Angelina (Novela Mexicana) by Rafael Delgado - HTML preview

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Obedecí. Tomé la pluma y escribí: «Si el señor Licenciado Castro Pérezse digna recibirme en su casa, procuraré servirle con toda fidelidad».

Me acerqué al abogado, llevando la hoja y la bujía. Mi hombre se acomodóen su poltrona, se compuso con ambas manos las gafas, y leyó lo escrito.

—¡Bien! ¡Bien! ¡Bien! ¡Conforme! Prefiero la antigua y gallarda letraespañola.... Pero, en fin, la de usted es clara y hermosa. ¡Esta letrainglesa tan amanerada y presumida!

Y después de un rato de silencio:

—Ya sabe usted: viernes o sábado....

—Vendré por acá....

—No; yo le llamaré a usted.

Entiendo que no le caí mal a Castro Pérez. Así me lo dijo dos díasdespués el bueno de don Román.

—La cosa es segura, muchacho. ¡Has clavado una pica en Flandes!

XVI

Estábamos a fines de octubre, mediaba el otoño, y los camposreverdecidos por las lluvias hacían gala de sus follajes. Las mañanaseran límpidas, frescas, pródigas de luz; los crepúsculos breves,espléndidos, incomparables.

Me placía vagar por los alrededores de Villaverde. Cien veces recorrílas márgenes del Pedregoso, y otras tantas ví, desde lo más alto de lacolina del Escobillar, la puesta del sol. Mi sitio favorito, a donde ibayo todas las tardes, era una roca casi plana, que parecía derrumbada delúltimo picacho, y que ladeada sobre un peñasco, me brindaba cómodoasiento que circundaban buvardias coralíneas, cebadillas de suavefragancia, helechos maravillosos y vaporosas gramíneas que, mecidas porel viento, esparcían el pardo plumón de sus espigas maduras.

¡Qué panorama tan hermoso! A mis pies las primeras calles de la ciudad,como extendidas en una alfombra de felpa amarillenta; la alameda deSanta Catalina; los edificios apiñándose a proporción que se acercaban ala Plaza; el poblado dividido por el río, y a orillas de éste elconvento franciscano, lúgubre y sombrío, desolado y triste, como sillorara la ausencia de sus mendigos.

Del lado del Norte, las lomas de San Antonio; los potreros delEscobillar; las casucas del Barrio-Alto, ocultas en la espesura de losjinicuiles y de los naranjales.

Al Oriente, lo más pintoresco de la vega. A derecha e izquierda lasmontañas de Mata-Espesa, cubiertas con la exuberante vegetación de lastierras calientes; el cerro de los Otates que, visto desde el punto enque yo estaba, parece un camello que postrado en la arena aguarda elsoplo abrasador de los desiertos.

Entre ambas alturas el llano entenebrecido; el cielo dividido en dosfajas horizontales y paralelas: la superior cerúlea y transparente; lainferior teñida de color de violeta. Sobre esta zona se dibujaban losperfiles suaves y ondulados de lejana cordillera, y la arrogante cúpulade la iglesia del Cristo, domo correcto y presumido, rematado con unacruz de hierro, en torno de la cual trazaban círculos interminablesalgunas docenas de rezagadas golondrinas.

En el cénit cúmulos níveos flecados de plata; celajes de tul; girones degasa incendiados por la luz poniente; retales de brocado que ardíanenrojecidos; cintas nacaradas; aves de fuego; serpientes de gualda quese retorcían y se alargaban; esquifes con velas de encaje, que bogabancomo cisnes en el inmenso zafirino piélago.

El sol iba ocultándose lento y majestuoso en un abismo de oro, entremontañas de brillantes nubes, a través de las cuales pasaban las últimasráfagas que subían divergentes a perderse en los espacios, o bajaban ailuminar con misteriosa claridad purpúrea las solitarias dehesas, losgramales de las laderas, los plantíos de caña sacarina, los carrizalescenicientos del río, las arboledas que dividen las heredades, y eltupido bosque de una aldea cercana, cuyo campanil recién enjalbegadosurgía de la espesura como un pilar ruinoso.

Y aquí, y allá, y más allá, y por todas partes, en sabanas, vertientes yrastrojos, áureo centelleo de amarillas flores, precursoras de los díaslúgubres y melancólicos de la primera semana de noviembre.

Los últimos fuegos del moribundo sol fulguraban en la tranquila ciudad,en los azulejos de las cúpulas, y de los campanarios, y espejeaban enlas vidrieras, y prestaban brillos argentados al Pedregoso. Las avesvolvían raudas a sus nidos, millares de pajarillos cantaban en losmatorrales de la colina, y el viento susurraba en las gramíneas.

Me abismaba yo en la contemplación de aquel espectáculo encantador. Sedespertaban en mi mente dulces memorias, y estremecían mi corazónsentimientos y ternuras del amor primero. De mis labios se escapaban lasmás bellas estrofas de mi poeta favorito; mi mano trazaba en la tierrarojiza un nombre amado, y entre las sombras que bajaban en tropel haciala llanura creía yo ver la silueta donairosa de gentil doncella.

A tales delirios,—que delirios eran, y nada más,—sucedía en mi almacierta melancolía dolorosa que me arrancaba suspiros y humedecía misojos. Y buscaba yo, entre las mil casas de Villaverde, la humilde casitade mis tías. Ahí estaban las buenas ancianas que tanto me querían; ahíestaba Angelina, la pobre huérfana objeto de mi amor. Quedito, muyquedito, temeroso de que alguno me oyera, decía yo el nombre de ladulce niña, como si ella estuviera cerca de mí y pudiera escucharme yfuese yo a decirle: «¡Angelina; te amo, te amo! ¡Ámame!

¿Eresdesgraciada? Yo también soy desgraciado. Vivamos uno para el otro;seamos, como dice el poeta:

Dos almas con un mismo pensamiento

Y palpitando acorde el corazón.

Confieso que al ir copiando estas páginas, escritas hace cuatro lustros,y tanto tiempo olvidadas, torna y se apodera de mi alma árida y tristeaquella plácida melancolía de mi penosa juventud; confieso que al copiarlos capítulos de esta historia amorosa, viene a mi memoria el recuerdode aquellos días, y de mis ojos, que ya no saben llorar, rueda unalágrima....

Y sin embargo, me río de mis tonterías juveniles, de mis locuras deenamorado, de aquel fantasear de mi mente que malogró en mí fuerzas yenergías que debieron ser útiles a los demás.

Pero no me burlo de misensueños juveniles impunemente; cuando me río de ellos me duele elcorazón.

Ahora vivo la vida prosáica de quien no fía en humanos afectos, de quienllama las cosas por sus nombres, de quien sólo gusta de la poesía enteatros y academias, y no quiere que el mundo y la sociedad sean comolos pintaban los novelistas de antaño, los soñadores lamartinianos, losgrandes ingenios de la legión romántica. ¡Ay de mí que malgasté en vanasimaginaciones las energías de mi alma, y despilfarré los más noblessentimientos, y cansé mi fantasía, y dejé en los zarzales del caminopedazos del corazón!

A las veces renuncio a copiar estas páginas envejecidas en la gaveta, yque acaso no serán entendidas de la generación presente, que ha deleerlas deprisa en el folletín de un periódico. Me ocurre echarlas alfuego para entretenerme en ver las llamas que las devorarían en pocosminutos; pero me es imposible resistir al deseo de que sean conocidasestas memorias, escritas por un pobre muchacho, admirador incondicionalde aquellos escritores gallardos y de aquellos poetas amables y sentidosque fueron delicia de nuestros padres. He dado en creer que su lecturaserá provechosa para la actual generación.

