Bajo las Ramas del Muérdago by Sebastián Galvis Arcila - HTML preview

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De todos el baile,

brillando la pirotecnia de la noble ingenuidad; loor a la reina sin lealtad al rey,

los gatos callejeros se han bañado,

blanca nieves se ha enfadado

y una bruja santiguado.

Camina Perseo aventurado

buscando las ninfas que va amando.

En el viñedo oculto y con rizos de oro

sus rameras se están embriagando.

Shakespeare y Homero

se tienden la mano,

¡Qué ha cambiado! dice el primero:

Gretel se ha quedado sin hermano,

Olvidó Odiseo los retos de su esmero,

la bestia no se disfrazó de humano,

Rafael vendió el pincel y compró un esfero

mientras redacta un "reality" profano.

De noche se viste la fiesta

entre rígidos pabellones

que estriban las almas despiertas.

Marte no ha venido ¡Que pena!

de día vuela a Irak y de noche a Suramérica.

Las novicias de Calcuta, cocuyos diurnos

en un castillo inglés de rústica métrica,

se santiguan en celos de hadas

por los votos añejos de pobreza histérica.

Una mujer intrigante en silencio

y Rasputín de cerca no se calla.

Barba azul no se enteraba

y al fin se presentó con una seda blanca;

seca lágrimas en el rostro de su amada

y percibe engaños en la faz de quien no ha olvidado lo que en la carta el atleta lazarillo habla,

sobre manos limpias y un delirio desahuciado,

de un siniestro en manchas de sangre humana.

Campanea Rodrigo Díaz

y el nombre de su bandera,

que en el adoquín sin fronteras

libertó la tristeza que tenía.

El coro de seminaristas;

galas de estrambóticos linos elegantes,

zapatos cenicientos y pianistas,

casanovas graduados de informantes.

La fecha...

la dicha, el porro,

los aljibes, los gladiolos y las bayonetas,

los alfileres que ufanaron al moro,

los pelos de conejo consumidos en recetas;

una caperuza en el vientre del lobo

y la ceguera de los profetas.

Ante las tumbas el canto del coro

y en la humareda gnomos en trompetas.

Bocassio en jolgorio infinito

de llamas encendidas y la nieve de Siberia,

de arpas y oboes velando el delito

que se cuela en los canastos de la feria.

Tocan los mosaicos el sabor de un vino tinto,

bailando polkas que añejan la comedia.

¡Ninguna como esta!

Gritan los aborígenes sin rostro

en la feria de estaciones y en pozos

de oro griego que se espesa.

¡No habrá otra más que esta!

Dicen los libertadores y los agoreros,

los elfos, los demonios...

¡En nombre del más grande extranjero,

quien nos abjuró en sus testimonios!

¡Nunca, nunca, nunca mas!

replican doncellas bebiendo sin pudor;

dicen los caballeros, los fieles marineros...

¡Por poco se ausentó el clamor

de quien dio a beber agua entre enfermos,

porque bellas obras tejió en estupor

y bellas tragedias en gorjeo de azulejos!

¡No habrá otra como esta!

De quién hablamos?

Por quien nunca suspiramos.

Y en quien nos regocijamos?

En ese que nunca agasajamos.

Y quien es aquel de vida lenta

que nos puso alma y nos dio en venta?

Aquel misántropo que llegó a la meta,

es decir: nosotros apostando en tretas

y desde los naipes que se mueven

en la torre que no tiene puerta…

nos mira el poeta.

MORÍ (Anacronía a la muerte)

Candorosa cobardía encandilada

por la gracia de un mancebo sortilegio.

Erase una vez la tenue luz

sobre los folíolos del rosal,

cuando parecían morir las aflicciones

y permanecían raudas rapsodias ocultas.

Dulce oráculo semita

que confinas primaveras,

en las noches donde no hay estrellas;

que acarreas murmurios

y mendigas estrofas de pobreza

entre blancas pañoletas.

Ayuna en duelo por los que se acuestan

bajo tus pétalos caídos,

mientras retozan con espadas de mimbre

filípicos y tristones los fulgores,

vetustos aliados de nuestra

perecedera longevidad.

Demasiadas historietas hay en tus ojos

nutridos en la amable ambrosía del Olimpo,

vuelven y se van,

se llevan el agosto de los frutos,

se van volando de la niebla a la ventisca,

de la risa a los lamentos,

como párvulos encantamientos

de un arrebol Manizalita.

Alea iacta est.

El lavabo que me habla

en la sapidez del vocerío,

cuatro velas encendidas

y la nulidad de los edictos.

Alea iacta est

en el modillón de la apariencia.

A la ruina de clérigos amordazados

augurándome al pie de tus instintos.

