Arroz y Tartana by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

—He dicho que no. Déjame en paz el alma.

—Al veinticinco, don Manuel... al veinticinco. Me esperan en casa paraque pague.

—Márchate, o llamo al sacristán.

—Pues bien; al treinta... que sean al treinta por ciento, como la otravez.

—Todo sea por Dios—murmuraba suspirando dolorosamente—. No dejáistiempo ni para salvar el alma. Espérame en casa, yo iré así que termineeste rosario. Te cobraré el treinta por ser tú... que bien sabe Dios quea mí no me gustan estos negocios.

Esto se contaba del célebre fabricante de sedas; pero aunque en elloentrase en gran parte la exagerada malevolencia de sus enemigos, locierto era que don Manuel, con el producto de sus doscientos telaressiempre en actividad y los caritativos auxilios que prestaba desde elBanco de San Juan, iba formándose una fortuna, cuya cifra, por serdesconocida, rodeaba a su poseedor de cierto prestigio misterioso.

El fabricante y el dueño de Las Tres Rosas eran antiguos amigos, yhasta se murmuraba que el primero había ayudado a éste con unagenerosidad extraña en los primeros tiempos de su comercio. Cuantosgéneros de seda se despachaban en la tienda procedían de la fábrica dedon Manuel, y de esto resultaba una continua comunicación entre elestablecimiento de don Eugenio y el caserón del barrio de las EscuelasPías, relaciones en las que servía de intermediario Melchor Peña, comodependiente de confianza.

Él era quien iba al despacho de don Manuel a escoger pañuelos y piezasde seda, raso o terciopelo en aquellos armarios de roble con cerraduracomplicada, que databan del siglo anterior, y él también quien subía alos porches, donde con un tric-trac ensordecedor movíanse los telares yvolaban las lanzaderas, haciendo surgir los ricos tejidos entre polvo ytelarañas. Por efecto de las continuas visitas le trataron como amigoíntimo los de la familia de don Manuel.

Éste era viudo y tenía doshijos: Juan, un joven infatigable para el trabajo, meticuloso en losnegocios, capaz, como su padre, de darse de cachetes por un ochavo, yManolita, una muchacha hermosota, que a los diecisiete años tenía elaspecto de una matrona romana, y a quien don Manuel no quería encargarde la administración de la casa en vista del poco aprecio que mostrabaal dinero.

Otra persona formaba parte de la familia del Fraile; pero los lazosque la unían a ella eran tan efímeros y débiles como los que atan unaestrella errante a un sistema planetario. Era un estudiante de Medicina,famoso entre los de su Facultad como hábil tocador de guitarra, alegreconfeccionador de chistes y calavera de los más audaces. El Fraile,avaro y sin entrañas hasta con sus hijos, sentía gran debilidad por elestudiante, tal vez por el contraste entre su carácter austero y regañóny la alegría desenfadada de aquel cabeza a pájaros. Era sobrino de donManuel en grado lejano; sus padres habían muerto, y el fabricante desedas, en vista de su ingenio despierto, encantado por sus agudezas yrecordando que lo sostuvo en la pila bautismal, hizo el inauditosacrificio de recogerlo y darle carrera.

Rafael Pajares venía a ser en la casa el punto vulnerable del huraño Fraile. Parecía imposible que éste soportase las travesuras delestudiante, que traía revuelta toda la casa, persiguiendo a las criadas,entreteniendo con chistes a los tejedores e introduciendo algunas vecesen su cuarto ciertos compañeros de Facultad tan levantiscos como él, queal menor descuido saqueaban la despensa, y cuando no, hacían temblar losviejos pavimentos del caserón ensayándose a saltos en el manejo de lapandereta. Don Manuel, el hombre de las economías inauditas y lasruindades sin ejemplo, estremecíase de rabia al ver el uso que Rafaelhacía de sus liberalidades. Regalábale una sotana nueva, y al punto larasgaba en dos, quedándose con la parte del pecho y dando el espaldar aalgún compañero pobre, con cuyo reparto iban ambos tan gallardoscubriendo con el manteo la desnuda trasera. Comprábale un tricornioflamante, y no acababa el día sin que el travieso muchacho le recortaselos bordes caprichosamente hasta darle el aspecto de una fantásticacresta.

Gustábale ir roto y sucio como los sopistas, y cada una de estashazañas enfurecía al Fraile, haciéndole gritar que aquello era robarleel dinero, y que el mejor día de un puntapié en tal parte iba a poner enla calle al desvergonzado sobrino. Pero bastaba que el loco adorador dela tuna sacara algunas habilidades, para que el viejo se diera porvencido y asegurase que el muchacho tenía mucha gracia.

Igual influencia ejercía Rafael sobre los demás individuos de lafamilia. El hijo del Fraile le toleraba, lo que no era poco, atendidosu carácter, y en cuanto a Manolita, vivía pendiente de los labios de suprimo. Aquella muchacha sencillota, a quien las amigas de la casa teníancasi por tonta y que no conocía más mundo que las tertulias de gente delArte de la Seda, a las que la llevaba su padre, miraba a Rafael como laencarnación de lo extraordinario, de lo novelesco; como un Don Juan,cuyo cariño le disputaban ocultas y poderosas rivales.

Se amaban desde niños, pero con un amor extraño, incomprensible ypreñado de incidentes. Él era informal, ligero, casquivano; tenía noviasen los cuatro distritos de la ciudad; salía de noche para dar serenatasamorosas; y ella, bajo su exterior abobado de muchacha tímida y devota,ocultaba un carácter varonil, un genio insufrible, el mismo estallido denerviosidad iracunda y atronadora que se manifestaba en el Fraile cuando le salía mal un negocio o un deudor se negaba a pagarle. Laspeleas en voz baja y el estar de monos días enteros eran hechosfrecuentes en estos amores que el padre y el hermano no conocían; perobastaba para vencer el enojo de Manolita una palabra chistosa delestudiante, una irónica protesta, algo que la desarmase, haciéndolaprorrumpir en carcajadas.

¡Con un pillo así era imposible estar seria mucho tiempo! Se necesitabatener corazón de piedra para no conmoverse cuando, cogiendo la guitarray poniendo los ojos en blanco, se arrancaba por el Fandanguito deCádiz, entonando después melancólicamente el ¡ Triste Chactas...! quehacía llorar a todas las muchachas de la época, o aquello otro punteadoy expresivo que comenzaba:

Inflamado mi pecho amoroso,

sólo en ti se cifraba mi anhelo....

No; ella le quería, y aunque le diese algún disgusto, consideraba aRafael, a pesar de su sotana mugrienta y su cara de granuja, como unrendido trovador de los que en aquella época de romanticismo hacían elgasto en todos los extravíos de imaginación femenil.

Melchor Peña, entrando con frecuencia en la casa, estaba al tanto decuanto ocurría en el seno de la familia y conocía el carácter de cadauno de sus individuos. Don Manuel le apreciaba como muchacho laborioso yeconómico, que tenía lo que él llamaba «sangre comercial».

Juan,primogénito del Fraile, simpatizaba con él como a cofrade en la ordendel continuo trabajo y la conquista del céntimo. Manolita decía de élque era un chico simpático, aunque vulgarote, y Rafael, el famosoadorador de la tuna, tratábale siempre con un aire de desdeñosaprotección, como si tuviese empeño en recordarle de continuo el abismoexistente entre una futura lumbrera de la ciencia y un «gozquecillo» demostrador.

Melchor correspondía a este desprecio con una antipatía profunda. Y noes que le hiriesen honradamente las zumbas del estudiante; su odioprovenía del poco aprecio que éste mostraba a Manolita. Ser dueño de lavoluntad de aquella mujer y corresponder a su afecto con infidelidadesera un pecado imperdonable a los ojos del pobre Melchor, que amaba aManolita en silencio, siempre en perpetua batalla interna, tan prontodispuesto a declarar su pasión como arrepentido de su audacia.

