Angelina (Novela Mexicana) by Rafael Delgado - HTML preview

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VII

¡El aire de la tierra natal! ¡Qué grato y qué fresco esa mañana! El solinundaba el valle y dibujaba en los muros de las vetustas casas lasombra ondulada de los aleros. De las húmedas montañas, bañadas lavíspera por copiosa lluvia, soplaba un vientecillo halagador yperfumado.

Seguí hasta las afueras de la ciudad, a fin de gozar,siquiera fuese por breves horas, del magnífico panorama que se extendíadelante de mí: variado lomerío, dilatada llanura, espesas arboledas quedan pintoresco fondo a la capilla de San Antonio, una iglesita que tieneaspecto de melindrosa vejezuela. Faldeando la colina va el camino de lasierra, desde allí quebrado y pedregoso. Por ahí subían lentamente unosarrieros, silbando una canción popular, arreando a unos cuantos asnillosenclenques cargados de loza arribeña: ollas y cazuelas vidriadas quecentelleaban con el sol. Un ranchero, jinete en parda mula, venía por elllano, y allá, cerca de las vertientes del Escobillar, trazaban lasyuntas surcos profundos en la tierra negra y vigorosa. Los galanes lasseguían paso a paso, guiando el arado, muy enhiesta la crinada pica.¡Qué benéfico el aire de las montañas! Insufla en los pulmones vidanueva, acelera la sangre y comunica a las almas dulcísima alegría. ¡Cómosuspiré, durante diez años, en las soledades del Colegio, por aquellossitios y por aquel espectáculo! ¡Cómo, mil y mil veces, a la hora de lasiesta, desde el balconcillo del dormitorio, ante la colina poblada decactos, cansada de las arideces del Valle de México, soñé despierto conla húmeda belleza de la tierra natal!

No puedo olvidar aquellos tristes días. Jueves y domingos salíamos depaseo, a lo largo del fangoso río, cuyas aguas parecían dormidas a lasombra de los sauces piramidales. Allí, cerca de una hacienda, frentepor frente de una aldea salinera, entre cuyos montículos estérilesyergue una pobre palma, mísera desterrada de fecundo suelo, su empolvadopenacho, había un sitio que hasta en lo más crudo del invierno hacíagala de sus hierbajes verdes. Era mi sitio predilecto. Mientras la turbaestudiantil iba y venía buscando nidos en los árboles, o, vigilada porel Padre Rector, jugaba al salta-cabrillas, yo me tendía en la hierba, ydejaba que mi pensamiento volara más allá de la populosa ciudad, másallá del obscuro lago de Texcoco. Y volaba, volaba, tramontaba losvolcanes, y seguía, a través de bosques y espesuras, en busca deregiones amadas, de rostros amigos, de voces cariñosas. Entonces, elpaisaje que yo tenía delante se iba borrando poco a poco: el suelopajizo; la acequia fangosa; la llanura inundada; los chopos cenicientosdel camino polvoso, siempre lleno de viandantes; las hileras de saucesmelancólicos; la ciudad lejana, túrrida, envuelta en pesados vapores; laaldea salinera, situada como en un islote; la remota cordillera deAjusco y los picachos de la Cruz del Marqués. Bañados en la luz debrillante crepúsculo, surgían ante mis ojos valles y colinas, llanuras ydehesas, bosques y heredades, en donde la rica vegetación de las tierrascálidas desplegaba su frondosidad incomparable. El Citlaltépetl, coronaespléndida de las serranías, aparecía bañado en rosada luz, como si leiluminaran los fuegos de la aurora. Tornaba yo a la casa de mis padres.Villaverde me convidaba a recorrer sus calles desiertas, y el acentotierno y conmovido de los míos resonaba en mis oídos regocijado yamante.

De aquel ensueño me sacaba la voz del Rector o el toque de Ángelus enla cercana Catedral.

Honda tristeza se apoderaba de mi espíritu, ylento, retrasado, perezoso, volvía yo al colegio, entregado a lasubyugadora melancolía que despierta en los jóvenes el espectáculosiempre nuevo de la tarde moribunda, de la llegada de la noche. Dulcenostalgia; anhelo de algo sublime; grato sentimiento de muerte, quealivia, consuela, y eleva las almas hacia la bóveda celeste, yaentenebrecida y salpicada de luceros.

El sueño de aquellos días de largo destierro, la ilusión de aquellastardes invernales, era una realidad. Estaba yo en Villaverde.

¿Adónde iría yo? ¿En busca de los amigos de mis primeros años? Acaso merecibirían indiferentes y fríos. Regresé por donde había venido, y alazar, sin darme cuenta de lo que hacía, me interné en la ciudad, por lascalles céntricas, camino de la plaza. Me detuve en el puente.

ElPedregoso, el gárrulo Pedregoso corría, como siempre, límpido y parlero;como le vi tantas veces cuando era yo niño: espumoso al tropezar con unaroca; cerúleo y adormecido en sus pozas umbrías, bajo el dosel de losálamos, queriendo arrastrar a su paso las espiras lánguidas de losconvólvulos perennes.

Buscaba yo rostros conocidos, y muchos vi, pero empalidecidos, comofotografías borradas.

Todas las gentes me miraban curiosas, como siquisieran reconocerme, para llamarme por mi nombre. Temerosas de unchasco no se atrevían a hablarme, y se daban por satisfechas con vermede pies a cabeza y examinar mi traje de cortesano. Me pareció que unas aotras se preguntaban al verme:

—¿Quién es éste? ¿A qué vendrá?

¡Pobre de mí que había soñado con un recibimiento caluroso! Todos meconocían, me vieron crecer y me tuteaban.... Me detuve en un tenducho, ypregunté por don Román López. El tendero salió a la puerta, yseñalándome una casa me dijo:

—¡Allí, joven, allí!... ¡En aquella casa pintada de amarillo! El ruido delos muchachos le dirá

¡dónde! ¡Allí está la escuela!

¿Y si mi buen maestro, si el pomposísimo no me recibía cariñosamente?Eché calle arriba, y llamé a la puerta de la Casa de Estudios. Asísolía decir el dómine. No gustaba de que su establecimiento fueseequiparado ni con la Escuela del Cura ni con la Escuela Nacional.

Un chico abrió la puerta. Un muchacho jetudo, de cabello erizado y ojoslacrimonos. Había tormenta. Alguna tempestad producida por un concertadogallego o por alguna oración de infinitivo revesada y de tres bemoles.

El granuja sonrió al mirarme, viendo en mí el iris de la suspiradabonanza.

—¡Pase usté!—me dijo.

—¿El señor maestro?...

—¡Pase usté!

Y me colé por la puertecilla del cancel.

Ruido de la chiquillería que se ponía en pie. Movimiento de sorpresa enel dómine....

—¡Silencio!—exclamó, levantándose y subiéndose a la frente lasantiparras. Y dirigiéndose a mí:

—¡Adelante, caballero!

Dejó el libro en la mesa, un horacio antiquísimo, y vino paso a paso arecibirme.

VIII

Atravesó el dómine por entre la doble hilera de bancos, diciendo a loschicos que tomaran asiento. Los muchachos le obedecieron cuchicheando.Se felicitaban sin duda, de mi llegada.

Don Román vestía su eternotraje, su traje típico: pantalones anchos; larga levita negra, verduzcay mugrienta; chaleco blanco, pringado de rapé en las solapas; el cuellode la camisa altísimo, arrugado, sin almidón; ancho y apretado corbatín.Así le conocí cuando era yo niño, cuando mis buenas tías me confiaron ala férula resonante de aquel buen anciano, maestro de dos o tresgeneraciones de villaverdinos. Esto de la férula no es figura retórica;el pomposísimo la tenía, y muy sólida, de perdurable zapotillo,ennegrecida por el uso. Verdugo diligente e implacable, dispuesto avengar en las manos infantiles el menor desmán, cualquiera osadía contralos poetas del siglo de Augusto, don Román no se andaba con chicas, nitenía piedad; quien la hacía la pagaba, así fuera el hijo del alcalde.

Don Román se detuvo a dos pasos de mí. Me vió atentamente, ycomponiéndose los anteojos me preguntó en tono de notario aburrido.

—¿Qué mandaba usted?

No tardó en reconocerme, y abriendo los brazos exclamó:

—¡Rodolfo! ¡Rodolfo! ¿Tú por aquí? Ya sabía yo que de un día a otrollegarías.... ¡Bendito sea Dios! ¡Y qué crecido estás! ¡Alabado sea elSeñor que me concede verte hecho un varoncito, un lechuguino de lo másguapo! Y... ante todo, ¡ya lo sé! ¡ya lo sé! Como siempre estoypreguntando por tí. Ya sé que has salido muy aprovechado.... No comoestos asnillos que para nada sirven. Ni uno solo de estos bribonessacará buey de barranco.

El pobre anciano, loco de alegría, se complacía en mirarme, y meabrazaba, y pasaba por mis mejillas sus manos larguiluchas y exangües.

—Pasa, muchacho; vamos a la sala.... Tengo muchas ganas de platicarcontigo. ¿Y tus tías?

Como siempre ¿no es eso? Las pobrecillas siempreafligidas y achacosas.... A toda hora pensando en el sobrinito, en elsobrinito mimado. ¡Quiérelas mucho, Rodolfo! Por tí... ¡hacenmilagros!...

Pero, ¡qué tengo que decirte, cuando eres tan bueno y tannoblote! ¡Pasa, muchachito, pasa!

Decía esto acariciándose e impulsándome hacia adelante, entre la doblehilera de bancas. Los chicos abrían tamaños ojos para verme, comosorprendidos de la rara dulzura de su maestro.

Cerca

de

la

mesa

sedetuvo

don

Román,

volvióse

hacia

la

chiquilleiía,

y

prorrumpiósolemnemente, en tono de sermón:

—Este, éste que ven ustedes, es uno de mis discípulos más queridos.Muchas veces, muchas, os he hablado de él. Es inteligente, bueno,estudioso.... Tomadle por modelo. Este sí que no me daba, como ustedes,tantos disgustos; éste sí que no hacía concordancias gallegas, y sesabía al dedillo los pretéritos, y entendía, como un maestro, al dulceVirgilio, al conciso Tácito, y al asiático y pomposísimo Cicerón.

