Arroz y Tartana by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

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Los dos se entendían perfectamente. Discutían con gravedad el precio yla clase de las telas; y tan grande era la simpatía, que si aquelgrandullón de enormes barbas osaba decir una palabra un poco alegre, «labeatita» sonreía con toda su alma, mostrando una dentadura igual ybrillante.

Iba con frecuencia a Las Tres Rosas, por ser los géneros baratos, yJuanito, insensiblemente, recogiendo hoy una palabra y uniéndola conotra tres días después, se enteró de quién era.

Llamábase Antonia. Trabajaba de costurera a domicilio, y tenía tanbuenas manos, que se la disputaban las parroquianas, señoritas de escasafortuna, que acogían como una felicidad el confeccionar en sus casasvestidos iguales a los de las modistas. Era huérfana. Su padre habíasido cochero en una casa grande; su madre, portera. La difunta señora,una condesa anciana, había sido su madrina, costeando su educación enun colegio modesto, y todavía Antonia iba a visitar algunas veces a «lasseñoritas», las hijas de su protectora, que se habían casado. Vivía conuna amiga de su madre, vieja y casi ciega, antigua criada durante veinteaños de un señor enfermo y malhumorado, que al morir le legó una rentade dos pesetas, lo suficiente para no morirse de hambre. Tónica—así lallamaban sus parroquianas—comía en casa de éstas, cosía once horas,cuando no tenía que salir para comprar tela, hilo o botones, y por lanoche regresaba a su habitación de la calle de Gracia, un piso tercerode una casa vieja y pequeña, que las dos mujeres tenían como «taza deplata», según expresión de las vecinas.

Juanito miraba a la joven con tierna simpatía. ¡Era tan buenamuchacha...! Para convencerse, bastaba verla por la calle con el velocaído sobre los ojos bajos, andando con paso menudo y gracioso, arrimadasiempre a la pared, como si quisiera evitar la atención de lostranseúntes.

Su belleza no era gran cosa. La cara redondita y pálida, la nariz algocorta, pero con unos ojos hermosos, cobijados por las grandes cejas,que, pobladas de sobra, tendían a juntarse, formando una sola línea.

Pero lo que a Juanito le encantaba más en su parroquiana era la sonrisay aquella dentadura que en el fondo carmesí de la boca brillaba nítida,igual, sin una picadura, sin una pieza saliente, como esas muestrasperfectas que los dentistas colocan en sus escaparates.

Esta amistad, que se estrechaba por encima del mostrador, iba siendo unanecesidad para los dos. Tónica, al entrar, no hacía caso de las palabrasde los dependientes, e iba recta en busca de aquel barbudo tan tímidocomo ella, que muchas veces le enseñaba las muestras con manostemblorosas; y Juanito experimentaba un verdadero disgusto cuando seausentaba de la tienda y al volver le decían que había estado «labeatita».

Examinaba el menor detalle de su persona, alabando la delicadeza de susgustos. Era una pobre costurera y llevaba siempre guantes. Aseguraba queno podía prescindir de ellos, así como de otras costumbres superiores asu clase, adquiridas cuando niña en casa de su madrina. Rendida deltrabajo, dedicaba las horas de la noche y los domingos enteros a lalectura de novelas, devorándolas, sin predilección, pues bastaba para sugusto que la hiciesen llorar mucho, pero mucho. Ganando siete reales poronce horas de trabajo, era una sedienta de ideal; y acostumbrada allenguaje de las madres sin ventura, de las mártires del amor, de todasaquellas señoras pálidas, ojerosas y vestidas de blanco que saludaba enlas obras favoritas, hablaba en la intimidad con cierto saborsentimental de novela por entregas.

En casa de doña Manuela notaron que algo extraño ocurría a Juanito, yeso que no se fijaban en él gran cosa. Ciertas mañanas, llegaba muycontento a la hora de comer; sus hermanas le oían cantar paseando porlas habitaciones, y ¡caso raro! él, tan despreocupado en materias deadorno, enfadóse dos veces porque le planchaban mal las camisas, y pidióseriamente a la mamá que le comprase una corbata, pues la que llevabaera un asco, de deshilachada y mugrienta.

Amparito reíase en las narices de su hermano. Ahora que era un viejo, ledaba por presumir....

¿Tenía, acaso, novia? Pues hijo, debía creerla aella, que, aunque joven, tenía experiencia. Eso de los noviazgos sóloservía para disgustos y lloros. Bastante requemada la tenían a ella losamores.

Por un lado, la mamá con sus sofoquinas y pellizcos, ordenándoleque rompiese las relaciones con el hijo de Cuadros, por ser unaproporción desventajosa y denigrante para la familia; y por otro, el talseñorito acosándola, enviando carta tras carta, unas veces en prosa yotras en verso, pero siempre repitiendo lo del corazón de hielo,pérfida, cruel, etc., etc.

—Ya ves, Juanito mío, que esto no es vivir. Dile a ese chico que no seamachacón. Al fin, dos meses de relaciones no dan derecho para tanto. Lamamá le dijo con muy buenas palabras que no volviese por aquí, que nopensase más en mi persona; pero ¡que si quieres...! Me asomo al balcón,y ¡cataplum! allí está en la esquina mi hombre, con una cara tandesmayada, que da risa; salgo a paseo, y siempre que vuelvo la cabezaveo tras de mí al moscardón, con un aspecto que no parece sino quecualquier día va a subir al Miguelete para tirarse de cabeza, ¡Pero,hombre, tú que tienes amistad con él y te hace caso, dile que no sea tanpesado! Dile que yo le querré siempre como un buen amigo, pero que no meimportune más, pues su testarudez la pago yo. A mí no me incomoda, peromamá se pone furiosa al verle; cree que yo aliento esa constancia, quenos entendemos sin que ella lo sepa, y la otra tarde, al volver depaseo, me dio un par de bofetones. Ya ves, Juanito... pegarme a mí... ypor culpa de ese mico. Que no vuelva: dile que no vuelva, o leaborreceré.

Pero lo que la traviesa muñeca no decía era que le importaban muy pocolas cóleras de mamá y que deseaba la desaparición de Andresito porpropio interés. En los bailes de Carnaval había conocido a Fernando, unteniente de artillería, esbelto, con cintura de señorita, que en elteatro, durante los entreactos, rondaba por cerca de sus butacasbuscando ocasión de saludarla con gracia marcial que encantaba aAmparito.

Era amigo de Rafael; pensaba llevarlo a casa lo mismo que a Roberto delCampo, y la niña se temía que la tenacidad del antiguo novio detuvierauna declaración que tanto esperaba.

Llegó la fiesta de San José, que aquel año tuvo para la familiaexcepcional importancia. Desde una semana antes, la granujería corríalas calles arrastrando sillas rotas y esteras agujereadas, pidiendo agritos, con monótona canturía, «¡ Una estoreta velleta...!»

La plazuela de las de Pajares tenía un vecindario bullicioso y alegre:gente de pura sangre valenciana, que vivía estrechamente con el productode sus pequeñas industrias, pero a la que nunca faltaba humor parainventar fiestas. La paternidad de la idea fue del dueño del cafetínestablecido frente a la casa de doña Manuela, un sujeto panzudo yflemático, que gozaba en el barrio fama de chistoso y había heredado elapodo de Espantagosos, sin duda porque alguno de sus antecesores noestaba en buenas relaciones con la raza canina. Era una vergüenza paralos vecinos de la plaza no levantar en ella una falla que compitiesecon las muchas que se estaban arreglando en varios puntos de la ciudad,y la proposición del cafetinero fue acogida con entusiasmo por toda lagente de los pisos bajos.

El iniciador asocióse a dos zapateros y un carpintero, que, por tratarsede San José, se creía con derecho propio, y todos juntos formaron algoque bien podía llamarse Comité de Vecinos, teniendo por principal objetodar sablazos en todo el barrio para el arreglo de la falla. Como doñaManuela era la vecina más encopetada y su casa la mejor de la plazuela,los pedigüeños pusiéronse bajo su protección, y elogiaron rastreramentesu riqueza, la belleza de las niñas y hasta la suya propia: todo parasacarla cinco duros.

La proyectada hoguera entusiasmaba a los vecinos, siendo el eterno temade conversación en las porterías y establecimientos de la plazuela.Todos se animaban, con ese entusiasmo valenciano que se inflama alpensar en fiestas y bullicios. La falla es la fiesta popular porexcelencia: una costumbre árabe, transformada y mejorada a través de lossiglos hasta convertirse en caricatura audaz, en protesta de la plebe.Primero, los moros, en los ruidosos alalíes con que solemnizaban susfestividades, gozaban en hacer grandes hogueras; los cristianosadoptaron después esta costumbre, como muchas otras; lentamente, elnúmero de fallas fue limitándose en el año, hasta quedar las de SanJosé, que hacían los carpinteros para solemnizar la fiesta de su patróny la llegada del buen tiempo, en el que ya no se trabaja de noche; hastaque por fin, el espíritu innovador del siglo hermoseó la falla,dándole un aspecto artístico, encerrando el montón de esteras y trastosviejos entre cuatro bastidores pintados y colocando encima monigotesridículos para regocijo de la multitud. Al principio, las figurasgroseras y mal pergeñadas representaron escenas de la vida privada,murmuraciones de vecinos; pero después la sátira se remontó,metiéndose de rondón en la política, y las fallas se convirtieron enburlas al gobierno y caricaturas de la autoridad.

