode zahurdas, que no viviendas, vergonzoso vestigio de tiempos ignorantesy supersticiosos. Quienes levantaron esas casas no pensaban vivir enellas de asiento, sino de paso, de tránsito, mientras ganaban el cielo.No les preocupaba el estar, sino el

superestar

, el sobrevivir en elotro mundo. No les importaba la humedad, el mal olor, la falta de aire,luz y agua, sino la salvación eterna. Todas las casucas se apretujan yamontonan por ponerse en contacto con el torso de la catedral, o, cuandomenos, por situarse a la sombra de su torre. Sólo hay una casa decente:esa de tres pisos, blanca y aseada, con miradores de hierro; ésa, encuyo piso terrizo hay una confitería, con su grande y llamativo rótulo,que dice: «

L'Ambrosie des dieux; le plaisir des dames. Confisserie etpâtisserie de René Colignon

—¿Has concluído?

—He concluído.

—Pues voy a responderte, sin lógica, porque me revienta la lógica. Lacasa esa blanca, yo la derruía, y a René Colignon lo ahorcaba de lo másempinado de la torre de la catedral. Dices que el hombre es hombresuperior cuando se convierte en un mecanismo perfecto; vaya, cuando dejade ser hombre. Pues yo no quiero ser hombre superior. No quieroemanciparme de supersticiones. Quiero sentirme vivir; y no me sientovivir sino porque sé que puedo morir. Amo la vida, porque temo lamuerte. Amo el Arte, porque es la expresión más íntima y completa de lavida. Pongo el Arte sobre la Naturaleza, porque la Naturaleza, nosabiendo que de continuo se está muriendo, es una realidad inexpresiva ymuerta. El árbol amarillo de otoño ignora que se muere; yo soy quien losabe, cuando en un cuadro perpetúo su agonía. El Arte vivifica lascosas, las exime de su coordinación concreta y de su finalidadutilitaria: las hace absolutas, únicas y absurdas; las satura de esacontradicción radical que es la vida, puesto que la vida es al propiotiempo negación y afirmación de la muerte. Sólo las cosas vivas sonhermosas. Esa calle es hermosa, porque vive; es lo contrario de esascalles inanimadas e inexpresivas que pregonas. Tú mismo has dicho quelas casas se amontonan, se empujan; buscan el abrigo de la catedral. Sí;parece que las casas están dotadas de volición y de movimiento. Cada unatiene su personalidad, su alma, su fisonomía, su gesto, su biografía.Una medita; otra sueña; otra ríe; otra bosteza. Aquella casona desillares de granito, angostos y escasos huecos de románico diseño, granportón de arco apuntado y escudos junto al alero, es un señorón feudalque se atreve a mirar a la Iglesia casi par a par y se mantieneapartado de ella. Aquella otra casa solariega, de entrada barroca yescudo blanquinoso, labrado no ha mucho, es un noble de ayer, y muyafecto a la Iglesia, puesto que salen del portal dos dominicos deabundantes libras. Luego vienen los burgueses, el estado llano, laplebe. En aquella casuca amarilla, de entrada abismática, como elorificio de una boca desdentada, galería de vidrios como antiparras, ytejado redondo, negruzco y a trechos desguarnecido, como gorromugriento, vive, sin duda, un prestamista. Aquella casita cenceña ylarguirucha, con ventanas pobladas de macetas y pájaros, ¿qué ha de sersino la morada de una doncella talluda? Que un zapatero se asila enaquel bajo, lo proclaman las dos disformes botas de montar que cuelgande sendas palomillas; y que el zapatero es persona de fantasía, sedesprende con evidencia del rótulo: «El Nenrod boscoso y equitativo.Zapatería bilateral de Belarmino Pinto.» ¿A qué seguir? Ya he concluídomi dibujo. ¿Qué opinas, Lario?

Lario examina el dibujo, y exclama, despojándose del sombrero, meneandola cabeza y rascándose el colodrillo:

—La calle no puede ser más fea. El dibujo no puede ser más hermoso.

Puesto que ya la has perpetuado, ahora debían arrasar la Rúa Ruera.

CAPÍTULO III.

BELARMINO Y SU HIJA.

El Círculo republicano de Pilares estaba en la misma embocadura de lacalle del Carpio, adosado al caserón de los Jilgueros, dos hermanosricos, don Blas y don Fermín Jilguero, canónigos los dos, que habíanedificado aquella fábrica, alarde y amenaza a la vez, frente por frentedel mismo palacio episcopal. La intromisión del Círculo republicano enla barriada eclesiástica traía muy desasosegados al obispo, a losJilgueros, a todo el cabildo y a la tropa menuda clerical que allíavecindaba. Siempre que había reunión en el Círculo, salían losasistentes lanzando gritos inflamatorios, cuando no blasfematorios. Porfortuna, el Círculo tenía poca cabida. Componíase de un aposento, nadaholgado, con dos litografías por toda decoración, y seis sillas y unamesa por todo ajuar, que el partido local había alquilado a la viuda deun talabartero, furibundo federal en vida.

—¿Qué es la república? Un maremágnum, el ecuménico de los beligerantes,el leal de la romana de Sastrea.