EL RAMILLETE

SECO

LLUEVE

Si en ti hay lágrimas... llueve a raudales,

y aunque el verano esté aflorando... llueve y llueve sin parar; yo juro que está lloviendo cuando maldigo la vida al verte llorar, porque la lluvia es un verbo que se queda sin lamento si rebasa el embalse de tu cordura, de luto y de cristal.

TRISTE RECUERDO

Volver a amar…

Adicción volátil, distante y frágil

de palomas en la orilla;

volver a amar el recodo del huerto

que nos reparte como iguales.

Volver a amar es peor

que el martirio deplorable

de "robarle inspiración a la tristeza".

Tanta tristeza, tristeza tonta,

tristeza tanta, tanta y tan tonta.

Dolor que sucumbe en ungido rezago

y en mordiscos de tu emperatriz arribada

en un bohemio corpiño contento,

sucio por los besos de la ausencia.

Bendígate Oh mujer

el remedio sin mascaradas,

en la voz del clavel que trunca

el siniestro resplandor.

Desde una grupa adornada de verónicas,

la negra envidia flexible y esbelta

que quiso en yedra convertirme.

El muelle abandonado

y el viento castrador.

Roncas voces de lejos

acechan en tus corredores

calumniando nuestro secreto,

mientras el mar se aquieta

en tus pechos meditabundos

y en turquesas de murmullos taciturnos.

Un aroma hincado nos amarra

sin soñar canciones de ayer,

relumbrando en el brillo de las bridas

que ladran entre juncos,

e incesantes mordiscos a la almohada,

en verdusco arroyo empavonado

de amargos desconsuelos.

Oh, con juramento de pálidos testigos,

quebró mi talle la fuga de gitanos,

ante las ramas del olmo

que nos guareció más de una vez

de soles dorados en agonía.

Se marchó…

Princesa que amortaja las mareas.

Rasgan tu enagua los grillos sin acento

que profanan el invierno perpetuo;

llegaste en la infinita parsimonia

y desde entonces

te vas alejando lenta después de todo,

por el agua que lleva el mar.

A LA MADRE AUSENTE

¿Quién ostenta la alegría de una madre,

quién se sienta con ella a la mesa,

quién consuela su pesar encubierto,

quién por ella se desvela?

Madre ausente, aurora del paraíso;

cómo hubiese querido esperar lo inesperado,

cómo quisiera que estuvieras a mi lado.

Pero la melancolía es tierra entre mis manos,

y el sueño... idilio donde nos encontramos.

Tuyo hasta siempre mientras no esté contigo,

aunque casi siempre esté lejos el final;

por eso voy contando los años que he vivido

camino de las huellas que me llevan a tu hogar, por eso voy contando los años que he vivido

por eso voy llorando las lágrimas del mar.

Madre ausente, burbuja en libertad,

que caminas cada noche el piso de mi casa,

que has hecho de mi sueño tu nido familiar,

que vuelves en la tempestad de mi desgracia

cumpliendo la cita en impecable soledad.

Te amo y no te tengo,

te extraño oh mamá.

Yo sé que has visto la lágrima

que por mis mejillas se fuga sin piedad;

yo sé que desde tu mundo plateado en la distancia me miras, llameante lucero de la eternidad.

Y sé que mi fe, la que ves que no descansa,

marcha medio agobiada por el pabellón de la ansiedad.

Y sé también en la ignominiosa y mortal asonancia, que te amo y no te tengo,

que te extraño oh mamá.

ALGO EN TI ME DA PESARES

Algo en ti embosca tu luto

como sacrosanto salteador,

y me da pesares, me da pesares.

Algo en ti se entierra hondo

en ingénito coloso de placeres

y en estupendos tentáculos bucólicos.

Y me da pesares, me da pesares.

Algo en ti se aviva

con las vituallas que mancillan en tus muñecas la primigenia maldición divina.

Y me da pesares, me da pesares.

Algo en ti pregona abyecto

prejuicios a la desolada,

y deplora la mina portentosa

de tu fecundidad,

y la ávida codicia denigrante.

Y me da pesares, me da pesares.

Algo en ti no duerme,

los histriones de corsario

que rugen en tu melena,

cual flamígera avalancha flotante

en hoscos lienzos obscenos.

Y me da pesares, me da pesares.

Algo en ti conspira en brava

diamantina de ímpetus,

fuera del lugar de mis complacencias

y me da pesares, me da pesares;

serán mentiras que constelan

en rabiosos trenes tus caricias...

Heroica pasajera.

Cuando algo en ti embosca tu luto

y mi acecho esquivas cual gacela.

AMOR DE ÁRBOL

Inspirado en la obra de Sandro,

el Gitano de América.