Me ocurre preguntar: ¿Será interesante para ella este modesto libro queacaso peca de indiscreto? ¿No será acogido con menosprecio y risasburlonas? Yo quiero que los muchachos que ahora empiezan a vivir, sepancómo sentían y pensaban los jóvenes de aquel tiempo. Sea como fuere,prosigamos la tarea, y que la mocedad de hoy, agitada y turbulenta,tristemente precoz, falta de nobles ideales, prematuramente envejecida ynunca saciada de placeres, sepa cómo eran, qué pensaban y qué sentíanlos jóvenes de entonces.

Permanecía yo en mi sitio predilecto hasta que las sombras invadían laciudad, hasta que se apagaban en los horizontes y en las cimas losúltimos reflejos del sol, y Villaverde encendía sus luces, y Véspero, elamado Véspero, bañaba la vega en apacible y misteriosa claridad.Entonces, apoyado en nudoso tallo, cortado a la subida, bajaba yolentamente, cargado de flores: irídeas de subido escarlata, que amillares crecen entre las piedras de la vertiente; «patas de león»,simpáticas moradoras de las umbrías; buvardias que se me antojantalladas en coral; helechos que parecen tiras de raso; musgos raros;frutos desconocidos; guías enflorecidas de cierta campánula blanquecinaque huele a miel virgen.

Ya sabía yo que Angelina me saldría al encuentro. Al llegar me laencontraba yo en la puerta, cariñosa, sonriente, como toda niña delantede aquél a quien ama, cuando sospecha que es amada.

—¿Qué me trae usted?

—Lo más hermoso que pude hallar.

La huérfana recibía las flores y corría a examinarlas. Mirábalas una auna, aspiraba su aroma, y en la corola de la más bella, en el ramilletemás lindo, dejaba un beso silencioso que yo me apresuraba a recoger.

Por aquel beso hubiera yo subido entonces, en busca de flores, hasta lomás encumbrado de la sierra; ahora no caminaría yo cien metros en buscade una rosa, así fuese para obsequiar a la mujer más bella. Llamo a unjardinero, le encargo un ramillete, y... ¡listo!

XVII

De noche me quedaba en casa, conversando con la enferma o charlando conAngelina. Ella y tía Pepa hacían sus flores, y yo hojeaba un libro oleía para mí.

—¡Lea usted en voz alta!—solía decirme la doncella.—Lea usted algobonito....

—¿La vida del santo del día?

—¡No!—contestaba en tonillo suplicatorio, haciéndome un mohín de niñamimada.

Traía yo un tomo de versos, generalmente de Zorrilla. Angelina seencantaba con las leyendas del afamado poeta: «A buen juez, mejortestigo», «La Pasionaria», «Margarita la Tornera». Con ésta, sobre todo,que era para ella lo más hermoso de la poesía moderna.

Me parece que veo a la anciana y a la joven muy diligentes y afanosas,oyendo atentamente los sonoros versos.

Aquella mesita baja y larga, cubierta con un mantel viejo, iluminada porun quinqué con pantalla verde, y llena de cajitas, ruedas de alambre yrollos de papel, se me antojaba, a veces, como un arriate engalanado contodos los primores de un jardín. Mi tía acocaba sépalos sobre larodilla; Angelina, pincel en mano, delante de un gran plato, y cercanoel papelillo de arrebol, pintaba pétalos de rosa. Empapábalos primero enagua acidulada, los enjugaba después entre los pliegues de una toballa yluego les aplicaba la tinta. Al poner el pincel en el húmedo paquetillo,aparecía una mancha carminada, de tono intenso, que poco a poco sedesvanecía sin llegar a los bordes. Entonces la joven sumergía lashojuelas en una solución de alumbre muy ligera, para fijar el color. Yoseguía leyendo; pero en ocasiones la doncella demandaba mi auxilio.

—Rorró;—así me decía ya, sin que este nombre cariñoso llamara laatención de mi tía.—

¡Rorró, deje usted el libro y ayúdeme!

Se trataba de separar los pétalos uno a uno, sin estropearlos, con lapunta de un alfiler, para que la tela no perdiese el barniz que traía dela fábrica y sacaran las flores un brillo natural. Iba yo despegandolas hojas y colocándolas cuidadosamente, en filas paralelas, sobre unaservilleta.

Esta operación era muy larga.

Una noche la tía se quedó dormida. Advirtiólo Angelina, y me hizo señapara que habláramos en voz baja, y quedito, muy quedito, mientrasoprimía con la punta de los dedos los empapados paquetillos y losapartaba en el borde del plato, me dijo:

—Esta mañana estuve en la Conferencia.... Tuvimos una discusión muyacalorada.

—¿Por qué?

—¡Cosas de las gentes! No piensan con juicio ni entienden las cosas aderechas.

—¿Quiénes?

—Eso sí no diré; pero es el caso que una señora que usted conoce....

—¿Quién es ella?

—¡Curioso!

—Despierta usted mi curiosidad y....

—¡Ya dije que no lo he de decir!

—Bueno. ¿Qué pasó?

—Propuso una compañera que diéramos socorros a una familia que está enla miseria. Todas aceptamos; pero entonces esa señora dijo que no; queno era justo quitar a verdaderos necesitados, auxilios y socorros que noabundan, para darlos a unas muchachas muy emperifolladas y que tienennovio.

—La verdad es que....

—No, Rodolfo, ¡qué verdad, ni qué verdad! No es cierto que esasinfelices anden emperifolladas. Suelen vestir bien, es cierto, pero noporque despilfarran en trapos y moños lo poco que ganan. Andanarregladas y aseaditas. ¡Eso no es un pecado! Si a veces llevan unbonito traje es porque se los da una alma caritativa. Y en cuanto a lodel novio, ¡eso es cosa que a nadie le interesa! Así lo dije yo. Pero laseñora insistió, y entonces una señorita, una señorita muy guapa queestaba allí, (también la conoce usted) se mostró muy contrariada, y dijoque aquello no le gustaba; que era muy feo eso de averiguar vidasajenas. Y tuvo razón; ¡sí, señor, mucha razón!

¿Verdad que eso no escaridad? ¿Qué es eso? No, señor; si esa familia es pobre y necesita delauxilio de la Conferencia, pues darlo, si es posible, si lo hay; onegarlo si no alcanzan para ello los recursos; pero ¿a qué talesaveriguaciones? La señora no cedía, y entonces la señorita no pudo más,y exclamó con mucha gracia: «En cuanto a eso de los novios, señora,piense usted que esas pobres muchachas no se han de quedar para vestirsantos, y recordemos que asunto es eso en el cual nada tienen que hacerlas Conferencias. Si alguna vez ve usted a esas niñas con vestidosbuenos, es decir, con vestidos que no parecen de pobre, es porque yo,(sólo porque es preciso lo digo), se los he regalado.» Y esto lo dijoencendida y muy apenada.

—Y ¿quién es esa señorita?

—Después hablaremos de ella.

—Y ¿en qué paró la discusión?

—¡En qué había de parar! En lo que era debido; en que la presidentadijo que teníamos razón; que se dieran los auxilios, y que no sevolviera a hablar de eso. La señora se fué mohina, y nosotras salimosmuy contentas.

—Bien hecho, Angelina. Tenían ustedes razón.

—Ahora, vamos a otra cosa. ¿Sabe usted lo que me dijeron esta mañana,al salir de la Conferencia?

—Si usted no me lo dice.... Veamos, ¿quién y qué?

—¡Ah!—exclamó, sonriendo, dejando ver toda la hermosura de sushoyueladas mejillas.—Es algo que a usted se refiere.

—¿A mí?

—Sí.

—¿Quién fué?

—Un pajarito.

—¿Un pajarito?

—Sí.

—¿De qué color? ¿Azul, como el de los cuentos?

Angelina no me contestó, y como si creyera que había dicho algoinconveniente siguió hablando de otra cosa: de la obra que teníanempezada, de no sé qué...

