Arroz y Tartana by Vicente Blasco Ibáñez - HTML preview

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VICENTE BLASCO IBAÑEZ

ARROZ Y TARTANA

PLAZA & JANES, S. A. EDITORES

Portada de C. SANROMA

Primera edición: Enero, 1978

Editado por PLAZA & JANES, S. A., Editores

Virgen de Guadalupe, 21-33. Esplugas de Llobregat (Barcelona) Printed in Spain--Impreso en España

ISBN: 84-01-480124

GRÁFICAS GUADA, S, A.--Virgen de Guadalupe, 33

Esplugas de Llobregat (Barcelona)

Capítulos:

I,II,III, IV,V, VI,VII, VIII,IX, X,XI, XII

I

A las tres de la tarde entró doña Manuela en la plaza del Mercado,envuelto el airoso busto en un abrigo cuyos faldones casi llegaban alborde de la falda, cuidadosamente enguantada, con el limosnero al puño yvelado el rostro por la tenue blonda de la mantilla.

Tras ella, formando una pareja silenciosa, marchaban el cochero y lacriada: un mocetón de rostro carrilludo y afeitado que respiraba brutaljocosidad, luciendo con tanta satisfacción como embarazo los pesadosborceguíes, el terno azul con vivos rojos y botones dorados y la gorrade hule de ancho plato, y a su lado una muchacha morena y guapota, conpeinado de rodete y agujas de perlas, completando este tocado de lahuerta su traje mixto, en el que se mezclaban los adornos de la ciudadcon los del campo.

El cochero, con una enorme cesta en la mano y una espuerta no menor a laespalda, tenía la expresión resignada y pacienzuda de la bestia quepresiente la carga. La muchacha también llevaba una cesta de blancomimbre, cuyas tapas movíanse al compás de la marcha, haciendo que elinterior sonase a hueco; pero no se preocupaba de ella, atentaúnicamente a mirar con ceño a los transeúntes demasiado curiosos o apasear ojeadas hurañas de la señora al cochero o viceversa.

Cuando,doblando la esquina, entraron los tres en la plaza del Mercado, doñaManuela se detuvo como desorientada.

¡Gran Dios...! ¡cuánta gente! Valencia entera estaba allí. Todos losaños ocurría lo mismo en el día de Nochebuena. Aquel mercadoextraordinario, que se prolongaba hasta bien entrada la noche, resultabauna festividad ruidosa, la explosión de alegría y bullicio de un puebloque entre montones de alimentos y aspirando el tufillo de las mil cosasque satisfacen la voracidad humana, regocijábase al pensar en losatracones del día siguiente. En aquella plaza larga, ligeramentearqueada y estrecha en sus extremos, como un intestino hinchado,amontonábanse las nubes de alimentos que habían de desparramarse comonutritiva lluvia sobre las mesas, satisfaciendo la gigantesca gula de laNavidad, fiesta gastronómica, que es como el estómago del año.

Doña Manuela permaneció inmóvil algunos minutos en la bocacalle. Parecíamareada y confusa por el ruidoso oleaje de la multitud; pero enrealidad, lo que más la turbaba eran los pensamientos que acudían a sumemoria. Conocía bien la plaza; había pasado en ella una parte de sujuventud, y cuando de tarde en tarde iba al Mercado por ser víspera defestividad en que se encendían todos los hornillos de su cocina,experimentaba la impresión del que tras un largo viaje por paísesextraños vuelve a su verdadera patria.

¡Cómo estaba grabado en su memoria el aspecto de la plaza! La veíacerrando los ojos y podía ir describiéndola sin olvidar un solo detalle.Desde el lugar que ocupaba veía al frente la iglesia de los SantosJuanes, con su terraza de oxidadas barandillas, teniendo abajo, casi enlos cimientos, las lóbregas y húmedas covachuelas donde los hojalaterosestablecen sus tiendas desde fecha remota. Arriba, la fachada de piedralisa, amarillenta, carcomida, con un retablo de gastada es cultura, dosportadas vulgares, una fila de ventanas bajo el alero, santosberroqueños al nivel de los tejados, y como final, el campaniltriangular con sus tres balconcillos, su reloj descolorido ydescompuesto, rematado todo por la fina pirámide, a cuyo extremo, aguisa de veleta y posado sobre una esfera, gira pesadamente el pájarofabuloso, el popular pardalòt con su cola de abanico.

En el lado opuesto la Lonja de la Seda, acariciada por el sol deinvierno y luciendo sobre el fondo azul del cielo todas lasesplendideces de su fachada ojival. La torre del reloj, cuadrada,desnuda, monótona, partiendo el edificio en dos cuerpos, y éstosexhibiendo los ventanales con sus bordados pétreos; las portadas querasgan el robusto paredón, con sus entradas de embudo, compuestas deatrevidos arcos ojivales, entre los que corretean en interminableprocesión grotescas figurillas de hombres y animales en todas lasposiciones estrambóticas que pudo discurrir la extraviada imaginación delos artistas medievales; en las esquinas, ángeles de pesada y luengavestidura, diadema bizantina y alas de menudo plumaje, sustentando convisible esfuerzo los escudos de las barras de Aragón y las enroscadascintas con apretados caracteres góticos de borrosas inscripciones;arriba, en el friso, bajo las gárgolas de espantosa fealdad que setienden audazmente en el espacio con la muda risa del aquelarre, todoslos reyes aragoneses en laureados medallones, con el casco de aletassobre el perfil enérgico, feroz y barbudo; y rematando la robustafábrica, en la que alternan los bloques ásperos con los escarolados yencajes del cincel, la apretada rúa de almenas cubiertas con la antiguacorona real.

Frente a la Lonja, el Principal, pobrísimo edificio, mezquino cuerpo deguardia, por cuya puerta pasea el centinela arma al brazo, con aireaburrido, rozando con su bayoneta a los soldados libres de servicio, quedigieren el insípido rancho contemplando el oleaje de alimentos que seextiende por la plaza. Más allá, sobre el revoltijo de toldos, eltejado de cinc del mercadillo de las flores; a la derecha, las dosentradas de los pórticos del Mercado Nuevo, con las chatas columnaspintadas de amarillo rabioso; en el lado opuesto, la calle de lasMantas, como un portalón de galera antigua, empavesada con telasondeantes y multicolores que las tiendas de ropas cuelgan como muestrade los altos balcones; en torno de la plaza, cortados por lasbocacalles, grupos de estrechas fachadas, balcones aglomerados, paredescon rótulos, y en todos los pisos bajos, tiendas de comestibles, ropas,drogas y bebidas, luciendo en las puertas, como título delestablecimiento, cuantos santos tiene la corte celestial y cuantosanimales vulgares guarda la escala zoológica.

En este ancho espacio, que es para Valencia vientre y pulmón a untiempo, el día de Nochebuena reinaba una agitación que hacía subir hastamás arriba de los tejados un sordo rumor de colosal avispero.

La plaza, con sus puestos de venta al aire libre, sus toldos viejos,temblones al menor soplo del viento, y bañados por el rojo sol con unatransparencia acaramelada, sus vendedores vociferantes, su cielo azulsin nube alguna, su exceso de luz que lo doraba todo a fuego, desde losmuros de la Lonja a los cestones de caña de las verduleras, y su vaho dehortalizas pisoteadas y frutas maduras prematuramente por unatemperatura siempre cálida, hacía recordar las ferias africanas, unmercado marroquí con su multitud inquieta, sus ensordecedores gritos yel nervioso oleaje de los compradores.

Doña Manuela contemplaba con fruición este espectáculo. Tachábase en suinterior de poco distinguida; pero... ¡qué remedio! por más que ellatomase a empeño el transformarse, y obedeciendo a las niñas revistieraun empaque de altiva señoría, siempre conservaba amortiguados y prontosa manifestarse los gustos y aficiones de la antigua tendera que habíapasado lo mejor de su juventud en la plaza del Mercado. ¡Qué tiempos tandichosos los transcurridos siendo ella dueña de la tienda de Las TresRosas! Si el dinero es la felicidad, nunca había tenido tanta como enlos últimos años que pasó entre mantas e indianas, sedas y percalinas,arrullada a todas horas por el estrépito del Mercado y viendo por lasmañanas, al levantarse, el pardalót de San Juan.

Y obsesionada por estos recuerdos, doña Manuela permanecía inmóvil en laesquina, como asustada por el gentío, sin fijarse en las miradas pocorespetuosas que alguno que otro transeúnte le dirigía.

Estaba próxima a los cincuenta años, según confesión que varias veceshizo a sus hijas; pero era tan arrogante y bien plantada, unía a suelevada estatura tal opulencia de formas, que todavía causaba ciertailusión, especialmente a los adolescentes, que con la extravagancia deldeseo hambriento sienten ante los desbordamientos e hinchazones de lahermosura en decadencia la admiración que niegan a la frescura esbelta yjuvenil.

