Ariel by José Enrique Rodó - HTML preview

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Cabe pensar en que progresivamente se encarnen, en lossentimientos del pueblo y sus costumbres, la idea de las subordinacionesnecesarias, la noción de las superioridades verdaderas, el cultoconsciente y espontáneo de todo lo que multiplica, a los ojos de larazón, la cifra del valor humano.

La educación popular adquiere, considerada en relación a tal obra, comosiempre que se las mira con el pensamiento del porvenir, un interéssupremo[B]. Es en la escuela, por cuyas manos

procuramos

que

pase

ladura

arcilla

de

las

muchedumbres,

donde

está

la

primera

y

más

generosamanifestación de la equidad social, que consagra para todos laaccesibilidad del saber y de los medios más eficaces de superioridad.Ella debe complementar tan noble cometido, haciendo objetos de unaeducación preferente y cuidadosa el sentido del orden, la idea y lavoluntad de la justicia, el sentimiento de las legítimas autoridadesmorales.

[B] «Plus l'instruction se répand, plus elle doit faire de partaux idées générales et généreuses. On croit que l'instruction populairedoit être terre à terre. C'est le contraire qui est lavérité».—Fouillée: L'idée moderne du droit, Lib. 5.º, IV.

Ninguna distinción más fácil de confundirse y anularse en el espíritu depueblo que la que enseña que la igualdad democrática puede significaruna igual posibilidad, pero nunca una igual realidad, de influenciay de prestigio, entre los miembros de una sociedad organizada. En todosellos hay un derecho idéntico para aspirar a las superioridades moralesque deben dar razón y fundamento a las superioridades efectivas; perosólo a los que han alcanzado realmente la posesión de las primeras, debeser concedido el premio de las últimas. El verdadero, el digno conceptode la igualdad, reposa sobre el pensamiento de que todos los seresracionales están dotados por naturaleza de facultades capaces de undesenvolvimiento noble. El deber del Estado consiste en colocar a todoslos miembros de la sociedad en distintas condiciones de tender a superfeccionamiento. El deber del Estado consiste en predisponer losmedios propios para provocar, uniformemente, la revelación de lassuperioridades humanas, donde quiera que existan. De tal manera, másallá de esta igualdad inicial, toda desigualdad estará justificada,porque será la sanción de las misteriosas elecciones de la Naturaleza odel esfuerzo meritorio de la voluntad.—Cuando se la concibe de estemodo, la igualdad democrática, lejos de oponerse a la selección de lascostumbres y de las ideas, es el más eficaz instrumento de selecciónespiritual, es el ambiente providencial de la cultura. La favorecerátodo lo que favorezca al predominio de la energía inteligente. No endistinto sentido pudo afirmar Tocqueville que la poesía, la elocuencia,las gracias del espíritu, los fulgores de la imaginación, la profundidaddel pensamiento,

«todos esos dones del alma, repartidos por el cielo alacaso», fueron colaboradores en la obra de la democracia, y lasirvieron, aun cuando se encontraron de parte de sus adversarios, porqueconvergieron todos a poner de relieve la natural, la no heredadagrandeza, de que nuestro espíritu es capaz.—La emulación, que es el máspoderoso estímulo entre cuantos pueden sobreexcitar, lo mismo lavivacidad del pensamiento que la de las demás actividades humanas,necesita, a la vez, de la igualdad en el punto de partida paraproducirse, y de la desigualdad que aventajará a los más aptos y mejorescomo objeto final. Sólo un régimen democrático puede conciliar en suseno esas dos condiciones de la emulación, cuando no degenera ennivelador igualitarismo y se limita a considerar como un hermoso idealde perfectibilidad una futura equivalencia de los hombres por suascensión al mismo grado de cultura.

Racionalmente concebida, la democracia admite siempre un imprescriptibleelemento aristocrático, que consiste en establecer la superioridad delos mejores, asegurándola sobre el consentimiento libre de losasociados. Ella consagra, como las aristocracias, la distinción decalidad; pero las resuelve a favor de las calidades realmentesuperiores—las de la virtud, el carácter, el espíritu—, y sinpretender inmovilizarlas en clases constituídas aparte de las otras, quemantengan a su favor el privilegio execrable de la casta, renueva sincesar su aristocracia dirigente en las fuentes vivas del pueblo y lahace aceptar por la justicia y el amor. Reconociendo, de tal manera, enla selección y la predominancia de los mejor dotados una necesidad detodo progreso, excluye de esa ley universal de la vida, al sancionarlaen el orden de la sociedad, el efecto de humillación y de dolor que es,en las concurrencias de la Naturaleza y en las de las otrasorganizaciones sociales, el duro lote del vencido. «La gran ley de laselección natural—ha dicho luminosamente Fouillée—continuarárealizándose en el seno de las sociedades humanas, sólo que ella serealizará de más en más por vía de libertad».—El carácter odioso de lasaristocracias tradicionales se originaba de que ellas eran injustas, porsu fundamento, y opresoras, por cuanto su autoridad era una imposición.Hoy sabemos que no existe otro límite legítimo para la igualdad humana,que el que consiste en el dominio de la inteligencia y la virtud,consentido por la libertad de todos. Pero sabemos también que esnecesario que este límite exista en realidad.—Por otra parte, nuestraconcepción cristiana de la vida nos enseña que las superioridadesmorales, que son un motivo de derechos, son principalmente un motivo dedeberes, y que todo espíritu superior se debe a los demás en igualproporción que los excede en capacidad de realizar el bien. Elanti-igualitarismo de Nietzsche—que tan profundo surco señala en la quepodríamos llamar nuestra moderna literatura de ideas—, ha llevado asu poderosa reivindicación de los derechos que él considera implícitosen las superioridades humanas, un abominable, un reaccionario espíritu;puesto que, negando toda fraternidad, toda piedad, pone en el corazóndel super hombre a quien endiosa un menosprecio satánico para losdesheredados y los débiles; legitima en los privilegiados de la voluntady de la fuerza el ministerio del verdugo; y con lógica resolución llega,en último término, a afirmar que «la sociedad no existe para sí sinopara sus elegidos».—No es, ciertamente, esta concepción monstruosa laque puede oponerse, como lábaro, al falso igualitarismo que aspira a lanivelación de todos por la común vulgaridad. Por fortuna, mientrasexista en el mundo la posibilidad de disponer dos trozos de madera enforma de cruz—es decir: siempre—, la Humanidad seguirá creyendo que esel amor el fundamento de todo orden estable y que la superioridadjerárquica en el orden no debe ser sino una superior capacidad de amar.

Fuente de inagotables inspiraciones morales, la ciencia nueva nossugiere, al esclarecer las leyes de la vida, cómo el principiodemocrático puede conciliarse, en la organización de las colectividadeshumanas, con una aristarquía de la moralidad y la cultura.—Por unaparte—, como lo ha hecho notar, una vez más, en un simpático libroHenri Bérenger—, las afirmaciones de la ciencia contribuyen asancionar y fortalecer en la sociedad el espíritu de la democracia,revelando cuánto es el valor natural del esfuerzo colectivo; cuál lagrandeza de la obra de los pequeños; cuán inmensa la parte de acciónreservada al colaborador anónimo y obscuro en cualquiera manifestacióndel desenvolvimiento universal. Realza, no menos que la revelacióncristiana, la dignidad de los humildes esta nueva revelación, queatribuye, en la naturaleza, a la obra de los infinitamente pequeños, ala labor del nummulite y el briozóo en el fondo obscuro del abismo, laconstrucción de los cimientos geológicos; que hace surgir de lavibración de la célula informe y primitiva todo el impulso ascendente delas formas orgánicas; que manifiesta el poderoso papel que en nuestravida psíquica es necesario atribuir a los fenómenos más inaparentes ymás vagos, aun a las fugaces percepciones de que no tenemos conciencia;y que, llegando a la sociología y a la historia, restituye al heroísmo,a menudo abnegado, de las muchedumbres, la parte que le negaba elsilencio en la gloria del héroe individual, y hace patente la lentaacumulación de las investigaciones que, al través de los siglos, en lasombra, en el taller, o el laboratorio de obreros olvidados, preparanlos hallazgos del genio.

Pero a la vez que manifiesta así la inmortal eficacia del esfuerzocolectivo y dignifica la participación de los colaboradores ignorados enla obra universal, la ciencia muestra cómo en la inmensa sociedad de lascosas y los seres, es una necesaria condición de todo progreso el ordenjerárquico; son un principio de la vida las relaciones de dependencia yde subordinación entre los componentes individuales de aquella sociedady entre los elementos de la organización del individuo; y es, porúltimo, una necesidad inherente a la ley universal de imitación, si sela relaciona con el perfeccionamiento de las sociedades humanas, lapresencia, en ellas, de modelos vivos e influyentes, que las realcen porla progresiva generalización de su superioridad.

Para mostrar ahora cómo ambas enseñanzas universales de la cienciapueden traducirse en hechos, conciliándose, en la organización y en elespíritu de la sociedad, basta insistir en la concepción de unademocracia noble, justa; de una democracia dirigida por la noción y elsentimiento de las verdaderas superioridades humanas; de una democraciaen la cual la supremacía de la inteligencia y la virtud—únicos límitespara la equivalencia meritoria de los hombres—, reciba su autoridad ysu prestigio de la libertad, y descienda sobre las multitudes en laefusión bienhechora del amor.