Yo que pensé...

¡Casi te pierdo por tonto, por torpe, por niño; simplemente por amar con amor de árbol!

Yo que pensé...

¡Casi te pierdo, por echar suertes en la enramada mientras maldije la plaga de tu ambición cautivante!

¿Cuándo los vuelcos de la vida te excluyeron

del harén para nombrarte odalisca?

Amiga,

por favor hoy no lamentaré tu mezquindad.

Acércate, no tengas miedo,

esta noche pasémosla en verano,

en el cantil que acalora los esquemas,

a la suerte del hibrido furor ya nebuloso.

Quizá fallé tanto para merecerte

o quizá fue en mis sueños donde

simplemente los cuerpos ardieron.

Amiga,

anuncian los relámpagos terribles tempestades; (quédate).

Y qué si el recuerdo nos moja,

y qué si hago de mañana algo peor

a un rápido feroz hasta bañarte

en lamentos de gloria.

Acércate,

cuéntame como han pasado los años

en los méritos de tus arrugas,

donde nunca llegaron ni las maledicencias

de mi boca, ni el fogón estimulante

que resecó mis pobres párpados adoloridos.

Me convertiste en jerarca del motivo,

devoto de tus placeres e

incondicional plebeyo de tu sed;

así vivo cargando la cruz pesada

por el calvario de tan ridícula espera.

Amiga,

se me secaron las hojas en el vacío

de un amor nuboso,

y astillada la corteza sangraba

mientras el árbol moría.

Cuéntamelo todo sin promesas.

Mi amiga; absuelve tu busto diabólico

y tu insigne eufemismo de perlas y diamantes.

Por favor no hagas promesas.

Ven que perdoné tu subterfugio,

ven, ven acércate, no tengas miedo.

Puedes quedarte conmigo

y contarme porque a mi as vuelto,

si desconozco lo que ven mis ojos

y lo que tuve, lo perdí hace tiempo.

CARA A CARA

Presiento que son respiros

fugaces como son;

anticipo el arjé que exhalas,

airoso tifón.

¿Qué esperas...? a tientas

lleva prisa abanicada, la razón.

Tú escondes una deuda

y yo mi voz.

Presiento un resuello equivocado;

telarañas en tu espiración,

estrelladas de tibio viento

y colgadas de incomprensión.

¿Qué esperas...? a tientas

lleva prisa abanicada, la razón.

Tú escondes una deuda

y yo mi voz.

Presiento en tu seco beso

el riego del adiós,

y penetro hasta el tormentoso

sospechar de la adivinación.

¿Qué esperas...? a tientas

lleva prisa abanicada, la razón.

Tu estas pensando en alguien,

y peno al decir que no soy yo.

"LOS ASERRADOS FESTONES DE UN HORIZONTE ÁRIDO Y LÚGUBRE"

Lo tomé por los cabellos

sin misericordia alguna,

la daga accedió sin duda

y su cuello le rasgué.

Era menor por un año

por si saberlo alguien quiere,

pues admito y no me duele

exclamar que lo maté.

Por vivir de mis insomnios,

porque acostumbraba sonreír,

por lo que me obligó a decir,

por no seguir mis pasos.

En su palidez ya muerto,

un certero ardor oscuro

trajo lamentos del muro

que rompí a martillazos.

La muerte no es cloroformo

ni góticas catalepsias;

es un cajón de miserias,

mausoleo de la verdad.

Al fin mi alma en paz descansa

del mal que sale del hombre,

porque los crímenes que obre

nunca se deshacen ya.

No niego que estoy de luto,

y desde entonces parece

que mi atuendo cisterciense

es negra perversidad.

Vil color de los rencores

de mis terrores y excusas:

cuando ocultaste mis culpas...

solo tenía un año más.

Estoy sucio y algo enfermo

porque yo matando al hombre,

me volví animal sin nombre,

sorda bestia sin leyes.

Primitivo en depresiones,

pues el crimen fue perfecto;

él cayó en mi ideal diverso,

caí yo en un tren sin rieles.

A veces se me aparece

en la forma de fantasma,

y en balde todavía trata

de que yo desee reírme.

Mientras pésimo asesino,

mi odio espantando su espectro

rehúsa pensar por momentos

en él... "simio sublime".

No soy tan malvado, ¿Lo ven?

su tribu es el opio final

que siembra el terror medieval

en mis ciertos conceptos:

los ladrillos victorianos.

La feroz supervivencia;

(pues vivimos en violencia

nueve meses al menos).

Lo demás, fue su persuasión,

su gozo en el bien podrido,

para tenerme escondido

del mundo entre el basalto.