Yo me complacía en mirar los ojos de la doncella, aquellos ojossoberbios, negros, rasgados, sombreados por la rizada pestaña y la negray arqueada ceja. Advirtió Angelina que la miraba yo con interés deamante, y se encendió al igual de los pétalos que llenaban el plato.

—Angelina... ¿qué dijo el pájaro azul?

Sonrió dulcemente, y me respondió, bajando la mirada:

—Que.... ¡Es usted muy curioso!

—No tengo yo la culpa. Usted despertó mi curiosidad.

—No fué pajarito, que fué pajarita. ¿Dice usted que azul? Pues azul; nose equivoca usted.

Azul y oro... porque es rubia y estaba vestida decolor de cielo.

—¿Qué dijo?

—Pues... dijo, (no crea usted, que lo invento yo, ¿eh?) me dijo...que.... ¡No; es mejor no poner tentaciones!

Aunque la joven inclinaba la cabeza sobre el plato, pude observar que sehabía puesto pálida, sumamente pálida. Velaba su rostro una sombra derepentina tristeza.

—Angelina...—supliqué—¿qué dijo y quién es esa pajarita? Será unagolondrina de las que anidan en la torre....

—¡Adiós! Las golondrinas no son rubias, ni visten de azul.

—¿Y a qué viene eso de las tentaciones?

—A nada. ¡Cosas mías! Por decir algo... por avivar la curiosidad delcaballero....

—Seriamente. Dígame usted todo. Sin duda que me ha de interesar....

—¡Ah! ¡Y sí que sí!

—Pues... oigo.

—Es el caso....

—Dígame usted todo....

—Todo. Es el caso que una señorita muy guapa, muy elegante, y ademásmuy rica, la misma que se puso tan seria y abogó por esas pobresmuchachas que pedían socorro a las Conferencias, me tomó del brazo...y....

—Bien, tomó a usted del brazo... ¿y qué?

—Y salimos.

—Salieron... ¿y qué más?

—Y me preguntó con mucho interés, con «demasiado» interés, quien era unjoven recién llegado a Villaverde, que vive en esta casa, y que tarde atarde, se pasa las horas muertas, en un asiento de la Plaza, de codos enla baranda, y vuelto hacia....

—Hacia la casa del señor Fernández. ¿No es eso?—concluí riendo.

Ella prosiguió:

—Y oyendo tocar a una señorita que vive allí.

Angelina me miraba atentamente, procurando observar el efecto que suspalabras producían en mí.

—Pues Angelina: diga usted a esa señorita que ese joven soy yo, y quepaso muy gratas horas, oyéndola tocar.

—¡No! ¡Yo no le diré nada! Pero.... ¡Con razón dicen las gentes queestá usted enamorado de Gabriela!—exclamó apenada, trémula el labio,húmedos los ojos.

—¿Enamorado de esa niña? ¡Ni por pienso! ¡Murmuración villaverdina!

—¿Murmuración? Vale más. Ya dieron en decirlo, y seguirán....

—Créame usted, Angelina; créame usted: la señorita es guapa, sí que esguapa, linda como un ramo de rosas; pero el joven que se complace enoirla tocar no ha puesto en ella los ojos, ni los pondrá jamás.

Mi voz despertó a tía Pepa. Yo estaba separando el último pétalo.

La anciana se volvió a dormir, y entonces siguió la interrumpidaconversación, e interrumpida de tal modo que nos dejó turbados, como sifuéramos dos amantes sorprendidos en furtivo coloquio.

—Usted dirá lo que quiera, Rodolfo. ¡Buenos son los hombres para eso!No me doy por engañada. ¡El tiempo lo dirá!

—Le juro a usted que hasta hoy supe su nombre. Oía yo: ¡la señoritaFernández... por aquí; la señorita Fernández... por allá!

—¿Conque no sabía usted el nombre de esa niña?

—No.

—¿No?

—No.

—¿Conque no?

—¡No, y no!

—Pues ya lo sabe usted: se llama Gabriela.

Angelina me veía y sonreía como si dudara de mi dicho, como si quisierasorprender en mis ojos la verdad.

—No, Angelina: sería una locura eso de que yo pusiera los ojos en esaseñorita. Sí, una locura, y por mil razones. La primera, la principal, yque vale por todas, es ésta: porque soy pobre.

La doncella suspiró como si quedase libre de un gran peso.

—Algún día, acaso no muy lejano, sabrá usted, Angelina, a quien amo yo.

Díjele esto fijos mis ojos en los suyos. Ella me dirigió una miradaprofunda, intensa, llena de infinita ternura, dulcemente alegre.

Tía Pepa despertó.

—¿De qué hablaban, Rorró?

Angelina se apresuró a responder:

—De que Rodolfo se ha estado un siglo para separar esos pétalos.

—Y diga usted también que decía que estoy prendado de la señoritaFernández.

—¡Qué es eso, Rorró!—exclamó mi tía.

—Señora, eso cuentan por ahí....

—¿Usted lo cree, tía?

—No, muchacho; ni sería de mi agrado. A Carmen sí que le gustaría. Laotra tarde me dijo:

«¡Ay, Pepa! A mí la única muchacha que me gusta paraRodolfo es Gabrielita. ¡Qué bonita pareja harían los dos!»

El rostro de la joven se entristeció de súbito, como esos manantiales deagua purísima cuando pasajera nube les roba por un instante los rayosdel sol.

XVIII

Angelina se mostró conmigo muy reservada y desdeñosa. Ya no me esperabaen el corredor a la hora en que lavaba las jaulas y regaba las flores, ysi allí la sorprendía yo parecía más atenta a los quehaceres domésticosque a mi conversación.

—¿A dónde va usted?—me decía.—Ya es tarde ¡Pronto, pronto! ¡A pasear!Si ha de volver usted para desayunar... ¡a la calle!

Así me despedía. Tomaba yo el portante, y cuando salía muy contrariado ymohino, al detenerme en la puerta para quitar la aldabilla, sentía yoen pos de mí las miradas de la huérfana.

Más de una vez me volvírápidamente, y siempre logré sorprenderla en momentos en que me veía concariñosa curiosidad.

Después de vagar una o dos horas por los callejones o en la alameda deSanta Catalina, volvía yo a casa. La mesa estaba lista, y la tíaaguardándome. Andrés, a quien diariamente mandaban desayuno y comida asu «changarro» del Barrio Alto, solía almorzar con nosotros. Me placerecordar aquellos desayunos. ¡Qué de veces, en el comedor de fastuosobanquero, he pensado, con triste alegría, en aquellas horas dichosas!Tía Pepa en un extremo; yo a su derecha, y enfrente de mí Angelina.Andrés tomaba asiento lejos de nosotros, en la otra cabecera, siempredistante de sus amos, sin igualarse a ellos, sin confundirse con laspersonas que creía superiores a él. En vano le instábamos para que seacercara; en vano pretendimos que ocupara a nuestro lado el lugarmerecido. Andrés no era un extraño que por clase y condición debía vivirde manera distinta que nosotros. Siempre le vimos como pariente nuestro,como individuo de la familia, igual a mí, igual a mis tías; pero elhonrado viejo nunca quiso aceptar tales distinciones; nunca accedió anivelarse con aquellos que consideraba sus amos.

—¡Aquí estoy bien, Rodolfo!—me contestaba,—aquí estoy bien.

Y sin sentirse humillado, sin desdeñar lo que tanto merecía, se quedabaen el sitio acostumbrado.

¡Cómo si le tuviera yo delante! Me parece que le veo. Hace tiempo quebajó al sepulcro, y no he podido olvidarle.