Al mismo tiempo que conciliará aquellos dos grandes resultados de laobservación del orden natural, se realizará dentro de una sociedadsemejante—según lo observa, en el mismo libro de que os hablaba,Bérenger—la armonía de los dos impulsos históricos que han comunicado anuestra civilización sus caracteres esenciales, los principiosreguladores de su vida.—Del espíritu del cristianismo nace,efectivamente, el sentimiento de igualdad, viciado por cierto ascéticomenosprecio de la selección espiritual y la cultura. De la herencia delas civilizaciones clásicas nacen el sentido del orden, de la jerarquíay el respeto religioso del genio, viciados por cierto aristocráticodesdén de los humildes y los débiles. El porvenir sintetizará ambassugestiones del pasado en una fórmula inmortal. La democracia entonceshabrá triunfado definitivamente. Y ella que, cuando amenaza con loinnoble del rasero nivelador, justifica las protestas airadas y lasamargas melancolías de los que creyeron sacrificados por su triunfo todadistinción intelectual, todo ensueño de arte, toda delicadeza de lavida, tendrá, aún más que las viejas aristocracias, inviolables segurospara el cultivo de las flores del alma que se marchitan y perecen en elambiente de la vulgaridad y entre las impiedades del tumulto.

La concepción utilitaria, como idea del destino humano, y la igualdad enlo mediocre, como norma de la proporción social, componen, íntimamenterelacionadas, la fórmula de lo que ha solido llamarse en Europa elespíritu de americanismo.—Es imposible meditar sobre ambasinspiraciones de la conducta y la sociabilidad, y compararlas con lasque les son opuestas, sin que la asociación traiga con insistencia a lamente la imagen de esa democracia formidable y fecunda que allá en elNorte ostenta las manifestaciones de su prosperidad y su poder, como unadeslumbradora prueba que abona en favor de la eficacia de susinstituciones y de la dirección de sus ideas.—Si ha podido decirse delutilitarismo que es el verbo del espíritu inglés, los Estados Unidospueden ser considerados la encarnación del verbo utilitario. Y elEvangelio de este verbo se difunde por todas partes a favor de losmilagros materiales del triunfo.

Hispano-América ya no es enteramentecalificable, con relación a él, de tierra de gentiles. La poderosafederación va realizando entre nosotros una suerte de conquista moral.La admiración por su grandeza y por su fuerza es un sentimiento queavanza a grandes pasos en el espíritu de nuestros hombres dirigentes, yaún más quizá, en el de las muchedumbres, fascinables por la impresiónde la victoria.—Y de admirarla se pasa por una transición facilísima aimitarla. La admiración y la creencia son ya modos pasivos de imitaciónpara el psicólogo. «La tendencia imitativa de nuestra naturalezamoral—decía Bagehot—tiene su asiento en aquella parte del alma en quereside la credibilidad».—El

sentido

y

la

experiencia

vulgares

seríansuficientes para establecer por sí solos esa sencilla relación. Se imitaa aquel en cuya superioridad o cuyo prestigio se cree.—Es así como lavisión de una América deslatinizada por propia voluntad, sin laextorsión de la conquista, y regenerada luego a imagen y semejanza delarquetipo del Norte, flota ya sobre los sueños de muchos sincerosinteresados por nuestro porvenir, inspira la fruición con que ellosformulan a cada paso los más sugestivos paralelos, y se manifiesta porconstantes propósitos de innovación y de reforma. Tenemos nuestra nordomanía. Es necesario oponerle los límites que la razón y elsentimiento señalan de consuno.

No

doy

yo

a

tales

límites

el

sentido

de

una

absolutanegación.—Comprendo

bien

que

se

adquieran

inspiraciones, luces,enseñanzas, en el ejemplo de los fuertes; y no desconozco que unainteligente atención fijada en lo exterior para reflejar de todaspartes la imagen de lo beneficioso y de lo útil, es singularmentefecunda cuando se trata de pueblos que aún forman y modelan su entidadnacional.

Comprendo bien que se aspire a rectificar, por la educaciónperseverante, aquellos trazos del carácter de una sociedad humana quenecesiten concordar con nuevas exigencias de la civilización y nuevasoportunidades de la vida, equilibrando así, por medio de una influenciainnovadora, las fuerzas de la herencia y la costumbre.—Pero no veo lagloria, ni en el propósito de desnaturalizar el carácter de lospueblos—su genio personal—para imponerles la identificación con unmodelo extraño al que ellos sacrifiquen la originalidad irreemplazablede su espíritu; ni en la creencia ingenua de que eso pueda obtenersealguna vez por procedimientos artificiales e improvisados de imitación.Ese irreflexivo traslado de lo que es natural y espontáneo en unasociedad al seno de otra, donde no tenga raíces ni en la Naturaleza nien la historia, equivalía para Michelet a la tentativa de incorporar,por simple agregación, una cosa muerta a un organismo vivo. Ensociabilidad, como en literatura, como en arte, la imitación inconsultano hará nunca sino deformar las líneas del modelo. El engaño de los quepiensan haber reproducido en lo esencial el carácter de una colectividadhumana, las fuerzas vivas de su espíritu, y con ellos el secreto de sustriunfos y su prosperidad, reproduciendo exactamente el mecanismo de susinstituciones y las formas exteriores de sus costumbres, hace pensar enla ilusión de los principiantes candorosos que se imaginan haberseapoderado del genio del maestro cuando han copiado las formas de suestilo o sus procedimientos de composición.

En ese esfuerzo vano hay, además, no sé qué cosa de innoble.

Género de snobismo político podría llamarse al afanoso remedo de cuanto hacenlos preponderantes y los fuertes, los vencedores y los afortunados;género de abdicación servil, como en la que en algunos de los snobs encadenados para siempre a la tortura de la sátira por el libro deThackeray, hace consumirse tristemente las energías de los ánimos noayudados por la Naturaleza o la fortuna, en la imitación impotente delos caprichos y las volubilidades de los encumbrados de la sociedad.—Elcuidado de la independencia interior—la de la personalidad, la delcriterio—es una principalísima forma del respeto propio.

Suele en lostratados de ética comentarse un precepto moral de Cicerón, según el cualforma parte de los deberes humanos el que cada uno de nosotros cuide ymantenga celosamente la originalidad de su carácter personal, lo quehaya en él que lo diferencie y determine, respetando, en todo cuanto nosea inadecuado para el bien, el impulso primario de la Naturaleza, queha fundado en la varia distribución de sus dones el orden y el conciertodel mundo.—Y aún me parecería mayor el imperio del precepto si se leaplicase, colectivamente, al carácter de las sociedades humanas. Acasooiréis decir que no hay un sello propio y definido por cuya permanencia,por cuya integridad deba pugnarse, en la organización actual de nuestrospueblos.

Falta tal vez, en nuestro carácter colectivo, el contornoseguro de la «personalidad». Pero en ausencia de esa índoleperfectamente diferenciada y autonómica, tenemos—los americanoslatinos—

una herencia de raza, una gran tradición étnica que mantener,un vínculo sagrado que nos une a inmortales páginas de la historia,confiando a nuestro honor su continuación en lo futuro.

Elcosmopolitismo, que hemos de atacar como una irresistible necesidad denuestra formación, no excluye, ni ese sentimiento de fidelidad a lopasado, ni la fuerza directriz y plasmante con que debe el genio de laraza imponerse en la refundición de los elementos que constituirán alamericano definitivo del futuro.

Se ha observado más de una vez que las grandes evoluciones de lahistoria, las grandes épocas, los períodos más luminosos y fecundos enel desenvolvimiento de la humanidad, son casi siempre la resultante dedos fuerzas distintas y co-actuales, que mantienen, por los concertadosimpulsos de su oposición, el interés y el estímulo de la vida, loscuales desaparecerían, agotados, en la quietud de una unidadabsoluta.—Así, sobre los dos polos de Atenas y Lacedemonia, se apoya eleje alrededor del cual gira el carácter de la más genial y civilizadorade las razas.—América necesita mantener en el presente la dualidadoriginal de su constitución, que convierte en realidad de su historiael mito clásico de las dos águilas soltadas simultáneamente de uno yotro polo del mundo, para que llegasen a un tiempo al límite de susdominios. Esta diferencia genial y emuladora no excluye, sino que toleray aun favorece en muchísimos aspectos, la concordia de la solidaridad. Ysi una concordia superior pudiera vislumbrarse desde nuestros días comola fórmula de un porvenir lejano, ella no sería debida a la imitaciónunilateral—que diría Tarde—de una raza por otra, sino a lareciprocidad de sus influencias y al atinado concierto de los atributosen que se funda la gloria de las dos.

Por otra parte, en el estudio desapasionado de esa civilización quealgunos nos ofrecen como único y absoluto modelo, hay razones no menospoderosas que las que se fundan en la indignidad y la inconveniencia deuna renuncia a todo propósito de originalidad, para templar losentusiasmos de los que nos exigen su consagración idolátrica.—Y llegoahora a la relación que directamente tiene, con el sentido general deesta plática mía, el comentario de semejante espíritu de imitación.

