Ariel by José Enrique Rodó - HTML preview

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ARIEL

1920

EDITORIAL CERVANTES

VALENCIA—Colón, 52

ES PROPIEDAD

----Talleres de Tipografía

LA GUTENBERG—Valencia

Apoderado general en Sud-América:

JOSÉ BLAYA

Formosa, 463—BUENOS AIRES

Aquella tarde, el viejo y venerado maestro, a quien solían llamarPróspero, por alusión al sabio mago de La Tempestad shakespiriana, sedespedía de sus jóvenes discípulos, pasado un año de tareas,congregándolos una vez más a su alrededor.

Ya habían llegado ellos a la amplia sala de estudios, en la que un gustodelicado y severo esmerábase por todas partes en honrar la noblepresencia de los libros, fieles compañeros de Próspero.

Dominaba en lasala—como numen de su ambiente sereno—un bronce primoroso que figurabaal ARIEL de La Tempestad. Junto a este bronce se sentaba habitualmenteel maestro, y por ello le llamaban con el nombre del mago a quien sirvey favorece en el drama el fantástico personaje que había interpretado elescultor.

Quizá en su enseñanza y su carácter había, para el nombre, unarazón y un sentido más profundos.

Ariel, genio del aire, representa, en el simbolismo de la obra deShakespeare, la parte noble y alada del espíritu. Ariel es el imperio dela razón y el sentimiento sobre los bajos estímulos de lairracionalidad; es el entusiasmo generoso, el móvil alto y desinteresadoen la acción, la espiritualidad de la cultura, la vivacidad y la graciade la inteligencia, el término ideal a que asciende la selección humana,rectificando en el hombre superior los tenaces vestigios de Calibán,símbolo de sensualidad y de torpeza, con el cincel perseverante de lavida.

La estatua, de arte real, reproducía al genio aéreo en el instante enque, libertado por la magia de Próspero, va a lanzarse a los aires paradesvanecerse en un lampo. Despegadas las alas; suelta y flotante la levevestidura, que la caricia de la luz en el bronce damasquinaba de oro;erguida la amplia frente; entreabiertos los labios por una serenasonrisa, todo en la actitud de Ariel acusaba admirablemente el graciosoarranque del vuelo; y con inspiración dichosa, el arte que había dadofirmeza escultural a su imagen, había acertado a conservar en ella, almismo tiempo, la apariencia seráfica y la levedad ideal.

Próspero acarició, meditando, la frente de la estatua; dispuso luego algrupo juvenil en torno suyo; y con su firme voz—voz magistral quetenía para fijar la idea e insinuarse en las profundidades delespíritu, bien la esclarecedora penetración del rayo de luz, bien elgolpe incisivo del cincel en el mármol, bien el toque impregnante delpincel en el lienzo o de la onda en la arena—comenzó a decir, frente auna atención afectuosa: Junto a la estatua que habéis visto presidir, cada tarde, nuestroscoloquios de amigos, en los que he procurado despojar a la enseñanza detoda ingrata austeridad, voy a hablaros de nuevo, para que sea nuestradespedida como el sello estampado en un convenio de sentimientos y deideas.

Invoco a ARIEL como mi numen. Quisiera ahora para mi palabra la mássuave y persuasiva unción que ella haya tenido jamás. Pienso que hablara la juventud sobre nobles y elevados motivos, cualesquiera que sean, esun género de oratoria sagrada.

Pienso también que el espíritu de lajuventud es un terreno generoso donde la simiente de una palabraoportuna suele rendir, en corto tiempo, los frutos de una inmortalvegetación.

Anhelo colaborar en una página del programa que, al prepararos arespirar el aire libre de la acción, formularéis, sin duda, en laintimidad de vuestro espíritu, para ceñir a él vuestra personalidadmoral y vuestro esfuerzo. Este programa propio—

que algunas veces seformula y escribe; que se reserva otras para ser revelado en el mismotranscurso de la acción—, no falta nunca en el espíritu de lasagrupaciones y los pueblos que son algo más que muchedumbres. Si conrelación a la escuela de la voluntad individual, pudo Gœthe decirprofundamente que sólo es digno de la libertad y la vida quien es capazde conquistarlas día a día para sí, con tanta más razón podría decirseque el honor de cada generación humana exige que ella se conquiste, porla perseverante actividad de su pensamiento, por el esfuerzo propio, sufe en determinada manifestación del ideal y su puesto en la evolución delas ideas.

Al conquistar los vuestros, debéis empezar por reconocer un primerobjeto de fe en vosotros mismos. La juventud que vivís es una fuerza decuya aplicación sois los obreros y un tesoro de cuya inversión soisresponsables. Amad ese tesoro y esa fuerza; haced que el altivosentimiento de su posesión permanezca ardiente y eficaz en vosotros. Yoos digo con Renán: «La juventud es el descubrimiento de un horizonteinmenso, que es la Vida». El descubrimiento que revela las tierrasignoradas, necesita completarse con el esfuerzo viril que las sojuzga.

Yningún otro espectáculo puede imaginarse más propio para cautivar a untiempo el interés del pensador y el entusiasmo del artista, que el quepresenta una generación humana que marcha al encuentro del futuro,vibrante con la impaciencia de la acción, alta la frente, en la sonrisaun altanero desdén del desengaño, colmada el alma por dulces y remotosmirajes que derraman en ella misteriosos estímulos, como las visiones deCipango y El Dorado en las crónicas heroicas de los conquistadores.

Del renacer de las esperanzas humanas; de las promesas que fíaneternamente al porvenir la realidad de lo mejor, adquiere su belleza elalma que se entreabre al soplo de la vida; dulce e inefable belleza,compuesta, como lo estaba la del amanecer para el poeta de LasContemplaciones, de un «vestigio de sueño y un principio depensamiento».

La humanidad, renovando de generación en generación su activa esperanzay su ansiosa fe en un ideal, al través de la dura experiencia de lossiglos, hacía pensar a Guyau en la obsesión de aquella pobre enajenadacuya extraña y conmovedora locura consistía en creer llegado,constantemente, el día de sus bodas.—

Juguete de su ensueño, ella ceñíacada mañana a su frente pálida la corona de desposada y suspendía de sucabeza el velo nupcial.

Con una dulce sonrisa disponíase luego a recibiral prometido ilusorio, hasta que las sombras de la tarde, tras el vanoesperar, traían la decepción a su alma. Entonces tomaba un melancólicotinte su locura. Pero su ingenua confianza reaparecía con la aurorasiguiente; y ya sin el recuerdo del desencanto pasado, murmurando: Eshoy cuando vendrá, volvía a ceñirse la corona y el velo y a sonreír enespera del prometido.

Es así como, no bien la eficacia de un ideal ha muerto, la humanidadviste otra vez sus galas nupciales para esperar la realidad del idealsoñado con nueva fe, con tenaz y conmovedora locura. Provocar esarenovación, inalterable con un ritmo de la Naturaleza, es en todos lostiempos la función y la obra de la juventud. De las almas de cadaprimavera humana está tejido aquel tocado de novia. Cuando se trata desofocar esta sublime terquedad de la esperanza, que brota alada del senode la decepción, todos los pesimismos son vanos. Lo mismo los que sefundan en la razón que los que parten de la experiencia, han dereconocerse inútiles para contrastar el altanero no importa que surgedel fondo de la Vida. Hay veces en que, por una aparente alteración delritmo triunfal, cruzan la historia humana generaciones destinadas apersonificar, desde la cuna, la vacilación y el desaliento. Pero ellaspasan—no sin haber tenido quizá su ideal como las otras, en formanegativa y con amor inconsciente—y de nuevo se ilumina en el espíritude la humanidad la esperanza en el Esposo anhelado; cuya imagen, dulce yradiosa como en los versos de marfil de los místicos, basta paramantener la animación y el contento de la vida, aun cuando nunca hayade encarnarse en la realidad.

La juventud, que así significa en el alma de los individuos y la de lasgeneraciones, luz, amor, energía, existe y lo significa también en elproceso evolutivo de las sociedades. De los pueblos que sienten yconsideran la vida como vosotros, serán siempre la fecundidad, lafuerza, el dominio del porvenir.—Hubo una vez en que los atributos dela juventud humana se hicieron, más que en ninguna otra, los atributosde un pueblo, los caracteres de una civilización, y en que un soplo deadolescencia encantadora pasó rozando la frente serena de una raza.Cuando Grecia nació, los dioses le regalaron el secreto de su juventudinextinguible. Grecia es el alma joven. «Aquel que en Delfos contemplala apiñada muchedumbre de los jonios—dice uno de los himnoshoméricos—, se imagina que ellos no han de envejecer jamás». Greciahizo grandes cosas porque tuvo, de la juventud, la alegría, que es elambiente de la acción, y el entusiasmo, que es la palanca omnipotente.El sacerdote egipcio con quien Solón habló en el templo de Sais, decíaal legislador ateniense,

compadeciendo

a

los

griegos

por

su

volubilidadbulliciosa: No sois sino unos niños. Y Michelet ha comparado laactividad del alma helena con un festivo juego a cuyo alrededor seagrupan y sonríen todas las naciones del mundo. Pero de aquel divinojuego de niños sobre las playas del Archipiélago y a la sombra de losolivos de Jonia, nacieron el arte, la filosofía, el pensamiento libre,la curiosidad de la investigación, la conciencia de la dignidad humana,todos esos estímulos de Dios que son aún nuestra inspiración y nuestroorgullo. Absorto en su austeridad hierática, el país del sacerdoterepresentaba, en tanto, la senectud, que se concentra para ensayar elreposo de la eternidad y aleja, con desdeñosa mano, todo frívolo sueño.La gracia, la inquietud, están proscriptas de las actitudes de su alma,como del gesto de sus imágenes la vida. Y cuando la posteridad vuelvelas miradas a él, sólo encuentra una estéril noción del ordenpresidiendo al desenvolvimiento de una civilización que vivió paratejerse un sudario y para edificar sus sepulcros: la sombra de un compástendiéndose sobre la esterilidad de la arena.

