Arroz y Tartana by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

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La señora estaba orgullosa. Sólo en una casa como la suya había unacriada capaz de arreglar la mesa con tanto arte.

Visanteta, insensible a las miradas agradecidas del ama y contestando asus palabras con gruñidos, seguía trabajando. Abrió el armario delaparador y puso sobre la mesa los entremeses: pepinillos destilandovinagre, aceitunas grises mezcladas con salitrosas alcaparras, sardinasde Nantes con su casaquilla plateada, rodajas de salchichón finas ytransparentes, y frescos rábanos de encendido ropaje y tiesos moñetes dehojas, todo en verdes pámpanos de porcelana.

Buen golpe de vista presentaba la mesa. Demasiado bueno, si se tenía encuenta el carácter raro del que estaba allá dentro. Por esto doñaManuela dijo con expresión dolorosa:

—Mira, Visanteta, no te extremes mucho. Mi hermano es capaz de comer demala gana si ve aquí lo que él llama lujos. Con lo puesto hay bastante.Ahora saca del cajón los cubiertos de plata. Los antiguos, ¿sabes...? note equivoques. Cuando sirvan el pescado puedes sacar la pala de plata,pero no pases de ahí. Sería capaz de darnos un escándalo si viera lodemás que reservamos para los convidados de otra clase.

Los cubiertos de plata antigua, piezas soberbias labradas a martillo yheredadas del Fraile, fueron colocados junto a los platos.

Todo estaba bien. Visanteta a la cocina, a dar a la comida el últimopunto, y ella al salón, a mimar al hombre temible y preparar el golpepara después de la sobremesa.

El piano seguía sonando; pero ahora, de la romanza sentimental se habíasaltado a la ópera.

Come una damicella

mi trovare più bella....

Al entrar en el salón vio a Juanito contemplando al tío, y éste con lavista fija en el techo, contando sin duda las flores doradas que teníael papel, como hombre que se aburre y busca desesperadamente ladistracción.

—Vaya, niñas, basta de cosas tristes. Cantadle al tío algo alegre.

Don Juan hizo un gesto como indicando que le era igual y no valía lapena molestarse.

—Pero mamá—dijo Amparo—, si esto que cantaba es el Aria de lasjoyas. Muy bonita....

—Pues fuera el aria. Canta algo más alegre. Eso de El dúo de laAfricana, que gustó tanto en casa de «las magistradas».

—Bueno—exclamó Concha con rudeza—. Ahora El dúo. Una cosa que estáncansados de tocar todos los organillos.

—Pues sí señora, eso. Tu tío no va al teatro, y tendrá gusto en oírlo.

Don Juan hizo el mismo gesto de antes. Para él, cualquier cosa estababien. Y volvió a mirar al techo, bostezando de vez en cuando y moviendoun pie con nervioso temblorcillo.

Yo nací muy chiquitita

y nací muy avispa.

Bueno; pues a pesar de estas declaraciones que sobre su nacimientohacía Amparito con su hilillo de voz y su expresión picaresca, el tíodon Juan, aquel monstruo de aburrimiento y rudeza, no se conmovía, talvez por estar mejor enterado de cómo había nacido que la propiainteresada. E

igual indiferencia mostró al oírla cantar que el puentetenía seis ojos, y ella dos «solamente».

Otra cosa le preocupaba y le hacía removerse en su sillón. Sacó sureloj, la hermosa pieza cincelada del siglo anterior, e interrumpiendo ala cantante dijo a doña Manuela:

—Bien está todo; pero ¿a qué hora se come aquí?

—Cuando venga Rafaelito. A la una.

—Ya es; mira mi reloj. Te advierto que yo como siempre a las doce, ybastante sacrificio es esperar una hora. Con tales desarreglos se pierdeel estómago, y eso en la vejez es llamar a la muerte.

—¡Jesús, hombre! No te incomodes por eso.... Niñas, basta de música.A comer.

La graciosa sevillana paró en seco, y las dos niñas abandonaron el salónseguidas del tío, que se detuvo en la puerta del comedor sonriendo alver el aspecto de la mesa.

—Manuela, por lo que se ve, esto promete. Siempre has sido notable enestas cosas.

Pero la señora estaba preocupada por la tardanza de su hijo menor y nopodía contestar.

—¡Este Rafaelito...! La una y cuarto y no viene. ¡Habrá que empezar sinél...! Visanteta, la sopa.

Todos se sentaron. Don Juan en la cabecera, con las dos niñas, y en elextremo opuesto doña Manuela, teniendo a la derecha a Juanito y a laizquierda la silla destinada a Rafael.

La humeante sopera descansó en el centro de la mesa, con el cucharón deplata metido en las entrañas, y rápidamente se llenaron los platos.¡Soberbia sopa! Flotaban en su superficie las lunas de grasa, y entrelas rebanaditas de pan impregnadas de suculento líquido, los menudillosde la gallina, las tiernas yemas de color de ámbar y los negruzcoshígados, que se deshacían al entrar en la boca. Todos comían conapetito, especialmente don Juan, que, a pesar de su sobriedad de avaro,era un tragón terrible al entrar en mesa ajena.

Finalizaba la sopa cuando entró Rafaelito, sudoroso, sofocado, como sihubiese corrido mucho para llegar a tiempo.

—¡Vaya una hora de venir!—dijo la mamá, frunciendo el ceño.

Era un ser insignificante y de aspecto pretencioso. El cuerpo flacucho ypobre; la cabeza charolada a fuerza de cosmético, partida por una rayaque con rectitud geométrica iba desde la frente a la nuca; en la caraenorme nariz, bigotillo afilado y patillas de chuleta, y bajo la barba,asomando por entre las dos alas de un cuello «a la pajarita », esaprotuberancia horrible llamada nuez, que parece la condecoración de lajuventud raquítica. Afectaba en sus gestos y palabras la indolencia deun hombre cansado de la vida, para el cual el mundo nada nuevo puedeofrecer a los veintidós años; miraba con insolente fijeza, y cuandoescuchaba a alguien, lo hacía con aire protector y desdeñoso. Era eltiranuelo de la casa, y a este privilegio unía el de excitarle la bilisa su tío don Juan siempre que se ponía en su presencia.

Hacía tres años que estaba abonado al segundo curso de la Facultad deMedicina, consecuencia heroica de la que no estaba arrepentido; y tanamante era del trabajo y de la actividad, que por no estarse en loscafés charlando como un necio, pasaba los días y gran parte de lasnoches en los círculos recreativos, unas veces peinando barajas y otrassacrificando pesetas, para que no se dijera que en España todo decae,hasta el respetable gremio de los «puntos».

Fuera de esto, era un muchacho encantador; y en caso de duda, bastabacon preguntarlo a su mamá. ¿Quién llevaba con más garbo que él el gabánsin costuras, ancho y deforme como un saco? ¿Quién, en verano, iba másmono con el trajecito de franela y la marinera de paja? ¿Quién dabamejor sombrerazo rígido, moviendo al mismo tiempo la cabeza y levantandoun pie?

Rafaelito, y nadie más que Rafaelito; y para atestiguarloestaban también las amigas de la manía, que se hacían lenguas en supresencia de lo elegante que era el chico.

¡Estudiar...! Ya lo haría más adelante. Por ahora, era un muchachodistinguido, con buenas relaciones; y en cuanto a saber, algo sabía,pues apenas se iniciaba una discusión sobre toreros o pelotaris, dejabaa todo el mundo con la boca abierta. Bajo su frente calva, adornada conlas dos puntitas lustrosas del peinado, había algo, así como bajo loshombros de su americana había algo también: mucho pelote para suavizarlo puntiagudo de sus clavículas, que agujereaban la pobre piel.

Al entrar saludó al tío con cierto desparpajo, sin querer fijarse en lasonrisita del viejo, y después se excusó con la mamá. Quería venirantes, pero en la feria le habían entretenido. El paseo estaba muy bien;trajes magníficos, sobre todo abrigos. Y hacía una relación de periódicode modas ante sus hermanas, que prestaban oído sin dejar de engullir, yla mamá, que admiraba el talento de observación de su hijo y la graciacon que se burlaba de los defectos. Era el fiel retrato de su padre.