Las niñas de doña Manuela despreciaban la fiesta que se preparaba. Erauna cursilería, como organizada por la gente ordinaria de la plazuela,buena únicamente para divertir a los de escaleras abajo. Pero la vísperade San José, impulsadas por la curiosidad, se asomaron al balcón muytemprano y experimentaron una agradable sorpresa, pese a su anteriorindiferencia de muchachas distinguidas.

En el centro de la plazuela, sobre una gruesa capa de arena, elevábasetodo un edificio de lienzo, con pintura que imitaba a la piedra: ungigantesco dado, en cuya cara superior elevábanse ocho figuras de tamañonatural.

Los balcones y puertas estaban adornados con centenares de banderitasrojas y amarillas, que daban a la plazuela el aspecto de un buqueempavesado; y este derroche de ondeante percalia extendíase por lascalles adyacentes. A trechos, en las paredes, mostrábanse, clavados,grandes carteles con versos valencianos en letras de colores, ante loscuales el público de las primeras horas—obreros que iban al trabajo,criadas, barrenderos, etc.—, después de deletrear trabajosamente,soltaba ruidosa carcajada.

Pero lo que a las dos hermanas les llamaba la atención era la falla.No estaba mal aquello, para ser obra de gente tan ordinaria como elcafetinero y sus cofrades.

Los monigotes eran siete bebés colosales, que componían una orquestaabigarrada, y en el centro, un caballero de frac y batuta en mano. ¿Quéintención oculta tenía aquello? Pero Amparito soltó la carcajadainmediatamente. El tupé descomunal y grotesco del director de orquestase lo explicó todo. Aquél era Sagasta, y los otros los ministros. Estabasegura de ello. En los periódicos satíricos que compraba Rafael habíavisto aquellas caras convencionales, destrozadas por él lápiz de loscaricaturistas; y partiendo del descubrimiento del famoso tupé, fueseñalando a su hermana cada bebé por su nombre, riéndose como una locaal ver que el ministro de Hacienda tocaba el violón.

Pero cuando su alegría subió de punto fue al ver que algunos chicuelos,escondidos entre los biombos, tiraban de cuerdas, poniendo en movimientoa los monigotes. ¡Qué gracioso era aquello...! Las dos hermanas reíancontemplando las contorsiones del señor del tupé, que a cada movimientode batuta parecía próximo a partirse por el talle, la rigidez automáticay grotesca con que los bebés tocaban en sus instrumentos una mudasinfonía, que causaba gran algazara en el gentío.

Amparito se sintió tan entusiasmada, que hasta envió una sonrisa amableal cafetín de enfrente, donde el padre de tal obra despachaba cepitastras el mostrador, mientras su mujer, lavada y peinada como en días degran fiesta, con los robustos brazos arremangados y delantal blanco,estaba en la puerta sentada ante un fogón, con el barreño de la masa allado, arrojando en la laguna de aceite hirviente las agujereadas pellas,que se doraban al instante, entre infernal chisporroteo. Eran losbuñuelos de San José, el manjar de la fiesta; como frutos de oro,colgaban muchos de ellos de un colosal laurel, que recordaba el Jardínde las Hespérides.

Bien entendía sus negocios el cafetinero. La tal falla iba a acabarcon todo el aguardiente de sus barrilillos, mientras su mujer fabricabalos buñuelos por arrobas.

Toda la familia de doña Manuela se entusiasmó con el aspecto de la falla. Había que avisar a las amigas. Por la tarde tendrían música enla plaza; y la rumbosa viuda pensaba ya con placer en el «brillante»aspecto que presentaría su salón, bailando las niñas y sus amiguitas,mientras las mamas pasarían al comedor a tomar un chocolate digno delesplendor de la familia.

La casa de doña Manuela llamó la atención por la tarde casi tanto comola falla. Entre las banderolas nacionales de los balcones asomaban unadocena de airosos cuerpos y graciosas cabezas, elegante escuadrón demuchachas, que, cogiéndose de la cintura, jugueteando o riendo, mirabanal gentío que rebullía abajo.

Detrás de las niñas de doña Manuela y sus amigas asomaban algunas vecescabezas de hombres: Rafaelito, su amigo Roberto y Fernando, el tenientede artillería, que por fin había sido presentado en la casa por elhermano de Amparito. La brillante pollada del balcón agitábase con granalgazara, sin importarle las miradas curiosas de los de abajo; dominabaen ella esa nerviosa alegría de las jóvenes cuando, libresmomentáneamente del sermoneo de las mamas, sienten una oculta comezón,un vehemente deseo de cometer diabluras. Con el anhelo de su libertad,iban de una parte a otra sin saber por qué. Asomábanse al balcón; derepente, una, por hacer algo, corría a la sala, y todas la seguían conalegre taconeo, riendo, formando parejas, hasta que al poco ratoiniciábase la fuga en sentido opuesto, y el gracioso trotecillo lasdevolvía otra vez al espectáculo de la plaza.

Un olor punzante de aceite frito impregnaba el ambiente. El fogón de labuñolería era un pebetero de la peor especie, que perfumaba de grasatoda la plazuela, irritando pegajosamente los olfatos y las gargantas.En la puerta del cafetín amontonábase la granujería, siguiendo conmirada ávida el voltear de los trozos de pasta entre las burbujas delaceite, y dentro del establecimiento, los hombres, formando corrillosante el mostrador, hablaban a gritos o se impacientaban al ver que elcafetinero, según propia afirmación, no tenía bastantes manos paraservir a todos.

En un ángulo de la plaza estaba la tribuna de la música, un tabladobajo, cuyas barandillas acababan de cubrirse con telas de colorinesmanchadas de cera, como recuerdo de las muchas fiestas de iglesia en quese habían ostentado.

—¡Música...! ¡músicaaaa!—gritaba la gente.

Y los músicos, azorados por el vocerío, iban hacia el tablado abriéndosepaso en la muchedumbre. Era la banda de un pueblo de las cercanías;rústicos gañanes que, enfundados en un uniforme mal cortado, faja degeneral y ros vistoso con pompón de rabo de gallo, andaban con ciertadificultad—como si los pies, acostumbrados a alpargatas en el resto dela semana, protestasen al verse oprimidos en botitos de gomas—,mientras el sudor de su cuerpo sano y vigoroso rezumaba por todas lascosturas de la guerrera.

La primera mazurca de la ruidosa banda puso en conmoción a toda laplazuela. Algunos granujas con tufos y blusa blanca bailaban íntimamenteagarrados con femenil contoneo, empujando a la muchedumbre curiosa,chocando muchas veces contra el tablado de la música.

Las alegres notasde los cornetines parecían esparcir por toda la plaza un ambiente dealegría.

¡Adiós el invierno! La primavera se acercaba con sus tibiascaricias, y en los balcones sonreían las muchachas, mirando de soslayo alos que se detenían para contemplarlas.

Amparito era la única que estaba seria. ¡Pero cuán desgraciada era!¡Para ella toda fiesta había de traer el consiguiente disgusto! ¡Allíestaba él...! ¡ él! el «posma», aquel Andresito, que de novio era unestúpido, y de amante despreciado y terco una insufrible calamidad.

Le veía apoyado en la pared de enfrente, cerca del cafetín, de puntillasalgunas veces para dominar mejor el agitado río de cabezas que encorriente interminable atravesaba la plazuela, y lanzando al balcón deAmparito miradas de inmensa desesperación, que ella... ¡la ingrata!decía que eran de cordero degollado.

Ame usted; pase las noches de claro en claro, estrujando la inspiraciónpara fabricar sonetos amorosos; expóngase usted a los arrebatos de unpapá indignado que quiere que la familia se retire pronto... ¿y todopara qué? para que ahora, despedido y olvidado sin justificación alguna, ella, la mujer de los ensueños e inspiraciones, la décima musa, lemirase con cara de pocos amigos, diciéndole con sus ojos desdeñosos:«¡Largo de aquí, trasto...! ¡No me importunes más!»

Y sí Amparito no pensaba esto mismo que suponía el antiguo novio, eraalgo parecido lo que expresaban sus miradas fieras y sus gestosdesdeñosos para espantar a aquel moscardón molesto, que no la dejaba «nia sol ni a sombra».