Las prendas del espíritu joven—el entusiasmo y laesperanza—

corresponden en las armonías de la historia, y la naturalezaal movimiento y a la luz.—A donde quiera que volváis los ojos, lasencontraréis como el ambiente natural de todas las cosas fuertes yhermosas. Levantadlos al ejemplo más alto:—La idea cristiana, sobre laque aún se hace pesar la acusación de haber entristecido la tierraproscribiendo la alegría del paganismo, es una inspiraciónesencialmente juvenil mientras no se aleja de su cuna. El cristianismonaciente es en la interpretación—que yo creo tanto más verdadera cuantomás poética—de Renán, un cuadro de juventud inmarcesible. De juventuddel alma, o, lo que es lo mismo, de un vivo sueño de gracia, de candor,se compone el aroma divino que flota sobre las lentas jornadas delMaestro al través de los campos de Galilea; sobre sus prédicas, que sedesenvuelven ajenas a toda penitente gravedad; junto a un lago celeste;en los valles abrumados de frutos; escuchadas por

«las aves del cielo» y«los lirios de los campos» con que se adornan las parábolas; propagandola alegría del «reino de Dios»

sobre una dulce sonrisa de laNaturaleza.—De este cuadro dichoso están ausentes los ascetas queacompañaban en la soledad las penitencias del Bautista. Cuando Jesúshabla de los que a él le siguen, los compara a los paraninfos de uncortejo de bodas.—Y es la impresión de aquel divino contento la que,incorporándose a la esencia de la nueva fe, se siente persistir altravés de la Odisea de los evangelistas; la que derrama en el espíritude las primeras comunidades cristianas su felicidad candorosa, suingenua alegría de vivir, y la que, al llegar a Roma con los ignoradoscristianos del Transtevere, les abre fácil paso en los corazones; porqueellos triunfaron oponiendo el encanto de su juventud interior—la de sualma embalsamada por la libación del vino nuevo—a la severidad de losestoicos y a la decrepitud de los mundanos.

Sed, pues, conscientes poseedores de la fuerza bendita que lleváisdentro de vosotros mismos. No creáis, sin embargo, que ella esté exentade malograrse y desvanecerse, como un impulso sin objeto, en larealidad. De la Naturaleza es la dádiva del precioso tesoro; pero es delas ideas que él sea fecundo o se prodigue vanamente, o fraccionado ydisperso en las conciencias personales, no se manifieste en la vida delas sociedades humanas

como

una

fuerza

bienhechora.—Un

escritor

sagazrastreaba ha poco en las páginas de la novela de nuestro siglo—esainmensa superficie especular donde se refleja toda entera la imagen dela vida en los últimos vertiginosos cien años—la psicología, losestados de alma de la juventud, tales como ellos han sido en lasgeneraciones que van desde los días de René hasta los que han vistopasar a Des Esseintes.—Su análisis comprobaba una progresivadisminución de juventud interior y de energía en la serie depersonajes representativos que se inicia con los héroes, enfermos, peroa menudo viriles y siempre intensos de pasión, de los románticos, ytermina con los enervados de voluntad y corazón, en quienes se reflejantan desconsoladoras manifestaciones del espíritu de nuestro tiempo comola del protagonista de À rebours o la del Robert Greslou de LeDisciple.—Pero comprobaba el análisis también un lisonjerorenacimiento de animación y de esperanza en la psicología de la juventudde que suele hablarnos una literatura que es quizá nuncio detransformaciones más hondas; renacimiento que personifican los héroesnuevos de Lemaître; de Wizewa, de Rod, y cuya más cumplidarepresentación lo sería tal vez el David Grieve con que ciertanovelista inglesa contemporánea ha resumido en un solo carácter todaslas penas y todas las inquietudes ideales de varias generaciones, parasolucionarlas en un supremo desenlace de serenidad y amor.

¿Madurará en la realidad esa esperanza? Vosotros, los que vais a pasar,como el obrero en marcha a los talleres que le esperan, bajo el pórticodel nuevo siglo, ¿reflejaréis quizá sobre el arte que os estudieimágenes más luminosas y triunfales que las que han quedado de nosotros?Si los tiempos divinos en que las almas jóvenes daban modelos para losdialoguistas radiantes de Platón sólo fueron posibles en una breveprimavera del mundo; si es fuerza «no pensar en los dioses», comoaconseja la Forquias del segundo «Fausto» al coro de cautivas, ¿no nosserá lícito, a lo menos, soñar con la aparición de generaciones humanasque devuelvan a la vida un sentido ideal, un grande entusiasmo; en lasque sea un poder el sentimiento; en las que una vigorosa resurrección delas energías de la voluntad ahuyente, con heroico clamor, del fondo delas almas, todas las cobardías morales que se nutren a los pechos de ladecepción y de la duda? ¿Será de nuevo la juventud una realidad de lavida colectiva, como lo es de la vida individual?

Tal es la pregunta que me inquieta mirándoos. Vuestras primeras páginas,las confesiones que nos habéis hecho hasta ahora de vuestro mundoíntimo, hablan de indecisión y de estupor a menudo; nunca deenervación, ni de un definitivo quebranto de la voluntad. Yo sé bien queel entusiasmo es una surgente viva en vosotros. Yo sé bien que las notasde desaliento y de dolor, que la absoluta sinceridad delpensamiento—virtud todavía más grande que la esperanza—ha podido hacerbrotar de las torturas de vuestra meditación, en las tristes einevitables citas de la Duda, no eran indicio de un estado de almapermanente ni significaron en ningún caso vuestra desconfianza respectode la eterna virtualidad de la Vida.

Cuando un grito de angustia haascendido del fondo de vuestro corazón, no lo habéis sofocado antes depasar por vuestros labios, con la austera y muda altivez del estoico enel suplicio, pero lo habéis terminado con una invocación al ideal quevendrá, con una nota de esperanza mesiánica.

Por lo demás, al hablaros del entusiasmo y la esperanza como de altas yfecundas virtudes, no es mi propósito enseñaros a trazar la líneainfranqueable que separe el escepticismo de la fe, la decepción de laalegría. Nada más lejos de mi ánimo que la idea de confundir con losatributos naturales de la juventud, con la graciosa espontaneidad de sualma, esa indolente frivolidad del pensamiento que, incapaz de ver másque el motivo de un juego en la actividad, compra el amor y el contentode la vida al precio de su incomunicación con todo lo que pueda hacerdetener el paso ante la faz misteriosa y grave de las cosas.—No es eseel noble significado de la juventud individual, ni ese tampoco el de lajuventud de los pueblos.—Yo he conceptuado siempre vano el propósito delos que constituyéndose en avizores vigías del destino de América, encustodios de su tranquilidad, quisieran sofocar, con temeroso recelo,antes de que llegase a nosotros, cualquiera resonancia del humanodolor, cualquier eco venido de literaturas extrañas que, por triste oinsano, ponga en peligro la fragilidad de su optimismo.—Ninguna firmeeducación de la inteligencia puede fundarse en el aislamiento candorosoo en la ignorancia

voluntaria.

Todo

problema

propuesto

al

pensamientohumano por la Duda; toda sincera reconvención que sobre Dios o laNaturaleza se fulmine, del seno del desaliento y el dolor, tienenderecho a que les dejemos llegar a nuestra conciencia y a que losafrontemos. Nuestra fuerza de corazón ha de probarse aceptando el retode la Esfinge y no esquivando su interrogación formidable.—No olvidéis,además, que en ciertas amarguras del pensamiento hay, como en susalegrías, la posibilidad de encontrar un punto de partida para laacción; hay a menudo sugestiones fecundas. Cuando el dolor enerva,cuando el dolor es la irresistible pendiente que conduce al marasmo oel consejero pérfido que mueve a la abdicación de la voluntad, lafilosofía que le lleva en sus entrañas es cosa indigna de almas jóvenes.Puede entonces el poeta calificarle de «indolente soldado que militabajo las banderas de la muerte». Pero cuando lo que nace del seno deldolor es el anhelo varonil de la lucha para conquistar o recobrar elbien que él nos niega, entonces es un acerado acicate de la evolución,es el más poderoso impulso de la vida; no de otro modo que como elhastío, para Helvecio, llega a ser la mayor y más preciosa de todas lasprerrogativas humanas,

desde

el

momento

en

que,

impidiendo

enervarsenuestra sensibilidad en los adormecimientos del ocio, se convierte en elvigilante estímulo de la acción.

En tal sentido, se ha dicho bien que hay pesimismos que tienen lasignificación de un optimismo paradógico. Muy lejos de suponer larenuncia y la condenación de la existencia, ellos propagan, con sudescontento de lo actual, la necesidad de renovarla. Lo que a lahumanidad importa salvar contra toda negación pesimista, es, no tanto laidea de la relativa bondad de lo presente, sino la de la posibilidad dellegar a un término mejor por el desenvolvimiento de la vida, apresuradoy orientado mediante esfuerzo de los hombres. La fe en el porvenir, laconfianza en la eficacia del esfuerzo humano, son el antecedentenecesario de toda acción enérgica y de todo propósito fecundo. Tal es larazón por la que he querido comenzar encareciéndoos la inmortalexcelencia de esa fe que, siendo en la juventud un instinto, no debenecesitar seros impuesta por ninguna enseñanza, puesto que laencontraréis indefectiblemente dejando actuar en el fondo de vuestro serla sugestión divina de la Naturaleza.