Ya me lo esperaba yo. Milagro que no acabó el discurso con algúnexámetro oportuno. Los chicos, al oir el consabido epíteto, sonrieronmaliciosamente, señal de que el apodo puesto al maestro por nosotrosdiez años antes, seguía en uso. Los bribonzuelos reían y se miraban unosa otros con caritas de diablillos regocijados.

—Vamos:—prosiguió—os doy la mañana, a fin de que celebréis la llegadade mi discípulo muy amado. Pero, oídme; nadie se irá hasta que suenenlas doce. Quedaos aquí, sin cometer faltas. El mejor día volverá estejoven, y os examinará, y ya veremos, ya veremos cuáles son vuestrosadelantos en la hermosa lengua latina.

Don Román levantó la cabeza y agregó:

—Tú, Pancho Martínez....

Un mozuelo trigueño, vivaracho, de simpático aspecto, salió al frente.

Mientras el niño acudía al llamado de su maestro eché una ojeada por elsalón. En nada había variado. Los mismos muebles, los mismos objetos;las papeleras manchadas de tinta, con letreros en las tapas, grabados apunta de cortaplumas; el pizarrón, el mismo pizarrón de otro tiempo, ensu caballete verde; la mesa del dómine ocupada por los mismos libros,todos muy bien colocados. Allí estaba la campanilla, con el mango roto,y el tintero circundado de plumas de ave,—don Román no usaba deotras,—y al lado la palmeta de zapotillo. En las paredes, ennegrecidasy desconchadas, dos o tres mapas amarillentos; arriba del sillónmagistral, muy pulido y resobado, la Virgen de Guadalupe, la patrona dela escuela; delante de la imagen una lamparita, un vaso azul lleno deaceite obscuro, en el cual sobrenadaba una mariposilla moribunda.

No bien entramos en la salita se oyó el vocerío de la turba escolar,festiva, retozona. Ruidos, carcajadas, estrépito de libros cerrados degolpe, las mil y mil voces, francas y alegres, de la dichosa libertadinfantil.

El anciano retrocedió colérico. Abrió la puerta; por ella se precipitódesbordado, recordándome felices años, un torrente de ingenuascarcajadas. Don Román, severo e irascible, dictó nuevas órdenes, amenazócon duros castigos, y luego, haciendo un gesto de dolor, pronto borradopor una expresión resignada de tristeza, vino al estrado.

—Siéntate, siéntate aquí, en este sillón. ¡Qué gusto me da verte!Cuando te fuiste creí que no me volverías a ver.... Estoy ya muy viejo.¿No me ves? En Febrero cumpliré los setenta y dos.

Los achaques metienen triste y desmazalado. Tú consideras todo esto, ¿no es verdad?¡Viejo, enfermo, solo y pobre! ¿No te parece cosa triste, cosa que parteel alma, esta situación mía después de haber trabajado tanto? Todosustedes se van logrando. Tengo discípulos en toda clase de oficios yprofesiones. Unos, en altos puestos de la política, los que fueron másdesaplicados, (muchos no pasaron del quis vel quid); otros en laIglesia, (dos me han dado ya la comunión); otros, médicos, y buenosmédicos; otros abogados; otros, como tú, en camino de ser gente deprovecho.

A decir verdad, nunca valí gran cosa ni por la conducta ni por laaplicación; de seguro que pocos estudiantes dieron más guerra que yo al pomposísimo maestro. Pero tal era de bondadoso el señor don Román.Cuando estaban en sus bancos, todos eran flojos, incapaces, asnillos;luego, con excepción de aquellos por extremo perdularios, todosresultaban excelentes, cumplidos, aprovechados.

Pero es lo cierto que don Román me quiso siempre como a un hijo; que metrató con suma benevolencia; que pocas veces sintieron mis manos losgolpes de su férula, y que el buen anciano, no obstante su pobreza, medio lecciones durante dos años, sin exigir de mis tías extipendioalguno.

Me apenó ver a mi maestro tan triste y abatido, cuando estaba tan cercadel sepulcro. Hubiera yo deseado ser rico, riquísimo, para ampararlecontra la miseria, darle cuanto quisiera, y comprar para él, si tal cosafuese posible, salud y mocedad.

—¿Te he dicho que estoy pobre? Pues estoy más pobre de lo que tú puedasimaginártelo.

Tengo pocos discípulos. ¡Ya viste cuántos! Sólo faltarondos; unos bribones que se van a salar todos los días; unos pícaros queno tienen remedio. ¡Qué hemos de hacer! Hijo mío, nadie quiere que sushijos aprendan el latín. ¡Tú dirás! ¡El latín que es la llave de lasciencias! Ni latín, ni otras cosas; todo lo que puedo enseñar, todo loque sé, cuanto aprendiste aquí. Dicen que estoy atrasado; que mi manerade enseñar es ancrónica, ¿has oido? ¿ anacrónica? Eso lo dicen lospedantes de hoy en día; y todo porque mascullan el francés. Eso dicenlos que aquí aprendieron todo lo que saben, y que ahora no quierenconfesar que me lo deben todo. Dicen que ya no sirvo para nada.... ¿Paranada? Pues a que no se ponen delante de mi, y abren el Tácito, o elTerencio, y traducen el pasaje que yo les señale? Pero eso sí, sin quese ayuden de versiones francesas... Oye: lo que más me duele, lo que mellega a lo más vivo, lo que me desgarra el corazón, lo que siento aquí,como la hoja de un puñal, es que dicen....—El pobre anciano queríallorar; el rostro se le contraía dolorosamente, su voz se iba poniendotrémula, en sus ojos asomaba una lágrima,—dicen...—hizo un esfuerzo yacabó—¡qué estoy chocho!

Me partía el corazón al ver al pobre anciano. Lloraba como un chiquillo.Deseoso de alivio y de consuelo vejado por la maldad y la ingratitud,abría su alma, sencilla y llena de dolores, a un pobre muchacho que añosantes fué su discípulo y del cual esperaba frases compasivas, palabrascariñosas.

—Y como dicen que estoy chocho, y como andan repitiendo eso por todaspartes, me faltan discípulos, y faltándome discípulos me falta trabajo;y sin trabajo, como tú lo comprenderás, me falta dinero. ¡No hayremedio! Me moriré de hambre, y me enterrarán de limosna. Diez o docediscípulos, que pagan poco, ¡y es cuánto! Unas leccioncitas ¡y nada más!

—Don Román,—respondí—no hay que abatirse. Nada es eterno; los tiemposvarían... el mejor día....

—Sí, hijo mío, variarán los tiempos, quién lo duda, pero no para mí. Nome queda más que prepararme para morir cristianamente. Pobrezas,miserias, hambres, contumelias, todo lo sufro con paciencia. Lo que meapena y me amarga, lo que me contrista y conturba es la ingratitud.

—No hay que abatirse, señor maestro. En cambio tiene usted la gratitudy el amor de muchos.

—¿Abatirme? ¡Eso no!—replicó en un arranque de energía.—¡Eso no!Nadie me verá rendido.

Al contrario: altivo, con soberbia dignidad. Poreso no me quieren. Siempre que se ofrece les ajusto las cuentas a esosingratos, a esos charlatanes. ¡Que lo diga Agustín, ese macuache, queaprendió aquí, aquí, todo lo que sabe, y que ahora está de Director,(¡yo no sé lo que podrá dirigir!) de Director de la «Escuela Nacional».El otro día,—aquí sonrió satisfecho el buen anciano,—el otro día,publicó en «La Voz de Villaverde», (el periódico ese que sacaron cuandolas elecciones del Jefe Político), un papasal, dándosela de espíritufuerte, de libre pensador, y yo,—el dómine habló quedito, como temerosode que le oyesen—¿qué hice? Tomé la pluma, y burla burlando le puse deoro y azul. Mandé a «El Montañés» tres comunicados de chupa y daca.Hijo: mi hombre vio lumbre, y gritó, pateó, rabió. Pero no escarmienta,y sigue disparatando a su gusto en esa «Voz de Villaverde» que no es vozni cosa que lo valga, sino un papelucho asqueroso, indigno de una ciudadque, como la muestra, es patria de tantos hombros ilustres, como elGeneral de la Vega, y mi respetable y siempre respetado maestro elilustrísimo Sr. D. Pablo Ortiz y Santa Cruz, Obispo «in pártibus» deMalvaria. El mejor día, luego que me deje el reuma, le largo un artículomorrocotudo, en latín, en latín crespo y ciceroniano, y entonces yaveremos, ya veremos si es capaz de entender una palabra... ¡una sola!¡Y el otro! ¡otro que bien baila! ¿Ocaña, Jacinto Ocaña, el que vino dePluviosilla tan sabio como un guardacantón, y que ahora regenta la«Escuela del Cura?» Este no habla mal de mí en los mentideros, ni meinsulta en los periódicas, ni se burla de mis canas en la botica deMeconio, no; pero un día, en «El Puerto de Vigo», en la tienda de micompadre don Venancio, cuando ya se acercaban los exámenes, dijo que noquería que yo fuese de sinodal a su escuela porque mi método es«anacrónico». ¿De dónde habrá sacado la palabreja? Así dijo, y eso queyo le hice el discurso que pronunció el 16 de Septiembre. Yo no fuí alos exámenes. El señor cura, que es persona excelentísima, me invitó;pero ¡mamola! ¡no fuí, no fuí!... ¡Qué había de ir este pobre viejo!Ocaña vino después a darme satisfacciones, y con mil hipocresías me nególo dicho.... ¡Embustero! Si yo lo supe todo por boca de Santiaguito, elhijo de mi compadre don Venancio, que es mi discípulo. El chiquillo mecontó la cosa del pe al pa. Pero, hijo mío: no hablemos más de eso.¡Estoy muy contento; me da gusto verte tan grande! Dime: ¿has aprendidobien? ¿vas a seguir los estudios? Síguelos, síguelos, que harás buenacarrera. Todavía te acordarás del latín, ¿verdad? Ya lo veremos.Vendrás, y veremos si puedes traducir una cosita que tengo guardada porahí: una oda sálica al Pedregoso, nuestro rojo Tíber. ¡Te gustará, estoycierto de que te ha de gustar!