Rafael, en cuatro cucharadas, se tragó su ración, poniéndose al nivel delos demás cuando salió el cocido, dos fuentes magníficas, que exhalabanun vaho consolador, un tufillo alimenticio que se colaba hasta el fondodel estómago. En la una, las patatas amarillentas, los reventonesgarbanzos sacando fuera del estuche de piel su carne rojiza, la col, quese deshacía como manteca vegetal, los nabos blancos y tiernos, con suolorcillo amargo; y en la otra fuente las grandes tajadas de ternera,con su complicada filamenta y su brillante jugo; el tocino temblón comogelatina nacarada; la negra morcilla reventando, para asomar susentrañas al través de la envoltura de tripa; y el escandaloso chorizo,demagogo del cocido, que todo lo pinta de rojo, comunicando al caldo elardor de un discurso de club.

Nadie hablaba aún. Oíase únicamente el sordo ruido de las mandíbulas;todos masticaban y engullían; los tenedores verificaban correríasdevastadoras sobre la mesa. Destrozábanse los panecillos, ibanvaciándose los platos de los entremeses, y las copas de vino llenábanse,reflejando sobre el blanco mantel purpúreas e inquietantes manchas.

Don Juan rumiaba, moviendo sus desdentadas encías a derecha e izquierdacomo una cabra vieja, y sus ojillos alegrábanse al ver comer a lafamilia, y especialmente a Juanito.

Podían decir lo que quisieran ciertas gentes; pero él, don Juan Fora,propietario y paseante perpetuo, sostenía que nada hay como la cocinacasera y el comer en familia. ¡Vaya un modo de tragar, hijos míos! Enuna fonda estarían ya siendo objeto de críticas, y el dueño pondría malacara al ver cómo ganaban el precio del cubierto; las niñas se harían lasinteresantes, comiendo poco para no parecer feas, y él mismo tragaría adisgusto creyendo que se burlaban de su modo de mascar. Pero allíestaban en su casa, podían atracarse hasta el gañote con todo lo queiría viniendo, y nadie podría ir a contarle al vecino cómo se lasarreglaban para hacer por la vida. Esto era la verdad; lo demáspamplinas, modas estúpidas y sufrir..... ¡Hola! Ya se presentaba lagallina del puchero. ¿Que quién la parte? Juanito mismo.

Y el buen muchacho, obediente a la voz de su tío, púsose en pie, yempuñando un enorme tenedor y el afilado trinchante, hizo una carniceríaque elevó protestas. Doña Manuela le miró severamente. Pero ¡cuándesmañado era!

Don Juan intervino, viendo que su sobrino se conmovía:

—Vaya, otra vez lo hará mejor el chico, ahora... a lo que estamos.

Y pasaron a los platos los trozos de la gallina: la jugosa pechuga, elcuello cartilaginoso, los melosos muslos y el armazón chorreando grasa,que chupaba doña Manuela con un regodeo de gata golosa.

La animación iba surgiendo en la mesa. Todos hablaban. Don Juancomenzaba a mostrarse más alegre; y como si olvidase las antiguaspreocupaciones, miraba con igual cariño a todos los que estaban en lamesa, sin pensar si eran hijos del antipático Pajares y si su hermanaera una derrochadora.

Ahora, ¡voto a Dios! venían bien dos deditos de vino, para acompañardignamente a la gallina en su bajada al estómago. Y se apuraron lascopas, y circuló de nuevo la ventruda botella llena de vino de la bodegade los Escolapios, un caldillo rojo del llano de Cuarte, que pasabadulcemente por el paladar, y una vez dentro, el muy traidor causaba untrastorno de mil demonios. Las dos niñas bebían haciendo remilgos, peroel tío las excitaba aplaudiéndolas; y ellas, que no estabanacostumbradas a ver tan alegre al viejo, volvían a gustar el vinillopara no enojarle.

Nelet, con la gravedad de un maître d'hôtel, muy circunspecto desdeque veía en la mesa al tío millonario, sacó de la cocina el plato deldía, la obra maestra de Visanteta, un pescado a la bayonesa que arrancóa todos un grito de admiración.

—¡Caballeros...! ¡Ni en la mejor fonda!—dijo Rafael—. ¡Ole por lacocinera!

Don Juan encontró de mal gusto la felicitación, pero admiró la obra.

Era una merluza de más de tres libras, que parecía de plomo brillante,con el escamoso vientre hundido en la salsa, un fresco cogollo delechuga en la boca, y en torno de la cola unos cuantos rabanilloscortados en forma de rosas. La fuente tenía una orla de rodajas de huevococido, y sobre la capa amarillenta que cubría el apetitoso animal, tresfilas de aceitunas y alcaparras marcaban el contorno del lomo y laespina. Don Juan miraba, con la pala de plata en la mano.

¡Vive Dios,que le remordía la conciencia destrozar aquella obra de arte! Pero lacosa se había hecho para comer; y al poco rato, la blanca carne de lamerluza, revuelta con los sabrosos adornos, estaba en todos los platos.

—Y ya que dimos fin con la pobre, ahora otro traguito.

Decididamente, el tío se ponía alegre. Las niñas recordaban como unsueño la cara irónica y glacial de otras ocasiones. Ahora sonreía conbondad, tenía las mejillas muy coloradas, y cautelosamente se aflojabael talle, como para dejar un huequecito a lo que viniese después.

Otro plato ligero, pero éste era francamente indígena: lomo de cerdo ylonganizas con pimiento y tomate, un guiso al que daba siempre Visantetauna gracia especial, que hacía a todos mojar el pan en la roja salsa.

Don Juan y su sobrino predilecto se entendieron con él, pues doñaManuela apenas lo probó.

Rafaelito fumaba, costumbre detestable queirritó al tío, pues no podía comprender tales interrupciones en ladigestión.

Las dos niñas habían ido un momento a su cuarto: cuestión de aflojarselos corsés. Las ballenas se doblaban y parecían próximas a estallar conla presión de sus vientrecillos cada vez más redondeados. Al pasar juntoa un balcón, hiriólas el frío que entraba por las rendijas. Llovía, y lagente pasaba chapoteando en el fango, con el paraguas calado. ¡Qué biense estaba allí dentro, en el caliente comedor, ante una mesa tanabundante! Había que reconocer que Dios es bueno y proporciona ratos muyagradables a los que tienen casa y cocinera.

Cuando volvieron al comedor, Nelet sacaba el héroe de la fiesta: unsoberbio capón, panza arriba, con los robustos muslos recogidos sobre elpecho y la piel dorada, crujiente, impregnada de manteca.

Don Juan contemplábalo con miradas de amor. No; una pieza tan hermosano la destrozaría el desmañado Juanito. A ver, Rafael, que, como aprendíde médico, entendería de estas cosas.

Las niñas protestaron, recordando las espeluznantes relaciones que suhermano las había hecho varias veces, para asustarlas, describiendo sushazañas en el anfiteatro anatómico.

—No, Rafael no—gritó Amparito—. Si él toca el capón no comemos.

¡Vaya un asco! ¡Como si aquel estudiante honorario hubiese asistido alcurso de anatomía media docena de veces...! Al fin, el tío, en vista delas protestas, se decidió a destrozar la pieza, pues en su calidad desolterón sabía un poco de todo.... ¡Brava manera de masticar!

Confesabanque la comida les subía ya a la garganta; pero a pesar de esto, era tanexcelente la carne tierna y jugosa, con su corteza tostada crujiendoentre los dientes, que todos despacharon su ración, masticando conlentitud y emprendiéndola después con los huesos. El tío se mostrabacomo un valiente.

—Juan, come ese pedazo—le decía su hermana—. Es lo mejor del plato.

—Bebe más, Juan. Hoy son mis días, y hay que alegrarse.

Las niñas imitaban la solicitud de la mamá; todo era: «Tío tome ustedesto; tío, coma usted lo otro»; y el tío, cada vez más encarnado yalegróte, engullía cuanto le ponían en el plato, y como le llenaban elvaso así como lo dejaba vacío, el resultado era que empinabacontinuamente el codo.

