Belarmino y Apolonio by Ramón Pérez de Ayala - HTML preview

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1921

PRÓLOGO

EL FILÓSOFO DE LA CASAS DE HUÉSPEDES

Don Amaranto de Fraile, a quien conocí hace muchos años en una casa dehuéspedes, era, sin duda, un hombre fuera de lo común, no menos por latraza corporal cuanto por su inteligencia, carácter y costumbres. Algúndía quizá se me ocurra referir por lo menudo lo que hube de averiguar desu vida, y sobre todo recoger por curiosidad sus doctrinas, opiniones,aforismos y paradojas; de donde pudiera resultar un libro que si noemula las

Memorabilia

en que Xenofonte dejó reverente y filialrecuerdo de su maestro Sócrates, será de seguro porque ando yo tan lejosde Xenofonte como don Amaranto se aproximaba, tal cual vez, a Sócrates:un Sócrates de tres pesetas, con principio. Pero todo esto no convieneahora a mi propósito.

Cuando yo le conocí pasaba ya de los sesenta este varón extraordinario.Había vivido veinte años en la misma casa de huéspedes, aquella en dondeyo di con él, y otros veinticinco en otras muchas casas de huéspedes. Esdecir, que se había pasado la vida en casas de huéspedes. La tal casa,en donde al Destino plugo juntarnos pasajeramente, era repugnante detodo punto. Pasé allí sólo dos meses, y eso porque la simpatía ydeleitoso magisterio de don Amaranto me persuadieron a dilatar miestada. Su irónica pedantería y pintoresca erudición me encantaban; perolo que más me movía a venerar a don Amaranto era el hecho de que hubierapermanecido tantos años en semejante alojamiento, soportando como si talcosa, sin perder de romana en lo físico ni la ecuanimidad interior,privaciones, entrometimientos, escándalos, desaliños, ponzoñas; en suma,un trato miserable y homicida. Y es que había profesado pertenecer a lascasas de huéspedes, como a una orden religiosa, y hecho voto de pupilajeperpetuo. Él mismo me lo declaró un día, de sobremesa. Digo desobremesa, que no de sobrecomida. Un detalle de las sobremesas deaquella casa, es que no había palillos de dientes; no por razones deeconomía, ni menos por escrúpulos de aseo y urbanidad, como es uso entreanglosajones, los cuales consideran el acto de mondar las rendijas de ladentadura como una necesidad de orden vergonzoso y clandestino, sinoporque no había ocasión, y por ende los palillos holgaban. Condumios yviandas eran los primeros harto flúidos y las otras de estructurademasiado coherente y compacta para la herramienta dental humana, demanera que no permanecía residuo alguno entre los dientes.

—En el Ática—me dijo aquel día de sobremesa don Amaranto, ostentandodidácticamente un tenedor de peltre, al modo de férula—se iba a buscarla sabiduría al mercado o bajo el pórtico de Júpiter Liberador, dondeSócrates, con palabra ligera y gesto sonriente, parteaba, como avezadacomadrona, el alumbramiento de las ideas; al huerto umbrátil de Academo,donde Platón, de hombros anchos y labios melifluos, empollaba en lasalmas jóvenes los alados anhelos con que volasen de lo sensible a loabsoluto; en el Liceo, donde el seco Estagirita desmontaba en piezas lamáquina del mundo, y mostraba sus relaciones, ensambladuras y modo defuncionar. En la Edad Media, los silos del saber de entonces y de lopoco que de la antigüedad aún quedaba fueron los monasterios. Luego, laciencia se acogió a las universidades. En nuestros días, la mejoruniversidad, el verdadero convento, el más cumplido liceo, el máspoblado huerto de Academo, y el más genuino trasunto del pórtico deJúpiter Liberador y del clásico mercado, todo esto es, amigo mío, lacasa de huéspedes española, señaladamente la madrileña. La Naturaleza esun libro, ciertamente; pero es un libro hermético. La casa de huéspedeses un libro abierto. No se necesita sino saber leer, que es bien pocacosa. Ahora, que para morar de por vida en casas de huéspedes, como paraprofesar en una orden religiosa, necesítase asimismo una cualidad rara,aunque no tan rara entre españoles: vocación ascética. En las casas dehuéspedes no cabe dar pábulo ni satisfacción a ningún linaje devoluptuosidad o apetencia de la carne mortal. El español tiene la pieltan recia, las entrañas tan enjutas y los sentidos tan mansuetos, que esya asceta innato y por predestinación; ninguna aspereza le mortifica yapenas si hay placer sensual que apetezca, como no sea el genésico, yése en su forma más simple y plena, el cual así considerado, aunque elvulgo ibérico lo denomine amor, y hasta el gran Lope de Vega escribióque no hay otro amor que éste que por voluntad de natura se sacia con elayuntamiento de los que se desean, no es sino instinto y servidumbre,común a hombres y bestias, con que cumplimos en la propagación de laespecie; en tanto el hombre, en sus placeres exclusivos, selecciona pordiscernimiento, que no por instinto, el objeto o propósito hacia dondese encamina, y perfecciona por educación los medios de alcanzarlo y elarte de gustarlo. Un placer humano, aunque de la más baja jerarquía, esel de la mesa. Los animales comen el alimento en crudo. El hombre hacepasar el alimento por la cocina; lo condimenta, lo sazona, le infundesabores varios y sutiles. El buey come hierba ahora como en la edad depiedra, y la rumia como entonces, sin haberle añadido complicaciones nigustos nuevos. En cambio, la ciencia y el arte culinarios son evolutivosy perfectibles; en Maxim, de París, no se come como se comía en lascavernas.

Sí, amigo mío; el español es asceta

a nativitate

. Por eso enEspaña hay incontable número de conventos y casas de huéspedes, en loscuales se perpetúan bodrios y condumios cavernarios, cuando no se apencacon el alimento en crudo. Cierta vez me propuse acometer unainvestigación científica de sociología comparada, y aun de etnografía,tomando como tema y punto de arranque las casas de huéspedes en España yen las naciones extranjeras. Después de prolijas experiencias yestudios, llegué a este resultado inconcuso: la casa de huéspedes esuna institución típicamente española, algo así como la lidia de resesbravas en coso, el cocido y el cultivo de las verrugas pilosas con finesestéticos. Entre el boarding-house

inglés, la

pension de famille

,francesa o suiza, la

pensione

italiana, la

pensionshaus

alemana y lacasa de huéspedes madrileña, hay tanta semejanza como entre el Támesis,el Sena o el Tíber, de una parte, y de otra el Manzanares; y en esteparangón le corresponde el papel de Tíber, Sena o Támesis a la casa dehuéspedes, claro está. El

boarding-house

inglés es un pequeño museo defiguras de cera, un número del Punch

, un breve repertorio decaricaturas, ya que los britanos, casi sin excepción, condúcensesocialmente con fría y cómica simplicidad y rehuyen efusiones eintimidades. La pensión suiza, una cantina de estación; todos están depaso y ausentes entre sí. La

pensione

italiana, alhóndiga deinterjecciones y de lugares comunes artísticos («¿han visto ustedes ya La Primavera

, de Sandro Boticelli? ¡Ah!», exclama una pintora sueca,de volumen ciclópeo, en tanto ingurgita, con remilgo y primor,cucharadas de

minestrone

. «¡Ah!», repite un yanqui de pecho abultado,como palomo buchón, que tiene voz de barítono y está adoctrinándose enel

bell canto

, con miras económicas, por ver de ganar tanto comoCaruso. «Pues, ¿y los frescos del Giotto? ¡Oh!», interpone una provectadama rusa, que tiene ante sí un libro de Ruskin, abierto y apoyado sobreuna panzuda botella de

Chianti

); vivero de filisteos estetas, defementidos émulos de Apeles y Fidias y de presuntas estrellasoperáticas, que con aullidos y fermatas martirizan al huésped sosegado einofensivo. La pensionshaus

alemana, reducido

pandemónium

, o sea,lugar consagrado al culto de la democrática Afrodita tudesca, de caderacopiosa y relevado seno.