Animados por ese sentimiento, entrad, pues, a la vida, que os abre sushondos horizontes, con la noble ambición de hacer sentir vuestrapresencia en ella desde el momento en que la afrontéis con la altivamirada del conquistador.—Toca al espíritu juvenil la iniciativa audaz,la genialidad innovadora.—Quizá universalmente, hoy, la acción y lainfluencia de la juventud son en la marcha de las sociedades humanasmenos efectivas e intensas que debieran ser. Gastón Deschamps lo hacíanotar en Francia, hace poco, comentando la iniciación tardía de lasjóvenes generaciones, en la vida pública y la cultura de aquel pueblo, yla escasa originalidad con que ellas contribuyen al trazado de las ideasdominantes. Mis impresiones del presente de América, en cuanto ellaspueden tener un carácter general a pesar del doloroso aislamiento en queviven los pueblos que la componen, justificarían acaso una observaciónparecida.—Y sin embargo, yo creo ver expresada en todas partes lanecesidad de una activa revelación de fuerzas nuevas; yo creo queAmérica necesita grandemente de su juventud.—He ahí por qué os hablo.He ahí por qué me interesa extraordinariamente la orientación moral devuestro espíritu. La energía de vuestra palabra y vuestro ejemplo puedellegar hasta incorporar las fuerzas vivas del pasado a la obra delfuturo. Pienso con Michelet que el verdadero concepto de la educación noabarca sólo la cultura del espíritu de los hijos por la experiencia delos padres, sino también, y con frecuencia mucho más, la del espíritu delos padres por la inspiración innovadora de los hijos.

Hablemos, pues, de cómo consideraréis la vida que os espera.

La divergencia de las vocaciones personales imprimirá diversos sentidosa vuestra actividad, y hará predominar una disposición, una aptituddeterminada, en el espíritu de cada uno de vosotros.—Los unos seréishombres de ciencia; los otros seréis hombres de arte; los otros seréishombres de acción.—

Pero por encima de los afectos que hayan devincularos individualmente a distintas aplicaciones y distintos modos dela vida, debe velar, en lo íntimo de vuestra alma, la conciencia de launidad fundamental de nuestra naturaleza, que exige que cada individuohumano sea, ante todo y sobre todo, otra cosa, un ejemplar no mutiladode la humanidad, en el que ninguna noble facultad del espíritu quedeobliterada y ningún alto interés de todos

pierda

su

virtud

comunicativa.Antes

que

las

modificaciones de profesión y de cultura, está elcumplimiento del destino común de los seres racionales. «Hay unaprofesión universal,

que

es

la

de

hombre»,

ha

dicho

admirablementeGuyau. Y Renán, recordando, a propósito de las civilizacionesdesequilibradas y parciales, que el fin de la criatura humana no puedeser exclusivamente saber, ni sentir, ni imaginar, sino ser real yenteramente humana, define el ideal de perfección a que ella debeencaminar sus energías como la posibilidad de ofrecer en un tipoindividual un cuadro abreviado de la especie.

Aspirad, pues, a desarrollar en lo posible, no un solo aspecto, sino laplenitud de vuestro ser. No os encojáis de hombros delante de ningunanoble y fecunda manifestación de la naturaleza humana, a pretexto de quevuestra organización individual os liga con preferencia amanifestaciones diferentes.

Sed espectadores atentos allí donde nopodáis ser actores.—

Cuando cierto falsísimo y vulgarizado concepto dela educación, que la imagina subordinada exclusivamente al finutilitario, se empeña en mutilar, por medio de ese utilitarismo y de unaespecialización prematura, la integridad natural de los espíritus, yanhela proscribir de la enseñanza todo elemento desinteresado e ideal,no repara suficientemente en el peligro de preparar para el porvenirespíritus estrechos que, incapaces de considerar más que el únicoaspecto de la realidad con que estén inmediatamente en contacto, viviránseparados por helados desiertos de los espíritus que, dentro de la mismasociedad, se hayan adherido a otras manifestaciones de la vida.

Lo necesario de la consagración particular de cada uno de nosotros a unaactividad determinada, a un solo modo de cultura, no excluye,ciertamente, la tendencia a realizar, por la íntima armonía delespíritu, el destino común de los seres racionales.

Esa actividad, esacultura, serán sólo la nota fundamental de la armonía.—El verso célebreen que el esclavo de la escena antigua afirmó que, pues era hombre, nole era ajeno nada de lo humano, forma parte de los gritos que, por susentido inagotable, resonarán eternamente en la conciencia de lahumanidad. Nuestra capacidad de comprender, sólo debe tener por límitela imposibilidad de comprender a los espíritus estrechos. Ser incapaz dever de la Naturaleza más que una faz; de las ideas e intereses humanosmás que uno solo, equivale a vivir envuelto en una sombra de sueñohoradada por un solo rayo de luz. La intolerancia, el exclusivismo, quecuando nacen de la tiránica absorción de un alto entusiasmo, deldesborde de un desinteresado propósito ideal, pueden merecerjustificación y aun simpatía,

se

convierten

en

la

más

abominable

de

lasinferioridades cuando, en el círculo de la vida vulgar, manifiestan lalimitación de un cerebro incapacitado para reflejar más que una parcialapariencia de las cosas.

Por desdicha, es en los tiempos y las civilizaciones que han alcanzadouna completa y refinada cultura donde el peligro de esa limitación delos espíritus tiene una importancia más real y conduce a resultados mástemibles. Quiere, en efecto, la ley de evolución, manifestándose en lasociedad como en la Naturaleza por una creciente tendencia a laheterogeneidad, que, a medida que la cultura general de las sociedadesavanza, se limite correlativamente la extensión de las aptitudesindividuales y haya de ceñirse el campo de acción de cada uno a unaespecialidad más restringida. Sin dejar de constituir una condiciónnecesaria de progreso, ese desenvolvimiento del espíritu deespecialización trae consigo desventajas visibles, que no se limitan aestrechar el horizonte de cada inteligencia, falseando necesariamente suconcepto del mundo, sino que alcanzan y perjudican, por la dispersión delas afecciones y los hábitos individuales, al sentimiento de lasolidaridad.—Augusto Comte ha señalado bien este peligro de lascivilizaciones avanzadas. Un alto estado de perfeccionamiento socialtiene para él un grave inconveniente en la facilidad con que suscita laaparición de espíritus deformados y estrechos; de espíritus

«muy capacesbajo un aspecto único y monstruosamente inepto bajo todos los otros». Elempequeñecimiento de un cerebro humano por el comercio continuo de unsolo género de ideas, por el ejercicio indefinido de un solo modo deactividad, es para Comte un resultado comparable a la mísera suerte delobrero a quien la división del trabajo de taller obliga a consumir en lainvariable operación de un detalle mecánico todas las energías de suvida. En uno y otro caso, el efecto moral es inspirar una desastrosaindiferencia por el aspecto general de los intereses de la humanidad. Yaunque esta especie de automatismo humano—

agrega el pensadorpositivista—no constituye felizmente sino la extrema influenciadispersiva del principio de especialización, su realidad, ya muyfrecuente, exige que se atribuya a su apreciación una verdaderaimportancia[A].

[A] A. Comte: Cours de philosophie positive. Tomo IV, pág.430, 2.ª

edición.

No menos que a la solidez, daña esa influencia dispersiva a la estética de la estructura social.—La belleza incomparable de Atenas,lo imperecedero del modelo legado por sus manos de diosa a la admiracióny el encanto de la humanidad, nacen de que aquella ciudad de prodigiosfundó su concepción de la vida en el concierto de todas las facultadeshumanas, en la libre y acordada expansión de todas las energías capacesde contribuir a la gloria y al poder de los hombres. Atenas supoengrandecer a la vez el sentido de lo ideal y de lo real, la razón y elinstinto, las fuerzas del espíritu y las del cuerpo. Cinceló las cuatrofaces del alma.

Cada ateniense libre describe en derredor de sí, paracontener su acción,

un

círculo

perfecto,

en

el

que

ningún

desordenadoimpulso quebrantará la graciosa proporción de la línea. Es atleta yescultura viviente en el gimnasio, ciudadano en el Pnix, polemista ypensador en los pórticos. Ejercita su voluntad en toda suerte de acciónviril y su pensamiento en toda preocupación fecunda. Por eso afirmaMacaulay que un día de la vida pública del Ática es más brillanteprograma de enseñanza que los que hoy calculamos para nuestros modernoscentros de instrucción.—Y de aquel libre y único florecimiento de laplenitud de nuestra naturaleza, surgió el milagro griego—, unainimitable y encantadora mezcla de animación y de serenidad, unaprimavera del espíritu humano, una sonrisa de la historia.

En nuestros tiempos, la creciente complejidad de nuestra civilizaciónprivaría de toda seriedad al pensamiento de restaurar esa armonía, sóloposible entre los elementos de una graciosa sencillez. Pero dentro dela misma complejidad de nuestra cultura; dentro de la diferenciaciónprogresiva de caracteres, de aptitudes, de méritos, que es la ineludibleconsecuencia del progreso en el desenvolvimiento social, cabe salvar unarazonable participación de todos en ciertas ideas y sentimientosfundamentales que mantengan la unidad y el concierto de la vida—enciertos intereses del alma, ante los cuales la dignidad del serracional no consiente la indiferencia de ninguno de nosotros.