Aparecieron los postres. Cubrióse la mesa de tajadas de melón, peras ymanzanas, avellanas y nueces; pero esto pasó sin gran éxito,atreviéndose el tío sólo con algunos pedazos de fruta que le mandóJuanito.

Después, la clásica sopada, sin la cual don Juan no comprendía losbanquetes: una gran fuente de crema, en la que se empapaban apretadasfilas de pequeños bizcochos. Esto era lo mejor para los que, como él,carecían de dentadura. Sabía a gloria; pero a pesar de tantos elogios,recibió como en triunfo el turrón de Jijona y los pasteles de espuma.También era esto del género de don Juan, adorador de las cosas blandas,que se escurren dulcemente sin roce alguno hasta el fondo del estómago.Con la boca llena de merengue contestaba a sus sobrinas, que estabancada vez más alegres, y aprobaba bondadosamente los cuidados de suhermana por tenerle contento. Ahora había que retirar el vino de losEscolapios: «no estaba en carácter»; y por esto el viejo saludóalegremente la aparición en la mesa de las botellas de licor dediferentes formas y clases.

Las cepitas talladas de color rosa, que parecían flores, iban y veníansobre la mesa, tan pronto llenas como vacías. La temperatura subía en elcomedor. El vaho ardoroso de la comida, el calor de los cuerpos, en losque empezaba la digestión, y lo agitado de las respiraciones, parecíancaldear el ambiente. Los rostros se enrojecían, y a pesar de que llovíaen la calle y los transeúntes soplábanse las manos para ahuyentar elfrío, se sudaba en el comedor. Doña Manuela, con la majestuosa narizinflamada, como si fuese un pavo, hubo de pasarse la servilleta por lahúmeda frente.

—¡Al salón!—dijo la señora—. Allí nos servirán el café.

El tío prefería quedarse en la mesa. El café entraba también en lacomida; ¿por qué habían de moverse? Pero para su hermana era un detallede suprema elegancia tomar el café en el salón, y don Juan tuvo queacceder y abandonar el comedor, jugando con sus sobrinas como si fueseun niño.

¡Vive Dios, que él no estaba borracho, pero a nadie podría negar que seencontraba un poco alegre por culpa de aquellas picaras, de su hermana yde los dos sobrinos! Todos estaban bien.

Sentados en los mullidossillones del salón, encontrábanse como en la gloria, sacando hacia fueralos rellenos vientres, que hervían como calderas al fuego de ladigestión, y sintiendo subir al cerebro un humillo tenue que al pasarpor los ojos tomaba un delicioso tinte rosa.

Don Juan dábase cariñosas palmaditas en el vientre. Tal vez aquellacalaverada le costase después crueles desarreglos de estómago y unasemana de purgas; pero ¡vayanse al diablo los escrúpulos! un día es undía, y a ver quién le quitaba lo gozado.... Nada, que aquel día era uncalavera; se burlaba de todo; y en prueba de ello, encendió el puro quele ofrecía Rafael, a pesar de que el fumar aumentaba su los crónica.

Ya estaba el café. Servíalo Adela, una muchacha remilgada y no malparecida, que imitaba a sus señoritas en el peinado, afectando un airede aristócrata caída en la desgracia.

Don Juan, a fuer de mirar el servicio, que era de porcelana antigua, ycompararlo con otro más rico arrinconado en su casa, acabó por fijarseen la criadita. Decididamente, no tenía la cabeza bien. ¡Mire usted quepensar un hombre de su carácter y sus años que estaría mejor servido conuna chica así que con su vieja Vicenta...! Vaya; el Chartreuse, con sucalor de falsa juventud, hace pensar locuras.... «¡A tomarte el café,viejo verde...!» Y se bebió la taza de un trago.

Sonaba la campanilla de la puerta.

—Será Roberto—dijo Concha.

—Tal vez sea Andresito—exclamó Amparo—. Le prometió a Juan venir a lahora del café.

Eran los dos, que se habían encontrado en la escalera.

Roberto del Campo, el amigo íntimo de Rafael, su mentor, que le guiabaen el camino de la distinción y el buen gusto; un chico elegante, hijode una gran familia arruinada, uno de esos vástagos inútiles yperniciosos que nacen inesperadamente en la tranquila burguesía a lasdos o tres generaciones de bienestar y riqueza, para castigar con suslocuras y despilfarres el egoísmo y la rapacidad de sus antecesores. Eraun muchacho guapo, moreno, con nariz aguileña, barba negra y lustrosa;una de esas cabezas gallardas, audaces y de enérgica belleza varonil quese ven con frecuencia en las tribus bohemias. En su porte y en su trajenotábase la tendencia «flamenca»

amalgamada con la fría correcciónburguesa. La educación del hogar confundíase con las costumbres de unavida de estúpidas aventuras. Vestido de señorito, tenía algo de gitano;cuando se disfrazaba de chulo, todos reconocían en él al señorito. Eraun ser doble, que flotaba entre la decencia y el encanallamiento.

Según decían sus amigos, causaba sensación entre las mujeres. Lagitanería femenina le adoraba como un ídolo, pensando en sus conquistasde señoritas; y éstas mirábanle como un ser extraordinario, como un DonJuan irresistible, recordando ciertas historias de cantadoras flamencasque, por sus desdenes, se habían tragado cajas de fósforos, y dehermosas carniceras que abandonaban al marido para seguir a un mozo tanadorable.

En casa de doña Manuela, Roberto era muy bien acogido, especialmente porConchita. Era un chico que tenía muy buenas relaciones; es verdad que sufortuna era poca, pues gran parte de la herencia de sus padres estaba yaenterrada en los garitos o entre las uñas de los usureros, pero esto noimpedía que fuese un partido aceptable para las jóvenes de la clasemedia, que, colgadas de su brazo, podían entrar en un reducido círculoque ellas se imaginaban como el paraíso de la aristocracia.

Junto a este hermoso ejemplar de la burguesía próximo a la decadencia,Andresito Cuadros, el hijo del dueño de Las Tres Rosas, aparecíaempequeñecido y aplastado, con la delgadez amarillenta de un crecimientorápido y ese aire aviejado de todos los hijos únicos, a quienes lasatenciones exageradas de sus padres no dejan robustecerse. Era el hijodel comerciante emancipado del mostrador y dedicado al estudio por laambición del papá. Docto y pedantuelo, algo engreído con lossobresalientes de su carrera y acostumbrado a hacerse oír en casa comoun oráculo, asombrábase de que fuera de ella no le rindieran tributos deadmiración, y esto le producía tal cortedad, que muchos le tenían portonto.

Los recién llegados, después de saludar a la mamá, deseándolafelicidades y ensartando los lugares comunes propios del caso,sentáronse cerca de las dos niñas, que se mostraban complacidas yruborosas.

Rafael voceaba en la puerta del salón para que trajeran pronto el café asus dos amigos, y Juanito, a falta de mejor ocupación, jugueteaba con latraviesa Miss, cuyos movimientos iban acompañados por el repicantecascabeleo de su pequeño collar.

Don Juan, hundido en su butaca, con la nariz cada vez más roja y elcigarro apagado entre los labios, seguía sonriendo beatíficamente. Suhermana no le abandonaba. Acosábalo con atenciones, y hasta habíalogrado hacerle tragar una copa de coñac.

Visanteta acababa de servir el café a los dos señoritos recién llegados,cuando la llamó su ama.

—Di a Adela y a Nelet que entren.

Toda la servidumbre de la casa se plantó a estilo de coro de zarzuelaante el sillón de la señora.

Entre los tres cruzábanse alegres miradas,sonrisas de satisfacción.

Era la ceremonia anual, el acto de dar los aguinaldos a los criados, porser el día de la señora.

Con majestad teatral, doña Manuela dio un duroa cada uno, más un pañuelo de seda a Visanteta, por lo satisfecha queestaba de su mérito como cocinera. El ceño de la habilidosa muchacha sedilató por primera vez en todo el día, y los tres salieronapresuradamente con la alegría del regalo, oyéndose el ruido de susempellones y correteos.