Todo juicio severo que se formule de los americanos del Norte debeempezar por rendirles, como se haría con altos adversarios, laformalidad caballeresca de un saludo.—Siento fácil mi espíritu paracumplirla.—Desconocer sus defectos no me parecería tan insensato comonegar sus cualidades. Nacidos—para emplear la paradoja usada porBaudelaire a otro respecto—con la experiencia innata de la libertad,ellos se han mantenido fieles a la ley de su origen, y han desenvuelto,con la precisión y la seguridad de una progresión matemática, losprincipios fundamentales de su organización, dando a su historia unaconsecuente unidad que, si bien ha excluído las adquisiciones deaptitudes y méritos distintos, tiene la belleza intelectual de lalógica.—La huella de sus pasos no se borrará jamás en los anales delderecho humano, porque ellos han sido los primeros en hacer surgirnuestro moderno concepto de la libertad, de las inseguridades del ensayoy de las imaginaciones de la utopía, para convertirla en bronceimperecedero y realidad viviente; porque han demostrado con su ejemplola posibilidad de extender a un inmenso organismo nacional lainconmovible autoridad

de

una

república;

porque,

con

su

organizaciónfederativa, han revelado—según la feliz expresión de Tocqueville—lamanera cómo se pueden conciliar con el brillo y el poder de los Estadosgrandes la felicidad y la paz de los pequeños.—Suyos son algunos de losrasgos más audaces con que ha de destacarse en la perspectiva del tiempola obra de este siglo. Suya es la gloria de haber reveladoplenamente—

acentuando la más firme nota de belleza moral de nuestracivilización—la grandeza y el poder del trabajo; esa fuerza bendita quela antigüedad abandonaba a la abyección de la esclavitud y que hoyidentificamos con la más alta expresión de la dignidad humana, fundadaen la conciencia y en la actividad del propio mérito. Fuertes, tenaces,teniendo la inacción por oprobio, ellos han puesto en manos del mechánic de sus talleres y el fármer de sus campos la clava hercúleadel mito, y han dado al genio humano una nueva e inesperada belleza,ciñéndole el mandil de cuero del forjador. Cada uno de ellos avanza aconquistar la vida como el desierto los primitivos puritanos.Perseverantes devotos de ese culto de la energía individual que hace decada hombre el artífice de su destino, ellos han modelado susociabilidad en un conjunto imaginario de ejemplares de Róbinson, quedespués de haber fortificado rudamente su personalidad en la práctica dela ayuda propia, entrarán

a

componer

los

filamentos

de

una

urdimbrefirmísima.—Sin sacrificarle esa soberana concepción del individuo, hansabido hacer al mismo tiempo, del espíritu de asociación, el másadmirable instrumento de su grandeza y de su imperio; y han obtenido dela suma de las fuerzas humanas, subordinada a los propósitos de lainvestigación, de la filantropía, de la industria, resultados tanto másmaravillosos por lo mismo que se consiguen con la más absolutaintegridad de la autonomía personal.—Hay en ellos un instinto decuriosidad despierta e insaciable, una impaciente avidez de toda luz; yprofesando el amor por la instrucción del pueblo con la obsesión de unamonomanía gloriosa y fecunda, han hecho de la escuela el quicio másseguro de su prosperidad, y del alma del niño la más cuidada entre lascosas leves y preciosas.—Su cultura, que está lejos de ser refinada niespiritual, tiene una eficacia admirable siempre que se dirigeprácticamente a realizar una finalidad inmediata.

No han incorporado a las adquisiciones de la ciencia una sola leygeneral, un solo principio; pero la han hecho maga por las maravillas desus aplicaciones, la han agigantado en los dominios de la utilidad, yhan dado al mundo en la caldera de vapor y en la dínamo eléctrica,billones de esclavos invisibles que centuplican, para servir al Aladinohumano, el poder de la lámpara maravillosa.—El crecimiento de sugrandeza y de su fuerza, será objeto de perdurables asombros para elporvenir.

Han inventado, con su prodigiosa aptitud de improvisación, unacicate para el tiempo; y al conjuro de su voluntad poderosa, surge enun día, del seno de la absoluta soledad, la suma de cultura acumulablepara la obra de los siglos.—La libertad puritana, que les envía su luzdesde el pasado, unió a esta luz el calor de una piedad que aún dura.Junto a la fábrica y la escuela, sus fuertes manos han alzado tambiénlos templos de donde evaporan sus plegarias muchos millones deconciencias libres.

Ellos han sabido salvar, en el naufragio de todaslas idealidades, la idealidad más alta, guardando viva la tradición deun sentimiento religioso que, si no levanta sus vuelos en alas de unespiritualismo delicado y profundo, sostiene, en parte, entre lasasperezas del tumulto utilitario, la rienda firme del sentidomoral.—Han sabido también guardar, en medio de los refinamientos de lavida civilizada, el sello de cierta primitividad robusta. Tienen elculto pagano de la salud, de la destreza, de la fuerza; templan y afinanen el músculo el instrumento precioso de la voluntad; y obligados por suaspiración insaciable de dominio a cultivar la energía de todas lasactividades humanas, modelan el torso del atleta para el corazón delhombre libre.—Y

del concierto de su civilización, del acordadomovimiento de su cultura, surge una dominante nota de optimismo, deconfianza, de fe, que dilata los corazones impulsándolos al porvenirbajo la sugestión de una esperanza terca y arrogante; la nota del Excelsior y el Salmo de la vida con que sus poetas han señalado elinfalible bálsamo contra toda amargura en la filosofía del esfuerzo y dela acción.

Su grandeza titánica se impone así, aun a los más prevenidos por lasenormes desproporciones de su carácter o por las violencias recientes desu historia. Y por mi parte ya veis que, aunque no les amo, les admiro.Les admiro, en primer término, por su formidable capacidad de querer,y me inclino ante «la escuela

de

voluntad

y

de

trabajo»

que—como

de

susprogenitores nacionales dijo Philarète-Chasles—ellos han instituído.

En el principio la acción era. Con estas célebres palabras del«Fausto» podría empezar un futuro historiador de la poderosa repúblicael Génesis, aún no concluído, de su existencia nacional. Su genio podríadefinirse, como el universo de los dinamistas, la fuerza enmovimiento. Tiene, ante todo y sobre todo, la capacidad, el entusiasmo,la vocación dichosa de la acción. La voluntad es el cincel que haesculpido a ese pueblo en dura piedra. Sus relieves característicos sondos manifestaciones del poder de la voluntad: la originalidad y laaudacia. Su historia es, toda ella, el arrebato de una actividad viril.Su personaje representativo se llama Yo quiero, como el «superhombre»de Nietzsche.—Si algo le salva colectivamente de la vulgaridad, es eseextraordinario alarde de energía que lleva a todas partes y con el queimprime cierto carácter de épica grandeza, aun a las luchas del interésy de la vida material. Así de los especuladores de Chicago y deMineápolis, ha dicho Paul Bourget que son a la manera de combatientesheroicos en los cuales la aptitud para el ataque y la defensa escomparable a la de un grognard del gran Emperador.—Y esta energíasuprema, con la que el genio norteamericano

parece

obtener—hipnotizadoraudaz—el

adormecimiento y la sugestión de los hados, suele encontrarseaun en las particularidades que se nos presentan como excepcionales ydivergentes de aquella civilización. Nadie negará que Edgard Poe es unaindividualidad anómala y rebelde dentro de su pueblo. Su alma escogidarepresenta una partícula inasimilable del alma nacional, que no en vanose agitó entre las otras con la sensación de una soledad infinita. Y,sin embargo, la nota

fundamental—que

Baudelaire

ha

señaladoprofundamente—en el carácter de los héroes de Poe, es todavía el templesobrehumano, la indómita resistencia de la voluntad. Cuando ideó aLigeia, la más misteriosa y adorable de sus criaturas, Poe simbolizó enla luz inextinguible de sus ojos el himno de triunfo de la Voluntadsobre la Muerte.

Adquirido, con el sincero reconocimiento de cuanto hay de luminoso ygrande en el genio de la poderosa nación, el derecho de completarrespecto a él la fórmula de la justicia, una cuestión llena de interéspide expresarse.—¿Realiza aquella sociedad, o tiende a realizar, por lomenos, la idea de la conducta racional que cumple a las legítimasexigencias del espíritu, a la dignidad intelectual y moral de nuestracivilización?—¿Es en ella donde hemos de señalar la más aproximadaimagen de nuestra «ciudad perfecta»?—Esta febricitante inquietud queparece centuplicar en su seno el movimiento y la intensidad de la vida,¿tiene un objeto capaz de merecerla y un estímulo bastante parajustificarla?

Herbert Spencer, formulando con noble sinceridad su saludo a lademocracia de América en un banquete de New York, señalaba el rasgofundamental de la vida de los norteamericanos en esa misma desbordadainquietud que se manifiesta por la pasión infinita del trabajo y laporfía de la expansión material en todas sus formas. Y observaba despuésque, en tan exclusivo predominio de la actividad subordinada a lospropósitos inmediatos de la utilidad, se revelaba una concepción de laexistencia, tolerable sin duda como carácter provisional de unacivilización, como tarea preliminar de una cultura, pero que urgía yarectificar, puesto que tendía a convertir el trabajo utilitario en fin yobjeto supremo de la vida, cuando él en ningún caso puede significarracionalmente sino la acumulación de los elementos propios para hacerposible el total y armonioso desenvolvimiento de nuestro ser.—Spenceragregaba que era necesario predicar a los norteamericanos el Evangeliodel descanso o el recreo; e identificando nosotros la más noblesignificación de estas palabras con las del ocio, tal cual lodignificaban los antiguos moralistas, clasificaremos dentro delEvangelio en que debe iniciarse a aquellos trabajadores sin reposo, todapreocupación ideal, todo desinteresado empleo de las horas, todo objetode meditación levantado sobre la finalidad inmediata de la utilidad.