Algunas pensiones familiares francesasjustifican, en efecto, su título, mediante ciertas virtudes y todos losdefectos de la vida familiar, y conservan la mesa única, la mesaredonda, que en la casa de huéspedes española es de rigor. En todosaquellos hospedajes y albergues forasteros no niego que se aprende algo;pero ese algo es anecdótico, superficial, inconexo, al modo de lasmonografías de la ciencia experimental. Mas la casa de huéspedes esenciclopedia de las ciencias, es summa

, es biblia. Hace ya no pocoslustros, durante mi noviciado como pupilo de casa de huéspedes, entablépronta amistad con otro pensionista, estudiante de medicina, quienprimero suscitó mi curiosidad hacia los misterios hipocráticos y luegome inició en ellos. Con él asistí a un parto, en San Carlos. Hay dosespectáculos que el hombre debe presenciar alguna vez: uno es la salidadel sol; otro es un parto. El primero nos enseña a respetar la idea deDios; el segundo, a respetar a la mujer. Creo que la razón de que en losmatrimonios españoles no se acate lo debido a la mujer estriba en que esuso entre comadrones y comadronas impeler y aun constreñir al padre aque permanezca fuera del recinto en donde se verifica el dolorosomisterio. De esta suerte, el marido ignora por qué la maternidad essacramento, martirio y santificación. La mujer, advierte San Agustín, nisi mater, instrumentum voluptatis

; o vemos en ella la madre, o nosrebajamos a tomarla como mero instrumento de voluptuosidad.

Cuandosucede esto último y del misterio de la maternidad el hombre no hacecuenta sino de los fugitivos instantes de epilepsia que acompañan a lacópula, al acto de engendrar y concebir, entonces el esposo envilece ala esposa, y ¿cómo ha de respetar aquello que envilece? Prosigo. Estudiébastante tiempo la medicina, libremente y conforme mi arbitrio. Desdeaquel punto, siempre he estado suscrito a alguna revista médica. Loprimero es el conocimiento del hombre físico, de la máquina deleznable ycomplejísima con que sentimos y pensamos. Las ideas, aun las más puras,son evaporaciones biológicas, vahos de la carne efímera; son como lasnubes, que parecen nacidas del firmamento y exentas de la gravejurisdicción terrena, no obstante que de la tierra se desprenden y a latierra tornan, y al volver la fecundan. Merced a otros muchospensionistas y accidentales compañeros de hospedaje, fuí interesándomey adoctrinándome en las varias disciplinas y actividades del saber. Enuna ocasión cayó por mi misma casa de huéspedes un teutón, aprovechadocomo todos ellos, que buscaba aprender en vivo y por obra de prácticaasidua el castellano. «Tate, pensé; tú aprenderás mi habla, pero yoaprendo la tuya», como así fué. El griego me lo enseñó un opositor acátedras, y muy rápidamente, con gran sorpresa mía. Abundante copia deopositores a cátedras conocí, que me sirvieron de maestros. Existe enEspaña una rara profesión: la de opositor a cátedras. Hay individuos,talludos ya, y aun valetudinarios, que no son ni han sido otra cosa queopositores a cátedras. Esto se explica porque en España se conceden lascátedras por amistad, parentesco o bandería, antes que por mérito; dedonde se aprende más y mejor de los opositores que de los mismoscatedráticos. No le fatigaré a usted con la relación meticulosa de loque he aprendido y me figuro saber. Porque, al cabo, el saber poco omucho,

¿de qué sirve? Cada ciencia, de por sí, es una abdicación alconocer íntegro, gesto de cansancio, tácita admisión de pequeñez eignorancia, actitud de obligada humildad. El sabio se ha dejado colocar,como caballo que va de jornada, orejeras a entrambas sienes, por no versino lo que tiene delante de las narices. El universo es coordinación deinfinitos fenómenos heterogéneos. Cada ciencia, en cambio, se conformacon añascar enteco troje de fenomenillos homogéneos, y obstínase en noadmitir que de fuera, aparte, por debajo y por encima de ellos, existarealidad alguna. La edad científica sigue a la edad teológica. Es decir:cuando la humanidad, tras de haber imaginado penetrar el sentido de lavida y la muerte y tener asido el orbe entre las manos, como un niño unapelota, volvió sobre sí y, con maravilla y espanto, descubrió que todohabía sido ensueño e ilusión, que la vida no tiene sentido ni el orbeconsiente que se le abarque; en aquel trance lastimoso, que fué algo asícomo una almoneda en donde se desbarató el hogar y menaje de los dioses,algunos individuos remataron a bajo precio tales y cuáles trastos de laalmoneda, que, aunque apolillados y claudicantes, todavía duran y seutilizan, y otros individuos, muy contados, más propensos a ladesesperanza y al tedio, volviéronse de espaldas al cielo, ya vacío ydesalquilado, humillaron los ojos hacia el suelo, y aplicáronse a reunirpor semejas hechos minúsculos, no de otra suerte que un desocupado, porpasatiempo o ansia de olvido, se emplea en coleccionar objetosinservibles; y así se fué formando cada una de las cienciasparticulares: que no es otra cosa una ciencia sino colección, jamáscompleta, de sellos usados o cencerros de vaca. Antes, en la edadteológica, el hombre se había acostumbrado a la presencia de lo absolutoen cada realidad relativa; el mundo estaba poblado de mitos; la esenciade los seres flotaba en la superficie, como la niebla matinal sobre losríos; y el conocimiento íntegro se ofrecía al alcance de la mano, comola frambuesa de los setos. En un árbol, si era laurel, un antiguo veía aDafne, sentía el contacto invisible de Apolo, y empleaba las hojas paraguisar y para coronar los púgiles y los poetas. ¿Qué más necesitabasaber? En la edad científica un solo árbol se multiplica en tantosárboles como ciencias, y ninguno es el árbol verdadero. El botánico lepone un mote; el matemático le da ciertas dimensiones, en relación conla circunferencia del ecuador, ¡atiza!; el arquitecto lo considera comouna viga maestra; el ingeniero naval, como una cuaderna o un mástil; eltelegrafista, como un poste de telégrafos; el economista, como un valorcotizable; el ingeniero agrónomo, como un orden de cultivo; el médico,como una especie terapéutica; el químico, como una retorta en cuyo senose efectúan ciertas reacciones; el biólogo, poco menos que como unapersona; y así sucesivamente. La mosca tiene la retina tallada enmillares de facetas, con que ve lo externo reproducido en millares deimágenes. Leí en un ensayista francés:

«¡Quién poseyera la retina de lamosca! ¡Qué formidable panorama de la creación le ha sido otorgado a lamosca y negado al que llamamos rey de la tierra!…» Pues con penetrarun poco en todas las ciencias, así puras como aplicadas, se descomponeal punto una imagen en millares de imágenes, como ya he esbozado en elparadigma del árbol. Y la familiaridad con las ciencias y subsecuentevisión por miríadas de imágenes se obtiene profesando, por vocación ycon fe, en una casa de huéspedes. «La verdadera universidad de nuestrosdías—asentó Carlyle—es una biblioteca.» Si Carlyle hubiera sidoespañol, habría dicho casa de huéspedes, que no biblioteca. Pero, ya queuno es docto en toda ciencia y mira el objeto en todos sus visos y desdetodos los sesgos, ¿es esto saber más, ni siquiera saber algo? Eso es darvueltas en un tío-vivo, alredor de un objeto. Frontera a mí, en la mesaredonda, come una linda muchacha. Yo cabalgo un paquidermo del tío-vivoimaginario y científico, y me lanzo a observar la hermosa criatura,girando en torno de ella. Comienzo a observarla en un soslayo o escorzo,el fisiológico. Penetro la arcana alquimia que se está operando en suestómago a tiempo que deglute; sé cómo las proteínas, grasas ycarbohidratos, almidones y azúcares de los alimentos que delicadamenteva introduciendo en el precioso estuche de su boca se truecan al finalen tejido orgánico; y no quiero profundizar más en estas observacionesentrañables, porque llegaría a términos lastimosos. Hago un cuarto derotación sobre el giratorio paquidermo, y ahora observo a la niña desdeotra perspectiva: la filológica. Por ciertas voces y maticesortológicos, sé, con certidumbre, que esta muchacha es galaica, yprecisamente de Mondoñedo. Como por encantamento, la niña acaba de decirque es de Mondoñedo y nacida en agosto. Mi paquidermo da un bote haciaadelante, y ya estoy en otra línea de observación: la de los horóscoposy astrologías, que es ciencia no por olvidada menos respetable. Estajoven, como nacida en agosto (Napoleón Bonaparte nació en agosto), esapasionada, ardiente, muy proclive a gratificar la Venus, dicharachera,y debe cuidar de los dolores de cabeza (Napoleón no consumó la batallade Borodino porque aquel día le aquejaba una fluxión nasal). Si yo fuerajoven, no seguiría adelante, porque ¿qué vale toda la ciencia ante estosdos hechos tan sencillos: que esta joven es bonita y que se rinde aciertas proclividades? Pero, puesto que si no senil soy senescente, mesobrepongo a las flaquezas de la carne, completo el giro y examino a lamuchacha desde los cuatro puntos cardinales. A la postre, estoy dondeestaba. ¿Qué he conseguido saber sobre esta muchacha? Nada. Nada. Nada.En cambio, si es vecina de mi aposento y a través del frágil tabique laoigo suspirar, reír, llorar, sé que está triste, que goza, que sufre.Otro día cojo al vuelo una frase; otro, percibo todo un diálogo; otro,hablo con ella y la guío con sutileza a que me confíe algún secretillo;otro, completo lo que ella me haya dicho con lo que otros me comuniquenacerca de ella misma; y así, poco a poco, he llegado a conocerla enpuridad, porque he entrado en su drama. Cada vida es un drama de más omenos intensidad. Cada vida es, asimismo, una sombra inconstante yhuidera. ¿Recuerda usted la alegoría de la caverna, de Platón? Pues espreciso ir todavía un poco más allá; los que Platón pone aherrojados enla caverna no son cuerpos materiales, sino sombras, pero sombrasdramáticas y atormentadas; y lo que sobre el muro ven, sombras desombras. Eso es una casa de huéspedes: la caverna de las sombras. Porestas penumbrosas estancias circulan sin cesar nuevas sombras y mássombras, vidas y más vidas, dramas y más dramas. Se me dirá que lo mismosucede en los hoteles, en las calles, en los ferrocarriles, dondequieraque se congregan las gentes. Y es verdad. Sólo que en aquellas partes lasombra y el drama pasan sordamente, aisladamente, disimuladamente, sincomunicarse, en tanto en la casa de huéspedes, la obligada familiaridad,que comienza en la mesa redonda, solidariza a esas sombras efímeras yquebranta los sigilos del drama individual. Le digo a usted que, aveces, extendiendo la mirada sobre mis vecinos de mesa, cuyos dramasprivativos se me presentan al pronto con escénica plasticidad, yelevándome a seguida, y como que a pesar mío, a contemplarlosfilosóficamente, sub specie aeterni

, como sombras inconsistentes yefímeras, me acomete un escalofrío patético, me dan ganas de llorar ysoy capaz de tragarme, sin parar atención y como si fuese un plato denatillas, la empedernida chuleta que me han servido. Para elevarse alconcepto y la emoción del bosque, o alongarse de él y tomarlo enconjunto, o sumirse dentro de él; en las lindes y a corto trecho, losárboles estorban ver el bosque.

Para ascender al concepto y la emociónde la vida, o situarse en el punto de vista de Sirio, como hace elfilósofo, o zambullirse, con todas las potencias, en los dramasindividuales. El drama y la filosofía son las únicas maneras deconocimiento. Y aquí, en estos cavernosos senos de la casa de huéspedes,están las fuentes del conocimiento. La cuestión es alumbrar el manadero.A través de las casas de huéspedes ha pasado toda la historia de Españadel siglo XIX. Sí, señor, sí; la historia de España del siglo XIX es unahistoria de casa de huéspedes. ¿Qué le vamos a hacer? No crea usted quela historia de las demás naciones cultas en el siglo XIX es muy superiora la nuestra. Aquí y acullá, y en todas partes, la historia del sigloXIX es la historia de la clase media—clase media más rica y culta allá,más miseranda y cerril acá—; la historia de una época de libertadanárquica, la libertad de explotación; torbellino de átomos insensatos eincoherentes; época egoísta y brutal, que pensó suprimir el dolorfingiendo ignorar que lo hubiese, y alardeó de

apreciar

las ideas y labelleza porque las avillanó y sometió

a precio

cotizable en elmercado, como cualquiera otro artículo de comercio; época, en fin, enque el negociante venció y aniquiló al filósofo y al poeta.