Esto obscureció un poco la sonrisa de don Juan. Decididamente, suhermana era una loca, que odiaba el dinero. ¡Mire usted que tirar tresduros tan en tonto! ¿No hubiera quedado lo mismo con tres pesetas?

Pero su digestión de esquimal harto no le permitía indignarse, y escuchócon expresión amable a su hermana, que, inclinada sobre él, apoyándoseen su misma butaca, le hablaba mimosamente, como si fuese una niña.

—Hay que seguir las costumbres, Juan; si no, los criados, en vez derespetarla a una, se encargan de desacreditarla. A ti de seguro que nole parece bien dar un duro a cada criado; a mí tampoco, pero hijo mío,la costumbre es la costumbre, y si una hace ciertas economías, la gentecree que va de capa caída, suposición que a nadie gusta. ¿No crees tú lomismo?

Él lo creía todo, con tal que le dejasen tranquilo en su digestión. Ymovió varias veces la cabeza en señal afirmativa.

Doña Manuela se animaba y seguía hablando, No es que ella fuesederrochadora; había tenido su época de apuros, como él sabía muy bien, yconocía el valor de un duro. Pero había que quedar con dignidad,sostener la honra de la casa, ahora que las niñas iban siendo casaderas,y esto, ¡ay, Juanito mío! esto exigía grandes apuros y no menoressacrificios. ¿Qué le pasaba a don Juan? ¿Había parado en seco sudigestión? La gozosa sonrisa desaparecía; sus ojos, entornadosvoluptuosamente, volvían a entreabrirse para lanzar punzantes miradas, yse agitó varias veces en la butaca, como huyendo de ocultos alfileres.¡Todo sea por Dios! Él también tenía apuros y hacía sacrificios. Elmundo es así. Y probó dormirse, como hombre a quien no interesa laconversación.

Pero la hermana no calló. Ella economizaba, privándose de todo parasostener la apariencia de la casa, hasta que las niñas encontrasen «unbuen partido»; pero a veces se tropieza con escollos insuperables y nosabe una cómo salir a flote.

—Pero... ¿duermes, Juan? ¿No me escuchas? Un gruñido dio a entender adoña Manuela que su hermano la oía con los ojos cerrados. Esto bastópara que continuase.

Ahora mismo se hallaba en una de esas situaciones difíciles; algunasdeudas antiguas las había satisfecho con la paga de Navidad de susarrendatarios de la huerta, pero necesitaba con urgencia ocho milreales, pues el invierno exige grandes gastos. Ya que en la familia sehabían suavizado antiguas asperezas, a ella tenía que acudir en susapuros. ¿Y quién era su familia? Su hermano, y nadie más que su hermano.Su Juan, a quien ella siempre había querido tanto, respetando sus sabiosconsejos.

—Tú no me abandonarás en este apuro, ¿verdad, Juan? Tú me prestarás esacantidad, y yo te la devolveré a San Juan, cuando cobre los otrosarriendos. ¿Quedamos en eso...?

¡Qué habían de quedar! No había más que ver el mal humor con que donJuan salió de su turbada digestión.

—Pero, desgraciada, ¿de dónde quieres que saque yo ocho mil reales? Túte figuras, por lo menos, que yo apaleo las onzas.

Doña Manuela protestó. Vamos, que ocho mil reales no son una cantidadpara arruinar a nadie.

Además, ella prometía devolverlos a San Juan; yal ver que su hermano sonreía irónicamente, lo juró con la mano puestaen el exuberante pecho.

—Y si no tienes los ocho mil reales (cosa que dudo), eso no importa,Juanito mío. Con que firmes por mí, salgo de apuros. ¡Adiós digestión!Ahora sí que don Juan salía de la placentera calma, despertando de suamodorramiento.

—Ya has enseñado la oreja. ¡Firmar...! ¡firmar...! ¿Tú crees que unapersona como Dios manda pone la firma, porque sí, al primer judío que sepresenta? Eso sólo lo hacen las locas como tú, que has firmado más papelque un escribano, y miras con la mayor tranquilidad cómo tu nombre andapor el mundo en pagarés siempre renovados, con condiciones que sóloadmiten las personas tramposas y sin crédito.

Y además, ¿qué era aquello de la paga de los arriendos y de devolver losocho mil reales el día de San Juan? Mentiras y nada más que mentiras.

—Yo lo sé todo, Manuela. No conservas un campo de los que heredaste depapá que no tenga la correspondiente hipoteca. El dinero de tusarrendatarios se va todo en intereses. Si se juntan todos tus acreedoresy exigen que les pagues las deudas, más los intereses disparatados queles has reconocido, te verás en medio de la calle, perdiendo hasta lacamisa que llevas puesta. ¡Eh...!

¿qué tal? ¿Creías que yo no estabaenterado de tus cosas?

Doña Manuela estaba pálida e inquieta. Era una imprudencia expresarseasí a pocos pasos de aquel grupo donde estaban Roberto y Andresito, dosextraños que no podían imaginarse la verdadera situación de la casa. Porfortuna, Concha y Amparo atraían la atención de los dos; además, lasniñas, a ruegos de los pollos, iban a hacer un poco de música y canto.

Tal vez el piano amansase a don Juan; pero... ¡quia! éste formaba partede las fieras, a quienes domina la música, y con gran pesar de suhermana no salía de su indignación.

—¿Para esto me has convidado...? Tú has dicho: «Le daremos bien acomer, procuraremos emborracharlo, y después, cuando esté tierno... ¡elsablazo!» Pues hija, te equivocas. Ni ahora ni nunca conocerás el colorde mi dinero. No pienso hacer nada por ti. Cuando murió tu segundomarido me prometiste ser un modelo de economía y prudencia; y yo fui tantonto, que perdí el tiempo y hasta algún dinero para poner a flote tufortuna, que hacía agua por todas partes como un barco viejo.... Déjameacabar, Manuela; no me interrumpas. ¿Quieres hacerme creer que aún loconservas todo libre de trampas, tal como yo te lo entregué? ¡Quia, hijamía! En este siglo no hay milagros, y con quince mil duros de capital nose sostiene un carruaje ni el boato que tú gastas. Lo sé todo; y si no,escucha.

Y don Juan, con gran abundancia de detalles, como hombre versado en losnegocios, fue describiendo a su hermana el estado de su fortuna. Notenía un pedazo de tierra libre del peso de una hipoteca; las rentasapenas si daban para los réditos, y hasta la misma casa en que ellavivía era una finca que producía poco, por culpa de su vanidad.

—Cuando al quedar viuda te pusiste en mis manos, vivías en una de lasdos habitaciones del piso segundo y tenías alquilado este principal. Unduro diario es una gran cosa, y más en tu situación. Pero tú no podíasacostumbrarte a ser señora de muchos escalones, como dices en tu jerga;querías tu salón y tu carruaje, como en los tiempos de loco despilfarro,y con el pretexto de que las niñas crecían y era preciso pollear ymentir, bajaste a este piso, y bajó la renta también aumentando losgastos. Ya que no podías tener un tronco, carretela y berlina, como enotra época, vendiste un campo para comprar la galerita y el caballo ymantener a ese bigardón, hijo de la tía Quica, que os roba la cebada ylas algarrobas.... Sé que te fastidia oír todo esto, pero te lo digopara que sepas que no me chupo el dedo ni se me engaña fácilmente....Nunca me he forjado la ilusión de convertirte. Tú serás siempre la mismaManuela, la loca, la pretenciosa, y morirás cuando gastes el últimocéntimo. Cada uno nace con su carácter, y tú eres de aquellos a quienesel pobre papá cantaba la antigua copla:

Arròs y tartana,

casaca a la moda,

¡ y ròde la bola

a la valensiana!

Y como si la cancioncilla del tío fuese la señal para que comenzase lamúsica de las niñas, éstas atronaron el salón con el tecleo del piano ylos gorjeos esforzados.

Don Juan cobró ánimos con este estrépito. Al ver que los muchachos sóloatendían al piano, siguió hablando, pero levantó más la voz, con granalarma de su hermana.

—Marchas a tu perdición, Manuela. Cuando estés en la miseria, siempreme acordaré de que soy tu hermano, y tendrás donde comer tú y lostuyos.... Pero dinero, ¡ni un céntimo!