Pero, sobre todo, abundo en lo delecuménico. Y si no, aquí estamos entre cuatro paredes…—

BelarminoPinto, que era quien hablaba, se detuvo a escoger vocabulario adecuadoen donde escanciar la abundancia de su ideación.

—Pido la palabra para alusiones—dijo Carmelo Balmisa, un sastre muyleído.

Belarmino se volvió para mirarle, sorprendido, casi asustado. Cada vezque le sacudían de sus divagaciones y le sacaban del ensimismamientooratorio, exigiéndole atención hacia el mundo exterior, se le hacía másviolencia que si le metiesen las manos en los bolsillos y se los dejasenvacíos y vueltos del revés. Tenía el rostro enjuto, extático, deinfantil dulcedumbre, estrecho en la mandíbula, elevado y espacioso enla frente; los ojos negros, húmedos y llameantes: dos lenguas de fuegoflotando en óleo. Era un hombre joven aún.

—Yo soy el aludido—insistió Balmisa.

—¿El adulado?—preguntó Belarmino, esforzándose en descender hasta larealidad externa.

—El adulado, no; el aludido—rectificó el sastre.

—Es lo mismo—respondió Belarmino, a punto de evaporarse nuevamente yeximirse de las circunstancias en redor suyo—. Aludir es el dichovulgar, el material tosco. Adular es la forma confeccionada. La alusiónes siempre una adulación. ¿Te inclinas al dicho vulgar? Sea. ¿En qué tehe aludido?

—Has hablado de Sastrea. Asumo que es algo tocante a mi profesión desastre. Exijo que me interpretes la frasecilla completa, por si elconcepto es ofensivo. ¿Qué es maremágnum? ¿Qué es el ecuménico de losbeligerantes? ¿Quién es el leal de la romana de Sastrea? Me lisonjeo queno has dado a entender que hay un enamorado de mi costilla, que esRamona, y no romana.

—¡Oh celebro vulgar!—exclamó Belarmino, resignado y abatido—. Tendréque explicarme con palabras vulgares, para que te penetres. Maremágnum,ello mismo lo dice, es el non plus ultra, lo mejor de lo mejor.Ecuménico es lo mismo que reunión de conformidad. Los beligerantes, losque están en contra. Leal, monta tanto como fiel. La romana es parapesar. Sastrea, lo sabe cualquiera, es la señora que está pintada en laAudiencia.

—Ahora comprendo; sólo que como eres tan misterioso…—insinuóBalmisa, guiñando maliciosamente un ojo a dos testigos mudos, uno eldirector de un diario republicano local, en donde colaboraba el sastre,y otro un tendero de pasamanería, que se reían disimuladamente deBelarmino—.Has querido decir que la república es un desiderátum, laconciliación de los contrarios y el fiel de la balanza de Astrea.

—No lo he querido decir, sino que lo he dicho.

—Pero no te habíamos entendido.

—¿Has entendido a Salmerón, cuando vino a Pilares a pronunciar aqueldiscurso?

—Me lisonjeo que sí.

—¿Del todo, del todo?

—Hombre, del todo….

—Pues Salmerón dijo lo que nosotros pensábamos; por eso él y nosotrossomos republicanos. Pero lo dijo de forma que sólo le podíamos entenderalgunos; por eso es filósofo. Yo también soy aprendiz filósofo. Tú eresun celebro vulgar.

—Me resigno. Ahora explícanos lo de las cuatro paredes.

—Eso es el ecuménico. ¿En dónde estamos? En una habitación. ¿Qué esesta habitación? Un cuadrado. ¿Y

qué es este cuadrado? Un círculo: elCírculo republicano. La cuadratura del círculo. Por eso la república esel ecuménico.

—¡Bravo! ¡Bravo!—gritaron el sastre, el periodista y el mercero,desternillándose de risa.

Belarmino comenzó a exaltarse, ignorante ya de quienes le rodeaban.

—Nosotros estamos suscritos en este cuadrado.

—Por una cuota de dos pesetas mensuales—comentó el mercero.

—Somos círculos que estamos suscritos en un cuadrado.

—¡Ah! Inscritos—aclaró el periodista.

—Cada hombre es el centro de un círculo infinito, como dijo Pascual.

—¿Qué Pascual?—preguntó el sastre.

—Como no sea Pascal—sugirió el periodista.

—Aquel faro de la humanidad—prosiguió Belarmino, refiriéndose almentado Pascual—que aborrecía a los jesuítas, como nos dijo Salmerón ensu discurso. ¡Mueran los jesuítas!—gritó Belarmino, fuera de sí, puestoen pie—. ¡Viva Pascual! ¡Viva Salmerón!—clamó, señalando unalitografía, color sepia, que colgaba de la pared y representaba alaclamado—. ¡Viva la república!—señaló otra litografía iluminada, quefiguraba una señora gorda, con túnica tricolor, una antorcha en la manoy a los pies un león y unas cadenas rotas—.

¡Muera la curia romana!¡Muera el Tribunal de la Rota!