Cuando el sentido de la utilidad material y el bienestar domina en elcarácter de las sociedades humanas con la energía que tiene en lopresente, los resultados del espíritu estrecho y la cultura unilateralson particularmente funestos a la difusión de aquellas preocupacionespuramente ideales que, siendo objeto de amor para quienes les consagranlas energías más nobles y perseverantes de su vida, se convierten enuna remota, y quizá no sospechada región, para una inmensa parte de losotros.—Todo género de meditación desinteresada, de contemplación ideal,de tregua íntima, en la que los diarios afanes por la utilidad cedantransitoriamente su imperio a una mirada noble y serena tendida de loalto de la razón sobre las cosas, permanece ignorado, en el estadoactual de las sociedades humanas, para millones de almas civilizadas ycultas, a quienes la influencia de la educación o la costumbre reduce alautomatismo de una actividad, en definitiva, material.—Y bien: estegénero de servidumbre debe considerarse la más triste y oprobiosa detodas las condenaciones morales. Yo os ruego que os defendáis, en lamilicia de la vida, contra la mutilación de vuestro espíritu por latiranía de un objetivo único e interesado. No entreguéis nunca a lautilidad o a la pasión, sino una parte de vosotros. Aun dentro de laesclavitud material, hay la posibilidad de salvar la libertad interior:la de la razón y el sentimiento. No tratéis, pues, de justificar, por laabsorción del trabajo o el combate, la esclavitud de vuestro espíritu.

Encuentro el símbolo de lo que debe ser nuestra alma en un cuento queevoco de un empolvado rincón de mi memoria.—Era un rey patriarcal, enel Oriente indeterminado e ingenuo donde gusta hacer nido la alegrebandada de los cuentos. Vivía su reino la candorosa infancia de lastiendas de Ismael y los palacios de Pilos. La tradición le llamódespués, en la memoria de los hombres, el rey hospitalario. Inmensa erala piedad del rey. A desvanecerse en ella tendía, como por su propiopeso, toda desventura. A su hospitalidad acudían lo mismo por blanco panel miserable que el alma desolada por el bálsamo de la palabra queacaricia. Su corazón reflejaba, como sensible placa sonora, el ritmo delos otros. Su palacio era la casa del pueblo.—

Todo era libertad yanimación dentro de este augusto recinto, cuya entrada nunca huboguardas que vedasen. En los abiertos pórticos formaban corro lospastores cuando consagraban a rústicos conciertos sus ocios; platicabanal caer la tarde los ancianos; y frescos grupos de mujeres disponían,sobre trenzados juncos, las flores y los racimos de que se componíaúnicamente el diezmo real. Mercaderes de Ofir, buhoneros de Damascocruzaban a toda hora las puertas anchurosas, y ostentaban encompetencia, ante las miradas del rey, las telas, las joyas, losperfumes. Junto a su trono reposaban los abrumados peregrinos. Lospájaros se citaban al mediodía para recoger las migajas de su mesa; ycon el alba, los niños llegaban en bandas bulliciosas al pie del lechodonde dormía el rey de barba de plata y le anunciaban la presencia delsol.—Lo mismo a los seres sin ventura que a las cosas sin almaalcanzaba su liberalidad infinita.

La Naturaleza sentía también laatracción de su llamado generoso; vientos, aves y plantas parecíanbuscar—como en el mito de Orfeo y en la leyenda de San Francisco deAsís—, la amistad humana en aquel oasis de hospitalidad. Del germencaído al acaso, brotaban y florecían, en las junturas de los pavimentosy los muros, los alhelíes de las ruinas, sin que una mano cruel losarrancase ni los hollara un pie maligno. Por las francas ventanas setendían al interior de las cámaras del rey las enredaderas osadas ycuriosas. Los fatigados vientos abandonaban largamente sobre el alcázarreal su carga de aromas y armonías. Empinándose desde el vecino mar,como si quisieran ceñirle en un abrazo, le salpicaban las olas con suespuma. Y una libertad paradisial, una inmensa reciprocidad deconfianzas, mantenían

por

dondequiera

la

animación

de

una

fiestainextinguible...

Pero dentro, muy dentro; aislada del alcázar ruidoso por cubiertoscanales, oculta a la mirada vulgar—como la «perdida iglesia» de Uhlanden lo esquivo del bosque—al cabo de ignorados senderos, una misteriosasala se extendía, en la que a nadie era lícito poner la planta, sino almismo rey, cuya hospitalidad se trocaba en sus umbrales en la aparienciade ascético egoísmo. Espesos muros la rodeaban. Ni un eco del bullicioexterior, ni una nota escapada al concierto de la Naturaleza, ni unapalabra desprendida de labios de los hombres, lograban traspasar elespesor de los sillares de pórfido y conmover una onda del aire en laprohibida estancia. Religioso silencio velaba en ella la castidad delaire dormido. La luz, que tamizaban esmaltadas vidrieras, llegabalánguida, medido el paso por una inalterable igualdad, y se diluía, comocopo de nieve que invade un nido tibio, en la calma de un ambienteceleste.—

Nunca reinó tan honda paz; ni en oceánica gruta, ni ensoledad nemorosa.—Alguna vez—cuando la noche era diáfana ytranquila—, abriéndose a modo de dos valvas de nácar la artesonadatechumbre, dejaba cernerse en su lugar la magnificencia de las sombrasserenas. En el ambiente flota como una onda indisipable la casta esenciadel nenúfar, el perfume sugeridor del adormecimiento penseroso y de lacontemplación del propio ser. Graves cariátides custodiaban las puertasde marfil en la actitud del cilenciario. En los testeros, esculpidasimágenes hablaban de idealidad, de ensimismamiento, de reposo...—Y elviejo rey aseguraba que, aun cuando a nadie fuera dado acompañarle hastaallí, su hospitalidad seguía siendo en el misterioso seguro tan generosay grande como siempre, sólo que los que él congregaba dentro de susmuros discretos eran convidados impalpables y huéspedes sutiles. En élsoñaba, en él se libertaba de la realidad, el rey legendario; en él susmiradas se volvía a lo interior y se bruñían en la meditación suspensamientos como las guijas lavadas por la espuma; en él se desplegabansobre su noble frente las blancas alas de Psiquis... Y

luego, cuando lamuerte vino a recordarle que él no había sido sino un huésped más en supalacio, la impenetrable estancia quedó clausurada y muda para siempre;para siempre abismada en su reposo infinito; nadie la profanó jamás,porque nadie hubiera osado poner la planta irreverente allí donde elviejo rey quiso estar solo con sus sueños y aislado en la última Thulede su alma.

Yo doy al cuento el escenario de vuestro reino interior.

Abierto con unasaludable liberalidad, como la casa del monarca confiado, a todas lascorrientes del mundo, existía en él, al mismo tiempo, la celda escondiday misteriosa que desconozcan los huéspedes profanos y que a nadie másque a la razón serena pertenezca. Sólo cuando penetréis dentro delinviolable seguro podréis llamaros, en realidad, hombres libres. No loson quienes, enajenando incesantemente el dominio de sí a favor de ladesordenada pasión o el interés utilitario, olvidan que, según el sabioprecepto de Montaigne, nuestro espíritu puede ser objeto de préstamo,pero no de cesión.—Pensar, soñar, admirar: he ahí los nombres de lossutiles visitantes de mi celda. Los antiguos los clasificaban dentro desu noble inteligencia del ocio, que ellos tenían por el más elevadoempleo de una existencia verdaderamente racional, identificándolo con lalibertad del pensamiento emancipado de todo innoble yugo. El ocio nobleera la inversión del tiempo que oponían, como expresión de la vidasuperior,

a

la

actividad

económica.

Vinculando

exclusivamente a esa altay aristocrática idea del reposo su concepción de la dignidad de lavida, el espíritu clásico encuentra su corrección y su complemento ennuestra moderna creencia en la dignidad del trabajo útil; y entrambasatenciones del alma pueden componer, en la existencia individual, unritmo, sobre

cuyo

mantenimiento

necesario

nunca

será

inoportunoinsistir.—La escuela estoica, que iluminó el ocaso de la antigüedadcomo por un anticipado resplandor del cristianismo, nos ha legado unasencilla y conmovedora imagen de la salvación de la libertad interior,aun en medio de los rigores de la servidumbre, en la hermosa figura deCleanto; de aquel Cleanto que, obligado a emplear la fuerza de susbrazos de atleta en sumergir el cubo de una fuente y mover la piedra deun molino, concedía a la meditación las treguas del quehacer miserable ytrazaba, con encallecida mano, sobre las piedras del camino, las máximasoídas de labios de Zenón. Toda educación racional, todo perfectocultivo de nuestra naturaleza, tomarán por punto de partida laposibilidad de estimular en cada uno de nosotros la doble actividad quesimboliza Cleanto.

Una vez más: el principio fundamental de vuestro desenvolvimiento,vuestro lema en la vida, deben ser mantener la integridad de vuestracondición humana. Ninguna función particular debe prevalecer jamás sobreesa finalidad suprema.