La vida norteamericana describe efectivamente ese círculo vicioso quePascal señalaba en la anhelante persecución del bienestar, cuando él notiene su fin fuera de sí mismo. Su prosperidad es tan grande como suimposibilidad de satisfacer a una mediana concepción del destino humano.Obra titánica, por la enorme tensión de voluntad que representa y porsus triunfos inauditos en todas las esferas del engrandecimientomaterial, es indudable que aquella civilización produce en su conjuntouna singular impresión de insuficiencia y de vacío. Y es que, si con elderecho que da la historia de treinta siglos de evolución presididos porla dignidad del espíritu clásico y del espíritu cristiano, se preguntacuál es en ella el principio dirigente, cuál su substratum ideal, cuálel propósito ulterior a la inmediata preocupación de los interesespositivos que estremecen aquella masa formidable, sólo se encontrará,como fórmula del ideal definitivo,

la misma

absoluta

preocupación

deltriunfo

material.—Huérfano de tradiciones muy hondas que le orienten,ese pueblo no ha sabido substituir la idealidad inspiradora del pasadocon una alta y desinteresada concepción del porvenir. Vive para larealidad inmediata, del presente, y por ello subordina toda su actividadal egoísmo del bienestar personal y colectivo.—De la suma de loselementos de su riqueza y su poder, podría decirse lo que el autor de Mensonges de la inteligencia del marqués de Norbert que figura en unode sus libros: es un monte de leña al cual no se ha hallado modo de darfuego. Falta la chispa eficaz que haga levantarse la llama de un idealvivificante e inquieto sobre el copioso combustible.—Ni siquiera elegoísmo nacional, a falta de más altos impulsos; ni siquiera elexclusivismo y el orgullo de raza, que son los que transfiguran yengrandecen, en la antigüedad, la prosaica dureza de la vida de Roma,pueden tener vislumbres de idealidad y de hermosura en un pueblo dondela confusión cosmopolita y el atomismo de una mal entendidademocracia, impiden la formación de una verdadera conciencia nacional.

Diríase que el positivismo genial de la Metrópoli ha sufrido, altransmitirse a sus emancipados hijos de América, una destilación que lepriva de todos los elementos de idealidad que le templaban,reduciéndole, en realidad, a la crudeza que, en las exageraciones de lapasión o de la sátira, ha podido atribuirse al positivismo deInglaterra.—El espíritu inglés, bajo la áspera corteza delutilitarismo, bajo la indiferencia mercantil, bajo la severidadpuritana, esconde, a no dudarlo, una virtualidad poética escogida y unprofundo venero de sensibilidad, el cual revela, en sentir de Taine, queel fondo primitivo, el fondo germánico de aquella raza, modificada luegopor la presión de la conquista y por el hábito de la actividadcomercial, fué una extraordinaria exaltación del sentimiento. Elespíritu americano no ha recibido en herencia ese instinto poéticoancestral, que brota, como surgente límpida, del seno de la rocabritánica, cuando es el Moisés de un arte delicado quien la toca. Elpueblo inglés tiene, en la institución de su aristocracia—poranacrónica e injusta que ella sea bajo el aspecto del derechopolítico—, un alto

e

inexpugnable

baluarte

que

oponer

al

mercantilismoambiente y a la prosa invasora; tan alto e inexpugnable baluarte, que esel mismo Taine quien asegura que desde los tiempos de las ciudadesgriegas, no presentaba la historia ejemplo de una condición de vida máspropia para formar y enaltecer el sentimiento de la nobleza humana. Enel ambiente de la democracia de América, el espíritu de vulgaridad nohalla ante sí relieves inaccesibles para su fuerza de ascensión, y seextiende y propaga como sobre la llaneza de una pampa infinita.

Sensibilidad,

inteligencia,

costumbres—todo

está

caracterizado en elenorme pueblo por una radical ineptitud de selección, que mantiene,junto al orden mecánico de su actividad material y de su vida política,un profundo desorden en todo lo que pertenece al dominio de lasfacultades ideales.—Fáciles son de seguir las manifestaciones de esaineptitud, partiendo de las más exteriores y aparentes, para llegardespués a otras más esenciales y más íntimas.—Pródigo de susriquezas—porque en su codicia no entra, según acertadamente se hadicho, ninguna parte de Harpagón—, el norteamericano ha logradoadquirir con ellas,

plenamente,

la

satisfacción

y

la

vanidad

de

lamagnificencia suntuaria, pero no ha logrado adquirir la nota escogidadel buen gusto. El arte verdadero sólo ha podido existir, en talambiente, a título de rebelión individual. Émerson, Poe, son allí comolos ejemplares de una fauna expulsada de su verdadero medio por el rigorde una catástrofe geológica.—

Habla Bourget, en Outre mer, del acentoconcentrado y solemne con que la palabra arte vibra en los labios delos norteamericanos que ha halagado el favor de la fortuna; de esosrecios y acrisolados héroes del self-help que aspiran a coronar, conla asimilación de todos los refinamientos humanos, la obra de suencumbramiento reñido. Pero nunca les ha sido dado concebir esa divinaactividad que nombran con énfasis, sino como un nuevo motivo desatisfacerse su inquietud invasora y como un trofeo de su vanidad. Laignoran, en lo que ella tiene de desinteresado y de escogido; laignoran, a despecho de la munificencia con que la fortuna individualsuele emplearse en estimular la formación de un delicado sentido debelleza; a despecho de la esplendidez de los museos y las exposicionescon que se ufanan sus ciudades; a despecho de las montañas de mármol yde bronce que han esculpido para las estatuas de sus plazas públicas. Ysi con su nombre hubiera de caracterizarse alguna vez un gusto de arte,él no podría ser otro que el que envuelve la negación del arte mismo: labrutalidad del efecto rebuscado, el desconocimiento de todo tono suave yde toda manera

exquisita,

el

culto

de

una

falsa

grandeza,

el sensacionismo que excluye la noble serenidad inconciliable con elapresuramiento de una vida febril.

La idealidad de lo hermoso no apasiona al descendiente de los austerospuritanos. Tampoco le apasiona la idealidad de lo verdadero. Menospreciatodo ejercicio del pensamiento que prescinda de una inmediata finalidad,por vano e infecundo. No le lleva a la ciencia un desinteresado anhelode verdad, ni se ha manifestado ningún caso capaz de amarla por símisma. La investigación no es para él sino el antecedente de laaplicación utilitaria.—Sus gloriosos empeños por difundir losbeneficios de la educación popular, están inspirados en el noblepropósito de comunicar los elementos fundamentales del saber al mayornúmero; pero no nos revelan que, al mismo tiempo que de eseacrecentamiento extensivo de la educación, se preocupe de seleccionarlay elevarla, para auxiliar el esfuerzo de las superioridades queambicionen erguirse sobre la general mediocridad. Así, el resultado desu porfiada guerra a la ignorancia, ha sido la semicultura universal yuna profunda languidez de la alta cultura.—En igual proporción que laignorancia radical, disminuyen en el ambiente de esa gigantescademocracia, la superior sabiduría y el genio. He ahí por qué la historiade su actividad pensadora es una progresión decreciente de brillo y deoriginalidad. Mientras en el período de la independencia y laorganización surgen, para representar lo mismo el pensamiento que lavoluntad de aquel pueblo, muchos nombres ilustres, medio siglo más tardeTocqueville puede observar, respecto a ellos, que los dioses se van.Cuando escribió Tocqueville su obra maestra, aún irradiaba, sin embargo,desde Boston,

la

ciudadela

puritana,

la

ciudad

de

las

doctastradiciones, una gloriosa pléyade que tiene en la historia intelectualde este siglo la magnitud de la universalidad.—

¿Quiénes han recogidodespués la herencia de Chánning, de Émerson, de Poe?—La nivelaciónmesocrática, apresurando su obra desoladora, tiende a desvanecer el pococarácter que quedaba a aquella precaria intelectualidad. Las alas de suslibros ha tiempo que no llegan a la altura en que sería universalmenteposible divisarlos. Y hoy, la más genuina representación del gustonorteamericano, en punto a letras, está en los lienzos grises de undiarismo que no hace pensar en el que un día suministró los materialesde El Federalista.

Con relación a los sentimientos morales, el impulso mecánico delutilitarismo ha encontrado el resorte moderador de una fuerte tradiciónreligiosa. Pero no por eso debe creerse que ha cedido la dirección de laconducta a un verdadero principio de desinterés.