—Muérete tú de una vez, tontorontaina, adúltero, babayo, antes que nosmates a todos a disgustos—

chilló una voz mordaz, al tiempo que unamujer, antes joven que vieja y nada fea, con la faz distendida, como unaEuménide, penetraba, vestida de huracán y desolación, en aquel círculoque era un cuadrado, e iba a hacer presa sobre Belarmino. Era Xuantipa,la mujer legítima del agudo, elocuente y fogoso zapatero. El nombreXuantipa provenía, por contracción, de Xuana la Tipa, alias o apéndiceadquirido por herencia paterna. Su progenitor Xuan, el Tipo, vinatero,procedente de Toro, fué el primer usufructuario del dicho apéndice oalias, y lo debía a que, estando irritado, y se irritaba a menudo,amenazaba con quitar el tipo al

sursum corda

. Xuantipa se ataviaba ala usanza, llamativa y gentil, de las menestrales: pañuelo de sedaamarillo al cuello, pañoleta de Vergara, de colores vivísimos, cruzadaal pecho y anudada a la espalda, falda de cretona azul, rameada enblanco. Belarmino vestía a lo señor. El único signo de sus menesteresprofesionales era un delantal de piel, que llevaba arrollado bajo elchaleco, habiendo dejado por descuido un ángulo fuera, al modo de mandilmasónico. Existía notoria incongruencia entre Belarmino y su mujer.Xuantipa zamarreó a Belarmino y le arrastró por las solapas haciafuera.

Belarmino miraba con gesto exculpatorio a sus amigos, comodiciendo: «Perdono; es una mujer inferior». Antes de salir, Xuantipaapostrofó a los que quedaban:

—Pillos, que tomáis a este babayo de mona para reírvos.

Según bajaban las escaleras, Belarmino bisbiseaba, como si hablaseconsigo mismo:

—Y esto un día, y otro día, y otro día….

—Lo mismo digo yo—replicó iracunda Xuantipa—; un día, y otro día, yotro día, y jamás aprendes, babayo.

—Ya te he dicho, mujer, que todo lo llevo con resignación, todo, menosque me llames babayo. Con esa palabra vulgar me parece que me cubres deinmundicia.

Xuantipa condujo de la solapa a Belarmino, a través de las acostumbradascalles de amargura. Los chicuelos les seguían, a distancia prudente,canturreando:

Hoy a la Xuantipa le duele la tripa. Monxú Codorniú, lo pagarás tú.

La Xuantipa les arrojaba guijarros. Desparramábanse los pilletes, perovolvían a poco con la cantata.

Belarmino caminaba con talante digno yadmirable. Así llegaron a la zapatería. En la zapatería aguardaba aBelarmino un caballerete. Xuantipa se perdió por una puerta de latrastienda. Quedaron a solas el caballerete y Belarmino. Dijo elcaballerete, apuntando desdeñosamente con el bastón a un par de botasque yacía sobre el mostrador:

—Belarmino, te devuelvo ese par de botas; no me sirven. Tú haces elcalzado sedicioso, republicano….

—Usted dispense, don Manolito. En mi profesión soy analfabético. Quierodecir que, como zapatero, no tengo preferencias políticas, sino comociudadano. La ciencia zapateresca ignora las cláusulas políticas; poreso es analfabética. Yo, lo mismo hago botas de monte y campo, que botasde montar o zapatos higuelife. También confecciono calzado parareligiosos y sacerdotes; ahí ve usted, don Manolito.

—Esas botas no me sirven. Estoy decidido a encargarme el calzado fuerade Pilares.

—¿Qué le vamos a hacer? Pero este par de botas…—murmuró Belarmino,dando vueltas a una de ellas, y descubriendo consternado los desgastes yquebrantos que la bota había padecido por el uso, evidentemente prolijo.Añadió con timidez:—Están muy usadas.

—Por favorecerte, las he puesto un par de veces.

—Algo más—se atrevió a corregir Belarmino.

—Quizás media docena de veces. Cuando las recibí y las probé, vi queno me estaban bien. Pero pensé: «¡Si se las devuelvo al pobre Belarmino,creerá que es manía.» Y me las puse, para ensayar si se adaptaban alpie.

Imposible. Pues no conforme con esto, y porque me disgustabadevolvértelas, ensayé otros días, no más de seis veces, hasta que, apesar mío, me convencí que no me sirven. Y todavía no me agradeces elfavor….

Temo que has perdido los papeles; pero, con todo, y antes deencargar el calzado fuera, me resigno a que me hagas otro par, a ver siesta vez aciertas. Ea, abur.

Y se fué.

Belarmino extrajo del cajón del mostrador un libro, que era undiccionario de la lengua castellana, y con él bajo el brazo se sentó enuna silleta, cerca de una de las puertas de entrada.

—¡Eh, tú, Celesto! ¿Estás ahí?

De un ángulo de sombra surgió un rapacejo pelirrojo, como de doce años:el aprendiz. Se acercó con la boca abierta.

—¿Tienes algo que hacer?

—Nada.

—No hay encargos, ¿verdad?

—No, señor.

—Pues saca de paseo a la neñina, hasta la plaza de la catedral, que dael sol. Yo quedo aquí al cuidado.

El rapacejo penetró por la trastienda y volvió a salir en un momento,con una criatura de unos siete años.

Belarmino la tomó en brazos:

—¿Quieres a tu padre?

—Sí, quiero—respondió la preciosa chiquilla.

—¿Mucho?

—Mucho, mucho.