¿Y aún seguía allí, tieso como un poste, importunándola con susmiraditas? ¿No tenía bastante con tantos desdenes? Pues ahora verás. Yse puso a coquetear con el teniente, con el gallardo Fernando, queestaba en el balcón, de uniforme, al aire la rapada y morena cabeza,asediando a la niña con la media docena de palabritas galantes que teníaen su repertorio para los casos de conquista.

Amparo y el teniente, en un extremo del balcón, volviendo casi laespalda a la plaza y aislados del grupo juvenil que hablaba y reía juntoa ellos, tenían el aspecto de verdaderos novios; él, serio, solemne,llevándose la mano al tercer botón de la guerrera, que es donde suponíaestaba el corazón, mirando algunas veces al cielo, todo para dar másfuerza y sinceridad a lo que decía; y ella, con cierta sonrisillairónica, negando con graciosos movimientos de cabeza y volviendo algunasveces la mirada para ver si el «posma» seguía allí. Nada le importabaAndresito; pero a pesar de esto, sentía cierta satisfacción pensando queestaba a sus espaldas viéndolo todo.

¡Proporciona tanto gusto hacersufrir...!

El poeta sufría como uno de los condenados de aquel poema de Dante, cuyalectura nunca había podido terminar. Gracias a que era un «vateaplaudido» en la Juventud Católica y tenía ideas muy cristianas; que sino, a la vista de tamaña traición hubiera sido capaz de ahogar su dolorcometiendo la más atroz barrabasada, por ejemplo, dando un adióspatético a la ingrata, y arrojándose después de cabeza en aquel calderode aceite hirviendo donde volteaban los buñuelos.

Pero no se mataría; ante todo, las creencias y el ser poeta. La muertefrita no figura entre los suicidios de los hombres de genio. Pero si nose mataba, sabría vengarse; él era un hombre, y cuando bajase aquelteniente ya le exigiría cuentas. Le mataría, sí señor, le mataría; ydespués,

¡qué escena tan trágica! el teniente a sus pies, atravesado deuna estocada; Amparito, desmelenada, sollozante, increpando al cielo; yél erguido como gigantesco fantasma, el ensangrentado acero en la mano,y en el rostro una sonrisa desesperada, infernal, loca; algo querecordase el último acto del Don Álvaro. Y el pobre muchacho apretabacon mano crispada su junquillo, que para su imaginación era «toledanoacero», y pensaba desordenadamente en Lope de Vega, Quevedo, Cervantes yLord Byron; en todos los grandes hombres que, según frase de Andresito,habían tenido malas pulgas, y lo mismo escribían que daban una estocada.

¡Bailad tranquilos, granujas alegres e insolentes; mirad la falla,burgueses bondadosos; reíd como gallinas cacareadoras, mujercillas quecelebráis las contorsiones de los monigotes! Todos ignoráis que elvolcán ruge a pocos pasos de vosotros; no sabéis que hay un hombre queprepara la más horrible de las tragedias; y mañana, cuando salga en losperiódicos la extensa relación de lo ocurrido, no podréis imaginaros quela fiera en figura humana que mató al rival, a la novia y hasta a lamamá, si es que se decide a bajar, era el joven «dulce y simpático» que,pálido como un muerto, estaba hecho un poste cerca del cafetín.

Sí; mataría y moriría después; estaba decidido. Y miró al balcón,procurando dar a sus ojos la más insolente expresión de reto; pero sefijó con insistencia en el teniente. Tenía buenas espaldas, su cabezamorena no era de víctima, le colgaba del talle un espadín y además,según informes de Andresito, tenía entre sus amigotes fama de bruto.

Él no tenía miedo, ¡vive Dios! ¿qué había de tener? Pero bien mirado,era una vulgaridad, un detalle de mal gusto, el enredarse a golpes enmedio de la calle con un majadero sin otra sociedad que la de las muíasde su batería. No señor; su belicoso plan quedaba desechado. ¿Qué diríanen la Juventud Católica? Un autor que había provocado delirios deentusiasmo con aquella oda dulcísima a la Virgen:

Señora, tú que sabes

el secreto del canto de las aves....

Un hombre que tantas lindezas sabía fabricar, no se peleaba con aquelmozo de cordel. Los poetas se vengan de otro modo. Les basta encerrarseen su inmenso dolor, lanzarlo en tristes estrofas al rostro de laingrata, para que ésta desfallezca bajo el más terrible de loscastigos....

Estaba decidido: abominaría del mundo y sus «vanas pompas»;se retiraría a un desierto, sería fraile, pero no como aquellosbarbudos, malolientes y zarrapastrosos que iban por las calles, alforjasal cuello, sino con arreglo a figurín: frailecillo blanco y melancólico,vestido con franela fina, la cruz roja al pecho y los ojos en alto, comosi filase el lamento tierno, interminable, de las almas heridas: unafiel imitación de Gayarre en el último acto de La Favorita.

Y Andresito, como si se viera ya vestido de blanco, errante por poéticaselva, con el pelo cortado en flequillo y los brazos cruzados sobre elpecho, canturreaba con voz dulce y lacrimosa:

« Spirito gentil...»

Algunos se detenían sonriendo al oír el canto tristón y apagado, queparecía salirle de los talones; pero ¡valiente caso hacía él de loscuriosos! ¡Como si una alma grande no estuviera, en sus dolores, porencima de la vulgaridad!

Y miró al balcón. Ya no estaban allí. Los infames se habían metido en elsalón, y estarían en aquel instante arrullándose, con la primera deliciadel amor naciente, vacilando en usar el confianzudo tuteo. Y él...abajo, solo con su desesperación; pero sabría vengarse. Sus ilusiones devenganza le conmovían tanto, que se sentía próximo a estallar ensollozos. Y lloraba, sí señor; habíase llevado un dedo a los ojos y loretiraba mojado de lágrimas. ¡Llorar un hombre como él!

¡Ah, laingrata...! Pero un golpe de tos seca, espasmódica, asfixiante, levolvió a la realidad.

Estaba envuelto en el humo azulado, sutil y picante que se escapaba delfogón de los buñuelos; un vaho grasoso, inaguantable, capaz de hacerllorar y toser a los monigotes de la falla Y lo primero que vio alvolver de sus ensueños fue un par de viejos que, asomados a la puertadel cafetín, le miraban con sonrisa burlona. Eran dos buenosparroquianos, con la gorrilla caída sobre la frente, los ojos vidriososy lagrimeantes, y la nariz violácea y húmeda; una yunta alegre, unidapor el yugo fraternal del alcohol, que, mientras hubiese cafetinesabiertos, declaraban, como el doctor Pangloss, que este mundo es elmejor de los mundos posibles.

Con el sucio pañuelo de hierbas en la mano, accionaban dando gritos anteel mostrador de Espantagosos; pero las rarezas de aquel señorito quehablaba solo y miraba al balcón de enfrente llamaron su atención, y conla cariñosa insolencia de los borrachos alegres, pusiéronse acontemplarle, riendo de sus gestos dolorosos.

Al ver que Andresito les miraba, hiciéronle amistosas señas como si leconociesen de toda su vida. ¡Vaya una gente francota...! ¿Que siaceptaba una copita? No señor, muchas gracias; no tenía la costumbre debeber.... Bueno; pues eso se perdía; conste que ellos la ofrecían debuena voluntad, al verle tan triste. ¡Buena suerte y que saliese prontode cuidado! Y los dos viejos, que sólo necesitaban unas cuantas copaspara ser dueños de la falla, de la plaza y del mundo entero,metiéronse en el cafetín a continuar la obra.

Andresito seguía tieso en su puesto, sin mover los pies, con las piernasentumecidas y el cuello dolorido de mirar a lo alto. ¡Y la ingrata noreaparecía! Las amigas, en el balcón; Concha, la hermana, coqueteandocon Roberto; y ellos dentro, buscando la soledad y la discretapenumbra....

¡Dios mío! ¡Qué cosas le diría aquel bruto de las dosestrellas, para tenerla tan embobada lejos del balcón, a pesar de lamúsica y de lo animada que estaba la plaza...!

Para mayor tormento del pobre muchacho, los dos viejos cínicos delcafetín hablaban a gritos, y por más esfuerzos que hacía, sus palabrasle obsesionaban, le hacían olvidar su papel de poeta desesperado einfeliz, del que en el fondo se hallaba satisfecho. Estaban en la mismapuerta del cafetín, jugueteando como dos chavales, dándose golpecitos enel abdomen y obsequiándose mutuamente con buñuelos, que acompañaban delatines y signos en el aire, como si se administrasen la comunión. ¡Vayaun par de «puntos» alegres! Todos los parroquianos se reían, y hasta elmismo cafetinero desarrugaba el ceño, a pesar de que conocía el final detales bromas y lo mucho que costaba ponerlos en la calle.