Ninguna fuerza aislada puede satisfacer los finesracionales de la existencia individual, como no puede producir elordenado concierto de la existencia colectiva. Así como la deformidad yel empequeñecimiento son, en el alma de los individuos, el resultado deun exclusivo objeto impuesto a la acción y un solo modo de cultura, lafalsedad de lo artificial vuelve efímera la gloria de las sociedades quehan sacrificado el libre desarrollo de su sensibilidad y su pensamiento,ya a la actividad mercantil, como en Fenicia; ya a la guerra, como enEsparta; ya al misticismo, como en el terror del milenario; ya a la vidade sociedad y de salón, como en la Francia del siglo XVIII.—

Ypreservándoos contra toda mutilación de vuestra naturaleza moral;aspirando a la armoniosa expansión de vuestro ser en todo noble sentido,pensad al mismo tiempo en que la más fácil y frecuente de lasmutilaciones es, en el carácter actual de las sociedades humanas, la queobliga al alma a privarse de ese género de vida interior, donde tienensu ambiente propio todas las cosas delicadas y nobles que, a laintemperie de la realidad, quema el aliento de la pasión impura y elinterés utilitario proscribe: la vida de que son parte la meditacióndesinteresada, la contemplación ideal, el ocio antiguo, laimpenetrable estancia de mi cuento.

Así como el primer impulso de la profanación será dirigirse a lo mássagrado del santuario, la regresión vulgarizadora contra la que osprevengo comenzará por sacrificar lo más delicado del espíritu.—Detodos los elementos superiores de la existencia racional es elsentimiento de lo bello, la visión clara de la hermosura de las cosas,el que más fácilmente marchita la aridez de la vida limitada a lainvariable descripción del círculo vulgar, convirtiéndole en el atributode una minoría que lo custodia, dentro de cada sociedad humana, como eldepósito de un precioso abandono. La emoción de belleza es alsentimiento de las idealidades como el esmalte del anillo. El efecto delcontacto brutal por ella empieza fatalmente, y es sobre ella como obrade modo más seguro. Una absoluta indiferencia llega a ser, así, elcarácter normal, con relación a lo que debiera ser universal amor de lasalmas. No es más intensa la estupefacción del hombre salvaje enpresencia de los instrumentos y las formas materiales de lacivilización, que la que experimenta un número relativamente grande dehombres cultos frente a los actos en que se revele el propósito y elhábito de conceder una seria realidad a la relación hermosa de la vida.

El argumento del apóstol traidor ante el vaso de nardo derramadoinútilmente sobre la cabeza del Maestro, es, todavía, una de lasfórmulas del sentido común. La superfluidad del arte no vale para lamasa anónima los trescientos denarios. Si acaso la respeta, es como a unculto esotérico. Y, sin embargo, entre todos los elementos de educaciónhumana que pueden contribuir a formar un amplio y noble concepto de lavida, ninguno justificaría más que el arte un interés universal, porqueninguno encierra—según la tesis desenvuelta en elocuentes páginas deSchiller—la virtualidad de una cultura más extensa y completa, en elsentido de prestarse a un acordado estímulo de todas las facultades delalma.

Aunque el amor y la admiración de la belleza no respondiesen a una nobleespontaneidad del ser racional y no tuvieran con ello suficiente valorpara ser cultivados por sí mismos, sería un motivo superior de moralidadel que autorizaría a proponer la cultura de los sentimientos estéticos,como un alto interés de todos. Si a nadie es dado renunciar a laeducación del sentimiento moral, este deber trae implícito el dedisponer el alma para la clara visión de la belleza. Considerad aleducado sentido de lo bello el colaborador más eficaz en la formación deun delicado instinto de justicia. La dignificación, el ennoblecimientointerior, no tendrán nunca artífice más adecuado. Nunca la criaturahumana se adherirá de más segura manera al cumplimiento del deber quecuando, además de sentirle como una imposición, le sienta estéticamentecomo una armonía. Nunca ella será más plenamente buena que cuando sepa,en las formas con que se manifieste activamente su virtud, respetar enlos demás el sentimiento de lo hermoso.

Cierto es que la santidad del bien purifica y ensalza todas las groserasapariencias. Puede él, indudablemente, realizar su obra sin darle elprestigio exterior de la hermosura. Puede el amor caritativo llegar a lasublimidad con medios toscos, desapacibles y vulgares. Pero no es sólomás hermosa, sino mayor, la caridad que anhela transmitirse en lasformas de lo delicado y lo selecto; porque ella añade a sus dones unbeneficio más, una dulce e inefable caricia que no se substituye connada y que realza el bien que se concede como un toque de luz.

Dar a sentir lo hermoso es obra de misericordia. Aquellos que exigiríanque el bien y la verdad se manifestasen invariablemente en formasadustas y severas, me han parecido siempre amigos traidores del bien yla verdad. La virtud es también un género de arte, un arte divino; ellasonríe maternalmente a las Gracias.—La enseñanza que se proponga fijaren los espíritus la idea del deber, como la de la más seria realidad,debe tender a hacerla concebir al mismo tiempo como la más altapoesía.—Guyau, que es rey en las comparaciones hermosas, se vale de unainsubstituíble para expresar este doble objeto de la cultura moral.Recuerda el pensador los esculpidos respaldos del coro de una góticaiglesia, en los que la madera labrada bajo la inspiración de la fe,presenta, en una faz, escenas de una vida de santo, y en la otra faz,ornamentales círculos de flores. Por tal manera, a cada gesto del santo,significativo de su piedad o su martirio; a cada rasgo de su fisonomía osu actitud, corresponde, del opuesto lado, una corola o un pétalo. Paraacompañar la representación simbólica del bien, brotan, ya un lirio, yauna rosa. Piensa Guyau que no de otro modo debe estar esculpida nuestraalma; y él mismo, el dulce maestro, ¿no es por la evangélica hermosurade su genio de apóstol, un ejemplo de esa viva armonía?

Yo creo indudable que el que ha aprendido a distinguir lo delicado de lovulgar, lo feo de lo hermoso, lleva hecha media jornada para distinguirlo malo de lo bueno. No es, por cierto, el buen gusto, como querríacierto liviano dilettantismo moral, el único criterio para apreciar lalegitimidad de las acciones humanas; pero menos debe considerársele, conel criterio de un estrecho ascetismo, una tentación del error y unasirte engañosa.

No le señalaremos nosotros como la senda misma del bien;sí como un camino paralelo y cercano que mantiene muy aproximados a ellael paso y la mirada del viajero. A medida que la humanidad avance, seconcebirá más claramente la ley moral como una estética de la conducta.Se huirá del mal y del error como de una disonancia; se buscará lo buenocomo el placer de una armonía. Cuando la severidad estoica de Kantinspira, simbolizando

el

espíritu

de

su

ética,

las

austeras

palabras:«Dormía y soñé que la vida era belleza; desperté, y advertí que ella esdeber», desconoce que, si el deber es la realidad suprema, en ella puedehallar realidad el objeto de su sueño, porque la conciencia del deber ledará, con la visión clara de lo bueno, la complacencia de lo hermoso.

En el alma del redentor, del misionero, del filántropo, debe exigirsetambién entendimiento de hermosura; hay necesidad de que colaborenciertos elementos del genio del artista. Es inmensa la parte quecorresponde al don de descubrir y revelar la íntima belleza de lasideas, en la eficacia de las grandes revoluciones morales. Hablando dela más alta de todas, ha podido decir Renán profundamente que «lapoesía del precepto, que le hace amar, significa más que el preceptomismo, tomado como verdad abstracta». La originalidad de la obra deJesús no está, efectivamente, en la acepción literal de sudoctrina—puesto que ella puede reconstituirse toda entera sin salir dela moral de la Sinagoga, buscándola desde el Deuteronomio hasta elTalmud—, sino en haber hecho sensible, con su prédica, la poesía delprecepto, es decir, su belleza íntima.

Pálida gloria será la de las épocas y las comuniones que menosprecianesa relación estética de su vida o de su propaganda. El ascetismocristiano, que no supo encarar más que una sola faz del ideal, excluyóde su concepto de la perfección todo lo que hace a la vida amable,delicada y hermosa; y su espíritu estrecho sirvió para que el instintoindomable de la libertad, volviendo en una de esas arrebatadasreacciones del espíritu humano, engendrase, en la Italia delRenacimiento, un tipo de civilización que consideró vanidad el bienmoral y sólo creyó en la virtud de la apariencia fuerte y graciosa.

Elpuritanismo, que persiguió toda belleza y toda selección intelectual;que veló indignado la casta desnudez de la estatuas; que profesó laafectación de la fealdad, en las maneras, en el traje, en los discursos;en la secta triste que, imponiendo su espíritu desde el Parlamentoinglés, mandó extinguir las fiestas que manifestasen alegría y segar losárboles que diesen flores—

tendió junto a la virtud, al divorciarla delsentimiento de lo bello, una sombra de muerte que aún no ha conjuradoenteramente Inglaterra, y que dura en las menos amables manifestacionesde su religiosidad y sus costumbres—. Macaulay declara preferir lagrosera «caja de plomo» en que los puritanos guardaron el tesoro de lalibertad, al primoroso cofre esculpido en que la Corte de Carlos IIhizo acopio de sus refinamientos. Pero como ni la libertad ni la virtudnecesitan guardarse en caja de plomo, mucho más que todas lasseveridades de ascetas o de puritanos, valdrán siempre, para laeducación de la humanidad, la gracia del ideal antiguo, la moralarmoniosa de Platón, el movimiento pulcro y elegante con que la mano deAtenas tomó, para llevarla a los labios, la copa de la vida.