La mitad de los polvos y menjurjes que sus niñas tenían en el tocadorlos consumía la mamá, que en la madurez de su vida comenzó a saber comose agrandan los ojos por medio de las rayas negras, cómo se da color alas mejillas cuando éstas adquieren un fúnebre tinte de membrillo, ycómo se combate el vello traidor que alevosamente asoma en el labio y enla barba cual película de melocotón, convirtiéndose después enespantosas cerdas. Acicalábase como una niña, guardando con su cuerpoatenciones que no había tenido en su juventud. ¿Para quién se arreglaba?Ni ella misma lo sabía. Era puro deseo de retardar en apariencia lallegada de la vejez; precauciones, según propia afirmación, para noparecer la abuela de sus hijas y para sentir una indefiniblesatisfacción cuando en la calle echaban una flor descarriada a su garbode buena moza.

En cambio, su criada era poco sensible a la galantería callejera.Acogíala con un gesto de rústico desprecio, un fruncimiento de labiosdesdeñoso: algo que mostrase la indignación de una castidad hasta larudeza, la insolencia de una virtud salvaje.

Doña Manuela pareció decidida por fin a lanzarse en el viviente oleajede la plaza.

—Vamos, Visanteta, no perdamos tiempo.... Tú, Nelet, marcha delante yabre paso.

Y el cazurro Nelet, siempre con aire de fastidio, comenzó a andarhendiendo la muchedumbre al través, contestando dignamente con susbrazos de carretero a los codazos y empujones y cubriendo con sucorpachón a la señora y la criada.

La multitud, chocando cestas y capazos, arremolinábase en el arroyocentral; dábanse tremendos encontrones los compradores; algunos, almirar atrás, tropezaban rudamente con los mástiles de los toldos, y másde una vez, los que con el cesto de la compra a los pies regateabantenazmente eran sorprendidos por el embate brutal y arrollador delagitado mar de cabezas. Algunos carros cargados de hortalizas avanzabanlentamente rompiendo la corriente humana, y al sonar el pito del tranvíaque pasaba por el centro de la plaza, la gente apartábase lentamente,abriendo paso al jamelgo que tiraba del charolado coche, atestado depasajeros hasta las plataformas. Sobre el zumbido confuso y monótono queproducían los miles de conversaciones sostenidas a la vez en toda laplaza, destacábanse los gritos de los vendedores sin puesto fijo, agudosy rechinantes unos, como chillido de pájaro pedigüeño, graves y foscosotros, como si ofreciesen la mercancía con mal humor.

En medio de este continuo pregonar, entre la descarga de ofertas a gritopelado, destacábanse algunas voces melancólicas y tímidas ofreciendo«¡medias y calcetines!». Eran los sencillos aragoneses, golondrinas deinvierno que, al caer las primeras nieves que dejan el campo muerto y elhogar sin pan, levantan el vuelo con su cargamento de lana, y desde elfondo de la provincia de Teruel llegan, a Valencia, ofreciendo lo que lafamilia fabrica durante el año. Eran los seres pacienzudos, honradotesy laboriosos a quienes la insolencia valenciana designa con el apodo de churros, título entre compasivo e infamante. Robustos, cargados deespalda, con la cabeza inclinada como signo de perpetua esclavitud ymiseria, vélaseles pasar lentamente con su traje de paño burdo, estrechopañizuelo arrollado a las sienes, y entre éste y el abierto cuello de lacamisa el rostro rojizo, agrietado y lustroso, con espesas cejas yojillos de inocente malicia. Colgando de los brazos o en el fondo de dosbolsones de lienzo, llevaban las medias de lana burda y asfixiante, loscalcetines ásperos que un puñal no podría atravesar. Es el capital de sufamilia; lo que la mujer y las hijas han hecho unas veces al sol,guardando las ovejas, y otras de noche, junto a los sarmientos humeantesde la cocina. En la venta del burdo género están las patatas y el panpara todo el año; y soñando con la inmensa felicidad de volver a casacon una docena de duros, zapatos para las hijas y un refajo para lamujer, pasean tristes y resignados por entre el gentío, lanzando a cadaminuto su grito melancólico como una queja: «¡Medias y calcetines...!¡el mediero!»

Doña Manuela iba mal por el arroyo. Causábanle náuseas los carrosrepletos del estiércol recogido en los puntos de venta: hortalizaspisoteadas, frutas podridas, todo el fermento de un mercado en el quesiempre hay sol.

—Vamos a la acera—dijo a sus criados—. Compraremos primero lasverduras.

Y subieron a la acera de la Lonja, pasando por entre los grupos de gentemenuda que, con un dedo en la boca o hurgándose las narices, contemplabarespetuosamente los pastorcillos de Belén y los Reyes Magos hechos debarro y colorines, estrellas de latón con rabo, pesebres con el NiñoJesús, todo lo necesario, en fin, para arreglar un Nacimiento.

Doña Manuela marchaba por el estrecho callejón que formaban lashuertanas, sentadas en silletas de esparto, teniendo en el regazo lamugrienta balanza, y sobre los cestos, colocados boca abajo, lasfrescas verduras. Allí, los obscuros manojos de espinacas; las grandescoles, como rosas de blanca y rizada blonda encerradas en estuches dehojas; la escarola con tonos de marfil; los humildes nabos de color detierra, erizados todavía de sutiles raíces semejantes a canas; losapios, cabelleras vegetales, guardando en sus frescas bucles el vientode los campos, y los rábanos, encendidos, destacándose como gotas desangre sobre el mullido lecho de hortalizas. Más allá, filas de sacosmostrando por sus abiertas bocas las patatas de Aragón, de barnizadapiel, y tras ellos los churros, cohibidos y humildes, esperando quienles compre la cosecha, arrancada a una tierra ingrata en fuerza dearañar todo un año sus entrañas sin jugo.

Doña Manuela comenzó sus compras, emprendiendo con las vendedoras unaserie de feroces regateos, más por costumbre que por economía. Nelet,levantando las tapas de la cesta, iba arreglando en el interior losmanojos de frescas hortalizas, mientras la señora no dejaba tranquilo unsolo instante su limosnero, pagando en piezas de plata y recibiendo conrepugnancia calderilla verdosa y mugrienta.

Ya estaba agotado el artículo de verduras; ahora a otra cosa. Yatravesando el arroyo, pasaron a la acera de enfrente, a la delPrincipal, donde estaban los vendedores del casquijo, ¡Vaya un estrépitode mil diablos! Bien se conocía la proximidad de las escalerillas de SanJuan, con sus lóbregas cuevas, abrigo de los ruidosos hojalateros. Unmartilleo estridente, un incesante trac-trac del latón aporreado salíade cada una de las covachuelas, cuyas entradas lóbregas, empavesadas concandiles y farolillos, alcuzas y coberteras, todo nuevo, limpio ybrillante, recordaban las lorigas de aceradas escamas de los legionariosromanos.

Doña Manuela huyó de este estrépito, que la ponía nerviosa; pero antesde llegar al Principal hubo de detenerse entre sorprendida y medrosa. Enel arroyo, la gente se arremolinaba gritando; algunos reían y otroslanzaban exclamaciones indecentes, chasqueando la lengua como si setratara de una riña de perros. Asustada en el primer momento por lasondulaciones violentas de la muchedumbre que llegaban hasta ella, nosabía si huir u obedecer a su curiosidad, que la retenía inmóvil. ¿Quéera aquello...? ¿Se pegaban? La multitud abrió paso, y veloces, conciego impulso, como espoleadas por el terror, pasaron una docena demuchachas despeinadas, greñudas, en chancleta, con la sucia faldillacasi suelta y llevando en sus manos, extendidas instintivamente paraabatir obstáculos, un par de medias de algodón, tres limones, unosmanojos de perejil, peines de cuerno, los artículos, en fin, que puedencomprarse con pocos céntimos en cualquier encrucijada. Aquel rebañosucio, miserable y asustado, con la palidez del hambre en las carnes yla locura del terror en los ojos, era la piratería del Mercado, losparias que estaban fuera de la ley, los que no podían pagar al Municipiola licencia para la venta, y al distinguir a lo lejos la levita azul yla gorra dorada del alguacil, avisábanse con gritos instintivos, comolos rebaños al presentir el peligro, y emprendían furiosa carrera,empujando a los transeúntes, deslizándose entre sus piernas, cayendopara levantarse inmediatamente, abriendo agujeros en la masa humana queobstruía la plaza. La gente reía ante esta desbandada al galope,celebrando la persecución del alguacil. Nadie comprendía lo que era paraaquellas infelices la pérdida de su mísera mercancía, la desesperadavuelta al tugurio paterno, donde aguardaba la madre dispuesta aincautarse del par de reales de ganancia o a administrar una paliza.