La religiosidad de losamericanos, como derivación extremada de la inglesa, no es más que unafuerza auxiliatoria de la legislación penal, que evacuaría su puesto eldía que fuera posible dar a la moral utilitaria la autoridad religiosaque ambicionaba darle Stuart Mill.—La más elevada cúspide de su morales la moral de Franklin.—Una filosofía de la conducta, que halla sutérmino en lo mediocre de la honestidad, en la utilidad de la prudencia,de cuyo seno no surgirán jamás ni la santidad ni el heroísmo, y que sóloapta para prestar a la conciencia, en los caminos normales de la vida,el apoyo del bastón del manzano con que marchaba habitualmente supropagador, no es más que un leño frágil cuando se trata de subir lasaltas pendientes.—Tal es la suprema cumbre; pero es en los valles dondehay que buscar la realidad. Aun cuando el criterio moral no hubiera dedescender más abajo del utilitarismo probo y mesurado de Franklin, eltérmino forzoso—que ya señaló la sagaz observación de Tocqueville—deuna sociedad educada en semejante limitación del deber, sería, no porcierto una de esas decadencias soberbias y magníficas que dan la medidade la satánica hermosura del mal en la disolución de los imperios, perosí una suerte de materialismo pálido y mediocre, y en último resultado,el sueño de una enervación sin brillo, por la silenciosa descomposiciónde todos los resortes de la vida moral—Allí donde el precepto tiende aponer las altas manifestaciones de la abnegación y la virtud fuera deldominio de lo obligatorio, la realidad hará retroceder indefinidamenteel límite de la obligación.—Pero la escuela de la prosperidad material,que será siempre ruda prueba para la austeridad de las repúblicas, hallevado más lejos la llaneza de la concepción de la conducta racionalque hoy gana los espíritus. Al código de Franklin han sucedido otros demás francas tendencias, como expresión de la sabiduría nacional. Y nohace aún cinco años el voto público consagraba en todas las ciudadesnorteamericanas, con las más equívocas manifestaciones de la popularidady de la crítica, la nueva ley moral en que, desde la puritana Boston,anunciaba solemnemente el autor de cierto docto libro que se intitulaba Pushing to the front[C], que el éxito debía ser considerado lafinalidad suprema de la vida. La revelación tuvo eco aún en el seno delas comuniones cristianas, y se citó una vez, a propósito del libroafortunado, la Imitación, de Kémpis, como término de comparación.

[C] Por M. Orisson Swett Marden. Boston, 1895.

La vida pública no se sustrae, por cierto, a las consecuencias delcrecimiento del mismo germen de desorganización que lleva aquellasociedad en sus entrañas. Cualquier mediano observador de sus costumbrespolíticas os hablará de cómo la obsesión del interés

utilitario

tiendeprogresivamente

a

enervar

y

empequeñecer en los corazones el sentimientodel derecho. El valor cívico, la virtud vieja de los Hámilton, es unahoja de acero que se oxida, cada día más olvidada, entre las telarañasde las tradiciones. La venalidad, que empieza desde el voto público, sepropaga a todos los resortes institucionales. El gobierno de lamediocridad vuelve vana la emulación que realza los caracteres y lasinteligencias y que los entona con la perspectiva de la efectividad desu dominio. La democracia, a la que no han sabido dar el regulador deuna alta y educadora noción de las superioridades humanas, tendiósiempre entre ellos a esa brutalidad abominable del número que menoscabalos mejores beneficios morales de la libertad y anula en la opinión elrespeto de la dignidad ajena. Hoy, además, una formidable fuerza selevanta a contrastar de la peor manera posible el absolutismo delnúmero. La influencia política de una plutocracia representada por lostodopoderosos aliados de los trust, monopolizadores de la producción ydueños de la vida económica, es, sin duda, uno de los rasgos másmerecedores de interés en la actual fisonomía del gran pueblo. Laformación de esta plutocracia ha hecho que se recuerde, con muy probableoportunidad, el advenimiento de la clase enriquecida y soberbia que, enlos últimos tiempos de la república romana, es uno de los antecedentesvisibles de la ruina de la libertad y de la tiranía

de

los

Césares.

Y

elexclusivo

cuidado

del

engrandecimiento material—numen de aquellacivilización—

impone así la lógica de sus resultados en la vidapolítica, como en todos los órdenes de la actividad, dando el rangoprimero al struggle-for-life osado y astuto, convertido por la brutaleficacia de su esfuerzo en la suprema personificación de la energíanacional—en el postulante a su representación emersoniana—en el personaje reinante de Taine.

Al impulso que precipita aceleradamente la vida del espíritu en elsentido de la desorientación ideal y el egoísmo utilitario, corresponde,físicamente, ese otro impulso, que en la expansión del asombrosocrecimiento de aquel pueblo lleva sus multitudes y sus iniciativas endirección a la inmensa zona occidental que, en tiempos de laindependencia, era el misterio, velado por las selvas del Mississipi. Enefecto; es en ese improvisado Oeste, que crece formidable frente a losviejos Estados del Atlántico y reclama para un cercano porvenir lahegemonía, donde está la más fiel representación de la vidanorteamericana en el actual instante de su evolución. Es allí donde losdefinitivos resultados, los lógicos y naturales frutos del espíritu queha guiado a la poderosa democracia desde sus orígenes, se muestran derelieve a la mirada del observador y le proporcionan un punto de partidapara imaginarse la faz del inmediato futuro del gran pueblo. Alvirginiano y al yankee ha sucedido, como tipo representativo, esedominador de las ayer desiertas Praderas, refiriéndose al cual decíaMichel Chevalier, hace medio siglo, que «los últimos serían un día losprimeros». El utilitarismo, vacío de todo contenido ideal, la vaguedadcosmopolita y la nivelación de la democracia bastarda, alcanzarán con élsu último triunfo.—Todo elemento noble de aquella civilización; todo loque la vincula a generosos recuerdos y fundamenta su dignidadhistórica—el legado de los tripulantes del Flor de Mayo, la memoriade los patricios de Virginia y de los caballeros de la Nueva Inglaterra,el espíritu de los ciudadanos y los legisladores de la emancipación—,quedarán dentro de los viejos Estados donde Boston y Filadelfiamantienen aún, según expresivamente se ha dicho, «el palládium de latradición washingtoniana». Chicago se alza a reinar. Y su confianza enla superioridad que lleva sobre el litoral iniciador del Atlántico, sefunda en que le considera demasiado reaccionario, demasiado europeo,demasiado tradicionalista. La historia no da títulos cuando elprocedimiento de elección es la subasta de la púrpura.

A medida que el utilitarismo genial de aquella civilización asume asícaracteres más definidos, más francos, más estrechos, aumentan, con laembriaguez de la prosperidad material, las impaciencias de sus hijos porpropagarla y atribuirle la predestinación de un magisterio romano.—Hoy,ellos aspiran manifiestamente al primado de la cultura universal, a ladirección de las ideas, y se consideran a sí mismos los forjadores de untipo de civilización que prevalecerá. Aquel discurso semi-irónico queLaboulaye pone en boca de un escolar de su París americanizado parasignificar la preponderancia que concedieron siempre en el propósitoeducativo a cuanto favorezca el orgullo del sentimiento nacional,tendría toda la seriedad de la creencia más sincera en labios decualquier americano viril de nuestros días. En el fondo de su declaradoespíritu de rivalidad hacia Europa hay un menosprecio que es ingenuo, yhay la profunda convicción de que ellos están destinados a obscurecer enbreve plazo su superioridad espiritual y su gloria, cumpliéndose una vezmás en las evoluciones de la civilización humana la dura ley de losmisterios antiguos en que el iniciado daba muerte al iniciador. Inútilsería tender a convencerles de que, aunque la contribución que hanllevado a los progresos de la libertad y de la utilidad haya sido,indudablemente, cuantiosa, y aunque debiera atribuírsele en justicia lasignificación de una obra universal, de una obra humana, ella esinsuficiente para hacer transmudarse, en dirección al nuevo Capitolio,el eje del mundo.

Inútil sería tender a convencerles de que la obrarealizada por la perseverante genialidad del arya europeo desde que,hace tres mil años, las orillas del Mediterráneo, civilizador yglorioso, se ciñeron jubilosamente la guirnalda de las ciudadeshelénicas; la obra que aún continúa realizándose y de cuyas tradicionesy enseñanzas vivimos, es una suma con la cual no puede formar ecuaciónla fórmula Wáshington más Édison. Ellos aspirarían a revisar elGénesis para ocupar esa primera página.—Pero además de la relativainsuficiencia de la parte que les es dado reivindicar en la educación dela humanidad, su carácter mismo les niega la posibilidad de lahegemonía.—Naturaleza no les ha concedido el genio de la propaganda nila vocación apostólica. Carecen de ese don superior de amabilidad—enalto sentido—, de ese extraordinario poder de simpatía con que lasrazas que han sido dotadas de un cometido providencial de educación,saben hacer de su cultura algo parecido a la belleza de la Helenaclásica, en la que

todos

creían

reconocer

un

rasgo

propio.—

Aquellacivilización puede abundar, o abunda indudablemente, en sugestiones y enejemplos fecundos; ella puede inspirar admiración, asombro, respeto,pero es difícil que cuando el extranjero divisa de alta mar sugigantesco símbolo: la libertad de Bartholdi, que yergue triunfalmentesu antorcha sobre el puerto de Nueva York, se despierte en su ánimo laemoción profunda y religiosa con que el viajero antiguo debía versurgir, en las noches diáfanas del Ática, el toque luminoso que la lanzade oro de la Atenea del Acrópolis dejaba notar a la distancia en lapureza del ambiente sereno.

Y advertid que cuando, en nombre de los derechos del espíritu, niego alutilitarismo norteamericano ese carácter típico con que quiereimponérsenos como suma y modelo de civilización, no es mi propósitoafirmar que la obra realizada por él haya de ser enteramente perdida conrelación a los que podríamos llamar los intereses del alma.—Sin elbrazo que nivela y construye, no tendría paz el que sirve de apoyo a lanoble frente que piensa.