Pero al beber otra vez, tornáronse melancólicos. Miraban al trasluz elaguardiente, y con los vasitos en alto y los ojos elevados, como si leshipnotizase el blanco líquido, hacíanse mutuas confidencias, arrastrandolas sílabas trabajosamente. El más viejo estaba desengañado; le habían«lacerado » el corazón; lo juraba y perjuraba, dándose terriblespuñetazos sobre el pecho, que sonaba como un tambor. Su compadre debíacreerle a él, que era hombre de experiencia y había visto mucho. ¿Lapolítica...? una farsa; un oficio de volatineros. ¿El Ayuntamiento...?una cueva de ladrones; todos los que entraban en la «casa grande » erapara robar. El otro le interrumpió.... ¡El Ayuntamiento...! Ahí estabael toque. ¡Que le fueran a él con Ayuntamientos!

Había trabajado como unperro por la candidatura del partido repartiendo papeletas a las puertasde los colegios, tuvo una disputa con un municipal que le quería llevaratado, y lo sufrió todo... todo por el partido y el candidato... y ahorale ofrecían como recompensa un puesto de peón en el adoquinado, nuevehoras de trabajo al sol y siete reales. Muchas gracias; él quería serempleado de los que están a la fresca y fuman. Antes que partirse elespinazo en el adoquinado, prefería vivir sin trabajar. El hambre no leimportaba.... Mientras hubiese «petróleo refinado» como el de casa Espantagosos, el estómago iría bien.... Ahora, tras el chasco, sehabía

«retirado a la vida privada», y podía decir muy alto, como sucompañero, que todos los de la casa del pueblo eran unos ladrones.

Y para que quedase bien sentada esta afirmación, se tragaron elaguardiente de un sorbo.

—¡ Espantagosos... mesura!

¿Quién...? ¿él? ¡Estaban frescos! Allí no se daban más copas. Ledesacreditaban el establecimiento con sus feas palabras; los guardias letomarían ojeriza por consentir en su casa tales blasfemias contra laexcelentísima corporación, y además—esto era lo principal—, conocíade antiguo a aquellos parroquianos, que, cuando se alumbraban de veras,costaba un disgusto sacarles el dinero. Ya tenían bastante; si queríanalgo más debían pagarlo por adelantado.

¡Qué falta de respeto! ¡Tratar así a personas que han hecho concejales,retirándose después a la vida privada...! Y miraban fieramente alcafetinero, mientras rebuscaban con furia en sus andrajos, con laindignación de una ofensa irreparable y mortal.

Del bolsillo de la blusa salía una moneda mohosa; del sudador de lagorra otra de dos céntimos, y por las ventanas de los rotos zapatossacábanse alguna pieza de cobre mugrienta y sudada. Era la rebuscafuriosa de los céntimos escamoteados antes de salir de casa, a espaldasde sus mujeres, rabiosas de hambre y enemigas de que dos hombres de biense diviertan en la taberna.

Con altivez de grandes señores, arrojaron su puñado de cobre sobre elmostrador, como abofeteando al dueño. Si quería más podía ponerse acuatro patas, que a ellos aún les quedaba dinero para taparle, si erapreciso. Y decían esto con desdén olímpico, como si tuviesen a manotodos los millones del Banco de España en calderilla.

Andresito percibía a medias esta escena, coreada por las risas de losparroquianos. La ingrata no reaparecía, y él estaba extenuado por eldolor y por un plantón de tantas horas. No le vendría mal sentarse,aunque fuese en el cafetín; pero no; ¡firme allí! aunque muriese de pie,como los antiguos romanos.

Obscurecía. La plaza estaba llena; las calles adyacentes seguíanvomitando nuevas muchedumbres, y todos cabían a fuerza de codazos yempujones, como si fuesen elásticas las paredes de las casas. En tornode la falla agitábase un oleaje de relamidos peinados, de gorras convisera amarilla y de blusas blancas. Las señoras refugiábanse en losportales, empinándose sobre las puntas de los pies para ver mejor; losmaridos cogían a sus pequeñuelos por los sobacos y los sostenían a pulsopara que contemplasen las últimas contorsiones de los monigotes.

Aún era de día y ya se impacientaba la muchedumbre.

—¡Fueeego...! ¡fueeego...!—gritaban a coro los de la blusa blanca.

Y los dos borrachos, agarrados fraternalmente de los hombros, con lashúmedas nances casi juntas, asomábanse a la puerta del cafetín conrisita maligna al pensar que molestaban al dueño.

—¡Fuego...! ¡fuego...!

Y después de gritar se metían apresuradamente en la taberna, fingiendosusto, como chicuelos que acaban de hacer una travesura.

Los organizadores de la falla se resistían. Había que esperar a quecerrase la noche. Pero la muchedumbre estaba dominada por esaimpaciencia que, entre la gente levantina, basta que sea manifestada poruno para que los demás se sientan contagiados.

—¡Fueeego..! ¡fueeego...!—seguían aullando de los cuatro lados de laplazoleta. Y de la desembocadura de un callejón sin adoquinar salió unapedrada certera, que dejó trémulo al monigote del centro, llevándoselemedio tupé. Aplausos y carcajadas, y a los pocos minutos servían deblanco todos los bebés de la orquesta. Había que comenzar en, seguida.El cafetinero lo ordenaba a gritos desde su puerta, y los cofradesbraceaban y se desgañitaban en torno de la falla pidiendo un poco decalma, mientras un compañero se introducía en el cuadrado de lienzo condos botellas de petróleo. Cuando los biombos transparentaron una mancharoja que rápidamente se agrandaba entre incesante chisporroteo, lamuchedumbre lanzó un «¡oh!» de satisfacción.

Comenzaban a arder lasesteras viejas, las sillas cojas y demás muebles recogidos en losdesvanes del barrio y amontonados en el interior de la falla. El rojoresplandor iluminaba la parte baja de los figurones.

—¡Que toquen la Marsellesa!—gritó un vozarrón anónimo con acentoimperioso.

Un estremecimiento pareció correr por la muchedumbre, saltando despuésde balcón en balcón.

—¡Sí, la Marsellesa... venga la Marsellesa!—repitieron miles devoces con expresión amenazante, como si alguien se negase por anticipadoa sus exigencias.

Los músicos, que enfundaban sus instrumentos, miraron asustados alamenazador gentío.

Intentaban negarse; pero el pensamiento de quequedaban piedras en el callejón desvaneció sus propósitos deresistencia. La música rompió a tocar, chillaron los cornetines, sonaronel bombo y los platillos como una tempestad lejana, y por toda la plazase esparció un ambiente de bienestar, reflejándose en los rostros.

La Marsellesa... ¡y el gobierno en la hoguera! ¿Qué más podían pedir?Y el entusiasmo meridional, caldeando los cerebros, hacía pasar ante losojos risueños espejismos. Todos se sentían dominados por un optimismomeridional.

Las lenguas de fuego comenzaban a salir del interior de la falla,lamiendo la ropa de los monigotes.

—¡Bravooo...! ¡Vítooor!

Nadie pensaba que aquello era madera y cartón. El entusiasmo les hacíaferoces; creían que era el mismo gobierno lo que quemaban al son de la Marsellesa, y los industriales soñaban despiertos en la rebaja de lacontribución; los de las blusas blancas en la supresión de los Consumosy el impuesto sobre el vino, y las mujeres, enternecidas y casillorosas, en que acabarían para siempre las quintas.

La música seguía rugiendo la Marsellesa, y en la multitud, alguno delos ardorosos, trastornado por la ilusión y por el himno, creyendo quela cosa ya estaba en casa, gritaba a todo pulmón: «¡Viva la República!»,lo que azoraba a los pobres municipales y les hacía mirar en derredor,buscando un hueco en el gentío por donde escapar.

La hoguera crecía rápidamente. Las inquietas llamas, moviéndose de unlado para otro, agitaban como abanicos los faldones del frac, los bajosde blanca muselina y las cintas de raso de los bebés. El fuegojugueteaba como una fiera con sus víctimas antes de devorarlas. Derepente, hizo presa en aquellos adornos, y en un segundo los devoró,escupiéndolos después como negras pavesas, que revoloteaban sobre lascabezas de la muchedumbre. Los monigotes, firmes y en pie, ardían comograndes antorchas con un inquieto plumaje de llamas. Andresito recordabalos cristianos embreados que iluminaban con sus cuerpos el camino deNerón.

Había llegado la hora de destruir, de ayudar al incendio, y losorganizadores de la falla con pesados puntales, golpeaban el armazónde los bastidores o daban tremendos palos a los ardientes monigotes paraque cayeran en el rojo cráter.

La muchedumbre, legítima descendiente del pueblo que dos siglos antespresenciaba los autos de fe, aplaudía con gozosa ferocidad la caída delos monigotes en la hoguera. Cada vez que, volteando en el aire suspiernas y sus brazos chamuscados, se zambullía uno en las llamas, oíanserisas y berridos.