Habíase enamorado de la hija del Fraile, no repentinamente y a laprimera mirada, como los protagonistas de aquellas novelas que con tantafruición leía, su pasión se había formado lentamente, por escalones quepoco a poco había ido subiendo. Un día se fijó en que Manolita teníaunas hermosas mejillas de melocotón con ligera película, más fina que elterciopelo de a cuatro duros vara; otro, hizo la observación de que susojos eran «ardientes ascuas», imagen del dominio común de todos losnovelistas por él conocidos, una noche hasta llegó a pensar,revolviéndose en su menguada cama de dependiente, que la hija de donManuel estaría admirablemente formada, a juzgar por su «exteriorescultural»—otra frase cien veces leída—, y el resultado de estas yotras observaciones fue confesarse a sí mismo que era «esclavo»

deManolita y la amaría «hasta la muerte».

¡Qué adoración tan constante la del pobre muchacho! Dos años estuvolanzando tiernas miradas a la joven cada vez que por asuntos delcomercio iba a casa del Fraile. Su imaginación novelesca soñaba unrapto, después de matar en desafío al infame estudiantón, con otras milbarbaridades por el estilo, y lo mejor del caso era que quien talesbarrabasadas se sentía capaz de ejecutar temblaba como un niño enpresencia del ídolo amado, y cien veces se le atragantó la declaraciónque tenía pensada y aprendida, sin faltar punto ni coma.

Por fin, Manolita supo que Melchor la amaba gracias a una carta de éste,en la cual, conforme al patrón de todas las declaraciones, comparaba sucorazón con el Vesubio, y comenzando con las consabidas frases:«Señorita: desde el móntenlo que la vi a usted», etc., terminaba:

«Salveusted este corazón que está herido de muerte.» Manolita acogióburlescamente la declaración del dependiente, mas no por esto dejó deagradecerla, con esa satisfacción que causa en toda mujer el saber quees amada, y nada dijo a su familia ni a Rafael.

Melchor esperó con paciencia inquebrantable, y un día fue Manolita laque le recordó su declaración, aceptándola.

La hija del Fraile se había dejado llevar de un arrebato del carácterviolento que mostraba en las grandes ocasiones. Su primo Rafael habíaterminado la carrera, abandonando las locuras de estudiante pararevestirse de la gravedad del doctor, y cuando ella esperaba de unmomento a otro que formulase ante el padre sus pretensiones, una buenaalma la hizo saber que aquel calavera ya no limitaba sus infidelidades aserenatas amorosas o pasiones del momento, sino que tenía cierto«arreglo» en el barrio del Carmen con carácter permanente, y hasta sesusurraba si había una criatura de por medio.

El carácter enérgico de Manolita se sublevó al convencerse de la nuevainfidelidad de Rafael.

No; ésta no la consentía, aunque el primo lepidiese perdón de rodillas y estuviese todo un año cantando romanzassentimentales. Quiso vengarse, atormentar al infame, aunque para esotuviese ella que sufrir, y nada le pareció mejor que aceptar laspretensiones de aquel tendero que la adoraba. El asunto se arregló conprontitud.

Don Eugenio, que se sentía viejo y estaba dispuesto a traspasar LasTres Rosas al dependiente predilecto, encargóse de hablar a su amigo el Fraile; éste no tenía gran empeño en conservar en casa una hija queignoraba el valor del dinero y gastaba mucho en trajes, según él decía;y como el novio la aceptaba sin un céntimo de dote, la boda se arregló,y a los tres meses la señora de don Melchor Peña entró triunfalmente ensus dominios de la plaza del Mercado.

Siete años duró el matrimonio, y su único fruto fue Juanito, a quienpusieron tal nombre por apadrinarle el hermano de Manolita, o más bien,doña Manuela, pues el estado de maternidad, ensanchando sus macizascarnes de matrona, habíanla dado un aspecto respetable y majestuoso.

Aquel marido aceptado en un arrebato de ira, sí no llegó a inspirarlaamor mereció la tierna simpatía del agradecimiento. Levantábase Melchoral amanecer, y después de arropar cuidadosamente a la señora, rogándolaque no abandonase la cama antes de las nueve, bajaba a la tienda paravigilar a los dependientes en las primeras ocupaciones del día. Subía ala hora de comer, para reír como un loco con las gracias de Juanito yrevolcarse muchas veces por el suelo, imitando a ciertos animales, parasatisfacer las tiránicas exigencias de aquel monigote que traía revueltatoda la casa. Comía lo que le daban, acogía como indiscutibles todos losactos de su mujer, y curado ya de las manías románticas, sólo pensaba enlos negocios y en conquistar una fortuna para que su esposa pudiese verrealizadas sus altas aspiraciones.

Doña Manuela gozaba de una libertad absoluta, como jamás la habíasoñado. Salía cuando quería, bajaba a la tienda algunas veces, comoquien va a un lugar de entretenimiento, a distraerse viendo gentes ycaras nuevas, y era dueña absoluta de todo el dinero de la casa, congran descontento de don Eugenio y del avaro Fraile.

—Tú no conoces a mi hija—decía el suegro a Melchor—. Si sigues tantolerante, poco adelantarás. Con Manolita hay que ser rígido y nopermitirla que toque un ochavo. Es como todas las mujeres, que en traposy cintajos derrocharían el Potosí si lo tuvieran en la mano. Créeme amí, que conozco bien ese ganado. A la mujer hay que tratarla conentereza; en una mano el pan y en la otra el palo.

Pero Melchor se reía de las teorías brutales de su suegro. ¿No marchabanbien sus negocios?

¿No cerraba con regulares ganancias el inventario delaño? Pues entonces nada debía negar a su mujer, de la que cada vez sesentía más enamorado, sin duda porque ella correspondía a sus cariciascon una frialdad complaciente.

Cierto que, a pesar de ser buenos los tiempos, adelantaba poco a causade las prodigalidades de su mujer; pero... ¡pobrecilla! él ladisculpaba, recordando su juventud monótona y aburrida al lado deltacaño padre, y además, decíase a sí mismo que alguna compensación habíade merecer el resignarse a ser tendera una joven que podía aspirar a unaposición más brillante.

Y ella, aprovechando la tolerancia cariñosa del marido, gastaba confuror que escandalizaba a los buenos burgueses del Mercado. Seguía lasmodas con escrupulosidad costosa, y muchas veces aumentaba sus gastoshasta la locura, únicamente por el gusto de darles en las narices, comoella decía, al regañón de don Eugenio y al tacaño de su padre.

Tenía en su vida motivos de sobra para ser feliz, pero a pesar de esto,dos cosas la entristecían.

El andar a pie por las calles, signo, segúnella, de pobreza y de degradación, y la vulgaridad de su marido, que serevelaba en sus maneras, en su modo de vestir, en la facilidad con quebromeaba con las criadas, como hombre acostumbrado a esos floreos demostrador con que se halaga a las parroquianas, no pudiendo ver unasfaldas lisas sin soltar cuatro requiebros inocentes y sin consecuencias.

A pesar del concepto que le merecía su marido, doña Manuela fue honrada.Justamente el primo Rafael iba alcanzando algún renombre y losperiódicos hablaban de él elogiándolo como médico. Varias veces, con suantigua audacia intentó aproximarse a Manolita para reanudar susrelaciones de amistad, buscando un final más íntimo; pero la hija del Fraile era vengativa: no se borraba fácilmente de su memoria elrecuerdo de una infidelidad, y acogió siempre al médico con una frialdadburlona. A pesar de esto, doña Manuela no quería consultar su voluntadni revolver los recuerdos del pasado, pues sospechaba que todavía sentíaalgún afecto por aquel hombre.

Un día murió el Fraile de apoplejía fulminante al convencerse de queen la quiebra de uno de sus corresponsales había perdido más de veintemil duros.

Sus negocios no marchaban bien en los últimos años de su vida. Laindustria de la seda iba arruinándose con la competencia que la hacíanlos franceses; uno tras otro se cerraban los talleres montados a laantigua que durante un siglo habían sostenido la supremacía industrialde Valencia, y don Manuel, que a pesar de su buen sentido comercialtenía empeño en mantener testarudamente la lucha con el exterior, sufriógrandes pérdidas y murió de un berrinche antes que la ruina viniese acoronar su desesperada resistencia.