Belarmino besó a su hija con ternura y largueza Luego se la encomendó alaprendiz, dándole de paso una moneda de cinco céntimos:

—Toma una perrina, para que le compres una cachava de caramelo. Y quesea colorada, porque de ésas le gustan más.

Y ya por su cuenta, Belarmino abrió el diccionario y comenzó a tomarnotas en un cuadernillo de hule que sacó de la chaqueta. Apenastranscurridos cinco minutos, irrumpió en la zapatería el voluminoso yrubicundo don René Colignon, fabricante de achicoria y confitero. Surubicundez era tan flamígera que proyectaba reflejos en las paredes.Tenía, además, la epidermis tirante y barnizada, como una vejiga demanteca, y poseía una perilla color de trigo, esmeradamente construída,desde donde se alzaba la blanquecina barbeta, como un huevo en unahuevera de latón dorado. Ojillos galos, rabelesianos, azules y alegres,que delataban al deleitante de la mesa y del lecho.

Como antes de penetrar el señor Colignon le anunció, al modo de heraldo,un resplandor rojizo y canicular, Belarmino se apresuró a esconder ellibro y el cuadernito de notas.

Oh, monsieur le cordonnier! Mon cher ami le cordonnier!

—entródiciendo el señor Colignon, con modulaciones y altibajos en la voz, quesonaban como las gárgaras de un pavo; los brazos abiertos, con queestrechó contra su corpacho al manso, dulce y enjuto Belarmino—. Que yoos quiero, ilustre y simpático

cordonnier

.

—Yo también le quiero a usted, señor Coliñón, sin guardarle rencor porel mote.

—Que no ha estado mi falta, amado Belarmino.

El caso es que las gentes, nada avezadas a la prosodia francesa, habíanconvertido el monsieur le cordonnier

en monxú Codorniú.

—Y hasta me han sacado cantares—añadió Belarmino.

—Ya, ya; pero ello no ha estado mi falta.

—Lo sé. A mí me gusta hablar con usted, que es persona ilustrada y sabede tierras lueñes; sobre todo, que viene usted de una república deestranjis.

—De estranjis…. ¡Ja! ¡Ja! Delicioso….—El señor Colignon emitió unarisotada que era como sonoro glogló de pavo.—Quería preguntarte unapequeña cosa que me ha venido anoche a la cabeza. ¿Por qué es que túllamas tu zapatería «El Nenrod boscoso y equitativo», y metes que esbilateral?

—Quedará usted complacido en un finiquito.

El aquel de hablar bien y pensar de doble fondo, y, en antonomasia, serfilósofo.

—¿Eres tú filósofo? Creía que tú eras solamente republicano y orador.

—¿Orador? ¡Arreniego! Los oradores son los lentes—(lentes =entes)—más vulgares. Desprecio la oratoria.

Claro que hablo en público;pero no quiero ser orador, sino locuente, sólo locuente, como mi maestroSalmerón. Bueno; también republicano de celebro; por eso soy filósofo.Ahí está Salmerón. Yo no soy todavía del todo filósofo; pero cada día losoy más. Y andando el tiempo…. Pues el aquel de la filosofía no es másque enanchar las palabras, como si dijéramos meterlas en la horma. Siencontrásemos una sola palabra en donde cupieran todas las cosas, vamos,una horma para todos los pies; eso es la filosofía, tal como la apuntami intelecto. Ya daré, ya daré en el chisgaravís—(chisgaravís =quid)—. Entre que doy o no, me aplaco haciendo hormas para varios piesy enanchando palabras para varias cosas, cuantas más, mejor; ecolicuá eldoble fondo. Ahora usted se penetrará. El Nenrod; éste es nombre propioy no se puede enanchar.

Boscoso; adula, o como otros vulgares dicen,alude al boscan, que es una piel, al bosque o monte, porque hago botasde monte, y al oso, porque se engrasa el material con unto de oso.Equitativo; porque hago botas de montar, o sea de equitación; porqueestán hechas sobre seguro, como en la Equitativa, y porque la cienciazapateresca ignora las cláusulas políticas, y así manifactura unescarpín para la reina de Escocia, como un zueco ferrado para elsacamantecas, o un zapato de hebilla para el camarlengo; total, equis.

El hervor que se movió en el recinto torácico del señor Colignon ya nofué glogló de pavo singular, sino greguería de piara navideña. Abrazabauna y otra vez a Belarmino, diciéndole, en los ojos lágrimas provocadaspor la risa:

—¡Que tú eres grande,

monsieur le cordonnier

, que tú eres grande!

Las regocijadas zalemas del señor Colignon no enojaban a Belarmino;antes le producían emoción y halago. Era muy penetrativo el zapatero,rápido en percatarse del mecanismo y expresión de pasiones y afectos;pero como al propio tiempo su bondad aventajaba aún a su penetración,cuando sospechaba un sentimiento ajeno de hostilidad o mofa, rehuíadarse por enterado. Sabía distinguir, por lo tanto, entre risas y risas.En las risotadas del abundante y rubicundo señor Colignon, especie derebase ex abundantia cordis

, Belarmino adivinaba una amable cualidadpersonal, o acaso cualidad de raza: la de admirar con alegría. ¡Cuán deotro linaje las risitas celadas y maliciosas del sastre Balmisa y demástertuliantes del Círculo republicano; expresión ambigua de un corazón desecano y de un celebro oscurecido! Así pensaba el zapatero. Pero comocompadecía y amaba, porque lo habían menester, a sus contertulios,asistía diariamente a ejercitarles en los procedimientos del discurso dedoble fondo.