La falla se derrumbó con todo su armazón medio carbonizado, y untorbellino de chispas y pavesas se elevó hasta más arriba de lostejados. El enorme brasero daba a la plaza una temperatura de horno,tiñéndolo todo de color de sangre. La gente, tostada, con las ropashumeantes, retirábase a las inmediatas calles; los de los pisos bajoscerraban las puertas, huyendo de aquella atmósfera ardiente que abrasabalos ojos y esparcía por la piel intolerable picazón, y en los balconeslas vidrieras se cerraban, y los cristales flojos, caldeados por elambiente abrasador, saltaban con estrépito.

Más de media hora ardió con toda su fuerza el informe montón de leñosennegrecidos, que al carbonizarse se cubrían de rojas escamas. Algunosmaderos estaban erizados de innumerables y pequeñas llamas, como sifuesen cañerías de gas.

La muchedumbre se alejaba, con la esperanza de ver algo en las otras fallas. La temperatura bajaba, el incendio iba achicándose, lafrescura de la noche penetraba en la plazuela, y balcones y puertasvolvían a abrirse.

En casa de doña Manuela, terminado el espectáculo público, había supoquito de fiesta, sin duda para amenizar el chocolate «suntuoso» que larumbosa viuda daba a sus amigos. La gran lámpara del salón, reservadapara las solemnidades, había sido encendida; y Andresito, desde laplaza, veía los trajes claros y los bouquets de las amigas pasar porel iluminado balcón, moviéndose con el ritmo del baile.

El pobre muchacho estaba firme en su puesto. El fuego le había empujadoa un extremo de la plaza; pero apenas se refrescó el ambiente, volvió ala puerta del cafetín, cerca del laurel cargado de buñuelos, cuyas ramasse habían tostado. La falla seguía ardiendo, con sus estallidos deleña vieja, que sonaban como tiros.

La plaza quedaba en poder de la gente menuda, chiquillos desarrapados,que, tomando carrera, saltaban la hoguera con agilidad de monos, cayendoal lado opuesto envueltos en las chispas. Los municipales intentabanoponerse a tan peligroso ejercicio; pero la pareja de pobres hombres eraimpotente ante tales diablillos, y al fin adoptó la sabia determinaciónde sonreír con tolerancia y retirarse a un portal.

Andresito seguía con mirada triste las evoluciones de aquellasbulliciosas salamandras con blusa, que saltaban por entre las llamascomo si tal cosa, sacudiéndose las chispas como los perros.

La plazuela estaba solitaria y el rojo ambiente del incendio hacía máslóbregas las calles inmediatas. Algunos chuscos arrojaban en la hogueramanojos de cohetes, que salían como rayos, culebreando su rabo dechispas, arrastrándose de una pared a otra y remontándose en caprichosascurvas hasta la altura de los balcones, para estallar con estampido detrabucazo. Los municipales no veían los cohetes, pues al fijarse en elaire matón de la chavalería que los disparaba, permanecían metidos en elportal, sordos y ciegos. Andresito pensaba que si alguno de aquellosrayos baratos le pillaba en su sitio, no le dejaría ganas en unatemporada de ser frailecito blanco y llorar los desdenes de su hermosa;pero permaneció inmóvil. Irse de allí era renunciar a su venganza. Élesperaba algo, sin saber qué; y allí permanecía mirando el balcón, apesar de que sus piernas apenas podían sostenerle, y en la cabeza y elestómago sentía un vacío anonadador.

Ahora cantaban arriba. Era Amparito, que acometía con su vocecita deseda una romanza de Tosti, coreada por el estallido de los cohetes y losberridos burlones de la pillería, a quien le hacían gracia los lamentosmusicales, verdaderos chillidos de ratita asustada.

Las llamas iban extinguiéndose, la plaza estaba cada vez más obscura ylos chiquillos desertaban en grupos, bucando otras fallas que nohubiesen llegado al período de la agonía.

Dos hombres salieron del cafetín agarrados del brazo, con paso lento yvacilante. Eran los viejos borrachos, con la gorrilla en la nuca y eleterno pañuelo de hierbas en la mano. Volvieron el rostro al cafetín, ycomo personajes de tragedia, lanzaron una eterna maldición sobre lacabeza de Espantagosos, un ladrón que, al quedarse sin dinero doshombres honrados, les echaba a la calle sin más miramientos.

El humo de la falla, denso y pegajoso, les hizo toser; pero sedetuvieron ante el rescoldo enorme como un brasero de gigantes.

Soltáronse del brazo y saltaron la falla, uno tras otro, con unaagilidad inesperada y ademanes tan grotescos, que los municipales reíany hasta el desconsolado poeta dejó de mirar al balcón. El cafetinero ysus vecinos estaban en las puertas, celebrando aquel espectáculogrotesco e inesperado.

Las carcajadas del público enardecían a los borrachos, les hacíansonreír con orgullo, y los dos redoblaban sus saltos y contorsiones.Corrían en torno del gran montón de brasas, saltaban por todos loslados, y en el furor del movimiento que les dominaba, ninguno de los dosse acordaba del otro.

¡Ahora iba lo bueno! Y saltando al mismo tiempo los dos, cada uno porlado distinto, encontráronse en lo más alto de su salto; chocaron loscuerpos como proyectiles y cayeron en el rescoldo, hundiéndose entrelas brasas la parte más carnosa del individuo.

La plazuela pareció animarse, lanzando interminables carcajadas. Apatadas y puñetazos los sacaron los municipales, y una vez libres delrescoldo, empujáronlos fuera de la plaza. ¡A sus casas o al Asilo...!¡Lo que quisieran!

Andresito vio cómo se alejaban los dos viejos, mostrando una nueva carapor el revés chamuscado de su pantalón, riendo su postrera hazaña,dándose besos y abrazos para afirmar la fraternidad del cafetín yhablando a gritos para que quedase bien sentado que la «casa grande»

erauna cueva de ladrones, y ellos, desengañados, se retiraban a la vidaprivada.

Y el poeta, envidiando su alegría, seguía en su puesto, iluminado por laúltima crepitación de la hoguera, desfallecido de hambre y de dolor,llorando de veras ahora que comenzaba a verse en la obscuridad,esperando algo vago e indeterminado, sin fuerzas para hacer nada yestremeciéndose al oír aquella voz tenue como un hilillo de seda, que sequebraba al llegar a lo más alto de la romanza, ahogándola con susaplausos los complacientes convidados de la mamá.

V

Juanito era feliz. Próximo al ocaso de su juventud, a los malditostreinta años de que hablaba Espronceda, en vez de tristes desengañosexperimentaba la alegría de saber que en el mundo hay algo más grato queadorar a la mamá como un ídolo y plegarse a todos los caprichos de loshermanitos.

El entusiasmo de la juventud, el ansia de vivir, manifestábanse en élcon extraordinaria fuerza, como frutos tardíos del árbol de su vida, quehabía pasado invierno tras invierno sin conocer hasta ahora laprimavera.

Al reunir y ordenar sus recuerdos, no se daba cuenta de cómo habíaocurrido su transformación. Sin duda, el amor era más fuerte que sucaracterística timidez. En la soledad, al recordar a Tónica,avergonzábase como el que ha cometido una acción punible; las palabrasintencionadas que había deslizado en la conversación martilleábanledespués los oídos, y tan pronto las consideraba ridículas comoexageradamente audaces.

—¡Dios mío...! ¡Qué dirá de mí esa chica!

Pero cuando estaba cerca de ella, el rubor desaparecía y sentía en suinterior audacias que le asombraban.

Ya no se conformaba con esperar que Tónica fuese a la tienda de LasTres Rosas. Enterábase de dónde trabajaba, y con una astucia de las mástorpes, salíale al paso por la mañana al ir al trabajo y por la noche alregresar a su casa; hacíase el encontradizo y le desesperaba ladificultad de su lengua tímida, que parecía rebelarse, no queriendo serconductora de sus pensamientos.

Pasó más de una semana para Juanito sin adelantar gran cosa en supropósito. Tónica le hablaba como un amigo y le hacía confidente detodos sus pensamientos: las exigencias de sus parroquianas, los consejosde «las señoritas», que eran las hijas de su difunta protectora, y hastalas dolencias de aquella mujer casi ciega que vivía con ella,sirviéndola de madre. Con estas confidencias, Juanito iba penetrandolentamente en la vida de la joven y la consideraba ya como algo propio,a pesar de que todavía la picara lengua seguía negándose a obedecerle.

Tónica tenía en ciertos momentos rasgos de ingenuidad, que turbaban aljoven, sin dejar por esto de experimentar alegría.

Llegó a relatarle las aficiones de su infancia, el placer indefinibleque experimentaba pasando horas enteras arrodillada ante un Cristo,rezando rosarios tras rosarios. En aquella época, llevarla a la capillade la Virgen de los Desamparados era para ella la mayor de lasdiversiones, y rezaba con tal devoción, que las viejas beatas se lacomían a besos, asegurando que iba para santa.

—¡Qué época aquélla!—decía la joven con ligera sonrisa—. Ahora larecuerdo con cierta extrañeza y no menos envidia. Las estampitas de midevocionario me hablaban; y por la noche, una Virgen que tenía en micuarto bajaba de su cuadro para arrullarme hasta que me dormía.