Dieron las doce en la torre de la Parroquia, y en las demás iglesias deVillaverde. ¡Las campanas de la ciudad natal! Grave y solemne la de laParroquia; gritonas y disonantes las del Cristo; destemplada la de SanAntonio, muy compasada y majestuosa la del convento franciscano.

Otra vez la bulla, el vocerío, el cerrar de libros y el estrépito degavetas.

—¡Voy a ver a esos diablejos!—dijo contrariado el anciano.—¿Meaguardas o te vas? Mira: ven una noche; de noche estoy aquí, no salgonunca. De noche no tengo que lidiar con el rebaño; ven y oirás la odita.Pero antes ¡dame un abrazo! ¡Vaya, muchacho, si eres ya un hombre! Di atus tías que por allá iré.

IX

A la salida me detuvo en la esquina unos cuantos minutos. Iba delante demí un grupo de chiquillos que venían de la «Escuela Nacional», alegres,parlanchines, con sus bolsas de brin en bandolera, muy cuidadosos de sustinteros, unas botellitas tapadas con un corcho y pendientes de un hiloque los granujas se enredaban en el índice de la mano derecha. Casi a milado avanzaban paso a paso algunos discípulos de don Román, con elNebrija bajo el brazo, serios, graves, orgullosos, muy pagados de suciencia, como personas de altísimos saberes. Mientras los escolares sedetenían en la esquina para emprender en la parte más llana de la aceraun partido de canicas o de burras, los latinistas del «pomposísimoCicerón» siguieron de largo, volviéndose para mirarme con ciertacuriosidad entre burlona e impertinente. Al fin de la calle, delante deuna tienda, una carreta, tirada por una yunta, aguardaba la salida delos gañanes. Estaba cargada de barriles de aguardiente y pilones deazúcar blanquísima, cuyos cristales, heridos por el sol, centellaban condiamantinas luces. Los animales, entornados los ojos, parecían dormitar.El buey de la izquierda, un hermoso buey sardo permanecía inmóvil; elotro, blanco, manchado de negro, se azotaba el lomo con la cola paraespantar las moscas que le hostigaban. En la parte posterior de lacarreta, sobre el barandal, descansaba la crinosa pica.

A mi paso, en todas las calles, en ventanas y puertas, veía yo rostrosque no eran nuevos para mí. Al contemplarlos yo como que se reproducíanvagamente, allá en los rincones más escondidos de mi memoria.

Hombres y mujeres me miraban con insistencia y examinaban atentamente mitraje, sorprendidos del corte de mi ropa, del pantalón ceñido, entoncesal uso; de la americana cortita; de mi corbata roja (que losvillaverdinos decían de «chinacos»); de mi sombrero abombado, blanco,salpicado de puntitos negros, como si me le hubieran asperjado de tinta.

Antaño los villaverdinos tenían en el extranjero que llegaba a supintoresca ciudad motivo de burla y diversión. Principiaban por reirsedel color de sus vestidos y de su manera de llevar el cabello.Cuchicheaban de él en sus bigotes, le cortaban un sayo, y luego acababanpor imitar lo que censuraban,—y de la peor manera.

Hace mucho tiempo que no pongo los pies en Villaverde, y entiendo quemis paisanos son ya más cultos, pues de allá me escriben, y me dicen queya no son así: que ya no gustan de presentarse mal vestidos; que adoptanlas modas acertadamente, y que en las sastrerías villaverdinas sereciben figurines nuevos cada tres meses. Pero entonces, cuandoacaecieron los sucesos que voy a referir, era otra cosa. Los más guaposusaban zapatones de gamuza; el traje de charro, mal hecho y peorelegido, era el usual, y por eso los jinetes y cócoras de la vecinaPluviosilla, donde siempre hubo, aun entre los obreros y gente delcampo, charros muy galanos, llamaban a los petimetres de Villaverde los«charritos de barro».

En la plaza de la blasonada ciudad nada había variado: la Parroquiaestaba intacta, igual, como la dejé diez años antes, con su graciosacúpula de azulejos, su torre arruinada, abriéndose al peso de suscampanas «ponderosas»,—como decía don Román—la yerba crecida en elcementerio; el frontis del templo, festonado con espontáneos helechosque a lo largo de las cornisas lucían sus palmas séricas, y coronabancon gallardos plumajes el susodicho blasón que los villaverdinos ponenen todas partes.

Arrimado a la torre, en su rollo grietado y leproso, el cascado relojvirreinal, con su esfera de mármol y sus agujas doradas, invisibles paraquien las viese de lejos, porque las ocultaba el ramaje de soberbiosahuehuetes, a cuya sombra se refugiaban los lechuguinos que cadadomingo, después de la misa de doce, se instalan allí para ver a lasmuchachas que salen de misa muy emperifolladas y de ataque. En elcuadrante un clérigo melancólico, pensativo, fumando, como un árabedelante de su tienda; en el corredor baja de las Casas Municipales unpolicía haraposo, con el fusil al hombro, paseándose; y allá por laCalle Real, centro del miserable comercio villaverdino, una recua, unpordiosero, y el doctor Sarmiento, muy de prisa, echado el sombrerohacia la nuca; figura invariable, tipo eterno del médico de laspoblaciones cortas.

La plaza, mejor dicho el centro de ella, jardín en otro tiempo, graciasa los empeños de un prefecto santanista, se conservaba como yo la dejé.En medio la fuente secular, ancho pilón de ocho lados con surtidor degranito, en forma de alcachofa, del cual salía poderosamente gruesochorro de agua cristalina, que cuando el viento huracanado de inviernole hacía pedazos inundaba las baldosas del contorno. La barda de cal ycanto estaba ruinosa y desconchada; los bancos derruidos ydesportillados; y los naranjos que circundaban la fuente, anémicos,devorados por las hormigas. En un arriate, el único que parecía tal,algunas plantas frondosas y lucientes, enflorecidas y galanas.

Atrajo mi atención al costado del templo, un edificio nuevo, una casamagnífica, de brillante aspecto; magnífica para Villaverde y paraaquella plaza donde todo es mezquino y vulgar. Linda casa, de airosoalero, de anchas y rasgadas ventanas, con rejas de hierro, vidrieraselegantes y umbrales de mármol.

Las ventanas del salón estaban abiertas. El ajuar lujoso, loscortinajes, los muros empapelados, los espejos, los grandes cuadros congrabados finísimos que representaban escenas bíblicas (el casamiento deIsaac, Ruth y Booz, Rebeca en el pozo), todo, todo indicaba la riquezade quienes allí vivían.

Sonaba brillantemente el soberbio piano. Manos habilísimas tocaban en éluna redowa muy aplaudida, «La caída de las hojas», música soñadora ylánguida que delataba un ejecutante melancólico.

Me detuve cerca de una reja. Entonces pude columbrar el interior:gracioso jardín, amplios y frescos corredores, pretiles llenos demacetas con rosales, camelias y azaleas, jaulas y jaulitas, una pajarerallena de canarios que cantaban regocijados.

En un espejo, frontero a la ventana, vi quién tocaba. Era una jovenrubia, ataviada con modesto traje blanco, uno de esos vestidos demuselina de hilo, frescos, ligeros, vaporosos, que tanto sientan a lasmuchachas núbiles: trajes que llevan con singular donaire las pollitasde Villaverde y de Pluviosilla. ¡Qué gallarda caía en torno del taburetela ondulante cola de aquella falda!

Concluída la redowa, la hermosa señorita siguió jugando en el teclado.Primero, escalas rapidísimas, cuyas notas se desgranaban como lascuentas de un collar; luego pasajes favoritos, temas predilectos,—unfragmento melódico, arrullador y deleitoso.

De pronto, cuando menos lo esperaba yo, dejó su asiento la tocadora.Cerró el piano y corrió a la ventana.

¡Linda, hechicera criatura! Pero ¡ay! no pude contemplarla. Seguíadelante, y seguí dulcemente impresionado. Me parecía que oía yo detrásde mí el ruido de la ondulante falda de muselina. No tuve valor paravolver el rostro.

¿Por qué en aquel momento pensé en Matilde, la dulce niña de mi primeramor? ¡Ay! ¿por qué creí ver delante de mí un rostro apenado, lloroso ydolorido, el rostro de Angelina?

Minutos después, al entrar en mi casa, salió a mi encuentro la gentildoncella. Estaba radiante de alegría. Al mirarme, se encendió... y bajólos ojos.

X

Andrés vino a visitarme. Le invité a dar un paseo por las orillas delrío, y entonces me declaró que mis tías estaban en la miseria. Parasostenerme en el colegio, sin que nada me faltara, habían hecho todaclase de sacrificios. Redujeron sus gastos a lo menos posible, ytrabajaban del día a la noche, cosiendo, confeccionando pastas yconservas, y haciendo flores artificiales. En cierta época torcieroncigarrillos para «El Puerto de Vigo». Pero el mejor día enfermó tíaCarmen. Una enfermedad, muy común en Villaverde a la entrada del verano,la postró en el lecho. Pasó la disentería, pero la pobre anciana quedóachacosa. Aunque aparentemente sana, estaba herida de incurableenfermedad. Al principio se presentó un síntoma que no acertaron aexplicarse las buenas señoras:

Algo—decía la enferma—como hormigueo en la columna medular; algo quedescendía, rápido como relámpago, hacia las extremidades inferiores. Enocasiones, vértigos que duraban un instante y que dejaban a la pacientecansada y sin fuerzas. Así durante algunos meses. Después no volvieronhormigueos ni vértigos, pero sobrevinieron convulsiones, muy fuertes enel brazo izquierdo, el cual, pasado el acceso, quedaba débil yentorpecido. Vino el doctor Sarmiento: recetó pomadas y bebidas tónicas;prescribió alimentos sanos y nutritivos, ejercicio moderado por lamañana y por la tarde, y durante las horas intermedias sosiego y reposo.