En este momento creo verle aquí, del otro lado de la mesa en queescribo, muy sencillote y franco, muy recatado y pudoroso para cualquieracto de generosidad, y nunca más tímido que cuando quería averiguar sinecesitábamos algo. Paréceme que estoy viendo aquel rostro moreno, tipohermoso de la raza indígena, afinado por el cruzamiento en dos o tresgeneraciones: obscuro, muy obscuro del color; estrecha la frente; altoel cráneo; salientes los pómulos; la barba escasa, escasísima; los ojospequeñitos, negros, negros y vivos; la mirada franca; el aire resuelto,como en todo aquel que no tiene en su vida acción que le avergüence, quea nadie teme y de nadie es temido; que así se enternece a la vista deajenos dolores como rechaza sereno, con dura franqueza, con valerosaresolución, a quien le ofende o desconfía de él. Robusto, ancho deespaldas, dobladote como se dice vulgarmente, tenía una fuerza y unvigor hercúleos. A su edad nadie alardea de vigoroso y fuerte, y Andrésdejaba atónitos a los mozos más fornidos en eso de echarse a cuestas unfardo y levantar y poner en el mostrador un barril de aguardiente.

Bajoaquella blusa azul, bajo aquella camisa sin almidones ni planchados niañiles presuntuosos, se abrigaban una musculatura de acróbata y uncorazón de oro. Cada visita de Andrés tenía por objeto hacer bien a lafamilia de sus amos;—a sus amas,—mis tías;—al amito,—yo.

De ordinario, acabado el desayuno, mientras señora Juana retiraba losplatos, Andrés se levantaba y se iba a la cocina:

—Señora Juana: vaya usted por allá; tengo muy buen arroz. Vaya usted,que ahora está todo muy bueno en el changarro. Hay una mantequillaque... ¡qué ya verá usted cómo se chupa los labios el amito!

Volvía, tomaba asiento, y conversaba un rato. Al pasar por la cocinahablaba en voz baja con señora Juana; encendía un puro, y se iba. Jamásse atrevió a fumar delante de mis tías.

Angelina, tan desdeñosa conmigo cuando estábamos solos, en presencia demis tías se mostraba amable y obsequiosa. Cuando yo no la veía memiraba; cuando yo clavaba en ella los ojos volvía el rostro encendida yruborosa.

¿Me amaría la doncella? Sí; clarito, clarito que me lo decían suaparente desdén, su cauteloso empeño en mirarme cuando yo parecíadistraído y muy atento a la conversación de la anciana.

Después, como de costumbre, seguía la charla con la enferma. Angelina seponía a coser. A las veces terciaba en la conversación, pero aparentandoindiferencia, sin alzar los ojos. Cuando tía Carmen estaba muy débil mecostaba trabajo entenderla. Como entonces su voz era trémula y apagada,la enferma se veía obligada a repetir las frases, y no lo hacía sin darmuestras de impaciencia. La doncella, habituada a oirla, se apresuraba adecirme lo que yo no había entendido, y apuraba el ingenio para noentristecer a la anciana.

Ocurrióseme una vez tratar de las muchachas más lindas de Villaverde.Tía Carmen se prestó a la conversación, y estuvo ese día de muy buenhumor. En ocasiones como aquella, se complacía en charlar como una pollay en agotar el frívolo y gastado tema de noviazgos y bodas. No dejamosde nombrar a ninguna de las niñas casaderas. ¡Ninguna fué del agrado demi tía. Unas le parecían tontas, coquetas, feas, sin gracia; otras,aunque bellas, superficiales y vanas; algunas, buenas muchachas, pero de«mala rama»,—como decía la enferma,—esto es, de familiasdesconceptuadas e incorrectas; cuales simpáticas, pero de malaeducación; cuales bien educaditas, pero vanidosas y muy pagadas de suletra menuda. ¡La educación!—decía—¡la educación antes que nada!

Llegamos a la señorita Fernández.

—¡Esa sí!—exclamó la buena señora.—¡Esa sí me gusta! ¡Tan bonita, taninteligente, tan buena, tan sencilla! Es rica, y tiene la sencillez deuna pobre; es inteligente e instruída, y no hace alarde de ello; eshermosa, y no está pagada de su belleza. ¡Ay Rorró!—agregó después deelogiar con mucho entusiasmo a la niña.—Es una perla. Así quiero unamujer para tí. El otro día se lo dije a Pepa: ¡para Rodolfo, solamenteGabrielita! No temas, no temas; yo sé lo que te digo. Ya sabes que paraesas cosas tengo yo buenos ojos. Eres pobre... ¡cierto! pues estoysegura de que Gabrielita te preferiría a cualquier villaverdino, así lapretendiera Ricardo Tejeda, tu amigote, o el hijo de don Basilio, esemuchacho que es un bobo, que no sirve más que para contar a todo elmundo cuánto vale el traje que lleva, y cuánto el caballo en que montarádentro de pocos días.

¿No es verdad, Angelina? ¿No es verdad que paraRorró, sólo Gabriela?

La doncella clavó la aguja en el lienzo, y pálida como una muerta,arrasados en lágrimas los ojos, contestó, sonriente:

—Señora... ¡quién sabe! Es buena, muy buena... pero las Tejedas no laquieren; ni tampoco las Castros; ni las Martínez, ni otras. ¡Y yo no sépor qué! Será porque esa señorita es más elegante que ellas, y másbonita, y de muy buen trato. En cuanto a eso.... ¡No hay en Villaverdeotra como Gabrielita! Pero yo creo que Rodolfo merece otra muchachamejor.

—¿Mejor la quieres?

—Sí, porque ninguna me parece digna de él.

¿Era aquello un arranque de soberbia? ¿Era ironía? Me volví para ver ala doncella. Seguía hilvanando.

Tía Carmen prosiguió dulcemente:

—Mira, Rorró: tú eres un buen muchacho, y por eso te queremos mucho.Mira: nosotras deseamos tu felicidad; siempre has oído nuestrosconsejos... pues oye ahora uno: no seas como tantos otros muchachosde tu edad, que andan, como mariposillas, de flor en flor....

Yocomprendo muy bien que los jóvenes se entusiasmen con las muchachasbonitas. ¡Es natural!

¡La edad lo quiere así! Pero, vamos, hijo mío:¿por qué engañar a tantas, por qué engañar a tantas antes de fijarse enaquella que ha de ser su esposa? El amor no es un juego; con el amor nohay que jugar. Es cosa muy seria. Para una persona de buenossentimientos y de alma noble y elevada, no hay más que un amor, sólouno. En la vida no se ama de veras más que una vez.

La voz de la anciana se iba poniendo trémula. Acaso el recuerdo de unamor malogrado le oprimía el corazón. Observé que por sus mejillasexangües y marchitas rodaban gruesas lágrimas, dos lágrimas seniles, deesas que no se pueden contener. La enferma buscó un pañuelo que tenía enel regazo, y levantándolo difícilmente, con la única mano que teníaexpedita, se enjugó los ojos.

—Sí, Rorró,—prosiguió conmovida—así entendía estas cosas tu papá; asílas entendía tu abuelito. Mira; oye mis consejos, que no te irá mal.Aunque eres pobre te casarás, sí, porque no te has de quedar soltero,como don Román, tu maestro, ni has de ser sacerdote. Te casarás, y...¡cuánto le pedimos a Dios que hagas buena elección! Cuando busquesesposa atiende a encontrarla fina, bien educada, modesta, prudente, debuena familia. Atiende, sobre todo, a la educación; mira que por faltade ella se pierden muchos matrimonios. Lo sé bien, lo sé bien; yo sé loque te digo. Ante todo la educación y la prudencia. Una mujer prudentees la bendición del Cielo para su esposo, y la educación suele hacerveces de la prudencia. Por eso Gabriela me gusta para tí. ¿Te ríes? Yalo veo; te ríes tristemente. Ya te entiendo; piensas que eres pobre, yque por eso no puedes aspirar a ser amado de esa niña. Pues bien, si hoyeres pobre, acaso mañana serás rico. ¡Y aunque no lo seas! Pobre, muypobre, más pobre de lo que eres, por tu familia, por tu educación, portodo, eres muy digno de ser esposo de Gabriela.