Jamás olvidé aquella sesuda y graciosa disertación de don Amaranto sobrelas casas de huéspedes. Después de separarme del señor de Fraile,recorrí algunos de estos heteróclitos albergues, hasta que posédefinitivamente bajo los hospitalarios Penates de doña Trina, cobijollevadero por la abundancia, ya que no por la delicadeza de bastimentos,y, sobre todo, lugar ameno, si los había, a causa de la afluencia degentes de todo estado, edad y condición: sacerdotes, toreros, políticos,tahures, comerciantes, covachuelistas, militares, estudiantes,labriegos, inventores, pretendientes, petardistas; ingredientes yrebabas del revoltiño social, que allí se mezclaban desde todos losrincones de Iberia. Por sugestión del excelente don Amaranto, me habíaacostumbrado a tomar las diversas casas de huéspedes, por dondetransité, al modo de tiendas, con sus existencias, tal cual abastecidasde dramas individuales, metido cada cual en su paquete y cuidadosamenteatados con bramante. No había sino desatar el bramante y desenrollar elpaquete. Si aquellas casas eran tiendas de menguado surtido, la de doñaTrina destacaba al modo de vasto y rico almacén, con géneros únicos defabricación única. Verdad que no se podía sacar sino el género; luego seexigía cierta diligencia para darle hechura. En aquel almacén de dramasempaquetados se desenvolvió ante mí, y hube de palparlo, el drama deArias Limón y sus hermanas, que luego di a la estampa, paraentretenimiento de distraídos y ociosos[1]. Me rozaron, asimismo, otrosmuchos dramas, que se han perdido en el río de sombras y es probable quenunca aborden a una orilla. Pero hoy me siento en humor de salvar delolvido un drama semipatético, semiburlesco, de cuyos interesanteselementos una parte me la ofreció el acaso, otra la fuí acopiando enaños de investigación y perseverante rebusca. Por eso, lo considero casicomo obra original mía.

[Nota 1:

Prometeo. Luz de domingo. La caída de los Limones.

Tresnovelas poemáticas de la vida española.]

CAPÍTULO PRIMERO.

DON GUILLÉN Y LA PINTA.

Un Martes Santo, a la comida del mediodía, apareció en la mesa unhuésped inédito: un sacerdote prebendado. Si me cruzo en la calle conél, o le hallo frente a frente en un tranvía, o come vecino a mí en unafonda de estación, apenas si me hubiera molestado en resbalar sobre élla mirada. Pero estábamos en la mesa redonda de una casa de huéspedes.Tenía razón el excelente don Amaranto. No sólo yo, todos los demáscomensales nos aplicamos a escudriñar, descarados, en nuestro flamantesacerdote, como cumpliendo una obligación. El resistía con indiferenciala curiosidad ambiente. A los toreros, a los cómicos y a los curas noles desazona la curiosidad ni les desconcierta la mirada fija, comohabituados a ser foco de la atención en el ruedo, la escena y elpúlpito.

He dicho más arriba nuestro flamante sacerdote, y no hay adjetivo quemejor le cuadrase. Parecía un santo de cartón piedra, recién salido delos moldes y acabadito de pintar. La sotana de merino lustroso, comobarnizado; el vivo del alzacuello, una pinceladita de morado ardiente,casi carmín; el afeitado de bigote y barba, color violeta y azulencopálidos; el resto del rostro, rojo vehemente y bruñido; los ojos,profundos y negros. No tendría arriba de los cuarenta años, si llegaba.Superada esta primera e insulsa impresión de santito alfeñicado, de lafisonomía del sacerdote emanaba un no sé qué de personal y sugestivo.El rojo de sus mejillas era patológico; debía de padecer del corazón.Como era guapito y harto joven para la dignidad eclesiástica queostentaba, quizás algún malicioso presumiese que la había alcanzadomediante el favor de las omnipotentes faldas. Pero, de otro lado, nadase insinuaba en él que trascendiese a

homme aux femmes

ni a Periquitoentre ellas. No delataba el aplomo del cura conquistador ni el hipócritay meloso encogimiento del curilla faldero. Si acaso el favor de lasdamas le había encumbrado, sería, probablemente, sin él haberlo buscadocon singular empeño. Así cavilaba yo, entre la sopa y el cocido.

Doña Emerenciana, una viuda vejancona que, a falta de galanes máslucidos, se pasaba la vida persiguiendo a Fidel, el mozo de comedor,veíase que se despepitaba con la proximidad del canónigo, y fué laprimera en dirigirle la palabra:

—¿Verdad que en este Madrid hace demasiado calor, y eso que estamostodavía en abril? Usted vendrá de sitio más fresco, don… ¿cómo sellama usted?

—Me llamo Pedro, Lope, Francisco, Guillén, Eurípides; a elegir—dijocon voz robusta, de timbre grato; llana, atrayente sonrisa.

Todos hicimos eco a su sonrisa, menos la vieja, que no acertaba adecidir si la respuesta era en serio o en chanza.

—¡Qué chistosísimo!—exclamó, optando por la chanza.

—No, señora; no es chiste—replicó el sacerdote.

—Pero, ¿Eurípides es nombre cristiano? Si lo es, vendrá de la provinciade Palencia, que es donde ponen los nombres más estrambóticos.

—No, señora; no es nombre cristiano. Pero se conoce que el cura que mebautizó no se había enterado. Si a mí me canonizan, entonces habrá unSan Eurípides: el primero.

—¡Qué chistosísimo! Pues ya tiene usted bastantes nombres, gracias a Dios.

—Caprichos de mi padre, que era autor dramático y zapatero, o zapateroy autor dramático, según el orden de prelación que usted prefiera. Todosmis nombres lo son también de famosos dramaturgos de otros tiempos:Pedro Calderón de la Barca, Lope de Vega, Francisco de Rojas Zorrilla….

—De ese Zorrilla, autor del

Tenorio

, algo oí hablar cuando eraniña—interrumpió doña Emerenciana.

—Guillén de Castro—prosiguió el canónigo, sonriendo siempre—, Eurípides….

Y como sobrevino una pausa, doña Emerenciana saltó:

—¿Eurípides qué?

—Eurípides López y Rodríguez—respondió el canónigo, con espetada sornaesta vez.

—Se ve que era de familia humilde—comentó doña Emerenciana—. Y bien,¿con cuál de los nombres hemos de llamarle?

—Unos me llaman por uno, otros por otro. Use usted el que prefiera.

—Pues prefiero don Guillén.

—Es el que suelen preferir las señoras—dijo don Guillén, con dejosatírico.

—Por mi parte, si usted me lo permite, le designaré como señorEurípides; me sabe a república—entró a decir don Celedonio de Obeso,ateo declarado y republicano agresivo; en el fondo, un pedazo de pan, unzoquete.

En la mesa de casa de doña Trina no podía faltar un republicanoacreditado. Este don Celedonio era sucesor de aquel jefe del partidorepublicano de Tarazona, ciudadano de gran desparpajo y barba bipartita,como ubre de cabra.

—Como usted guste—respondió don Guillén espontáneamente.

Antes de concluir la comida, don Guillén se había granjeado la confianzay la simpatía de todos; y a tal extremo llegó la confianza, que donCeledonio se atrevió a dispararle a boca de jarro esta pregunta:

—¿Cree usted en Dios?

—¿Cree usted en la república?—interrogó a su vez don Guillén, sininmutarse.

—Como republicano que soy.

