Bajo las Ramas del Muérdago by Sebastián Galvis Arcila - HTML preview

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SEBASTIAN GALVIS ARCILA

Bajo las Ramas del

Muérdago

“Desde el Comienzo”

PRESENTACIÓN

Probablemente si alguien me hubiera pedido que redactara y preparara el bosquejo general de mi primer poemario, hubiese empezado con más preocupación que convicción por aplicar las metodologías que a la larga no hacen más que matar la inspiración, y hubiera sesgado parcialmente mis momentos de producción creativa a partir de los afanes que ofrece el reflexionar en lo que la gente desea leer, las academias pretenden condecorar y las editoriales prefieren publicar. Pero por fortuna no fue este mi caso, y nadie pretendió si quiera hacerme tan arrogante propuesta, sino hasta días después del momento aquel en que escribí el punto final de la última de las líneas que componen este trabajo poético.

Después de todo, en el proceso me di cuenta que mi primer poemario sería una labor libre de avaricia y pretensiosa hechura, que la pluma en mi mano trazaría el derrotero de espejismos tangibles y palpables en la condición de cualquiera que tuviera la ocasión de leer mi obra, y que la ansiada creatividad solo es amiga de quien trabaja a favor del arte en todo su esplendor. Esto significa que las formas construidas solo valen la pena cuando el artífice se ha despojado de afanes egoístas y de una conciencia ensimismada, solo así su espíritu se hace uno con el Universo y compone al unísono con los vestigios de la sabiduría colectiva, hazañas que jamás imaginó que de él manarían.

Por lo tanto la autoría de una pieza artística es tan relativa como las visiones tenidas bajo hipnosis, que no son siempre explicables ni enteramente comprensibles. Esta es una buena razón para dilucidar porqué el escritor no se jacta de su obra y porqué hay a quienes les parece en un libro, estar viendo las planas auténticas de su vida revelándose crudamente en la entrega sublime de unas páginas abiertas.

Este es el comienzo, lo primero que supe que debía escribir por necesidad, porque no lo sentía netamente personal sino eterno e infinito; no es simplemente un deber social sino un aliento vital que esta hecho de la luz sinestésica de ideas perpetuas. Yo de mi mismo no podría componer una sola estrofa sino fuera por el reflejo de la vida en la penumbra gloriosa que se inscribe por el alma de mi pluma en la pureza del papel. Este debe ser el comienzo y no otro porque son mis primeros versos, los versos de niño de joven y de adulto, estaría mintiendo si no empezara por reconocerlos, y hay en todos ellos una imagen renuente de personajes que no son como yo, de lugares que mi cuerpo no ha visitado pero certeramente mis ojos en su hechizo han visto entre lágrimas y risas; y hay también en ellos los campos mórficos de los antiguos poetas y el sentir recién parido de una nueva inspiración resonante.

En el trance de hacerme poeta dejé la estereotipia de mi persona y me fundí en realidades multidimensionales que al principio me eran tan ajenas como una sala oscura que poco a poco se va iluminando con la función cinematográfica; y después se hicieron familiares a medida que en el tiempo mi mente su nueva trama lograba comprender. Entonces los sueños más despiertos de mi vida se proyectaron en la quietud de mi estado ideal y urgido emprendí la honrosa tarea de traducir en teoremas literarios la fugaz tonada inédita que suena para toda la audiencia tras el telón de lo prohibido.

El presente no es el constructo de una visión íntima de mis campañas existenciales, ni una composición autobiográfica que tenga como objetivo alimentar las engrosadas estanterías de bibliotecas y coleccionistas literarios; sino una propuesta con un carácter definido que parte muchas veces de lo social, cotidiano, emocional, y sentimental. No es uno de sus objetivos específicos, develar la visión terrena de una criatura experimental con necesidad de popularidad, antes bien, se saciaría su ambición si tan solo fuese percibido en el recorrido, como una recopilación de esquemas colectivos afines a la realidad y a la imaginación de por lo menos un hombre o una mujer que ame con desesperación el elixir inagotable del verso genuino.

El muérdago evoca la confrontación marginal de la ficción y la realidad, y crece justo en el exiguo lindero que las distingue pero no las separa, con tal fin lo escogí intuitivamente para rotular el producto de una historia que no da cuenta de temas sino de hechos, y no sabe de escenas sino de actores que no pudieron escapar de su pública realidad. “Debajo de las ramas del muérdago” aun quedan mil historias que yo no pude contar, pero con las que escribo en este libro me alcanza para insinuar el destino final y bienaventurado de aquella persona que sirviéndose de su inconsciencia soñó alguna vez que sentía, que quería, que debía y que podía.

El artificio de la palabra sembrada en tierra fértil conserva el tesoro de su propio potencial y significancia, en la esperanza de un país mejor y un continente en progreso; en él, trabajar esparciendo semillas es trabajo de visionarios al tiempo de sembrar propuestas capaces de engendrar un cambio. Al germinar las semillas hay tantos retoños y cada uno de ellos parece representar uno a uno según su género y especie, la explayada cuantía de la experiencia humana. De pronto el espectador indica en sus meditaciones el misterio del crecimiento que es la incorporación del condimento espiritual, un hálito que da vida a las piezas de arte, que no puede ser explicado con estrictos tecnicismos y se forja en las zonas selváticas de los instintos y las convicciones.

Después del nacer y la leyenda del crecimiento, el ramillete se hace seco pero no muere, y es también cuando su decaída textura invoca los mortuorios gemidos de tristeza y melancolía que son estados de ánimo propios de todos los seres vivos sean cazadores o sean presas; pero quien no se niega a la realidad puede ver todavía la luz que sale de la oscuridad de la noche o el loto que emerge del fango sucio, y es capaz de experimentar dichas, placeres, amor y otros orgasmos que devuelven por momentos, sonidos y bellos colores al lienzo de la existencia, sobre todo cuando éste finge y se camufla de un silente fondo gris; al fin un beso y una dicha hacen que el muérdago marchito hijo del artificio llamado palabra, florezca una vez mas en vísperas de una emoción insondable.