Me sonrojé, pero no quise interrumpir a mi tía.

—No te rías así; mira que tu risa la siento aquí, en el corazón. No terías; ya sé lo que me vas a contestar; no hables, te lo diré yo. Vas adecirme que eres pobre, y que aunque descendieras de un rey, aunquefueras un sabio, y el primero por lo guapo y buen mozo, de nada teserviría todo esto, de nada, si no tenías dinero....

—¡Eso, tía!

—Tienes razón. Pero, dime: ¿serías el primero que sin poseer caudalesse casaba con una rica?

No. Pues ya lo ves.

—Sí, tía; pero no siempre en esos casos queda a salvo la dignidad.

—Te engañas: muchos pobres se han casado con ricas, y se han casado sinque su nombre pierda lo más mínimo....

—Tal vez; pero la sociedad murmura....

—Ya lo sé. ¿Crees tú que yo no sé los males que causa la murmuración?Hijo mío: el mundo murmura de todo. Procura que tu conciencia estétranquila, y deja que el mundo diga lo que quiera. No engañes a ningunamuchacha. ¡A qué mentir amores a quien no será tu esposa!

Angelina seguía cosiendo. Las campanas de la Parroquia soltaron en esemomento alegre repique.

—¡Ah!—prorrumpió la joven.—¡La fiesta de Todos Santos! ¡Ni quien seacordara!

Levantóse y salió.

Cuando quedamos solos tía Carmen me dijo:

—Ven, acércate.

Y mirándome tristemente agregó:

—No seas causa de que una mujer llore un desengaño; no, Rodolfo, ¡nohagas eso! No puedes imaginar qué de males ocasiona un hombre cuandomiente amor. Mira, lo sé por experiencia.

Cásate con quien quieras....

—Tía: yo no lo haré nunca movido por el interés y la codicia....

—Muy bien. Apruebo ese modo de pensar. Pero si te es posible conciliar(por supuesto que sin mengua de tu decoro) el amor y la conveniencia,¿por qué desdeñar a una mujer rica? Por eso te decía yo queGabrielita....

—Sí, tía, sí; tiene usted razón; pero, créame usted: si algún díapienso en casarme, no consultaré más que a mi corazón.

XIX

Charlé media hora en la botica de Meconio. Allí estaban los pedagogos,el P. Solís y don Crisanto.

Adentro, como de costumbre, se tributaba culto a Birján. Oficiaba sugran pontífice don Procopio, y entre los cofrades ví, con sorpresa, alpiadoso y manso don Basilio. Era muy aficionado a las cuarenta el señoralcalde; pero nunca pasaban de un duro sus apuestas.

Sólojugaba—palabras textuales—para matar el tiempo.

Célebre ciudad de jugadores fué Villaverde allá en los tiemposcoloniales, y sotas, caballos y reyes, se llevaron de allí más dinerosque de la Veracruz los piratas de Lorencillo.

Ahora, es decir, en los tiempos en que acaecieron los sucesos que voynarrando, contaba Birján pocos oratorios, pero aun tenía culto en muchossitios.

Antiguamente se jugaba en todas partes, en trastiendas, talleres,boticas, mentideros, y hasta en la Plaza, durante la segunda quincena deDiciembre. Al anuncio de las «rifas» se regocijaban mis paisanos, y huíade Villaverde la budística tristeza que de ordinario la consume. Monte,ruletas, dados, polacas y lotería de cartones, congregaban todas lasnoches en la Plaza a los piadosos villaverdinos, que allí dejaban loscuartos para que los ediles nivelaran con el producto de las

«rifas» elpresupuesto municipal siempre deficiente.

No sé lo que ahora sucede en Villaverde. A ser ciertas algunas noticiasque de allí recibo, aun son fieles los villaverdinos a su dios; el cultoha decaído, pero la devoción vive, y vivirá en ellos por los siglos delos siglos.

La tertulia languidecía; los pedagogos estaban displicentes y malhumorados; el doctor disertaba de farmacología indígena, y el P. Solísleía con avidez cierto periódico conservador, el primero que saltó a lapalestra después de la catástrofe imperial.

Viendo que los tertulios no reían ni disputaban, me decidí a pasar lavelada en la casa del dómine. Además me era insoportable la presencia delos periodistas, desde el día en que me ajustaron las cuentas y pusieronen solfa mis sonetos. Me repugnaba el trato de mis críticos, solamentesoportables para mí cuando discutían y se peleaban, cada cual en defensade sus

«ideales».

Nada más triste que Villaverde al fin del día; nada más horrendo que miciudad natal después de obscurecer. Todo el mundo se mete en casita, ysi el aburrido no acude a cualquier mentidero, es cosa de morirse defastidio. Las calles desiertas, obscuras, lóbregas, silenciosas. Ni unorganillo que alegre aquella espantosa soledad. Casi todas las casasestán cerradas. ¿Qué se hacen a esa hora las dulces y modosasvillaverdinas? Sábelo Dios. Ahí se están en la sala, acurrucadas en elsofá, columpiándose en las mecedoras, soñolientas y aburridas, en esperadel novio, atisbando el momento oportuno para pelar la pava.

Me lancé a la calle. Iba yo perdido en las tinieblas, tropezando a cadapaso. Camino de la casa de mi maestro, pasé por la plaza, delante de lamorada de Gabriela. La hermosa señorita estaba en el piano. Lapobrecilla, para entretener sus fastidios villaverdinos, repasaba elrepertorio en boga.

No me detuve a escucharla. Me pareció que cometía youna infidelidad.

La plaza estaba casi a obscuras. Ardían los cinco faroles, pero con luztan débil y escatimada, que apenas dejaban ver los árboles, la fuente yel barandal. Salían del templo algunos hermanos de la Vela Perpétua;los vicarios departían en el cuadrante con los campaneros, y en laesquina opuesta una vendedora de frutas secas dormitaba en espera demarchantes, a la luz de un farolillo de papel. En un ángulo delcementerio una «garnachera» condimentaba sus fritadas. El airecillonocturno llevaba calle abajo el picante olor de la cebolla y el hedor dela manteca requemada.

Salí de la botica contagiado de tristeza pedagógica. Pensé en misituación; me puse a cavilar en mi suerte; en que era yo pesada cargapara mis tías, las cuales me habían sostenido por tantos años a costa deextremos sacrificios. Aquello no podía seguir así. Y bien, ¿por qué sólode tarde en tarde me detenía yo a considerar mi penosa situación? Estofué el tema constante de mis meditaciones en los primeros días, peroluego puse toda mi atención en la belleza de los campos de Villaverde,en las puestas de sol, en la galanura de mis poetas favoritos, en lasvisitas de mi maltrecha musa, en el amor de Angelina. ¡Mente maldita lamía, tan divagada e inestable, inquieta como una giraldilla, encariñadacon todas las cosas inútiles y frívolas!

Habían pasado los ocho días de plazo señalados por Castro Pérez, y mihombre no daba señales de vida. Se me cerró el mundo, y me ví solo enél, sin dinero, sin esperanza. Me dieron ganas de morir, un deseo vago ydulce de morir, que entonces, como ahora, surge en mi corazón, nosolamente en momentos de angustia, sino también cuando me considerofeliz: grata inclinación al suicidio, en la cual no he parado mienteshasta después de cumplir los treinta años, y, que,—

como digo para mí,riendo tristemente,—es la nota trágica de mi carácter, de este caráctermío, llevadero, resignado, benévolo y complaciente.