—Yo, como sacerdote que soy, soy creyente.

—Ninguna persona inteligente cree en Dios.

—Yo he conocido personas inteligentes que me decían: «Ninguna personainteligente cree en la república.»

—Pues los cristianos primitivos—dijo el señor De Obeso, rebajando eltono y batiéndose en retirada—eran republicanos.

—Eran más; eran anarquistas. Pero, en fin, así como aquelloscristianos, partiendo de la idea de Dios, llegaron a la de república,bien puede usted tomar el viaje de vuelta, y, partiendo de la idea derepública, llegar a la de Dios.

—Para ese viaje no necesito alforjas—concluyó don Celedonio; y don Guillén le rió cordialmente la gracia.

Es de advertir que durante el diálogo anterior don Guillén no habíapuesto en sus réplicas acritud, ni fuego polémico, ni aire de desdén.Con esto, nuestra simpatía hacia él se robusteció. Al salir del comedor,don Celedonio murmuró a mi oído:

—Es un tío juncal. Así me gustan a mí los presbíteros.

Después de la comida, supe que don Guillén era lectoral en la catedralde Castroforte, y que venía a predicar los sermones de Semana Santa enla capilla del Palacio Real. De seguro era un pico de oro.

El hospedaje de doña Trina lo patronizaban tantos pupilos y huéspedesflotantes, que no bastando para contenerlos el amplio y profundo pisode la calle de Hortaleza, como si dijéramos la metrópoli hospederil, laseñora había alquilado otros cuartos, al modo de colonias, en losaledaños y calles contiguas, uno de ellos en la calle de la Reina, quees donde yo tenía mis aposentos. Apunto este pormenor para dar aentender que quienes se alojaban en las colonias gozabanconsiguientemente de mayor libertad, especialmente de noche, que los dela metrópoli. En las horas nocturnas, tales calles y callejuelas eranpor aquellos tiempos lonja de contratación pública de mercenariosdeleites y lugar asiduo de feas prostitutas y chulos marchosos. Antes dellegar a mi vivienda era fuerza que atravesase por entre elmultitudinoso ejército de ocupación, recibiendo continuos dardosmeretricios y padeciendo asechanzas y requerimientos, así orales como dehecho, puesto que alguna se asía de mi brazo; de manera que, por zafarmede estorbos y reponerme de la fatiga, solía yo algunas veces acogerme aun cafetín, que era donde las individuas vivaqueaban, y allí convidaba alas que más me atosigaban, con que las dejaba mansas, nutridas ysatisfechas. Como me inspiraban dolor y lástima, las trataba siempre conbenignidad. Convengo en que la prostitución es una grande y hediondaúlcera. Pero,

¿qué culpa tiene la úlcera por pertenecer a un cuerpocorrompido, cuyo es manifestación franca y fatal resultado? Donde todoestá prostituido, la prostitución femenina casi es loable, porque es unsíntoma claro.

Con frecuencia, y ya que estaban apaciguadas, dilatábamelargo rato en el cafetín departiendo con las desdichadas, y del coloquioextraía provecho espiritual, puesto que la compasión, a que me movían,es un depurativo del alma; y también observaba los tipos, casi todosestrafalarios, que concurrían en el antro.

Atrajo desde el principio micuriosidad una mujer agraciada, paciente, trigueña, sin adobos nirosicleres como las otras, que estaba siempre sola e inmóvil en unángulo, ante sí un vaso de recuelo, que jamás se llevaba a la boca. Separecía a una virgen de Rafael, algo ajada. Como una noche la miraselargamente, la Piernavieja, la unidad más alharaquienta y ofensiva delejército de ocupación, conocida por aquel remoquete a causa de renquearun poco, me dijo:

—¿Qué miras; aquella panoli? Es Angustias, la Pinta. Está con elTirabeque, un golfo y fullero, que la tiene aquí hasta que pasa arecogerla de madrugada.

—Convídala a que venga y tome algo—dije a la Piernavieja.

—¡Eh!—gritó la Renca—. Tú, la Pinta, que este señorito te convida.

La Pinta, ruborizada, se excusó. La Piernavieja insistió en balde.

—Y eso de la Pinta, ¿es mote?—pregunté.

—Quia; es su verdadero nombre. Se llama así, Angustias Pinto. Tambiénes capricho conservar la filiación natural en este negocio. Es unasimple que no sirve pal

caso.

Poco a poco y noche tras noche fuí entablando amistad con la Pinta. Erauna mujer dulce, triste y reconcentrada, o, según el tecnicismo de laPiernavieja, una simple que no servía pal

caso. Apenas se comunicaba.Una noche me dijo que tenía poco más de treinta años; aparentaba menosde treinta. Otra me declaró el lugar de su nacimiento: la ciudad dePilares. La noche—bien lo recuerdo—de aquel Martes Santo en que elcanónigo encendido y campechano surgió en la casa de huéspedes, la Pintase mostró sobremanera comunicativa.

—Mi padre era zapatero y otra cosa, que él decía filósofo bilateral.Como he oído, siendo niña, estas palabrejas tantas veces, no se me hanborrado de la memoria. Los profesores de la Universidad venían a oírleal cuchitril en donde vivíamos. Mi madre, que tenía mal carácter, decíaque mi padre era un zángano, y que los que venían a oírle le tomaban elpelo. Pero mi padre es un santo.

Involuntariamente pensé en don Pedro, Guillén, Eurípides, hijo de unzapatero y autor dramático. Prosiguió la Pinta:

—A mí me perdió un cura.—Estaba con la cabeza baja y el pensamiento enlejanía.

—¡Pillo!—murmuré, a pesar mío.

—No, no era un pillo—corrigió la Pinta, volviéndose a mirarme congesto dolido—. No era cura todavía; seminarista nada más. Queríacasarse conmigo. Nos escapamos. El padre de él le cogió. Mi madre noquiso admitirme en casa. Después, claro está…. Estoy segura que minovio sigue queriéndome. La cosa fué, ¿sabe usted?, que su padre nopodía ver a mi familia. ¿Qué habrá sido de Perico?

—¿Se llama Perico?

—Sí, Perico Caramanzana. ¡Y qué bien le iba el nombre! Tenía la carafresca, coloradina y alegre, como una manzana.

—¿Por eso le decían Caramanzana?

—Es su verdadero apellido. El padre se llamaba Apolonio Caramanzana. Lehabrá oído usted mentar. ¡Ah!, era el mejor zapatero de España. Iban ahacerse el calzado con él hasta los señores de Bilbao y de Barcelona.Además, componía dramas.

Aquella noche salí bastante preocupado del cafetín. Me acosté y tardé endormirme. Oí en la habitación de al lado un carraspeo seguido de unpoderoso suspiro. Era la voz de don Guillén. Se me ocurrió una ideadiabólica: «Si yo mañana por la noche trajese a la Pinta y la hicieseentrar en la habitación de don Guillén». Me dormí dando vueltas aaquella idea.

Al día siguiente, día de vigilia, don Guillén no se sentó a la mesa.

—¿Qué le sucede al señor Caramanzana?—inquirió la viuda vejancona, queya se había enterado del apellido del canónigo.