Queridos lectores, diversa es la creatividad como el mundo contemporáneo, donde cada método y cada enfoque parece perdurar en la inmortalidad de los escritores; aún está de pie en el cuadrilátero la obra maestra batiéndose tenazmente contra las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. El escenario es histórico si se precisa un trabajo armónico en un ambiente transformado y caótico, donde el fin fundamental del hombre es la supervivencia y la gloria de la felicidad es un anhelo irrelevante. La obra creativa demanda el todo de su autor, el precio que se paga es alto en relación con la medida del esfuerzo, y justo en cuanto a su valía emotiva. ¡Que prevalezca pues el genio humano sobre toda experiencia virtual ya que la expresión del alma insubordinada como el estudio decidido de un buen libro, sucede siempre en contextos y circunstancias auténticas!

Al momento de leer este poemario, será tiempo de sentir el toque de la mano inspirada por el hondo razonamiento, tiempo de dar un paseo por las consteladas abstracciones del universo, tiempo de reblujar el mas allá de la persona, tiempo de construir monumentos con ideas, tiempo de descubrir mil y una formas desconocidas para hallar sentido a lo incomprensible, tiempo de no ser mas que un pensamiento, tiempo de conocer grandes pasajes y lugares pequeños. Al momento de leer este trabajo, será tiempo de recitar el destino apócrifo de algunos poemas que no por casualidad han quedado libremente prisioneros en este libro.

El mundo está dando a luz por esta fecha mis primeros versos en la discreta soledad de mi alcoba, donde emprenden el vuelo multitud de cigüeñas y vuelven esperanzas como palomas. Veamos juntos de otro modo el trazo irremediable de la creación perenne e indestructible con ojos de recién nacido, para dejar que la sublime inquietud navegue en idilios de nuevas sensaciones, y que los susurros de la mente se levanten de sus tumbas somnolientas para articular oratorias de palabras sin sonido. Tal vez sí sirva de algo escribir lo que por fuerza no puede permanecer escondido, o a lo mejor basta solo con creer después de todo, que de aquí a poco tiempo el discreto muérdago podrá estar florecido.

SEIS SEMILLAS

CARTA CASI DESDE EL EXILIO

Se me acaba de ocurrir mi país,

sin tanto chiste por contar,

sin la jocosidad incierta del rompecabezas

que los "eruditos" se empeñan en disturbar.

¡Mmm... Los santos estarían contentos!

¡Mmm... Los prados agradecidos!

Se me acaba de ocurrir el cerro de las tres cruces rebosante de pañuelos blancos

y un grito desesperado que hurte los trapos

que cubren rostros enmascarados.

Que el terror no se apodere de las plegarias

y que la bala de un fusil

no apunte con venganza sobre las cabezas.

Los pastizales se quemaron,

se quemó la conciencia, la hermandad;

la cresta que hace el platanal, los supervivientes.

Se quemó la hierba que sustentaba

el plectro resbaladizo de los que esperan morir, y el malecón beneficente de los neonatos.

Se quemó la torre, la dignidad,

se quemó el orgullo y la vanidad,

el palacio, los años incongruentes,

se quemó el país, se quemó el dinero,

se quemaron inocentes,

se quemaron como puercos.

La justicia, prófuga dispensación,

hoja de árbol cuando llega Noviembre,

que se reseca como promesa del gabinete,

y se marchita en renglones de constitución.

El país rebujado en manto añejo

que cubre espesas campanadas de maldición.

El país dice con "gemidos indecibles", la cobardía de un turbado pelotón.

Por la gloria. Por mis cabales.

Por los bosques reductuales,

mudas témporas

en heráldicas trincheras de miseria.

El parlamento calla;

en sangre inundadas las piezas de paz.

El parlamento calla;

se escucha el amor asaltando por las ventanas.

El parlamento calla;

suena la trompeta al galope de la muerte.

El parlamento calla;

Yo remojo mi pan en lodazales...

Se me acaba de ocurrir mi país

menos gastado que hoy.

Mi país no regido por pasatiempo

¿Como va a ser el mío?

Si el mío tiene el tinte del afrechero

y cabe en la embarcación de la utopía;

mi país tiene la barba azul

de un dios en accidentes oceánicos.

Tiene acucia de ser país

y no "honorable" coartada de falsarios.

Se me acaba de ocurrir mi país,

al que le van pasando los gobiernos

no lo anhelado,

país que no es aturdido

por la explosiva furia del villano.

De ramblas y majestuosas flores;

amarillo, azul y rojo trashumante en exilios

y en las bravas almas de los fundadores.

PRECES

“Veo perros

difuntos en el agua.”

Hacia abajo corre el río

de sangre pintado,

y sube irresoluto

de escoria manchado.

La ruina del espurio

es el pecado de su circunstancia;

los que mueren sin haber vivido,

la bajeza, la indolencia,

el ultraje y la arrogancia.

El comienzo de la poesía,

el hedor en la ausencia de la palabra

en un desgastado artificio llamado poeta.

Las mentiras en el aire suspensas,

las preguntas en las selvas muertas,

las respuestas son monedas esparcidas,

los recuerdos despensa de miserias;

y sabe Dios que los pies con que camina

son silencio de razones inciertas.

LOS PRESIDIARIOS: Guión de un cuerpo mutilado

Pasea por el patio de una cárcel;

cabizbajo va el presidiario

con una pena en el alma,

tan pena como su falta,

vencida como sus brazos.