Setenta mil duros aproximadamente heredaron en dinero, géneros einmuebles cada uno de los hijos del Fraile, y mientras el primogénitose quedó con la casa solariega, contento con su posición y dispuesto aaumentar lo heredado, doña Manuela, al verse rica, sólo pensó en salirde su estado de tendera.

Para ella, la sociedad estaba dividida en dos castas: los que van a piey los que gastan carruaje; los que tienen en su casa gran patio conancho portalón y los que entran por estrecha escalerilla o por obscuratrastienda. Quería subir, saltar de la clase de los parias dedicados altrabajo a la de las

«personas decentes»; y con el imperio y la concisiónde la señora absoluta que no admite réplicas, expuso a su marido elfuturo plan de vida. Puesto que el dependiente mayor, Antonio Cuadros,se había casado con Teresa, la criada, y por tener algunos ahorrillospensaba establecerse, que se quedara con la tienda y con don Eugenio,que quería acabar su vida agarrado a ella como una lapa. El precio deltraspaso ya lo iría pagando Antonio poco a poco, y ellos levantarían elvuelo inmediatamente para ir a formar un nido en una gran casa cerca delMercado, una finca soberbia, con ancho portal, gran patio, cuadrasprofundas, y en el piso superior magníficas habitaciones; inmuebles queel difunto Fraile había adquirido por poco dinero, prestandousurariamente a un conde tronado.

Todo se realizó tal como lo dispuso doña Manuela, y ésta, a los pocosdías, recordaba como un sueño la estancia de seis años en la tienda delMercado, y se consideraba feliz pudiendo pasear en berlina por laAlameda y teniendo un lacayo a sus órdenes para enviar recaditos a lasnuevas amigas, esposas de magistrados y militares, señoras a las cuales,por ser rica, trataba con aire protector.

Lo único que la entristecía era su grandeza en el carácter del marido.¡Pobre don Melchor! La riqueza purgábala como un delito, y su vida derentista ocioso y de acompañante en paseos y ceremonias resultábale uninfierno.

Desde por la mañana tenía que endosarse el chaqué y el sombrero de copa,para estar dispuesto a acompañar a la señora; oíase llamar torpe a todashoras porque en las visitas cerraba la boca, o si la abría era parasoltar ingenuidades y franquezas que recordaban su origen; y... ¡ohtormento insufrible! Su Manolita no le permitía jamás que se quitara losguantes y hasta quería que comiese con ellos, para ir—según elladecía—acostumbrándose a los usos de la gente elegante.

¡Y el diariopaseo por la Alameda...! ¡Dios, qué sonrojo! Tenía ella empeño enentablar grandes amistades, y no pasaba cerca de su berlina autoridad opersona conocida sin que Melchor le saludase solemnemente con unsombrerazo hasta las rodillas, ruborizándose muchas veces al ver elgesto de extrañeza con que aquellas personas contestaban a la reverenciade un ente desconocido. Esto de que le mirasen como un pájaro raro noestaba en su carácter, pero tenía miedo a Manolita y a los iracundospellizcos con que acogía sus desobediencias.

¡Pobre don Melchor! ¡Cuan caro le costaba ser esposo de una mujerhermosa y rica! Aburríase con el trato de unas personas a las que nopodía entender, su esposa sólo le hablaba para proporcionarle nuevostormentos, y únicamente se sentía feliz cuando, puesto de veinticincoalfileres, huía de casa, buscando en el Mercado a sus antiguos amigos.

Aparentaba gran conformidad con su nueva posición. Amaba a Manolita y noquería decir la verdad sobre su carácter; pero con el astuto don Eugeniono valían disimulos.

—Mira, muchacho, tú nos engañas. No, no eres feliz... aunque me lojures. Tú tienes, como yo, sangre de comerciante, y el que nos saque deeste mostrador y nuestras costumbres, nos mata. De seguro que ahora,siendo rico, levantándote tarde y paseando en carruaje, te acuerdas conenvidia de los tiempos en que bajabas a barrer la tienda a las seis dela mañana y echabas un párrafo con las criadas que van a la compra. Yosé bien lo que es eso.... ¡Ah! ¡Esa Manuela...! ¡Esa Manolita!

El otrodía se lo decía yo a su hermano. Ella te ha de matar, y ya estás encamino. Tú no puedes tirar con una vida así.... Jaula nueva, pájaromuerto.

Y estas profecías fúnebres, que, dichas con franqueza, a lo aragonés,espeluznaban al infeliz Melchor, se iban cumpliendo poco a poco.

Don Melchor languidecía visiblemente. Su buen humor había desaparecidojunio con los colores de su cara; una obesidad grasosa y amarillentahinchaba su cuerpo; y al fin, un año después de abandonar la tienda,murió sin que los médicos supieran con certeza su enfermedad.

Fue cosadel hígado, del corazón o del estómago; sobre esto no se pusieron deacuerdo los doctores; lo único indiscutible fue que cayó lánguidamente ysin ruido, como esos pájaros a quienes el lazo traidor arranca delespacio para encerrarlos en una jaula.

Fue un luto estrepitoso el de doña Manuela. Misas a centenares,funerales a toda orquesta, limosnas a porrillo, y lágrimas y lamentosque afortunadamente tenía el poder de evitar con sus frases chistosas eldoctor don Rafael Pajares, quien, como médico de alguna fama, había sidollamado en los últimos días de la enfermedad del marido, lo que aumentóla languidez de éste y su desesperado desaliento.

Ya sabía doña Manuela que no era muy correcta la presencia del antiguonovio en los primeros días de su viudez. Pero al fin era su primo, ytrataba con tanto cariño al huérfano Juanito, con tales cosas sabíaalegrar al pequeñín, que éste no podía pasar sin el tío Rafael.

Quien más murmuraba contra tales visitas era don Juan, el hermanoaustero, huraño y de pulcra rectitud; pero sus quejas fueron, recibidastan acremente, que acabó jurando no volver a poner los pies en aquellacasa.

Quedó el médico dueño del campo. Tan complaciente era, que paraentretener al sobrino no vacilaba en despojarse de su dignidadprofesional, y las criadas oían sonar en el salón una guitarra y la vozde don Rafael cantando las cancioncillas de sus buenos tiempos deestudiante.

Primero sólo visitaba a la viuda por las tardes; despuésprolongó las entrevistas, saliendo de la casa a media noche; y por fin,llegó un día en que no salió.

Don Eugenio y don Juan estaban escandalizados, diciéndose que el buen Fraile conocía perfectamente a su hija; y aunque los dos tenían pocoafecto al médico, experimentaron cierta satisfacción al saber que laviuda y el primo se casaban apenas transcurriera el plazo marcado por laley.

A los tres meses de casados tuvieron una niña, Conchita; un año despuésun muchacho, al que pusieron por nombre Rafael, y por fin, la menor,Amparito, último fruto de unos amores que se extinguieron tras rápidas eintensas llamaradas.

El matrimonio fue al poco tiempo de realizado un motivo de satisfacciónpara don Juan, que aunque no odiaba a su hermana se alegraba de susdesgracias, hijas de la imprevisión.

El primo Rafael, amante rabioso de los placeres y obligado a reprimirsus deseos en la atmósfera de sórdida avaricia en que se había educado,lanzóse sin temor a saciar sus apetitos al verse dueño de la fortuna desu esposa. La supeditación amorosa de doña Manuela le hacía ser dueñoabsoluto de la casa, y no tardó en hacer sentir su tiranía.

Egoísta hasta la brutalidad, era derrochador para sus placeres y tacañoferoz cuando se trataba de las necesidades de los demás. Encontróridículos los gustos aristocráticos de su esposa, y los suprimiódespóticamente. Vendió el carruaje y los caballos, y doña Manuela, quetan exigente se mostraba en materia de ostentación con su primer esposo,acató servil y gustosa las órdenes del segundo. Ignoraba que aquelhombre tan avariento en los gastos de la casa arrojaba el dinero fuerade ella, y cubriéndose con el velo de la hipocresía, llevaba una vida decalavera, tal como la había soñado en su juventud.

La ceguera de la esposa duró algunos años. Cuando supo toda la verdad,tuvo un momento de indignación y de protesta valiente, como al dar sumano a Melchor; pero ya era tarde para remediar el mal.