Doña Manuela levantó la cabeza con altivez, mostrando la mirada ardientey las mejillas rubicundas.

—Gracias por la limosna—dijo con ironía—. Pero aún no he llegado ahí.

—Llegarás, llegarás—repuso don Juan sin perder la calina—. Estás enel camino. Hoy todavía puedes sostenerte, y al ver que te niego los ochomil reales, buscarás a doña Clara, esa bruja prestamista, o a otrapersona de la clase, y firmarás un pagaré por doce o catorce mil. Estásmetida en el barro y no saldrás nunca de él; por más esfuerzos que hagaste hundirás. Si no te conociera tanto, te daría la mano; pero no: «una yno más, Santo Tomás»; me acuerdo mucho de la atención con que seguistemis consejos.

La señora estaba indignada por el lenguaje rudo de su hermano. Era muydueño de no darle aquella miseria; al fin, resultaba lo que ella habíacreído siempre: un avaro sin corazón. Pero su demanda no le autorizabapara aburrirla con tanto sermoneo.

—Cállate, Juan; me pones nerviosa con tus groserías.

—Callaré, hija; no quiero molestarte en un día como éste. Pero sólo meresta hacerte una advertencia. Los que están tan ahogados como tú, seagarran a un clavo ardiendo. Juanito posee una finca que vale algo: elhuerto de Alcira, que has tenido que respetar en calidad de bienesreservables. Como ahora el chico es mayor de edad y te quiere tanto, teadvierto que si para hacer dinero lo mezclas en tus líos tendrás quevértelas conmigo. Yo soy su tutor, por encargo de su pobre padre, yaunque mi misión ha terminado legalmente, me creo en el deber dedefenderlo, pues es un bonachón al que engaña cualquiera.... Y no tedigo más.

Los dos hermanos callaron. Se hundió él en su sillón, mirando a loschicos, y ella quedó con los ojos fijos en el suelo, el ceño fruncido ylas mejillas de un rojo violáceo, como si la rabia le produjeseerisipela.

Rafael había salido del salón, Juanito jugueteaba con Miss, cada vezmás inquieta y ladradora, y Roberto, apoyado en el piano, hablaba conConcha, que sonreía, tecleando nerviosamente, haciendo

escalas

queparecían

cabriolas

e

iniciando

temas

conocidos,

que

se

confundíanfantásticamente.

—¿Dónde diablos están los otros?—pensaba el tío, paseando su vista porel salón.

Y los otros, o sea Amparo y Andresito, estaban en un balcón, mirando ala calle con la nariz pegada al vidrio y protegidos por los cortinajes.El bebé, con sus ingenuidades de loquilla, tenía una habilidad diabólicapara salirse siempre con la suya. Había maniobrado hábilmente parallevarse al hijo de Cuadros hacia aquel balcón, donde estaba la niñacomo en su casa, lejos de miradas indiscretas y oídos curiosos.

Primero, habían hablado del tiempo, riéndose de los arabescoscaprichosos que trazaban las gotas de lluvia escurriéndose por elcristal; pero el joven, pálido y tembloroso, como si le atormentasealgún pensamiento oculto, guiaba la conversación insensiblemente, yAmparito se dejaba arrastrar, segura de que por cualquier caminollegaría siempre adonde ella deseaba.

El tío miraba atentamente el cortinaje del balcón y las piernas deAndresito, que era lo único visible de la pareja. En un momento queConcha cesó de teclear, oyó la voz de Amparo, que sonaba lejana, comoamortiguada por las cortinas.

—Pero Andresito... ¡si somos tan jóvenes!

¡Jóvenes! ¿Y qué importaba eso? Para el amor no hay edades, así comotampoco existían clases. Lo aseguraba él, que era persona competente ental materia, por ser poeta y no inédito, pues sus triunfos habíaalcanzado en la Juventud Católica. Además, él no era ningún niño; dentrode cuatro años sería abogado, y después, ¿quién sabe...? Su imaginaciónveía confusamente en lontananza ese algo que acarician todos losaprendices de legistas. Un sillón de magistrado, una poltrona deministro o un taburete de escribiente... cualquier cosa; lo importanteera sentarse en algún sitio.

No, no eran jóvenes para amarse. Ya lo había dicho él en un soneto ymedia docena de quintillas escritas con el pensamiento puesto enAmparito. El amor no tiene edad. Él la adoraba con la inmensa pasión delos grandes poetas; y hablaba de Dante y Beatriz, de Petrarca y Laura,de Ausias March y Teresa. Amparito escuchaba sonriente, complacida poresta letanía de poetas. Todos muy señores míos, pero que los oía mentarpor vez primera, a excepción de Ausias March, por ser su nombre el de lacalle donde ella tenía su modista.

A él le era imposible vivir si Amparito se negaba a amarle; necesitaba,para no aborrecer la vida, que ella se decidiese a ser su musa, suinspiración. Y el lindo bebé, aunque por costumbre seguía riendo,sentíase muy satisfecha en su interior de ser musa de alguien, honor quejamás alcanzaría su hermana Concha. La consideración de hacerse superiora su hermana era lo que más la empujaba a decir que sí. Además, un noviono se presenta a cada instante, y aunque existe el inconveniente de queella era hija de un doctor famoso—según afirmaba la mamá—, y lospadres de Andresito eran unos ordinarios—también según doña Manuela—,confiaba que, con el tiempo, la brillante posición que se proponíaconquistar el chico lo allanaría todo.

Y cuando con más calor hablaba Andresito de sus tormentos amorosos, laniña le interrumpió, diciéndole con su tonillo bromista, como quienaccede a tomar parte en un juego:

—Bueno; seremos novios... pero ¡por Dios! que nada sepa la mamá.

IV

El Carnaval de aquel año fue muy alegre para la familia de doña Manuela.

Las niñas se divirtieron. Rafaelito era socio de todos los círculosdistinguidos y decentes donde se baila, mientras arriba, en unahabitación con luces verdes, guardada y vigilada como antro deconspiradores, rueda la ruleta con sus vivos colorines o se agrupan losaficionados en torno de las cuatro cartas del monte.

¡Qué noches aquéllas de emociones, de nerviosas alegrías, de mareosvoluptuosos, y después de aplastamiento, de brutal cansancio...! Juanitoera el encargado de abrir la puerta cuando la familia volvía del baile.En la madrugada, cerca de las cuatro, oía chirriar los pesados portones,entraba el carruaje en el patio, con gran estrépito, y él saltaba de lacama metiéndose los pantalones. La entrada de la familia le deslumbraba,sintiendo el infeliz una impresión de vanidad. Las hermanitas, vestidasunas veces con trajes de sociedad, obra de una modista francesa, y quetodavía estaban por pagar; graciosamente disfrazadas otras delabradoras, de pierrots o de calabresas; Rafael, de etiqueta, embutidoen un gabán claro, tan corto de faldones que parecía una americana; yla mamá satisfecha del éxito alcanzado por sus niñas, y a pesar delcansancio, sonriente y majestuosa con su vestido de seda, que crujía acada paso, y encima el amplio abrigo de terciopelo, Juanito contemplabacon el cariño de un padre este desfile desmayado que iba en busca de lacama, arrojando al paso en las sillas los adornos exteriores. La mamáera siempre para él un ídolo, un ser superior, y los hermanos, al verlostan elegantes, le hacían recordar la época en que él, pequeño, peroavispado por el desvío maternal, les servía de niñera cuidadosa,llevándolos en sus brazos y sufriendo con sublime abnegación susinfantiles caprichos.

Levantábase mal arropado, tosiendo y tembloroso, a abrir la puerta, puesera preciso dejar, dormir a las criadas, para que al día siguiente elcansancio no las entorpeciera en sus trabajos.

Además, la vista de sufamilia parecía traerle algo de los esplendores de la fiesta, el perfumede las mujeres, los ecos de la orquesta, el voluptuoso desmayo de lasamarteladas parejas, el ambiente del salón, caldeado por mil luces, y elapasionamiento de los diálogos. Y después de aspirar ese perfumefantástico de un mundo desconocido que su familia parecía traerle entrelos pliegues de sus ropas, el pobre muchacho volvía a la cama, paradormir tres horas más y emprender después el camino de la tienda,mientras la mamá y los hermanos roncaban su primer sueño con la fatigapropia de las noches de baile.