Ya que el señor Colignon terminó de sahumar el ambiente con aquelcopioso rebase de optimismo, Belarmino quedó un punto en suspenso,temeroso de que su interlocutor solicitase por último el significado dela palabra bilateral aplicada al establecimiento de zapatería. Comofilósofo catecúmeno, Belarmino empleaba algunos términos a los cualesdaba valor místico, y cuyo contenido no hubiera acertado jamás aelucidar satisfactoriamente. Por fortuna, el señor Colignon olvidóllevar sus pesquisas hasta la bilateralidad de la zapatería. El francésy el español prosiguieron la cháchara, muy al mutuo sabor, hasta que sepresentó Xuantipa. La zapatera consorte se dirigió al señor Colignon conextremada cortesía y miramiento. Estas civiles afectaciones no seproducían en Xuantipa sino en coyunturas extraordinarias y con razónsuficiente.

La razón era que hacía tiempo el señor Colignon habíaprestado al matrimonio Pinto mil pesetas, sin recibo ni documento algunocomprobatorio, y la Pinta premeditaba sangrar nuevamente al sanguíneo yrubicundo confitero, y aliviarle de un regular chorro de pesetillas. Elseñor Colignon era muy rico. La gran casa en donde vivía y ejercía elcomercio era de su propiedad. La había levantado con los rendimientosabundosísimos de la confitería, pastelería y chocolatería, y de unafábrica de achicoria que poseía en las afueras de la ciudad. En cambio,hasta los gatos de la calle sabían que la casa Pinto decaía, seempeñaba, estaba en un tris de desaparecer, debido a que Belarminodescuidaba sus intereses por mezclarse en politiquerías.

—¿Qué botas son éstas?—preguntó Xuantipa, indicando los miserablesresiduos que don Manolito había desechado a pretexto de que no le habíanservido—. Parecen botas de un pobre de los caminos.

—Son unas botas de don Manolito Cuevas; para un arreglo.

—Pues no se las arregles si no las paga por adelantado; es un hambrón,que no tiene ni para sardinas—

rezongó Xuantipa, recobrando su habitualrostro torvo, de Euménide—. ¿Cuántos pares te debe?

Belarmino no se acordaba con precisión. Lo mismo podían ser quince, que veinte, que veinticinco pares. Pero, ¿cómo se lo decía a la irritable Xuantipa, sin suscitar una escena ominosa, y en presencia del señor Colignon?

—Dos o tres pares—dijo, al fin, Belarmino.

—¿No sabes si son dos o tres?—preguntó Xuantipa, irguiéndose rápida yenderezando las sierpes de sus ojos hacia el anonadado Belarmino.

—Lo tengo apuntado.

—¿En dónde? A ver, a ver…—exigió Xuantipa, alargando el brazoamenazador.

—Mujer…—suplicó Belarmino.

—Xuantipa, cuando él lo dice…. Belarmino es un hombreverdadero—medió el señor Colignon.

—¿Ese un hombre verdadero? ¿Ese mastuerzo, ese babayo, un hombreverdadero? Lo habrá sido antes, de soltero. Ahora…. Un tontorontaina,un hazmerreír, un holgazán. Eso, eso es lo que es. Usted no le conoce,señor Coliñón.

—Esto que yo he deseado decir es que Belarmino habla verdad. Sea ustedtranquila, Xuantipa; póngase usted tranquila.

—¡Tranquila, tranquila!… Si es para tocarse del queso. Esto se lolleva la trampa, porque no hay un hombre aquí. ¿Qué va a ser de mí? ¿Quéva a ser de esa pobre neñina inocente? Porque yo, bien lo sabe Dios,perdono, hago como que no sé. Pero no me chupo el dedo…. ¡A mí me lava a dar ese babayo!…—

rugió Xuantipa con voz ronca y ojos áridos ycontraídos, que se esforzaban inútilmente en exprimir algunaslágrimas—. Pero se ha acabao, se ha acabao y se ha acabao. Se lo juro austed por éstas—y, más que besar, chascó los labios, delgados y secos,sobre una cruz improvisada con el pulgar y el índice de la manodiestra—. Desde hoy mismo, tomo yo el gobierno de todo, y si éste nosirve para otra cosa, que haga las camas, y lave los orinales, y barra,y cocine, y que cante el himno de Riego mientras friega los platos.

—Pero, ¿es que sabe usted hacer calzado? Porque eso es loprincipal—dijo sonriente el señor Colignon, procurando rebajar eldiapasón dramático de la escena a un tono más cuoloquial y tranquilo.

Belarmino permanecía baja la testa, de precoz calvicie; un haz de luzvenía al soslayo a clavarse en ella, como una espada en la cabeza de unmártir.

—Pues si yo supiera hacer calzado…—replicó Xuantipa—, estaba yatodo requeterresolvido y en un periquete. Pero, ya ve usté…. Cuandonos casamos, había aquí seis oficiales y oficialas, y no dábamos abastoa los encargos y pedidos. Un miserable aprendiz sóbranos hoy.