La perfección de la moralidad humana consistiría en infiltrar elespíritu de la caridad en los moldes de la elegancia griega. Y

estasuave armonía ha tenido en el mundo una pasajera realización. Cuando lapalabra del cristianismo naciente llegaba con San Pablo al seno de lascolonias griegas de Macedonia, a Tesalónica y Filipos, y el Evangelio,aún puro, se difundía en el alma de aquellas sociedades finas yespirituales, en las que el sello de la cultura helénica mantenía unaencantadora espontaneidad de distinción, pudo creerse que los dosideales más altos de la historia iban a enlazarse para siempre. En elestilo epistolar de San Pablo queda la huella de aquel momento en que lacaridad se heleniza. Este dulce consorcio duró poco. La armonía y laserenidad de la concepción pagana de la vida se apartaron cada vez másde la nueva idea que marchaba entonces a la conquista del mundo. Peropara concebir la manera cómo podría señalarse al perfeccionamiento moralde la humanidad un paso adelante, sería necesario soñar que el idealcristiano se reconcilia de nuevo con la serena y luminosa alegría de laantigüedad; imaginarse que el Evangelio se propaga otra vez enTesalónica y Filipos.

Cultivar el buen gusto no significa sólo perfeccionar una forma exteriorde la cultura, desenvolver una actitud artística, cuidar, con exquisitezsuperflua, una elegancia de la civilización.

El buen gusto es «unarienda firme del criterio». Martha ha podido atribuirle exactamente lasignificación de una segunda conciencia que nos orienta y nos devuelve ala luz cuando la primera se obscurece y vacila. El sentido delicado dela belleza es, para Bagehot, un aliado del tacto seguro de la vida y dela dignidad de las costumbres. «La educación del buen gusto—

agrega elsabio pensador—se dirige a favorecer el ejercicio del buen sentido, quees nuestro principal punto de apoyo en la complejidad de la vidacivilizada». Si algunas veces veis unida esa educación en el espíritu delos individuos y las sociedades, al extravío del sentimiento o lamoralidad, es porque en tales casos ha

sido

cultivada

como

fuerzaaislada

y

exclusiva,

imposibilitándose de ese modo el efecto deperfeccionamiento moral que ella puede ejercer dentro de un orden decultura en el que ninguna facultad del espíritu sea desenvueltaprescindiendo de su relación con las otras.—En el alma que haya sidoobjeto de una estimulación armónica y perfecta, la gracia íntima y ladelicadeza del sentimiento de lo bello serán una misma cosa con lafuerza y la rectitud de la razón. No de otra manera observa Taine que,en las grandes obras de la arquitectura antigua, la belleza es unamanifestación sensible de la solidez, la elegancia se identifica con laapariencia de la fuerza: «las mismas líneas del Partenón que halagan ala mirada con proporciones armoniosas, contentan a la inteligencia conpromesas de eternidad».

Hay una relación orgánica, una natural y estrecha simpatía, que vinculaa las subversiones del sentimiento y de la voluntad con las falsedades ylas violencias del mal gusto. Si nos fuera dado penetrar en elmisterioso laboratorio de las almas y se reconstruyera la historiaíntima de las del pasado para encontrar la fórmula de sus definitivoscaracteres morales, sería un interesante objeto de estudio determinarla parte que corresponde, entre los factores de la refinada perversidadde Nerón, al germen del histrionismo monstruoso depositado en el alma deaquel cómico sangriento por la retórica afectada de Séneca. Cuando seevoca la oratoria de la Convención, y el hábito de una abominableperversión retórica se ve aparecer por todas partes, como la piel felinadel jacobinismo, es imposible dejar de relacionar, como los radios queparten de un mismo centro, como los accidentes de una misma insania, elextravío del gusto, el vértigo del sentido moral y la limitaciónfanática de la razón.

Indudablemente, ninguno más seguro entre los resultados de la estéticaque el que nos enseña a distinguir en la esfera de lo relativo, lo buenoy lo verdadero de lo hermoso, y a aceptar la posibilidad de una bellezadel mal y del error. Pero no se necesita desconocer esta verdad, definitivamente verdadera, para creer en el encadenamiento simpáticode todos aquellos altos fines del alma, y considerar a cada uno de elloscomo el punto de partida, no único, pero sí más seguro, de donde seaposible dirigirse al encuentro de los otros.

La idea de un superior acuerdo entre el buen gusto y el sentido morales, pues, exacta, lo mismo en el espíritu de los individuos que en elespíritu de las sociedades. Por lo que respecta a estas últimas, esarelación podría tener su símbolo en la que Rosenkranz afirmaba existirentre la libertad y el orden moral, por una parte, y por la otra, labelleza de las formas humanas como un resultado del desarrollo de lasrazas en el tiempo. Esa belleza típica refleja, para el pensadorhegeliano, el efecto ennoblecedor de la libertad; la esclavitud afea almismo tiempo que envilece; la conciencia de su armoniosodesenvolvimiento imprime a las razas libres el sello exterior de lahermosura.

En el carácter de los pueblos, los dones derivados de un gusto fino, eldominio de las formas graciosas, la delicada aptitud de interesar, lavirtud de hacer amables las ideas, se identifican, además, con el «geniode la propaganda»—es decir, con el don poderoso de la universalidad.Bien sabido es que, en mucha parte, a la posesión de aquellos atributosescogidos, debe referirse la significación humana que el espíritufrancés acierta a comunicar a cuanto elige y consagra—. Las ideasadquieren alas potentes y veloces, no en el helado seno de laabstracción, sino en el luminoso y cálido ambiente de la forma. Susuperioridad de difusión, su prevalencia a veces, dependen de que lasGracias las hayan bañado con su luz. Tal así, en las evoluciones de lavida, esas encantadoras exterioridades de la Naturaleza, que parecenrepresentar,

exclusivamente,

la

dádiva

de

una

caprichosasuperfluidad—la música, el pintado plumaje de las aves; y como reclamopara el insecto propagador del polen fecundo, el matiz de las flores, superfume—han desempeñado, entre los elementos de la concurrencia vital,una función realísima; puesto que significando una superioridad demotivos, una razón de preferencia para las atracciones del amor, hanhecho prevalecer, dentro de cada especie, a los seres mejor dotados dehermosura sobre los menos ventajosamente dotados.

Para un espíritu en que exista el amor instintivo de lo bello, hay, sinduda, cierto género de mortificación, en resignarse a defenderle pormedio de una serie de argumentos que se funden en otra razón, en otroprincipio, que el mismo irresponsable y desinteresado amor de labelleza, en la que halla su satisfacción uno de los impulsosfundamentales de la existencia racional.

Infortunadamente, este motivosuperior pierde su imperio sobre un inmenso número de hombres, a quieneses necesario enseñar el respeto debido a ese amor del cual noparticipan, revelándoles cuáles son las relaciones que lo vinculan aotros géneros de intereses humanos.—Para ello deberá lucharse muy amenudo con el concepto vulgar de estas relaciones. En efecto: todo loque tienda a suavizar los contornos del carácter social y lascostumbres; a aguzar el sentido de la belleza; a hacer del gusto unadelicada impresionabilidad del espíritu y de la gracia una formauniversa de la actividad, equivale, para el criterio de muchos devotosde lo severo o de lo útil, a menoscabar el temple varonil y heroico delas sociedades, por una parte, su capacidad utilitaria y positiva, porla otra.—He leído en Los trabajadores del mar, que cuando un buque devapor surcó por primera vez las ondas del Canal de la Mancha, loscampesinos de Jérsey lo anatematizaban en nombre de una tradiciónpopular que consideraba

elementos

irreconciliables

y

destinadosfatídicamente a la discordia, el agua y el fuego.—El criterio comúnabunda en la creencia de enemistades parecidas.

Si os proponéisvulgarizar el respeto por lo hermoso, empezad por hacer comprender laposibilidad de un armónico concierto de todas las legítimas actividadeshumanas, y esa será más fácil tarea que la de convertir directamente elamor de la hermosura, por ella misma, en atributo de la multitud. Paraque la mayoría de los hombres no se sientan inclinados a expulsar a lasgolondrinas de la casa, siguiendo el consejo de Pitágoras, es necesarioargumentarles, no con la gracia monástica del ave ni su leyenda devirtud, sino con que la permanencia de sus nidos no es en manera algunainconciliable con la seguridad de los tejados.

A la concepción de la vida racional que se funda en el libre y armoniosodesenvolvimiento de nuestra naturaleza, e incluye, por lo tanto, entresus fines esenciales, el que se satisface con la contemplación sentidade lo hermoso, se opone—como norma de la conducta humana—la concepción utilitaria, por la cual nuestra actividad, toda entera, se orienta enrelación a la inmediata finalidad del interés.

La inculpación del utilitarismo estrecho que suele dirigirse al espíritude nuestro siglo, en nombre del ideal, y con rigores de anatema, sefunda, en parte, sobre el desconocimiento de que sus titánicos esfuerzospor la subordinación de las fuerzas de la Naturaleza a la voluntadhumana y por la extensión del bienestar material, son un trabajonecesario que preparará, como el laborioso enriquecimiento de una tierraagotada, la florescencia de idealismos futuros. La transitoriapredominancia de esa función de utilidad que ha absorbido a la vidaagitada y febril de estos cien años sus más potentes energías, explica,sin embargo—ya que no las justifique—, muchas nostalgias dolorosas,muchos descontentos y agravios de la inteligencia, que se traducen, bienpor una melancólica y exaltada idealización de lo pasado, bien por unadesesperanza cruel del porvenir. Hay por ello un fecundísimo, unbienaventurado pensamiento, en el propósito de cierto grupo depensadores de las últimas generaciones—entre los cuales sólo quierocitar una vez más la noble figura de Guyau—que han intentado sellar lareconciliación definitiva de las conquistas del siglo con la renovaciónde muchas viejas devociones humanas, y que han invertido en esa obrabendita tantos tesoros de amor como de genio.