Un cigarro en su boca no faltaba,

y en el bullicio de las cartas

en pánico la noche masacrada,

tortura el rocoso cabezal

que adorna el catre infame.

¡Pobres presidiarios!

La fuga en la mente trasegando

burla su encierro apagado;

y el olfato de los perros

sorprende en los insomnios

el intento exasperado.

Al desertor del penal,

baja en silencio le habrían dado.

¡Pobres presidiarios!

Donde su pie descansa

en deslustradas zapatillas,

el frío de la celda no precisa

el pensamiento criminal que se delata.

Si lloran los barrotes las desdichas

que su honda pena arrebata,

¿Quién recogerá las cenizas

cuando al final sus ojos no abran?

¡Pobres presidiarios!

Hoy piensa en las noches

donde sus días se han ido quedando,

cuando infames recuerdos pueriles

entoldan la juventud que se va guardando

del pabellón que refrenda sus desfiles.

El sol impasible lo va quemando

entre el polvo y el sudor

de prehistóricos ladrillos insensibles.

¡Pobres presidiarios!

Ruega soledad señor de las soledades,

y cómo finge entre jaulas humanas

la emancipada voluntad de los titanes.

El miedo inhóspito, las decepciones,

un fin intenso sin recriminaciones

que penado solloza en mil lagrimones.

¡Pobres presidiarios!

Mañana en vano la visita,

por primera vez no llegará.

Uno a uno irá entrando

y de luto el rostro vestirá.

En tanto la vigilia última pasando

entre murmullo y formol respirará,

gastando la quietud de un cadáver decapitado.

Tirado en su pena el cuerpo enjuto desdoblado, yacerá libre y sin tiempo,

como quien pretende dar su propio cuerpo

a la madre en un sarcófago como regalo.

¡Pobres presidiarios!

ACORDE CENSURADO

Las garcetas del golfo en la ribera,

de limo su plumaje ya vencido

y sus ojos se cerraron, sin poder siquiera

incubar los primeros huevecillos en sus nidos.

Las vi pescar y amar el agua marinera,

misericordiosas presas del destino;

las vi ahogarse de insufrible manera

con los peces. Herrumbre de exterminio

que crece y crece mortaja cáustica,

convirtiendo en salares la roca y la arena.

Desparramándose en nichos de rosas plásticas;

¿Qué han hecho...? bajo el sol su carne rancia flota en el triste paisaje remoto de pena

donde empolla la blasfemia, piando desgracias.

LOBOS

Mastín difuso entre niebla favorecida

por la humedad y la llamarada de una luna en celo, donde camuflan las flores los peligros,

y entretiene el viento al oportunismo

con el sigiloso clamor de la lluvia selva.

¡Oh... dulce lamento...!

Miedoso fingimiento perturbable del lirismo,

ocaso inmutable de odio;

liso crepúsculo de gemidos bovinos.

¡Oh, frágil lamento...!

Prematuro de la opresión desencadenada

por inmersos cardos errantes

en las balsas del cazador.

¡Oh, dulce lamento...!

Acorralado entre el mortífero peine

de la tierra bruta;

con magullado disfraz de sombras,

que corren tras la presa vencida

e indiferente al veneno de la vida.

¡Oh, santo lamento...!

Muéstrame el albor de la víctima traslucida,

que siembra regadas penumbras

en punzantes colmillos proveídos de supervivencia.

¡Oh... dulce lamento...!

Ornado en prerrogativas de silencio.

Estimado con la dominante gracia

de conminación gatuna.

¡Oh, querido lamento...!

Bestia de recuerdos, sin mentor.

Lívida fragancia de muchedumbres;

satírico ungüento que reflecta

sacras matanzas de "perros" carniceros, y la trama de vorágines dispersas

en tribus inocentes desterradas al vilipendio.

CARTA CASI DESDE EL EXILIO I

El resto de mis días,

pasaré el ejido que subsidia

los manojos de recuerdos

por las venas de mi rastro,

en las que permanecen intuitivas

las inmaculadas cataratas

donde hasta ahora

se zambulle mi niñez.

Me voy a labrar

de dicha la cosecha,

manivacío por la harapienta vereda.

Voy llorando

el doliente asolamiento

que arruinó la subienda,

y la apocada bonanza

de los yarumales,

tajados por sierras coléricas

que dilapidaron

el colorido molde del edén.

Me voy asfixiado por el humo

que lo ha echado a perder;

enfermo de memorias

que solía extender

a la luz del día,

con la inmensa efigie

de nevados profanados,

despojados de su frío

y de sus ruanas blancas,

y con los ríos encausados

hasta la túrbida cloaca donde

el fiemo insoportable prevalece.

Por el resto de mis días,

he de llorar la triste suerte

de los cucaracheros

que gimen entre rejas

las trágicas sonatas de la miseria.

Hasta donde no puedan

conturbarme los caminos,

y la brisa que serena los caudales:

¡vuelva a entonar

sus tonadas libertarias!

Para no ver,

el ideario de las palmeras

en exhibidos mosaicos sintéticos,

ni el fingido frenesí

diseminado en oficios redactados

por falaces cronistas

desde las alcantarillas.

Me voy al arado y a plantar

el amanecer de un nuevo día,

la montaña, mi mujer y mi sombra;

mientras en el constante menear

de mi hamaca,

meceré en un siete cueros,

el sosegado sueño

de mis sienes blancas.

GERMINACIONES

LO QUE NOS DA EL AMOR

Pretéritas chifladuras clamoreantes en abadías.

Despeñados machetazos de fanfarrón;

centinelas del suicidio, de las horas y los días, centinelas en las torres de la decepción.