Sin la conquista de cierto bienestar materiales imposible, en las sociedades humanas, el reino del espíritu. Así loreconoce el mismo aristocrático idealismo de Renán, cuando realza, delpunto de vista de los intereses morales de la especie y de su selecciónespiritual en lo futuro, la significación de la obra utilitaria de estesiglo. «Elevarse sobre la necesidad—agrega el maestro—, esredimirse».—En lo remoto del pasado, los efectos de la prosaica einteresada actividad del mercader que por primera vez pone en relación aun pueblo con otros tienen un incalculable alcance idealizador, puestoque contribuyen eficazmente a multiplicar los instrumentos de lainteligencia, a pulir y suavizar las costumbres y a hacer posibles,quizá, los preceptos

de

una

moral

más

avanzada.—La

misma

fuerzapositiva aparece propiciando las mayores idealidades de la civilización.El oro acumulado por el mercantilismo de las repúblicas italianas«pagó—según Saint-Víctor—los gastos del renacimiento». Las naves quevolvían de los países de Las mil y una noches, colmadas de especias ymarfil, hicieron posible que Lorenzo de Médicis renovara, en las lonjasde los mercaderes florentinos, los convites platónicos.—La historiamuestra en definitiva una inducción recíproca entre los progresos de laactividad utilitaria y la ideal. Y así como la utilidad sueleconvertirse en fuerte escudo para las idealidades, ellas provocan confrecuencia (a condición de no proponérselo directamente) los resultadosde lo útil. Observa Bagehot, por ejemplo, cómo los inmensos beneficiospositivos de la navegación no existirían acaso para la humanidad, si enlas edades primitivas no hubiera habido soñadores yociosos—

seguramente, mal comprendidos de sus contemporáneos—a quienesinteresase la contemplación de lo que pasaba en las esferas delcielo.—Esta ley de armonía nos enseña a respetar el brazo que labra elduro terruño de la prosa. La obra del positivismo norteamericano serviráa la causa de Ariel, en último término. Lo que aquel pueblo de cíclopesha conquistado directamente para el bienestar material, con su sentidode lo útil y su admirable actitud de la invención mecánica, loconvertirán otros pueblos, o él mismo en lo futuro, en eficaceselementos de selección.

Así,

la

más

preciosa

y

fundamental

de

lasadquisiciones del espíritu—el alfabeto, que da alas de inmortalidad ala palabra—nace en el seno de las factorías cananeas y es el hallazgode una civilización mercantil, que, al utilizarlo con finesexclusivamente mercenarios, ignoraba que el genio de razas superiores lotransfiguraría convirtiéndole en el medio de propagar su más pura yluminosa esencia. La relación entre los bienes positivos y los bienesintelectuales y morales es, pues, según la adecuada comparación deFouillée, un nuevo aspecto de la cuestión de la equivalencia de lasfuerzas, que así como permite transformar el movimiento en calórico,permite también obtener de las ventajas materiales elementos desuperioridad espiritual.

Pero la vida norteamericana no nos ofrece aún un nuevo ejemplo de esarelación indudable, ni nos lo anuncia como gloria de una posteridad quese vislumbre.—- Nuestra confianza y nuestros votos deben inclinarse aque, en un porvenir más inaccesible a la inferencia, esté reservado aaquella civilización un destino superior. Por más que bajo el acicate desu actividad vivísima, el breve tiempo que la separa de su aurora hayasido bastante para satisfacer el gasto de vida requerido por unaevolución inmensa, su pasado y su actualidad no pueden ser sino unintroito con relación a lo futuro.—Todo demuestra que ella está aún muylejana de su fórmula definitiva. La energía asimiladora que le hapermitido conservar cierta uniformidad y cierto temple genial, adespecho de las enormes invasiones de elementos étnicos opuestos a losque hasta hoy han dado el tono a su carácter, tendrá que reñir batallascada día más difíciles, y en el utilitarismo proscriptor de todaidealidad no encontrará una inspiración suficientemente poderosa paramantener la atracción del sentimiento solidario. Un pensador ilustre,que comparaba al esclavo de las sociedades antiguas con una partícula nodigerida por

el

organismo

social,

podría

quizá

tener

una

comparaciónsemejante para caracterizar la situación de ese fuerte colono deprocedencia germánica, que establecido en los Estados del centro y delFar-West conserva intacta en su naturaleza, en su sociabilidad, en suscostumbres, la impresión del genio alemán, que en muchas de suscondiciones características más profundas y enérgicas debe serconsiderado una verdadera antítesis del genio americano.—Por otraparte, una civilización que esté destinada a vivir y a dilatarse en elmundo; una civilización que no haya perdido, momificándose, a la manerade los imperios asiáticos, la aptitud de la variabilidad, no puedeprolongar indefinidamente la dirección de sus energías y de sus ideas enun único y exclusivo sentido. Esperemos que el espíritu de aqueltitánico organismo social, que ha sido hasta hoy voluntad y utilidad solamente, sea también algún día inteligencia, sentimiento, idealidad.Esperemos, que de la enorme fragua surgirá, en último resultado, elejemplar humano, generoso, armónico, selecto, que Spencer, en un yacitado discurso, creía poder augurar como término del costoso proceso derefundición. Pero no le busquemos ni en la realidad presente de aquelpueblo, ni en la perspectiva de sus evoluciones inmediatas; yrenunciemos a ver el tipo de una civilización ejemplar donde sólo existeun boceto tosco y enorme, que aún pasará necesariamente por muchasrectificaciones sucesivas, antes de adquirir la serena y firme actitudcon que los pueblos que han alcanzado un perfecto desenvolvimiento de sugenio presiden al glorioso coronamiento de su obra, como en el sueñodel cóndor que Leconte de Lisle ha descrito con su soberbia majestad,terminando en olímpico sosiego la ascensión poderosa más arriba de lacumbre de la cordillera.

Ante la posteridad, ante la historia, todo gran pueblo debe aparecercomo una vegetación cuyo desenvolvimiento ha tendido armoniosamente aproducir un fruto en el que su savia acrisolada ofrece al porvenir laidealidad de su fragancia y la fecundidad de su simiente.—Sin esteresultado duradero, humano, levantado sobre la finalidad transitoriade lo útil, el poder y la grandeza de los imperios no son más que unanoche de sueño en la existencia de la humanidad; porque, como lasvisiones personales del sueño, no merecen contarse en el encadenamientode los hechos que forman la trama activa de la vida.

Gran civilización, gran pueblo—en la acepción que tiene valor para

lahistoria—,

son

aquellos

que,

al

desaparecer

materialmente en el tiempo,dejan vibrante para siempre la melodía surgida de su espíritu y hacenpersistir en la posteridad su legado imperecedero—según dijo Carlyledel alma de sus

«héroes»—: como una nueva y divina porción de la sumade las cosas. Tal, en el poema de Gœthe, cuando la Elena evocada delreino de la noche vuelve a descender al Orco sombrío, deja a Fausto sutúnica y su velo. Estas vestiduras no son la misma deidad, peroparticipan, habiéndolas llevado ella consigo, de su alteza de divina, ytienen la virtud de elevar a quien las posee por encima de las cosasvulgares.

Una sociedad definitivamente organizada que limite su idea de lacivilización a acumular abundantes elementos de prosperidad y su idea dela justicia a distribuirlos equitativamente entre los asociados, no haráde las ciudades donde habite nada que sea distinto, por esencia delhormiguero o la colmena. No son bastantes, ciudades populosas,opulentas, magníficas, para probar la constancia y la intensidad de unacivilización. La gran ciudad es, sin duda, un organismo necesario de laalta cultura. Es el ambiente natural de las más altas manifestacionesdel espíritu.

No sin razón ha dicho Quinet que «el alma que acude abeber fuerzas y energías en la íntima comunicación con el linaje humano,esa alma que constituye al grande hombre, no puede formarse y dilatarseen medio de los pequeños partidos de una ciudad pequeña».—Pero así lagrandeza cuantitativa de la población como la grandeza material de susinstrumentos, de sus armas, de sus habitaciones, son sólo medios delgenio civilizador, y en ningún caso resultados en los que él puedadetenerse.—De las piedras que compusieron a Cartago, no dura unapartícula transfigurada en espíritu y en luz. La inmensidad de Babiloniay de Nínive no representa en la memoria de la humanidad el hueco de unamano si se la compara con el espacio que va desde la Acrópolis alPireo.—Hay una perspectiva ideal en la que la ciudad no aparece grandesólo porque prometa ocupar el área inmensa que había edificada en tornoa la torre de Nemrod; ni aparece fuerte sólo porque sea capaz delevantar de nuevo ante sí los muros babilónicos sobre los que eraposible hacer pasar seis carros de frente; ni aparece hermosa sóloporque, como Babilonia, luzca en los paramentos de sus palacios losas dealabastro y se enguirnalde con los jardines de Semíramis.

Grande es en esa perspectiva la ciudad, cuando los arrabales de suespíritu alcanzan más allá de las cumbres y los mares, y cuando,pronunciando su nombre, ha de iluminarse para la posteridad toda unajornada de la historia humana, todo un horizonte del tiempo. La ciudades fuerte y hermosa cuando sus días son algo más que la invariablerepetición de un mismo eco, reflejándose indefinidamente de uno en otrocírculo de una eterna espiral; cuando hay algo en ella que flota porencima de la muchedumbre; cuando entre las luces que se enciendendurante sus noches está la lámpara que acompaña la soledad de lavigilia, inquietada por el pensamiento, y en la que se incuba la ideaque ha de surgir al sol del otro día convertida en el grito que congregay la fuerza que conduce las almas.