La anciana no quería estar mano sobre mano; pero tuvo que obedecer lasórdenes del médico en vista de los progresos de la enfermedad.

Desde entonces pesó sobre la tía Pepa todo el trabajo, el cual, como esde suponerse, no bastó a las necesidades de aquella casa, ni parasostener al sobrino, para sostenerme en el colegio. Tía Pepa dijo:

—«¡Que se venga! ¡Que no siga estudiando! Aquí le buscaremos un empleo,cualquier destino en que se gane alguna cosa». Pero la enferma se opusoa ello:

—«Que acabe el año,—replicó—¡Dios dirá! Acaso para entonces nos paguenla pensión».

Y así pasó un año, y buena parte de otro. Nunca me faltó nada; nuncadejé de recibir, con toda puntualidad, el dinero que desde un principiome señalaron para atender a mis gastos. Sólo una vez, por mayo o junio,no recibí el dinero en los primeros días del mes. Escribí; y vino ordenpara que un villaverdino ricacho, de años atrás establecido en laCapital, me diese veinticinco duros.

Por Andrés vine en conocimiento de que entonces vendieron la casita, lahermosa casita en que nací, donde murió el abuelito, donde murieron mispadres. Nunca fuimos ricos; teníamos lo necesario para pasar la vida;pero todo se fué acabando poco a poco; aquello era lo último que nosquedaba. En verdad que la tal casita no valía gran cosa; sin embargo, nohabía en Villaverde otra mejor. Ninguna más amplia, ni más alegre, nimas cómoda. Tenía agua corriente, y un gran patio, que mis tías habíanconvertido en hermoso jardín, donde se producían hermosas flores ymagníficas frutas; naranjas de China, como almíbar de dulces; aguacates,muy afamados en Villaverde; chinenes, blancos como la leche y sin unahebra; jinicuiles riquísimos, anchos, aromáticos, carnudos;guayabas-manzanas deliciosas. Estas las daban unos árboles plantados porel abuelito, quien trajo la simiente de las Antillas.

Vinieron las escaseces, la pobreza y la miseria. La enferma iba de malen peor. Las convulsiones eran diarias, y duraban dos o tres horas. Elbrazo izquierdo no le servía para nada; las piernas fuerondebilitándose, y la buena señora no pudo caminar sin el auxilio de ajenamano.

A las amarguras de la pobreza se juntaron en mi pobre tía otrasmayores: las que le causaba ver que su hermana trabajaba del día a lanoche, sin que ella la pudiese ayudar. Tía Pepa hacía flores, cosía, ydaba lecciones de lectura y de catecismo a una veintena de niños.

No pudieron conseguir que la pensión fuese pagada. El gobierno no estabaen condiciones de hacer esos gastos, decían; pero yo he creído siempreque para quienes entonces estaban en privanza no fueron nunca simpáticaslas ideas de mi abuelo. ¡Qué entendían ellos de pelear en defensa de lapatria, en Tampico, en Veracruz y en Churubusco! ¡Qué les importaba aellos que se murieran de hambre unas pobres viejas!

Andrés acudió en auxilio de mis tías; hizo por ellas y por mí cuantopudo; pero el fiel servidor no tenía mucho: un tendejón insignificante,y paremos de contar.

Mis tías conservaron siempre en su pobreza su amada dignidad. Nuncapidieron ni un real a sus amigos, (y eso que los tenían muy ricos ydispuestos a socorrerlas) y prefirieron imponerse las más durasprivaciones, antes que molestar a nadie. Se privaron de cuanto lespareció superfluo,—y nada superfluo había en aquella casa,—y hasta delo más necesario. Me duele el corazón cuando lo recuerdo; se mehumedecen los ojos al apuntarlo aquí: mi tía Carmen se negó amedicinarse para que no me faltase nada.

Con el dinero de la casita hubo para algunos meses. Saldaron un granadeudo de contribuciones, me proveyeron de ropa, y me adelantaron elimporte de mis gastos dos o tres meses.

Entonces vino Angelina a nuestra casa. La infeliz había quedadohuérfana. El sacerdote que la tomó bajo su protección la puso allí, alverse obligado a desempeñar la cura de almas en un pueblo de la sierra,que a la sazón estaba infestada de guerrilleros y bandidos.

Algún amigo de la familia habló de mis tías al párroco, y Angelina sequedó con ellas. El sacerdote les pagaba una corta pensión. El cura erapobre, y no podía derrochar el dinero así como quiera. Sin embargo,sobradas pruebas dio de generosidad.

Era preciso renunciar a todo; prescindir de estudiar; no pensar en sermédico o abogado, y perder la risueña esperanza de suceder al doctorSarmiento o de heredar la clientela del Sr. Lic.

Castro Pérez, el másilustre jurisconsulto de Villaverde.

No había más que ponerse a trabajar. ¿En qué y cómo? Sólo Dios lo sabía.¿Cuándo? Cuanto antes. Andrés se encargó de allanar el camino. Eldesinteresado servidor me propuso que volviera yo a la Capital paracontinuar los estudios.

Sacrificaré—me repitió—hasta el último medio. Eso no era posible.Convinimos en que hablaría con algunas personas de las más ricas deVillaverde, particularmente al señor Castro Pérez, para que meproporcionaran empleo. Cualquiera sería bueno, se ganara mucho, seganara poco. El caso era trabajar.

¿Seria yo capaz de aliviar de alguna manera la precaria situación de mifamilia? ¿Me sería dable corresponder a los sacrificios de aquellascariñosas ancianas que por verme dichoso habrían dado su vida? Confiesoque en aquellos momentos me faltó el valor. ¿Qué haría el inexpertoescolar, apenas salido del colegio, convertido en jefe de familia?Respondía de su diligencia, de su abnegación; pero no fiaba en susaptitudes. Le alentaba saber que en Villaverde todos le conocían; queallí, de tiempo atrás, todos los suyos merecieron consideraciones de losmás conspicuos villaverdinos. Le alentaba esto, pero al mismo tiempomiraba en ello cierta dolorosa humillación ¡Valor! Ayúdate que Dios teayudará.

XI

Dejóme triste y abatido la conversación de Andrés. La generosidad deaquel servidor, fiel en todo tiempo a sus amos, me llenó de admiración.Andrés no tenía familia; no conoció a sus padres; le dejaron huérfano enmuy temprana edad, y pasó la infancia en el campo, desempeñandorudísimas labores, al servicio de gentes que lo trataban mal. Solíarecordar las amarguras de esa época, y contaba minuciosamente sustrabajos y sus penas; pero nunca le oímos quejarse de la aspereza de susprimeros amos, ni jamás se le escapó una palabra en contra de ellos.

Mi padre le sacó del rancho donde vivía, le tomó a su servicio, y elmancebo fué bien pronto digno del cariño de todos nosotros.

No quiso casarse.

—¿Para qué?—contestaba.—¿Para qué? No me hace falta la familia.Ustedes son mi familia,

¡ustedes son todo para mí!

Cuando la familia vino a menos, y mis tías no pudieron ya retribuir susservicios, Andrés, más por ser útil a nosotros que por deseos de medro,nos dejó y fué a establecerse en un pueblo cercano. Con sus ahorros, yamuy mermados por haber subvenido secretamente a las necesidades de lafamilia, puso una tienda, y allí, a fuerza de trabajo y de economíashizo un piquillo, que,—

como decía,—le bastaba para vivir y auxiliar alas señoritas.

Cayó enferma mi tía Carmen, y Andrés se dijo:—«¡A Villaverde! No debovivir lejos de la familia. Ahora más que nunca necesitan de mí. ¿De quésirve ir a verlas de cuando en cuando?»

Traspasó, malbarató el «changarro», lió el petate, y se vino aVillaverde. En Pluviosilla hubiera estado mejor y habría medradofácilmente, pero como su objeto era vivir cerca de mis tías no vaciló entrasladarse a la budística ciudad.

Mientras residió en Santa Rosa venía cada ocho días, sin faltar nunca,así lloviera a cántaros.

Entre ocho y nueve de la mañana, allí estabaAndrés en su caballejo, muy cargado de frutas, semillas, y aves decorral. Al irse, domingo por la tarde o lunes muy tempranito, no dejabade poner en el comedor cuatro o cinco duros; acaso buena parte de susganancias.

De tiempo en tiempo recibía yo en el colegio algún regalo suyo:magníficas frutas, mangos cordobeses, piñas amatecas, y naranjas-limas.Algunas veces dinero, después que pasaba la cosecha del tabaco y delcafé. Al recibir los diez o doce pesos me decía:—«¡Andrés está enfondos!» Y me alegraba yo por él y por mis tías.

Cierta ocasión recibí una cajita de puros. Me la entregó Ricardo Tejeda.Dentro de la carta de la tía Pepa venía una tira de papel, en la cualescribió Andrés, con aquella su letra torpe y desgarbada: «Para quechupes. Ya eres grandecito, y ya te gustarán los buenos puros. Decía miamo que un puro bien revoleado disimula la arranquera».

Entonces no me gustaba el tabaco. Ricardo se fumó todos los puros. Eldomingo se me presentaba hecho un figurín:

—Rodolfo: dame uno de aquellos de nuestra tierra.

El dio cuenta de los tabacos; él, que no tenía necesidad de disimular laarranquera.

El fiel servidor, establecido en Villaverde, allá por el barrio de SanAntonio, en una tienda que se llamaba «La Legalidad», fué, como siempre,una providencia para las tías. Desde luego resolvió que ellas leasistieran, y por ello pagaba más de lo justo.

—Que nada falte;—repetía—veremos hasta dónde alcanza la pita.