El doctor había jugado fuerte, perdiendo miles de duros; manteníaqueridas costosas por pura ostentación y emprendía viajes divertidos portoda España con audaces compañeros de bureo. La fortuna de doña Manuelaestaba casi destruida. Su marido, en momentos de expansión amorosa,cuando ella se sentía más supeditada, habíala arrancado firmascomprometedoras y tenía que pagar, so pena de ver sus bienes embargados.Para dar en la cabeza a su marido—según ella decía—volvió a susantiguos gastos, a la ostentación falsa de una fortuna que no existía;contrajo, por su parte, deudas y guiada por el engañoso pundonor de lasgentes que se arruinan, en vez de vender fincas y ponerse a flote,prefirió gravar sus inmuebles con hipotecas y echarse en brazos de lausura, buscando préstamos con intereses aplastantes.

Por fortuna, un sinnúmero de enfermedades provenientes de la vidacrapulosa del doctor surgieron en su gastado organismo, y murió cuandoya su mujer, si no le odiaba, veíase separada para siempre de él por susinfidelidades y desvíos.

La muerte del primo Rafael hizo que don Juan volviera a casa de suhermana y se dignase ocuparse en sus asuntos. Con su buen instinto dehombre práctico, puso orden en aquel maremágnum: vendió fincas, cancelóhipotecas, pagó a los usureros con harto pesar de éstos, que querían vercorrer los intereses hasta devorar al cliente, y al fin, un día pudodecir a su hermana:

—Mira, chica, ya tienes libre y sano lo que te queda, pero te adviertoque no eres rica. Tienes, a lo sumo, veinte mil duros, más ocho mil quepertenecen a Juanito, por ser la herencia de su padre. Se acabaron,pues, las locuras. Ahora mucho orden y mucha economía, y así podrás irtirando. Sobre todo, no cuentes conmigo en los apuros. Si fueras pobrete tendería la mano; pero tienes para comer, y a mí no me gusta amparara los derrochadores. Se acabaron las berlinitas y los demás gastos conlos que se aparenta lo que no se tiene. Una vida arreglada, gastandoconforme a la renta, es lo decente y lo digno. Esa fanfarronería, eseafán de aparentar con cuatro cuartos lo que la gente llama «arroz ytartana», es ridículo... ¿lo entiendes bien?

soberanamente ridículo.

Doña Manuela sintióse impresionada por los consejos de su hermano, y pormucho tiempo los siguió escrupulosamente.

Dedicóse a criar a sus hijos, es decir, a los hijos de su segundomatrimonio, pues el pobre Juanito siempre había sido tratado con falsocariño, con un desvío encubierto, como si doña Manuela quisiera vengaren el pobre chico el haber sido poseída por su difunto padre.

Aquella mujer resultaba incomprensible. Al marido fiel y bondadosoapenas lo nombraba, como si su matrimonio hubiese sido de algunos días;y en cambio, de aquel calavera que tanto la hizo sufrir habíase forjadodespués de muerto una figura ideal, y ya que no de sus virtudes, hablabaa todos de su talento, pintándolo como un sabio ilustre, cuya ciencia nohabía podido apreciar el mundo.

El pobre hijo de Melchor, con su carácter apocado y dulce y su afán decariño, era el paria de la casa. El doctor, viéndole siempre callado,contemplando a su madre con estúpida adoración, había declarado que elniño era tan bruto como su padre, y cuando más, podría servir para elcomercio. Y como el muchacho, por su parte, le tenía gran afecto a donEugenio y cierta querencia a Las Tres Rosas, que era donde habíantranscurrido los primeros años de su vida, de aquí que Juanito, a lostrece años, entrase en la tienda como aprendiz distinguido, con laventaja de comer y dormir en su casa.

En cambio, los hijos del doctor Pajares gozaron una niñez rodeada deatenciones. Las dos hijas estuvieron hasta los catorce años en uncolegio y Rafaelito fue dedicado al estudio, pues doña Manuela v queríahacer de él una lumbrera médica como su padre.

Estas predilecciones irritaban a don Juan, que había sentido un afectofraternal por su primer cuñado, trabajador infatigable como él y amigodel ahorro. Además, Juanito era su ahijado. Pero callaba viendo que lahermana seguía sus consejos económicos y—según sus palabras—

noestiraba el pie fuera de la sábana.

Pero llegó el momento en que las niñas se convirtieron en unasseñoritas, conservando sus relaciones amistosas con sus antiguascompañeras de colegio, y doña Manuela sintió el afán de ostentación detoda madre que tiene hijas casaderas. Renovó su mobiliario, abandonó lasmodistas anónimas, y en su afán de no andar a pie, si no tuvo berlina ytronco como en sus buenos tiempos, compró una galera elegante y ligeritay tomó como cochero a Nelet, el hijo de la nodriza de Amparo, un bárbarode la, huerta, a quien puso por condición no tutear a la señorita menory olvidarse de que era su hermano de leche.

—¡Que rabie ese rancio!—decía doña Manuela, indignada al saber lafuria con que su hermano había acogido tales reformas—. ¿Cree que todala vida la hemos de pasar como unos miserables, con pan y cebolla y unvestido viejo?

Don Juan también hablaba, y había que oírle.

—Tu madre está loca—decía algunas veces a Juanito en la puerta de LasTres Rosas—. Si esto sigue más tiempo, todos iréis a pedir limosna.¡Ah, qué cabeza...! ¡Parece imposible que sea mi hermana! Para ella loprincipal es aparentar, y del mañana que se acuerde el diablo. Lo que yodigo: «arroz y tartana...» y trampa adelante.

III

El primer día del año, a las ocho de la mañana, Concha y Amparo yahabían abandonado el lecho, extraña diligencia en ellas, que por locomún no se levantaban hasta las diez.

Ligeritas de ropa a pesar de la estación, revoloteaban alegremente porsu cuarto, que ofrecía el desorden del despertar, en torno de las doscamitas de inmaculada blancura, que en sus arrugadas sábanas guardabanel calor de los cuerpos jóvenes y ese perfume de salud y de vida queexhalan las carnes sanas y virginales.

Gorjeaban alegremente, como pájaros que despiertan, pero sus trinos nopodían ser más vulgares.

—¿Dónde estarán mis botinas?

—Mis medias... me falta una.... ¿La has escondido tú?

—¡Ay, Dios...! ¡Tengo una liga rota!

Y así continuaba el diálogo de exclamaciones sueltas, lamentos yprotestas, mientras las dos jóvenes, en chambra y enaguas, mostrando acada abandono rosadas desnudeces, iban de un lado a otro, como aturdidaspor el ambiente cálido y pesado de la habitación cerrada.

Luego pasaron al tocador, un cuartito en el que la luz de la ventana,después de resbalar sobre la luna biselada de un gran espejo, quebrábaseen el cristal azulado o rosa de las polveras y los frasquitos deesencia. La pieza no era un modelo de curiosidad y delataba el desordende una casa donde falta dirección. Los peines de concha guardabanenredadas en sus púas marañas de cabellos; muchos frascos estabandesportillados, y el blanco mármol tenía pegotes formados por el amasijode gotas de esencia con los residuos de polvos.

Las dos muchachas soltaron sus cabellos, largos y ondeantes comobanderas; sacudiéronlos, haciendo caer sobre el mármol las horquillascomo una lluvia metálica, y después, cual buenas hermanas, ayudáronsemutuamente en la difícil tarea del peinado de un día de ceremonia.

La clara luna retrataba en su fondo ligeramente azulado las cabezas delas dos hermanas, con la cabellera suelta y vestidas de blanco, comotiples de ópera en el momento de volverse locas y cantar el aria final.

Sus rostros no eran gran cosa; hubieran resultado insignificantes a noser por los ojos, unos verdaderos ojos valencianos que les comía granparte de la cara, rasgados, luminosos, sin fondo, con curiosidadinsolente algunas veces, lánguidos otras, y cercados por la ojera tenuey azul, aureola de pasión.

La mayor, Conchita, veintitrés años, era la más parecida a su madre.Tenía su mismo aire majestuoso, y comenzaba a iniciarse en ella unprincipió de gordura, lo que la hacía parecer de más edad. En la casagozaba fama de genio violento, y hasta doña Manuela la trataba conciertas reservas para evitar sus explosiones iracundas; pero fuera deesto era seductora, con su frescura de carnes a lo Rubens y lasarqueadas líneas que a cada movimiento delatábanse bajo la blanca tela.