Entonces, sólo la extensión y la grandeza material de la ciudad puedendar la medida para calcular la intensidad de su civilización.—Ciudadesregias, soberbias aglomeraciones de casas, son para el pensamiento uncauce más inadecuado que la absoluta soledad del desierto, cuando elpensamiento no es el señor que las domina.—Leyendo el Maud deTénnyson, hallé una página que podría ser el símbolo de este tormentodel espíritu allí donde la sociedad humana es para él un género desoledad.—Presa de angustioso delirio, el héroe del poema se sueñamuerto y sepultado, a pocos pies dentro de tierra, bajo el pavimento deuna calle de Londres. A pesar de la muerte, su conciencia permaneceadherida a los fríos despojos de su cuerpo.

El clamor confuso de lacalle, propagándose en sorda vibración hasta la estrecha cavidad de latumba, impide en ella todo sueño de paz. El peso de la multitudindiferente gravita a toda hora sobre la triste prisión de aquelespíritu, y los cascos de los caballos que pasan parecen empeñarse enestampar sobre él un sello de oprobio. Los días se suceden con lentitudinexorable. La aspiración de Maud consistiría en hundirse más adentro,mucho más adentro de la tierra. El ruido ininteligente del tumulto sólosirve para mantener en su conciencia desvelada el pensamiento de sucautividad.

Existen ya, en nuestra América latina, ciudades cuya grandeza material ycuya suma de civilización aparente las acercan con acelerado paso aparticipar del primer rango en el mundo. Es necesario temer que elpensamiento sereno que se aproxime a golpear sobre las exterioridadesfastuosas, como sobre un cerrado vaso de bronce, sienta el ruidodesconsolador del vacío.

Necesario es temer, por ejemplo, que ciudadescuyo nombre fué un glorioso símbolo en América; que tuvieron a Moreno, aRivadavia, a Sarmiento; que llevaron la iniciativa de una inmortalRevolución; ciudades que hicieron dilatarse por toda la extensión

de

uncontinente,

como

en

el

armonioso

desenvolvimiento de las ondasconcéntricas que levanta el golpe de la piedra sobre el agua dormida, lagloria de sus héroes y la palabra de sus tribunos, puedan determinar enSidón, en Tiro, en Cartago.

A vuestra generación toca impedirlo; a la juventud que se levanta,sangre y músculo y nervio del porvenir. Quiero considerarlapersonificada en vosotros. Os hablo ahora figurándome que sois losdestinados a guiar a los demás en los combates por la causa delespíritu. La perseverancia de vuestro esfuerzo debe identificarse envuestra intimidad con la certeza del triunfo. No desmayéis en predicarel Evangelio de la delicadeza a los escitas, el Evangelio de lainteligencia a los beocios, el Evangelio del desinterés a los fenicios.

Basta que el pensamiento insista en ser—en demostrar que existe,

conla

demostración

que

daba

Diógenes

del

movimiento—, para que sudilatación sea ineluctable y para que su triunfo sea seguro.

El pensamiento se conquistará palmo a palmo, por su propiaespontaneidad, todo el espacio de que necesite para afirmar y consolidarsu reino, entre las demás manifestaciones de la vida.—Él, en laorganización individual, levanta y engrandece, con su actividadcontinuada, la bóveda del cráneo que le contiene. Las razas pensadorasrevelan, en la capacidad creciente de sus cráneos, ese empuje del obrerointerior.—Él, en la organización social, sabrá también engrandecer lacapacidad de su escenario, sin necesidad de que para ello intervenganinguna fuerza ajena a él mismo.—Pero tal persuasión, que debedefenderos de un desaliento cuya única utilidad consistiría en eliminara los mediocres y los pequeños de la lucha, debe preservaros también delas impaciencias que exigen vanamente del tiempo la alteración de suritmo imperioso.

Todo el que se consagre a propagar y defender, en la Américacontemporánea, un ideal desinteresado del espíritu—

arte, ciencia,moral, sinceridad religiosa, política de ideas—, debe educar suvoluntad en el culto perseverante del porvenir. El pasado perteneciótodo entero al brazo que combate; el presente pertenece, casi porcompleto también, al tosco brazo que nivela y construye; el porvenir—unporvenir tanto más cercano cuanto más enérgicos sean la voluntad y elpensamiento de los que le ansían—ofrecerá, para el desenvolvimiento desuperiores facultades del alma, la estabilidad, el escenario y elambiente.

¿No la veréis vosotros la América que nosotros soñamos; hospitalariapara las cosas del espíritu, y no tan sólo para las muchedumbres que seamparen a ella; pensadora, sin menoscabo de su aptitud para la acción;serena y firme a pesar de sus entusiasmos generosos; resplandeciente conel encanto de una seriedad temprana y suave, como la que realza laexpresión de un rostro infantil cuando en él se revela, al través de lagracia intacta que fulgura, el pensamiento inquieto quedespierta?...—Pensad en ella a lo menos; el honor de vuestra historiafutura depende de que tengáis constantemente ante los ojos del alma lavisión de esa América regenerada, cerniéndose de lo alto sobre lasrealidades del presente, como en la nave gótica el vasto rosetón quearde en luz sobre lo austero de los muros sombríos.—No seréis susfundadores, quizá; seréis los precursores que inmediatamente laprecedan. En las sanciones glorificadoras del futuro hay también palmaspara el recuerdo de los precursores. Edgard Quinet, que tanprofundamente ha penetrado en las armonías de la historia y laNaturaleza, observa que para preparar el advenimiento de un nuevo tipohumano, de una nueva unidad social, de una personificación nueva de lacivilización, suele precederles de lejos un grupo disperso y prematuro,cuyo papel es análogo en la vida de las sociedades al de las especiesproféticas de que a propósito de la evolución biológica habla Héer. Eltipo nuevo empieza por significar, apenas, diferencias individuales yaisladas; los individualismos se organizan más tarde en «variedad», ypor último, la variedad encuentra para propagarse un medio que lafavorece, y entonces ella asciende quizá al rango específico:entonces—digámoslo con las palabras de Quinet— el grupo se hacemuchedumbre, y reina.

He ahí por qué vuestra filosofía moral en el trabajo y el combate debeser el reverso del carpe diem horaciano; una filosofía que no seadhiera a lo presente, sino como al peldaño donde afirmar el pie o comoa la brecha por donde entrar en muros enemigos. No aspiraréis, en loinmediato, a la consagración de la victoria definitiva, sino aprocuraros mejores condiciones de lucha. Vuestra energía viril tendrácon ello un estímulo más poderoso; puesto que hay la virtualidad de uninterés dramático mayor, en el desempeño de ese papel, activoesencialmente, de renovación y de conquista, propio para acrisolar lasfuerzas de una generación heroicamente dotada, que en la serena yolímpica actitud que suelen las edades de oro del espíritu imponer a losoficiantes solemnes de su gloria.—«No es la posesión de los bienes—hadicho profundamente Taine, hablando de las alegrías del Renacimiento—;no es la posesión de bienes, sino su adquisición, lo que da a loshombres el placer y el sentimiento de su fuerza».

Acaso sea atrevida y candorosa esperanza creer en un aceleramiento tancontinuo y dichoso de la evolución, en una eficacia tal de vuestroesfuerzo, que baste el tiempo concedido a la duración de una generaciónhumana para llevar en América las condiciones de la vida intelectual,desde la incipiencia en que las tenemos ahora, a la categoría de unverdadero interés social y a una cumbre que de veras domine.—Pero dondeno cabe la transformación total, cabe el progreso; y aun cuandosupierais que las primicias del suelo penosamente trabajado, no habríande servirse en vuestra mesa jamás, ello sería, si sois generosos, sisois fuertes, un nuevo estímulo en la intimidad de vuestra conciencia.La obra mejor es la que se realiza sin las impaciencias del éxitoinmediato; y el más glorioso esfuerzo es el que pone la esperanza másallá del horizonte visible; y la abnegación más pura es la que se niegaen lo presente, no ya la compensación del lauro y el honor ruidoso, sinoaun la voluptuosidad moral que se solaza en la contemplación de la obraconsumada y el término seguro.

Hubo en la antigüedad altares para los «dioses ignorados».

Consagrad unaparte de vuestra alma al porvenir desconocido. A medida que lassociedades avanzan, el pensamiento del porvenir entra por mayor partecomo uno de los factores de su evolución y una de las inspiraciones desus obras. Desde la imprevisión obscura del salvaje, que sólo divisa delfuturo lo que falta para el terminar de cada período de sol y no concibecómo los días que vendrán pueden ser gobernados en parte desde elpresente, hasta nuestra preocupación solícita y previsora de laposteridad, media un espacio inmenso, que acaso parezca breve ymiserable algún día. Sólo somos capaces de progreso en cuanto lo somosde adaptar nuestros actos a condiciones cada vez más distantes denosotros, en el espacio y en el tiempo. La seguridad de nuestraintervención en una obra que haya de sobrevivirnos, fructificando en losbeneficios del futuro, realza nuestra dignidad humana, haciéndonostriunfar de las limitaciones de nuestra naturaleza. Si, por desdicha, laHumanidad hubiera de desesperar definitivamente de la inmortalidad de laconciencia individual, el sentimiento más religioso con que podríasubstituirla sería el que nace de pensar que, aun después de disueltanuestra alma en el seno de las cosas, persistiría en la herencia que setransmiten las generaciones humanas lo mejor de lo que ella ha sentido yha soñado, su esencia más íntima y más pura, al modo como el rayolumínico de la estrella extinguida persiste en lo infinito y desciende aacariciarnos con su melancólica luz.