—No come hoy, porque está algo delicado del estómago—respondió Fidel—. ¿No vió usted el color arrebatado que tiene?

—Será pirosis—entró a decir don Celedonio—.Todo el clero y lasórdenes regulares padecen de pirosis, a causa del abuso de las comidassuculentas y de las bebidas alcohólicas.

—Calle usted, herejote—amonestó doña Emerenciana, amenazando con elabanico.

—Y a propósito, Fidel; no habrás olvidado mi encarguito. Le habrásdicho a la señora que yo no me someto a esa asquerosa farsa de lavigilia, y en estos santos días de Semana Santa quiero comer carne ypescado. Yo promiscuo, o promiscúo, que no sé a ciencia cierta cómo sepronuncia—dijo don Celedonio.

—¡Jesús, María y José! ¡Qué Judas Iscariote! Más vale que don Guillénno haya acudido a la mesa, porque le abochornaría esa abominación.

A todo esto, Fidel, el mozo, se reía cazurramente.

Terminada la comida, salí de la metrópoli y me encaminé a mi colonia.Como cosa de veinte pasos delante de mí iba Fidel, conduciendo una granbandeja, cubierta con un mantelillo. Nos juntamos en el pasillo adondedaba mi habitación.

—Psss…—bisbiseó Fidel, requiriéndome con cabezadas a que meacercase más—. Levante usted el mantelillo.

Levanté una punta. Descubrí abundancia de guisos y viandas, entreotras, un opulento trozo de roastbeef

.

—Es la comida de don Guillén—indicó el camarero—. Si no promiscua, opromiscúa, que yo tampoco sé cómo se pronuncia, al menos come de carne.

En esto, se abrió la puerta de don Guillén, y él mismo, en persona,destacó por obscuro sobre el cuadro de grisácea luz, sorprendiéndome envergonzosa y vergonzante fisgonería. Estaba vestido de paisano, revueltala pelambre, que, embebiendo el claror, le hacía halo en torno a lacabeza. Llevaba zapatillas de marroquín rojo. Estos dos pormenores mehirieron como notas agudas en los segundos de suspensión y silencio aque nos indujo la sorpresa: la aureola radiante y los pies sangrientos.

—Pasen ustedes; pase usted—particularizó, dirigiéndose a mí. Obedecí,no recobrado aún de la sensación humillante—. Siéntese usted—me instó.Quise disculparme y salir. El canónigo añadió, con tono que yointerpreté como implorante:

—¿No me concederá usted el favor, si se lo ruego, de hacerme un poco decompañía?

La súplica y el acento me repusieron en mi equilibrio habitual. Me sentéjunto a una mesa con unos libros, unos papeles, unas cachimbas, unoslentes, y presidiendo todos aquellos utensilios y accesorios de la faenaintelectual, encerrado en un marquito de plata repujada, como relicario,una fotografía de mujer, que me incliné a mirar discretamente. Parecíauna virgen niña de Rafael, de las de su época umbriana.

—Pon aquí la comida, Fidel. ¿Has traído vino? Llévatelo. Tengo yo vinoalgo mejor.—Y torciendo la cabeza hacia mi lado:—¿Qué mira usted, elmarco? Es un relicario del siglo XV, una joya.

—No; miraba el retrato.

—Es una hermana mía que desapareció.

—¿Que desapareció?

—Que se perdió en la sombra.

—¡Ah! Se murió…—indiqué de manera dubitativa, empujándole a que seclarease.

—Hace algunos años.—Y después de una pausa:—Tomará usted una copitade coñac.

Sacó una botella de coñac viejo y otra de bon vino, de un maletín depiel de cerdo, elegante prenda de mundano antes que de clérigo. Se sentóa comer. Cuanto más le miraba, menos me parecía un cura y más un hombrede mundo.

—Por obra del acaso—dijo, a tiempo que comía despacio—, me hasorprendido usted en mi intimidad de hombre. Si hace unos momentos, alhallarle a usted….

—Fisgando—interrumpí—; pero a instancias del mozo, y sin presumir dequé se trataba.

—¿Qué importa? Digo que si entonces me hubiera retirado, creería ustedque yo era un cura sinvergüenza y falsario. Yo no podía dejarle ir sinofrecerle alguna explicación.

—Yo era el que debía….

—Usted, ¿por qué? Usted, a lo sumo, incurría en un exceso decuriosidad. Yo, en opinión de las personas timoratas, estoy cometiendoun grave pecado.

—Yo no soy timorato.

—Pero debo darle una explicación. Así como en el Estado hay delitosartificiales, en la Iglesia hay pecados artificiales. Son delitos ypecados artificiales los actos que no lastiman ni menoscaban la justiciao el dogma (ejes, respectivamente, del Estado y de la Iglesia), pero quecontravienen y desobedecen ciertas disposiciones disciplinarias,accidentales, pasajeras. Una de esas disposiciones pasajeras es laobligación de comer de vigilia cuatro días de la Semana Santa. Quizá alPapa actual, o al que le suceda, se le ocurrirá amenguar, tal vezsuprimir, esta obligación. El Estado es una comunidad material que semantiene por la mutua conveniencia, y la Iglesia una comunidadespiritual que se sustenta por el mutuo amor. Por lo tanto, el espíritude disciplina de la Iglesia es de naturaleza distinta del espíritu dedisciplina del Estado. En el Estado, el espíritu de disciplina perteneceal orden de los sentimientos interesados, pues sin disciplina no cabeconveniencia mutua. En la Iglesia, el espíritu de disciplina se engendraen el ámbito de los afectos generosos; es la voluntad de sacrificio. Node otra suerte que los amantes, por certificarse del amor recíproco,ponen el amor del otro a prueba, por medio de ordenamientos yexigencias caprichosas, por aquello de que obedecer es amar, así laIglesia impone a sus fieles algunas obligaciones disciplinarias, porespolear a los tibios a que ejerciten y muestren el amor. Para laspersonas de bien afirmada fe y claro sentido, sean clérigos, seanseglares, huelgan estas obligaciones disciplinarias; lo esencial es eldogma. El Estado concede de buen grado la libertad de ideas (elpensamiento no delinque), pero no transige con la libertad de acciones,porque romperían la disciplina. La Iglesia es intransigente en materiade ideas y tolerante en materia de acciones: sólo el pensamiento peca.Todos los pecados, por monstruosos que sean, reciben absolución en elconfesonario; pero la más mínima duda del confeso en materia de fe nosimpide absolverlo. Ahora bien: como todo esto es de sentido común, debepermanecer en secreto para los que no tienen sentido común, seanclérigos, sean seglares. ¿Comprende usted?