—Bueno, hace falta volver a lo de antes, y volverán ustedes—afirmó eloptimista y rosáceo señor Colignon.

—¡Dios le oiga!—oró Xuantipa, adoptando una actitud devotaconvencional.

—Yo creo que usted debe intervenir algo en el negocio, Xuantipa: llevarla administración, hacer a los deudores que ellos paguen…. Usted sirvepara eso, tanto como Belarmino creo que no sirve.

—¿Que si sirvo? Si éste me dijera de verdad quiénes son los que nopagan, le prometo a usted que, o pagan, o les saco el galillo.

—¿Qué es lo que tú opinas de mi plan, Belarmino?

—Bien, muy bien—elevando los ojos, con beatitud.

—A éste, todo lo que sea ahorrarse trabajo y molestias le sabe agloria.

—Él hará lo que le pertenece—declaró convencido el señor Colignon—.Y ahora, ¡coraje y hacia adelante!

Un nuevo personaje penetró desde la calle. Era un vecino, sin duda,puesto que venía con cilíndrico gorrete de andar por casa, muycochambroso por cierto; nariz minúscula y erisipelosa; antiparrascuadradas; color amarilla; boca circular, desdentada, negra, honda comouna sima. Vestía levitín raquítico, rapado y camaleónico, por sustornasoles; bufanda de Palencia, enroscada al pescuezo; estrechospantalones a cuadros, con sendas prominencias en las rótulas. Calzábasecon zapatillas de orillo. Sobre la oreja diestra, larga pluma de ave,color toronja; la bocamanga izquierda, revestida con una especie demalla o red de negras rayas, que no eran sino las huellas y rasgos dehaber limpiado allí los puntos de la pluma. Emitía en la atmósfera unefluvio sombrío y pesimista, como si poseyese una zona de influencianefasta. Era, por prestigio o metamorfosis, la encarnación humana deaquella ictérica casuca de la Rúa Ruera, en donde el pintor Liriocalculaba que no podía por menos de vivir un prestamista.

Así como los joviales espíritus diurnos se alejan con ruborosas alasapenas despunta por Oriente el íncubo nocharniego, el señor Colignon,desasosegado, aturdido y pálido por dentro, pues por fuera no se loconsentía su imposible rubicundez, se despidió y tomó la salida, no sinque Xuantipa le dijese al partir:

—Con su apoyo contamos, señor Coliñón, y Dios se lo premiará.

—Ajá, ajá. ¿El franchute apoya? De perlas, hijos, de perlas—comentódon Angel Bellido, que éste era el nombre, tan propio cuanto impropio,del prestamista.

—Sí, señor Bellido. ¿Sale usted del limbo? ¿Quién no sabe que el señor Coliñón es uña y carne con nosotros?

—Hija, tanto como uña y carne…. Que sea carne, que carne, gracias aDios, no le falta, y que vosotros seáis la uña…, doyme porsatisfecho—dijo don Ángel—. Pero, como quiera que yo todos los díastengo el gusto de hacervos una visitilla para refrescarvos la memoria, yvosotros nada me decíais ni me dejabais entrever…. Porque, acá, parainter nos, la cosa presentaba un cariz… que… ya, ya… ya meentendéis.—El señor Bellido era singularmente afecto a los puntossuspensivos. Todas sus sentencias dejaban un rumor silbante de cohete.El que le oía, quedábase anhelante, esperando el estallido de la nuez.Generalmente, los cohetes no llevaban nuez. Pero cuando estallaban, labomba era de dinamita. Prosiguió el señor Bellido.—

Porque el préstamo ylos intereses acumulados ascienden….—Psss…. El cohete ascendía en elespacio.

Silencio. Ansiedad.—Ascienden a diez mil pesetas. Constan endocumento ejecutivo. Vos pudiera embargar en el acto y, por no perderlotodo, quedarme con estas cuatro porquerías que aquí tenéis, que novalen ni la mitad del débito.—Tal fué la bomba de dinamita que donAngel Bellido hizo estallar sobre la mansa cabeza de Belarmino y lafrente arisca de Xuantipa.

Xuantipa, como más inconsciente, se dejó dominar por el espanto.Belarmino, con su intuición repentina de los sentimientos, comprendió loque debía responder:

—Mala ocasión sería para embargarnos, ahora que no hay materiales enalmacén ni apenas calzado en existencias.

—Quita allá, hombre de Dios—se apresuró a decir el señor Bellido—.

¿Pero es que yo he hablado de embargarte? He dicho que si quisiera….

Pero qué lejos está de mi ánimo…. Y más ahora que el señor Coliñón vos apoya….

—No es que nos apoye—declaró el sincero Belarmino.

—¿Ehhh…?—preguntó alarmadísimo el señor Bellido, estirando elpescuezo y asomando las pupilas por encima de las cuadradas antiparras.

—¿Cómo que no? ¿Pues no acabamos de hablar mano a mano y como Cristonos enseña?—terció, sofocada, Xuantipa.

—Yo prefiero no mezclar a mi amigo, el señor Coliñón, en estosasuntos—dijo Belarmino.