¡Nada bueno!

Jose Asunción por él se suicidó;

la Gioconda no sonríe,

no sonríe es un error.

Nos da sida y malas nuevas,

nos hunde en botellas de alcohol.

Odios carniceros, despechos y manías

por las veces que me vuelvo santurrón…

que masturban con venganza las ansias mías.

LAPSUS

Por irme lejos no escuché a nadie

y mi gente quedó con la palabra en la boca;

mucho gritaron y llegaron a pensar

que les estaba jugando una broma.

Pero era cierto. Me iba muy lejos

a donde no se puede llevar escoltas,

y nadie se despidió, ni me creyeron

suponiendo que era otra idea tonta.

Cuando ya en la distancia no los pude ver,

el tiempo ya no pudo hacer su ronda,

y descubrí en lontananza un lugar

en el que de uno mismo el alma se esconda.

Besé el anzuelo de aquellas lides

y mi conciencia se quedó sin ropa;

fui uno con el yermo, con la selva

y con las hojas donde el viento sopla.

Hasta que ¡Detente!... me dije,

pero de frío mi conciencia se hizo roca,

y no pude hablar conmigo mismo

ni pude acordarme de mi gente sola.

Fue entonces como volví. De tantas manos

una pasa junto a mi hombro y me toca;

para salvarme de morir solitario

vistió en un sobresalto mi conciencia loca.

MI ODA A NERUDA

La inmortalidad desempolva su sombrero

sobre el desgaste rumoroso de muchos hombros.

Exacto un hombre ausente se deprime

en un sueño en forma de profundo desaliento.

Cadavérico y obeso en el nunca jamás,

serpentea y muerde los fúnebres

enigmas de su genio irrelevante.

¡La sombra del idealismo golpea

la puerta del cielo

que grita desde tu prosa emergida!

Cien poetas tomados de las manos

y monarcas brindando a tu salud.

Los acordes de un poema en los labios de Serrat; júbilos, exilios pronosticados,

citas de media noche relativamente importantes...

dólares escasos teñidos de juventud.

Siembra tu bruja mirada,

el martirio de ira escondida

tras tu implorada romanza

furtiva en la vigilia.

Mágico y alexitímico en el intacto abismo.

Músico en poesía, cencerro de la ovación,

vagabundo en la cultura, matemático en lírica

e historiador de viudas existencias.

El féretro hizo el viaje del cometa

entre el rio humano que añora y gime

bajo sutil reflejo de plántulas:

la sonrisa de las prostitutas,

los buques que zarpan de Valparaíso,

las cicatrices de los moribundos,

la pericia de mi ayo infinito.

Cual livianos criterios,

los sofismas en tu vieja espalda

destilan sobre lunares que escudriñan

la magnánima esencia de la emancipación.

Tu inspiración cercada en miserables hormigueros, mientras reside en un planeta cauto y utópico

es decir...sentimental.

Bienvenido seas en reverente ceremonia.

Como el arco de tu tacto,

el fusil de tu pasión candente

que colorea los niveles estrambóticos de la genuinidad, con la sombra del recuerdo otoñal

y el alivio del crepúsculo mimoso.

Suspendido en los umbrales del éxito,

¡Inmortal!

Pecaminosamente encariñado con el azul de las marismas, los estornudos del alma y la sombra de una encarnación.

Se te ve bien,

distante de los suicidios devora verdades,

devora libros, devora pueblos,

devora sueños...

Se te ve bien, apagando velas

en el rosicler de hiperbólicos sucesos,

en víspera de nuestras insinuaciones

juramentadas con sangre,

engaños y humillación.

Háblame Neruda de ti, de Chile,

del pueblo que lloras entre ruborizados sarmientos crecidos sobre asfaltos de guerra.

Cuéntame de las pasiones inconclusas

que te amedrentaron mientras acariciabas

la penumbra con pena de los libertadores.

De cobardía preñados los amaneceres,

se abren paso en crónicas

que van como borrascosa cascada,

que riegan las inmundas praderas

de tus émulos absurdos.

Vulgares imitaciones rellenas de gasolina

que se funden ensoñadas ante la trémula sensualidad.

Ves el mundo al norte de la hipocresía asalariada, donde con saltos bifurcan los sapos

el blanco muelle del querube insaciable,

avezado permanentemente al literario

morbo diabólico y algunas veces virginal.

Única indulgencia permanece soberana,

tarde a tarde en un presente sin pasado,

permanece rauda y suspendida,

permanece escrita...seducida…

¡La sombra del idealismo golpea

la puerta del cielo

que grita desde tu prosa emergida!

Estudiado para el mundo

y tendido sobre el tejado de las coplas,

rayas en el cielo sentimentalismos costumbristas que llenan el fondo de apariencias y locuras,

con tremenda fuerza devastadora

de los himnos que te canto,

mientras en lecturas paseo arrullando

la noble fragancia de tu vida predicada

bajo el manto de la noche,

y el aletear de la mañana.

Te encontré en tus peores cabales,

en miles de kilómetros que asfaltan

la gracia de un artista

entre sepulcros de artistas, y los dones del dolor; pero aún así,

mientras me orillé en distraídas letras que no se te olvidan...

(Farewell desde el fondo de ti),

hallé el bermejo amanecer que nunca te falló,

la cuna de un Moisés menos salvado

que tu vejez y la pluma,

la muerte que jamás desatendiste,

y el gran simulacro de tus empeños

por no ser Dios.

Ahí te encontré Neruda.

Mucho mas grande...

En las manos de los Reyes,

mas amigo de ti mismo

y menos hombre que hoy.

¡Larga vida Pablo Neruda!