Doña Manuela también rió un poco, siguiendo con la vista la ruidosapersecución que se alejaba, y entró después en el mercado de casquijo,buscando las golosinas silvestres que la gente rumia con fruición enNavidad, olvidándolas durante el resto del año. Los puestos de ventallegaban hasta las mismas puertas del Principal; los compradorescodeábanse con el centinela, y los dos oficiales de la guardia, con lasmanos metidas en el capote y las piernas golpeadas por el inquietosable, paseaban por entre el gentío buscando caras bonitas.

Andábase con dificultad, temiendo meter el pie en las esteras de espartoredondas y de altos bordes, en las cuales amontonábanse, formandopirámide, las lustrosas castañas de color de chocolate y las avellanas,que exhalaban el acre perfume de los bosques. Las nueces lanzaban en sussacos un alegre cloc-cloc cada vez que la mano del comprador las removíapara apreciar su calidad; y un poco más adentro, como un tesoro difícilde guardar, estaba en pequeños sacos la aristocracia del casquijo, lasbellotas dulzonas, atrayendo las miradas de los golosos.

Acababa de hacer su compra doña Manuela, cuando hubo de volver la cabezasintiendo en la espalda una amistosa palmada.

Era un señor entrado en años, con un sombrero de cuadrada copa, de formatan rara, que debía pertenecer a una moda remota, si es que tal modahabía existido. Iba embozado en una capa vieja, por bajo de la cualasomaba una esportilla de compras, y por encima del embozo de raídoterciopelo mostrábase su rostro lleno y colorado, en el que los detallesmás salientes, aparte de las arrugas, eran un bigote de cepillo y unascejas canosas, tan oblicuas, que hacían recordar los chinos de losabanicos.

—¡Juan!—exclamó doña Manuela.

Visanteta dio con un codo al cochero y le habló al oído. Era don Juan,el hermano de la señora, aquel de quien todos hablaban mal en casa,aunque con cierto respeto, llamándole por antonomasia «el tío».

Los ojillos de don Juan, inquietos e investigadores, revolvíanse en susprofundas cuencas rodeadas de grietas. Mientras su mirada se perdía enel fondo del capazo que Nelet tenía abierto a sus pies, decía con larisita burlona que a doña Manuela, según confesión propia, le«requemaba la sangre»:

—De compras, ¿eh...? Yo también voy danzando por el Mercado hace más deuna hora.

¡Válgame Dios, cómo está todo! Comprendo que los pobres nopuedan comer.... Chica, si empiezas así vas a llevar a casa medioMercado.... Eso son bellotas, ¿verdad? Comida de ricos; quien puedegasta. Eso sólo lo compra la gente de dinero.

—¿Que tú no compras?—dijo doña Manuela sonriendo, a pesar de que noocultaba el efecto que le producían las palabras de su hermano.

—¿Quién...? ¿yo...? ¡Bueno va! A mí nadie me estafa.

Y al decir esto miró al vendedor con tanta indignación como si fuese unenemigo del sosiego público; pero el palurdo, inmóvil y con las manosmetidas en la faja, no se dignó reparar en la ferocidad agresiva delavaro.

—Además—continuó don Juan—, ¿para qué quiero yo eso? Los que notenemos dientes hemos de abstenernos de muchas cosas; muchas gracias siuno puede comer sopas de ajos y tiene con qué pagarlas.... Algo hecomprado: unas pocas castañas y nueces; pero no para mí, son paraVicenta, que aunque ya es vieja tiene una dentadura envidiable. Poquitacosa. Ya ves tú...

para mí y la criada poco necesitarnos. Además, todova por las nubes, y dinero hay poco.... ¡Je, je...!

Y el viejo reía como si gozase interiormente de repetir a su hermana entodos los tonos que era muy pobre.

—Vamos, cállate—dijo doña Manuela con voz temblorosa, sin ocultar yasu irritación—. Me disgusto cada vez que te oigo hablar de pobreza;sólo falta que me pidas una limosna.

—Mujer, no te irrites.... No quiero hacer creer que necesito limosnas;soy pobre, pero aún tengo para no morirme de hambre, y sobre todo, conorden y economía, sin querer aparentar más de lo que realmente se tiene,lo pasa cualquiera tan ricamente.

Y estas palabras las subrayó el viejo con el acento y la mirada burlonaque fijaba en su hermana.

—Juan, toda la vida serás un miserable. ¿De qué te sirve guardar tantodinero...? ¿Vas a llevarlo al otro mundo?

—¿Yo...? Pienso retardar todo lo posible ese viaje, y tiempo me quedapara malgastar antes los cuatro cuartos que guardo.... No quiero quenadie se ría de mí después de muerto.

Doña Manuela púsose seria, más que por lo que decía su hermano, por loque adivinaba en su mirada. Tal vez por esto don Juan cambió deconversación.

—Di, Manuela, ¿y Juanito?

—En la tienda. Si tengo tiempo entraré a verle.

—Dile que venga mañana. Aunque sea un grandullón, no quiero privarmedel gusto de darle el aguinaldo como cuando era un chicuelo.

El viejo, al decir esto, ya no mostraba la sonrisa irónica y parecíahablar con sinceridad.

—También irán a verte las niñas y Rafael.

—Que vengan—contestó don Juan, en quien reapareció la mortificantesonrisa—. Les daré una peseta de aguinaldos; lo único que se puedepermitir un tío pobre.

—¡Calla, avaro...! Me avergüenzas. Eres capaz de morirte de hambre porno gastar un céntimo.... ¿Por qué no vienes a comer con nosotros mañana?

El tono festivo y cariñoso con que ella dijo estas palabras alarmó más adon Juan que la seriedad irritada de momentos antes.

—¿Quién...? ¿yo...? Tengo hechos mis preparativos; no quiero ofender ami vieja Vicenta, que se propone lucirse como cocinera. Mira, también yogasto, aunque soy un pobre.

Y al decir esto, señalaba a un pillete mandadero, inmóvil a cortadistancia, con un capón gordo y lustroso en los brazos.

Doña Manuela avanzó el labio superior en señal de desprecio.

—¡Valiente compra! ¿Y eso es para todas las Pascuas? No tearruinarás... ni llenarás mucho el estómago.

—No todos son tan ricos como tú, marquesa, ni pueden ir a la compra conun par de criados.

Únicamente los que tienen millones pueden serrumbosos.

Y tras estas palabras, que debían encerrar mortificante intención, donJuan se despidió, como si deseara que su hermana quedase furiosa contraél.

—Adiós, Manuela; que compres mucho y bien.

—Adiós, avaro....

Y los dos hermanos se separaron sonriendo, como si cambiaran frasescariñosas y en su interior rebosase el afecto.

La señora siguió adelante, pasando por entre los puestos de la miel,donde aleteaban las avispas, apelotonándose sobre el barniz de laspequeñas tinajas.

Doña Manuela iba siguiendo los callejones tortuosos formados por lasmesas cercanas al mercadillo de las flores. Allí estaba toda laaristocracia del Mercado, la sangre azul de la reventa, las mozas guapasy las matronas de tez tostada y espléndidas carnes, con su aderezo deperlas y pañuelo de seda de vivos colores. Doña Manuela continuabahaciendo sus compras, deteniéndose ante los productos raros y extrañospara la estación que puede ofrecer una huerta fecunda, cuyas entrañasjamás descansan y que el clima convierte en invernadero. En lechos dehojas estaban alineados y colocados con cierto arte los pimientos ytomates, con sus rubicundeces falsas de productos casi artificiales; losguisantes en sus verdes fundas; todo apetitoso y exótico, pero tan caro,que al oír sus precios retrocedían con asombro los buenos burgueses quepor espíritu de economía iban al Mercado con la espuerta bajo la raídacapa.

Los dos criados encontraban cada vez más pesadas sus cestas, y seguíancon dificultad a la señora al través del gentío compacto e inquieto quese agitaba a la entrada del Mercado Nuevo, cuyos pórticos, en plenatarde de sol, tenían la lobreguez y humedad de una boca de cueva.

Allí era donde resultaba más insufrible el monótono zumbido del Mercado.El techo bajo de los pórticos repercutía y agrandaba las voces de loscompradores. Un hedor repugnante de carne cruda impregnaba el ambiente,y sobre la línea de mostradores ostentábanse los rojos costillarespendientes de garfios, las piernas de toro con sus encarnados músculosasomando entre la amarillenta grasa con una armonía de tonos querecordaba la bandera nacional, y los cabritos desollados, con las orejastiesas, los ojos llorosos y el vientre abierto, como si acabase de pasarun Herodes exterminando la inocencia.

Mientras tanto, las cestas de Nelet y Visanteta se llenaban hasta losbordes, y en el rostro de los dos criados iba marcándose el gesto de malhumor. ¡Vaya una compra! El bolso de doña Manuela parecía un cántaro sinfondo que iba regando de pesetas todo el Mercado.