—Te entiendo, picarín—gangueó el señor Bellido, retirando los ojuelos,uno de ellos con guiños de despedida, detrás de las vidrieras, yretrayendo el pescuezo a su longitud usual—. Tú no quieres que sedifunda la noticia de que el franchute es tu socio capitalista, ¿eh?Pues, por mí…. Y para que te convenzas de que merezco tu confianza, voya darte otra noticia. Un zapatero de fuera, zapatero de lujo, viene aestablecerse en esta misma calle. Es un protegido de la duquesa deSomavia. Conque…. Ojo al Cristo, que es de plomo. Para competir,tendréis que apretar. Díselo al franchute. Que suelte mosca.

En esto que, con ágil y perfumado revoloteo de brisas primaverales, sehizo presente una dama. Llegar ella y escapar el prestamista, todo fuéuno. No se dijera sino que la zapatería sólo tenía cubicación disponiblepara una persona de fuera. Cada recién llegado era el clavo que sacabaotro clavo.

La dama exhalaba melindrosos resoplidos y se agitaba de aquí acullá congentileza enteramente adolescente.

Vista por la espalda, era unafigurilla breve, fina y graciosa. El anverso de la medalla no secorrespondía con el dorso; pecho alisado con rasero; rostro acecinado yde ojos conspicuos; una faz del todo masculina.

—¡Uf, uf! ¡Qué hombre ése!—rompió a parlotear—. Qué aspecto dedesenterrado. Si huele a camposanto…. No sé, Belarmino, como le admiteusted aquí. Ha dejado un tufo…. Esta noche me da la pesadilla. ¡Ay! Sile veo no entro. Pero el otro me venía siguiendo. Y busqué en ustedesrefugio, asilo, amparo. Cada día más atrevido. Es capaz de entrar en posde mí. ¡Qué Anselmo, señor!… Pero a cada cual lo suyo; hay quereconocer que es guapo, simpático, buen mozo y elegante que no cabe más.Envía las camisas a planchar a Madrid. Ya me pasma que haya tardadotanto en pasar por la puerta. Me asomaré con disimulo a espiarle. Allíestá. Se ha quedado en acecho a la puerta de la confitería. ¡Quétenacidad! ¡Qué constancia! Y así cinco, seis años; he perdido lacuenta. Si yo le diera pie, nos casábamos en un decir amén.

Pero no meatrevo, no me atrevo. El tálamo me impone. Y admito que una joven nodebe estar soltera y sola.

Hay lenguas como agujas de colchón. Pero eltálamo me impone, me impone. Venía volada por la calle, y él detrás,detrás. ¡Qué asiduidad! ¡Qué perseverancia! ¡Ay! Déjenme ustedes querepose y tome aliento.

Aquella criatura facunda y versátil, especie de andrógino reseco y sinincentivo, vivía en la Rúa Ruera, y se llamaba Felicita Quemada. Sutenaz y perseverante perseguidor, hombre un tanto machucho, comocuadraba con la dama, pasaba en Pilares por arbitro de las elegancias yocupaba el lugar más distinguido en la política local. Era vicario delduque de Somavia, el cacique de la jurisdicción, que se pasaba la vidaen Madrid. La vicaría o representación no se limitaba solamente a losasuntos de la política de campanario. La elegancia veníale a Novillotambién por delegación o apoderamiento del aristócrata, viejo verde ycurrutaco. Novillo, en lo indumentario, constituía una réplica, algorebajada, de su protector el duque, el cual le enviaba desde Madridcorbatas, cuellos postizos, calcetines y chalecos de fantasía semejantesa los suyos, aunque de clase inferior, y trajes, de paño catalán,imitados de los que él usaba, de paño inglés. Los amores de Novillo y laQuemada, o, como le decían en Pilares, la Consumida, habían llegado aser a manera de rasgo típico o suceso rutinario y familiar en la vida dela calle y de la población entera. Databan los amores desde más de doslustros; los habían iniciado estando los dos muy corridos en años, y nohabían trascendido del estadio del más puro romanticismo, platonismo einefabilidad. La Consumida jamás hablaba de otra cosa. Novillo jamáshablaba de ellos, y si se los mentaban, sentíase gravemente ofendido.Los vecinos de Rúa Ruera y de la ciudad tomaban por lo cómico aquellosamores, y a Novillo, acaso por su edad, quizás por su corpulencia, talvez por satírica suspicacia, le sobrenombraban el Buey. Pero el amormudo y constante de Anselmo y Felicita encerraba, bajo el aspectoridículo, emoción patética. Aquella timidez invencible de Anselmo (él,tan osado en los manejos de la administración municipal y provincial yen las estratagemas electorales), ¿cómo podía explicarse sino por lafatalidad? ¿A qué podía atribuirse sino al sañudo antojo de la Némesisadversa?