Después, a la hora de la comida, eran los comentarios, los recuerdosagradables, los berrinches por supuestas ofensas que en el primerinstante habían pasado inadvertidas, y que, agrandándose ahora en laimaginación, pedían venganza. Las dos niñas recordaban la ligera sonrisade las de López al examinar sus disfraces de calabresas. ¡Reírse deellas! ¡Las muy cursis! Mejor harían en darse una vueltecita alrededorde ellas mismas, pues no es muy chic ir siempre a los bailes con elmismo dominó blanco, de modo que al entrar con la careta puesta, todala pollería gritaba: «¡Ya están ahí las de López!»

Aparte de estos disgustos colectivos, las dos niñas los sufrían tambiénparticularmente.

Conchita estaba furiosa contra Roberto del Campo, «elpollo bonito», como le llamaban algunas.

Mucha palabrería, requiebros agranel; pero de declaración seria y formalmente... ¡ni esto!

Bailaba conella, y a lo mejor abandonaba a su pareja y salía del salón, para noreaparecer hasta la hora del galop final. Su excusa era siempre lamisma: tenía algo que arreglar con Rafaelito.

—¿Dónde os metéis, condenados?—preguntaba la hermana al díasiguiente—. ¿Qué diversión es esa que os hace tan groseros?

—Mujer, son cosas de hombres. Mientras vosotras bailáis, nosotros nosdedicamos a ocupaciones más serias.

Serias, sí; tan serias eran, que Rafaelito tenía frita a la mamá—segúnpropia expresión—, pidiéndola cinco duros al día siguiente de losbailes. El Carnaval tenía para él mala pata, y al susurro de la orquestaque sonaba abajo, salía bailoteando siempre la carta contraria y sellevaba al montecillo del banquero las pesetas de mamá.

Amparo también tenía sus disgustos. Lo que a ella le pasaba no podíaocurrirle a nadie.

Aquello no era tener novio ni tener nada. Vamos aver: ¿para qué tiene novio una muchacha?

Para lucirlo, para que lo veanlas amigas y rabien un poco... ¿no es verdad? Pues ella no podía darsetal placer. Andresito no tenía un cuarto y no era socio de los círculosdonde iba ella. Sus papas lo llevaban bastante elegantito, eso sí, perolimitábanse a darle los domingos tres pesetas y un sermón encargándoleque no fuese derrochador ni calavera, que mirase en qué gastaba sudinero... y mucho cuidadito con meterse en sitios malos. Mendigabaalguna invitación en las redacciones de los periódicos, y si laconseguía, iba al baile, pero sólo hasta la una. ¿Ha visto usted? Hastala una, la hora en que iban llegando las amigas y el baile comenzaba aanimarse.

Sólo una vez consiguió que Andresito se esperase hasta lasdos, pero al día siguiente sospechó con fundamento que en Las TresRosas habían estado a la espera, tras la puerta, unos ásperos bigotes yuna vara de medir, para dar las «¡buenas noches!» en las costillas albailarín rezagado....

¿Era esto un novio serio? Y luego, aunque se quedeusted sólita en el baile, mucho cuidado con aceptar invitación de tantospollos amables, porque si el señor sabe que se ha bailado, pone unhocico inaguantable y habla de un tal Otelo, y dispara un soneto en quele pone a una de pérfida, perjura e infiel, que no hay por dóndecogerla.... No señor; la cosa no puede seguir así.

Ella se tenía laculpa, por no hacer caso de mamá, que decía que los de Las Tres Rosas eran unos ordinarios. Andresito era un buen chico, pero ella no podíaestar en ridículo y que las amigas le preguntasen irónicamente por sunovio. Como se decidiera otro que estaba a la vista, era cosa hecha:plantaba a Andresito.

Llegaron los tres días de Carnaval. Por las mañanas, entre lasestudiantinas y comparsas que corrían las calles, pasaban las familiasostentando a algún niño infeliz enfundado en la malla de Lohengrin, eljustillo de Quevedo o los rojos gregüescos de Mefistófeles. Los ciegos yciegas que el resto del año pregonan el papelito en el que está todo loque se canta iban en cuadrilla, guitarra al pecho, vestidos depescadores u odaliscas, mal pergeñados, con mugrientos trajes deropería.

Muchachos con pliegos de colores voceaban las décimas y cuartetas, alegres y divertidas, para las máscaras, colecciones de disparatesmétricos y porquerías rimadas, que por la tarde habían de provocaralaridos de alegre escándalo en la Alameda. En la puerta del Mercadovendíanse narices de cartón, bigotes de crin, ligas multicolores consonoros cascabeles, y caretas pintadas, capaces de oscurecer laimaginación de los escultores de la Edad Media, unas con los músculoscontraídos por el dolor, un ojo saltado y arroyos de bermellón cayendopor la mejilla; otras con una frente inmensa, espantosa; caras deesqueletos con las fosas nasales hundidas y repugnantes; narices que sonhigos aplastados, o que se prolongan como serpenteante trompa con uncascabel en la punta; sonrisas contagiosas que provocan la carcajada ycarrillos rubicundos a los que se agarra un repugnante lagarto verde.

Los estudiantes, con el manteo terciado, tricornio en mano y ondeante enla manga el lazo de la Facultad, corrían las calles como un rebaño loco,asediando a los transeúntes para sacarles el dinero en nombre de lacaridad. Por la plazuela de las de Pajares desfilaron los de Medicina yDerecho, y en torno de la enhiesta bandera amarilla o roja, las músicasrompieron a tocar alegres valses, que rápidamente poblaban los balcones.

La expansión ruidosa de la juventud libre y sin cuidados invadía laplaza como una atronadora borrachera. Volaban los tricornios a losbalcones; cada cara bonita provocaba floreos interminables, en los quela hipérbole dilatábase hasta lo desconocido; y había muchacho que,impulsado por alguna copita traidora, despreciaba la vulgar invitaciónde las escaleras y se encaramaba por la fachada, agarrándose a lasrejas, para entregar un ramo de flores a la niña y pedirle un duro a lamamá. Concha y Amparo recibían una ovación y doña Manuela, roja deorgullo, repartía sonrisas y pesetas a todo el enjambre de diablosnegros, voceadores y gesticuladores que se agolpaba bajo el balcón. Aespaldas de ellas estaba Andresito Cuadros, que acababa de entrar en elsalón con el manteo terciado, una bayeta infame que tiznaba de negro lacamisa y la cara. Llevaba ramos para la mamá y las niñas, y estuvolocuaz, atrevido, aunque, con gran desencanto de Amparito, no intentócomo los otros, subir por la fachada, sistema que a ella le parecía muyinteresante.

Por la tarde, Nelet enganchaba la galerita, y a la Alameda, donde lafiesta tomaba el carácter de una saturnal de esclavos ebrios.

El disfraz de labrador era un pretexto para toda clase de expansionesbrutales; y acompañados por el retintín de los cascabeles de las ligas,trotaban los grupos de zaragüelles planchados, chalecos de flores,mantas ondeantes y tiesos pañuelos de seda. Un berrido ensordecedor, un«¡ che... e... e!» estridente, prolongado hasta lo infinito, como elgrito de guerra de los pieles rojas, conmovía las calles. Las criadas,endomingadas, huían despavoridas al escuchar el vocerío; y pasaba latribu al galope, dando furiosos saltos, con sus caretas horriblementegrotescas y esgrimiendo por encima de sus cabezas enormes navajas demadera pintada con manchas de bermellón en la corva hoja. Revueltos conellos, iban los disfraces de siempre: mamarrachos con arrugadaschisteras y levitas adornadas con arabescos de naipes; bebés queasomaban la poblada barba bajo la careta y al compás del sonajero decíancínicas enormidades; diablos verdes silbando con furia y azotando con elrabo a los papanatas; gitanos con un burro moribundo y sarnoso tintado afajas como una cebra; payasos ágiles, viejas haraposas con unarepugnante escoba al hombro, y los tíos de «¡al higuí!» golpeando lacaña y haciendo saltar el cebo ante el escuadrón goloso de muchachos conla boca abierta.