Nada de esto me dijo; lo supe más tarde de boca de la tía Pepa. El buenviejo se limitó a ofrecerme lo que acaso no le era dable hacer—gastarsecuanto tenía.

Ni la salud de Andrés ni su «piquillo» resistirían cuatro años degastos, y cuatro años, cuando menos, me serían necesarios para quetuviera yo un título y pudiera tratar de compañero al doctor Sarmiento oal Lic. Castro Pérez.

Hube de conformarme con lo que la suerte me deparaba. Me resigné a dejarlos libros y a renunciar a las alegrías de la vida estudiantil, parabuscar en Villaverde lo que tal vez no faltaría: un destinejo que meproporcionara cada mes algunos duros.

Confiaba yo en la bondad de mis paisanos, en la benevolencia de nuestrosamigos, para quienes no era un misterio la situación precaria de mistías. Me lisonjeaba la idea de que iban a cesar en aquella casadificultades y miserias. Tal vez, en lo futuro, gozaríamos de vida mástranquila; y, a decir verdad, me halagaba ser el jefe de la casa. Conmás dinero la enferma sería mejor atendida, la veríamos aliviada, yacaso recobraría la salud.

A nadie comuniqué mis proyectos. Procuré, no sin esfuerzo, que me vieranalegre y contento.

Estaba yo apenado y triste. No me creía yo extraño enaquella casa, ni me sentía degradado al recibir de las pobres ancianascuanto me era necesario; no; porque el afecto filial con que las veía, yel cariño maternal con que siempre me trataron, alejaban de mi ánimotoda idea mezquina y todo pensamiento humillante. Durante varios díasestuve abatido. Por la noche, a buena horita, me encerraba yo en micuarto, metíame en la cama, y me ponía a leer. Leía yo páginas ypáginas, sin parar mientes en los conceptos. En un vetusto armario mehallé varios libros: una Historia de Napoleón; no recuerdo qué obraclásica de arte militar, y ¡oh dicha! dos o tres volúmenes de WalterScott. Tomé uno, «La Novia de Lammermoor». En pocas noches le dí fin. Alacabar la última página advertí que aquella lectura había sido inútil.Mi cabeza no estaba para novelas.

Temprano, antes de que se despertaran mis tías, salía yo al patio. Allíme lavaba yo en una gran jofaina que desde la víspera ponían para mí enel borde de la fuente, entre los tiestos floridos, bajo la copaaparasolada de un floripondio cuyas campanas de raso se columpiaban alsoplo vivífico de los vientos matinales, mientras en jaulas y ramajescantaban los pajarillos la incomparable alborada otoñal. El aguaretozaba en el surtidor y caía desbordante en el pilón. En la superficiedel cristalino líquido bogaban pétalos y flores caídos durante la noche.Se me antojaban esquifes, gondolillas maravillosas en que bogaban seresinvisibles.

Volvía yo a mi cuarto. A poco principiaba Angelina su matinal faena.Pronto resonaba en el corredor el ruido de su escoba. En los labios dela joven susurraba alegre cancioncilla que parecía un eco suave, apenasperceptible, de la que cantaban los alados músicos en su prisión decañas y en la copa de los naranjos ornados ya con amarillas pomas.

Al salir me detenía a conversar con la doncella. Tratábala yo como a unahermana predilecta, y procuraba inspirarle confianza; pero ella semostraba siempre, reservada y asustadiza. Sin embargo, no tardé encomprender que aquel airecillo gazmoño que tanto me chocó en Angelina elprimer día, no era más que timidez de bondad, muy en harmonía con sucarácter y su belleza, muy natural en quien había tenido tanto quellorar.

La plática, iniciada con una frase lisonjera en elogio de su diligencia,se iba enredando poco a poco, sin saber cómo, y más de una vez la tíaPepilla vino a interrumpir nuestra charla.

¡Dulces instantes aquellos! Angelina, de pie cerca del pretil, envueltaen el rebozo, caídos los brazos con placentera indolencia, entre lasmanos la escoba perezosa. Yo a horcajadas en una silla, o puesto un pieen el travesaño. Ella, escuchándome cariñosa; yo, bañado en la luz desus rasgados ojos.

A las veces, si algún ruido nos anunciaba que tía Pepa venía, sinmotivo, sin saber por qué, nos despedíamos de prisa, y salía yo conrumbo a los barrios más distantes.

Volvía yo a la hora del desayuno. Ya la casa estaba lista: barrido elcorredor, arreglada la salita, dispuesta la mesa. La doncella solíasentarse a mi lado. Me atendía y me servía como una hermana cariñosa alchicuelo preferido, dispuesta a satisfacer todos mis deseos y caprichos,adivinándome el pensamiento.

Mi tía parecía complacerse en aquella dulce y sencilla fraternidad.Cualquiera que nos viese juntos a los tres, habría creído que éramos doshermanos, y que la anciana era nuestra madre.

El desayuno duraba frecuentemente una hora. Tía Pepa charlaba a susabor. Yo y Angelina no sentíamos correr el tiempo. La anciana selevantaba para ir a sus quehaceres, y al pasar detrás de nosotros sedetenía y nos acariciaba; a mí, estrechando mi frente entre sus manos; aella, dándole una palmadita en cada mejilla.

Un campanillazo solía poner término a nuestra conversación. Era que tíaCarmen llamaba.

—¿Dónde está mi Angelina? ¿Qué hace mi Angelina que no viene?

XII

Entonces iba yo a saludar a la enferma. La pobrecilla pasaba muy malasnoches. Padecía insomnios, y ataques de convulsión que la obligaban adejar el lecho por algunas horas y a pasearse por el aposento, apoyadaen el brazo de Angelina.

—¡Es para mí una hermana de la Caridad!—me decía la tíaCarmen.—Conmigo no tiene la pobrecilla sueño tranquilo.

Y a Angelina:

—¡Pobre de tí! ¡Eres muy buena, muy buena! ¿Qué obligación tienes develar mi sueño? Me da pena llamarte, ¡sí, me da pena! Si lo hago esporque no quiero despertar a Pepa. La infeliz cae rendida, y ya no estápara eso.

En tanto que yo conversaba con la enferma, en el corredor más lejano sereunían los discípulos: veinte o treinta niñitos de las principalesfamilias de Villaverde; un coro de querubines traviesos y mimados.

Pronto resonaba en el patio el rumor alegre del estudio. La buena señoradaba lección a cada niño, y luego se ponía al trabajo en una mesa largay angosta.

De manos de mi tía, hábiles por extremo, salían todos los ramilletes queadornaban las iglesias de Villaverde. Flores de mil clases y colores.Unas, fantásticas, de papel dorado y plateado; otras, las más bellas,tan propias y bien dispuestas, que, a cierta distancia, nadie lasdistinguiría de las naturales. Allí, torciendo alambres, enhebrandocapullos, acocando pétalos, pintando hojillas, se pasaba mi tía toda lamañana, y toda la tarde. Sólo dejaba su labor para atender a los niños ytomarles la lección.

La joven venía en ayuda de la anciana. La doncella se pintaba paraaquellas labores. De su mano recibían flores y ramilletes el últimotoque. ¡Qué guirnaldas y qué festones aquellos!

Gallardos, sueltos,flexibles, como las guías de convólvulos y cabrifollos que sombreaban lafuente. Las rosas... ¡ah! ¡las rosas! Lindas y espléndidas salían demanos de la anciana; pero Angelina las embellecía al tocarlas. Un talloduro, una hoja rebelde, un pétalo sin gracia, todo recibía de la jovensingular hermosura. Parecía que a través de los ramilletes pasaba unsoplo primaveral que daba a las flores vida y lozanía.

Los niños, atraídos por tanta belleza, dejaban sus sillitas, y paso apaso se iban colocando en torno de la florista. Con las manos detrás,ocultando el libro, permanecían largo rato, embobados y boquiabiertos,delante de tantas maravillas.

A las doce concluía la tarea. Los criados llegaban por los niños, y erala hora de la lección. Mi tía se mostraba severa, fruncía el ceño,reprendía, amenazaba. Los chicos preferían que Angelina les tomase lalección. Ella, paciente y bondadosa, conseguía que los niños estuvieranatentos, y con una mirada o una caricia ponía orden en aquella turba dediablillos rubios, vestidos con faldellines de seda.

Angelina era una muchacha muy inteligente. Escribía con mucho primor.Linda letra la suya; suelta, cursiva, elegantísima, sin que lo donairosode los trazos le hiciera perder esa suavidad del carácter femenil que nosólo se manifiesta en el estilo, sino que trasciende a la forma de lasletras, siempre que la mujer no presume de sabia o gusta de llamar laatención. Difícilmente se le escapaba una falta de ortografía. Escribíacomo hablaba, con mucha naturalidad y sencillez, sin rebuscar frases niatildamientos, siguiendo el orden lógico de las ideas, ajena a lacalculada afectación, que hace del estilo epistolar una cosainsoportable y ridícula. Mas no por eso caía en el extremo opuesto, enlas fórmulas de rito y en los conceptos de estampilla. Era muy dada alos libros; pero sólo leía cuando se lo permitían sus quehaceres. Leíatodas las noches el «Año Cristiano», y se sabía al dedillo las vidas delos santos.

Una noche le tocó leer la vida de Santa Teresa.

—¡Jesús!—exclamó.—Si ya me la sé de memoria. ¡Puedo repetirla del peal pa!

Y como tía Carmen dudara, Angelina refirió, con muy buen acuerdo y muydonosamente, la vida de la mística.

Cosa rara en una joven; gustaba de los libros serios y se perecía porlos históricos. Había leído tres o cuatro veces la «Historia» de Alamán,y solía atreverse contra los juicios del célebre escritor, no sin grandisgusto de mi tía Pepa, para quien los dichos de don Lucas eran unevangelio.

Discurría de historia patria con mucha donosura, sonriendo, sinfatuidades ni alardes de saber.