La menor, Amparito, dieciocho años; linda cabeza de bebé, boca graciosa,hoyuelos en la barba y las mejillas, un puñado de rizos sobre la frentey ojos que en vez de mirar parecían sonreír a todo, revelando el inmensocontento de ser joven y que la llamasen bonita. Era la toquilla de lacasa, la señorita aturdida que aprende de todo sin saber hacer nada; laque por la calle no podía ver una figura ridícula sin estallar enruidosa carcajada; la que tenía en sus gustos algo de muchacho yaseguraba muy formal que sentía placer en hacer rabiar a los hombres; laque se escapaba a cada instante del salón, para ir a la cocina a charlarcon las criadas, gozando en ser su amanuense, sólo por intercalar enlas cartas al novio soldado terribles barbaridades, con las que estabariéndose toda una semana.

Profesábanse gran cariño las dos hermanas; pero esto no impedía quealgunas veces Amparo esgrimiese su carácter burlón contra Concha y éstasacase a luz su impetuosidad iracunda; conflictos que terminaban siempreyendo la pequeña en busca de la mamá, llorando, con la mejilla roja deun bofetón o un par de pellizcos en los brazos. Otras veces armábase laguerra por si la una se había puesto la ropa blanca de la otra o por sise habían robado objetos de su exclusiva pertenencia; pero una ráfaga deautoridad pasaba por la madre: había bofetadas, llantos y pataleos; lascriadas reían en la cocina, y a la media hora todos tan contentos:Concha en el balcón, Amparo corría por la casa cantando como unaalondra, y doña Manuela arrellanábase en su butaca con aire de soberanaque acaba de administrar recta justicia.

Las dos ofrecían un seductor grupo mirándose en el espejo del tocador,despechugadas, con los brazos al aire y oliendo a carne refrescada poruna valiente ablución de agua fría. Sus cabelleras, fuertementeretorcidas, apelotonábanse sobre la testa con la forma del peinadofrigio, y quedaba al descubierto, sobre el extremo de la espaldanacarada, cubierta de una película tenue y fina de melocotón sazonado,la nuca morena, de un delicioso color de ámbar, erizada de pelillosrebeldes y rizados que parecían estar puestos allí para estremecersenerviosamente con los suspiros de amor.

Al terminar el peinado comenzó el arreglo del rostro. ¡Oh estupideces dela moda! A las dos incomodábalas su color pálido de arroz, aquel colorpuramente valenciano que hace recordar las delicadas tintas de lacamelia.

«Tenemos caras de muertas», se decían todas las mañanas al mirarse alespejo, y martirizaban su fresca y jugosa piel con los polvos cargadosde plomo, el bermellón que teñía levemente las mejillas y los lóbulosde las orejas; y como si sus ojos no fueran bastante grandes todavíaenmendaban la plana a la Naturaleza, trazando leves líneas al extremo delos párpados. La frescura juvenil, la hermosura natural, era cursi; laelegancia exigía careta.

Y mientras llevaban a cabo este retoque criminal, eran las exploracionessin término, las rebuscas furiosas sobre el mármol del tocador, altravés del bosque de frascos y cajas, persiguiendo objetos queaturdidamente tocaban sin reconocerlos. ¿Dónde estaba el polvo rosa?

¿Yel paño de Venus? ¡Adiós! ¡ya no quedaba una gota de «piel de España»!La mamá, con la manía de embellecerse que la había acometido a últimahora, era una calamidad para las niñas.

Ella sola se llevaba mediotocador, y después, para hacerla entrar en la perfumería, había queimportunarla toda una semana.

La toilette acabó con poca alegría. Las deficiencias del tocadorhabían malhumorado a las dos hermanas. Lanzábanse miradas de sordahostilidad. Amparo pensaba que, por ser la más pequeña y la más débil,tenía que contentarse con el sobrante de la otra, y Concha retocaba sumoño nerviosamente, murmuraba y daba furiosas pataditas, mirando desoslayo, sin poder copiar el perfil gracioso del peinado de aquellamuñeca.

Por fin llegó el momento en que volvieron a su cuarto para ponerse losvestidos más bonitos.

Eran los días de la mamá; iban a tener visitas yhabía que estar presentables, para que las amigas, en vez de sonreírsecompasivamente, se mordieran los labios.

Cuando volvieron al tocador y se miraron en la clara luna, su alegríareapareció. Vamos, no estaban del todo mal; y con un retoque al peinadoy a la cara, un bouquet en el pecho y dos tirones al talle para que nohiciese arrugas, se dieron por satisfechas y se lanzaron al público.

Eran ya cerca de las diez. La mamá estaba en el salón hablando con doñaClara, una señora antipática y ordinaria que la visitaba con frecuencia,y las niñas, huyendo de tal visita, pasaron al comedor.

Hasta allí llegaban los preparativos de la fiesta. Sobre la mesaveíanse, formando círculo, varias bandejas con pasteles de espuma,blancos en su base, destilando almíbar, dorados suavemente en susdentelladas crestas, y entre los cuales asomaba la tarjeta del queenviaba el dulce recuerdo; dos grandes tortadas ostentando en susuperficie de azúcar pulido como un espejo frutas confitadas encaprichosos grupos; y en el centro de la mesa el ramillete de casaBurriel, arquitectura de turrón, y merengue que afectaba la forma de uncastillo surgiendo de un montón de flores y rematado por una bailarinaque, montada sobre un alambre, danzaba temblorosa sobre la obra maestrade confitería.

En torno de la mesa, husmeando con aire goloso, estaba una diminutaperra inglesa, que, con su piel de porcelana, sus ojillos de cristal ylas patas de alambre, parecía escapada de una tienda de juguetes.

Al ver a sus amas, el liliputiense animal sacó la roja lengua, lanzandoun ladrido que parecía un estornudo.

—¡ Miss...! ¡mi querida Miss!—gritó Amparito, queriendo tomarla enbrazos. Pero ya Concha se había adelantado a tal deseo, apoderándose deella, y desde lo alto de sus brazos enseñábale la mesa cubierta depasteles, al mismo tiempo que la besaba en el hocico.

Hubo brega entre las dos hermanas sobre el mejor derecho a la posesiónde Miss, y Concha la dejó caer, con tan mala fortuna, que chocandosobre la mesa aplastó un par de pasteles, y manchada con la espuma delmerengue emprendió una furiosa carrera hacia el salón.

—¡Mi pobre perrita! ¡Animal...! ¡la has muerto!—gritó Amparito, comosi hubiese ocurrido una desgracia. Y levantó su puño amenazante contrasu hermana.

Pero al ver la extraña figura que presentaba Miss con sus pegotes demerengue y corriendo medrosa, una carcajada de atolondramiento hinchó sulindo cuello, y como si nada hubiese sucedido, se agarró del talle deConcha, dándola un sonoro beso.

—¡Qué gracioso...! ¿eh? ¡Qué cara va a poner mamá cuando la vea entraren el salón con esa facha...!

Pero la intensa risa que esto la producía desvanecióse al oír un cacareoangustioso, un estertor de muerte que salía de la cocina.

Allá fueron ellas, y al entrar vieron a Nelet el cochero en mangas decamisa, con un cuchillo en la mano, ocupado, con la gravedad de unsacrificador, en abrirle el gañote a un robusto capón que sosteníaVisanteta por las patas. La otra criada de la casa, que la echaba desensible y ejercía cerca de las señoritas las funciones de doncella,volvía la espalda al sacrificio y vigilaba las marmitas y cazuelas quehervían sobre los fogones del banco.

Las dos hermanas, inclinadas y recogiéndose las faldas entre laspiernas—para evitar rozamientos con el suelo grasoso—, contemplabanatentamente el degüello, contaban las convulsiones de la agonía yseguían las últimas gotas de sangre desde que asomaban a la herida,erizada de pelos coagulados, hasta que caían en una cazuela.

Este trabajo ponía alegre a Nelet y excitaba su jocosidad brutal.