Y mi odio se alimentaba

de cinismos anarquistas,

(yo gemía entre sus mentiras)

regurgitando de asco.

Camino de rayos sombríos

mientras arde alguna vela,

que recuerda aquella escena

cuando a solas lo maté.

Porque acostumbraba sonreír,

porque era tan irónico;

porque mi cuerpo andrógino

a ambos nos debía envolver.

Jamás podré arrepentirme

de haber hecho aquello que hice;

ya solo he quedado y dicen:

¡Su razonar le deja!

Mi doctrina apolítica,

mis afanes disidentes.

¿Pues saben algo dementes...?

Rasgué mi foto vieja...

Homicidio introspectivo

capaz de atenuar la sequía,

hinchando mis ojos de día y

disecando el meditar.

Por mis lúgubre desvaríos

apuñalé mi pasado,

¿Si sangre no he derramado,

pude al recuerdo matar?

PENURIAS Y CHUMBERAS

No quedan sino espinas

consoladas en el cortijo de hinojos,

y un huerto empapado e insaciable.

Mientras adolezco en la miseria,

el voluble confín donde mi palidez

enjuaga tu terrena blancura,

de penurias y chumberas.

Ella, va sola por donde se trisca

el zigzag de la cabaña;

por la vieja cabaña ella va sola.

Moza enojada en la ribera.

Ella va sola y yo la acompaño

a las ruinas ateridas en la escarcha.

Ella va sola por el invierno fúnebre

hasta la cañada en la que yo mismo

un día la encontré.

Del día la luz madruga

en burlescos ruiseñores destrozados

a la vuelta del camino.

Me parece todo como muerto;

la querella de un mantel somnoliento

ante el vino del pasado derramado,

que ruñe en la cocina

que carece de argumentos.

Casi nada nos queda de otros tiempos.

Solo penurias y chumberas.

Los palos de escoba donde renquea

el transido destino y el cortijo atrevido

en sorbos de revueltas

que columbran los ocasos.

Ella va sola por prados de madera,

mientras parpadean en el brocal las esquilas

en desechos del ara despierta.

Ella va sola por la desierta armonía

de la suerte y el dolor de las playas ilusorias, ahí donde retoña la rabia

de un ramito marchito y escondido

en la prisión del beso.

Ella va sola indagando de los parias

el brutal quebranto,

y nada tiene sino un tango perverso

de ausencia densa.

Pero me tiene a mí en la cal caída

del torvo tormento,

que se desmorona en los murales

de nuestra casucha sin alimento.

Y nada tengo pero la tengo a ella,

que es mucho más de lo que no me queda;

aunque nada tengamos,

solo penurias y chumberas.

ENTRE EL PUERTO Y LA CIUDAD

De la esperanza por estar dormido

durante setecientos días,

o de estar despierto en la ruleta

de lo que está por venir;

el sórdido paisaje desmenuza un

¡Ánimo gladiador!

En el que un imperio se mueve,

una generación sonríe

y una familia espera.

Probablemente la verdad necesita saber

que te amo….

Qué diría yo… no solo la verdad;

la mentira, los ángeles, el pecado,

nuestra ansiedad, mi paranoia,

las grandes ciénagas, los cuerdos y los puñales.

Que lo sepan todos… uno más que importa:

será mejor así.

Y volará el nácar de la mariposa

para no posarse en ti.

Que lo sepan todos aunque blasfeme mi angustia como odre nuevo o esclava reprimida.

Acampo en la jovial ansiedad de mis instintos

desde la grieta musgosa de tu esperanza,

y redimo el iracundo sufrimiento que se mezcla con tu aliento de menta y con tus piernas

de marfil hindú.

Como en una danza suicida

semejante a tu cuerpo sobre el mío,

y el mío sobre el lecho.

No se esconde nuestro deseo

como la luna en los pozos del vituperio,

ni se fusca nuestra ilusión de antaño

con la de Pizarro en este Perú.

Mas… de punta junto al anhelo

me quedo atascado y moribundo

en el momento mas lejano,

es decir: ese primer momento.

Por las calles donde tantos tienen tanto,

andan los girasoles regando pétalos

que envueltos en el viento rígido

naufragan en la impresión de mi pesadez.

La ola de la muerte acribilla

los recios cuerpos de un pelotón de estatuas

que adornan el templo de mi esperanza,

de mi añoranza, de mi más caduca tragedia,

del soneto a la muerte,

del poema de luna triste.

En la noche de velas consumidas,

en la basílica de pedernal,

en tanto que tienen tantos,

y en tantos que tienen tanto,

en la copa de nereidas,

en la cresta del Aconcagua…

El silbo desesperado de tu pena y la mía

sacude el mortal plazo distante,

con las plumas del pájaro de fuego

que ni Stravinski ni el sabio Magno

pudieron en alforja recoger.