Usted,Juanito, se burlará seguramente de que yo fuese tan tonta.... En fin,cosas de niñas. Pero mi madrina la condesa, en vista de tan ardientedevoción, quería hacerme monja; y el otro día, «las señoritas»,recordando los deseos de su mamá, todavía me ofrecieron costearme eldote para que entrase en un convento.

—¿Y usted acepta?—preguntó el joven con visible ansiedad.

—¡Yo...! No pienso en ello por ahora. Aquella santidad voló, creo quepara siempre. Ahora soy mala, muy mala. Rezo cuando estoy triste, oigomisa los domingos, tengo mucho miedo al diablo, pero me gusta bastanteel mundo y voy siendo algo impía, pues algunas veces me digo que no estan pésimo como lo pintan los predicadores.... Además, ¿quién cuidaríade mi pobre Micaela, sola y casi ciega? Sería cometer un horrible pecadode ingratitud por salvar mi alma. No señor, no pienso hacerme monja;prefiero ser pecadora y cuidar de mi pobre amiga.

Juanito tenía en los labios una pregunta audaz. ¿Qué hacía? ¿Lasoltaba...? Tembló; pero vacilando, diola curso, al fin, con voz deagonizante.

—¿Y no piensa usted casarse?

Tónica contestó con una carcajada.

—¡Casarme yo...! ¿Y quién ha de ser el valiente? Se necesita muchocorazón para cargar con una mujer sin otra renta que la aguja y quelleva tras sí el bagaje de una amiga vieja y enferma.

Juanito estuvo a punto de gritar que ese valiente era él; pero, por sudesgracia, se detuvo.

Tónica estaba seria y decía con triste ingenuidad:

—Reconozco que si encontrase un hombre honrado, trabajador y humildecomo yo, que quisiera admitir a mi desgraciada amiga, me tendría por muyfeliz.... Pero en fin, hoy por hoy no hay que pensar en tonterías.

Y cambió con tal arte el curso de la conversación, que a Juanito se lequedó en el cuerpo lo que quería decir, y antes llegaron a la pobreescalerilla de la calle de Gracia, que pudo manifestar su valor para seresposo de Tónica y encargarse de la pobre ciega.

Aquella noche fue cruel para Juanito. La pasó en vela, revolviéndoseinquieto en su cama, y declarando en voz alta que era el más cobarde delos hombres. Parecía imposible que un mocetón con unas barbas quecausaban espanto fuese tímido como un seminarista. ¡Y pensar que todostenían valor en tales casos, todos, hasta Andresito, aquel pazguato quese declaró a Amparo con la mayor facilidad...! ¡Cristo! ¡Cómo se reiríande él sus hermanas si conocieran sus timideces! Sólo esto faltaba paraque todos los de casa le creyesen un imbécil.... Pero pronto se sabríaquién era él. Y animado por una resolución hija del amor propio, pasótodo el día siguiente en la tienda distraído, sin atender a las ventas,ansiando que llegase la hora de acompañar a su casa a Tónica.

Caía una lluvia fina cuando fue a apostarse en la calle de Serranos,cerca de la casa donde trabajaba la joven. A las ocho la vio salir,andando con su paso ligero y gracioso, rozando la pared y casi oculta enla penumbra de un alumbrado macilento, que en vez de luz parecíaesparcir tinieblas.

Bien comenzaba la entrevista. Tónica se resistió a aceptar el paraguasde Juanito; no podía consentir que el joven se mojase por complacerla aella; y en cuanto a ir los dos juntos bajo aquella cúpula de seda...sólo en pensarlo la producía rubor y hacía que echase su cuerpo atrás,como para huir de un peligro.

Pero la expresión de angustioso ruego de Juanito pareció convencerla.

Bueno; aceptaba su invitación porque le creía un joven formal y honrado.Pero ¡Dios mío! ¡qué diría la gente...! Y comenzó a andar con timidez allado del joven, que no se sentía menos conmovido. Nunca había estado tanpróximo a Tónica. Rozaba al andar un lado de su busto, se sentíaenvuelto en el ambiente embriagador que exhalaba su cuerpo sano, y veíacerca de sus ojos el rostro de Tónica, su boca fresca, mostrando labrillante dentadura con graciosas sonrisas.

Juanito, entusiasmado por su buena fortuna, no pensaba ya en laresolución que tan inquieto le había tenido durante todo el día.Bastábale para ser feliz y considerarse dueño de Tónica oír su voz,trémula por la emoción que le causaba un paseo tan íntimo.

De pronto, Juanito pareció despertar. ¡Qué diablo! Ya estaban casi en lamitad del camino, cerca del Mercado, y él callaba, sin atreverse a decirlo que tan pensado tenía.

Pero la maldita timidez retardaba con ridículos pretextos sudeclaración.

Bueno; aguardaría a llegar a aquella esquina, y una vez en ella, ¡zas!soltaba su demanda, aunque cortase a Tónica en lo mejor de susconfidencias.

Ya estaban en la esquina. ¡Allá va...! Pero no; no hablaba. Iba trasellos un señor por la acera, resguardándose de la lluvia; podía oír sudeclaración... ¡y quién sabe de lo que son capaces esas gentes burlonas,que miran el amor como cosa de risa!

Esperaría a que el molesto transeúnte se fuese por otra calle. Ymientras tanto, escuchaba a Tónica, cuidando de ladear el paraguas paraque la cubriera bien, y mirando al suelo, como encantado por el trozo deenagua blanca al descubierto y las pequeñas botinas que saltaban loscharcos con una graciosa ligereza de pájaro.

Ella hablaba mientras tanto, desahogando el enfado que le causaban susparroquianas. Sólo una pobre como ella podía sufrir tantas exigencias.Era costurera, y querían que trabajase como una modista famosa. Por dospesetas diarias la explotaban las parroquianas de un modo irritante;mostraban un ansia furiosa para exprimir todas sus habilidades; lahacían cortar y probar como una maestra y coser o zurcir como unaoficiala; obligábanla, con falsos mimos, a no levantar la cabeza deltrabajo ni un solo instante; se mordían los labios con rabia y dudabande su laboriosidad cuando no podía convertir en vestido flamante unguiñapo viejo; y después de todo, cuando la costurera terminaba,despedíanla sin cariño alguno, como un mueble inútil, y no se acordabande ella al darse tono en paseos y teatros, asegurando que era de unamodista francesa el vestido cuya confección les costaba unas cuantaspesetas.

—¿No es verdad, señor Peña, que eso es una ingratitud?—preguntabaTónica muy animada, olvidando los escrúpulos que había manifestado antesde admitir el paraguas.

Juanito contestaba con vehemencia, pero su pensamiento se hallaba a cienleguas de lo que decía. Sí señor, era una infamia; personas tan ingratasnada merecían. Y al mismo tiempo miraba atrás, viendo con gozo que eltranseúnte importuno había desaparecido.

Ahora sí que se lanzaba; esperaría a pasar la plaza del Mercado, y asíque entrase en la calle de Gracia, soltaría su declaración. Tónica vivíaen esta calle, poco tiempo le quedaba para espontanearse, pero cuando selleva una cosa bien pensada, basta con pocas palabras. Y

mientrasatravesaban el Mercado con pasos tímidos, resbalando en el barropegajoso que cubría las losas, el joven oía a Tónica con la falsaatención del cómico en la escena, que finge escuchar mientras piensa enlo que va a decir.

Juanito se indignaba sin saber por qué. ¡Qué manera de explotar aquellasseñoras a la pobre Tónica! ¡Era insufrible! Y mientras matizaba con susexclamaciones la relación de la joven, pensaba con alarma que ya estabanen la calle de Gracia y él todavía guardaba en el cuerpo, completamenteinédita, la declaración que tanto le inquietaba.

En cuanto llegasen a la próxima esquina, interrumpía a la joven, aun ariesgo de ser descortés.

Bueno, ya estaban en la esquina, pero por unpoco más nada se perdía; prolongaría el plazo hasta un farol que estabatan próximo. Pero en llegando allí no había excusa. Hablaba, o era capazde arrancarse la lengua.

Y así pasaba la pareja por todas las etapas que la maldita timidez deJuanito iba marcando, sin llegar a decidirse. En la imaginación deljoven, aquella calle había sido mutilada de un modo horroroso; leparecía extremadamente corta, y la pequeña puerta por donde desaparecíaTónica todas las noches estaba ya a la vista.

Para mayor desgracia, la joven seguía hablando; pero Juanito tembló,pensando que podía quedarse solo y desesperado dentro de pocos minutospor culpa de su timidez, y al fin se sintió hombre.

—¡Tónica!

Dijo esto con acento tan ahogado y angustioso que la joven calló,mirando en derredor, como si les amenazase un peligro.

—¿Qué ocurre?

—Que la quiero a usted mucho; que....