—Qué gordito, ¿eh?—decía palpando la pechuga del cadáver—. Cuando lopelen parecerá un canónigo.... Si yo fuera rico, todas las mañanas haríauna muerte así. Vale más esto que limpiar el caballo.

Y para completar sus gracias agitaba el capón en el aire como siincensase el rostro de las dos criadas, lo que las hacía correrasustadas por toda la cocina, con gran algazara de las señoritas.

La broma cesó al aparecer doña Manuela, vestida con una bata de sedanegra, amplia, con larga cola y mangas perdidas que completaba suapostura de reina de teatro. Se había librado de doña Clara, aquellaposma que nunca terminaba relato alguno, saltando de una conversación aotra, lo que hacía sus visitas interminables.

La mamá y las niñas volvieron al comedor y dieron vuelta a la mesa,leyendo las tarjetas que acompañaban a los regalos.

Allí estaba la del tío don Juan. Siempre el mismo. El muy tacaño, apesar de sus millones, se había contentado con media docena de pasteles:total, tres pesetas. No se arruinaría. El lindo ramillete era de donAntonio Cuadros y su señora, los propietarios de la tienda de Las TresRosas.

—Ahí tenéis unas personas sin educación, pero que saben hacer bien lascosas.

Y doña Manuela, después de esta reflexión hija del agradecimiento,siguió enseñando las tarjetas. Don Eugenio García, una tortada... noestaba mal; la otra era de «las magistradas»; y los demás pasteles nollevaban señales de procedencia; pero doña Manuela adivinaba que eran deJuanito, aquel hijo que la obsequiaba con tanto cariño como sí fuese sunovia.

—¿Y Juanito, dónde está mamaíta?

—En la tienda; pero vendrá antes de las doce. Rafael también ha salido.

En la puerta de la escalera sonó un campanillazo, que denotaba el tirónbrutal de una mano burda.

Nelet salió rápido de la cocina, y haciéndolo retemblar todo con suszapatos, corrió a abrir.

Hubo en la antesala exclamaciones comoberridos y caricias que parecían golpes, cual si alguien riñese a brazopartido.

—¿Qué es eso?—dijo doña Manuela, avanzando hacia la puerta.

Pero se detuvo al oír la voz cascada y chillona que sonó en la antesala.

—¡Es el ama...! ¡el ama!—gritó Amparito con ingenua alegría.

Pero inmediatamente se contuvo, ruborizada, como si hubiese cometido unaterrible inconveniencia.

Precedida de Nelet, entró en el comedor, balanceándose y atronándolotodo con sus chillones

«¡buenos días!», una labradora gruesa y hombruna.Era la nodriza de Amparito, una huérfana de las inmediaciones deAlboraya, madre del cochero, y que había criado en su barraca a laseñorita.

Nelet era un retoño digno de tal árbol, pues en el rostropecoso, mofletudo y de tirante piel que mostraba la tía Quica bajo supañuelo de hierbas notábase la misma brutalidad jocosa y resuelta de surústico vástago. Abultaban su volumen una docena de zagalejos bajo larameada falda, y cuando se sentaba abría las piernas de tal modo, que,combándose las ropas, formábase entre sus muslos de yegua rolliza unabismo insondable. Iba siempre a todas partes con la cesta al brazo; unaenorme cesta, siempre blanca, que no soltaba ni al tomar asiento, y porlo íntimamente unida a su persona, parecía un nuevo miembro de sucuerpo.

Abrumó a Amparito con abrazos asfixiantes y besos y lagrimones, que laarrebataron una parte del colorete; y después de esta molesta expansión,que dejó aturdida a la niña e hizo torcer el gesto a doña Manuela,dejóse caer de golpe en una silla, que crujió tristemente bajo lasgigantescas posaderas.

Dio dos o tres bufidos de cansancio—sin soltar la cesta—, y rompió ahablar en un castellano fantástico, ya que en casa de doña Manuela noera permitido otro lenguaje.

¡Cómo se cansaba una en Valencia...! Parecía imposible que las gentesquisieran vivir en semejante pudridero. Allá, en la huerta, se estababien, y por esto a ella le costaba mucho decidirse a entrar en Valencia.Había venido únicamente por felicitar a la señora en sus días, y esohaciendo un esfuerzo, pues su deber era no apartarse de su hermanamenor, que vivía en una barraca inmediata a la suya.

—¡Calle, siñora! ¡Cuan apurada está la pobre! Su marido nos ha salidoun borrachín, un bufao, que todos los domingos vuelve de la taberna de Copa a cuatro patas, como un burro, y lo han de meter en la cama paraque duerma la mona un par de días. ¡Y qué pausas, Virgen santa! Mi pobrePepeta pasa la vida de Santa Catalina de Sena, y la muy bestia, erre queerre, sin aborreser a ese pillo de Pimentó, que no vale ni un papel defumar.

Y en este tono seguía la tía Quica la relación de todas sus desdichas defamilia; pero a lo mejor deteníase, y al ver a Amparito, que lacontemplaba silenciosa, prorrumpía en un «¡ jilla meua

estruendoso; ysin soltar la cesta—eso jamás—, volvía a abrazarla y besuquearla,llevándose en los labios los blancos polvos.

¡Cuan guapa estaba! Miradla; parecía una reina. ¡Quién podría figurarse,al verla con aquellos trajes, que la había tenido en su barraca, y enlas tardes de sol jugaba en la cuadra con Nelet y otros chicos, entre elmacho, el novillo y los dos cerdos!

Aún se acordaban todos de ella y eran muchos los que le preguntaban porsu salud. No; de aquel año no pasaba. Aunque se opusiera la mamá, ellase la llevaría a la fiesta mayor de Alboraya, para que todos vieran cómoestaba su Amparito y qué aire de señorío gastaba. Y... a propósito; elhijo del tío Pallús—¿te acuerdas, Amparito...? aquel chico que andabaa cuatro patas y hacía el burro para que tú le montases—, pues bien,ése venía ahora a Valencia con el carro a recoger el estiércol de lascasas, y quería que Nelet le dejase limpiar la cuadra. Cuando viniesepor el estiércol ya subiría a ver a Amparito, y de paso, si no lesservía de molestia, podían darle cualquier cosilla: unos pantalonesviejos de los señoritos, algo de ropa blanca, pues a los pobres todo lessirve.

La tía Quica se dio cuenta del mal efecto que su conversación causaba endoña Manuela, y se apresuró a manifestar el objeto de su embajada,echando mano a la inseparable cesta. En ella llevaba algunas cosas paraobsequiar a la señora en sus días; regalos de pobre, pero que ofrecíacon la mejor voluntad del mundo. Rosquillas de una pasta con cierto dejoamargo, cubiertas con una capa tersa de azúcar; tortas que parecían decartón, pegadas a un papel grasiento, y confites agridulces, que sedeshacían en la boca y llevaban en la huerta el extraño nombre de suspiros. La señora dio las gracias, con una risita de conejo. Biensabía lo que costaban esos productos de la confitería rústica. Ya lodecía su astuto padre: «El bollo del labrador cuesta cahizada de trigo.»

Después que la tía Quica depositó majestuosamente sobre la mesa susregalos, la señora, como compensación, metió en su cesta la media docenade pasteles que Miss había aplastado en su caída, y además le dio unduro, no sin antes luchar con la labradora, que juraba y perjuraba quenada quería, mientras en sus ojos brillaba la codicia.

Cuando tuvo en su poder los regalos, entonó un interminable himno degracias, desbordándose en elogios, que, en forma de consejos, dirigía asu hijo.

—Mira, Nelet; bien puedes servir a las siñoras. A ver si te portasbien; tu padre, el tío Sentó, tendrá un disgusto si faltas a laobligasión. Bien puedes trabajar. Estando en casa, tendrías que ir en elcarro a llevar vino, durmiendo mal y trabajando como los machos. ¿Y aquíqué te hase falta?

Tienes papusa buena y segura, trabajas poco, vasvestido como un siñor... Nelet, no seas bruto y a ver si das gusto a lassiñoras....

Y así hubiese seguido desarrollando este capítulo de consejos, a no serporque un campanillazo le cortó la palabra.