Con un poco mas de vida

mis oscuros ojos no lloraran por otra gente

que tiene alma no como tu alma,

tiene fe pero no tu fe,

tiene ganas mas no tus ganas,

tiene fuerza y no es tu fuerza,

tiene pasiones, no tus pasiones;

y que tiene su afecto sepulto por un polvo espeso, distante al tuyo exaltado entre un puerto y la ciudad.

ANDRÉS “DEL OTRO LADO DEL SILENCIO”

Nunca estuviste solo Andrés,

no como el río que nada moja

o como el sicario de un alma enamorada,

solo, quien vomita inspiración de su boca,

¡solo y sola! y casi vieja,

la mujer que tu nacer y morir alumbrara.

Uno... dos...

uno...dos... uno...

Camino despacio, sendero cansado,

lerdo de alma, los ojos perdidos,

la inteligencia oculta y las ganas abstrusas

como oculto mapa en tus sucias manos,

y como cohetes de hierba alzados

al cabo de tus ansias difusas.

Carente de vergüenza, orondo y perfumado,

saliste de mañana prisionero de tu armario,

creyendo en el futuro de libros empolvados,

en "don´t cry" remando a los infiernos, barca apológica de quien te hizo daño.

Tus amores buscaste,

y tantas te traicionaron;

fingiendo sonreíste, insultando y congraciando quizá el sufrimiento, quizá un escenario.

Andrés mi buen amigo,

fuiste aquel día a conquistar

un país que solo existe

en la turbiedad del colegio;

fuiste tras las palomas que vuelan

siguiendo en el mutismo a los fantasmas,

y vencida ya tu alma,

el vino de tu vida se regaba sin remedio.

Y fue la hiel pergamino abierto

donde se leen los caracteres del enigma;

sudorosa y trémula tras el silencio

de aquellos que en sus dolores porfían.

Frío tu sudor;

celoso el viento contemplado,

lo que fue sapiente, ahora mismo moría,

Ay, el suelo en sangre culpado

y lo que fue un niño juguetón:

¡ya no existía!

Pasado ya el medio día,

falsamente en ti creíste

e ingenuamente reviviste

los seres que opacan tu recuerdo,

que recogen el remordimiento

de no sufrir como sufrías.

Cuando sostienes la enfermedad mortal,

temible y poderosa,

con la desobediente mano

que a nuestras canciones se ancla.

De pronto se levanta la soga

y se pule el madero,

te aturde el silencio,

te ahogas en lágrimas, añoras calor.

En otra esfera Luzbel

batallaba un cuerpo,

y los espíritus reían

entre murmullos sostenidos

que desafiaban la melodía.

Soportaste el cruel peso de la equivocación,

que pese a romper tus muñecas

también te rompió el corazón,

que no falló como cómplice

amigo de un perdedor.

Donde Caín mató a Abel,

Buda lloró a sus hijos

y un cadáver extraviado despertó...

Ahí estabas,

triscando la amargura de tus vicios

y odiando los motivos del creador.

De las cartas que escribiste como mejor canción, ninguna es más de lo que hiciste

mientras conservaste la ilusión.

Y de tantas que escribiste ninguna será mejor

que la que no escribiste,

que la que no escribiste viviendo por amor.

Los años no han cerrado los ojos de tu madre

ni consuelan la fe que de Mary arrebataste;

y mientras pudo vivió tu padre

sosteniendo el pesado cetro que amenaza;

la presurosa espada de Damocles

sobre el corazón,

como un airado jinete culpable o

el inminente corcel del Cid campeador.

EPISTOLA DE UN DESENGAÑO

Ahí va quien fuera mi novia,

la que en otro tiempo yo amara,

por quién besé el suelo frío que no sabe olvidar, por la que perjurara tanto amor.

Hasta donde he de hablar…

hasta cuando maldición.

Ahí va y en sus pisadas voy recordando

la tenue chispa que despedazó mi bondad.

Hasta que el cuerpo aguante

y enmudezca el alma en ruinas

de algún madrigal.

Hasta cuando vas a ser mía.

Hasta que el decálogo de tus gemidos

quede sin apéndices;

hasta que la casona blanca de los abuelos

desencaje en el ambiguo santuario

de la dulzura primaveral.

Hasta cuando vas a ser mía.

Quería dormido en suspenso quedarme.

No lo supiste;

pretendía amputar el tedioso

obelisco del desconcierto

congelándome en aquella habitación;

pero aterrorizado el relámpago brotó

e hizo de mi curiosidad un huésped pusilánime

que se mudó a tu alcoba.