Valdría la pena consignar aquí el juiciode Angelina acerca de algunos libros. Para ella no había mejor novelistaque Fernán Caballero, ni peor novelador que Pérez Escrich.

—Abrir un libro de esos, la «Mujer Adúltera», la «Esposa Mártir», ytener sueño, ¡todo es uno!

¿Novelas? De Fernán Caballero. Sus personajesme parecen vivitos, de carne y hueso. ¡Aquello sí que es verdad! Comen,duermen.... ¡Si me parecen gentes a quienes trato todos los días! Yo noentiendo de esas cosas.... pero los libros de Fernán me gustan porquepintan la vida tal y como es. ¿Ha leído usted «La Gaviota?» «¿Elia?»«¿Lágrimas?»

—¿Y de Cervantes, qué me dice usted, Angelina?

—¡Eso es aparte! «¿El Quijote?» Es algo que parece novela y acaso no loes....

—Pues entonces....

—No acierto a explicarme. Si, es una novela; pero algo hay en ese libroque le pone por encima de todas las novelas.

Me pasaba largas horas conversando con Angelina. A pesar del estado demi ánimo y del abatimiento de mi espíritu, cuando tejía con ella la redde viva plática, recobraba yo mi buen humor de otro tiempo, y me volvíaalegre y jovial, y me olvidaba de esas enervantes melancolías que hansido, y acaso todavía lo son, nota sombría de mi carácter; de estecarácter mío soñador y lánguido, dado a la pereza y al fantaseo, aldelirio vago y a la meditación sin objeto. Perniciosa melancolía, nacidatal vez en mi alma cuando viví lejos de mi familia, condenado a lassoledades de un colegio, cuyos claustros vetustos entenebrecieron miespíritu; melancolía que me arrastra a los campos y a la espesura de losbosques, para extasiarme largas horas ante el espectáculo deslumbrador,a orillas de laguna adormecida, escondido entre los juncos; o paraabismarme en la contemplación de una flor desconocida, modesta y rústicabeldad. Sentimiento tristísimo de la naturaleza que me hace odiosos elmundo ruidoso y frívolo y los atractivos de una sociedad vanidosa;sentimiento profundo de las bellezas del mundo físico, sentimiento quedesarrollan en mí los poetas y novelistas románticos. Por fortuna me heredimido un tanto de las preocupaciones y falsas ideas del romanticismo,y aunque no del todo exento de ellas, pues aun me queda en el almalamartiniana levadura, miro la vida de otro modo, no pretendo que todosea a mi gusto y a medida de mi deseo, y vivo tranquilo, como vive todabuena persona, sin que me atormenten poéticos anhelos, ni me divaguendevaneos inútiles, ni me amarguen delicadas sensiblerías.

XIII

A las diez de la mañana tomaba yo el sombrero y me iba a pasear por laciudad. Al principio preferí los arrabales, los callejones sombríos, lasmárgenes pintorescas del Pedregoso o las plazoletas de la Alameda, vastocuadro sembrado de fresnos, al pie de la colina del Escobillar; alamedasin flores y sin árboles copados, que por lo apacible y retirada me eragratísima. A la sombra de un naranjo, el único crecido y frondoso, encuya copa anidaban bulliciosos pajarillos, pasaba yo la mañana. Allí, enun asiento musgoso y desportillado, me entregaba yo a la lectura de misautores favoritos; allí leí la «Atala» y el «Renato»; el «Rafael» y la«Graciela»; allí devoré el

«Conde de Monte Cristo», y repasé, por mimal, algunas novelas de Jorge Sand, que acongojaron mi corazón y dejaronen mi alma sedimentos de acíbar. Allí gusté de la poesía de Zorrilla.¡Zorrilla! Le conocía yo; le había oído leer de un modo maravilloso susadmirables versos, aquellas serenatas que eran, en labios del poeta,miel de abejas, susurro de arboledas, cantos del agua en las acequias dela Alhambra; música del cielo. Allí aprendí de memoria muchascomposiciones del incomparable soñador de Milly: «El Lago», «ElCrucifijo», «Las Estrellas». Aun las recuerdo, y suelo repetir:

Ainsi, toujours poussés vers de nouveaux rivages,

Dans la nuit eternelle emportés sans retour....

Y allí, preciso es que lo confiese, allí cometí un pecado mayúsculo, delcual no me arrepentiré debidamente en los años que me restan de vida. Mepasó lo que a los gastrónomos: principian por gustar de los buenosplatillos, y acaban por invadir la cocina y preparar ellos mismos losguisos predilectos. A fuerza de leer versos me dió por hacerlos.Malísimos salieron los míos, a juzgar por lo que dijo de ciertos sonetosun periódico villaverdino. Publiqué los tales sonetos en «El Montañés»,previa la aprobación de don Román, quien los tuvo por buenos y muybuenos, antes y después de que «La Voz de Villaverde», «La Sombra deVega», y cierto periodiquín de Pluviosilla los hicieran trizas ypusieran al autor como chupa de dómine. Por supuesto que no salieron conmi firma. Firmélos: «Anteo», y el seudónimo sirvió para que mis críticosextremaran la zumba. Entiendo que mi literatura poética no era inferiora la muy aplaudida de los más afamadas poetas de Villaverde, el«pomposísimo» y el Lic. Castro Pérez, quien, de tiempo en tiempo, teníasus dares y tomares con las esquivas deidades del Parnaso. Discípuloaprovechado de don Román, criado en los clásicos, como él me dijo,dióme,—a pesar de mis aficiones románticas,—por la poesía mitológica yhoraciana. Cantaba yo la vega villaverdina, el «sesgo» y

«undívago»Pedregoso, y la hermosura de mis paisanas. En el último soneto pusesobre los cuernos de la luna a la dulce Angelina, oculta bajo el poéticonombre de Flérida.

Los rivales de mi maestro, Jacinto Ocaña, el director de la «Escuela delCura», y Agustín Venegas, el de la «Escuela Nacional», creyeron que elsonetista era el «pomposísimo», y al domingo siguiente, cuando esperabayo elogios y aplausos, salió en «La Voz de Villaverde» un articulejodesentonado y cáustico, en que ponían a don Román de oro y azul.

Corrí a verle:

—¿Ya leyó usted?—le dije al entrar.

—No, muchachito.... ¿Qué cosa?

—Lo que dice «La Voz».

—No; no quiero leer esos disparates. Ya me imagino lo que dirán.

Pero la curiosidad pudo más en el dómine que el desprecio con que mirabaa sus rivales.

Después de un rato de silencio me dijo:

—¡Dame ese papasal!

El anciano se caló las gafas, se compuso en el asiento, y principió aleer el artículo editorial.

—No, a la vuelta. Una crítica de los sonetitos aquellos....

—¿Y quién es Agustín Venegas para meterse a crítico?

—Lea usted.

Don Román estrujó el periódico y leyó.

A las pocas líneas se puso trémulo, pálido, balbuciente.

—Han creído que usted es el autor. Lamento lo que ha sapado. Nunca pudeimaginar....

—¡Bellacos! ¡Fátuos! ¡Presumidos!—exclamó.—¿Quiénes son ellos? ¿Quéobra los acredita para darla de sabios y de críticos? Les perdono lasofensas. Lo único que no puedo perdonar es la ingratitud. ¡No les temas!¡No te asustes! Escribe, muchacho; escribe, y ¡que rabien! Tú harás algo;al paso que ellos.... Así se quemen las pestañas años y años, cuantoescriban servirá nada más para que envuelvan cominos en la casa de micompadre don Venancio.

—¿Contestamos?

—¡No! Eso se quieren ellos, que les den tela. Oye, oye un consejo.Nunca salgas a defender tus escritos. La modestia... ya lo sabes....¡Nada tengo que decirte! Conozco bien a esos necios.

Por eso no he dadoa la estampa los sáficos aquellos que te gustaron tanto, la odita alPedregoso.

Mira, Rodolfo: no hablemos más de esos bellacos.

Serenóse don Román, sacó la tabaquera, tomó un polvo, y, quitándose lasgafas, me dijo en tono cariñoso:

—Vamos: ¿qué piensas hacer? Sigues los estudios, ¿o te quedas en tutierra, y en tu casa, para buscarte la vida? Hablé ya con tus tías. Laspobrecillas quisieran verte médico, abogado... pero ya sé, ya sé quelas cosas andan malas, como yo me las figuraba. ¿Habló Andrés con CastroPérez?

Mira: yo le veré esta noche. Allí puedes ganarte alguna cosa;poco, poco, porque ya lo sabes, en Villaverde todo es roña; ¡pero algo esalgo! Por lo pronto.... Después, ¡ya veremos!.... Estoy cierto de que tecolocará; se lo pediré, y no ha de negármelo. Le recordaré que fué amigode tu padre.

Andrés había hablado ya con el abogado, pero nada obtuvo: promesas,ofrecimientos.... Sólo Castro Pérez podía darme trabajo. El doctorSarmiento se interesó en favor mío, y prometió a mis tías arreglar elasunto. Así las cosas, corrían los días y las semanas, y el empleodeseado no venía.

En verdad que la idea de alejarme de Villaverde no mehalagaba. No sólo me detenía en la budística ciudad el amor de los míos,no; cuando me ocurría que acaso sería preciso ausentarme, pensaba yo contristeza en Angelina.

Había ya entre nosotros cierta intimidad fraternal, dulce y respetuosa,que me hacía grata la vida en Villaverde. En ocasiones pensé: ¿si estaréenamorado? No; hasta entonces aquello era una amistad afable, un afectosencillo que mi tía Pepa fomentaba a todas horas. Una vez la buenaseñora, se dejó decir:

—¡Ay, Rorró! Si alguna vez piensas casarte... busca una mujer comoAngelina.

Estábamos solos. Mi tía trabajaba en sus flores, y yo, cerca de ella, meentretenía oyéndola.

—¿Le gustaría a usted que me casara con Angelina?

—¡Cómo no!—exclamó alborozada.—¡Si es tan buena! ¡Si te quiere tanto!