Abandonaron las carnicerías para entrar en el mercado de la fruta, entrelos dos pórticos. La gente arremolinábase en las entradas, y allí fuedonde doña Manuela se dio cuenta por primera vez de la molestapersecución que sufría. Había sentido varias veces una tímida manodeslizándose más abajo de su talle; pero ahora era más: era un pellizcodesvergonzado lo que venía a atormentarla audazmente en sus redondecesde buena moza.

Volvió rápidamente la cabeza... y ¡mire usted que estaba bien...! ¡Unseñor venerable, con cara de santito, entretenerse en tales porquerías!Doña Manuela lanzó una mirada tan severa al vejete de rostro bondadoso,que el sátiro retrocedió, levantando el embozo de la capa con susaudaces manos.

Siguió adelante la ofendida señora, pero a los pocos pasos la detuvo elescándalo que estalló a su espalda. Sonó una bofetada y la voz deVisanteta gritando a todo pulmón: «¡ Tío morra!», repitiendo la fraseun sinnúmero de veces con la furia de una virtud salvaje que quiereenterar a todo el mundo de su ruda castidad. La gente parábase entreasombrada y curiosa, el cochero reía abriendo sus quijadas de a palmo, yel vejete, cabizbajo, como si todo aquello no rezase con él, escurríasediscretamente entre el gentío. Era que la amazona de la huerta, alsentir el primer pellizco del viejo pirata, había contestado con unabofetada, contenta en el fondo de que alguien pusiera a prueba suvirtud.

La señora la hizo callar, muy contrariada por el escándalo, y siguieronla marcha, mientras Nelet, alegre por este incidente que rompía lomonótono de las compras, preguntaba como un testarudo a la muchacha enqué sitio la habían pellizcado, y sentía un escalofrío de gusto cada vezque ella, ruborizándose, le llamaba «animal» y «descarado ».

La peregrinación prosiguió a lo largo de unas mesas en las cuales, bajotoldos de madera, estaban apiladas las frutas del tiempo: las manzanasamarillas con la transparencia lustrosa de la cera; las perascenicientas y rugosas atadas en racimos y colgantes de los clavos; lasnaranjas doradas formando pirámides sobre un trozo de arpillera, y losmelones mustios por una larga conservación, estrangulados por el cordelque los sostenía días antes de los costillares de la barraca, con lacorteza blanducha, pero guardando en su interior la frescura de la nievey la empalagosa dulzura de la miel. A un extremo del mercadillo, cercadel Repeso, los panaderos con sus mesas atestadas de libretas blancas ymorenas, prolongadas unas, como barcos, y redondas y con festones otras,como bonetes de paje; y un poco más allá, los «tíos» de Elche mostrandosus enormes sombreros tras la celosía formada por los racimos de dátilesde un amarillo rabioso.

Cuando la señora y sus criados volvieron a la gran plaza, detuviéronseen la entrada del mercadillo de las flores. Un intenso perfume deheliotropo y violeta salía de allí, perdiéndose en la pesada atmósferade la plaza.

Doña Manuela estaba inmóvil, repasando mentalmente sus compras parasaber lo que faltaba.

La muchedumbre se agitó con nervioso oleaje,despidiendo gritos y carcajadas. Ahora, las chicuelas que vendían sinlicencia corrían perseguidas hacia la calle de San Fernando, y otra vezel rebaño de la miseria, greñudo, sucio, con las ropas caídas, pasóazorado y veloz con triste chancleteo, arrollándolo todo, mostrando lapalidez del hambre a la muchedumbre glotona y feliz.

Doña Manuela dio sus órdenes. Podían regresar los dos a casa y volverNelet con la espuerta vacía. Quedaba por comprar el pavo, los turrones yotras cosas que tenía en memoria. Ella aguardaría en la «tienda».

Y esta palabra bastó para que la entendieran, pues en casa de doñaManuela, la «tienda» era por antonomasia el establecimiento de Las TresRosas, y fuera de ella no se reconocía otra tienda en Valencia.

Colocada entre la calle de San Fernando y la de las Mantas, en el puntomás concurrido del Mercado, participaba del carácter de estas dos víascomerciales de la ciudad. Era rústica y urbana a un tiempo; ofrecía alos huertanos un variado surtido de mantas, fajas y pañuelos de seda, ya las gentes de la ciudad las indianas más baratas, las muselinas másvistosas. Ante su mostrador desfilaban la bizarra labradora y la modestaseñorita, atraída por la abundancia de géneros de aquel comercio a lapata la llana que odiaba los reclamos, ostentando satisfecho su títulode Casa fundada en 1832, y cifraba su orgullo en afirmar que todos losgéneros eran del país, sin mezcla de tejidos ingleses o franceses.

Doña Manuela detúvose al llegar frente a la tienda y abarcó su exteriorcon una ojeada. Del primer piso, y cubriendo el rótulo ajado de la casa, Antonio Cuadros, sucesor de García y Peña, colgaban largas cortinasformadas de mantas que parecían mosaicos, orladas con complicadosborlajes y apretadas filas de madroños; fajas obscuras, matizadas atrechos con gorros rojos y azules prendidos con alfileres; pañuelos deseda con piezas de docena, ondulados como nacarado oleaje, y percalesestampados, mostrando pájaros fantásticos y ramajes quiméricos conrabiosos colorines que conmovían placenteramente a las bellezas de lahuerta.

En el escaparate central estaba la muestra de la casa, lo que habíahecho famoso al establecimiento: un maniquí vestido de labradora, contres rosas en la mano, que al través del vidrio, mirando a lostranseúntes con ojos cristalinos, les enviaba la sonrisa de su rostro decera, punteado por las huellas de cien generaciones de moscas.

Doña Manuela entró en la tienda. El mismo aspecto de otros tiempos,aunque con cierto aire de restaurada frescura. La anaquelería, de maderavieja, atestada de cajas; sobre el mostrador telas y más telasextendidas sin compasión hasta barrer el suelo; dependientes con el peloaceitoso y las brillantes tijeras asomando por la abertura del bolsillo,y mujeres discutiendo con ellos, como si estuvieran en el centro delMercado, abrumándolos con irritantes exigencias.

—Voy al momento, Manuela. Siéntese usted.

El que así hablaba era un hombre fornido, de áspero bigote, estrechafrente, pelo hirsuto y fuerte, rebelde a peines y cepillos, con laspuntas hacia adelante, y quijada brutal, que se disimulaba un tanto bajouna sonrisa bondadosa. Estaba ocupado en vender un tapabocas a dosmujeres que llevaban de las manos a un chiquillo barrigudo, y era deadmirar la paciencia con que aquel hombre, siempre sonriendo, sufría alas feroces compradoras, que por seis reales regateaban durante ¿mediahora.

Doña Manuela atendía con interés las palabras de los compradores y novolvió la cabeza para ver quién abría la puertecilla de la garita—a laque pomposamente llamaban despacho—y saltaba velozmente el mostrador.

—Siéntese usted, mamá.

Era Juanito quien la hablaba, su hijo mayor, un muchacho nacido en lamisma tienda, que seguía agarrado a ella «sin servir para nada», comodecía su madre, y sin querer ser otra cosa que comerciante.

Estaba próximo a los treinta años. Era alto, enjuto, desgarbadote y algocargado de espaldas; la barba espesa y crespa se le comía gran parte delrostro, dándole un aspecto terrorífico de bandido de melodrama; pero noera más que un antifaz, pues examinándolo bien, bajo la máscara de peloveíase la cara sonrosada e inocente de un ruño, la mirada tímida y lasonrisa bondadosa de esos seres detenidos en la mitad de su crecimientomoral, que aunque mueran viejos son débiles y blandos, faltos devoluntad, incapaces de vivir sin el calor que presta el cariño.

—¡Ah! ¿Eres tú, Juanito...?—dijo doña Manuela—. ¿Qué hacías?

—Lo de siempre. Estaba trabajando en los libros de la casa, ordenandoel trabajo para el próximo inventario de fin de año.

Y Juanito, que hablaba con cierto entusiasmo de sus tareas, y en menosde veinte palabras mezcló varias veces el debe y el haber, vioseinterrumpido por su principal, don Antonio Cuadros, que tras media horade regateo acababa de vender el tapabocas para el chicuelo panzudo.

—Pero siéntese usted, Manuela... a menos que quiera usted molestarsesubiendo al entresuelo.

Teresa se alegrará de verla.

—No, Antonio; otro día vendré con menos prisa: he entrado para esperara Nelet y continuar las compras.

—Pues entonces bajará ella.... ¡Muchacho, avisa a la señora que estáaquí doña Manuela! Un aprendiz lanzóse a la carrera por una puertecillaobscura que se abría en la anaquelería: una de esas gargantas de loboque dan entrada a pasillos y escaleras estrechas, infectas comointestinos, que sólo se encuentran en las casas donde las necesidadesdel comercio y la aglomeración de mercancías disputan a las personas elterreno palmo a palmo.