Ahí estaba yo,

ese día, esa hora…ese instante

y me duele recordarlo…

En la ducha la agitación percibió

una ajena tristeza en medio

de dos cuerpos paganos que

se hacían el amor con el furioso

instinto de los basiliscos.

Entre bullicios suplicantes y torturadores,

yo te amaba…Ese día.

Con tus besos ataviados de codicia,

te esperaba…esa hora.

Y el vino que a probar le diste de tu boca

fue sal en mi paladar; ¡amantes!,

Sal que pudre la llaga…”ese instante”.

Él en ti y yo te amaba.

La tierra cabía en un pesebre

mientras enfermas uñas la pared desgarraban.

Un abarrotado aeropuerto

dijo por mí:

¡Hasta cuando será mía!

Tanta gracia le entregaste

y yo te amaba,

después de todo no dije nada

pero aún así te amaba.

Aunque mis prisioneras manos

del suelo recogieron hechizados susurros

de placer y supersticiosos aromas

que desde entonces

me han dejado sin habla.

No llegará al centenario la cabaña,

junto a mis silencios será quemada.

Fallido intento de parar el transito…

Hasta cuando vas a ser mía.

Sólo, solo yo.

Un giro eterno,

te veo de lejos…

Sé que nunca voy a ser tuyo

¿No me escuchas? ¿No lo sabes?

Te veo de lejos…

Ahora es cuando sumas la distancia,

y la tenue chispa que despedazó mi bondad

te lleva de mi en caída libre desde las nubes, por el beso de suma importancia

que de lunes a lunes

doy al frío suelo que no puede olvidar.

EL BESO MÁGICO

RETRATO

Drogándome en la esclavitud de tu vientre anémico, vagabundo trepidaba asilado en el hospicio de tu apretón.

Arrepentido de chupar tu zumo sin saborear el remordimiento de haberme quedado a solas sin una gota de sudor.

Descargando a pedradas de placer el frondoso árbol en libidinosa crisis, y paladeando entre dientes macerados quejidos de artera demencia.

El oloroso ramo de tu vientre exhibido en el carnal dique de tus cojines y los cuerpos rodando

al quicio donde el rigor se impacienta.

PROPOSICIÓN

Abrigo y tálamo pilluela.

Ríndete ante mi carne crucificada;

en una misma soledad los dos.

Pilluela... no duermas entre barcas de orfandad.

Ven a peregrinar por la montaña del convento tropical que se volca sobre ágatas de costanera,

en la métrica de tus senos indefensos pilluela, y en la azuzada lírica del mar.

Conspírame en prematura docilidad pilluela,

al enfado de tu aljaba y la enferma pubertad ondulante.

Al revolcado vicio de la pernicia pilluela...

Déjame evaporar la calidez mojada

de tu vaho lúbrico y constante.

EL MUERDAGO

FLORECIDO

CUANDO YO NO ESTÉ

Si en cien años yo no he muerto,

escríbeme una carta sin punto final

donde describas con insistencia

los ardides incautos de mi ausencia.

Cuando yo no esté,

cultiva la consonancia platónica

con la geografía,

con todas las hojas que arrastra el viento;

y mira en trazados derroteros

los inviernos estacionales que me afligen

mientras te recuerdo.

Cuando yo no esté,

olvida el camino que te trajo,

y guarda su maleza en tus erarios.

No digas “Vuelve pronto” sino:

¡Tu recuerdo embalsamado

descansa en el mismo mausoleo

de la plaza roja de Moscú!

¿Acaso las estrellas del firmamento

se avergüenzan en la retirada

cuando es acogida la mañana

por el sol radiante?

Cuando yo no esté,

no me habré ido todavía.

Porque el hombre no es un hábito

que adeuda impuestos a la vida.

Instrúyete en el chillido

de los vientos Alisios,

en la confección de habanos,

en el comercio del puerto de Hamburgo.

Instrúyete en el Viejo Testamento,

en toda escritura sagrada;

instrúyete por la vereda afanada,

en el rumbo disoluto

del forastero que abraza

inmensas polvaredas,

para recitar en la sequía

de los versos conmovidos,

el agua fresca que declama en prosa

el fondo de los ríos

que susurra mi propio nombre.

Cuando yo ya no esté,

junto a tu mundo mi balaca

somnolienta dormitará,

incapaz de repatriarse en el alma

de la luna nueva, rozando

pendientes con la tristeza.

Cuando yo ya no esté

por mi incauta alma suplica,

y por las reprensiones sufridas

de aquellos que esperan en la

lobreguez de una cárcel… Libertad.

Cuando yo ya no esté,

no retengas la memoria del desanimo,

ni retengas el precioso instante

cuando por la horizontal se pierda

un móvil en el tendido camino.