LA CASA

La casa, alameda de la emancipación,

plenilunio en cuentos de la corte,

el desvelo de los búhos hambrientos

y el célebre viejo puerto de Marsella.

La casa, laxo enjuague del ahondamiento,

laberinto donde se pierde

el sonrojo y la mezquindad;

ojos con los que se vislumbran

las puertas entreabiertas del acierto,

vergel que florece en la conciencia;

castillo de madera elevado sobre

la marea creciente y el cielo durmiente.

La casa, jarra donde todos se sirven

genuinas lágrimas cinceladas por la euforia.

La casa, flagrante promesa de los mortales,

máscara que hace ilustre la dinastía,

mercader de los propósitos;

y amable selva donde por primera vez

Adán y Eva se besaron.

FUEGO DE AMOR

Hay fuego de amor en mi,

mujer de la luna.

Quita el traje de agua fresca

para saciar la sed de mi desnudez,

y beber de mi tiento

el perpetuo sentimiento

de los tiernos madrigales

que Perseo ya compuso.

Mujer de la luna.

Por mi tu puedes volar

como luciérnaga de afable vigilia.

Que por el sendero tu oscura cabellera

inmute toda promesa

y enturbie concreciones,

desvariando en trincheras boreales

donde nunca te podré engañar.

Envuélveme como tormenta

a los peñascos si beso tus pistilos,

y vuela mariposa aflorada

en fructuosos sarmientos;

no en plásticos simulacros

ni en aquel llamado indeseado

mientras te contemplo,

cuando estoy de cacería errante

en tus juglares rincones de chubascos.

Te permito que dibujes

con tus piernas en las mías,

los paisajes ululantes de Benedetti,

el guerrero en tu vientre

y un borroso retrato del Greco.

Aún las cuencas de mis ojos,

bebedero de carroñeros

y el color obtuso de tu cielo,

río azul en donde muero.

Puedes sollozar la prorroga

de la esperanza

por trece años, trece años

que tardé en escribir esta poesía ...

Ahora mismo los trece años carcomidos

por pupas de mosca que mastican

la prosa alada de mi ensueño oxidado.

Trece años revolcándose en el pantano,

aguardando la gracia de tenerte a mi lado,

y en la noche humana

llora Orión desconsolado,

que dejas de ser niña ahora mismo

¡Mujer! en mi lomo desgastado.

Hay fuego de amor en mi,

mujer de la luna...

BELITH

¿Sabrás acaso que te pienso?

¿Y tu nombre…? de graznidos, pitos y relinchos, tu nombre ladrón, corsario y fugaz.

Escuchándolo en la sonata del campo...

te pienso.

Si acaricias donosura con el sutil armonio

que invoca rebeldía,

dormida en la usura repentina;

¿sabrás acaso que te pienso?

Como piensan los oídos en el extranjero

cuando oyen sin quererlo su himno nacional.

No me pidas que derogue la estrecha

barrera del amor forjado en mil batallas

contra inviernos profanadores.

No ves como se me va la vida.

Se va tras tu huella

que reverdece en mi esperanza;

se va tras tus huesos,

finos figurines esculpidos

por los honorables cinceles de la osadía.

Se va tras el mañana,

y mañana será hoy...

de eso te acordarás

cuando seas vieja.

Como yo te recuerdo

se perpetuará el brillo de la eternidad;

no un para siempre ni un tierno adiós.

Como yo te recuerdo,

la mejor de mis pasiones.

La mejor de mis canciones.

La mejor de mis proezas.

A oscuras en la sepultura pedregosa,

llamé a tu puerta

antes de irme a la senectud del cielo;

eso fue anoche

y aún no te despierto.

INSOMNIOS

I

Hasta cuando el calvo hueco del abismo prevalece mientras el sonido del silencio aparece, erguido verdugo; y desesperado en el lecho mi cuerpo desnudo se revuelca, y mis ojos dando vuelta, se espabilan en sus ratoneras.

¡Ay, que día! y que noche incierta y desdichada como los crímenes perfectos en florestas lejanas, parece toda una vida de plegados tormentos,

parece ceñirse dentro de mi en un lamento.

II

Despiértame de tus versos que escriben mi vigilia, despiértame de tu semilla que crece intempestiva, despiértame fugitiva, de tu amarga condena

para ver si en hora buena, logro conciliar el sueño.

Despiértame que no quiero recordar de nuevo

mirando el cielo, el nevado desgarrado del desvelo; despiértame te lo ruego de la tétrica hondonada donde mi alma extenuada se desboca en el misterio.

III

Correr quisiera, gritar, desdoblarme hasta el poniente, descansarme en sueños o en mil pesadillas,

quitar con mis manos la piel de mis mejillas

con tal de dormir como un bebe inocente.

Murmuran las campanas el vicio triste del secreto, mientras acometo la almohada envilecida,

con la mente sumergida en un cuerpo doliente,

inquieto por la furtiva velada en que se pierde.

Ay de mi, de las ánimas en el mas allá,

del mas acá y su vagabundear mortuorio;

que si bien no es obligatorio creer en fantasmas, yo tengo en mi quietud la visión del purgatorio.

Correr quisiera hasta fatigarme y extinguirme

en el cansancio que no ha visto un amanecer,

para que al menos rompiendo el curso de los días se extravíe mi agonía y al fin pueda enloquecer.

TACITURNO:

Mírame por dentro, mírame por fuera

turbado en un cariño sin enmendar;

mírame vil y displicente,

en hórrido festín sin algazara,

en tirana avaricia del augurio.

Mírame llenito de pesares

que eclipsan la aflicción altiva.

Mientras la honda afrenta se asila en el sillón, y oculto mi dolor en una copa de licor

que ya nunca habré de beber.