Con frecuencia habréis oído atribuir a dos causas fundamentales eldesborde del espíritu de utilidad que da su nota a la fisonomía moraldel siglo presente, con menoscabo de la consideración estética ydesinteresada de la vida. Las revelaciones de la ciencia de laNaturaleza—que, según intérpretes, ya adversos, ya favorables a ella,convergen a destruir toda idealidad por su base—son la una; launiversal difusión y el triunfo de las ideas democráticas, la otra. Yome propongo hablaros exclusivamente de esta última causa, porque confíoen que vuestra primera iniciación en las revelaciones de la ciencia hasido dirigida como para preservaros del peligro de una interpretaciónvulgar.—Sobre la democracia pesa la acusación de guiar a la humanidad,mediocrizándola, a un Sacro Imperio del utilitarismo. La acusación serefleja con vibrante intensidad en las páginas—para mí siempre llenasde un sugestivo encanto—

del más amable entre los maestros del espíritumoderno; en las seductoras páginas de Renán, a cuya autoridad ya mehabéis oído varias veces referirme y de quien pienso volver a hablarosa menudo.—Leed a Renán, aquellos de vosotros que lo ignoréis todavía, yhabréis de amarle como yo.—Nadie como él me parece, entre los modernos,dueño de ese arte de «enseñar con gracia», que Anatole France consideradivino. Nadie ha acertado como él a hermanar, con la ironía, la piedad.Aun en el rigor del análisis, sabe poner la unción del sacerdote. Auncuando enseña a dudar, su suavidad exquisita tiende una onda balsámicasobre la duda. Sus pensamientos suelen dilatarse, dentro de nuestraalma, con ecos tan inefables y tan vagos, que hacen pensar en unareligiosa música de ideas. Por su infinita comprensibilidad ideal,acostumbran las clasificaciones de la crítica a personificar en él elalegre escepticismo de los dilettanti que convierten en traje demáscara la capa del filósofo; pero si alguna vez intimáis dentro de suespíritu, veréis que la tolerancia vulgar de los escépticos sedistingue de su tolerancia como la hospitalidad galante de un salón delverdadero sentimiento de la caridad.

Piensa, pues, el maestro que una alta preocupación por los interesesideales de la especie es opuesta del todo al espíritu de la democracia.Piensa que la concepción de la vida, en una sociedad donde ese espíritudomine, se ajustará progresivamente a la exclusiva persecución delbienestar material como beneficio propagable al mayor número depersonas. Según él, siendo la democracia la entronización de Calibán,Ariel no puede menos que ser el vencido de ese triunfo.—Abundanafirmaciones semejantes a estas de Renán, en la palabra de muchos de losmás caracterizados representantes que los intereses de la culturaestética y la selección del espíritu tienen en el pensamientocontemporáneo. Así, Bourget se inclina a creer que el triunfo universalde las instituciones democráticas hará perder a la civilización enprofundidad lo que la hace ganar en extensión. Ve su forzoso término enel imperio de un individualismo mediocre. «Quien dice democracia—agregael sagaz autor de Andrés Cornelis—, dice desenvolvimiento progresivode las tendencias individuales y disminución de la cultura».—Hay en lacuestión que plantean estos juicios severos un interés vivísimo para losque amamos—al mismo tiempo—

por convencimiento, la obra de laRevolución, que en nuestra América se enlaza además con las glorias desu Génesis; y por instinto, la posibilidad de una noble y selecta vidaespiritual que en ningún caso haya de ver sacrificada su serenidadaugusta a los caprichos de la multitud.—Para afrontar el problema, esnecesario empezar por reconocer que cuando la democracia no enaltece suespíritu por la influencia de una fuerte preocupación ideal que compartasu imperio con la preocupación de los intereses materiales, ellaconduce fatalmente a la privanza de la mediocridad, y carece, más queningún otro régimen, de eficaces barreras con las cuales asegurar,dentro de un ambiente adecuado, la inviolabilidad de la alta cultura.Abandonada a sí misma—sin la constante rectificación de una activaautoridad moral que la depure y encauce sus tendencias en el sentido dela dignificación

de

la

vida—la

democracia

extinguirá

gradualmente todaidea de superioridad que no se traduzca en una mayor y más osada aptitudpara las luchas del interés, que son entonces la forma más innoble delas brutalidades de la fuerza—. La selección espiritual, elenaltecimiento de la vida por la presencia de estímulos desinteresados,el gusto, el arte, la suavidad de las costumbres, el sentimiento deadmiración por todo perseverante propósito ideal y de acatamiento a todanoble supremacía, serán como debilidades indefensas allí donde laigualdad social, que ha destruído las jerarquías imperativas einfundadas, no las substituya con otras, que tengan en la influenciamoral su único modo de dominio y su principio en una clasificaciónracional.

Toda igualdad de condiciones es en el orden de las sociedades, como todahomogeneidad en el de la Naturaleza, un equilibrio instable. Desde elmomento en que haya realizado la democracia su obra de negación con elallanamiento de las superioridades injustas, la igualdad conquistada nopuede significar para ella sino un punto de partida. Resta laafirmación. Y lo afirmativo de la democracia y su gloria consistirán ensuscitar, por eficaces estímulos, en su seno, la revelación y el dominiode las verdaderas superioridades humanas.

Con relación a las condiciones de la vida de América, adquiere estanecesidad de precisar el verdadero concepto de nuestro régimen social undoble imperio. El presuroso crecimiento de nuestras democracias por laincesante agregación de una enorme multitud cosmopolita; por lainfluencia inmigratoria, que se incorpora a un núcleo aún débil paraverificar un activo trabajo de asimilación y encauzar el torrente humanocon los medios que ofrecen la solidez secular de la estructura social,el orden político seguro y los elementos de una cultura que hayaarraigado íntimamente, nos expone en el porvenir a los peligros de ladegeneración democrática, que ahoga bajo la fuerza ciega del núcleo todanoción de calidad; que desvanece en la conciencia de las sociedades todojusto sentimiento del orden; y que, librando su ordenación jerárquica ala torpeza del acaso, conduce forzosamente a hacer triunfar las másinjustificadas e innobles de las supremacías.

Es indudable que nuestro interés egoísta debería llevarnos—a falta devirtud—a ser hospitalarios. Ha tiempo que la suprema necesidad decolmar el vacío moral del desierto, hizo decir a un publicista ilustreque, en América, gobernar es poblar.—Pero esta fórmula famosaencierra una verdad contra cuya estrecha interpretación es necesarioprevenirse, porque conduciría a atribuir una incondicional eficaciacivilizadora al valor cuantitativo

de

la

muchedumbre.—Gobernar

espoblar,

asimilando,

en

primer

término;

educando

y

seleccionando,después.—Si la aparición y el florecimiento, en la sociedad, de las máselevadas actividades humanas, de las que determinan

la

alta

cultura,requieren

como

condición

indispensable la existencia de una poblacióncuantiosa y densa, es precisamente porque esa importancia cuantitativade la población, dando lugar a la más completa división del trabajo,posibilita la formación de fuertes elementos dirigentes que haganefectivo el dominio de la calidad sobre el número.—

La multitud, lamasa anónima, no es nada por sí misma. La multitud será un instrumentode barbarie o de civilización, según carezca o no del coeficiente de unaalta dirección moral. Hay una verdad profunda en el fondo de la paradojade Émerson, que exige que cada país del globo sea juzgado según laminoría y no según la mayoría de sus habitantes. La civilización de unpueblo adquiere su carácter, no de las manifestaciones de su prosperidado de su grandeza material, sino de las superiores maneras de pensar y desentir que dentro de ellas son posibles; y ya observaba Comte, paramostrar cómo en cuestiones de intelectualidad, de moralidad, desentimiento, sería insensato pretender que la calidad pueda sersubstituída en ningún caso por el número, que ni de la acumulación demuchos espíritus vulgares se obtendrá jamás el equivalente de un cerebrode genio, ni de la acumulación de muchas virtudes mediocres elequivalente de un rasgo de abnegación o de heroísmo.—Al instituirnuestra democracia la universalidad y la igualdad de derechos,sancionaría, pues, el predominio innoble del número, si no cuidase demantener muy en alto la noción de las legítimas superioridades humanas,y de hacer, de la autoridad vinculada al voto popular, no la expresióndel sofisma de la igualdad absoluta, sino, según las palabras querecuerdo de un joven publicista francés, «la consagración de lajerarquía, emanando de la libertad».

La oposición entre el régimen de la democracia y la alta vida delespíritu es una realidad fatal cuando aquel régimen significa eldesconocimiento de las desigualdades legítimas y la substitución de lafe en el heroísmo—en el sentido de Carlyle—

por una concepciónmecánica de gobierno.—Todo lo que en la civilización es algo más que unelemento de superioridad material y de prosperidad económica, constituyeun relieve que no tarda en ser allanado cuando la autoridad moralpertenece al espíritu de la medianía.—En ausencia de la barbarieirruptora que desata sus hordas sobre los faros luminosos de lacivilización, con heroica y a veces regeneradora grandeza, la altacultura de las sociedades debe precaverse contra la obra mansa ydisolvente de esas otras hordas pacíficas, acaso acicaladas; las hordasinevitables de la vulgaridad—cuyo Atila podría personificarse en Mr.Homais; cuyo heroísmo es la astucia puesta al servicio de unarepugnancia instintiva hacia lo grande; cuyo atributo es el raseronivelador—. Siendo la indiferencia inconmovible y la superioridadcuantitativa, las manifestaciones normales de su fuerza no son por esoincapaces de llegar a la ira épica y de ceder a los impulsos de laacometividad. Charles Morice las llama entonces «falanges de Prudhommesferoces que tienen por lema la palabra Mediocridad y marchan animadaspor el odio de lo extraordinario».