Toda esta invasión de figurones que trotaba por la ciudad, voceando comoun manicomio suelto, dirigíase a la Alameda, pasaba el puente del Realenvuelta con el gentío, y así que estaban en el paseo, iban unos haciael Plantío para dar bromas insufribles, sonando las bofetadas con lamayor facilidad. La galerita de las de Pajares, a pesar de su cubiertacharolada, de los arneses brillantes y de sus ruedas amarillas, tanfinas y ligeras que parecían las de un juguete, aparecía empequeñecida ydeslustrada en el gigantesco rosario de berlinas y carretelas, faetonesy dog-carts que, como arcaduces de noria, estaban toda la tarde dandovueltas y más vueltas por la avenida central del paseo.

Rafaelito habíase disfrazado de clown, y con otros de su calañaocupaba un carro de mudanzas, sobre cuya cubierta hacían diabluras ysaludaban con palabras groseras a todas las muchachas que estaban a tirode sus voces aflautadas. ¡Vaya unos chicos graciosos!

El carruaje de doña Manuela llevaba escolta. Un buen mozo con negrodominó, montando un caballo de alquiler, marchó toda la tarde comopegado a la portezuela, hablando con Concha, mientras la mamá y Amparomiraban las máscaras. Era Roberto del Campo, el cual, a pesar de sugallardía, iba resultando un posma, que sólo sabía decir floreos, sinllegar nunca a declararse.

La mamá comenzaba a no encontrar tan seductora aquel espantanovios. Dios sabe cuántas proposiciones habría perdido laniña por culpa de aquel hombre, que gozaba todas las intimidades de unnovio, sin decidirse nunca a serlo. Pero Conchita se mostraba sorda alos consejos de mamá. Ella lo pescaría; los hombres que las echan delistos caen cuando menos lo esperan: todo era cuestión de tiempo y depresentar buena cara.

Pasó el Carnaval y doña Manuela se vio en plena Cuaresma. Era la hora depurgar los derroches y las alegrías de la temporada anterior. La modistafrancesa presentaba la cuenta de los trajes de las niñas, y además hacíafalta dinero para los gastos de la casa. Total, que doña Manuelanecesitaba tres mil pesetas.

Su amiga doña Clara, la corredora de los prestamistas, de la que donJuan hablaba pestes, no encontraba dinero para la viuda de Pajares.

—Francamente, doña Manuela: ¡tiene usted por ese mundo tantos pagarésrenovados y con intereses que no siempre se cobran...! Mis amigos seniegan a dar un céntimo. ¡Si usted encontrase una persona con garantíasque quisiera avalar su firma...!

¡Persona con garantías...! No era tan fácil encontrar esto, que losprestamistas pedían con tanta sencillez. Allí estaba su hermano, quesolamente con una palabra podía sacarla del apuro; pero no había quepensar en semejante miserable, capaz de dejar perecer a toda su familiaantes que desprenderse de una peseta. ¡Qué angustiosa situación! ¡Y queuna persona distinguida como ella tuviera que verse en tal aprieto porunas cuantas pesetas, cuando tantos miles había arrojado por la ventanaen otros tiempos...!

Había que pagar a la modista; la idea de que ésta podía decir la verdada sus parroquianas, todas señoras distinguidas, horrorizaba a la viuda,a pesar de que no tenía la menor amistad con ellas. Y a fuerza decabildeos, acabó por encontrar la solución. La tenía al alcance de sumano.

Juanito, propietario y mayor de edad, era la firma con garantíasque ella necesitaba. En cuanto a las amenazas de don Juan, que habíaprevisto el caso, se burlaba de ellas. ¿No era Juanito su hijo?

Nunca vio el pobre muchacho tan dulce y complaciente a su mamá. Laescuchó, como siempre, embelesado, deleitándose con el eco de su voz, yla madre tuvo necesidad de repetir sus peticiones para que Juanito sediese cuenta de lo que decía. A pesar de su fanática adoración, elmuchacho experimentó cierto sobresalto al enterarse de que se le pedíauna firma por valor de tres mil pesetas. No lo podía remediar. Estabaamasado con pasta de comerciante, y en cuestiones de dinero reaparecíaen él lo que tenía del padre y del abuelo.

—Pero mamá, ¿tan mal estamos de fortuna?

Doña Manuela estuvo elocuente. La vida cada vez más cara, las exigenciasdel rango social muy costosas, y sobre todo, los hijos, ¡ay, loshijos...! ¿Tú sabes, Juanito, lo que me costáis?

Y Juanito callaba, a pesar de que tenía razones de sobra para responder.Desde la muerte de su padre se había comido la viuda la renta de suhuerto; lo llevó vestido hasta los veinte años con los desechos de supadrastro; había ahorrado a su madre el gasto de una criada, cuidandofervorosamente a sus hermanitos, aguantando sus rabietas de criaturasnerviosas, y hacía ya diez años que ganaba su salario en Las TresRosas, entregándolo íntegro a la mamá. ¿Qué gastos hacía él, vamos aver? En cambio, los otros.... Pero a los otros había que dejarlos enpaz. Él los quería lo mismo que a mamá, y su pena era no poder darlesmás. Y el pobre muchacho callaba, sufriendo pacientemente las irritantesmentiras de doña Manuela, que seguía hablando de los sacrificios por loshijos. En fin, que necesitaba tres mil pesetas, y esperaba que Juanito,su niño querido, salvaría la casa.

—Pero mamá, podíamos hablarle al tío. Él nos dejaría esa cantidad sinintereses.

¿Al tío...? ¡Horror! Ni una palabra. Era un egoísta, un grosero, unhombre sin educación.

—Cuidado, Juan, con decirle una palabra. Darías un disgusto a tu mamá.

—Pues entonces, puedo pedirlas a mi principal. Aunque don Antonio andaahora muy ocupado en eso de la Bolsa, siempre tendrá tres mil pesetaspara favorecer a unos buenos amigos.

Tampoco. A ése, menos. No quería adquirir compromisos con unas personasasí... tan ordinarias. Justamente había sabido el día anterior queAmparito tenía relaciones con el hijo de Cuadros, y había experimentadoun verdadero disgusto. Unas relaciones sin «sentido común».

¡Casar aAmparito, a la hija del doctor Pajares, con el hijo de Teresa, que habíasido criada de doña Manuela! No; la familia no había llegado aún tanbajo, y aunque apurada, no estaba para emparentar con una fregona. Ya sesabía que Antonio Cuadros se había lanzado en plena Bolsa, y aunque contimidez, hacía sus operaciones; pero cuando tuviera muchos miles deduros, ¡muchos!

entonces podía volver Andresito... y veríamos.Decididamente, no quería pedir préstamos a una gente inferior, que latrataría con desdeñosa confianza al conocer sus apuros.

Y descartados don Juan y el comerciante, doña Manuela volvió a la carga;el hijo intentó resistirse, pero al fin le aturdieron las cariciasmaternales y firmó cuanto quiso la mamá.

La consideración de que parte de aquel dinero era para pagar el abono delas tres butacas que la familia tenía en el Principal a turno impar lehizo decidirse. Sin teatro, ¿qué iban a hacer sus hermanitas? ¿Para quéaquellos trajes que tan caros costaban? Allí podían encontrar buenasproposiciones que asegurasen su porvenir, y sería una crueldad que élcortase la carrera a las dos muchachas.

Y Juanito sintióse feliz, en aquella temporada de Cuaresma, cada nocheque cenaba con la familia, puesta de veinticinco alfileres, comiendoincómoda con la toilette de teatro y estremeciéndose de impaciencia,mientras abajo sonaban las coces del caballo contra los guijarros delpatio y los tirones que daba a la galerita.

Cantaba un tenor «eminencia», uno de esos tiranuelos de la escena quecobran por noche cinco mil francos para entonar una romanza o un dúo yestar de cuerpo presente en el resto de la obra.