Sentáronse los tres en sillas de lustrosa madera, y doña Manuela, porcostumbre, habló de los negocios y de lo malos que estaban los tiempos;eterno tema alrededor del cual giran todas las conversaciones de unatienda. Don Antonio sacaba a luz todo un arsenal de afirmaciones que, afuerza de repetidas, habían pasado a ser lugares comunes. Mal iba todo,y la culpa la tenía el gobierno, un puñado de ladrones que no sepreocupaban de la suerte del país. En otros tiempos se vendía bien elvino, tenían dinero los del arroz, y el comercio daba gusto.... ¡Santocielo! ¡Pensar el paño negro y fino que él había vendido a la gente dela Ribera, las mantas que despachaba, los mantones y pañuelos que sehabían empaquetado sobre aquel mostrador...! ¡Y todos pagaban en oro...!Pero ahora, ¡las cosechas no tenían salida, no había dinero, el comercioiba de mal en peor y las quiebras eran frecuentes! Él aún iba tirando;pero sí la «cosa» continuaba de tal modo, acabaría por cerrar la tienday morir en el Hospital.

—¡Qué tiempos aquéllos, ¿eh, Manuela? cuando vivía el padre deéste—señalando a Juan—y yo era sólo primer dependiente! Entonces,aunque me esté mal el decirlo, todos los años, al hacer el inventario,quedaban dos o tres mil duritos para guardar. ¡Oh! Aunque me esté mal eldecirlo...

usted pilló los buenos tiempos.... ¿No es eso, Manuela?

Pero Manuela se limitaba a callar y a sonreír. Todo aquello, aunque adon Antonio «le estaba mal el decirlo», lo había dicho y repetidocuantas veces hablaba con la viuda de su antiguo principal. Y en cuantoa su muletilla «aunque le estaba mal el decirlo», gozaba el privilegiode poner nerviosa a doña Manuela, que tenía por tonto rematado a suantiguo dependiente.

Abrióse una portezuela del mostrador y entró en la tienda la esposa dedon Antonio, una mujer voluminosa, con la obesidad blanducha y el cutislustroso que produce una vida de encierro e inercia y que le ciabancierto aire monjil. La bondad extremada hasta la estupidez retratábaseen su eterna sonrisa y en la mirada de sus ojos claruchos. Lo máscaracterístico en su persona eran los relucientes rizos aplastados porla bandolina, que cubrían su ancha frente como una cortinillafestoneada, y la costumbre de cruzar las manos sobre el vientre,luciendo en los dedos un surtidor de sortijas falsas.

Hubo besos y abrazos sonoros, pero notábase en las dos mujeres ciertadesigualdad en el trato, como si entre ambas se interpusiera la ley decastas. La esposa del comerciante era sólo Teresa, mientras que éstallamaba siempre doña Manuela a la madre de Juanito, y en sus palabrasnotábase un acento lejano de humilde subordinación. Los años y elfrecuente trato no habían podido borrar el recuerdo de la época en queTeresa era criada en aquella tienda y el escándalo de los señores alverla casada con el dependiente principal. Además, Teresa no habíaascendido un solo peldaño en la escala de la vanidad; en presencia dedoña Manuela revelábase siempre la antigua criada, y aceptaba como unaconfianza inaudita que la señora la tratase con las mismasconsideraciones que a un igual.

—Sí, doña Manuela; Antonio y yo hace tiempo que pensarnos visitarla austed y a las niñas;

¡pero estamos siempre tan ocupados...! ¡Vaya,vaya...! ¡Qué sorpresa...! ¡Cuánto me alegro de verla!

Y con esto se agotó el repertorio de frases de la buena mujer, que sesentía cohibida en presencia de la señora, hablando poco por temor adecir disparates y atraerse el enojo del esposo, a quien admiraba comomodelo de finura y bien decir.

—Y ¿cómo van las compras?—apuntó don Antonio al notar el mutismo de sucompañera—.

Ésta ha salido por la mañana a hacer la provisión dePascuas y ha encontrado los precios por las nubes.

—¡Calle usted, Antonio! Diez duros me he dejado en esa plaza, y aún mefalta lo más importante. A propósito: cambíenme ustedes este billete decincuenta pesetas.

Y Juanito, que hasta entonces había permanecido silencioso, contemplandoa su madre con la misma expresión de arrobamiento que si fuese unamante, se apresuró a cumplir su deseo, y casi la arrebató el ajadobillete que había sacado del limosnero, corriendo después al mostrador.

—¡Cómo la quiere a usted ese chico, Manuela!—dijo el comerciante.

—No puedo quejarme de los hijos. Juanito es muy bueno.... Pero ¿yRafael? Cada vez estoy más orgullosa de él.... ¡Qué guapo!

—Es el vivo retrato de su padre, el segundo marido de usted.

Estas palabras de Teresa debieron halagar mucho a la señora, puescorrespondió a ellas con una sonrisa.

—Pero oiga usted, Manuela: tengo entendido que Rafael le da muchosdisgustos.

—Algo hay de eso; pero... ¿qué quiere usted, Antonio? Cosas de la edad.A la juventud hay que dejarla divertirse. Por eso es tan elegante ytiene buenas relaciones.

—Pero no estudia ni hace nada de provecho—dijo el comerciante, con lainflexibilidad de un hombre dedicado al trabajo.

—Ya estudiará; talento le sobra para ser sabio. Su padre fue un troneray vea usted adonde llegó.

Y doña Manuela dijo esto con el mismo énfasis que si fuese la viuda deun hombre eminentísimo.

Juan había vuelto con el cambio del billete en monedas de plata, y supresencia hizo variar la conversación. Doña Manuela habló de la cena queaquella noche daba en su casa. Las niñas, Rafael y Juanito, unos amigosde aquél... en fin, un buen golpe de gente joven y alegre, que bailaría,cantaría y sabría divertirse sin faltar a la decencia, hasta llegar lahora de la misa del Gallo. También esperaba que fuese Andresito, el hijode don Antonio, un muchacho paliducho y mimado, vástago único, quecursaba el segundo año de Derecho, hacía versos, y en compañía deJuanito iba muchas veces a casa de doña Manuela, con fines no tanocultos que ésta no torciese el gesto manifestando disgusto.

Y después de haber nombrado al hijo de la casa, volvía a insistir sobrelos amigos de su Rafael, todos gente distinguida, chicos de grandesfamilias, que asistían a sus reuniones y organizaban fiestas con las quese pasaba alegremente el tiempo.

—Esta época, amigo Antonio, es muy diferente de la nuestra. Ahora, alos veinte años se sabe mucho más y se conoce la vida. Hay que dar a lajuventud lo que le pertenece, aunque rabien los rancios como mi hermanoo el bueno de don Eugenio. Y a propósito: ¿qué es de don Eugenio?

El hombre por quien preguntaba doña Manuela era el fundador de la tiendade Las Tres Rosas, don Eugenio García, el decano de los comerciantesdel Mercado, un viejo que arrastraba cuarenta años en cada pierna, comoél decía, y mostrábase orgulloso de no haber usado jamás sombrero,contentándose con la gorrilla de seda, que, según él, era el símbolo dela honradez, la economía y la seriedad del antiguo comercio, rutinario ycachazudo.

La tienda había pasado de sus manos a las del primer marido de doñaManuela, y de éste a su actual dueño; pero don Eugenio no había dejadode vivir un solo día en aquella casa, fuera de la cual no comprendía laexistencia.

Como un censo redimible sólo por la muerte, se habían impuesto losdueños de la tienda la obligación de mantener y dar albergue a donEugenio, el cual, siguiendo sus costumbres independientes de solterónáspero y malhumorado, entraba y salía sin decir una palabra; comía loque le daban; en los días que hacía buen tiempo paseaba por la Alamedacon un par de curas tan viejos como él, y cuando llovía o el viento erafuerte, no salía de la plaza del Mercado e iba de tienda en tienda consu gorra de seda, su capita azul y su bastón muleta, para echar unpárrafo con los veteranos del comercio reposado y a la antigua, cuyasexcelencias eran el tema obligado de la conversación. Don Antonio sonrióal hacer doña Manuela la pregunta.

—¿Don Eugenio...? No sé dónde estará, pero de seguro que no ha salidodel Mercado. En días como éste le gusta presenciar las compras, y pasahoras enteras embobado ante las vendedoras, aunque lo empujen y logolpeen. Sigue fiel a sus manías; nunca dice adonde va, y eso que,aunque me esté mal el decirlo, aquí se le traía con las mayoresconsideraciones.

Doña Manuela se levantó al ver en una de las puertas a Nelet, que volvíade casa con la espuerta vacía.

—Buenas tardes. Aún tengo que hacer muchas compras. Adiós, Antonio; unbeso, Teresa; y no olviden ustedes que esperamos a Andresito esta noche.Adiós, Juan.