Escucha atenta Oh mujer

los presuntuosos suplicios

que no pueden llorar;

se lamentan querida, yo los oigo,

se lamentan allá afuera, pobrecitos...

mataron la austera vanidad.

Para que te vi si nunca habrías de ser mía.

¿Para que te vi?

El amargo lagrimear de la fogata

consume delante de tus ojos

un despecho balbuceante.

¿Para que te vi?

Sonriente en redondas bocanadas,

y el exceso de mi dolor gotea

en torrencial encina de mártires.

Para que te vi tan voluptuosa

inmersa en pétalos de pureza.

Y me encorvo sobre la afrenta,

y no me separo de ti ni cuando

disfrazas la hipocresía

con los intrusos papalotes de un "ojalá".

Ojalá fueras mía como la primera

estrella de oriente.

Ojalá dejaras de ufanarte en infame usura

que no me hiciera suplicar.

Ojalá mis delirios que suenan como

cencerros en aguas claras,

aspiraran del frasco convulsivo

tus pardos pestañeos caprichosos.

Juras manchada indignación,

y acaso ¿no me comprendes?

¿No comprendes que en elegías

de imponente cementerio,

finjo clavar mi cariño de azahar

y pendientes flotantes

en tus mejillas paramunas de grana y miel?

¿No comprendes que te veo, poética damisela,

ángel diáfano balanceado en contradanza,

hacia la espesura que adorna los pesebres

en el sonoro vacilar del viento?

Bruñen las campanas,

hoy no están contentas

sino en desgraciada amargura

que calla no se qué.

Parecen cosas que nadie sabe,

parecen las auras que enjugan mi zozobra,

parecen esplendores del pecado inerte

o el torneado sudario desvelado que te

acalora el turgente pecho al descubierto.

La corpulenta pesadumbre

lleva al hombre a ser infiel

hasta donde todo se convierte en nada,

en eximios vacíos torturados;

la umbría parca de la miseria humana.

Socórreme que no es para menos,

como socorre el campesino los cogollos;

socórreme de histéricas víboras neuróticas,

del martirio crónico.

Socórreme como se socorren los gansos,

pecho a pecho,

en recelo de marasmos

censurados y obligados.

No me ahorraré las pláticas que con fe

consagrara para cuando danzáramos

sobre el pavimento nuestro destino.

Y si el momento no llegara,

cuando el ruido borre de memoria

los retratados flirteos ya sin espíritu.

Si el momento no llegara,

arreciaré el invierno por amor

a tu ausencia aterida

que me va riñendo.

Tu parecer me ha visto mendigar

en el tropel de la villana liviandad,

el mundano ruego contra el paredón.

Que si lo escucharas, el mundo sería mejor;

tu mundo y el mío extinto

se bañarían juntos a lo mejor.

Hasta tus sienes arrastrarían

los pájaros las nueces, y en mis caricias

reirías la hermosura de un jilguero copetón.

Ya pasó mi encanto

como fatua bandada por tus ojos,

hasta la colosal llanura

desventurada y radiosa de fría losa;

¿Porqué no hablas,

donde cayó el pelotón de tus palabras?

enmudeció sin atestiguar

el aterrado clavar de mi cordura

en el esplendor del pecado inerte,

que quema por sarcástico deber,

el maldito sacrilegio criminal

que acecha tu contento cuando en mí

poco y nada te parece.

POEMARIO I

Terminará siendo mi verso

lo que no quiero que sea.

Quizá un lamento de pordioseros,

quizá la increpación de terroristas,

quizá un desborde de amor sincero,

o simplemente:

sensual panegírico de señoritas.

El poemario es dueño de sí mismo,

y tan solo la pluma abastece

de elocuentes accidentes,

la impugnable carrera de su destino.

Es dueño de lo que mis sollozos

pretenden lamentar;

del agónico momento que me empeño en esperar.

Es dueño del más vil entre todos mis pesares,

y de las entrañas donde se guardan

amarguras para degustar.

Otra vez será cuando no escriba

tanto para decir nada.

Otra vez será cuando las rimas

mengüen la neófita inspiración…

El estro, otra vez será.

Cuando la prosa despechada se manche

en encubiertos fusiles masacrantes.

Otra vez será cuando de nada

me sirva escribir amor, luna y mar.

Termina siendo mi verso

lo que no quiero que sea.

Y pregunto sin hallar contestación:

¿Por qué me afano en componer

La retórica que el destino partiturizó?

Escribir es buscar en balde las palabras,

es el llanto de los que no pueden ya llorar,

es un invierno infrecuente de soledad,

es el alma de un bosque extravagante en llamas, es la insólita tragedia en el presagio de un violín.

Es delirar con la posibilidad

de redactar ingrávidas intuiciones

sobre el pentagrama inverosímil de los años.

ESCARPA

Seguramente alguien oye y escucha

plácido mi canto a la cordillera,

si escribo mi deleite en su esmeraldado macizo que forma una salvaje y desigual cadena;

me enamoro de su paz abrupta

que ven los pajaritos surcando sobre su cabeza.

Quisiera ser yo el accidente de la elevación

que conjura los milenios de la tierra,

el áspero fragor donde mariposean insectos

que se van al cielo por la quebrada escalera,

o la cabaña serrana e impertérrita

que entierra sus guaduas en su piel serena.

Escribo mi petición restaurada

del monte frondoso que no quise que muriera,

que acogió el hogar de las ranitas

y ahora pudre bajo el hongo sus maderas;

pero nadie respeta a los cíclopes,

cómo soportan a la intemperie la celeste esfera pesada de blancos, negros, amarillos y azules, que amenaza con caer sobre nosotros si pudiera.

Dime si es que lo oyes. Centinela de la colina.

Dime si es que lo escuchas. Custodio de la letra.