Apartada y yerta,

encalada por contradictoria mocedad,

contémplame en todos, en todo,

en jugarretas infantiles,

en el afán de la gente por desposarse,

en la arbitrariedad de los solteros,

en virtuosa juventud,

en meritorias galas,

en seductora elocuencia

y en tus pretendientes que me odian.

Cuando yo no esté

habrás ganado la renovada ilusión,

al verme descender de una nave

con las manos llenas de la misma

esperanza con la que van marchando;

y yo habré adquirido desde entonces,

la mansa ausencia de no verte durante años,

hasta el día que te encuentre

y sea nuestra despedida

solo un ayer tatuado entre mis labios.

FLORES BLANCAS, FLORES NEGRAS

Un hombre murió en tus brazos,

el que desde la colina

contemplaba casi todos los ocasos,

el que enmudeció tras ignoradas rejas

un llanto amargo vestido de flores blancas

y flores negras

enredadas en tu provocador atuendo.

Me gusta hablar de flores

muy cerca de estas costas,

me gusta hablar de alelíes,

de gladiolos venenosos,

de nogales y caimitos;

me gusta hablar de aromas

y del polen corpóreo que fertiliza

el carnal vientre de tu corola.

Me gusta hablar de un claro otoño...

de un camino en penumbras.

Cuando el soneto se hace añejo

recobra ánimos que se funden

entre tus piernas esbeltas,

escandalosas y subversivas,

mientras van taciturnas

de arriba a abajo

y desde abajo apenas distinguidas.

En el cementerio,

donde huele a negras rosas

y a marchitos tulipanes;

deja que mis manos injerten

tu delicada hermosura

en la tersura del don y en el

desgaste de mis miembros,

donde las flores van muriendo

y los pájaros van comiendo

las sobras del fruto prohibido.

JURAMENTO

Juro ante todos, bordear de plegarias el cofre que custodia el desteñido pliegue que nos serena.

Imprimir el candor de tus vilezas

en la huella de mi suerte

y en sorda lid de mis descaros.

Tendré para ti mejores cosas

que fastidiosos andrajos.

El apurado péndulo que prevalece en el recinto cuando somos remotos suspiros de ternura

y la efervescencia logramos deshelar.

En insólitos desdenes forjaré tus desvaríos,

cuando mi pensamiento pongas

en la bondad de tus botines.

En tus avisos mis miembros serán aljibes,

aunque parezcamos ridículos descalzos en desprecio.

Juro por mi nombre lastimero y medroso

como arrumaco postrero,

un repentino tributo a los días que te tenga lejos, y al sol absorto que tuesta los mangos de tu pecho sin caducar la tarde.

Seré impenitente si pecado es tocarte

con éste mi cuerpo revestido de cieno.

Seré olímpico desbordamiento

de soberbias infaltables en tu espalda

trémula, brumosa e inescrutable.

Seré delicado arriero en tus arrecifes,

presenciando el incensario de tu boca

a la luz de antorchas que fascinados:

No dejamos apagar.

Te juro propiciar tu ardiente inercia,

perdido en el asilo que te adeudan

mis dedos de bronce cansados

hasta después del huracán.

Contigo ensalzarme, comerciando en asambleas

mis rosados labios inexpertos al cabo de tu envés.

No digas nada y veré el amparo del horror

repicar con su hacha mis perfiles,

en la afrenta que marcha con la amargura;

y negros pestañeos que a intervalos se exhiben en un muro de secretos.

Me veras inflarme capaz de todo,

beodo en tus afectos;

verás el pervertido artificio de inmolarme,

para amarte en la sumisión de mis encantos

delirando en tus trapiches.

Me verás almidonar la vereda de tus inciertos

por el flaco rumbo de tus buenos sueños.

Juro por la extinta sutileza del absurdo,

atender tus finos desvelos trigueños,

el inmaculado flanco de tus piernas desdobladas y tus frescos clarines como paladines.

Para siempre en fatídica indecencia de alabastro ser el cinturón que ahorque tu cintura de sílex.

Si te hastío en pesares de mi juramento,

la humilde conciencia desparramada y apacible

me arguye atroz tormento,

en molicie de filudos instintos que copian

el grosero recreo de tus pestañeos.

Lejano quedó el aliento de la lejanía

en tan curioso plañidero flagrante,

donde el prestigio investía

lo que en mi fue doloroso,

aunque fuimos despiertos

figurándonos tan satisfechos

en estremecido delirio fervoroso.

Juro ante la lira de los recuerdos

que cifra mi excitación,

enjugar con mi diáfana lengua

-que fluye caníbal entre tus pechos-

la hinchada porfía porque te adoro

y me adoras en vastas pretensiones,

que te logran asir

a los altaneros átomos de mis lágrimas.