La esposa de Cuadros recibió con satisfacción infantil los dos sonorosbesos de doña Manuela, y ella, lo mismo que Juanito, siguieron conamorosa mirada a la gallarda señora en su marcha entre el gentío delMercado.

Otra vez las compras; pero ahora fuera de la plaza, en la calle delTrench. Allí estaban las gallineras en sus mesas empavesadas de avesmuertas colgando del pico, con la cresta desmayada, y cayéndoles comofaldones de dorada casaca las rubias mantecas. Las salchicheríasexhalaban por sus puertas acre olor de especias, con cortinajes de secalonganiza en los escaparates y filas de jamones tapizando las paredes;las tocinerías tenían el frontis adornado con pabellones de morcilla yla blanca manteca en palanganas de loza, formando puntiagudas pirámidesde sorbetes, y los despachos de los atuneros exhibían los aplastadosbacalaos que rezuman sal; las tortugas, que colgantes de un garfiopatalean furiosas en el espacio, estirando fuera de la concha su cabezade serpiente; las pintarrajeadas magras del atún fresco, y las ristrasde colmillos de pez, amarillentos y puntiagudos, que las madres compranpara la dentición de los niños.

Doña Manuela estaba poseída de una embriaguez de compras, e iba de unpunto a otro sin cansarse de derramar la plata ni de Henar la espuertade Nelet, a cuyo fondo iban a parar el fresco solomillo, las ricasmorcillas para la pantagruélica olla de Navidad, los legítimos garbanzosdel Saúco comprados al choricero extremeño, y otros mil artículos paracuya adquisición era necesario sufrir los empellones y groserías de unamuchedumbre famélica que parecía prepararse para las carestías de unlargo sitio.

Todavía faltaba lo más importante: el pavo, protagonista de lagastronómica fiesta; y la señora y su cochero, empujados rudamente porla corriente humana, atravesaron una profunda portada semejante a untúnel, viéndose en el Clòt, en la plaza Redonda, que parecía un circocon su doble fila de balcones.

Sobre el rumor del gentío, que encerrado y oprimido en tan estrechoespacio tenía bramidos de amor tempestuoso, destacábase el agudochillido de la aterrada gallina, el arrullo del palomo, el trompeteoinsolente del gallo, matón de roja montera, agresivo y jactancioso, y elmonótono y discordante quejido del triste pato, que, vulgar hasta en sumuerte, sólo conseguía atraerse la atención de los compradores pobres.

Sobre el suelo, con las patas atadas, recordando tal vez en aquellaatmósfera de sofocación y estruendo las tranquilas llanuras de la Manchao las polvorientas carreteras por donde vinieron siguiendo la caña delconductor, estaban los pavos, con sus pardas túnicas y rojas caperuzas,graves, melancólicos, reflexivos, formando coro como conclave de sesudoscardenales y moviendo filosóficamente su moco inflamado, para lanzarsiempre el mismo cloc-cloc-cloc prolongado hasta lo infinito.

Doña Manuela buscó lo más raro y costoso del Mercado: tres pares deperdices, que bailoteaban con descoco dentro de una jaula, mostrando suspolonesas encarnadas. Visanteta las arreglaría para la cena de la noche.Después compró el pavo, un animal enorme que Nelet cogió con cariño casifraternal, después de tentarle varias veces los muslos con unaadmiración que estallaba en brutales carcajadas.

¡Fuera de allí! La señora deseaba salir del Clòt, donde la gente secodeaba con la mayor grosería y por dos veces había estado su velopróximo a rasgarse. Ella y Nelet, que marchaban con cuidado para libraral pavo de tropezones, entraron otra vez en el Trench, buscando lospostres, la tiendecilla del turronero establecido en un portal.

Allí estaba el de Jijona, con sombrerón de terciopelo, traje de pañonegro y el ancho cuello de la camisa sujeto por un broche de plata. Allado la mujer, con su rostro redondo y sonrosado de manzana y el peloestirado cruelmente hacia la nuca, cayendo en gruesa trenza por laespalda sobre la pañoleta de vistosos colores. La mesa blanca, deinmaculada pureza, sustentaba, formando columna, las cajitas de ásperapelícula conteniendo el harinoso turrón, los cajones de peladillas y lasuvas puntiagudas, hábilmente conservadas, lustrosas y transparentes,como de cera, y con un delicado color de ámbar.

Cuando doña Manuela volvió a entrar en el mercado comenzaba a anochecery la concurrencia aumentaba por momentos. Todas las bocacalles vomitabangentío dentro de la plaza, en la que el crepúsculo sembraba a miles lospuntos luminosos. Brillaba el gas en las tiendas; las vendedorasimportantes encendían sus grandes reverberos de latón, y las pobreshuertanas contentábanse con una vela de sebo resguardada por uncucurucho de papel.

—¡Qué bonito...! ¡Mira, Nelet! Y la señora permaneció algunos instantescontemplando el aspecto fantástico de la plaza con tan originaliluminación. Una lluvia de estrellas había caído sobre el Mercado. Losempujones de la multitud la volvieron a la realidad.

Fue a salir de la plaza, cuando otra vez la detuvo el escuadrónperseguido de chicuelas vendedoras.

Ahora no corrían. Marchaban al paso, tímidas, anonadadas, haciendocomentarios en voz baja, siguiendo de lejos a una compañera infeliz que,retorciéndose y gritando como una fierecilla en el cepo, era arrastradapor un alguacil.

El mísero rebaño pasó ante doña Manuela con triste chancleteo, y laseñora no pudo reprimir un movimiento de repulsión ante aquellascabelleras greñudas y encrespadas que servían de marco a rostrosescuálidos y sucios, en los que la piel tomaba aspecto de corteza.

¡Gran Dios, qué gente! Y doña Manuela, viendo tales fachas, por unaextraña relación de pensamientos, sujetó su bolso con las dos manos,como si alguien fuese a robarla.

Después se tentó los bolsillos del gabán, y... ¡justo! ¡No eran falsassus sospechas! Le habían robado el pañuelo.

Indudablemente habría sido mucho antes, entre la agitación y losempujones del gentío; pero esto no impidió que la señora siguiese con lamirada iracunda el grupo sucio, maloliente y miserable que se alejaba,anonadado por el hambre y la pena, entre el oleaje de alimentos y degeneral alegría.

Doña Manuela avanzó sus labios en señal de desprecio.

¡Cómo estaba el mundo! No había religión, orden ni autoridad, y...¡claro! era imposible que una persona decente saliese a la calle sin quela pillería le diera que sentir.

II

En época pasada, aunque no remota, el Mercado de Valencia tenía unaleyenda, que corría como válida en todos sus establecimientos, dondejamás faltaban testigos dispuestos a dar fe de ella.

Al llegar el invierno, aparecía siempre en la plaza algún aragonés viejollevando a la zaga un muchacho, como bestezuela asustada. Le habíanarrancado a la monótona ocupación de cuidar las reses en el monte, y loconducían a Valencia para «hacer suerte», o más bien, por librar a lafamilia de una boca insaciable, nunca ahíta de patatas y pan duro.

El flaco macho que los había conducido quedaba en la posada de Las TresCoronas, esperando tomar la vuelta a las áridas montañas de Teruel; yel padre y el hijo, con los trajes de pana deslustrados en costuras yrodilleras y el pañuelo anudado a las sienes como una estrecha cinta,iban por las tiendas, de puerta en puerta, vergonzosos y encogidos, comosi pidiesen limosna, preguntando si necesitaban un criadico.

Cuando el muchacho encontraba acomodo, el padre se despedía de él con unpar de besos y cuatro lagrimones, y en seguida iba a por el macho paravolver a casa, prometiendo escribir pasados unos meses; pero si entodas las tiendas recibían una negativa y era desechada la oferta del criadico, entonces se realizaba la leyenda inhumana, de cuya veracidaddudaban muchos.

Vagaban padre e hijo, aturdidos por el ruido de la venta, estrujados porlos codazos de la muchedumbre, e insensiblemente, atraídos por unafuerza misteriosa, iban a detenerse en la escalinata de la Lonja, frentea la famosa fachada de los Santos Juanes. La original veleta, el famoso pardalòt, giraba majestuosamente.

—¡Mia, chiquio, qué pájaro...! ¡Cómo se menea...!—decía el padre.

Y cuando el cerril retoño estaba más encantado en la contemplación deuna maravilla nunca vista en el lugar, el autor de sus días se escurríaentre el gentío, y al volver el muchacho en sí, ya el padre salíamontado en el macho por la Puerta de Serranos, con la concienciasatisfecha de haber puesto al chico en el camino de la fortuna.

El muchacho berreaba y corría de un lado a otro llamando a su padre.«¡Otro a quien han engañado!», decían los dependientes desde susmostradores, adivinando lo ocurrido; y nunca faltaba un comerciantegeneroso que, por ser de la tierra y recordando los principios de sucarrera, tomase bajo su protección al abandonado y lo metiese en sucasa, aunque no le faltase criadico.