—Comprendo, comprendo—asentí. Y, en efecto, había comprendido lo queme había dicho, nada difícil de comprender; pero a él no le comprendía.¿Qué era aquel hombre que ante mí estaba, deglutiendo y raciocinando alpropio tiempo, masticando y discurriendo, con tanta frialdad, escrúpuloy elegancia, vestido como un hombre de sociedad, sin una insinuaciónsensible del estado eclesiástico a que pertenecía, y que, de vez en vez,según hablaba, se asía con la mirada al retrato de una mujer a quien élmismo había empujado a la anónima sima prostibularia? ¿Qué era aquelhombre? ¿Un hedonista? ¿Un incrédulo? ¿Un hipócrita y un sofista, paraconsigo mismo y los demás? ¿Un desengañado? ¿Un atormentado? Lo quemenos me interesaba era la explicación que me había ofrecido. ¿Qué se medaba a mí si comía de vigilia o dejaba de comer de vigilia?

Como si por un raro don de receptividad inmediata, frecuente en losduólogos íntimos e intensos, don Guillén hubiera trasegado en su cabezami pensamiento, dijo:

—Lo de menos, para usted, es si yo guardo la vigilia o no. Loimportante es que usted, por obra del acaso, ya se lo he dicho antes, meha sorprendido en mi intimidad de hombre. Todos, frailes, curas ymagnates eclesiásticos, por debajo de la estameña, el merino y lapúrpura, escondemos un hombre.

Homo sum

, digo con el pagano.

Y yo volví a verle, en mi imaginación, con la aureola radiante y lospies enrojecidos.

—Me ha sorprendido usted despojado de mi ministerio. No como ministrodel Señor, sino como criatura del Señor, cuitada e imperfecta como todasellas. Dentro de unas horas, hablaré ante el rey, mejor dicho, sobre elrey; no varios palmos, los que se alce el púlpito, sobre la testacoronada y ungida, sino infinitos palmos, porque represento laconciencia indeleble y eterna, que está a inaccesible altura por encimade tronos, cetros y soberanías. Pero aquí, en este triste cuartucho yfrente a usted, no puedo incorporar la voz de la conciencia, sino quesoy una pobre concavidad sombría en donde la voz de la conciencia haceeco.

Aquello se iba poniendo serio. No sabiendo qué decir, permanecí con lacabeza gacha y los ojos fijos en un punto, que por ventura resultó serel retrato del relicario.

—¿Le gusta el marco?—preguntó don Guillén.

—Miraba el retrato. Conozco a esa mujer—afirmé en seco.

Don Guillen no se conturbó.

—Está usted equivocado—dijo—. Será otra fisonomía semejante la queusted conoce. A esa mujer no la puede conocer usted. Ya le dije que esmi hermana y que no existe—y subrayó la palabra hermana y el verboexistir.

Después de los postres, don Guillén se sirvió una copita de coñac yfustigó la conversación hasta ponerla en un aire de alacridad yhumorismo. Era un hombre tan ingenioso como inteligente.

Al despedirnos me dijo:

—Estos días no asistiré a la mesa redonda. ¿Quiere usted que comamosjuntos, aquí, en mi cuarto? Lo que le va a envidiar a usted doñaEmerenciana….

En aquellas comidas subrepticias y ociosas sobremesas, mi amigo donGuillén me fué contando a retazos su historia, la de Angustias Pinto yla de los padres de ella y él, Belarmino y Apolonio. Después, por micuenta, hice averiguaciones tan importantes, que la historia deCaramanzanita y la Pinta pasan a segundo término.

CAPÍTULO II.

RÚA RUERA, VISTA DESDE DOS LADOS.

(El lector impaciente de acontecimientos recorra con mirada ligera estecapítulo que no es sino el escenario donde se va a desarrollar laacción.)

De la zona profunda, negra y dormida de la memoria, laguna Estigia denuestra alma, en donde se han ido sumiendo los afectos y las imágenes deantaño, se levantan, de raro en raro, inesperadamente, viejas voces yviejos rostros familiares, a manera de espectros sin corporeidad. Asícomo en la noche los lóbregos e inmóviles pantanos respiran nieblablanca y fantasmal, así nuestra interior laguna Estigia deja en libertadsus vaporosos espectros a las horas en que la tiniebla del sueño saturanuestro espíritu. Pero, en ocasiones, las criaturas incorpóreas del másallá de la memoria se alzan a la luz del día.

Ahora mismo me apercibía yo a describir la Rúa Ruera, de la muy ilustrey veterana ciudad de Pilares, en donde vivía Belarmino Pinto, llamadotambién monxú Codorniú, zapatero y filósofo bilateral, cuando, alpronto, en el umbral u orilla de mi conciencia, se yergue el espectro dedon Amaranto de Fraile, enarbolando un tenedor de peltre, que a mí se meha figurado tridente de Caronte, ese Neptuno del mar de la eternidad.Como Bruto a la silueta de César en la tragedia shakespeariana, digo ala sombra incorpórea del excelente don Amaranto:

¡Speak!¡Speak!

Y la sombra rompe a hablar, con la propia gracia y penetración que hacetantos años me deleitaban:

—¿Vas a describir la Rúa Ruera? ¿Vas a describirla, o vas apintarla?—Advierto dos novedades. Primera, que don Amaranto ahora metrata de tú. Segunda, que la voz se le ha ahilado y suena como la de uneunuco.

Prosigue la voz:—Los cíclopes veían el mundo superficialmente,porque sólo tenían un ojo. Los cíclopes, por ver el mundosuperficialmente, quisieron asaltar el Olimpo; pero los dioses losprecipitaron en el hondo Tártaro.—Don Amaranto siempre con susmitologías.—El novelista es como un pequeño cíclope, esto es, como uncíclope que no es cíclope. Sólo tiene de cíclope la visión superficial yel empeño sacrílego de ocupar la mansión de los dioses, pues a nadamenos aspira el novelista que a crear un breve universo, que no otracosa pretende ser la novela. El hombre, con ser más mezquino, aventajaal cíclope, a causa de poseer dos ojos con que ve en profundidad elmundo sensible. Ahora bien: describir es como ver con un ojo, paseándolopor la superficie de un plano, porque las imágenes son sucesivas en eltiempo, y no se funden, ni superponen, ni, por lo tanto, adquierenprofundidad. En cambio, la visión propia del hombre, que es la visióndiafenomenal, como quiera que, por enfocar el objeto con cada ojo desdeun lado, lo penetra en ángulo y recibe dos imágenes laterales que seconfunden en una imagen central, es una visión en profundidad. Elnovelista, en cuanto hombre, ve las cosas estereoscópicamente, enprofundidad; pero, en cuanto artista, está desprovisto de medios conque reproducir su visión. No puede pintar: únicamente puede describir,enumerar. La misión de ver con mayor profundidad, delicadeza y emoción yenseñar a los otros a ver de la propia suerte, le toca al pintor. Lamaldición originaria del novelista cífrase en que necesariamente se hade extender sobre sinnúmero de objetos. El pintor, por el contrario,escoge un solo objeto, o, si toma varios, los agrupa en reducidoespacio, los concentra y sensibiliza. El pintor, a la inversa delnovelista, no se deja dominar por la vastedad del objeto, sino que lodomina. Que sea el objeto vértice del ángulo de visión del pintor, y noel pintor vértice del ángulo de contemplación del panorama, como lo esel novelista. El pintor que pinta cuadros de más de dos metroscuadrados, es inexorablemente un pintor superficial. La cuestión, parael pintor de grandes dimensiones, es de concepto; de que se dé cuentaque debe ser artísticamente superficial, o de que sea superficial einartístico sin darse cuenta. Los famosos pintores de frescos, asíantiguos como modernos, dándose cuenta de esto, pintaron por largosplanos, con tintas monótonas, esquivando la sensación obvia de volumen yprofundidad; fueron deliberadamente superficiales.