En medio de estas sátiras

de amor que van y siempre vuelven.

Juro ante todos estos testigos;

en la gastada prosa que adormece

el relato de dos insensatos

que se aman y no duermen.

SERENATA

Aparcado en el menguante de la luna,

sentado sobre un polvoriento recuerdo solitario, de repente llego a ausentarme

cerca a un idilio que añora sonrisas extasiadas.

Mudo porque no me escuchas,

mudo porque no tengo habla;

y tatuado en el ardor de mi pecho

mi pobre ansia enamorada y sin palabra.

Te adoro con el principio,

en el instante donde solo era el verbo;

desde entonces mi Dios…

Apetito insaciable por juntarme contigo

para degustar el fraude exagerado de lo auténtico, desde el ambiguo deambular de esta noche

hasta el vértice que hará perfecta

la puesta del sol.

Tras la corriente de invierno que llega al valle por este tiempo, viene el recuerdo prohibido que margina

las veces que hemos hecho

todo aquello que ya se ha hecho,

y las bragas con las que sueles sobornar

adagios que hacen el amor

revestidos de mi carne azuzada.

Y dicha como esta dicha,

no es un arpa que toca delicada el artista;

un ave vestida de cielo

que nadie ha visto y nadie verá,

cantora que en secreto

tu y yo hemos de escuchar.

Amor no fingido,

amor petulante incinerado en el Tao deshojado, amor engreído y culpable

por lo que eres al reír,

lo que tienes al vivir

y lo que sientes al sufrir;

suele la fortuna llamarme por tu nombre,

cuando me permito fotografiar

la llamarada de tu hechura que derrite

la obcecada parafina de mi almohada,

donde consigo escatimar libre de ansiedades,

que desde hace unos días,

¡Siempre! Amor, amor, amor amor,

siempre vamos a estar juntos.

ROMANCILLO UN DÍA DESPUÉS DEL FIN

Si me voy de ti,

me voy por el camino que no hacen mis botas,

por la necedad del hortelano y sus prostitutas y por el quebranto asilado entre mis cuadernos.

Si me voy de ti, me deja de importar

lo que tanto dice la gente…

Pancoger de rumores desgastados:

¡Que te deje! y no te dejo,

¡Que eres mala! y yo te quiero,

¡Que me aleje! y no me alejo,

¡Que estoy ciego! y yo lo intento.

Irme de ti es irme a un brasero

a llorar los sonetos que ya no invento.

Si me voy de ti, parto a ningún lado,

a las letrinas de las bocas supersticiosas,

a la mala sangre de un mal golpe,

a una celda de concreto que grita tu nombre

y a los puñales que traspasan mis entrañas recelosas.

Si me voy de ti nadie entenderá

que anduve ausente de estaciones;

que empollan los tordos en mis sesos

y deprecan los mirlos sobre mis alas.

Si me voy de ti, hallaré no se donde

el áspid que muerda tus besos

en mil insomnios color a esmeraldas.

Si me voy de ti queda la mitad que sobrevive

y me quedo esperando las ideas

que solo llegan una vez;

me voy a rezar frente a una cruz de navajas,

me voy a llorar mas de lo que pueda sudar mi frente, me voy a refugiar no tan lejos de aquí

para que nadie sepa que fue de mí

en la guerra o en el limbo,

¿Cómo, donde y porqué así?

Para que sepas desde donde me encuentre

que todavía exiliado estoy de ti.

SI NOS DEJAN SOLOS

Si nos dejan solos te colorearé

unas alas con el color de las espigas,

para que te quedes sin llanto

esperando mi reflejo un día.

Si nos dejan solos regaremos

los albos huertos de la tierra,

con el acre y la esperanza entrecruzados

en penitencias que azotan

las alondras sin remedio.

Desbocaremos de las zarzas trocadas

el vinagre del tacto sonámbulo

en la oportuna quietud.

Si nos dejan solos.

Fatigaré la blandura de tus trenzas

con el caliente riego de mi lloro,

amargo como linfas enturbiadas.

Si nos dejan solos.

Sonreirá un salmo sobre el piano

y delante, el esplendor del perfume esparcido

que quema en la superficie de los pedernales

el bohemio recreo de los geranios.

Si nos dejan solos.

Las carnes amorosas

remilgarán deshojando romanceros

en vísceras de fieras ancestrales.

Si nos dejan solos.

Si nos dejan solos,

proseguirá la amargura de acero

exprimiendo cortados miradores.

Si nos dejan solos,

traspasarás con lanza mi costado

y lameré en ti todas las lágrimas

de tus ojos castigados.

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