La miseria del hogar, la abundancia de hijos, y sobre todo la cándidacreencia de que en Valencia estaba la fortuna, justificaban en parte elcruel abandono de los hijos. Ir a Valencia era seguir el camino de lariqueza, y el nombre de la ciudad figuraba en todas las conversacionesde los pobres matrimonios aragoneses durante las noches de nieve, juntoa los humeantes leños, sonando en sus oídos como el de un paraíso dondelas onzas y los duros rodaban por las calles, bastando agacharse paracogerlos.

El que iba allá abajo, se hacía rico; si alguien lo dudaba, allí estabanpara atestiguarlo los principales comerciantes de Valencia, con grandesalmacenes, buques de vela y casas suntuosas, que habían pasado la niñezen los míseros lugarejos de la provincia de Teruel guardando reses ycomiéndose los codos de hambre. Los que habían emprendido el viaje paramorir en un hospital, vegetar toda la vida como dependientes de cortosueldo o sentar plaza en el ejército de Cuba, ésos no eran tenidos encuenta.

Al hacer la estadística de los abandonados ante la veleta de San Juan,don Eugenio García, fundador de la tienda de Las Tres Rosas, figurabaen primera línea.

Otros mostrábanse malhumorados y negaban rotundamente cuando se lessuponía tal origen; pero él lo ostentaba con cierta satisfacción, comoqueriendo hacer de ello un título de gloria.

—Nada debo a nadie—exclamaba al regañar a sus dependientes—. A mínadie me ha protegido. Los míos me dejaron como un perro en medio de esaplaza. Y sin embargo, soy lo que soy. ¡Hubiera querido veros como yo,para que supierais lo que es sufrir!

Y siempre que podía asegurar una docena de veces que nada debía a nadiey comparar su abandono con el de un perro, quedaba tranquilo ysatisfecho. Los principios de su carrera habían sido penosos. Aprendizsiempre hambriento, dependiente después en una época en que los mayoressueldos eran de cincuenta «pesos» anuales, a fuerza de economíasmiserables consiguió emanciparse, y con ayuda de sus antiguos amos, queveían en él un legítimo aragonés capaz de convertir las piedras endinero, fundó Las Tres Rosas, tiendecilla exigua que en diez años seagrandó hasta ser el establecimiento de ropas más popular de la plazadel Mercado.

Don Eugenio era, sin darse cuenta, el cronista de cuantas modificacionesy adelantos había experimentado aquella plaza, en la que nació a la vidadel comercio y debía desarrollarse toda su existencia. Vio cómo unarevolución echaba abajo los conventos de la Magdalena y la Merced; cómoun motín quemaba el Mercado Nuevo, que era de madera, y cómo lastiendas, agrandando cada vez más sus puertas, saneando sus interiores,atraían al público con grandes escaparates, y en materia de alumbradopasaban del aceite al petróleo y de éste al gas.

Al poco tiempo de fundar su establecimiento, cuando aún la primeraguerra carlista tenía en suspenso la suerte de la nación, don Eugenio seformó insensiblemente una tertulia junto a su mostrador, sobre el cual,como una antorcha simbólica de la rutina comercial, lucía un enormevelón de cuatro mecheros, fabricado con más de arroba y media de bronce.

Todas las tardes, al anochecer, reuníanse allí los amigos de donEugenio, la mitad de los cuales vestían sotana y pertenecían al clero deSan Juan. A pesar de esto, la tal reunión era casi un club, que enépocas como aquélla tenía su carácter peligroso. Don Eugenio pertenecíaa la Milicia Nacional, y aunque tomaba sus bélicas ocupaciones con tibioentusiasmo, no por esto dejaba de preocuparse del honor de la «tercerade Ligeros». Cuando era preciso se calaba el chacó, martirizaba el pechocon el asfixiante correaje, y servía a la nación y a la libertad, yendoa pasar la noche en el Principal, donde comía melones en verano, secalentaba al brasero en invierno, en la santa y pacífica compañía dealgunos otros comerciantes del Mercado, que, olvidándose de lamarcialidad de su uniforme, pasaban las horas de la guardia hablando delas fábricas de Alcoy o del precio del azúcar y de la seda; todo estosin perjuicio de faltar a la ordenanza, abandonando el puesto confrecuencia para dar un vistazo a sus casas.

En la tertulia de don Eugenio se hablaba de Martínez de la Rosa y de sumalogrado Estatuto; había quien audazmente elogiaba a Mendizábal y pedíael restablecimiento de la Constitución del 12; se gastaban bromitascontra los «serviles», sin faltar a la decencia; se comenzaba a decircon expresión respetuosa «don Baldomero» cada vez que se nombraba algeneral Espartero, y todos callaban para escuchar religiosamente a donLucas, el beneficiado de San Juan, un cura que el 23

había emigrado aLondres por liberal, y que pronunciaba conmovedores discursos hablandodel pobre Riego, a quien comparaba con Bravo, Padilla y Maldonado.

Era, en fin, la tertulia una reunión donde se desahogaba el liberalismoinocente de unos revolucionarios que, en costumbres y preocupaciones,imitaban a sus enemigos, y a pesar de haber sufrido de la dinastíareinante toda clase de desdenes y persecuciones, mostrábanla unafidelidad canina, y siempre era para ellos Fernando VII el rey malaconsejado, Cristina la augusta señora, e Isabel la inocente niña.

En esta reunión estaban todos los afectos y alegrías de don Eugenio. Alencender por las noches el velón y ver entrar las sotanas y las gorrasde sus colegas, experimentaba la misma impresión que si se encontrararodeado de una cariñosa familia.

De los de allá, de aquellos que le habían abandonado sin lágrimas nidesconsuelo, nunca se acordaba. Sus padres habían muerto, pero ya seencargaron de recordarle la patria y todas sus miserias el enjambre deprimos, hermanos y sobrinos que cayeron sobre él tan pronto como circulópor el lugar la nueva de que hacía fortuna y tenía una tienda en elMercado. Llegaban en grupos, escalonando sus viajes por meses, cualhordas hambrientas que con la mirada querían devorarlo todo. El parienterico era para ellos una vaca robusta, cuyas ubres inagotables lespertenecían de derecho. No tenía mujer ni hijos; ¿para quién, pues, lasfabulosas riquezas que aquellos miserables se imaginaban en poder dedon Eugenio? Las demandas eran interminables, no desmayando lospedigüeños ante la aspereza del comerciante, poco inclinado a lagenerosidad.

El invierno había sido duro, las patatas pocas y malas, elmacho estaba enfermo, los muchachos descalzos, un pedrisco lo habíaarrasado todo; y tras estos preámbulos entraban en materia con lapetición de veinte duros para pasar el mal tiempo, de una pieza de sargapara vestir a la familia, y otras demandas menos aceptables. Si donEugenio ponía cara de perro a las peticiones, surgía la protesta en larapaz parentela que tanto le quería.

—¡Id allá, granujas!—gritaba el comerciante—. ¿Qué os debo yo paraque vengáis a saquearme? Nada tengo que agradeceros, como no sea habermeabandonado en medio de esa plaza.

Entonces era de ver la indignación con que tíos y hermanos acogían lodel abandono. ¡Otra que Dios...! ¿Y aún se quejaba? ¿ Pus si no lehubiesen abandonado sería él ahora comerciante con tienda abierta?Cuanto más, estaría guardando el ganado de algún rico. A la familia,pues, debía lo que era. Y si la turba de descarados pedigüeños nollegaba a decir que todo cuanto tenía su pariente les pertenecía dederecho, ya se encargaban sus exigencias insolentes y sus rapacesmiradas de manifestar que éste era su pensamiento.

Producto de una de estas invasiones de vándalos con pañizuelo y calzóncorto fue el entrar como aprendiz en la tienda de Las Tres Rosas unchicuelo, al que don Eugenio le fue tomando insensiblemente ciertoafecto, sin duda porque recordando su pasado se contemplaba en él comoen un espejo. Era de un pueblo inmediato al suyo; pasaba por pariente,circunstancia poco extraña en un país donde las familias, residiendosiglos y siglos pegadas al mismo terruño, acaban por confundirse, yllamaba la atención por su aire avispado y la ligereza de susmovimientos.

Entró en la tienda hecho una lástima, oliendo todavía a estiércol y arequesón agrio, como si acabase de abandonar el corral de ganado. Lavieja criada que administraba el hogar de don Eugenio tuvo que valersede ungüentos para despoblar de bestias sanguíneas el bosque de cerdaspolvorientas que se empinaban sobre el cráneo del muchacho, y concluidoel exterminio, el amo lo entregó al brazo secular de los aprendices másantiguos, los cuales, en lo más recóndito del almacén y sin pensar queestaban en enero, con un barreño de agua fría y tres pases de estropajoy jabón blando, dejaron al neófito limpio de mugre de arriba a abajo ycon una piel tan frotada que echaba chispas.