Encumbrados, esos Prudhommes harán de su voluntad triunfante una partidade caza, organizada contra todo lo que manifieste la aptitud y elatrevimiento del vuelo. Su fórmula social será una democracia queconduzca a la consagración del pontífice «Cualquiera», a la coronacióndel monarca «Uno de tantos». Odiarán en el mérito una rebeldía. En susdominios toda noble superioridad se hallará en las condiciones de laestatua de mármol colocada a la orilla de un camino fangoso, desde elcual le envía un latigazo de cieno el carro que pasa. Ellos llamarán aldogmatismo del sentido vulgar, sabiduría; gravedad, a la mezquina aridezdel corazón; criterio sano, a la adaptación perfecta a lo mediocre; ydespreocupación viril, al mal gusto.—

Su concepción de la justicia losllevaría a substituir, en la historia, la inmortalidad del grandehombre, bien con la identidad de todos en el olvido común, bien con lamemoria igualitaria de Mitrídates, de quien se cuenta que conservaba enel recuerdo los nombres de todos sus soldados. Su manera derepublicanismo se satisfaría dando autoridad decisiva al procedimientoprobatorio de Fox, que acostumbraba experimentar sus proyectos en elcriterio del diputado que le parecía la más perfecta personificación del country-gentleman, por la limitación de sus facultades y la rudeza desus gustos. Con ellos se estará en las fronteras de la zoocracia, deque habló una vez Baudelaire. La Titania de Shakespeare, poniendo unbeso en la cabeza asinina, podría ser el emblema de la Libertad queotorga su amor a los mediocres. ¡Jamás, por medio de una conquista másfecunda, podrá llegarse a un resultado más fatal!

Embriagad al repetidor de las irreverencias de la medianía que veispasar por vuestro lado; tentadle a hacer de héroe; convertid suapacibilidad burocrática en vocación de redentor, y tendréis entonces lahostilidad rencorosa e implacable contra todo lo hermoso, contra todo lodigno, contra todo lo delicado del espíritu humano, que repugna todavíamás que el bárbaro derramamiento de la sangre en la tiranía jacobina,que ante su tribunal convierte en culpas la sabiduría de Lavoisier, elgenio de Chénier, la dignidad de Malesherbes, que, entre los gritoshabituales en la Convención, hace oir las palabras:—

¡Desconfiad de esehombre, que ha hecho un libro! —y que refiriendo el ideal de lasencillez democrática al primitivo estado de naturaleza de Rousseau,podría elegir el símbolo de la discordia que establece entre lademocracia y la cultura en la viñeta con que aquel sofista genial hizoacompañar la primera edición de su famosa diatriba contra las artes ylas ciencias en nombre de la moralidad de las costumbres; un sátiroimprudente que, pretendiendo abrazar, ávido de luz, la antorcha quelleva en su mano Prometeo, oye al titán-filántropo que su fuego esmortal a quien le toca.

La ferocidad igualitaria no ha manifestado sus violencias en eldesenvolvimiento democrático de nuestro siglo, ni se ha opuesto enformas brutales a la serenidad y la independencia de la culturaintelectual. Pero, a la manera de una bestia feroz, en cuya

posteridaddomesticada

hubiérase

cambiado

la

acometividad en mansedumbre artera einnoble, el igualitarismo, en la forma mansa de la tendencia a loutilitario y lo vulgar, puede ser un objeto real de acusación contra lademocracia del siglo XIX. No se ha detenido ante ella ningún espíritudelicado y sagaz a quien no hayan hecho pensar angustiosamente algunosde sus resultados en el aspecto social y en el político.

Expulsando conindignada energía del espíritu humano aquella falsa concepción de laigualdad que sugirió los delirios de la Revolución, el alto pensamientocontemporáneo ha mantenido al mismo tiempo, sobre la realidad y sobre lateoría de la democracia, una inspección severa que os permite avosotros, los que colaboraréis en la obra del futuro, fijar vuestropunto de partida, no ciertamente para destruir, sino para educar elespíritu del régimen que encontráis en pie.

Desde que nuestro siglo asumió personalidad e independencia en laevolución de las ideas, mientras el idealismo alemán rectificaba lautopía igualitaria de la filosofía del siglo XVIII y sublimaba, si biencon viciosa tendencia cesarista, el papel reservado en la historia a lasuperioridad individual, el positivismo de Comte, desconociendo a laigualdad democrática otro carácter que el de «un disolvente transitoriode las desigualdades antiguas» y negando con igual convicción laeficacia definitiva de la soberanía popular, buscaba en los principiosde las clasificaciones naturales el fundamento de la clasificaciónsocial que habría de substituir a las jerarquías recientementedestruídas.—La crítica de la realidad democrática toma formas severasen la generación de Taine y de Renán.

Sabéis que a este delicado ybondadoso ateniense sólo complacía la igualdad de aquel régimen social,siendo, como en Atenas,

«una igualdad de semidioses». En cuanto a Taine,es quien ha escrito los Orígenes de la Francia contemporánea; y si,por una parte, su concepción de la sociedad como un organismo, leconduce lógicamente a rechazar toda idea de uniformidad que se oponga alprincipio de las dependencias y las subordinaciones orgánicas, por otraparte su finísimo instinto de selección intelectual le lleva a abominarde la invasión de las cumbres por la multitud. La gran voz de Carlylehabía predicado ya, contra toda niveladora irreverencia, la veneracióndel heroísmo, entendiendo por tal el culto de cualquier noblesuperioridad.

Émerson refleja esa voz en el seno de la más positivistade las democracias. La ciencia nueva habla de selección como de unanecesidad de todo progreso. Dentro del arte, que es donde el sentido delo selecto tiene su más natural adaptación, vibran con honda resonancialas notas que acusan el sentimiento, que podríamos llamar deextrañeza, del espíritu, en medio de las modernas condiciones de lavida. Para escucharlas, no es necesario aproximarse al parnasianismo deestirpe delicada y enferma, a quien un aristocrático desdén de lopresente llevó a la reclusión en lo pasado. Entre las inspiracionesconstantes de Flaubert—de quien se acostumbra a derivar directamente lamás democratizada de las escuelas literarias—, ninguna más intensa queel odio de la mediocridad envalentonada por la nivelación y de latiranía irresponsable del número.—Dentro de esa contemporánealiteratura del Norte, en la cual la preocupación por las altascuestiones sociales es tan viva, surge a menudo la expresión de la mismaidea, del mismo sentimiento; Ibsen desarrolla la altiva arenga de su«Stóckmann» alrededor de la afirmación de que «las mayorías compactasson el peligro más peligroso de la libertad y la verdad»; y elformidable Nietzsche opone al ideal de una humanidad mediotizada laapoteosis de las almas que se yerguen sobre el nivel de la humanidadcomo una viva marea.—El anhelo vivísimo por una rectificación delespíritu social que asegure a la vida de la heroicidad y elpensamiento un ambiente más puro de dignidad y de justicia, vibra hoypor todas partes, y se diría que constituye uno de los fundamentalesacordes que este ocaso de siglo propone para las armonías que ha decomponer el siglo venidero.

Y sin embargo, el espíritu de la democracia es, esencialmente, paranuestra civilización, un principio de vida contra el cual sería inútilrebelarse.

Los

descontentos

sugeridos

por

las

imperfecciones de su forma histórica actual han llevado a menudo a la injusticia con lo que aquelrégimen tiene de definitivo y de fecundo. Así, el aristocratismo sabiode Renán formula

la

más

explícita

condenación

del

principio

fundamentalde la democracia: la igualdad de derechos; cree a este principioirremisiblemente divorciado de todo posible dominio de la superioridadintelectual, y llega hasta a señalar en él, con una enérgica imagen,« las antípodas de las vías de Dios—puesto que Dios no ha querido quetodos viviesen en el mismo grado la vida del espíritu»—. Estasparadojas injustas del maestro, complementadas por su famoso ideal deuna oligarquía omnipotente

de

hombres

sabios,

son

comparables

a

lareproducción exagerada y deformada, en el sueño, de un pensamiento realy fecundo que nos ha preocupado en la vigilia.—Desconocer la obra de lademocracia en lo esencial, porque, aun no terminada, no ha llegado aconciliar definitivamente su empresa de igualdad con una fuerte garantíasocial de selección, equivale a desconocer la obra, paralela y concorde,de la ciencia, porque interpretada con el criterio estrecho de unaescuela, ha podido dañar alguna vez al espíritu de religiosidad o alespíritu de poesía.—La democracia y la ciencia son, en efecto, los dosinsustituíbles soportes sobre los que nuestra civilización descansa, o,expresándolo con una frase de Bourget, las dos «obreras» de nuestrosdestinos futuros. « En ellas somos, vivimos, nos movemos». Siendo,pues, insensato pensar, como Renán, en obtener una consagración máspositiva de todas las superioridades morales, la realidad de unarazonada jerarquía, el dominio eficiente de las altas dotes de lainteligencia y de la voluntad, por la destrucción de la igualdaddemocrática, sólo cabe pensar en la educación de la democracia y sureforma.