¿Cómo puede morir el gigante sin que nadie le vea?

AYES MUDOS

Culpa mía:

el triste guadual de mi seca penumbra.

De que callada manera y vencido todavía,

se muestra amordazado en negrura que retumba.

De vergüenza se sofoca el mundo adentro,

constante implosión, cúmulos de hiel indiferente, cisternas colapsadas en glaciares muertos,

turgente avalancha que extingue la mente.

Culpa mía:

el vicio que me tuerce hacia resistencias,

negro escrutamiento de pesada ira

que merece compasión y confidencias.

Más que guaduas, más que un paraje helado,

más que afligidas vigilias, infartos, letargos, carnada que alimenta el animal despiadado,

infligiéndole el castigo de permanecer callado.

Es culpa mía,

flotar a expensas del nudo de la gente,

que pende crispado ahorcando mi mentira,

simulando la asfixia de ser inocente.

A MANIZALES

Hoy compongo la canción

que debo a Manizales,

a sus retoñantes ocasos,

al verdoso cordel

-prudente hangar de un nuevo sol-,

a los trogones descollantes en la hierba,

a los argonautas que ascienden por el volcán

que acicala la vista del altísimo;

a las flores que apabulla el merolico,

al agua exclamante: ¡la quietud en calma!

y a los tenaces bueyes que cargaron

con las penurias de la primera aldea.

Escribo la romanza que nunca le hice

a la enojada bellota del roble,

y al opimo perfume del arrayán.

A los tiples de los que bebe acordes

la mariposa verde;

a las álgidas jornadas que provocan

plañidos del Bolívar desnudo,

y a los ventanales coloniales

que un día fueron de paja,

por donde escurre el tibio aroma

de mi café.

A tu salud ¡Oh Manizales!

En donde murió mi niñez

como un poema infortunado.

En donde aún suelo esperar

que cese la lluvia bajo el sollozante

tiritar de mi tristeza.

Manizales, de ninguna manera te dije

que me fui padeciendo tu sublime apariencia.

Beso tu nombre en leal emblema

de la luna que se retrata en arcanas charcas,

guaridas ocultas donde croan los profanos espectros de las ranas.

Beso tu nombre que en soberana ostentación,

se levanta por encima de las torres

de la catedral,

y también beso las palomas

que apenas el rocío ven declinar,

en tímida algazara se echan a volar.

Fue el trino de las mirlas en

fascinantes guaduales, quien me contó

de la fugitiva estela del alba mientras

va tiñendo el boscoso manchón,

con el parsimonioso pigmento de nubes

que chorrea frente a mi balcón.

Y el adorable riachuelo que siempre moja

los encantamientos por venir, en la cauta

pared que da sombra en cementerios

testadores del frenesí de las chicharras.

Paraíso escarpado por la nieve aprisionada

en el pescuezo del cóndor andino,

donde la incansable vertiente del río Gualí

loa el limonero embaucado

entre naranjales.

Donde hablo de amarillas flores,

inmarcesibles como los años que narran

la espera de los frailejones y la cana

corpulencia de la ribera ardiente

sin llegar la tarde.

Al leve despliegue de tus portillas,

adherida la presuntuosa profundidad

de inflorescencias que inundan

cuanto jardín se desliza por el sendero,

y de parrandones en taurinos caprichos;

del nocturno brillar que guía

la migración de la golondrina,

de calles con fantasmas rezongando,

del cabildo en devota sumisión,

de las tapias que desenvainan

remotas voluntades en apagados epitafios,

de noche buena en el surco y la humareda,

y de un par de barranquillos pendulantes

asentados en tu cerrojo clandestino.

Hay cierto armisticio ¡Que dicha la mía!

Que te quiera como los hijos

que van con su madre por la lejanía.

Hay cierto armisticio entre la orilla

de tu cielo y los alisios que agitan mi bandera

¡Que alegría!

Entre tu beso y el mío,

cuando labios no se juntan;

en soberbio atardecer

amo lo que voy cantando.

Suspendida en cordillerana cresta

donde hace sombra el ignoto dosel,

salvaje mi alma retenerte suplica:

Manizales, yo que soy

de tu tierra concurrente,

de tu carrilera sin presente

y de crepúsculos urgentes.

Yo que soy Manizaleño, Manizales...

Manizales hasta el confín de tu limbo,

Manizales arquetipo,

Manizales... Manizales.

Escasearán los aplausos

si aplaudir es admirarte,

en ovación que redunda

subsistiendo sin desgaste,

en las viñetas del camino

que atenuado al esperarme,

se va haciendo impecable

mi presagio al encontrarte.

Al lado de la vida cual serenos paseantes,

escasean los aplausos

si aplaudir es admirarte.

Hurra a la urbe de traza elegante,

y Hurra a la canción

que ya no debe el caminante.

EL HOMBRE ANTE LA VIRGEN DE LA COLINA

Frente al altar inmóvil

hambriento del sudor de los feligreses,

se derrama un hombre

en un millón de silencios,

meditando las palabras mismas

que duelen en la carne

de los crucificados.

Tal vez este es el suelo donde se redactó

el gran poema de la miseria humana;

la luz cegadora que la retina quema

de los que elevan su vista al cielo.

Desde allí todo es pecado,

lo alto tanto como lo profano.

Desde aquí, todo es pequeño;

la cabeza inclinada

intenta manipular el favor sagrado

ante los cristales donde yace la madre santa.

Un hombre ignorando el supremo designio,

espontáneamente fatiga el rostro

entre las hordas claudicables de la esperanza.

Donde solo se escuchan las poderosas

soledades reflexivas y evanescentes de la duda, a través de "la prosa seca y abstracta"

que se impregna en el humus del lugar,

y en los años del musgo testaferro del turbión.