Acaso bebí el germen pesimista en las fuentes románticas: en algunaspáginas de Chateaubriand, en el Werther, en las cartas de Fósculo, querepasé mil y mil veces; en los melancólicos versos de mis poetasfavoritos. Después he leído las obras de Leopardi, de Schopenháuer y deHártman, y confieso que me son simpáticos, aunque no acepto sus ideas.Este mundo es un valle de lágrimas, pero la vida del hombre espasajera, y «algo divino llevamos aquí dentro». No hay grandescaracteres, ni almas grandes, sino a condición de ser templadas en elfuego del dolor. Sin él, ¿qué seria el hombre? Algo así como la plantaque vive y muere sin darse cuenta de su existencia; algo como la piedraque reposa en la cantera o rueda en el camino.

Conservo íntegras lascreencias en que fuí criado; guardo incólume la fe de mis padres, y ellaha sido para mí, en mis horas negras, en mis días tristes, fuente deconsuelo, faro salvador; ella alivió mis dolores y restañó siempre lasheridas más hondas de mi corazón con el bálsamo de las eternasesperanzas.

—Tenga usted paciencia, Rorró,—me decía Angelina,—vaya usted a laiglesia y pídale a la Virgen amparo y protección.

Entonces recordé estas palabras de la doncella, palabras que resonarondetrás de mí como si ella me hablase al oído.

Enfrente estaba el templo. Desde la calle veía yo la humilde lamparitadel Sagrario. Me encaminé hacia la iglesia. Entré en ella. Estabaobscura. Cuatro individuos, de rodillas, con sendos cirios delante,rezaban el rosario. Busqué el rincón más retirado, y allí oré, oré confervor de mujer, con sencillez de niño. Pero a poco me di a considerarlo augusto del templo, la majestad del edificio, lo suntuoso del altar;el efecto que producían en muros y columnas las luces de los hachones;las sombras que al titilar de las flamas bailaban en las pilastras unadanza de endriagos espantables y trémulos, y hasta me reí de la grotescafigura de los devotos, del sonsonete de sus rezos, de un estornudoinoportuno que vino a interrumpir una oración solemnemente principiada.

Y después, por una de esas volubilidades de la fantasía, me imaginé queera el amanecer; que el altar estaba adornado con rosas blancas; queresplandecía iluminado con centenares de luces; y que una joven, entraje de boda, oraba en un reclinatorio; una joven elegantísima, no sési Angelina o Gabriela, cubierta graciosamente con el velo nupcial.Cerca de ella estaba el caballero que iba a ser su esposo.

Entregado a tales fantasías, no advertí que los devotos se habían ido,hasta que el sacristán pasó cerca de mí, sacudiendo un manojo de llaves.

Salí, y a poco estaba yo en la casa de don Román. El anciano se disponíaa cenar.

—¿Quieres chocolate? No es de lo mejor; pero te le ofrezco de buenavoluntad. ¿Recibiste mi esquelita?

—No.

—Pues todo queda arreglado. Lee.

Sacó del bolsillo una carta y me la dio. Principié a leerla. A cadapalabra, una falta de ortografía. No dejé de sonreirme.

—¿De qué te ríes muchacho? ¡Ah! Ya me lo imagino.... De los disparatesde Castro. Pues no te rías. Castro Pérez es un hombre muy instruido.

—Lo será; pero no sabe una palabra de....

—¡Hijo! ¡Defectos de la educación antigua! Pero, mira: prefiero milveces estos abogados que no saben escribir con propiedad y corrección aesos sabios de nuevo cuño, como Venegas y Ocaña.

Don Román engullía sopas y sopas.

—Bueno: ¿estás contento?

—Sí, señor.

—Pues ya lo sabes; mañana, a las nueve, te presentas en la casa deCastro.

—¿Mañana?

—No, tienes razón; mañana es día de fiesta, y pasado mañana día deDifuntos. Ya irás. Poco vas a ganar, muchacho; pero, ¡algo es algo! Yaveremos si después encontramos cosa mejor.

Castro Pérez había despedido a su escribiente, y en atenta carta avisabaa mi maestro que el empleo estaba a mi disposición. Hacía grandeselogios de mí, y se prometía encontrar en el nuevo amanuense un joven«inteligente, activo y útil»....

Yo dije para mí, cuando leí el párrafo:

—¡Y que gane poco!

XX

Salí de allí muy alegre y regocijado. Angelina salió a encontrarme.

—Doña Carmelita ha tenido un ataque horroroso, como nunca. Hace muchotiempo que estaba bien: comía con apetito, dormía tranquilamente.... Escierto que iba perdiendo las fuerzas, pero no tenía esos ataques, esasconvulsiones que a mí me asustan....

Corrí al cuarto de la enferma. Halléla sosegada; había tomado alimento yparecía dormitar. ¿Y

quién me aseguraba que aquel sosiego no era síntomade suma gravedad?

La anciana había sufrido uno de esos ataques que caracterizaron elprincipio de su enfermedad; una convulsión general, mayor en un brazo, yuna inquietud que no la dejaba queda cinco minutos. Ni en la cama, ni enel sillón estaba a gusto; era preciso traerla y llevarla de aquí paraallá. A cada instante se quejaba, diciendo:

—¡Esta convulsión interior que me mata!

A poco despertó, y quiso levantarse y caminar por la habitación, apoyadaen Angelina y en mi tía Pepa. Iba y venía, pero sin fuerza, casiarrastrando los píes. Las extremidades inferiores eran más débiles cadadía, la pobre temía caerse, y su angustia aumentaba al considerar quesus enfermeras no podrían sostenerla. Acudí a relevar a mi tía,esperando que la anciana segura de mi vigor, se mostrara más decidida yanimosa, pero todo fué inútil.

—Tú no sabes llevarme.

—Sí, tía.

—No, déjame.... Voy mejor con Pepa.

Insistí, rogué, supliqué.... ¡En vano! Quise imponerme dulcemente,fingiendo que no acertaba yo a comprender por qué rehusaba mi ayuda.

—¡Déjame! ¡déjame!—decía angustiada, sollozando.—¡En el sillón! ¡Enel sillón!

Era su voz tan débil que apenas la oíamos. En nuestra congoja creímospor momentos que iba a expirar.

En esto llegó el doctor.

—¿Qué tenemos de nuevo? Vamos, vamos.... ¿Qué tal, mi señora? ¡Esosnervios! ¡Esos nervios!

Sentóse cerca de mi tía, y mientras conversaba con nosotros y bromeabacon Angelina estuvo observando a la enferma.

—No hay cuidado....—repetía.—¡Esto pasará, pasará!.... Es un accidentepenoso, pero que no debe preocuparnos. Vamos, mi señora doña Carmen:¡ánimo, ánimo, que ya todo pasó! ¿Dónde está ese valor famoso? Veamosesa lengua.... ¿Y el apetito? ¿Bien? Pues ¡calma, y valor, valor!

Y dirigiéndose a la joven:

—Vaya, niña: una tacita de té de hojas de naranjo, con unas gotas deéter.

La enferma parecía no poner atención a los dichos del médico, y memiraba dolorosamente, como si quisiera decirme. «¡Ya lo ves! ¡No creo ennada de esto!»

Recetó Sarmiento unas cucharadas y una pomada. Le acompañé hasta elzaguán.

—Doctor; dígame la verdad.... ¿Cómo ve usted a mi tía?

—¡Mal muchacho, muy mal! Pero no te aflijas; esto va largo, a menos quecualquier día sobrevenga otra cosa.... La enfermedad sigue su curso....Es una enfermedad orgánica, y, como lo comprenderás, incurable.

—¿Volverá usted mañana?

—No es preciso. Que observe el régimen que tengo prescrito: reposo,distracción, buenos alimentos, una copita de vino en cada comida, y¡adelante! Que no esté sentada todo el día; que camine; que se mueva; quesalga por aquí, que vaya a la salita. La inmovilidad es perjudicial; queande, que camine hasta donde pueda. Pronto será completa la parálisis.

Don Crisanto me vió tan apenado, que me puso una mano en el hombro y medijo cariñosamente:

—Muchacho, no te asustes, no te acongojes.... Y, vamos, dime: ¿qué talandamos de dinero?