El porvenir es, en la vida de las sociedades humanas, el pensamientoidealizador por excelencia. De la veneración piadosa del pasado, delculto de la tradición, por una parte, y por la otra del atrevido impulsohacia lo venidero, se compone la noble fuerza que, levantando elespíritu colectivo sobre las limitaciones del presente, comunica a lasagitaciones y los sentimientos sociales un sentido ideal. Los hombres ylos pueblos trabajan, en sentir de Fouillée, bajo la inspiración de lasideas, como los irracionales bajo la inspiración de los instintos; y lasociedad que lucha y se esfuerza, a veces sin saberlo, por imponer unaidea a la realidad, imita, según el mismo pensador, la obra instintivadel pájaro que, al construir el nido bajo el imperio de una imageninterna que le obsede, obedece a la vez a un recuerdo inconsciente delpasado y a un presentimiento misterioso del porvenir.

Eliminando la sugestión del interés egoísta de las almas, el pensamientoinspirado en la preocupación por destinos ulteriores a nuestra vida,todo lo purifica y serena, todo lo ennoblece; y es un alto honor denuestro siglo el que la fuerza obligatoria de esa preocupación por lofuturo, el sentimiento de esa elevada imposición de la dignidad del serracional, se hayan manifestado tan claramente en él, que aun en el senodel más absoluto pesimismo, aun en el seno de la amarga filosofía que hatraído a la civilización occidental, dentro del loto de Oriente, el amorde la disolución y la nada, la voz de Hártmann ha predicado, con laapariencia de la lógica, el austero deber de continuar la obra delperfeccionamiento, de trabajar en beneficio del porvenir, para que,acelerada la evolución por el esfuerzo de los hombres, llegue ella conmás rápido impulso a su término final, que será el término de todo dolory toda vida.

Pero no; como Hártmann, en nombre de la muerte, sino en el de la vidamisma y la esperanza, yo os pido una parte de vuestra alma para la obradel futuro.—Para pedíroslo, he querido inspirarme en la imagen dulce yserena de mi Ariel.—El bondadoso genio en quien Shakespeare acertó ainfundir, quizá con la divina inconsciencia frecuente en lasadivinaciones geniales, tan alto simbolismo, manifiesta claramente en laestatua su significación ideal, admirablemente traducida por el arte enlíneas y contornos. Ariel es la razón y el sentimiento superior.

Arieles este sublime instinto de perfectibilidad, por cuya virtud semagnifica y convierte en centro de las cosas, la arcilla humana a la quevive vinculada su luz, la miserable arcilla de que los genios deArimanes hablaban a Manfredo. Ariel es, para la Naturaleza, el excelsocoronamiento de su obra, que hace terminarse el proceso de ascensión delas formas organizadas, con la llamarada del espíritu Ariel triunfante,significa idealidad y orden en la vida, noble inspiración en elpensamiento, desinterés en moral, buen gusto en arte, heroísmo en laacción, delicadeza en las costumbres.—Él es el héroe epónimo en laepopeya de la especie; él es el inmortal protagonista; desde que con supresencia inspiró los débiles esfuerzos de racionalidad del hombreprehistórico, cuando por primera vez dobló la frente obscura para labrarel pedernal o dibujar una grosera imagen en los huesos de reno; desdeque con sus alas avivó la hoguera sagrada que el arya primitivo,progenitor de los pueblos civilizadores, amigo de la luz, encendía en elmisterio de las selvas del Ganges para forjar con su fuego divino elcetro de la majestad humana, hasta que, dentro ya de las razassuperiores, se cierne deslumbrante sobre las almas que han extralimitadolas cimas naturales de la humanidad; lo mismo sobre los héroes delpensamiento y del ensueño que sobre los de la acción y el sacrificio; lomismo sobre Platón en el promontorio de Súnium, que sobre San Franciscode Asís en la soledad de Monte Albernia.—Su fuerza incontrastable tienepor impulso todo el movimiento ascendente de la vida. Vencido una y milveces por la indomable rebelión de Calibán, proscripto por la barbarievencedora, asfixiado en el humo de las batallas, manchadas las alastransparentes al rozar el «eterno estercolero de Job», Ariel resurgeinmortalmente, Ariel recobra su juventud y su hermosura, y acude ágil,como al mandato de Próspero, al llamado de cuantos le aman e invocan enla realidad. Su benéfico imperio alcanza, a veces, aun a los que leniegan y le desconocen. Él dirige a menudo las fuerzas ciegas del mal yla barbarie para que concurran, como las otras, a la obra del bien.

Élcruzará la historia humana, entonando, como en el drama de Shakespeare,su canción melodiosa, para animar a los que trabajan y a los que luchan,hasta que el cumplimiento del plan ignorado a que obedece lepermita—cual se liberta, en el drama, del servicio de Próspero—rompersus lazos materiales y volver para siempre al centro de su lumbredivina.

Aun más que para mi palabra, yo exijo de vosotros un dulce e indeleblerecuerdo para mi estatua de Ariel. Yo quiero que la imagen leve ygraciosa de este bronce se imprima desde ahora en la más seguraintimidad de vuestro espíritu.—Recuerdo que una vez que observaba elmonetario de un museo, provocó mi atención en la leyenda de una viejamoneda la palabra Esperanza, medio borrada sobre la palidez decrépitadel oro.

Considerando la apagada inscripción, yo meditaba en la posiblerealidad de su influencia. ¡Quién sabe qué activa y noble parte seríajusto atribuir, en la formación del carácter y en la vida de algunasgeneraciones humanas, a ese lema sencillo actuando sobre los ánimos comouna insistente sugestión! ¡Quién sabe cuántas vacilantes alegríaspersistieron, cuántas generosas empresas maduraron, cuántos fatalespropósitos se desvanecieron al chocar las miradas con la palabraalentadora, impresa como un gráfico grito, sobre el disco metálico quecirculó de mano en mano!... Pueda la imagen de este bronce—troqueladosvuestros corazones

con

ella—desempeñar

en

vuestra

vida

el

mismoinaparente pero decisivo papel. Pueda ella, en las horas sin luz deldesaliento, reanimar en vuestra conciencia el entusiasmo por el idealvacilante, devolver a vuestro corazón el calor de la esperanza perdida.Afirmado primero en el baluarte de vuestra vida interior, Ariel selanzará desde allí a la conquista de las almas. Yo le veo en elporvenir, sonriéndoos con gratitud, desde lo alto, al sumergirse en lasombra vuestro espíritu. Yo creo en vuestra voluntad, en vuestroesfuerzo; y más aún, en los de aquellos a quienes daréis la vida ytransmitiréis vuestra obra.

Yo suelo embriagarme con el sueño del día enque las cosas reales harán pensar que la Cordillera que se yergue sobreel suelo de América ha sido tallada para ser el pedestal definitivo deesta estatua, para ser el ara inmutable de su veneración.

Así habló Próspero.—Los jóvenes discípulos se separaron del maestrodespués de haber estrechado su mano con afecto filial.

De su suavepalabra, iba con ellos la persistente vibración en que se prolonga ellamento del cristal herido en un ambiente sereno.

Era la última hora dela tarde. Un rayo del moribundo sol atravesaba la estancia, en medio dediscreta penumbra, y tocando la frente de bronce de la estatua, parecíaanimar en los altivos ojos de Ariel la chispa inquieta de la vida.Prolongándose luego, el rayo hacía pensar en una larga mirada que elgenio, prisionero en el bronce, enviase sobre el grupo juvenil que sealejaba.—Por mucho espacio marchó el grupo en silencio. Al amparo de unrecogimiento unánime se verificaba en el espíritu de todos ese finodestilar de la meditación, absorta en cosas graves, que un alma santa hacomparado exquisitamente a la caída lenta y tranquila del rocío sobre elvellón de un cordero.—Cuando el áspero contacto de la muchedumbre lesdevolvió a la realidad que les rodeaba, era la noche ya. Una cálida yserena noche de estío. La gracia y la quietud que ella derramaba de suurna de ébano sobre la tierra, triunfaban de la prosa flotante sobrelas cosas dispuestas por manos de los hombres. Sólo estorbaba para eléxtasis la presencia de la multitud. Un soplo tibio hacía estremecerseel ambiente con lánguido y delicioso abandono, como la copa trémula enla mano de una bacante. Las sombras, sin ennegrecer el cielo purísimo,se limitaban a dar a su azul el tono obscuro en que parece expresarseuna serenidad pensadora.

Esmaltándolas, los grandes astros centelleabanen medio de un cortejo infinito; Aldebarán, que ciñe una púrpura de luz;Sirio, como la cavidad de un nielado cáliz de plata volcado sobre elmundo; el Crucero, cuyos brazos abiertos se tienden sobre el suelo deAmérica como para defender una última esperanza...

Y fué entonces, tras el prolongado silencio, cuando el más joven delgrupo, a quien llamaban «Enjolrás» por su ensimismamiento reflexivo,dijo, señalando sucesivamente la perezosa ondulación del rebaño humanoy la radiante hermosura de la noche:

—Mientras la muchedumbre pasa, yo observo que, aunque ella no mira alcielo, el cielo la mira. Sobre su masa indiferente y obscura, comotierra del surco, algo desciende de lo alto. La vibración de lasestrellas se parece al movimiento de unas manos de sembrador.

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