Con esto, el mísero zagalillo de las montañas de Teruel se convirtió enun aprendiz listo, aseado y trabajador, que, según las profecías de losdependientes viejos, llegaría a ser algo. A las dos semanas chapurreabael valenciano de un modo que hacía reír a las labradoras parroquianas dela casa, y sin que la dureza del trabajo disminuyera para él, todos lequerían y no sabía a quién atender, pues Melchor por aquí, Melchoricopor allí, nunca le dejaban un instante quieto.

Con sus borceguíes lustrosos, una chaqueta vieja del amo arregladachapuceramente, la cabeza siempre descubierta, con pelos agudos comoclavos y las orejas llenas de sabañones en todo tiempo, era Melchoricoel aprendiz más gallardo de cuantos asomaban la cabeza a las puertaspara llamar a los compradores reacios. Aquel acólito del culto deMercurio, por su empaque desenfadado atraíase la mala voluntad de lospilluelos de la plaza, enjambre de diablejos que pasaban horas enterasante la relamida figurilla llamándole ¡ churriquio! con irritante tonode mofa, hasta que algún dependiente les amenazaba con la vara de medir.

Pasaron los años sin que incidente alguno viniese a turbar la ascensiónlenta y monótona del muchacho en la carrera comercial. Perdió de cuentalos cachetes y patadas que le largaron don Eugenio y los dependientesviejos, unas veces por entretenerse bailando trompos en la trastienda,otras por pillarle dando retales a cambio de altramuces o cacahuet.Empleó los domingos en que le daban suelta yendo al tiro del palomo enel cauce del río, o paseando gratis arrellanado como un príncipe en lasestriberas de las tartanas, con la epidermis a prueba de traidoreslatigazos; fue ascendiendo lentamente de burro de carga a aprendizviejo; por fin, a dependiente; y al cumplir dieciocho años viose tantransformado, que, violentando sus instintos económicos, fortalecidospor las saludables enseñanzas del principal, se gastó cuatro pesetas endos retratos que envió a los de «allá arriba», a sus antiguos colegas depastoreo, para que viesen que estaba hecho todo un señor. Los tirones deoreja y los palos con la vara de medir lo habían puesto erguido,borrando en su cuerpo la tendencia a cargarse de espaldas y a serpatiabierto, propio de todos los de su tierra; sus pelos, a fuerza depeine y cosmético, habían llegado a domarse; los desabridos y no muyabundantes guisos del ama de llaves daban cierta figura a su corpachónhuesoso. Y además, como tenía su soldada anual, aunque corta, ya novestía los desechos de don Eugenio y se hacía al año dos trajes,operación que antes de ser emprendida era objeto de serías y profundasmeditaciones.

Melchor Peña, al salir de la adolescencia, experimentó unatransformación. Al mismo tiempo que en su labio apuntaba el bigote, ensu cerebro apuntó la tendencia a lo romántico, a lo desconocido, elanhelo de cosas extraordinarias, de aventuras gigantescas, y fue unrabioso lector de novelas. Cuantos tomos enormes, roídos por el corte yforrados con papel grasiento, rodaban por los mostradores de las tiendasdel Mercado, eran atraídos por sus manos, como si éstas fuesen un imán,y devorados rápidamente, unas veces por la noche, después de cerrar laspuertas y robando horas al descanso, otras por la tarde, aprovechandoausencias de don Eugenio, en el fondo del almacén, a la dudosa claridadque se cernía en aquel ambiente cálido, impregnado del vaho de lostejidos y el tufo de la tintura química. Había leído más de veinte veces Los tres mosqueteros, y el fruto que sacó de esta lectura fue que losaprendices se burlasen de él viéndolo un día en el almacén, envuelto enun guiñapo colorado, con un rabo de escoba en la cadera y contoneándosecomo si fuese el mismo D'Artagnan con todas sus jactancias deespadachín.

Después se apasionó, como toda la juventud de su época, por María o la hija de un jornalero; y a pesar de que don Eugenio leenviaba a misa todos los domingos y a comulgar por trimestre, hízose untanto irreligioso, y en su interior comenzó a mirar con desprecio a loscuras pacíficos y bromistas que visitaban por la noche elestablecimiento para jugar a la brisca con el principal; y cuando cayóen sus manos El conde de Montecristo, paseábase por la trastienda,mirando los fardos apilados con la misma expresión que si en vez depaños, percales e indianas contuviesen un enorme tesoro, toneladas deoro en barras, celemines de brillantes, lo suficiente, en fin, paracomprar el mundo.

¡Y cómo se reía don Eugenio de la manía novelesca de su Melchorico, comocariñosamente le llamaba...! Él, que no había consultado otro libro ensu vida que un cuadernillo donde estaban comparados los pesos y medidasde Cataluña, Aragón y Castilla, miraba al principio con cierto respetoel afán de lectura del muchacho; pero después, al notar lasextravagancias de su torcida imaginación, le acribilló con burlas y lecolgó el apodo de Don Quijote, no porque el viejo comerciante hubieseleído la inmortal obra de Cervantes, sino por tener arriba en su comedoruna litografía detestable, en la cual el hidalgo manchego, dormido y encamisa, daba de cuchilladas a pellejos de vino.

Iguales bromas se permitía el Don Quijote que vegetaba en la obscuridad,midiendo telas en Las Tres Rosas. Podían atestiguarlo los pescozonescon que don Eugenio había saludado a su querido dependiente un lunes enel almacén, cuando vio a Melchor que, recordando el drama El jorobado,se creía un Lagardére, y con una vara de medir ensayaba la gran estocadade Nevers, acribillando los fardos de un modo que hacía temblar por laintegridad de los géneros.

—Como sigas así—gritaba el buen comerciante, escandalizado—, tepongo en la puerta y...

¡buen viaje! Me has engañado. Tú sirves paracómico, y a mí no me gustan farsas. Merchorico, por última vez lo digo.El año que viene entras en quinta; o sientas esa cabeza o te abandono, yel demonio que se encargue de tu suerte.

Junto a la imaginación exaltada del dependiente debía existir una enormecantidad de sentido práctico capaz de sofocar todas las fantasías ycaprichos, y a esto se debió, sin duda, que Melchor se reprimiera en susrománticas extravagancias, y en adelante, aunque sin abandonar lalectura de novelas, se dedicara con más asiduidad a sus quehaceres.

Tenía don Eugenio un amigo antiguo que todos los días visitaba latienda, y por profesar a Melchor algún afecto, unía sus exhortaciones dehombre práctico a las del principal. De todos los individuos queformaban la tertulia de Las Tres Rosas, don Manuel Fora era el másconsiderado, a causa de su fortuna sólida y cuantiosa y de respeto quegozaba en el comercio.

Vivía en un enorme caserón cercano a las Escuelas Pías; figuraba entrelos primeros fabricantes de seda, y más de doscientos telares trabajabanpara él, elaborando piezas de seda rayada, vistosa y sólida, y pañuelosde brillantes colores, que eran enviados a las más apartadas provinciasde España y hasta la misma América, cosa que asombraba y producía ciertotemor respetuoso entre el comercio a la antigua. De joven había sidonovicio en una orden religiosa, pero ahorcó los hábitos el año 8 parabatirse contra el francés, sacrificio que no le libró de ser conocidocon el apodo de el Fraile entre los comerciantes y las gentes de suindustria.

Le suponían poseedor de millones, y era el banquero de todos losmercaderes menesterosos.

Bastábale entrar en su alcoba para presentar encartuchos de onzas cuanto dinero se le pedía, y a pesar de esto, fuerade los días de Corpus, en que sacaba del fondo del arca el frac de colorcastaña y el sombrero de seda, nadie le había visto con otro traje queun eterno pantalón de cuadros, chaqueta de fustán, chaleco de terciopelorameado y gorra de ancho plato.

Era el más fiel representante de la avaricia atribuida á los de sugremio, y en el Mercado se contaban de él cosas graciosísimas. La mañanapasábala en San Juan, pues el comercio no le había hecho olvidar susaficiones a las cosas de la Iglesia. Tenía su puesto fijo en el banco dela Junta de Fábrica, y allí iban a buscarlo los que, necesitando conurgencia su auxilio, no reparaban en que estaba oyendo la décima misa yrezando el centésimo rosario.

—Don Manuel—murmuraba el pedigüeño con voz misteriosa y arrodillándosecerca del Banco—, necesito al momento seis mil reales.

—¡Déjame en paz!—susurraba indignado el fabricante sin volver losojos—. Ni la casa del Señor sabéis respetar. Búscame a la noche.

—Don Manuel, ¡por Dios! que la letra vence hoy, y he de pagarla o sedeshonra mi tienda.

Seis mil reales al quince por ciento; sálveme usted.

—¡Largo...! No estoy ahora para asuntos mundanos.

—Don Manuel... aunque sea al veinte—decía el infeliz con esfuerzosupremo.