—¡Mal, doctor! Precisamente iba yo a decirle a usted que no podemospagarle la visita....

Don Crisanto frunció el ceño, manifestando disgusto.

—¿Pagarme la visita?—prorrumpió casi colérico—¿pagarme la visita? ¡Niésta, ni cien, ni mil más! ¡Ninguna! ¿Cuándo he cobrado yo en tu casapor mis servicios? Soy amigo viejo de tu familia, fuí condiscípulo de tupadre.... Oyelo bien: ¿sabes a quién debo la carrera? Pues a tu abuelo.Ya verás que no puedo venir a esta casa por interés. Mira, muchacho: novuelvas a hablarme de eso.

—Pero, doctor....

—¡Qué pero ni qué peras!

¡Cuánto agradecí al facultativo su desinterés! Bien sabe Dios que nuncahe olvidado tanta generosidad; pero esa noche me sonrojé, me diovergüenza aceptar los servicios del médico, sin retribuirlosdebidamente.

—Vamos...—prosiguió don Crisanto, en tono afable,—¿ya te resolvióCastro Pérez? ¿Vas a servirle de amanuense?

—El martes estaré por allá. No entiendo nada de esas cosas....

—Bueno; pero todo se aprende. Hijo: ¡eso es el huevo de Juanelo!¿Cuánto vas a ganar?

—No lo sé todavía.... De seguro que será poco.

Sonrió Sarmiento, me hizo una caricia, y me dijo en voz baja, casi aloído:

—¡Ten paciencia! Yo te buscaré algo mejor. Más bien dicho, ya tengopara tí una colocación.

No todo sale a medida del deseo, y no podremoscontar con el destino hasta dentro de dos meses, a principios de año.Fernández necesita un empleado en su hacienda de Santa Clara. Allíganarás un poco más.

—Temo una cosa....

—¿Cuál? ¿No servir para el caso?

—Sí... ¡qué entiendo yo de cosas de campo!

—Aprenderás, muchacho. No seas tímido, porque nunca harás letra.Estarás allí muy contento.

Fernández es persona muy fina. Trata muy biena sus empleados. Y aunque así no fuera, estás obligado a no perder laoportunidad.... ¡Adiós, muchacho! Tengo por ahí un enfermo de sumagravedad, un ranchero, que va que vuela para el otro mundo.

Tendióme la mano, y agregó:

—Nada digas a Castro Pérez de eso del empleo en Santa Clara. ¿Eh? Yaestás advertido.

¡Chitón! No te apenes al ver a tu tía. ¡Eso no es nada!

La enferma estaba tranquila, el acceso había pasado. Sin embargo, lanoche fué penosa.

Angelina y mi tía se la pasaron en claro. Desde micuarto las oía yo que iban y venían.

Entonces comprendí toda la abnegación de la doncella. Cuidaba a laanciana dulce y cariñosamente, con afecto de hija. Fina y bondadosa contodos, con ella extremaba sus delicadezas. La mimaba; todos sus deseoseran mandatos para Angelina, y sufría resignada desagrados yreprensiones, el mal humor caprichoso de los enfermos, que de nadaestán contentos, y que se impacientan sin motivo.

—Esta niña—me conversaba tía Pepa—es un ángel; creo que por eso lepusieron Angelina. No tiene sueño tranquilo; cada noche se levanta dos otres veces para ver a Carmen y darle el alimento y la medicina. A mí nome gusta eso, porque no tiene obligación de velar a tu tía. Eso me tocaa mí. Ya se lo he dicho; pero ella no dejaría, por nada de este mundo,que me levantara yo a deshora. El otro día, como le dijera que iba yo avelar a Carmen, me contestó un poco mohina, como impaciente y molesta:«No, señora. ¡Si yo lo hago con mucho gusto! Usted ya no está para eso.De día tiene usted mucho que trabajar. No, no; el día que yo no quierahacerlo, no lo hago».

Mira, Rorró: yo creo que Angelina ha de parar enhermana de la Caridad. Un día que hablábamos de eso salió diciéndome:«Sí, señora, ¿por qué no?» Y es muy capaz de ser un modelo de hermanasde la Caridad; lo mismo para enseñar a los niños, que para cuidar a losenfermos. El señor Cura dijo el otro día, en casa de don Román, que nohay en las Conferencias de San Vicente otra socia como Angelina. Ahoraes secretaria de la conferencia de la Parroquia, y todos están muycontentos. No sé si Angelina habrá nacido para ser casada, pero, laverdad, Rorró, si te casaras con Angelina a mí me daría mucho gusto,mucho, mucho; sí, porque la quiero tanto como a tí, como ella se lomerece; porque así todo quedaría en casa; porque a esa niña la miro comoalgo nuestro, como persona de la familia.

XXI

Villaverde se regocija de cuando en cuando, y tiene sus fiestas y suspaseos populares. No siempre ha de estar triste y malhumorada.

El día tres de Mayo acuden los villaverdinos a la herbosa alameda deSanta Catalina. Pasan la mañana en los callejones del Escobillar,recorren todo el barrio, se reúnen en los «solares», y allí comen eltradicional mole de guajolote, y los tamales de frijol, a la sombra delos naranjos y de los «jinicuiles» rumorosos. Por la tarde, hombres ymujeres, ancianos, jóvenes y niños, suben a la colina del Escobillar,donde un viejo borrachín, ya medio loco por el aguardiente, y muyconocido de mis paisanos, clava una gran cruz de madera en una roca dela vertiente oriental, al son de las músicas, al estallido de lospetardos, y al disparar de los morteretes.

Pero el paseo más hermoso es el dos de Noviembre, en un pueblecillocercano situado en el borde izquierdo de la Barranca de Mata Espesa, nolejos del punto en que rápido y espumante se despeña el Pedregoso,formando pintoresca cascada.

Recorred ese día las calles de Villaverde y las veréis desiertas. Todoel mundo está de gira; el pobre lo mismo que el rico. Vánse con susfamilias, muy de mañana, antes que el sol caliente, después de oír dos otres misas por los difuntos.

Allí, en las húmedas y boscosas calles de Barrio Viejo, encontraréis atodos los villaverdinos: unos a caballo, luciendo el potro rijoso y bienenjaezado, el pantalón ceñido, el sombrero suntuoso y el zarape de milcolores; otros, en viejos y desvencijados carruajes; los más, caballerosen el corcel de San Francisco.

Desde la entrada del pueblo principian los puestos,—las «vendimias»,como dicen en Villaverde—las fondas y los figones, improvisados bajo untoldo de manta, o a la sombra de una enramada. Por todas partesvendedores de frutas, de torrados, de cacahuates, de «tepache», debizcochos y de dulces. Helados, refrescos, aguardientes, todo tiene allísalida. Hay allí cosas para todos los gustos. Desde lejos percibiréis elolor del mole que hierve en grandes cazuelas, y os dejarán aturdidos elincesante vocerío de los vendedores, el gritar de los chicos, y elcantar báquico de los artesanos que han cogido la «zorra». Loshabitantes del pueblo, indígenas viciosos y haraganes, ven invadidas suscasas por la multitud, y los indizuelillos andan asustados en loscafetales o se asoman a través de los vallados de hierba para mirar alos transeúntes.

Llamadlos, y al punto echarán a correr como gamosperseguidos. En los jarales huele a copal quemado, y de la calle a lapuerta de las cabañas un reguero de «cempaxóchiles» os guiará hasta ellugar en que estuvo la «ofrenda» dedicada a las almas de los que dejaronpara siempre este mundo de dolor.

Es curioso notar que mis paisanos, los budistas villaverdinos, nunca sealegran y regocijan como en día tan lúgubre y de tan penosas memorias.No podía suceder de otra manera en la ciudad de las «almas tristes».