—¡Ah! ¡era eso...!—exclamó Tónica sonriendo—. Yo también le quiero austed como un buen amigo, como un joven formal; sobre todo como formal.No siendo así, no consentiría que me acompañase con tanta frecuencia, loque puede dar lugar a suposiciones. Mire usted, el otro día decían lasvecinas....

—No, no es eso. Yo no la quiero a usted sólo como amigo: yo la amo...¿sabe usted? la amo, y soy ese hombre valiente de que usted hablabaanoche, capaz de hacerla mi esposa sin dejar abandonada a la pobreMicaela.

Tónica mostrábase aturdida por la declaración. La presentía desde muchotiempo antes, pero habla llegado a dudar de ella en vista de la timidezde aquel niño grande. Intentaba sonreír como sí tomase a broma laspalabras de Juanito, pero estaba ruborizada; se había detenido mirandoal suelo, y tan turbados estaban los dos en medio de la calle, que elparaguas los dejaba al descubierto y la lluvia caía sobre sus hombros.

El silencio era penoso. Juanito estaba asustado por la seriedad deTónica. La costurera reflexionaba, y al fin habló.

Ella agradecía el ofrecimiento del señor Peña, pero no podía aceptar.Era el hombre honrado y modesto que deseaba; si no fuese más que undependiente de comercio, tal vez aceptase... ¿pero es que ella ignorabaquién era su familia? Estaba enterada por una parroquiana amiga de sumamá y de sus hermanitas. Eran unas señoras de las que viven converdadero lujo, sin apelar a costureras ni a adornos caseros; teníancarruaje... en fin, una gran familia—esto subrayado por una expresiónentre admirativa y respetuosa—, y no era justo ni legal que ella, unapobre jornalera, aspirase a tanto.

Juanito sentía alegría y compasión a un tiempo. Regocijábale el saberque no era indiferente a Tónica y que en la posición de su familiaestaba el único obstáculo. ¡Valiente posición!

Compadeció la ignoranciade la joven y estuvo próximo a decirle que todo aquel lujo era imbécilfatuidad, pura bambolla; pero sintióse dominado por sus temores de niñosumiso y obediente, y hasta en el vacilante resplandor del inmediatofarol creyó ver el rostro de mamá contraído por un gesto de indignaciónmajestuosa.

No negaba que su familia estuviera en «buena posición»; pero ¿quéimportaba esto? Él la quería, y no era necesario más. No pensaba dejarde ser comerciante; su porvenir consistía en ser dueño de una tienda; ¿yqué mejor que casarse con una mujer hacendosa, aleccionada en la escueladel trabajo y la economía, y que supiera ser ama de su casa? El pobremuchacho, roto el freno de su timidez, hablaba con vehemencia, meneabalos brazos para afirmar sus palabras, sin ver que hacía danzar locamenteel paraguas, que conservaba abierto, y que varias veces estuvo próximo ameter una varilla por los ojos de la joven.

Pero Tónica no se convencía. Impresionábale el acento de verdad deldependiente; pero no podía dominar el temor respetuoso que le inspirabauna familia rodeada de los prestigios de la riqueza y de la elegancia.Por esto a todos los argumentos de Juanito contestaba moviendo la cabezanegativamente.

Así pasaron más de un cuarto de hora en medio de la calle, bajo lalluvia, llamando la atención de los escasos transeúntes, que ante unapareja tan olvidada de sí misma hacían comentarios maliciosos.

Por fin, la costurera pareció ablandarse. Lo pensaría; tal vez al díasiguiente pudiera contestarle. Y tras esta promesa, que para Juanito fueuna felicidad. Tónica dio seis golpes en la aldaba de su casa ydesapareció, cerrando la puerta de la escalerilla.

El joven estaba deslumbrado. La última sonrisa de Tónica revoloteabadelante de él con sus alas de oro, alumbrándole el camino. Sentíaseimpregnado del indefinible perfume de la joven, y andaba con timidez,como si se hubiese adherido a su exterior algo precioso y frágil quepodía desprenderse al acelerar su marcha.

La dulce borrachera del amor correspondido trastornaba a Juanito. Enconcreto, nada le había dicho Tónica; pero a pesar de esto, el joven,con instintiva confianza, creía en su felicidad, y aquella noche fue laprimera de satisfacción y calma, después de las rabietas e inquietudesque le había producido la timidez de su carácter apocado. Ahora... ¡oh!ahora era todo un hombre, y así lo reconocía satisfecho y un tanticoorgulloso de su audacia.

La costurera no fue más explícita al día siguiente. La «posiciónbrillante» de la familia de Juanito era una idea que se le habíaatravesado en el cerebro. Ella no era nadie: una pobre costurera que,acostumbrada a sufrir las impertinencias de las señoras, no podíapermitirse el lujo de mostrar susceptibilidad ni amor propio... pero esode casarse para ser la víctima resignada y humilde sobre la cual cayeranlos desprecios de la familia, estaba fuera del límite de su paciencia.

—No diga usted que no. Adivino lo que sucedería; como si lo viese. Lashermanas de usted, unas señoritas, se avergonzarían de tener por cuñadaa la que remendaba los vestidos de sus amigas; su mamá, toda una señora,me consideraría un poquito más que a sus criadas. Y yo, aunque seapobre, no tengo fuerzas para tanto. Para salir de esta vida, quierovivir en paz con la familia de mi marido y que me respeten. ¿Qué menospuedo pedir? ¿No es verdad...?

No; no era verdad que ella corriese tantos peligros casándose con él. Lojuraba a fe de Juanito Peña. ¡Su familia...! ¿Pero es que hacía grancaso de él? Podría casarse con quien quisiera, sin miedo a disgustos niprotestas. Él formaba aparte, se sentía aislado en medio de los suyos. Yel pobre muchacho, como si de pronto apreciase toda la verdad de susituación, decía esto con tal amargura, casi con lágrimas en los ojos,que Tónica se conmovió, mostrándose más blanda.

Ella le apreciaba; se creía muy honrada con merecer su atención; noentendía de amoríos, pues sólo los había visto en las novelas; pero lepermitía seguir hablando con ella, como amigos más que como novios, y siel tiempo demostraba que sus caracteres se comprendían y compenetraban,entonces....

El rubor de la joven completó sus palabras. Juanito no necesitó más parasoltar el chorro de su verbosidad comprimida; y atropelladamente, hablóde su porvenir, trazando con furiosos brochazos el cuadro de sufelicidad. Tenía dinero... venderían el huerto de Alcira... compraríauna tienda. Las Tres Rosas por ejemplo... se casarían... tendríanniños, muchos niños, porque él, con sus gustos de joven tímido, adorabalos muñecos... él sería un modelo de maridos.... Pero paró en seco alver que Tónica se ruborizaba, dirigiéndole miradas de reproche por lalibertad con que formulaba sus ilusiones. En fin, ya vería lo que erabueno, y qué vida tan rica iban a darse cuando vivieran casados y fueradel círculo de estúpidas pretensiones de su familia.

Por de pronto, no era mala la vida que hacía Juanito. Pasaba el díapensando en su Tónica; abandonaba la tienda a las horas en que aquéllatenía que salir por algún encargo de sus parroquianas, y por la calleiba al lado de ella, orgulloso como un triunfador, temiendo que leviera la mamá y deseando al mismo tiempo encontrarse con sus hermanas,para que éstas aprendiesen «a distinguir» y no le tuvieran por unpazguato incapaz de tener novia. Por ella, por Tónica, reñía con laplanchadora, él, que era antes tan descuidado, deseando ostentar unoscuellos duros y lustrosos como el mármol; y con gran asombro de lashermanitas, se emancipaba de la dirección de la mamá, siempre tacaña conél, y se hacía un traje igual a los de su hermano Rafael.

Todo iba bien: Juanito se encontraba más joven y fuerte. Le parecía quealgo nuevo circulaba por su venas; era vino caliente y espumoso quearrollaba y barría la antigua horchata. Ya había conseguido que Tónicale llamase Juanito, y no señor Peña, con aquel acento ceremonioso quehacía reír; pero aún no se había decidido a corresponder a su tuteo, yle plantaba siempre un

«usted» como una casa, asegurando que le causabarubor hablarle de otro modo.... ¡Qué inocente!

¡Como si él no fuese hijode un antiguo tendero del Mercado! En fin, todo se andaría.

Lo que inquietaba algo a Juanito, en medio de su felicidad, eran lasatenciones que con él tenía su mamá, las miradas cariñosas, los «¡hijomío!» dichos en un tono halagador, con la suavidad mimosa de unacaricia. ¡Malo, malo! Juanito temblaba viendo aproximarse la afligidademanda, el

«sablazo» maternal, acompañado con lágrimas y conmovedoraslamentaciones sobre lo mucho que cuesta la educación de los hijos. Y lapetición fue formulada, por fin, a principios de Semana Santa, una tardeen que Juanito, después de comer de prisa, iba a salir para avistarsecon Tónica antes de entrar en la tienda.