No sé por qué se me encendió el rostro. Nunca pensé que Angelina pudieraamarme. Y bien visto el caso ¿por qué no? Angelina era muy digna de seramada. Me ocurrió averiguar si alguien había puesto los ojos en ella.

—Y diga usted, tía: ¿No ha tenido novio Angelina?

—¡Por Dios, Rorró! ¡Desde el otro día estás con eso!.... No, señor.Angelina es una niña muy juiciosa. Angelina no tendrá más novio queaquel que llegue a ser su marido. No es ella capaz de jugar con el amor.

—Así lo creo, pero.... Dígame usted: ¿no ha tenido pretendientes?

—¡Ah! Eso es otra cosa. ¡Así!—y mi tía juntó los dedos de la manoderecha, y los movió como para indicarme una multitud de personas.

—En Pluviosilla,—prosiguió—¡muchos! Un español rico; un mancebo debotica muy burlón y endiantrado, capaz de reírse hasta de su sombra; uncolegial muy guapo, que le hacía versos; otros, y otros. Aquí...aquí....

—¿Quién?

—Uno nada más.

—¿Quién?

—Amigo tuyo, condiscípulo tuyo....

—¿Pepe López?

—No.

—Diga usted, tía....

—Adivina.

—¿Eduardo, el hijo del alcalde?

—No. Eduardito es un pedazo de alcornoque. ¡El, el hijo del alcalde,prendarse de una muchacha pobre! ¡Cuándo! El enamora a GabrielitaFernández....

—¿A la jovencita rubia, la que toca muy bien el piano?

—¿Ya la conoces?

—El otro día la vi en la reja.

—¡Guapa! ¿No es verdad?

—¡Reguapa! ¡Linda como un sol!

—Eduardo se perece por ella.

—Entonces, ¿quién es el pretendiente de Angelina?

—¡Adivina!

—¿Jacinto Ocaña?

—¡Dios nos libre!

—¿Agustín Venegas?

—¡Jesús me valga! ¿No te digo que es amigo tuyo?....

—¿Ricardo Tejeda?

—¡El mismo que viste y calza!

—¡No es rival temible!—dije para mí.

XIV

A veces iba yo a charlar en la botica de don Procopio Meconio. En aquelfamoso mentidero, centro recreativo de ociosos y desocupados, se reuníana todas horas los jóvenes más guapos y los viejos más parlanchines de labudística ciudad. En aquella botica concurrían: Venegas, espíritufuerte, liberal de la nueva echada, republicano incipiente, muy enconadocontra el malaventurado ensayo imperial; Jacinto Ocaña, monarquistahasta la médula de los huesos, que siempre que hablaba de Maximiliano,se descubría respetuosamente, y que a cada instante trababa disputas conVenegas, sacando a bailar la Saratoga y el Tratado Mac-Lane; el doctordon Crisanto Sarmiento, retrógrado por los cuatro costados, que vivíasuspirando por el régimen colonial, que se hacía lenguas deRevillagigedo, que de buena gana viera restablecido en México el SantoTribunal de la Fe, y que cuando alguno hablaba de la Independencia,decía, echándola de agudo:

—La maldita «india pendencia» que nos tiene hechos una lástima.

Y no sé cuántos más, entre quienes figuraba el dueño de la botica, elinvariable don Procopio, jugador desenfrenado, que había convertidoaquel templo de Galeno en un santuario de Birján.

Solíamos ver allí alP. Solís. Venía de tarde en tarde, a la hora en que había menostertulios; se leía de cabo a rabo los periódicos, y luego... ¡a charlarcon Sarmiento y con Venegas! Mientras don Procopio jugaba adentro consus cofrades, afuera, delante del mostrador, en presencia de loscompradores, se enredaban pláticas que frecuentemente se convertían endisputa. Venegas se complacía en atacar al caído Imperio; Sarmiento ledefendía acalorado y lleno de brío. El republicano se ensañaba contra elCatolicismo; el médico decía pestes del partido liberal. El pedagogo,muy encariñado con el «Catecismo Político» de Pizarro Suárez, alegaba nosé qué razones, en favor de la tolerancia de cultos, y oponía a losdichos de su contrario algunos de aquellos argumentos protestantes tanusados por los periódicos a fines del 56 y principios del 57.

El médicomontaba en Júpiter; sacaba a relucir sus argumentos en forma, su cienciade seminarista, y, por último, a los desahogos de Sarmiento contestabacon dicterios.

El P. Solís, reflexivo y cachazudo, se estaba quedo; oía y callaba,hasta que para calmar los ánimos, terciaba en la disputa. Primero, talera su táctica—se iba derecho hacia el doctor; le concedía la razón,pero censurándole acremente sus exageraciones de monarquista.

—Iturbide, (a quien el Acta de Independencia llama: «un genio superiora todo elogio») hizo una tontería. En nuestro tiempo nadie se improvisarey ni emperador. Papel tan alto sólo cuadra a quién fué mecido en regiacuna, a quien nació en las gradas de un trono. Un pueblo no se da a sípropio, sólo «porque así lo quiere», un buen gobierno y buenasinstituciones. Es preciso que se los busque de acuerdo con sustradiciones; es necesario que tenga en cuenta las enseñanzas de suhistoria; es preciso que las instituciones y la Forma de gobierno levengan apropiadas, como a mí la sotana, a usted la levita, y a estejoven el saquito corto. Ahí tiene usted explicado lo efímero del imperiode Maximiliano.

Luego, pasando a la cuestión religiosa, decía sereno y reposado:

—Amigo, amigo don Crisanto: entiendo que la Iglesia no patrocina nimonarquías ni repúblicas. Para ella, cualquiera forma de gobierno esbuena... ¡cuándo es buena! Poco le importa que el jefe de un Estado sellame rey o presidente o emperador. No, amigo; no hay que pretender esoque usted quiere. Nada de identificar la cuestión política con lacuestión religiosa.

En seguida cerraba contra Venegas. Era de oirle cuando, en un estiloconciso, breve, incisivo, ponía en la picota los dislates del pedagogoque nada sabía a derechas y todo se volvía palabras sonoras yretumbantes. Se burlaba de él; se reía a más y mejor de sus conclusionesluteranas, y después rebatía, con mucho acierto, los errores del mozo.

—¡Joven! ¡joven!—prorrumpía en tono de sermón.—Esta Constitución queusted pone por las nubes, no ha sido hecha de acuerdo con lasnecesidades del país. Hago punto omiso de cuanto hay en ella contra laReligión. Pugna contra nuestras costumbres. Nuestro prelado no estáeducado para esas libertades. Dígame usted: si yo para contestar unademanda tendría que consultar con Castro Pérez, o con cualquiertinterillo, ¿qué haré si un día llego a diputado y tengo que legislar? Ycualquiera puede llegar a diputado: usted, el doctor, ese indio que vapor allí, muy cargado con su soberanía, yo.... No, yo no, porque soysacerdote, ministro de un culto, y por ende no soy ciudadano más que amedias. Pues ¡claro! o no sabrían ustedes lo que habrían de hacer, yvotarían a la buena de Dios, o lo que es más seguro a la buena delDiablo. Ahora, cuanto a las perrerías esas que ha vomitado usted contrala Santa Madre Iglesia, vamos al grano, señor y amigo mío: no sabe ustedlo que se dice. ¡Ya se ve! Toda su ciencia de usted está en el Catecismode Nicolás Pizarro. Vamos, joven: beba usted en fuentes más limpias, yno hable por ahora de cosas que no entiende. ¡Y aquí paz, y despuésgloria! Y ¡adiós, amigos! Me voy; no he rezado el oficio, y es la horitadel chocolate. ¿Ustedes gustan?

El exclaustrado se iba; Sarmiento se componía la chistera y tomaba elportante, y Venegas se marchaba diciendo pestes de frailes yretrógrados.

Nosotros nos quedábamos comentando la conversación de los tertulios,hasta que a las seis me iba yo a instalar en un asiento de la Plaza,para oir tocar a la señorita Fernández.

Conviene saber que la familia Fernández era mal vista en la ciudad. Sucultura chocaba a los buenos budistas de Villaverde. Cuando compró lahacienda de Santa Clara, el señor Fernández vino a vivir a mi ciudadnatal, y procuró relacionar a los suyos con lo mejor de Villaverde.

Pero éstos no hicieron relaciones con nadie; mejor dicho: losvillaverdinos no correspondieron a los deseos de la señora y señoritaFernández. Sólo intimaron éstas, con Sarmiento y el P. Solís, puesaunque visitaron a las principales familias de la ciudad, mis buenaspaisanas no dieron muestras de estimación por las recién llegadas.

Las gentes de Villaverde, las mujeres particularmente, no veían conagrado los usos y costumbres de la familia Fernández. Murmuraban deella, susurraban acerca de la señorita tonterías y burlas, y, como esnatural, a la simpática y elegante pollita nada de esto le agradó.

—¿Gabriela Fernández? ¡Más orgullosa! ¡Más frívola! ¡Qué pagada de sí!¡Qué entonada!

¿Qué se estará creyendo? Si creerá que en Villaverde nohemos visto lujo ni elegancia.... Sí, sí, ya sabemos que dice que estapoblación es una hacienda grande.... Creerá que viene a deslumbrarnoscon sus exterioridades y sus trajes. ¿Y todo por qué? Porque sabe tocarel piano.

Allí está Luisita Castro Pérez que toca tan bien como ella, ysin embargo es modesta y humilde.

Pues se engaña; no hemos de visitarlani por una de estas nueve cosas. ¡Que gocen de su lujo y de su dinero!¡Que luzca Gabrielita sus trapos caros! Para nada necesitamos de ella.¡Qué gusto!—

repetían las envidiosas.—¡Qué gusto! Todos los muchachosde aquí salen con cajas destempladas. ¡Mejor! ¡Mejor! ¡Quién les mandaenamorar marquesitas! Y bien visto, ¿quiénes son los enamorados?¡Eduardito... sólo Eduardito! El muy tonto, como tiene dinero, como supadre es rico, está seguro de que le hará caso.