Yo interrumpo a la sombra locuaz, de voz de eunuco:

—En la iglesia vecina ha sonado el

Ángelus

meridiano. En una horainterrumpiré mi trabajo. Si te escuchase, jamás haría otra cosa quedejarme arrastrar en el curso ocioso de la deleitación discursiva. Dime,en resolución, cómo he de describir la Rúa Ruera, y que te plazca ladescripción.

—No describiéndola. Busca la visión diafenomenal. Inhíbete en tupersona de novelista. Haz que otras dos personas la vean al propiotiempo, desde ángulos laterales contrapuestos. Recuerda si en algunaocasión te aconteció ser testigo presencial de cómo ese mismo objeto, laRúa Ruera, suscitó duplicidad de imágenes e impresiones en dosobservadores de genio contradictorio; y tú ahora amalgama aquellasimágenes e impresiones.

—¡Recuerdo, recuerdo…!—exclamo; pero ya la sombra del excelente donAmaranto se ha desvanecido, al hombro el tenedor de peltre, emblema delascetismo de las casas de huéspedes.

—Sí; recuerdo que….

En rigor, ¿qué importa describir o pintar? ¿Qué importa obtener unavisión de dos o de tres dimensiones?

Lo importante es comunicarse,manifestarse, darse a entender, siquiera sea por alusiones remotas,gestos mudos y palabras volanderas. Mas, porque no me importunenuevamente la silueta magistral e imperiosa del admirable don Amaranto,me doblegaré esta vez a seguir su pauta.

Recuerdo que, viviendo yo en la ilustre y veterana Pilares, vinieron avisitar la urbe mis amigos madrileños Juan Lirio, pintor, y Pedro Lario,que no sé lo que era; él decía que espenceriano. Les acompañé comoguía.

Al llegar a la acrópolis, o parte alta de la ciudad, cuya callemás antigua y señalada es la Rúa Ruera, Lirio dijo, haciendodescompuestos ademanes de entusiasmo:

—¡Qué calle más hermosa!

—¡Qué calle tan horrible!—corrigió Lario, frunciendo un gestodesabrido. Añadió:—¡Qué calle tan absurda!

—Por eso es hermosa.

—¿Lo absurdo es lo hermoso?… ¿Qué diría de esa opinión un griego,para quien la belleza era el resultado más meticuloso y fino de lalógica? El mundo es hermoso, pulcro, porque es lógico.

—En cuanto a la belleza de los griegos, te respondo que a la nariz, enmármol de Paros, de una estatua, prefiero la nariz respingadilla y dealetas palpitantes de esa chatunga que sube por la calle. Y en cuanto ala belleza lógica del mundo, te respondo que me atraen más las obras delhombre que las de la Naturaleza. Me gusta más una góndola que untiburón, y si me apuras, admiro más un cacharro de Talavera que elHimalaya.

En la Naturaleza, transijo mejor con lo caprichoso y absurdo,o que tal parece. Una jirafa me divierte más que el terreno terciario.

—Has caído en contradicción. Prefieres la chata a la estatua; y lachata es una obra de la Naturaleza.

Prefieres la góndola al tiburón,porque la góndola es obra del hombre.

—Sobre las obras de la Naturaleza pongo las del hombre, y sobre las delhombre, la vida misma, y con preferencia la fuente de la vida: la mujer.Pero concedo que me contradigo con frecuencia. ¿Y qué? Así me sientovivir. Si no me contradijese y obedeciese a pura lógica, sería unfenómeno de naturaleza y no me sentiría vivir. Las obras del hombre, ymás todavía las de arte, son estimables en la medida que se las sienteanimadas de esa necesidad de contradicción, que es la vida. Esta callees hermosa y tiene vida, porque es contradictoria. Déjame que tome unapunte de ella; no me voy sin pintarla. La única nota molesta ydetonante es aquella casa nueva y afrancesada.

—Te has mostrado al desnudo. Los pintores y los filólogos y eruditossois bestias de la misma especie, y me irritáis tanto los unos como losotros. Unos y otros os alimentáis de vejeces. Os fascina lo caduco, locarcomido, lo apolillado. Entre un mamotreto momia y un gustoso tratadode sociología, recién salido del horno, el filólogo y el erudito eligenel primero. Entre un mancebo apolíneo y un vejete horrendo, de verrugosanariz, el pintor elige el segundo y disputa de buena fe que es máshermoso pictóricamente. ¡Qué aberración! Pero hay algo que me exasperaaún más. Y es que el erudito se figura que los libros no cumplen unamisión social de amenización y perfeccionamiento del espíritu, sino queexisten sólo para que él tome notas. Y el pintor se figura que las cosasy los seres carecen de finalidad propia y utilidad colectiva, y queexisten nada más para que él tome apuntes.—A todo esto, Lirio seocupaba en dibujar la Rúa Ruera.

Como no le atajaban, Larioprosiguió:—He aquí esta calle absurda y odiosa. ¿Por qué se le ha dedenominar calle? Cada casa es el producto impulsivo del arbitrio de cadahabitante. No hay dos iguales. No se echa de ver norma ni simetría. Todoson líneas quebradas, colorines desvaídos y roña, que tú quizá llamespátina.

Está, además, en una pendiente de 45°, losada de musgosaslápidas de granito. Por ella no pueden subir carruajes, ni caballerías,ni cardíacos. Soledad, soledad. El sol no penetra por esta angostura,que parece un intestino aquejado de estreñimiento. Ahora tañen lascampanas de la catedral y nos atruenan. Probablemente están tañendo atodas horas, desde esa mole hinchada, de alargado cuello, que gravitasobre las prietas casucas, como una avestruz clueca que empollase unanidada de escarabajos. ¿Y esto es una calle, una calle hermosa? Unacalle es una arteria de una ciudad, por donde deben circular la salud yla vida. Ahora bien: la idea, el concepto de ciudad aparece cuando elhombre comprende que por encima del capricho impulsivo de su arbitriopersonal están la utilidad y el decoro colectivos, el propósito común deprosperidad, cultura y deleite, en los cuales participan por obligacióny derecho cuantos en la ciudad conviven. Antes de llegar a este punto,el hombre arraiga en aldehuelas salvajes o posa en aduares nómadas. Masya que el individuo se aplica a realizar el concepto de ciudad, esdecir, de un esquema, una estructura, con propósitos ideales, de la cualél no es sino subordinada partícula, surge la ciudad helénica, arquetipode urbes, surgen la norma, el canon, la simetría, las calles soleadas,regulares y homogéneas, las viviendas civiles de hospitalario pórtico einviolable hogar, los jardines, el mercado, el ágora, el temploarmonioso, que no esa catedral bárbara y campanuda.