Desde el anonimato aquel hombre

demanda en bocanadas, inocuas glorias

frente al vidrio riguroso e inexpresivo,

frío como el mal que vaticina su desdicha,

insensible en el indicio de la humillación,

y hermético como el alegado misterio

del que reza peca y reza

y jamás ha visto a Dios.

Las piedras son testigo del árbol resinoso,

del perro samaritano y compañero,

de un hombre al paso...

de un amigo indiscreto.

Y las piedras como el alma del que hablo

(guardando en confidencia su nombre),

bordonean el ambiente en pesimismos deliberados de metálica tradición,

con alas ineludiblemente pragmáticas

que trastocan la cordura del Cristiano

cuando no se siente expiado;

y saben que a lo mejor la virgen de yeso

no escucha, ni es vidente,

ni comprende, ni mucho menos es divina,

y entienden por demás en su prestante ignorancia los inconexos misterios del clero con la vida.

El hombre mira lúgubre y exaltado

como el vapor de los sequedales,

con excitados ojos inquietos por el desconcierto.

La virgen queda por su lado;

con pericia permanece erguida

sin mover un dedo y sin morder el anzuelo

del que ansía pescar un milagro.

La virgen no dice ni ha dicho nada,

y finalmente se acerca el hombre

para tocar su bóveda fría;

extiende la mano vacía

que insufló la catártica aventura,

ya con la hipócrita desesperanza

de un boto de miseria impuesta,

que se renueva entre persignaciones

y rezos de "élite" en la iglesia.

Entonces advierte de cerca que en el altar

a la virgen no le queda más

que una póstuma y agonizante vela;

Él, lleno de compasión de un soplo la apaga

y por última vez mientras se aleja ruega para siempre:

¡Madre santa! Brille para ti la luz perpetua...

AÑORANZA

“Con tanta lluvia que cae sobre la tierra

en una fuerte tempestad,

no hay como llenar el pozo

de nuestra lejanía.”

Si añoras, volveré para quedarme.

Mas allá no esta el futuro.

Volveré sin que lo pidas.

Esta inmortal historia

adeuda las caricias

y agoniza mientras sientes

el orgullo en que te miras.

Sin que te humilles.

Pensaré en tu maldita soberbia

por la que sufro.

Pensaré en tu maldita vida

con la que gozo.

Pensaré en negarme la posibilidad

de abandonarte en la bóveda...

en la vida, en la etérea nada.

Volveré resquebrajado, caduco y remoto.

Volveré para decirte: "Añoranza",

tras la montaña, los arboles caídos

y el cielo fusilado a lo lejos escondido.

Muy deprisa corre la espera... y esperas,

y la iglesia de tu vientre canoniza

malas costumbres; mis primeros versos

o sea... los que escribo todavía

desde la vez en que te conocí,

cuando tu ni lo sabías.

DESPEDIDA

Adiós adiós virtuosa mujer,

ha soplado su tibio aliento

el abanico de la muerte,

en la quietud tangible de lo inesperado;

ha venido ventilando tu destino

con témpanos indiferentes,

para entregarte la plenitud de la deidad

en tus resecas manos.

Monótono y resfriado está

el desierto de la depresión;

y saladas van mis lágrimas,

mientras huyo por los secos huesos

de arcaicos pobladores, ofrendados

ante rústicos guacos y dragones,

que en leve agonía

exclamaron desconsolados:

¿Escarparás el musgo de mis pies?

¿Pintarás de azul el claro oceánico?

¿Vendrás por mí, virtuosa mujer?

Si estuvieras aquí,

prejuiciosos no juzgarían

la trágica evidencia del suceso;

el suceso no sería testaferro del pregón,

y el pregón jamás se hubiera flagelado

en redoblado escándalo sin parangón.

Si aquí estuvieras,

disiparía el temor a la tumba,

a esa fosa maldita;

trituraría mi culpa en el denuedo

de tu inexperto aroma

patentado en la herencia,

y circunscrito en cada puesta de sol.

En el destino de mi inhalación

el dolor pone su huella,

su sustancia me envenena,

su corrompida lentejuela

conmemorada en la desgracia.

Adiós adiós virtuosa mujer,

no dirá hasta pronto el escepticismo

ni hasta mañana

la conciencia torturada.

Adiós adiós enunciado de inexpertos,

panfleto de los que no podemos saber

como hiede el paranoico altibajo

de los susurros impensables

del llanto amargo.

Despedirse significa

batallar sin tregua

por un feliz reencuentro;

cuando los presentes se añejan,

la barba cubre con dolor sus rostros,

los esputos de la vejez les atormentan,

y la hojarasca adorna los recuerdos

que dejaron pasar los años perdidos,

cual tonta aventura desdeñada

por el cómico indicio a lo que somos:

¡naves de polvo como islas distantes

encalladas por el frío del mar en sus abismos!

LA LEYENDA DE

BALDER

SUI GENERIS

Palomas de corte os dan la bienvenida

con globos y zampoñas.

Palomas de la corte sobre el pabellón que miente, que sobra en las alturas

do duerme algún demente,

cuartel de los mendigos,

torre paciente

donde la sombra de un plebeyo se presiente...

Muévese sobre la mesa del banquete

y el plebeyo siempre pierde.

Un carruaje tirado por caballos

de imponente silueta.

Baja Julieta, Romeo la espera en la puerta,

baja el destino de ponzoña incierta,

baja el odio que enlutó su fe muerta.

El viejo rocinante

y el caballero de noble apariencia

agitado al parecer en ocurrencias;

en magnos campos batallaron la opulencia

de la pluma que escribió unas cuantas vergüenzas, sin viento un molino de letras.

Don Cervantes sin creencias.