Una visita. Doña Manuela y las niñas pasaron al salón, donde estaba donEugenio García, el fundador de Las Tres Rosas.

Por él no pasaban los años. Era el mismo viejecillo de siempre,regordete y sonriente, con el rostro colorado, la mirada viva y lacabecita blanca y sonrosada. Aseguraba que tenía gran semejanzafisionómica con Pío IX, y algo había en él que recordaba al difuntoPapa, a pesar de su capita azul sin esclavina y del bastoncillo muleta,que no soltaba ni aun en las visitas.

Besó a las niñas como sí fuese su abuelo, y a doña Manuela diole algunaspalmadas en la espalda con una alegría de viejo campechano, asegurandoque cada vez estaba más gorda y hermosota. Venía de oír misa de SanJuan, su querida parroquia; y cumpliendo la obligación de todos losaños, quería saludar a Manuela y a las niñas, y desearles milfelicidades en el día del santo. Él no pensaba salir del próximo año; enél caería, estaba seguro de ello, a pesar de que todos los años habíadicho lo mismo. Y hablaba de la muerte con la serenidad de una vejeztranquila y honrada, bromeando, riéndose y dejando escapar agudoschillidos por entre sus encías desdentadas.

Amparito escuchábale complacida, riéndose malignamente del ceceo delviejo y de sus preguntas.

¿Que si tenían novio? No, señor; aún eran jóvenes y podían esperar.Concha sí que tenía algo, pero ella nada.... Nadie la quería... ¡era tanfea...! Y el travieso bebé experimentaba satisfacción al oírse llamarhermosa por aquella boca de ochenta años.

—Pero quédese usted a comer, don Eugenio—dijo la señora—. Desde quesalimos de la tienda, ningún año ha querido usted honrar nuestra mesa.

—No puedo, Manolita. Soy ya muy viejo, y quien me saca de mis sopitasme mata. Además, vaya un regalo: un convidado de mi clase. Masco comouna cabra, y 110 divierte ver un viejo entre la gente joven. A cadacual lo suyo.

La visita se prolongó una media hora, y por fin, el viejo, con ayuda desu bastón, púsose en pie.

—Me voy, hijas mías—dijo con expresión melancólica, a pesar de sucarita siempre alegre—.

El año que viene os acordaréis de mí al verossin mi visita. Ya tendré entonces lo que me falta: el reposo eterno....No digáis que no.... ¿Creéis que no tengo ganas de descansar...? Peromientras llega la hora, don Eugenio siempre firme en su tienda delMercado. ¡Comerciante hasta la muerte!

Y después de repetir estas palabras golpeándose el pecho, salió delsalón escoltado por las señoras.

La nodriza se había ido, y Nelet continuaba en la cocina ayudando a lasmuchachas. Era día de gran banquete. Don Juan, el tío de las señoritas,aquel erizo intratable, había accedido a comer en casa de su hermana, yeran de ver los preparativos. Juanito iría a las doce por el tío; yRafael, antes de salir, había sufrido un sermón de su madrerecomendándole que estuviera en casa a la una en punto, hora de lacomida. A los postres vendría Andresito Cuadros y algún amigo de Rafael.

La campanilla de la escalera sonaba cada cinco minutos. Eran tarjetas defelicitación, que se amontonaban en el velador de la antesala, y sobrelas cuales se abalanzaban las dos hermanas, ávidas de curiosidad.

A las once, otra visita, Don Antonio Cuadros y su mujer, con la ropa delas grandes solemnidades. Teresa, con vestido negro de seda, grueso ycrujiente, sólido aderezo con más oro que piedras, mantilla de blonda ylos dedos cargados, como siempre, de sortijería barata. Él, de levitaatrasada de tres modas, guantes negros, sombrero de copa con alasmicroscópicas y en el chaleco una verdadera maroma de oro. Los dos,tiesos, majestuosos, dentro de estos trajes que, al través deinnumerables reformas, venían subsistiendo desde su boda y sólo salían aluz en visitas de días o entierros.

El matrimonio tomó asiento en el sofá, lugar preferente del salón, honraque hizo enrojecer de orgullo a la antigua criada.

—Pues sí, Manuela—dijo el marido—; en un día como éste, nosotros nopodíamos prescindir de hacer a ustedes la consabida visita. Gozamos dela felicidad de ustedes, porque, aunque me esté mal el decirlo, nosotrosles apreciamos mucho.

Y así seguía el tendero del Mercado, ensartando sus frases rebuscadasante la admiración ingenua de su esposa, que veía en él un ser superior.Y mientras seguía su curso la conversación, sonaba a cada instante lacampanilla de la puerta. Eran tarjetas de felicitación, que la señoramiraba satisfecha, dejándolas sobre el velador de modo que pudiesenleerlas sus visitantes.

La familia dio las gracias al señor Cuadros por el obsequio que habíaenviado.

—Quédense ustedes a comer con nosotros. Hoy tenemos a la mesa a mihermano Juan.

Estas palabras hicieron que la conversación recayese sobre el hermano dela señora. El comerciante era irresistible cuando se lanzaba a hablardel prójimo. ¡Vaya un señor raro el tal don Juan! Para él no existíanteatros ni diversiones. Se le calculaba una fortuna de más de cien milduros, y sin embargo vivía como un hurón en la gran casa heredada de supadre, sin otra compañía que una vieja criada, y arrastrando su fastidiopor los talleres abandonados, que parecían cementerios. Tenía manías, yla más principal era combatir la debilidad de la vejez con un régimen decontinua actividad. Todas las tardes pasaba horas enteras visitando lasobras del Ensanche, las reformas que el Municipio emprendía en loscaminos vecinales. Los peones le conocían, como si fuese un contratistao maestro de obras; y cuando le faltaban estas distracciones emprendíaatroces caminatas: iba a pueblos distantes, andando siempre con unaregularidad mecánica; el cuadrado sombrero sobre las cejas, flotante elpaleto, que no abandonaba ni aun en el verano, y bajo el brazo el bastónde su juventud, una caña vieja y resquebrajada, con puño redondo demarfil que casi era una bola de billar.

Hablábase con misterio e interés de las preciosidades que amontonaba ensus polvorientos salones. Figuraba en todas las almonedas como compradorde fuerza, y si algún corredor le proponía la adquisición de alhajasantiguas o muebles raros—siempre, se entiende, con considerableventaja—, aceptaba sin vacilación, pues no era dinero lo que faltaba enel enorme secrétaire del siglo pasado, que ocupaba todo un paño de sualcoba, mostrando el menudo mosaico de sus tres filas de cajoncitos. Deeste mueble también se hablaba con respeto en casa de doña Manuela.¿Quién podía saber todo lo que contenía? De allí salían largospendientes en forma de uva, cuajados de diamantes antiguos; sortijonescon brillantes como lentejas; piedras sin montar, de valor considerable;cincelados de gran mérito artístico; todo adquirido a fuerza de calma yde regateos en el naufragio de las grandes fortunas.

—Dice usted bien, Antonio. Mi hermano es un ente raro, un extravagante,que pudiendo estar bien con los suyos, prefiere vivir casi solo enaquella casa, contando sus miles de duros y adorándolos como si loshubiera de llevar a la fosa. Yo no viviría con tranquilidad.... Dicenque por la noche, al menor ruido, se levanta y recorre la casa con unaspistolas viejas; pero aun así, es extraño que no le roben. Su tacañeríame disgusta. Pero entre hermanos hay que vivir en paz, ¿no es verdad? ypor esto sufro que a espaldas mías hable mal de mis costumbres.Afortunadamente, una tiene lo que necesita para pasarlo bien, y no se veobligada a buscar los auxilios de ese avaro.

Una nueva visita entró en el salón. Eran «las magistradas», una mamá ytres hijas, íntimas de las niñas de la casa. El papá había muerto siendomagistrado, y esto bastaba para que en casa de doña Manuela, con el afánde grandezas que todos sentían, no designasen a la familia por suapellido, sino por el título del difunto.

Los señores de Cuadros sentían una oculta satisfacción al rozarse conlas amistades de doña Manuela, que para ellos eran gente de la clase máselevada. Teresa miraba con su respeto de antigua criada a aquellasseñoras, y sonreía con bondad estúpida cada vez que alguna de ellas sedignaba mirarla.