Mis paisanos no tardaron en advertir que, tarde a tarde me pasaba yo lashoras oyendo tocar a Gabrielita. Una noche, al entrar en la botica, oíque hablaban de la señorita Fernández, y que decían algo de mí. Prontosupe que en todos los corrillos, en todos los mentideros, en cada casa,decían y repetían que estaba yo enamorado; que me bebía los vientos porla hija del acaudalado dueño de Santa Clara.

XV

Una tarde recibí una cartita de don Román, una esquela muy punticomada,escrita gallardamente, con aquella la excelente letra de Palomares queaños atrás dió a mi maestro fama de habilísimo pendolista.

«Muy querido discípulo y amigo:

«Como te lo ofrecí anteayer, estuve anoche a visitar al señor Lic.Castro Pérez para hablarle acerca de tí, y de lo útil que podías serleen el despacho. Díjele cuanto me pareció oportuno: le hablé de tusbuenas prendas, de tu buen carácter, de tu índole laboriosa, de tuinstrucción sólida y bien dirigida, y de la dificultad en que tehallabas para seguir los estudios y la carrera tan brillantementeiniciada, así como de la necesidad en que te veías de buscar algoproductivo.

Oyóme de buena voluntad (lo cual me pareció de buen agüero)y me prometió ocuparse en el asunto a la mayor brevedad. Juzgo necesarioque le hagas una visita, cuanto antes, y te recomiendo que trates a miamigo (que lo fué también, y muy íntimo, del señor tu abuelo) con tugenial y característica bondad, con la cortesía que te distingue. CastroPérez se paga mucho de exterioridades, y para tenerle propicio esnecesario halagarle. Es maniático, y la menor cosa le contraría. Ya tedejo preparado el campo. A tí te corresponde lo demás.

«Ven por acá. El hígado me tiene desde ayer molesto y «achicopalado».Ven, charlaremos, y te enseñaré algo que te gustará mucho; unosexámetros que forjé anoche contra esos «sabios» de

«La Sombra» y de «LaVoz».

«Ya sabes cuánto te quiere este tu maestro y amigo

Román López».

Me dió mala espina la esquelita de mi señor maestro. Desde luego penséque iba yo a tratar con un hombre de mal carácter. Esto me pusodisgustado. Me imaginé que Castro Pérez era uno de esos abogados viejos,peritísimos en cuestiones de Jurisprudencia, pero en lo demás unosignorantes de tomo y lomo; un señorón de aldea, pagado de su fama y desu ciencia, de esos que suspiran por todo lo antiguo, y que siempreestán mal dispuestos para todo lo nuevo; un fantasmón iracundo, gruñón,de esos que ven con desconfianza a los jóvenes, y que se complacen encensurar a todas horas la educación enciclopédica de estos tiempos, lacual, si bien no produce sabios a granel no cría fátuos, como tantosviejos que yo conocía, encastillados en su saber hipotético, muyvanidosos y engreídos con su ciencia; ciencia exígua y mezquina que lesconquista en el pópulo vil admiradores y monaguillos de amén queaprueban cuanto dicen los Sócrates de aldea, así suelten éstos el mayordisparate. En una palabra: me imaginé que Castro Pérez era uno de esosabogados viejos, repletos de latines, que se saben de memoria lasPartidas, que tienen pujos de canonistas, y que escriben errar con «h»;«teólogos de capote», como los llamaron «in illo témpore»; peritos enlas triquiñuelas jurídicas, pero vacuos de todo lo demás; habilísimospara ocultar su ignorancia, y desdeñosos de cuanto no entienden; quemiran a todo el mundo con aire de protección, y que apareciendo graves ysesudos, mostrándose inaccesibles y huraños pasan por unos portentos yvienen a ser, en pueblos y ciudades como Villaverde, señores de vidas yhaciendas.

Nada sacaréis de ellos si no os mostráis humildes, sumisos,incondicionales admiradores de sus personas. ¡Ay de vosotros si no osacercáis a tan excelsos caballeros, aparentando que todo lo esperáis deellos! ¡Ay de quién no les rinda parias! De seguro que nada obtendrá;de fijo que a todo le contestarán con monosílabos, y saldrá de allícolérico y desesperado.

Me repugnaba seguir los consejos de mi maestro. Entendí muy bien lo queéste me quería decir con aquello de «te recomiendo que trates a mi amigocon tu genial y característica bondad»; pero me chocaba presentarmetímido y meticuloso como un donado, aparentando una estimación que nopasaba en mí de los límites de un respeto vulgar y corriente, como elque concedemos a todos por razones de urbanidad y cortesía. ¿Qué hacer?Me dispuse a seguir los consejos del

«pomposísimo Cicerón», y detardecita, poco antes de que sonara el «Angelus», me encaminé a la casade Castro Pérez. Vivía a espaldas de la Parroquia, en un caserón vetustoy sombrío.

Cuando llegué al zaguán me ví tentado de retroceder e ir a charlar acasa de don Procopio.

Hice de tripas corazón y avancé hasta la puertadel despacho.

—¡Adentro!—dijo una voz atiplada.

—¿El señor Castro Pérez?

—¡Adentro!—repitió la voz de falsete.

Era el escribiente. Mala impresión me causó tan delicada personilla. Eraun muchacho pálido, ojeroso, exangüe y consumido por el trabajo; uninfeliz, condenado, sin duda, a prisión perpetua en aquel mundo delegajos y mamotretos; siempre inclinado sobre aquella mesita cubiertacon un tapete de bayeta verde, delante de aquel tintero de plomo llenode tinta espesa y natosa.

—¿El señor Castro Pérez?

—¡En la otra pieza!—me contestó el covachuelista.

—¿Puedo pasar?

—Pase usted.

Me colé de rondón. Mi hombre, casi tendido en una poltrona, cerca de laventana, revisaba un legajo. Al sentirme se incorporó contrariado, dejóel asiento, y fué a cerrar la puerta, acaso para que no pudiese oirnosel escribiente.

—¿Qué mandaba usted?—me dijo frunciendo el entrecejo.

—Mi maestro, el señor don Román López, me ha recomendado....

El rostro de Castro Pérez cambió de expresión.

—Vamos, joven,—murmuró levantándose, y ofreciéndome un asiento,—aquítiene usted una silla.

Mi hombre volvió a su poltrona, y luego, por sobre los anteojos, me miróde pies a cabeza.

—¿Qué se ofrece? ¡Ah! ¡Ya recuerdo! ¿Es usted el joven que desea entrarde amanuense en esta casa?

—Sí, señor.

—Pues bien.... Veremos, veremos si es usted útil. Aquí tenemos muchotrabajo. Ya sabe usted: mi clientela es numerosísima, y por ende nofalta quehacer. Si quiere usted trabajar....

—Es lo que deseo...—murmuré, bajando la vista, mientras el abogado memiraba de hito en hito.

—Pues bien, así lo quiero, trabajadorcito. Diez amanuenses he cambiadoen este año, y, a decir verdad, ninguno me ha dejado contento. ¡El mejorno valía tres caracoles!

—No pretendo valer mucho; pero... procuraré, bajo tan buena dirección,aprender en poco tiempo cuanto sea necesario.

Castro Pérez sonrió, y a dos manos, juntando el pulgar y el índice secompuso los anteojos, y luego, dándose palmaditas en el abdómen, echóseatrás y me interrumpió.

—¡Nada de lisonjas, joven! Nada merezco de cuanto dicen de mí....

Hablaba lenta y pausadamente, oyéndose.

—Es usted por extremo modesto...—¡Aquí!—me dije.—¡Aquí delincienso!—¿Quién no tiene noticia de los talentos de usted, de su saberprofundo, de su fama, de su acrisolada honradez?

Estos elogios me sonrojaban.

—¡Bien! ¡Bien! Veremos si obtiene usted lo que desea. Está ustedeficazmente recomendado por Román. Me dice que fué usted su discípulo, yde los más aventajados....

—El señor mi maestro me quiere mucho, y es conmigo demasiado benévolo.Deseo trabajar, y estoy seguro de adelantar al lado de persona tanrecomendable. ¡Quién no sabe que es usted el primer abogado del Estadode Veracruz!

Castro Pérez se hinchó como un pavo, se meció en la poltrona, fingiósonrojarse, y me dijo:

—¡Al grano! ¡Al grano! ¿Conoce usted el ramo?

—No, señor.

—Pues entonces, ¿cómo solicita usted una ocupación que le esdesconocida? Tengo buenas noticias de usted. Ya Román me dijo que esusted un muchachito inteligente, que sabe usted hacer bonitos versos....Pero, es cosa sabida: no son los mejores empleados los que se andan todoel día a caza de consonantes....

Me dieron ganas de estrangular al viejo.

—Señor:—repliqué—es cierto que hago versos; pero no vivo entregado atan grata ocupación.

Además, tengo entendido que usted... suelehacerlos... ¡y muy hermosos!

—¡Gracias, joven! ¡Restos de mis aficiones juveniles! En verdad que lapoesía suele cautivarme, pero sólo de tiempo en tiempo. ¡Bien, bien,bien!

Esta era su muletilla.

—Espero que usted en memoria de mi abuelo.... Ya don Román le hablaríade las circunstancias en que me encuentro. No puedo volver a México; nopuedo seguir los estudios, y estoy obligado a buscarme un pedazo depan....

—¡Bien! ¡Bien! ¡Bien! Así lo hace un joven delicado. Veremos, veremossi me sirve usted.

Pero debo advertirle que... hasta dentro de unasemana no podré resolverlo. Mañana veré si puedo conciliar varias cosas.Vuelva usted por acá, viernes o sábado.... Y.. diga usted. ¿Tiene ustedbuena letra?

—Regular, señor licenciado.

—Vamos, vamos. Allí tiene usted lo necesario.

Obscurecía. En la mesa había un candelero con una bujía.

—¿No ve usted? Pues encienda la vela y escriba lo que guste.