El pobre muchacho quedó anonadado por las maternales confidencias....¡Diablo! La situación era más grave que él imaginaba. Ya no eran diez odoce mil reales los que ponían a su mamá con agua al cuello; ahora setrataba de miles de pesetas, de miles de duros, y era preciso pagar oresignarse a que la situación de la familia se hiciese pública, pues losacreedores, gente grosera y sin entrañas, sin otra pasión que la deldinero, eran capaces de desacreditar por dos cuartos a una señoradecente.

—Yo me muero de ésta, Juanito mío; estas cosas no son para mí. ¡Ay,Dios! ¡Cuánto cuesta criar a los hijos y sostener el rango de unafamilia! Tú, hijo mío, sólo tú puedes sacar a tu madre de apuros....¡Tres mil duros...! ¿Sabes lo que es eso? Pues los tres mil duros he detener a punto para el día siguiente de las Pascuas. Me han amenazado; mehan llamado tramposa porque no puedo pagar... ¡tramposa! ¡a una señoracomo yo...! No puedo sufrir tanta vergüenza. Y si mis hijos meabandonan, me moriré, sí señor... presiento que estos disgustos me van aquitar la vida.

Juanito, a pesar de que estaba en guardia para librarse de los halagosde su mamá, y se proponía no adquirir compromisos, sintió en su interioralgo que se sublevaba, subiendo hasta su rostro como una olacaliente.... ¡Tramposa su madre! No estaba mal aplicado el calificativo;pero el cariño ciego, que le hacía adorar a su madre, rebelábase antetal ofensa; le conmovía hasta el punto de que sus ojazos tranquilos ybondadosos se velasen con lagrimones de ira.

Con movimientos de cabeza asentía a todas las afirmaciones de su madre.Sí; era preciso arreglar aquello; el honor de la familia no podía quedara voluntad de cuatro usureros, que, merced a ciertos papelotes firmadospor doña Manuela con tanta irreflexión como frescura, exigían quince milpesetas por un préstamo de once mil. Había que pagar; pero... ¿y eldinero?

¿dónde encontrar el dinero?

Y la viuda, al llegar a esta conclusión, le miraba fijamente, dándole aentender que en él estaba la solución.

—Hay que buscar el dinero, mamá. Podía usted hablar coa doña Clara, esaamiga que, según dice el tío, es la arregladora de todos estos enredos.

—¡Doña Clara...! ¡valiente apunte! Hijo mío, tú, como eres tan buenazo,no conoces a las personas. Esa doña Clara es una tal, que sólo va dondepuede sacar, y vuelve las espaldas a una persona decente al verla en unapuro. Nuestra situación es muy mala, rematadamente mala.

Y en los oídos del joven agolpáronse en tropel las vergonzosasconfidencias, hechas en voz baja, temblorosa, no por el remordimiento,sino por la humillación que suponía confesar la situación de la casa,aun a su propio hijo. Las fincas todas hipotecadas, y si las vendía, nollegaría su importe a la mitad de las deudas. Su firma en un sinnúmerode pagarés, y tan desacreditada, que a su mismo portero le prestarían unduro los usureros mejor que a ella. Vencimientos ineludibles que habíaque satisfacer, so pena que la familia se desacreditara... y nada conque pagar, absolutamente nada; la carencia más completa de medios parasalvar la situación.

Las necesidades de la casa lo arrebataban todo. Ella había acudido ya alos procedimientos más penosos para su dignidad. Si ahora fuese latemporada de ópera, ni ella ni sus hijas podrían lucir las joyas queenorgullecían y admiraban al pobre Juanito. Estaban en una casa depréstamos. Y la vajilla de plata, que daba al comedor un aire tanseñorial, los grandes candelabros del salón, no habían salido de casapara blanquearlos el platero; donde estaban era naciendo compañía a lasjoyas. Todo por unos cuantos miles de reales, que se habían escurridocomo agua en aquella criba de deudas y gastos, de infinitos agujeros.

—Esto te lo digo, Juanito, porque eres el más formal de la casa ynecesito tus consejos. Pero

¡por Dios! ni una palabra a las niñas; queno sepan las pobrecitas la situación. Se sentirían humilladas, y noquiero que mis hijas se consideren inferiores a sus amigas.

Lo que menos preocupaba a Juanito era lo que pudiesen pensar sushermanas. Sus instintos de comerciante honrado, amigo de la regularidad,sublevábanse al pensar en un medio tan vergonzoso de adquirir dinero.Para él, las casas de préstamos eran antros horribles, guaridas delatrocinio; acudir a ellas era contaminarse, perder la propia dignidad.

—¿Y usted ha ido allí?—preguntó con expresión dolorosa—. ¿Ha entradoen esas casas?

Doña Manuela contestó con altivez. ¡Quién! ¿Ella...? ¿Por quién latomaba su hijo? Aunque arruinada, no por esto había perdido su dignidad.Para tales comisiones se valía de doña Clara, que tenía amigos entre losprestamistas, y hacía las «operaciones» diciendo que los objetos eran deuna señora distinguida cuyo nombre no podía revelar. Lo que doña Manuelacallaba eran las sospechas vehementes de que su amiga explotaba susapuros, guardándose los «picos» de las cantidades facilitadas por losprestamistas. La viuda tenía la altivez de los grandes señores que creende buen tono dejarse robar descaradamente por sus criados.

Cuando terminaron las revelaciones sobre la situación de la casa, laviuda aguardó la respuesta de su hijo. Él era su única esperanza. Suhermano la detestaba; ¿a quién podía confiar sus penas?

A Juanitoúnicamente, a su querido Juanito; pues Rafael, el pobre muchacho, metidoen el mundo elegante, nada sabía de las «materialidades » de la vida, nitenía bienes propios como su hermano mayor. Pero el bondadoso hortera semostró más duro que su madre esperaba. El amor le había transformado;mas en vez de hacerlo soñador excitaba sus instintos de economía,predominando en él las aficiones de su padre, lo que su tío y donEugenio llamaban «sangre comercial».

Que nadie le tocase su huerto de Alcira. Y no es que amase gran cosa unafinca que sólo veía una o dos veces por año. Deseaba convertirla prontoen dinero; pero los ocho mil duros limpios que pensaba sacar de ellaeran la base de su porvenir, la realización de sus ilusiones, el mediode establecerse y convertir a Tónica en dueña de una gran tienda detelas.

Doña Manuela experimentó gran extrañeza al tropezar con una tenacidadque nunca había supuesto en su hijo. Se negaba resueltamente a firmarotro pagaré garantizando el crédito de su madre, y menos consentía aúnen hipotecar su huerto para adquirir los tres mil duros.

—No, mamá—decía tímidamente, pero con firmeza—; no puedo. Ya sabráusted más adelante que eso no es posible. Necesito mi dinero; y además,a mí me repugna eso de hipotecas, pagarés y préstamos de los usureros.Como dice el tío, eso queda para las gentes perdidas.

Pero deseaba salvar a su madre del compromiso; encogíasele el corazón alverla tan hermosa, tan «señora», con los ojos llorosos y la frentesurcada por dolorosas arrugas, y buscaba mentalmente un medio parasacarla de la situación.

Era posible que don Antonio Cuadros, que tan rápidamente seenriquecía.... Pero no. El enérgico gesto de su madre le dio a entenderque no consentía auxilios que lastimasen su amor propio. Tal vez másadelante ella no diría que no, cuando se reanudasen las amistades;ahora, desde la despedida de Andresito, eran bastante frías.

Y Juan, no atreviéndose a nombrar a su tío, dejó de proponer soluciones.

—Lo del huerto no lo consiento.... Pero no llore usted, mamá.... Nollore.... ¡Qué demonio!

Para todo hay remedio en este mundo. ¡Si no segastase tanto en esta casa...! No se enfade usted, mamá. Sí; ya sé todolo que va a decirme; el decoro de la familia, la necesidad de sostenerel buen nombre, la conveniencia de colocar bien a las niñas.... Laverdad es que se necesitan tres mil duros, y que no se adquieren en unoscuantos días economizando. Lo del huerto no lo consiento, lo vuelvo arepetir.... Pero en fin, para que usted no esté triste, le prometoencargarme del asunto.

Yo lo arreglaré, y poco he de poder o la próximasemana tendremos ese dinero.

Pero Juanito, como enamorado, tardó en cumplir sus promesas. Sus amorescon Tónica, aquella luna de miel ideal, el afán de acompañarla a todaspartes, hablando de su porvenir, le tenían tan distraído, que si noolvidó sus promesas, fue difiriendo su cumplimiento siempre para el díasiguiente.

Su madre le lanzaba en la mesa miradas interrogantes; le llamaba apartepara saber cómo iba

«aquello»; y cuando él se excusaba con susocupaciones en la tienda, estremecíase ante el gesto de dolor de doñaManuela.