Las dos viudas hablaban afectuosamente, y doña Manuela, a pesar de queestaba bastante bien de salud, expresábase con cierta languidez que aella le parecía la última palabra del buen tono.

—Salgo poco, querida; el frío y la lluvia me matan. Aún no he vistoeste año la feria de Navidad. Y eso que teniendo carruaje se puede salirde casa sin miedo al tiempo.

Y lo de tener carruaje acentuábalo doña Manuela como si fuese laejecutoria de la distinción, el signo único que marcaba la diferencia decastas.

Las niñas hablaban entre sí, haciéndose preguntas sobre sus trajes o loque habían hecho durante el día anterior, y nadie se acordaba delmatrimonio Cuadros, que permanecía en el sofá como clavado, mirándoselos pies y sin saber cómo salir de allí, por no molestar a los quehablaban. Amparo era la única que de vez en cuando volvía la cabeza parasonreírles. Por fin, se fueron.

—Son unos antiguos amigos—dijo doña Manuela a «la magistrada»—.Buenas gentes, pero ordinarias. Nos están agradecidos: a él le protegiómucho mi primer marido.

Cuando la familia dio por terminada su visita, doña Manuela y las niñasfueron hasta el rellano de la escalera, para cambiar allí los últimosbesos.

—Crea que me dan un disgusto no quedándose a comer.

Desaparecía en los últimos peldaños el extremo de las elegantes faldas,cuando sonó una tos que todos conocían en la casa. Era el tío quellegaba, anunciándose, como siempre, con un carraspeo que le cortaba laspalabras, y que, según doña Manuela, sólo tenía por objeto el darsetiempo para pensar las contestaciones.

El cuadrado sombrero y el flotante paleto, que parecía una sotana,fueron remontando lentamente la escalera, con acompañamientos de golpesde bastón en cada peldaño.

—¡Buenos días, tío...!

Viose por fin desde el rellano la cara de don Juan, animada por su falsarisita, que recordaba la de los conejos. Iba de gran gala. Traje, el desiempre; pero su chaleco escotado dejaba al descubierto una botonaduramaciza, enorme, con diamantes antiguos de gran valía, y en los dedossortijas pesadas, de complicada labor, que evocaban el recuerdo de lossuntuosos marqueses del pasado siglo.

—¿Me aguardabais, hijas mías...? ¡Ejem, ejem...! Pues he sido puntual.Son las doce.

Y mostraba su reloj, una joya rococó, que con sus esmaltes mitológicoshacía pensar en las fiestas pastoriles de Versalles. Tras él subía laescalera Juanito, el hijo mayor, con un enorme ramo de flores.

—¡Este chico... este chico!—murmuró la señora, sin conmoverse grancosa por el cariño extremado que Juanito le demostraba en todasocasiones.

Y se dejó besar por su hijo, que después corrió al comedor con el ramo,y no encontrando un jarrón capaz de sostener aquella pirámide de floreslo colocó entre dos sillas.

Don Juan fue casi llevado en triunfo al salón por sus sobrinas. Tío poraquí, tío por allá; la una le quitaba el sombrero, la otra tomaba subastón, y las dos tiraban a un tiempo de su paleto, sonriendoligeramente al ver el chaqué, que quedaba al descubierto, y que con suscortos faldones dábale el aspecto de un pájaro desplumado.

Las pobrecillas ya sabían vivir. Aquel tío era la esperanza de lafamilia; representaba el cebo capaz de atraer novios con la tentación deuna herencia, y aunque lo encontraban poco simpático, por su carácter yla ruindad de sus regalos, sonreíanle y le adulaban, con gran contentode la mamá.

A pesar de esto, doña Manuela no se hacía ilusiones. Al único que queríaél era a Juanito; con los hijos de Pajares mostraba siempre ciertaironía, sin duda para darse el gusto de mortificar a su hermana.

—Juan, quédate en el salón mientras yo voy a la cocina a vigilar lospreparativos. Vosotras, niñas, entretened al tío. Ahora verás cuánto haadelantado Conchita en el piano.

La hija mayor levantó la tapa del instrumento, quedando al descubiertoel blanco teclado, semejante a la dentadura de un monstruo. Sus dedos,larguiruchos y extremadamente abiertos por un continuo ejercicio,corrieron sobre las teclas, produciendo complicadas escalas.

—¿Y tú, no tocas?—preguntó don Juan a Amparo.

—Nada, tío. El profesor dice que soy demasiado aturdida, y me hadeclarado incapaz. La verdad es que yo quisiera tocarlo todo en seguida,y al ver que no puedo y que he de fastidiarme mucho con ejercicios yescalas, me enfurezco y me entran ganas de dar puñetazos al piano.

Y el travieso bebé decía esto con tonillo irritado, levantando el puño.

—Pero ahora—continuó en tono más dulce—, ya que no puedo serpianista, me dedico al canto. Mamá dice que hay que hacer algo, para noestar en sociedad parada como una tonta. Ya canté el otro día en unareunión de «las magistradas».... Ahora me oirá usted.

Mientras tanto, doña Manuela expulsaba del comedor a Juanito. Aquelchico no desmentía su sangre; era ordinario, y su mayor placer consistíaen charlar con las criadas.

—Juanito, hijo mío, deja a Visanteta que ponga la mesa. Marcha alsalón. El tío se incomodará, porque te olvides de él.

¿Olvidarse de su tío? Ante tal suposición, le faltó el tiempo paracorrer en busca de don Juan.

Visanteta acababa de tender el manteladamascado, brillante de blancura, sobre la mesa del comedor, pieza deebanistería moderna, tallada a máquina, que con su color obscuro imitabaal roble de un modo discreto.

—¿Está todo bien preparado, Visanteta?

—Todo, señora. Nelet se ha encargado de que el capón no se queme; sólofaltan unas cuantas vueltas. Adela cuida del puchero. La sopa lapondremos cuando avise la señora.

Y continuó la conversación entre el ama y la sirvienta, mientras ésta,con delantal blanco y haciendo crujir los bajos almidonados y tiesos desu saya, iba del aparador a la mesa, colocando el centro de plataMeneses con sus grupos de flores, las pilas de platos de charoladablancura, las botellas talladas del agua y el vino, y las copasesbeltas, casi aéreas, con su pie azul, y tan frágiles, que sobre elmantel no trazaban sombra alguna.

Aquella Visanteta, con su peinado de la huerta, su perpetuo ceño y suscontestaciones secas y desabridas, era una gran criada, que se ganaba aconciencia el salario. Lo mismo preparaba en la cocina una gran comida,que arreglaba una mesa «a estilo de fonda», arte que había aprendidosirviendo a una familia inglesa.

Al comedor llegaba la música que hacían en el salón las niñas de doñaManuela para entretener al tío. Amparo cantaba, y su vocecita fina,tenue y quebradiza como un hilo de araña soltaba una lamentaciónmelancólica, en italiano, para mayor claridad:

Quando le rondinelle il nido fanno,

quando di nuova flor s'orna il terreno.

El tío se divertía, como hay Dios, oyendo a la sobrina cantar con sucarita de Pascua estas atrocidades de la melancolía. « Vorrei moriré!»,repetía la muchacha con acento de desesperación, saltando su voz sobrelos trémolos del piano. ¡Vaya un aperitivo para antes de la comida!

Doña Manuela hablaba a la criada distraídamente, oyendo aquella músicaque nunca podía comprender.

—Hoy trabajarás mucho, Visanteta. Mi gusto hubiese sido encomendar,como de costumbre, un par de platos a la fonda. Pero tengo convidado ami hermano, que es un rancio y me requema la sangre como si fuese unadespilfarradora. Por esto he querido que la comida fuese casera. A versi aun así encuentra motivo para murmurar.

La mirada de doña Manuela iba tras las manos de la criada. ¡Vaya unagracia la de aquella chica! Cogía las servilletas adamascadas, rígidaspor el planchado, y las doblaba caprichosamente con una rapidez deprestidigitador. Quedaban sobre las pilas de platos en forma de mitra,barco, bonete o flor, y en el centro, como toque maestro, colocaba unpequeño bouquet.