Buscábanse sin cesar Anselmo y Felicita, vivían el uno para elotro; pero la Némesis antojadiza había herido de mudez a Anselmo ycolocado entre los dos, además de esta barrera de silencio, un anchovalladar infranqueable, aunque de aire delgado y transparente. Lapropincuidad máxima del objeto de su amor a que Anselmo aventurabaacercarse era una distancia de cinco metros, como si al llegar allítropezase con un obstáculo cristalino e invisible. Ahora, que estadistancia la conservaba de continuo. No parecía sino que Felicita estabaencerrada en un fanal o gran campana de vidrio. Dentro de aquellaprisión imperceptible para los ojos, Felicita se consumía lentamente; defuera, Novillo se detenía estupefacto, sin apenas atreverse a mirar a laamada cautiva. Añádase, en honor de la verdad, que el tormento surtíacontrapuestos efectos en Novillo que en Felicita, pues a Novillo no lerobaba carnes, antes se las añadía. Y conste, por último, que lafidelidad de Novillo era absoluta; nadie le conocía otros galanteos, nisiquiera claudicaciones de amor mercenario, en una capital de provinciadonde todo se sabe.

Sentóse Felicita, respiró fuerte, tomó aliento, pero no se reposó, sinoque, tan pronto como había tocado el asiento, saltó en pie de nuevo,sacudida por aquel dinamismo fatídico que la tenía en los huesos, ytomando unos papelorios que llevaba debajo del brazo, los extendió sobreel mostrador.

—Vea usted, Belarmino. Éste es

El Espejo de la Moda

, y éste

LaSílfide Mundana

. Vea usted. Hay una parte consagrada al calzado. Aquíhay un par de zapatos que me enamora. ¿No podría usted hacerme uno así?Soy muy exigente para el calzado. Es mi debilidad. A las personas biennacidas se les conoce por los pies. Un pie juanetudo denota un espíritugrosero. Anselmo es, lo mismo que yo, esclavo del bien calzar. Lo habráusted observado. Vea usted estos zapatitos que describe

La Sílfide

.Son de piel de Escandinavia. ¿Tiene usted ese material? Llevan pespuntesy picados de cabritilla blanca. De eso sí tendrá usted. En todo caso,podremos aprovechar algún viejo par de guantes de los innumerables queposeo. Esta es otra debilidad mía. El guante y el calzado; la mano y elpie. A todo esto, me estoy distrayendo más de lo debido. Y, a propósito;ahora se me ocurre, ¿le parecerá mal a Anselmo que entre en su casa deusted, Belarmino? Como él es dinástico y usted tan subversivo….

Pero,no. Si le pareciese mal, me lo hubiera dicho. Ea, me voy. Me llevo lasrevistas de modas. Ya hablaremos con calma de los zapatos de piel deEscandinavia.

Y salió, con perfumado revoloteo de faldas, sin haber dejado en todo eltiempo de su permanencia un solo resquicio por donde Xuantipa oBelarmino hubieran podido colarse a decir esta boca es mía. Esta escenase repetía casi a diario. Era obligado que penetrase creyéndoseperseguida, que proyectase vagamente hacerse un par de zapatos, y que,de postdata, le acometiese el escrúpulo de si a Novillo le placeríanaquellas visitas al zapatero subversivo. A poco de salir Felicita,cruzó, por delante de las puertas de la zapatería, don Anselmo Novillo,con solemnidad de hombre corpulento, machucho y poseído de su elegancia.Comenzaba a pasear la calle a Felicita y pasearía durante tres o cuatrohoras.

Xuantipa se retiró a preparar la cena. Belarmino, a solas, apoyó lafrente en ambas manos, meditabundo. Así estuvo, sin moverse, largoespacio, hasta que volvieron el aprendiz y la niña. Obscurecía ya.Belarmino despertó de su meditación para besar y abrazar a su hija,silenciosamente, con ahinco y ternura, todavía más exagerados que deordinario. Se le humedecieron los ojos.

En la tienda reinaba total tiniebla.

—¿Enciendo luz?—preguntó el aprendiz pelirrojo.

Belarmino tardó en responder; le faltaba la voz.

—No hace falta. Ahorraremos en luz. Vete a la cocina con la niña, yayuda al ama, si hace falta. Alúmbrate con este fósforo. Cuidado.

Belarmino se recogió otra vez a meditar, empapado en la tiniebla.Belarmino, ahora, no se desleía en aquellas especulaciones filosóficas,o lo que él entendía por tales, que últimamente, en los dos o tresrecientes años, le habían acaparado la actividad del pensamiento y losafanes del pecho, sin dejar lugar ni vado para ninguna otra ocupación osentimiento, a no ser el amor por su hijita. No; ahora Belarmino nocavilaba sobre el problema del conocimiento, sino sobre el problema dela conducta; no le preocupaba lo que debía pensar, sino lo que debíahacer. Su vida externa, el curso y movimiento de su vida social, era almodo de una rueda dentada, en engranaje con otras; esta rueda cada díarealizaba mecánicamente una vuelta completa, entreverando sus dientescon los dientes de las demás ruedas, siempre los mismos y siempre de lapropia forma y disposición, y de suerte que no cabía averiguar si ellahacía girar a las otras o las otras le hacían girar a ella, o si la unay las otras rodaban con regularidad a impulsos de un mecanismo incógnitoy enorme. Aquel día había sido idéntico a otros incontables días, en elrodar de los días de Belarmino. Y, sin embargo, aquél era un día señero,un día crítico, un día que le había provocado una intuición profunda delporvenir, o, como Belarmino se decía a sí mismo en aquellos instantes,empleando el tecnicismo esotérico de su inventiva, un faraón crónico

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