Era signo de distincióny de buen gusto dejarse robar por la eminencia; se congregaba paracruzar sonrisas y saludos lo mejorcito de Valencia, y las dos niñaspasaban el día siguiente hablando con entusiasmo del do de pecho deltenor y de los vestidos escotados de las del palco 7; de los diamantesde la tiple y de la facha ridícula del director de orquesta, un tíomelenudo, con gafas de oro, que en los momentos difíciles braceaba comoun loco, se levantaba del sillón y parecía querer pegarles a losmúsicos, a los artistas y hasta al público.

El gran tenor y sus triunfos figuraban en todas las conversaciones, y alfin, el pobre muchacho cayó en la tentación, no de oír el Otello deVerdi, sino de ver el bicho raro que abriendo la boca se tragaba cincomil francos de una sentada. Él, que sin remordimiento había firmado portres mil pesetas, tuvo que reflexionar y hacer un esfuerzo supremo paragastarse cuatro. ¡Alguna vez había de ser calavera! Y empujado por lamuchedumbre, asaltó las alturas, el «paraíso» de fuego, donde,acoplándose cada espectador entre las rodillas del vecino inmediato,formaba el público un mosaico apretado y sólido. Allí permaneció toda lanoche, confundido con la demagogia lírica, sin entender una palabra,fastidiándose horriblemente, diciendo en su interior que aquella músicaera como la de las iglesias, pero sin valor para estornudar ni mover pieni mano, por miedo a aquellos señores que oían con la boca entreabierta,los ojos puestos en el techo, inertes y extasiados como fakires en el nirvana, y que, al menor ruido, ponían el mismo gesto que si un rateroles hurtase el bolsillo. Al terminar el acto, armaban una algarabía demil diablos, discutiendo e insultándose en un caló ininteligible, ysacando a colación la madera, el metal y la cuerda, como si tratasen deconstruir un navio.

Juanito, contagiado por el ardor de pelea que reinaba en las alturas,sentía tentaciones de gritar que aquello era fastidioso y lo de loscinco mil francos un robo; pero callaba, por miedo a los energúmenosartísticos, y consolábase mirando abajo las rojas filas de butacas,donde se destacaban los lindos sombreros de sus hermanas y la majestuosacapota de mamá. Un sentimiento de orgullo le invadía al contemplar a sufamilia tan esplenderosa en aquel ambiente cargado de luz y de perfume,y hasta ciertos instantes le faltó poco para llamar a Amparito y hacerleun cariñoso saludo.

¡Y pensar que en casa se pasaban tantos apuros para sostener aquel lujo!¡Quién lo diría viéndolas tan elegantes y risueñas, especialmente lamamá, que lucía brillantes en pecho, orejas y manos, y que antes queríapasar hambre que deshacerse de ellos...! Y el pobre muchacho, siguiendola corriente de la lógica, pensaba con horror si todas las señoras queallí estaban cargadas de flores y joyas, exhibiendo sus sonrisas demujer feliz, habrían tenido que pedir prestado como su madre.... Elrecuerdo de esta noche quedó en la memoria de Juanito con una impresiónde calor asfixiante y aburrimiento inmenso. Al avalar el pagaré de sumadre, había pensado revelar a su tío esta debilidad, pues incapaz dehacer nada por cuenta propia, se lo consultaba todo a don Juan. Peroesta vez fue perezoso; transcurrió el tiempo sin encontrar ocasión parair a casa de su tío, y al fin nada le dijo.

Además, su posición en Las Tres Rosas tenía a Juanito pensativo ypreocupado. Desde que su principal se dedicaba en cuerpo y alma a laBolsa, animado por ciertas jugadas de fortuna, Juanito era de hecho eldueño de la tienda. La mañana pasábala don Antonio conferenciando conlos corredores en la trastienda, leyendo los despachos bursátiles de losperiódicos, haciendo comentarios y sosteniendo disputas con ciertosamigos nuevos que formaban corro a la puerta del establecimiento yhablaban con calor de la alza y la baja, los enteros y los céntimos. Porla tarde íbase a la Bolsa, de donde volvía al anochecer, sudoroso,enardecido, llevando en su mirada la fiebre de los conquistadores.

Aquel hombre parsimonioso, de costumbres morigeradas, estaba en plenarevolución. Vivía inquieto, nervioso, y en sus palabras y ademanesnotábase cierto tono de grandeza, sin duda por la costumbre adquirida dehablar de millones y más millones con tanto desprecio como si fuesenpañuelos de dos pesetas docena. Las cosas de la tienda tratábalas ahoracon indiferencia, como asuntos sin importancia, dignos sólo de unacapacidad vulgar. Encargó a Juanito de la dirección de la casa, y cadavez que éste le consultaba, respondía con displicencia:

—Haz lo que quieras, hijo mío. Allá tú. Aunque salga mal algún negocio,no me arruinaré. Yo estoy ahora en mi verdadero terreno; he encontradoel filón.

Y pasando por él una ráfaga de confianza, desarrollaba un panorama tanencantador a los ojos de su dependiente, que los instintos decomerciante rapaz despertaban en éste y se estremecía de pies a cabezacon el escalofrío de la ambición. ¡Vaya un negocio ruin el de la tienda!Trabajar rudamente, exponerse a pérdidas, sufrir la mala educación delos compradores, todo para juntar, céntimo tras céntimo, unos cuantosmiles de reales a fin de año. Para negocios, los suyos. Daba sus órdenesa los corredores, se acostaba tranquilo y al día siguiente levantábasecon la noticia de haber ganado mil duros sin trabajo alguno. Era verdadque se corría el peligro de perder mucho, muchísimo; pero cuando setenía una cabeza como la suya, buenos amigos, excelente información y unacertado golpe de vista, no había cuidado.

Y el infeliz mortal poseedor de tantas cualidades paseaba por la tiendaante su asombrado dependiente, con toda la prosopopeya de un hombre quetiene agarrada la fortuna por los pelos y no piensa soltarla.... Y todoporque con unas cuantas operaciones tímidas, yendo a la zaga de otrosmás expertos, había ganado mil duros.

Todo quiere empezar; y él, puesto ya en el camino de la suerte,aseguraba a su dependiente que antes de un año tendría millones, síseñor, millones no nominales ni de mentirijillas como los que compraba yvendía en la Bolsa, sino reales y efectivos, prontos a convertirse enfincas o en acciones. ¿Dónde estaban ahora esos ignorantes capaces deasegurar que en la Bolsa se encuentra la ruina? Buenos ejemplos tenía ala vista para convencerse de su error. Todo el mundo jugaba.

Gentes queun año antes no tenían sobre qué caerse muertas gastaban ahora carruajepropio; comerciantes que no podían pagar una letra de veinticincopesetas jugaban millones, dándose una vida de príncipes; y la Bolsa,«aunque a él le estuviera mal el decirlo», era una gran institución,porque gracias a ella corría el dinero y había prosperidad, y un hombrepodía emanciparse de la esclavitud del mostrador, haciéndose rico encuatro días. Y si lo dudaba Juanito, que mirase a López, ése cuya señoraera amiga de la mamá. Pues el tal López no tenía un céntimo, pero metióla cabeza en la Bolsa, y ahora no se dejaría ahorcar por ochenta milduros, ni por cien mil. En resumen: que a él le importaba un bledo latienda, y se burlaba de aquel comercio a la antigua, que sólo servíapara que los hombres de capacidad financiera se matasen trabajando comounos burros, para comer sopas a la vejez.

Justamente, en la época que don Antonio abandonaba su tienda, cada vezmás atraído por los negocios, fue cuando Juanito comenzó a sentirsedominado por una preocupación.

Entre las parroquianas de la casa había una joven que los dependientesdesignaban con el apodo de «la beatita». Era una criatura tímida, dulce,encogida, que hablaba con los ojos bajos y sonreía a cada palabra, comopidiendo perdón. Evitaba entenderse con los dependientes, sin duda pormolestarla sus exagerados cumplimientos, ese afán de decir a todaparroquiana, con voz automática, que es muy bonita, para despachar mejorla mercancía; y apenas entraba en la tienda, buscaba con los ojos aJuanito, muchacho juicioso, tan tímido como ella y que no se permitía elmenor atrevimiento.