¡Cómo suspiré en el Colegio por aquella fiesta y aquel paseo! Así es queal ver que tía Carmen seguía bien me encaminé hacia Barrio Viejo. Latarde era espléndida, una linda tarde de otoño, fresca y luminosa.Hormigueaba la multitud en la ancha calle; puertas y ventanas estabancuajadas de muchachas bonitas, y era aquello un conjunto de gentesfestivas y alegres, tan pintoresco y hermoso, que no le olvidaré jamás.Unas que iban bulliciosas y parlanchinas; otras, que volvían cansadas,arrepentidas, cargando el cesto de la comida. Mozos encandilados por elalcohol, que se detenían para requebrar a las chicas; honrados padres defamilia que bregaban con la prole máxima, mientras la esposa traía enbrazos al mocoso rebelde y llorón. Más allá, un viejo, de capote antesnegro y ahora tornasol, cofrade de la Vela Perpétua, hermano de laTercera Orden de San Francisco; el panadero de flamante azulada camisa,faja purpúrea, flecada de blanco, y sombrero a lo terne; unos rancheros,muy orondos con la calzonera de pana y el sombrero galoneado; unaslavanderas, que hacían ruido de huracán con sus enaguas tiesas; unosgachupincillos, vendedores de ropa o dependientes de «El Puerto deVigo», inocentones, recién llegados, toscos de pies, mirando a todos conairecillo protector; una media docena de pisaverdes villaverdinos,jinetes en buenos caballos, y al fin, solo, en el overo acabado decomprar, el hijo del alcalde.

Esa tarde pude admirar la hermosura de las muchachas más lindas deVillaverde. Sencillas, vestiditas modestamente, ajenas a las modas y alos figurines de París; modositas, tímidas, pacatas, tristes, como si alos quince años empezaran a envejecer; niñas grandes, que me parecíansin ilusiones ni esperanza, y para quienes el mundo se reducía a lasilenciosa ciudad nativa. Las mas aristocráticas,—que también tienearistocracia Villaverde—avanzaban lentamente. No irían hasta BarrioViejo ni visitarían la cascada; se quedarían a medio camino, en la casade cualquier amigo: allí les darían asiento, e instaladas en la aceraalfombrada de césped se divertirían con los paseantes.

Los carruajes pasaban dando tumbos mortales, y los jinetes sacandochispas del empedrado, al caracolear de la escarceadora caballería. Detrecho en trecho, un mozo de cordel, un artesano o algún hortera,pasaditos del fuerte, dando mayatazos.

Ni una nube en el cielo. El cielo de un hermoso azul; el sol poniéndosedetrás de la colina del Escobillar, y al Noroeste soberbias montañas, elpie nevado del Citlaltépetl.

Avanzaba yo entretenido con el espectáculo de aquella regocijadamultitud, cuando columbré a Castro Pérez. Venía cansadísimo, fatigado,como perro jadeante, apoyándose en el bastón de puño de oro, arrolladasobre los hombros la española capa, echado hacia la nuca el sombrero decopa. Había ido a pasear por los callejones de Barrio Viejo su esponjadaprosopeya.

Al verme se detuvo:

—Amiguito: ¿va usted a donde todos, no es eso? ¡Vengo medio muerto!

—¿Llegó usted hasta la cascada?

—¡Guárdeme el Cielo! No pasé de la puerta, y ya no puedo con mihumanidad.

Echóse para atrás, y mirándome por sobre las gafas agregó:

—Ayer escribí a López.... Tendré mucho gusto en darle a usted elempleo. Me gustan los jóvenes como usted. ¡Ya veremos! Ya veremos siencuentro en mi nuevo amanuense lo que deseo y he buscado siempre: unjoven «inteligente, activo y útil...»

—Mañana me tendrá usted por allá.

—¡Bien! ¡Bien! A las nueve.... ¡A las nueve en punto!... Me gusta muchola exactitud.

Iba yo a seguir la conversación; pero el abogado me interrumpióbruscamente y tendiéndome la mano me dijo:

—¡Adiós! ¡Que usted se divierta!

No bien me separé de Castro Pérez, cuando oí a mi espalda un ruido decarruaje ligero. No sonaba como los otros vehículos de Villaverde, comocarro viejo o diligencia desvencijada.

Resonaba con ese ruido uniforme,compacto, de los trenes suntuosos, que nos hacen presentir mujereshermosas y en privanza. Volví la vista y me encontré con un carruajeabierto, nuevo, flamante, de ruedas altas y ligeras en las cualescentelleaba el sol.

Ocupaban el coche un caballero de noble aspecto, de barba gris, y unaseñorita que atraía las miradas de la multitud por su hermosura y laelegancia de su traje. Vestía de color obscuro y llevaba cubierta lacabeza con un gorro de blondas sobre las cuales resaltaba una rosa deAlejandría. Un grupo de galanos jinetes se detuvo para saludarla. EraGabrielita. El coche pasó como un relámpago. Me detuve un instante, yseguí con mirada curiosa a la encantadora señorita, deslumbrado a vecespor el reflejo del sol poniente que centelleaba en las brillantes ruedasdel carruaje.

XXII

Acudí con toda puntualidad a la cita del abogado. Aguardé en la esquinapróxima la hora señalada, y al sonar ésta en el reloj de la Parroquia mepresenté en el despacho. El jurisperito, gran madrugador, había vueltode misa y del acostumbrado paseo por la alameda de Santa Catalina, o seael Bosque Pancracio de la Vega, y muy instalado en su poltrona aguardabala llegada de su nuevo amanuense.

—¡Adelante, joven!—dijo en alta voz.—¡Adelante! ¡Bien! ¡Bien! ¡Meplace la exactitud!

Tome usted asiento. Voy a decirle cuáles son aquísus obligaciones. No hay aquí mucho trabajo, pero bueno es que sepausted, amigo mío, que aquí no se pierde el tiempo.

—Puede usted ordenar lo que guste...—respondí, sentándome en unasilla de ojo de perdiz, muy vieja y vacilante.

—Vendrá usted a las ocho de la mañana, en punto, como ahora. A lasocho... ¿me entiende usted? ¡En punto! Saldrá usted a la una, hora de ir acomer. Por la tarde, a las tres. ¡En punto de las tres! Trabajaremoshasta las cinco. A esa hora puede usted retirarse. Cuando tengamos algoextraordinario trabajaremos hasta concluir. Pero esto no sucede más quede tarde en tarde.

¿Está usted conforme? ¿Sí? Pues bien, ¡quedamosarreglados! Si al llegar ve usted cerrado el despacho, señal es de queaun no vuelvo o de que estoy durmiendo la siesta. Entonces pide ustedlas llaves a las niñas, y abre usted. Ahora, a otro punto. No quieroretribuir el trabajo de usted como a los demás, de una manera eventual,a lo que caiga. Así lo hice con otros; pero con usted será otra cosa. Leestimo a usted, y a su familia, y me complazco en proteger a los jóveneslistos y de porvenir, por lo cual he decidido señalar a usted un sueldofijo. Así no quedará usted expuesto a contingencias nocivas para susintereses.

Hizo una pausa, me vió de arriba abajo, y agregó:

—Tendrá usted quince pesos mensuales. Me parece que para empezar es unacantidad... muy decente...

Era una miseria, sin duda, pero, dadas mis circunstancias, aquellacantidad me pareció el premio gordo. En los términos más cortesescontesté que agradecía el favor, y que procuraría corresponder a laconfianza que se me dispensaba.

Castro Pérez me interrumpió:

—Joven: me prometo hallar en usted lo que tanto he deseado, lo quehasta hoy no pude conseguir: un escribiente activo, inteligente y útil.No perdamos el tiempo. En aquella habitación encontrará usted lonecesario para escribir. Vamos a despachar, antes de que principien allegar los clientes. Ya verá usted. ¡Esto es atroz! No paro en todo eldía. Esto parece un jubileo.